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Construcciones de Salud 7
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El diseño
en camisa de fuerza Por Jorge Peraza Moreno
¿Qué obstáculos debe superar un arquitecto-diseñador antes de consolidar un proyecto de salud? ¿Cómo conciliar el programa médico-arquitectónico con una normativa a la vez exigente y llena de vacíos? Una mirada crítica desde la experiencia y en contra de la improvisación.
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nfrentado el arquitecto al papel en blanco o a la pantalla del computador, con la intención de desarrollar un proyecto de salud, se encontrará metido no en una camisa de fuerza de las usadas para contener a los enfermos mentales agresivos, sino en varias de ellas. Dependiendo de la necesidad preestablecida por los diferentes planes gubernamentales de orden nacional, regional o local, el arquitecto deberá hacer frente a los requerimientos exigidos en un Programa MédicoArquitectónico (PMA). Este, basado en la normatividad vigente y juiciosamente estudiado por la entidad, dicta las cantidades de espacios necesarios, su especialidad
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general, nivel de atención y áreas mínimas que resultan ser máximas permitidas, de acuerdo con la población de influencia. ¿Por qué las áreas mínimas resultan ser las máximas? Porque aparece una segunda camisa de fuerza: el presupuesto oficial, que ya había hecho su aparición en el proceso licitatorio, factor determinante en el diseño de las áreas que terminan siendo las mínimas exigidas y no las ideales para alcanzar el objetivo final: la recuperación satisfactoria de los pacientes. Esta camisa de fuerza tampoco le permite al arquitecto tener muy claro el alcance de las especificaciones técnicas, lo cual propicia un detrimento en la realización de los diferentes ítems de la futura construcción.
El lote, con sus índices máximos de ocupación y construcción enfrentados al programa médicoarquitectónico, hace que finalmente el proyecto se implante con sus áreas mínimas, sin derecho a la optimización de los espacios y la expansión de servicios.
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Fotos: cortesía Clínica Palermo
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El lote, en tercer lugar, con sus índices máximos de ocupación y construcción enfrentados al PMA, hace que finalmente el proyecto se implante con sus áreas mínimas, sin derecho a la optimización de los espacios y la expansión de servicios. Es decir, sin derecho a crecimiento de la población de influencia tenida inicialmente como base de la proyección. Esta tercera camisa esconde de manera inherente la cuarta: el estudio y aplicación de la normatividad de movilidad para espacio público, vías y sus sentidos de funcionamiento, accesos, rutas de transporte público, parqueaderos, semáforos, puentes de intersección, puentes peatonales y futuras afectaciones del transporte integrado.
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Por otra parte, el lote ha debido ser avalado con anterioridad dentro del Plan Maestro de Salud y contar con el visto bueno de las diferentes empresas de servicios: agua y alcantarillado, capacidad de energía eléctrica, posibilidad de suministro de gas natural y teléfonos. Asimiladas las exigencias y premisas planteadas en esta primera etapa, el arquitecto-diseñador deberá compaginar estas con las siguientes –no menos influyentes y parte integral del proyecto por realizar–. Después de las reuniones con el personal especializado en cada área, para conocer sus necesidades y métodos particulares de trabajo, el arquitecto debe llegar a una conciliación entre lo expresado por
el personal y la normatividad vigente, que por incompleta permite esta situación. Ya en este momento, el arquitecto puede comenzar la labor del diseño del proyecto junto a su equipo profesional. En este punto, los diseños y el proyecto mismo se enfrentarán; es aquí donde se experimenta una retroalimentación entre posibles planteados e imposibles de llevar a práctica, entre confort y austeridad, entre tecnología y costos, entre estética y pragmatismo. Continuando con las innumerables camisas de fuerza, luego siguen los estudios y cálculos estructurales, donde el ingeniero calculista –apoyado en la topografía y el estudio de suelos– medirá la estructura planteada por el arquitecto para hallar la
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modulación más conveniente, acorde con la normatividad –muy estricta en materia de resistencia a desastres naturales–, y ajustada al presupuesto contemplado. Esto sin mencionar que los tiempos de ejecución deben respetar la programación estudiada y aprobada. Delante de lo anterior se encuentran los cálculos y diseños hidrosanitarios, con todas sus implicaciones de abastecimiento de agua potable, consumo y deshecho con mediación de un tratamiento que evite el deterioro del medioambiente. También aquí debe tenerse en cuenta la instalación de redes contraincendios y la necesidad de grandes espacios –poco especificados en los PMA– para tanques de reserva de agua potable, tanques de reserva contraincendios, calderas y calderines, pozos de tratamiento, trampas de grasa, etcétera. Y es que, como quien quita capas a una cebolla, detrás de cada camisa de fuerza el arquitecto se tropieza con otra. El próximo obstáculo: los cálculos de ingeniería mecánica. Pese a que la normativa de nuestro medio no tiene muy claras las exigencias –que varían según los climas y el cuidado de las infecciones–, el diseño de aires acondicionados afectará el tamaño de los espacios donde se ubicarán las diferentes maquinarias y ductos (de grandes dimensiones) que inyectan los aires fríos y purificados, y los que extraen los calientes y contaminados. Estos elementos no solo afectan los espacios físicos; también modifican la capacidad y tamaño de los equipos de electricidad: plantas eléctricas de emergencia y subestaciones de suministro. Una vez resuelto lo anterior, es hora de dar respuestas desde la ingeniería eléctrica, la cual hace gala de una exigente normatividad y requiere de cálculos perfectos para la seguridad del proyecto y de todo su equipamiento (maquinaria electrónica de alto costo). Junto a estos cálculos están los llamados de enfermería y código azul, la detección de humos, la vigilancia y comunicación y los cableados estructurados. Lo
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anterior, como es apenas obvio, requiere de espacios especiales para plantas eléctricas de emergencia, depósitos de combustible para las subestaciones, UPS necesarias por pisos, racks de comunicaciones y cuartos eléctricos por áreas, entre otros. Añadiremos, para finalizar, la instalación de gases medicinales, con sus depósitos propios de tanques y manifolds, y sus tanques criogénicos de almacenamiento –donde no se pueden perder de vista las maniobras que las tractomulas realizan para descargar y suministrar los gases–. Asimiladas las primeras condiciones e integradas las segundas, el arquitecto y su equipo de diseño concluirán aportando la plástica y estética necesarias al proyecto en cuestión.
¿Sirvieron las camisas de fuerza? Luego de pasar por las diferentes aprobaciones de los entes gubernamentales, se debe buscar la aprobación de la curaduría correspondiente. La entidad promotora se encargará entonces, mediante otra licitación, de la construcción del proyecto ajustado a todas las camisas de fuerza anteriormente descritas. Si no se presentan problemas con el flujo de caja, con suerte se inaugurará y se pondrá en funcionamiento el proyecto. A lo sumo seis meses después, no es de extrañar que el arquitecto-diseñador decida visitar su obra y se encuentre con algunas “curiosidades” difíciles de digerir: baños públicos o privados convertidos en archivos o sitios para fotocopiadoras; depósitos de esterilización compartidos con oficinas de algunos funcionarios; salas exigidas en pediatría para juegos y comedores destinadas a ser salones de clase para satisfacer algún convenio con universidades; salas de procedimientos menores en pisos de hospitalización transformadas en habitaciones para pacientes (sin servicio sanitario); consultorios convertidos en aulas; corredores que albergan más camillas de urgencias u observación...
Por supuesto, esto no es espontáneo, son órdenes emitidas por el director, algún gerente administrativo, un jefe de área o hasta por un jefe de mantenimiento. Y es que brilla por su ausencia la supervisión de las entidades regidoras. A estas alturas, no se sabe que falló: el arquitecto y su diseño o el programa médico-arquitectónico y su juicioso estudio. Justo aquí es donde el arquitecto termina, literalmente, con una camisa de fuerza.
Jorge Peraza Moreno Arquitecto hospitalario
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