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De Montgomery a Mineápolis, de King a los no reyes: derechos civiles en Estados Unidos
David Brooks y Jim Cason
Estados Unidos y el irresistible encanto del escándalo sexual Hermann Bellinghausen
Ciencia ficción e Historia: de Herr Schultze a Donald Trump Jorge Olvera Vázquez

Neofascismo y posfascismo: historia y construcción de un concepto
Alejandro Badillo




Si fuera necesario resumir en una sola palabra la condición en la que se encuentra un amplio sector social de Estados Unidos de América, comenzando por su propio gobierno, esa palabra sería “decadencia”: de un modelo económico –el neoliberalismo–, un modo de ser y habitar el mundo –el ya contrahecho y muy desvencijado american way of life, basado en un consumismo insensato e insostenible–, y una forma de pensar –el llamado destino manifiesto, que no sólo contradice al derecho internacional sino a la más pura y llana sensatez–, todo lo cual tiene al país vecino del norte en pleno declive cultural, plagado de taras como intervencionismo, militarismo, genocidio y, en tiempos recientes, asesinato de sus propios ciudadanos, escándalos sexuales, exacerbamiento del neofascismo y un largo etcétera. Por fortuna, todavía queda una luz: la base social estadunidense que defiende sus derechos, se nutre del pensamiento y la acción de sus mejores ciudadanos y se organiza en defensa no de los falsos valores patrioteros difundidos por sus autoridades, sino de los auténticos del humanismo, la armonía, el desarrollo pleno y el respeto a la vida.

Héctor Palacio
Mashela, el ensalmador
Los niños esperaban a que pasara al atardecer frente a la casa de los abuelos proveniente del jornal. Entraba a la sala, se colocaba al centro, extraía del morral su loción ensalmadora y la vaciaba en un pote al cual sumergía las ramillas de cocoíte, albahaca de la tierra, zorrillo y toronjil, e iniciaba los susurros chimuelos. Los pacientes, enfermos de sustos y miedos no dichos (apariciones de duendes, lechuzas, brujas), se paraban frente a él y Mashela comenzaba a ramear en el pecho –de acuerdo al ritmo suave de su rezo de murmullos indescifrables para las criaturas: “ennombredelpadreylasmilvirgenesguashangueragueraguanaguanamoshismoshigurugurubarabaraguashanguer...”–, después en la espalda alta y baja, en los dos antebrazos, la frente y finalmente en la mollera, donde vaciaba el resto de la loción, de profundos y verdes
aromas herbáceos combinados con el alcohol, que medio bañaba al ensalmado.
Todos los niños querían enfermarse o asustarse (las mujeres también). Tan ricos eran el ensalmo, su olor y la rameada, que refrescaban del sofocante calor tropical. Cobraba Mashela sus “centavos” y se iba silbando. Acaso pasaría de nuevo al día siguiente, a curar otros males y espantos.
Locho, el brujo
Los ensalmadores no eran brujos. Pero sí los curahueso y los que sabían del uso de las hierbas y se convertían en animal (nahual, en el centro de México). Como Locho Pérez, que se transformaba en lechuza.
‒Ese jijo’eputa sí que era malo –dice padre–, pero era flojo pa’ trabajar, no avanzaba nada cuando iban entre varios a machetear el monte.
‒Bueno, pero dices que, cuando iba solo, se echaba al tronco de un árbol y ponía a trabajar a los machetes solitos.
‒Eso decía él.
PORTADA: collage digital de Rosario Mateo Calderón.

‒¿Pero así sí avanzaba o tampoco?
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‒Pues según decían, que sí.
A madre le insistieron para que llevara con el brujo al niño de cinco años que había sido mordido por el perro en la mejilla, cerca del ojo; porque de seguro estaría asustado.
‒¿Qué tiene el muchacho, doña?
‒Lo mordió su perro en la cara y me dicen que ha de estar asustado. Lo traigo para que lo vea y le dé alguna cura, porque el ensalmador no ha de servir para esto.
‒No. Ese Mashela es puro cuento, ni se le entiende nada, puras mentadas ha de rezarle a la gente, “chingasuamurumaramaragrrr”; ¡ja, ja, ja! A ver, páseme la criatura.
Le miró los ojos y le agarró el pulso de la muñeca derecha, que era donde y como medía el grado del espanto; porque a los asustados les brincaba la pulsada, les latía más rápido. Locho había aprendido de su abuela, quien también había sido bruja.
‒¿Cómo lo ve don Locho, está mal?
‒¡Nooo, señora, qué asustado va estar! Este niño tiene la sangre bien fuerte. No se espanta con nada. Es de los míos. Yo no me asusté ni cuando mi abuela me quiso matar. Vuelta lechuza, se paraba en el caballete de la casa, tiesa, vigilándome. Pero que me la madrugo un día y ahí mismo la agarré y le quité su poder; la maté, pues. Doña, hasta debiera dejármelo, pa’ que le enseñe y dé mis poderes cuando muera, ya ve que ya estoy viejo; o si no, se los dejo a usté, ¡ja, ja, ja! Qué sangre tan fuerte tiene este muchachito, ¡es de los míos!
Y salió la mujer apresurada con su hijo en brazos mientras otros que buscaban cura estaban tendidos en la cama con ventosas en la espalda o bebían alguna poción. Otros más esperaban al exterior de la choza de palma de guano de don Locho, que esa noche tal vez volvería a ser lechuza y al día siguiente, echado a las gigantes raíces de una ceiba para descansar el desvelo nocturno de nahual, vería trabajar, mientras filosofaba, sus machetes.
Cuando Pantaleón salió del acagual, se encaminó al grupo de jornaleros que encabezaba. No clareaba aún. Era el cabecilla, su guía. Saludó a todos con parquedad al tiempo que escupía un grueso esputo de la mascada de tabaco.
Miró al firmamento, tasajeó el aire con el machete y dijo:
‒Las seis, vamos, a darle.
‒¡Vamos! –respondieron todos, siguiéndole. Le bastaba escudriñar el infinito para saber la hora. Continuaron la desmontada de la montaña donde había quedado el día anterior. Todos alegres, menos Román, el último de los veinte hombres en incorporarse a la tarea de machetear a diestra y siniestra árboles y maleza. Tenían que arrasar veinte hectáreas. Más tarde tendrían que sembrar y recolectar el maíz para la hacienda del patrón. Román había sido el líder en años ante-

riores. Hombre maduro, enceló cuando el patrón lo sustituyó por Pantaleón, que tenía un vigor endemoniado y no llegaba a los veinte aún, mas todos lo respetaban ya. Éste avanzaba sin descanso, tronchaba la naturaleza con derecha e izquierda; se cansaba un brazo, alternaba el otro. Como si algo más que su cuerpo, su espíritu, como si su ánimo fuera parte de cada golpe de machete.
Los trabajadores sólo hacían tres paradas entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde para beber pozol blanco o con cacao, única forma para vencer esa intrincada selva del sureste mexicano, obstáculo para la siembra y el ganado. Era el uso de los patrones. Arrasaban la selva, la quemaban, sembraban maíz, arroz y frijol; después yuca. Luego zacate y metían las vacas. Así se extendía el progreso; así lo interpretaban.
Román provocaba a Pantaleón tratando de rebasarlo a tajos diestros aunque no fuera ya el líder asignado. Quería demostrar que era mejor, que había sido injusto relegarlo a segundón. Pero no podía, se esforzaba y no lograba adelantar, se quedaba atrás. Hacía trampas, gruñía para que oyeran.
‒Ese jijo, tal por cual, ya va a ver –callaban todos y seguían laborando.
Ese día había madrugado antes que Pantaleón, esperando a que apareciera del tupido acagual que atravesaba al venir de su choza. Quiso enemistarlo con los compañeros, no contestó el saludo, se atrasó en su línea de acción, saltó a otras líneas. El ánimo de Pantaleón observaba con el rabillo del ojo y callaba; ya llegaría el sábado, cuando se hacía la paga.
Esos agrestes intentos no bastaron para
alterar al guía. Hasta que en un aparente descuido, al cortar una rama, Román soltó el machete que voló por el aire y cayó al pie del cabecilla. Se escuchó un rumor. Pantaleón marcó un alto, desenterró el hierro, caminó hacia su dueño, lo miró de frente a los ojos con serenidad firme y se lo entregó. —Vamos, a darle; a las 6 nos vemos, pariente –un frío recorrió a Román.
La jornada continuó, hicieron las pausas para beber y dieron las 6. En vez de guardar los machetes, Pantaleón y Román afilaron de nuevo.
Caminaron al llano frente al acagual. Se pararon cara a cara sosteniendo el arma en su mejor mano. Los otros rodearon la escena. Dieron vueltas en círculo, amagaron avances, chocaron un par de veces los filos. El atardecer no hacía sino acentuar el drama. Como relámpago, Román se arrojó con vigor, levantó el machete y lo descargó sobre el contrincante. Ágil, animalesco, Pantaleón se movió y lo esquivó, y en el salto pegó un giro, alzó y azotó su machete contra el bulto. El borbotón de sangre fue inmediato; le había atravesado la clavícula.
Limpió el hierro en tierra; lo metió en su funda. Miró el sol, “6 y media” –pensó. Escupió el tabaco, dio la espalda a los hombres y se metió al monte. Los jornaleros corrieron donde el herido sangraba y gritaba ayes; tratarían de salvarlo. Lo levantaron y se fueron a prisa.
La siguiente madrugada, los trabajadores esperaban ver aparecer a Pantaleón. Y salió del acagual. Saludó a todos. Miró al cielo, blandió el machete, escupió el tabaco.
‒Las seis –dijo–, vamos, a darle.
‒¡Vamos! –gritaron todos siguiéndole ●

Alejandro Badillo
VIVIMOS EN UNA época en la que los conceptos tienden a vaciarse y perder su significado original. La manipulación del lenguaje lo pervierte y, en muchos casos, lo transforma en su contrario. La “libertad” –en voz de la extrema derecha– es usada para atacar los derechos de los otros. La perversión del lenguaje retratada en la ficción en 1984 –la obra clásica de George Orwell publicada en 1949– ya se había hecho realidad en la Alemania nazi de esa misma década. El filólogo alemán de origen judío Victor Klemperer describió en LTI. La lengua del Tercer Reich el cambio en la percepción de palabras que tenían una connotación negativa antes del fascismo como “fanático”, que se transformó en una cualidad positiva para el régimen en lugar de su significado original: entusiasmo ciego e irracionalidad.
La llegada del siglo XXI ha acelerado la manipulación de muchos términos. En ocasiones el uso indiscriminado contribuye a inutilizar el lenguaje, pues sirve para caricaturizar a cualquier enemigo. En este escenario, la palabra “fascismo” ha regresado al debate público y a las redes sociales, pero a menudo se usa de forma inexacta y sin cono-

LOS CONCEPTOS CON LOS QUE SE DESCRIBEN FENÓMENOS POLÍTICOS Y SOCIALES TIENEN UNA HISTORIA PROPIA Y UN CONTEXTO ESPECÍFICO, Y ESTÁN SUJETOS A CAMBIOS Y MATICES PROPICIADOS POR LA INEVITABLE EVOLUCIÓN DE LA REALIDAD. EL TÉRMINO “FASCISMO” NO ES LA EXCEPCIÓN, AHORA MATIZADO COMO “NEOFASCISMO” Y “POSFASCISMO”, LO CUAL IMPLICA CIERTAS CONSIDERACIONES QUE SON LA MATERIA DE ESTE ARTÍCULO.
cimiento de la historia. No todos los regímenes autoritarios o dictaduras de derecha son fascistas. Al usar el término sin entender su contexto se corre el riesgo de inutilizarlo.

Robert O. Paxton publicó en 2004 el libro Anatomía del fascismo (editado en español hasta 2019), una exploración histórica de esta ideología que tomó el poder durante la primera mitad del siglo pasado. Paxton, historiador y profesor emérito de la Universidad de Columbia, fue el primer académico que documentó el colaboracionismo del régimen de Vichy con el nazismo en la Francia ocupada por Hitler. Uno de los aspectos centrales de la investigación del académico es entender las contradicciones del fascismo y, quizás lo más importante, su posible regreso en nuestros años. Vivimos tiempos en los que se piensa –muchas veces por pereza intelectual– que la historia puede volver justo como nos la enseñaron en la escuela y en los libros. Es tentador y fácil asumir que la historia se repite. Sin embargo, eventos históricos como el auge del fascismo y su consolidación poco antes de la segunda guerra mundial responden a hechos específicos, coyunturas cocinadas por largos años, decisiones personales e, incluso, dosis de azar. Por esta razón, es muy arriesgado aventurar una simple actualización de la historia. Tenemos, en su lugar, rasgos generales que se ramifican en direcciones diferentes –acaso imprevisibles– y que quizás ameriten nuevos términos. Palabras como “postfacismo” o “neofascismo” pueden ser antecedentes de conceptos que aparezcan en el futuro y que definan mejor lo que pasa en estos momentos con los movimientos políticos de nuestro siglo y sus reacciones virulentas contra la democracia, las minorías étnicas, las mujeres y el progresismo en general.
Es interesante que la primera estrategia para manipular la historia sea vincular al fascismo con el socialismo para demonizar a la izquierda global. También se ha vinculado, por medio de una propaganda que no resiste el mínimo examen, al nazismo con el socialismo por el nombre de la organización que llevó a Hitler al poder: el “nacionalsocialismo”. Hay una verdad a medias detrás de esta manipulación histórica: en efecto, muchos de los primeros fascistas –como el mismo Benito Mussolini en Italia– habían militado en el socialismo, pero después abandonaron esta ideología para conducir a sus seguidores a un nacionalismo cada vez más radical. Declaraciones



iniciales y documentos indican, en efecto, que el primer fascismo desconfiaba de los capitalistas tradicionales y asumía su proyecto desde la política reaccionaria, pues no creía en el racionalismo económico de la época. Con el paso del tiempo, los industriales llegaron a acuerdos con los fascistas, pues la economía de guerra les beneficiaba gracias, entre otras ventajas, a la mano de obra esclava generada por el Estado.
El novelista francés Éric Vuillard ganó el premio Goncourt en 2017 con El orden del día, una novela breve que imagina, a partir de material de archivo, la simbiosis entre empresarios y fascistas alemanes. El periodista holandés David de Jong publicó en 2022 Dinero y poder en el Tercer Reich, una investigación que sigue a muchas de las familias más poderosas de Alemania, la acumulación de capital que lograron sus corporativos con Hitler y la impunidad de la cual aún gozan en nuestros días.
Como afirma Robert O. Paxton, el fascismo clásico creía en el Estado, pero no como un modelo democrático sino totalitario. Aun así, Mussolini y Hitler tuvieron que lidiar con innumerables tensiones entre las diferentes estructuras estatales que seguían conservando gran parte de su funcionamiento legal. La violencia política fue, al inicio, selectiva, hasta que se desbordó, particularmente en Alemania. Un buen ejemplo es el desarrollo y evolución de los campos de concentración. En KL: Historia de los campos de concentración nazis, Nikolaus Wachsmann describe cómo estos centros funcionaban de manera poco uniforme y se dedicaban, en sus inicios, a los enemigos políticos de Hitler que incluían, incluso, compañeros de viaje que habían sido víctimas de diferentes purgas. Fue, en su última etapa, cuando los campos de concentración se transformaron en una industria que hacía más eficiente el asesinato en masa. Según muchos estudiosos, el fascismo tiende al colapso por la necesidad continua de expansión, exterminio y búsqueda de un ideal imposible. No hay vuelta atrás cuando se llega a la última etapa. La discusión sobre la vuelta del fascismo en el siglo XXI se concentra, para algunos investigadores, en la posibilidad o imposibilidad de usar un concepto que tiene un límite histórico muy claro y que acabó con el derrumbe del nazismo. De esta manera, es común encontrar términos que usan algún prefijo para actualizar el término. Más allá del uso de palabras como “neofascismo” o



▲ Una abuela y sus nietos marchan sin saberlo hacia la cámara de gas, durante la llegada de los judíos húngaros al campo de Auschwitz, 1944.
“postfascismo”, convendría enlistar los rasgos de esta ideología (supremacismo racial, violencia política, expansionismo militar, entre otros) para separarlos de dictaduras de facto y gobiernos autoritarios que se han multiplicado en el mundo. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha alertado a varios historiadores por el uso de las mismas estrategias fascistas que se creían superadas y encerradas, para su estudio, en los libros. En particular, la toma momentánea del Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021 mostró la capacidad del trumpismo de movilizar a una cantidad no desdeñable de seguidores para ejercer violencia. Fue entonces cuando cobró aún más fuerza la discusión sobre el fascismo y su regreso.
La reacción virulenta al orden (neo)liberal tendrá, seguramente, un nombre que ahora no se puede imaginar. El gran historiador especialista en la Revolución Francesa, Robert Darnton, explica en su libro más reciente, El temperamento revolucionario, las condiciones previas a los grandes eventos que marcan la historia y su iconografía. Una de sus tesis es que la Revolución Francesa se desarrolló años antes de la toma de la Bastilla, el hecho que marca el imaginario popular sobre esa época en Europa. De igual manera, nosotros somos testigos inmediatos de un evento que se desarrolla gradualmente y cuyos efectos más dramáticos aún están por verse. Este “nuevo fascismo” aún sin nombre no es una especulación ociosa, pues se nutre del desequilibro global, parecido al que sufrió el mundo durante la primera mitad del siglo XX. Si el fascimo clásico pudo manipular a poblaciones enteras –que por primera vez podían votar– gracias a la política de masas, un fenómeno que se ponía a prueba por primera vez, esta nueva versión se extiende por medio de la desinformación, el simulacro, la emocionalidad vacía y una fuerza que enmascara un nihilismo que desprecia cualquier utopía. El nuevo fascismo, contrario a lo que surgió en el pasado, tiene un fuerte componente apocalíptico, pues no ofrece ningún puerto seguro al cual llegar, sólo un medio para expresar la desesperanza y la ira de nuestros tiempos ●

Hermann Bellinghausen
HAY RASGOS CULTURALES QUE REVELAN MUCHO DE LOS PAÍSES, O DE UNA PORCIÓN GRANDE DE SUS POBLADORES. LA OBSESIÓN MEDIÁTICA DE LOS ESTADUNIDENSES POR LOS ESCÁNDALOS SEXUALES DE FIGURAS PÚBLICAS NO TIENE PARANGÓN, AUNQUE EL MUNDO ENTERO CARGUE SUS PROPIOS PECADOS, PECADORES Y PURGATORIOS EN TALES “ESCÁNDALOS”, QUE SIEMPRE VENDEN. COMO SERPIENTE QUE SE MUERDE LA COLA, LA NOTICIA HACE RUIDO, Y SU CONSUMO ESCANDALIZA Y DISTRAE A LAS MASAS.
El puritanismo fundacional de las trece colonias que dieron pie a Estados Unidos ha sido motivo de parodias y revueltas juveniles, pero sobre todo ha moldeado la moralidad pública de ese país. Así como América Latina nace como el territorio ilimitado para esparcir el catolicismo, la América anglosajona abre todo un subcontinente a las nuevas doctrinas luteranas, destacando el radicalismo calvinista procedente de Alemania, Suiza y Holanda, además del anglicismo británico.
La invasión y colonización blanca venida de Europa creó un paradigma racial de belleza, pero también estableció las reglas de lo permitido, lo prohibido, lo secreto, lo tolerado, lo negado. El adulterio, escándalo sexual originario, se hunde en el pasado bíblico, pero fueron los nuevos estoicos sajones y anglos quienes le dieron carácter de delito imperdonable. (No se discuten aquí otras
tradiciones en la materia, sea islámica, aborigen de África, oriental o ártica: sólo el puro puritanismo gabacho, tan infiltrado en la cultura de consumo contemporánea.)
A diferencia de la colonia española en América, la anglosajona se funda en la negación absoluta de una población precedente. Los indios eran nadie, fantasmas por erradicar. No tenían ningún derecho por encima del otorgando por un tal God a los “fundadores” del nuevo reino terrenal para hombres blancos, mujeres rubias y su prole güera. Modelo de superioridad racial y moral, fácilmente contrastable con el color negro de sus esclavos y el café o rojo de los nativos reservados en parques ex profeso Es inolvidable la lectura de La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne y el castigo a la presunta adúltera Hester Pryne, que debe llevar en el pecho la letra A de su pecado. Estigma, escarnio, escándalo. Y como resultado, diversión para las
masas. Al angloamericano le encanta presenciar escándalos y escarmientos. Dicha tendencia al juicio general dio origen a la tradición del linchamiento, establecida en Virginia por el magnate y juez Charles Lynch en 1780 contra los “enemigos” realistas del nuevo país y floreció con la atroz discriminación racial sureña durante los siglos XIX y XX, con gran éxito de público.
Donde el sexo es una obsesión nacional
LA MODERNA CULTURA del escándalo sexual hereda la doble moral del calvinismo blanco y se antoja venganza contra la liberación libidinal y femenina de los años sesenta y setenta del siglo XX. Siendo Estados Unidos una potencia mundial en la producción y consumo de pornografía, incluso como derecho ciudadano (recuérdense las batallas legales de Larry Flynt y su Penthouse, o al célebre Hugh Hefner y sus “conejitas”), el sexo es una obsesión nacional. Estados Unidos es territorio privilegiado para el exceso sexual mediático. La primera víctima notable de tales escándalos en la política estadunidense contemporánea fue un liberal, precandidato presidencial del Partido Demócrata, Gary Hart, en 1987. Su desgracia permitió prolongar el reaganismo con el holgado triunfo de George Bush padre el año siguiente. Tras desafiar a los reporteros a que probaran que cometía adulterio, el carismático Hart fue exhibido con su amante, una modelo, en el yate Monkey Business, y su carrera política se fue al caño en un instante. Treinta años después se supo que se trató de un montaje fotográfico. El alcance del hecho era nuevo. No se parecía a otros chismes y balconeos de infidelidad de los políticos. Los tres Kennedy merecieron los suyos sin menoscabar sus carreras. Parecían darse con el glamoroso mundo hollywoodense como fondo, donde adulterio, divorcio y hazañas eróticas era fuente, si no de prestigio, sí de fama. Aún faltaba medio siglo para el juicio a Harvey Weinstein. Las cosas comenzaron a cambiar. En 1991, el caso Hill-Thomas atrajo público con morbosidad inusitada. La abogada y catedrática Anita Hill testificó que el conservador magistrado Clarence Thomas, nominado para la Suprema Corte, la había acosado sexualmente y había condicionado se carrera cuando éste era su superior en el Departamento de Educación y en la Comisión para la Igualdad de




Oportunidades en el Empleo. Por fin una reivindicación femenina. Se celebró. Mas el episodio involucraba a personas afroestadunidenses, lo cual delataba cierta hipocresía racista. Y patriarcal: Thomas alcanzó el cargo y desde entonces ha sido muy útil para los gobiernos republicanos, aunque acaba de enfadar a Donald Trump votando contra sus aranceles (pues en 2026 el juez Thomas sigue ahí).
El espectáculo escaló al alcanzar a un presidente en funciones. Bill Clinton protagonizó el escándalo sexual del siglo, cuando se revelaron sus aventuras de seductor en la Casa Blanca, en particular con la interna Monica Lewinski, entonces de veintidós años. El juicio polarizó al público y lo entretuvo enormidades. Aunque el presidente mintió en su primer testimonio y lo cacharon, permaneció en el cargo.
En la década siguiente los escándalos se volvieron recurrentes y casi siempre desastrosos para los políticos involucrados. El demócrata californiano Gary Condit protagonizó en 2001 un caso trágico, cuando su ligue de veintitrés años, Chondra Levy, desapareció; se descubrió que fue asesinada, pero nunca se resolvió el crimen. James McGreevey, gobernador de Nueva Jersey, renunció entre lágrimas al admitir un romance homosexual con un ayudante. Elliot Spitzer, gobernador de Nueva York, fracuentaba prostitutas y lo tumbaron. El senador republicano Larry Craig, de Idaho, se negó a renunciar cuando lo detuvieron por hacer proposiciones sexuales en el baño de hombres de un aeropuerto, pero no logró reelegirse en 2008. El senador demócrata John Edwards, que en 2008 buscó la Presidencia, perdió la oportunidad cuando se supo que había gastado un millón de dólares en un affaire extramarital.
Otros representantes republicanos cayeron en desgracia. David Vitter, de Louisiana, logró reelegirse senador en 2010, luego de ser identificado como usuario de servicios de prostitución, pero su carrera entró en declive. Mark Foley, representante de Florida, dimitió cuando se divulgaron sus correos electrónicos con sugerencias sexuales a otros hombres. El senador John Ensign, de Nevada, dejó la carrera presidencial cuando se supo de su romance
con una exasistente y sus intentos por ocultarlo. El gobernador de Carolina del Sur, Mark Stanford, levantó polvo y chismorreo cuando debió abandonar sus aspiraciones presidenciales y admitió que en vez de bicicletear en los Apalaches andaba de novio con una mujer en Argentina.
Se repite un ritual mediático: el político compungido, arrepentido pero valiente, reconoce ante cámaras y micrófonos su “error”. Su esposa, al lado, lo mira con digna severidad. O sea, con cara de Hillary Clinton.
El escándalo de cada día
DE ENTONCES A la fecha los escándalos han sido tantos que es difícil llevar las cuentas. Destaca lo ocurrido en 2011 con Anthony Weiner, popular representante demócrata de Nueva York que renunció al Congreso al ser exhibido como practicante del sexting y subía fotos de su miembro por Twitter. En 2017 debió cumplir una condena de veintiún meses por enviar textos sexuales a una quinceañera.
En Sex Scandals in American Politics: A Multidisciplinary Approach to the Construction and Aftermath of Contemporary Political Sex Scandals, coordinado por Alison Dangle (Continuum, 2011), diversos autores analizan el asunto. Desde el caso Clinton a la aventura argentina de Stanford, el escándalo sexual se había convertido en un rasgo de la vida pública en Estados Unidos. Promesas éticas, compromisos legales, presuntos roles modelo, acusaciones sólidas respondidas con falsos testimonios que derrumban carreras políticas y determinan comicios y asuntos públicos. Los medios, el feminismo, la criminología, la psicología y la sociología han observado a fondo este ingrediente de la política.
Justo cuando llegaba a librerías el libro de Alison Dangle, saltó a la luz un nuevo sainete. El notable economista, exministro y expresidente de Fondo Monetario Internacional en Washington, Dominique Strauss-Kahn, firme candidato a la presidencia de Francia en 2011, fue arrestado por agredir sexualmente a una recamarera en un hotel de lujo en Nueva York. Era conocida su inclinación por el sexo rudo (pero consensuado), y al parecer le tendieron una trampa, haciéndole creer que cierta recamarera (de color) estaba al tanto e iba a cooperar. Los cargos se desvanecieron, pero Strauss-Kahn nunca recuperó su carrera y el público estadunidense disfrutó la caída de un francés presumido.
El mundo del cine y el espectáculo botaneó a fondo las acusaciones contra Woody Allen, hechas por sus hijastros. Recibió críticas y condenas de la opinión pública virtuosa, y algo se ensombreció su prestigio, sin impedirle seguir filmando con éxito. Pero desde las entrañas de Hollywood, en 2016 se anunció el ocaso de Harvey Weinsten, y al año siguiente su historia

estalló y dio pie al movimiento de reivindicación femenina #MeToo, que tuvo impacto profundo en Estados Unidos y otros países, incluido México. Las perversiones del tycoon se volvieron trending topic. Las denunciantes, algunas de ellas muy famosas, lo hundieron en la cárcel.
El mundo estaba listo para el mayor escándalo sexual de todos los tiempos: el show sin fondo de Jeffrey Epstein. Décadas de contorsionismo financiero, relaciones públicas y privadas con las cúpulas del poder y la alta burguesía, grandes fiestas en su isla bonita. En lo abundante, visible y prolongado de la saga epsteniana se imponen dos rasgos clave. Uno, las figuras que involucra: políticos, magnates, príncipes, estrellas del espectáculo, académicos, artistas. Y dos, el hecho repugnante de que se basó en la pedofilia, el secuestro de chicas, la explotación sexual y la más procaz danza de millones de dólares. La Mossad conocía el talón de Aquiles de las élites.
Ese mismo 2016, en campaña presidencial, Donald Trump fue acusado por veinticinco mujeres de agresiones y abusos sexuales. Él lo negó, la libró y llegó a la Casa Blanca. Desde entonces no ha dejado de espesársele el engrudo, aún sin consecuencias. En 2025, su exaliado Elon Musk lo acusó públicamente aparecer en los Archivos Epstein, cuya existencia ha negado Trump. Los muy convenientes suicidios de Epstein y Virginia Guiffre lo favorecen.



Cuando Clint Eastwood realizó el magistral thriller Absolute Power en 1996, era difícil imaginar que un mandatario de su propio partido, el Republicano, cumpliría la ficción encarnada por Gene Hackman, y más aún prever que el personaje real sería un energúmeno que pondría en vilo al mundo con una mano en la bragueta. En el filme, Eastwood es un ladrón profesional que se mete a la casa de una familia millonaria en Washington para robar sus joyas, y se oculta en el armario a la llegada de una pareja que sostiene un encuentro sexual que termina en abuso, casi violación y asesinato de la mujer. El ladrón se percata de que el hombre es el presidente de Estados Unidos. Enseguida llega su staff para sacarlo de ahí, acomodar la escena y fabricar una versión que lo exculpe. No sabemos qué tan airoso saldrá Trump de ésta. Como quiera, los escándalos sexuales llegaron para quedarse en la escena política del imperio. Ecos de Nerón y Calígula rondan el Capitolio y los palacios del emperador, prometiendo pan, circo y muchas guerras. El círculo se cierra ●

LA HISTORIA DE LA LUCHA EN FAVOR DE LOS DERECHOS CIVILES EN ESTADOS UNIDOS ES LARGA Y COMPLEJA, Y AHORA HA ADQUIRIDO ESPECIAL RELEVANCIA DADA LA POLÍTICA NEOFASCISTA Y DE SUPREMACÍA BLANCA QUE DIRIGE EL GOBIERNO DE DONALD TRUMP. ESTE ESPLÉNDIDO ARTÍCULO REPASA ESA HISTORIA Y, EN CONSECUENCIA, DA CONTEXTO A LA ACTUAL SITUACIÓN DE LOS DERECHOS NO SÓLO CIVILES, SINO TAMBIÉN RACIALES Y ECONÓMICOS QUE ESTÁN BAJO ASEDIO EN EL LLAMADO “PAÍS DE LAS OPORTUNIDADES Y LA LIBERTAD”.


DURANTE DOS MESES, Mineápolis fue invadido por fuerzas paramilitares federales enmascaradas y sin identificación en una ofensiva antiimigrante, empleando violencia física –incluso asesinando a dos ciudadanos, secuestrando a padres e hijos y usando gases y golpes no sólo contra inmigrantes sino contra todo opositor– y otras tácticas de intimidación masiva. La organización de resistencia civil no violenta por miles de habitantes los derrotó.
Fue el primer revés público del gobierno de Donald Trump, quien tuvo que ordenar el retiro de gran parte de los hasta 3 mil agentes (cinco veces el tamaño de la fuerza policíaca municipal de esa ciudad) y su misión fue cerrada; incluso el jefe de la Patrulla Fronteriza que dirigió el operativo fue destituido de su cargo y abandonó el estado.
Ahora Mineápolis es símbolo e inspiración de un creciente movimiento nacional de oposición no sólo a las políticas antiimigrantes de Trump, sino contra el asalto frontal a los derechos y liber-
tades civiles del país. Pero lo de Mineápolis no es nuevo, sino parte de una larga historia de lucha social por derechos básicos en Estados Unidos, con un particular antecedente en el movimiento de derechos civiles encabezado por afroestadunidenses en los cincuenta y sesenta, y que desde entonces tiene eco en casi todo movimiento social posterior. Desde los sesenta hasta hoy en día, el legado de la lucha por los derechos civiles está presente en las luchas de la liberación de las mujeres, los derechos indígenas, los derechos latinos y los derechos gay en los setenta y ochenta, en el movimiento ambientalista y de los granjeros en los ochenta, como el altermundista de los noventa y el de Ocupa Wall Street y otros a inicios de este siglo, seguido por el Movimiento por las Vidas Negras Importan hasta hoy, en lo que empieza como un movimiento en defensa de los inmigrantes como parte de un movimiento más amplio en defensa de la democracia misma. En el contexto estadunidense, el concepto de los derechos civiles tiene una definición en evolución.

▲ Marcha de 1963 a Washington por trabajo y libertad.
Frecuentemente se recuerdan como ejemplo mundial las declaraciones de los derechos básicos en la Constitución con que nació esta república hace 250 años. Pero se menciona menos que ese mismo documento fundacional también aceptaba la esclavitud (fue escrito por algunos dueños de esclavos, incluyendo George Washington y Thomas Jefferson), y sólo otorgaba el voto a hombres blancos con propiedad. Todo los otros derechos civiles –para las mujeres, minorías, trabajadores y más– fueron obtenidos como resultado de luchas sociales. Hoy día, muchos de esos derechos están bajo ataque por el gobierno de Trump y sus aliados, quienes buscan anular las conquistas sociales del movimiento de derechos civiles en todos los rubros –el derecho al voto, a la educación, en el empleo–, no sólo cancelando todas las normas y leyes contra la discriminación racial, sino hasta reescribiendo la historia de esa lucha y sus razones. La ofensiva antimigrante es parte integral de esa agenda, al afirmar explícitamente que lo que no es blanco y todo lo “extranjero” están “envenenando la sangre” de Estados Unidos.
Las primeras protestas
EL INICIO DEL movimiento de derechos civiles tiene sus raíces en la resistencia y las rebeliones contra la esclavitud. De hecho, algunos líderes afroestadunidenses acusan que las fuerzas federales de control migratorio (ICE) operan de cierta manera como los que cazaban a esclavos prófugos en el siglo XIX. El gran intelectual y exesclavo afroestadunidense Frederick Douglass fue un líder abolicionista que, al igual que Martin Luther King Jr. más de cien años después, vinculó la opresión dentro de su país con el proyecto imperial de esta nación (en su periódico North Star publicó el primer editorial en contra de la guerra de Estados Unidos contra México en 1846. Y vale recordar que el famoso “ferrocarril subterráneo” –los operativos clandestinos para que afroestadunidenses se escaparan de la esclavitud al huir hacia el norte–también tenía una ruta hacia el sur, a México. Los derechos civiles empezaron a abarcar no sólo la igualdad racial, sino también los derechos a la educación, trabajo y al voto.
El inicio del movimiento de derechos civiles tiene sus raíces en la resistencia y las rebeliones contra la esclavitud. De hecho, algunos líderes afroestadunidenses acusan que las fuerzas federales de control migratorio (ICE) operan de cierta manera como los que cazaban a esclavos prófugos en el siglo XIX.
En las primeras protestas por derechos civiles para los afroestadunidenses en los años cincuenta, no se sabía que estaba por estallar uno de los grandes movimientos que transformaría a Estados Unidos, como relató el historiador Howard Zinn en entrevista con La Jornada en 2004. Cuando Rosa Parks se sentó en la sección para blancos de un autobús público en Montgomery, Alabama, y fue arrestada por este acto de desobediencia civil, para muchos marcó el nacimiento del movimiento de derechos civiles afroestadunidense en este país. No fue un acto, como se suele contar, espontáneo –de hecho, hubo un par de antecedentes y ella no era sólo una mujer cansada, sino una activista capacitada en el famoso Centro Highlander en Tenesi–, sino parte de una estrategia social. El boicot al transporte público de 50 mil afroestadunidenses de esa ciudad –entre los organizadores había un reverendo de veintiséis años de edad llamado Martin Luther King– fue parte de las protestas, pero nadie esperaba que detonara lo que vino después.
Luther King: la revolución de los valores y la Campaña de los Pobres
EN LA NARRATIVA oficial el concepto de derechos civiles se limita a la lucha por la igualdad racial, usando como su máxima expresión el famoso discurso “Tengo un sueño” del reverendo Martin Luther King Jr. en 1963. Hasta la fecha, para muchos tanto dentro como fuera de Estados Unidos, el mensaje de King fue sólo ése. En las escuelas, en los actos oficiales tanto de conservadores como liberales, las referencias a King se quedan en 1963 y “el sueño”.
Pero ese no fue el mensaje final de King. Asesinado en 1968 cuando estaba en Memphis expresando su solidaridad con una huelga sindical de los trabajadores de basura, King ya había incorporado a su visión la justicia económica y social, o como él lo resumió: “el problema del racismo, el problema de la explotación económica y el problema de la guerra están todos enlazados”.
Su discurso más importante y más peligroso –con el cual muchos de sus compañeros en la lucha de derechos civiles lo abandonaron por no limitarse exclusivamente al tema de la igualdad racial y atreverse a criticar al sistema político, económico e imperial de su país– lo ofreció en la Iglesia Riverside el 4 de abril de 1967, exactamente un año antes de su asesinato.
“Sabía que nunca más podría alzar mi voz contra la violencia de los oprimidos en los ghettos sin primero hablar claramente sobre el proveedor más grande de violencia en el mundo hoy día: mi propio gobierno”, declaró King al pronunciarse en contra la guerra en Vietnam, ofreciendo su visión antiimperial y vinculando la lucha de los oprimidos dentro de este país con sus contrapartes alrededor del mundo.
“Estoy convencido de que si vamos a colocarnos del lado correcto de la revolución mundial, nosotros como nación tenemos que realizar una revolución radical de valores. Tenemos que empezar rápidamente el giro de una sociedad orientada sobre las cosas a una sociedad orientada hacia las personas.
Cuando las máquinas y computadoras, el motivo de ganancias y derechos de propiedad son considerados más importantes que la gente, los trillizos gigantescos del racismo, el materialismo extremo y el militarismo son imposibles de ser conquistados…” http://kingencyclopedia.stanford.edu/encyclopedia/documentsentry/doc_beyond_vietnam/
King nunca titubeó en su compromiso absoluto con la no violencia como la única estrategia no sólo para los derechos civiles,
sino para salvar al mundo de la autodestrucción, aplicando la filosofía radical cristiana mezclada con el legado de Gandhi. Otros líderes, entre ellos el gran Malcolm X, las Panteras Negras y Angela Davis, proponían la necesidad de defender a sus comunidades y promover el cambio radical, incluso con el uso de las armas o, como decía un lema famoso, “por cualquier medio necesario”. Ese debate continuó, pero ambos, tanto los promotores de la vía no violenta como los que no descartaban el uso de la violencia revolucionaria, fueron perseguidos, detenidos y varios asesinados. La última gran iniciativa de King fue la Campaña de los Pobres, continuando la evolución del movimiento que encabezaba con uno de justicia económica y social y abriendo el abanico de alianzas y coaliciones progresistas. [https://www.jornada.com.mx/2018/04/04/politica/002n1pol].
Jesse Jackson: justicia económica, racial, social y ambiental
DESPUÉS DE SU muerte, el reverendo Jesse Jackson fue el puente más importante entre el movimiento encabezado por su mentor King y los movimientos sociales del último medio siglo. Mientras otros líderes que trabajaron con King buscaron limitar el enfoque del movimiento a los derechos civiles raciales, Jackson, quien falleció el 17 de febrero de este año, promovió una visión amplia de justicia económica y social convocando a afroestadunidenses, blancos, latinos, cristianos, musulmanes y judíos. Fue presencia constante en huelgas sindicales y uno de los primeros líderes en exigir que el Partido Demócrata defendiera los derechos del pueblo palestino.
Su Coalición Arcoiris, explicó el senador Bernie Sanders, “sentó los fundamentos para el movimiento progresista moderno, el cual continúa la lucha por su visión de justicia económica, racial, social y ambiental”. Jackson se lanzó dos veces como candidato presidencial, en 1984 y 1988, ganando el voto de millones de demócratas y con ello sacudió las cúpulas políticas y económicas del país.
Entre los herederos de Jackson hoy día hay diversos legisladores progresistas, desde el senador afroestadunidense Ralph Warnock, de Georgia, al diputado federal Jesús Chuy García. “El reverendo Jackson nos enseñó muchas lecciones, entre ellas, que la participación política es vital para mejorar las condiciones de la comunidad”, comentó García ante la noticia de la muerte del dirigente. “Sus campañas presidenciales de 1984

y 1988 fueron transformadoras, no sólo para nuestros hermanos y hermanas de la comunidad afroamericana, sino para todos los estadunidenses que creen en una sociedad más inclusiva. Fungí con orgullo como delegado de Jackson en ambas convenciones demócratas, representando a Illinois. Su discurso de 1988 me inspiró profundamente a no rendirme jamás en nuestra búsqueda de la justicia.” [https://www.youtube. com/watch?v=4MHZBbkFiog]
Jackson abrió el camino para la elección del primer presidente afroestadunidense, Barack Obama –él mismo lo reconoce. Pero una y otra vez se ha comprobado que la ruta electoral no puede ser la única vía del movimiento progresista social, tal como lo demuestra la coyuntura actual donde Trump y sus aliados, incluyendo la Suprema Corte, están minando el derecho al voto de minorías al destripar la Ley de Derechos del Voto de 1964, que marcó un triunfo del movimiento de derechos civiles de los sesenta.
LAS PROTESTAS EN Mineápolis contra ICE, las cuales se han multiplicado por todo el país, y son parte de algunas de las manifestaciones y marchas en defensa de la democracia contra la agenda derechista de Trump, son las expresiones de protesta más grandes de la historia de Estados Unidos, y están conformadas por una amplia gama de fuerzas nuevas y viejas alrededor del país, todas herederas

de las luchas por derechos y libertades civiles de las ultimas décadas. Están nutridas por organizaciones de derechos civiles junto con las de defensa de inmigrantes, de la comunidad gay, de derechos laborales y de estudiantes. Algunas son parte de las corrientes de resistencia del movimiento de derechos civiles [https://www.jornada.com.mx/2026/01/26/ mundo/023n1mun].
Estas incluyen a líderes como Bryan Stevenson, el abogado contra la pena de muerte, quien fundó el Equal Justice Initiative en Montgomery, Alabama –una de las cunas del movimiento de derechos civiles–, y quien ha empleado la historia de la represión y brutalidad contra los afroestadunidenses como una herramienta de organización social en cientos de comunidades a través de este país.
También está el reverendo William Barber, quien resucitó la ultima iniciativa de King, la Campaña de los Pobres, para crear un movimiento multisectorial y multirracial por la justicia económica, incluyendo derechos laborales, vivienda, salud y salarios dignos.
A la vez, los inmigrantes encabezan, como siempre ha sido en Estados Unidos, una vertiente de la lucha por los derechos civiles. Muy frecuentemente son vanguardia en torno a la lucha por salarios y condiciones laborales dignas, educación, salud y cultura. Fueron clave en formar sindicatos, lograr la jornada de ocho horas que nació en Chicago –lo cual se celebra alrededor del mundo cada Primero de Mayo–, así como las luchas más conocidas de los jornaleros en los campos agrícolas que dan de comer a Estados Unidos. En 2005 y 2006 se movilizaron, en dimensiones sin precedente (fueron millones), tomaron las calles de Los Ángeles, Chicago, Nueva York, Houston y más, contra medidas antimigrantes que finalmente derrotaron. Más recientemente, formaron la primera resistencia contra las medidas antimigrantes de Trump en Los Ángeles, Portland, Chicago, Atlanta, Nueva York y Mineápolis, entre otras, y ahora son parte del gran mosaico de resistencia nacional.
Uno de los desafíos históricos para los movimientos de derechos civiles y humanos en este país es que, a pesar de los esfuerzos de Jackson, Barber y otros, son repetidamente divididos por temas singulares en lugar de un movimiento multitemático, y también una y otra vez son subordinados a prioridades electorales en torno al Partido Democrata y, con ello, el enfoque es sobre pragmatismo electoral en lugar de transformación social.
Pero las protestas que estallaron contra las redadas de ICE, los ataques contra universidades, bibliotecas y centros e instituciones culturales, y la política corrupta que favorece a los intereses de los más ricos, están tejiendo nuevos movimientos vinculados con algunos añejos. Y lo que demostró Mineápolis, donde ciudadanos blancos suburbanos –dos de los cuales fueron asesinados por agentes federales– se unieron con inmigrantes latinos y africanos, junto con sindicatos e iglesias, estudiantes, pequeños comerciantes, artistas y otras organizaciones sociales, es que no sólo lograron enfrentar de manera no violenta al gobierno federal, sino que lo han hecho retroceder por primera vez. Como comentó Zinn a La Jornada: “Históricamente ha sido como sucede, que los movimientos de alguna manera han llegado sobre las espaldas de los anteriores. El feminista del siglo XIX llegó sobre la espalda del surgido contra la esclavitud”, y así con el movimiento de derechos civiles, llegando hasta hoy en día, visible en las movilizaciones de defensa de inmigrantes, en defensa de las libertades civiles y de las mayorías contra el uno por ciento más rico en un país cada vez más oligárquico ●
contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, Minneapolis, 2026. Foto: AFP.

LA SOCIEDAD ESTADUNIDENSE ESTÁ INVADIDA POR UN NEOFASCISMO QUE NO RESPETA DERECHOS CIVILES NI EN SU PROPIO TERRITORIO NI EN EL RESTO DEL PLANETA. EN TIEMPOS TAN ACIAGOS, A LA CIUDADANÍA DE AQUEL PAÍS PODRÍA BENEFICIARLE LA LECTURA DE UNO DE SUS PENSADORES MÁS RADICALES, DUEÑO DE UNA VISIÓN CRÍTICA QUE, POR INCOMODAR AL STATUS QUO, PARECIERA IDÓNEA PARA DESPERTAR CONCIENCIAS: HENRY DAVID THOREAU (1817-1862), AUTOR DE DESOBEDIENCIA CIVIL, ESCRITO OLVIDADO HOY EN DÍA EN EL DEBATE SOCIOCULTURAL DE NUESTRO VECINO DEL NORTE.
Mario Bravo
IA INICIOS DE 2026, en Estados Unidos emergieron inconformidades ciudadanas en contra de los operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). La chispa que encendió la pradera fue el asesinato de Renee Good, madre de tres pequeños hijos y poetisa. El 7 de enero, ella conducía su camioneta por las calles de Minneapolis, Minnesota, cuando se halló dentro de una redada antimigratoria; así, en medio del caos y sin razón válida alguna, un agente del ICE disparó su arma en contra de aquella mujer que de sólo treinta y siete años de vida. Casi veinte días después, la política represiva del gobierno de Donald Trump arrebató la existencia al enfermero Alex Pretti quien, también en Minneapolis, recibió varios disparos provenientes de un miembro del ICE. Ambos, Good y Pretti, eran ciudadanos estadunidenses; ella y él fueron absurdamente asesinados por integrantes del gobierno de su país.
IIHACE BASTANTES AÑOS, un hombre nacido en el pueblo de Concord, Massachusetts, proveniente de una familia dedicada al comercio y egresado de la Universidad de Harvard, definió algo que aún resuena en pleno siglo XXI: “El gobierno es un mero recurso por el cual los hombres intentan vivir en paz .” Aquel pensador fue Henry David Thoreau (1817-1862) quien, en Desobediencia civil (1849), señaló varias asignaturas pendientes en el plano ético, político y sociocultural entre el gobierno de Estados Unidos y su ciudadanía. Así, caviló: “Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia. […] La ley nunca hizo a los hombres más justos y, debido al respeto que les infunde, incluso los bienintencionados se convierten a diario en agentes de la injusticia.” Imposible no pensar tanto en el indigno y represor papel del ICE en los operativos antiinmigrantes a comienzos de 2026, así como en las tropelías cometidas –este mismo año– por la maquinaria de guerra estadunidense en Venezuela, Palestina e Irán.
HENRY DAVID THOREAU rechazó la alienación que las guerras en el siglo XIX estadunidense provocaban en los militares de aquella nación, aunque sus palabras también poseen la medida exacta para colocarlas en la actualidad bélica protagonizada por la administración de Donald
Trump, es decir, un gobierno que no muestra pudor alguno para asesinar arteramente a sus mismos ciudadanos, ni mucho menos esboza el menor remordimiento tras bombardear –el 28 de febrero de 2026– una escuela en donde fallecieron 168 niñas, en la localidad de Minab, al sur de Irán. Thoreau ilumina el oscuro túnel del brutalismo armamentista: “Visitad un arsenal y contemplad a un infante de marina; eso es lo que puede hacer de un hombre el gobierno americano, o lo que podría hacer un hechicero: una mera sombra y remedo de humanidad.”
IV“ CÓMO LE CORRESPONDE actuar a un hombre ante este gobierno americano hoy? Yo respondo que no nos podemos asociar con él y mantener nuestra propia dignidad. No puedo reconocer ni por un instante que esa organización política sea mi gobierno y al mismo tiempo el gobierno de los esclavos”, enfatizó Thoreau en 1849; sin embargo, sus cuestionamientos son asombrosamente actuales si miramos las ansias de conquista, despojo y sometimiento del imperialismo estadunidense en América Latina o en Medio Oriente. Este pensador pareciera correr con la misma mala fortuna que Casandra, aquella princesa clarividente que, una y otra vez –según relata el mito griego–, anunció la caída de Troya y los peligros venideros… mas nadie la escuchó.
VTHOREAU NOS HABLA desde el siglo XIX, es cierto, pero también desnuda las violencias del gobierno estadunidense en el siglo actual:
Cuando una sexta parte de la población de un país que se ha comprometido a ser refugio de la libertad, está esclavizada, y toda una nación es agredida y conquistada injustamente por un ejército extranjero y sometida a la ley marcial, creo que ha llegado el momento de que los hombres honrados se rebelen y se subleven. Y este deber es tanto más urgente, por cuanto que el país así ultrajado no es el nuestro, sino que el nuestro es el invasor.
¿Estados Unidos continuará desoyendo las advertencias que Henry David Thoreau lanzó hace casi doscientos años? Al igual que Troya, ¿la sociedad estadunidense caerá tras dejarse embaucar por un caballo naranja que les conduce a guerras sin vencedores y, además, ordena disparar en contra de hombres y mujeres estadunidenses? ●
Beatriz Gutiérrez Müller
SE REGISTRA COMO hecho histórico la “Intervención francesa” en 1862 pero, en realidad, fueron tres países los que invadieron México de forma mancomunada: Francia, Inglaterra y España. ¿Lo tenía registrado en su vasta memoria, doña Clofis? Yo no, lo confieso. Y por ello me aboqué a saber unas cuantas cosas para contárselas, a lo mejor las tiene presentes, siendo una gran lectora, como lo es.
Tras la Guerra de Reforma, el 17 de julio de 1861 el Congreso decretó la suspensión del pago de la deuda pública. Dura decisión, pero “¿cómo les pago, señores, si no tengo?” España, Inglaterra y Francia, dos meses después, respondieron: “Te voy a invadir y me pagarás.” Estas naciones formaron la Triple Alianza. De un documento me fui a otro y comparto lo hallado: un diario español reproducía una nota del Times, de Londres: “En este momento no hay gobierno alguno en Méjico (sic) con el cual pueda tratar un gobierno extranjero. Juárez y su partido existen sólo de gracia, y no pueden hacer que sean ejecutadas sus órdenes a diez millas de la capital. Los gobernadores de provincia […] tratan con desprecio las órdenes del poder central” (El Diario Español. Político y Literario, Madrid, 9 de enero de 1862).
cierto arreglo con el gobierno de Richmond. En Tejas se organiza en este momento una fuerza que debe obrar en la frontera del río Bravo del Norte; y a menos que no intervengan Inglaterra y Francia, Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila y tal vez otros estados, serán anexados a la Confederación del Sur mientras que España se cargará con la parte sur de la República mexicana” (Ibid.).
Este mismo periódico, el 30 de enero de 1862 develó nuevos convenios, como que la Triple Alianza estaba firme en su propuesta de sí entrometerse en la política, elevando al trono al archiduque Maximiliano. Y que estos socios “se limitarán por ahora a apoyar una forma de Gobierno que asimile al monárquico, es decir, un pre-


En efecto, por el anuncio de invasión, el presidente Juárez pasaba por una situación difícil, como muchas que tendría que enfrentar. El Congreso estaba dividido y una parte había exigido su renuncia: cincuenta y un votos a favor, cincuenta y cuatro en contra de su dimisión. Por otra parte, una comisión de conservadores y representantes del clero viajó a Trieste, Italia, para rogar a Maximiliano que fuese emperador de México. El 7 de diciembre de 1861 arribó a Veracruz una escuadra española, a la que se unieron los barcos ingleses y franceses el 7 de enero de 1862. Pero el pacto privado de la Triple Alianza era otro, doña Clofis, no creo que nos pueda sorprender: “según los rumores que circulan, España ha hecho

Rita Cetina, Gertrudis Tenorio y Cristina Farfán. Dos poemarios inéditos y una corona fúnebre (Mérida, siglo XIX), Leticia Romero Chumacero, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2025.
sidente vitalicio”. ¡Mire cómo se movían los hilos y los pueblos de las cuatro naciones ni enterados! Era marzo y la invasión de los tres países continuaba. Pero algo “‘bueno” ocurrió, doña Clofis, si es que así se puede calificar al suceso: el secretario de Relaciones Exteriores, Manuel Doblado, logró que España e Inglaterra aceptaran la retirada. No sé decirle ahora a cambio de qué. Pero Francia no y el resto, ya lo sabe: llegaron don Maximiliano y doña Carlota y nuestro país se convirtió en “‘Imperio”. Me despido con la reflexión de un español “Q.B.S.M.”, en el diario que he venido consultando, del 22 de marzo de 1862: “Prueba tangible de la miserable condición del hombre que le hace ser en todo una permanente contradicción, en el siglo en que más se preconiza la justicia y más culto se da a la razón, nadie tiene confianza en otros derechos más que en los que se apoyan en los cañones rayados y en las fragatas blindadas”. ¡San Benito, amén! ●
A FUER DE SINCERIDAD, es obligado reconocer que el nombre de Rita Cetina le era desconocido prácticamente al cien por ciento de la población mexicana, a no ser por un escasísimo puñado de especialistas –investigadoras, bibliólogas, bibliotecólogas, escritoras–, todas con “a” debido a la inveterada, no siempre malintencionada pero invariablemente torpe costumbre de no ver, no apreciar, no conocer la obra de numerosas escritoras, trátese de narradoras, ensayistas, dramaturgas, periodistas o poetas de manera indistinta. A la profesora, escritora y editora Rita Cetina comienza a recordársele gracias a que una beca escolar oficial lleva su nombre; en otras palabras, todavía no se le recuerda por lo que escribió ni por su labor. Entre otras cosas, la yucateca Cetina, nacida a mediados del siglo XIX y muerta en la primera década del XX, fundó un colegio laico y gratuito para niñas en Mérida, una sociedad poética femenina, y fue una de las cofundadoras de La Siempreviva, revista literaria “redactada exclusivamente por señoras y señoritas”. En estas tareas la acompañaron Gertrudis Tenorio y Cristina Farfán, igualmente yucatecas, escritoras, periodistas, educadoras y pioneras feministas. La importancia de este volumen se cae de evidente, no sólo por ofrecer los datos mínimos necesarios –y mucho más– para aquilatar el inmenso valor y significado que hasta el presente tiene la labor de Cetina, Tenorio y Farfán en la causa de las mujeres, sino porque pone el acento en aquello que, líneas arriba, es señalado como la enojosa ignorancia colectiva de la palabra literaria de estas tres autoras. Los dos poemarios a los que alude el título son Ensayos poéticos, de Rita Cetina, y Rimas, de Gertrudis Tenorio, ambos de 1892, así como la Corona fúnebre que a la memoria de la distinguida poetisa yucateca señora doña Cristina Farfán de García Montero, fallecida en San Juan Bautista de Tabasco el 22 de agosto de 1880, dedican sus compatriotas y amigos, aparecida en el mismo año indicado en el largo título. El trabajo de Leticia Romero Chumacero, autora del amplio estudio introductorio, es minucioso, preciso, revelador y entusiasta al mismo tiempo. Doctora en Humanidades, profesora-investigadora de tiempo completo en posgrado de la UACM y perteneciente al SNI, la autora ha publicado, entre otros títulos, los asimismo espléndidos ensayos La recepción de las primeras escritoras profesionales en México (18671910), así como Laura Méndez de Cuenca (1853-1928): nueve estampas en torno a una escritora singular. ●


EN ESTOS TIEMPOS en que se celebra la diversidad lingüística de México, en que vemos cada viernes en la mañanera de la Presidenta de la República la cápsula La Suave Patria que conduce y da contenido el joven Bulmaro Juárez, originario de la cultura mixe y hablante de esta misma lengua, que presenta ante todo el país algún elemento cultural de los diferentes pueblos que conforman a México, de igual manera que acude a la Hora Nacional para compartir alguna nota, o que ha creado para el Canal 11 de televisión, el programa Jaguares del Once, donde las infancias indígenas son las protagonistas, no podemos más que alegrarnos, porque esta presencia en medios oficiales y nacionales es resultado de largos años de movilización y esfuerzo de diversos actores por conquistar los espacios públicos, para dar voz no sólo a la riqueza cultural, sino también a las necesidades, preocupaciones y demandas de las poblaciones indígenas.
Pienso en medios de alcance nacional como Ojarasca, suplemento del periódico La Jornada que desde finales de los años ochenta presenta en sus páginas los temas que importan a las comunidades originarias, con textos escritos por los propios indígenas. Ojarasca, dirigido por el periodista Hermann Bellinghausen en compañía de sus colegas Ramón Vera Herrera y Gloria Muñoz Ramírez, generó un espacio fundamental para la difusión de la literatura en lenguas indígenas, porque hace más de treinta años era prácticamente el único medio que nos publicaba a quienes soñábamos con ser narradores o poetas.
Pienso también en personajes como Mardonio Carballo, escritor y comunicador originario de la región huasteca de Veracruz, hablante de la lengua nahua, quien hace más de veinte años, luego de alzar la voz para exigir que los medios de comunicación masiva presentaran una imagen más digna de las personas y pueblos originarios, logró con su cápsula Las plumas de la serpiente unos minutos en un importante noticiero radiofónico que era escuchado en todo el país, para hablar de los temas indígenas; con este mismo título también abrió espacio para dicho tema en la Revista Mx. Después llegó la invitación para participar en el Canal 22, inicialmente con tres minutos, que posteriormente se ampliaron a treinta con el programa De raíz luna, que luego cambió su nombre a La raíz doble
Más adelante, en una radiodifusora del gobierno de Ciudad de México, Mardonio Carballo creó el programa Ombligo de tierra, mismo que actualmente conduce el escritor nahua Martín Tonalmeyotl. Al paso de los años, Mardonio inauguró en Radio UNAM su programa Xochikozkatl: collar de flores y actualmente dirige Plural TV, antes Justica TV, el canal de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, medios desde los cuales ha continuado con la labor de abrir espacios para que sean las mismas personas de los pueblos originarios, quienes muestren la diversidad cultural, y que también hablen de los conflictos que enfrentan, de los problemas que les acechan como resultado de la codicia sobre sus recursos naturales y territorios.
Hace más de dos décadas celebramos con alegría que medios nacionales tuvieran presencia indígena, porque esos breves minutos, esas cortas líneas, significaron una ventana para mostrar temas vitales de las comunidades indígenas en espacios nacionales, en radios, televisoras y revistas, con una amplia audiencia y lectores, lo que ha significado sensibilizar a gente que no estaba familiarizada con las culturas originarias, o que sólo las conocía desde una mirada racista y discriminadora, que es la que precisamente se ha buscado combatir desde los programas que han desarrollado los comunicadores mencionados y muchos más que, desde espacios más modestos quizá, porque son de alcance regional o comunitario, van como cuchillito de palo abriendo brecha para conocer de cerca una parte esencial de este país ●

EL HOMBRE VENENO, escrito y dirigido por Amaranta Leyva, es un monólogo que fue escrito para ser presentado, por ahora, por actores de sexo masculino y femenino. Explora las posibilidades de un enunciante que se reconoce como un hombre o como una mujer intervenidos por su deseo, la cultura, la coyuntura políticosocial y el entorno espacial o geográfico.
El texto, apretado, poético, pleno de un humor paródico, fársico, negro a veces, fluye solo, en una coordenada distinta a la de la puesta en escena, porque el montaje le pone cuerpo y objetos a la palabra que ha trazado Leyva, para hacer una disección de los procesos psíquicos, actorales y literarios que son capaces de presentarse frente a un público que ha decidido entrar en la convención de que ese texto habitará un cuerpo, con unas señas de identidad femeninas y en otro con masculinas.
Algunas de las consideraciones que intercambié con el escenógrafo, el iluminador (Gabriel Pascal), la directora y la escritora del texto (Amaranta Leyva) en ausencia de los actores (César Alcázar y Yenizel Crespo), explican la genealogía de una aventura donde ambos se conocen bien y están tan trenzados, que el objeto estético que le ofrecen a la escena es mucho más que la suma de sus partes. Esto es así porque el sillón brillante, en piel, que ha propuesto Pascal, es un fagocitador y una catapulta, bajo unas luces que traducen el ánimo del personaje y la atmósfera sociocultural que va creando el texto (un conjunto de capas que transitan del impulso vital a la petrificación emocional). Cada actor terminará por definir sus líneas y sus gestos corporales en un concierto que ahí está anudado con cada actor y la directora que exige e imagina. El texto habitará los jueves y sábados a César, y los viernes y domingos a Yenizel, el recorrido de la lectura tendría que suponer esas posibilidades ajenas al texto y lo que tendría que suceder en un montaje, que para Amaranta y Gabriel es un más allá de ser “hombre y mujer”, para
plantear las encrucijadas de una sensibilidad heterosexual y homosexual. Una puesta en escena donde imagino que suceden cosas entre el escenógrafo/ iluminador y la escritora/directora, una pareja de creadores con lenguajes muy distintos (aunque sean complementarios o suplementarios), que triangula su mirada con la actriz/actor en turno, en una extraordinaria multiplicación de las posibilidades triangulares que observan estas combinaciones de dolor, amor, deseo y erotismo solipsista, y que se imagina imaginado por el otro ausente que construye a partir de numerosos supuestos, hipótesis y previsiones. Digo todo esto por la manera en la que se cocinan los proyectos entre las verdaderas tribus teatrales que comparten viajes, ensayos, planes, sobremesas, todo en un marco de afecto, admiración, respeto con todo lo que concurre, de la violencia de la tensión personal hasta los erotismos que afloran cuando un objeto tan precioso y sugerente como lo escénico se pone a circular no sólo fuera de casa, sino también fuera de la ciudad. Dicen: “El hombre veneno ‒explica Amaranta‒, es parte de un proyecto más largo que consiste en elaborar un diccionario de hombres. En una gira mis actores y Gabriel Pascal lo leyeron, y como estamos todo el día juntos ahí platicando y planeando, todos me propusieron que lo montáramos, que lo sacara a la luz.”
El escenario de teatro El Milagro es la caja de resonancia donde el texto fluye como una confesión, tal vez, o como una sesión terapéutica en un sillón/piel/ abrazo que es testimonio y crónica de un envenenamiento que atraviesa múltiples seducciones, donde lo gradual funciona como un calentamiento de esas pasiones que inundan, intoxican y crean las adicciones fatales al dolor de un regreso continuo y muy difícil de desanudar. Estará hasta el 22 de marzo y vale la pena la posibilidad de ver el ‒ anverso y el reverso de esta imaginación ●
DURANTE LA EDAD Media europea, la música sacra tuvo enorme utilidad e influencia en la consolidación de la religión católica; mediante ella se buscaba transmitir cierto grado de perfección, de sublimación, un estado de plenitud para quienes la escucharan. Dios era el grado máximo de creación y de perfección; entonces, acercarse a Él, alabarlo, debía ser una experiencia igual de divina. Se pretendía erradicar todo lo que fuera considerado malo, imperfecto, incorrecto. Sin embargo, en el terreno de la música, no todo podía ser inmaculado, ya que había un cierto tipo de notas musicales que se consideraban discordantes y se recomendaba evitarlas, no eran “adecuadas” para tocarlas en aquellos recintos sagrados. Se trata del concepto Diabolus in musica, que se podría traducir como “el diablo en la música”, cuyas tonalidades hacen referencia al uso del intervalo de tritono, el cual, según algunas interpretaciones históricas, estaba prohibido tocar o incorporar a la música sacra, porque esos acordes hacían referencia o invocaban al Diablo. Esta presunción de invocación a Satanás resulta un tanto tergiversada y exagerada, ya que a la fecha no hay documentos históricos que demuestren que en realidad estaba prohibido usar el tritono por contener elementos demoníacos. Esa creencia podría haberse difundido debido a que durante la Edad Media europea predominaba la enseñanza basada en el quadrivium, traducido como “cuatro vías”, que constituían cuatro disciplinas: matemáticas, aritmética, geometría y música, que se estudiaban de manera simultánea, mediante las cuales se buscaba lograr lo armónico y lo bello en su conjunto, y en lo divino representaba proporciones similares entre sí, ya que todo estaba ligado a un centro único, es decir, a Dios.
Todo aquello que se considerara inarmónico, desagradable o que no estuviera dentro de esas disciplinas, era catalogado como pedestre y se dejaba fuera de uso. En esta categoría se colocaba al tritono, porque provocaba disonancias, generaba conflictos melódicos que dificultaban su entonación incluso para el canto, considerándolo más bien como un intervalo de sonido un tanto lúgubre, problemático.
En términos musicales, el tritono se produce en el intervalo de la Cuarta aumentada o la Quinta disminuida, que de manera natural ocurre entre las notas Fa/Si o entre el IV y VII grado de cualquier escala mayor, siendo en el II y VI grado en escala menor. Era un recurso musical que no se recomendaba usar, pero no debido a sus presuntas invocaciones al Diablo. El monje italiano Guido de Arezzo (991-1050) fue uno de los primeros en dejar anotados los problemas tonales que se producían con esa combinación. Más adelante, Andreas Werckmeister, en su obra Armonologia musica, hizo la misma observación. Fue el compositor austríaco Johann Joseph Fux (1660-1741), en su libro Gradus ad Parnassum (1725), quien describió el tritono con el concepto de Diabolus in música, pero no refiriéndose a las connotaciones diabólicas con las que muchas veces se han interpretado esos vocablos, más bien se refería a lo disonante dentro de la música.
Fux escribió “mi contra fa, diabolus est, diabolus in musica”, que después retomó Georg Philipp Telemann, agregando en 1733, “mi contra fa, lo que los antiguos llamaron Satán en música”.
Durante el Barroco, Johann Sebastian Bach utilizó el tritono en su obra Tocata y fuga. A partir de entonces, las prohibiciones o supersticiones referentes al Diabolus in musica se fueron dejando de lado, empleándolo para crear tensiones transitorias, es decir, a ser un acorde de paso, y no a tener mucha presencia en toda la obra.
La música contemporánea está llena de este recurso. Compositores como Camille Saint-Saëns, Claude Debussy y la banda de heavy metal Black Sabbath, incluidos los videojuegos, crean diferentes atmósferas rítmicas utilizando el tritono, ya sin esa carga de presunto satanismo medieval ●

Yannis Patilis
Sucede a veces un viento
Un humilde esclavo de las esquilas
Que viajó con pasión desde montañas sombrías
Para traerte ‒ahora‒ un mensaje bautizado
En el sueño y el silencio
Sucede a veces que esperas tendido
Retaguardia del futuro
Y sereno como después de sepultura
Este viento
Que pasa entre la separación de los hombres
Para llegar a tu puerta.
Fue cierta tarde
Como aquella en que distinguió el acusador1 Arquíloco2
Desde lejos la isla de Tasos y gruñó
Hela ahí como el lomo del asno
De duraleña cargado‒
Una tarde así
Cuando por primera vez lo vieron en Londres
De pronto todos los hombres empezaron a volar
Esa tarde brotó en mis labios el salmo
Como un nudo de trigo que crecía
Hasta volverse íntegro pan.

Notas:
1. En griego clásico en el original, ψογερός, que critica o acusa.
2. Arquíloco, poeta lírico arcaico, también soldado, nació en Paros, una de las islas de las Cicladas, en el Egeo. Vivió en los últimos años del siglo VIII y principios del VII aC. Agobiado por las penurias económicas, participó en la colonización de la isla de Tasos, en el mar de Tracia, pero las condiciones resultaron mucho más adversas que en su patria. Se cree que murió en una batalla entre Paros y Naxos, otra isla del Egeo. Fue extremadamente severo en sus poemas satíricos contra Neobule, de quien estaba enamorado y lo rechazó, y con el padre de ella, a tal grado que los condujo al suicidio.
*Yannis Patilis (Atenas, 1947), estudió Derecho en la Universidad de Atenas y después Filología en el departamento de Estudios Bizantinos y Neohélenicos de la misma universidad. Ejerció como abogado y traductor y redactor de la Enciclopedia Papiro Larousse Británica y de la Enciclopedia Domis, y más tarde trabajó en la educación publica como maestro de bachillerato. Fue cofundador de la revista Dendro (árbol) y coeditor de Crítica y Textos, e Isla: Música y Poesía. Es miembro de la Sociedad de Escritores y autor de nueve libros de poesía.
Versión de Francisco Torres Córdova.

▲ Imagen: Alonso Arreola, realizada con IA.
NUEVA YORK HA construido una mitología persistente en torno a la voz callejera. La del hip hop, verbigracia, nació allí, en patios, parques y fiestas comunitarias del Bronx durante los años setenta. Gil Scott-Heron (“The Revolution Will Not Be Televised”), poeta, músico y padre espiritual del género, combinó spoken word y crítica social para denunciar el racismo, la desigualdad y la manipulación mediática en Estados Unidos. Su legado dejó en claro que la voz urbana servía para interpelar al poder (máxime si, como ahora, es detentado por estultos).
Asimismo, pinchadiscos como DJ Kool Herc, Afrika Bambaataa o Grandmaster Flash entendieron que la ciudad tenía un instrumento oculto: su propia gente. Bastaba compartir el micrófono para descubrir su florecimiento. Sin embargo, con el desarrollo de la industria, la radio y un sistema de estrellatos pasajeros, la voz de las banquetas se hizo discreta. Una voz que hoy, finalmente y gracias a la portabilidad y la conectividad, se potencia de nuevo, pues la acera se ha vuelto pantalla.
Así, a riesgo de sonar exagerados, diremos que uno de los experimentos más fascinantes es el de Ari Miller (Ari At Home). Hablamos de un joven neoyorquino que ha convertido el asfalto de Manhattan en un laboratorio de improvisación sonora. Su método es simple: camina cargando un estudio portátil ‒teclado, computadora, micrófono, bocinas‒ y comienza a construir ritmos, progresiones de acordes y melodías de voz en tiempo real. Luego… la magia: invita a desconocidos a tomar el micrófono (o ellos se invitan solos). Sorprendente y muy distinto a Marc Rebillet, de quien ya hemos hablado aquí.
Al verlo pasar y escuchar su aura magnética, los transeúntes más variopintos se acercan para manifestar el otro lado de su moneda: rapean, cantan, tocan violines, guitarras, trompetas; bailan aprovechando la orquestación y sensibilidad con que Ari los invita a su paréntesis en movimiento. El resultado son sesiones espontáneas ‒preeminentemente de hip hop, funk, soul o R&B‒ nacidas en la ocurrencia banquetera.
Sobre Miller: creció en Nueva York; se formó en el ámbito del jazz y la producción digital. Antes de que su canal fuera popular trabajaba como artista independiente, siempre interesándose en el cruce entre improvisación y tecnología. Así, Ari At Home fue primero un experimento para registrar situaciones musicales espontáneas; algo que con el tiempo se está convirtiendo en un valiosísimo archivo citadino.
Este fenómeno, desde luego, no pertenece sólo a esas latitudes. En Hispanoamérica la improvisación vive gran visibilidad con los encontronazos multitudinarios de freestyle organizados en ligas como Bazooka, FMS o Batalla de Gallos. En ellas, decenas de raperos improvisan combinando ingenio verbal, referencias culturales y políticas. Figuras como Aczino han demostrado que este es un arte retórico sofisticado. Lo de Ari, empero, se retrae al origen: la esquina, el parque, la plaza, la ciudad como foro abierto cuando hay tensiones raciales, discursos polarizantes y guerras en plena marcha. En tal contexto, ofrecer micrófono y amplificación para la voz de los desconocidos adquiere un peso simbólico. Por ello sus videos tienen un extraño poder de revelación. Ari deja de ser el protagonista para tornarse catalizador. Su presencia sólo desencadena lo que ya estaba allí: la inmensurable creatividad cotidiana de quienes no buscan fama, sino encender el pensamiento con ritmo y con palabras. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos ●

Cinexcusas/ Luis Tovar @luistovars
Sorpréndeme, Oscar (II y última)
SON TRES LAS SITUACIONES en torno a las cuales gravitará la nonagésima octava ceremonia de entrega del cinematográfico premio Oscar: una, la guerra que Estados Unidos, en compañía de Israel, sostiene con la República Islámica de Irán; dos, las acciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en su propio territorio; y tres, el escándalo mediático-político generado por los Archivos Epstein. Quien piense que nada de lo anterior influye en la más relevante asignación de reconocimientos al cine, no sólo de Estados Unidos sino de todo el mundo, peca de ingenuidad. Desde su primera entrega, hace ya casi un siglo, el Oscar ha servido más como barómetro para medir momentos sociopolíticos, ideológicos y económicos –y, según el caso, promoverlos o combatirlos–, que para dar cuenta del estado de la cinematografía local estadunidense y, aunque sea marginalmente, la internacional. Los casos a lo largo del tiempo, abundantísimos, son de sobra conocidos y en su mayoría corresponden a omisiones y soslayamientos que rayan en lo absurdo, ya se trate de producciones, ya de personas, en cuyo lugar el premio se lo han llevado montones de filmes, empresas, cineastas e histriones, unos intrascendentes y otros más bien simplemente convenientes para el sostenimiento y la permanencia de un sistema-industria siempre cuidadosa de sus interese$.
Así las cosas y, como es costumbre, además de la retahíla de sketches y chistes más bien sosos y de quiénes serán los receptores del premio, la atención estará puesta en los discursos de los galardonados: si habrán de pronunciarse respecto de alguna de las tres situaciones arriba mencionadas, en caso de ser así el tono en que lo hagan, y la reacción del muy cuidadosamente elegido, definitivamente endógamo y habitualmente timorato público presente en la ceremonia. Nada tendría de raro –de esto también sobran casos– que a los discursantes se les permita expresarse en contra de esto o aquello, pero nomás tantito, lo suficiente para que la academia cinematográfica gringa se dé un mínimo –pero falso– baño de apertura y libertad.
La probable reiteración de la intrascendencia
EN CUANTO A los filmes en competencia, y centrándose en los diez nominados a Mejor Película –Bugonia, F1, Frankenstein, Hamnet, Marty Supreme,The Secret Agent, Sentimental Value, Train Dreams, Sinners y One Battle After Another–, el mayor interés radica en ver si alguna de las dos últimas, nominadas en abundancia con dieciséis y trece categorías, respectivamente, termina como “la mejor”. Si fuera Sinners –“pecadores”–, significará que la mayoría blanca-masculina que a fin de cuentas es la que decide quién gana y quién pierde, prefirió evadirse de la realidad presente: ambientada en los años treinta del siglo pasado, la película es un bricolaje donde se combinan mafia, racismo, música de blues y vampiros, y no es que no funcione pero, tratándose de una mezcla notablemente peregrina, es en extremo complicado apreciar dichos elementos como alegorías de la actualidad. Muy distinto será si el filme más reciente de Paul Thomas Anderson –Boogie Nights, Magnolia, There Will Be Blood– es el gran ganador del Oscar. Basada en la novela Vineland, de Thomas Pynchon, es un relato sin concesiones, complejo y profundo acerca de las pulsiones político-ideológicas-racistas de la sociedad estadunidense actual, donde se habla de la extrema izquierda estadunidense –inexistente, por invisibilizada, para el noventa y nueve punto nueve por ciento de la población– y los grupos supremacistas blancos, enquistados en todo el aparato policial y gubernamental del país vecino. Historia de traiciones, venganzas, persecución más que de las personas de las ideas, One Battle After Another es, por decir lo menos, una película incómoda que, por su temática tanto como por su excelsa calidad fílmica, debería ganar si acaso el Oscar fuese un premio serio. Si gana cualquiera de las otras, cosa nada improbable, simplemente significará la reiteración de la intrascendencia de “la estatuilla” ●
Jorge Olvera Vázquez
LA LITERATURA, EN ESTE CASO EL GÉNERO LLAMADO “CIENCIA FICCIÓN”, TIENE SUS MODOS DE CONTAR, ANTES DE QUE OCURRA, LA HISTORIA QUE SERÁ. LOS 500 MILLONES DE LA BEGUM, NOVELA DE JULIO VERNE Y EJE DE ESTE ARTÍCULO, PREVÉ EN LOS RASGOS DE UNO DES SU PERSONAJES PROTAGÓNICOS, HERR SCHULTZE, LA ENCARNACIÓN ACTUAL DEL AUTORITARISMO DE DONALD TRUMP, Y AFIRMA: “ES LITERATURA Y TAMBIÉN HISTORIA POR ANTICIPADO, PARA DOLOROSO DELEITE DEL LECTOR EN BUSCA DE ESPERANZA.”
No podría considerarse una de sus obras más conocidas, pero en su poco afamada novela Los 500 millones de la begum, Julio Verne representa un futuro posible –para nosotros, pasado– que apunta directamente a nuestro presente histórico y político. Es una obra que, en el fondo, relaciona de forma lógica las causas con las consecuencias y, como suele pasar con la ciencia ficción, termina por apuntar a las cosas que debieran interesar a los lectores instalados en el futuro próximo o lejano. Así, se afecta la vida desde la literatura (pero vivir no es esencial, sólo leer, decía Monterroso).
Algún autor inglés (¿Chesterton, Stevenson?) consideraba a Verne el mejor narrador del mundo; la novela no es necesariamente disonante con esta idea, considerando que no es una de las grandes narraciones del autor. Además de la literaria –llena de aventuras–, ofrece al lector una experiencia más allá de lo textual y adquiere un suprasentido histórico que, en estos tiempos, puede configurar una esperanza.
El texto aborda lo sucedido cuando una herencia multimillonaria tan increíble como inesperada cae en manos de dos científicos –uno francés; otro alemán– con dos visiones del mundo totalmente opuestas: dos paradigmas éticos de la ciencia entran así en conflicto. Por un lado, Francois Sarracin, utópico, soña-

dor, cree en la paz, la justicia y una sociedad esencialmente feliz y, por tanto, funda la ciudad de France-Ville, la ciudad del bienestar (y eso nos suena conocido); por el otro está Herr Schultze, antípoda del anterior, quien funda la Ciudad de Acero, una urbe totalitaria, de población generalmente alienada y explotada, al servicio de un supremacismo que enarbola la superioridad étnica –prehitleriana– de lo germano sobre cualquier otra raza en el mundo. Y dispuesta a argumentar a su estilo, es decir, por la vía armada. Por supuesto, las naciones opresoras no pasan de moda aunque la Historia siga su curso –natural o no– y los países oprimidos y violentados deben sacar lustre a su capacidad de resistencia, a su inteligencia política para aminorar los efectos de las decisiones de algún líder insensato y con grandes capacidades de perjuicio y destrucción. Tal es el caso de Herr Schultze: dejar que el proyecto de Sarracin triunfe significa evidenciar a la gente que el mundo de la paz, la justicia y el bienestar son posibles. Y eso no puede ser. Ya lo decía George Bush en 2001, luego de ganar las elecciones presidenciales: “Fue sorprendente que ganara, me enfrentaba a la paz, la prosperidad y el poder.” Y una cámara lo suficientemente indiscreta –aún encendida– captó el traspié, para que luego lo citara Michael Moore en Estúpidos hombres blancos (2003).
A ese tipo de líderes representa Herr Schultze, su encarnación actual sería Donald Trump, la duda ruborizaría a cualquiera. Afortunadamente, lo que hoy llamamos ciencia ficción –término posterior a Verne– suele darnos peculiares lecciones de historia (del futuro); es literatura y también historia por anticipado, para doloroso deleite del lector en busca de esperanza (al respecto no es desafortunado recordar “Una lección de historia”, de Arthur C. Clark).
Así, entronizado como poder único en la Ciudad de Acero, Herr Schultze llega a creerse omnipotente. Nadie allí puede oponerse a sus órdenes y ese es precisamente su problema: los seres como Herr Schultze se creen más poderosos de lo que son. Piensan que la suya es la única voluntad en la Tierra. La novela de Verne no es mágica, es lógica: cuando alguien se cree invencible es cuando está más cerca de ser derrotado. Ya no se miden consecuencias y es entonces cuando se comete el error fatal. Y tratar de tapar errores con otros errores más recientes es el camino más corto –o más seguro– a la debacle. En efecto, el triunfalismo trumpiano no tiene bases sólidas por poner el zapato sobre Palestina, Cuba, Venezuela o Irán. De cualquier manera, insulta y amenaza a todo el mundo; se pelea, ofende, humilla a civiles, periodistas y políticos; afecta la economía mundial y gobierna de acuerdo con sus intereses y caprichos personales; manda portaaviones, submarinos, aeronaves y militares a todos lados; en su propia red social –no faltaría más– impone narrativas y su escasa visión del mundo. Se siente el rey del mundo y por eso el mundo en que se pierde le dicta que su único límite es su propia –y endeble– moralidad Lo mismo pasa con Herr Schultze. Posee armas de un poder nunca visto y, especialmente, una bomba que congelará al instante a una población entera (Ville-France, naturalmente, la Venezuela en turno). Se piensa entonces todopoderoso. ¿Por qué no? Todos le obedecen, tiene riqueza inconcebible y posee la industria bélica más grande y poderosa del mundo, base de una ominosa economía de guerra. (Y estas son palabras de referencialidad ambigua completamente involuntaria). En estas condiciones comete un error inconcebible y encuentra su fin y el de la ciudad, esa entidad gris, subterránea e hipervigilada, cuya impronta es retomada por George Orwell en 1984 Hay aquí una lección literaria y política que Donald Trump ignora y que a los demás nos muestra que siempre hay esperanza. Aun en un presente aciago, hay mensajes del pasado que modifican la visión del futuro.
Quien cree tener todo el poder, ha comenzado a perderlo. Así sea en la salud mental y el autodominio. Es el principio del fin ●