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Semanal, 21/12/2025

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Todas las Navidades

SEMANAL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA JORNADA DOMINGO 21 DE DICIEMBRE DE 2025 NÚMERO 1607

Agustín Ramos, Marco Antonio Campos, Evelina Gil, Antonio Valle, Hermann Bellinghausen, Ana Clavel, Alejandro Montes, Javier Bustillos, Copelia Zamorano Marín, Víctor Ronquillo, Luis Tovar


LA JORNADA SEMANAL

Portada. Collage digital de Rosario Mateo Calderón.

2 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

TODAS LAS NAVIDADES ESPECIAL DE CUENTO La Navidad no es una: si bien, como es de conocimiento común, se trata de una festividad religiosa, concretamente del rito católico, tanto la Navidad como la Nochebuena trascendieron desde hace mucho tiempo los márgenes de la fe para convertirse en un evento ecuménico de significación plural, de tal modo que Navidades hay muchas y conviven, adaptadas a la naturaleza de todo tipo de culturas, pero al menos en teoría todas al cobijo de sentimientos como la armonía, la concordia y el amor. Algo muy distinto puede ser la Navidad de cada quien, la individual, cuyo signo dependerá de tantos factores como historias personales existen y que, por lo tanto, puede apartarse o ser radicalmente opuesta al ideal planteado tanto por la tradición como por la mercadotecnia. De esas Navidades versan los cuentos de este número especial.

Una Navidad inesperada Ana Clavel ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

YO SÍ CONOZCO LA NIEVE En un tren rumbo a Ámsterdam Mi amigo y yo bajamos a la estación

||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| DIRECTORA GENERAL: Carmen Lira Saade DIRECTOR: Luis Tovar EDICIÓN: Francisco Torres Córdova COORDINADOR DE ARTE Y DISEÑO: Francisco García Noriega FORMACIÓN Y MATERIALES DE VERSIÓN DIGITAL: Rosario Mateo Calderón LABORATORIO DE FOTO: Adrián García Báez, Israel Benítez Delgadillo, Jesús Díaz y Ricardo Flores PUBLICIDAD: Eva Vargas 5688 7591, 5688 7913 y 5688 8195. CORREO ELECTRÓNICO: jsemanal@jornada.com.mx PÁGINA WEB: http://semanal.jornada.com.mx/ TELÉFONO: 5591830300. ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| La Jornada Semanal, suplemento semanal del periódico La Jornada. Editor responsable: Luis Antonio Tovar Soria. Reserva al uso exclusivo del título La Jornada Semanal núm. 04-2008121817375200-107, del 18/XII/2008, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Licitud de título 03568 del 28/ XI/23 y de contenido 03868 del 28/XI/23, otorgados por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Editado por Demos, Desarrollo de Medios, SA de CV; Av. Cuauhtémoc 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, Alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México, tel. 55-9183-0300. Impreso por Imprenta de Medios, SA de CV, Av. Cuitláhuac 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, CP 02670, Ciudad de México, tels. 555355-6702 y 55-5355-7794. Distribuido por Distribuidora y Comercializadora de Medios, SA de CV, Av. Cuitláhuac 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, CP 02670, Ciudad de México, tels. 55-5541-7701 y 55-5541-7702. Prohibida la reproducción parcial o total del contenido de esta publicación por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores. La redacción no responde por originales no solicitados ni sostiene correspondencia al respecto. Toda colaboración es responsabilidad de su autor. Títulos y subtítulos de la redacción.

Me dio un beso aterido rno os Los copos -tenues- descendieron para tocarnos sin tocarnos Supe que eso era el Amor: Un estado de gracia que te habita y se aleja como un tren en la noche


LA JORNADA SEMANAL 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

La última llamada telefónica Marco Antonio Campos |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

HAN PASADO DIEZ AÑOS. Conocí a Cesare, señora Pivano, aquí en Turín una noche a principios de aquel agosto de 1950 en una sala de baile. Llegó solo, yo estaba sola, y se acercó adonde estaba. Me contó que estuvo hacía poco en Roma, donde le dieron un premio muy importante, y sí, en esos días supe que era un escritor famoso. Después de Roma había ido con amigos al mar y luego estuvo en las colinas de Las Langas. Bebimos un río y salimos a pasear. Salimos varias veces, pero me impacientaba su mal humor continuo. Yo era una muchacha que le encantaba divertirse; no era mi ideal de hombre, claro, no debo juzgarlo, era así, y basta. El señor Lajolo, un periodista y comunista turinese, que escribía su biografía, me buscó recién murió para entrevistarme, y supe, sorprendida, entre halagada y angustiada, que la última llamada telefónica me la hizo a mí. ¿A usted también le habló esa noche por teléfono y la invitó a salir, y usted no pudo? El señor Lajolo supo lo de la última llamada porque se lo contó la telefonista del Albergo Roma, quien le dijo que me negué a salir contestándole porque era un jetón y me aburría. Fui muy dura, pero ¿qué contesta una muchacha exasperada a un hombre oscuro y malhumorado de cuarenta años que no le interesa y a quien quiere cortar por lo sano? Pero debe haberle dolido en ese momento límite en que estaba lo grosero de mis palabras y cómo fueron dichas. ¿Cuánto habrá pasado ‒una, dos horas‒ para que empezara a beberse los somníferos? Fue hasta el lunes 28, cuando en primera plana en el periódico vi horrorizada su retrato, y leí que había ingerido en esa noche del 26 y 27 de agosto dieciséis sobres de barbitúricos en el cuarto de hotel que alquiló aquel mismo 26. Me sentí infinitamente culpable preguntándome qué habría pasado si hubiera salido con él. ¿Usted no reprocha mi conducta y dice que se habría suicidado de cualquier modo, que lo mío era una mínima posposición, que quizás había querido llevarse a la muerte una última imagen en femenina? Lo mismo me dijo el señor Lajolo, a quien conté de nuestras salidas, pero le pedí bajo juramento que no pusiera mi nombre en su libro. ¿Lo cumplió? Me alivia. El señor Lajolo y usted me han dicho que en los últimos seis meses estuvo enamorado de una actriz estadunidense, pero la relación no se dio sencillamente porque no era posible. Usted, que fue su amiga, lectora y confidente, me cuenta ahora que nadie de su círculo o de amigos, de Turín y Roma, puede aún entender ni aceptar que ya no viva, si lo último que ue publicó fue una obra maestra y acababa de ganar el premio italiano literario por excelencia. ia. ¿Sabe? Cuando paso frente al Albergo Roma, vuelvo la vista hacia otro lado. A veces creo oír el repiqueteo de un teléfono y me dan ganas de correr o llorar. Entonces me vuelve a la memoria una frase rase suya: “Clavo saca otro clavo. Pero cuatro clavos hacen una cruz.”

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LA JORNADA SEMANAL

4 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

Esa Navidad Alejandro Montes ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

NATALIA COMPRÓ EL pollo rostizado más grande que había en el local anexo a la panadería donde trabaj trabajaba. Antes de terminar su horario laboral tuvo que q limpiar y dejar en perfecto orden las charolas y las l pinzas del pan, así como ayudar en la li limpieza de los moldes y las bandejas para hornear. Se apuró para ganar tiempo y llegar lo más temprano posible a casa, pues había prometido a Aranza, su hija de cuatro años, y a Gloria –su mamá, que cuidaba a la niña mientras trabajaba–, llevar la comida para la cena. Natalia compró el paquete que incluía pollo rostizado, complemento que podía ser ensalada de zanahoria o puré de papa o sopa fría de coditos, salsa a elegir y refresco de dos litros. Como era Navidad, también llevó una baguette y un pastel pequeño de chocolate, pues era el preferido de Aranza. Pagó con un billete de doscientos pesos al señor Bulmaro, el rosticero del turno nocturno, quien le devolvió dieciocho pesos de cambio. “Feliz Navidad” fue la despedida cordial de ambos. El calor del horno de la rosticería se desvanecía a poca distancia por el viento frío de la noche. Natalia se cubrió el pecho con el suéter de botones, se dirigió a la estación Allende y de ahí a la estación Revolución. Mientras caminaba hacia el Metro, miraba los adornos y las luces de las calles del Centro. Las guirnaldas –con forraje de pino artificial, flores de nochebuenas de plástico, esferas pequeñas y lazos de colores entrelazados–, así como las luces brillosas de las series, colocadas en varias vitrinas de comercios, llamaban la atención de los transeúntes que también caminaban a esas horas. Natalia encontró afuera del comercio de camisas para hombres una cartera tirada sobre la banqueta. Le pareció extraño que nadie la recogiera. Si encontraba un fajo de billetes –pensó ilusionada–, lo consideraría regalo de Navidad que le haría tomar las cosas con calma, pues el gerente de la panadería le dijo que, por ser la más joven

de todas las empleadas, quizá a partir de enero habría recorte de personal. Natalia tenía diecinueve años y llevaba apenas cinco meses trabajando en la panadería. A los quince tuvo a Aranza y Kevin, el papá de la niña, desapareció cuando se enteró del embarazo. Cargó con una sola mano la bolsa con el pollo rostizado y con la otra tomó la cartera. No encontró nada de valor. Sólo tickets viejos y la fotografía de un muchacho como de la misma edad de Kevin. Miró con atención la imagen: un joven con cachucha de visera plana y las cejas con grecas rasuradas. Guardó la fotografía. Siguió apresurada rumbo a la estación Allende. El vagón del Metro lucía vacío: sólo unos cuantos pasajeros iban regados por los asientos del armatoste. En la estación Bellas Artes subió un ciego con una melódica desgastada por tanto uso. Entonó “Feliz Navidad” de José Feliciano. Ningún pasajero hizo caso a la música, sólo Natalia lo miró por un momento. Después sacó su celular para revisar el álbum. Con el dedo gordo recorría las fotos desde que Aranza era bebita hasta la actualidad. También miró las fotos donde salían juntas ella, Aranza y Gloria. No había ninguna de Kevin pues decidió

borrarlas todas después de que see fue. El ciego terminó de tocar la die melódica, pidió dinero pero nadie ra le dio nada. El ciego se sentó para ó en la estación seguir en el vagón y Natalia bajó Revolución. Salió del Metro. Caminó sobre Bernardino de Sahagún hasta Orozco y Berra. Entró al viejo edificio de departamentos de renta congelada donde siempre habían vivido ella, su mamá y ahora partamento –el Aranza. Al abrir la puerta del departamento la, la cocina y un cual sólo tenía dos cuartos, la sala, ió con un grito de baño completo–, la niña la recibió es del pequeño alegría: efusiva le enseñó las luces árbol de Navidad que estaba en la sala. Natalia la abrazó con gusto. Gloria preguntó cómo le había ido en el trabajo mientras le ayudaba con la bolsa de la comida. Cenaron con gusto el pollo rostizado. Natalia sirvió el pastel de chocolate y Aranza festejó con tremenda sonrisa de oreja a oreja. Natalia y Gloria sonrieron al ver cómo la niña disfrutaba el pastel de chocolate. Antes del último bocado, Natalia dio a Aranza la fotografía que había encontrado en la calle. Le dijo que era su papá. La niña se quedó helada ante aquella imagen. Gloria echó ojos de fuego a Natalia pero ella levantó los hombros. Después mandó a dormir a Aranza sin antes decirle que seguro Santa Claus le llevaría algún juguete por haberse portado bien durante todo el año. ¿Por qué lo hiciste? Gloria preguntó seria a Natalia pero ella se quedó callada sin saber qué responder. ¡Pendeja!, Gloria insultó a su hija y se fue molesta a su cuarto. Natalia levantó los trastes sucios para lavarlos. Después sacó de lo más alto de la alacena una muñeca Barbie y un estuche de maquillaje de juguete. Los colocó al pie del árbol de Navidad para luego ir a dormir en la misma cama de Aranza. En la oscuridad de la noche, abrazó a su hija: las dos lloraron silenciosas en esa Navidad ●


LA JORNADA SEMANAL 21 de d diciembre de 2025 // Número 1607

La navidad de los urus Javier Bustillos Zamorano |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

MI ABUELA FUE una de las últimas integrantes de la tribu uru que habitaba las orillas del lago Titicaca, del lado boliviano, donde la pesca, la siembra y el pastoreo eran las principales formas de vida. Me gustaba visitarla porque desde uno de sus cuartos de adobe se podía ver la inmensidad del lago que, sin saberlo, me hacía pensar en el mar que Bolivia no tiene y yo no conocía. Mis visitas eran cortas, pero una vez decidí estar ahí toda mi vacación escolar de diciembre, sin imaginar que en ese pueblo aymara iba a experimentar la mejor Navidad de toda mi infancia. El pueblo se llama Tiquina y el día allí comenzaba a las cuatro y media de la madrugada, cuando nos despertaba el canto, no de un gallo, sino de un burrito llamado Larama que rebuznaba en respuesta a otro que quien sabe dónde lanzaba su primer lamento. Mi abuela me dijo que Larama era mi hermano y que lo respetara. Que estaba ahí para ayudar con las cargas de papa y otros tubérculos que sembrábamos, no para montarlo ni jugar con él. Por ahí del 22 de diciembre le pregunté a mi abuela qué íbamos a hacer en Navidad. Le conté que en la ciudad poníamos nuestros zapatos en la puerta, para que Papá Noel nos dejara los regalos; lo del árbol y la comida caldosa de la Noche Buena, y los villancicos que cantábamos al Niño. Sus ojos acuosos miraron los míos y supe de inmediato que había dicho una sarta de tonterías que en ese sitio no significaban nada. Terminamos de limpiar las papas y ponerlas en costales. Antes de dormir, sólo me dijo que preparara mi mejor ropa para el 25 en la mañana. Mi primera sorpresa ese día fue ver a Larama limpio, como recién lavado. En vez de la sucia cobija que protegía su cuerpo de la carga, tenía un vistoso aguayo, que es una tela multicolor echa de lana de oveja. Sus orejas tenían aretes de hilos de colores y su cuello estaba adornado con un collar de flores. Mi abuela estaba vestida de gala: una mantilla roja y pollera verde y su sombrero nuevo; sus zapatos brillantes. No desayunamos y los tres tomamos el angosto camino que rodeaba el lago para llegar al centro del pueblo. Desde antes de llegar, supe que había fiesta porque nos recibió la música de unos veinte o treinta pinkillos, que son unas flautas de carrizo, sopladas por campesinos que también tañían tambores. Toda la comunidad estaba allí, limpios y bien peinados, y la mayoría hablando en aymara, que es uno de los idiomas oficiales de mi país. No había risas, pero sí mucha amabilidad. Mientras los hombres discutían algo, las mujeres extendieron en el piso grandes aguayos, donde aparecieron papas, huevos cocidos, quesos, panes de quinoa y pedazos de carne seca, que de inmediato fueron consumidos por todos, incluidos los músicos; uno podía ir de un aguayo a otro y tomar lo que quisiese. Una comida comunitaria que ellos llaman apthapi. Después de comer creció un murmullo, que creí que eran rezos, pero no; vi a todos inclinándose unos frente a otros: estaban agradeciéndose mutuamente por la comida, los mayores con medios abrazos y los niños con reverencias y diciendo tíos o tías a todos. El murmullo tardó en desaparecer, porque las gracias debían darse a cada uno de los que estaban en el lugar, si conocían sus nombres, por sus nombres, y si no, gracias tío, gracias tía.

Después, los mayores se fueron al centro de la plaza a elegir a las nuevas autoridades comunales y despedir a las anteriores. Sólo se oían las voces de los ancianos, que presidían la ceremonia. Yo sentí un jalón en mi brazo: era una niña de grandes trenzas y mirada dominante que me llevó con los demás, que se habían juntado en la orilla del lago. Me dieron una porción de barro con el que hicimos figuras de animales: ovejas, burros, llamas; yo hice las tres, pero la niña me dijo que tenía que hacer por pares: dos ovejas, dos burros, porque allí todo tenía que tener un compañero, no se admitían soledades. Terminadas las figuras, las enterramos cerca de la orilla y un tío nos llamó al centro de la plaza para dar lugar a la segunda ceremonia, la de los niños. Así como los mayores eligieron a sus nuevas autoridades, los niños debíamos elegir a los nuevos awatiris, es decir, a los nuevos pastores y despedir a los anteriores que habían cuidado el ganado de la comunidad durante el año que terminaba. El pastor que se iba le entregaba una vara y un chicote al nuevo, que los recibía con toda la seriedad de la circunstancia. Al cabo, recomenzó la música de los pinkillos y me asaltó una extraña y repentina alegría que me llevó a unirme al baile general. Bailamos hasta que nuestros pies se hincharon. Algo que me llamó la atención es que no se bailaba por parejas: todos bailaban con todos y en sus mismos sitios, dando vueltas sobre sí mismos, sin risas ni gritos, ensimismados, con la vista en el piso, llevados por la repetitiva e hipnotizante melodía de los instrumentos de viento, que sólo la noche hizo que callaran. Al día siguiente, mis padres fueron por mí y me llevaron de nuevo a la ciudad. Me perdí la segunda parte de la fiesta: ese día, los niños y sus padres desenterrarían nuestras figuras y las rociarían con alcohol, dulces y hojas de coca, para que el año entrante no faltara el ganado, que para eso hacíamos las figuras. Han pasado cincuenta años de aquella Navidad y ahora hay días en que ‒no sé por qué tontería‒ me despierto a las cuatro y media de la madrugada y ya no puedo dormir. Aguzo el oído a la caza de cualquier ruido, cualquier sonido, como esperando que de un momento a otro oiré el rebuzno del querido Larama que me hará saltar de la cama y salir a esperar junto a él, al perezoso sol que a esa hora apenas está abriendo un ojo ●

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LA JORNADA SEMANAL

6 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

Una tarde prenavideña Copelia Zamorano Za Marín ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| ||||||||||||||||||||||||||||||||

DEBÍAMOS TERMINAR el ensayo. Habíamos dedicado meses en el laboratorio al estudio de la biología molecular del axolote, ese animal mexicano con el genoma más largo que ha sido secuenciado hasta ahora: de manera sorprendente, tiene la capacidad de regenerar extremidades amputadas, lo que implica la reconstrucción de músculos, nervios y huesos. La técnica de secuenciación genética nos había permitido conocerlo mejor y restaba dar las últimas pinceladas a las conclusiones de la investigación, lo que no era cosa menor. Olga llegó más o menos puntual, media hora después de lo acordado, probablemente porque hice hincapié en que sería una sesión corta para que ella se fuera a una cena familiar. Nos reuníamos para resumir los hallazgos más recientes y avanzar en el resultado del proyecto antes de unos días de descanso, así que el encuentro debía ser provechoso. A ambas nos interesaba el axolote, era el tema de estudio de su maestría y yo llevaba varios años concentrada en el enigmático animal, así que ella se sumó a mi aventura de conocer el funcionamiento de las células residentes de nuestro compatriota anfibio, que se reprograman y desdiferencian, es decir, pierden su identidad y se convierten en células madre para formar un blastema, que es la masa precursora del miembro a regenerar. Esa tarde, Olga, de cabello corto y despeinado, apareció en la puerta con un suéter guango ango azul cobalto, minifalda a cuadros sobrepuestos en tonos azul y negro, botas de gamuza negra de tacón alto a medio muslo, una botella de Rioja y una sonrisa. Se separó de sus inseparables jeans, de la back pack, de la monótona bata blanca y del casi automático mohín displicente que emergía con facilidad, aunque no estuviera en medio de uno de sus acostumbrados berrinches. Me dio la botella y entró directamente a la sala, sin siquiera echar un vistazo a la cocina de la cual todavía emanaba el olor de las galletas que recién yo había horneado. Por cortesía encendí el árbol y abrí el vino. Por la misma razón, le pedí que g escogiera la música. Para cuando serví las copas, se había acomodado en la silla de ratán de la esquina, con los brazos apoyados sobre las piernas cruzadas, las manos laxas y la mirada extraviada en el parpadeo de las luces de colores. Me senté en el sillón de enfrente. Cuando recibió la copa que le acerqué hizo un ligero ademán de brindis. En un esfuerzo por aliviar la tensión, bebimos y platicamos del tema obligado: las fiestas. Mientras, en la habitación de junto, la computadora ya preparada para la jornada prometida, paciente y resignada, entró en modo hibernación. La calidez de los foquitos del árbol, que aumentaban su resplandor en la medida en que la luz de la tarde menguaba, se esparció por la habitación y decidí no torturarme con la idea de avanzar en el proyecto. Olga O se sirvió una segunda copa de vino y abandonó el hábito nervioso de morderse el labio inferior en su extremo izquierdo. iz En algún momento, mientras rozaba con el índice derecho el borde de la copa, la chica tocó el tema de la danza, dan yo sabía que tomaba clases pero no habíamos hablado de ello. De ninguna manera se trataba de hacer ejercicio, tampoco p era un pasatiempo: p p aunque q no pensaba p bailar profesionalmente era una actividad que le inquietaba el alma, se la llenaba. Olga fue cambiando la expresión indolente por po otra suave y audaz. El vino, la música y una pulsión, quizá hasta entonces ntonces adormecida, inocularon en mi invitada invi una energía que yo desconocía.


LA JORNADA SEMANAL 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

A los primeros acordes de Want to be bad de Foxxi, descruzó las piernas, echó el cuerpo hacia adelante e inició un balanceo acompasado con la música. El flequillo inquieto siguió el movimiento de la cabeza, se remangó el suéter, se humedeció los labios y su torso, ahora dúctil, se ensambló al ritmo. El vaivén deslizó el suéter por el hombro derecho, que quedó cruzado sólo por la tira negra del sostén. Sospecho que dejé de parpadear y espero haber tenido la boca cerrada cuando Olga se levantó y movió las caderas de manera circular, levantó un brazo, pasó el otro por atrás de su cuello, echó la cabeza hacia atrás, entornó los ojos. Ella subió el volumen, y yo, aún sentada, arrinconé la mesa. Se detuvo en seco dándome la espalda, con las piernas separadas y bien apoyadas empezó a inclinarse hacia adelante con insospechada seguridad, dejándome notar sus caderas firmes bajo la falda tableada de tweed. Se reincorporó y por encima del hombro me miró de soslayo, giró sobre la pierna izquierda y remató la secuencia con el lanzamiento semicircular de la pierna derecha que formó un amplio y perfecto abanico. Vi la fuerza de su ingle. Sin perder la cadencia, apoyó las manos en el brazo del sillón y acercó su cara a la mía, que estaba de piedra. Seguí respirando porque es una función biológica involuntaria. Pude sentir su aliento y sus ojos brillantes atravesaron los míos. Dio dos pasos hacia atrás y se acercó de nuevo, puso un pie encima del brazo del sillón, la pierna de apoyo imperturbable y sus manos tocaron mis desconcertados hombros. Olga ocupó el espacio con absoluto control, como si alardeara ante un gran público invisible. Las luces navideñas fortuitamente aderezaron el ambiente con un toque de andanza nocturna. Su disfrute era total: ¿el baile?, ¿la música?, ¿su dominio? Cuando se quitó el suéter, vi cada músculo sugerido en esa espalda firme, apenas dividida del cuello al coxis por el surco vertebral. Al voltearse, relucieron algunas gotas de sudor entre sus pechos, semicubiertos y realzados por un encaje obscuro. El alto volumen de la música y la cercanía de ese abdomen fuerte y vivo me hicieron sentir que estaba bajo la presión y el ahogo de varios metros de agua. Después, seguí el impulso de sumarme al tarareo de sus labios, húmedos y seguros, y regresar a la edad de la pasión irreflexiva. Entre la agitación y el aturdimiento, sentí el beso profundo, salivoso y largo. Sorpresa. Resistencia. Insistencia. Rendición. Ese gozoso e indetenible sometimiento obnubiló el hecho de que estábamos en la sala de la casa que desde hacía veintidós años yo compartía con Alejandro. Los muebles de madera sólida y rústica, una buena gama de tonos beige y azul pálido en cojines y frazadas descuidadamente acomodadas y los libros desiguales que flanqueaban al mobiliario. Esa habitación, con una amplia ventana que daba al jardín, era nuestro espacio de lectura, de plática y de reunión, de peleas y de memorables reconciliaciones. Con intranquila obediencia, me dejé guiar por la joven. Cedí a su peso liviano. Su cuerpo inquieto e inquietante me cubrió a lo largo del sillón. Sentí su tibieza y apenas me abandoné, evitando pensar en ese hecho casi inimaginable, me murmuró al oído: “hoy me toca a mí dirigirte a ti”. Al ritmo sincopado de la música, montada sobre mí a horcajadas, reincorporó el torso y desabrochó la falda escocesa para dejar a mi vista la prenda ajustada de encaje negro mate. Otro beso completo aceleró mi pulso. Me gustó la extraña caricia a un cuello delgado, una espalda menuda, unos brazos lisos, una cadera voluminosa, unas piernas sin vello y el leve aroma entre ácido y dulce, contrastante con el sudor penetrante, el cuerpo pesado y los músculos marcados del macho. Quizá sería interesante incluirlo alguna vez. Pero en ese imparable momento éramos nosotras. La filigrana de tela suave, negra y mate contrastaba con su piel blanca todavía más tersa, húmeda y vibrante. La oscilación sobre el sillón era menos vigorosa que la que yo recordaba, pero intensa y decidida. Si en un momento hubo vacilación y titubeo, para entonces reinó la determinación. Todo era tibieza en ascenso. Todo era complicidad, confusión deseada e intercambio pactado. Iban Iba y venían fluidos entre respiraciones irregulares.

Olvidé que Alejandro venía de la comida navideña de la oficina. El buen ánimo que se impuso para participar en el intercambio de regalos, se evaporó en el trayecto urbano característico de la segunda semana de diciembre, modelo arquetípico de la neurosis colectiva, digno de estudio antropológico. Su hastío se intensificó cuando al bajar del coche oyó el volumen de la música, lo que le faltaba, otra vez la incontrolable vecina adolescente. Ni modo, un obstáculo más en nombre de la convivencia. Detuvo su paso fastidiado cuando abrió la puerta de la casa. El sonido venía de ahí. Cerró la puerta tras de sí pero no se atrevió a avanzar. Por razones de seguridad hay cámaras de vigilancia, algunas externas, una en la cocina y otra dirigida a la puerta que da al jardín, que permite una visión amplia de la sala. Con un movimiento dactilar nervioso abrió la aplicación de su celular y vio por medio de la cámara. La imagen no era tan nítida como le hubiera gustado, pero sí lo suficiente para distinguir dos cuerpos en contienda amorosa. Enseguida desechó la posibilidad de que fuera Alejandra; su hija estaba de viaje. Desafiando el hueco en el estómago, con la espalda rígida y la boca súbitamente seca, observó. Un vahído lo obligó a recargarse en la pared, pero no dejó de mirar. ¿Se trataba de un alumno del primer año, de ésos de apariencia andrógina? ¿De ésos que a ella le fastidiaban por los modos aniñados todavía arrastrados de la prepa? El cambio repentino de un día predecible lo mantenía inmóvil. Después de la fiesta con los compañeros de trabajo, que en esencia era la misma año tras año, era testigo de una escena inesperada y no agradable. Cuando su mirada, tan perpleja como curiosa, descubrió que era un juego de Ellas el sudor frío disminuyó. El hombre moderno que era le daba la posibilidad de estar abierto al cambio. Empezó a disfrutar de la silueta joven y desconocida que transmitía la pantalla, las caderass y las piernas torneadas. También le gustó el cuerpo femenino,, tan familiar, en esa nueva faceta. Entonces la música perdió su u estridencia. Intentó acallar sus pasos cortos y osados. Todavía mirando el celular, se acercó al escalón del pasillo. Notó las sombras bras activas de ellas interponiéndose al reflejo de los focos del árbol bol sobre el baúl colonial, le pareció que las mujeres se movían all ritmo de la intermitencia de las luces. Dejó el celular en una repisa episa para admirar esa realidad que le abría un universo nuevo. Jadeos y susurros de timbre suave se unían a los muchos abrazos azos de ellas. Sin remedio estaba más cerca. Viendo, oyendo, oliendo, do, a punto de palpar. Su mirada se mantenía firme aunque los músculos de las piernas sufrían diminutas vibraciones constantes, s, como las de un motor eléctrico. Trató de no hacer ruido al tragar gar saliva. Yo mantenía los ojos cerrados, quizá por una idea romántica mántica o por un prejuicio o para sentir con mayor intensidad nuestros roces, hasta que un repentino frío se adhirió a mi nuca. a. La mirada de Alejandro sobre nosotras me detuvo de tajo. Olga sintió ntió que mi suavidad y acoplamiento se transformaron en un duro o rechazo. Fue el regreso brutal de mi cordura. Sin enderezar el cuerpo, uerpo, por encima de su hombro, ella lo miró con irreverente confianza fianza y, sabedora de su encanto, a través de un gesto travieso lo o invitó a disfrutar de nuestro placer. Me besó y yo respondí. No le molestó su presencia pero no era fiesta de tres. O sí, si mirar era a participar. ti i Con esa decisión propia de la aventura, Olga esparció ció su naturalidad y nosotros nos dejamos contagiar. Nos tranquilizamos. uilizamos. Yo, abajo de ella. Él, de pie cerca de nosotras. Lo dejamos mos ver de cerca esa lucha homogénea e inatajable. Pudo observar ervar cada avance y retroceso, cada reacomodo, uno por uno, sin n censura ni apremio. La delicia del combate directo y equitativo. vo. Frente al ventanal empañado, él recogió el encaje desperdigado en el piso, lo sintió y lo olió. Alejandro comprendió endió que, aún sin invitación, fue bienvenido, aparte pero dentro. Entonces empezó a sentir otra vez un cosquilleo. Sí, fue nuevo e impredecible. Sonrió. Se sirvió un whisky ●

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LA JORNADA SEMANAL

8 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

La ropa sucia Hermann Bellinghausen |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

QUÉ DIFÍCIL TENER CIENCUENTA. Lo descubrió un día Heberto Paredes como quien descubre el u hilo negro. La súbita conmiseración que sintió h por sí mismo nada tenía que ver con lo que ya era p ssecreto a voces en el círculo de Irma, su esposa, fformado por las esposas de otros, los y las colegas del Instituto donde ella trabajaba, los amigos y d amigas ancestrales: “Heberto está perdido, uno a más que cae en la crisis de la edad”. Circulan libros m de autoayuda o de mujeres cabronas que docud mentan el fenómeno. Pero Heberto no lo sabía, m apenas se venía enterando, y no mucho. Lo olvia daría pronto, entre la evasión y las trampas de la d memoria que, dicen las señoras, hacen tropezar a m llos señores. Saber consumida la mitad de un siglo, y más de lla mitad del jamón del que le tocaba, lo impressionó recio y en seco. La gente a su alrededor, en ssu mayoría más joven, lo notaba raro, pero nadie hallaba cómo mencionárselo sin ofender. No que h anduviera con exploraciones sexuales atípicas en a éél, o que las sustancias que se metía lo hubieran desequilibrado. De pronto le dio por la salud. El d eejercicio compulsivo, el correr por la colonia, la dieta proteínica y bien vitaminada. d Una noche, después de un oso que él armó y lo avergonzó a los diez minutos, le pidió a Irma que a lle diera un tiempo y ella, después de sobajarlo un rrato, se lo concedió. Se apresuró a poner un departtamento como de estudiante, algo que en realidad nunca había tenido, y se clavó en sí mismo, conn vencido de que él era la persona más interesante que conocía, y la vez dolorosamente inseguro de su valía y de su apariencia, que suponía en declive, aunque al reflejarse en un espejo se encontraba igual. Como diagnosticaba Irma, estaba atrapado entre el síndrome de Dorian Grey y el de Peter Pan. No tenía tiempo para preocuparse por la opinión de su mujer (¿acaso ex?). Pero también le dio en la frente que le entregaran su medalla de plata por cumplir veinticinco años de maestro en la universidad. Lo abismaba el tiempo transcurrido. No tuvo hijos. No con Irma. Con otra, posiblemente. Un remoto brinco de juventud para nunca volverse a ver con una compañera de la carrera. Desde los primeros años, Irma lo convenció en hacerle así, y él aceptó resignadamente, pues la amaba. Sumaron muchos años juntos y estables. Heberto pensó que necesitaba cambiar de vida. Qué original. Se sentía dispuesto a lo que fuera. Irma le dijo que nadie cambia, y menos los hombres, pero ok, que lo intentara. Como en las películas gringas, él aseguró al despedirse de ella, en principio temporalmente: ‒Te prometo que todo va a salir bien, ya verás. ‒Cómo puedes prometer algo así ‒replicó Irma‒, es una tontería monumental. Nadie sabe qué va a pasar. Puedes desearlo, pero no prometerlo.

Bajoneado por su crisis y por la “verdades demoledoras” que Irma guardó para la ocasión y las soltó sin piedad a manera de despedida, se embarcó en un ritmo de vida insomne y etílico, en la creencia de que así encontraría el camino. Y sí, lo encontró, pero no como él esperaba. Ni la vio venir.

◆ La vida solitaria creó la necesidad de lavar la ropa, algo que la lavadora hogareña resolvía casi sola. Una tarde caminaba rumbo a la única lavandería en el rumbo donde tú mismo lavas tus prendas y las doblas, y que le proporcionaba una hora o por ahí de lectura y escucha de música con audífonos. Iba con su costal de trapos y lo interceptó algo que no pudo ver, sintiéndolo hasta el fondo. Detuvo la marcha. Lo alcanzó un olor agrio. Giró hacia atrás. A tres metros lo contemplaban un chico y dos chicas de aspecto provocador. El hombre montaba una moto, orillada a la banqueta. Las dos mujeres parecían haber brotado del aire. Una de ellas, en pantalón holgado, negro, tenis y una camisetita de casi nada, se aproximó a él, interpelándolo con los ojos. ‒¿La conozco, señorita? ‒Profesor Paredes, a lo mejor no me recuerda. Tomé una clase con usted hace no tanto. Metodología de la Investigación. Uta, la peor, pensó Heberto avergonzado. Era una asignatura que cubrió en una emergencia postcovid 19 y acabó quedándosela por unos cuantos pesos más de sueldo. No la recordaba. Tampoco a los otros dos, que lo saludaban sonrientes. Se enteró de que los tres fueron a su clase. Él dedujo que habrían cambiado de apariencia, y quizás de actitud. Hoy no le hubieran pasado desapercibidos. La chica le dijo: ‒Está en su día de suerte. ¿Qué carga ahí? ¿Su ropa sucia? Déjela y síganos. Sí, déjela en el suelo, ya no la va a necesitar. Lo de menos fue su sorpresa. La autoridad en la voz de la chica y la afabilidad de sus acompañantes le resultaron irresistibles. No tenía nada que perder. Ni tiempo. Y pinche ropa usada mil veces. Le pusieron un casco y lo subieron a la moto del joven, a quien tampoco reconoció. Las chicas salieron en otra motocicleta que Heberto no había visto y arrancaron de un tirón. Nunca había usado un casco, y menos uno tan absoluto como ése, un poco más y de astronauta. Había decidido no preguntar ni preguntarse, quitar hasta la última astilla de su habitual reticencia y dejarse llevar. Su cerebro cubierto por una armadura y la ventanilla para los ojos abierta a un mundo a través de un cristal le pareció, de momento, lo mejor que le podía pasar ●


LA JORNADA SEMANAL 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

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Dos de fut* Agustín Ramos |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

El revés de morir

Tierra baldía La vida, el revés de morir. Guillermo Thorndike

PIII, CÁMARA HÚNGARA, área chica. Árbitro vendido, ese tiempo de compensación. Agrega más, árbitro. Un suspiro o una eternidad. Piii, oportunidad de oro, bandeja de plata. Disparo. Gol. Crack. Crujido. Piii, atrás olor a pasto, al frente las asistencias cruzan un bosque con ojos de lechuza, muslos brillantes y torsos translúcidos, para tapar el chisguete que tiñe tu calceta. El silbatazo inicial transforma el tiempo, deforma leyes, te voltea al revés. Piii. Donde iba remate de cabeza fue un hoyo negro que se arremanga bordes descoloridos para cargarte, ¿a dónde? Piii, cuando pasas de la camilla al carrito de las desgracias alcanzas a oír fractura expuesta de tibia. Piii, banderines a favor y en contra, globos, cornetas, confeti lero lero, lamentaciones en las gradas y los palcos, ruido. Túnel sin luz al fondo. Te aferras a la órbita donde tú eres sol y piii los demás, planetas, gente querida, temida y odiada, comentaristas y villamelones, aficionados expertos. pertos. Piii, la anestesia anestes local cubre un dolor que todavía ni empieza. ieza. Ulula la ambula ambulancia. Piii, volverás como leyenda, nunca máss de carne y hueso (hu (hueso roto, sabe a sangre, náuseas, niebla). Piii, ii destello ii, destello. Comienza la operación. Sueña que le ganas al dueño ño del balón ●

PUNTUALITOS TODOS, TITULARES y banca. Jm, como si jugaran en Wembley y no en el Coloso de San Judas, donde ni de milagro caían gotas de arriba, cuantimenos que el equipo perdiera o ganara por las buenas. Y aunque siempre vinieran todos con su señora cruda, hacían como que se concentraban para entender los mandatos del DT, también conocido como el profe. Al equipo le apodaban la Esperanza Verde, o la Verde Amarela, por el color de San Juditas de las camisetas que donaba Jumex (calzoncillo, medias y tacos corrían por cuenta de los jugadores). Pero acabaron llamándole la Esperanza inútil, mj. El viento de por aquí, más bueno para alborotar polvaredas que para despejar el ambiente, arrasaba parejo con las nubes que querían volar sobre la cancha. El DT padroteaba el potrero, y el equipo tenía que ganar, perder o empatar, a conveniencia del halcón de don Sansón. Lo primero era apoquinar para el lonche del DT, para el árbitro y para la propina del tencua que marcaba las líneas del campo con bote de cal y palo de escoba. Las malas lenguas decían que el palo era del DT y que el aguador le soplaba el silbatito que traía colgando en el pescuezo. Mj, puras habladas, cero pruebas. Hecha la coperacha, el DT ponía en el suelo once credenciales (foto infantil, sello en un cachete y grapas en la frente y la barbilla) para plantear la formación, las rotaciones y las marcas personales o por zona, así decía él. Jm, también decía que el aguador, los de la banca y hasta el tencua, éramos tan importantes como los del cuadro titular. Pero el único pendejo que le creía era el tencua. Porque puesto seguro nomás lo tenían el Cuau, volante creativo jorobado, y el Garrincha, carrilero cazcorvo. Los demás entraban a la alineación por su puntualidad, por haberse mochado bien o por tener vara alta, como el güerito de rancho que ahí vio su debut y despedida. Y ésta sí que no es hablada. El DT hacía berrinches marca La Chilindrina cuando el líbero dejaba una avenida Corrientes 348 segundo piso ascensor. Pero se encabronaba igual, o puede que hasta más, si un gol le desbarataba el enjuague. Peor tantito si el anotador creía merecer felicitaciones, como pasó con el güerito, que vino a la banda a recibir su apapache y él lo paró en seco haciendo bocina con las manos, ¡indio de mierda, qué tanto celebrás, boludo, si fue macana del portero! Y es que a él el llano le servía de tapadera. Pero después de aquel juego ya no recibió aquellito del que también vendía aguas de fruta, chicharrones con salsa Valentina y jícamas con sal y limón. Y bueno, me comentó entre porras y mentadas del respetable público, Coca Cola bajo el brazo como suero intravenoso y bocado de milanesa a medio masticar, la verdad nosotros generamos más oportunidades y tuvimos más llegada, ¿viste?, pero así es el fútbol. Yo, mj, como quien oye llover. Porque el desaire al güerito de rancho le cayó gordo hasta al tencua (me consta porque éste le dijo al aguador, muy recio pero muy acá entre nos, ete che pdofe ya me tie hata la madge). Yo nomás suspiré, mj, una piedrita más, otra de tantas. Pero fue esa piedrita la que acabó de llenarle el buche a Sansón de las Patadas y Sansón de las Patadas le puso al DT su estate quieto entre ceja, oreja y madre ● *Del libro 71 cuentos completos.


LA JORNADA SEMANAL

10 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

Ella te ama, Radiohead Antonio Valle ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| ||

A Luis Tovar Tengo el corazón de un loco, oscuro y sombrío. Lao Tse

◆ ELLOS VIVEN EN El mapa del amor. Aunque pobres, leen poesía, toman té y casi son felices. Como necesitan algo de dinero para los regalos, inventan un juego divertido. Sólo el azar, en la última vuelta de los dados, hará posible que esta historia navideña acabe en un territorio ilimitado. Como su amada es la crupier, sin pensarlo mucho, deja que ella sea la que apueste. No sabe que Cathy ha hecho algo que la hace aparecer como la chica que le vendió su mundo a un pobre diablo.

◆ SIGUIENDO EL plan -al pie de la letra- el chico escapa de su perseguidor. Mientras escucha “She Loves You” en la radio, acelera un viejo Ford Victoria y se interna en el bosque. Sintoniza el programa donde un poeta galés le ofrece una salida: Siempre hay un mundo más allá del tuyo. Rápidamente olvida el aforismo y estaciona el Ford en un claro de luna. La iluminación le recuerda a Cathy cuando dice: Contemplad sin vértigo la extensión de mi inocencia.

◆ COMO SUELE suceder en este género de historias, el policía es un clásico traidor. Le susurra en el oído una infame y convincente felonía. Al desprenderse de la Vía Láctea que inventó con Cathy, el chico cambia para siempre su destino. Escucha el rumor de un disco; piensa que baila con ella, pero Cathy y él son sombras nada más. Gira en una comedia, a veces sublime, a veces nauseabunda, hasta que desesperado le prende fuego al mapa del amor. Ahora, en su cabeza, arden Cathy y él, como Paolo y Francesca –o como Bonnie & Clyde– en el infierno. Toma un trago. Se asoma a verse en un espejo y no ve nada.

◆ INTENTA VER hacia afuera pero mira adentro. Se ha convertido en el cronista involuntario de una insania. Exagerando sus heridas y aventuras, se hunde con el Ford, antes victorioso, en la montaña inversa. La caída es de noventa grados y el embudo es infinito. Mas el argumento del agujero negro ha sido demasiadas veces repetido. Para liberarse del plagio, su yo profundo habla, pero él no reconoce esa lengua misteriosa. Tal vez un dios humano, sabio y loco, transfigure a Cathy, para que deje de ser La yegua de la noche. Espera que Buda lo ayude a silenciar su voz enmascarada: Bienaventurados los que saben contemplar su propia soledad en calma. Como no comprende la sentencia de El despierto, continúa blasfemando para someter al perro policía.

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COMO ES LECTOR de poetas estrictamente no profesionales, harto de versos ingeniosos y babosas emociones, una vez que se exilió de la realidad, fiel a la verdadera historia del niño dios, recuerda a Cintio: …te seguimos buscando, Arthur Rimbad… con el espíritu de los pobres y en los blanquísimos acantilados de la mañana… Sin embargo, el amanecer no llega –y está muy lejos de encontrar al deslucido otro yo. Por eso, este, el fugitivo, se ha convertido en el perseguidor y flota en un río de aguas negras. En medio de la revuelta sensorial se pregunta por qué perdió a Cathy, cuyo origen inglés no le es extraño, pero tampoco eclipsa su linaje mexicano, tahitiano y oriental.

DURANTE EL EXPANSIVO solsticio invernal al fin habló la vieja niña: –¿Tú crees que una tirada de dados jamás abolirá el azar? –Me recuerda al Ford como un metafísico volado vacilando en el río. –Tal vez sea uno de esos peces dorados ondulantes. Son tan antiguos que parecen existir antes de que alguien inventara a Dios y al río. Y aunque luches entre el sí el no, y estés oculto y no lo estés, el azar no existe. Creo que llegó el momento de volver a casa. La aguja de diamante se desliza en el espejo de ónix: Escucha: ella te ama, Radiohead…

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LENTAMENTE SE convierte en un guerrero oscuro. Como Travis, en el desierto de Texas, o el más amado adolescente, se arrastra hacia París, pero tropieza en el puerto de Marsella. Recorre las arenas ardientes que separan al baño de la cocina. Aunque el xólotl calcinado no encuentra el camino de regreso a casa, observa una fotografía antigua donde sonríe una muchacha. Como Dylan Thomas y Rimbaud, aunque misteriosa, la criatura no está muerta; suelta la pequeña esfera que gira en la ruleta. Cae en el corazón donde arde el policía, cía, la madre no habla y la amada es loca. oca. Su pequeño pequeeño mundo se cubre de cenizas.

EL JINETE AZUL se dirige al este; desciende de cumbres borrascosas. A lo lejos, la pequeña Cathy limpia el polvo de una esfera; piensa en un regalo: Son Caballos, caballos salvajes. Algún día los montaremos… Bajo el sol nocturno, entre las dunas de Áden y Harar, azulea el hombre con los reyes orientales; cabalgan en sus bestias fabulosas. Abren blanquísimos acantilados de la mañana… ●


LA JORNADA SEMANAL 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

Plum Evelina Gil |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

LA CAMPANITA QUE indicaba el ingreso de un cliente a la tienda vintage sonó. La mirada de Julieta Ceferin voló hasta un sombrero de corona abovedada y ala ancha, sin adornos, y un color ciruela exacto en la cabeza de un maniquí simplón y la tienda se llenó de la fragancia de dicha fruta. La propietaria de la boutique no paró de parlotear sin siquiera advertir que aquel filtro ambulante de breve cintura volaba hasta aquel rincón polvoriento al que nunca se hubiera atrevido a invitar a una de sus más distinguidas clientas, agobiada con montones de prendas que había estado eligiendo cuidadosamente desde principios de diciembre cuando la nepobaby más influyente manifestó interés en lo más original de entre su mercancía para la Posada Internacional de Influencers cuyo tema sería Abuelos de los ochenta. Julieta no mostró un mínimo interés en las prendas que tan exhaustivamente habían preparado para ella y la dueña cobró la chuchería como si se tratara de un Philip Treacy recién salido de fábrica. Apenas llegar a su principesca habitación, Julieta se lo probó ante el espejo. Se deslizó por su cabeza como hecho a la medida. Como si ella hubiera dado instrucciones precisas para que combinara a la perfección con su larga y lisa cabellera castaña rojiza y el sutil tinte rosado de sus mejillas. Se

contempló desde todos los ángulos en su espejo de cuerpo entero, exultante de satisfacción, hasta que una serie de imágenes ajenas a la maravilla del instante cruzó en zigzag por su memoria. Experimentó una abrumadora tristeza que nada tenía que ver con su reflejo en el espejo; un ardor en el estómago, un jaleo que la forzó a dejarse caer hecha ovillo en su cama para no caer. Faltaban doce días para la Posada Internacional. Julieta se acostaba pensando cómo concretar su outfit. Haría un poco de trampa: recurriría a la costurera de su madre para que le confeccionara un vestido tipo Molly Ringwald que combinara con su sombrero, pero cuando finalmente se sumergía en brazos de Morfeo la atacaban sueños por completo atípicos. Porque ni soñando dejaba de ser la mimada del público. Ahora no soñaba en primera, sino en tercera persona. Una chica rubia, hermosa, de larguísimas piernas, remojando algodón en agua para luego atiborrarse la boca. Esa misma chica revolcándose como animal herido sobre un piso de duela; experimentando una sensación intolerable de suciedad, de viscosidad, de fuego en el esófago. Julieta despertó húmeda de lágrimas, como no le sucedía desde que a los siete años empezó a escuchar por todas partes que sus padres se divorciarían, cosa que finalmente no sucedió, aunque a veces hubiera preferido tener que superar ese trauma a presenciar la rampante hipocresía de una pareja que fingía honorabilidad de puertas para afuera, pero no les interesaba que su única hija estuviera enterada de esos arreglos que ellos nombraban “civilidad”. El día de la Posada, Julieta coronó su arreglo con el sombrero plum. Apenas deslizarlo por su cabeza experimentó un abrumador peso sobre los hombros pero optó por enderezarse hasta que le dolió el cuello y abandonar su casa con la arrogante postura que la caracterizaba. Todos en aquella suite del hotel más caro de México aguar-

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daban la entrada triunfal de una de las modelos (instagramer) mejor pagadas no del continente sino del mundo; la hija del galán de telenovelas más adorado de los ochenta y noventa convertido en empresario hotelero y una socialité y actriz aficionada de origen esloveno cuyo apellido adoptó la joven. Estaba habituada a generar un montón de bulla con sus apariciones triunfales. Había nacido frente a una cámara, era su estado natural. Esta vez, sin embargo, pese a que su cuidada sonrisa emergió en cuanto entró en cuadro, había algo en su actitud que desconcertó tanto a los presentes como a los que ansiaban verla aparecer desde cuartos hediondos, a miles y millones de kilómetros de ahí. Nadie reparó en el sombrerito plum, solo en la totalidad del outfit, genial para no variar. No existía la mínima duda de que ella fuera Julieta Ceferin, porque sólo ella tenía ese porte de princesa caprichosa, y ese maquillaje que hacía pensar en una cruza de hada y geisha y la célebre cabellera que capitalizó a través de su propio champú. De lo que carecía era de esa mirada maliciosa. Había algo raro en su expresión, como si no conociera del todo a quienes arrojaban confetis, serpentinas y espuma de champán sobre ella. Las cámaras captaron algo insólito: un destello de infinita tristeza en su mirada; un inusual desequilibrio pese a no acarrear sus habituales stilettos, un impulso de dar media vuelta y esquivar indeseados abrazos, tirones de pelo y caricias obscenas que exponían la intimidad sostenida por algunos de los presentes. Intimidad. Qué palabra más carente de significado. Palabra abuela. En medio del follón transmitido como evento VIP en YouTube, muchos juraron que Julieta se había desvanecido. Otros tantos, que una desconocida joven rubia y desgreñada, surgida de la nada, abandonó el salón a grandes zancadas, aunque luego juraron que era un glitch ●


LA JORNADA JORNA OR RNA N DA DA SEMANAL SEM EMAN ANAL NAL

12 21 de diciembre d ciembre de 2025 di 202 025 5 // Número Núm úmer merro 1607 16 607 0

Ilusionada Víctor Ronquillo Ví ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| ||||||

VIVÍA PREOCUPADA por cosas que ahora me parecen absolutamente triviales, como la preparación de mis clases, los horarios para el próximo semestre, mi futuro año sabático. Pensaba también en el amor perdido, en ese compañero, cómplice, que se fue y dejó su ausencia colgada por todas partes en el departamento. Me preocupaban asuntos tan superficiales como la ropa que usaría el día de la boda de mi prima o la necesidad de hacer la compra en el supermercado el próximo fin de semana. De pronto, y no es una metáfora, todo estallo, la vida se hizo añicos. Después de los bombardeos arrastré mi supervivencia de fantasma a un campo de desplazados. Escribo cada vez que puedo, hoy me resulta difícil inventar alguna historia, una profesora de literatura, autora de cuentos fantásticos para niños vive enfrentada a la realidad de la guerra. La guerra como un naufragio, como un augurio negro en el cielo azul y soleado de esta tarde. La guerra como el puñado de arroz y pescado que comí hace algunas horas. La guerra como un hoyo en el corazón, que sin embargo no deja de latir. La guerra en el insomnio o de las largas noches y el amanecer que depara las peores ores noticias. not Quisiera escribir scribir una h historia más, un cuento para los niños que mi miro a mi alrededor, esos niños a quienes ni la guerra misma ha robado su dulce infancia infancia, esa candidez que les permitee jugar entre los escombros y sonreír. permit so Me p pregunto regunto hace cuánto que no sonrió, hace h cuánto que no me re reconozco reco onozco en la triste mujer que se asoma en los espejos.

Lo más triste es sobrevivir y yo les sobreviví a muchos, a mis padre y mis hermanos, a los vecinos del edificio donde se vino padres abajo mi cómoda vida burguesa, le sobreviví a muchos en la ciudad hecha escombros de la que salí huyendo en pos de la ciuda vida con cientos de otros sobrevivientes. Era una persona religiosa, creyente de Dios, cumplía con sus ordenanzas y mandamientos sin preguntarme nada, sin dudar de su existencia. Una profesora de literatura con varios libros publicados, maestría y doctorado en filosofía que no cuestionaba la fe heredada de sus mayores. Ahora es distinto, si Dios existe es una broma, un mal chiste celebrado por quienes nos asesinan y buscan exterminarnos. Si Dios existe es un dictador enfermo de poder que ha enviado sus bombas y su ejército a Gaza. Escribo porque es lo que hago para vivir. Escribo en las tardes, en la madrugada, por la mañana y al mediodía, cada vez que puedo y donde puedo. Escribo a mano en un cuaderno al que se le acaban las hojas, escribo con letra pequeña y menuda para aprovechar todo el espacio de las pocas hojas blancas de mi cuaderno. Tengo el presentimiento de que cuando escriba en la última hoja, la última línea, mi última palabra, entonces mi vida terminara. Antes de que eso suceda quiero escribir esa historia fantástica que debo a los niños del campamento, esos niños que me sonríen y saludan. Con quienes me gustaría atreverme a jugar alguna vez. Sé que la literatura y la vida tienen la última palabra y esa última palabra puede ser amor. El amor que me ha de reconciliar con este mundo. El amor como una fuerza viva anidando en mi cuerpo con la esperanza de lo que puede ser un maravilloso encuentro. El amor como el deseo que esta noche me quema las en entrañas y me lleva a la ansiedad de encontrarme con él. entraña El amor y sus misterios. Creí verlo a lo lejos, quise verlo a lo lejos, el único hombre al que de verdad he amado. Mañana volveré a la cita, al lu lugar donde creí verlo. Voy a acercarme ilusionada, le voy a hablar h y nuestro encuentro será dulce. La mejor de mis novelas, nove la más fantástica de las aventuras que he contado será la d de una historia de amor y deseo. La historia de nuestro encuen encuentro en un campo de desplazados de la guerra, un par de sobrevivientes, sobrev dos fantasmas que toman cuerpo y carne para hacer el amor tierna y desesperadamente, como se hace en la guerra ●


Arte y pensamiento

LA JORNADA SEMANAL 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

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La flor de la palabra/ Irma Pineda Santiago

La otra escena/ Miguel Ángel Quemain

Pensar en el metate

La africanía rural, indígena y campesina de Mulato Teatro

MIENTRAS CURSABA los estudios de secundaria en uno de los barrios más pobres y estigmatizados de mi pueblo, veía con tristeza que poco a poco mis compañeras de salón, mis amigas, dejaban de asistir a la escuela. Como en un pueblo chico las noticias vuelan, pronto me enteraba de que esa niña, cuya edad rondaba entre los trece y quince años, se casaría porque ya “se había ido” con el novio. En esos años en mi pueblo no había universidades y, aunque las hubiera habido, las familias de mi barrio carecían de recursos para sostener los estudios hasta niveles superiores. Si bien les iba a mis compañeras, terminaban la secundaría y luego una carrera técnica en el Conalep; algunas con algo más de apoyo irían a la Escuela Normal de la región para ser profesoras de educación primaria o preescolar. De las jóvenes de mi salón, sólo una es maestra, las demás se casaron siendo menores de edad. Esta situación era algo “natural” hace más de treinta años. Nadie esperaba que una niña indígena lograra ser una profesionista en cualquier área; incluso entre los adultos se solía decir un juego de palabras en zapoteco: xi gúnibe gui’chi’, icá íquebe guiiche: “para qué quiere documentos [escolares], mejor que piense en el metate”, pues una vez casada la niña se iba a vivir a casa del esposo, donde la suegra la entrenaría en las labores y trabajos caseros, como cuidar el maíz, aprender a nixtamalizarlo, ir al molino, usar el metate para afinar esa molienda y echar tortillas, además de cocinar, lavar y limpiar no sólo la casa, sino los chiqueros o los espacios de crianza de puercos, pollos, guajolotes y todo lo que se pudiera aprovechar en el traspatio familiar. Casarse joven era la “costumbre”, pero hay que desmentir esta creencia: el matrimonio infantil tuvo que volverse costumbre ante la falta de oportunidades, frente a la violencia estructural que sufren las niñas y mujeres en las comunidades indígenas y al no existir escuelas que les permitan imaginar un horizonte distinto a la vida doméstica, no tener acceso a la información que les diga a estas niñas que su cuerpo no pertenece a su familia o a su esposo, y que aún no es apto para la maternidad, y no conocer opciones profesionales y laborales que les permitan soñar con ser mujeres preparadas e independientes. Cuando no se puede soñar, ¿qué queda? Pues continuar la vida como se le conoce, reproducirla con lo que se tiene: quizá aceptar un matrimonio para garantizar la comida, quizá casarse por “amor”, tener hijos, criarlos, trabajar con lo que se pueda y continuar eternamente este ciclo mientas las circunstancias del entorno no cambien y ofrezcan posibilidades de un mejor futuro. Otra de las tragedias vinculadas a los matrimonios de niñas indígenas es que pueden terminar siendo víctimas del delito de trata de personas, en el que las familias, por querer que sus hijas se alejen de la pobreza, las entregan a alguien bajo la promesa de una mejor vida, sin imaginar que serán explotadas en trabajos forzosos o en trabajos sexuales, cuando no se llega al extremo de que sean aprovechadas para el tráfico de órganos. A lo que se suma que, en estas situaciones, son alejadas de sus comunidades sin conocer otra lengua más que su idioma originario y trasladadas a contextos culturales tan distintos que no tienen manera de defenderse o pedir ayuda. Aunque en México, desde 2019 el artículo 148 del Código Civil Federal establece que para contraer matrimonio es necesario haber cumplido dieciocho años de edad, se sabe, según datos de la página www.gob.mx, que actualmente en las comunidades indígenas una de cada cinco niñas se une en relaciones de facto (prácticamente matrimonios), mucho antes de la edad legal, no por la costumbre o las tradiciones, sino por la pobreza, por el hecho de haber nacido mujer y en una comunidad o pueblo indígena de México, donde siguen existiendo tantas carencias, que las leyes no tiene espacio para atenderlas y resolverlas ●

quemain@comunidad.unam.mx

EN EL LARGO aliento escénico que se nutre del presente y la memoria de las comunidades, Morelos es una sede para un teatro que ha madurado y estrechado los lazos de comunidades en amenaza permanente por la violencia, los cotos territoriales de la delincuencia y el narcotráfico. Desde el anclaje municipal, pasando por la inscripción estatal y federal, se tejen y destejen las seguridades de una lucha estética, histórica y política a partir de la creación y reflexión de una dramaturgia viva que se escribe al pie de lo que se podría llamar una comunidad de espíritus conformada por el pueblo en los distintos municipios que cubren las acciones de Mulato Teatro. Fuera de la monotonía de los lugares comunes navideños, colocan como reflexión de fondo a Emiliano Zapata y a Francisco Villa, que se encontrarán en ese territorio de la imaginación que es el Mictlán para cerrar el año, poniendo sobre la escena un armado fino de reflexión histórica y política, plena de humor y agudeza intelectual. Desde Tlaltizapan, donde está el Centro Cultural Mulato Teatro, hasta Yautepec, donde está el foro Artha, se presenta una de las obras más recientes de Jaime Chabaud, Por los bigotes de mis tompiates, bajo la dirección de Ismael Rojas, en una coproducción de la Compañía Nacional de Teatro y Mulato Teatro que introduce a los actores comunitarios Ángeles Martínez y Martín Ocampo y, por la CNT, a Ernesto García; en el diseño musical a Alberto Rosas, Nadia M. en la escenografía y vestuario, a Oscar Santín en la iluminación y en la asistencia técnica a Juan Sebastián Chabaud Castillo. A través del programa En compañía de la Compañía, la CNT busca dialogar con “las poéticas, políticas, modelos de producción y metodologías de trabajo de otras compañías en el interior del país”, además de colaborar con la descentralización de la producción artística en el país, para poner a prueba muchos elementos que no serían posibles sin la solvencia de una compañía local como la CNT que se suma a las exigencias de estabilidad. Este 2025 ha sido uno de los más desafiantes para la cultura federal. Cada estado del interior del país ha dejado de recibir muchos de los estímulos que permitían que una gran comunidad de artistas resistiera a las dificultades económicas y laborales de los miembros de sus grupos. Las formas de producción han encontrado formas que la imaginación de cada grupo ha permitido. Ese ha sido el caso de esta compañía que tiene a la actriz, productora y escritora Marisol Castillo

como eje de la actividad sustantiva de la compañía, quien conduce también uno de sus montajes más divertidos y aleccionadores ¿Quién secuestró el año viejo?, escrito por Ismael Rojas y Jaime Chabaud, que se presenta este fin de semana para cerrar así un año fecundo para la veinteañera compañía. Chabaud e Ismael Rojas imaginan que este año secuestrado no deja que llegue enero, y diciembre se prolonga al 32, 33 y 34, con los problemas que produce la interrupción de la regularidad, de lo cíclico, de la ritualidad, poniendo en evidencia todo lo que articula la vida, desde la vitalidad hasta la corrupción y el abuso de poder en manos de los políticos al estilo de Rius (quien falleció en Tepoztlán, Morelos). Es una puesta en escena profesional y de largo aliento, con un elenco vigoroso de más de una docena de actores, resultado del taller de sensibilización. Un teatro que apuesta por la sobrevivencia, la dignidad, la proliferación de un arte comunitario que reseñamos aquí a propósito de Tilicos y flacos, estrenada en noviembre pasado y en referencia al Mictlán, nuevamente con la sabiduría escénica del joven Ismael Rojas y el experimentado Jaime Chabaud, para celebrar Día de Muertos, todo esto enmarcado en el Primer Festival Internacional Afroescénico, a principios de este año que ya se extingue y que esperamos reencontrar en 2026 ●


LA JORNADA SEMANAL

14 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

Arte y pensamiento

Galería/ José Rivera Guadarrama

Cinco pequeños temas

Hitchcock y la primera película sonora de Europa EN LA AMPLIA filmografía de Alfred Hitchcock (1899-1980) prevalecen títulos reconocidos como parte esencial de la producción cinematográfica mundial. Sus películas destacan, al mismo tiempo, por su complejidad y sutileza, otras por la profundidad emocional que reflejan, sin dejar de lado la capacidad que tienen para inquietar, incluida la temática de sus obras. Asimismo, es creador de uno de los cambios más profundos que ha experimentado el cine, ya que también es considerado como el primer director británico en dirigir una película sonora: el filme titulado Blackmail (1929), a su vez el primer largometraje sonoro británico que narra la historia del detective Frank Webber y su pareja, Alice White, interpretados por John Longden y Ondra, chantajeados por un desconocido que descubre el intento de ambos de ocultar el asesinato que, en defensa propia, ella cometió. Aquella transición del cine mudo al sonoro no fue sencilla, estuvo llena de complejidades técnicas, incluidas la adecuación de las salas de proyección y la especialización de los sectores profesionales como guionistas, quienes tuvieron que innovar en las formas de escribir o narrar bajo las nuevas condiciones que exigía esta naciente industria. Entre los escritores pioneros del cine sonoro están los guionistas Robert Riskin, Dudley Nichols, Ben Hecht; ellos fueron de los primeros en ofrecer los textos que iban a desarticular la dependencia de los modelos teatrales, con el objetivo de establecer otras fórmulas cinematográficas. Durante 1933 fue más notorio este irreversible cambio. A partir de entonces comenzaron a proyectarse películas en las que los rezagos del cine mudo comenzaban a ser más notorios. El constante desarrollo tecnológico comenzó a propiciar la fabricación y especialización de cámaras más ligeras, con ópticas más sofisticadas que, al mismo tiempo, permitirían nuevos encuadres y sistemas de movilidad. El contexto cultural cinematográfico a nivel mundial se basaba en la expresividad de la imagen, en sus movimientos, que, con los actores, eran la materia prima con la que se articulaba la industria de aquellas décadas. El cine mudo y sus espectadores estaban habituados al silencio; incluso, la adaptación del sonido no resultó agradable para algunos cineastas y teóricos; las nuevas propuestas eran vistas como una amenaza a la pureza expresiva de las imágenes. Con Blackmail, Hitchcock demostraba que se podían aprovechar las limitaciones técnicas de aquellos años, dando cabida al sonido junto con largos momentos de silencio. De esta manera aportó otras posibilidades perceptivas del lenguaje visual, reforzadas con el uso cuidadoso del sonido acompañando a los movimientos. No por nada sus películas representan un compendio de recursos para generar inquietud en los espectadores. Hitchcock fue el creador de diferentes procedimientos cinematográficos muy variados que, con el paso del tiempo, otros cineastas han repetido de manera constante, reconociéndolo como el iniciador de lo que se conoce como la técnica de reducir el campo visual, o “la ventana indiscreta”, además de los reflejos en superficies planas como las ventanas, sin dejar de lado los movimientos a contralectura, las contraposiciones visuales, la graduación lineal de la luz y la iluminación enfática, entre otros. Este largometraje sonoro fue también el primero en realizarse en un país europeo. Aquellos primeros diálogos no son nada profundos, al contrario, reflejan la cotidianidad de cualquier plática informal, al mismo tiempo que generan un acercamiento de complicidad y camaradería; son tan espontáneos que quedarán marcados dentro de la historia del cine sonoro. “Bueno, esta noche terminamos antes de lo esperado”, son las primeras palabras pronunciadas en Blackmail, luego de eso, lo filmado con el paso de los años se conocerá como “diálogos” dentro de una industria que continúa perfeccionándose ●

Manolis Anagnostakis

III

Calles viejas que amé y odié interminablemente Camino bajo la sombra de las casas Noches de inevitables regresos y la ciudad muerta En cada rincón encuentro mi insignificante presencia

Haz que alguna vez nos encontremos espectro de mi pasión También yo olvidado y rebelde camino llevando Todavía una trémula chispa en las palmas húmedas de mis manos.

(Y avanzaba en medio de la noche sin Conocer a nadie y tampoco Alguien que me conociera.)

Manolis Anagnostakis (1925- 2005), como Tasos Livaditis, también perteneció a la Primera Generación de la Postguerra o de la Derrota. Médico radiólogo marxista, se unió a la Resistencia ante la ocupacion alemana de Grecia (1941-1944), estuvo en la cárcel y fue condenado a muerte por un tribunal militar durante la Guerra Civil griega (1946-1949). Participó en el movimiento estudiantil de la Universidad de Salónica y fue arrestado en 1948. Publicó numerosos libros de poesía que reunió en el volumen Poemas (1941-1971). Luego aparecieron Paréntesis (1972), Antidogmática (1978) y El margen (1979). Mikis Teodorakis puso música a varios de sus poemas. Recibió el Premio Estatal de Poesía (1985), el Premio Ourani de la Academia de Atenas (2001) y el Gran Premio Nacional de Literatura por el trabajo de toda su vida (2002). Versión de Francisco Torres Córdova.


Arte y pensamiento

LA JORNADA SEMANAL 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

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Imagen de Alfonso Arreola. Generado con IA.

Bemol sostenido/ Alonso Arreola @escribajista

Margaritas contra Gigantes QUEDE CLARO, LECTORA, LECTOR: lo que sigue no es fruto de un conflicto generacional. Aunque lo entraña, va mucho más allá. Pareceremos injustos en la comparación, pero gracias al contraste resultaremos reveladores, tal como nos ocurrió al ver, casi de corrido, las sesiones de Margaritas Podridas y de They Might Be Giants en KEXP, canal de Seattle que se ha consolidado como uno de los grandes curadores de la música independiente global. Un espacio sin maquillaje en donde cada banda expone sus virtudes e, inevitablemente, sus carencias. Allí la distancia entre ambos grupos es tan marcada que parecen provenir de galaxias distintas. Las Margaritas Podridas (banda sonorense) presumen actitud rebelde y desparpajo controlado, pero esa “energía” es como espuma de cerveza: se desvanece prontamente. Las guitarras, saturadas de efectos (fuzz, flanger y distorsiones en cascada), intentan rellenar huecos que la escritura no resuelve. La voz vive bañada en otra tanda de efectos (típico truco de reverberación más delay exagerados), lo que supone maquillar desafinaciones groserísimas. Digamos que sus integrantes sugieren una estética ruidosa, heredera del Sonic Youth y Nirvana, pero el planteamiento no alcanza a convertirse en lenguaje porque su ruido es gestual y no de concepto. Falta intención detrás de la forma. Falta estudio técnico. Falta discurso detrás del disfraz de “somos bien cool porque tenemos pedrería en las guitarras, pero gritamos mucho”. Dicho cruelmente: sobra lo que son. Mientras tanto, They Might Be Giants (oriundos de Brooklyn) es un recordatorio de lo que significa envejecer con inteligencia. Integrados en los ochenta, John Flansburgh y John Linnell llevan décadas refinando un estilo excéntrico que conquista complejidad real. Lo suyo parece accesible desde el pop-rock, pero está diseñado con relojería de precisión: contrapuntos sorprendentes entre guitarras y voz; armonías sofisticadas desde la intuición; alientos de narración impecable; decisiones dinámicas cocinadas a fuego lento. En ellos cada elemento y acento tiene un propósito sin prisa. ¡¿Y qué decir del sentido del humor?! Es uno de los sellos del dúo que funciona como cimiento natural y no como muleta escénica. (Si puede, ponga la función de subtitulaje mientras los mira en YouTube.) Dicho lo anterior, They Might Be Giants no necesitan posar pues su rareza resulta orgánica y cercana, verbigracia, como la de los personajes en la comedia Third Rock From The Sun. En ellos lo nerd vive como valor involuntario. Pero en Margaritas Podridas la extrañeza queda atrapada en el gesto forzado del coolness. La pose antecede a un oficio que probablemente nunca llegará. (Ojalá nos equivoquemos.) ¿Por qué señalar este fenómeno el día de hoy? A ver. ¿Sabe del reciente episodio en el que Bo Cuarón (hija del renombrado director Alfonso Cuarón) abrió el concierto de Dua Lipa en la CDMX? Su desastroso y viral desempeño vocal y escénico subraya un problema conocido, creciente, al que contribuyen las Margaritas Podridas: visibilidad no es calidad. Las plataformas conceden oportunidades inmensas a proyectos inmaduros. La audiencia holgazana otorga likes antes que exigir sustancia. De pronto una banda con debilidades evidentes termina en un escaparate como KEXP o en el Estadio GNP, lo que hasta hace poco era impensable. ¿Se imagina la cadena de personas que toman las decisiones para que estas cosas pasen? Finalmente, una recomendación culinario-musical: vaya a la sesión de Margaritas Podridas como quien come unos cacahuates de cantina ‒crujientes, salados, simpáticos, aunque prescindibles‒ y luego vaya directo a la de They Might Be Giants. Resista hasta que ingresen los metales. Ría con su lírica. Deguste un plato con cuerpo, sabor e historia. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos. ●

Cinexcusas/ Luis Tovar @luistovars

Algunos cortos ABUNDANTE Y VARIOPINTA, la producción mexicana de cortometrajes procede sobre todo de las escuelas de cine. En este año por terminar, el Centro de Capacitación Cinematográfica, uno de los espacios más longevos y prolíficos, produjo entre otros los siguientes cortos, primeros trabajos de quienes en un futuro no muy lejano serán –o deberían ser– algunas de las nuevas voces fílmicas nacionales. De la camada más reciente, Gerardo del Razo es quizá quien luce mejor preparado para emprender proyectos de mayor calado: Domingo familiar, dirigido y escrito por él mismo, es una Fuenteovejuna contemporánea de brutal eficiencia: dos “cobradores de piso”, agresivos y arrogantes, son ajusticiados por los habitantes de un barrio, cansados de la extorsión. Todo sucede en una soleada tarde dominical, apenas interrumpida por el doble homicidio colectivo que, con el regreso común a las calmosas actividades cotidianas, pareciera que ni siquiera sucedió. Mucho menos eficiente resultó Año de casados, alegato contra el machismo y los roles convencionales de género, escrito y dirigido por Pablo Camargo López. El corto hace agua comenzando por una selección y dirección actoral menos que mediana y seguida por un guión más bien flojo que, en aras de llevar la historia a los terrenos del terror, se va desdibujando. Le va mejor, aunque no mucho, a Era más grande la Tierra, dirigido por Carlos A. Pineda y coescrito por él y Kim Torres. Amén de que el título resulta incomprensible, la trama sufre a la vez de reiteraciones innecesarias y apresuramientos de montaje que debilitan una historia por lo demás muy simple: un adolescente metido en drogas y pandillerismo, rechazado por su familia, cobra venganza por el asesinato de un amigo suyo. Con Gasolina, Víctor Duarte –director y coguionista con Christian Nájera– muestra buenas hechuras y pulso narrativo, pero falla en la construcción de la

trama: al final no queda claro si su protagonista es asesinado simplemente por hallarse, lugarcomunescamente, “en el lugar y a la hora equivocada”, o porque el poderoso con quien el protagonista quiere quedar bien, lo manda matar por un motivo tan absurdo como que no le llevó una botella de tequila que lo mandó a comprar. En cambio, La infalible y otros éxitos, dirigido por Daniel Carrera Pasternak, en coescritura con María del Cueto, cuenta muy bien la historia de un joven profesor tímido y nervioso que, para conquistar a una colega del colegio particular donde trabaja, aprende a cantar y tocar la guitarra. No consigue su objetivo, pero en el trayecto se hace de un buen amigo –el profesor de música, viejo y malhumorado pero solidario–, y el cuento cierra con un aire de resignación optimista. A diferencia del anterior, Ricardo V. Schott, escritor y director de Persona a persona, no parece tener claro que una película no debe parecer un podcast. En otras palabras, si la historia a contar puede ser entendida prácticamente sólo escuchando los diálogos, sin el concurso de la puesta en escena, de la imagen y sus incontables recursos narrativos, entonces lo que estás haciendo no es precisamente cine, o lo es sólo a medias. Añádase una trama que apenas merece ser llamada así –un hombre joven busca a un viejo amigo, que tal vez no sea quien él cree pero igual hablan de quiénes son y quiénes querrían ser, y luego de hablar se separan y listo, eso es todo–, para tener un corto que de tan tedioso se hace demasiado largo. Por su parte, en 5 pasos, Julio César Rubio –en coescritura con Eddie Rubio– narra la historia de una despedida involuntaria y la tristeza que provoca: su pareja protagonista, dos adolescentes que desde niños parecían destinados al amor, son vistos con una ternura que, de a ratos e infortunadamente, desbarra en cursilerías de cuento rosa que dejan al corto en calidad de mera colección de lugares comunes románticos ●


LA JORNADA SEMANAL

16 21 de diciembre de 2025 // Número 1607

Los últimos Reyes Luis Tovar |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

–BUENO, PUES COMO todos ya saben cómo es la cosa con los mismo que con la bicicleta. A partir del siguiente fin de semana Reyes Magos, les aviso que este año se acabó. Vamos a ir a la comenzó a guardar una parte de su domingo, confiando en que, Aurrerá y cada uno va a escoger un solo juguete o lo que quiera para el próximo diciembre, le alcanzaría para comprar el tren. y listo. No se equivocó. Transcurridos doce meses, sus ahorros equiEstaban terminando de comer. Tras el anuncio, sentado a valían casi exactamente a lo que costaba el juguete y a lo que la cabecera, el papá miró uno por uno a sus cinco hijos, tres gastaría en los pasajes de ida y vuelta, porque había decidido ir a hombres y dos mujeres; acostumbrado a que sus disposiciones la tienda por su cuenta. fueran acatadas, no esperaba ninguna respuesta que no fuera Un sábado idéntico al del año pasado –el arbolito con las misel silencio anuente con el que cada uno fue levantándose de la mas esferas de siempre y unas cuantas nuevas, la misma serie mesa, plato, vaso y cubiertos en mano para llevarlos a la cocina, de luces azules, rojas y verdes más otra recién comprada que sí donde la mamá, igualmente sin decir ni una palabra, estaba evi- prendía y apagaba–, al terminar la comida fue a la recámara por dentemente de acuerdo y, sin prestar atención, se afanaba con el puñado de billetes que guardaba bien escondido, dijo “aholos trastes sucios. rita vengo” sin que nadie le preguntara a dónde iba, abordó el En la sala, en medio de la consola Telefunken y el televisor camión hacia Tlatelolco y, sobre la avenida Ferrocarril Hidalgo, Magnavox –el primero a color que tenían, enorme, de segunda se bajó en la tienda Blanco, en esos días adornada con el canguro mano y que fallaba cada dos por tres–, el árbol de Navidad natu- de su logotipo al que le habían añadido un gorro navideño. ral, comprado en la Aurrerá de Santa Clara adonde irían dentro Fue directamente al pasillo de juguetes, tomó una de las cajas de un rato, estaba adornado con las mismas esferas y luces de en cuya tapa se reproducía el Expreso nocturno de Plastimarx, y colores –que no se sabía desde cuándo habían perdido la capasonriendo más por dentro que por fuera pagó en una de las cajas cidad de parpadear– de todos los años, y la misma estrella de registradoras, salió de la tienda, subió al camión de vuelta a casa, cartón cubierta de diamantina plateada en la punta. Lo miró de y la de aquel día fue la primera de tres noches en las que se dio el arriba abajo y, al llegar a la base –una cruz de madera cruda–, se gusto de esperar hasta la mañana del 6 de enero para, entonces dijo en silencio que no tendría sentido poner el zapato y la carta sí, armar el óvalo de rieles y ver su tren eléctrico dando vueltas a los Reyes. sin fin. No se lo contó a nadie ni le daba la edad para definir lo que Esos fueron, para la familia entera, los últimos Reyes ● le apachurraba el ánimo, pero sintió una nostalgia tan fuerte y larga que, ya en el Juguetirama, terminó eligiendo sin elegir en realidad casi lo primero que tuvo a la mano y no lo que de verdad quería: un tren eléctrico que había pensado poner a la cabeza de las tres peticiones de la carta que, por supuesto, ya nunca escribió. Tal vez a sus hermanos les pasó lo mismo, pero no se le ocurrió preguntarles si también se pusieron a recordar lo que le habían pedido a los Reyes el año pasado, el anterior y el anterior… o por lo menos los juguetes más queridos; en su caso, los Aventureros de Acción y los patines del diablo, solicitados –y obtenidos felizmente– en más de uno de los papelitos garabateados que, cada año hasta el que ahora estaba concluyendo, había dejado junto a su zapato bien boleado; o tal vez los regalos desconcertantes, como aquel par de discos de 45 rpm de bandas rockeras que ni conocía, o la bicicleta que jamás llegó, por más que tanto él como sus hermanos la había pedido más de una vez. Tampoco se lo confesó a nadie, pero aquel 6 de enero en el que ninguno se levantó con la primera luz del día para correr a la sala y ver qué le habían dejado, él se prometió que, por mucho que ya no hubiera Reyes Magos, con el trenecito –cabús, caja, góndola, carbonero y locomotora de dos pilas de las gordas, sobre un óvalo de rieles de plástico negro– no sucedería lo

En nuestro próximo número

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