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Casapalabras 26

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Cristina Rivera Garza El día en que murió Juan Rulfo

Dossier de poesía

Humberto Vinueza, Alfonso Murriagui, Fernando Nieto Cadena

Ismael Olabarrieta Obra pictórica

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FM

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LA EXPLOSIÓN CULTURAL DEL SIGLO XXI


editorial

Una sola Casa

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n los albores de los 73 años de fructífera existencia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, hemos tenido que afrontar muchas incomprensiones y desaciertos de autoridades ‘encargadas de la cultura’, ministros, asambleístas, comisiones de cultura, etc., para finalmente contar con una Ley de Cultura que, a pesar de que contempla la autonomía de la Casa —que es su razón de ser—, contiene también otro tipo de argumentos que la desvirtúan. Los anteproyectos de ley o ‘insumos’ presentados en la Asamblea Nacional para la elaboración de la Ley de Cultura tendían, todos, a desconocer la autonomía de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, autonomía gestada en el pensamiento de libertad que su creador, Benjamín Carrión, enarboló como símbolo de una nación que empezaba a caminar en busca de su identidad y sus raíces. Desconocer la autonomía de la CCE implicaba someterla a las directrices y estructura del Ministerio de Cultura y Patrimonio, sin importar incluso la desaparición de tan emblemática institución, al pretender suprimir la matriz nacional, organismo articulador de los Núcleos Provinciales, para que estos fueran gestionados por las Coordinaciones Zonales del mencionado Ministerio. Gracias a la posición firme que hemos mantenido junto con los presidentes de los Núcleos Provinciales del país en defensa de la Institución, los colectivos de arte, los empleados y trabajadores y los artistas ecuatorianos, pudimos incidir y mantener en la Ley Orgánica de Cultura, aprobada en diciembre de 2016, la autonomía de la Casa, la existencia de la Matriz-Sede Nacional y la relación desconcentrada de los Núcleos Provinciales, así como la determinación de competencias y atribuciones que la sustentan como institución nacional.

número veintiseis • abril 2017 Presidente Raúl Pérez Torres Vicepresidente Gabriel Cisneros Abedrabbo Director Patricio Herrera Crespo Editor Patricio Viteri Paredes Colaboran en este número: Gonzalo Baquero Paret, Jorge Basilago, José Luis Cáceres, Homero Carvalho Oliva, Gerardo Fernández García, Arquímedes González T., Yuli Marcillo, Francisco Ordóñez, Patricia Noriega, Cristina Rivera Garza, Juan Romero Vinueza, Carlos Wynter Melo, Yvonne Zúñiga. Edición de textos Katya Artieda Diseño Tania Dávila López Portada Balcón, Ismael Olabarrieta, 1995. Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Dirección de Publicaciones Avs. 6 de Diciembre N16–224 y Patria Telf.: 2565-808 Ext. 426 gestion.publicaciones@casadelacultura.gob.ec www.casadelacultura.gob.ec Quito–Ecuador. casapalabrascce @casapalabrascce casapalabrascce@gmail.com

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índice

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A 150 años de la muerte de Charles Baudelaire, Yuli Marcillo nos da su visión sobre el gran poeta francés.

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El día en que murió Juan Rulfo, relato de la galardonada escritora mexicana Cristina Rivera Garza.

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Poemas de Yevgueni Yevtushenko, el poeta ruso del inconformismo, fallecido este año.

de poemas de Derek Walcott, 6 Selección Premio Nobel de Literatura 1992. nicaragüense Arquímedes González Torres nos presenta 20 Elsu escritor cuento Clases de natación. sobre tres poetas ecuatorianos que nos dejaron este año: 33 Dossier Humberto Vinueza, Alfonso Murriagui y Fernando Nieto Cadena. Carvalho Oliva, narrador y poeta boliviano, nos ofrece su 46 Homero cuento Retrato de mujer en sepia. Zúñiga analiza la vida y obra de la famosa escritora 48 Yvonne británica Agatha Christie.

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Una noche en Reims, relato del periodista y escritor Francisco Ordóñez.

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La piel de Kim Shou, relato del escritor panameño Carlos Wynter Melo.

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Remembranza del pintor argentino Ismael Olabarrieta, fallecido hace poco, por Patricio Herrera Crespo.

Luis Cáceres analiza el entorno socio-político y literario de la 62 José novela Lituma en los Andes, de Mario Vargas Llosa. La vida de Astor Piazzolla, a 25 años de su muerte, en un homenaje

70 de Jorge Basilago.

Juan Romero Vinueza examina la vida y obra del poeta

74 estadounidense Hart Crane.

Patricia Noriega formula el contenido de la exposición La

84 transmutación del Cordero. palabra con olor a tinta, un resumen del trabajo editorial de la 86 La CCE en los últimos años.

66

Gerardo Fernández García, académico, dramaturgo y guionista cubano, expone su cuento El dueño del universo.

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Capítulo de la novela El secreto del migrante, de Gonzalo Baquero Paret.


sesquicentenario


Yuliana Marcillo

el Barrio Latino, donde hizo amistad con los poetas Gérard de Nerval, Charles Agustin Sainte-Beuve, Theodore de Banville, Honré Balzac y Louis Ménard. Después se retiró para por fin iniciar sus estudios en Letras. En esos años es cuando da inicio a su vida bohemia y su adicción a las drogas. Además de relacionarse con el mundo cultural y entablar amistad con escritores, poetas y artistas, Baudelaire frecuenta prostíbulos y cabarés, y mantiene constantemente relaciones con prostitutas. Con poco más de veinte años de edad, reclamó la herencia paterna que le correspondía por derecho y la despilfarró en muy poco tiempo, quedando endeudado y viéndose obligado a vivir mendigando en sitios marginales; esto, a lo largo de su vida, no haría sino incrementarse irremediablemente. Charles es conocido por los altercados y excesos que tuvo, pues la relación con su familia fue cada vez más conflictiva ya que desaprobaba sus excesos y vida bohemia.

Una musa ‘calva’ y ‘bizca’

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Jeanne Duval, amante de Baudelarie, retratada por Édouard Manet.

iviendo en la calle, durmiendo entre pulgas, yendo como una ‘pelota’ de pensión en pensión…, por esos lares caminaba la vida de Charles Pierre Baudelaire hace poco menos de dos siglos en las calles de París. Tras la muerte de su padre, quien era un pintor aficionado, cuando apenas Charles tenía seis años, y el ‘apresurado’ segundo matrimonio de su madre con el general Jacques Aupick, la crianza del pequeño Charles dio un giro a su vida. Él odiaba a su padrastro; según sus biografías, éste le obligaba a levantarse a las 5:30 de la madrugada, siendo invierno, para lavarse las manos con agua helada debido a las bajas temperaturas (solo podría utilizar agua caliente cada

quince días) y todo dentro de un recipiente sucio y en mal estado; el general acabó internándolo en el College Louis-le-Grand, donde permaneció dos años y obtuvo su título de bachiller, y de donde por razones relacionadas con el homosexualismo (aunque no hay registro de eso) fue expulsado. A raíz de eso, el que hoy es considerado precursor del simbolismo y padre del decadentismo, fue enviado a la India en 1841, con la intención de frenar sus aspiraciones literarias que ya comenzaban a aparecer, y que fueron alentadas, según sus biógrafos, por su difunto padre. A los 19 años regresa y obligado por su padrastro se matriculó en la Facultad de Derecho, y comenzó a conocer el ambiente literario en

En los prostíbulos que frecuentaba, Charles conoció a una prostituta judía llamada Sarah, a la que apodaban ‘louchette’ o ‘bizca’, quien sería para Charles una ‘musa’, y con quien mantuvo por muchos años una continua relación. Dicen que fue ella quien contagió al poeta de sífilis. El retrato de esta mujer aparece en sus poemas: “Una noche estaba junto a una espantosa judía, como a lo largo de un cadáver, un cadáver tendido...”, en Las flores del mal. Apenas alcanzó su mayoría de edad, Charles peleó y obtuvo una suma de setenta y cinco mil francos que le correspondían de la herencia paterna, dinero que con toda su ‘elegancia y generosidad de dandi’, lo despilfarró en sus noches parisinas, tanto así que tan sólo en un año consumió la mitad de su in-


menso patrimonio, por lo que la familia puso lo que aún quedaba en manos de un administrador, quien terminó racionando su herencia trimestralmente, lo que obligó a Charles a realizar conferencias que fueron un fracaso, vender versos y realizar críticas en algunos medios locales para poder subsistir. Despilfarrada la herencia, contrae numerosas deudas, se muda de casa hasta seis veces por año, pues terminaba siendo ‘inquilino’ en todas y cada una de las viviendas de sus amantes, mientras duraba la relación. Tampoco es que fuera mujeriego ni tuvo relaciones ‘serias’, pero por el medio que frecuentaba siempre acababa envuelto en relaciones promiscuas. A pesar de que hubo rumores de homosexualismo, sus biógrafos han recalcado en varios estudios que Charles disfrutaba sobremanera los olores de las mujeres que frecuentaba, que en su mayoría eran prostitutas, “sentía una fascinación particular por estas mujeres y esto está impregnado en Las flores del mal”, señalan. Por estos días en 1840 escribe su propio epitafio: “Yace aquí quien por haber amado demasiado a las zorras, descendió joven aún al reino de los topos”. En la ruina y esperando la manutención de su madre, Charles escribe: “Querida madre, no preciso de la solemnidad de este día, triste entre todos los del año, para pensar en ti y en todas las obligaciones y responsabilidades que se han amontonado sobre mí desde hace tantos años. Mi principal deber, el único, sería el de hacerte feliz. En ello pienso sin cesar. ¿Me será esto permitido algún día?”.

La conciencia del mal Charles Baudelaire, ‘poeta maldito’, descontento de todo y de todos como diría él mismo, fue un hombre que vivió y murió en constante conflicto con el mundo exte-

rior. Murió el 31 de agosto de 1867 en París, este año conmemoramos 150 años de su partida. “En la literatura, es muy conocida la figura de Charles Baudelaire como uno de los poetas más brillantes del simbolismo francés. Las flores del mal quizás es su obra más destacada, sin embargo en su extensa biografía se cita un ensayo que escribió en el año 1860 y que lleva por título Los paraísos artificiales. En este ensayo, Baudelaire hace un impresionante estudio de los efectos del hachís y del opio a partir de las experiencias que había amasado en el mundo de la bohemia”, señala Guillermo Solana en uno de sus estudios sobre los escritos de Baudelaire. En este ensayo también cuenta los testimonios de algunos de sus conocidos, la mayoría drogadictos, todos navegando hacia un mismo rumbo, donde no se distingue la realidad de la ficción. Charles escribió Las flores del mal entre los 22 y 23 años de edad, y aunque siguió escribiendo hasta su muerte, nunca pudo sobrepasar este trabajo. Según la correspondencia que mantenía con su madre, confiesa la aspiración de “grandes trabajos literarios” que nunca llegaron a concretarse: “No voy a hablarte de todos los sueños literarios por realizar en Honfleur. Se haría muy largo. Resultará más breve de viva voz. Resumiendo, veinte temas novelescos, dos dramáticos, y un gran libro sobre mí mismo, mis Confesiones (París, 25 de julio de 1861)”. Cuando Baudelaire contrae sífilis, enfermedad que le acompañará por el resto de su vida, empieza la época de sus dolencias que durarán hasta su muerte. Sufre trastornos nerviosos y dolores musculares. Se ahoga y sufre crisis gástricas. Para combatir el dolor, fuma opio, toma éter. Sufre el primer ataque cerebral. Físicamente, es una ruina. Recurre a cápsulas de éter para combatir el asma y al opio para los fuer-

tes cólicos. Ante su precaria salud no encuentra la ‘concentración’ para poder escribir, aunque nunca dejó de hacerlo, más de una vez confesó que “ya no le quedaban fuerzas”. Sumadas sus enfermedades, más la incomprensión y el reproche de su madre, el 30 de junio de 1845 intenta suicidarse, después de haber hecho un testamento a favor de una de sus amantes.

El sueño prolongado De este modo, cansado y hastiado ante su inevitable acabamiento en plena madurez, Baudelaire debe abandonar París huyendo de sus deudores para refugiarse en Bélgica durante varios meses, donde tuvo que vivir su enfermedad completamente solo. La inmovilidad y la mudez lo sorprendieron de un momento a otro, y entonces fue trasladado a Francia, donde permaneció hasta su muerte. Charles expiró en los brazos de su madre. Tras su muerte, Charles sería considerado el padre de la poesía moderna. El día de su entierro muy pocos acompañan el cortejo fúnebre, porque según varios registros, el intenso sol de aquel día era insoportable.

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PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1992

Cul de Sac Valley IV

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Al oeste de las estrofas escritas por el amanecer, las plantaciones de plátanos responden a su luz; por encima, un halcón que describía círculos con mi corazón en su pico hasta el borde del mundo, lo trae de vuelta al puente que se desvanece, al río que se revuelve en su lecho, al risco donde regresa el árbol tras sus lecciones, tarde. ¿Cuál era su cabaña? Ella asciende en línea recta por los escalones de este verso, y se sienta para cenar pan y pescado frito mientras los árboles repiten su umbrío inglés.

Las ventanas de la cabaña resplandecen. Las verdes luciérnagas describen arcos, incendiando Forestière, Orléans, Fond St. Jacques, y el bosque se duerme, sus ojos cerrados, a excepción de una mirada desde una choza iluminada; ahora, por encima del libro cerrado de pequeñas cabañas que se deslizaban bajo los faros del coche, la cima de una colina como una pirámide. En la noche caliente como un horno vuelan las brasas. La puerta de una tienda proyecta un recuadro de luz sobre la carretera y un olor a pescado en salazón. Un montón de arena seca se esparce en estrellas. Similar a un gato, la isla de la Paloma aferra el mar con sus garras.


homenaje

Gros-Ilet De esta aldea, empapada como un trapo gris en agua salada, llegó un lenguaje guarnecido de conchas marinas, con una sombra de bayas en sus axilas y codos como flexibles remos. Toda ceremonia comenzaba en las vaguadas, los estercoleros, los funerales al alba y el ocaso a los que asistían los cangrejos. El mar reforzaba los olores. El ancla de las islas penetraba a gran profundidad pero se veía siempre clara en las arenas. Muchos tiburones y a menudo la raya, cuyas aletas son anchas como velas, ascendían con mirada insomne desde los ondeantes corales, y un pescador sacaba un bagre como una cabeza con tentáculos. Y el anochecer con sus inevitables, inextinguibles candiles, era como la Noche de Todos los Santos vuelta del revés, igual que el murciélago obtiene su propia visión del mundo. Así, sus ojos miran hacia abajo, divertidos, consideran que caminamos de modo extraño, y se preguntan sobre nuestro sentido del equilibrio, sobre cómo dormimos como si estuviéramos muertos, cómo confundimos los sueños con cosas corrientes como clavos, o rosas, cómo envejecen rápidamente las rocas con el musgo, cómo el mar traza surcos que no tienen nada que ver con el tiempo, y la arena se alza en torbellinos que no tienen nada que hacer en absoluto, y las sombras sólo responden ante el sol. Y ocasionalmente, como un viejo neumático, el negro lomo de un delfín. Elpenor, tú que te rompiste el culo, borracho, tambaleándote escotillón abajo, y tú timonel, que navegas como la raya bajo el aliento de las olas, seguid vuestro camino, aquí no hay nada para vosotros. En este lugar las velas y las costumbres son distintas, los muertos son distintos. Sus tumbas las guardan conchas distintas. Hay diferencias más allá del paraíso de nuestro horizonte. Esto no es el Egeo púrpura como la uva. Aquí no hay vino, no hay queso, las almendras son verdes, las uvas de playa amargas, el lenguaje es el de los esclavos.

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Piedad ¿Que es ingrata la tierra? ¿Que es ingrata y es cruel la humanidad en que te agitas? ¿Que no acoge tus ansias infinitas ni se angustia el duelo que te mata? ¿Que no hay vuelo de tu alma que no abata su maldad?...¡di, más bien, que son malditas tus ansias infecundas y tus cuitas y esa loca ambición que te arrebata! ¡No maldigas del hombre, que es tu hermano, y, acaso, como tú, su angustia loca ve perderse, sin eco, en el abismo. Mírate en él extiéndele tu mano y, anegado en piedad, besa en su boca la triste humanidad, que eres tú mismo!

Nunca he pretendido que el verano fuese el paraíso... Nunca he pretendido que el verano fuese el paraíso, o que esas vírgenes fueran virginales; en sus bandejas de madera están los frutos de mi conocimiento, radiante de morbo, y te ofrecen esto, en sus ojos de almendras marinas maduras, los pechos de arcilla brillando como lingotes en un horno. No, lo que he chapado en ámbar no es un ideal, tal como Puvis de Chavannes lo deseaba, sino algo corruptola mancha en la vulva de la azucena amarillenta, los falos del llantén, el volcán que irrita como un chancro, el humo de la lava que trepa con su siseo hacia la diosa sibilante. He horneado el oro de sus cuerpos en esa aleación; decidle a los evangelistas que el paraíso huele a sulfuro, que he sentido las cuentas del rosario en mi erupción sanguínea mientras mi pincel les daba en la espalda, la cerviz de un jesuita secularizado llevándole el rosario. Coloqué una mascarilla mortuoria azul en mi Libro de Horas para que aquellos que sueñan con un paraíso terrenal puedan leerlo en tanto que hombres. Mis frescos en arpillera a la diosa Maya. Los mangos enrojecen como carbones en un hoyo para asados, paciente como las palmeras del Atlas, la papaya. 8

(Versión de Vicente Araguas Huerga y Fierro Editores)


El amor después del amor Un tiempo vendrá en el que, con gran alegría, te saludarás a ti mismo, al tú que llega a tu puerta, al que ves en tu espejo y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro, y dirá, siéntate aquí. Come. Seguirás amando al extraño que fuiste tú mismo. Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor a ti mismo, al extraño que te amó toda tu vida, a quien no has conocido para conocer a otro corazón que te conoce de memoria. Recoge las cartas del escritorio, las fotografías, las desesperadas líneas, despega tu imagen del espejo. Siéntate. Celebra tu vida.

Archipiélagos 1 Al final de esta frase, comenzará a llover. Donde acabe la lluvia asomará un velero. Lentamente perderá de vista las islas; la fe en los puertos de toda una raza se perderá en la niebla. La guerra de diez años ha acabado. El cabello de Helena es una nube gris. Troya, un foso de cenizas junto al brumoso mar. La bruma es apretada como las cuerdas de un arpa. Un hombre con ojos nublados recoge la lluvia y escribe con ella el primer verso de la Odisea.

Derek Walcott

(Castries, Isla de Santa Lucía, 1930 – 2017) Poeta y dramaturgo antillano. Estudió en el St. Mary’s College de la isla y luego obtuvo el título en Literatura por la Universidad de Jamaica. Trabajó hasta 1976 dirigiendo el Taller de Teatro de Trinidad, y en 1981 se radicó en Estados Unidos oficiando como profesor en la Universidad de Harvard y en la cátedra de Literatura en la Universidad de Boston. Es autor de una vasta obra poética representada en gran parte por Colección de poemas 1948-1984, Testamento de Arkansas 1987 y Omeros en 1990. Obtuvo becas de la Fundación Rockefeller en 1957, Eugene O’Neill en 1969 y Fundación MacArthur en 1981. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios, como el Grinzane Cavour, el T.S. Eliot, el W.H. Smith y, sobre todo, el Premio Nobel de Literatura de 1992, con el que se vio reconocida toda su obra. Miembro honorario de la Academia Americana de Artes y Letras, Medalla de Oro de la Reina de Inglaterra y Premio Obi 1971. 9


¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido. Juan Rulfo, Pedro Páramo.

E 10

ncontré a Blanca en el café del centro, a las seis de la tarde, tal como habíamos quedado. Como siempre, ella ya me estaba esperando en una de las mesas de la esquina, lejos de las ventanas, los trajines de los meseros y los merolicos. Nos besamos ambas mejillas a manera de saludo y nos sonreímos. Un cigarrillo a medio

consumir humeaba desde el cenicero y, a su derecha, su viejo cuaderno de tapas negras estaba abierto. Dijo que ya había ordenado mi café expreso. —Dejé de tomar café hace exactamente cuatro meses, Blanca —le informé. La noticia no la sorprendió. Estaba distraída, garabateando una última línea en las hojas cuadriculadas de su libreta. Cuando terminó, guardó a toda prisa su pluma fuente en una cajita de madera y, todavía sin verme, entrelazó las


cuento

manos y se dedicó a tronarse los nudillos uno a uno, empezando por los del dedo meñique. El sonido me enervó, como siempre lo había hecho, pero me abstuve de hacer cualquier comentario para evitar ironías innecesarias o una riña a destiempo. Teníamos poco más de medio año sin vernos, y ya más de tres de no vivir juntos, pero por una razón o por otra nunca habíamos dejado de estar en contacto. Primero fue el arreglo sobre el carro con el que ella se quedó a final de cuentas, después los préstamos de libros

y discos que habíamos comprado a la par sin nunca definir a ciencia cierta el propietario. Más tarde, nos empezamos a ver sólo para criticar a nuestros respectivos amantes de paso. Unos eran demasiado irresponsables, otros muy aburridos, la mayoría demasiado jóvenes y desprevenidos pero todos, sin lugar a dudas, bellísimos. No había afán alguno de coquetería o seducción en nuestros ácidos comentarios. Blanca y yo sabíamos que nunca volveríamos a compartir una casa y mucho menos una vida juntos.

—Estoy embarazada —me anunció con los ojos clavados en su tarro de café descolorido. Sus cabellos lacios estaban resecos y sus uñas llenas de mordiscos. No supe si tenía que felicitarla u ofrecerle ayuda para contactar a un médico. Blanca siempre había sostenido que nunca tendría hijos pero, de la misma forma voraz y firme, yo había jurado en más de una ocasión que jamás dejaría de tomar mi café expreso. Cuando el mesero se aproximó a la mesa, pedí una botella de agua mineral con mucho hielo. Ella siguió fumando. Se sonrió sin ganas. —¿Te imaginas? —dijo. —No —le contesté de inmediato. Luego tomé sus manos. La piel del dorso estaba rugosa y las palmas llenas de sudor. Blanca no quería una felicitación. —¿Qué vas a hacer? —No lo sé todavía, pero el suicidio está descartado —mencionó en tono de broma. La sonrisa se le congeló en el rostro. A través de los labios abiertos, resecos, pude observar sus dientes despostillados. Era difícil creer que alguna vez la había amado; que alguna vez su algarabía y sus risotadas me habían mantenido pegado a sus faldas, manso como un cordero a la espera de sus delirantes dictados. Por dos años. Era difícil creer que, alguna vez, sólo la mención de su nombre, su nombre entero, Blanca Florencia Madrigal, me había hecho pensar que podía poseer el mundo sólo para tener la oportunidad de regalárselo. —¿Y tú cómo estás? —preguntó. Pensé en el ensayo que tenía a medio terminar, en la llanta ponchada de mi coche y en las piernas esculturales de una de las alumnas que se sentaba en las primeras filas del salón de clase, pero no me decidí a hablar de nada de eso. Iba a empezar a contarle de mi última aventura con una muchacha que tenía la costumbre de afeitarse el ve-

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Al final, aduciendo que yo me estaba volviendo viejo y aburrido, Blanca me dejó por otro hombre, sin discreción alguna, casi con bombo y platillo. En menos de dos meses lo cambió por otro y a ese otro por otro, mientras yo opté por volver con renovados esfuerzos a mis estudios, menos por sincero interés y más para demostrarle que no me estaba volviendo viejo.

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llo púbico pero no supe por dónde empezar la historia. Intenté esbozar algunas imágenes de los cambios más recientes que había hecho en mi apartamento pero todas me parecieron insulsas. Podía describirle en todo detalle las incontables horas que pasaba calificando exámenes incorregibles o descubriendo nuevas grietas en las paredes blancas de mi cubículo pero supe que se aburriría. Sin Blanca, mi vida se había vuelto pacífica y regular. Me levantaba temprano, asistía puntualmente a mi trabajo, me bañaba todos los días y hasta había dejado de fumar. Ya sin su tumultuosa presencia a mi lado, los miembros del departamento de filosofía habían empezado a tomarme en serio y, en menos de tres años, recibí dos ascensos. Tenía mucho tiempo de no pensar en suicidios. —Bien —le dije—, pasándola. Blanca no me estaba poniendo atención de cualquier manera pero yo, secretamente satisfecho, comparaba su rostro marchito y sus movimientos torpes con mi nueva seguridad y autonomía. Ya no le pertenecía. Un hombre de cabellos largos y anteojos quevedianos se aproximó a nuestra mesa. Le rozó el hombro y luego la besó en los labios. Debía ser al menos diez años más joven que Blanca y era, sin lugar a dudas, mucho más hermoso. Supuse que ese era ‘el padre’ y no me equivoqué. Blanca nos presentó y él jaló una silla para estar cerca de ella. Después, plácido, pasó uno de sus brazos sobre los hombros de ella: su mano cubierta de anillos de plata y pulseras de cuero casi tocaba uno de sus senos. Viéndolo, no pude evitar pensar que Blanca todavía tenía que ser tan buena e inventiva en la cama, de otra manera era muy difícil dilucidar qué veía en ella un jovencito a todas luces bien educado y, tal vez, hasta codiciado en su círculo de amigos.

—Blanca me ha platicado mucho de ti —dijo con una voz modulada y sin dobleces. Puse cara de no saber a qué se refería y cambié de tema. Mencioné algunas huelgas derrotadas, la rampante crisis económica y el tipo de cosas con las que todo mundo está irremediablemente de acuerdo: este país está lleno de mierda. Con el paso de los años el que me asociaran con Blanca Florencia me iba incomodando cada vez más y más. Cuando aceptaba verla, lo hacía con la condición de que lo hiciéramos a solas y, cuando algún despistado me preguntaba por ella, mi respuesta usual consistía en alzarme de hombros. ¿Por qué tendría yo que saber algo de ella? Durante nuestros años juntos mi fidelidad y sus constantes adulterios se convirtieron casi en una leyenda. Bastaba que yo encontrara a un nuevo amigo para que Blanca se interesara en él y éste terminara pasando las mañanas en nuestra cama, ocupando un lugar que era el mío. Y lo mismo sucedía con las amigas. Yo, en cambio, no encontraba a nadie lo suficientemente interesante como para dejar de ponerle mi incondicional atención a Blanca. Sus locuras, sus intentos de suicidio, sus incomparables artes sexuales, consumían todo mi tiempo y mi energía. Al final, aduciendo que yo me estaba volviendo viejo y aburrido, Blanca me dejó por otro hombre, sin discreción alguna, casi con bombo y platillo. En menos de dos meses lo cambió por otro y a ese otro por otro, mientras yo opté por volver con renovados esfuerzos a mis estudios, menos por sincero interés y más para demostrarle que no me estaba volviendo viejo. Al inicio, recién acontecida la separación, mi devota dedicación a escribir ensayos y dar clases no tenía otra intención más que hacerla volver. Quería poseer el mundo, el mundo entero, sólo para tener la oportunidad de envolverlo en papel celofán


y colocarlo luego sobre su regazo. A Blanca, sin embargo, nunca le interesó el mundo. Conforme ella se fue alejando sin posibilidad alguna de regresar, sólo me quedó el trabajo. Supuse que el jovencito estaba al tanto de todo eso y, compungido, avergonzado casi, evité seguir hablando. ¿Qué le había podido contar ella a fin de cuentas? —Tu columna semanal es fantástica —dijo—, nunca me la pierdo. Sus dedos ensortijados descansaban sobre la clavícula derecha de Blanca. Yo tenía mis manos alrededor del frío vaso de vidrio. Bajé la vista, quise sonreír con condescendencia o al menos ironía, pero no pude. Sus palabras, como las de mis estudiantes, no eran beligerantes sino inocentes. No tenía caso luchar. Los murmullos del café me distrajeron: el sonido de cucharas chocando contra platos o de tenedores cayendo sobre el piso tenían un ritmo sincopado, casi alegre. Volví a ver a Blanca y, una vez más, no pude creer que alguna vez la había amado. Con sus ropas desgastadas y sus rostros ajados por incontables noches de desvelo, los dos parecían ir con toda velocidad cuesta abajo. Cubiertos por el

humo gris de los cigarrillos, tenían el aura saturnina de los perdedores y los viciosos. Después de un incómodo silencio, Blanca y su amigo me invitaron a acompañarlos al cine. —Conseguimos boletos gratis —me informaron con una expectante actitud de triunfo. Su inocencia me dio risa. Aduje compromisos inexistentes y la carga de trabajo para no ir. Pagué la cuenta y les estreché las manos antes de retirarme. —Felicidades —les dije. Estaba seguro que Blanca no interrumpiría su embarazo. Afuera, el vientecillo nocturno de enero me obligó a levantar el cuello de mi chamarra. Caminé sin rumbo pensando en Blanca Florencia. El recuerdo de nuestras apasionadas peleas seguidas por las horas de sexo olímpico me dejó impávido. Me fue imposible recordar las razones que alguna vez activaron los golpes y los gritos, los gemidos, la saliva y el semen blanquecino. El frío me forzó a apurar el paso y, conforme cruzaba calles y daba vueltas en las esquinas, noté que me faltaba el aire. La sensación de asfixia se hizo tan grande que tuve que detenerme. Me recargué

bajo el portal de una vecindad oscura, sobándome las manos, tratando desesperadamente de recuperar la respiración. Intenté inhalar y exhalar con fuerza un par de veces pero sin resultado alguno. El aire se hacía cada vez más exiguo, cada vez más escaso. El aire pasaba a mi lado como si yo no existiera, negándose a introducir en mi nariz y en mis pulmones. Me senté sobre un escalón, resollando. Las rodillas me temblaban. Pensé que estaba a punto de morir, que nada ya tenía remedio ni salida y, en ese momento, como una daga bien afilada, la violenta imagen de Blanca rasgó por completo la pantalla de la realidad entera. Una luz mortecina se trasminaba a través de la hendidura desde el otro lado. Subyugado por el deseo de tenerla cerca una vez más, bajé los párpados, cerré los ojos. —No se preocupe, todo está bien, sólo se le fue el aire —dijo un hombrecillo de largos cabellos enmarañados que sostenía una botellita de alcohol frente a mi nariz. —Pasa mucho por aquí —añadió. Todavía con la cabeza sobre las baldosas, sin poder moverme, supuse que me había desmayado, pero en realidad no tenía conciencia alguna de lo que había pasado. Me incorporé con lentitud, temiendo un nuevo ataque de asfixia. Abrí la boca de par en par y, después de contener el aire por un momento, lo expelí con gusto. Todo había vuelto a la normalidad. El hombrecillo me ofreció un trago de licor con sus manos temblorosas y sucias. Lo acepté sin pensarlo dos veces. El latigazo del mezcal en la boca del estómago terminó de despertarme. —Yo he visto a muchos caer así, pero usted tuvo suerte —murmuró. Se sentó a mi lado. Al hablar, de su boca salía un vaporcillo rancio y blancuzco que le cubría la cara por completo. Cuando calló, me di

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Avancé rápido por la plaza de Santo Domingo tratando de sacarle la vuelta a los cuerpos de los perros callejeros y los borrachos tendidos sobre el suelo. El silencio era absoluto. Con el sol a sus espaldas, detenido todavía en algún lugar atrás del horizonte, el cielo adquirió una claridad desmesurada y violenta.

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cuenta que era un enano. Tenía un lunar oscuro sobre el labio superior y profundas marcas de acné por toda la cara. Una barba rala, descuidada, le caía hasta la punta del esternón. A pesar de que no era tan tarde no había nadie caminando en la calle. Estábamos los dos solos, ahí, el enano y el filósofo bajo el portal de una vecindad derruida, a oscuras. El mezcal no sólo me protegió del frío sino también del miedo. Lo vi a los ojos. Él me miró sin expresión. —¿Qué le trajeron los reyes? — me preguntó con voz gangosa. Crucé los brazos alrededor de las rodillas tratando de encontrar algo de tibieza en mi propio cuerpo. —Una mujer —le dije. Él se arremolinó dentro de su suéter de lana, le dio otro trago a su botella, alzó los hombros. —Y qué, ¿se la llevaron de regreso? —Hace muchos años —le contesté. El deseo de tener a Blanca cerca volvió a invadirme por completo. Un mudo dentro de mí alzaba los brazos, abría la boca, hacía gestos desesperados hacia el mundo y,

después, derrotado, volvía a su inmovilidad de piedra. —Hubiera dado la vida por ella —murmuré. El enano me pasó la botella. —La diste —aseguró. Blanca Florencia Madrigal, su nombre caía dentro de mi cabeza con la cadencia de las gotas que salen de un grifo descompuesto. Ahí estaba ella, en cada gota, correteando cantarina alrededor de los árboles, guiando mis manos temblorosas sobre sus senos, desnudándose frente a los espejos. Quería colgarme de sus hombros, esconderme bajo su falda, aspirar el olor de sus cabellos. El deseo creció; el deseo de abarcarla y de no dejarla ir; el deseo de besar sus muslos y de ser una vez más el adolescente enamorado, tonto, a la total merced de una mujer enloquecida; el deseo de caminar sin rumbo en las tardes lluviosas de verano y de hacer el amor tras los altares de iglesias concurridas; el deseo de verla seducir amigos comunes con los ademanes más artreros y de oír, después, el detallado recuento de los hechos; el deseo de caer de bruces y rogar y suplicar con toda el alma, Blanca.


De repente me vino a la memoria la última escena de nuestra despedida. Estábamos recostados sobre el pasto oloroso de un parque y Blanca me acababa de decir que ya nada tenía caso. —Pero si tú eres mi vida, Blanca, mi vida entera —le había dicho cuando ya no tenía nada más que decir. Blanca se incorporó, empezó a dar de vueltas sobre su propio eje, su falda de flores extendida como un paracaídas. —Pero si la vida es muy poca cosa, corazón, ¿no te habías dado cuenta? —yo tenía el mundo ahí, en mi bolsillo, guardado como un regalo, y ahí se quedó. Cuando volví a ver al enano nada me pareció extraño. —Pero la vida es tan poca cosa —le dije, viéndolo a los ojos, sintiendo las palabras de Blanca como alfileres bajo las uñas. —Eso es cierto —contestó con desenfado. El enano arrojó la botella vacía al terreno baldío de al lado. El ruido del cristal chocando contra las piedras se extendió por la calle negra hasta que, rato después, desapareció por completo. En silencio, con dificultad, él se incorporó. Luego me tendió una de sus manos regordetas para ayudarme a hacer lo mismo. Me preguntó si me sentía bien y, sin esperar mi respuesta, dijo que lo mejor era que me fuera. —Es peligroso caminar de noche por aquí —me advirtió—. Cuídese de la contaminación. Y guarde bien el aire —me aconsejó mientras juntaba las dos palmas de sus manos y las colocaba, cóncavas, sobre la boca, indicándome la manera en que se hacía. No tenía la menor idea de dónde estaba. Caminé por horas tratando de leer los letreros de las calles o de toparme con algún edificio conocido, pero todo fue en vano. Tenía mucho tiempo de no venir al centro, el centro donde había vivi-

do con Blanca, el centro que no era mío sino de ella. Eso, al menos, no lo había olvidado. Casi al amanecer me encontré frente al palacio de la Inquisición. Avancé rápido por la plaza de Santo Domingo tratando de sacarle la vuelta a los cuerpos de los perros callejeros y los borrachos tendidos sobre el suelo. El silencio era absoluto. Con el sol a sus espaldas, detenido todavía en algún lugar atrás del horizonte, el cielo adquirió una claridad desmesurada y violenta. Luego, casi sin transición, pasó a su acostumbrado azul plomizo. Iba caminando despacio, sin prisa, tratando de contrarrestar la cadencia del viento matutino. Mientras lo hacía, el mudo de piedra que vivía dentro de mí se desmoronó poco a poco frente a mis ojos estáticos hasta que no quedó sino un suspiro de polvo seco. Dentro de mi cabeza, Blanca Florencia también lo estaba viendo. Ella cayó de rodillas y jugó con los terrones entre sus dedos mientras alzaba la cara intentando verme. Sus ojos apagados, llenos de pesar, se incrustaron como alfileres dentro de mi cuerpo. Sin nada dentro, liso y desolado como la explanada por la que iba caminando, comprendí con terror todas y cada una de las razones por las que la había amado. Luego, casi en el acto, las olvidé de nuevo. Ya en mi apartamento, tomé un baño a toda prisa y me lavé los dientes. Acomodé una serie de papeles dentro de mi portafolio y, con él en la mano, salí corriendo para llegar a tiempo a mi primera clase. No tenía la menor idea de lo que trataría en el salón ese día. Los alumnos me recibieron con la noticia de que Juan Rulfo había muerto. Era el 7 de enero de 1986 y yo, detenido tras el escritorio, inmóvil como una estatua, viendo hacia los ventanales, observé cómo la vida se iba corriendo despavorida por las calles, la vida entera; la vida que es siempre tan poca cosa, que nunca alcanza, Blanca.

Cristina Rivera Garza (Matamoros, México, 1964) Estudió sociología urbana en la Universidad Nacional Autónoma de México y recibió su doctorado en historia de América Latina de la Universidad de Houston. En 2012 recibió un Doctorado en Letras Humanas Honoris Causa de la Universidad de Houston. Catedrática del Colegio de Artes Liberales y Ciencias Sociales de Universidad de Houston. Actualmente es profesora de Escritura Creativa en el Departamento de Literatura de Universidad de California en San Diego. Especialmente reconocida por su novela Nadie me verá llorar (1999, premio Anna Seghers 2005), ganó en dos ocasiones el premio internacional Sor Juana Inés de la Cruz, en 2001 por y en 2009 por La muerte me da y el Premio Roger Caillois para literatura latinoamericana en el 2013. En cuento ha publicado La guerra no importa (1991, Premio Nacional de cuento San Luis Potosí 1987) y Ningún reloj cuenta esto (2002, Premio Nacional de cuento Juan Vicente Melo 2001). Sus investigaciones de corte histórico sobre las definiciones populares de la locura y la historia de la psiquiatría en México a inicios del siglo XX han aparecido en las revistas Hispanic American Historical Review, Journal of the History of Medicine and Allied Sciences, entre otras, en Inglaterra, Argentina y Estados Unidos.

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El soliloquio de zorro azul

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Soy un zorro azul que vive en una granja gris. Condenado a la muerte por mi color, detrás de estas rejas de alambres a prueba de mordiscos no me siento nada de contento con mi color azul.

Alguien que paseaba por aquí oyó mi aullido y lo metió en una máquina grabadora. ¡Qué estúpido! ¡Él no sabe ni siquiera aullar pero seguro comenzaría a aprender si lo agarran y lo encierran aquí!

Oh Dios, ¡yo quiero cambiarme de piel! Quemarme como un demente hasta descuerarme a mí mismo, pero mi exuberante y tieso pelo azul se filtra por mi piel.

Me caí al suelo, moribundo. Y quien sabe por qué no me morí. Me vino una depresión como si tuviera mi propio Dachau pero ya lo tenía muy claro: jamás escaparía.

¡Cómo aúllo!, ¡desesperadamente lanzo alaridos! igual que las peludas trompetas del Juicio Final implorando a las estrellas deseando ser libre para siempre o al menos sacarme esta piel de una vez por todas.

Una vez, después de comerme un pescado podrido, me di cuenta que la jaula estaba entreabierta y me lancé hacia el abismo con la imprudencia de un ingenuo cachorro. Una cascada de perlas lunares pasaron por mis ojos.


memoria ¡La luna era un círculo! Y ahí me di cuenta que el cielo no estaba dividido en segmentos cuadrados como yo me lo imaginada viviendo dentro de una jaula. Pedazos de hielo flotantes de Alaska había por todas partes de los que logré esquivar aún estando enfermo pero sabiéndome libre algo cambió dentro de mis pulmones por todas las estrellas que me había tragado. Hice travesuras, ladré cosas hacia los árboles que no tenían ningún sentido. Fui yo mismo. Y hasta la misma brillante nieve tenía miedo de que yo tuviera un color tan azulado. Mi madre y mi padre no se amaban pero se casaron de todas maneras. Cómo me gustaría encontrar una hembra con la que pudiera rodar y volar por la nieve. Ahora me siento cansado. Hay demasiada nieve por todas partes. No puedo levantar mis pesadas patas. No he conseguido amigos ni tampoco hembras. Un niño cautivo es muy débil para ser libre. El que nació en una jaula sentirá nostalgia por su jaula. Horrorizado me di cuenta de cuánto la amaba y el espacio donde me escondían detrás de una reja, ese lugar que era una industria de pieles, mi tierra natal. Entonces regresé exhausto y golpeado. Un poco después la jaula fue sellada y mi sentimiento de culpa se transformó en rencor pero el amor me protegió mágicamente contra el odio. Es cierto, las cosas han cambiado en la granja de pieles. Acostumbraban a asfixiarnos en sacos. Ahora nos matan de una manera más moderna, nos electrocutan. Todo es maravillosamente ordenado aquí. Contemplo a la cuidadora que es una muchacha esquimal. Su mano se posa amigablemente sobre mí. Sus dedos rascan la parte detrás de mi cuello. Pero una tristeza parecida a la de Judas hay en sus ojos angélicos. Ella me cuida de mis enfermedades y por nada me dejará morir de hambre, pero yo sé que cuando llegue la hora, implacablemente ella me traicionará cumpliendo su trabajo.

Con un poco de humedad en sus ojos ella sacará el collar de mi cuello cantando bajito: «¡Hay que ser humano con los empleados!». En la Oficina de Ejecuciones del Instituto de la Granja de Pieles. Me encantaría ser ingenuo como mi padre pero nací en cautiverio: yo no soy él. El que me da de comer, me traicionará El que me cuida como animal doméstico, me matará. (1967)

Vieja fotografía N.T. Hace mucho tiempo en Moscú, en una vieja casa de madera, tú, siempre en silencio, entrabas de prisa, corriendo feliz pero luego salías de allí huyendo bastante triste. Sucedía bajo la lluvia, bajo las nevadas; era tu frenética llave a lo desconocido. Siempre comenzabas con una arriesgada salida y terminabas huyendo de tu casa. Tus labios me besaban pero no decían palabras. Me ofreciste tu cuerpo pero escondiste tu alma. Me apretabas hasta darme dolor. Y tus ojos no querían mirar los míos. Yo no sabía nada de tu otra vida. Amante de día no tenía idea de tus noches. Tus uñas trataban de hacer pedazos el papel de la pared rasgando el significado de tu silencio. Poco después te sumergiste en nuestra ciénaga en los intestinos de un bus o en el útero de una estación de trenes. Dejándome solo, luchaba con las yemas de mis dedos tratando de entender tu código Braille en la pared. Después de tu huida, quedó en mi cuarto por mucho tiempo tu aroma de frescas y recién cortadas lilas silvestres.

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Pero una vez, ese aroma se desvaneció para siempre. Envejecimos, cada uno por su lado, casi por medio siglo. Y por casualidad fui cruelmente castigado cuando tu marcador de libros cayó de un tomo de poesía de Alexander Blok. Era la fotografía de tu rostro joven hace cincuenta años era tu regalo de despedida. Lo sentí mucho pero abrí ese libro muy tarde y encontré algo escrito en un lado del marcador: «No te sorprendas. Te amo. Para siempre». Y de tu rostro tu alma apareció por primera vez pero otra vez tus ojos evitaban mirar los míos. Y oí tu voz con miedo desde la tumba: «No te des por vencido. Lograrás muchas cosas. Yo soy infeliz amado mío, pero todos mis deseos se harán realidad». Dios mío, este libro guardaba tu rostro joven incluso tu voz estaba cerca de mí fui un pecador, un muchacho desatento ¿y aún ahora sigo siendo el mismo? ¿Por qué todavía camino con ímpetu por otras regiones del mundo, océanos, ríos, costas? Es porque el aroma de una lila silvestre de nuestro pasado aún permanece conmigo, y continúa eternamente fresca. (2004)

Cae la nieve pura para A.W. Bouis Cae la nieve pura como si resbalara por hilos. Quisiera vivir, vivir pero sé que no es posible. Algunas almas se pierden sin huella en la lejanía, suben, suben hacia el cielo como hace la nieve pura. 18

La nieve pura se disuelve... yo también desapareceré...

No me preocupa la muerte, nadie vive eternamente. No creo en esos milagros. No soy ni nieve ni estrella, yo jamás volveré a ser jamás, jamás, nunca más. Y pienso yo, pecador: ¿Qué hiciste con tu existencia? En su torbellino, ¿qué amaste más que la vida? Quise con mi sangre a Rusia como el tuétano de mis huesos, quise sus ríos creciendo y debajo de los hielos. Quise el humo de sus casas, el aire de sus pinares, amé a Chejov, Pushkin y a sus gloriosos ancianos. Si tuve mis contratiempos, fue sin lamentarlos mucho. Qué importa si viví locamente, por Rusia fue que viví. Dolorido de esperanzas (lleno de oculta inquietud), creo que tal vez un poco también yo he ayudado a Rusia. Aunque a mí Rusia me olvide cuando el tiempo se devane, el caso es que Rusia viva para siempre, eternamente. Cae la nieve pura, cae como caía en los tiempos de Pushkin, de Chejov, como caerá cuando muera... Cae la nieve, cae la nieve con cegadora blancura, borrando todas las huellas, las que yo dejo y las otras... Nadie vive eternamente, pero tengo una esperanza: si Rusia vive, es decir que yo también viviré. Versión de Rafael Alberti y María Teresa León


El último intento A Masha El último intento de ser feliz ciñéndome a todas tus curvas, todas tus sinuosidades, a la blancura trémula y balbuceante y a las bayas con el opio del sauco. El último intento de ser feliz como si mi fantasma, al filo del abismo, quisiera saltar huyendo de todas las ofensas, allá donde hace mucho estaba yo arruinado. Allí sobre mis huesos rotos se posa una libélula, y las hormigas visitan tranquilamente las cuencas de lo que ayer fueron mis ojos. Ya me hice alma. Ya no estoy en mi cuerpo. Escapé a mi prisión de huesos pero me hastían los fantasmas y otra vez me llaman los abismos. Un fantasma enamorado ahuyenta más que un cadáver. Pero tú no te asustaste sino que comprendiste y juntos nos hemos arrojado como a un abismo y el abismo desplegó unas blancas alas que nos levantó sobre la niebla. Y estamos tendidos juntos, no en la cama sino en la niebla que apenas nos sostiene. Soy un fantasma. Ya no se quiebra mi cuerpo pero tú estás viva y temo por ti. Otra vez revolotea el cuervo fúnebre en espera de carne fresca, como en el campo de batalla. El último intento de ser feliz. El último intento de amar.

Yevgueni Yevtushenko (Zuma, Rusia, 1933 – Tulsa, EE.UU., 2017) Desde los once años se radicó con su familia en Moscú, donde cursó estudios en el Instituto Literario hasta 1954. En sus primeros poemas, Los pioneros del porvenir 1952, La tercera nieve 1955 y Estación de Zima 1956, mostró una marcada influencia de Maiakovski. Alcanzó la fama internacional en 1961, con su poema Baby Yar, donde denunció el exterminio de judíos y el antisemitismo de Rusia. Desde la década del setenta ha incursionado en otros campos de la cultura, con obras como la novela Siberia, tierra de bayas 1981, el guión cinematográfico Jardín de infancia 1984, y el documental No mueras antes de morir 1996. En 1987 fue designado miembro honorario de la Academia Americana de Artes y Ciencias. Entre sus títulos de poesía conviene destacar Los pioneros del porvenir (1952), La tercera nieve (1955), Estación de Zima (1956), Promesa (1957), Poemas de varios años (1959), Moscú-mercancías (1960), La central hidroeléctrica de Bratskaja (1965), Robando manzanas (1971), El poeta en Rusia es más que poeta (1973) y Poemas de amor (1977). Al inicio de los años sesenta apoyó la Revolución cubana y sostuvo diversas charlas confidenciales con Fidel Castro y con el Che Guevara. Yevtushenko también ofreció lecturas de su poesía en Brasil, Argentina, Nicaragua, Colombia, Ecuador, Uruguay, Perú, República Dominicana, Panamá y Costa Rica. En 1963 estuvo nominado al premio Nobel de Literatura. En 1991 se fue a Estados Unidos con su familia para enseñar en una universidad de la ciudad de Tulsa (Oklahoma), donde vivió hasta su fallecimiento. 19


Arquímedes González Torres

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asta que Carlitos se hundió en el agua de la piscina entendí la expresión de la mirada de Dalila, su entrenadora. A insistencia de mi mujer acepté que Carlitos tomara clases de natación. Lo llevaba todos los sábados. Cada vez tras ayudarlo a cambiarse de ropa, yo salía de los vestidores cargando la mochila e iba al segundo piso del local, acercaba una silla al muro y desde ahí miraba las clases. En cuanto Carlitos aparecía junto a la piscina de principiantes, sus ojos me buscaban, me dedicaba una sonrisa y levantaba sus manos orgulloso. Yo me llevaba algún periódico o un reproductor de música para pasar ocupado la hora de entrenamiento. A veces tras pedir un café o un refresco en el bar, plati-

caba con los otros padres o madres que tenían a sus hijos también en las clases de natación. Entre los padres intercambiábamos cumplidos de cómo avanzaba cada alumno en las clases. Una vez una mujer se me acercó y me explicó que ella deseaba que su hijo aprendiera a nadar porque ella soñaba entrar al mar con él. —Yo lo hice por insistencia de mi esposa —le dije. —De todas formas es bueno que aprendan a nadar —me contestó. —Sí, al menos ya desde pequeño, Carlitos va más avanzado que yo, porque yo nunca aprendí bien a nadar. Le expliqué que nuestra familia jamás tuvo dinero para esas cosas.


relato Con comida sobre la mesa y tres nuevas mudadas al año, era suficiente para que estuviéramos felices. Pero ahora que yo había salido adelante en mi trabajo, estaba de acuerdo en que Carlitos aprendiera las cosas que yo nunca pude. —¿Y ahora a usted no le gustaría aprender a nadar? —Ya estoy muy viejo para eso —le dije. —¿Viejo? ¿Cuántos años tiene usted? —Cuarenta y dos años. —¡Yo he visto a señores de setenta años aprender a nadar, así que tiene la mitad de la vida por adelante! Yo me reí. No era sólo la edad. No era sólo eso… Me puse a ver las tres piscinas del local. En la que estaba Carlitos, el agua llegaba hasta la cintura de los instructores. La otra tenía una profundidad de 150 centímetros. La más grande y en la que Carlitos debía graduarse, tenía cinco metros de profundidad. Yo nunca había podido nadar en una de más dos metros de profundidad. Al terminar las lecciones me despedí de la señora y fui a los vestidores. Saqué la toalla y la ropa de Carlitos. Me senté a esperar. Después de unos minutos me asomé al pasillo, pero no vi a nadie. Seguí esperando hasta que vi venir a Carlitos en brazos de su profesora. —Se resbaló —me explicó la joven. Carlitos sollozaba. Aunque aún estaba mojado, lo tomé en mis brazos y lo besé en la frente. —Todo va a estar bien —le dije. La joven me extendió la mano. —Me llamo Dalila. —Mucho gusto, Dalila. Yo me llamo Juan Alberto —le dije viendo sus pechos. —Juan Alberto —repitió ella y me sonrió. Yo tomé la toalla y me puse a secar a Carlitos.

—¿Llevás ya muchos años dando clases de natación? —quise saber. —No, apenas llevo un año. —¿Y estudiás en la universidad? —Sí. Estudio educación física. Quiero ser maestra. —Ya sos maestra. —No, qué va. Más bien, alumnos como Carlitos, me dan clases. Carlitos es un muchacho muy valiente, dedicado y aprende muy rápido. —Muchas gracias. ¿Viste, Carlitos? ¡Qué alegre! —Mi papi no sabe nadar —confesó Carlitos. Yo me puse a reír nervioso. Dalila me quedó viendo sin saber si era verdad. —Sé chapotear —le dije riéndome. —Aquí también dan clases a mayores de edad —me explicó Dalila. —Qué bien, pero no tengo tiempo para eso —le respondí vistiendo a Carlitos. —Bueno, tengo que regresar a dar clases —dijo Dalila. —Mucho gusto, Dalila y gracias por cuidar de Carlitos —le dije evitando ver su pecho. —¡Es un placer cargar a un niño tan lindo! —afirmó ella acariciando el cachete derecho de Carlitos. Yo extendí mi mano y hasta ese momento sentí la piel joven, húmeda y suave de Dalila que me transmitía una dulce descarga eléctrica. Dos meses después yendo para un restaurante a almorzar, me encontré a Dalila caminando por la calle. Ella cruzaba el semáforo en rojo. Volvió a ver, pero no pareció darse cuenta que yo era el conductor del vehículo que estaba en frente de ella. Yo no sé por qué bajé la ventana del automóvil y le grité: —¡Dalila! Ella se detuvo al otro lado de la calle. Pareció no reconocerme, pero levantó su mano. Yo me estacioné, apagué el motor y salí a saludarla.

A insistencia de mi mujer acepté que Carlitos tomara clases de natación. Lo llevaba todos los sábados. Cada vez tras ayudarlo a cambiarse de ropa, yo salía de los vestidores cargando la mochila e iba al segundo piso del local, acercaba una silla al muro y desde ahí miraba las clases. En cuanto Carlitos aparecía junto a la piscina de principiantes, sus ojos me buscaban, me dedicaba una sonrisa y levantaba sus manos orgulloso.

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De pronto vi a Carlitos hundirse en el agua. Volví a ver a Dalila. Dalila ya no aplaudía. Sólo me miraba. Su sonrisa era una horrible mueca de burla (…). Dalila ya había desaparecido. Mi ex mujer avanzó hacia los entrenadores. Yo me acerqué a la piscina y sin pensar en ese miedo que siempre le había tenido a la profundidad del agua, me lancé…

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—Hola, Dalila —le dije. —¿Usted es el padre de Carlitos, verdad? —Sí, sí. —Perdone. Es que no lo reconocí con traje y corbata. —Sí, este traje me hace verme más viejo. —¿Viejo? No, muy elegante, diría yo. La invité a comer. La pasamos muy bien. Ella alquilaba un apartamento en las afueras de la capital. Además de dar clases de natación, daba clases privadas de inglés a niños de familias pudientes. Dalila había estudiado en el Colegio Americano. Estudiaba educación física en la Universidad de San Marcos y no, no tenía novio. Los almuerzos se convirtieron en citas para verme con Dalila. Unos meses después, los almuerzos eran las dos o tres horas que pasaba en la cama con ella. Además, los sábados la miraba desde el segundo piso dándole clases a Carlitos y a los demás alumnos. Para sus clases ella alternaba tres trajes de baño en la semana. Un azul marino, un negro y un rojo oscuro. Ese día llevaba el traje azul marino. Los demás hombres también la miraban. La miraban a como yo lo hacía, pero la diferencia era que yo la poseía. Un domingo Dalila me invitó a nadar. Fuimos a una piscina al otro lado de la ciudad. Como estábamos en verano, escogimos la piscina abierta. Yo me acomodé en una poltrona y me dispuse a darme un rico baño de sol. Dalila se quitó la ropa. Yo tuve una potente erección al ver su diminuto bikini. Dalila me dio un beso en la mejilla y se metió al agua. La vi nadar y pensé en la vida, en lo hermoso que es todo… Desperté al sentir los dedos húmedos y fríos de Dalila. —Vamos a nadar —me dijo. Yo la acompañé. Fui al lado menos profundo y me metí. No me molestó que el agua estuviera

un poco fría, sino que el nivel del agua llegaba hasta mi pecho. Dalila también se metió al agua, se acercó y me besó. Había muchas parejas más y algunos niños. Dalila me llevó a una esquina y ahí me besó con más fuerza. Metió su mano derecha al agua y la introdujo en mi bañador. Después me pidió que me pusiera en posición horizontal en el agua. Ella colocó los brazos debajo del agua y me sostuvo la espalda y las piernas. —Extendé los brazos y cerrá los ojos —me ordenó. —No me llevés a la zona profunda —le rogué. —Sólo dejate llevar —me pidió. Aunque mi corazón palpitaba de miedo, lo hice. Vi la cara de satisfacción de Dalila, le sonreí y cerré los ojos. Me sentí flotando en el agua. Yo dejaba llevar mi cuerpo al vaivén del agua y de Dalila. Por fin después de aquella vez cuando unos niños me tiraron al agua en la piscina del colegio, no sentía ese miedo de ahogarme estando donde no tocaba el fondo de una piscina. Después de muchas dudas y miedos, dejé a mi mujer y me fui a vivir con Dalila, pero como había temido, no funcionó. Dalila era demasiado joven. Demasiado libre, demasiado independiente. Yo quería tener hijos con ella, quería casarme con ella, quería hacer una vida juntos. Ella aún no estaba lista. Yo no lo entendí e insistí y eso hizo que la relación se partiera en mil pedazos. Me mudé a un apartamento. Yo estaba enojado y decepcionado de mi loco actuar porque en esas noches solo, descubrí que el amor de las mujeres es a veces tan oscilante, que es mejor nunca soltar la rama de la que uno está sujeto. En un dos por tres había destrozado mi vida familiar por una joven que se negaba a quererme a como yo lo quería aunque por ella yo había dejado todo para quedarme a su lado.


Seguí llevando a Carlitos a las clases de natación. De suerte ya faltaban seis meses para que Carlitos terminara los cinco ciclos y así no volvería a ver nunca más a Dalila. Cada sábado era una tortura verla. Yo era ahora igual a los demás hombres que sin poder poseerla, debíamos conformarnos en admirar el hermoso cuerpo de Dalila en sus apretados trajes de baño. Uno de esos sábados, luego de las clases de natación, descubrí que la llanta izquierda de mi automóvil se había ponchado. Dejé a Carlitos en el asiento trasero y me puse a cambiar la llanta. Cuando ya guardaba todo, vi que Dalila salía del edificio acompañada de un muchacho. La quedé viendo como un niño queda viendo el helado que otro niño se come. Dalila me dirigió la mirada, pero de inmediato la apartó y se aferró al brazo de su novio. A pesar de que Dalila tenía novio, yo insistí en volver con ella. No

podía ser que yo hubiera acabado con mi matrimonio por una mentira. Sentía que en el fondo, Dalila me quería. Yo había sido un desesperado que no había expresado bien mis sentimientos y la había acorralado para que cuanto antes se casara conmigo. Ahora entendía que debía darle su espacio. Y por eso no reclamé nada de su novio. Varias veces la llamé por teléfono o la fui a buscar a su apartamento y a las casas donde impartía clases de inglés. Ella siempre me rechazaba. Siempre me rechazaba… En esas semanas Carlitos había empezado ya los entrenamientos más exigentes que eran nadar con zapatos, ropa y chaquetas. Era admirable verlo sacar fuerzas para nadar con esa indumentaria, pero era una fase necesaria porque así se aseguraba de que los niños lidiaran con casos extremos al caer al agua en diferentes situaciones. Incluso, Dalila me explicó que el curso es-

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Me puse a ver las tres piscinas del local. En la que estaba Carlitos, el agua llegaba hasta la cintura de los instructores. La otra tenía una profundidad de 150 centímetros. La más grande y en la que Carlitos debía graduarse, tenía cinco metros de profundidad. Yo nunca había podido nadar en una de más dos metros de profundidad.

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pecial de buceo de la escuela de natación exigía que los niños nadaran con zapatos y chaquetas con placas de plomo. Mientras tanto, mi situación económica y emocional comenzó a derrumbarse. Un divorcio es una fase de empobrecimiento económico y una nueva separación, un duro golpe en el corazón. Al principio quería recuperar a Dalila para demostrarle que podía amarla sin casarnos y sin que tuviéramos hijos, pero de pronto, lo que quería hacer era hacerle daño porque ella había acabado con mi matrimonio, con mi estabilidad y con mi relación con Carlitos que ahora se limitaba a pasar con él algunas horas los sábados y domingos. Fue difícil convencer a Dalila, pero me volvió a aceptar y a los pocos meses estaba nuevamente en su apartamento. Llegué un domingo. Le pedí que esa semana la dedicara a estar conmigo. Y sí, toda esa semana la pasamos en su apartamento. Yo no paraba de penetrarla. Básicamente pasamos desnudos en la cama comiendo y teniendo sexo. Parecíamos conejos, parecíamos leones, parecíamos gatos, parecíamos perros en celo. La tercera no-

che a pesar de su rechazo, la penetré por el trasero. A pesar de su negativa y sus intentos por separarse, la penetré lo más hondo que pude. Tras eyacular, pude ver que de su trasero salía el semen y la sangre. Dalila lloró en mis brazos. Yo no le pedí perdón, pero la abracé. Ella tampoco me reclamó nada. Creo que así ella me demostraba que esta vez sí se quedaría conmigo. Yo así le demostraba que esta vez iba a ser capaz de tratarla como se trata a las putas. Nueve veces más me la cogí por el trasero y a los quince días, la abandoné. Carlitos ya estaba por terminar las clases de natación. Desde el día que dejé a Dalila, no había vuelto a tener comunicación con ella. Sólo la miraba los sábados desde el segundo piso. Ya no la miraba como la miraban los demás hombres a mi alrededor. La miraba como cualquier cosa. Lo bueno era que Dalila seguía tratando bien a Carlitos y Carlitos seguía apreciándola mucho. El día de la graduación fui con mi ex esposa. Nos sentamos en las bancas del lado derecho de la piscina principal. Hablamos de cómo estaba crecido Carlitos, de cómo había aprendido a nadar y nada más. El pódium estaba lleno de los padres de los niños. También estaban los hermanos, los tíos, los primos, los abuelos, era toda una gran celebración de familiares alegres por los pequeños nadadores. Esperamos a que salieran los niños. Eran treinta niños que ese día se graduaban. Para la graduación debían flotar cinco minutos en el agua usando sólo sus piernas y con los dedos índices saliendo del agua. Luego debían dar diez vueltas a la piscina poniendo en práctica cada técnica de natación aprendida esos meses. Todos estaban vestidos. Tenían chaquetas y zapatos puestos. Se formaron los primeros seis niños. Después del pito, se lanzaron


Carlitos ya estaba por terminar las clases de natación. Desde el día que dejé a Dalila, no había vuelto a tener comunicación con ella. Sólo la miraba los sábados desde el segundo piso. Ya no la miraba como la miraban los demás hombres a mi alrededor. La miraba como cualquier cosa.

al agua. A veces me parecía que más de alguno no lo lograría, pero ahí iban nadando. En la tercera ronda le tocó el turno a Carlitos. Dalila lo acompañó. Le dio un abrazo, lo besó y Carlitos y ella nos saludaron. Yo levanté la mano. Mi ex mujer también. Ninguno de los dos nos dijimos nada. Dalila no dejaba de verme. Aunque estábamos muy lejos, podía sentir la mirada herida de Dalila. Podía sentir que mi venganza había sido perfecta. Sonó el pito y los niños se lanzaron al agua. Los padres aplaudieron y animaron a sus hijos. Desde el principio, Carlitos se había quedado rezagado. Dalila aún me quedaba viendo. Dalila sin quitarme la vista, aplaudía y gritaba: ¡Vamos, Carlitos!, ¡Vamos, Carlitos! Yo también me puse a darle ánimos a Carlitos gritándole: ¡Eso, Carlitos, vos podés, Carlitos!, pero podía ver que mi hijo tenía problemas para avanzar. De pronto vi a Carlitos hundirse en el agua. Volví a ver a Dalila. Dalila ya no aplaudía. Sólo me miraba. Su sonrisa era una horrible mueca de burla. Recordé la escena en su apartamento: Estábamos en

la cama y Dalila se negaba a que yo la penetrara por el trasero. Yo a la fuerza le había abierto las piernas, controlé sus brazos y la penetré hasta hacerla chillar y ese grito me devolvió a la realidad… Entonces recordé las placas de plomo de las que me había hablado Dalila y por fin comprendí su mirada. De inmediato me puse de pie esperando a que Carlitos saliera del agua, pero no sucedió. Entre la celebración de los demás padres y familiares, ninguno de los instructores se había percatado de que Carlitos llevaba varios segundos sin salir del agua. Yo levanté mis manos y grite: ¡Mi hijo, mi hijo! Mi ex mujer también comprendió lo que pasaba y los dos pedimos auxilio. Hicimos varias señas, pero los instructores seguían con la mirada a los muchachos que iban en los primeros lugares. Dalila ya había desaparecido. Mi ex mujer avanzó hacia los entrenadores. Yo me acerqué a la piscina y sin pensar en ese miedo que siempre le había tenido a la profundidad del agua, me lancé… Recuperé la conciencia en la ambulancia. A mi lado mi ex mujer lloraba abrazando el cuerpo sin vida de Carlitos.

Arquímedes González Torres (Managua, Nicaragua, 1972) En el año 1998 se trasladó a Japón para estudiar telecomunicaciones en la universidad de Tokio gracias a una beca. A su regreso, a finales de 1999, comenzó a laborar en el periódico La Prensa. En novela ha publicado La muerte de Acuario (2002), Qué sola estás Maité (2007), Conduciendo a la salvaje Mercedes (2009), El fabuloso Blackwell (2010), Dos hombres y una pierna (2012); en cuento: Tengo un mal presentimiento (2009) y Clases de natación (2014). Fue finalista del IV Certamen de Novela de Crímenes Medellín Negro, en el 2015; finalista del Premio Internacional de Cuento La Felguera en España, en el 2015; ganador del Premio Centroamericano de Novela Rogelio Sinán 2012; ganador del IV Concurso Internacional de Relato de Humor en España en abril de 2011; ganador del IV Premio Internacional Sexto Continente de Relato Negro en España en enero de 2011, y ganador del Premio Centroamericano de Novela Corta en Honduras en el 2010. Weblog: http://arquimedesgonzalez.blogspot.com/

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Carlos Wynter Melo

De: kjohnson@hotmail.com Para: argeliab_2009@gmail.com Querida Argelia,

J

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uan Carlos Guevara, compañero de cátedra y amigo, me acercó una carta de mediados de los setentas. Adivina de quién, de Orar Jiménez, tu persona preferida. Se la dirige a una mujer llamada Marie Duverger que, desde ahora te lo digo, no te va a resultar agradable. La carta de Orar me llega en este momento de duda que atravesamos. ¿No te parece providencial, revelador? Claro que aún estos comentarios míos no te dicen nada. Pero espera y verás. Es una señora carta. Engrandece la figura histórica de Orar. No deja títere con cabeza. Después de haber emigrado del Estados Unidos de los setentas a Burdeos, Francia, Jiménez no podía responder de otra forma. Por supuesto, además de al hombre comprometido, verás al artista. Y al seductor, sin duda. Pero, sobre todo, verás a un niño

que reflexiona, piensa y se pregunta, como estirando el cuello para ver a sus padres a los ojos, por qué somos como somos. Me he dado a la tarea, por ti y solo por ti, de copiar lo que dice. Disfruta. Si te conozco bien, no vas a soltar la carta hasta que la termines.

Burdeos, 7 de marzo de 1975 Marie querida, Veo que nuestra convivencia te dio la seguridad para hablarme de ti libremente. Me has contado de tus amigas y de lo que piensas de la clienta a la que frecuentemente debes atender. También has opinado, por fin, sobre el plato que solía estar siempre en mi comedor. Tu sinceridad me apabulla y creo que habría sido conveniente menos. Tu carta me ha dejado boquiabierto y, de inmediato, ha logrado que se me escape una carcajada. No interpretes esto a la ligera; dame más tiempo para explicarte. Por supuesto, agradezco que me hayas permitido contemplar el lunar

de estrella que tienes en el cuello, tú inmóvil y desnuda, ¿por cuánto?, ¿diez minutos? Eso ha sido una candidez y una generosidad por la que te tendré agradecimiento eterno. Te expliqué lo que significaban para mí los lunares, todos los lunares, y, sin más, me diste esa dádiva. Qué linda. También agradezco, ahora al destino, que hayamos compartido más que una charla, más que un café, más que esos diez minu-


narración

tos de sosegada contemplación, y hayas accedido a darme lo mejor que un cuerpo puede dar a otro. Y es por esto, por lo mucho que me has regalado, que quiero ser transparente sobre quién soy yo, Orar Jiménez. Sabes que soy un artista y posiblemente por eso te acercaste a mí. No te alarmes, que no te estoy reprochando nada. Sabes que nací en los Estados Unidos, hijo de un padre puertorriqueño y una madre

irlandesa, y sabes que actualmente vivo en Burdeos, Francia, donde me conociste, dedicado a la traducción y a escribir. Mi habitación en Wellkhome Appartements debe haber sido una claraboya por la que asomarte a mi vida. Hasta aquí no debe haber sobresalto. Lo que no sabes es cómo nació mi pasión por la epidermis humana —uno de los costados de esa pasión es mi gusto por los lunares. Me puede llevar a ser obsesivo, te

consta. Esta es la historia del por qué. Espero no impacientarte—. En Chicago, hace algún tiempo, conocí a un hombre llamado Benny Woodrow. Benny administraba un centro cultural de minorías en el que ofrecí un par de recitales. Pero lo más interesante de Benny eran sus ideas, bastante bizarras, por cierto, sobre lo que estaba haciendo la CIA con estudios sobre la melanina. Como tal vez sabes, la melanina es la sustancia que colorea la

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Por supuesto, además de al hombre comprometido, verás al artista. Y al seductor, sin duda. Pero, sobre todo, verás a un niño que reflexiona, piensa y se pregunta, como estirando el cuello para ver a sus padres a los ojos, por qué somos como somos. Me he dado a la tarea, por ti y solo por ti, de copiar lo que dice. Disfruta. Si te conozco bien, no vas a soltar la carta hasta que la termines.

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piel. Y sí, estoy hablando de la CIA, the Central Intelligence Agency. Resulta ser que Benny conocía una persona, quien a su vez conocía a otra persona, que sostenía que, en laboratorios subterráneos, científicos aislados y cuyo anonimato se conservaba con celo, estaban creando melanina artificial. Según Benny, la degradación de la capa de ozono nos obligaría a proteger nuestra piel por cualquier método posible. ¿Y qué mejor modo que alterar las pigmentaciones, incluso eso? En el futuro, pues, todos seríamos negros, según decía Benny. Y esa vez lo escuché como a los niños o a los locos, sin prestarle realmente atención, cuidándome de no contradecir sus palabras. Después de todo, debía llevar la fiesta en paz, por lo menos mientras fuera su invitado. Pero Benny me tenía preparada una chocante demostración. No podíamos evitar uno o dos encuentros más, no mientras siguiera bajo su tutela y no se consumaran las lecturas. Al día siguiente, me encontré con él para desayunar y una vez terminamos, me invitó a una habitación que los dueños del hotel le reservaban para pequeñas reuniones. Ahí, sin previo aviso, sacó una jeringa con un líquido celeste en su tubillo, y se arremangó la camisa. Se clavó la aguja. ¡Qué

es esto!, le dije, no pudiendo reaccionar con otras palabras, pensando que tal vez, solo tal vez, asistía al inicio de una fiesta de morfina, heroína o algo peor. Espera, contestó. Y no tuve que esperar mucho: su brazo comenzó a tornarse naranja, más bien, la piel de su brazo se tornó naranja. Y dijo él: pigmentación anaranjada. Y agregó: puede convertirse en una moda. Pero más que modas, me sacudió hasta la médula que los cuerpos parecieran, con esa teatralidad de Woodrow, meros trajes que podemos cambiar como quien usa una camisa distinta cada día. ¿Qué éramos entonces? Y lo peor, o mejor, qué era Dios si nosotros podíamos llevar a cabo sus diseños. En vez de la pigmentación que el azar quiso darnos, pigmentación sintética. Y en vez de un lunar, un tatuaje, por ejemplo. Qué alta sastrería. (¿Ahora comprendes por qué no puedo permanecer indiferente ante las observaciones tuyas? ¿Quién es esa clienta en realidad? ¿Lo sabes? ¿Sabías aquella noche en mi habitación del Wellkhome Appartements quién era yo?) El evento terminó y dejé Chicago. No vale la pena hablar de nada más sobre Woodrow, no directamente, salvo decir que el efecto de la inyección no le duró mucho.


Apenas un minuto después su brazo había vuelto a ser normal —la melanina original se abrió paso en la epidermis y el cuerpo acabó excretando la otra. Ahora debo contarte de Kim Shou. Shou fue mi amante entre el 59 y el 61, si no me falla la memoria. Y ella fue la razón, por mucho, de que yo dejara los Estados Unidos sin mirar atrás. Simplemente no podía seguir en ese país. Ya no era mi país. Kim Shou era hija de inmigrantes coreanos y convivimos exageradamente en los años que te dije. Más que amarla, me convertí en ella. Ya verás por qué lo digo. La conocí en la Universidad de California, extensión de Los Ángeles, lugar al que había vuelto después de residir en varias ciudades del este. Por supuesto, me llamó la atención su piel, que en realidad nunca me pareció tan amarilla como se piensa de la piel oriental, sino rosada y amarilla. Coincidíamos mucho en la biblioteca por pura eventualidad, y nunca pudimos encontrar otra razón más que esa, el azar, para tanto encuentro. Y resultó ser que había leído mi trabajo Ubicuidad y un día decidimos tomar algo en una cafetería. A pesar de los tiempos, la familia de Shou se había reproducido bastante. La chica tenía siete hermanos, tres varones y cuatro mujeres. Y todos vivían en una misma casa a las afueras de los Ángeles. Fui conociéndolos de una manera muy informal. Si entrábamos a un supermercado y Shou se detenía un momento para hablar con un chico oriental o una chica oriental, y lo hacía en un idioma extraño, que para mí podía ser mandarín o cantonés o cualquier otro, pero que era, por supuesto, coreano o hangugeo, como se le conoce en Corea, ya podía yo estar seguro de que era un pariente de Shou. Yo los saludaba con una sonrisa y después ella me aclaraba quién era exactamente.

Tendríamos un par de meses de estar juntos cuando me acompañó con mucha calma a mi apartamento. El silencio fue relajando cualquier oposición suya. Hicimos el amor sin prisas y sin originalidad. Nos desnudamos; doblamos con cuidado nuestras ropas, yo por no desentonar con su pulcritud; y nos acostamos en la cama matrimonial que presidía mi cuarto. Recuerdo que me levanté y estuve contemplando la desnudez que le había quedado descubierta. Registré en mi memoria su color, los lunares y cómo nacían los vellos en su cuerpo. Luego me acosté, y en las primeras horas de la madrugada, la

escuché llorar. Después supe, con asombro, que ese día había dejado de ser virgen. Con igual recato y primor, se apareció un día con una pequeña maleta. Parecía una flor blanca y lánguida parada frente al edificio. Supe entonces lo decisivo que había sido yo para ella. Y la acepté con tranquilidad, como si su llegada no fuera nada extraordinario. Entra, siéntate. Puedes usar esta gaveta para guardar lo que sea que lleves en tu maleta. Debes poder imaginarte la escena. Y ahora hablemos del plato vacío que encontrabas siempre en mi pequeño comedor, puesto cuidado-

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Pero más que modas, me sacudió hasta la médula que los cuerpos parecieran, con esa teatralidad de Woodrow, meros trajes que podemos cambiar como quien usa una camisa distinta cada día. ¿Qué éramos entonces? Y lo peor, o mejor, qué era Dios si nosotros podíamos llevar a cabo sus diseños.

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samente. Hay un rito coreano que se realiza en honor a los muertos. Cuando un coreano parte al más allá, se cree que su espíritu permanece con sus descendientes por cuatro generaciones. Al rito se le llama Jerye. Shou me lo explicó y la escuché, después de las primeras palabras, como quien oye llover. No quería perder mucho tiempo con lo que me parecía un disparate, por lo menos en el sentido práctico. Las diferencias culturales eran abismales, por supuesto. Los latinoamericanos como yo no creemos que la vida sea más que un instante, y ella me pedía creer en la permanencia después de la muerte. Eso duró por un tiempo. De vez en cuando, llevaba el tema a nuestras conversaciones en la cama, después del sexo. Una noche me dijo que su hermano, un bebé no nacido, le había consolado esa misma tarde. Continué con mi rutina de responder a lo que dijera con un interés convincente pero, por supuesto, falso. No llevábamos mucho en eso, cuando me calló con una frase seca; —No me crees, ¿verdad? Mi primera reacción fue negar. Pero no perseveré. Tuve que confesarle que no, que los muertos y yo no compartíamos los mismos espacios, y que nunca sería así. —No es que lo veamos de esa manera, Orar —me dijo con cierta condescendencia—. Por lo menos yo no lo veo así. Los muertos de los que te hablo son de otra naturaleza. Se heredan las emociones, emociones que trascienden la carne, ¿sabes? Esta convivencia nuestra, por ejemplo, esta charla que estamos teniendo, lo que signifique para ti o para mí, ¿no crees que sobrevivirá más allá de la muerte? No me quedó más que darle la razón. Y eso nos igualó, nos permitió hacernos uno. Me di cuenta de que lo que comenzaba a amar de Shou, era inseparable de sus creencias.

Y un día ocurrió, queridísima. Un día, encontré un cachorro de león en una esquina de mi sala, entre un borde del librero y el cortinaje. La expresión de felino era cordial, si cabe decir eso de un león. Y pronto me di cuenta de que estaba ante el hermano de Shou. No se lo dije a nadie, no se lo dije ni siquiera a Shou. Una mañana me desperté y me dirigí a la cocina para preparar el desayuno, era lo acostumbrado. Solo tenía que calentar las sobras de Jeotgal, que no sé si era la mejor opción para un desayuno pero


a Shou no le molestó nunca, ni a mí tampoco. Jeotgal es un platillo coreano, extrañísimo, hecho con mariscos y de un sabor salado y agrio. Nunca, te digo, jamás, creí que me llegaría a gustar. Pero comenzó a gustarme. Y después, me encantaba. Mis días comenzaron a moverse animados por el Jeotgal, porque además Shou lo hacía por kilos. Entonces me agaché para tomar una cacerola y lo vi, la sombra del cachorro. Y esa sola visión me transfirió lo que significaba la muerte del hermano de Shou para Shou. Fue un sentimiento cálido,

como calentarse al sol, pero también melancólico. De ese momento en adelante, me di cuenta de que el leoncito se aparecía en las mañanas, sobre todo. Le acariciaba el lomo, le buscaba la mirada. Y después comíamos, ella y yo, enfrentados, y, en muchas ocasiones, dedicándonos miradas sostenidas por minutos. Otra parte de Shou que se me metió bajo la piel es aún más extraña. Cuando los coreanos quieren llamar a una persona, lo hacen con la palma de la mano hacia abajo y agitando los dedos. No quieren

que, ni casualmente, la mano tenga su palma hacia el frente. Y lo que pasa es que de ese modo, con la palma de la mano expuesta, se llama a los perros. Ya comprenderás por qué saludaba yo de una manera tan inusual. No era una bizarría de artista, era algo más. Sin darme cuenta, comencé a copiárselo a Shou, y cuando menos lo esperaba, era como si yo fuera Shou. Ella se reía pero no estaba al tanto de lo que ocurría realmente. Ahora pensemos en lo que me había pasado en Chicago, lo que Woodrow me había mostrado. ¿No eran

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Con igual recato y primor, se apareció un día con una pequeña maleta. Parecía una flor blanca y lánguida parada frente al edificio. Supe entonces lo decisivo que había sido yo para ella. Y la acepté con tranquilidad, como si su llegada no fuera nada extraordinario.

ambas experiencias una sola toma de conciencia? ¿No eran lo mismo? Marie querida, puede que aún no comprendas lo que quiero decir. Por cierto, Shou también tenía una particularidad, una tan memorable como tu lunar estrellado. El vello púbico le crecía escasamente y en media luna. ¡Qué caprichos del Big Bang! ¿Cierto? Así que como el tuyo, como el mío, su cuerpo era un incidente único. Pero como yo me estaba convirtiendo en Shou, no importaba, esos incidentes únicos eran intercambiables. Y bien, ahora que me dices lo que piensas de esa clienta tuya, esa que te molesta tanto con sus solicitudes y a quien juzgas tan duramente, pienso en Shou y no puedo perdonarte. Date cuenta que, como te he dicho, mucho tengo de Shou dentro de mí. Así que, desde mi punto de vista, mujer, tú te acostaste con una chica, y una oriental, de piel amarilla, lo mismo que le recriminas a esa clienta tuya cuya sexualidad no comprendes. Así que están puestas mis cartas sobre la mesa. Siéntete avergonzada de lo que hiciste en mi cuarto porque mi piel, linda, puede ser otra de un momento a otro. Yo solo me lamento de que personas como tú, salvo que aun más estúpidas, hayan atacado a Kim Shou una noche que no olvidaré, y me hayan dejado su esencia que vuelve desde entonces, un osezno. ¿Pero qué sabes tú de eso? Suerte, Marie querida. Orar

¿Cómo te quedó el ojo, mi amor? Orar me ha hecho quererte más, y eso no creo que cambie. ¿Nos vemos para la cena? Te quiere, Karen. 32

Mujeres que desaparecen Editorial: Uruk editores

Carlos Wynter Melo

(Ciudad de Panamá, 1971) Ingeniero industrial egresado del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (México), es profesor de la Universidad Interamericana (Panamá) y labora en el Instituto de Investigación Agropecuaria de Panamá. En el 2007 fue seleccionado como uno de los treinta y nueve escritores, menores de 39 años, más importantes de Latinoamérica. Colabora con El Guayacán, El Perro de México y SOHO; ha publicado cuentos en la revista Maga (Panamá), en el periódico El Occidental y en la revista Trashumancia (Guadalajara). Libros publicados: El escapista (1999, Premio Nacional de Cuento José María Sánchez), Desnudo (2001), Invisible (2005), El escapista y demás fugas (2003), El niño que tocó la Luna (2007), Cuentos con salsa (2008).


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Un gallinazo cantor bajo un sol de a perro (1969 – 1970. Fragmentos) la lluvia cae se retuerce vuela pechuga abierta se cuelga de las madejas de neblina se desliza revoloteando en la mitad de la bóveda con sábanas desoladas llueve sobre los sostenes las toallas los calzonarios y sobre la carne viviente más allá de la ventana relampaguean los truenos y se irradian mis ojos con los ojos del espejo revolviéndose se esparce el agua blanda a través de un cedazo de franela y pienso que todos se fueron a la luna y solo me abandonaron otra vez en el diluvio

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no reconozco a los ingenuos dice el locutor que desciende en paracaídas sobre mi máquina de escribir con un coro de ranas dictando alegorías acerca de mi existencia irreal solo porque escribo y porque significa fajarse con la vida con la superficie y los bordes y el fondo de las resacas y el vértigo en la caída de un descentrado sacramento interminable como el vicio de recordar u olvidar pero más aún fajarse con la muerte espalda con espalda sustrayéndole destrezas

por ejemplo: repetir exactamente sus mismos gestos sus pisadas huecas su frío aliento en mi boca sin mí los remanentes festivos de una ensoñación que acaba de irse las estrategias de los multiplicandos de los extravíos en las batallas contra la nada y el multiplicador de la tiniebla porque el mañana es el designio de un tiempo presente por llegar hoy soy solo alguien que escribe una gota de sudor es sinopsis de río mar que solo yo veo formando parte de mi verso pienso para escribirlo como un poema habitable con ritmo sinfín bajo la lluvia y vaivén de continua memoria y eco de un decir atravesado por planos sin eje

no la canción del poeta que cazaba mariposas y al gritar no me enfosen no me abismen se empolvaron él y los recuerdos embalsamados de los ancianos en el parque no la canción que alude a la sangre suculenta y los siete precipicios de este río ubre de la urbe —qué más da— piola del sol recostada al fondo del desfiladero euforia del desecho de todos los dígitos


del total de todas las cifras en la frontera de todos los finales suplicio del paisaje en el centro de la fragilidad con sus ratas solidarias bajo el ritmo de las moscas y el glup glup de las ranas cose y descosiendo las natas de la era si tú me desechas yo te azolvo cauce de río si yo te diablo tú me infiernas como dice el dicho si pudiera yo contemplar a Quito sin sentir apagón de luces en la cuarta dimensión de alguna culpa sin pecado de castigo sin culpa de ruido de cuchillo al deslizarse sobre mi sed vidriosa cuando digo con los labios comprimidos: iglesias frontones paramentos coloniales erigidos más bien al sudor y la trenza que los construyeron desde el andamio de la estrella prometida de rebote hacia el semen misterioso que se curva en otro Pachacamac desde la temeridad gregaria que vence a la abulia hacia el pan jugando a las escondidas con el sudor y la trenza cal para el esplendor de los cementerios coloniales para el ser sido en bandeja ofrendado a los caballos que conquistaron el peso de estos monumentos y el volumen hereditario del vacante vacuno y del mugido relinchado en una aria de alborozo y duelo a la vez con olor a confesionarios que como se ha dicho y se comprueba no tiene paralelo ni meridiano esta evidencia del sortilegio del adiós al amor propio y del orgullo que se escurre por la porosidad de los huesos.

allá queda la ciudad luciérnagas pegadas al bacín municipal en la punta de un cuerno pienso yo para escribir en casa un poema supralogístico si ella que se hizo cuatro paredes no está la mujer que vive conmigo no aparece quimera de pronto para impedir que yo escriba a racimazos mi poema

-dime algo ridículo mientras me corto la cara con la hoja de afeitar en el mismo instante en que tu vida se desliza sin tentar el pecho de alguien con la ternura como llave poesía eres tú a veces me has dicho y siento dentro de mí la corriente fría de Humboldt y no es que me deshumanicen las ensaladas de legumbres cuando hay el lenguaje aséptico que solo es accesible más acá de la aritmética y lógica bursátil en mis ayunos cuando pitanza no hay si así se llama lo innombrable cuando escribo sueño que me condenaron a la silla eléctrica por no pagar la cuenta del arriendo y desde mi extremo de ahondar y hurgar para dolerme a ti te veía detrás del vidrio haciéndome visajes con la mano levantada casi como un puño y me decías te lo mereces bien hecho por poeta con invalidez mental y lo demás que sueles pensar cuando en la cocina solo hay ambiente de telegrama de cumpleaños tus orejas y tus labios se alargaban hasta unirse en un lazo sobre tu cabeza y en tus ojos veía el reflejo de mi estereotipo creado por tu lógica sobre la silla eléctrica rodeada de pulpa de sandía y rosado era el vidrio que ahora habíase tornado de ese color imposible e igualmente valido de mis pantalones cuales la última noche me ayudaste a zurcir pensando —yo sé— en pagar la renta puntualmente y juntar tu ternura y la mía en neutros intervalos en ahorrar un poco por si mi estación prolongada de poemas causa el abandono del empleo del anuncio leído ayer en el periódico se necesita gallinazo cantor de buena presencia etcétera la calavera de Hamlet encajada en tu misma calavera se dilataba con tu carcajeo que siempre ríe del mismo modo como refulgencia de lúdica felonía diciéndome hasta en el día de tu condena eres cursi amormío quiero que ahora no estés en casa quiero que nunca más estés en casa para yo escribir ese poema sin obviedades apoyadas en figuras retóricas sin cuatro paredes sin pulpa de sandía en la página en blanco y en el desayuno

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aquel borracho me recuerda el himno nacional y no quiero saber si es noche de luna ni si es planeta Venus tornasol de la doblez matutino o vespertino si ella está en casa no podre escribir el poema no quiero que ella esté omnipresente callando más que la muerte porque no sabría cómo dejar de tropezarme con trabas infalibles cómo responder sin el tono monótono del monólogo sin el lenguaje hecho de doble sentido en las bifurcaciones del ser que jamás me encuentra de frases con reforzada vaciedad para mejor reverberar en las heridas de párpados sin posibilidad de mirada justo ahora que siento esta ojiparchada pata de palo entre las sienes incitándome a navegar hacia un mar no descubierto todavía porque si ella está en casa es como decir barquitos de papel y otra vez la cantinela de yo sola debo sacrificarme por tu vida

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y tus poemas que se fugan bajo mis párpados de mármol (con sus murmullos duermo y en la soledad me despierta su mudez) y si ejercieras otros modos de ser —moditos de ser— no te cortarías el destino con la hoja de afeitar trascenderías con la fragancia secreta de tus versos y su infusión en mi sangre serías ciertamente un ángel carismático como pareces y quizá hasta volvería a amarte mi amante barroco único un bache en la calle lo salto prendo un cigarrillo lo apago para fumarlo mientras escriba el poema si ella no está en casa para decirme tienes polvo de luciérnagas en tu pelo y en tu rostro.


Alegorías de otros motivos 1979-1986 las mismas calles las mismas casas sin embargo el barrio ya no está poco a poco se ha ido alejando como una cometa que exigió más hilo con el infinito que no es lo mismo en la metafísica del barro ni en el mensaje que no es espera sino esperanza de un hombre-luz poco a poco desde esta misma iglesia donde ahora hay vidrios oscuros se alejó el barrio como un confesionario zumbador bailando detrás de las procesiones y los sueños que restituyeron lo humano de los sueños poco a poco se fue el barrio en los vendedores ambulantes en los buses en las guitarras en los trenes se fue con el estirón en la muerte de los obreros jubilados como coche de madera en la pendiente y se fue con la dulce prostituta que cantaba santo que no hace milagros abandona el barrio

Casi los mismos Andes desde hace milenios más el trigo el burro la cebada el olor a bencina y el sabor a volcanes apagados indigencias y sobresaltos de sombras donde se pregunta por el otro tocando a la puerta que da al abismo de distintos otros para ubicar la desubicada diferencia. Casi los mismos Andes con historia y olvido de su oficio renegando de la línea difusa entre la memoria de la vida y la parodia como si sus atavíos de féretro fueran la vida verdadera las camaretas de fiesta tan únicas y pariguales la meditación que dejó de ser interferencia la cruz del pueblo y la del avión que pasa. Inmensidad ajena: solo la cólera fundiendo vértices en todos los rincones con los siglos ha quedado.

hasta la importancia del barrio se ha ido a otros barrios cuando aquí la sorpresa tras sorpresa hemos jugado a vivir la urdimbre del abismo o la utopía pronto quizá vuelvan los proscritos del amor y sin dejarse detener por el pulido juramento reconocerán al cardo más reciente el árbol familiar que ha recobrado el equilibrio mirándose en el reflejo renacido de tantos rostros que son la sinopsis de tantos pies toda condena es el pretexto de una redención acaso vuelvan aquellos que huyeron prontuariados por la unanimidad trayendo la sapiencia después del último escarmiento el diseño de otro infinito o de otro precipicio el invertido material de los dioses con que se construyen los reencuentros el desliz de las tibias cruzadas debajo de una calavera como insignias de la ciencia infusa que encarna el desafío de las útiles profecías las mismas calles las mismas casas tal vez los mismos nombres de muchachos y muchachas pero poco a poco el barrio ya no está.

Humberto Vinueza (Guayaquil, 1942 – Quito, 2017) En la década de los sesenta perteneció al grupo de vanguardia cultural Tzántzicos. Ha formado parte de consejos editoriales de destacadas revistas literarias del país (Pucuna, La Bufanda del Sol, Procontra, Letras del Ecuador, Eskeletra). Entre sus obras más destacadas se encuentran Un gallinazo cantor bajo un sol de a perro (1970), Poeta tu palabra (1989), Alias Lumbre de Acertijo (1990, Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade 1991), Tiempos mayores (2001) y Constelación del instinto (2006, PremioNacional de Poesía Jorge Carrera Andrade 2007). En 2012 recibió el Premio José Lezama Lima de la Casa de las Américas (La Habana, Cuba) por Obra cierta, una antología poética que recoge textos escritos ente 1959 y 2006. Sus textos poéticos constan en antologías nacionales y latinoamericanas, y han sido traducidos al inglés y francés. Vinueza también representó al país como embajador ante Irán y Pakistán. 37


III Hay que escribir, lo sé dientes afuera (como apesta este perro). ¿Dientes afuera dije? tal vez, ya no me acuerdo, pero de que fueron dientes eso sí yo lo sé; alguien debió sentirlo, porque a mí me mordieron. ¿Que no?, es posible dudar, no conocerme y tener en la mano cinco huecos, en blanco y azul huecos y huecos.

V

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Yo el deshabitado muro de cal al viento y piel entumecida; yo el de abajo, con humo en las costillas y el silencio en los ojos desafiando.

Yo, el asombrado, estoy atando el hambre con un cordón muy fino y temo que se suelte y se desborde; suelta no podrán sujetarla, desbordada no podrán detenerla ni con espuma, ni con golpes de arena enmudecida. Yo el que camina abajo con pies ausentes en su propia tierra; yo el sin calcio, el desterrado en sombra, el «no me moleste»; yo que corté mi sangre y me amputé los dedos uno a uno. Yo el de abajo: sexo, nariz y pelo; yo el que viene, sin domingo de ramos y sin viernes.


TZ -7 Deseo de mojarme entero; deseo de que mis manos se perforen y dejen ver su origen; necesidad de que el camino se suba por los dedos y se lleve mi pelo hasta el mar o solamente hasta el ojo de árbol. Verde, casi amarillo, o color de agua cuando ha mojado la miseria; loco, mojado, solo, uña en la hierba buscando el dedo muerto o su costilla tenue. Algo como el paisaje, lleno de… nada, nada vale el paisaje cuando se ha perdido su ombligo equinoccial, su madurez de grieta, su azul concavidad y su esqueleto.

TZ – 9 Nunca me enseñaron que dos más dos son la inicial del hambre; que la palma asombrada de la mano es el bocado diario de la angustia y que el viaje hacia adentro tiene que ser redondo como poro. Nunca supe que el fémur es la mitad del día y que los ojos son uvas detenidas para buscar la aurora. Yo me imagino a este planeta Tierra como un ciempiés difunto.

TZ – 12 Esta es la nueva etapa, aquella que surgen las primitivas voces y van de dos en dos parodiando la risa del caballo. Esta es la era en que todo se asoma al pozo triangular; hora en que juegan como cristal y humo los famélicos hongos, los dientes del cañaveral y el trajín oscuro del asfalto. Nosotros vinimos de una puerta lejana, del ángulo en que caen todas las cosas muertas. Nuestra presencia se mantuvo hasta ayer en el único diente que escapó de la noche.

Alfonso Murriagui (Quito, 1929-2017) Estudió en la Escuela de Comunicación Social, periodista y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador. En 1961 es parte fundacional del grupo Tzántzico e integra la redacción de la revista Pucuna; fue vicepresidente de la Asociación de Escritores Jóvenes del Ecuador en 1965; director de Relaciones Públicas de la Universidad Técnica Luis Vargas Torres de Esmeraldas 1972-1976; Director de Difusión Cultural de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central 1985-1992. En poesía publicó: 33 abajo (1965); Poesía (1984); Las huellas del futuro (1987); La vida y otros paisajes (1988); Con las mismas palabras (1994); Entre las nubes y el asfalto (1999). Teatro: Los pobres no somos ladrones (1999). Cuento: Ojo del pozo (1980); La pampa de oro (1982); La verdadera historia del mejor trompón del mundo (1999). 39


Fernando Nieto Cadena:

Preliminares preepilogales para un apócrifo exlibris No me resigno a terminar esta versada y soltarla al haisevá como si no fuera conmigo esta vaina de abandonarme en los ceremoniosos camposantos de aldeas feudales que me llevan y traen me aquietan y remueven nostalgias apolilladas por el olvido no me convenzo de ningún punto final autosuficiente para concluir este disparadero de previsibles desmemoriadas memorias me pregunto ¿hace cuánto tiempo no voy a un muelle? no he visto maniobras de atraque en los puertos de altura o de cabotaje hace mucho rato sólo el rutinario casi disciplinado treparme en combis que me llevan a sitios donde casi nadie me espera este naufragio citadino de navegar en vehículos sin viento en popa sumido en esta isla sin brisa que meza al más leve flamboyán los sinfónicos rechinares de bocinas callejeras anunciando chatarra comestible y una imperiosa insobornable necesidad de ti a la orilla de un mar abierto cada vez más abierto como tu cuerpo entregado por fin a mis deseos 40


Ese es mi mar la mar que sueño encontrar al encontrarte hoy la mar que me rescate para salir de mis archipiélagos existenciales al recordarte sentí temor por mi vida mi mar propiciadora de vida ¿qué va a ser de mí cuando te pierda? ¿y si llego a perderme como suele ocurrir cada vez que rozo la felicidad? ¿y si? Es mi turno me digo para testimoniar las tremolinas de arrecifes en implosión de alguien que pudo ser y se guardó los dados para que nadie interrumpiera su abolición de la muerte en medio de tan poca y gratuita vida ¡Ya estuvo bien! desde los barloventos y sotaventos de mis tañeres ancestrales una jarana escribe en los puntos de fuga de la luz que la leona rasga jarochamente un son prieto las tarimas cantan vibran de sol y mar monte adentro a la orilla de un estero cimarroneo y danzo sin bailar y bailo sin danzar mientras te llamo y no vienes y te nombro y no estás pero el huapango ya no se viste de luto porque su huapanguera está por llegar y te espero no dejo de esperarte ¿cuánto tiempo llevo esperándote? la vida entera que siempre es un minuto adelantado a todo lo vivido la vida entera y no exagero el viejo Goethe lo dijo y lo he repetido muchas veces nuestras palabras sólo expresan lo que deseamos entonces abandono los cadáveres de este presuicida que nunca pude ser me dejo llevar a los bembés de tu sonrisa me inicio en el camino hacia las potencias que te amparan dejo que bajes y limpies mi sombra sesere brucá maniguá aé mi santa dueña de mí los tambores batá vuelven a tañer himnos iniciáticos areítos yambúes la rumba buena me jala deseo me conduzcan hacia las territorialidades de la fuente de jade de tu amor la rumba buena me está llamando

14 Viernes 13, ni te cases ni te embarques. Mitología del lugar común, versión Radio Bemba antiguamente conocida como Vox populi vox dei. Por salud mental conviene no adentrarse en los vericuetos laberínticos de la llamada sabiduría popular que dicho al pasar muchas veces ni es sabiduría ni es popular. En el mejor de los casos forma parte del engranaje de la pereza mental. En los subsuelos de la pobreza económica los hoy rebautizados como proles para defenderse se refugian tras los parapetos de la picardía criolla como si esta, la picardía, fuese un don exclusivo de los menesterosos moradores de las villas miseria, ciudades cartón y parentela cuasi urbana que conforman los cinturones de extrema inopia que se conocen como favelas o suburbios. Dejo mis arduas elucubraciones sociologizantes para anegarme con los ritos de la divina salsa. Como si fuera la primera vez que oigo a las estrellas del siempre estrecho cielo de Fania para

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tanto divo, me entusiasmo, bailoteo sentado mientras copio una parte del cantar que dice así con su ritmo tropical, ae mi socio ae mi hermano. Limo asperezas conmigo mismo. Resucito de una ensoñación donde estaba a punto de dar una charla sobre la eficacia de los epígrafes como antonimiedades de los epílogos, me despierto a tiempo para salir volado al baño con el tiempo justo para levantar la tapa, doblar rodillas, depositar el cagatorio y descargar la conciencia como si lo mereciera. De la suspensión de mi lectura hasta este momento ha pasado ya más de media hora que medio dormitaba. La pobrecita tele en su loca manipulación desinformativa estuvo al pie del cañón trasmitiendo lo que su pobrecito cerebro piensa es noticia. Regreso. Lo que todavía queda de mí tras el desahogo que los exquisitos llaman del dos se sienta frente a la laptop, apaga de una vez por todas la tele y selecciona otro disco para dejarse arrastrar a las cavernas de la instintividad identitaria con la negridad más que con la negritud, si el buen Aimé Césaire sigue teniendo el hocico hinchado de razón al proponer esta clarificación conceptual para evitar caer en un racismo al revés. No está mal volver a recuperar los pasos perdidos en la euforia del crecimiento cognoscitivo. Nótese que para no desmerecer hasta me vuelvo sedentario convencional lexicólogo de fonda vespertina dominguera. Intento una nueva partida para estrenar la posible celada que quiero perpetrar si este robot se deja. Fracaso total por pendejo y mal cantante. La derrota cayó fulminante en el movimiento 23. Con una torre, un alfil y tres peones menos jamás será posible ver a un cadáver cargar ladrillos para su tumba. Me rindo. Otra vez será en un futuro amanecer sin importar que Leonardo Favio siga sonando en el piso de abajo gracias al flamante estreno de un, me imagino, nuevo equipo de sonido. Ismael Miranda se une a Ismael Rivera, Cortijo y su Combo se van de farra larga con la Sonora Ponceña. Casi me euforizo para decir que se puede vivir. En los últimos años no he podido usar una de mis frases memorables, si no tienen posibilidades para qué invitan. Gadejos del destino que hiere sin compasión, gime el valsecito en la voz inmortal del siempre inmortal Olimpo Cárdenas, total que no hay nada ni nadie que calme este dolor ¿de vivir? ¿de amar? Sepa la condená. Como quien dice el mundo es redondo y a la vuelta volveremos a encontrarnos.

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15 ¿Debería cuidarme de que no me contagien la alegría los que aún la conservan? Begoña Abad de la Parte lo escribió con el dolor de reconocer que le jode tanto eso de dejar estas cosas, ahora que empiezan a gustarme. No sé si ya lo dije antes pero los amores que duran más de un mes corren el riesgo de convertirse en una plaga o algo así canta una saeta cordobesa. En fin, me confirman que he reprobado mi diplomado de suicida. No sirvo para eso, será en otra vida, en otra galaxia cuando vuelva a plantearme repetir. Debo aceptar sin falsa modestia mi absoluta ineptitud para sacarme por mano propia la tarjeta roja que me lance al desempleo de seguir sobre este planeta. La chévere salsita en voz de don Héctor Lavoe llega puntual, con lo santo no se juega, parodio, con lo suicida no se juega y si juegas ten cuidado, coño, se te acalambren las neuronas y en un guan tu tri te sueltes a bailar con la más roñosa y fea de las parcas más parcas del panteón de tus cotidianidades. Lo dicho, dicho está. No sirvo. No aprobé ninguna de esas arduas materias, no me corre prisa, todavía puedo ser un poco más aguafiestas de lo acostumbrado. Mi estrellita marinera de buen suicida se la regalo al primer volátil místico entrepiernado con la muerte.


De primeros adioses 2007 (fragmentos) Reinicio mi telebobela en punto de ebullición sin personajes edito premoniciones de llanto imprimo texturas zodiacales nombres supuestos redundo secuencias sin leit motiv a la vista me persuado me ratifico estar vivo es lo de menos a duras durísimas penas me contagio me asumo persona virtual casi surreal y no me avergüenzo no me da pena escribir es mi camino hacia los abismos de la felicidad de donde no pienso regresar ya lo sé la pretensión de ser feliz es una obsesión insana delirante por eso mismo Algún día eso que llaman vida se encontrará conmigo tal vez le ofrezca mi epitafio como carmen perpetuum tal vez yo mismo me mande un sobre correo certificado contándome la mala nueva de no estar en la lista de espera como cadáver moratorio cuando me encuentre —digo— cuando la vida tropiece con mi sombra con la mismísima miedad de mi alter ego imaginario ¡vamos poeta! ¿de cuándo acá tan importante como para tener múltiples egos? después de todo no es muy benéfico estar siempre aburriéndose consigo mismo en fin sólo cuando escribo vuelvo a la realidad a mi notredad de nuestros otros nosotros cuando eso que por ahora llamo vida me encuentre la única certeza a mi favor es que la estoy viviendo Yo que de ninguna manera justifico mis simulacros de muerto feliz a la hora de las recriminaciones ni me sacudo los malabares chinescos de una deficiente percepción miopoide de esto que sólo por no ser quisquilloso afirmo es el mundo la vida la otredad de los arcanos siempre estoy de regreso de algunos tiempos cosmogónicos y ausentes de preferencia incómodos raros conflictivos estoy como si no estuviera en lista de crujideras enviudadas antes de tiempo La verdad ya no me sale ni me queda bien el optimismo después de tan poco y nada me congratulo de mí de mi pronombre del in memoriam aún sin malograr Mi buena opinión mi sarcófago de difunto en trance de oraculizarlo todo el vaticinio de mi pesadumbre en sordina tras los corcoveos con una antigua compañera de tertulias para desconciliarme con este lunes /a estas horas ya regresaron todos del recinto mortuorio y yo me mantuve fiel a mi consigna de nunca ir a velorios ni entierros seguro voy a tener noticias actualizadas chismes frescos de esos que ayudan a entretener al silencio la congoja el desaliento/ Cómo son las cosas dice mi amiga al filosofar tras la ventana del motel tanta profusa intelección tanto juicio común tanto pensamiento premágico me desconcierta incide en lo más pueril de mi presunta íconoclastia ah diablos ¡hombre! pues sí

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bajo la voz para no escucharme el consejo de rigor el cuídate mucho el dios te bendiga y me niego sin esperar el tercer canto del gallo que olvidó el reloj en la última cena y me concedo la gracia el beneficio de mi duda y ora sí cabrones conmino a mis egos Era una vez de tantas veces que dormité sin sueño entre naufragios y lastres de pesadillas una vez me leí el viejo cuento del cuento que cuento para reconstruir mis yo en el espejo fue demasiado tarde otra vez fue demasiado tarde el citatorio nunca llegó a mis manos Me despedí sin esperar el final de la postrera ronda de los adioses Lo que escribo perdón lo que estoy escribiendo es sólo mi preepitafio

para Bertha Ferrer

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Y empiezo desde cero como debe empezarse cada verso para mantener la unidad semántico-fónica como enseñan los manuales de la expresión poética reincido en mi obsesiva relectura joyceana en búsqueda de nuevos argumentos debo racionalizar aquello de que la literatura es la única forma de exilio honesta para el escritor subrayo mi absoluta dependencia de la obra y pensamiento de Joyce sobre todo ahora que pienso ¿por qué tanta nostalgia de mi ciudad? Alguien tal vez Lacan pueda decir que esa nostalgia es sólo una coartada para no comprometerme con la ciudad donde vivo no es tan mecánica la vaina no es tan así oh de mi patria tricolor harapo no es así los semiólogos dicen que el exilio es necesario para sub-sistir con-sistir ex-sistir y puesto que desperté tediosamente filibustero teorizador de obviedades me percato que la literatura es sólo un amasijo de palabras embarradas de palabras


Una amiga hace poco me preguntó qué es para ti la poesía por lo pronto —le adelanté— me sirvió para asumir mi condición de francotirador de aguafiestas de impertinente trasgresor para poder declarar mi muy particular guerra a muerte a la mediocridad cobarde de los social-política-estéticamente correctos Tal vez mi pretensión suene a vanidosa falsa modestia por eso repito algo leído en una revista de quién sabe dónde ahora trato de hacerlo pasar como mío con mis supuestas propias palabras no busco que se entienda lo que escribo sino que se sienta el placer con que escribo El territorio fugaz y trivial de la existencia es el espacio de la cotidianidad ese es mi único país sin fronteras sin límites la patria posible de todo escritor más allá del lenguaje y su mala costumbre de dormirse justo en la plenitud del combate con la vida. (Tomado de: http://laseleccionesafectivasecuador.blogspot.com/2007/04/fernando-nieto-cadena-menciona-alfredo.html. http://fernandoiturburu.blogspot.com/2012/10/3-poemas-ineditos-de-fernando-nieto.html)

Fernando Nieto Cadena (Quito, 1947 – Villahermosa, México, 2017) Poeta y narrador. Estudió Letras y Psicología en la Universidad Católica de Quito. Fue profesor universitario y residió en México desde 1978. Fue coordinador de talleres literarios; coordinador general del sistema de talleres literarios del Instituto de Cultura de Tabasco; profesor en el Centro de Estudios e Investigación de las Bellas Artes; editor y director de A que sí, El Pochitoque Aluzado y Sicoseo; director de Café de Nadie. Colaborador de A que sí, Bohemia, Cambio, Café de Nadie, Casa de las Américas, Plural, Puesto en Combate, Sicoseo, y Tierra Adentro. Premio Nacional de Poesía Jorge Dávila Andrade 1967. Premio Jorge Carrera Andrade 1989. Entre sus obras están: Tanteos de ciego al mediodía (1971), A la muerte a la muerte a la muerte (1973), De buenas a primeras (1976), Somos asunto de muchísimas personas (1985), Los des(en)tierros del caminante (1989), Mirar de lejos la nostalgia (1997), De última hora (2003), Duro con ella. Antología (1971/1996). 25 años de fatigosa poesía (2003). 45


E Homero Carvalho Oliva

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l fotógrafo y la empleada son aves pasajeras de un siglo que se nos vino encima, son especies en peligro de extinción. Vestigios son de un remoto pasado que se resiste al ocaso. El fotógrafo sabe que es el último de los suyos, sus hijos se cansaron de la miseria y se fueron a conquistar España; de la empleada (sirvienta la llaman las viejas presuntuosas) aún quedan algunas sobreviviendo en los barrios ricos de la ciudad. Ambos tienen su día: el domingo, el domingo es su día. Antes eran los dueños de las plazas y parques de las ciudades, hoy comparten su fingida alegría con saltimbanquis, profetas del fin del mundo y embaucadores de toda laya. En la mañana del domingo, el fotógrafo, sesenta y tantos años contados en las arrugas de su rostro, plancha su pantalón y su camisa remendada, intenta limpiar inútilmente la mágica caja de madera heredada de su padre, con la que toma las imágenes que hace muchos años lo hicieron famoso y recuerda los primeros consejos que éste le daba, advirtiéndole del celo religioso que debía tener al tomar las fotografías porque en ellas está el alma de la gente. Mira las instantáneas color sepia, que están debajo del sucio cristal de los costados de su tomavistas prodigioso, reconoce a unos niños vestidos de vaqueros, a una pareja de enamorados y a seis muchachas solas, vestidas con polleras y blusas de las que usan las mujeres de las montañas y del altiplano. Toma la caja cariñosamente, porque sabe que ya no hay repuesto para la magia, la cubre con un paño desteñido por el sol y la mete en un bolso de nailon, agarra el viejo trípode que, a veces, cojea como él y sale a buscar un autobús para dirigirse a la plaza principal. La empleada, que ya está bañada y bien vestida con su pollera púrpura y su blanca blusa de broderie cuidadosamente bordada, recibe de su patro-


relato …ella espera que el sol esté en lo alto, y cuando las cosas y los seres humanos pierden su sombra con el meridiano, le pide al fotógrafo de la anciana caja que le tome una foto. Por un instante se cruzan sus miradas y se saben iguales en el infortunio.

na unas monedas para el transporte y sale a la calle, como si saliera a la libertad. En la esquina toma el bus y se dirige a la Plaza de Armas. Allá compra un peso de maíz para alimentar a las palomas, un raspadillo para el calor y un algodón de azúcar para la nostalgia. Mientras lo hace se le acercan otros fotógrafos con cámaras de última generación y con impresoras manuales a ofrecerles sus servicios; pero ella espera que el sol esté en lo alto, y cuando las cosas y los seres humanos pierden su sombra con el meridiano, le pide al fotógrafo de la anciana caja que le tome una foto. Por un instante se cruzan sus miradas y se saben iguales en el infortunio. Por eso ella lo busca y él le hace precio. Posa con la Catedral de las postales a sus espaldas y sonríe, sonríe para adentro y para afuera, esperando que el mago le haga la señal encantada para tapar el lente del cofre milagroso y ella clausure su sonrisa. Aguarda un minuto y luego ve cómo su imagen va apareciendo en el pedazo de cartulina brillosa sumergida en el agua. Le sonríe al viejo artista de los retratos instantáneos, le paga lo convenido y deposita la foto entre sus grandes senos de campesina fértil. Como cada domingo, el abuelo de las imágenes reveladas se pregunta, en silencio, qué hará la muchacha

con esta nueva fotografía y ella, adivinando sus pensamientos, le mira como pidiéndole perdón por molestarle nuevamente. Luego se aleja y hace hora para retornar a la casa de sus patrones, camina por la plaza y conversa con otras como ella, recordando con añoranza los lejanos lugares de su infancia. Regresa a la casa y en la soledad de su cuartito, al fondo del patio, recoge una maleta que conserva debajo de la cama, la abre y saca una antigua y oxidada caja metálica de galletas, donde guarda su tesoro: una medalla de la Virgen de Copacabana obsequiada por su madre, una muñeca sin brazo, un anillo de plata que le dio un soldadito que no volvió más por el pueblo, un par de aretes de oro que le compró su padre cuando cumplió quince años diciéndole que su hermosura opacaba el brillo del metal y un sobre manila con todas las fotografías que se ha ido tomando desde que llegó a la ciudad. Coloca el último retrato junto con los demás y guarda el sobre en la pequeña arca, segura de que algún día encontrará a alguien a quien abrirle su tesoro y contarle del viejo fotógrafo de la plaza. (Tomado de: https://sliverofstonemagazine.com/

homero-carvalho-oliva-retrato-de-mujer-en-sepia/)

Homero Carvalho Oliva (Beni, Bolivia, 1957) Novelista y poeta, ha obtenido varios premios de cuento a nivel nacional e internacional, dos veces el Premio Nacional de Novela con Memoria de los espejos y La maquinaria de los secretos. Su obra literaria ha sido publicada en otros países y ha sido traducida a varios idiomas; figura en más de treinta antologías nacionales e internacionales de cuento como Antología del cuento boliviano contemporáneo, The fatman from La Paz e internacionales, como El nuevo cuento latinoamericano de Julio Ortega, México; Profundidad de la memoria de Monte Ávila, Venezuela; Antología del microrrelato, España y Se habla español, México; en poesía está incluido en Nueva Poesía Hispanoamericana, España; Memoria del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia y en la del Festival de Poesía de Lima, Perú, así como en la antología Poetas del Oriente boliviano de Pedro Shimose. Entre sus poemarios se destacan Los reinos dorados y El cazador de sueños y Quipus. El año 2012 obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Inventario Nocturno y el 2013 publicó la Antología de Poesía Amazónica de Bolivia y la Antología Bolivia. Tu voz habla en el viento, que reúne a 55 autores, entre ellos a tres Premios Nobel de Literatura hablando de Bolivia. 47


Yvonne Zúñiga

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gatha Christie (18901976), nacida en Torquay, Devon, ubicado en el límite entre Inglaterra e Irlanda. De una familia de clase media acomodada, perdió a su padre a los once años de edad. Fue una niña tímida y por esa razón le era difícil hacer amistades, su madre le había puesto una profesora particular y más tarde fue internada en un colegio de Londres, desde entonces encontró refugio en la lectura y en la ima-

ginación. En la Inglaterra conservadora de aquella época, Agatha Christie creció unida a los libros, la capacidad imaginativa y su voracidad como lectora de literatura de misterio y de autores del género como Arthur Conan Doyle, Edgar Allan Poe y Chesterton, influyeron en su desarrollo como escritora de relatos y novelas de misterio cuyos argumentos presentaban conflictos e intrigas difíciles de resolver. Tuvo tanto éxito entre los lectores ávidos


variaciones

de narraciones policiales que saltó a la fama enseguida; publicó gran cantidad de libros que fueron traducidos a varias lenguas. Después de Shakespeare, se dice de la escritora que fue la autora de habla inglesa más difundida y traducida en el mundo. El gran prestigio literario de Agatha Christie que se configura en el relato y que antecede a la actualmente denominada novela negra, no sólo radica en la narra-

ción de historias policiales sino en el tratamiento psicológico de los personajes y en la creación de los diálogos encadenados de un modo ingenioso en la trama narrativa. En El asesinato del doctor Roger Acroyd, una de sus primeras novelas donde aparece el famoso investigador Hércules Poirot, protagonista de gran parte de sus historias policiales, la autora hace una descripción caricaturesca del personaje, lo define como un hombre de baja estatura, apariencia sosegada, con cabeza en forma de huevo y un pequeño bigote. La indiferencia de la que hace gala el detective, no es sino una estrategia que forma parte de la telaraña que va envolviendo al culpable hasta hacerlo caer en su red. Al igual que Watson en las historias de Sherlock Holmes, en el caso del personaje de Agatha Christie, éste tiene un ayudante llamado Hastings, quien al decir de Poirot tiene pocas células grises. Otro personaje cautivante de sus tramas detectivescas es Jane Mapleton, una vieja solterona, la típica fisgona y entrometida que conoce siempre hasta el último detalle de todo cuanto ocurre en el vecindario, hábito suyo que sirve de gran ayuda para la policía porque logra esclarecer los más difíciles y confusos hechos criminales cometidos y es infalible cuando se trata de descubrir al asesino. La vida de esta escritora se funde con la ficción, y al recorrer su biografía encontramos espacios misteriosos que no llegaron a explicarse realmente, contrario a lo sucedido en sus historias. A los veintiún años se casó con Archibald Christie, un piloto al servicio de la fuerza aérea británica, su matrimonio duró catorce años y terminó en divorcio por infidelidad del marido con su secretaria. Esta ruptura, se dice, causó una crisis emocional en la escritora y provocó un hecho que nunca fue

En la Inglaterra conservadora de aquella época, Agatha Christie creció unida a los libros, la capacidad imaginativa y su voracidad como lectora de literatura de misterio y de autores del género como Arthur Conan Doyle, Edgar Allan Poe y Chesterton, influyeron en su desarrollo como escritora de relatos y novelas de misterio cuyos argumentos presentaban conflictos e intrigas difíciles de resolver.

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La fama extraordinaria que alcanza Agatha Christie está quizás en la manera de introducir al lector en los enigmas que expone, además de los acertijos planteados en el trayecto de la narración, retándolo a resolver y adivinar el final de las historias, poniendo pistas falsas y astucias para confundirlo.

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aclarado, pero tuvo gran difusión en los medios de prensa. Aparentemente, un episodio de amnesia temporal provocó la huida de su casa con rumbo desconocido. Luego de haber sido encontrado su automóvil al borde de la carretera, la policía se puso en alerta pues Agatha Christie era ya un personaje reconocido en el ambiente cultural londinense. De aquella situación se elucubró mucho; según cuentan, su estado depresivo por el rompimiento del matrimonio la llevó a escapar sin dejar rastro, para alojarse en un hotel tomando el nombre de la amante de su marido. Este capítulo en la vida de la escritora bien pudo ser el de una de sus novelas. A raíz del divorcio viajó con su hija a las Canarias y más tarde a los países de Oriente Medio: Marruecos, Irak, Siria. En Mesopotamia conoció a su segundo marido, el arqueólogo Max Mallowan, diez años menor que ella. Esta relación duró hasta la muerte de Agatha Christie a los ochenta años, Mallowan falleció dos años después. Como pareja lograron complementarse muy bien, pasaban la mayor parte de su vida en Oriente Medio, él en investigaciones arqueológicas sobre

la cultura Sumeria, y ella tomando de esas experiencias los argumentos para muchas de sus novelas: Asesinato en el Oriente Express, Muerte en el Nilo, Diez negritos, Asesinato en Mesopotamia, Cita con la muerte. Como todo escritor que se precia de serlo, Agatha Christie fue una observadora de la vida y del mundo, con una visión aguda que le permitió extraer conflictos recónditos inherentes al ser humano. La necesidad de conocer las causas que inducen al crimen, generalmente atribuidos a la ambición, la venganza y las pasiones oscuras, la llevan a internarse en complicados callejones aparentemente sin salida, para establecer una suerte de juego, al argumentar sobre los hechos con multiplicidad de detalles que permiten visualizar los escenarios, sea en una antigua casona, en un tren o en una isla, y llegar a la resolución final en la que se desvela el misterio. En la novela negra de la actualidad se expone en forma descarnada y explícita, los más oscuros instintos del ser humano llevados a los extremos, en tanto la narrativa de Christie que en el presente podría considerarse naive a pesar de la


Como todo escritor que se precia de serlo, Agatha Christie fue una observadora de la vida y del mundo, con una visión aguda que le permitió extraer conflictos recónditos inherentes al ser humano.

temática, propone, sobre todo, un juego intelectual para resolver los casos delictivos con cierta dosis de humor y un lenguaje que se aproxima a lo humano y cotidiano de cualquier época. La obra de Christie no solo es interesante por el juego que propone, tampoco son historias simples producidas por docenas únicamente para distracción de sus seguidores, más bien constituyen entramados psicológicos que siguen un proceso coherente hasta el desentrañamiento a veces insólito de los hechos. Hay en sus narraciones referencias literarias a escritores e intelectuales de su tiempo, Rudyard Kipling, George Eliot, William Blake, entre otros.

La fama extraordinaria que alcanza Agatha Christie está quizás en la manera de introducir al lector en los enigmas que expone, además de los acertijos planteados en el trayecto de la narración, retándolo a resolver y adivinar el final de las historias, poniendo pistas falsas y astucias para confundirlo. Y esa técnica empleada por la escritora en su obra policial, le ha valido el éxito hasta hoy a pesar de los cambios tecnológicos y la llegada de nuevas generaciones de escritores. Sus novelas continúan adaptándose para películas, igualmente las obras de teatro basadas en sus libros han tenido puestas en escena que se han mantenido y se mantienen en los teatros durante varios años.

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Patricio Herrera Crespo

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Balcones

o le veía venir y una sonrisa asomaba a mi rostro. Flaco, alto, con su espesa barba y su sombrero de paja. De su mano colgaba el portafolio negro grande como él, como de un metro por setenta centímetros, donde guardaba sus últimas creaciones: que bailaban tango al ritmo de su mano prodigiosa, que jugaban billar, que leían o se asomaban a los balcones, que se desvestían, posaban o dormían, mujeres con todo el erotismo a flor de piel. Él era Ismael Olabarrieta, mi querido amigo que nació a las 12 de la noche de un 31 de diciembre de 1941 en Argentina, país al que nunca regresó porque desde joven comenzó a caminar por los países americanos, sobre todo Venezuela y Colombia, Europa y África, en un ir y venir hasta que llegó a Ecuador a la bienal de Cuenca en 1978 y retornó después para vivir aquí, y morir, lamentablemente, el 19 de marzo de este año. Ismael era así. Alguna vez ‘asomaba’ cuando vivía a orillas del lago Yahuarcocha, o estaba en Crucita en una cabaña con escasa luz eléctrica, o en Cuenca, donde hizo su serie de balcones, o en Quito, o en… Se acercaba con los brazos abiertos: con un ‘mi querido amigo’ comenzaba la conversación, siempre fraterna, de cualquier tópico, incluido, naturalmente, cómo estaba Liga y los partidos de la Champion. Sin


paleta

…Olabarrieta en dos líneas define un talle, señala una curva, moldea una cadera, allí radica su fuerza. (…) es un gran artista para quien lo esencial es el gesto. La expresión y la agresividad de un romántico violento, mordaz, crítico, duro, sin contemplaciones. Tango

embargo, nunca me imaginé que también tenía unos hermosos dibujos de fútbol y de box. Ese Ismael con la cordialidad de la ciudad pequeña fue un trotamundos, Brasil, Colombia Venezuela, México admiraron su obra; las galerías de Madrid, Barcelona, Berlín, Roma y tantas otras exhibieron sus dibujos, en ocasiones individuales; otras, con maestros como Hayter, Romero ResendiLaxeiro, Camila Loureiro, Laxansky, la escuela Pratt en Nueva York y el grupo Siqueiros de México.

«Mi pintura es como una trompada, y esta afirmación se siente y se percibe agrediendo al espectador», le dijo a María Elvira Ardila (El Siglo, Bogotá 1989), quien afirmó que Olabarrieta en dos líneas define un talle, señala una curva, moldea una cadera, allí radica su fuerza.. Afirma que es un gran artista para quien lo esencial es el gesto. La expresión y la agresividad de un romántico violento, mordaz, crítico, duro, sin contemplaciones…

Martha Traba, la gran crítica de arte argentina nacionalizada colombiana decía: «Periódicamente, los dibujantes nos salvan de la fatiga compulsiva a que nos somete la pintura y la escultura. Ambas corren obstinadamente una carrera de invenciones y transgresiones; la pintura quiere ser escultura, y la escultura pintura: incursionan en la ciencia y la tecnología, la propaganda y los medios publicitarios, burlándose, o endiosándolos alternativamente.

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Centauros

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La barra


»La introducción de movimientos, luz y sonido, refuerza su carácter transitorio y su desprecio por la eternidad; derivan de la máquina y desafían cualquier pragmatismo: la eternidad se bota al basurero como una idea caduca que debe ser reemplazada por la novedad, lo excitante y lo improvisado, pero se le concede a un tubo de neón o a un montón de polvo y cenizas situados en mitad de un espacio, un valor místico que desafía cualquier concepción inmanente. »Hay algo de automatismo en casi todos los grandes dibujantes de mano libre que van llenando el papel irremediablemente, como si los dibujantes fueran medios de un mundo perdido y naufragado que ya no parece tener razón de ser, del mundo de ideas y sentimientos humanos. Lo más conmovedor y sólido de los buenos dibujantes es esa condición de sobrevivientes. »El argentino Olabarrieta es un hombre mudo que dibuja como un poseído un mundo extraordinario que sólo existe por su testimonio. En este juego público, que asume cada vez las características de un apocalipsis colectivo, los dibujantes son los ermitaños en el desierto». El 19 de abril inauguramos una exposición y volvimos a estar con él a través de sus dibujos. Esos que rememoraban sus palabras «el dibujo es todo, es como el do re mi fa de los músicos. Si no sabe dibujar no puede esculpir ni pintar». Pero también su vida porque eso era para él el arte. «He vivido siempre en un mundo mundano, me gusta ese mundo, mujeres, fiesta, rumba, noches preciosas con amigos, con cerveza, vino y tabacos. Si alguna vez pinté violencia ahora me divierto, pinto movimiento y felicidad, lo que muestra todo lo que vivimos, especialmente las mujeres, que es lo que he pintado toda mi vida… Su historia habla en sus cuadros, su presencia permanece en sus dibujos.

María

Olabarrieta. Mural en el Hotel Akros

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Francisco Ordóñez A.

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ebe haber sido como las cuatro en esa tarde de verano francés, cuando con el autobús que compartíamos con el grupo que nos acompañaba, irrumpimos en las goteras de Reims. Habíamos viajado ya algunas horas desde que salimos de Estrasburgo, donde luego de presentar el espectáculo que nos tenía en gira por Europa, cargamos una pequeña furgoneta con el equipaje de la compañía y abordamos el

cómodo autobús de turismo que nos transportaba. Viajábamos como veinticinco personas y mi papel era el de productor del espectáculo. Debíamos pasar esa noche en Reims, para al día siguiente continuar viaje hasta el puerto de Calais, donde tomaríamos un ferry que nos llevaría a Inglaterra. Habíamos abandonado ya la autopista y por la ventanilla del autobús podía ver las primeras casas de la ciudad.


cuento Después de unos minutos, nos detuvimos y se nos informó que dos horas después saldríamos hacia el albergue juvenil donde pasaríamos esa noche. Los muchachos y yo fuimos a caminar, con ese afán irrefrenable de apisonar el suelo de cualquier lugar por el que pasábamos. En el caso de Reims, valió la pena. Realmente es una ciudad hermosa. Recorrimos algunas calles, mientras descubríamos detalles cautivantes. Susana —quien viajaba conmigo— y yo nos sentamos en un pequeño bar que tenía mesitas en la acera, desde donde podíamos ver la imponente catedral de la ciudad y disfrutar del ambiente de verano que convierte en simpáticos hasta a los franceses. Mientras tomábamos un vaso de vino, hicimos planes para salir en la noche. La verdad es que esa ciudad prometía mucho. Pensamos que después de cenar podíamos caminar hasta el centro, recorrer algunos bares, ir a alguna discoteca y consumir esa noche veraniega de la mejor manera, lejos del resto de muchachos que viajaban con nosotros, que a esa altura de la gira, después de un mes de estar juntos, ya no queríamos tener cerca. Las dos horas pasaron volando. Retornamos hasta el autobús, que ya estaba listo para partir. Enseguida se puso en marcha, circuló por algunas calles hasta que tomó un camino que nos condujo fuera de la ciudad. Treinta minutos después habíamos llegado al albergue, que era una especie de residencia universitaria de retiro, muy a lo francés. Estaba en medio de una hermosa viña. El paisaje me recordaba a las películas que había visto cuando niño sobre la Segunda Guerra. Miré a Susana, enseguida comprendimos que nuestro plan para consumir de la mejor manera la noche de verano francés estaba en verdadero riesgo. En la práctica, no había manera de salir de ahí, sino hasta el día siguiente.

Con caras de resignación, fuimos a reconocer nuestro equipaje de la pequeña furgoneta. El chofer, un francés de unos sesenta años, más bien un tanto gordo, bonachón, con cara de campesino, junto con su esposa, una mujer también de unos sesenta, cubierta la cabeza con un pañuelo verde de seda, nos ayudaron a descargar el equipaje con exagerada amabilidad. Nosotros no hablábamos francés, pero con una permanente sonrisa, que a momentos más me parecía una mueca, la pareja se esforzaba por ayudar y hacerse entender. —Merci monsieur —era todo cuanto alcanzaba a decirle, mientras el hombre decía muchas cosas que yo no entendía, pero que por la expresión de su rostro, me daba a entender amabilidad. La mujer asentía con la cabeza y no paraba de reír. Terminé por pensar que era su manera de expresar lo que sentían por el grupo de ecuatorianos a los que transportaban. Acomodamos el equipo en la habitación que nos asignaron. Todo era pulcro y ordenado. El hombre que nos atendió nos informó que estaba prohibido hacer bulla en el lugar después de las once de la noche, que no se podía fumar ni consumir alcohol. —Reglas de la casa —dijo esbozando esa antipática sonrisa que los europeos ofrecen a los tercermundistas. Durante le cena, todos comimos con mucha hambre. Era la primera comida caliente del día. Susana me miró como preguntándome ¿qué íbamos a hacer? —El hombre de la furgoneta —le dije—. Tenemos que inventar algo para que nos lleve hasta la ciudad. Después nos arreglaremos. —¿Inventar qué? —me dijo ella—, esto va a estar más difícil que escapar de una prisión de seguridad. Terminamos de cenar. Miré mi reloj, era cerca de las nueve de la noche.

Susana —quien viajaba conmigo— y yo nos sentamos en un pequeño bar que tenía mesitas en la acera, desde donde podíamos ver la imponente catedral de la ciudad y disfrutar del ambiente de verano que convierte en simpáticos hasta a los franceses.

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El sol ya se había ocultado y hacía algo de calor. —Ya sé —dije—. Me va a doler el estómago… —Y eso, ¿en qué nos ayudará? —contestó. —Que le vamos a pedir al hombre de la furgoneta que nos lleve hasta una farmacia —sentencié. Los ojos de Susana se iluminaron. —Hagamos el intento —dijo. Me acerqué hasta el hombre, que ya había terminado de cenar, y en complicidad con su mujer observaban sin dejar su sonrisa a los muchachos que hablaban, pasaban y repasaban por el lugar. —Sa va —le dije intentando abrir nuestra comunicación. Él se puso contento y golpeteando su pecho decía:

—Pierre, Pierre —dando a entender que era su nombre. Luego, con la misma mano, golpeteaba la espalda de la mujer y decía: —Marí, Marí… Yo repetí, tocando sus respectivos hombros… —Pierre…y Marí… — enseguida me toqué el pecho y dije: —Panchó —todos reímos. Esta vez yo reí más, porque me di cuenta enseguida de la tontería que dije. Me pasaba con frecuencia que acentuaba la última sílaba de las palabras, cuando quería hacerme entender en francés, aunque nunca me había pasado con mi propio nombre. —¿Cómo estás? —preguntó el hombre haciendo un gran esfuerzo para pronunciar en español.


—¿Hablas español? —le pregunté con la esperanza de que eso facilitara el propósito de mi conversación. Él, en un quinto de lengua, que a ratos sonaba a portugués, a italiano, a algo de español, pero sobre todo a francés, me explicó, o por lo menos le entendí, que su abuelo era catalán y que le enseñó algunas palabras. —¿Dónde hay por aquí una farmacia? —pregunté gesticulando con las manos. —¿Farmacia? —dijo él, por lo que asumí que me había entendido. Señalándome con la mano abierta en el estómago, explique: —Quiero comprar una medicina para mi úlcera, mi úlcera. —¿Ulcera?, ¿estómago? —replicó transformando su sonrisa en un gesto de preocupación. —Sí —le dije, estómago, medi-ci-na, far-ma-cia. Intercambió algunas palabras con su mujer, quien también había mudado su risa permanente a una expresión preocupada. —Eu llevo —dijo —la máquina—, gesticulando con sus manos, como si girara un volante. Miré a Susana y aseguré: —Ya tenemos quien nos lleve a Reims —Ella levantó los hombros y sonrió. —Andiamo, andiamo —dijo Pierre, y los cuatro salimos hacia la furgoneta. El vehículo era un furgón cerrado, con dos asientos delanteros que enseguida fueron ocupados por la pareja. Susana y yo tuvimos que acomodarnos en la parte trasera, desde donde no podíamos ver nada hacia fuera. Pierre encendió el vehículo y tomamos la carretera. En ese momento pensé que ninguno de nuestros compañeros sabía dónde estábamos. Le dije a Susana que debimos haber avisado a alguien que salíamos, pero no le dimos importancia al descuido. Pierre y Marí intentaban expli-

car algo que nosotros nunca entendimos, pero para no hacer más complicada nuestra estancia en el oscuro furgón, simulamos que estaba claro lo que nos dijeron. Ellos empezaron a intercambiar miradas y a reír con su risa eterna. Noté que ya estábamos en la ciudad. Pierre detuvo el vehículo y preguntó algo a alguien. Yo me incorporé y vi un letrero de farmacia que estaba apagado. Pierre volteó a vernos y explicó que la farmacia estaba cerrada. Yo le dije que nosotros podíamos caminar un poco para buscar una, pero él se negó, insistiendo con amabilidad en que él nos llevaría. Yo le dije que no se preocupara, que no era importante, pero Pierre, inmutable, puso en marcha el furgón y empezó a recorrer por varias calles, mientras Marí no paraba de reír. —Mejor, así nos acercará más al centro —comenté con Susana. Pasaron unos minutos y me di cuenta de que estábamos saliendo de la ciudad. —Estamos regresando al albergue —dijo Susana. —Falló el intento —repliqué. Pierre decía algo a Marí, en tono estridente, y los dos reían de una forma que ya era molesta. De pronto, el furgón hizo un giro y noté que estábamos entrando a la autopista. Evidentemente, ese no era el camino de regreso al albergue. —¿Adónde vamos? —pregunté. Pierre, con muchas señas y con su risa de idiota, me dijo que íbamos a buscar otra farmacia. Hasta ese momento, la vergüenza ya me había invadido. La verdad es que mi mentira de la úlcera se estaba convirtiendo en un problema. —Regresa al albergue, Pierre. Mañana puedo buscar mi medicamento en el camino —dije. —No, no, no —contestó Pierre y siguió manejando. Marí se volteó hacía mí, me miró sin dejar de reír, estiró su mano y dio algunos

Una sensación de pánico me invadió. Su expresión era igual a la de Pierre y Marí, la mueca en el rostro era idéntica. No entendía qué pasaba, pensé que a veces Susana era extraña, pero esto salía de control. Me retiré hacia atrás hasta chocar con la pared del furgón. Tenía el tubo en la mano, listo para ser utilizado.

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Pierre y Marí intentaban explicar algo que nosotros nunca entendimos, pero para no hacer más complicada nuestra estancia en el oscuro furgón, simulamos que estaba claro lo que nos dijeron. Ellos empezaron a intercambiar miradas y a reír con su risa eterna.

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golpecitos de cariño en mi mejilla. Yo tuve que hacer un esfuerzo para sonreírle. Luego, todos permanecimos en silencio durante un largo rato, mientras el furgón devoraba kilómetros de asfalto, lo que solamente podíamos intuir desde nuestro oscuro asiento. Sentí que disminuimos la velocidad, me incorporé y vi que salíamos de la autopista y entrábamos a un pequeño pueblo. Miré mi reloj, eran las diez y cincuenta y cinco de la noche, habíamos estado buscando la farmacia cerca de dos horas. Recorrimos muy despacio las calles vacías del pueblo. Yo me había parado para poder ver hacia afuera. Dimos vuelta a la izquierda y luego a la derecha, luego a la derecha y otra vez a la izquierda, y no había nadie en ese pueblo fantasma. Una y otra vez hicimos lo mismo, Pierre y Marí no dejaban de reír. Al fin, vimos a una persona caminando por la acera, Pierre se acercó y detuvo el furgón. Preguntó algo en francés, el hombre nos miró, puso una expresión asustada y salió corriendo. —Pasa algo extraño —le dije a Susana. Ella contestó: —No te metas cosas en la cabeza. Esta gente es así. Además, ¿qué nos van a poder hacer este par de ancianos? Regresé a ver a los viejos, y sentí una rara sensación en la espalda, ese típico escalofrío que viene cuando presientes algo. Pierre puso nuevamente en marcha el furgón, recorrimos algunas calles sin encontrar ninguna farmacia. —Vamos al albergue Pierre — dije en tono de orden. Insistí—: Al albergue, Pierre. Pierre me miró y no dijo nada, tomó una vía de entrada a la autopista y aceleró. Una vez en la autopista, me di cuenta de que no estábamos regresando. Pierre y Marí

empezaron a conversar manteniendo siempre de por medio esa sonrisa especial. Empecé a fijarme en sus rostros. Me di cuenta de que no había reparado en las narices aguileñas de nuestros extraños anfitriones. Pierre tenía unos grandes ojos azules que rellenaban unas cuencas hundidas. Su cabello era escaso y muy recortado, de manera que los pequeños pelos, más rojos que rubios, se le paraban. Sus labios eran finos y un tanto sobresalidos, a los que reiteradamente mojaba con la lengua. Tenía un cuello grueso, lo que me hizo notar que era un hombre fornido. Sus manos eran grandes y hoscas como las de los campesinos andinos. En uno de sus dedos tenía un gran anillo de oro, cuadrado y plano. Volví a mirar sus rostros y recordé esa descripción del hombre lombrociano, el que tiene las características típicas de un asesino. Pensé que Pierre encajaba perfecto en la descripción. Enseguida, miré a Marí. Su rostro era muy blanco, no se le veía el pelo porque lo tenía cubierto con el pañuelo verde de seda. Su nariz aguileña dejaba ver algunos vellos descuidados que sobresalían. Sus labios eran muy delgados y cuando sonreía, se levantaban dejando ver sus rojas encías y un notable diente de oro. Sus ojos verdes resaltaban la blancura de la piel. Sus manos eran finas y hermosas. Pensé que toda ella debió haber sido muy hermosa alguna vez. —Nos van a matar —dije a Susana—. Fíjate bien en su expresión, son típicos criminales, además, todo esto es absurdo. —Estás exagerando —me dijo—. Son raros, pero inofensivos. Nos están haciendo un favor. Traté de ver las cosas con la ingenuidad de Susana, pero mi desconfianza fue creciendo. Empecé a reconocer la parte interior del furgón. Había la rueda de repuesto y algunas herramientas


desordenadamente regadas. Busqué con las manos y conseguí un tubo de metal largo. Enseguida pensé que me serviría para defendernos. Susana me miró extrañada. —Si hacen algo, yo me defenderé —dije a Susana enseñando el tubo. Ella empezó a reír con una risa nerviosa, que no podía contener —Es verdad —afirmé convencido—. Lo voy a usar. Miré fijamente a Susana y sentí su risa nerviosa. Una sensación de pánico me invadió. Su expresión era igual a la de Pierre y Marí, la mueca en el rostro era idéntica. No entendía qué pasaba, pensé que a veces Susana era extraña, pero esto salía de control. Me retiré hacia atrás hasta chocar con la pared del furgón. Tenía el tubo en la mano, listo para ser utilizado. Regresé a ver a Pierre y Marí. Ellos me miraban fijamente, con su sonrisa ahora más pronunciada. Pierre abrió la puerta del furgón, solo entonces me percaté de que nos habíamos detenido. Vi su ademán de bajarse. Levanté el tubo, cuando pude ver por la puerta abierta, el reflejo de un letrero luminoso. —Farmacia, la farmacia —señalaba Pierre. —Ya llegamos a la farmacia —dijo Susana. Yo bajé lentamente mi arma mortal, me incorporé para mirar. Pierre levantó el asiento delantero para que yo pudiera pasar. Bajé y juntos entramos a la farmacia. Pierre explicó que necesitaba algo para la úlcera, yo pedí algunas dosis de cimetidina, pagué, recogí las pastillas y salimos. El lugar en que estábamos era una de esas típicas estaciones de servicio de autopista. Cerca de ahí, se podía observar un reflejo luminoso intenso. Me detuve a mirarlo. —París —dijo Pierre. Subimos a la furgoneta, Pierre puso en marcha el vehículo y em-

pezamos a regresar. Miré mi reloj, era la una y quince minutos. Habían pasado cuatro horas desde que salimos del albergue. Habíamos viajado casi hasta París. Nos tomó cerca de tres horas llegar al albergue. A las cuatro de la mañana estábamos por fin en nuestra habitación. Susana, permaneció en silencio desde la farmacia. Yo supuse que se debía a mi paranoia con respecto a Pierre y Marí. Me sentía muy cansado. Sin decir nada, di vuelta en la cama y empecé a buscar el sueño, hasta que quedé dormido profundamente. A la mañana, me despertó el ajetreo de Susana, que recogía nuestras cosas. —Levántate que estamos tarde —dijo. Abrí los ojos y vi que ella lucía fresca y contenta. Me levanté, tomé una breve ducha y bajamos a desayunar. El comedor estaba lleno de los muchachos y su habitual alboroto. No estaban Pierre ni Marí. Después de desayunar subimos a la habitación a bajar las maletas. Fuimos a dejarlas en el furgón, donde todos los muchachos esperaban para entregar sus respectivos equipajes. Un hombre joven, fuerte y con mucha vitalidad acomodaba las maletas. Desde el asiento delantero de la furgoneta, una muchacha hermosa, de piel blanca, ojos verdes, nariz aguileña y labios muy finos, miraba al muchacho trabajar. —¿Y Pierre? —pregunté. El muchacho no me hizo caso. Regresé a ver a la muchacha, ella sonrió. Pude ver que sus labios finos se levantaban con la sonrisa y dejaban ver sus rojas encías y un brillante diente de oro. Subí al autobús, que en pocos momentos se puso en marcha. Quise comentarlo con Susana, pero ella me miró de una forma extraña. Vi su sonrisa de idiota, arrimé mi cabeza a la ventana, y vi como los viñedos del albergue quedaban atrás.

Francisco Ordóñez Andrade (Quito, 1957) Periodista y comunicador social con estudios en Ecuador y Alemania. Profesor universitario y capacitador de organizaciones internacionales de comunicación para América Latina. Productor de radio y televisión educativa y cultural. Durante su vida ha estado vinculado a la actividad artística como productor audiovisual y actor teatral. Ha incursionado en la literatura escribiendo guiones para radioteatro y radionovela y tiene varias obras narrativas inéditas. 61


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urante los años ochenta y parte de los noventa del siglo XX, Perú vivió una de sus peores crisis políticas de toda su historia republicana. El grupo armado Sendero Luminoso liderado por Abimael Guzmán, el ‘Presidente Gonzalo’, enfrentó al Estado en una guerra abierta que buscó durante trece años la conquista del poder en todos los territorios, barrios y lugares posibles del Perú profundo hasta llegar a las ciudades. La guerra de guerrillas, planteada por Sendero Luminoso, dio paso a ‘la guerra sucia’, término empleado para referirse a la réplica armada dirigida por las Fuerzas Armadas, las cuales en el gobierno de Alberto Fujimori tuvieron carta blanca para ejercer toda su fuerza en los territorios que consideraban bastión de Sendero. Las cifras oficiales del Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación del 2003, reportan un total de «15.173 personas que desaparecieron durante el conflicto armado interno bajo distintas modalidades» (Escobar, 2014) y en manos de distintos agentes policiales, militares y senderistas. Este lienzo espeluznante, digno de un «thriller sangriento con asesinos en serie y crímenes mons-

truosos» (Roncagliolo, 2006), que está a la vuelta de cualquier esquina principalmente en América Latina, será el motivo para que el escritor peruano Mario Vargas Llosa reestructure imaginariamente la realidad conflictiva de su país, por medio de la novela, la cual según su propia interpretación definida en su libro La verdad de las mentiras, no es otra cosa que una herramienta utilizada por el escritor de ficción para crear mentiras verdaderas que «mintiendo expresen una curiosa verdad que sólo puede expresarse disimulada y encubierta», mediante el uso de la ficción, pues el novelista es un hombre inconforme con su suerte. No es gratuito que en 1993 Vargas Llosa publicara la novela Lituma en los Andes, después de un silencio literario de cuatro años, prologado por una larga campaña política que lo enrumbaba como candidato a la presidencia del Perú por parte de la coalición Frente Democrático (Fredemo); campaña con la cual tuvo la oportunidad de recorrer la totalidad de su país y mirar de cerca los conflictos internos como el regionalismo (costa vs. sierra), la violencia irracional que domina principalmente la sierra peruana y la disputa de las clases políticas que son incapaces de go-


geografías bernar a un país extenso en territorio y en diversidad. Esta visión del Perú, pesimista, oscuro y sobre todo violento, está mencionada en varios de los pasajes de su autobiografía El pez en el agua, donde reflexiona sobre el origen de la violencia política que asolaba la serranía peruana, y que es transcrito a continuación: «Recuerdo el cadáver destrozado de Julián Huamaní Yauli en su cajón, aquella soleada mañana ayacuchana, y los llantos de su mujer y de su madre, una campesina que, abrazada a mí, sollozaba en quechua palabras que yo no podía entender» (Vasgas Llosa,1993: 115).

Tampoco es gratuito que la escena con la que da inicio Lituma en los Andes, sea la de una mujer indígena sollozando en quechua por la desaparición de su esposo: Cuando vio aparecer a la india en la puerta de la choza, Lituma adivinó lo que la mujer iba a decir. Y ella lo dijo, pero en quechua, mascullando y soltando un hilito de saliva por las comisuras de su boca sin dientes. —¿Qué dice, Tomasito? —No le entendí bien, mi cabo (Vargas Llosa, 2008: 9).

El crítico Rafael Conde, refiriéndose al fenómeno Vargas Llosa en España, en su ensayo El escritor y su obra: Mario Vargas Llosa, dice: «Antes de que se revelase el fenómeno Cortázar o el fenómeno García Márquez, se revela en España en el 63, el fenómeno Vargas Llosa, esa especie de poética prosaica, terrestre, terrible, acompañada de cierta retórica latinoamericana pero que sin embargo era muy realista, profunda y desolada, es lo que creo que aporta Vargas Llosa a la literatura española de nuestros días». Esa poética terrible, realista, profunda y desolada a la que hace mención Conde está presente en

Lituma en los Andes, una novela escrita en 1993, luego de que el autor perdiera las elecciones para presidente del Perú con su rival político Alberto Fujimori. Lituma en los Andes explora parte de la guerra civil que vivió el Perú en la década de los ochenta y parte de los años noventa, y lo hace desde la propia trinchera, narrando los sucesos diarios de dos guardias civiles cuya misión está destinada al fracaso absoluto. En algunos capítulos, Lituma reflexiona sobre su misión y lo hace incluso en voz alta, en tono de reclamo, como si la inmensidad de los Andes peruanos tuviese una respuesta ante tal escenario sangriento y ante tanta muerte. Parece casi una metáfora que Sendero Luminoso enarbolara banderas rojas en los territorios que iba conquistando para demostrar que ahí se había instaurado un nuevo régimen popular, algo que el gobierno central nunca les pudo brindar. Las banderas rojas, en la novela de Vargas Llosa, tienen muchos simbolismos, pueden aparecer como una señal de advertencia hacia el enemigo. Como si dijeran que al entrar en aquel territorio maca-

Esa poética terrible, realista, profunda y desolada a la que hace mención Conde está presente en Lituma en los Andes, una novela escrita en 1993, luego de que el autor perdiera las elecciones para presidente del Perú.

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bro toda esperanza debe ser abandonada. En otras ocasiones simbolizan la matanza injustificada de los denominados enemigos del pueblo y el sendero del terror que dejaban los juicios populares. Los Andes teñidos de rojo, los Andes deambulando con zozobra y un testigo que es Lituma, que no alcanza a entender dónde radica la miseria humana de Sendero Luminoso y del gobierno que mata para justificar una guerra, cuyo único fin es alcanzar el poder por sobre todas las cosas. Para construir la novela Lituma en los Andes, Vargas Llosa parte desde el testimonio, y como buen testigo, su único afán es testimoniar lo vivido desde el propio terreno. En varios ensayos, Vargas Llosa cuenta su experiencia como candidato presidencial del Frente Democrático y los recorridos que tuvo que realizar por la serranía peruana escuchando de viva voz los relatos de las matanzas que hacía Sendero en las comunidades que no se adherían a la propuesta política que ellos planteaban; así como las denuncias de desapariciones y torturas que efectuaban miembros del ejército nacional en contra de indígenas y comuneros que eran acusados de senderistas o encubridores del grupo subversivo.

En un juego de víctimas y victimarios, «la víctima y el verdugo son igualmente innobles» (Agamnem, 1999: 9), carecen de cierta humanidad que pone en entredicho conceptos básicos de la convivencia como el bien y el mal, que en este tipo de lugares o escenarios se funden en uno solo, sin cuestionarse hasta qué punto es permitido que la línea invisible que separa lo bueno de lo malo no exista. Como si se tratara de un libertinaje sangriento que instala una zona gris «donde el oprimido se hace opresor y el verdugo aparece, a su vez, como víctima». (Agamnem, 1999: 11). Este hecho de no evidenciar claramente la figura de víctima y victimario ha sido el caldo de cultivo para que Vargas Llosa haya visto en el tema de la guerra civil un campo donde pueden desarrollar conceptos de una sociedad atormentada por lo sórdido, que según el diccionario de la Real Academia Española implica: «Del lat. sordĭdus. Que tiene manchas o suciedad. Impuro, indecente o escandaloso. Miserable o muy pobre» (rae, 2016), que en el caso de Lituma en los Andes se encuentra expresado en el desarrollo de un espacio-tiempo, donde predominan las diferencias sociales que tienen su desarrollo

en ambientes perturbadores que hacen eco a la legendaria definición del ‘¡Perú jodido!’ que Vargas Llosa haría en 1969 a propósito de su novela Conversación en la Catedral, donde su personaje Zavalita reflexiona descorazonado sobre el estado de su país al cual lo ve sumido en la miseria y en la intolerancia de las clases sociales que persisten en la Lima aristocrática y burguesa. Este planteamiento de lo sórdido como centro de la trama apunta directamente al desarrollo del dolor y de lo repugnante que puede llegar a ser el espíritu humano y cómo sus actos afectan directamente a «la carne y a las pasiones primarias» (Corroto, 2014), y tienen su centro en las desigualdades sociales que en la obra de Vargas Llosa están presentes en la construcción de la serranía peruana miserable que debe lidiar con instituciones del Estado burgués que, en las novelas, están representadas en las figuras de la policía o el ejército, como si fueran un sinónimo de la corrupción e indecencia del poder. Ese país miserable y desolador le resta fuerzas a los personajes para reflexionar en un mañana que casi siempre lo miran con desánimo o desde una zona gris, donde se confunden los buenos y los malos, descritos desde la perspectiva del testigo o desde la perspectiva del novelista a través de sus personajes, en el caso de la literatura. En este sentido, lo sórdido, como propuesta narrativa, acoge al miedo y al dolor que está expresado en las instituciones que ejercen el poder del Estado y que ponen en entredicho los conceptos de justicia e injusticia. Siguiendo la propuesta de Benjamin en su ensayo Para una crítica de la violencia, hay que tomar en cuenta dos conceptos para entender los fines justos e injustos de la violencia en la sociedad burguesa, que en la novela están plenamente representadas por el Estado (fines


justos) y por Sendero Luminoso (fines injustos). Estos conceptos son: a) el derecho y b) la justicia; que en el caso de este análisis se complementan al decir que el derecho funda la norma de los fines justos que legitiman el uso de la violencia por parte del aparato del Estado para remediar un mal mayor; que, en otras palabras, es la violencia ejercida con legalidad o por intermedio del derecho y que es una violencia permitida o aceptada por la mayoría de los ciudadanos y avalada por el Estado burgués y su maquinaria de respuesta, reflejada en la policía y el ejército. Es en este punto donde lo sórdido de las instituciones, amparadas en un estado de derecho y justicia, fundan un escenario de horror, tragedia y muerte, en historias donde la tensión está desarrollada en espacios ruinosos, y con cierta carga negativa que acongoja a los personajes y que ha dibujado una concepción del espacio horrendo y desolador, carente de toda esperanza, que ha hecho del dolor y de la tragedia la única forma de vida, convirtiendo a todos los ciudadanos en víctimas de la violencia y el fuego cruzado de las ansias del poder. Es pesimista decir que los narradores peruanos, desde la década del noventa con Mario Vargas Llosa como referente, hayan decidido reescribir el tema de la guerra civil desde varias ópticas, como abordar el plan que ejecutó el gobierno de Fujimori para esterilizar entre 1990 y el 2000 a 314.605 mujeres, en su mayoría indígenas, y que según la comisión del Congreso peruano que en 2002 investigó los casos de anticoncepción quirúrgica, concluyó que muchas mujeres fueron esterilizadas en el marco del Programa Nacional de Planificación Familiar. O desde la propia trinchera, en los años de plena guerra popular como lo hace Santiago Roncagliolo en Abril Rojo (2006); o, desde los

años de posguerra, como lo hace Daniel Alarcón en su novela De noche andamos en círculos (2014), donde se puede percibir lo sórdido de la serranía que es denominada por Alarcón como «las provincias», para referirse a un lugar miserable que consume al hombre peruano de posguerra, quien siempre está rememorando los años de guerra para comparar el estado de salud (por así decirlo) en el que se encuentra el Perú. La historia del Perú contemporáneo parece sacada de un libro de terror, las imágenes cruentas de la guerra, así como los testimonios de mujeres torturadas y amarradas a la fuerza para intervenirlas quirúrgicamente y de este modo impedir su descendencia, dan cuenta de este territorio hostil y macabro que en América Latina no está en la imaginación de los escritores. Por el contrario, está en la ideología política y en el ánimo exacerbado que tienen los hombres por el poder. En el caso del Perú, la realidad supera ampliamente a la ficción, aunque hay unos pocos escritores como Vargas Llosa que planta una dura pelea a la historia oficial para moldearla con ayuda de la ficción y de este modo edulcorar un poco la crudeza de dicha historia. Bibliografía RAE

2016 Real Academia Española. From http://dle.rae.es/?id=YPk1ZJK

VARGAS LLOSA, M.

1993 El pez en el agua, Seix Barral, Barcelona. _________ 2008 Lituma en los Andes, Planeta, Barcelona.

Jorge Luis Cáceres (Quito, Ecuador, 1982) Ha escrito los libros de cuentos Desde las sombras (Quito, 2007), La flor del frío (Quito, 2009) y Aquellos extraños días en los que brillo (Lima, 2011), y la novela Los diarios ficticios de Martín Gómez (Sudaquia Editores, New York), de próxima publicación. Como antologador, preparó el dossier de narradores ecuatorianos para la UNAM de México bajo el título de Lo que haremos cuando la ficción se agote (México, 2011), No entren al 1408, antología en español, tributo a Stephen King (Quito, 2013), que cuenta con cuatro ediciones en Ecuador, México, Argentina y Chile. Cuentos suyos aparecen en las antologías El desafío de lo imaginario (Lima, 2011), Letras cómplices (Quito, 2011), GPS antología de cuentistas ecuatorianos (Santa Clara, 2014), Ecuador cuenta (Madrid, 2014. Selección de Julio Ortega), Nunca se sabe (Quito, 2017) y en revistas internacionales como Barcelona Review, Punto en Línea, Big-Sur, Letralia, entre otras. Elegido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012 como uno de los 35 autores destacados por ‘Latinoamérica Viva’.

(N. del E.: Por falta de espacio se ha omitido

parte de la extensa bibliografía consultada por el autor).

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Gerardo Fernández García

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o había reparado en ella, llegué a su costado y me detuve en el pasillo porque así estaba próximo a la puerta de bajada. Me dije incluso que más adelante preguntaría; el viaje era largo y hasta tenía idea de que mi destino coincidía con una de las últimas paradas. Por lo que me encerré en mí mismo, me puse a especular sobre cuál sería el tramo en que la ciudad dejaría de serlo o a pensar en la vida de mis compañeros de travesía, sus ilusiones, sus proyectos, o la estética del joven culturista con camiseta y argollas en las orejas, también sobre lo que ya me afectaba el alto volumen de las voces conversadoras, e incluso en relación con la diferencia entre estar capacitado y tener educación. En eso estaba, totalmente ensimismado, cuando la joven que iba sentada delante de mí agarró su bolso y se puso en pie. —Mire, venga, siéntese. Al tiempo que la obedecía y mostraba mi agradecimiento observé extrañado que se quedaba en el lugar que antes yo había ocupado. —¿No te vas a bajar? Apenas si movió la cabeza, fijó enigmáticamente sus ojos en los

míos y me respondió con una sonrisa que me resultó tan seductora como tierna. No entendí. De momento pensé que tal vez como me había despertado dos veces en la noche, es decir, que no dormí a plenitud, eso quizás se reflejara en mi rostro, porque era imposible que tuviese mal semblante por la barba: nunca salgo a la calle sin afeitarme, mucho menos desde que me nace tan canosa. No, no entendí, pero en algo quise reciprocarla. —Bueno, al menos déjame llevar tu bolso. Me lo entregó y lo situé sobre la carpeta que llevaba encima de mis muslos, mientras reparaba en lo desconcertante de la situación. ¿Qué estarían pensando las personas que nos rodeaban? Nunca antes una mujer me había cedido su asiento. Me halagó con ese gesto, pero, ¿no habría sido un abuso de mi parte haberlo aceptado? Me hacía muchas más preguntas, sin que apareciera una respuesta que hallara el modo de esclarecer la situación. Tampoco la miraba, no me atrevía porque supuse que me iban a faltar las palabras acompañantes; pero la sentía por momentos posar sus ojos en mi cabeza, explorarla, y


relato

más que ver, imaginé ahora su primera sonrisa turbadora. ¿Me le pareceré a alguien querido? ¿Sabrá quien soy y estará evitando ponerme en la situación embarazosa de no reconocerla? ¡Qué manera la mía de resultarme difícil las relaciones humanas! A ver, ¿por qué no le preguntaba y ya? «Dime, mi niña, ¿por qué haces esto conmigo?». Pude haberlo hecho, es más, estuve acopiando aliento para decidirme, pero opté por mirarla en silencio primero y me electrizó esta vez con una sonrisa un tanto exagerada, lo suficientemente extrema como para que me diera pie a pensar en un posible desorden mental. Mi expresión tiene que haberse transformado en algo extraño, por lo que me evadí mirando por la hendija que permitían los cuerpos de otras personas. Pero esa postura dejaba su humanidad a la izquierda de mi ojo también izquierdo. Por el vacío y más allá del cristal de la puerta pasaban inmuebles, bocacalles y transeúntes, mientras yo recorría, buscando perfeccionar el enfoque de mi mirada, su cintura, su cadera, uno de los brazos a lo largo de su cuerpo, cuya muñeca estaba rodeada por un sencillo reloj de fina pulsera de

cuero que apretaba demasiado la trigueña y tersa piel. Que lo que hacía me había puesto nervioso se evidenció en el gesto de levantar la cabeza de pronto con la acción parásita de limpiarme la garganta, o había sido el pretexto para comprobar la bien definida separación de sus senos y llevarme el gran susto al hallar en sus ojos una mirada cómplice. ¿Adivinará en los míos que, por asociación, conozco el peso de ambos y el color de sus pezones? Sí, tuve que pensar que acertaba, porque a mi excitada gravedad respondió con un coqueto giro de su cabeza sin abandonar ahora la sonrisa suficiente de quien conoce el poder de atracción que ejerce. ¡Qué es esto, mi madre! ¿Qué quiere este ser de mí? Y me puse a estudiar la variante más atractiva: en cualquier momento pudiera acercar su cabeza a la mía y decirme al oído: «Cuando usted vea que me vaya a bajar, sígame». ¿Me atrevería?, comencé a atormentarme en medio de viva excitación: ¿Soy capaz de asumir el riesgo de un fracaso, la humillación de una sonrisa condescendiente? No, descarté una frustración, era todo demasiado atracti-

¡Qué manera la mía de resultarme difícil las relaciones humanas! A ver, ¿por qué no le preguntaba y ya? «Dime, mi niña, ¿por qué haces esto conmigo?». Pude haberlo hecho, es más, estuve acopiando aliento para decidirme, pero opté por mirarla en silencio primero y me electrizó esta vez con una sonrisa un tanto exagerada.

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vo y la sangre corría loca por mis venas, renovada en su inesperada alegría. Iría, sí, como quien va a un renacer de la vida. Me bastaba con pensar en la sensación del contacto con su piel, su tersura, el volumen de cada parte, el calor de su cuerpo, sus olores más íntimos, para dejarme llevar a cualquier aventura; en fin de cuentas, ¿no se ha dicho que se vive siempre esperando esos momentos de exaltación que para mí ya eran sólo añoranza? Sí, pude haber jurado en aquel momento que mis reacciones iban a ser espontáneas y ahí estaba ella con la oportunidad para poder demostrarlo, mirándome de soslayo, estudiando seguramente mis posibilidades, jugando también con las hipótesis más seductoras: la de mi buena conservación, la de la maldad —léase experiencia—, o incluso la del consumo del más increíble paliativo azul del que le habrán hablado como garantía de oportuna rigidez, en fin, convenciéndose, elaborando la más rotunda certeza de que su candidato,

a pesar de los pesares, podrá vencer cualquier resistencia y llenar todo el espacio de su ansiedad. No obstante, al sentir el alivio del peso sobre mis muslos y un ligero movimiento a mis espaldas, se me escapó convulsivamente lo que a esa altura ya no quería averiguar: —Dime, ¿por qué me lo cediste? Esperó a sobrevolarme con su bolso y luego, sin prisa y con sus mejillas contraídas hacia sus pómulos en pícara sonrisa, me dijo en un susurro: —Se desocupó un asiento. Gracias. Ya no me cupo la menor duda, aquella evasión confirmaba que la bondad en su juego tenía el objetivo que me estaba imaginando. «! Ay, mi madre, ¿y si me falla el corazón?!». Semejante posibilidad estaba excluida de mi cabeza en ese instante y no porque la osadía haya sido alguna vez ingrediente de mi disposición natural sino que ésta ahora brotaba del redescubrimiento de una alegría tan plena como


Mas, de pronto todo se detuvo y sonó el escape del aire comprimido de la puerta que de golpe dejó pasar el fresco del exterior hacia el que un grupo de personas bajó con urgencia. Al instante un miedo grande me dominó, me erguí con toda la rapidez y el descaro del que ya era capaz y miré hacia atrás: efectivamente, no estaba…

olvidada, es decir, un retorno precisamente a momentos de vigorosa exaltación. Iría con ella hasta el fin de mi existencia a cambio de mantener aquella fuerza el tiempo indispensable. Sí, no hubo lugar para la duda, cómo lo iba a haber si tuve la certidumbre de que el resto de mis años vegetativos, por prolongado que pudiera llegar a ser, no alcanzaría a ofrendar tamaña inspiración. Ya estaba endeudado con ella por eso y lo estaré mucho más hasta en otros mundos —pensaba— desde el instante en que vaya a desabrochar o a desabotonar su intimidad para mostrarme, lo mismo con pudorosa que con pervertida curiosidad, toda su desnudez. Entonces —ya podía imaginármelo— se incrementaría el encuentro o la desesperada lidia de los sentidos, la búsqueda del alivio que expande por la piel el contacto o la fruición contemplativa de aquel cuerpo donde todo estaba firme en su lugar; claro que la estética ocuparía su lugar de estímulo, dejaría espacio a la calibración de

los olores, del peso, de la tersura, de los contornos, de la humedad. ¡Ah, volverían aquellas posiciones de poder, sería de nuevo el dueño del universo! Mas, de pronto todo se detuvo y sonó el escape del aire comprimido de la puerta que de golpe dejó pasar el fresco del exterior hacia el que un grupo de personas bajó con urgencia. Al instante un miedo grande me dominó, me erguí con toda la rapidez y el descaro del que ya era capaz y miré hacia atrás: efectivamente, no estaba; entonces me abrí paso entre las protestas de los ocupantes de la ventanilla opuesta y, para mi pesar, pude comprobarlo: allá iba indiferente, se alejaba sin siquiera mirar para atrás. Sentí unos deseos grandes de gritarle, de preguntarle que por qué se había arrepentido. Pero no lo hice. ¿Tendría aquella joven la más remota idea de lo que me había hecho? No, no lo creo. Lo que pasa es que la gente es muy superficial y las mujeres muy volubles. Eso es todo.

Gerardo Fernández García (Matanzas, Cuba, 1941) Profesor titular de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (ISA), de la Universidad de las Artes de Cuba. Especialista de cine de la Cinemateca ‘Ulises Estrella’ de la Casa de la Cultura ‘Benjamín Carrión’. Consultor y tutor del Consejo Nacional Cinematográfico del Ministerio de Cultura. Autor del libro Dramaturgia, método para escribir o analizar un guión dramático. Especialista de cine en el programa ‘Punto de Giro’ de la Emisora 940 de la Casa de la Cultura ‘Benjamín Carrión’. Galardonado con la Orden por la Cultura Nacional (Cuba-1983). Premio Coral del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (1987). 69


Jorge Basilago

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mediados de los años cincuenta, las tardecitas de Buenos Aires empezaron a sonar distinto y un hombre treintañero trasladó ese cambio a la música porteña. O acaso lo indujo. «Eso no es tango», rezongaron entonces los tangueros de la Guardia Vieja, atados a una repetitiva tradición que ya olía a moho de tanto respirar tan poco. «Eso no es tango», subrayaron los habitúes de las milongas, que no encontraban la forma de bailar aquello. «Eso no es tango», repitieron muchos argenti-

nos, desde Jorge Luis Borges hasta el último de los oyentes anónimos. Pero Astor Piazzolla, el responsable de aquella música, nunca se dejó desanimar por la catarata de prejuicios. Genial, obstinado, camorrero y discutidor —como buen argentino hijo de italianos—, persistió en el camino que había elegido a pesar de los muchos obstáculos que encontró a su paso: «El problema es que, en Argentina, todo se puede cambiar, menos el tango. El tango es considerado casi una religión, es como una secta: hacer siempre lo


partitura mismo, estar dentro de un círculo que uno piensa que no tiene salida. El día que se me ocurrió a mí cambiar, fue una especie de revolución», recordaría sin amargura años después, ya consagrado.

la película, y acompañó al Zorzal Criollo con su bandoneón en distintos teatros y en su fiesta de despedida. «Pibe, tocás muy bien, pero en los tangos parecés un gallego», fue el crítico elogio del cantor.

Mestizaje cultural

El ‘loco’ Piazzolla

El mestizaje cultural de inicios del siglo XX lo hizo nacer en Mar del Plata —en 1921— y vivir en Nueva York hasta entrada su adolescencia. En la Gran Manzana, Astor se crió entre gangsters italianos y judíos que frecuentaban la peluquería paterna. Y siempre halló la forma de llamar la atención: «Era muy loco, hacía lío y me echaron de las tres primeras escuelas a las que fui. Entonces, para ‘curarme’, me metieron en un colegio salesiano de Don Bosco… donde aprendí las peores cosas de mi vida», contaba siempre entre risas. A los 8 años de edad, su padre Nonino invirtió 19 dólares para comprarle el primer bandoneón. El niño-problema y el complejo instrumento congeniaron de inmediato: «Es muy diabólico, la persona que quiera aprender a tocarlo debe estar un poco fuera de sí», le explicó a un periodista de la BBC. Tiempo después lo enviaron a clases de música con el pianista húngaro Bela Wilda, discípulo de Sergei Rachmaninov, quien le transmitió su amor por Johann Sebastian Bach. Y a los 12 hizo su primera grabación como aficionado, con una tonada popular llamada Marionette Spagnol. Por esa época hablaba el castellano como Tarzán y del tango apenas le resultaba familiar el nombre de «un tal» Carlos Gardel, quien llegó a Nueva York para filmar El día que me quieras en los estudios Paramount y se hizo amigo de su familia: así fue como el pequeño Piazzolla apareció en el rol de canillita —vendedor de diarios— en

De regreso en Argentina, el joven Astor escuchó por primera vez al célebre sexteto del violinista Elvino Vardaro, experiencia que comenzó a cambiar definitivamente su forma de entender y expresar el tango. Entonces se lanzó a la aventura de conquistar Buenos Aires y solo, con apenas 17 años, se presentó a una prueba de bandoneonistas para la orquesta de Aníbal Troilo. Después de oír con paciencia todo su repertorio clásico, la vocecita socarrona del famoso Pichuco lo desafió: «¿Y tango, pibe? ¿Tocás tango?». Bastaron un par de minutos para responder a esas preguntas con un rotundo sí. Antes de cumplir los 25, con la venia de Troilo «que tenía un oído finísimo para descubrir talentos», Piazzolla ya llevaba un buen tiempo como compositor y arreglador de la agrupación. Los demás músicos lo bautizaron ‘El Loco’, tanto por su carácter como por su tendencia a complicarles las interpretaciones con arreglos muy exigentes. Pero aun osadas y vanguardistas, sus composiciones de aquellos días respetaban los postulados estéticos del tango tradicional: Contrabajeando, Prepárense, Contratiempo o Para lucirse alcanzaron incluso la categoría de clásicos del género. «Por supuesto, Troilo no fue el único en animársele a Piazzolla: (Osvaldo) Pugliese, (Eduardo) Rovira, (Osvaldo) Fresedo, (Enrique) Francini, (Armando) Pontier y ( José) Basso supieron tener partituras de Astor en los atriles de sus orquestas a lo largo de los años cin-

«El problema es que, en Argentina, todo se puede cambiar, menos el tango. El tango es considerado casi una religión, es como una secta: hacer siempre lo mismo, estar dentro de un círculo que uno piensa que no tiene salida. El día que se me ocurrió a mí cambiar, fue una especie de revolución», recordaría sin amargura años después, ya consagrado.

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cuenta y nadie puso el grito en el cielo», anota el historiador Sergio Pujol en su libro Cien años de música argentina. Sin embargo, poco a poco lo fue ganando el ahogo de repetir siempre las mismas fórmulas y recursos. Sus constantes estudios de música lo inclinaron a buscar un futuro lejos del tango, y en 1953 ganó el Concurso Fabien Sevitzky con la obra Buenos Aires-Tres movimientos sinfónicos, que presagió el duro camino que le esperaba: mientras el mundo del tango lo acusó de ‘traidor’, los músicos académicos consideraron casi una falta de respeto su decisión de agregar dos bandoneones a una orquesta sinfónica. En ninguna vereda había sol para él.

Becado en París

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El premio de aquel certamen era una beca para estudiar piano en París con Nadia Boulanger. Inseguro a causa de las críticas, Piazzolla intentó ocultarle su pasado tanguero, hasta que la sagacidad de la profesora pudo más: «Astor, sus obras eruditas están bien escritas, pero aquí está el verdadero Piazzolla, no lo abandone nunca», cuenta la leyenda que le aconsejó la maestra francesa, luego de oírlo interpretar en el piano su tango Triunfal. Otra derivación de sus días en Europa, además, fue que comenzó a tocar el bandoneón de pie, gesto que sería su marca escénica registrada ya que lo habitual hasta ese momento era hacerlo sentado. «Su vida y su obra fueron la resultante de una serie no planeada de encuentros entre tres variables en permanente cambio: el músico, la época y el imaginario sonoro de la ciudad», detalla Pujol. Los últimos dos aspectos se hallaban sumamente convulsionados en 1955, cuando Piazzolla regresó a Buenos Aires. Había caído el


gobierno peronista, el tango estaba en crisis y los primeros esbozos del rock and roll empezaban a cautivar a los jóvenes. Ahora convencido del estilo que pretendía desarrollar, el músico respondió al contexto con la creación del Octeto Buenos Aires, compuesto por dos bandoneones, dos violines, piano, contrabajo, cello y guitarra eléctrica. Sin cantores ni bailarines, la estética renovadora del grupo llamó la atención del público más inquieto, pero se ganó el odio de los fundamentalistas del tango ortodoxo y el boicot de los medios de difusión y de las discográficas.

Quiebre definitivo El quiebre definitivo llegaría en 1959, otra vez en Nueva York, donde la noticia de la muerte de su padre lo llevó a componer el universal Adiós Nonino. Ese fue el preludio de la formidable década siguiente, durante la que encontró la formación instrumental más adecuada para su música —el quinteto de bandoneón, piano, violín, bajo y guitarra eléctrica— y compuso muchos de sus temas más conocidos. Sus innovaciones armónicas y de tesitura causaron tanto estupor como admiración; y la decisión de fusionar la composición e interpretación sobre su persona, lo condujo cada vez más cerca del jazz. La siguiente locura de Astor fue convencer a Jorge Luis Borges de asociarse con él para componer un disco: de uno la música y del otro los textos, interpretados por el cantor Edmundo Rivero y el actor Luis Medina Castro. Así, un bandoneonista que «no hacía tango», junto con un escritor acusado de «extranjerizante» o «antiargentino», crearon una gema imprescindible titulada simplemente El tango. Pero la lucha de egos desvirtuó todo: Piazzolla trató de «sordo» e «ignorante» a Borges, que contraa-

tacó llamándolo «bruto y vanidoso» y bautizándolo despectivamente como Astor ‘Pianola’. Después de semejante experiencia, el mutuo hallazgo con el poeta uruguayo Horacio Ferrer le brindó a Piazzolla un compañero de sensibilidad y ética de trabajo similares a las suyas. Admirador de Homero Manzi y Enrique Santos Discépolo, Ferrer jamás escribió al modo de aquellos; de igual manera que Astor podía tocar como cualquiera de los bandoneones centrales de la historia tanguera —basta escuchar Tristeza de un Doble A para comprobarlo—, pero siempre eligió ser él mismo. La colaboración entre ambos se inició en 1967 con María de Buenos Aires y concluyeron la década firmando un éxito monumental: Balada para un loco. Inspirada en la comedia francesa Le roi de coeur (traducida como Rey por inconveniencia) la balada fue, a la música tradicional de Buenos Aires, lo que La balsa representó para el nacimiento del rock argentino. Abrió la puerta a nuevas percepciones y personajes, en una ciudad que perdía los arrabales y, con ellos, el corazón estético de su identidad tanguera. Una capital que crecía —como todas— en forma despareja, a saltos, a mordiscos, a bocinazos, debía también cambiar su forma contarse y cantarse. «Se trataba de interpretar el espíritu de la época: la idea de libertad, de locura buena, como una forma de abordar la existencia», explicó Ferrer.

Demorado reconocimiento En las dos décadas posteriores —hasta su muerte en 1992—, el demorado reconocimiento tocó por fin a su puerta. Del Philharmonic Hall de Nueva York al Olympia de París, pasando por el Teatro Colón de Argentina, las principales salas

del mundo le dieron a su música un lugar de privilegio. También compartió shows en vivo y grabaciones con artistas de gran renombre como el saxofonista Gerry Mulligan, el vibrafonista Gary Burton o la cantante italiana Mina. Obsesivo, respetuoso a ultranza del público que lo seguía, exigente y estudioso, nunca dejó de reescribir y cambiar arreglos —solo Adiós Nonino tiene más de una veintena de versiones distintas—, e incluso fue capaz de destruir sin el menor cuidado aquello que dejaba de gustarle: «Mi abuelo quemó la mitad de los originales de su obra en un asado en Punta del Este (Uruguay). No sabemos qué le agarró, pero lo hizo», confesó su nieto, el baterista Daniel ‘Pipi’ Piazzolla. «¿Por qué Piazzolla fue un músico límite —así lo definió Carlos Kuri— y no el precursor de una nueva sensibilidad, el Baudelaire de la modernidad tanguera?», se pregunta Pujol. Tal vez, arriesgamos, porque lo que hizo no podía enseñarse; porque muchos pudieron imitarlo pero ninguno profundizó sus búsquedas; porque los senderos que abrió quedaron sin caminante cuando huyeron todos los pájaros perdidos de su alma. Quizás solo por eso Astor, ‘el loco del bandoneón’, se marchó puntual con una estela de silencio tras de sí: Moriré en Buenos Aires, será de madrugada, guardaré mansamente las cosas de vivir mi pequeña poesía de adioses y de balas, mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín. (…) Hoy que Dios me deja de soñar, a mi olvido iré por Santa Fe, sé que en nuestra esquina vos ya estás toda de tristeza, hasta los pies. (Balada para mi muerte,

Astor Piazzolla-Horacio Ferrer).

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Juan Romero Vinueza

Juan Romero Vinueza

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s innegable que la poesía norteamericana del siglo XX ha contado con grandes representantes entre sus filas, como por ejemplo T.S. Eliot, Marianne Moore, Ezra Pound, Allen Ginsberg, Wallace Stevens, Sylvia Plath, John Ashbery,

Frank O’Hara, Elizabeth Bishop o Langston Hughes, entre otros. Sin embargo, también existió un gran número de poetas que fueron menos reconocidos ya sea porque murieron demasiado jóvenes, por haber tenido muy poca obra, o por haber desaparecido del mapa de


ensayo

una manera extravagante o pseudomítica. Uno de estos poetas —y que cumple con las tres características— fue Hart Crane. Crane nació en Garretsville, Ohio, un 21 de julio de 1899. Su padre fue un exitoso hombre de negocios, dueño de una fábrica de

dulces. La relación entre ellos nunca fue muy buena ya que el padre de Crane jamás pudo entender la vocación de éste hacia un mundo que no produjera dinero: el de las letras (y, mucho menos, el de la poesía). La relación con su madre, en cambio, era mucho más cercana

e íntima: una mezcla de compañía y confidencia, incluso en la adultez del poeta. Se podría decir que la inclinación de Crane hacia la poesía inicia gracias a la residencia en casa de su abuela en Cleveland, en el año 1908. Es dicha casa, el infante pudo leer ediciones de las obras completas de Robert Browning, P.B. Shelley, y también adentrarse en los textos de Platón y Honoré de Balzac. Además, también leyó a varios de los grandes poetas isabelinos durante su pubertad y adolescencia, cosa que se verá reflejada en el lenguaje y el estilo utilizado en su posterior obra. En 1916, deja Cleveland y se muda a New York. Allí ingresa a la Columbia University, pero abandona la idea de obtener un grado y decide dedicarse a su carrera literaria. Para obtener algo de dinero, colabora como redactor en las revistas Little Review y Seven Arts, en donde puede leer partes de la obra de Walt Whitman, Sherwood Anderson, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, W.B. Yeats y adelantos del Ulysses de James Joyce. Pero sería en 1917 cuando empezaría a publicar sus poemas en la revista Pagan. Sin embargo, estos textos publicados en dicha revista jamás serían reimpresos por Crane. ¿Por la tan nombrada vergüenza de los textos de juventud? Ese mismo año, las constantes agresiones verbales y físicas entre sus padres terminarían por ocasionar su divorcio. Su madre se muda al pequeño departamento de soltero de su hijo en New York. Crane quiere huir del problema familiar y se enlista en el ejército. Vuelve a Cleveland y trabaja en una planta de municiones mientras dura la Primera Guerra Mundial. Al acabarse ésta, consigue empleo como reportero en Cleveland Plain Dealer. Obtiene el dinero necesario y vuelve a New York.

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A pesar de los múltiples trabajos que Crane mantenía, de manera irregular, su producción poética estaba realizándose por las noches, bajo el influjo del alcohol y la música. Si bien casi todos los poetas norteamericanos de esta generación tenían una relación cercana con el alcohol, Crane se caracterizaba por escribir completamente borracho.

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Deja de mantener comunicación con su padre en 1921 y se gana la vida trabajando en compañías de publicidad de Cleveland y New York. A pesar de los múltiples trabajos que Crane mantenía, de manera irregular, su producción poética estaba realizándose por las noches, bajo el influjo del alcohol y la música. Si bien casi todos los poetas norteamericanos de esta generación tenían una relación cercana con el alcohol, Crane se caracterizaba por escribir completamente borracho. Ya en 1922, el poeta tiene escritos varios de los poemas que serían

incluidos en su primer libro, entre ellos, tres de sus mejores obras: Chaplinesque, Lachrymae Christi y For the Marriage of Faustus and Helen. Dos años más tarde, Crane conocería a Emil Opffer, un marino con el cual tuvo una relación corta, pasional y turbulenta. De esta experiencia surgiría la sección de poemas eróticos denominada Voyages. Todos estos poemas formarían parte del libro White Buildings (1926). Hay que recalcar que el constante regreso de Crane a New York no se dio en sí por la vida literaria de la ciudad. De hecho, su alcoho-


lismo y tendencia a la soledad lo separarían de sus amistades literarias, tales como Allen Tate, Yvor Winters, Katherine Anne Porter o E.E. Cummings. Ciertamente, el autor prefería vivir allí por el hecho de la tolerancia que se tenía ante la homosexualidad —que no era excesiva, pero superaba a casi todas las demás ciudades de los Estados Unidos—. Para mediados de los años veinte, el ambiente neoyorquino ha cambiado. La ciudad se encuentra en un devenir complejo, lo cual afecta y altera la sensibilidad de Crane: New York se ha convertido en ruido, tráfico, vendedores ambulantes e industrialización. En esta época, y con estos cambios, el autor empieza a pensar el que sería su más grande poema: The Bridge, texto en el cual se intenta recrear la experiencia cultural de los Estados Unidos. En el poema se menciona a Cristóbal Colón, Rip Van Winkle, el paisaje de la Nueva Inglaterra, el túnel del East River, etc. Crane utiliza al puente de Brooklyn como un símbolo de esta unión entre América y Europa, de todo este proceso que converge y se expande cuando se piensa en la conformación de los Estados Unidos. The Bridge (1930) nace como una alternativa a The Waste Land (1922) de T.S. Eliot, mostrando una visión más optimista de la modernidad y de lo urbano. Sin embargo, las críticas que recibe son bastante desalentadoras y casi todas concluyen que el esfuerzo de Crane fue muy ambicioso y que su propósito había excedido sus capacidades escriturales y su talento. En pocas palabras, los críticos concordaban en que su empresa había sido un gran fracaso, por la utilización de un lenguaje arcaico y de un estilo antiguo que dificultaba el acceso a la lectura de su poética, que era más bien complicada y muchas veces inentendible. Además, mientras la

gran mayoría de autores de la época exploraban el verso libre, Crane escribía en endecasílabos yámbicos y usualmente usaba la rima. Su poesía fue una mezcla de vanguardia y clasicismo exacerbado. En 1931, el autor se muda a México. Su estancia en el país latinoamericano pudo darse gracias a una beca Guggenheim que obtuvo para investigar la cultura europea y la sensibilidad poética en América. Allí continuaría sumergido en la bebida y la depresión. También fue en este país donde mantuvo una relación heterosexual —quizás la única—con Peggy Baird, ex esposa de su amigo Malcolm Cowley. Sin embargo, no dejó de tener relaciones homosexuales, incluso siendo Baird su pareja. Esto significó para Crane otro desastre más en su vida. Esta cadena de fracasos que vivió Crane también cuenta con una anécdota que se ha convertido en una especie de mito acerca de su obra. Se dice que el autor fue a México para investigar sobre Quetzalcóatl. Aparentemente, este personaje rebasó todas sus capacidades de comprensión por toda la compleja carga simbólica que la deidad azteca llevaba consigo. Posterior a este desencuentro con su talento y capacidades poéticas, Hart Crane decide suicidarse (o eso es lo que dicen). Su muerte se dio el 27 de abril de 1932, después de que Crane estando muy borracho saltara —o se cayera— desde el barco Orizaba que se dirigía de Yucatán a New York. Su cuerpo nunca fue hallado. Así, Crane sería el único miembro de la denominada Generación Perdida —a la que pertenecieron Ernest Hemingway, Archibald MacLeish, F. Scott Fitzgerald, Dorothy Parker, William Faulkner, entre otros— que en verdad se perdió. En su caso, las aguas del Golfo de México fueron las elegidas. Crane intentó hacer, hasta de su muerte, un poema clásico y complejo.

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Gonzalo Baquero Paret

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a tierra humeante del bosque húmedo es limosa, pegajosa, negra e impúdica, se deja penetrar por raíces vegetales que a modo de tentáculos hurgan y profundizan con sus garras las entrañas del pantanal. Árboles gigantes y zoomorfos enredan sus troncos con guirnaldas de hojas sudorosas de rocío, matizadas de todos los verdes. Cuelgan de sus brazos cataratas de musgos grises, bejucos y lianas que como traviesos rizos de niña se despeñan de sus copas. Orquídeas y bromelias de insolente y lúbrica belleza se dejan ver coquetas entre la enramada. Nubes de loras alharaquientas despertaron a los micos, que curiosos y promiscuos acompañaron columpiándose de rama en rama a los viajeros e impertinentes y agobiaron con su algarabía a los tucanes negros de grandes picos curvos pintados de naranja. Cañaverales apretujados como ristra de plumas al viento ocultaban nidos de serpientes esquivas, las que zigzagueando escribían sobre el barro signos de arabesca geometría con los que alertaron a los extraños de su mortal presencia. En esa noche lúgubre, los yumbos de la selva pintaron fantasmas en las sombras y encen-

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Capítulo 11 de la novela El secreto del

migrante, de Gonzalo Baquero Paret.


narrativa dieron de amarillo y rojo los ojos de tigrillos y de guantas. Lechuzas, murciélagos y mariposas nocturnas desplegaron sus alas y levantándose en desordenado vuelo anunciaron la llegada de los intrusos a la jungla. Pedro de pronto se sintió pequeño al verse sumergido en la vorágine de la selva y en la oscuridad de sus memorias, le asaltaba el recuerdo del Dios de Israel que castiga sin piedad a los herejes. Trató de orar, pero, aturdido por el miedo, acalló su conciencia tarareando Asturias patria querida; enmudeció al ver que nadie le seguía, no conocían la letra ni la música. Estaba solo. Doña Blanca les guiaba, a doña Blanca seguían; ella sin duda era conocedora de los caminos de la selva y del infierno, su destino. Un fogonazo hirió el silencio y despedazó la gran hoja de camacho que Herlinda llevaba a modo de paraguas. —Adónde van, no se puede pasar sin permiso —resonó una voz gruesa y áspera que salió desde las mismísimas entrañas del averno verde. —Soy tu mamá Blanca —contestó con un alarido sollozante de alegría la vieja negra. Saliendo de la nada, apareció un mulato con una cicatriz que le cruzaba toda la cara, que no solo le afeaba sino que le daba un aspecto malévolo. Levantó por los aires a su madre y la llenó de besos. —Mamá Blanca, qué alegría. ¿Quiénes te acompañan? —Esta es la Herlinda, recuerdas, la última vez que la viste era una niña, ahora está casada, este es su niño y este otro su marido Pedro, les busca la policía. Ya te contaré detalles. —Buenas noches señor —balbuceó Pedro, tragando saliva. Estalló Castañeda en una carcajada que asustó a los micos, a las loras, a Pedro y al pequeñajo, y sin que aún se le borrara la sonrisa de los labios, continuó diciendo:

—Déjense de ceremonias y síganme. Tomó a su madre de la mano como un niño y silbó como el pájaro mataculebra, a aquella orden, hombres y mujeres salieron de la nada y llenaron los senderos de la selva. La maleza, respetuosa, se abría a su paso y se cerraba cubriendo sus espaldas; a unas cuantas horas de camino llegaron a un claro en el bosque donde unas pocas casitas sobre cuatro patas retorcidas y nudosas se tambaleaban al borde de un estero. Las garzas comían despreocupadas entre las vacas y los chivos del corral. Los perros salieron en desordenada jauría ladrando, saltando y meneando sus colas, compartiendo la algazara de bienvenida con la horda de niños del poblado que salieron a trompicones a recibir a los visitantes. —Desocupen la casa del corral, es para mi madre y mi hermana; vos, ‘Boca de sapo’, toma mi lugar y ordena a la gente, aumenta la guardia. ”Pedro, ven conmigo, acompáñame a casa, tenemos mucho que hablar—. Ordenó el diablo Castañeda en carrerilla. —Mejor haga lo que el jefe dice, nunca repite, nunca se olvida, nunca perdona —advirtió al oído de Pedro, Isaac Cuero el ‘Boca de sapo’. Alrededor de la luz de una lámpara de kerosene, de aquellas en que las estúpidas polillas mueren estrellándose contra el cristal, se sentaron los hombres a charlar, al rato soltaron las lenguas ayudados por el ‘pájaro azul’ —aguardiente de caña dulce—. Desinhibido el cura por el alcohol, relató a su pariente político, con pelos y señales, todo lo ocurrido y más. Antes de darse cuenta, el ingenuo había hipotecado el alma al demonio, no le quedaban secre-

En esa noche lúgubre, los yumbos de la selva pintaron fantasmas en las sombras y encendieron de amarillo y rojo los ojos de tigrillos y de guantas. Lechuzas, murciélagos y mariposas nocturnas desplegaron sus alas y levantándose en desordenado vuelo anunciaron la llegada de los intrusos a la jungla.

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tos que ocultar; no hay ser humano más débil y más idiota que aquel que deja ver las debilidades de su espíritu y sus bolsillos vacíos. —Así que antes eras de Dios y ahora perteneces al diablo, al diablo Castañeda, el mulato de la cicatriz. —Anda a dormir que mañana tienes que trabajar, quien no trabaja se muere —dijo despidiéndole con un guantazo en la espalda, que le dejó marcados los dedos en la piel. El recinto recibió a los visitantes sin que mediara trámite alguno. El diablo les había abierto las puertas sin reserva, si querían sobrevivir, estaban obligados a obedecer y callar. La complicidad era su ley. El diablo, el patrón, el juez y el verdugo.

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Los policías marchaban en el humedal pesadamente sin rumbo aparente, confiaban en el guía mercenario reclutado. En las mañanas, la poca luz del sol se filtraba verticalmente desde el techo de la selva cayendo sobre sus nucas, desollándolas sin piedad, y en las noches la oscuridad se llenaba de ruidos fantasmales que avivaban sus temores. La humedad brotaba desde el fondo del légamo y se hundía pegajosa por sus poros. La moral estaba baja, el capitán Hipólito Vargas era consciente del bajo ánimo de su tropa, habían entrado a la selva hacía ya varios días y no había señas del prófugo. Parecía que se le había tragado la tierra. No podía fallar esta vez, exigiría a sus hombres hasta el final si fuese necesario, pensaba el atormentado gendarme mientras enterraba sus botas en el pantanal. —Mi capitán, creo que nos estamos perdiendo —lloriqueó Rosendo Quinde, y continuó gimoteando—: todititos los árboles y los ríos son igualitos, ya hemos caminado varios días y no encontramos

chaquiñán, ni gente, ni perro que nos ladre. —Sí mi ‘capi’ —continuó Mina—, la búsqueda se está alargando demasiado, parece que les ha tragado la selva. Pidamos ayuda a los del ejército, no vaya ser que nos den el vire, el diablo Castañeda es un maldito. —Callen y caminen, carajo, no se me amariconen, yo le daré bala al mismísimo diablo si se asoma y al primer cobarde que intente huir. Cedeño, dele al machete, abra la pica, caminen. ”Carajo, maricones, mamarrachos de mierda —insultó a manera de orden militar el capitán Hipólito Vargas Rosero. Llegada la noche, alrededor de la fogata fueron el festín de los mosquitos. El murmullo de la tropa se interrumpía de cuando en cuando por el gemido del viento entre los árboles, el zumbido de los zancudos y por los chirlazos sobre sus cuellos cuando los insectos eran muertos a bofetadas. —Callen carajo, duerman y dejen dormir —gritó con autoridad el jefe. Nadie durmió, guardaron silencio hasta el amanecer. Un día más igual a los otros,

hirviente, tedioso y húmedo; la selva enmarañada no se dejaba invadir. De repente, Rosendo Quinde sintió un dolor insufrible en su mano izquierda, aquella con la que separaba la maleza: una serpiente coral le había clavado sus colmillos. Rómulo Cedeño levantó el machete y descargó con fuerza la hoja de acero en la muñeca de Quinde, un chorro de sangre y la mano del indio rodaron por el barro. Dos machetazos más y la culebra yacía muerta en la hojarasca junto al policía herido. —Montubio bestia, ves lo que has hecho. —Sí mi capi, preferible manco que muerto, además, el serrano se lo ganó por pendejo, yo le dije mil veces que use el garabato —horqueta de madera para separar la maleza—. Vendaron y apretaron el muñón del antebrazo del herido, y continuaron la marcha sin descanso. —Vean dónde pisan, avancen, usen el garabato. Denle agua al cojudo. Otra noche de miedos anunciaban con su canturreo las chicharras. Avanzaban lentamente los hombres y a su paso las suelas de las botas fracturaban ramas secas que al astillarse rompían el silencio con su


crujir agónico. Los policías prestaban oídos al croar de los sapos que cantaban al ritmo de la sístole de sus aturdidos corazones. Los violadores de la jungla de Limones alimentaban con disimulo sus temores. El monte calló, dejándose escuchar el tintineo del agua que al abrirse paso entre hojarascas se dejaba caer serena de piedra en piedra. Un claro en la arboleda se abrió inesperadamente ante sus ojos, no tuvieron tiempo de planear ni de ocultarse; una jauría de perros salió en busca de los intrusos alborotando a las garzas blancas que asustadas levantaron el vuelo graznando despavoridas entre las pezuñas de las vacas. Un mulato descomunal de aspecto de pocos amigos, afeado por una gran cicatriz que le cruzaba la cara, les enfrentó escopeta en mano y machete al cinto. Cortado el paso les increpó resuelto: —¿Qué buscan? —y continuó hablando con su vozarrón—: mi oficial, somos colonos, es raro ver caras nuevas por estos lugares. Sin amedrentarse y haciendo gala de su jerarquía, Hipólito Vargas sacó fuerza de su espíritu militar para contestar al aparecido: —Busco a un gringo, ¿lo ha visto?, no debe llegar a los treinta, habla raro y medio ‘tartoso’. Al pendejo le acompañan una mulata joven, una negra vieja y un niño. —No, nadie con esas señas ha llegado a estos bosques —contestó sin inmutarse el diablo Castañeda que estaba acostumbrado a mentir. —Cabo Mina, busque en las casas, no deje rincón sin destapar. —Está seguro mi capitán —respondió temeroso el policía, como augurando problemas. —Es una orden, busquen —dijo un enfurecido Hipólito Vargas Rosero. —No mi capitán —salió al frente dando de voces el diablo Castañeda con evidente enfado—, nadie

nos rebusca carajo —y mientras esto decía, apretó con fiereza el cañón de su escopeta en el cuello del atónito oficial—. Si te mueves ‘hijueputa’, te perforo el cogote —le amenazó esperando que le desobedeciera. Rómulo Cedeño irreflexivamente levantó su machete y un disparo que salió de la nada le destrozó el tórax rodando muerto entre las patas de los perros. —No se muevan, ordenó instintivamente el capitán y continuó—, hagan lo que dicen, no se hagan los machos, van por sus vidas. Unos cuantos hombres del recinto, no menos de diez, salieron de la espesura de la jungla y desarmaron a los atónitos policías. —Que se pongan de espaldas mirando a la selva —ordenó el diablo a sus súbditos. Obedientes se pusieron de espaldas y una andanada de fuego les incrustó las nalgas de sal en grano y vidrio molido; las escopetas de chimenea quedaron silentes y humeantes. Los gendarmes rodaron por los suelos aullando de ira, de odio, de impotencia, humillación y dolor. —Ahora largo de aquí, si regresan les daremos otra dosis de la misma medicina y les sacaré los ojos de sus cuencas. Llévense a su muerto —ordenó el mulato feroz. La metralla de sal y el vidrio incrustado es sus carnes hicieron del regreso un infierno. En el camino medio enterraron en el limo al manabita muerto en acción. —Mi capitán, parece que se me ha subido la temperatura, el bracito ca negro se está haciendo, huele a mortecina —se quejaba Rosendo Quinde. —Calla indio marica, todos estamos jodidos, aguanta, en Quito te curarán —contestó su capitán a modo de consuelo, de disculpa. Desarmados y heridos, su regreso de la selva fue un martirio, a cada paso maldecían su suerte y juraban venganza.

La moral estaba baja, el capitán Hipólito Vargas era consciente del bajo ánimo de su tropa, habían entrado a la selva hacía ya varios días y no había señas del prófugo. Parecía que se le había tragado la tierra. No podía fallar esta vez, exigiría a sus hombres hasta el final si fuese necesario, pensaba el atormentado gendarme mientras enterraba sus botas en el pantanal.

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Estalló Castañeda en una carcajada que asustó a los micos, a las loras, a Pedro y al pequeñajo, y sin que aún se le borrara la sonrisa de los labios, continuó diciendo: —Déjense de ceremonias y síganme. Tomó a su madre de la mano como un niño y silbó como el pájaro mataculebra, a aquella orden, hombres y mujeres salieron de la nada y llenaron los senderos de la selva.

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En San Lorenzo, la noticia de las hazañas del diablo de la selva de Limones corría de boca en boca, la llegada de los guardias civiles derrotados fue un acontecimiento esperado y festejado por los cimarrones. Todos comentaban: “Eso les pasa por bobos, a quién se le ocurre joder al diablo en el mismo infierno”. El párroco les brindó los primeros auxilios, por caridad cristiana, pero tan pronto pudo se deshizo de los inoportunos forasteros. De pie viajaron en tren a la capital. Al llegar a Quito fueron internados por la superioridad en el Hospital San Juan de Dios. A Rosendo Quinde Collahuaso le amputaron el brazo a la altura del codo apenas al llegar, y tres meses más tarde salía con el alta en compañía de sus compañeros, con sus posaderas cicatrizadas y tatuadas de por vida, el capitán, además desorejado. En esos días doña Ignacia llamó a su presencia al padre Alberto Ponce Quishpe, con carácter de urgente. Tan pronto como pudo, el Prior obedeció y acudió al llamado, mojigato se acercó a la matrona y escuchó de sus labios: —Mire padre, mi hijo me ha dado muy malas noticias: su oveja descarriada está oculto y protegido por bandoleros en una selva impenetrable de Esmeraldas; según dicen fuentes muy autorizadas, los forajidos están comandados por un negro horrible y sanguinario —continuó Doña Ignacia con aire de importancia, eso es alzando las narices y disfrazando la voz de falsa preocupación—. Mi hijo, Rafaelito, ha puesto en peligro su cargo por ayudarle padre Alberto. No le ha gustado nadita al ministro las muertes y los heridos, felizmente son de gentecita así nomás, y no cree que tenga repercusiones. ”Por el momento mi hijo no cree prudente seguir en el empeño de encontrar a ese cura truhan,

hasta duda de que esté vivo a estas alturas. ”No va arriesgar más su reputación; piense usted padre, un europeo casi un niño en esas selvas debe estar muerto o simplemente ya no está ahí. ¿No lo cree usted? La doña no esperó ser respondida y continuó: —Bueno, aunque usted opinase lo contrario, ni mi hijo ni el gobierno van a arriesgarse a perder plata ni prestigio, de eso puede estar usted seguro. Sorprendido el Prior ante la ráfaga y sacando ánimos de las flaquezas suplicó: —Mi señora doña Ignacia, no me desampare, qué informo a las autoridades eclesiásticas, compréndame también de alguna manera, mi posición dentro de la Orden peligra. —Lo siento padre Alberto, pero no se puede más y ahora discúlpeme. Josefina, acompaña al Prior al zaguán. Buenas noches. Alberto Ponce Quishpe se vio una vez más puesto en la calle y desamparado de su mentora. En esa tarde de invierno caía una llovizna helada y fina que calaba los huesos y el alma del sacerdote, que avanzaba cansino y doblado el lomo, despidiendo bocanadas de un aliento fétido que al salir de su boca formaba espiras en la gélida niebla quiteña. Encorvado y humillado, corría a pasitos de geisha en busca del refugio de su celda. Odios, frustraciones, resentimientos sociales se confundían entre las jaculatorias. Le estallaba la cabeza. —Algún día ya verán...

Al capitán Hipólito Vargas Rosero le rebautizaron —por la falta de su oreja— con el alias del ‘Cullo Vargas’. Cuando escuchaba su apo-


do le rezumaban las viejas heridas de las nalgas y le salía fuego por los ojos. Era viernes y la lluvia no impidió al ‘Cullo’ citarse con sus amigotes de la jorga-peña en la esquina de siempre; reunidos todos, encaminaron sus pasos a la avenida 24 de Mayo, refugio de beodos, maleantes, estudiantes, desempleados y putas. Ya en la cantina del cholo Défaz, con acostumbrado desparpajo ordenaron: —Pasen un ‘bosque de cervezas’. Y libaron sin medida ni control, festejaron en desordenado jolgorio los chistes colorados y entonaron pasillos, cada vez más deprimentes, con el acompañamiento de los músicos ciegos de la Veinticuatro. El poco grado alcohólico de la cerveza es directamente proporcional a la gran cantidad de líquido ingerido por los ‘Borrachos del San Viernes’, ecuación que les obliga a cumplir con el extraño ritual de caminatas tambaleantes hacia los postes de alumbrado público, tantas veces como sus vejigas les llaman a la micción. El abandono del

rito está dado por el índice tóxico de alcohol que paraliza su cerebro y terminan mojando sus pantalones. —El capi tiene buena cabeza —co-mentaban sus amigos, pero aquel viernes el gendarme se vio ganado por el trago, y abrazado de la farola y de su amigo del alma, Segundo López, lloró sus penas y proyectos: incendiaría la selva de ser preciso para encontrar y dar muerte a quien le cortó la oreja y recuperaría su prestigio trayendo a Quito de los huevos al cura de mierda. Ningún baboso se reiría de él. Bajaron tambaleantes por la calle de La Ronda donde fueron abordados por dos ‘chistosas’ y pocos minutos más tarde, en la pensión ‘No me olvides’, les robaron hasta el último centavo. Al día siguiente despertó solo, meado y vomitado al filo de la vereda, apenas pudo algo recuperarse y con un ‘chuchaqui’ del carajo, regresó a la pensión, pateó al dueño y lo mandó preso. —Sólo eso me faltaba, robarme a mí, el capitán Hipólito Vargas Rosero.

Gonzalo Baquero Paret (Quito, Ecuador, 1949) Estudios de Medicina en la Universidad Complutense de MadridUniversidad Central del Ecuador. Cuatro nivel, Universidad Autónoma de Madrid, España; especialista en Neurología (Neuropediatra). Miembro fundador de la Sociedad Ecuatoriana de Neurología y de la Liga Ecuatoriana contra la Epilepsia. Profesor de Neurología pediátrica y Neuropsicología infantil. Ministro de Estado en la Cartera de Bienestar Social. Conferencista en congresos internacionales en Europa, América y Asia. Autor en revistas médicas indexadas y no idexadas; coautor del libro Cuidados paliativos, Universidad de Navarra, España. 83


Patricia Noriega

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ransmutación, metamorfosis, evolución, quizá. Al fin, el cuerpo crucificado del cordero fue la temática central de la exposición presentada en el Museo de la Casa de la Cultura, que narró la crucifixión y muerte de Jesús en el Gólgota. Jesús de Nazaret, a quien el cristianismo considera el Hijo de Dios y el Mesías, según la tradición evangélica, fue arrestado, juzgado por el Sanedrín de Jerusalén y sentenciado por el procurador Pilato a ser flagelado y, finalmente, crucificado. En conjunto, estos acontecimientos son conocidos como ‘la Pasión’. El sufrimiento de Jesús y su muerte representan los aspectos centrales de la teología cristiana, incluyendo las doctrinas de la salvación y la expiación.

Los cristianos han entendido teológicamente la muerte de Jesús en la cruz como muerte en sacrificio expiatorio, por eso celebran la Eucaristía en el rito de actualización o continuación, independientemente del tiempo y del espacio de este mismo sacrificio. Así se presenta esta instalación, con un Vía Crucis ubicado en el vestíbulo de piedra del Edificio de los Espejos, que termina en la Sala Joaquín Pinto, con la crucifixión y muerte de Cristo. La exposición muestra, además, la representación del Arrastre de Caudas, también denominado ‘La Reseña’. Una ceremonia católica antigua que se basa en el rito del ejército romano, donde se rendía homenaje al ‘general muerto’, que en este caso es Cristo. Se lo cele-


exposición braba en Lima y Sevilla, pero en la actualidad Quito es la única ciudad en donde se la evidencia. Las caudas, unas capas largas y negras de alrededor de cinco metros de largo en cuyo centro se encuentra una cruz cristiana roja, cuelgan desde el cuello del primado elegido para la ceremonia y se arrastran por el suelo de la Catedral Metropolitana. Los canónicos visten largas túnicas y su paso está acompasado a una marcha fúnebre entonada por el viejo órgano de viento que reposa en la Catedral. Cuando los primados se posan de rodillas, un religioso flamea la bandera sobre sus cabezas, y pasan de la posición de rodillas a acostados en cruz en el suelo, mientras están cubiertos por la cauda. Esto representa la muerte de Cristo. Finalmente, los clérigos se levantan del suelo para recordar la resurrección y toman asiento en las sillas que rodean el Altar Mayor, para dar paso a la liturgia. En el marco de esta exposición se ubican importantes obras anónimas de los siglos XVII y XVIII, así como obras del maestro Miguel Vélez del siglo XIX y del maestro y compañero Fernando López. La muestra se llevó a cabo con el concurso de las autoridades de la institución, gracias a la apertura dada a esta muestra, con el apoyo y la creatividad de Marco Rosero, director de Museos, Juan Luis Sigüenza, responsable de la museografía, junto al grupo de museógrafos liderados por Carlos Yánez y la colaboración de los integrantes del Museo Etnográfico. Esta muestra permanecerá abierta durante el mes de abril y se contará con guías del área educativa del museo, quienes serán los mediadores para dar a conocer más sobre la transmutación de este gran hombre, maestro iniciado: Jesús el Cristo.

La exposición muestra, además, la representación del Arrastre de Caudas, también denominado ‘La Reseña’. Una ceremonia católica antigua que se basa en el rito del ejército romano, donde se rendía homenaje al ‘general muerto’, que en este caso es Cristo. Se lo celebraba en Lima y Sevilla, pero en la actualidad Quito es la única ciudad en donde se la evidencia. 85


Patricio Herrera Crespo

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l olor a tinta, el olor a nuevo, el olor a fresco. Nuevas ideas, nuevas palabras. Un nuevo libro. La prensa sigue en su monótono y constante ritmo: recoge el pliego, lo introduce en su vientre y pare. Treinta y dos, dieciséis, ocho nuevas páginas. Son hijas de la Heidelberg Speedmaster 102 y de la Heidelberg Speedmaster 72 y, a veces, de la hermana pequeña: la GTO 46. Ya tienen sus años, 33 años exactamente, desde agosto de 1984 cuando el entonces Presidente de la República inauguraba lo que se llamó la Nueva Editorial. Son hermosas sus hijas, blanco y negro, con variadas tonalidades o luminosas con todos los colores. Luminosas como las palabras o, mejor, como el destino de las palabras. Algunas veces están impacientes. Esperan. Es porque las páginas están en gestación. Hay que planificar cómo queremos verla. Formato, tipo de letra, tamaño de la caja, diseño de carátula. Los diseñadores gráficos saben de eso y lo hacen bien, y coordinan con los correctores de pruebas, aquellos de la visión y concentración aguda para descubrir los errores que hacen lo imposible para esconderse entre los textos. Esperan. Porque falta que los diseños lleguen a la computadora de preprensa para trasladarlas a la procesadora y luego a la CTP, de donde saldrán las placas listas para imprimir. Atrás quedaron las películas, la mesa de luz, la vieja inso-

ladora. Ahora las placas se queman electrónicamente y están listas para las prensas que esperan ansiosas para volver a caminar. Volver a caminar como todos los días, aunque con problemas por los años. Según reza en una placa colocada a la entrada la ‘nueva editorial’, se inauguró en el 80, o sea tienen más de cuarenta años, cuando la tecnología de impresión sobrepasó todo lo previsto. Pero los prensistas les ayudan a caminar y siguen botando pliegos de papel impresos, que pasarán a la ‘mini’ dobladora que transforma los pliegos en páginas que siguen arrumándose para que las manos de los compaginadores vayan recogiendo y formando el libro que pasará al ‘saldo’ de una encoladora —las dos recibidas de herencias—, donde mitad hombres mitad máquina dan a luz el libro, faltando solamente el ‘zaz’ de la guillotina para gritar estoy vivo. Libros con olor a tinta en la Editorial Pedro Jorge Vera, en la Dirección de Publicaciones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Salidos de sus máquinas y del esfuerzo de sus trabajadores. ¿Cuántos han salido? Tal vez 350 o más títulos con tirajes de 500 y 1.000 ejemplares. Queda la voz en la palabra escrita de noveles autores y autores consagrados. La columna vertebral del proyecto editorial han sido las Colecciones: Esenciales, con obras de Pablo Palacio, Enrique Gil Gílbert, Pedro Jorge Vera, Alfredo Gangotena, Adalberto Ortiz, Ben-

jamín Carrión, Nelson Estupiñán Bass, Demetrio Aguilera Malta. Letras Claves, en la que están Eliecer Cárdenas, Ernesto Carrión, Luis Zúñiga, Raúl Pérez Torres, Abdón Ubidia, Jorge Velasco Mackenzie, Francisco Proaño Arandi, Sonia Manzano, Efraín Jara Idrovo, entre otros. Poesía con Violeta Luna, Pedro Gil, Fernando Cazón Vera, Sara Vanegas, Euler Granda. Igualmente las colecciones Casa Nueva para nuevos autores, La Casa de los Niños con literatura infantil, Tramoya teatro y artes escénicas, Antítesis para ensayos, Terra Nostra para autores internacionales, Yachana para temas interculturales y antropológicos, la nueva colección Luz Lateral con Luis Alberto Bravo y Andrés Emilio León, a más de libros de arte y libros que merecieron el auspicio para su impresión. Cabe mencionar los libros editados conjuntamente con la Academia de Historia, el grupo Contraelviento y El apuntador. Pero también libros con olor a pega, libros con olor a ácido, libros con olor a lápiz, libros con olor a espera… Están allí. Están por salir. Quieren estar en las manos de los ecuatorianos Hojas de hierba de Walt Whitman (traducción de Francisco Alexander), Cuento y novela de Joaquín Gallegos Lara, La Belmonte y yo de Ramiro Guarderas, la antología de Aleida Quevedo, las novelas de Eduardo Varas, José Aldás y otros títulos y autores. Y cómo no mencionar las revistas Casapalabras, con 26 números; Letras del Ecuador, nuestra revista con 72 años de historia; 25 Wats, de cine; Travesari, de música; la Revista de la Casa de la Cultura, que volvió a aparecer a los 50 años con ensayos de literatura, arte, filosofía, etc. Libros y revistas con olor a tinta, libros con olor a espera… , espera que sigue terminándose con el paso de los días y las semanas. Una tarea cumplida, una tarea que continúa.


ediciones

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La mano que habla Autor: Nelson Román Género: Arte Editorial: CCE Año: 2017

Poemas escogidos Autor: Rafael Larrea Género: Poesía Colección: Letras Claves Editorial: CCE Año: 2017

Vibraciones Autora: Sarawi Andrango Género: Poesía Colección: Casa Nueva Editorial: CCE Año: 2017

El jardinero de los Rolling Stones Autor: Luis Alberto Bravo Género: Novela Colección: Luz lateral Editorial: CCE Año: 2017

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«El dibujo de Nelson Román manifiesta una explícita evidencia de la heterogénea complejidad formal, de estilo y de destreza desplegada por el artista en vastos períodos de creación. Su trazo puede ser breve y eléctrico en ocasiones, límpido y directo, o minucioso y concienzudo en otras..., hará uso de una profusión de técnicas y materiales, abriendo el abanico para demostrar los límites de la expresión del dibujo». SK

«Rafael tentó y consiguió transmitir diferentes voces extraídas siempre de la entraña popular, desde abajo, poniendo en claro lo que abajo significa: el pueblo con su fortaleza, que a pesar de la opresión que sufre, siempre es el que nos da de comer, de vestir, de crecer y de alegrarnos. Ese pueblo que ahora, siglo XXI, sigue en el exilio obligado, enviando remesas de recursos obtenidos con su trabajo fecundo, con sus manos fuertes y poderosas, con su inteligencia viva y despierta». RA

«Sensible, conmovedor y festivo es el vuelo de Sarawi en estas páginas: su palabra fluye desde el más íntimo manantial del espíritu libre que la anima, y canta para el mundo las vibraciones de la pachamama, el destino de sus hombres, la grandeza de su raza, el fervor con el cual su voz y su rebeldía testimonian el devenir de los nuevos tiempos». RPT

«Una novela poco común. Una lectura sensorial. El mundo de El jardinero de los Rolling Stones se lee, pero además se ve y se escucha. Se vive, además, algo de la paulatina desintoxicación post-hippie. Todo apreciado desde una perspectiva única, un caleidoscopio con manufactura propia del autor. Se celebra la originalidad del tema, así como su desarrollo y la dosis de realidad que contiene el texto. La novela se lee como una espiral que comienza por el lugar más cercano al centro y se va desarrollando hacia afuera, hacia un sitio lejos del centro.


La maleta Autor: Miguel Donoso Gutiérrez Género: Novela Editorial: CCE Año: 2017

Descartable Autor: Andrés Emilio León Género: Novela Colección: Luz Lateral Editorial: CCE Año: 2017

Castálidas Autor: Darío Álvarez Género: Poesía Editorial: CCE Año: 2017

Historia del Instituto Nacional Mejía Autor: Edwin Guerrero Blum Género: Historia Editorial: CCE Año: 2017

«Miguel Donoso Gutiérrez podría decir como Kafka: ‘No soy más que literatura y no puedo o no quiero ser otra cosa’. Ascendiente de escritores, su vida es un solo texto, un tejido verbal que se consolida en esta novela que irrumpe en la tradición rural y recupera en los personajes, todos avanzando en una especie de cuerda floja, intercambiándose sentidos adversos y perversos. Su lenguaje se espesa, se aligera, llevando al lector a seguirlo hasta el final». JVM

«Aquí estamos ante una novela de un personaje que se desdobla, que es varios seres a la vez, porque todo universo individual (especialmente en crisis) hace que el entorno se vuelva uno solo. Y Andrés Emilio consigue que las relaciones interpersonales, laborales, aspiraciones culturales y consumos artísticos de Héctor sean el reflejo de esa vida en la que cualquiera de sus elementos podría desecharse. En esa aventura por aferrarse a algo o alguien hay humor, mucho humor, y hay una ciudad que se retrata como una camisa de fuerza». EVC

«Inspirado en la majestuosidad del paisaje y la belleza de la mujer amada, plasma su creatividad artística literaria en esta nueva obra poética tirulata Castálidas. Amigo lector: ¡Qué importa el dolor, el olvido, la soledad, la sombra! Qué importa el silencio de la noche, si hay tanta luz y tantos ojos titilantes que me miran y con su cálida inquietud ellos me abrazan». DA

«Edwin Guerrero Blum cumple con el principal papel del historiador, esto es, dar al lector una interpretación comprometida con la sociedad, y en este caso, con la educación laica. Así, en estas páginas encontramos la vida diaria de profesores y estudiantes como actores en los acontecimientos históricos: la Revolución Alfarista, la Revolución Juliana, el arroyismo, los velasquismos, los militares nacionalistas, y así por el estilo, hasta llegar a nuestros días, con el neoliberalismo que, a todo costo, quiere enterrar el laicismo». DA

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Tierra Verde No. 14 Autor: CCE – Núcleo de Esmeraldas Género: Revista cultural Año: 2017

Trilce No. 37 Autor: Varios autores Género: Revista literaria Editorial: Askasis Ediciones Año: 2017

Ulises Estrella – Elulises – Entrevista, poemas, testimonios Autor: Varios autores Género: Testimonio Editorial: CCE Núcleo del Azuay / El Ángel Editor Año: 2017

Manos - Los niños de Concepción pintan la poesía de Omar Lara Autores: Omar Lara, Erik Varas, Sebastián Burgos Género: Infantil Editorial: La Mosquita Muerta Ediciones Año: 2015 90

«La creación y publicación de una nueva revista es siempre un reto, pero, aún más, un acontecimiento bañado de intelectualidad, colmado de saberes adquiridos en la senda de la educación y la experiencia de la constancia del vivir. Es por ello que esta nueva edición de la revista Tierra Verde surge con la iniciativa vanguardista de erigir un espacio con el ánimo de fomentar interés por la diversidad de la información y el conocimiento».

«Cuando con Roberto Arizmendi convocamos a los poetas amigos a testimoniar su cercanía, su amistad y su aprecio a la figura y obra de Jorge Ariel Madrazo, sabíamos que habría una respuesta plena y conmovida. Así y todo nos sorprendió su elocuencia inmediata y fervorosa. Se trataba de editar un número especial de la revista Trilce en su memoria, y tal fue la suma de mensajes y testimonios que llegaron a esta cita de amistad, que hubiéramos necesitado construir un número doble o triple para contener tanto afecto y tanta devoción». OL «En los años sesenta, Ulises Estrella intervino en el arte nacional junto con los poetas tzántzicos y logró formar una gran discusión en torno a las vanguardias de la época. Conectó la postura de un lado y otro y fue siempre radical, pero sobre todo, consecuente con su pensamiento. Siempre hizo lo que debió hacer, según sus criterios pensados, establecidos. La trayectoria larga de Ulises Estrella en la poesía es el camino de un obsesionado. Todo poeta lo es, por inercia. Porque sin esa mano del espíritu, la poseía no podría brotar de las almas sensibles, del aprendizaje y el dominio de la palabra». XOT «Este libro reúne una selección de poemas de Omar Lara y de ilustraciones de niños de 5 y 11 años de edad de nuestra Comuna, en su mayoría estudiantes de escuelas públicas. El principal objetivo de esta obra es difundir, fomentar y vincular a los niños con el arte y la cultura de su ciudad, ampliando su visión creativa y estética de lo que debe ser el arte en su propias experiencias personales y también en sus comunidades educativas». CCT


Ruivém

1A. Bienal internacional de acuarela Quito 2017 1St. Quito international watercolor biennal 2017 Autor: International Watercolor Society IWS Ec. Género: Arte Editorial: Soluciones Gráficas Año: 2017

«En el arte de la acuarela se yuxtaponen los afectos, la sensibilidad, los sentidos, la mano, el ojo..., para evocarnos pensamientos y sentimientos que resultan de la relación biunívoca entre el entorno exterior-interior y el artista, quien por medio de su sensibilidad crea su personal interpretación estética. Hoy tenemos la oportunidad de apreciar acuarelas que han viajado desde 37 países hacia la Mitad del Mundo para deleitar nuestra mirada». MLA

Introducción a la historia ecuatoriana y occidental de la arquitectura y el urbanismo Autor: Andrés Peñaherrera Mateus Género: Arquitectura Editorial: Editorial Universitaria - UC Año: 2012

«Presentar una historia general de la arquitectura es una tarea casi imposible, considerando las diferentes vertientes que la conforman. Los esfuerzos mayores se han orientado en las últimas décadas a las principales ciudades, en su orden: Quito, Guayaquil, Cuenca. Pero la historia de la Arquitectura es algo inconcluso y considero que el esfuerzo importante realizado por Andrés Peñaherrera Mateus es encomiable, y estará ahí presente para este debate permanente de su hipótesis y su aporte a la historia de la arquitectura». AVV

Revista AFESE

«La presenta edición especial de la revista AFESE aborda temáticas relacionadas con la historia de la Asociación como un modelo de gestión exitoso; el rol de la diplomacia ecuatoriana; la Academia Diplomática como centro de capacitación, de educación en valores y excelencia, y un importante espacio dedicado a materias relevantes de la gestión externa bilateral y multilateral en lo político, económico y cultural, así como temas de la nueva agenda internacional». DS

Autor: Asociación de Funcionarios y Empleados del Servicio Exterior Ecuatoriano Género: Revista de temas internacionales Imprenta: Imp. Noción Año: 2016

J.L. Garcés Mujer ciudad Mulher cidade

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José Luis Garcés Maldonado

MUJER CIUDAD

MULHER CIDADE

Ianua Editora

Mujer ciudad Mulher cidade Autor: José Luis Garcés Género: Poesía Editorial: Ianua Editora (España) Año: 2017

«José Luis Garcés nos trae en este libro un conjunto de ocho poemas muy íntimos, en los que plantea lo que universalmente se conoce como una historia de ‘amor cortés’ (o descortés, sería en este caso y eso es lo que me encanta) y sus tormentosos momentos de dolor y añoranza. Esos recuerdos fantasmas que siempre se quedan en uno hasta el sufrimiento, hasta la hora del llanto. »José Luis Garcés se ha montado firme en este caballo salvaje y bello de la poesía y ya no hay forma de impedir su paso por estos caminos polvorientos de la palabra. Que así sea. Que así nos venga. Leve y tronante, como los días cenizos del invierno. Ni más ni menos». XO

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informe

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l presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Raúl Pérez Torres, presentó la Rendición de Cuentas 2016, que se realizó en el marco del evento ‘Hecho en Casa 2’, cuya demostración viva de lo que hace la Institución, con la intervención de 1.500 artistas y 506 eventos, congregó a miles de espectadores que coparon todas las instalaciones. En el contexto del evento, Raúl Pérez Torres expuso una visión general de las actividades realizadas en la Casa de la Cultura durante el año anterior, sobre todo en lo referente a la defensa de la institución frente a los embates intervencionistas gestados en la Ley de Cultura. Señaló que gracias a la posición firme y unitaria de la Matriz y los Núcleos Provinciales, los colectivos de arte, artistas ecuatorianos y empleados, se pudo conseguir que en la referida Ley, que fue aprobada el último mes del 2016, se mantenga la autonomía de la Casa, la existencia de la Matriz-Sede y la autonomía de los Núcleos Provinciales. La intervención oral de la rendición de cuentas estuvo reforzada con la proyección de un video de los más importantes eventos realizados en el año, así como con el respaldo de un libro escrito, gráfico y estadístico, de la labor cumplida. El presidente expresó su agradecimiento a los directores y al personal de la Casa, y del mismo modo lo hizo con los escritores, artistas y gente de cultura, quienes hicieron posible este año de gestión cultural en una Casa democrática de puertas abiertas.


MUSEO DE ARTE COLONIAL

ACADEMIAS Y ARTE EN QUITO 1849-1930

DIRECCIÓN Calles Cuenca y Mejía esquina (Centro Histórico). Teléfono: 2282297 Correo electrónico: museodeartecolonial@yahoo.com Facebook: museodeartecolonialquito www.casadelaculturaecuatoriana.gob.ec

HORARIOS DE VISITA Martes a sábado 09h00 a 16h00 Reservación previa para visita de grupos.

ABIERTO HASTA: 30 de junio de 2017

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COLECCIÓN ESENCIALES

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COLECCIÓN CASA DE LOS NIÑOS

COLECCIÓN LETRAS CLAVES

Feriadellibro

del 29de de mayo al7junio del

710de junio al


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