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Cristina Rivera Garza y la reinvención de la novela mexicana Gonzalo Valdés Medellín
Faltas a la moral: el calzón de manta Beatriz Gutiérrez Müller


SUPLEMENTO CULTURAL DE LA JORNADA
DOMINGO 17 DE MAYO DE 2026 NÚMERO 1628

Francesca Borrelli y Gabriella Grasso i B ll

Kazuo Ishiguro tenía cinco años cuando él y su familia abandonaron Japón para irse a vivir a la ciudad inglesa de Gilford. No volvería a su natal Nagasaki sino prácticamente tres décadas después, a finales de la década de los años ochenta. En ese dilatado ínter, Ishiguro tuvo una suerte infructuosa cuando trató de dedicarse a la música, se tomó un año para recorrer Estados Unidos, se licenció en Filología Inglesa y Filosofía y, sobre todo, fue dando cuerpo a una carrera literaria coronada en 2017 con el Premio Nobel de Literatura. Sus novelas Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante, Lo que queda del día, Los inconsolables, Nunca me abandones, El gigante enterrado y Klara y el sol integran un corpus narrativo de notable solidez y riqueza, que con razón hacen de Ishiguro uno de los autores contemporáneos más leídos, traducidos y comentados. En la presente entrevista, el también cuentista y guionista cinematográfico habla de las constantes y los desafíos de su proceso creativo.

Gonzalo Valdés Medellín
INVITACIÓN A LA LECTURA Y ELOGIO DE LA OBRA DE CRISTINA RIVERA GARZA (MATAMOROS, TAMAULIPAS, 1964), GANADORA DE VARIOS RECONOCIMIENTOS, ENTRE ELLOS, EL PREMIO SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ 2009; EL PREMIO VILLAURRUTIA 2022 Y EL PREMIO PULITZER, 2024, CUYA NARRATIVA, SE AFIRMA AQUÍ, ESTÁ “JUNTO CON OTRAS VOCES NUEVAS, A LA CABEZA DE LA LITERATURA FEMENINA EN LOS PRIMEROS VEINTICINCO AÑOS DEL SIGLO XXI, MARCANDO CON ELLO UNA NOTABLE MAYORÍA DE EDAD.”
DPORTADA: Rosario Mateo Calderón. Realizada con AI y collage digital.
esde su irrupción en nuestro panorama literario, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza (1964) dio cuenta de un talento inusitado, de una fuerza discursiva vehemente y, en mucho, de contundencia disruptiva. En los inicios de su trayectoria ganó por mérito propio el respeto y reconocimiento de la crítica, pero también se hizo acreedora al interés que su obra provocaba en el público lector, atrayéndolo con un lenguaje novedoso, no convencional, acaso retador, basado en la sinceridad expresiva, así como en el hartazgo existencial propio de su época de juventud, el fin de milenio y el inicio del siglo XXI. La obra de la joven escritora daba paso a la polémica, a la reflexión y a la discrepancia, pero siempre abriendo el diálogo con el lector.
Deshilando esa manta disruptiva y discrepante de su narrativa, al paso de los años Rivera Garza se ha convertido en una de las escritoras mexicanas más atractivas (para las nuevas generaciones de escritores y lectores) e influyente (entre la intelectualidad mexicana actual, así como en los preceptos de los activismos sociales). Prolífica, traducida a varios idiomas, de igual manera se ha perfilado como una de las escritoras más innovadoras en terrenos de la técnica escritural en el primer cuarto del siglo XXI. Su arte narrativo (basado en
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lo autobiográfico, en el sentido del dolor y de la condolencia, en la denuncia) ha roto esquemas, puesto en la picota paradigmas de carácter sexual y de género, al tiempo en que ha influido poderosamente en la construcción de nuevos tropos literarios donde el tejido social es dueño del discurso, yendo de la acción física a la expiación espiritual.
Rivera Garza ha dejado de manifiesto, tras la publicación de su ya vasta obra que contempla novela, cuento y relato, ensayo y poesía, que la suya es una voz genuina, emergida de los meandros de la razón, confrontada con la apoplejía de la mente convencional. Con la publicación en 2021 de El invencible verano de Liliana, se ha colocado en el escaparate de la discusión que ha cobrado intensos vuelos conceptuales, expresándose como una literatura nueva, propositiva y valiente para interpelar su tiempo, una literatura revolucionaria; y asentándose en el panorama de nuestras letras como la escritora que ha sabido revelar, sin posturas preconcebidas, la era de la transformación necesaria desde la creación literaria, para recuperar el sentido –y el sentir– de ser mujer… en el tiempo presente.
Cristina Rivera Garza es una pionera, precursora de la nueva escritura que forja una narrativa de altísimos niveles estéticos, reinventado en gran manera al género de la novela en los tiempos actuales. Pero la crítica contemporánea no ha alcanzado –aún– a desentrañar el porqué de todos estos valores de la autora, con mayor profusión. Acaso sean necesarios muchos más análisis, estudios y ensayos críticos para difundir el gran valor de esta escritora. La discusión y polémica no son los únicos aspectos relevantes de la materia orgánica de la obra de Rivera Garza, signada sobre todo por la transgresión, la subversión y la honda reflexión en torno a problemas vivenciales que trascienden los órdenes preestablecidos, yendo en directo a la visibilización de los problemas sociales engarzados a la política, la sexualidad y la moralidad propia de nuestra época; a la ética y a la verdad, a la justicia misma y al señalamiento de la impunidad, elementos que encarnan en su desgarrador libro El invencible verano de Liliana, narración de la vida de su hermana Liliana, víctima de feminicidio, y que es, además, un claro y justo ejemplo de la renovación literaria que ha propiciado esta escritora, persiguiendo aprehender una narrativa no sólo no convencional, lo cual es evidente, pero sí rastreadora de un lenguaje que no da señal alguna de sometimiento ni al academicismo, ni a ningún prolegómeno o recetario de lo que se supone es –o sería– el acto de escribir. Cristina Rivera Garza no busca la novedad por la novedad misma, escribe viendo más allá del todo. Su literatura es otra y es nueva, marca la innovación técnica de la novela a través de intensidades introspectivas y de un lenguaje llano y directo. Una vocación transgresora
LA TRADICIÓN DEL ensayo y de la crítica literaria de amplio espectro en México siempre se ha distinguido por el análisis y con ello la difusión de los nuevos valores, de la nuevas propuestas, de las literaturas emergentes y revolucionarias en sí mismas. Rivera Garza y su literatura están, junto con otras voces nuevas, a la cabeza de la literatura femenina en los primeros veinticinco años del siglo XXI, marcando con ello una notable mayoría de edad.
Son varios los puntos a destacar en su novelística: a) las confluencias estructurales y estéticas de su escritura, que han aportado innovación en fondo y forma; b) las resonancias sociales, políticas y morales que ha concitado al interior de


la sociedad mexicana, con una escritura útil y genuina, lejana a panfletos y demagogias, y terriblemente cercana al dolor humano, han despertado una conciencia social, ética y estética en el contexto de los tiempos presentes. Trascendencia que es ya un legado vital de la autora dentro del corpus de las letras nacionales, celebrada allende nuestras fronteras, con premios de notable relevancia como el Pulitzer otorgado a El invencible verano de Liliana en 2024; c) es una autora prolífica, que incursiona en todos los géneros (el teatro no se ha resistido a hacer suyo su discurso y se han llevado a escena El invencible verano de Liliana y Autobiografía del algodón); d) ha provocado un cisma en la concepción e interpretación de la narrativa mexicana en este primer cuarto del siglo XXI: la suya es una literatura vibrante, descarnada, incondescendiente, concientizadora.
Desde su novela La muerte me da, ya Rivera Garza trastocaba los elementos con que se esgrimía comúnmente el tratamiento literario del criminal. Las cartas se invierten en dicha novela y subvierten la narrativa propia de lo que el lector esperaría de una novela negra o de una conventual novela policíaca. En El invencible verano de Liliana, la escritora decanta su propuesta escritural-estética, contestataria y cuestionadora, y ha conseguido provocar, como la gran literatura a través del tiempo siempre ha provocado. ¿Y qué ha provocado El invencible varano de Liliana? Lo sabemos: el éxito rotundo ante los lectores contemporáneos y frente a la crítica desprejuiciada. Pero sobre todo ha incidido en el despertar de la conciencia contra la impunidad [el asesino de su hermana sigue libre].
Cristina Rivera Garza ha proseguido, hasta nuestros días, a través de su presencia literaria, una vocación transgresora. El público la sigue, sus libros son leídos, los jóvenes se identifican con ella, las mujeres se identifican con ella, al igual que los hombres que, como ella, creen en el poder de la palabra.
Acaso sean necesarios muchos más análisis, estudios y ensayos críticos para difundir el gran valor de esta escritora. La discusión y polémica no son los únicos aspectos relevantes de la materia orgánica de la obra de Rivera Garza, signada sobre todo por la transgresión, la subversión y la honda reflexión en torno a problemas vivenciales que trascienden los órdenes preestablecidos.
Más de setecientas personas acudieron a escuchar a Cristina Rivera Garza el pasado 13 de abril en la UNAM, un cúmulo de jóvenes en su gran mayoría que avalaron con su presencia la vigente impronta reflexiva de la autora, y yo recordé cómo, hace algunos años, caminando por Tlatelolco, a espaldas del Edificio Chihuahua, me topé con un pequeño dibujo mural donde se recordaba a Liliana Rivera Garza y en el que un autor anónimo inscribió la frase con mayúsculas: “LILIANA RIVERA GARZA VIVIRÁ POR SIEMPRE”; era casi un grafiti con la frase rodeada de corazones rojos, una imagen demoledora. Alguien había leído el libro, se había conmovido, estrujado, como tantos lectores, y no se conformó con eso, sino que hizo catarsis hasta que lo plasmó en una pared del gran jardín que es Tlatelolco, ahí donde a diario deambulan cientos de personas. Cuando vi la imagen me quedé frío, tomé una foto con mi celular y la difundí en mis redes sociales: hasta dónde llegaban las palabras de una novelista, hasta qué grado provocaba la indignación de sus lectores, que no sabemos si quien hizo esa inscripción en el mural fue mujer u hombre, ¿tal vez mujer…? Un(a) lector(a) anónimo(a), pero al que caló hondo la palabra de Cristina Rivera Garza, quien en su conferencia magistral “Cuando la mano feroz de la impunidad te roza la piel”, volvió a poner el dedo en la llaga y a marcar esa piel consciente que despierta una y otra vez ante la impunidad, ante el dolor, ante la injusticia, ante la indiferencia y la infamia. Como hemos despertado tantos ante sus libros, como despertó precisamente el autor de aquel grafiti tras la lectura de El invencible verano de Liliana ●
ESTE ARTÍCULO REFLEXIONA SOBRE UNA CUESTIÓN MUY VIGENTE Y QUE NO ACABA DE RESOLVERSE: LA DURACIÓN O PERMANENCIA DE LA PALABRA ESCRITA EN EL PAPEL O EN EL MUNDO DIGITAL. Y AFIRMA: “EL PAPEL ES MÁS CIERTO –MÁS VERDADERO– QUE EL BIT. PORQUE LA MEMORIA DIGITAL –ACUMULATIVA– NO ES LA MEMORIA HUMANA –SELECTIVA. EL SIGNO MÁS RADICAL: LA INTELIGENCIA DEL HOMBRE Y LA INTELIGENCIA DIGITAL NO ENTIENDEN, SUPONIENDO QUE ENTIENDAN ALGO, LO MISMO EN LA PALABRA “INTELIGENCIA”.




José María Espinasa
Durante siglos la sensación que tenía la cultura occidental respecto al libro en papel era su condición frágil, si no efímera, sí amenazada por el fuego, la humedad, las guerras de diversa índole. A las civilizaciones del texto correspondían guerras religiosas. Ya a finales del siglo XIX y principios del XX, la amenaza fue la acidez del papel: con el tiempo, como la carne, se volvía polvo. Frente a esa fragilidad, Occidente creó las bibliotecas, los museos y los archivos. Hace treinta años el mundo digital vino a trastocar esa búsqueda de la permanencia. Trastoquemos la cita: todo lo virtual, carne o papel, se desvanece en las redes. Y ahora, nostálgicos al fin, se tiene la sensación de que el papel es eterno y que la edición barata en la que leímos Crimen y castigo durará toda la eternidad, o –el equivalente personal– lo que dure mi vida.
El desplazamiento del papel al bit ha sido particularmente violento en los libros de consulta –enciclopedias, diccionarios–, hoy fuera de uso. Sin embargo, y se lo agradezco, hay profesores que siguen pidiendo al joven escolar que lleve a clases un diccionario en papel. Pero tal vez donde el golpe ha sido más devastador es en el terreno de las publicaciones periódicas.
Según las informaciones de que se dispone, los periódicos han reducido al mínimo su tiraje en papel y la mantienen porque, según parece, si no hay versión en papel la digital se lee muy poco. En la vida cotidiana eso se ve en los puestos de periódico, que ya casi no venden diarios y en cambio se han llenado de libros –y, desde luego, de dulces y alimentos chatarra. La frase de la canción popular –ya para qué leer un periódico de ayer– se ha transformado en “ya para que leer un periódico de hoy”, pues no confiamos en que haya un mañana. La fragilidad de lo virtual es una metáfora de nuestra angustia. Los semanarios políticos sufren una situación muy parecida. Las revistas, por su lado, son poco leídas, no sólo en papel sino también en la red. Algunos expertos señalan que se está en una fase de reacomodo de las prácticas lectoras. Por ejemplo, mientras que las editoriales independientes proliferan, las revistas no; prácticamente han desparecido, incluidas las digitales. En cambio, las académicas, que en principio parecerían las más abocadas a desaparecer, han ofrecido una sutil resistencia con la convivencia de los dos soportes. ¿Y las de extensión universitaria o difusión cultural? No es fácil ver claro porque su circulación es por lo menos azarosa. Por ejemplo, hace unos días llegó a mis manos el ejemplar de Armas y Letras, fechado en eneroabril de 2024, según se consigna en la página legal, el 113. El título siempre me ha parecido más propio de una publicación del siglo XIX que del
XX, y desde luego que del XXI. Es una revista de la Universidad Autónoma de Nuevo León, casa de estudios que es ahora uno de los faros editoriales en México gracias al poeta José Javier Villarreal y al narrador Antonio Ramos Revilla. Más que juzgar la revista o el número quiero consignar aquí mi reacción: la hojeo con curiosidad y termino leyendo varios de los textos que se publican, algo que no me ocurre cuando me encuentro, también por azar, con una revista digital. Esa reacción se hace extensiva a otras revistas de difusión cultural vinculadas a universidades, como La Palabra y el Hombre, Luvina o Revista de la UNAM, por limitarme a las universitarias. Esa reacción no sólo responde a que no soy nativo digital, pues también la percibo en lectores muy jóvenes, que leen libros –pero no revistas– en sus dispositivos y tabletas. Diría que eso responde la tangibilidad física del papel. Es también cierto que esas revistas ya no se guardan en el librero y suelen tener una ruta extraña ante los lectores. ¿Se acuerdan de aquella original pero poco efectiva campaña “abandona un libro”? Sin campañas, las revistas se suelen abandonar –en un autobús, en un café o en manos de otro lector– y así en el azar encuentran a veces nuevos lectores. Vuelvo, sin embargo, a la caducidad o duración del papel. El que la primera sensación se desplace hacia la segunda tiene que ver con la necesidad de certezas. El papel es más cierto –más verdadero–que el bit. Porque la memoria digital –acumulativa– no es la memoria humana –selectiva. El signo más radical: la inteligencia del hombre y la inteligencia digital no entienden, suponiendo que entiendan algo, lo mismo en la palabra “inteligencia”. Por eso, tal vez, como ejemplifica el caso de la UANL, las universidades, que florecieron a la par que la cultura del libro en papel, sean los espacios en que intuitivamente se defiende la duración –no necesariamente la permanencia– de la palabra impresa en papel. Es la revista física la que me lleva a consultar la página web de Armas y Letras y a hojearla de manera fortuita.
Eso nos lleva a otro tema: los los motores de búsqueda de la web. Son imprescindibles, pero hasta ahora producen más ruido que música. Tal vez sea ese el terreno en que la inteligencia artificial y las estrategias de los algoritmos, hasta hoy pensados en su función comercial, puedan tener una enorme consecuencia. Les sugiero, sin embargo, a los panegiristas de la IA leer en el ya casi septuagenario libro de Gabriel Zaid La máquina de cantar para entender lo que siempre estará del lado humano, no del técnico.
En un panorama con sesgos apocalípticos como los que ahora vivimos, seguir pensando la duración de lo frágil –la vida misma por ejemplo– parece frívolo, pero es absolutamente necesario ●
Rodolfo Mata
IEl sol brilla no entiendes qué pudiera ser no necesitas entender y tu rostro se ilumina con esa nada

Nunca supiste meditar pero levitas y la cuerda de tu espíritu se tensa anulando el peso de tu corazón
Esto es también la ruidosa realidad en que fluyes: el plácido ser sin ser del sosegado ignorar en que nada lees y el alfabeto se nubla, ausente y presente, sólo manchando el papel
No tropiezas sino saltas por encima de una equívoca importuna puntuación
El yo y el tú ya nos tuteamos sin egoísmos de por medio
Tu mano es mi mano y tu espíritu el mismo
Nuestras realidades sendos espejos espoleados por marañas de pensamientos parásitos a la sombra de una de tantas nubes casi vacías reposan en indolencia meras conciencias en flor
La duración no nos importa: es una llama que tiembla solitaria cual fantasma entre tú y yo y el viento de un ir y venir sin tregua
Huele a tierra fresca veracidad a la deriva pausa verde sobre un campo que amanece entre la lluvia y el acto de creer
Nuestra respiración ha alcanzado el contrapunto inerme de nuestros corazones Y es todo una demostración tan irrisoria e inútil que la risa y el llanto se han unido para siempre en el mar azul de la esperanza
No quieres perdurar: la cantidad de existencia justa se disuelve como un hielo transparente y luminoso
La impasible hermana Muerte nos ha abandonado y su ilusoria madre Tiempo se ha esfumado en sus segundos
Sientes luego existo pero sin lógica sin tic tac
Te has quitado una a una todas las máscaras y a ellas hemos develado la miel de sus sonrisas: enmudecidas se miran una a otra expuestas por nuestra implacable contundente desnudez
No tengo palabras sólo el flujo extraño de la sangre rojo y ferroso ritmo que es mi cuerpo lúcido por el que sin miramientos me desvivo y me desvío del más allá y sus laberintos de supersticiosos futuros IV

Así en esta isla llena de fantasmas coronada por cumbres en borrasca el amor circula como un funesto huracán enfurecido cíclope sin rumbo al que le hemos extirpado el vértigo de su ojo abisal: ver sin ver se decanta en su digno arrebato y lentamente florece V
No te fíes de la fe
Es mala consejera
No es el jardín de rosas que nos prometimos
De la caja de Pandora por último salió no la esperanza sino la dureza:
Una música que nunca se resuelve Una linfa que a ratos
se oscurece
Un sencillo sentir en que tocas y no tocas pero ves la luz mientras caes y sabes que hay que saber caer VI
Desde el balcón de mis oídos se escucha el mar su amplio embudo todo lo concentra en la ola que va a reventar en la espuma en que hierve purificándose la angustiosa asfixia de las burbujas
Todo es posible: la gaviota que grita el pelícano que pesca la anguila atigrada que huye al fondo de su tranquilidad
El Demonio de la Perversidad ha desaparecido sin dejar huella y yo sueño no con un abismo sino con mi madre que me entrega aquel rosado caracol que descansaba en la sala de la casa y me dice: Hijo escucha con cuidado es tu alma
VII
Y sí
Al estado de estupefacción se llega sin instructivo
En las agencias de viajes no hay un tour a esa región

Los pocos guías que aún existen advierten de los venenos que es indispensable detectar para no caer en desgracia química aunque no hay fórmula válida ni vademécum que sirva
El estado de estupefacción puede suceder con un rayo de sol en aquel justo momento de la mañana en que se abre el día para ti
No te distraigas por nada excepto las motas de polvo al son de la música del aire que en ti respira mientras tropiezas con un recuerdo en el que nada puedes leer
No eres tú ni yo el que no lee y por un largo instante antes del volver al torbellino de la ruinosa realidad estamos en paz



AL MARGEN DE LA OBRA QUE COMENTA, EL PRÓLOGO DE UN LIBRO CUMPLE VARIAS FUNCIONES, DESDE ACENTUAR DE MANERA CRÍTICA LAS BONDADES O ACIERTOS DEL MISMO, HASTA CONTEXTUALIZARLO PARA QUE QUIEN TENGA LA OBRA EN SUS MANOS INTERPRETE DE FORMA CLARA LO QUE LEE. DE IGUAL MANERA, PARA HACER UN BUEN PRÓLOGO SON VARIAS LAS CARACTERÍSTICAS QUE DEBE CUMPLIR QUIEN LO REALIZA; CITAMOS DOS: CONOCIMIENTO PROFUNDO DEL TEMA TRATADO, Y DEL AUTOR, Y SER LO MÁS OBJETIVO POSIBLE, PUES EL LECTOR DEBE ADVERTIR UN DEJO DE IMPARCIALIDAD.
NO SIEMPRE ES NECESARIO UN PRÓLOGO, NO TODOS LOS LIBROS LO EXIGEN; EMPERO, CUANDO APARECE COMO DETERMINANTE ENTRE LA SUPERFICIALIDAD Y LA TRASCENDENCIA DE UNA LECTURA, DEJA DE SER ACCESORIO: EL PRÓLOGO ES ALGO ANEXO A LA OBRA, SE CONVIERTE EN PARTE INELUDIBLE DE ÉSTA.
EXISTEN COLECCIONES DE casas editoriales con obras literarias fundamentales; sin embargo, no por ello algunos títulos o autores dejan de ser desconocidos para una gran mayoría de público. Varios de estos catálogos presentan como prologuistas, y como aliciente de su colección, figuras importantes, expertos en estudios literarios; ello representa una suerte de garantía de la editorial y de la obra comentada. Un ejemplo de lo antedicho es la Colección Biblioteca de EOSA, que ofertó al público lector en los años ochenta del pasado siglo una serie de obras escritas por autores esenciales de la literatura universal, con el atractivo de prólogos escritos con plumas de gran calibre, como las de Enrique González Martínez, Sergio Fernández o la misma Renata von Hanffstengel, escritora, fotógrafa y académica. De ella comentamos el extraordinario prólogo que realizó para la obra del escritor alemán Jakob Wassermann (1873-1934), Kaspar Hauser oder Die Trägheit des Herzens (Gaspar Hauser o la indolencia del corazón).
La primera edición de Gaspar Hauser... es de 1908, su autor ya contaba con varios títulos publicados. Wassermann fue un escritor prolífico y esta novela, junto a Los Judíos de Zirndorf (1897), representan sus dos textos fundamentales; así lo pensaba él y así lo refiere Renata von Hanffstengel: “Jakob Wassermann mismo afirma que Los Judíos de Zirndorf y Gaspar Hauser son sus dos obras angulares.” Así pues, basta reflexionar un poco sobre la calidad literaria de Wassermann para entender que la prologuista abre las puertas e invita a penetrar en una de las obras maestras de la literatura en lengua alemana, también de la literatura universal. Sin embrago, tal denominación aparenta ser desmesurada si tomamos en cuenta la difusión de los escritos de Jakob Wassermann en nuestro continente, o por lo menos en nuestro país porque, cuando se trata de las letras de lengua alemana, lo primero que nos viene a la mente son nombres de escritores como Herman Hesse, o filósofos como Nietzsche, Kant o la misma Hannah Arendt, no así nombres de autores como Jakob Wassermann.
Siendo realistas, Wassermann sólo se lee en la academia, y no siempre... Por tal circunstancia, las palabras de von Hanffstengel que abren el prólogo de Gaspar Hauser no podrían ser más acertadas ya que en 1988, año en que EOSA publica la novela en cuestión, dice: “la editorial continúa su loable labor al ofrecer al público hispanoparlante el acceso a una obra de otro autor de ese idioma, algo difícil de aprender, que es el alemán” (Renata von Hanffstengel recuerda que “en 1985, EOSA publicó en una amplia edición el Libro de canciones, obra de Heinrich Heine”, por ello la mención de “otro autor”). Así, es plausible y significativo el hecho de que una editorial se dé a la tarea de
publicar títulos que brindan una visión profunda de la literatura universal, más allá del canon siempre publicitado. A pesar de la magnitud de tal labor editorial, ello sería insuficiente sin un acercamiento serio y fecundo al autor de la obra que se publica. Renata von Hanffstengel es la encargada de plegar el velo que cubre la vida de Wassermann y envuelve la leyenda del personaje protagonista, tarea nada fácil por cierto al hablar de Kaspar Hauser, quien vivió en Núremberg, sur de Alemania, en el siglo XIX.
“Un ser extraño con dificultades de integración…”
LA EXISTENCIA DE Hauser es innegable, a pesar de lo inverosímil que pudiera ser su breve estancia en este mundo. Estamos, entonces, ante la historia de un joven que “pasó 16 años encerrado y aislado en un cuarto bajo y oscuro, a cargo de un campesino, quien había asumido el compromiso de alimentarlo, pero mantenerlo oculto”. Y como la literatura está plagada de referencias que asombran y enriquecen nuestras lecturas, a Hauser, Renata von Hanffstengel lo denomina, en la primera parte del prólogo, “una especie de Segismundo alemán”. La alusión calderoniana es afortunada y provocadora. Dos potentes figuras literarias se rozan en las páginas del libro, ambas víctimas, marcadas por un sino trágico que podrá llegar a conclusión venturosa únicamente con la integración del héroe al mundo real. Pero Segismundo, recordemos, a pesar de su reclusión, recibe noticias del exterior, tiene cierta preparación intelectual; puede, incluso, reclamar a voces y comparar su encierro con la libertad “que Dios le ha dado a un cristal –arroyo–,/ a un pez, a un bruto y a un ave”. Así, el intelecto y la fuerza de Segismundo contrastan con la fragilidad y la inmadurez del joven Hauser, y ello, aunado a su carácter no ficticio, convierte al protagonista de la novela de Wassermann en un ente misterioso, como lo dice la académica: “un ser extraño con dificultades de integración, como si hubiera llegado a este mundo desde una estrella”. Y es que si a Calderón de la Barca no podemos reclamarle nada, con Wassermann pasa lo mismo: sus obras distan en tiempo, espacio y género, pero no en calidad literaria ni en belleza. Aquel temprano abandono que se vieron forzados a tolerar sus personajes, Segismundo y Gaspar Hauser, es el vaso comunicante que une ambas historias, y la prologuista lo toma como pretexto para enlazar la vida del autor alemán con la del protagonista de su novela. De allí parte para presentarnos al escritor oriundo de Fürth, pues la oscuridad en que sumieron, con intención oculta, a Gaspar Hauser en la infancia, no pudo tener otro resultado que el desamparo, un sentimiento equiparable a lo que Wassermann experimentó en su niñez. En 1873, año en que nace el autor de Los judíos de Zirndorf, las repercusiones de lo que algunos historiadores nombran la Primera Revolución Industrial se reflejaban de forma aplastante sobre muchas familias, quienes tuvieron que adaptarse a las inclemencias de los nuevos tiempos –contaminación, paisajes verdes sustituidos por el gris de las fábricas y lo triste de las viviendas precarias–y las nuevas formas de subsistir impuestas por las industrias en crecimiento. La familia Wassermann fue una de ellas, ya que, dice Von Hanffstengel: “Fürth fue un centro industrial tan importante, desde las primeras décadas del siglo pasado –se refiere al siglo XIX–, que fue ahí donde se construyó el primer ferrocarril de Alemania, en 1835”. Así, el pequeño Jakob contaba sólo con nueve años cuando perdió a su madre, y esto, junto a la
A Hauser, Renata von Hanffstengel lo denomina, en la primera parte del prólogo, “una especie de Segismundo alemán”. La alusión calderoniana es afortunada y provocadora. Dos potentes figuras literarias se rozan en las páginas del libro, ambas víctimas, marcadas por un sino trágico que podrá llegar a conclusión venturosa únicamente con la integración del héroe al mundo real.



pobreza que ceñía cada vez con más fuerza a la familia, hicieron de Jakob un jovencito taciturno.
Aislado, acosado, diferente…
DESDE ESTA TEMPRANA edad Jakob sintió atracción por las historias y comenzó a escribir breves narraciones; era una especie de refugio donde podía, sin ser cuestionado, expresar todo su sentir. Cabe mencionar, en este punto, que el párvulo Jakob publicó un relato en un diario local y que, por ello, sufrió una gran reprimenda a voz de su padre, también por parte de su profesor. La dura vida que el destino le deparaba, pobreza y exclusión, por su condición de judío, le convirtieron en un observador introvertido. Analizó a los suyos, pues no entendía por qué una suerte de sino aciago les incordiaba. Fruto de sus observaciones fue la novela Los judíos de Zirndorf. Un estigma similar, es decir, sentirse aislado, acosado, diferente, marcó a Gaspar Hauser; por eso la compenetración de la vida de Wassermann en cada una de sus obras representa, así lo dice von Hanffstengel: “su alma y su sangre, como se puede ver en esta novela, donde más de una vez se funde la figura de Gaspar Hauser con la del pequeño Jakob”. Wassermann, desafortunadamente, fue testigo de la barbarie que significó la quema de libros de 1933 en ciudades alemanas, donde “sus libros ya habían nutrido las llamas de las hogueras”, dice Renata von Hanffstengel. Algo significativo tiene la literatura pues, cuando se quiere dominar a un pueblo, lo primero que se piensa en destruir son sus obras literarias: su memoria. Las sociedades contemporáneas deberían esforzarse por conservar los libros que revelan noticias de otros tiempos y otras regiones del mundo. Somos herederos de tradiciones milenarias que se van modificando y entrelazando unas con otras. Necesitamos más personas dispuestas a conocer esas tradiciones y reflexionar sobre ellas, estudiosos que vuelvan sus ojos al pasado con el fin de interpretar nuestro caótico presente, para que el porvenir sea más amable. Si Jakob Wassermann sólo se lee en la academia, ¿qué pasará con su legado ahora que, por falta de demanda, la carrera universitaria de estudios de las Letras Alemanas podría desaparecer en un no muy lejano futuro? Si eso ocurre, ¿regresará algún día para compartirnos la riqueza cultural de otras latitudes?
Sirva este breve texto como homenaje a esa bella y generosa persona que fue Renata von Hanffstengel, quien impartió cátedra en la licenciatura de Letras Modernas, Alemanas, de la UNAM, y a todos quienes allí han convergido, profesores y estudiantes, y que esas veinticinco páginas que anteceden a una novela publicada en dos volúmenes, valgan como una llave mágica que abre los portales de la vida de un escritor extraordinario, de un ser extraño que en verdad existió y no sólo, por supuesto, de una obra maestra de la literatura ●
EL NARRADOR, GUIONISTA Y LETRISTA BRITÁNICO DE ORIGEN JAPONÉS KAZUO ISHIGURO (NAGASAKI, JAPÓN, 1954), PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2017, ES UNO DE LOS NARRADORES MÁS DESTACADOS EN EL MUNDO DESDE FINALES DEL SIGLO ANTERIOR, AUTOR DE TÍTULOS NOTABLES COMO LOS RESTOS DEL DÍA, LOS INCONSOLABLES, NUNCA ME ABANDONES, EL GIGANTE ENTERRADO Y MUCHOS OTROS.
EN ESTA CONVERSACIÓN HABLA
SOBRE LA MEMORIA Y EL OLVIDO, LA TECNOLOGÍA Y LA SOLEDAD Y, PARA PLASMAR SUS REFLEXIONES AL RESPECTO, AFIRMA: “ME VALÍ DE LA GRAN LIBERTAD DEL NOVELISTA, DE LA ENORME VARIEDAD DE GEOGRAFÍAS Y ÉPOCAS HISTÓRICAS ENTRE LAS CUALES ELEGIR, PARA REFLEJAR LO QUE SUCEDÍA A MI ALREDEDOR. EL MÍO ES UN INTENTO DE DESFAMILIARIZAR COSAS FAMILIARES, PARA MOSTRAR DE MANERA EFICAZ HECHOS A LOS QUE ESTAMOS TAN ACOSTUMBRADOS QUE YA NO LOS ADVERTIMOS MÁS.”


Francesca Borrelli y Gabriella Grasso
Las víctimas de las guerras
‒Usted decidió confiar gran parte de la novela a un narrador que comienza ironizando de esta manera: “No tengo ningún deseo de dar a entender que ahora el territorio británico es esto a grosso modo y nada más”, o bien: “Lamento ofrecer esta imagen de nuestro país...” ¿A quién corresponde, en su imaginación, esta voz y rol que le ha asignado?
‒Durante mucho tiempo tuve la intención de consignarle a este narrador un papel más significativo del que finalmente tuvo, pero reduje su presencia porque me parecía que distraía demasiado al lector. Sin embargo, desde el principio tuve claro que el público al que se dirigiría al contar la historia de Axel y Beatrice estaba compuesto por niños inocentes, muertos en conflictos bélicos: debía ser una voz moderna que hablara desde un entorno sobrenatural. Y este público al que se dirige corresponde, precisamente, a las víctimas de las guerras que han estallado a lo largo de nuestra historia. Ahora que esta voz ha sufrido tantas transformaciones y su protagonismo se ha reducido, entiendo que su papel ya no resulte tan claro. El hecho es que, a medida que avanzaba, me di cuenta de lo útil que me resultaba esta voz narradora: era un excelente guía para ayudar al lector a moverse por el extraño mundo que estaba inventando y, por lo tanto, decidí, por razones muy prácticas, que la mantendría.
‒Sin embargo, a dos personajes ‒el barquero que lleva a las parejas de novios a una isla misteriosa y Sir Gawain, el sobrino del rey Arturo‒ les dio voz propia, haciéndolos hablar en primera persona. ¿Por qué la excepción para ellos dos?
‒Porque deseaba obtener para estos personajes ese efecto de intimidad que la narración en tercera persona no permite. En el pasado, mis novelas siempre fueron narradas en primera persona, pero aquí no quería que hubiera un único protagonista; deseaba, sí, poner en juego muchos puntos de vista capaces de reflejar todos los aspectos que entran en juego en una sociedad. En cierto momento sentí la exigencia de adentrarme en la cabeza de Gawain; en cuanto al barquero, aunque había empezado a describir sus hazañas en tercera persona, me di cuenta de que el efecto sería mucho más potente si le daba voz propia. Después de acompañar a Axel y Beatrice a lo largo de su viaje, llega un momento en el que, para apreciar lo que está sucediendo, es mejor distanciarse de su perspectiva y ver las cosas desde el punto de vista de otros personajes. Me pareció




que esta estrategia narrativa permitía conseguir un mayor impacto emocional.
Olvidar y recordar
‒No es la primera vez que coloca a sus personajes en situaciones en las que pierden la memoria. Le ocurrió a Ryder, el protagonista de Los inconsolables (1995), y también al narrador de “A Village After The Dark”, relato que publicó en 2001 en The New Yorker. Parece ser un tema que le interesa mucho…
‒Sí, así es. En realidad, desde el inicio de mi labor como narrador he tenido un interés especial por la forma en que la gente recuerda y olvida: siempre he concebido este motivo como una clave a través de la cual llego a otra cosa. Tanto en Un artista del mundo flotante (1986) como en Los restos del día (1989) analizaba la forma en que la persona más idealista, incluso la dotada con las mejores intenciones, puede a veces contribuir, sin darse cuenta, a acciones nefastas; y de ahí pasé a intentar comprender cuán difícil es distinguir una buena causa de una que no lo es. Cuando uno está involucrado en primera persona, resulta complicado mantener una perspectiva correcta sobre lo que está sucediendo y si esto se reflejará más tarde en el recuerdo que se tendrá de estos hechos, un recuerdo que yo utilizo como una lente capaz de hacernos ver lo que ha sucedido de forma distorsionada. Evidentemente, en esta última novela el acto de recordar tiene un papel importante, sobre todo en lo que respecta a la relación entre Axel y Beatrice, quienes no saben si su matrimonio podrá resistir cuando “el descanso del olvido” los abandone. Por eso se preguntan si a veces no es mejor olvidar.Pero, ¿es realmente sólido un amor que se basa en un olvido deliberado? Esa es la duda. Sin embargo, en la novela también hay una dimensión de aliento más amplio, una perspectiva social: al evocar la paz ficticia entre bretones y sajones quise aludir a las pretensiones de mantener unidos a pueblos diferentes sin tener en cuenta cuáles eran sus relaciones antes de esta paz impuesta y arraigada en el olvido, que como tal nunca sabremos cuánto durará ni si durará.
‒Entonces ¿está de acuerdo con Susan Sontag cuando dijo que la memoria está conformada por lo que aceptamos recordar y que, a veces, para que sea posible la reconciliación, hay que consentir sobre la necesidad de olvidar?

‒Por supuesto que sí. A veces olvidar es la mejor opción, porque pone fin a los deseos de venganza y a la violencia que genera, tanto en las relaciones personales como en las colectivas: basta pensar en la situación de Irlanda. Es cierto que a veces no puede haber un progreso real hasta que no se decide dejar atrás algo doloroso; pero ¿hasta qué punto se puede seguir adelante fingiendo que eso nunca ha ocurrido? Si el gigante está enterrado, pero no muerto, tarde o temprano podría despertar. Recientemente estuve en Estados Unidos para hablar de mi última novela y me encontré con una situación muy crítica en lo que respecta al resurgimiento de la violencia relacionada con cuestiones raciales. Hay quienes han sugerido suprimir de los libros de texto muchas de las partes que tratan la historia de la esclavitud y la segregación racial, porque generan demasiada ira en las nuevas generaciones, especialmente en Latinoamérica; pero otros sostienen que, en realidad, todos los problemas actuales se derivan precisamente del hecho de que nunca se han abordado a fondo las cuestiones relativas a la esclavitud. Quizá necesitamos algo como la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica, pero lo cierto es que siempre vuelve a surgir el tema del equilibrio entre lo que hay que recordar y lo que se decide deliberadamente olvidar.
La dragona y los defensores del establishment
Tanto en Un artista del mundo flotante (1986) como en Los restos del día (1989) analizaba la forma en que la persona más idealista, incluso la dotada con las mejores intenciones, puede a veces contribuir, sin darse cuenta, a acciones nefastas; y de ahí pasé a intentar comprender cuán difícil es distinguir una buena causa de una que no lo es.
‒Volvamos a la novela: ¿por qué decidió representar a la dragona, quien mantiene en jaque la memoria de los hombres, en una postura casi antiheroica? La describe como una criatura vieja y flácida, “tan demacrada que pareciera una especie de reptil vermiforme”. Sin embargo, el destino de británicos y sajones depende del poder de su aliento…
‒Bueno, en realidad Querig es un poco patética, pero eso no quiere decir que en el pasado no haya sido una figura heroica, fuerte e imponente. Su detrimento es un símbolo del enorme esfuerzo que resulta necesario para mantener sepultados sucesos dolorosos; después de todo, ocultar algo desgasta profundamente, y tratar de suprimir los recuerdos se vuelve cada vez más difícil para ella con el paso del tiempo. En cierto momento, Sir Gawain dice que incluso el poco aliento que le queda a la dragona podría ser
suficiente para no recordar nada más en toda su vida, y, naturalmente, hay quienes no están nada de acuerdo con que esto suceda.
‒¿Por qué, en su imaginario, los monjes a los que Axel y Beatrice piden asilo en realidad protegen al dragón?
‒En esta novela muchos personajes se enfrentan al dilema de mantener vivo o no al dragón: algunos querrían destruirlo para que se haga justicia por los agravios cometidos en el pasado; otros preferirían dejar todo como está. Los monjes son una representación del establishment: protegen los intereses de quienes han llegado al poder y ocultan los medios con los que lo han conseguido. Creen que pueden expiar sus pecados gracias a las penitencias que se imponen, pero hay quienes los desprecian por su convicción de que pueden salirse con la suya pidiendo perdón a su dios, ya que esto coincide con una falta de aceptación de responsabilidades. Como ocurre en todas las situaciones en las que el poder se conquista por la fuerza y la paz se sustenta en un imperio, los monjes están aterrorizados por la idea de perder lo que han adquirido; temen la venganza. En el futuro me gustaría reflexionar mejor sobre esta idea cristiana de un dios que todo lo perdona, porque esto hace que sea menos difícil cometer las acciones más atroces.
‒Al comienzo de su viaje, Axel y Beatrice se encuentran con una mujer anciana y sombría, que se parece a un pájaro negro y lleva muchos conejos entre los brazos, a los que matará uno por uno. ¿Es una figura simbólica? ¿A qué alude? ‒Es una mujer que fue abandonada al otro lado del vado por el marido que la engañó. A lo largo de toda la novela hay también otras figuras de viudas que vagan en una atmósfera extraña, un poco como fantasmas, suspendidas entre la vida y la muerte. En efecto, la escena en la que aparece esta mujer es muy importante, porque a través de su figura se introduce un tema fundamental de la trama, el que tiene que ver con el temor y, al mismo tiempo, con la esperanza que acompañarán a Axel y Beatrice a lo largo de toda la novela: no es la muerte lo que temen, sino el hecho de que algún recuerdo enterrado vuelva a separarlos; y lo que esperan es amarse tanto que ni siquiera la muerte los separe cuando el barquero los lleve al otro lado del vado, a una isla que podemos suponer es la isla de la muerte.
El aislamiento de las redes sociales
‒En su anterior novela, Nunca me abandones (2005), imaginó un escape hacia el futuro, poniendo en escena clones criados para donar sus órganos. Aquí, en cambio, en El gigante enterrado (2015), la huida se produce en la Alta Edad Media británica. ¿Se siente más cómodo evitando ambientar sus historias en el presente? ‒Ambos libros tratan sobre el presente, aunque no lo parezca. Comencé a escribir El gigante enterrado pensando en lo que ocurrió en Bosnia y Ruanda en los años noventa: precisamente recordando a esos pueblos que vivían en una paz claramente ficticia y que, casi de repente, se vieron envueltos en terribles conflictos, puse en escena la precaria convivencia entre bretones y sajones. En el caso de Nunca me abandones, es cierto que la trama parece proyectada en el futuro, aunque en realidad estamos en lo que yo llamaría “un presente alternativo”, y también en este caso me valí de la gran libertad del novelista, de la enorme variedad de geografías y épocas


históricas entre las cuales elegir, para reflejar lo que sucedía a mi alrededor. El mío es un intento de desfamiliarizar cosas familiares, para mostrar de manera eficaz hechos a los que estamos tan acostumbrados que ya no los advertimos más.
‒En Klara y el Sol (2021), los alumnos estudian en casa con tabletas y pierden la costumbre de socializar con sus compañeros; exponerse al sol se convierte en una cuestión vital. En la práctica, eso es lo que ocurrió durante la pandemia. ¿Lo ha considerado?
‒Nunca me había dado cuenta de la coincidencia con el tema de la exposición al sol, aunque en realidad es cierto: paradójicamente, yo también me he vuelto más consciente de la presencia del sol y me he expuesto más a la luz en el último año, ya que durante el confinamiento era necesario hacer un esfuerzo por salir al aire libre, tal vez para trabajar en el jardín. El aislamiento de los jóvenes, debido también al espacio que ocupan las redes sociales en sus vidas, sólo se acentuó con la pandemia. Todos estamos preocupados, no sé si con razón o sin ella, por su futuro. Al haber sido creada para hacerles compañía, Klara mira el mundo de los humanos a través de las lentes de la soledad. Como escritor no me interesa tanto nuestra soledad en la vida cotidiana sino la soledad como esencia de la experiencia humana.
‒Independientemente de las nuevas tecnologías.
‒Sí, aunque todo se ve amplificado por estos modelos de negocio o, mejor dicho, por los modelos de negocio de las grandes empresas que actualmente los controlan, porque les interesa económicamente animarnos a pasar más tiempo delante de una pantalla que entre nosotros. Pero pensemos en una situación más tradicional, como un partido de futbol importante. Somos miles, millones de televidentes y todos vemos a dos equipos enfrentándose. Luego llegan los
penaltis. Y, de repente, nos damos cuenta de que en realidad cada jugador está solo. Solo ante una decisión que recordará toda su vida. La experiencia humana es así: aunque nos esforcemos por organizar nuestra existencia para vivirla con otros, siempre nos encontraremos en momentos de aislamiento. Por ejemplo, cuando estamos mal. La experiencia humana es una batalla entre la soledad y la búsqueda de compañía para no sentirla. ‒Por cierto, esto le dice la madre de Josie a Klara: “Debe de ser maravilloso no echar nada de menos. No sentir nostalgia por las cosas.” Y añade: “A veces debe de ser bonito no tener sentimientos. Te envidio.” ¿Nos hemos vuelto tan incapaces de conectar con nuestras emociones que podemos sentir envidia de un autómata? ‒No diría que hoy en día somos menos sensibles a las emociones, al contrario. En el pasado hubo quienes se vieron realmente obligados a anestesiarse para sobrevivir: no existe nada más deshumanizante que las circunstancias en las que se encontró la gente durante las guerras, cuando se masacraba a civiles y soldados. O en los primeros tiempos de la Revolución Industrial, cuando incluso los niños trabajaban sin horario. Sin embargo, algunos aspectos del mundo contemporáneo me preocupan. La tecnología nos ofrece nuevas posibilidades y podría aumentar nuestra capacidad de comprendernos. Al fin y al cabo, se habla de information revolution: la información debería acercarnos unos a otros. No obstante, los modelos de negocio actuales fomentan la comunicación a través de las pantallas y funcionan mejor enfatizando las emociones negativas que nos mantienen pegados al teclado, como la ira y el odio. El reto es conseguir gestionar la tecnología en función de nuestros intereses y no los de las empresas.
‒En el libro se plantea que lo que determina las decisiones de los seres humanos es el amor, especialmente el amor de una madre por su hijo. Un sentimiento que ninguna máquina podrá replicar jamás, ¿no cree?
‒Sí, y al final Klara llega a una conclusión no muy distinta. Cuando se le propone ocupar el lugar de Josie en caso de que la niña muera, se pregunta si existe algo realmente irremplazable en un ser humano y concluye que el lugar donde buscar ese algo que podríamos llamar alma no está en Josie, sino en las personas que la aman. Por muy programada que esté para representar de manera integral los deseos y las elecciones humanas, jamás ninguna máquina podrá capturar su capacidad de amar y ser amados por otros. Esto vale tanto para el amor como para el odio. En términos tecnológicos, no puedo decir si algún día una máquina podrá sentir lo que llamamos amor. Por el momento, parece que no ●



Pespuntes, Mariana Marsal, Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2025.
TOPARSE CON UNA caja llena recuerdos ajenos apela sin duda a la curiosidad. Si su aspecto es arrumbado, pensamos en el olvido, quizás en la errancia. Un fragmento de vida abandonado ante una emergencia o un desengaño. Un cofre callado nos devuelve también al sueño del tesoro descubierto, a la esperanza que late en el fondo de los eventos fortuitos. Este es el motivo del que nace Pespuntes, la primera novela de Mariana Marsal. Etna, joven mexicana autoexiliada en París, se topa en un bazar con una caja que guarda fotos, documentos y recuerdos de una mujer desconocida. Sin entender el por qué, Etna se prenda de la vida y del desamparo que intuye en el trasfondo de aquel encuentro. Se hace con el pequeño tesoro, en cuyo hallazgo ve una señal, y a partir de ese momento se propone desentrañar sus secretos, reconstruir su historia íntima. La vendedora del bazar la pone en la pista de su prima y antigua propietaria de la caja, una exmodista francesa de nombre Eliane Laporte, retirada ahora en un asilo, absorta en sus bordados y amenazada por el Alzheimer. Decidida no sólo a recuperar aquella historia, sino a usarla para cumplir su sueño de hacerse novelista ‒así no sea más que para “saldar cuentas” con sus padres, que tenían para ella otros planes‒, Etna se convierte en el último punto de contacto de Eliane con el mundo exterior y con su propio pasado. Durante el curso de numerosas visitas y no sin dificultades, Etna vence la reticencia de la anciana, se hace su amiga y confidente. Entre la minuciosa lectura de documentos e imágenes de la caja, y la confusa información que logra obtener de las conversaciones con Eliane, desentraña el pasado de una mujer indócil y tenaz que hizo de su libertad para elegir una bandera irrenunciable. Tratando de llenar vacíos en la historia, Etna troca un viaje a México por una visita a Martinica, donde rastrea los pasos del romance que su heroína vivió con Marcel Désiré, agente público y empresario originario de esa isla. Un rasgo más de la rebeldía de la joven modista, quien se opuso a los usos sociales de su época y entorno para unirse a un mulato de ultramar. A la etapa del matrimonio de Eliane con Désiré parece corresponder la mayor parte del material de la caja, los eventos centrales que definieron su vida, sus luchas y derrotas, sus amores y decepciones. De las horrendas peleas de gallos a las playas paradisíacas, pasando por la devastadora erupción del monte Pelée, Etna ‒otro referente volcánico‒ hurga en aquel destino cuyo desenlace sin embargo queda en el aire, pendiente del hilo de memoria cada vez más fino que une a la anciana con el presente, y que lleva a la joven escritora a
ajustar la interrogante: ¿Cómo seguir? ¿Cómo llenar los vacíos de la memoria, si no es con ficción? Y sobre todo, ¿el pasado de quién busca realmente desenterrar?
La caja y su variopinta colección de objetos es el origen del texto y es, también, su forma. La novela es un contenedor que reúne fragmentos narrativos y ensayísticos, fotos y postales ‒mismas que inspiran la historia‒, además de citas, definiciones y notas periodísticas, recetas y canciones. Todo en una disposición que recuerda el desorden de lo que nació de un gesto organizador, pero que ha visto su intención desdibujada por el destino. Y así como la estructura de la novela imita la de la memoria material de la anciana, la prosa indaga en los misterios de su antiguo oficio, el bordado, y en la función de éste como ancla última ante el paso del tiempo. Marsal recupera para su propia búsqueda el puente etimológico entre la escritura y el tejido, aprovecha con inteligencia el motivo para guiarse en el descampado de la búsqueda estilística y se lo apropia para armar, párrafo a párrafo, puntada a puntada, un texto rico y sensible, una obra lúcida y emotiva. Asomarnos a un recipiente cuyo contenido ignoramos implica la expectativa del acercamiento. Imposible no imaginar, justo antes, lo que ahí se oculta; imposible no repasar mentalmente el abanico de opciones anheladas. Desde el mito de Pandora hasta los archivos documentales de Sebald ‒de los cuales parece nutrirse el método de Marsal‒, pasando por los secretos poderes encapsulados de las Mil y una noches, un receptáculo ignoto es un imán ambivalente de esperanza y miedos. Poco a poco, Etna descubre que los suyos tienen menos que ver con la historia y el destino de Eliane que con los suyos propios. ¿Por qué necesita desentrañar esa historia? ¿Y por qué necesita, además, escribirla? En su lucha por desandar el camino de Eliane, Etna busca ansiosamente encontrar el suyo. Mientras desteje los lienzos que la anciana ha bordado sobre su destino, aprende a tejer, pespunte a pespunte, sobre su presente.
Una última imagen sugiere una conexión entre las soledades paralelas de ambas mujeres, más allá del fortuito encuentro en una brocante: un amante suspira su amor a Eliane tallando en madera un paciente gallo martiniqués. A la idea de construir por acumulación, bordando puntadas o redactando frases hasta componer un motivo, luego una imagen, se opone la del tallado, que busca “liberar la forma” de aquello que la disimula, según la cita que Marsal incluye sagazmente. Después de todo, aquella caja abandonada en un bazar no era tal vez una pérdida, sino el necesario abandono de un lastre. Ante la única foto que Etna encuentra en la habitación de Eliane, concluye: “Comprendí que si sólo conservaba una imagen no era porque necesitara recordar, sino porque no podía olvidar.”
Pespuntes nos recuerda que redactar una novela ‒o dos en una, como ha hecho Mariana Marsal‒, o bordar un espléndido roble en medio de un jardín, son sobre todo dos bellas formas de tallar en el tiempo nuestra memoria ●
Anécdotas/
Beatriz Gutiérrez Müller
UN PERIÓDICO editado en Ciudad de México aseguró, en 1912, que los pantalones los inventó Napoleón y que era de felicitar al gobierno porque siguió el ejemplo de aquel emperador galante y estiloso, invitando a los indígenas a cambiar de vestimenta, si bien no con prendas de casimir, lana Mohair, alpaca, seda, lino o lana peinada (worsted wool), pero sí que llegara a su fin su atuendo milenario, compuesto por una especie de pantalón corto y camisa de manta, ambas de color crudo, además de huaraches.
El autor de la notita agregaba: “Lástima que tan loable medida no sea haya hecho extensiva al bello sexo indígena” porque si bien algunas usan un tipo de falda pantalón, no se ponen camisa lo cual termina por marcar un exagerado escote que ahora caracteriza a nuestras vendedoras de patos y ajolotes” (El Mañana, México, 17 de septiembre de 1912).


Lo anterior viene a cuento porque, en aras de embellecer la ciudad, aunque hoy nos sintamos incómodos con estas apreciaciones, el ayuntamiento de Ciudad de México había anunciado que sancionaría a quienes persistieran en usar la milenaria prenda ligera que era su usanza y tradición. Se trataría de pasar del susodicho “taparrabos”, como le llamaban, a uno largo, de otro color y con bolsillos, “lo cual es un progreso porque así nuestro pueblo consciente ni al dormir se hallará en paños menores, llevando en esto una inmensa ventaja”. El nuevo reglamento entraría en vigor el 15 de septiembre de 1912 y se fundaba en la consideración de que no taparse las piernas constituye una falta a la moral. De no cumplirlo, los indígenas tendrían que pagar una multa de uno a veinticinco pesos y arresto de tres a quince días.
Bajo el viejo señalamiento de que las faltas a la moral o a las buenas costumbres tenían que ser reprehendidas, un articulista ya alzaba la voz en contra de estas imposiciones: los nuevos gobernantes “han creído que la Revolución tiene el deber de transformarlo todo, hasta los pantalones que debe usar el pueblo maduro como símbolo de la libertad moderna”. Según leí, no fue un bulo o chismarajo de la época. No estoy en condiciones de afirmarle si, en efecto, se levantaron multas contra quienes conservaban su manera de vestir, pero es un hecho que el gobierno de la ciudad había llevado a cabo un acuerdo económico con varias textilerías para ofrecer a un módico precio estos pantalones largos, tipo mezclilla, que se obligaba a vestir. Para que resultara atractiva la oferta de elevar la “cultura” de la ciudad, costaría 50 centavos la pieza; las “inmensas mayorías […] gastan más en bebidas y otras superfluidades, gastos perfectamente comprobados en las demarcaciones de policía”, (Nueva Era, México, 20 de agosto de 1912).
Ya se ve que ni con Revolución, la iniciada en 1910, se alejaba la costumbre de imponer a los pueblos originarios de México y no respetar sus tradiciones, su lengua, su manera de vestir. Con tanta influencia occidental, resultó que aquella grandeza milenaria de civilizaciones y culturas prehispánicas avergonzaba hasta a los más liberales. Hemos padecido desde hace mucho tiempo la letanía de una superioridad cultural.
Saludos con napoleónicos atuendos, doña Clofis. Se me ocurre que, cuando pongan ofertas bajo la premisa de promover las buenas costumbres sobre el correcto vestir, nos busquemos. A lo mejor hay 4X1 en pelucas punk de color rosado. Nos veríamos bien usted, su señora madre, su tía y una servidora caminando por el Paseo de la Reforma. ¿Qué opina? ●

Ensayos en espiral, Luis Ignacio Sáinz, El Tapiz del Unicornio, México, 2024. Los intereses intelectuales del doctor en Ciencias Políticas Luis Ignacio Sáinz son amplios y diversos: en sus ensayos aborda lo mismo temáticas estéticas que históricas, políticas que musicales, y en todas pone al servicio de los lectores un conocimiento vasto de los asuntos abordados, mismos que analiza desde un punto de vista que, sin dejar de ser necesariamente personal, el autor sabe universalizar cuando lo comparte. Este nutrido volumen contiene diez largos ensayos de difícil clasificación, entre los cuales Sáinz versa sobre la obra pictórica de José María Velasco, Diego de Velázquez y Rufino Tamayo; la escultura, la identidad nacional y la Escuela Mexicana de los siglos XIX y XX; el Renacimiento alemán… ●



En la entrega pasada (4/05/26) se esbozó en esta columna la extraordinaria exhibición El jardín de Velasco que se presenta en el Museo Kaluz hasta el 22 de junio, un proyecto transdisciplinar que da cuenta de los conocimientos del gran paisajista José María Velasco (1840-1912) en el campo de la ciencia, la geología, la zoología y la botánica que desarrolló de manera paralela y complementaria a su quehacer artístico. Además de las expediciones botánicas que se reseñan en la columna anterior, Velasco formó parte de diversas comisiones exploradoras que tenían como misión registrar el hallazgo de ruinas arqueológicas como Metlatoyuca, y a las que fueron invitados pintores paisajistas, porque se consideraba que la fotografía no conseguía documentar los registros con tanta precisión. A lo largo de la muestra se presentan diversos instrumentos científicos de medición y exploración, junto con su caballete, parasol y caja de pinturas, lo que nos permite imaginarnos con fascinación esas aventuras a lugares recónditos que despertaron en el artista su pasión por las culturas mesoamericanas, cuyos vestigios reprodujo en infinidad de dibujos y litografías para los Anales del Museo Nacional, donde trabajó treinta años. También ejerció como dibujante naturalista en el Museo de Historia Natural y colaboró con el Museo de Geología, para el que realizó las fabulosas pinturas de organismos fósiles de la flora y fauna del Paleozoico, Mesozoico y Cenozoico.
En el recorrido, el curador Omar Sandoval me hace notar la relevancia de los registros pictóricos de Velasco: “Un punto muy interesante es el hecho de que también quisimos poner este dialogo de Velasco en el presente, con investigadores de Biológicas y de la Universidad de Kansas, que desde el 2013 iniciaron un proyecto con Elisa Var-

gas Lugo, que se llama Tras las Huellas de Velasco, en el que un equipo se fue a los lugares importantes donde el artista pintó paisajes para hacer fotografías en el mismo lugar. En este registro vemos que en algunos casos no ha habido tanto cambio, mientras que en otros hay diferencias muy notorias.” Esta reflexión nos lleva al libro-catálogo de 350 páginas que acompaña la muestra y que contiene espléndidos ensayos de investigadores de distintas disciplinas, cuyas aproximaciones al trabajo de Velasco conforman el carácter transdisciplinar de este magno proyecto. Un ejemplo es el texto del especialista en geo-estética Peter Krieger, que hace un llamado de atención sobre el manejo no sustentable de nuestro ecosistema y sus dramáticas consecuencias: “Esta exposición y su catálogo ofrecen, pues, reflexiones sobre el impacto que las imágenes botánicas y del paisaje pueden ejercer para la concientización colectiva sobre los entornos naturales, así como sus amenazas en tiempos del llamado Antropoceno.” A

1. Baño del rey Netzahualcóyotl en Tetzcotzinco, 1878. 2. Flora y fauna marina del período Paleozoico, Siluriano y Devónico. 3. Valle de México, 1888.
113 años de la muerte de Velasco, sus monumentales vistas del Valle de México resultan paisajes idílicos de un paraíso perdido aunque, en algunos de ellos, ya soplan los aires de la destrucción, como bien señala Sandoval: “En sus últimas obras hay cierta desolación en sus paisajes. No hay esa exuberancia, ya se ve cómo invade la ciudad, se siente todo más árido.” El jardín de Velasco nos invita a la contemplación pero, más allá de la mirada nostálgica, nos conmina a la toma de conciencia de nuestra relación con la naturaleza en la actualidad; es un foco de alerta del estado de gravedad de nuestro ecosistema y nuestra responsabilidad en este dilema ético-ambiental que estamos viviendo.
La exposición cierra con la participación de artistas contemporáneos que crean obras exprofeso para la muestra, inspirados en la vigencia y presencia de José María Velasco: Jan Hendrix, Patricia Lagarde, Wendy Cabrera Rubio y Ariel Guzik. El jardín de Velasco es un proyecto ambicioso que entrevera una sugerente propuesta estético-científica que nadie se debería perder ●

BAJO EL LEMA “Nadie atrás, nadie afuera”, el gobierno mexicano conmemora hoy domingo el Día Nacional contra la Homofobia, Lesbofobia, Transfobia y Bíofobia, para recordar que los prejuicios y los estigmas perjudican a todos, a todas y a todes. Por supuesto, el discurso y la difusión no bastan, pero refuerzan la celebración de la victoria de una lucha trascendental.
El 15 de agosto de 1971 apareció en México, discretamente, la agrupación política llamada Frente de Liberación Homosexual (FLH), impulsada por Juan Jacobo Hernández, Nancy Cárdenas, Carlos Monsiváis, Luis Prieto y Luis González de Alba, entre otros. Esta iniciativa pionera, junto a otros movimientos de carácter local en el mundo, propició que en 1973 la Asociación Estadunidense de Psiquiatría quitara de la lista de enfermedades mentales a la homosexualidad, y que en 1990 la Organización Mundial de la Salud hiciera lo mismo.
Para 1979, disuelto el FLH, las vanguardias de la diversidad sexual mexicana integraron el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria y los grupos Lambda de Liberación Homosexual y OIKABETH de Lesbianas, que luego de participar en manifestaciones masivas convocaron a la primera Marcha del Orgullo Homosexual.
Reconocido por sus movilizaciones en el mundo y en México como una demostración liberadora de preferencias distintas a la normativa heterosexual, el movimiento LGBTI+ (Lesbianas, Gays, Bisexuales,Transgéneros, Intersexuales, etcétera) ha ganado el apoyo o por lo menos la aceptación mayoritaria de las sociedades y los Estados.
Poco a poco, con altibajos y conflictos internos, el poder LGBTI+ mundial se ha ampliado. Y son notorios sus avances en la lucha contra la culpabilización, la patologización, los abusos autoritarios y el escándalo fundado en supuestas “normalidades” tradicionales, heteropatriarcales y binarias. Además, ha podido pasar de la vergüenza al orgullo, de la antipatía a la simpatía, del miedo a una nueva y más justa valoración. Pero, lo dicho, ni las proclamas ni los reconocimientos consensuados son suficientes.
Las fobias y el odio a la diferencia y a la transformación también progresan, y hasta empeoran. Porque las luchas de grupos oprimidos, sean laborales, feministas, comunitarias, nacionalistas, migrantes, identitarias o por derechos humanos, topan siempre y de muchas formas con la conflictividad social mayor de un dominio generalizado, que explota a quienes crean, reprime la libertad de individuos y colectividades, daña la salud y la diversidad y atenta contra la vida y el entorno. Este dominio de una minoría propietaria se basa en la explotación y la devastación, en la esclavización y la deshumanización.
La lucha de clases, máxima expresión de los antagonismos sociales, culturales, políticos y económicos presentes, no se debe confundir con las expresiones específicas de los reclamos de cambio. Asimismo, la solución radical de cada lucha únicamente puede derivar, o bien en la aniquilación de la humanidad y del ecosistema planetario, o bien en la transformación del mundo y de la vida para bien de todos, todas y todes.
Alfonso Reyes nació el 17 de mayo de 1889. Y, según dice en un poema, a él de niño lo seguía el sol: “Andaba detrás de mí/ como perrito faldero;/ despeinado y dulce,/ claro y amarillo:/ ese sol con sueño/ que sigue a los niños.” Hoy, gracias al acto de procreación que es la lectura, Alfonso Reyes puede celebrar con sus lectores 137 años de vida. Sin embargo, leyendo esta muestra milimétrica de su obra en una clave más prosaica, don Alfonso aparece convertido en un señor transetario (en inglés, an ageplayer): alguien que juega a trastocar su edad ●



La noche que Shakespeare lloró
UN JOVEN FOTÓGRAFO francés de nombre Julien Desmanges recorre las calles ruinosas y humeantes de Gaza, resuelto a encontrar belleza en el dolor… pero nada lo prepara para el más inesperado hallazgo: una librería que parece ajena a la guerra y, sin embargo, tiene todo que ver con ella, empezando por su propietario, Nabil, que tiene reservado un mundo de historias para aquel periodista curioso y sensible.
El librero de Gaza (Salamandra, México, 2026), del novelista y dramaturgo de origen marroquí, Rachid Benzine, no es una novela: es un poema en prosa (que incluye versos); poema épico de apenas 125 cuartillas que exigen ser leídas de manera pausada, para impregnarse tanto de la divinidad de su prosa como de las experiencias del anciano librero que pone como condición a Julien, quien desea hacerle un retrato, que primero escuche su historia. Existe una creencia extendida en Medio Oriente respecto a que un retrato no puede estar completo si no se conoce lo esencial de la persona a la que se pretende inmortalizar. Julien, para quien el tiempo dejó de correr, como cuando se vive inmerso en la incertidumbre de una guerra, accede encantado, no tanto por el retrato sino porque intuye que Nabil tiene cosas muy importantes que decirle sobre su condición de apátrida. El septuagenario Nabil ha tenido pocos días luminosos en su existencia, pero ¡qué momentos! Su oficio y los libros le han dado un sentido a su vida, incluso en sus momentos más oscuros. La frase que marcó y definió su existencia fueron las últimas palabras de su hermano mayor tras recibir un proyectil israelí en pleno pecho: “Lee. Lee hasta volverte loco. Pero lee, hermanito, lee.” Nabil no conocía otro estilo de vida, desde el vientre de su madre, que no fuera el desplazamiento forzado. Vio a sus abuelos desaparecer bajo ruedas de tanques, entre otros horrores. Pero ahí, donde más se ensaña el sinsentido; donde el abuso de poder es deporte, suelen mani-
festarse los más excéntricos milagros. Chicos que se alimentan y se visten casi clandestinamente y, sin embargo, encuentran figuras tutelares interesadas en su educación… y ahí tenemos al adolescente Nabil, participando en una puesta teatral de Hamlet enteramente traducido al árabe, representando nada menos que al príncipe de Dinamarca, mientras que la chica a la que ama en secreto se presenta coronada de flores: la Ofelia de Hamlet. Sin duda, Shakespeare hubiera llorado al contemplar su propia obra montada sobre un terreno donde se escuchan estallidos constantes y que, en cualquier momento, podría ser borrado por una bomba, “fue un evento triunfal. Y comprendí el poder de las palabras, la fuerza de la literatura. Incluso la gente más humilde, hasta los analfabetos, entendían el texto; a su manera”.
A Nabil no sólo lo obsesionaba Hamlet, el príncipe de la venganza… también Job, el personaje bíblico a quien le sucedían las mayores desgracias y pronto descubre que Dios lo está poniendo a prueba. La religión es un asunto importante en la biografía del librero, que nunca conoció discriminación ni persecución por inclinarse hacia el cristianismo…, aunque también leía el Corán y le tiene infinito cariño a un Imán de gran corazón. Una de las cosas que deja claro este precioso libro es que los verdaderos creyentes, ya sea en Dios o en Alá, no reconocen a Hamás como parte de los suyos, por mucho que el Goliat israelí se empeñe en caricaturizar su resistencia como terrorismo. La existencia de Nabil transcurre entre injusticias, pérdidas, esperanzas y chispazos de normalidad. Logra cursar estudios universitarios, pero luego es condenado a veinte años de prisión por algo tan elemental como defenderse. Pero incluso en la cárcel crea una comunidad centrada en la lectura. Los libros siempre se aparecen para salvar su vida y la de quienes le rodean. La súplica de su hermano adquiere, entonces, todo el sentido del mundo: “Lee, hermano, lee.” ●


Imagen: Alonso Arreola, realizada con IA.
HAY MÚSICOS cuyatécnica exhibe dominio, pero hay otros que utilizan su virtuosismo para jugar. La pianista japonesa Hiromi pertenece a la segunda categoría. Lo comprobamos en su presentación del 30 de abril (Día del Niño) en el Lunario del Auditorio Nacional, cuando la complejidad convivió con una alegría infantil, no como sinónimo de ingenuidad sino de curiosidad permanente, imaginación desbordada y capacidad de asombro.
A lo largo de veinte años, Hiromi se ha consolidado como una figura visible del jazz contemporáneo. Sus discos, reconocimientos y colaboraciones con gente como Chick Corea, Stanley Clarke o Anthony Jackson la han vuelto referencia para nuevas generaciones de músicos. Sí, pero quizá el rasgo más singular de su propuesta siga siendo, precisamente, la mezcla entre disciplina y desenfado lúdico.
En el tinglado parece disfrutar el desarrollo de cada idea como una niña con juguete nuevo. Abruptamente, cambia de dirección, exagera dinámicas, transforma el sintetizador en una fábrica de caricaturas sonoras. Lo mismo comparte piezas dedicadas al ramen que al kung fu, con impulsos caprichosos que, finalmente, revelan estructuras de gran sofisticación.
Desde luego que su combo actual (Hiromi’s Sonicwonder) funciona gracias a la complicidad de tres músicos capaces de sostenerle el vértigo. El trompetista neoyorquino Adam O’Farrill (sí, de la dinastía de Arturo O’Farrill) aportó un sonido interesante por la combinación entre tradición y modernidad. Una sólida comprensión del lenguaje jazzístico, pero atravesada por delays, reverberaciones y efectos que expanden su rango tímbrico sin convertir su instrumento en mero artificio.
El baterista Gene Coye sostuvo el andamiaje rítmico con eficiencia, reservando sus momentos más imaginativos para los solos, allí donde mostró una personalidad menos contenida, más explosiva. Pero el gran motor de la noche fue el francés Hadrien Feraud. Desde hace dos décadas lo consideramos uno de los bajistas más impresionantes de su generación por velocidad, articulación, limpieza y un razonamiento armónico excepcional. Dicho ello, empero, lo más valioso sigue siendo su musicalidad. Antes del concierto pudimos conversar un rato con él y apareció otro nivel de su figura. El del músico sensible, culto, agudo y consciente del momento histórico que atraviesa la música en general y su música en particular. Escuche su último lanzamiento en plataformas: “Two Thousand and Six”. Y por cierto: le agradecemos doblemente al Lunario: por su invitación tras solicitar esa charla; por tomar el riesgo de producir un show tan memorable.
Ahora bien, lectora, lector, no deja de ser significativo que todo ello ocurriera en una fecha tan significativa, pues el mentado 30 de abril también es Día Internacional del Jazz. Hablamos de una celebración reconocida por la UNESCO gracias a incontables músicos, entre los que destaca el enorme pianista Herbie Hancock. Su meta, además de celebrar un género universal, es brindar herramientas pedagógicas y culturales orientadas a la diversidad, el diálogo y la tolerancia.
Este 2026, la mayor conmemoración tuvo lugar en Chicago con la participación de notables como nuestro Antonio Sánchez, quien sumó su destreza a Christian McBride, Béla Fleck, Dianne Reeves, Terri Lyne Carrington y Marcus Miller, por mencionar algunos. Porque sí. En tiempos obsesionados con la aceleración, el algoritmo y la polarización, el jazz se mantiene defendiendo algo elemental: la inteligencia y la valentía para seguir jugando. Todo lo dicho está en línea. Pruébelo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos ●
SI HUBIERA, como en aquel cuento de Cortázar, un pasaje que te llevara no sólo de un punto a otro de la ciudad sino también del presente a otro día de otro año, bien podrías retroceder unas cuatro décadas y, de golpe, volver a 1983, quizá 1984. Pongamos por ejemplo que ese bucle del espaciotiempo estuviese en la Glorieta de Insurgentes y que, al salir del Metro, aunque muy envejecido y descuidado, el Cine Insurgentes todavía ofrece una película en su marquesina. No te quedas ahí sino que caminas sobre la calle de Hamburgo, en plena Zona Rosa, donde poco más adelante, en una calle perpendicular cuyo nombre se te escapa, están las salas de arte a las que no va tanta gente como la que acude, doblando Hamburgo y ya en Paseo de la Reforma, al enorme y hermoso Cine Latino con su fachada blanca, su amplio lobby de asientos acojinados, su inmenso patio de butacas y la no menos amplia luneta, que años después y en un esfuerzo inútil de sobrevivencia será dividido en dos salitas a las que a nadie le gustará ver nada.
Apenas unos metros al poniente, sobre Reforma, más pequeño que el Latino pero igual de digno, y a diferencia de éste que suele albergar estrenos fílmicos de toda suerte, el Cine París de bauhausiana vocación arquitectónica ofrecerá alguna película de las llamadas de autor. En ambos, por cierto, la dulcería todavía es llamada así, no abruma ocupando prácticamente todo el espacio del lobby ni parece tener esas pretensiones de lonchería pseudofifí de las actuales salas viaipí, con meseros y toda la cosa.
Más adelante están el Roble y el Chapultepec, enormes, para dos mil o más espectadores, pero en vez de ir hacia allá vuelves sobre tus pasos y regresas al Centro, oficialmente todavía no llamado Histórico, donde los cines se multiplican: en Humboldt, felizmente anacrónico, el Palacio Chino cuya decoración interior,


abigarrada de figuras y colores, siempre distrae de la película que estén pasando; en la esquina de Reforma y Balderas, el Real Cinema que con su decoración vagamente renacentista se pretende sobrio y elegante –y lo consigue–; siguiendo por Balderas, antes de llegar al Metro Juárez llegas al Arcadia, que en un lapso en realidad breve pasará de ser sede de los estrenos infantiles –Heidi, por ejemplo, duró ahí no semanas sino meses–, a cine porno más bien tristón cuando no chistoso, con sus pelis soft en tercera dimensión. Algunas calles más adelante, frente a la plaza homónima, el Ciudadela estará ofreciendo, a un costo más accesible, alguna película exitosa de las que semanas antes fueron estrenadas en los otros cines –el Roble, el Chapultepec, el Auditorio Plaza en la colonia Condesa o el Estadio en la Roma.
Te faltará tiempo y, puesto que vas a pie, también fuerzas para pasar por todos los cines del rumbo, pero ni modo de no echarle siquiera un ojo al Bucareli, esa tripa esbelta e interminable que, años después, Cinépolis habría de comprar sólo para desahuciarla; cómo no doblar unas cuantas calles para ir al pasaje comercial en cuyo fondo el Savoy programa, para su fidelísimo público, películas porno de-a-deveras, como en su momento lo hizo el Teresa, sobre San Juan de Letrán rebautizada Eje Central Lázaro Cárdenas, y no lo hizo el Maya, que acabó convertido en una agencia automotriz de Renault y luego en derrumbable cascarón.
Te faltan el Florida, cerca del Zócalo; en la calle Independencia el Metropolitan –que nació cine y luego lo convirtieron en otras cosas–; y aunque todavía falta poco más o menos un lustro para que la Compañía Operadora de Teatros desaparezca y, con ella, estas y otras salas, dentro y fuera del centro comienzan a languidecer o ya empezaron a desaparecer cines como el Gabriel Figueroa, el México, el Javier Solís, el Marylin Monroe, los del Rélox y los Pecime I y II hacia el sur de la ciudad…
Cuando vuelves al presente, como quien va del sueño a la pesadilla, no encuentras un solo cine que no sea parte de un mall ●

Víctor Ronquillo
12:10 del día
Salimos del almuerzo al sol inclemente del mediodía de Culiacán. Nos despedimos. Caminé unos cuantos pasos en busca de un taxi cuando escuché el trepidar de una ráfaga de disparos. Me tiré al piso. El Bigos no tuvo la misma suerte. En cuanto pude me acerqué a donde yacía a mitad de la calle. Se desangraba… el rostro desfigurado. La proximidad de la muerte que lo destrozó me provocó un vivo horror que me paralizó. Tuve que decirme un par de veces que había sobrevivido.
1:30 de la madrugada (horas antes)
Aquel solitario insomnio se prolongaba con el cansancio y la molestia de la acidez estomacal. Era la última noche de una jornada de trabajo de un par de días en Sinaloa. Entrevistas con colegas y activistas de organizaciones sociales. La obligada visita al centro de Culiacán; el recorrido por los lugares donde se han dado enfrentamientos y bloqueos, por donde han aparecido las víctimas ejecutadas y desaparecido otras sin que se vuelva a saber más de ellas. La crónica de la guerra entre los mayitos y la chapiza
Sonó el teléfono, número desconocido. Más que la audacia fue la curiosidad del reportero la que me llevó a tomar la llamada. Reconocí la voz aguardentosa del Bigos Román, veterano periodista, de quien se decía devino en informante de la llamada policía mundial, la red de sicarios que durante años operó para el Cártel de Sinaloa y hoy protagoniza la sorda guerra intestina, que desangra a la organización criminal. El Bigos fue directo, tenía información privilegiada. Le urgía verme. No me gustaba el personaje, la verdad siempre busqué evitarlo, aunque reconozco que me encontré con él un par de veces. Quedamos a las 11:30 en la Posada del Sol, en el restaurante del hotel. El insomnio se prolongó por un rato más con la pregunta sobre cuál era la información privilegiada del Bigos, de quien también se decía era soplón de la DEA.
11:45 del día
Los huevos demasiado fritos, el café quemado y el panzón de Román hablando de beisbol y de los quince años que cumplía la mayor de sus hijas. Estaba por pedir la cuenta
cuando el Bigos se acercó y me dijo muy serio que lo que me iba a contar era top secret. Una revelación mayúscula que me ayudaría a entender lo que pasa en Sinaloa, más de un año después del secuestro, porque fue secuestro insistió, del Mayo Zambada. Desde hace años escucho delirios y desahogos de personajes como Román, alguna vez armé un taller literario en la cárcel de Santa Martha y he entrevistado a un par de asesinos seriales surgidos de las entrañas del dolor y la pobreza. Lo que me contó era una historia de intriga y complot político. Quizá por eso lo mataron.
–El Jefe de la DEA lo dijo ayer mismo, después de que el Mayo se declaró culpable –el Bigos bajó el tono de la voz. Hacía años que se sentía amenazado y en lo posible extremaba precauciones–. De lo que se trata es de desmantelar al Cártel de Sinaloa y en esas están. La guerra entre los mayitos y la chapiza está armada por ellos. Lo sé de buena fuente. No te olvides que tengo contactos en la DEA. Terminó sus hot cakes, con parsimonia. Me sonrió cuando nos despedimos a la entrada del hotel. Caminé unos cuantos pasos en busca de un taxi. Escuché los disparos ●