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La Gualdra 708

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“El relato es extraño, brillante y hermoso: Yocasta, la madre de Edipo, revela que siempre supo quién era el forastero triunfante que la tomó por esposa después de la muerte de Layo, su marido, padre del nuevo rey. Edipo derrotó a la Esfinge y se hizo del trono de Tebas. Ella calló la verdad y se entregó al cuerpo y el corazón de su hijo. El despojo materno se vio resarcido. Angelina Muñiz-Huberman le regaló a Yocasta un pequeño y espantoso tiempo de carne y de paz”. Armando Navarro

[“Quema el trono, niño hermoso: sobre ‘Yocasta confiesa’, de Angelina Muñiz-Huberman”, en esta edición]

Miniatura de Testard para una edición del s. XV de la obra de Boccaccio De claris mulieribus: Yocasta.

Contenido

La Gualdra No.

La Raya (2025), de la directora Yolanda Cruz, es una película que se está proyectando actualmente en la Cineteca Zacatecas. Hace unas semanas publicamos en La Gualdra un artículo de Joe Sieder en el que se mencionaba que la historia de “Yolanda Cruz es una historia de doble migración. Primero, cuando dejó atrás su comunidad chatina de San Juan Quiahije Cieneguilla a los seis años, al migrar sus padres a la capital del Estado; y después, diez años más tarde, cuando Cruz emigró a Estados Unidos, donde eventualmente estudió una maestría en Dirección de Cine en la Universidad de California, en Los Ángeles (UCLA) e inició una carrera cinematográfica”;1 este caso de migración de la directora es el de muchos zacatecanos también, de ahí que con especial interés fui a ver el largometraje.

El guion y la edición son de Yolanda Cruz y Joe Sieder; la producción es de Yolanda Cruz, Christine Dávila, Isael Gutiérrez y Norma Santiago; la compañía productora es Petate Films; la fotografía de Sheila Altamirano; en la dirección de arte participa Gibrán Morales; y la música está a cargo de Los BenCa Brothers y el grupo Notas Chatinas. Dura 80 minutos y está actuada en español, inglés y chatino, con locaciones en las comunidades de Cieneguilla y San Juan Quiahije, Oaxaca.

En el reparto principal aparecen Mónica del Carmen y José Salof (los únicos actores profesionales en la cinta); y Diana Itzel Cruz Baltazar, Domitila Cruz Baltazar, Alejandro Genaro Cruz Baltazar, Brígido Cristóbal Peña, Noé Salvador Vásquez y como extras los mismos habitantes de la comunidad chatina donde se filmó. Los actores están muy bien en general, pero destaco aquí las actuaciones de Mónica del Carmen (la dueña de la tienda del pueblo) y la de Diana Itzel Cruz Baltazar (Sotera, una niña de 11 años nacida en Estados Unidos que vive ahora en casa de su abuela materna, en espera de que su madre regrese por ella).

La Raya toma el nombre de la comunidad que está a punto de celebrar el 50 aniversario de su fundación y en la que sus habitantes, dependientes mayoritariamente de las remesas que envían los migrantes desde Estados Unidos, tratan de organizar una fiesta. Sotera vive en esta comunidad con su abuela

materna y convive con su tío y abuelo paternos. Tiene un amigo de su misma edad (cuyos padres también están ausentes) y un día encuentran un refrigerador abandonado; a partir de ahí empezarán a planear qué hacer con él mientras las historias de abandono, nostalgia, soledad y espera cotidianas, van entretejiéndose para lograr un muy buen resultado del llamado cine indígena comunitario contemporáneo, que entre otras cosas, busca representar cómo es la vida comunitaria, revitalizar las lenguas originarias (en este caso el chatino) y explorar de una forma no tradicional el fenómeno de la migración y la diáspora.

La película ofrece un retrato de cómo es la niñez “transnacional”, y cómo la ausencia de los padres también suele ser problema derivado de la migración; el pueblo semivacío del filme -habitado sobre todo por adultos mayores, mujeres y poca gente joven- es de Oaxaca, pero igual podría ser un pueblo de Zacatecas porque ambos estados comparten muchas características, entre ellas la de tener una economía altamente dependiente de las remesas, y también la de poseer identidades transnacionales -donde el idioma y la familia juegan un papel importante-.

La Raya, de Yolanda Cruz, formó parte de la Selección Oficial del 22° Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) y fue nominada a Mejor Película. Esta semana seguirá presentándose en la Cineteca Zacatecas: el martes 17 de marzo, a las 17:00 Hrs.; el miércoles 18 dos funciones: 17:00 y 19:00 Hrs.; y el domingo 22 a las 17:00 Hrs. será la última función. Si puede, vaya a verla, porque es una película que representa simbólicamente un fenómeno social en que seguramente se verá, por lo menos en momentos, identificado; La Raya retrata muy bien cómo nuestras comunidades se han ido transformando por la migración y la espera como forma de vida, y también nos muestra cómo se van construyendo nuevas identidades. No se la pierda.

Que disfrute su lectura.

Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com

i Jorge Sieder, “La Raya: estreno nacional de un largometraje en torno a un pueblo chatino y la migración”, en La Gualdra 704, 16 de febrero de 2026, p. 3. https://ljz.mx/20/02/2026/la-rayaestreno-nacional-de-un-largometraje-en-torno-a-un-pueblo-chatino-y-la-migracion/

Directorio

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Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com

Andrade Diseño Editorial

Quema el trono, niño hermoso: sobre “Yocasta confiesa”, de Angelina Muñiz-Huberman Por Armando Navarro
De este lado del Este, novela de Pablo Nemirovsky Por Patricia González López
El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho Por Adolfo Nuñez J.
Cavaliere Ripa… ¿no oyes caer las gotas de la melancolía? Por Álvaro López-Limón
La tradición estridentista Por Mario Alberto Medrano

La tradición estridentista

La poesía mexicana (o la que es escrita por mexicanos o la que es escrita en torno a México) tiene una gama de posibilidades, va del nacionalismo al poeticismo, de los clásicos a la vanguardia, de los avatares extranjeros al arraigo a la tierra y sus orígenes. Un grupo que siempre se presentó como radical, siempre estuvo entre el desafío y la rebeldía, fue el de los Estridentistas, a saber: Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, Humberto Rivas, Luis Ordaz Rocha y Miguel Aguillón Guzmán; otros tantos, artistas gráficos, Fermín Revueltas, Leopoldo Méndez, Jean Charlot, Ramón Alva de la Canal, Xavier Guerrero y Máximo Pacheco, Germán Cueto… De éstos, he tenido el gusto de leer uno de los libros de poesía más honestos y frontales: El pentagrama eléctrico, de Salvador Gallardo. Escrito en 1925, este poema centenario, ha caminado con enorme vigencia a lo largo de la historia de la poesía mexicana.

El sonido del jazz, de los cláxones, el metálico entender el mundo, era parte del telón de fondo de este libro de poesía. Estridente, flamante, escenográfico, El pentagrama eléctrico es una

muestra original y sincera de una ars poetica genuina y trascendental, pues busca de la palabra, la imagen y el sonido un efecto particular, alejado de las convenciones de la historia poética o literaria.

Cabaret

El jazz extiende su lecho clandestino y teje una maraña de deseos Una corriente voltaica

Se desprende la pila de las vértebras Y vibra en los timbres de los senos

La primera vez que me enfrenté a este libro fue mientras coordinaba el proyecto editorial del Colegio de Ciencias y Humanidades. Salvador Gallardo, nieto del poeta estridentista, nos ofreció para publicar dos libros en uno: El pentagrama eléctrico y El huerto de las tentaciones, este último inédito. Ambos libros, con un perfil similar, nos dejaban entender una fascinación por la imagen poética y por el sonido del timo versal. En Salvador Gallardo, en su Pentagrama eléctrico, cabe todo el ruido de una ciudad, toda la sexualidad abierta y en descubrimiento, el tropo y su definición.

La lujuria arrastra por mis venas todo un rosario de brasas Y el chorro brusco de tus palabras es un flagelo sádico

Este año, la Universidad de Guanajuato ha lanzado una edición facsimilar de El pentagrama eléctrico , en la que se reúne no sólo el libro con su portada original de don Ramón Alva de la Canal, con aquella tipografía estrambótica, sino que también se acompaña de un libro de ensayos de estudiosos de este movimiento vanguardista: en suma, es una edición crítica de aquél publicado en 1925.

Sin duda ésta es una versión fiel a su esencia, es volver a leer con

los ojos renovados a un autor trascendental, enigmático e innovador como lo fue Salvador Gallardo. He leído este libro, sus poemas caóticos, “donde la luna esquirola/se ríe de los focos/comunistas”, donde el profundo ruido de las caracolas explota en tonalidades de un sonoro color, aquí donde los colores se escuchan y la cromática tiene ritmos y vocales. Celebro la aparición de este Pentagrama eléctrico, en esta nueva edición, muy cuidada y bella. Es buen momento para leer de nuevo a Salvador Gallardo y revalorar no sólo su trascendencia literaria, sino la de un grupo incómodo y necesario para la vanguardia poética de nuestro país.

Quema el trono, niño hermoso: sobre “Yocasta confiesa”, de Angelina Muñiz-Huberman

“Yocasta confiesa” es una especie de fantasma. El cuento deambula en las conversaciones de las facultades de literatura y a veces, si tenemos suerte, se hace presente. Pero no siempre ocurre. El relato es extraño, brillante y hermoso: Yocasta, la madre de Edipo, revela que siempre supo quién era el forastero triunfante que la tomó por esposa después de la muerte de Layo, su marido, padre del nuevo rey. Edipo derrotó a la Esfinge y se hizo del trono de Tebas. Ella calló la verdad y se entregó al cuerpo y el corazón de su hijo. El despojo materno se vio resarcido. Angelina Muñiz-Huberman le regaló a Yocasta un pequeño y espantoso tiempo de carne y de paz.

Muñiz-Huberman: memoria mutante

Hija de exiliados españoles, nació en Hyères, Francia, en 1936. Llegó a México en 1942. Es escritora, ensayista, profesora y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Sobre sí misma, escri-

bió: “Historia y pasado surgen como un presente modificable. Existen para ser transgredidos. Mezclo, combino y opongo los recuerdos que guardo en la memoria, que abarca no sólo la mía específica, sino la colectiva que he ido recogiendo a lo largo de la vida”.

No todos somos capaces de asumir la cualidad mutable del recuerdo y la tradición. A menudo, la preservación de la memoria se concibe como una fábrica de fijezas, de monolitos. Pero en manos de Muñiz-Huberman, Yocasta tomó la voz.

Yocasta confiesa: el amor, la carne, el silencio

Después de derrotar a la Esfinge que azotaba al pueblo, Edipo entra a Tebas. Tomará el mando del reino y a Yocasta por esposa. La ciudad lleva años en la desolación. La mujer no se encuentra mejor: tiempo atrás fue despojada de su hijo recién nacido y ahora lidia con la muerte de su esposo, el rey Layo. Pero en este relato, a diferencia de

los varones que la rodean, Yocasta sabe la verdad: ese hermoso extranjero es el hijo que perdió. Lo aceptará en su lecho, desnuda, llena de hondo amor. “Volvía a mí porque de mí salió. Y sólo esperaba el momento en que dos dolores, dos placeres, me lo devolvieran. Pero no era impuro mi deseo. Volver a amar, en uno, al padre y al hijo”.

A través de recursos muy simples, “Yocasta confiesa” se erige como un relato de belleza absoluta, inusual intensidad erótica y perturbadora poesía. El espacio físico se reduce a la escalinata del triunfo y la alcoba en la que hacen el amor. El espacio subjetivo está en la voz: la confesión, el silencio, la memoria del despojo, el odio por Layo.

De la mano de Muñiz-Huberman, y mientras aún goza del cuerpo y los celos de su hijo, Yocasta dirige nuestra mirada a la figura del padre idiota y paranoico; el mismo que, mediante la eliminación de la supuesta amenaza, pretende erigirse como soberano absoluto.

Las lecturas

América Luna Martínez, académica y especialista en estudios feministas, publicó en 2008 el artículo “Con tinta roja, con tinta blanca: la escritura del deseo en ‘Yocasta confiesa’ de Angelina MuñizHuberman”. El ensayo es agudo, sensible y nutricio. Debo a la autora gran parte de las nociones críticas con las que trabajo en este momento.

a. La toma de voz de Yocasta es un acto

de subversión doble: contra la tradición del mito, por un lado, y también contra el canon literario patriarcal. b. Existe un linaje narrativo en el que el padre guarda una relación ambigua con su descendencia: por una parte está el deseo de continuidad, y por otra, la amenaza latente contra la posición y el patrimonio.

c. En el mito de Edipo, rara vez nos detenemos a pensar en el dolor de una madre cuyo hijo fue arrancado de su pecho.

La maldición de Tebas —la Esfinge, la peste— podría concebirse no como una consecuencia del parricidio y el incesto de Edipo, sino como un efecto del pecado previo del padre, el rey anterior.

Layo/Edipo: el mito, el poder Todo linaje es la historia de una captura. Toda filiación es un relato sobre repeticiones. Debemos comenzar con Layo y su pasado nebuloso, incierto, como casi todo lo que está en el terreno de la mitología. Fue hijo de Lábdaco, rey de Tebas. Después de la muerte de su padre intentó tomar el trono, pero fue expulsado del reino por los usurpadores. Se refugió en una ciudad en la región de Élide. El rey Pélope recibió a Layo y lo protegió.

Pélope le encargó la educación y el cuidado del jovencito Crisipo, su hijo más amado. Layo se enamoró del niño, pero no fue correspondido. Lo raptó y lo violó. Crisipo, con el corazón roto, se quitó la vida. Layo se fue

Angelina Muñiz Huberman
Grabado de A. Duval según Jean-Guillaume Moitte para la obra La Thébaïde, Yocasta, acto 4, escena 3. De las Obras de Jean Racine, vol. 1, publicado por Didot en 1801.
Soy el único que puede salvar a este país. Donald Trump

y recuperó el trono de Tebas. Se casó con Yocasta. Pélope, presa del horror, invocó a los dioses y maldijo a Layo: por favor, que sus herederos y él mismo se devoren unos a otros.

Pasaban los años y los reyes de Tebas no tenían un hijo todavía. Layo visitó el Oráculo de Delfos y preguntó la razón de su infertilidad: deseas un hijo, y lo tendrás, pero perderás la vida en sus manos. Cuando

te aún de la verdad, se dirige al pueblo y le pide toda la información que pueda ser útil. En Tebas hay una mancha que debe limpiarse. Es necesario purificar el reino. ¿Qué sería de los pobres estados sin cuerpos extraños que amputar?

Edipo inicia así su caída en la paranoia. Conforme se entera de la verdad, el rey se ahoga en el delirio. Acusa a Tiresias, el adivino ciego, de confabular con Creonte para arrebatarle el mando. Como todo hombre de Estado, busca desactivar —o eliminar, de plano— aquello que vulnere su poder. Layo expulsó a Edipo, Edipo mató a Layo, pero su paranoia habita en el nuevo rey.

Yocasta sólo está en escena para tranquilizar a los varones a su alrededor. Podemos pensar, con ingenuidad, que la época no le hizo justicia. Ella ata los cabos antes que su hijo y marido, y corre a su alcoba a suicidarse. Cuando Edipo ya no puede negar la verdad, va tras ella y mira su cadáver. Se perfora los ojos y se exilia de Tebas.

Pero Yocasta no es inocente. En Edipo Rey, sabemos que entregó a su bebé de la mano de Layo. Tampoco en “Yocasta confiesa”: el silencio está ahí para recuperar al hijo perdido, en la cama.

nació el bebé, el rey perforó sus tobillos y lo desterró. Layo ordenó a un pastor que abandonara a su hijo en la intemperie. Otro caminante lo encontró y lo llevó al reino de Corinto, donde los reyes lo adoptaron como su hijo.

El resto lo conocemos mejor: el joven Edipo consultó al Oráculo y se enteró de que mataría a su padre y se acostaría con su madre. Para evitarlo, se exilió de Corinto. En el camino mató a Layo y a sus guardias. También venció a la Esfinge, la bestia que atormentaba a Tebas, quizá por la violación de Crisipo. Edipo se convirtió en rey. El relato es una espiral sobre el exilio, la vejación y un nudo muy específico entre poder, paternidad y paranoia. Un hombre es despojado de su hijo más querido, una mujer también sufre la amputación. El autor de la herida es el mismo, el criminal y el soberano. Es cierto, Angelina: Layo es el primer responsable.

Layo/Edipo/Sófocles: el drama y la polis

Edipo Rey apareció unos 400 años antes de Cristo. El establecimiento de Sófocles suele ser la versión dramática más estudiada del mito. La acción se desarrolla apenas en unas horas. Edipo, soberano de Tebas, recibe a su pueblo y lo escucha: una plaga azota la ciudad. Los animales caen en la podredumbre, los niños no nacen.

En su intento de sensibilidad, el rey es arrogante: entre todos, nadie sufre esta crisis como yo. Creonte, hermano de Yocasta, llega con noticias del Oráculo. Para terminar la peste, es preciso desterrar o matar al asesino de Layo. Edipo, ignoran-

Hacia el final de su artículo, América Luna Martínez escribe: “Yocasta ha sido valiente en anteponer el amor apasionado por su hijo-amante a la culpa y el remordimiento por el incesto cometido; sin embargo, [...] ella debe pagar con su vida la transgresión cometida contra las leyes del padre”.

¿Es la valentía un criterio adecuado para interpretar el acto sexual que todas las culturas prohíben? Yocasta es una mujer silenciada que ha tomado la voz, pero también es una madre que a sabiendas se acuesta con su hijo. Debemos a Muñiz-Huberman no sólo el resarcimiento de su voz, sino la gestación de un relato que aún guarda el precioso elemento de la complejidad, de la evitación de las respuestas fáciles que tanto amamos actualmente.

Luna Martínez tiene razón al condenar las leyes del padre. El crimen de Layo es el origen de la espiral: la Esfinge, la profecía, el destierro de un bebé que necesitaba amor, la peste, el suicidio, el incesto. El horror del padre es el horror político de la paranoia: ese mecanismo de expulsión, asesinato y destrucción de lazos humanos que hoy conocemos tan bien. Bajo el yugo de un soberano atroz, nuestras relaciones más elementales sucumben a la podredumbre.

Y sin embargo, debe haber otro padre posible.

Layo se disculpa a través de un millennial deprimido Rebana mi cuello, niño hermoso. Es exactamente lo que debes hacer. Perdóname. Merezco y deseo ahogarme en tus manos. Pero por favor quema ese horrible trono, mi amor. Olvida la carne de tu madre. Huye, enamórate, que matar al padre sólo rinde frutos en el dulce vértigo de la libertad.

el cuento “Yocasta confiesa”, de Angelina Muñiz-Huberman, aquí: https://drive.google.com/file/d/1ghOGGg1tAssY6A8dgbVnSft0Qg2cPMHD/view?usp=sharing

Literatura y Cine

Alexandre Cabanel. EdiposeseparadeYocasta. Óleo sobre tela. 33 x 41 cm. 1843. Musee Comtadin Duplessis (Francia).
El actor Moune Sully

De este lado del Este, novela de Pablo Nemirovsky

El escritor y compositor argentino, Pablo Nemirovsky, presentó su segunda novela, De este lado del Este, en el Museo del Libro y de la Lengua, en Buenos Aires, Argentina, el pasado 3 de marzo. La presentación contó con las palabras del editor, Matías Reck; del poeta y letrista de tango, Matías Mauricio; y una entrevista al autor a cargo de la traductora Pascale Cognet. El encuentro cerró con un concierto de Ulises Thayer en piano, Luis Nacht en saxo, Luis Ianes en bajo y Nemirovsky en bandoneón.

De este lado del Este, editado por Milena Caserola y Milena París, narra la historia de Elis Abram, un joven violinista polaco que llega a Buenos Aires con su cuarteto de cuerdas alrededor de los años treinta. Allí conocen y empiezan a habitar la efervescencia de literatura, personajes y música de este lugar desconocido. Elis conoce a un aduanero, Basile, que tiene la facultad de entrar y salir de sus sueños. El destino lleva a los músicos a las tertulias de La Perla del Once, donde un tal Fernánez, filósofo y guitarrero planea llegar al poder para instaurar la primera república anarquista. Además de participar en

la gesta utópica de Fernández, Elis y su amigo Bertovich se meten de lleno en una búsqueda musical, siguiendo la corriente del Sincretismo Fatídico, representado por la joven pianista y compositora francesa, Berthe Trépat -la pianista de Rayuela de Cortázar-.

En esta historia, Pablo Nemirovsky imagina aventuras que pudieron haber llegado a vivir los inmigrantes polacos de la generación de sus abuelos al llegar a Buenos Aires. Se pregunta qué hay detrás de la “historia contada” de inmigración y qué es lo que se guardaron de la historia no contada, no mencionada, la de Europa del Este. De este lado del Este va contando el mundo de cada personaje y teje sus historias en una “novela viva”, que es otra forma que toma “sincretismo fatídico”, que como lo explicó Matías Mauricio en la presentación del libro, es una “herejía sonora que pretende ejecutar obras distintas en un mismo instante y obligarlas —a fuerza de fe, terquedad o delirio— a sonar armónicamente”. “Con aguda ingeniería, De este lado del Este pone a prueba el oído y el ojo del lector. Quien haga diana —quien se atreva a escuchar debajo del sincretismo fatídi-

co— reconocerá en su galería de personajes gestos y voces de la literatura argentina” afirmó.

Pablo Nemirovsky es escritor, palindromista, compositor, bandoneonista y flautista. Llegó a Francia exiliado en 1976 y se convirtió en uno de los representantes del tango contempo-

¿Qué hay De este lado del Este?

[Prólogo de Matías Mauricio]

ráneo de la escena parisina. Fundó el quinteto “Tierra del Fuego” en 1989, cuyo repertorio se compone de seis discos con temas originales de Nemirovsky. Previo a De este lado del Este publicó la novela Del otro lado del Otro lado, y tres libros de palíndromos (escritura capicúa).

Un cuarteto de cuerdas persigue una quimera: el “sincretismo fatídico”, esa herejía sonora que pretende ejecutar obras distintas en un mismo instante y obligarlas —a fuerza de fe, terquedad o delirio— a sonar armónicamente. Pero los instrumentos llegan de la extranjería y no logran “templarse” en la humedad porteña; ¿metáfora del exilio?

Una pianista que nunca ha ensayado con ellos, un violín corneta recién salido del taller que desafía toda tradición nos dan la sensación de que nada va a encajar y, sin embargo, los personajes insisten, porque tal vez, los escondrijos de esta nueva novela de Pablo Nemirovsky no hablen de música sino de otra cosa y ese sueño quimérico exponga una fractura más honda: la del lenguaje, la del cuerpo, la del territorio. Vuelvo a insistir: La imposibilidad de la armonía ¿es la condición inevitable de quien pertenece —y no pertenece— a más de un lugar? ¿Y si Elis Abram Oluar no fuera un personaje sino una máscara de Nemirovsky? ¿No galopan Varsovia, París y Buenos Aires en su sangre?

Con aguda ingeniería, De este lado del Este pone a prueba el oído y el ojo del lector. Quien haga diana, quien se atreva a escuchar debajo del sincretismo fatídico, reconocerá en su galería de personajes gestos y voces de la literatura argentina.

En fin, todo está listo. Los afiches anuncian el evento con precisión absurda: 30 de febrero. Sociedad de fomento de Villa Martelli. Sin dirección. Sin horario. Como si la cita fuera en ninguna parte. Como si el verdadero escenario fuera la intemperie.

Más de Pablo Nemirovsky

Pablo Nemirovsky oriundo de Buenos Aires y radicado en Francia desde 1976, es el fundador, bandoneonista y compositor del grupo Tierra del Fuego. Su sexto álbum, La Variante del Tango, se presentó en noviembre de 2022 en París. Navega entre la música y la literatura. En 2011, ha publicado junto a Xavi Torres los libros de palíndromos: Sobreverbos y Miguel de Cervantes, autor del Soldado Road Adlos y en 2012, Yo sin vos ovni soy (Ed Milena Caserola). En 2012 edita su primera novela Del otro lado del otro lado (Ed Milena Caserola) traducida al francés en 2016 (Ed. Milena Paris/ Héliotropismes).

En 2021, bajo el seudónimo de Rimsky Pavo Noble, junto a Raúl Ortiz Fernández y Joan Tomàs Semanté, funda el primer Cenáculo Anagramatista. Actualmente, escribe para la revista semestral de ficción literaria, OUF (Ouvroir Ultime de Fictions, Ed. Qupé).

El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho

El año es 1977. Armando (Wagner Moura), es un investigador universitario quien, tiempo atrás, por diferentes circunstancias y problemas, tuvo que abandonar la ciudad de Recife, en Brasil. El joven protagonista se verá obligado a volver a dicho lugar en plena época de Carnaval, con la intención de reencontrarse con su pequeño hijo Fernando, quien está bajo el cuidado de su abuelo (Seu Alexandre), proyeccionista de un cine local.

Tiempo después, Armando, quien se presenta con el seudónimo de “Marcelo”, conseguirá trabajo en una agencia gubernamental que está dedicada a la identificación de personas. La razón por la que elige dicho puesto es para buscar algún documento o registro que pruebe la existencia de su madre. Al poco tiempo de haber llegado ahí, será informado de que está siendo perseguido por un par de asesinos, contratados por un empresario conectado con el régimen militar, que anteriormente amenazó con recortar los fondos de la universidad a la que pertenecía.

Su único refugio se volverá una red de contraespionaje, así como un grupo de resistencia que lo ayudará a salir del país en compañía de su hijo.

Lo único que le queda a Armando es esperar unos cuantos días, mientras la organización que lo acoge consigue la documentación que le permitirá irse de Brasil. Mientras tanto, deberá cuidarse las espaldas en cada lugar que recorra, siempre mirando detrás de su hombro, con una amenaza latente acechándolo en cada esquina.

En el panorama cinematográfico internacional de la actualidad, una de las voces más destacadas y originales es la del brasileño Kleber Mendonça Filho (Aquarius, 2016; Bacurau, 2020). Dentro de su estilo personal se deja entrever un interés particular por jugar con las formas y los tropos del cine de género y las producciones serie b, a la vez que integra dentro de sus argumentos puntuales comentarios sobre problemáticas sociales que siguen afectando a su país de origen; en el caso de El agente secreto (2025), dichos elementos también se encuentran presentes.

Bajo las múltiples capas que conforman a la propuesta del brasileño, se encuentran: una clara cinefilia y amor por las historias clásicas de crimen e intriga, ubicando su relato a medio camino entre el cine de Jean Pierre Melville (Army of shadows, 1969), el de William Friedkin (The french connection, 1971), de las novelas de espionaje de John Le Carré y, en su lado más desaforado, hasta

del cine más absurdo y disruptivo de John Carpenter (They live, 1988).

Lo genuinamente singular, en esta ocasión, es la forma tan innovadora y desconcertante en la que el realizador juega con todos los tonos, los guiños y las influencias dentro de

una película que se empeña en ser cine sobre el cine mismo y cine como un manifiesto de la memoria. Lo que dentro de su premisa inicial parece ser una cinta sobre perseguidos políticos un tanto más convencional, poco a poco va mutando

hasta volverse un cúmulo de ideas, relacionadas, por un lado, con los espacios que habitamos en el pasado, durante nuestra infancia, los cambios que sufren con el paso del tiempo y los secretos y recuerdos que guardan, casi como si de personas se trataran. Así, en el centro de esos espacios, las imágenes del cine mismo, de títulos como Tiburón (1975) o La Profecía (1976), inmutables e imperecederas, insertadas para siempre en el inconsciente colectivo.

Por otra parte, la propia autoconsciencia del filme de Mendonça Filho funge como un relato de ficción e historia de un héroe anónimo, una persona común, quien, por una serie de infortunios, se ve envuelta en una red de intriga y peligro que lo sobrepasa por completo.

La cinta es una obra con claros tintes personales, el director retrata la importancia de recuperar y reapropiarse de dichas historias, que tal vez fueron arrebatadas por no adecuarse a ciertos intereses pero que, al final del día, son inherentes e identitarias a los lugares donde ocurrieron.

En su fascinante e hipnótica reivindicación a la nostalgia, El agente secreto invita a nunca olvidar, ya que es el equivalente a rendirse o a dejar una herida abierta, y mucho menos a perdonar. Sea una simple fotografía, una grabación de audio, o una serie de imágenes en movimiento (24 por segundo, para ser exactos), estos relatos son reflejos de personas que, tanto en la realidad como en el artífice, viven, respiran y merecen ser conocidas y escuchadas.

Cavaliere Ripa…

¿no oyes caer las gotas de la melancolía?

6 Por Álvaro López-Limón

Melancolía.Obra de Cesare Ripa.

Situados en el estudio sobre emblemática y simbólica novohispana, al indagar en el análisis iconográfico e iconológico de las imágenes, sus manifestaciones artísticas y culturales, interrogándonos sobre si puede haber una epidemia de melancolía, o si es contagioso el llamado “mal de Saturno”. Al respecto encontramos que a fines del siglo XVI, se publicó la Iconología de Cesare Ripa (Perugia, Italia, 1560-1622), texto que nos ofrece un extenso y significativo repertorio de imágenes y alegorías, en el que se exponen vicios, debilidades humanas y, por supuesto, una exhortación a reflexionar sobre el asunto. Hurgando en el texto, advertimos la relevancia estética que tiene la representación vi-

sual y simbólica de la melancolía. Para Cesare Ripa la melancolía es un vicio, conocido como la acidia, se la representa como una mujer vieja, sentada sobre una roca, con ambas manos posadas sobre el rostro, se sujeta la mandíbula, al mismo tiempo que nos muestra una mirada saturnal, perdida, clavada en lo profundo de sus pensamientos, al parecer debatiéndose frente a misterios y verdades por descubrir. En la imagen, está acompañada de un arbolillo seco, sin hojas, casi vencido, al parecer aquí se está definiendo el propio concepto de temperamento (según la teoría humoral de Hipócrates).

La melancolía es la figura de una mujer sentada pensativa y solitaria, a veces vestida de negro o con colores oscuros,

simboliza el humor melancólico (bilis negra).

La melancolía, produce en los hombres, un estado de parálisis, de ausencia emocional, es como la fuerza del invierno sobre árboles y plantas, pues agitándolas con la nieve, vienen a quedar secas, estériles, desnudas, despojadas de todo, sin ninguna belleza evidente. La melancolía se nos presenta, tal como lo expresa Rubén Darío:

“Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía. Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas. Voy bajo tempestades y tormentas ciego de sueño y loco de armonía. Ese es mi mal. Soñar. La poesía es la camisa férrea de mil puntas

cruentas que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas dejan caer las gotas de mi melancolía. Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo; a veces me parece que el camino es muy largo, y a veces que es muy corto... Y en este titubeo de aliento y agonía, cargo lleno de penas lo que apenas soporto. ¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?”.

Este poema condensa, no solamente la noción de melancolía, también promueve la introspección, la reflexión estética y filosófica que acompañan nuestra interrogante: Cavaliere Ripa… ¿no oyes caer las gotas de mi melancolía?

*UAEH-UAZ.

Ehrenreich B. Una historia de la alegría. Barcelona: Paidós, 2008. p. 131 Cesare Ripa, Iconología, 1ª Ed. (Roma: 1593). Rafael Núñez, Sobre la bilis negra o mal saturnino. Revista de humanidades, 2008. http://www.dendramedica.es/revista/ v7n2/Sobre_la_bilis_negra_o_mal_de_Saturno.pdf Rubén Darío. Cantos de Vida y Esperanza. Biblioteca digital abierta. 2018.

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