Las ondas marconianas y su influencia en la vida de los pueblos Conferencia de Italo Amore Instituto Colombo-Italiano - Bogotá, 4 de junio de 1974 A la edad de 17 años entré en la carrera profesional de la “radio” en la marina mercante italiana durante la guerra europea, que terminó con el hundimiento de la flota del imperio austro–húngaro, y con el triunfo de los ejércitos italianos en la batalla de Vittorio Veneto, el 4 de noviembre del año 1918. Después, durante 50 años, siempre trabajé en ésta misma profesión: “radio”. Tengo la buena suerte de ser uno de los pocos sobrevivientes de la época en que el símbolo de la radiocomunicación, era una chispa; por lo cual, a los marconistas en los barcos, nos llamaban con el apodo de: mister Spark. Hace mucho tiempo que la radiocomunicación, mediante chispas, ha sido remplazada por la válvula o tubo electrónico; y en los receptores, por el transistor. Me tocó vivir las principales fases de la evolución y progreso de este siglo: desde la raíz de la comunicación inalámbrica –dedicada a la salvación de naves y de vidas humanas en el mar–; después el Marconigrama, a la Radiotelefonía, la Radiodifusión, el Cinema sonoro, la Televisión; las ondas largas, cortas, ultracortas, microondas, hasta el actual inmenso árbol electrónico, que sirve para modernizar casi todas las profesiones, e inclusive, las denominadas: “Comunicaciones Sociales”. Porque soy un viejo marconista, se me ha concedido el altísimo honor de inaugurar estas celebraciones marconianas en el 1er centenario del nacimiento del gran inventor italiano. Al hablar de las ondas marconianas, y de su influencia en la vida de los pueblos, tengo conciencia de mi incapacidad; de que otras personas podrían más dignamente cumplir con este encargo y con la elocuencia de que carezco. Confío en la bondad y paciencia de este distinguido auditorio; tanto más que, lo que voy a tratar, son hechos históricos, y verdades, aunque poco conocidas. El tema es interesante, por cuanto que, del buen uso que la humanidad haga de este nuevo Medio de Comunicación, dependerá el futuro bienestar de las familias y de las naciones. Mis modestas palabras quisieran ser un canto de gloria al supremo maestro, pero no puedo omitir algunos sucesos dolorosos, que en un libro, o en una película cinematográfica, cabrían bajo el título de: LA TRAGEDIA DE MARCONI. Desde luego: las adversidades, injusticias, ingratitud hacia quien aporta inventos de gran utilidad para el género humano, no son desventuras que le hayan tocado exclusivamente a Guglielmo Marconi. Antiguamente, quien aportaba nuevas ideas, podía ser condenado, como Nuestro Señor Jesús Cristo, o como Galileo Galiléi por aquello del: “eppur si muove”; o porque la ignorancia del vulgo no toleraba lo que creía que fuesen hechicerías. En la época moderna, a los inventores, ya no se les martiriza; a veces, los pioneros gozan hasta de aprecio. Hace 54 años, hallándome con una expedición en Africa, los salvajes de Somalilandia observando que yo, con la mano enroscando un bombillo eléctrico lo encendía (no disponía de interruptor); o viendo los relámpagos y oyendo el fragor de la chispa de mi radio transmisor, con el cual “sin despachar mensajero” me comunicaba con otros jefes “blancos” a centenares de kilómetros de distancia, murmuraban: “Alá, djiin” (djiin, en somalo, significa: brujo) y me respetaban como mago. Mi sirviente, Saíd, una noche se me presentó rogándome: –Señor, tu de venir a mi casa, hacer “fanús eléctrico”–. No entendí qué quería, pero tanto insistió, que al fin, por curiosidad accedí acompañarle. Yo era el único en el pueblo que poseyera alumbrado eléctrico, que tomaba de la batería acumuladora de mi radiotransmisor. Cuando llegué cerca del bohío, a la luz de la antorcha observé mucha gente; la tribu estaba allí reunida, esperando algo. Entré: vi un bombillo eléctrico que el día anterior yo había votado a la basura porque se había dañado. El vidrio no se había roto; Saíd lo encontró, lo había colocado en el centro de su cónica choza, amarrado de una pita imitando el cordón eléctrico. Saíd me rogó que le diera vuelta con la mano para encenderlo… No pude darle gusto…, ni tampoco explicarle; todos quedamos mortificados. Más tarde, esa misma noche, ocurrió un eclipse lunar, el vigía dio la alarma; los habitantes de la aldea se asustaron y se alborotaron pero no me molestaron, porque el jefe de la tribu intervino en mi favor. La mañana siguiente, ante él y sus notables, hice que me trajeran tres cocos de diferente tamaño, con los cuales pude darles ANEXOS – LAS ONDAS MARCONIANAS
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