La Gualdra 701

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Palma (Chile) publicó en 2025 el poemario Kayser, que visita desde la poesía lo ocurrido el 20 de octubre de 2019 cuando Yoshua Osorio, Julián Pérez, Andrés Ponce, Luis Salas y Manuel Muga fueron encontrados quemados en la bodega de Kayser, ubicada en Renca -comuna ubicada en el sector norponiente de Santiago, Chile, perteneciente a la Provincia de Santiago- en el marco del estallido social. En esta edición, Antonio Cienfuegos entrevista a la autora.

Francisca
Francisca Palma. Foto de Alejandra Fuenzalida.

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La Gualdra No.

Sabores de dos mundos es el nombre de un libro que recién llegó a mis manos, gracias a Alfredo Díaz Barriga de los Cobos, quien generosamente me lo hizo llegar a inicios de este año; se trata de una publicación coordinada por este último, Luis Leopoldo Velasco Contreras y Carlos Gabriel López Aranda Ramírez -con la curaduría editorial de Dalia de la Torre Jiménez y el control de calidad editorial de Simitrio Quezada Martínez-. En la portada aparece la imagen de un platillo llamado Chocotejas de Aguaymanto, un “dulce emblemático del Perú, famoso por la combinación de chocolate con rellenos a base de manjar blanco y frutas. Originaria de Ica, es símbolo de la creatividad y sabor nacional”,1 y es el anticipo de las 80 recetas internacionales que encontrará en este ejemplar que reúne no sólo los ingredientes y el método de preparación de los platillos, sino una muy interesante información sobre varias ciudades de Perú, México, Portugal, Paraguay, Argentina, Costa Rica y Honduras, integrantes de la ULADES.

Dice en el prefacio Carlos Gabriel López Aranda -quien es integrante de esta asociación y también director de la Universidad de la Vera-Cruz-, que “Hace casi dieciocho años nació, con entusiasmo y esperanza, la Unión Latinoamericana de Instituciones de Educación Superior (ULADES), una hermandad académica que se propuso compartir conocimientos, construir puentes y formar nuevas generaciones de profesionales. En ese entonces, quizá no imaginábamos la magnitud que alcanzarían los lazos creados ni la riqueza que derivaría de compartir no sólo programas académicos, sino también costumbres, ingredientes, técnicas y sabores que han trascendido fronteras. Hoy, con el recorrido ya andado, era indispensable dejar huella en un libro como este, que recoja recetas, memorias, saberes y testimonios de vida”,2 y así es como la Unión Latinoamericana de Instituciones de Educación Superior une esfuerzos para gestionar y editar -junto con Editorial Didáctica- este libro que puede adquirirse en las instalaciones de la UVC.

Luis Leopoldo Velasco Contreras, Director General Académico U. Capital y Presidente de la ULADES 2024-2027, afirma en el prólogo que el título del libro, Sabores de dos mundos, “nos habla de ese mestizaje que comenzó hace siglos y que hoy en día sigue evolucionando. El maíz, el cacao, el jitomate y el chile viajaron hacia Europa y transformaron para siempre su dieta y su imaginación. Y a su vez, el trigo, la caña de azúcar, la

res, el cerdo y muchas otras especies llegaron a América para enriquecer sus cocinas. En tiempos de división u olvido de las raíces, una obra como ésta cumple una función esencial: recordarnos que estamos unidos por lazos más profundos de lo que creemos. La cocina es uno de ellos, porque alimenta el cuerpo, el espíritu y la memoria”,3 y no puedo estar más que de acuerdo con él, por eso me dediqué a leer con detenimiento cada una de estas páginas y constaté que es un trabajo editorial muy bien realizado que efectivamente resalta las coincidencias que tenemos con otros países en cuanto a la comida.

Este libro -al igual que Sabores de la tierra, coordinado por el Dr. José Francisco Román Gutiérrez hace algunos años- debería de estar en la colección de quienes aman comer bien y además desean conocer más de la cultura gastronómica de otros lugares. Aquí encontrará la forma para cocinar platillos como el mextlapique, tlacoyos, caldo tlalpeño, tamal de frijol, carpa adobada (de la CDMX); lomo saltado, ceviche peruano, rocoto relleno arequipeño, ají de gallina, queso helado arequipeño, pisco sour (de Arequipa, Perú); carbonada de zapallo, empanadas mendocinas, asado argentino, tomaticán, peras al malbec, chocotorta (de Mendoza, Argentina); sopa de mar, almejas con ajo y cilantro, bacalao, solomillo de cerdo ibérico, sericalla de monasterio (de Lisboa, Portugal); entre muchas otras recetas de los países mencionados al inicio que seguro podrá usted cocinar en casa.

En el apartado de las recetas de Zacatecas encontrará las del asado de boda, birria zacatecana, tacos envenenados, capirotada, gorditas de horno y buñuelos, acompañadas de las notas de Francisco Javier Mora Santillán -director técnico de la Licenciatura en Gastronomía de la UVC-, quien afirma que cada platillo “cuenta una historia, cada ingrediente revela un vínculo con la tierra, y cada técnica representa siglos de adaptación y sabiduría popular. Hoy en día, la gastronomía zacatecana es reconocida como patrimonio cultural”.4 ¿Verdad que se antoja tener el libro? Muchas felicidades a todos quienes participaron en este proyecto. Ojalá se sigan publicando este tipo de materiales.

Que disfrute su lectura.

1 Sabores de dos mundos, ULADES-Editorial didáctica, México, septiembre 2025, p. 57.

2 Ibidem, p. 6.

3 Ibidem, p. 8.

4 Ibidem, p. 83.

Directorio

Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com

Contenido

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Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com

Francisca Palma: “La poesía es el contraperitaje que el Estado no hizo” Por Antonio Cienfuegos
Un laberinto Por Inosente Alcudia Sánchez
One battle after another, de Paul Thomas Anderson Por Adolfo Nuñez J.
Intermediaciones estéticas Por Álvaro López-Limón
El poema ante el hecho noticioso Por Mario Alberto Medrano

El poema ante el hecho noticioso

En la edición 225, de agosto de 1995, de la revista Vuelta, Octavio Paz publicó un artículo donde afirma que a la poesía y el periodismo “los une, ante todo, la brevedad: nadie escribe artículos o poemas de mil páginas”. La relación entre el periodismo y la poesía es en apariencia inexistente. Son dos géneros literarios distantes. En apariencia, reitero. Y no es que nos encontremos artículos o notas periodísticas con metro y rima. Ni poemas publicados diariamente denunciando e informando, ésos sí con rima y metro, los hechos cotidianos. Sin embargo, alguna conexión tiene. El periodismo está entrometido en todo. Es su naturaleza. La poesía también, aunque a veces no lo parezca, ya que su lenguaje es menos accesible. “Soy (o quiero ser) un poeta; igualmente soy (o quiero ser) un periodista”, dice Paz en el mencionado artículo. Suscribo lo dicho por él. Doy vueltas alrededor de esta idea porque deseo llegar a un punto de encuentro entre ambos géneros literarios: Crónica de la poesía mexicana, el magnífico libro de José Joaquín Blanco publicado en 1977. A casi 50 años de publicado por el Departamento de Bellas Artes de Jalisco, este libro es una inequívoca muestra de exploración y sentido crítico. En la “Advertencia preliminar” del libro, Blanco deja en claro que ofrece al lector “una crónica y no una historia de la poesía mexicana: la diferencia consiste en que la crónica es análisis narrativo de

las cosas que el lector conoce poco: una invitación a conocer…”.

La crónica lleva en su ADN componentes de la noticia, el reportaje y el análisis. Sobre todo de este último componente. A decir de Álex Grijelmo, uno de los riesgos de la crónica es en torno a los juicios aventurados: “evitar que las opiniones se conviertan en frases editorializantes”. A pesar de que esta crónica supone una lectura de la poesía de manera histórica, abierta y personal, como un asunto de la vida diaria, a José Joaquín no le faltan motivos para exponer una crítica autoritaria, como él mismo lo reconoce.

Incluso en nuestros días, la aproximación periodística a la poesía no es frecuente. Crónica de la poesía mexicana toma los riesgos de todo trabajo periodístico, es más, el autor rompe con las fronteras teóricas que definen a la crónica, todo gracias a su conocimiento de la poesía mexicana, para plasmar

no sólo un estudio ceñido al periodismo, sino que avanza con el engranaje de la erudición. El recorrido por la lírica prehispánica, pasando por el nacionalismo, el modernismo, los contemporáneos y hasta nuestros días, lo hace sin ninguna inhibición académica. El lenguaje utilizado por el autor de La soledad de los optimistas y Pastor y Ninfa Ensayos de literatura moderna no es para nada poético. El discurso que teje y desteje esta crónica es de hilo ensayístico. Diáfano y sin ambigüedades. Crónica de la poesía mexicana ha sido para mí un documento valioso al momento de revisar la poesía de nuestro país. A él se suman una serie de nombres de escritores igual de valiosos en cuanto a estudio de poesía se refiere. Por ejemplo, los realizados por Gabriel Zaid, Luis Mario Schneider, Octavio Paz, Salvador Elizondo, Rogelio Guedea, Carlos Monsiváis, Luis Miguel Aguilar, Xavier Villaurrutia, entre otros.

¿Qué entender por poesía mexicana?

Fue lo que Octavio Paz se planteó en el prólogo de Poesía en movimiento. Caso similar ocurre en el libro de Blanco. Crónica de la poesía mexicana es más certera al momento de definir a la lírica nacional. José Joaquín es más dominante, asaz imperativo. Asimismo, la libertad con la que ejerce el conocimiento es el resultado de muchas horas frente a los poetas mexicanos. El poema está alejado de todo lugar común; el periodismo, no. La materia prima del periódico es el acontecer diario, el cual es, muchas veces, el reflejo de la frase hecha. Posiblemente, el arte no debería tener ningún compromiso ni deuda con la sociedad. Sin embargo, libros como éste son testimonio de que los estados de ánimo de la poesía —una forma de arte—, en este caso la mexicana, son directamente proporcionales al transcurrir social, político y económico.

No sé si el objetivo central propuesto por Blanco, hacer de la poesía un asunto de la vida diaria, por consiguiente acercar a los lectores, se cumplió. La cronología de nuestras letras es, al mismo tiempo, la cronología de nuestra sociedad. José Joaquín Blanco, el cronista, deja ver con lupa el crecimiento de una ciudad, la transformación de una sociedad y la evolución de un pensamiento. El otro, el crítico literario, porque siempre aparece, nunca deja de asomar la cabeza, expone sus cercanías y distancias con éste y el otro poeta, reafirma sus convicciones y da muestra de rigor como lector, ante todo.

Francisca Palma:

“La poesía es el contraperitaje que el Estado no hizo”

Literatura

Francisca Palma Arriagada es periodista y Magister en Comunicación Política por la Universidad de Chile, institución en la que actualmente es coordinadora de comunicaciones. Es integrante de la revista digital de cultura y política latinoamericana La Raza Cómica. Publicó en 2016 el libro Iquique Glorioso. Crónicas de la Tierra de Campeones (Ediciones Radio Universidad de Chile), sobre las memorias recientes de esa ciudad chilena. Es coautora de los libros Afectos y efectos de una educación intercultural y antirracista. Experiencia en torno a la migración del Colegio República de Croacia de Iquique y ¿Quién soy? Voces memoria e identidad de los niños y niñas de Alto Hospicio, ambos del 2018; y coeditora del libro Violencia Político Sexual es terrorismo estatal. Aproximaciones desde la experiencia y la memoria contra la impunidad en Chile (2023).

El año 2024 lanzó su primera novela, titulada Iconoclastas (Editorial Navaja), y se adjudicó la Beca de Creación Literaria del Ministerio de las Artes, las Culturas y el Patrimonio. Publicó también el fanzine La Huerta, bajo el sello independiente Blueditorial. El 2025 publicó el poemario Kayser, que visita desde la poesía lo ocurrido el 20 de octubre de 2019 cuando Yoshua Osorio, Julián Pérez, Andrés Ponce, Luis Salas y Manuel Muga fueron encontrados quemados en la bodega de Kayser, ubicada en Renca,1 en el marco del estallido social. Ese mismo año se adjudicó la residencia de escritura Finestres, en Barcelona, proceso que ejecutará en marzo del 2026.

Francisca Palma es también realizadora del proyecto documental Un sueño en el desierto, sobre la vida y legado del geógrafo Freddy Taberna, y del proyecto de arte textil Bordado de una herida abierta, en memoria de las niñas y mujeres víctimas de Alto Hospicio.

Antonio Cienfuegos: Francisca, Kayser es tu primer poemario y, además, no es un poemario al uso. Es un artefacto literario que se lee como parte de un proceso judicial, un peritaje, un archivo del dolor de la historia reciente de Chile, a partir del “estallido social” de octubre del 2019. ¿Cómo nació la necesidad de escribir este libro y por qué elegiste la poesía como formato para este testimonio desgarrador, cuando hasta ahora habías publicado únicamente narrativa?

Francisca Palma: No pude hacerlo de otra forma. Si bien mi registro usualmente es el periodístico, por mi trabajo, y pudiendo haber acudido a él para escribir algo en ese código sobre este funesto suceso, no pude. Muchas personas que conozco que se dedican a la palabra me confesaron que luego de iniciado el estallido social no pudieron escribir. Me pasó lo mismo. Fue luego, con los años, a propósito de otros contenidos que pude hacerlo, y lo que salió fue en regis-

tro poético, exploratorio, especulativo. Estos contenidos son puntualmente la obra de teatro El Oasis de la Impunidad, de la compañía La Resentida; y el reportaje sobre el caso Kayser de la periodista Alejandra Matus, del 2021. Todo esto, teniendo en modo latente el hecho. Ahora, a esto se suma el cortometraje documental Seguir en la memoria, 2 del director Fernando Véliz. Me parece inconcebible, incluso insoportable, que apenas unos años atrás haya pasado algo como esto, que a su vez se suma a otras violencias como las mutilaciones oculares. Es absurdo además si le sumamos la variable impunidad a lo sucedido.

AC: El libro está estructurado en cinco capítulos que siguen una lógica casi forense: Fuego, Cuerpos, Territorio, Justicia, Exhumación. ¿Fue una estructura preconcebida o emergió del proceso mismo de escritura?

FP: Escribí a medida que acontecían las

imágenes detonadas por el reportaje, por los recuerdos del 2019, por la lectura de algunas noticias, por haber asistido a algunas velatones3 convocadas por los familiares y más hacia el final, tras la revisión de documentos de las fojas del proceso judicial. Sólo escribí. Luego, en febrero del 2025, tuve la posibilidad de sentarme a ordenar los poemas. Ahí apliqué una racionalidad más periodística, taxonómica tal vez, de separarlos por capítulos que, si bien no responden a una cronología -sería brutal apostar sólo a una cronología-, sí constituyen una narrativa, un hilo conductor por los tópicos aludidos: la carne, el cuerpo quemado, la idea de justicia, su aplicabilidad en el caso Kayser, de la mano de lo que no ha ocurrido que viene de modo más especulativo en el que se denomina “exhumación”.

AC: Uno de los poemas más devastadores es el N°12 del primer capítulo, donde personifica al fuego. Es un fuego con intención, un “artista demente”. ¿Podría leerse esta personificación como una forma de señalar una responsabilidad más allá de la negligencia, una suerte de intencionalidad política en la tragedia? FP: Soy de las personas que olvidan lo que hacen. O más bien, que entre tanta labor de trabajo y proyectos en paralelo abandono temporalmente los escritos. Este tiempo de distancia es una forma de enjuagar la mirada, de luego volver y encontrarse con lo escrito y muchas veces sorprenderse sobre lo plasmado. ¿En qué momento puse esto?, ¿qué hizo que pensara tal cosa, que hiciera tal relación? Me gusta sorprenderme por las personas que fui y que escribieron tales cosas. Del milagro que es que un pensamiento o una imagen trascienda la vorágine del día a día y logre quedar escrita, y luego articulada a un proyecto, como en este caso.

Puntualmente esto que preguntas tiene que ver con el horror. Es horripilante, violento e inconcebible -vuelvo a ese concepto- que haya podido pasar algo así. Que cinco familias de este país, en pleno siglo XXI, con todas las tecnologías y formas de registrar la vida, no sepan lo que pasó con sus seres queridos. Porque no fueron atropellados, no se infartaron: fueron encontrados quemados al interior de una bodega. Ese no saber es el horror. Es demencial pensarlo. Frustrante, doloroso. Insoportable.

AC: En el poema N°54 juega con la ortografía del nombre: “Kayser con y / y / Kaiser con i”. Este juego lingüístico, que parece mínimo, abre una grieta enorme

Francisca Palma. Foto de Alejandra Fuenzalida.

sobre la identidad, la verdad y la burocracia. ¿De qué manera el lenguaje institucional se convierte en otro mecanismo de violencia?

FP: Estas dos formas de escribir Kayser las encontré en algunos de estos archivos judiciales. Como dices, puede ser algo mínimo, un error, pero dejarlo constatado tiene que ver con el juego mismo del lenguaje que se produce por ese intercambio, pero puede reflejar otras cosas más profundas. Otro ejemplo que quizás es más elocuente es el nombre de Yoshua Osorio, una de las víctimas, que en algunos documentos aparecía escrito con J. Algo que también encontré en los medios de comunicación.

Ahora, si es por hablar del lenguaje institucional como mecanismo de violencia, los archivos me mostraron algunas declaraciones de los familiares referidas, por ejemplo, a citaciones a tomarse muestras al Servicio Médico Legal de modos inapropiados o violentos y la desidia en términos periciales en general. Esto se complementa con lo apreciado en el reportaje de Alejandra Matus, en donde los familiares entregan su testimonio sobre errores graves en el proceso de notificación de autopsia. Parte de estas citas las incluí en algunos poemas. Quise poner esa voz allí.

AC: El libro incluye un “Cementerio de citas y pericias literarias”. ¿Por qué fue importante para ti enmarcar su trabajo en un diálogo con otras voces poéticas como Raúl Zurita, Elvira Hernández o Gonzalo Millán?

FP: En medio del proceso de escritura fui encontrando textos que dialogaban con el imaginario de este libro que escribí sin desconocer la tradición poética local, la cual tiene una importante presencia de contenido y foco poético y documental, del cual, sin duda, estoy muy influenciada pero no tan instruida. Ha sido azaroso el camino de encuentro con textos referenciales, desde antes de escribir Kayser. Me falta leer muchísimo. Al momento de hacerlo, fui anotando estos textos que hablaban de temas similares, en registros parecidos. También en el diálogo con otros, amigos y amigas, fueron llegando sugerencias, pistas y selecciones, porque finalmente la escritura es un ejercicio solitario en su ejecución material, pero es acompañado en otros sentidos: en el hablar de lo que se está trabajando y en estas referencias que van quedando en nuestro imaginario, sólo que a veces no podemos explicitarlas porque se acoplan más inconscientemente. Además, ya lo dije, soy olvidadiza. No todas los textos puestos en este anexo son poéticos, en todo caso. Otra característica asociada a este espacio final del libro es que quisiera seguir ampliando este anexo. Imagino que pueden surgir otras ediciones de Kayser en el futuro, que permitirían ampliar este apartado. Además, los misteriosos caminos que tome el libro dirán si se acercan otras citas, especialmente de poemarios de otras y otros que aún no se han escrito.

Actualmente estoy escribiendo otro conjunto de poemas, esta vez sobre el

desierto y estoy aplicando el mismo proceso: explicitar y concitar los textos, frases, citas que se hermanan por distintas razones con ese proyecto. Es una práctica que espero mantener en el caso de la escritura poética, que además quiero seguir desarrollando.

AC: Hay un poema, el N°61, que es un punto de quiebre. Cita a “quien sabe de fuego” para afirmar: “no es / la posición / habitual / de un quemado”. Es la poesía haciendo de contraperito. ¿Crees que la literatura puede, efectivamente, aportar pruebas o verdades que la justicia no ve o no quiere ver?

FP: Ese verso es parte de una de las declaraciones de un meta perito entrevistado en el reportaje de Alejandra Matus, que reafirma las dudas explicitadas en ese material periodístico por parte de las familias. De todas maneras, como todo libro o creación artística en general, se trata de una versión, en este caso más puntualmente, de un artefacto literario que propone una verdad poética, no verdad jurídica. De todas maneras, como bien sabemos, la idea de hacer circular versiones en este registro se propone, en mis objetivos, que esta historia no se olvide; que si bien pueda concluir el proceso judicial con cierto resultado, al final hay cinco personas que murieron y fueron encontradas quemadas en un recinto como éste, que hay cinco familias que perdieron a un ser querido de esta forma, y por sobre todo, no en cualquier contexto: hablamos de un alzamiento popular fuerte y brutalmente reprimido. En ese sentido, la poesía es una oportunidad para revisar y poder decir, en otro registro, algo sobre lo ocurrido, poder poner a hablar a los muertos, a los edificios. En ese sentido, la poesía puede ser el contraperitaje que el Estado no hizo. Acá estamos ante una propuesta de “verdad” sensible y personal, escrita con respeto a las familias y quienes conocieron a los cinco.

AC: El poema N°66 habla de los “más quemados de Kayser”, los que sobrevivieron. La imagen de la enfermera que confunde el hollín con el miércoles de ceniza es potentísima. ¿Cómo fue el proceso de acercarse a los sobrevivientes y a las familias para construir este relato?

FP: Es justamente por la potencia especulativa de la poesía. Si bien sabemos que fueron cinco las personas encontradas calcinadas en este recinto, en el marco del estallido social fueron encontrados otros cuerpos en supermercados y centros del retail en la región Metropolitana. Por ejemplo, en Maipú fue encontrado el cuerpo del estudiante Maicol Yagual, hecho que por lo demás también fue abordado poéticamente por la escritora Verónica Jiménez en el libro Persona sin identificar.4 Y es también una forma de evidenciar la continuidad histórica del fuego como violencia estatal o como respuesta a las aberraciones de la violencia política, como sucedió con el caso quemados del año 1986 con Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas

de Negri y Sebastián Acevedo, quemado a lo bonzo en Concepción en 1983. Es una forma de evidenciar los diálogos abiertos que tenemos en la historia de Chile en torno a estos sucesos.

Este es un trabajo hecho desde el respeto y con el objetivo de ayudar a visibilizar lo sucedido. En esa línea, recientemente pude entregar un ejemplar de Kayser a cada familia, encontrarme con dos de ellas, a quienes había visto como participantes de algunas velatones de los 20 de octubre. En la jornada de exhibición del documental de Fernando Véliz, además, pude entregar un ejemplar a la senadora Fabiola Campillai, víctima de trauma ocular, a quien dedico uno de los poemas, el 49.

AC: Al final del libro, en la página 108, se lee: “Seguimos esperando justicia”. Después de haber escrito Kayser, después de este acto de exhumación literaria, ¿qué significa para ti y tu historia personal la palabra “justicia”? ¿Ha cambiado tu concepto tras este proceso? FP: Es una pregunta que he aplicado muchas veces como periodista a quienes escriben libros que aluden a procesos de agresión y violencia, en distintos niveles. Las respuestas han sido muy diferentes: que los libros no hacen justicia, que sí pueden ayudar a la reparación… En este caso, concuerdo con la idea de

que un libro como Kayser, en su registro poético, no producirá justicia en el ámbito de lo legal-institucional, pero me doy por satisfecha por todo el proceso, las emociones puestas el valioso trabajo de la editorial, al poder entregarle este texto a los familiares de las víctimas y contribuir en parte a que esta historia no se olvide; que pasen los años y que el 20 de octubre no pase desapercibido y que quizás las próximas generaciones se encuentren con el libro en medio de los azares de sus caminos y sepan que esto pasó en en Chile.

AC: Para terminar, esa última línea del libro es un haikú desgarrador: “20 de octubre una vela siempre”. ¿Es la poesía, entonces, esa vela que nunca se apaga?

FP: La poesía es fuego que en su palabra describe, señala, denuncia, plantea lo no dicho, y con ello, enciende la vela de la memoria. Mientras este poemario circule en papel, en digital, en las lecturas, en los encuentros, cada 20 de octubre, cada día para las cinco familias afectadas por este hecho de violencia, podrá ser una vela que se une a los otros poemarios de esta trayectoria de poesía política que se han tenido que escribir por la impunidad, la desidia, la desigualdad ante el trato judicial que se repite.

1 Renca es una comuna ubicada en el sector norponiente de Santiago, Chile, perteneciente a la Provincia de Santiago.

2 Seguir en la memoria, de Fernando Véliz https://www.instagram.com/reels/DONGf4GjLbY/

3 Actos de protesta o manifestaciones que se hacen por las noches y que consisten en colocar velas encendidas en lugares públicos.

4 https://www.balmacedartejoven.cl/noticias/lanzamiento-del-libro-persona-sin-identificar-de-veronica-jimenez-en-baj-valpo/

Literatura

Un laberinto

Río de palabras

Vivo en un intrincado laberinto. A veces lo pienso parecido a una colmena; pero no, la imagen no refleja el desordenado crucigrama que un día, sin advertirlo, se convirtió en mi morada. Y es que es difícil asimilar cómo una casa común y corriente se torna en un confuso amasijo de paredes, puertas y salones. Habitar un laberinto no es cualquier cosa. Uno tiene que estar siempre atento, listísimo para no extraviarse en lo que simula ser un juego de espejos en movimiento.

Por eso dejé de hacer convites hace años. “Aquí sólo pueden andar gentes con intuición superior”, me digo, para consolarme por las amistades que se ausentaron, intimidadas por este revoltijo de carne con madera, como cantaría Silvio. Y es que tuve visitas que se perdieron en el patio y, aunque afortunadamente pude rescatarlas antes de que explotaran en arranques de histeria, desde luego que no volvieron después de ese susto. Así, con el tiempo se

fueron mis amigos y mis familiares, hasta que un día me descubrí solo y extraviado, buscando la manera de acoplar las partes de este rompecabezas en que se convirtió mi vivienda.

Hace tiempo, entonces, que ocupo esta casa indescifrable que en el pasado fue un hogar con escaleras, recámaras, baños, cocinas, salas y patios que se encajaban como si fueran piezas de un lego monumental y donde cada amanecer era el inicio de un nuevo juego luminoso. Pero, eso fue antes. A mí me ha llegado a pasar que no consigo descifrar la maraña en la que despierto y, en esos casos, con la resignación de haber perdido una partida de dominó, aguardo a que el día me asigne nuevas fichas. Claro, alguno dirá que bastaría con tirar un hilo que me condujera con certeza, pero no funcionaría: este laberinto se renueva a diario e, incluso, hasta más de una vez por jornada. Ha pasado, por ejemplo, que salgo temprano a hacer mis man-

dados y cuando vuelvo entrada la noche, el enredo es distinto al que desentrañé; y tengo que aplicarme para descifrar el nuevo crucigrama hogareño. Encontrar, desde adentro, la puerta de la casa es una tarea que me demanda un esfuerzo especial, por lo que he reducido a lo indispensable mis incursiones al exterior. Para optimizar mis salidas, junto varios pendientes domésticos –comprar la despensa, pagar el recibo de la luz- y aprovecho para andar las calles de mi barrio. Éste es uno de los pocos placeres que me permito: recorrer la cuadrícula de casas descascaradas por el salitre, aspirar la brisa tibia que llega del mar. Me ha crecido la barba y uso la ropa pasada de moda que adquirí hace años. Quizás por eso, igual que los espíritus que se resguardan dentro de las casonas a medio caer, camino desapercibido para los demás transeúntes. Y es que he encontrado a viejos amigos que pasan junto a mí como si no existiera. Incluso, en ocasiones, hemos cruzado miradas, pero

ellos parecen no verme. Yo no me atrevo a hablarles, un poco por vergüenza. Me daría mucha pena que negaran conocerme o que se asustaran con mi aspecto estrambótico. De todos modos, creo que me estoy volviendo una especie de anacoreta porque cada vez gozo más los paseos solitarios, oculto tras de la apariencia de un indigente. También, disfruto mi laberinto. Después de agotarme andando las callejuelas empedradas, oscurecidos los callejones solitarios, siento una emoción especial al regresar a casa. Me entusiasma abrir la puerta y entrar a un lugar desconocido, a una estancia totalmente distinta de la que salí horas atrás. En la penumbra tanteo las paredes hasta dar con el interruptor eléctrico. Se hace la luz y observo, entonces, que todo está en orden, es decir, que quién sabe qué prodigio ha vuelto a revolver las cosas y tengo que apurarme a descubrir los secretos de esa nueva casa, laberíntica, con libros nuevos y obras de arte desconocidas… Es mi morada poblada de sueños, olvidos y recuerdos, donde nunca faltan las lagartijas ni el miedo, cada vez más insistente, de algún día no hallar la salida. *Campeche.

Remedios Varo. Tránsito en espiral. 1962.

En el filme Moonage daydream (2022), dirigido por Brett Morgen y enfocado en la vida y obra de David Bowie, hay un breve momento en donde el multifacético artista reflexiona sobre su compromiso continuo de crear un trabajo, ya sea musical o visual, que sea capaz de capturar o representar la quintaesencia de cada año; una obra que reproduzca lo más fundamental y característico de ese momento en particular del tiempo y el espacio.

Al igual que David Bowie, en la actualidad siguen existiendo artistas que buscan algo similar, es decir, un retrato fidedigno de esas complejidades que distinguen a lo que se entiende como el presente o el ahora. En un momento de la historia donde las divisiones ideológicas y políticas son cada vez más notorias, explícitas y hasta celebradas, es común que también exista cierta indiferencia o hasta un adormecimiento colectivo frente a estos conflictos. En el cine no es la excepción.

Durante la última década, el cine hollywoodense ha establecido la evasión y el escapismo como principal norma, siendo pocos los cineastas que todavía buscan la confrontación hacia la audiencia, imponiendo su visión autoral y enriqueciendo el sello que los caracteriza. Entre los realizadores contemporáneos que aún llevan su cine hasta las últimas consecuencias, se encuentra Paul Thomas Anderson.

Aunque la filmografía de Anderson ha sido muy elogiada por la crítica, no es un realizador extremadamente popular con las grandes audiencias, pues su cine suele evitar condescendencias y obviedades en sus argumentos. El cineasta tiene un interés particular por personajes a la deriva, repletos de defectos y de actitudes cuestionables. Anderson nunca los juzga, simplemente los deja ser dentro de sus universos de ficción, y siempre resultan entrañables.

Adaptación libre de la novela Vineland (1990) de Thomas Pynchon, One battle after another (2025) se trata de una reconciliación parcial entre Anderson y el público masivo, pues si bien se trata de una producción de más de 100 millones de dólares, también es un filme desafiante, incómodo y provocador. La cinta centra su atención en “Los franceses 75”, un grupo de rebeldes con sensibilidades anárquicas y que operan bajo acciones violentas en contra de la autoridad. Entre sus integrantes se encuentran Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) y Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio); ambos entablan una apasionante relación y conciben a una hija. Dieciséis años después, el grupo se

One battle after another, de Paul Thomas Anderson

disuelve, Perfidia desaparece y Bob se ha convertido en un alcohólico y drogadicto ensimismado. Su hija, Willa (Chase Infiniti) es una adolescente que trata de convivir lo mejor que puede

con su padre, sin saber mucho de sus acciones pasadas. En contraparte, el coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn), tiene motivos tanto profesionales como personales para capturar

a Bob, Willa y a lo que queda de aquel movimiento revolucionario, que en el presente se ha reorientado para apoyar a migrantes ilegales.

A medio camino entre el drama familiar, el thriller político y la comedia negra, One battle after another propone un retrato desolador de un país marcado por la violencia, el racismo, los grupos paramilitares, la supremacía blanca y los revolucionarios alejados de la idealización. Repleta de imágenes que hacen un paralelo alarmante con la realidad, como un campo de detención para migrantes, o una caótica manifestación en contra de la policía que termina en tragedia, se trata también de una reflexión autoconsciente del propio Anderson sobre el temor a traer hijos a un mundo que literalmente se está desmoronando.

Como el Bob de DiCaprio, el realizador sabe que ha llegado demasiado tarde para generar cambios significativos o, dicho de otra manera, para ser el protagonista de su propia historia. Lo único que les queda es darles esa misma fortaleza a sus hijos, llenos de incertidumbre, pero con esa vaga esperanza de que tal vez algún día las cosas mejoren. Tal y como ocurre en el emocionante clímax de la cinta, que sean capaces de alcanzar el terreno más alto y salir victoriosos por su cuenta. Al final, propone Anderson, es quizá la batalla más digna por la que vale la pena luchar.

Leonardo DiCaprio como Bob Ferguson, en One battle after another Sean Penn como el coronel Steven J. Lockjaw, en One battle after another

Intermediaciones estéticas

6Por Álvaro López-Limón

Indagamos, a través de tres casos históricos, la intermediación estética entre la música y la pintura. ¿Podemos explorar el condicionamiento estético y su mediación en la experiencia auditivo-visual del mundo? ¿Es posible un diálogo estético entre la música y la pintura? Cada caso es único, sin embargo, existe una cierta coherencia en cómo la música y la pintura entablan un diálogo estético.

En el primer caso, la primera colaboración o diálogo abierto se da entre Picasso y Stravinsky, a través de “Ragtime”, como una especie de retribución, ya que Stravinsky había dedicado un boceto de cinco compases de música de clarinete a Picasso. En el cartel de “Ragtime” de Picasso, una línea continua se enrolla alrededor de dos músicos a la vez que corta sus siluetas, a primera vista es el boceto con un movimiento fluido; pero, si observamos más de cerca las cabezas de los dos músicos, observamos una clave de sol completa y un par de corcheas barradas, subrayemos un detalle sorprendente, Picasso está integrando los símbolos de Stravinsky con los suyos. Para el caso del diálogo estético entre las obras

de John Cage y las pinturas de Robert Rauschenberg, este último creó cinco obras que en su conjunto llamó Pinturas blancas; su objetivo era crear una pintura que pareciera intacta, como si hubiera existido desde el principio, intacta y completamente pura. Por su parte, John Cage atestiguó que su decisión de crear 4'33” surgió tras ver las Pinturas blancas de Rauschenberg. La obra de Cage comienza cuando el pianista se sienta al piano y concluye 4 minutos y 33 segundos después. La tapa del teclado se cierra al final de la primera parte, se abre para la segunda, se cierra y se abre para la tercera. Concluye cuando el pianista baja la tapa por tercera vez. La obra invita a los oyentes a percibir los sonidos ambientales como sus elementos musicales centrales. A partir de ahora, podemos decir –siguiendo a Nicholls–, que Cage nos obliga a escuchar con más profundidad los sonidos ambientales, mientras que Rauschenberg nos enseña a mirar con más atención las imágenes ambientales, ambos –mediante un diálogo estético– han transformado nuestra relación con el arte.

Para el caso de Wassily Kandinsky y Arnold Shöenberg. Schöenberg era un músico con habilidades pictóricas, mientras que Kandinsky, un pintor que tocaba el cello y el piano. La similitud de ideas se expresa en los documentos, El estilo y la idea de Schöenberg y De lo espiritual en el arte de Kandinsky. En la pintura, El jinete azul (Der blaue reiter) de Kandinsky, la temática está claramente definida, así como está definida desde un principio la tonalidad de La noche transfigurada de Shöenberg; sin embargo, los vagos contornos de los elementos pictóricos de Kandinsky difuminan la importancia de las formas y priorizan el color sobre las formas definidas, del mismo modo que –como comenta Beaumont–, los contornos indefinidos de las líneas melódicas hacen de La noche transfigurada, una célebre pieza de música programática, para sexteto de cuerdas, en la que la funcionalidad armónica está casi ausente. Al parecer, tanto en la música como en la pintura, la experiencia existencial está modelada, es decir, es un continuum de intermediaciones estéticas.

*UAEH-UAZ. Referencias Auner, Joseph (2019). La música en los siglos XX y XXI. Ediciones AKAL. Beaumont, Antony (2000). Zemlinsky. Ithaca, NY: Cornell University Press; London: Faber.

Der Blaue Reiter, 1903. Obra de Wassily Kandinsky.
Pintura blanca [3 paneles] (1951). Obra de Robert Rauschenberg.
Póster Igor Stravinsky, “Ragtime”. Obra de Pablo Picasso.

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