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Semanal 15/10/2023

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LA PALABRA ES EL CUENTO:

JESÚS GARDEA AUTOR DE CULTO José María Espinasa, Roberto Bernal e Iván Gardea

SEMANAL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA JORNADA DOMINGO 15 DE OCTUBRE DE 2023 NÚMERO 1493

El río y el jaguar (I de V) Hermann Bellinghausen

José Luis Ramírez, sueños para pintar José Ángel Leyva


LA JORNADA SEMANAL

Portada: Collage de Brenda Moncada

2 15 de octubre de 2023 // Número 1493

LA PALABRA ES EL CUENTO: JESÚS GARDEA, AUTOR DE CULTO Abundante en despropósitos y olvidos injustos, la historia de la literatura mexicana –o mejor dicho, una buena cantidad de sus escasamente objetivos registradores– ha hecho de Jesús Gardea una de sus víctimas, no obstante que el nacido en 1939 en Delicias, Chihuahua, es un extraordinario narrador que, además de haber escrito muy buenas novelas –verbigracia El sol que estás mirando y La canción de las mulas muertas–, como pocos autores vertió lo mejor de su enorme talento en el género cuentístico: Los viernes de Lautaro, Septiembre y los otros días y De alba sombría, sus primeros cuentarios, habrían bastado para que Gardea figurase como un auténtico maestro del cuento. Empero, no bastó ni el Premio Xavier Villaurrutia, obtenido en 1980 precisamente por Septiembre…, para que este odontólogo de profesión, luego dedicado de manera íntegra a la literatura, dejara del todo la condición medio oculta de autor de culto y tuviera la que realmente merece. Tal es el propósito que anima la presente entrega.

Dos sonetos Alain Derbez

Arturo y Lancelote se conocen (vaporosa crónica al estilo señorial)

Whitman no estuvo aquí Eléctrico o magnético lo canto No soy Whitman así que me da igual Plegarias por tu vulva aquí levanto

A pelo por montura el caballero

La invoco con la lengua: es lo normal

Recibe lanza en ristre al desafiante El arranque atrevido del primero

Pegado a ti te hablaba en esperanto

Topa con la destreza contrincante,

Lo nuestro era el idioma universal Tanto gozamos ay ¡gozamos tanto!

Mientras uno se muestra por entero

Que el placer recordado hoy se hace real.

En evadir el otro sale avante Dónde aquel gentilhombre tan certero

Reapareces con pelos y señales

Nunca se había enfrentado a tal tunante.

La sal de aquel océano me trastoca Me arroba con hechizos medievales

Mas de la niebla arriba la embestida La esperada, la exacta, la crucial

Mis labios en los tuyos y mi boca

El arma ya penetra decidida

De la lascivia arrancan ruidos tales como para pensar que entró una foca.

Cual si fuera su entorno natural Con la pequeña muerte en esta vida |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

Culmina así el relato medieval. DIRECTORA GENERAL: Carmen Lira Saade DIRECTOR: Luis Tovar EDICIÓN: Francisco Torres Córdova COORDINADOR DE ARTE Y DISEÑO: Francisco García Noriega FORMACIÓN: Marga Peña y Brenda Moncada H. MATERIALES DE VERSIÓN DIGITAL: Ana Karen Alvarado LABORATORIO DE FOTO: Adrián García Báez, Israel Benítez Delgadillo, Jesús Díaz y Ricardo Flores. PUBLICIDAD: Javier Loza Hernández 555688 7591, 555688 7913 y 555688 8195. CORREO ELECTRÓNICO: jsemanal@jornada.com.mx PÁGINA WEB: http://semanal.jornada.com.mx/ TELÉFONO: 5591830300. ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| La Jornada Semanal, suplemento semanal del periódico La Jornada, editado por Demos, Desarrollo de Medios, S.A. de CV; Av. Cuauhtémoc núm. 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, Delegación Benito Juárez, México, DF, Tel. 9183 0300. Impreso por Imprenta de Medios, SA de CV, Av. Cuitláhuac núm. 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, México, DF, tel. 5355 6702, 5355 7794. Reserva al uso exclusivo del título La Jornada Semanal núm. 04-2003081318015900-107, del 13 de agosto de 2003, otorgado por la Dirección General de Reserva de Derechos de Autor, INDAUTOR/SEP. Prohibida la reproducción parcial o total del contenido de esta publicación, por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores. La redacción no responde por originales no solicitados ni sostiene correspondencia al respecto. Toda colaboración es responsabilidad de su autor. Títulos y subtítulos de la redacción.

▼ Alain Derbez en La Jornada, 8 de febrero de 2019. Foto: Alfredo Domínguez/La Jornada


LA JORNADA SEMANAL 15 de octubre de 2023 // Número 1493

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BRUNO TAUT ENLOSALPES: LA ARQUITECTURA DEL SUEÑO Este año se conmemoran ochenta y cinco de la muerte del arquitecto y visionario alemán Bruno Taut (Königsberg, 1880-Ankara, 1938), a quien recordamos con este ensayo sobre su cuaderno de dibujo Arquitectura alpina, la obra “teórico-arquitectónica” más reveladora del artista.

Reconstruir los Alpes

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l cuaderno de dibujo Arquitectura alpina –publicado originalmente por la editorial Folkwang en 1919– es la obra “teórico-arquitectónica” más significativa del arquitecto alemán Bruno Taut (Königsberg, 1880-Ankara, 1938). Taut reveló que “para explicar la discreción que caracteriza al proyecto de la reforma y reconstrucción de los Alpes, he trazado en otros dibujos la reconstrucción de la corteza terrestre y la construcción de las estrellas, cuyo resplandor ilumina […] esta sencilla ‘Idea de los Alpes’.” Escribió sobre la primera guerra mundial, a la que se opuso radicalmente, en función de su cuaderno: “Esta obra, tan inmensa y alejada de todo lo que hasta ahora se denominaba arquitectura, no ha de tener ninguna finalidad práctica; su objetivo es despertar el gusto por la belleza, hacer que los pueblos manifiesten visiblemente su unidad y, gracias al ímpetu de la tarea, aunar la fuerza de voluntad de los hombres, de modo que no quepa la posibilidad de desviarse hacia la maldad. […] Pero mi pasión, las silenciosas horas de la noche, las consagro a la conclusión de ese gran trabajo, que va adquiriendo unos rasgos cada vez más nítidos ante mis ojos.” La idea plasmada en el cuaderno de dibujo fue “reconstruir” la montaña. En la edición más reciente de Arquitectura alpina (Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2011), EvaMaria Barkhofen –historiadora del arte, arqueóloga y etnóloga nacida en Essen– resaltó la importancia de la colaboración de Taut con el escritor y dibujante Paul Scheerbart, creador de la Arquitectura de cristal. Para Scheerbart sólo la arquitectura del cristal era capaz de elevar la esencia humana a un plano sideral. En Te quiero. Una novela ferroviaria con 66 intermezzos, libro publicado en 1887, planteó que el vidrio, el material de construcción más

Alejandro García Abreu ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

resplandeciente, debería constituir los hogares del mañana. Tras la muerte de Scheerbart en 1915, Taut extrapoló las perspectivas de su amigo sobre un mundo cristalino a su propia creación. Taut fue uno de los representantes más notorios del expresionismo alemán. Buscó estados ascendentes de creación y de autonomía artística. Trabajó como arquitecto en Magdeburgo, creó edificios funcionales en Berlín, se trasladó a Moscú y, después, en Japón, quedó fascinado por el arte tradicional. Una de sus obras más célebres es la cúpula prismática del Pabellón de Cristal en Colonia para la Exposición de 1914. “La casa de cristal de las montañas tiene vida”, aseveró Taut sobre Arquitectura alpina en una carta de 1918 a su amigo Adolf Behne –enfermero en un hospital militar de Oranienburg–, según Barkhofen. En su cuaderno Taut incluyó textos de aliento poético: “Casa de cristal en las montañas. Construida enteramente a base de cristal de colores, en la región de glaciares y nieves perpetuas. Devoción del silencio inefable. Templo del silencio.” Y lugo: “Entre un mar de nubes, destacan pilares y arcos de cristal verde esmeralda por encima de la cumbre nevada de una alta montaña. Arquitectura del armazón, del espacio abierto al universo.” Y concluye: “Estrellas/ Mundos/ Sueño/ Muerte/ LA GRAN NADA/ LO ANÓNIMO.”

La salvación a través de la arquitectura BARKHOFEN RECUERDA QUE a inicios de 1918 se percibe en las cartas de Taut el temor progresivo a tener que ir al frente. Behne estaba gravemente intranquilo por el “al parecer, notorio” anuncio del suicidio de Taut, a quien Behne le escribió: “Querido hermano, querido y único hermano: Tu carta de hoy me ha llegado al corazón como un mazazo. No me hables de

▲ Worpswede Cheese Bell, construida en 1926, se encuentra en Worpswede (Baja Sajonia), fue construida según los planos del arquitecto Bruno Taut por el escritor Edwin Koenemann en 1926.

morituri. ¿Acaso te has olvidado por completo de mí? No huyas, quédate; es demasiado pronto para huir, Bruno. Me harías un daño terrible. […] Si tú no construyes, yo sería un teórico estrafalario.” Reflexiona sobre el suicidio en esos términos. Cinco días después, Taut le contestó en un estado de ánimo disímil, casi optimista. Alude a la muerte voluntaria: “De repente tuve un destello: ventisca, glaciares, nieve, palacios de cristal, valles, montañas: todo arquitectura. Y sentí la arquitectura alpina en mis venas. Entonces percibí con claridad que [si me suicidaba] mataría algo que está brotando en mí y que pertenece a este mundo nuestro. A cambio he de aceptar todos los sufrimientos. […] Morir es más bello (¡cuánto amo todavía la felicidad de la nada!), pero soportemos la vida mientras podamos, o hasta que sienta con toda claridad que aquí ya no tengo nada que hacer.” Para Eva-Maria Barkhofen la carta permite ver la insondable destrucción anímica de Bruno Taut. Pienso que la elaboración de la idea sobre una “arquitectura alpina” disipó la tendencia suicida que detectó Behne. Una visión arquitectónica evitó que un hombre se quitase la vida ●


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EL RÍO Y EL JAGUAR (I de V) El Tulijá

Primera entrega de cinco que serán, esta crónica, natural y necesariamente imbricada con la memoria, la ficción y un certero aliento poético, da cuenta de los encuentros con el jaguar en la selva Lacandona, en un largo viaje a la vez personal y periodístico.

Hermann Bellinghausen ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

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ay dos fantasías primordiales por las que hubiera querido nacer animal: volar y ver de noche. No es al búho que envidio, aunque lo respeto enormemente, como a las lechuzas y los curiosos, agresivos tapacaminos que habría de conocer llegado el tiempo en las brechas de la selva Lacandona. En mis sueños el plan era volar como gavilán, como águila, y también como Supermán. Igual ver de noche como el ciervo, el caballo o la mula. Debo a mulas y caballos haber salido airoso, aunque a veces mojado, de las veredas y espesuras en largas noches de incursiones clandestinas en la montaña acompañado, guiado, casi llevado por indígenas ligeros que se sublevaron contra el gobierno. Nadie nace con rayos infrarrojos integrados, y en esas andanzas lo que la naturaleza no daba, ni Salamanca ni la tecnología lo prestaban. El vuelo y ver de noche sirven para ir y llegar, para ir viendo, cosas que hago desde que me acuerdo, aunque en condiciones de lisiado, ciego y terrenal gusano. Penetrar con todo la espesura, así de sexual y cabrío como suena. Y luego la noche, de por sí tan hembra. Es la historia de mi vida en los dos únicos lugares del planeta México donde he habitado, a pie, en burro o carro en cuestión de años, muchos años: la ciudad espesa donde nací y la selva que me fue prestada por la ruleta de los recorridos. Por alguna razón, no del todo obvia, asocio la visión nocturna con el jazz cargado de humo y concentración de Hawk, Prez, Bird, Miles o Trane, donde el principal recurso es la improvisación. Lo mismo en la Necesidad que en el Azar, lo mismo que en el Amor, el que improvisa ha de hacerlo bien.

▲ Mural callejero en París. Foto: Hermann Bellinghausen

Así fue como me perdí. En una noche de ésas, antes de los rebeldes, mucho antes, cuando todavía no identificaba a mi verdadero nagual, ni sabía que no sería un animal de tierra sino ave del mar, por primera vez me vi frente a él. Éramos sólo dos criaturas de la noche, dos insomnes bebiendo las orillas de un río muy viejo llamado Tulijá. En alguna parte hervía la luna. Lo pude ver envuelto en su sombra, vi unos ojos encendidos, como en llamas. Los dos supimos que nos reunía la sed, éramos iguales. En un instante, sin siquiera el sobresalto de un suspiro, el jaguar desapareció. Yo tenía diecinueve años la noche que lo conocí. Pasarían más de treinta para volvernos a encontrar. El Tulijá u otro, qué más da, ni el río ni yo éramos los mismos, no tenía por qué serlo el jaguar. Sólo la selva era la misma. Ah, también el idioma de quienes me acogían, maya tseltal. Selva, jaguar y noche entre los hijos del maíz, eso se llamaba realidad. Le conozco dos caras al insomnio. En dos lugares que nunca duermen, así que si no te orientas viendo te pierdes. Decían los guerrilleros de la selva que donde se te apaga el “foco” o se acaban las pilas, allí vas a dormir. No darás otro paso, en el sigilo del pobre y del prohibido no hay equino que te auxilie, y no quieres ir tropezando con abismos, fieras ni ofidios. Aunque ahora que lo pienso, las serpientes que cruzaron mi camino lo


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hicieron de día, o al atardecer cuando las brechas conservaban el calor del sol. Yendo en carro eran esas las víboras atropelladas. Y las de yendo a pie o lomo de caballo, nauyacas en dominio del terreno, las evité o encontraron su destino en los machetes y los rocazos de mis guías guardianes. Aprendí que de noche las serpientes no te buscan, hace falta que las pises para saber que existen. Sus madrigueras no están donde camina el hombre. Antes de continuar debo advertir que la verdad en la selva parece muy otra, entre más mágica, más probable y convincente. Si el primer encuentro con el jaguar había sido fantasmal y a oscuras, fugaz, apenas un chisporroteo, en la orilla opuesta de un estrechamiento caudaloso del Tulijá, una fulguración nocturna, el segundo fue casi diurno, en condiciones similares de soledad y sigilo. Apenas había amanecido. El sol se subrayaba tras la cima de un cerro por encima de la vegetación, en lo que a la distancia parecía una milpa, quizás lo era. Yo acampaba solo, en un claro, pero instalado ahí por un mando indígena rebelde cuyo propio acampamiento estaba a unas decenas de metros y nos separaba una espesura impenetrable salvo la vereda que conducía al río, un ramal del Jataté cañada adentro. Dejé el cobertizo de hule entre cuatro lazos que cubría mi hamaca del sereno con la habitual urgencia de orinar, asunto que desahogué de inmediato en un recoveco al pie de una gran ceiba. Cantos de aves invisibles, ecos húmedos de algo intangible, una suerte de vida colectiva, un organismo múltiple y armónico que interpretaba una sinfonía lenta. Había una intensidad floral en todo eso, un hervor casi palpable en el suelo donde la materia se crea y se destruye todo el tiempo. Los ojos crecen a ojos vistas en tiempo real, la putrefacción camina, se agusana y salen mariposas azules, moradas, y unas más pequeñas, amarillas, nubes que desaparecen más rápido que las del cielo, escasas a esa hora, se disipó la bruma y el azul arriba reclama sus derechos sobre el mundo entero y lo conquista.

El demonio pregunta por mí CONTRAVINIENDO LAS ADVERTENCIAS, casi órdenes, de los guerrilleros, no resistí el impulso de seguir andando hacia donde sonaban las carcajadas del río, incrementándose entre más me acercaba.

▲ Hermann Bellinghausen. Foto de Raúl Ortega

Un coatí, curioso pero asustado, me acechaba en un recodo de la brecha, tieso como estatua, los ojillos negros y nerviosos. Me detuve y nos miramos. Los animales salvajes son extraños, obedecen a sus propias leyes, nada que ver con la fauna doméstica. Su función es sobrevivir. Unas veces les toca atacar, otras permanecer inmóviles, otras huir. En el coatí se revolvían las tres alternativas. Optó por deslizarse hacia la espesura y desapareció. En la selva sólo hay invierno y verano. En uno llueve, en el otro no. Las sequías, o secas, llegan a ser atroces para los poblados campesinos y recolectores de la selva. Tiempo de hambruna. Aunque también es cierto que puede llover en cualquier momento. En la selva reina el agua, es la verdadera dueña, lo mismo en los charcos, en la podredumbre, el verdor y los torrentes que descienden de la montaña. Aquella era una aromada aurora de verano, el aire vibraba como si tuviese cuerpo, lo único que el aire no tiene. La vereda a ratos se borraba, había que reescribirla o adivinarla hacia abajo, al río. Estaba resbalosa, y más con las botas cubiertas de barro, ni se les reconocía la forma. A diferencia de otras ocasiones, no di ningún sentón, llegué al río sin tropiezo, pisé una roca y en la orilla opuesta vi que el jaguar me miraba con la misma curiosidad del coatí, pero el torrente que nos separaba hacía innecesarias las precauciones y la huida. Ni

Pasarían más de treinta para volvernos a encontrar. El Tulijá u otro, qué más da, ni el río ni yo éramos los mismos, no tenía por qué serlo el jaguar. Sólo la selva era la misma. Ah, también el idioma de quienes me acogían, maya tseltal. Selva, jaguar y noche entre los hijos del maíz, eso se llamaba realidad.

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él ni yo teníamos de qué temer. Debía ser joven, con un dejo de gatito, pero rugió como adulto, no amenazante, más bien sorprendido. ¿Conocía ya a los humanos? Yo estaba todo lo inmóvil que me era posible. El felino midió la situación, de seguro tenía sed, así que bebió. Supuse que mi llegada lo había interrumpido. La plasticidad de su tronco amarillo oscuro, moteado, vibraba como el banco de mariposas que yo acababa de dispersar unos metros atrás. Saciada la sed, volvió a mí hasta saciar su curiosidad, rugió otro poco, giró el cuerpo sin ninguna prisa, ondulante, leve como los gatos, con esa gracia que nace del placer. Su parsimonia casi ostentosa me hizo pensar que pavoneaba toda su vanidad de jaguar. Se detuvo y volvió la cabeza. Sus ojos era un zafiro, un cuchillo, una interrogación. Abrió las fauces con fiereza pero no rugió. Y en un instante, lo que toma suspirar, se internó en la espesura y lo dejé de ver. Sólo las plantas voraces, el río apresurado, el aire corpóreo, una nube de mosquitos tontos que se te meten por la boca si la abres, un golpe súbito en el rostro de los primeros rayos del sol que atraviesan la cerrazón de los árboles. Un tanto absurdamente se me ocurrió que el jaguar pudo haberme hablado pero prefirió abstenerse, con el desdén de un filósofo que prevé no ser comprendido. Mientras regresaba escuché en crescendo el golpe de las hachas de los guerrilleros que comenzaban a partir la leña de la jornada. Bajo el cobertizo me esperaba Jonás, mi escolta, un joven insurgente sentado en una piedra, con su rifle apoyado en el suelo, paciente, sonriente pero vigilante. –Fuiste al río. –Fui –le dije. –Ten cuidado –añadió burlón– hay muchos animales, no te vayan a querer comer. –O envenenar –dije, pensando en las nauyacas. Soltó una carcajada que me pareció fuera de lugar, ni que hubiera dicho un chiste. Se incorporó. Con un ademán me indicó por dónde caminar, “vamos”, insinuaba. Agarré una mochila con papeles y lo seguí. Era el periodista, comenzaba mi día. ◆ A LA SOMBRA de este nuevo encuentro con el jaguar recordé el primero, veinte años atrás. Igual de solitarios, con un río entre el bicho y yo, sólo que entonces lo vi menos de lo que lo presentí, y lo único que recordaba con seguridad eran sus ojos. O su brillo, ni siquiera las pupilas, ni siquiera sus iris inquietantes, sólo la brasa de un fuego desconocido. Fue más lo que no vi. Esta vez en cambio el escrutinio fue lento y cuidadoso, a salvo del miedo, el instinto suyo y el mío en estado de tregua, de libertad, de desapego. El jaguar no ataca si no se siente amenazado, ni te comerá si no tiene hambre, y en esas partes de la Lacandona las bestias salvajes todavía satisfacían su hambre con facilidad. Cuando le conté a los guerrilleros en su campamento de mi experiencia, se rieron, hicieron comentarios en tseltal, supongo que burlones, y dijo mi escolta: –Dicen los compas que tengas cuidado, que es el demonio que viene por ti. Para mi interior a mi vez reí. Ante ellos nomás me sonrojé. Los tseltales de veinte años atrás, religiosos más que supersticiosos, en las montañas de Chilón, se habían reído y yo, sin entender, me sentí ridículo. Alguno me tradujo el asunto de esos comentarios: –Dicen los hermanos que debe ser un dios que pregunta por ti. (Continuará.)


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JOSÉ LUIS RAMÍREZ, SUEÑOS PARA PINTAR

Pintor versátil y muy activo, con exposiciones en Canadá, China, Estados Unidos, Francia, Austria y Egipto, José Luis Ramírez (Durango, 1981), entre sueños y no, en este monólogo deja ver con claridad parte de su historia, sus inicios en la pintura, influencias y admiraciones, y cómo la concibe y trabaja.

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José Ángel Leyva ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

eo por los ojos ciegos de mi madre. Cierro los párpados y recreo escenas, imágenes vivas que me dictan formas y colores. Muy poca gente sabe que soy daltónico, que me cuesta mucho diferenciar el naranja del amarillo, el azul de verde. Lo supe desde niño. Abordaba un autobús y pronto advertía que me llevaba hacia otra dirección porque había confundido sus colores. A mi mamá, María de Lourdes Rodríguez, le extraña que el arte me lleve a tantos lugares del país y el extranjero. Cuando viajo procuro traerle un souvenir aromático; puede ser una madera de olor intenso, un saquito con especias, un ramito de alguna yerba, un perfume natural, algo que le hable del paisaje y las culturas ajenas a su entorno. Me gustan los colores primarios y la estructura de mis obras, en las que suelo incluir dibujos animados, que no copio, los invento. Son formas muy básicas. Me gusta mucho Abel Quezada por su resolución, porque es una pintura muy cínica. Por cierto, Quezada también era daltónico y su obra está llena de muñequitos. Las imágenes de apariencia infantil que pueblan mi pintura parten de la visión que tengo de mi barrio. Los anuncios de las misceláneas o tiendas de la esquina, de los locales dedicados a ofrecer diversos productos y servicios, como las carnicerías, las estéticas unisex, los establecimientos de comida, las ferreterías, etcétera. Tengo diez años. Veo pasar de manera recurrente a un señor frente a la casa materna. A veces en bicicleta y otras en moto. Me mira con insis-

▲WJosé Luis Ramírez. Foto: cortesía del artista. Izquierda: Mamá frente al sol, 2023. Imagen tomada de: www.joseluisrmz.com

tencia y yo a él con curiosidad. Intuyo, con mi imaginación infantil, que guardamos un fuerte parecido; él pasa de largo y yo corro a refugiarme con mis amigos de la calle, chavalillos desastrados y sin nadie que los cuide o los eduque, afectos al cemento y a la mota. Yo también soy huérfano en gran medida. Vivo en casa de mis abuelos maternos, con mi madre invidente. El señor de la moto se llama José Mario Ramírez y viste ropas de ferrocarrilero. Me mira y hace el gesto de sonar el silbato de una locomotora ausente. Brrrum, brrrum, acelera y toma distancia entre nubes de polvo de esas calles sin asfalto de Durango.

Sueño en rieles LA POLVAREDA SE disipa y los papás del señor Mario Ramírez irrumpen en la vivienda de mis abuelos maternos. Yo sé, para entonces, que ellos vienen de parte del señor de la moto. Mi mamá me ha confesado que ese hombre es mi progenitor, el que puso la semilla en ella, de la que vengo. Proponen que me vaya a vivir con ellos, no con su hijo, sino con ellos. Mi abuela Isidra, madre de mi progenitor, insiste que con ella y su esposo me irá un poco mejor. Mi abuelo Pablo, como el papá de mi mamá, visten overoles de ferrocarrilero. A veces el señor de la moto, que me dice “oiga, José


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Luis, dígame papá”, también lleva prendas semejantes. Brrrum, brrrum, acelera y me invita a subir a su motocicleta, pero yo continúo jugando y no le hago caso. Brrrum, brrrum, sale disparado por las polvosas calles de las colonias pobres de Durango. En mi nueva casa, mi abuelo Pablo permanece horas muy concentrado haciendo dibujos de máquinas en la mesa de la cocina. A la memoria del sueño se le viene de golpe uno de los cuadros de Abel Quezada que más quiero: México saliendo de la crisis. La gente jodida viaja en el tren del progreso. El maestro Francisco Toledo viene corriendo con su papalote; viste ropa blanca muy arrugada y calza unos huaraches de tres correas. Su cabello hirsuto se agita con el viento. Alza su cometa y ríe como niño por una calle poblada de turistas curiosos y mirones. Una ocasión tuve la fortuna de conocerlo. Intercambié con él unas palabras. Fue en San Agustín Etla, en Oaxaca, y le pregunté por qué no se iba a buscar otros sitios más desarrollados. Me miró con curiosidad y con mucha calma me respondió que su compromiso era hacer que la gente fuera a su tierra. Por eso no tenía necesidad ni deseos de vivir en otra parte, tampoco de viajar, ya lo había hecho. Se lo pregunté porque a menudo me cuestionan: José Luis, ¿por qué te quedas en Durango? No encuentro motivos para irme, aunque me gusta viajar. En Durango tengo las condiciones óptimas para trabajar: un espacio generoso, un taller donde enseño mi oficio a los más jóvenes que yo, un lugar bien equipado para impulsar la pintura desde acá y promover mi obra, a través de agentes, en otros lugares del mundo.

Sueño con caballo famélico SIENTO QUE DESPIERTO, pero en realidad estoy frente a un cuadro de Francisco Goitia que me impresionó una vez que fui con mis abuelos paternos a visitar la tumba de sus familiares zacatecanos. Solíamos ir al cementerio y luego recorríamos la ciudad. Así fuimos a parar al palacete del Museo Goitia. Las pinturas de ahorcados me inquietaron mucho, pero Caballo famélico me conmovió hasta el mismísimo esqueleto. Goitia, más que Julio Ruelas, dejó una marca profunda en mi sensibilidad infantil. Goitia y José Clemente Orozco son, para mí, los artistas con más garra en la pintura mexicana, los que más me estremecen. Veo trotar el caballo famélico en ese paisaje seco y amarillo de mi imaginación. Percuten sus cascos alegres en mi pecho. A pesar de su apariencia, no corre, vuela junto al tren en el que viajo con mis abuelos de Durango a Zacatecas y de Zacatecas a Durango. Largos viajes porque las máquinas son lentas, muy lentas; ellos aman ir y venir en ese transporte. Tengo coleccionistas en muchas ciudades del país y en el extranjero. La pintura me lo ha dado todo. Pero debo pagar una nómina de 70 mil pesos quincenales. Tengo una diseñadora, tres fotógrafos, una chica que me lleva registro de obra, un contador, y varios ayudantes que me ayudan a acelerar los procesos. Cuando fui a El Cairo advertí que el arte tiene un mercado que se mueve a velocidades extraordinarias y decidí que iba a invertir para que mi obra se moviera con más rapidez y eso implicaba acelerar los procesos. Para ello necesitaba gente que me auxiliara en esa tarea. Eso mismo hacía David Alfaro Siqueiros. Entendí el tema empresarial y comprendí que uno como artista también debe invertir para crecer. No tengo miedo a decir que me gusta ganar dinero, que mi obra puede ser competitiva en el mercado sin perder su originalidad, su carácter personal, mi sello.

Vuelvo a ese instante, en 2019, cuando escuchando música y manchando de sepias y ocres una tela tuve la epifanía del Caballo famélico. Una reacción intempestiva me hizo subirme a la camioneta y pedirle a mi pareja de entonces que me acompañara a buscar al señor de la moto. Lo encontramos y lo invité a dar una vuelta. Se subió y enfilamos por la carretera a Ciudad de México y luego hacia Aguascalientes. “Mijo, pos a dónde vamos, qué mosca le picó”, me decía intrigado. Nunca lo vi realmente como mi padre, pero hicimos una bonita convivencia, afectuosa, casi como de amigos ocasionales. Ese era nuestro primer viaje en carretera, nunca antes salimos juntos de Durango. Le dije que lo llevaba a Aguascalientes para que viera en vivo sus recuerdos de juventud y me contara de nuevo sus historias, para que juntos admiráramos las viejas máquinas de museo de un México sin rieles. El Caballo famélico volaba sobre la tierra colorada y los campos dorados de Zacatecas. Mi padre falleció por Covid al año siguiente, en noviembre de 2020. Brrrum, brrrum… traca, traca, traca… puh, puh…, tacatá, tacatá, tacatá, tacatá, el Caballo famélico se pierde en un punto, en la distancia.

Sueño con Ejercicios de la buena muerte MANOTEO EN LA oscuridad y vuelvo a caer en el sopor, en el abismo del sueño. En la Escuela de Pintura de Durango estudiamos a varios artistas mexicanos contemporáneos como Arturo Rivera, Rafael Cauduro, Roberto Cortázar, Julio Galán. Una generación que tuvo su auge en los años ochenta y noventa. Viajo a Ciudad de México acompañado por mi abuelo paterno, Pablo, para recoger un Premio Nacional de Pintura. En la Estación Insurgentes del Metro veo con admiración la obra de Rafael Cauduro. Luego, en el Centro Histórico, veo anunciada una exposición en el edificio de Correos, curada por Guillermo Sepúlveda. Hay obra de Julio Galán, Roberto Cortázar y Arturo Rivera. Me quedé fascinado con la obra de los tres, particularmente con un autorretrato de Rivera de su serie Ejercicios de la buena muerte.

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▲ Las vecinas incómodas, José Luis Ramírez, 2022. Imagen tomada de: www.joseluisrmz.com

Ya soy un artista de la galería Arte Actual Mexicano, en Monterrey. Guillermo Sepúlveda me comenta que está invitado a una cena en honor a Arturo Rivera por parte de unos empresarios regios. Lo convenzo para que vayamos. Deseo conocer a Arturo. Me fascina su manejo de telas y del espacio, dos grandes virtudes a las que se suma una técnica impecable y una estética inquietante. La casa es una auténtica galería. En el baño, para empezar, hay un Ángel Zárraga. Se me acerca una mujer joven que resulta ser la novia de Arturo, quien se suma a la conversación y me pide que le muestre mi obra en el celular. Un grupo de artistas, casi todos jóvenes, encabezados por Arturo, salimos a fumar al jardín, tan grande como un campo de golf. Nos hacemos buenos amigos para siempre. Recuerdo cuando tomé la decisión de organizar con mis propios recursos la expo colectiva Distopías. Además de los locales estuvieron artistas como Arturo Rivera, Daniel Lezama, Olga Chorro, Rocío Caballero, Rafael Rodríguez, Edgar Cano, Joaquín Flores, Gonzalo García, Chaurán, Olinka Domínguez. Llevé dieciocho artistas a Durango, con todo pagado. Cedí mucha obra a cambio de comidas, hotel, apoyos para los vuelos. Del Instituto de Cultura del Estado no recibí nada. Arturo Rivera aparece rígido sobre una plancha quirúrgica. Desempaña con el brazo desnudo un vidrio que protege el cuadro donde reposa, Ejercicios de la buena muerte. Ya no estamos en la cena, ni en el enorme jardín, sino bajo el espeso cielo nocturno de Durango, bajo ese manto oscuro, negrísimo de octubre. Se incorpora y se acomoda los pliegues de un taparrabos. Busca insistente su ropa. Sé que eso lo inquieta, porque si hay un rebelde elegante ése ha sido Arturo Rivera. No le da importancia y suelta una risita. Me pide que me aproxime y murmurante me interroga afirmando: “¿Eres pintor, no es cierto?” ●


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8 15 de octubre de 2023 // Número 1493

LA PALABRA ES EL CUENTO:

JESÚS GARDEA, AUTOR DE CULTO Este artículo presenta y glosa lo más importante de la obra de Jesús Gardea (1939-2000), narrador originario de Chihuahua, en donde pasó la mayor parte de su vida, autor de diecinueve libros, entre ellos Septiembre y los otros días, que le valió el Premio Xavier Villaurrutia en 1980. Escritor alejado de la publicidad, el culto a la imagen y las capillas literarias de Ciudad de México, afirmaba: “Uno no es escritor para ser visto sino para ser leído.”

Roberto Bernal ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

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ace algunos días un usuario de Twitter comentó que la aparición de Cuentos completos de Jesús Gardea, publicado recientemente por Sexto Piso, “representa un suceso nacional”. Tiene razón por dos motivos. Primero, porque se trata de la primera ocasión en que son reunidos todos los cuentos que produjo uno de los narradores más originales en nuestra lengua; segundo, porque antes de esta publicación la obra cuentística de Gardea permanecía dispersa en múltiples editoriales hoy mayormente desaparecidas, lo que generó que sus libros resultaran casi inhallables para un número cada vez más creciente de fieles lectores –gran parte de ellos escritores, estudiosos y críticos– que le colocaron a Jesús Gardea el membrete de “autor de culto”. Aunque a la distancia esto puede parecer producto de una aparente despreocupación del narrador chihuahuense por afianzar su obra en un solo sello editorial, la realidad es que, pese al prestigio que obtuvo desde la aparición de su primer libro en 1979, cada vez le resultó más complicado publicar sus textos, cuando los editores, consternados por la radicalidad de su prosa y la propia incomprensión que les generaban los relatos, solían preguntarle: “¿Quién va a entender esto?”, que va de la mano con el hecho de que solamente se reeditó uno de sus libros de cuentos, Los viernes de Lautaro, todavía distribuido por Siglo XXI Editores, que también formó parte de la colección Lecturas Mexicanas, y representa –junto con Septiembre y los otros días, que, en 1980, le valió el Premio Xavier Villaurrutia– el libro más conocido entre los diecinueve títulos que publicó en vida Jesús Gardea. En 1999, editado por el FCE, apareció Cuentos reunidos, que recogió cinco de sus seis libros de cuentos. El libro se agotó en un suspiro; sin embargo, inexplicablemente, no hubo una segunda edición. Sólo al final de su vida, con más de veinte años de carrera literaria, Jesús Gardea encontró en José Sordo Gutiérrez, quien fuera fundador y director de Aldvs Editorial, un editor / PASA A LA PÁGINA 10

La realidad es que, pese al prestigio que obtuvo desde la aparición de su primer libro en 1979, cada vez le resultó más complicado publicar sus textos, cuando los editores, consternados por la radicalidad de su prosa y la propia incomprensión que les generaban los relatos, solían preguntarle: “¿Quién va a entender esto?”


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EL REDESCUBRIMIENTO DE

JESÚS GARDEA

La edición del volumen Cuentos completos de Jesús Gardea (1939-2000), que recupera la obra del narrador chihuahuense, es motivo de celebración pues permite, como se afirma aquí, redescubrir el estilo y la trascendencia del autor de Los viernes de Lautaro y De alba sombría.

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lguna vez pregunté (a un demógrafo) si se podía calcular estadísticamente si algún día habría más poetas vivos que poetas muertos y me dijeron que no, que siempre habría más muertos porque morir es inevitable y vivir (escribir poesía) no. La respuesta, no sé si correcta, me produce escalofrío. Y la reflexión me surge cuando veo que sobre el escritorio se acumulan notas para obituarios que nunca escribiré, desde amigos a los que recuerdo con cariño y tengo aprecio por sus libros como de autores a los que nunca conocí en persona pero he leído con entusiasmo. Sumido en estas reflexiones entra por la puerta Iván Gardea, extraordinario grabador y artista plástico, que trae en las manos, con un gesto de orgullo, el grueso volumen de los Cuentos completos de su padre Jesús Gardea, prologado por Emiliano Monge. El prólogo también es buena señal: las generaciones más jóvenes se empiezan a fijar en él y no en los narradores de éxito. El gran narrador chihuahuense tiene ya más de veinte años de fallecido, su obra goza de un enorme prestigio pero no es fácil encontrar sus libros. La ante-

José María Espinasa ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

rior recopilación de cuentos, que publicó el FCE, está agotada desde hace tiempo y esta nueva recopilación era ya muy necesaria. Conocí, aunque no lo suficiente, a Jesús Gardea, y muchas veces he escrito sobre él. No fue un personaje cómodo para la literatura mexicana, muy crítico y no pocas veces agresivo con el medio, se negó a la supuestamente obligatoria migración a la ciudad capital para conquistar la fama y las candilejas del éxito de público. La fama la ha conseguido siendo un escritor secreto y las candilejas no le interesaron. Cuando se dio a conocer, a finales de los setenta, con dos libros excepcionales, Los viernes de Lautaro y Septiembre y los otros días, de inmediato se apreciaba su antecedente inmediato: Juan Rulfo, El Llano en llamas y Pedro Páramo. Pero esa sombra puede asfixiar a cualquiera y él se defendió con una escritura cada vez más precisa, exacta, seca, y sin embargo de gran lujo sintáctico, de armonías rítmicas inusitadas. No sufrió, afortunadamente, la tentación del silencio sino que ese silencio lo siguió plasmando en su escritura. Aunque eso es lo que se oye en su prosa narrativa: el silencio. Frente a la hegemónica presencia de la novela en el mercado editorial, el cuento mexicano, como la poesía, mantiene una extraordinaria tradición subterránea y, espero que no sea falso optimismo, si no creciente, sí un constante número de lectores. Para ellos, sobre todo para los más jóvenes, este volumen es un verdadero tesoro que tendrán que ir descubriendo a lo largo de sus apretadas 660 páginas. Gardea es un gran cuentista. El carácter más ceñido de la narración, en comparación con la novela, le permite crear verdaderas piezas musicales de un cierto atonalismo muy radical. La aparición de esos dos primeros libros, Los viernes de Lautaro (1979) y Septiembre y los otros días (que recibió el Premio Xavier Villaurrutia 1980), y en años siguientes seguiría una producción constante de novelas y cuentos, con un creciente prestigio ante la crítica y un descenso en su número de lectores, pues la dificultad de su escritura no lo volvían fácilmente un bestseller. Académicos y ensayistas han estudiado su obra y en la web se encuentran muchas referencias –recomiendo las declaraciones de Hugo Gola. La publicación de Cuentos completos por la editorial Sexto Piso, en coedición con la UNAM, es una extraordinaria noticia y hay que felicitarlos. ¿Por qué el FCE no lo hizo muchos años antes? Parecería el lugar indicado, y era cuestión de sumar Reunión de cuentos, el libro póstumo. Tal vez ahora debía contemplar, en su colección de Obras completas, reunir las novelas en dos o tres

volúmenes. O la colaboración entre UNAM y Sexto Piso volver posible esa edición. Más que reprocharle al FCE no haberlo hecho, hay que felicitar a Sexto Piso por hacerlo: las editoriales independientes deben asumir un papel más propositivo. Y felicitar a la UNAM por apoyar el proyecto. El cuento como género ante el público y el mercado siempre ha sido un misterio: en términos teóricos debería ser un género con ventas, pues existe tradición y afición de los lectores, pero las cifras indican que no es así. Está muy lejos de las cifras de ventas de la novela. Recuerdo, sin embargo, el éxito que tuvieron varios volúmenes sobre el cuento editados por la propia UNAM hace más de una década. Gardea polemizó en los ochenta con algunos críticos que formulamos la hipótesis de los narradores del desierto. Tenía y no tenía razón. Fundamentalmente quería ser un solitario y la agrupación taxonómica no le convencía del todo. Varios de esos narradores del desierto hoy cuentan ya con la recopilación de sus obras más o menos de forma ordenada –Gerardo Cornejo, Alejandro Sandoval Ávila, Severino Salazar, Ricardo Elizondo Elizondo, el propio Gardea–, aunque de difícil acceso al público lector por la poca distribución de esas ediciones. Sexto Piso, además de tener un espléndido catálogo, tiene una mucha mejor distribución; ojalá esto lleve a que Gardea tenga los lectores que merece. Tal vez no ha sucedido eso con el que tuvo más éxito de público: Daniel Sada, que este 2023 habría cumplido setenta años. Valdría la pena también pensar en reunir sus obras, por ejemplo todos sus cuentos. Ellos, como Juan Preciado, son –somos– hijos de Pedro Páramo ●


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VIENE DE LA PÁGINA 8 / LA PALABRA ES EL CUENTO...

permanente para sus materiales, lo que dio a luz tres títulos, entre ellos su último libro de cuentos, Donde el gimnasta. Contrario al modelo impuesto por el oficialismo literario mexicano, que exigía a todo escritor mudarse al entonces llamado Distrito Federal para afianzar una carrera literaria a través de la difusión de su trabajo, Jesús Gardea realizó toda su obra al interior de la república, puntualmente en Ciudad Juárez, Chihuahua, donde radicó gran parte de su vida. Esta decisión coincidió con sus constantes críticas al centralismo que todavía caracteriza a las letras mexicanas. Para Jesús Gardea, generar lectores a través de la publicidad y la televisión significaba un éxito obtenido a la mala, porque – como le dijo al también escritor Agustín Ramos– lo que realmente se lee es “lo que se dice y se repite de ti. La gente lee nuestra publicidad, nuestro nombre, no nuestra obra. O ve nuestra imagen repetida a través de los medios de comunicación. El sucedáneo del lector en el caso de la televisión es el observador de una imagen consumida por la publicidad. Si uno se presta a eso lo primero que está traicionando es su literatura, porque uno no es escritor para ser visto sino para ser leído”. En cambio, Jesús Gardea siempre tuvo la sospecha de que serían pocos los lectores para sus cosas, los cuales, en todo caso, dijo, llegarían con el paso del tiempo: un tipo de lector desprevenido, que mastica despacio sus libros y que le ayudaría –como le gustaba decir– a hacer el hoyo más grande, para desentrañar juntos lo que permanece oculto en sus textos. Lo cierto es que, pese al enorme distanciamiento –y no sólo físico– que Jesús Gardea tomó de cara al mundo cultural mexicano, su trabajo no pasó desapercibido para la crítica del centro del país, de manera que cada uno de sus títulos –sobre todo las novelas– fueron ampliamente reseñados en los principales medios nacionales. Sin embargo, su relación con la crítica no fue la mejor; el narrador chihuahuense rechazó airadamente la etiqueta que los críticos le colgaron a su obra al catalogarla dentro de la llamada “literatura del desierto”, no solamente porque esta clasificación simplificó su trabajo cuando la crítica decidió meterlo en el mismo saco en el que colocaron a distintos autores del norte del país con los que no compartía nada en común, sino también porque –y lo que es más grave– lo redujo a lo estrictamente local, produciendo en el imaginario de lectores, estudiosos y críticos contemporáneos la certeza de que la obra de Jesús Gardea tiene en el desierto su escenario primordial. La aceptación de este equívoco cobró tanta fuerza que al narrador chihuahuense no le quedó más alternativa que ironizar amargamente al respecto, como sucedió cuando la periodista Verónica Ladrón de Guevara le preguntó de qué iba Juegan los comensales, novela que estaba redactando en ese momento: “Como algunos ya se quedaron con el esquema de que la mayoría de mis novelas se ubican en un pueblo rural semidesértico, pues ya me encasillaron como escritor rural y siguen atorados ahí. A lo mejor salen con la onda de que es un comedor que está en medio del desierto.” Pese a que no existe una sola línea en toda la obra del narrador chihuahuense que haga alusión al desierto, el escritor Emiliano Monge afirma, en el prólogo de Cuentos completos, que Jesús Gardea es “el hombre que dejó el oasis del desierto en el que nació a diferencia de Lautaro, el de la de Ausencia, para llevarle al mundo ese desierto”. Y más adelante: “Y es que leer al autor que extrajo del desierto su barroco y lo desencantó hasta volverlo lacónico.”

No puedo admitir el concepto de novela o escritor del desierto, pues yo vivo en un medio urbano. El desierto no lo conozco a fondo, en algunas ocasiones he pasado a bordo de un camión y he visto las dunas de Malayuca. Sin embargo, al salir a la calle en mi ciudad, veo autos, pavimento, calles, tiendas, etcétera. En mi caso el entorno no es el desierto.

El puro fulgor: mi padre y los (fragmento)

Iván Gardea MI PADRE ME contaba cómo se había convertido en ávido lector. Un día –me decía–, cuando empezaba mi carrera de odontología en Guadalajara, quedé de encontrarme con unos amigos para ir al cine. Había acordado con ellos de vernos en la entrada del local. Al llegar yo a la hora convenida no habían llegado y no llegarían nunca. Me quedé esperándolos afuera de la sala, hasta que dio inicio la película. En ese momento, titubeando si entraba yo solo al cine –ya con la película en curso– sentí un vacío muy grande, una soledad inmensa; un sinsentido que me invadió súbitamente. Finalmente, no entré a la película y me fui con la acuciante necesidad, con el hambre de llenar con algo mayor, algo mejor, ese vacío que sentía, que el disfrute banal de una película anodina (mi padre hablaba de una especie de “conversión”, el instante decisivo en el que su vida basculaba en otra dirección). Al día siguiente –continuaba contándome mi padre– me registré en la biblioteca del consulado americano en Guadalajara y comencé a leer como loco. Inicie mis lecturas en la sala de la biblioteca. Pero, al poco tiempo, empecé a leer cada vez mas horas en casa, ya con los libros en préstamo. Entonces, me convertí en un lector infatigable, disciplinán-

dome para poder cumplir, al tiempo que leía ávidamente, con mis estudios universitarios. Me levantaba muy temprano y leía unas dos horas antes de ir a la universidad o estudiar para mis exámenes. Aprovechaba para leer en cada momento, cada espacio de tiempo que se abría; en los momentos muertos en la misma universidad, o al regreso de ésta, en la tarde o en la noche. Y los días de asueto o el fin de semana, me sumergía horas y horas, entregado febrilmente a la lectura, con ansia devoradora. Con el tiempo me fui convirtiendo en un lector más sosegado y reflexivo. Ahora soy en realidad un lector muy muy lento, moroso, leo muy despacio. Así que me volví muy solitario, tuve pocos amigos, poca vida social. No me gustaba mi carrera, pero era imposible cambiar, estudiar formalmente otra cosa, defraudar a tu abuela, que le costaba un gran esfuerzo mi manutención. Sentí una asfixia muy grande, mi único refugio eran los libros. Y en esa soledad interior, atemperada por la lectura, se fue esbozando mi vocación de escritor. Me doy cuenta ahora de que tuve un olfato muy grande, instintivo para el encadenamiento de mis lecturas, y casi no leí basura. Fíjate –me decía– que un día leí que Ortega y Gasset leía doce horas diarias, y en vacacio-


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Es necesario recordar que Jesús Gardea nació en 1939, seis años después de la fundación de Ciudad de Delicias, Chihuahua, concebida a la par del distrito de riego 05 y que tenía como proyecto el convertir a la región en una importante productora agrícola. Los textos de Jesús Gardea, situados históricamente en la Ciudad de Delicias –como las novelas La canción de las mulas muertas, El sol que estás mirando y Soñar la guerra–, corresponden a los años entre 1946 y 1954, es decir, cuando la ciudad ya contaba con hospital municipal y otros servicios básicos, lo que confirma la condición de Delicias como localidad urbana; por ello, no es extraño que Jesús Gardea haya declarado: “No puedo admitir el concepto de novela o escritor del desierto, pues yo vivo en un medio urbano. El desierto no lo conozco a fondo, en algunas ocasiones he pasado a bordo de un camión y he visto las dunas de Malayuca. Sin embargo, al salir a la calle en mi ciudad, veo autos, pavimento, calles, tiendas, etcétera. En mi caso el entorno no es el desierto.” Más adelante, en la misma entrevista con José Alberto Castro: “No creo en la novela del desierto. Eso es un invento de los críticos del Distrito Federal. Pienso que la influencia de la provincia o del lugar donde vivo (Ciudad Juárez) es un medio urbano como puede ser una colonia de la Ciudad de México. No creo que exista una gran diferencia entre vivir entre una y otra.” Jesús Gardea solía decir que trataba el lenguaje a patadas. Sin duda hacía referencia a su uso cada vez más abrupto de la puntuación, característica que, al paso del tiempo, se sumó a otras ya presentes en su prosa desde sus primeros títulos, como

Jesús Gardea solía decir que trataba el lenguaje a patadas. Sin duda hacía referencia a su uso cada vez más abrupto de la puntuación, característica que, al paso del tiempo, se sumó a otras ya presentes en su prosa desde sus primeros títulos, como lo son la elipsis y el hipérbaton. lo son la elipsis y el hipérbaton. Después de los libros de cuentos Los viernes de Lautaro (1979) y Septiembre y los otros días (1980), y de las novelas El sol que estás mirando (1981), La canción de las mulas muertas (1981) y El tornavoz (1983), Gardea ya no se sometió más al ritmo natural del lenguaje, ya no hubo más en él esa espera a que la imagen ocurriera por sí misma, a su propio tiempo, como sí sucedió en los títulos que mencionamos anteriormente, sino que ejerció tal violencia y ruptura en la sintaxis que obligó al lenguaje a decir mucho más de lo que en primera instancia éste estaba dispuesto a revelar. Con ello, Jesús Gardea consiguió la invención de un lenguaje literario propio, cargado de sonidos muy delicados, nunca antes escuchados en nuestra lengua, no sólo capaz de gestar imágenes nuevas,

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sino también de suscitar multitud de sensaciones en el lector, relacionadas con texturas, colores y modulaciones lumínicas: “Tendidos los rayos del sol, nos bañan a todos; no declinan; están sumamente quietos. Su persistencia ahonda, en el aire, en la luz, el silencio; la soledad en la que, como animadas imágenes de polvo, nos encontramos envueltos”, leemos en el cuento “El vendedor”. O en el cuento “El guía”: “Ahora, más alto el sol, desprende de la luz y el aire, intenso brote de reflejos. Las miradas, de tanto en tanto, encandiladas se pierden, como una maraña de luces, en el reverbero.” Y en el cuento “Señor Colunga”: “Una sonrisa le envolvía la cara. En sus ojos había un movimiento, un rumor de caminos de agua, empujados por un sol de verano.” En uno de los pocos textos de reflexión literaria que conocemos del escritor chihuahuense, titulado “La palabra es el cuento” y que redactó para un encuentro de escritores celebrado en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1985, Jesús Gardea propone que la palabra es el personaje, que ella, llave y puente, es la trama de sus cuentos, capaz de contener un mundo del que no tenía noticias antes de sentarse a escribir. A la palabra, dijo, hay que cascarla como rompemos a la nuez, para ver qué personajes e historias guarda dentro: “La mejor manera de cascar una nuez, y creo que estarán de acuerdo conmigo, es aquella que nos permitiría quedarnos con su corazón, completo, entre los dedos, para llevárnoslo enterito, después, a la boca. Así es como yo entiendo se debe cascar, romper, la palabra, que según mi teoría, es, contiene, al cuento, al mundo del cuento” ●

libros nes –durante las cuales no iba a Delicias por razones económicas– me hice el propósito de emularlo aprovechando la ausencia total de obligaciones y deberes escolares. Así que en el período vacacional leía doce horas diarias. Horas de soledad y plenitud, de alegría infinita, descubriendo mundos. La cultura es hacerte un mundo. Un mundo. Y su mano derecha esbozaba en el aire una esfera invisible, acariciando, pero también como si la quisiera ceñir, la circularidad de esa esfera.

El “eros del conocimiento” LECTOR VORAZ HASTA el momento de su muerte, mi padre convirtió la lectura en una estrategia silenciosa, una defensa férrea de

Los días de asueto o el fin de semana, me sumergía horas y horas, entregado febrilmente a la lectura, con ansia devoradora. Con el tiempo me fui convirtiendo en un lector más sosegado y reflexivo. Ahora soy en realidad un lector muy muy lento, moroso, leo muy despacio.

su mundo interior, una muralla invisible contra el mundo. Una práctica –la de la lectura– que fue absolutamente central e indispensable en su vida, la preparación casi iniciática para sus dos horas diarias de escritura. Aunque al final de su vida acaso experimentara cierta fatiga, cierto desencanto con algunos de los caminos de conocimiento que había emprendido, no perdió el entusiasmo por otros, el placer de la lucidez llevada al máximo (un ideal de vida en él) y ese “eros del conocimiento”, del cual hablaba Lezama Lima. Los libros le dieron días felices. Páginas que abreviaron su desengaño, su desconsuelo, su secreta tristeza. No se preocupó nunca por escribir ensayos, reseñas o artículos, o por capitalizar ese conocimiento de alguna manera. Tampoco de hacer alarde de erudición en reuniones sociales (aunque podía ser un excelente conversador) o presumir frente a los otros lo que era una necesidad vital para él, como comer o dormir. Le bastaba con que la lectura fuera el combustible que le permitiera mantener encendida la llama de su escritura (y de su vida). Esa llama de sus novelas y cuentos quemaba cualquier demostración ostentativa de ese saber adquirido en los libros. Su modestia no era mas que una sutil economía del espíritu, una estrategia personal para no malbaratar, para abonar la tierra de su alma, de la cual surgían extrañas y bellas flores a la hora de oprimir las teclas de su maquina de escribir. Dejaba que una secreta alquimia operara –más allá de su voluntad– convirtiendo lo leído en puro fulgor ●


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Qué leer/ Destino y memoria. Cien años de Jorge Semprún,

Kiosco y su contexto. Se aproxima a uno de los períodos más agitados y creativos de la historia del pensamiento francés.

La casa de caramelo, Jennifer Egan, traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, Salamandra, España, 2023.

edición de Mayka Lahoz, Tusquets, México, 2023. EXPERTA EN LA obra de Jorge Semprún (Madrid, 1923-París, 2011), Mayka Lahoz rinde homenaje al autor de La escritura o la vida en su centenario. Convoca a los expertos: Jordi Amat aborda la trayectoria política de Semprún; Anna Caballé ahonda en las grandes novelas del autor; Benito Bermejo escribe sobre el campo de concentración donde estuvo el autor; Felipe Nieto describe su militancia; Reyes Mate cavila sobre el interés de Semprún por la filosofía alemana; Esteve Riambau estudia la relación del autor con el universo cinematográfico y Mayka Lahoz destaca distintas facetas de la trayectoria del escritor.

La saga de los intelectuales ffranceses, 1944-1989. I. El desafío de la historia (19441968), François Dosse, traducción de Juanmari Madariaga y Francisco López Martín, Akal, España, 2023. FRANÇOIS DOSSE NARRA “la aventura histórica y creativa” de los intelectuales franceses entre 1944 y 1968. En este primer volumen estudia los años de Sartre y Beauvoir y las relaciones contrastadas con el comunismo, el comienzo del tercermundismo, la Guerra de Argelia, el gaullismo

JENNIFER EGAN CONCLUYE con La casa de caramelo un gran proyecto literario iniciado con El tiempo es un canalla (Premio Pulitzer 2011). La escritora narra la historia de Bix Bouton, un empresario informático que patenta una herramienta que permite a las personas acceder a sus recuerdos para compartirlos. Egan se adentra en el mundo digital y de las redes sociales, y cuenta la historia de personajes que anhelan una conexión verdadera en un mundo superconectado. “Lizzie y sus amigas apenas sabían lo que era internet en el año 1992, mientras que Bix percibía las vibraciones de una red invisible de conexiones que se ramificaban en el mundo como si fueran grietas resquebrajando un parabrisas”, escribe Egan.

Dónde ir/ Más allá de los hombres. Dramaturgia de María Luisa Ocampo. Dirección y adaptación de Ruby Tagle Willingham. Con Blanca Guerra, Jesús Hernández, Fernando Sakanassi, Estefanía Norato, Shadé Ríos, Estefanía Estrada, Miguel Cooper y Alan Uribe Villarruel. Teatro Juan Ruiz de Alarcón (Insurgentes Sur 3000, Ciudad de México). Jueves y viernes a las 20 horas, sábados a las 19 horas y domingos a las 18 horas. Hasta el 3 de diciembre. LA PUESTA EN escena forma parte de un proyecto que reivindica a escritoras silenciadas y busca otorgar visibilidad a las obras de autoras

que debido al canon masculino dominante no han tenido la difusión adecuada. María Luisa Ocampo escribió Más allá de los hombres en 1928. Ubica la historia en una zona rural del México de 1918. Refleja la violencia generada durante la Revolución. Una familia conformada por el abuelo, la madre y dos hijos viven en una estropeada hacienda del siglo XVIII. Dan hospedaje a una maestra de escuela que padeció infaustos sucesos a manos de un grupo de revolucionarios.

Crímenes transfronterizos. Exposición de Lawrence Abu Hamdan. Curaduría de Virginia Roy. Museo Universitario Arte Contemporáneo (Insurgentes Sur 3000, Ciudad de México). Miércoles a domingos de las 11:00 a las 18:00 horas. Hasta el 17 de marzo de 2024. LAS INSTALACIONES DE Lawrence Abu Hamdan se caracterizan por ahondar en la confluencia de sonido y espacio. Sus obras interrogan “la dimensión política de la voz”. Presenta el sonido como testimonio. Lawrence Abu Hamdan declaró en una entrevista publicada por la revista del MOMA de Nueva York que “la propagación del sonido supone el modo más adecuado de considerar todas las formas de atravesar fronteras, ya sean materiales, interpersonales, arquitectónicas, jurídicas, disciplinarias, biológicas, sensoriales o conceptuales”. Para el artista el sonido funciona para afrontar conflictos.” ●

En nuestro próximo número

PATRI C I A HI G HSMI T H, SEMANAL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA JORNADA

EL SUSPENSO Y LA PASIÓN


Arte y pensamiento

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La flor de la palabra/ Irma Pineda Santiago

El sabor de la memoria LA COMIDA NO es sólo alimento para el cuerpo; también nos nutre las emociones, pues cada ingrediente o la combinación de ellos nos evoca una serie de sensaciones. Los aromas, texturas y colores despiertan muestra memoria sobre episodios vividos. Es por ello que, cuando migramos, buscamos recuperar un poco de nosotros en otro sitio a través de platillos que reconocemos como nuestros, que nos devuelven al hogar o a la patria, que nos recuerdan quiénes somos y de dónde venimos. En la mayoría de los pueblos indígenas existe una larga tradición de migración, principalmente para el comercio. De ahí que algunos términos como arriero, andariego, abonero o chivero sean parte del lenguaje cotidiano en referencia a los personajes que van de un lugar a otro llevando diversas mercancías para vender o intercambiar en determinados períodos, como los días de fiesta de cada pueblo, donde las ferias y rituales demandan productos específicos para preparar las vestimentas tradicionales, los espacios sagrados o los platillos para las ceremonias. Este intercambio ha generado también que se diluyan las fronteras culinarias, de tal forma que, aunque algunos platillos sean considerados “típicos” de un lugar determinado, han sido adoptados y adaptados por otras regiones, dando lugar a la diversidad y riqueza gastronómica que caracterizan a nuestro país. Además de la migración interna, en las últimas décadas presenciamos cómo la población indígena cruza la frontera norte para ingresar en Estados Unidos, donde tejen redes de apoyo y buscan recrear las formas de vida de los pueblos, reproduciendo algunas tradiciones, principalmente la de fiestas y comidas dada la necesidad de sentir siempre en la boca, en el olfato, los sabores y aromas que recuerden el primer hogar; mirar los colores y las texturas de los platillos les hace saber que están en familia aunque estén lejos de ella. Esa es la magia de la comida: siempre nos hace volver al sitio donde está nuestro corazón. Por lo anterior, no es de extrañar que en las regiones de mayor salida de personas migrantes también se han creado servicios especiales de traslado de alimentos para cruzar la frontera norte, donde las cajas llenas de tortillas o totopos, tasajos, carne costeña, chapulines, chiles secos, pasta de moles, mezcal o tequila, son cosa de todos los días. Así es como entre los paisanos radicados en Estados Unidos siempre se sabe quién tiene tal día atole, chocolate, machaca o amarillito, pues parte de la importancia de las redes es apoyarse para estar bien aunque estén fuera del país, todo lo cual implica la ayuda mutua para comer bien, como si estuvieran en casa. Pensaba en esto hace unos días que escuché en las noticias locales que en la región del istmo de Oaxaca y Chiapas ya se pueden encontrar sitios de comida guatemalteca, venezolana o china, pues, al ser paso de migrantes, algunos han decidido quedarse y probar suerte con la preparación de sus platillos típicos que, para la gente de la región, representan una forma de acercarse a culturas lejanas y desconocidas, y para quienes van de paso es la oportunidad de volver a sentir en la boca un pedacito de su patria. Recordé también a mis tías que migran a los campos agrícolas de San Quintín y, mientras sus esposos recogen cosechas, ellas preparan tamales, garnachas y tlayudas para vender entre los muchos coterráneos que por ahí viven y que gustosos llegan a buscar el sabor que los devuelva por un instante a su tierra de origen. En los últimos meses, en la región del sureste mexicano ha aumentado el tránsito de personas provenientes del continente africano. No nos asombre que algunos decidan quedarse y más adelante ofrezcan sus platillos tradicionales, lo cual será un venero para sus connacionales y seguramente, para quienes habitamos la región sureña, una oportunidad de conocer y disfrutar un poco de otras culturas que, por ahora, nos son lejanas y ajenas ●

La otra escena/ Miguel Ángel Quemain

Calacas y colibríes en el Mictlán de octubre DOS VISIONES SOBRE el mundo de los muertos, la muerte, sus encuentros y discontinuidades forman parte de un par de propuestas distintas que animan una visión popular, mítica e histórica de la tradición mexicana que convergen en las fiestas de muertos que ya están haciendo de las suyas en octubre. En la Titería, donde prácticamente todo se hace con enorme júbilo, la ausencia central será la del titiritero mayor Lucio Espíndola, llorado con gratitud y resignación, esa resignación de quienes sabemos y tenemos la seguridad de que en esa ausencia se resguarda un enorme legado que ahora reinventa Amaranta Leyva. Se propone un desdoblamiento de calacas donde Calaquita y Catrina juegan a la preparación de una fiesta de muertos a la que podrían llegar tarde si no se afanan y hacen un recorrido por los concurrentes próximos a un panteón que tiene un extraño invitado: Javier López Chabelo. No deja de extrañarme ese gesto que redime al comediante, aunque veo en Chabelo más a una víctima que a un perpetrador. Chabelo es una de las figuras populares cuya muerte ha sido una de las más esperadas dentro de la chocarrería nacional. Tal vez la polémica longevidad de Chabelo conlleva su castigo con la sátira que condena esa posesión indefinida de una de las formas de la infancia impuesta por la televisión comercial y portadora de las líneas más conservadoras sobre lo que significa un niño siempre dispuesto a catafixiar sus ilusiones. El sadismo clasista y autoparódico de Chabelo ha sido una marca de identidad del menosprecio de la clase del dinero por todos aquellos que no lograron sobreponerse a la adversidad, pero lograron entrar a un domingo En familia. El de Chabelo no es el único homenaje. Hay varias figuras (Frida Kahlo, Francisco Toledo, José Guadalupe Posada) que hasta el 22 de octubre, en su espacio de Coyoacán, formarán parte de esta ofrenda escénica, en esta orfandad fecunda que atenúa la consolidación de Lourdes Pérez Gay y el escenógrafo

Gabriel Pascal, quienes tendrían que recibir el reconocimiento definitivo de Creadores eméritos por un legado vivo a niños y jóvenes.

El colibrí coreográfico de Patricia Marín EN EL OTRO lado del espectáculo infantil está Danza Visual, una compañía que ha alcanzado los más altos niveles en su producción, montaje y realización de un espectáculo de largo aliento, en los estándares del teatro comercial que ha conquistado y posee un público dispuesto a entender el teatro primordialmente como entretenimiento, y busca sorprenderse con el trucaje de los efectos sobre la escena, el uso de muchas luces, canto, baile y acrobacia. Hay quienes menosprecian esa inclinación a lo comercial en la escena nacional. Sin embargo, hay de propuestas a propuestas y la de Danza Visual es una de las de mayor calidad y profesionalismo. La creatividad y rigor de Danza Visual le ha permitido vivir del teatro poco más de una década; han logrado combinar la investigación, la dramaturgia entendida como un lenguaje literario y poético para la escena, con la utilización de elementos de gran calidad y una inversión que le da realismo a una imaginación que incorpora las artes plásticas, la escenografía en su sentido arquitectónico, pero también en su generación de atmósferas luminosas y con efectos que permiten crear filtros que emocionan y elaboran paisajes que se hilvanan con gran dominio del ritmo y de la narración de sus historias. Hay dos trabajos en apariencia muy distintos pero que tienen el mismo aliento y el mismo poder visual, narrativo y coreográfico: Desde el caparazón de la tortuga, basado en Momo, de Michael Ende, y El camino del colibrí, dirigidos por Patricia Marín, que reconstruye e inventa una leyenda sobre la eternidad mítica del amor y sus metamorfosis. La primera concluyó su temporada y la segunda inicia en el Teatro Helénico, hasta el 29 de octubre, sábados y domingos. Imperdibles. ●


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14 15 de octubre de 2023 // Número 1493

Arte y pensamiento

Cartas desde Alemania/ Ricardo Bada

Quién era Alejandro¹

Wagner en la picota LO ENCONTRÉ EN una librería de viejo y a mitad de precio, me enamoré de él, lo compré ipso facto. Es un librito de 134 páginas, edición moderna de un volumen aparecido en 1876 y reeditado en 1903, con el extenso título Richard Wagner en el espejo de la crítica: Diccionario de la descortesía, conteniendo expresiones groseras, escarnecedoras, odiosas y calumniosas que fueron usadas por enemigos y bromistas contra el maestro Richard Wagner, sus obras y sus seguidores. Coleccionadas en horas de ocio, para diversión del espíritu, por Wilhelm Tappert. A título personal confesaré que me gusta la música de Wagner (no toda en igual medida) tanto como repudio la religión cuyo dios es Wagner, su templo la célebre colina verde de Bayreuth, y su liturgia el Festival que todos los gobernantes alemanes han apoyado desde el palco de honor; no sólo Hitler: todos sin excepción. Y me parece que la serie de “descortesías” de Herr Tappert, aunque sus autores esgriman a veces argumentos musicológicos, refleja más bien la aversión sentida desde el primer momento contra el endiosamiento en vida del compositor. Sigue ahora un muestrario reducidísimo de algunos de los adjetivos recolectados por Herr Tappert: “abominable, absurdo, aburrido, bárbaro, brutal, cruel, decadente, despreciable, diletante, histérico, indecente, jesuítico, lameculos, loco, melenudo” (¡oh manes de los Beatles!), “necio, patético, plagiario, pobre en ideas, rancio, reblandecido mental, sofista, trivial”, y un largo etcétera. No creo, sin embargo, que ninguno de ellos ofendiese tanto a Wagner como el hecho de que el crítico vienés Speidel lo motejara de… “judío”. Nada menos que a Wagner, el antisemita por antonomasia. Pero continuemos. Otra lista podría hacerse con los epítetos siguientes destinados tanto a él como a su música: commensale servile (del rey de Baviera), “charlatán, Dalai Lama” (“La desgracia de Wagner es que no sólo se considera el propio Dalai Lama, sino también el sumo sacerdote del Dalai Lama, de tal modo que asimismo considera cada uno de sus excrementos como un flujo de su divina inspiración”, H. Dorn en 1865), y continuando con la enumeración: “dómine, hojalatero, Heliogábalo, matanervios, Phylloxera vagnátrix, sacamuelas, timador, tormenta en una escupidera” y otro largo etcétera. El crítico de un matutino de Breslau anatemiza su arte como “música anal”. Las dos primeras escenas del acto segundo de La valquiria son para otro como “una lombriz solitaria enquistada en los nervios de nuestro cerebro”, y el motivo de las valquirias (sol/re sostenido/sol) se nos agarra como una sanguijuela. El título original, Der Ring der Nibelungen, se convierte en Der Ring, der nie gelungen (El anillo jamás logrado). Las melodías de Los maestros cantores de Nuremberg son “ortigas de mar, medusas”, y su oratorio El ágape de los Apóstoles, sencillamente, “requesón”. Después de asistir a una puesta en escena de Lohengrín en Viena, el supradicho Speidel no vacila en clasificar zoológicamente a la orquesta wagneriana de “colosal rumiante”. Y aquí también un nuevo y asimismo largo etcétera. Oskar Blumenthal, por su parte, le enjaretó esta cuarteta dedicada al libreto de Tristán e Isolda: “Schopenhauer bastante sí ha leído/ pero poco y muy mal lo ha digerido,/ de modo que los versos de Tristán/ eructos filosóficos serán.” Pero la creatividad de los injuriadores de don Ricardo llega a su cenit en una crítica de la revista muniquesa Vaterland, donde la primera escena de El oro del Rhin, en el fondo del río, con las ninfas nadando y cantando (lo cual es una hazaña, pues las ninfas cantan sin usar escafandra), fue calificada nada menos que de “putacuario” (Huren-Aquarium en el original). Constatemos con satisfacción que, excepto alguna pelea de gallinero entre tenores españoles, las costumbres han mejorado bastante desde que Herr Tappert hiciera esta suculenta y aleccionadora cosecha de antiwagnerianismos ●

Yorguis Sarandís IX Repudia ¿qué repudio? lo que sea ¿preguntas por qué?– para que te salves de la justicia de la injusticia de la cárcel del destierro de los hospitales de los manicomios de los leprosarios de los accidentes de coche de la contaminación del cáncer del mal momento de Siberia de Giaros² de Leros³ la isla de los perros del comunismo del capitalismo del turismo del futurismo del sismo la sofocación la convulsión del pensamiento de Mao Alejandro es la luz que vemos desde el fondo de una gruta.

1. Se refiere a Alejandro Magno. 2. Isla al norte de las Cicladas muy árida y despoblada que en la era romana fue lugar de destierro. En el siglo pasado, entre 1947 y 1974, aproximadamente 22 mil personas disidentes de izquierda fueron exiliadas y encarceladas ahí. 3. Isla del archipiélago del Dodecaneso, en el Egeo. En 1912, tras la guerra ítaloturca, quedó bajo el control del Reino de Italia y formó parte de las islas italianas del Mar Egeo.

Yorguis Sarandís (1919-1978) estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Atenas, trabajó como empleado en el Ministerio de Economía y como asesor en Economía para empresas privadas. Es autor de siete libros de poesía y una obra de teatro. Tradujo a T.S. Eliot, Vladimir Maiakovski y Geo Milev. Fue colaborador y crítico de libros en las revistas Literato y Nueva frontera, entre otras, y miembro del Comité de Premiación del Consejo de Estudiantes de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Atenas y de la Sociedad de Escritores Griegos. Poemas suyos han sido traducidos al italiano, alemán, rumano, polaco, húngaro y ruso. Versión de Francisco Torres Córdova.


Arte y pensamiento

LA JORNADA SEMANAL 15 de octubre de 2023 // Número 1493

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Bemol sostenido / Alonso Arreola T : @LabAlonso / IG : @AlonsoArreolaEscribajista

7-Eleven y Pavarotti EN LOS CAMPOS de concentración y prisiones del Tercer Reich, fue común la tortura con música. Es un asunto bien conocido que luego se estandarizó en los archivos del horror humano. Probablemente los casos mejor documentados provienen de la prisión de Guantánamo estadunidense tras los ataques a las Torres Gemelas. Fuera con temas de Plaza Sésamo, Metallica, El Club de Barney o AC/DC, la metodología de los “castigadores” contaba con una mezcla surrealista de canciones que, repetidas ad nauseam, supieron enfermar a sus residentes para integrarse a los peores libros de la historia humana. Hay películas que toman el asunto como inspiración para sus guiones. La clásica Naranja mecánica o la más reciente El contador de cartas, en ambas se muestran momentos de máximo estrés con el uso de altavoces y amplificadores que disparan violencia sonora. Porque no hay duda: decibeles elevados y frecuencias desagradables, repetidas sin descanso, pueden ser tan efectivas para destrozar los nervios y la mente como lo es una granada explotando contra el cuerpo. Ahora bien, si damos un brinco al mundo políticamente correcto de nuestros días llegaremos a la motivación real de este texto: resulta normal aceptar actualmente prácticas de la misma naturaleza, pero edulcoradas con justificaciones del tipo: “Usamos un loop, un bucle de música clásica, para desalentar a quienes utilizan nuestros estacionamientos y aceras como zonas residenciales.” ¿De qué estamos hablando? De esa manera definen y defienden algunas de las más grandes cadenas de Estados Unidos su extraña estrategia para alejar a los que no tienen dónde vivir, a los adictos y a quienes inquietan a la clientela que los visita. Así es. Ponga atención. Empresas como Home Depot, Speedway, Rite Aid, Safeway y Walgreens son negocios enormes que han adoptado esta fórmula en el último año, a lo largo y ancho de aquel país. Algo de lo que se habla cada vez más en los noticieros e, incluso y de manera particular, en sitios de música clásica. Fue en uno de ellos, precisamente, en donde comenzamos a jalar la hebra, lectora, lector. El tema nos pareció tristísimo. De pronto imaginamos a un Bach postapocalíptico, en dibujo animado, ahuyentando pobres y enfermos a base de invenciones, fugas y zarabandas. Tras navegar un poco más averiguamos que todo comenzó hace cinco años en unas pocas tiendas 7-Eleven, lo que fue creciendo a la par de los problemas que provocan el desempleo, el consumo de drogas y la falta de acceso a los sistemas de salud en el país vecino. Y no sólo allí, pues se trata del precio que paga un sistema de economía global, cuestionable siempre por las innumerables injusticias y desigualdades que provoca. Un modelo que, populismos aparte, se manifiesta hasta en la más rebelde Latinoamérica. Pero volvamos atrás. Como se imaginará estamos inscritos en diferentes canales de música clásica, lo que nos ofrece nuevos lanzamientos, noticias, conciertos y pormenores de quienes animan ese mundo. En uno de ellos escuchamos testimonios que recuerdan a Guantánamo: “Definitivamente te rompe los nervios cuando la escuchas todos los días a todas horas”, asegura una vecina a quien la música golpea sin cesar. “Es una solución creativa para no encontrar solución.” Así de genial lo define el veterano encargado de un estacionamiento, a quien vemos pacíficamente frustrado: “Me gusta la música clásica, pero… esto me sorprende”, añade. Y cómo no sorprenderse cuando la estrategia ha sido adoptada ya por el gobierno de California para experimentar en el Metro y playas de Los Ángeles. En esos espacios está comenzando a sonar música clásica a todo volumen, sin descanso, para adornar el paisaje sónico de quien va de paso y, sí, torturar y alejar a quien pretende instalarse allí por no tener recursos para vivir. Así las cosas en este bello mundo. Ponga el “Himno a la alegría”, olvide y sonría. Buen domingo. Buenos sonidos. Buena semana ●

Cinexcusas/ Luis Tovar @luistovars

De religiones e indignaciones (II y última) IMAGINE USTED A un sujeto capaz de sostener, con absoluta seriedad, que Dios Con Mayúscula le habló para decirle que él era Su Elegido para mostrarle a la humanidad “el camino” y brindarle “la salvación”; que el padre y el abuelo de dicho sujeto también fueron objeto de tan alta distinción y, por lo tanto, cada uno en su momento se hizo llamar a sí mismo “el apóstol de Jesucristo” y convenció a una feligresía en constante aumento de que su misión era irrenunciable, esencialmente desinteresada y, desde luego, divina. El resto no precisa de la imaginación: consta la existencia de esa variante religiosa cristiana llamada La Luz del Mundo, su vocación tentacular que ha puesto sucursales en cualquier sitio donde ha sido posible –la casa matriz está en Guadalajara– y, por supuesto, su otra vocación, que la emparienta con prácticamente cualquier otra: la monetarista que, ya en el fondo, significa búsqueda y ejercicio de poder. La oscuridad de La Luz del Mundo devela los mecanismos que le permitieron a Naasón Joaquín García, y antes a su padre y a su abuelo, darse una vida pletórica de lujos materiales en virtud de recaudar el diez por ciento de todos los ingresos de cada creyente, más “limosnas”, así como tener a su servicio incondicional a un grupo de “elegidos”, cuya voluntad y vida están a disposición del “apóstol”. Pérez Osorio aborda este par de aristas del fenómeno y elige bien al poner en el centro temático la derivación más nefasta de aquella borrachera de poder: el abuso sexual cometido contra decenas o cientos, quizá miles de mujeres menores de edad. Los testimonios de algunas de las víctimas contrastan de manera brutal con los obtenidos de algunos “elegidos”, unos ya retirados y otros vigentes, todavía convencidos de la “santa” condición de Naasón Joaquín, capaces de afirmar que sólo se trata de una injusta difamación, y esperando que a su líder lo beneficie una absolución nada divina, sino absolutamente terrenal, que les permita continuar con su “misión”.

Lo abordo, no lo abordo OTRA COSA QUEDA clara con La oscuridad de…: si el criminal jamás hubiera contado con el poder económico y las palancas que dicho poder lleva aparejadas, muy probablemente los alcances de sus crímenes sexuales habrían sido más reducidos –aunque, claro, no por eso menos deleznables– y, por extensión, el conocimiento masivo de dichos actos delictivos también sería mucho menor: para el hambre sensacionalista mediática no habría sido un bocado tan apetecible y, quizá, tampoco para el cine habría resultado un asunto meritorio. Este asunto de “abordo el tema/no lo abordo” tiene lo suyo, por enojoso: está fuera de duda la importancia de exhibir un fenómeno tan nocivo y repulsivo como el de esta Iglesia corrompida de raíz, pero es imposible desprenderse de la impresión, igual de incómoda, de que hasta en materia criminal hay clases: ¿la nota roja y el cine habrían hablado de Naasón Joaquín García y su red-sistema de abusos sexuales, si ese tipo nefasto de alguna manera no hubiera formado parte de la clase alta, detentadora del poder? Algo similar sucedió con otra organización religiosa igualmente corrompida: tras una serie de silenciamientos, posibles en virtud del poder económico de los acusados, los Legionarios de Cristo y su fundador, Marcial Maciel, pederasta comprobado, fueron el centro de otro escándalo mediático, tras el cual el violador de menores fue penalizado sólo por sus superiores religiosos y no así por las autoridades civiles. De todo esto dieron profusa cuenta los medios masivos y, poco después, al menos una cinta de ficción: Obediencia perfecta (Luis Urquiza, 2014). Queda la sensación de que Marcial Maciel y Naasón Joaquín García no son sino la versión económicamente poderosa, mediáticamente irresistible para muchos, del Anacleto Morones rulfiano, que también tomaba la virtud de doncellas previamente acondicionadas, tal como se lee en el cuento homónimo y se ve en la estupenda película El rincón de las vírgenes (Alberto Isaac, 1972) ●


LA JORNADA SEMANAL

16 15 de octubre de 2023 // Número 1493

Vilma Fuentes

El hombre de la máscara de hierro Se ha dicho, y no sin cierta razón, que la Historia es una ficción semejante a la de la literatura en novelas y cuentos que narran, a su modo, hechos históricos. Sea como fuere, aquí se dan ejemplos en que ambas, la literatura y la Historia, se entrecruzan y alimentan mutuamente.

¿L

a Historia no sería, acaso, sino un tejido de enigmas que el historiador se da la ilusión de desentrañar apoyado en pruebas que, como dice el gran pintor Georges Braque, sólo “fatigan la verdad”? Serios historiadores se empeñan, con fe en su minucioso trabajo de orfebres, en descubrir y revelar los sucesos del pasado, como si las cosas hubieran ocurrido tal cual y fuese posible garantizarles una nueva realidad, ahora histórica, donde la duda no tiene cabida. Nada más tentador que los enigmas y no sólo para los historiadores. Los novelistas se los apropian en lo que se define como la “novela histórica”. Pero el autor de ficción puede permitirse libertades donde hombres y mujeres reales extraídos del pasado dialogan con seres imaginarios. La Historia se vuelve una novela y la novela usurpa el lugar de la Historia. Puede aprenderse más sobre Roma en el siglo del emperador Adriano leyendo la novela de Marguerite Yourcenar que con la lectura de libros eruditos con cientos de notas a pie de página. Niños de todo el mundo se sumergen con pasión en episodios de la Historia de Francia leyendo Los tres mosqueteros, Veinte años después, El vizconde de Bragelonne, El collar de la reina o a Jean Pitou. Punto álgido de obras históricas y de ficción es el enigma. En ocasiones, simples secretos de asesinatos como el del presidente Kennedy dan lugar a múltiples películas, ensayos, libros “muy serios” y novelas fantasiosas. La misteriosa identidad de Jack el destripador ha sido uno de los enigmas que ha atraído más público desde sus inicios en 1888. Múltiples elementos captan la curiosidad de la gente, fascinada por el horror. No se olvide que las páginas de la “nota roja” son tan leídas como las de deportes. En el caso del destripador se reúne la violencia, el medio siempre claroscuro de la prostitución, las castas británicas, la familia monárquica, los detectives ingleses a la Sherlock Holmes y tan hieráticos como los agentes de Scotland Yard. Todo esto bien sazonado con la sucesión de prostitutas asesinadas, un asesino en serie que goza de alguna inmunidad, tal vez de la realeza, una perfecta extirpación quirúrgica de los órganos femeninos de la víctima, los titulares alarmantes tanto de los tabloides de escándalos como de la prensa más seria, las investigaciones policíacas, el rumor público, suposiciones y sospechas tan

▲ Fotograma de La máscara de hierro, película estadunidense de 1929. Derecha: Cartel de la versión de 1939 dirigida por James Whale. Izquierda: Cartel de El hombre de la máscara de hierro, de 1998, dirigida por Randall Wallace.

La popularidad y la gloria del mito del “hombre de la máscara de hierro” lo ganó Alejandro Dumas padre con su narración del enigma en El Vizconde de Bragelonne. Continuación y final de la trilogía iniciada con Los tres Mosqueteros.

extravagantes unas como otras. Los hechos atrajeron la atención mundial y dieron lugar a numerosos libros, películas de ficción, series de televisión, documentales. Si se barajaron varios nombres de posibles destripadores, tales como el médico de la reina, el mismo príncipe de Gales y otros personajes, nunca pudo conocerse la identidad del asesino. El misterio nunca revelado confirió al asunto el estatuto de mito moderno. Muy distinto, aunque no menos novelado, es el enigma del “hombre de la máscara de hierro”. Las películas y documentales inspiradas en este misterio son múltiples. Las teorías sobre la identidad del enmascarado son tan numerosas como las investigaciones históricas. De un simple valet, cuyo

parecido con el rey podría revelar el adulterio de Ana de Austria y la ilegitimidad de Luis XIV, a las figuras de la corte como el superintendente Fouquet, las identidades más en boga, si no las más probables, son las de personas muy cercanas al rey Luis XIV. Los sucesos que dieron nacimiento a este mito narrado por los rumores y las confidencias tuvieron lugar entre fines del siglo XVII y principios del XVIII. El primer autor a mencionar el caso fue Voltaire en su Siglo de Luis XIV, obra aparecida en 1754. La popularidad y la gloria del mito del “hombre de la máscara de hierro” lo ganó Alejandro Dumas padre con su narración del enigma en El Vizconde de Bragelonne. Continuación y final de la trilogía iniciada con Los tres Mosqueteros, Bragelonne es el pretexto de Dumas para poner en escena los primeros años del reino del joven Luis XIV. El cardenal de Mazarino muere, Ana de Austria envejece. Athos, a pesar de su edad, logra sentar en el trono a Charles II de Inglaterra. D’Artagnan es al fin capitán de mosqueteros. Porthos, más ingenuo que nunca. A Aramis toca el apogeo de sus intrigas con el secreto hermano gemelo de Luis XIV, preso y enmascarado en la Bastilla. Reconocer el nacimiento de dos gemelos habría podido causar una guerra intestina interminable en Francia. De ahí la decisión del cardenal y primer ministro Mazarino de desaparecerlo pero mantenerlo con vida. Ni siquiera el mismo joven monarca conoce la existencia de su gemelo. Aramis suplanta al rey en el trono con el hombre sacado de la Bastilla. Para su desgracia y fracaso de esta magistral usurpación, Aramis informa a Fouquet, quien, a pesar de los celos y el odio que le tiene el joven rey, decide salvar al primer Luis XIV y devolverle su trono. El rey no perdona y condena a su gemelo al encarcelamiento de por vida y a la máscara de hierro. Dumas logra transformar la realidad en ficción y la ficción, la suya, en realidad, la verdadera, la que permanece en la mitología imaginaria de los pueblos ●


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