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La Semanal 11/1/2026

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SEMANAL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA JORNADA DOMINGO 11 DE ENERO DE 2026 NÚMERO 1610

A 50 AÑOS DE SU MUERTE

VIDA, INTRIGA Y SUSPENSO Francisco Barriga Puente

Cataluña y la resistencia de una lengua Josely Vianna Baptista

Los arrieros del agua: el Chiapas de Carlos Navarrete Marco Antonio Campos


LA JORNADA SEMANAL

Portada: Collage digital de Rosario Mateo Calderón.

2 11 de enero de 2026 // Número 1610

AGATHA CHRISTIE: VIDA, INTRIGA Y SUSPENSO

LOS ARRIEROS DEL AGUA: EL CHIAPAS DE CARLOS NAVARRETE

Nacida al comenzar la última década del siglo XIX, Agatha Christie murió de causas naturales el 12 de enero de 1976, a los ochenta y cinco años de edad. Cuentista, dramaturga y, sobre todo, novelista, la más que célebre autora británica no sólo es una de las máximas exponentes de la novela policíaca, sino que es considerada, con toda justicia, como la renovadora de ese género literario a partir de su primer éxito, El asesinato de Roger Ackroyd, publicada cuando Christie tenía treinta años. A partir de entonces, su fama y su prestigio no hicieron sino crecer e internacionalizarse, al punto de que hoy, a medio siglo de su fallecimiento, la exquisita obra de la creadora de los igualmente célebres el detective Poirot y miss Marple –amén de ser la dramaturga más llevada a escena de todos los tiempos, gracias a su pieza La ratonera, representada durante tres décadas ininterrumpidas– continúa siendo un parangón para todo aquel que incursiona en el suspenso y la intriga, componentes que, sin paradoja, formaron parte sustantiva de la vida personal de esta autora inmortal. ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| DIRECTORA GENERAL: Carmen Lira Saade DIRECTOR: Luis Tovar EDICIÓN: Francisco Torres Córdova COORDINADOR DE ARTE Y DISEÑO: Francisco García Noriega FORMACIÓN Y MATERIALES DE VERSIÓN DIGITAL: Rosario Mateo Calderón LABORATORIO DE FOTO: Adrián García Báez, Israel Benítez Delgadillo, Jesús Díaz y Ricardo Flores PUBLICIDAD: Eva Vargas 5688 7591, 5688 7913 y 5688 8195. CORREO ELECTRÓNICO: jsemanal@jornada.com.mx PÁGINA WEB: http://semanal.jornada.com.mx/ TELÉFONO: 5591830300. ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||| La Jornada Semanal, suplemento semanal del periódico La Jornada. Editor responsable: Luis Antonio Tovar Soria. Reserva al uso exclusivo del título La Jornada Semanal núm. 04-2008121817375200-107, del 18/XII/2008, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Licitud de título 03568 del 28/ XI/23 y de contenido 03868 del 28/XI/23, otorgados por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Editado por Demos, Desarrollo de Medios, SA de CV; Av. Cuauhtémoc 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, Alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México, tel. 55-9183-0300. Impreso por Imprenta de Medios, SA de CV, Av. Cuitláhuac 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, CP 02670, Ciudad de México, tels. 555355-6702 y 55-5355-7794. Distribuido por Distribuidora y Comercializadora de Medios, SA de CV, Av. Cuitláhuac 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, CP 02670, Ciudad de México, tels. 55-5541-7701 y 55-5541-7702. Prohibida la reproducción parcial o total del contenido de esta publicación por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores. La redacción no responde por originales no solicitados ni sostiene correspondencia al respecto. Toda colaboración es responsabilidad de su autor. Títulos y subtítulos de la redacción.

▲ Arrieros, 1836.

Este texto celebra y recomienda la novela Los arrieros del agua, de Carlos Navarrete (Guatemala,1931), escritor que lleva casi toda su vida en nuestro país, concretamente en Chiapas, con un estilo que revela la influencia asimilada de Juan Rulfo, y afirma: “En su novela Carlos Navarrete nos hace sentir profundamente Chiapas, y sin pietismos ni patetismos, conocer los usos y costumbres y la miseria dolorosa de los pueblos indígenas que la pueblan.”

Marco Antonio Campos ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

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acido en Quetzaltenango, Guatemala en 1931, el arqueólogo y escritor Carlos Navarrete la mayor parte de su vida la ha pasado en México, en especial en Chiapas. Como arqueólogo es una autoridad de lo más altamente reconocida. En sus fuertes noventa y cinco años sigue trabajando como el joven que alguna vez fue y con el talento que siempre tuvo. Libro a la vez de antropología, de biografía (inventada) de un chiapacorceño, Los arrieros del agua, su libro más popular, se lee ‒se trata‒ principalmente de una novela. Es un libro clásico para Chiapas y Guatemala y debería serlo para México. Reinaldo, el relator de la novela, de quien sabemos el nombre hasta el capítulo XI, anda y trabaja por el estado, y parece haber escrito el libro caminando o detrás del volante de un autobús. El diablo está por hacerse presente, se hace presente cuando encuentra el momento. En general en la novela apenas si se mencionan algunas etnias, sin ahondar en ninguna. Encuadrado ante todo en la vasta región de Chiapa de Corzo, sabemos que estamos siempre en territorio chiapaneco, salvo algún momento en Guatemala. Hay en las páginas un recuento numeroso de los trabajos y los días, de traslados y del deseo mor-


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diente por las mujeres del chiapacorceño. Marcado desde siempre por su mala estrella, por la negación de la luz, quizá lo peor para él fueron la dura infancia y adolescencia y su estancia en la cárcel. Quizá como personajes secundarios podrían mencionarse ante todo tres: el padrino Galdino Santiago, la madre y la esposa Catalina, pero a través del libro aparecen numerosos protagonistas incidentales. De esos personajes cuenta casi siempre una breve historia, o una historia dentro de la historia, o una microhistoria. Narrada la novela en una prosa musical, se recobran palabras y expresiones de la región que tienen mucha gracia y picardía. Por demás el libro es una delicia musical y verbal. Navarrete leyó ‒estudió‒ muy bien la narrativa de Juan Rulfo, pero con habilidad la asimiló y le dio vuelta. Los protagonistas de Rulfo son ante todo campesinos vivos y/o muertos del sur de Jalisco; el de Navarrete de Chiapas, muy centralmente, Chiapa de Corzo. Pero el relator sería el antihéroe, el antiPedro Páramo. Hay en la novela ecos lejanos, aun sólo como coincidencia, de la picaresca española. El chiapacorceño hace el recuento de su vida a los sesenta y ocho años. Como fechas hipotéticas nos aventuraríamos a decir que podría ser más o menos entre los años diez y principio de los setenta. “Nadie me quitará lo bailado”, se dirá a sí mismo, pese a las innumerables penurias sufridas a lo largo de su vida. Contará las andanzas por pueblos, poblachos, caseríos, fincas, tierra caliente, la costa, San Cristóbal y Tuxtla, y claro, Chiapa de Corzo. A la verdad el relator parece cubrir, o cubre emblemáticamente, todas las páginas. Los personajes más visibles, después de él ‒ escribí antes‒, son el padrino, que le da durante veintitrés años una vida que lo deja a menudo como perro apaleado; la madre, un remanso de dulzura dentro de la violencia de la novela, y su esposa Catalina, que años después de conocerse, cuando se casan, luego de un tiempo feliz, empiezan a hacerse la vida imposible, en la que Catalina gana de calle. De las mujeres resume: “Tuve algunas queridas ‒señala‒, de las cuales dos fueron robadas.” No anota, desde luego, aquellas de las zonas rojas. El relator hace contar a su padrino Galdino Santiago las atrocidades carrancistas en Chiapas y la persecución a la Iglesia de gobernadores del sureste, en especial del tabasqueño Garrido Canabal (1890‒1943) y del chiapaneco Victórico R. Grajales (1885‒1941), a mediados de los años treinta. Fanáticos anticatólicos, los gobernadores buscaban borrar todo vestigio de lo católico, es decir, llevar a extremos la política contra la Iglesia y los curas que empezó con Plutarco Elías Calles, sin

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▲ Grabado mexicano de mulas subiendo a la sierra.

El relator hace contar a su padrino Galdino Santiago las atrocidades carrancistas en Chiapas y la persecución a la Iglesia de gobernadores del sureste, en especial del tabasqueño Garrido Canabal (1890‒1943) y del chiapaneco Victórico R. Grajales (1885‒1941), a mediados de los años treinta. Fanáticos anticatólicos, los gobernadores buscaban borrar todo vestigio de lo católico.

importarles el porqué y el cómo. Iglesia tomada, iglesia saqueada. En el libro, asimismo, Navarrete recrea los festejos para los patronos del lugar, como el de San Pascual Bailón, San Pascualito, que terminaban en el desgarriate; la teatral fiesta de los parachicos (él lo fue); carnavales, pretexto ideal para la parranda sin otra dirección y objetivo que terminar absolutamente borrachos; una chusca caricatura de circo que cualquiera podía confirmar que era de vergüenza ajena; la llegada del cine, que traerá felicidad continua a los habitantes. “Lo ‘mágico’ se llena de una profunda crueldad, algo que impide que el relato se convierta en un cuadro pintoresco”, observa Javier Payeras en el prólogo de la edición guatemalteca. Como en su maestro Rulfo encontramos numerosas palabras y expresiones de la región que nos encantan: andasolo, oscuranda, nagualargas: vendicompra, la nublina, la pochota cuacha (los ceibos gemelos), turimbuchi (borracho), “quiso el casual”, “mirarle su inteligencia”, o apodar a un tipo antipático el “cai’mal”. Me parecen especialmente recordables de la novela las historias del enfrascador de almas, que termina en tragedia cuando un sobrino toma una venganza personal abriendo las botellas que contenían las almas y lo deja en una situación menos que precaria; o la del pleitazo que se da por nueve horas entre el diablo y el enano de a metro Jeremías, en que vence el enano, quien se queda con la fortuna, pero el diablo lo sentencia a la desilusión con las mujeres; o la de Albertano, “siete oficios”, que luego, como payaso de circo, se pone Cochicapón, y acaba en Tapachula “haciéndola de mago”, quien parece no tener un momento de bienestar o ternura. Lo terrible y trágico Navarrete lo combina notablemente con el humor. En su novela Carlos Navarrete nos hace sentir profundamente Chiapas, y sin pietismos ni patetismos, conocer los usos y costumbres y la miseria dolorosa de los pueblos indígenas que la pueblan. Los arrieros del agua debería ser un libro de estudio escolar que todo chiapaneco debería tener en sus casas ●


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CATALUÑA Y LA RESISTENCIA DE UNA LENGUA La formidable cultura catalana es poco conocida en nuestro país, si bien existen esfuerzos como la Historia mínima de Cataluña, de Jordi Canal; Resonancias. Poesía catalana contemporánea, de Bernat Puigtobella; Una voz entre las otras. México y la literatura catalana del exilio, de Marta Noguer Ferrer y Carlos Guzmán Moncada –especialista mexicano a quien, además, se deben diversos estudios–; Poetas catalanes, de Jordi Virallonga, entre otras publicaciones. Aquí compartimos un repaso histórico de Josely Vianna Baptista, poeta y traductora de escritores hispanoamericanos en Brasil, país que, de acuerdo con el Instituto Ramon Llull, ha dedicado la mayor atención a la literatura catalana en Latinoamérica. En su escrito sobre la lengua y la poesía catalanas se revela un camino marcado por tensiones geo y glotopolíticas, como escenario de resistencia de una potente producción artística y cultural.

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l aumento en la tendencia funcionalista a utilizar un código lingüístico de variabilidad mínima ha agudizado el problema de los dialectos y las lenguas minoritarias. La globalización arrastra su motoniveladora también hacia las lenguas que deben resistir valientemente para no desaparecer. Esta tendencia al aplanamiento de la diversidad cultural, como advierte el poeta gallego Antonio Domínguez Rey en la presentación de Serta. Revista Iberorrománica

Josely Vianna Baptista ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

▲ Batalla de Poitiers, Charles de Steuben.

de Poesía y Pensamiento Poético, “subyace hoy día en la realidad mercantil de Europa, a pesar de los esfuerzos multilingües y del reconocimiento diferencial de las culturas en su Carta Magna”. La publicación reúne poemas y ensayos de autores contemporáneos del ámbito iberorrománico que escriben en catalán, gallego, vasco, rumano, español, francés, portugués e italiano, lo que contribuye a ampliar un territorio del que también forman parte, por ejemplo, los trabajos dedicados a las poéticas africanas e indígenas. A pesar de las dificultades, Domínguez Rey destaca la actual vitalidad creativa de la mayoría de las lenguas romances (las lenguas modernas derivadas del latín), además del euskera, la singular lengua vernácula del País Vasco. Es el caso del catalán que, durante el reinado aragonés del siglo XII, llegó a ser la lengua oficial, luego pierde fuerza, goza momentos de un fugaz renacimiento y finalmente, en el siglo XIX, recupera su vigor y da paso a una fecunda literatura. Si atendemos, así sea superficialmente, a la trayectoria de la literatura catalana (en particular la poesía), sus momentos de bonanza y de sequía –con los altibajos de la historia de Cataluña como telón de fondo–, observaremos que esta lengua, si se me permite una febril imagen, es como la rosa de Jericó, que rueda seca por el desierto, muerta en apariencia, y que con la lluvia se abre en ramas y frutos. Cataluña está situada entre los Pirineos y el delta del Ebro, al noreste de España. Su historia es turbulenta, con la presencia de celtas, íberos y griegos antes de la unificación romana, que se produjo a partir del año 218 aC; la ocupación de los visigodos y árabes en los siglos VI y VIII; la anexión de la Marca Hispánica al Imperio carolingio (siglo IX), cuyo declive garantizó su autonomía, vigente hasta el siglo XVII. Fue entonces que un intento de unificación llevó al pueblo a rebelarse y obtener un relativo reconocimiento de sus libertades institucionales. Luego, en los siglos XVIII y XIX, Cataluña se industrializa y resurge –en pleno vértigo finisecular del siglo XIX– la

lucha por la emancipación, lo que condujo a una nueva reivindicación de la lengua vernácula como lengua literaria. En 1931 obtiene la autonomía que le había sido usurpada durante la dictadura franquista. Con ello, nuevos aires refrescan el paisaje catalán en los años sesenta y, para el ’79, la región conquista una vez más su estatuto de libertad. Sujeta a los avatares de la historia, la lengua catalana, sin embargo, logra mantenerse viva y hoy en día enriquece la literatura con la diversa singularidad de su creació.

Los primeros registros LAS PRIMERAS manifestaciones importantes de la literatura catalana escrita parecen datar del siglo XII. Los textos religiosos como las Homi-


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lies d’Organyà se encuentran entre los primeros registros literarios y Ot de Montcada es uno de los pocos nombres de poetas que llegaron hasta nosotros. En la prosa catalana en formación destaca Usatges, una compilación realizada en el siglo XI por orden del conde de Barcelona, Ramon Berenguer I, el Viejo, que coincide con la presencia de los primeros trovadores. En el siglo XII, “siglo de oro de la literatura medieval en Francia”, como señala Segismundo Spina en A lírica trovadoresca, los poetas catalanes –como Bernart de Ventadorn, Bertran de Born, Berenguer de Palou, Guillem de Cabestany, Guillem de Berguedà y Guiraut de Cabreira, además del prolífico Cerverí de Girona, ya en el siglo XVIII– escriben en provenzal, la lengua de los trovadores por excelencia. Ya en el siglo XIII, Jaume I, el Conquistador, autor de la prosa histórica Crònica de Jaume, da un gran impulso a la literatura en catalán. El rey fue contemporáneo de Ramon Llull (1235-1315), poeta, misionero, filósofo y teólogo que escribió en catalán y castellano. Este notable mallorquín inaugura, según estudiosos como Josep-Sebastià Pons, la fase nacional de la literatura catalana. El desarrollo de la poesía catalana se fue dando casi al mismo tiempo que el provenzal. La primera referencia al catalanesh, que muestra claras diferencias con el provenzal, aparece en las Regles de trovar, escritas por el poeta Jofre de Foixà a pedido del rey trovador Jaume II. En la primera década del siglo XIII, muchos trovadores del Languedoc parten a Cataluña, huyendo de los cruzados del norte de Francia que comienzan a perseguir albigenses, herejes del sur. En la segunda mitad del siglo XIV surge la llamada escuela poética catalana, en gran parte incentivada por los certámenes que tenían lugar en Tolosa (Toulouse), donde se reunía la Sobregaya Companhia dels Sept Trobadors, cuyos participantes escribían en catalán. En 1393 se funda un Consistori de Gaya Ciencia en Barcelona, siguiendo el modelo de Tolosa, de influencia italiana (Dante, Petrarca). En la era clásica de la poesía catalana, destaca el trabajo de Ausiàs March (1379-1459), así como la novela de caballería Tirant lo Blanch. En los tres siglos posteriores, el castellano se apodera de la región y la lengua catalana sobrevive prácticamente sólo entre el pueblo, entre poetas populares. La unión de los reinos de Aragón y Castilla en 1479 destruye la autonomía política de Cataluña y, con ello, inevitablemente, su lengua y su literatura acaban siendo reprimidas. Poetas eruditos, como Manuel Cabanyes, pasan a escribir en español. La aparición de los alejandrinos de Carles Aribau en La Pàtria (1833) marca el rescate del catalán como lengua literaria e instrumento político. El clima en Europa es favorable, con el viento de la idea de nacionalidad agitando la estela romántica. El dramaturgo Ángel Guimerà es una figura importante de una época que aún gozaba del impulso de Rubió i Ors, quien a los veintiún años comienza a publicar versos sueltos en catalán, bajo el seudónimo de Lo Gaiter del Llobregat, y que en 1841 lanza un libro en el que propone la restauración de los jocs florals (que volverían en 1859) y de la academia del Gai Saber.

Letras en mangas de camisa LUEGO VIENE la Renaixença, con poetas como Pons i Gallarza (1823-1904), T. Llorente (1832-1911) y J. Verdaguer (1845-1902). La poesía catalana ahora dirige su mirada hacia el pensamiento esté-

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tico moderno europeo, donde también son protagonistas Costa i Llobera, Alcover y Joan Maragall, a quienes se opone la “escuela mallorquina” –“una reacción de fondo parnasiano al romanticismo de la Renaixença”, como explica Domingos Carvalho da Silva en su introducción a la Antologia de poesia catalã contemporânea (1969), de Stella Leonardos. Ya a inicios del siglo XX, movimientos culturales y políticos, como el que llevó a cabo la liga regionalista, agitarán Cataluña; no serán pocos los adeptos al anarquismo, que conviven con una intensa acción comunista y socialista. Con su ideario estetizante, inspirado en el simbolismo francés, J. Carner (1884-1970) provocará, a su vez, la reacción “de los partidarios de una poesía militante, que no se complacen con el catalanismo [que defiende la emancipación de Cataluña] de los poetas así llamados burgueses ni aquella civilitat a la que se refería Eugenio d’Ors”. Más adelante, da Silva señala que, en Poesia catalana del segle XX, “J. M. Castellet y Joaquim Molas censuran, de principio a fin, a los catalanistas y civilistas como Carner y su seguidor Guerau de Liost, Eugenio d’Ors y López-Pico, por su ideal de la ciutat de marbre, de la Barcelona de marfil o incluso de la CatalunyaCiutat”. En cuanto a Joan Salvat-Papasseit (18941924), que en uno de sus poemas señala que los albañiles van en cos de camisa (van en mangas de camisa), es considerado “vanguardista”. Hay aquí una imagen recurrente: Joan Brossa describió sus Poemas civis como “poesía en mangas de camisa”, como cuentan sus traductores en el posfacio de la edición brasileña. Del siglo pasado, podemos citar además a Miquel Ferrá, M. Antònia Salvà, Josep-Sebastià Pons, Tomàs Garcés, Marià Manent, J. M. de Sagarra, Joaquim Folguera, Clementina Arderiu, Carles Riba, Ventura Gassol, Josep Junoy, J.V. Foix. El uso en común de la lengua catalana fue adquiriendo, al aire libre y con los pies en marcha, características diversas en el campo y la ciudad. Esto derivó en una curiosa polémica: poetas que escribían sólo sobre temas rurales y poetas que escribían sólo sobre temas urbanos, y aun otros, como el idiosincrático d’Ors, que defendían el romance entre el campo y la ciudad. Otro movimiento importante fue la Generación del 36, donde destaca Salvador Espriu, contemporáneo de poetas como Joan Triadú, Màrius Torres, Joan Perucho, Rosselló-Pòrcel, Rosa Leveroni, Joan Barat, Josep Romeu, Jordi Sarsanedas y Jordi Cots, algunos de los cuales fueron traducidos por João Cabral y publicados en la Revista Brasileira de Poesia en 1949 (luego supe que Cabral se negó a reeditar esas traducciones). La Guerra Civil que estalló en 1936 y que culminaría con el ascenso al poder del generalísimo Franco dejó huellas en todos (nunca está de más recordar que los partidarios del dictador fusilaron al poeta granadino García Lorca). La cultura y la lengua catalanas fueron, así, severamente perseguidas. La autonomía que Cataluña venía ejerciendo, lograda a duras penas en el ’31, quedó anulada durante el franquismo y sólo se recuperaría plenamente, como ya vimos, hasta el ’79. Todo esta “enumeración vertiginosa” fue a propósito. ¿Cuántos lectores, entre los que se han obstinado en acompañarme hasta aquí, saben de la existencia de una profusa creación textual en catalán? Y eso que todavía no mencionamos a poetas contemporáneos como Joan Margarit, Carles Miralles, Francesc Parcerisas, Jaume Pont, Pere Rovira, Àlex Susanna... ● Traducción y nota de Iván García y Vania Rocha.


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▲ Imágenes tomadas de: https://www.instagram.com/p/ DRtG4RGjC460N4GdTlHJihsBu16m030kJreX6U0/

de Comunicación Gráfica que imparte la UNAM, en la ENAP.” Le creí, pero llegué a la universidad y al mirar la tira de materias pensé: ¿qué haré con todo esto? No fui a clases ni un día. No quería hacer publicidad ni diseño, ¡sólo deseaba ser pintora y artista visual!

MONSTRUOS Y DEMONIOS EN EL ARTE A finales de 2025, el Centro Cultural Mexiquense Bicentenario exhibió la obra de Maritza Morillas, pintora y artista visual mexicana, a propósito de sus treinta y cinco años de trayectoria. A contracorriente de lo políticamente correcto, Morillas (Ciudad de México, 1969) ‒tal como lo expresa en esta conversación con La Jornada Semanal‒ ha intentado transmitir imágenes “aberrantes”en gran tamaño, abrazando el anhelo de que dicho fragmento del mundo quede en la psique del espectador.

Mario Bravo ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

Entrevista con la pintora Maritza Morillas ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

El arte, sus caminos… ‒Fui la más pequeña de seis hijos. En mi casa siempre vi arte. A mi mamá le gustaban las manualidades; mi papá era diseñador gráfico, además pintaba en un estudio increíble, lleno de antigüedades, máquinas de escribir y tocadiscos. Allí él tenía su caballete. Un día, en el kínder, la maestra le dijo a mi mamá: “Su hija dibuja muy bonito.” Lo mismo sucedió en la primaria. En secundaria entré al taller de artes plásticas; allí mi papá vio mi interés en la pintura, así que me regalaba acuarelas. En esa época comencé a pintar con óleo. Ya después, en preparatoria cursé el taller de escultura e ingresé a la Escuela de Iniciación Artística de Bellas Artes. Cuando iba a decidirme por una licenciatura, mi papá me dijo: “Si quieres vivir de esto, inscríbete a la carrera

La locura ‒Al saberse artista en esa época, ¿qué le impulsó hacia la búsqueda de lo que usted ha denominado “la belleza alojada en lo decadente”? ‒En mi infancia, a mi papá le gustaba mucho poner cráneos en la ofrenda de Día de Muertos; desde allí me gustó esa temática. En la escuela leí el libro Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena. Me impresionó: en un capítulo, el autor describe a una mujer sin columna vertebral, a la cual colgaban en una percha. También se habla de otra mujer sin ojos, sin manos y sin piernas… solamente contaba con una enorme boca. Esas imágenes me estimularon. Y así empecé a pintar temas relacionados con la locura. En esa etapa de mi vida quedé embarazada, a finales de la década de los ochenta, a mis veinte años de edad, lo cual me llevó a hacer una pausa de cinco años. Después me sobrevino una depresión y repensé qué sucedería con mi vida, así que abandoné todo el arte porque, de entrada, los formatos que hacía eran enormes, como para resguardarlos en la casa de mis papás, ahí en donde yo vivía; entonces, mis cuadros sobre la locura se perdieron en una galería de arte, aunque los pude rescatar tiempo después. Más tarde volví a la ENAP, pedí permiso a los maestros y tardé cinco años en concluir la carrera porque mi hija nació con una discapacidad intelectual, así que debía llevarla a terapias y atenderla. Ella pudo caminar hasta sus tres años de edad. A partir de entonces, trabajé en las mañanas y estudié en la escuela durante las tardes. Aproveché para preguntarme qué deseaba pintar, pues quería despegarme del tema de la locura debido a lo que sucedía en mi vida: a mi hija, en algún momento, la remitieron al Hospital Psiquiátrico Infantil. Inclusive, me propuse pintar algo alegre.


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Hermosas moscas ‒¿Cómo define al arte tras treinta y cinco años de carrera? ‒Es una manera de vivir y de mirar. Artísticamente, valoro todo: el viento que hace una mosca al pasar o la estructura de una araña. Logro ver el arte que hay en cada ser. Y eso me encanta. ‒¿Siempre tuvo las antenas bien alertas para hallar eso? ‒Sí. En casa mi papá permitió a mis hermanos que tuvieran un montón de animales: iguanas, hurones, ardillas, conejos, camaleones y ratas blancas… Yo tuve una tarántula. ‒Desde temprana edad le atrae el lado b de la vida. Usted hurga y encuentra un tipo de belleza en donde la mayoría de la gente no la reconoce. ‒En la infancia nos enseñan que las palomas son ratas que vuelan o que las propias ratas son feas. Siempre me ha llamado mucho la atención aquello considerado malo, feo o plaga. Por ejemplo, para pintarlas, las moscas son hermosas en su estructura.

Demonios y olvido ‒Me considero una persona depresiva, a pesar de que bromeo y río mucho. Sé que esto puede funcionar, inconscientemente, como un mecanismo de defensa. Lamento más el maltrato hacia los animales que el ejercido en contra de los seres humanos. Me lastima mucho tanta maldad y crueldad humana. ‒¿Qué le aporta el arte a esa personalidad depresiva? ‒Hacer arte me sirve para expulsar demonios y gritar lo que siento, así como exhibir aquello que veo. En el arte me valgo de una habilidad que poseo: puedo transmitir una imagen que considero aberrante y te la mostraré en gran tamaño para que se quede en tu cabeza. Cierta vez, en un viaje a España, una persona me dijo: “Vi tus pinturas en el Metro.” Aquí en México, en otra ocasión, alguien me platicó que miró mis cuadros acerca

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de puercos y de vacas, los cuales se exhibieron en la estación del Metro Pino Suárez. Eso busco: que no se olviden mis obras y, simultáneamente, aportar una reflexión.

Salvajismo y método ‒¿En dónde está el goce de quien pinta artísticamente? ‒¡En el proceso! Me agrada mucho la parte del dibujo, planear cuál color de base usaré, pues no me gusta pintar sobre el blanco porque lo percibo con mucha luz… lo que me orilla a meter más color y siento que eso ensucia la obra. En cambio, con un color de fondo, experimento más una integración. Si en la pintura expondré mucha sangre, entonces comienzo con tonos rojo óxido, por ejemplo. También me atraen mucho las veladuras [técnica que consiste en aplicar capas finas y transparentes de pintura sobre una superficie previamente seca]. Antes pintaba más salvaje que ahora: agarraba el tubo y lo vertía en la tela, dejaba que transcurrieran horas y, más tarde, secaba. Sobre eso ya podía hacer aguadas: miraba cómo se escurría la pintura y se metía entre los canales de la textura dejada por la brocha o el pincel. Ahora soy más metódica y utilizo texturas; pero no trabajo como antes… ‒¿Ha reculado? ‒No. Se trata de un crecimiento, pues el tiempo cambia tu manera de ser y de pensar. Ya no eres tan impulsiva y te haces más reflexiva. Eso se representa en tu pintura. Actualmente, en mi cocina, tengo una bodega con varios cuadros que pinté en el pasado. Al mirarlos siento que estoy ante obras inacabadas… pues mis propuestas eran más gestuales; en cambio, hoy en día soy más detallista y tomo mi tiempo hasta que la obra queda como lo deseo. ‒Continuando con su afán de no pintar sobre un lienzo blanco, para usted, ¿qué tonalidades posee el lienzo de la vida? ‒Verde y roja. ‒¿Y el lienzo, específicamente, de su vida? ‒¡Ocre!

Arte objeto ‒Además de pintar, usted interviene objetos domésticos de peltre. ¿De dónde nace su interés por esos utensilios que, aparentemente, han perdido fulgor o belleza? ‒Al estudiar en un taller de esmalte aprendí a hacer placas de hierro. Intervenirlas implica limpiarlas y meterlas al ácido, lavarlas, colocarles su primer esmalte para lograr su integración de la capa vítrea con el hierro y, después de eso, ya puedes aplicarle color. Estando en la licenciatura entendí que el peltre es tratado con la misma técnica: vidrio sobre metal. Entonces, eso me atrajo y empecé a intervenir piezas en lugar de hacerlo con placas de hierro. Así me decidí a buscar utensilios antiguos, pues sólo encontraba objetos de peltre de color azul y puntos blancos, las típicas jarras o cafeteras, tazas o demás vajilla que venden en los mercados. Ahí me enfrenté al hecho de que las personas decían: “Esto solamente es una taza o un plato.” Comencé entonces a hacerle entender al comprador que dichas piezas me cuestan mucho trabajo al dominar la técnica, pues cada objeto de peltre intervenido requiere de siete u ocho horneadas. Pero, ¿la

gente cómo puede entender que está ante arte objeto?, el cual también es arte utilitario: usas tu taza o una jarra y la vuelves a colocar en su nicho. Así que estas piezas las metí en cajas: la cuchara con la taza, la tetera con tacitas, etcétera. Estos objetos intervenidos están ligados a lo femenino, lo queramos o no. Esta reflexión la expongo en una pieza llamada Concupiscencia. Curiosamente, nadie se daba cuenta del significado allí exhibido: una jaula fálica, con cucharas colgando en su interior, mismas que son cucharas-cuerpos de mujeres, más un pájaro muerto, atado, en la parte trasera de la jaula, y una boca abierta en la base. Presento, así la metáfora de un sistema que nos devora al ser mujeres vistas como objeto de consumo y disfrute, seres humanos desechables. Mucha gente que me conoce interviniendo esmalte, no me ubica como pintora, y viceversa; sin embargo, desde mis redes sociales me encargo de difundir estas dos trincheras.

Coexistencia ‒¿Cómo es su relación con los demonios que le habitan? ‒Hay que saber lidiar con ellos, pues sé que están aquí. Existen situaciones que me mortifican mucho y las vivo como si esos demonios estuvieran parados junto a mí. No me quisiera deshacer de ellos, sino aprender a lidiar con su presencia. ‒A veces, ¿esos demonios le ganan la batalla? ‒Sí. A veces, siento que vivo permanentemente triste. Y entonces me engaño: siempre estoy bromeando o riendo, pero si me encuentro sola estoy deprimida y con un sentimiento de insuficiencia, aunque sé que debo reponerme para cuidar y estar pendiente de mi hija. ‒Cuando llegue su último latido de vida, ¿qué sucederá con su arte y con esos demonios que la habitan? ‒Creo que los demonios se quedarán aquí. Permanecerán. Solamente soy su espectadora: me iré y los demonios seguirán. En cuanto al arte, no sé qué pasará con mis piezas. Con suerte, la obra puede trascender. Y los demonios sé que siempre estarán en libertad ●


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A 50 AÑOS DE SU MUERTE

AGATHA CHRISTIE: VIDA, INTRIGA Y Agatha Mary Clarissa Miller, mejor conocida como Agatha Christie (1890-1976), novelista y dramaturga inglesa, creadora de los famosos personajes Hercule Poirot, miss Marple y Tommy y Tuppence Beresford, es autora de setenta y dos novelas, 153 cuentos, diecisiete obras de teatro y dos autobiografías. Este texto glosa la vida, la personalidad y los principales títulos de la genial escritora.

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a mayoría de las fuentes afirma que Agatha Mary Clarissa Miller ‒quien con el tiempo sería mejor conocida como Agatha Christie‒ nació el lunes 15 de septiembre de 1890, a las 4 de la madrugada, en el pueblo de Torquay, sobre la costa meridional de Inglaterra. Sin embargo, algunos exégetas de las constelaciones zodiacales, interesados en cucharear su carta astral, sostienen que Agatha llegó al mundo en dicha fecha, pero a las 14 horas con 14 minutos. En apoyo a su afirmación, esos astrólogos esgrimen una supuesta factura del parto, que dicen que fue atendido por la comadrona SheltonPrice, quien cobró por sus servicios una corona y dos chelines de la época. Haya sido como haya sido, Agatha llegó al mundo cuando la luna nueva de septiembre empezó a crecer con gran intensidad, augurándole de esta forma un futuro muy brillante. Sus padres fueron Frederick Alvah Miller, un inversionista de bolsa estadunidense y Clara Boehmer, una irlandesa depresiva que, ante la falta de Prozac, salió adelante gracias a la sobredosis de comprensión que le brindó su marido. Ella fue quien decidió el triple nombre de su hija: Agatha, como homenaje a la heroína de la novela titulada Agatha’s Husband, escrita por Dinah Craik; Mary, en honor a la abuela materna de la pequeña, y Clarissa, para subrayar que era su benjamina. No falta a la verdad quien diga que Agatha pasó su infancia sin mayores limitaciones ni preocupaciones, tal y como correspondía a una niña de la clase media-alta de la sociedad victoriana tar-

Francisco Barriga Puente ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||

día. No fue a la escuela, porque doña Clara lo consideraba innecesario. No obstante, la niña aprendió a leer sola a los cinco años de edad, asociando las palabras de los cuentos que le leían, con las letras del texto. Su papá le enseñó los rudimentos de la aritmética y una profesora particular le impartió unas primeras lecciones de piano. Mr. Miller murió tras sufrir una serie de ataques al corazón, en noviembre de 1901, a la edad de cincuenta y cinco años. Agatha siempre consideró que la muerte de su padre marcó el fin de su infancia. Tal vez así fue, porque hacia 1905 su mamá la envió a un colegio para señoritas respetables, en París, donde recibió una dosis mínima de educación formal.

Rechazo y reto TRAS REGRESAR A Inglaterra, en 1908, Agatha viajó a El Cairo. La siempre exótica capital de Egipto le proporcionó el escenario para su primera novela: Nieve sobre el desierto. Buscó publicarla con el pseudónimo de Monosyllaba, pero fue rechazada por todos los editores que la leyeron. Un escritor amigo de la familia ‒Eden Phillpotts‒ le aseguró que tenía talento y la recomendó con un colega suyo, quien después de hacerle algunas observaciones le aconsejó que mejor intentara escribir una nueva novela. En 1913, la escritora en ciernes conoció en Londres a Archibald Christie, un joven aviador militar, apuesto y seguro de sí mismo. Se enamoraron y al poco tiempo de que se hicieron novios estalló la primera guerra mundial. Los acontecimientos bélicos precipitaron la boda. El matrimonio se celebró en la Navidad de 1914. Dos días después del casamiento, Archibald fue enviado al frente francés, para combatir a los alemanes. Por su parte, Agatha se alistó como enfermera voluntaria en el Hospital de Torquay. De la enfermería fue trasladada al dispensario farmacológico. Ahí adquirió un buen conocimiento sobre los venenos, que posteriormente le fue de gran utilidad en su carrera. Durante aquellos años de guerra, Agatha se aficionó a la lectura de novelas policíacas. Fue por aquel entonces cuando Madge, su hermana mayor, le dijo que no creía que fuera capaz de escribir una de esas novelas, porque las complicaciones del género rebasaban sus posibilidades. Agatha lo tomó como un reto y en 1916 ‒una vez que cargó su estilógrafo con una solución de estricnina‒ se puso a escribir El misterioso caso de Styles. Este texto también fue rechazado por seis diferentes editores. Agatha se olvidó del asunto y terminada la guerra mejor se dedicó a su matrimonio, a la vida color de rosa. El cuadro de la felicidad se completó el 5 de agosto de 1919, con el nacimiento de su primera y única hija: Rosalind Margaret Clarissa Christie.


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SUSPENSO

La niña vino al mundo con buena estrella, porque por los días en que la trajo la cigüeña, el editor John Lane se interesó en publicar El misterioso caso de Styles. Las condiciones para hacerlo eran que la autora volviera a escribir el último capítulo y que aceptara firmar un contrato muy leonino. Agatha consintió. Fue así como el detective Poirot salió a la luz pública, por primera ocasión, en octubre de 1920.

Hercule Poirot, detective HERCULE POIROT ERA un detective nacido en Bélgica y avecindado en Londres, de unos sesenta y pocos años de edad. Era más bien chaparrito y tenía una cabeza perfectamente oval, coronada con una cabellera obscura, envaselinada, que peinaba de raya en medio. Sus bigotes arriscados constituían una parte importante de su personalidad. Poirot se sabía inteligente, estaba orgulloso de sus “pequeñas células grises”. Vestía como dandy, disfrutaba la música de Bach y fumaba cigarrillos rusos. Lo obsesionaba el orden simétrico y tenía la manía de ajustar siempre su saldo bancario en 444 libras, 4 chelines y 4 peniques. En 1921, a los Christie se les presentó la oportunidad de darle la vuelta al mundo, para promover la Exposición del Imperio Británico. Así que después de encargar a Rosalind con su abuela, el 20 de enero de 1922 el matrimonio zarpó de Londres con rumbo a Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda, Tasmania, Hawái y Canadá, para finalmente regresar a Inglaterra, por la vía de Nueva York. Años después, la escritora de novelas detectivescas relató las intensas emociones que vivió en Sudáfrica y Hawái practicando el surfing. Cuesta trabajo imaginar a Agatha Christie en Waikiki, con su traje de baño esmeralda, de pie sobre una pesada tabla de madera, montada en la cresta de una bien formada novena ola y llegando a la playa sin perder la vertical. Aquí resulta tentador agregar un fondo musical de los Beach Boys ‒tal vez “Surfer Girl”‒ pero sin duda resultaría demasiado anacrónico.

Los Beresford y el espionaje EN 1922 SALIÓ A la venta la segunda novela de Agatha titulada El adversario secreto, donde

Su primera novela: Nieve sobre el desierto, buscó publicarla con el pseudónimo de Monosyllaba, pero fue rechazada por todos los editores que la leyeron. Un escritor amigo de la familia ‒Eden Phillpotts‒ le aseguró que tenía talento y la recomendó con un colega suyo, quien después de hacerle algunas observaciones le aconsejó que mejor intentara escribir una nueva novela.

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aparecieron por primera vez los jóvenes investigadores Tommy y Tuppence Beresford. Estos personajes aparecieron en 4 novelas y 16 cuentos. Un dato interesante es que fueron envejeciendo conforme pasaron los años. Los lectores los conocieron cuando ambos eran veinteañeros y solteros. Posteriormente se casaron, tuvieron gemelos y además adoptaron una niña. Trabajaban para MI6, el servicio de inteligencia británico. Su aventura postrera se fecha en 1973, cuando los Beresford ya eran abuelos de tres nietos. Se trata de La puerta del destino, la última novela que Agatha Christie escribió, cuando sus facultades ya estaban muy mermadas. Siendo una novela de Tommy y Tuppence, a nadie debe causar extrañeza que esté salpimentada con elementos de espionaje.

Infidelidad y desaparición AL RETOMAR LA línea del tiempo, se debe decir que 1926 fue complicado para la escritora. Durante la primavera su madre enfermó de bronquitis y murió. Agatha Christie no acababa de superar su duelo cuando, el viernes 3 de diciembre, Archibald le informó ‒sin más ni más‒ que estaba enamorado de Nancy Neele, una escultural secretaria de veintiséis años de edad, por lo que le pidió que arreglaran un divorcio. Dicho lo anterior, el coronel Archibald Christie empacó dos o tres mudas y se largó a Godalming, Surrey, para pasar el fin de semana con miss Neele. Ese mismo viernes, por la noche, Agatha le escribió una nota a su secretaria para que le cancelara todas las citas y le mandó una carta a la autoridad policial de Surrey, para avisarle que temía por su vida. Acto seguido se fue de casa en su auto, un Morris Cowley de color gris. Al día siguiente, un joven gitano encontró el auto abandonado a la orilla del camino, en un paraje cercano a Guildorf, en Surrey. El gitanillo dio aviso a la policía. Los agentes de la ley encontraron un fino abrigo de piel en el asiento trasero y una licencia de conducir a nombre de la escritora. A quien no encontraron fue a Agatha Christie y el principal sospechoso de la desaparición era Archibald Christie. La mediatización de la ausencia de la escritora adquirió proporciones nunca antes vistas. Bueno, con decir que hasta Sir Arthur Conan Doyle le llevó un guante de la fabuladora de crímenes a un médium de su confianza, para que por su intermediación los espíritus también la buscaran. Mientras tanto, en Harrogate ‒315 kilómetros al norte de Guildorf‒ en el Hotel Spa Hidropathic, una tal Theresa Neele, de Sudáfrica, tomaba el té a las 5 pm, jugaba billar, entonaba sentidas canciones románticas y bailaba el charleston con la soltura de una flapper de Carolina del Sur. Un miembro de la orquesta sospechó que mrs. Neele era Agatha Christie, pues se parecía demasiado a la escritora de novelas policíacas, cuyo rostro aparecía en los periódicos todos los días. El músico avisó a la policía, que de inmediato se dio a la tarea de investigar a la huésped sudafricana. La nueva se filtró a la prensa y el Hidropathic se llenó de reporteros. Ya no cabía duda, Theresa Neele era Agatha Christie. ¡La escritora se había registrado en el Hotel Spa desde el sábado 4, con el apellido de su rival de amores! El caso quedó cerrado y un par de años después, Agatha fue a la corte para tramitar la disolución de su matrimonio. Consumado el divorcio, la escritora, por razones profesionales, siguió man/ PASA A LA PÁGINA 10


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VIENE DE LA PÁGINA 9/ A 50 AÑOS...

teniendo su apellido de casada y en cuanto pudo se montó en el Expreso de Oriente, para trasladarse a Bagdad a rumiar su decepción. Volvió a hacerlo a principios de 1930. Durante su segunda visita a la ciudad de los caldeos, Agatha conoció al arqueólogo londinense Max Mallowan. Agatha y Max se enamoraron casi a primera vista y en abril de 1930, un mes después de haberse conocido, él le propuso matrimonio. Ella lo dudó porque aún estaba muy viva la herida del divorcio y porque Agatha era catorce años mayor que Max. Sin embargo, a final de cuentas consintió y se casaron en Edimburgo, el 11 de septiembre de ese mismo año. A partir de entonces, durante las siguientes tres décadas, Agatha estuvo casi siempre al lado de su marido, ayudándolo en las excavaciones arqueológicas. La siguiente cita es atribuida con frecuencia a Agatha Christie: “Un arqueólogo es el mejor marido que una mujer pueda tener; entre más vieja se hace ella, más le interesa a él.” Sin embargo, la verdad es que Max Mallowan fue quien la inventó en 1954, durante una entrevista que concedió a News Report. El arqueólogo ‒con buen sentido del humor‒ se la atribuyó a su esposa, pero la escritora siempre lo negó. En todo caso, la cita es memorable.

▲ Archibald (izq.) y Christie en 1922 durante la Exposición del Imperio Británico.

Ya que estamos en la numeralia, cabe señalar que Agatha escribió en cincuenta y seis años de carrera un total de 72 novelas, 153 cuentos, 17 obras de teatro y dos autobiografías. Sus libros han sido traducidos a 103 lenguas y hasta este momento la escritora ha vendido más de 2 millones de ejemplares de sus obras. Las cifras en sí mismas constituyen un reconocimiento, pero el hecho de que fuera designada miembro de la Real Sociedad de Literatura, que le fuera otorgado el grado de Doctora Honoris Causa en Letras por la Universidad de Exeter y que la Reina Isabel II la haya nombrado Comendadora de la Orden del Imperio Británico, en 1971, constituyen otros tantos reconocimientos de no menor cuantía.

Miss Marple, tejedora e investigadora EL AÑO EN que Agatha conoció a Max y se casó con él, fue también el año en que se publicó Muerte en la vicaría, que es la primera novela donde aparece Miss Marple, una solterona de entre sesenta y cinco y setenta años de edad, alta y delgada, de cabeza blanca, piel sonrosada y ojos azules, que vive en un pueblecito a 25 millas de Londres. Miss Marple es una gran tejedora y en muchas ocasiones resuelve sus casos entre dos reveses y un derecho. También gusta de mirar con sus binoculares a los pájaros y a la gente del pueblo. Porque lo verdaderamente suyo es el chisme, el piensa mal y acertarás, la convicción de que “la gente es igual en todas partes”. En 1939 estalló la segunda guerra mundial. Este hecho determinó que en 1940 Agatha entrara a trabajar en el dispensario farmacológico del University College Hospital, de Londres. Por su parte, Max Mallowan se incorporó al Ministerio del Aire. Por esas fechas, Graham Greene ‒el mismísimo autor de El poder y la gloria, que trabajaba en MI6‒ se comunicó con Agatha, para conminarla a escribir propaganda a favor de la resistencia inglesa. La Christie declinó la invitación, pero inmersa en el War Effort se puso a escribir una nueva novela de Tommy y Tuppence, a la cual tituló N or M?, que es conocida en español como El misterio de Sans Souci. En esta obra, la pareja de investigadores ingleses ‒ya cuarentones‒ se enfrenta a unos espías nazis que, desde la clandestinidad, intentan socavar la férrea resistencia del Reino Unido. Al respecto, es interesante reportar que entre 1941 y 1942, MI5 investigó a Agatha porque uno de los personajes de la novela era el mayor Bletchley, lo cual le parecía muy sospechoso a la agencia de inteligencia. De hecho, presumían que la autora podía tener un informante en Bletchley Park, o sea, en el mismísimo centro de desciframiento secreto de Inglaterra. Sobra señalar que tras la investigación Agatha quedó libre de toda sospecha.

Una hora de oscuridad y duelo

Agatha Christie, la romperrécords CHRISTIE TAMBIÉN triunfó en el terreno de la dramaturgia. La ratonera ‒obra de su autoría que se estrenó en el West End de Londres, el 25 de noviembre de 1952‒ ha roto todos los récords teatrales habidos y por haber, a saber: ha tenido más de 30 mil representaciones, en las cuales han participado más de 460 actores y la han visto más de 10 millones de espectadores. Por cierto, cuando Agatha registró dicha obra, le cedió todos los derechos a su nieto Mathew Prichard, de nueve años de edad, en ocasión de su cumpleaños. Sobra apuntar que, al tiempo, Mathew se hizo millonario gracias a las regalías de La ratonera.

A PARTIR DE ESE momento su vida empezó a eclipsarse. El 16 de junio de 1971, Agatha Christie se fracturó la cadera. Su recuperación fue relativamente rápida, a pesar de sus ochenta años de edad. Luego, en octubre de 1974, sufrió un ataque al corazón, del cual también se sobrepuso. Posteriormente, en diciembre de ese mismo año se desfiguró el rostro al estrellarse contra una ventana. Al año siguiente, sus editores la convencieron de que publicara Telón, la última novela de Hercule Poirot, que había sido escrita durante la segunda guerra mundial y cuyo manuscrito seguía resguardado en una caja de seguridad bancaria. Cuando apareció la novela donde muere el detective de los bigotes arriscados, The New York Times publicó su obituario, en la primera plana de la edición del 6 de agosto, El titular decía: Hercule Poirot is Dead. El texto informaba que hacia el final de su vida el detective estaba artrítico, con problemas cardíacos y confinado a una silla de ruedas. Asimismo, asentaba que ya usaba una peluca y bigotes postizos para disimular los signos de la edad que ofendían su vanidad. Meses después, la escritora fue al encuentro de su detective. Dame Agatha Mary Clarissa Christie Mallowan murió en la paz de su hogar la tarde del 12 de enero de 1976, a los ochenta y cinco años de edad. Al caer la noche, todos los teatros del West End de Londres apagaron una hora sus marquesinas, en señal de duelo ●


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NANCY CÁRDENAS: EL HUMOR Y LA IRONÍA DE LO COTIDIANO Antiguas lesbianas de este valle, poesía reunida, Nancy Cárdenas, edición crítica de Elena Madrigal, El Colegio de México, México, 2024.

▲ Nancy Cárdenas. Foto tomada de: https://www.gob.mx/cultura/articulos/nancy-cardenas-guerrilleradisfrazada-de-artista.

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oy, por fin, la obra poética de Nancy Cárdenas vuelve a nuestras manos, reunida en Antiguas lesbianas de este valle: poesía reunida, libro editado por El Colegio de México y acompañado de un estudio introductorio de la autora Elena Madrigal. El mérito de Antiguas lesbianas de este valle es doble. Por un lado, recupera la obra poética de Nancy Cárdenas, y por el otro, Elena Madrigal nos ofrece un minucioso comentario crítico en siete partes que enmarca con maestría la relevancia literaria y sociocultural de las letras de esta autora y activista fundacional de los derechos LGBT+ en México. El volumen, sólo posible por el esfuerzo de investigación y archivo de Madrigal, recoge los poemarios de la poeta publicados en vida, así como una gran cantidad de poemas publicados de forma dispersa en periódicos y revistas. Este libro es una puerta que por décadas permaneció oculta detrás de una fina tela de injusto abandono. Un abandono por parte de las instituciones, de la prensa, de los editores, de los lectores e, incluso, de los poetas. Con amor ‒porque sólo el amor nos salva‒, con profundo amor, Madrigal corre esa cortinilla para mostrarnos el mundo afectivo, directo, combativo e irónico de la poesía de Nancy Cárdenas: “‒Quiero que quede muy claro,/ señor Juez,/ su delito no es bailar el cha cha cha,/ sino el no haberlo bailado conmigo.” El trabajo poético de Nancy Cárdenas es, además, un contrapunto importante a la poesía mexicana de su generación. Sus poemas se caracterizan por su dominio de la ironía, por su frontalidad y por su formato breve. Carlos Monsiváis ‒ nos señala Elena Madrigal en su estudio‒ atribuía la poética de Cárdenas a la influencia de Efraín Huerta y de Salvador Novo. Sin embargo, también podríamos vincular su trabajo, por su tono

desenfadado, testimonial y directo, con poetas de otras latitudes. Pienso particularmente en el estadunidense Frank O’Hara y sus poemas del almuerzo por la manera en que Nancy Cárdenas consigue articular el acontecer cotidiano y dibujar con el humor que sería natural en una charla de café o en una fiesta. Cárdenas, como muchas figuras del mundo cultural mexicano de su época, fue profundamente marcada por el Movimiento Estudiantil del ’68. Dan cuenta de ello los tres poemas con los que cierra su plaquette, Vuelo acordado, así como una carta póstuma escrita a Juan Rulfo: “48 horas después de la balacera ya andábamos de nuevo en las redacciones [...] contestándoles las balas con palabras para que los demás supieran lo que había pasado. A Beatriz Bueno, a García Ponce, a Héctor Valdés y a mí nos detuvieron el día 4 a la puerta del Excélsior; a mí con una .45 bien pegada al corazón.” Ante todo, la poesía reunida de Cárdenas es ahora un libro imprescindible, una referencia obligada para comprender la diversidad poética del México vigesimónico. Se trata de un libro que consigue dinamitar el canon y que nos invita a reconstruir nuestra memoria literaria. Finalmente, los lectores volvemos a encontrar a Nancy Cárdenas gracias a Elena Madrigal y al titánico esfuerzo académico, de investigación y editorial que logra saldar parcialmente una deuda que todos teníamos. Lo que queda pendiente es el justo homenaje que merece una obra de esta magnitud, y no hay mayor homenaje para cualquier escritor que leerlo, compartir su obra, y permitirnos maravillar por su ternura, por su acidez y por su valentía, pero sobre todo por haber estado a la altura de su época, cuando comenzaba la lucha por nuestra dignidad ●


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12 11 de enero de 2026 // Número 1610

Qué leer/ El Mago, John Fowles, traducción de Enrique Murillo, Anagrama, España, 2025.

Kiosco y los rincones de ese habitáculo rezuman hondos secretos, insatisfacciones y melancolías. Por si fuera poco, en la mente y en la percepción de algunos de sus habitantes parece merodear la sombra de un ente metafísico que los inquieta y llena de temor. Hay un misterio, sin duda, que crece bajo el cobijo de la noche, la bruma y los espacios laberínticos de ese caserón colonial. La historia se desarrolla a principios del siglo XX –la referencia del movimiento obrero de Río Blanco constata el tiempo diegético–, en una ciudad cuyo nombre no se menciona.

El regreso a casa, LOS EDITORES describen que El Mago es la novela central –su redacción definitiva se extiende a lo largo de veinte años– de John Fowles, uno de los más singulares novelistas ingleses; un escritor muy preocupado por los grandes temas filosóficos e intelectuales de nuestro tiempo, y que es a la par un extraordinario fabulador que arrastra irresistiblemente al lector. Fowles escribió: “Nací en 1927, hijo único de unos padres de clase media, ambos ingleses, nacidos bajo la grotescamente alargada sombra, que nunca pudieron abandonar al no ser capaces de elevarse lo suficiente por encima de la historia, de esa monstruosa enana que fue la reina Victoria. Me mandaron a un colegio privado, malogré dos años cumpliendo mi servicio militar, fui a Oxford; y allí empecé a descubrir que no era la persona que quería ser.”

Las visitaciones del diablo, Emilio Carballido, prólogo de Adán Ramírez Serret, Editorial Universidad Veracruzana, México, 2025. EN UNA CIUDAD colmada de niebla y humedad se ubica la casa de los Estrella, una familia a la que la apariencia, el qué dirán y las convenciones importan más que sus deseos vitales. Las paredes

Pat Barker, traducción de Victoria León, Siruela, España, 2025.

TRAS DIEZ SANGRIENTOS años, la guerra ha terminado. Troya es sólo un montón de ruinas humeantes, y los victoriosos griegos llenan sus barcos con los frutos del saqueo. Entre ellos, las mujeres capturadas, como la profetisa Casandra –concubina del rey Agamenón y asediada por funestas visiones– y su doncella Ritsa. Mientras, la reina Clitemnestra, esposa de Agamenón, espera en Micenas el regreso de la flota. Con el corazón destrozado por la decisión de su marido de sacrificar a los dioses a su hija Ifigenia, ha pasado una larga década tramando su venganza. La única certeza es que el anhelado regreso a casa cambiará para siempre el destino de todos.

13:00 a las 20:00 horas y sábados y domingos de las 11:00 a las 20:00 horas. EL MUNDO DE los sueños es una experiencia en la que la tecnología y la música se entrelazan para adentrarnos en el fascinante mundo onírico. Combinando lo mejor del arte visual y la fantasía, se trata de un recorrido de una hora que logra estallar múltiples emociones. Es una exposición casi surrealista.

Siete veces adiós. Dramaturgia de Alan Estrada, Jannette Chao, Vince Miranda y Salvador Suárez. Dirección de Alan Estrada. Con Natalia Solían, Michelle Rodríguez, Chris Pazcal, Armando Hernández, Cess Enríquez y Rubén Branc. Teatro Ramiro Jiménez (División del Norte 254, Ciudad de México). Viernes a las 21:00 horas, sábados a las 17:00 y 20:30 horas y domingos a las 17:00 horas. Hasta el 12 de febrero. LA HISTORIA ES contada por L’amore, una personificación del amor que nos representa a todos, y narra nuestra historia haciendo la conexión entre la historia de amor y los músicos, que se inspiran en esta pareja para crear sus canciones. El texto emplea recursos que funcionan hábilmente para condensar los siete años de relación de la pareja. Las escenas son cortas y fluyen gracias a los diálogos directos, coloquiales y alejados de las convenciones que marca el género del melodrama ●

Dónde ir/ El mundo de los sueños. Curaduría del equipo del museo. Museo El mundo de los sueños. Plaza Metrópoli Patriotismo (Patriotismo 229, Ciudad de México). Lunes a viernes de las

En nuestro próximo número

SEMANAL SUPLEMENTO CULTURAL DE LA JORNADA

VENEZUELA

HISTORIA, SOBERANÍA Y LITERATURA


Arte y pensamiento

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Artes visuales / Germaine Gómez Haro germainegh@casalamm.com.mx

Las esencias y evanescencias de Lilia Carrillo

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ay pintura que habla desde el silencio, que susurra en voz baja y cautiva con guiños velados, que atrapan la mirada del espectador acucioso con detalles inasibles que revelan una cadencia a un tiempo intensa y pausada, al compás del flujo interior del inconsciente. Pintura que sugiere, evoca y convoca… Pintura de intensidades y misterios ocultos que escapan a la razón en aras de libres interpretaciones. Así se palpa la obra de Lilia Carrillo (CDMX 1930-1974) reunida a través de un centenar de piezas entre pintura, dibujo, ilustraciones, litografías y diseño de vestuario y escenografía, en la magnífica exposición Lilia Carrillo. Todo es sugerente que se presenta en el Museo del Palacio de Bellas Artes. Esta muestra antológica, la más importante que se ha realizado a la fecha, salda una cuenta pendiente con una de las artistas más destacadas del siglo XX en nuestro país, cuya obra quedó un tanto relegada tras su muerte prematura a los cuarenta y tres años de edad, a pesar de haber contado en su momento con merecido reconocimiento, éxito comercial y fortuna crítica. Tuve el privilegio de hacer el recorrido de la muestra en compañía del curador y director del Museo, Daniel Garza Usabiaga, quien subraya que “un objetivo importante de los museos es hacer estas recapitulaciones del trabajo de los artistas y también, en la medida de lo posible, posicionar su

arte a nivel global, con el fin de que se revalore en un sentido patrimonial completo”. Esta magna exhibición, resultado de más de seis años de investigación del curador, cumple cabalmente con este propósito, toda vez que el catálogo que acompaña la muestra cuenta con importantes ensayos y una traducción al inglés que contribuirá también a la difusión en el extranjero, pues se contemplan próximas exposiciones en el Americas Society en Nueva York y en el Fine Arts Museum de Houston. El grupo de obras que constituye el núcleo inicial de la exhibición ofrece una vista panorámica fundamental para entender el proceso creativo de la artista, desde sus primeras obras de juventud, su paso por la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, así como la impronta de su estancia en París entre 1953-1956, cuando viajó con su primer marido, Francisco Guerra, y donde conoció a Manuel Felguérez, con quien se casó en 1960 y compartió su vida creativa hasta el final de sus días. A decir de Garza Usabiaga, “Felguérez sostenía que, en gran parte, él aprendió mucho con Lilia. Es interesante que en estas relaciones de parejas de artistas generalmente se dice que es el hombre quien aporta algo a la mujer, y en este caso fue a la inversa, pues Manuel siempre reconoció que fue a través de Lilia que comenzó a pintar”.

▲ 1. Detrás del muro, 1968. 2. La ciudad desbordada, contaminación del aire, 1969. 3. Sin título, 1974.

Además de mostrar el proceso creativo de la artista, que transitó con pasos tímidos y cautelosos de la figuración a la abstracción, la exhibición da cuenta de un capítulo fundamental de la historia del arte mexicano de la segunda mitad del siglo pasado, que fue la efervescencia cultural que impulsaron los artistas que formaron parte de la llamada generación de la Ruptura, a la que perteneció Carrillo. A través de fotografías de la fabulosa Kati Horna vemos escenas de las obras del teatro de vanguardia de Alejandro Jodorowsky en las que destacó su diseño de escenografías y vestuario; su participación en el controvertido Salón Esso (1965), donde obtuvo el segundo lugar, y en la acción del Mural efímero en Ciudad Universitaria (1968). Fue la única mujer invitada a formar parte en el famoso proyecto de los murales de Osaka 70 de Fernando Gamboa, con su obra monumental La ciudad desbordada, contaminación del aire, un compendio de todo su trabajo anterior que se puede disfrutar en esta muestra. Asimismo, el curador hace hincapié en la relevancia del interés de la artista por abordar temas de actualidad social y política, presentes entre líneas en su sugerente pintura de esencias y evanescencias ●


LA JORNADA SEMANAL

14 11 de enero de 2026 // Número 1610

Arte y pensamiento Tomar la palabra/ Agustín Ramos

Si vienen por ti… Pues si viene por ti en la mañana, vendrán por nosotros en la noche James Baldwin, en Carta a Ángela Davis.

Biblioteca fantasma/ Evelina Gil

Una palabra para liberarme LA POESÍA, CONVENCIDA estoy, es un milagro. Y no me refiero concretamente al don de algunos, realmente pocos, para dar sentido a las palabras y, además, malabarear con ellas sin dejar de lado expresividad y coherencia. Hablo, sobre todo, de la epifanía de recibir el poema o colección de poemas cuando más los necesitas; cuando dialogan con tu propio dolor, aunque éste sea de otra naturaleza. Que, de alguna manera, te encuentran para recordarte que no estás sola/o. No hay plegarias para los descabezados, de Verónica Ortiz Lawrenz (Fondo de Cultura Económica, México, 2025) llegó a mis manos mucho tiempo antes de que, en verdad, me encontrara. Esperaba a un lado de mi cama, acaso a algún evento penoso en mi vida que me llevara a tomar un poemario con un título lleno de oscuridad y desesperanza. Detrás de estos poemas carentes de artificio pero colmados de certezas, se agazapa la historia de un accidente que pudo costarle la vida a su autora, reconocida periodista y narradora, y, en cambio, le ha brindado una experiencia inenarrable que sólo encuentra cauce a través de la poesía. Un poco como aquellos que, tras un fuerte golpe en la cabeza, regresan de su letargo hablando un idioma extranjero. Nombrar el dolor es fácil. Lo casi imposible es transmitirlo, hacérnoslo sentir hasta atravesarnos. Hacer esquirlas espejeantes de empatía. Ortiz Lawrenz lo logra sin alardes, sólo ‒tengo la impresión‒ permitiendo que su cuerpo halle una vía expresiva: “Tornillos para fijar mi cabeza,/ no camina, no se mueve./ Sin embargo,/ cuántos pensamientos” (“No se mueve”). Parafraseando a T. S. Eliot, a quien Ortiz evoca en el epígrafe “nuestras vidas son en su mayoría una evasión constante de nosotros mismos”, lo cual es una poética (¿aparente?) paradoja de la situación expuesta en la primera parte. La poeta no puede huir de sí misma, como no sea a través de la imaginación y la intrínseca belleza de las palabras. Ante la naturaleza de las fracturas y de su vulnerable con-

dición de cuerpo abierto a la constante exploración de médicos que refieren a ese mismo cuerpo como si careciera de sexo y de alma, fue imposible no evocar dos novelas de la uruguaya Armonía Somers: La mujer desnuda, sobre una mujer que se autodecapita y deambula desnuda, liberada del inmenso peso de las ideas y los miedos, y Sólo los elefantes encuentran mandrágora, surgida de una experiencia personal, cuando una rara enfermedad la obliga a una larga estancia en un hospital, narrada, no obstante, en el mismo sentido surrealista y/o de sueño lúcido de la anterior. Verónica Ortiz vive en carne propia esa anomalía, esa desconexión… ese bordeo con la deshumanización: “Un casco detiene mi cabeza./ Ellos cortan y atornillan./ Nadie vive para contarlo, dicen.” La postración, además, la hace replantearse la existencia de Dios, sufrir un jaleo espiritual que es como una pelea contra ella misma pero también contra Él, que también parece haberla abandonado en el instante crítico. Luego viene la sobrevivencia con sus secuelas y cicatrices, aunque en la segunda parte, sorpresivamente, esas huellas son erotizadas con un tono de insólita melancolía que, en gran medida, replica al del dolor, “tus dedos hablan por mi cuerpo lesionado/ Responde toda mi piel”, la llamada Gran Zona Erógena asume el protagonismo. El órgano más extenso del cuerpo hace de su aparente sumisión un acto liberador, aunque suene paradójico. El erotismo callado y tierno se incorpora a los sutiles actos que componen una nueva cotidianidad de pequeñas píldoras y vasos de agua que demandan horarios estrictos, postración y cuidados por parte de una persona, aquí nombrada como Alba, que amerita preciosas palabras de gratitud. Hacia el final, Verónica María Ortiz Lawrenz decreta haber regresado de la muerte, no enteramente ella, acaso parcialmente despojada, pero triunfal entre libros, ideas, “y un epitafio por redactar”, “Cuántas veces he muerto/ ninguna como ahora.” ●

1. Avisos parroquiales. Trump convocó a la prensa para presumir su agresión militar a Venezuela. No quería explicar ni justificarse, no. Sólo quería decir lo que hizo y lo que hará. Lo que hizo, todos lo saben. Día y medio después de que el presidente Nicolás Maduro declarara en entrevista su total disposición a la amistad con EU, a acordar con el gobierno de ese país el combate conjunto al narcotráfico y a propiciar más inversiones petroleras, fuerzas castrenses de élite lo sacaron con violencia de Caracas para llevarlo, junto con su esposa, a suelo estadunidense. En la rueda de prensa, Trump y su equipo de implicados directos hablaron del “espectacular asalto nunca visto desde la segunda guerra mundial” y, por supuesto, del petróleo venezolano. Significativamente, en la catarata de autoelogios, Trump pronunció más de veinte veces la palabra “petróleo” y ni una sola vez la palabra “democracia”. Tampoco dijo nada de las decenas de civiles asesinados ni del medio centenar de muertes de los guardias de Maduro, registradas durante su “extraordinaria, resonante, impresionante, increíble, operación”. Y, en cuanto a los anuncios de lo que hará, sobresalen el de hacer dinero con el petróleo de Venezuela y gobernarla hasta posibilitar “una transición segura y sensata”. Dada la “forma de comunicar del presidente Trump”, sabrá Dios qué quiso decir con “gobernar Venezuela”. Pero nadie medianamente informado ignora la situación actual de este país, acosado por un despliegue bélico que derivó en la fulminación de lanchas pesqueras y que escaló a la invasión en la madrugada del 3 de enero. Aun con la asfixia, recrudecida a partir de 2017 en la primera administración de Trump y sus consecuentes afectaciones a servicios públicos de salud, electricidad, agua y comida; aun con pérdidas porcentuales de ingresos en 213 por ciento del PIB, inflación de 344 por ciento y disminución del 73 por ciento en importación de alimentos y medicinas, para 2025 Venezuela alcanzó noventa por ciento en autosuficiencia alimentaria, su tasa de desempleo fue menor a la del promedio en América Latina y su Producto Interno Bruto creció entre 8 y casi 10 por ciento. 2. Del dicho al hecho. Ese mismo 3 de enero, en conferencia telefónica con Fox News, Trump dijo que “algo habrá que hacer con México”; pues, según él, Claudia Sheinbaum “no gobierna México, los cárteles son quienes lo controlan”. Con excepción de un golpe dado que ni Dios quita, nada supera la contundencia de su dicho. Primero, construye un fantasma ‒socialismo, narcotráfico, narcoterrorismo‒, después saquea, si no por amor, por la fuerza, a países soberanos. En respuesta, la Presidenta de México reiteró que la comunicación con el gobierno de EU es fluida, de buen entendimiento y de coordinación sin subordinación. Pero el aviso trumpiano no tiene vuelta de hoja. Dos dichos vienen aquí al caso. Uno, quien avisa no traiciona. Otro, el golpe avisa. Trump le mide el agua a los camotes, luego anticipa la traición o pega sin aviso o anuncia golpeando. Su alevosía desenmascara la complicidad de los opositores parlamentarios y empresariales de México, que propagan y troquelan en mentes ignorantes o resentidas la cantaleta de que el gobierno mexicano es narcoterrorista y autoritario… Más que con cargos criminales, será con el peso de estos adjetivos que Maduro comparecerá ante la justicia estadunidense. Y que la República Bolivariana se las arregle luego como pueda con la desestabilización y ‒en caso de sentirlo viable y necesario‒ con el golpe de Estado. Estamos sobre aviso y no nos queda más que prepararnos ●


Arte y pensamiento

LA JORNADA SEMANAL 11 de enero de 2026 // Número 1610

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▲ Fotografía: Mariano Aparicio.

Bemol sostenido/ Alonso Arreola @escribajista

Músicos de a pie… MÚSICOS DE A pie, un viaje fotográfico por la música popular mexicana, es un gran libro en el doble sentido de la palabra. Tiene el formato de 31x31 cm, lo que permite auscultar imágenes a detalle, así como leer a gusto un contenido literario que provoca reflexiones trascendentes en tiempos de alta tecnología (y mayor insensibilidad). En el centro de su estructura está el trabajo arduo del fotógrafo Mariano Aparicio. El andamiaje editorial es de la Fundación Cultural Konsulta y la editorial de la Universidad de Guadalajara. Tras su espíritu, por supuesto, sopla el entusiasmo de la compositora, locutora y productora Sara Valenzuela, inigualable cuando se trata de reunir manada. Fue por ella que terminamos involucrados, no sólo prestando pluma a uno de los retratos, sino presentando el objeto entero durante la pasada FIL de Guadalajara. Dicho ello y con autorización de los involucrados, nos permitimos compartirle esta, una de sus muchas y valiosas piezas fotográficas (tan silentes como sonorosas). Se trata de Coco, la mujer que elegimos o, mejor dicho, que nos tocó asomándose desde el otro lado de la cámara y del tiempo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

Coco PREGUNTAMOS POR SU nombre. Por su apellido. Por la tierra que pisó mientras se entregaba a la fotografía. Nos respondieron. Pronunciamos esas palabras antes de comenzar a escribir. Pedimos permiso derribando templos de arena, singlando una distancia imposible. A cambio recibimos el grave trazo de un bolero. Lo entendemos: la imagen se ha ido despojando de ataduras. Su elevación ocurre, inevitable, tras dejar el lastre con que gravitan los afectos. La mujer que aquí se muestra ha perdido piso. Flota. Se ha hecho etérea. Aunque en la historia de una vida su nombre resulte fundamental y justo, hoy trasciende el solo instante en que decidió posar para la cámara. Peinándose frente al espejo de su alcoba, juzgando el corte de la blusa, comenzó el click, la reacción del obturador que fundió al cuerpo con el instrumento, motivo de orgullo y gratitud. Sí. Imaginamos que el día estaba medio nublado. Que unos hijos le recomendaron no ir. Que la voz de un marido cómplice, desaparecido, la impulsaba desde el abismo. Que una nieta se ofreció para caminar con ella, pues entendía las virutas del adiós. Nos imaginamos, también, que el tololoche pesaba más de lo recordado. Que yendo al emplazamiento de Aparicio volvió a las noches de cantina y fiesta, cuando acompañaba a su padre, guitarrista y fuente de un cancionero interminable. O a los domingos con la orquesta, alineada en la sección de fondo, presta al corte de su arco. Suponemos que luego de obtener el gafete que aquí se oculta, de hacer fila y saludar a colegas variopintos, tocó su turno y con él algunas notas que asombraron al silencio. Finalmente dejaba una huella que no se perdería en el aire. ¿Para ser recordada? No lo creemos. Quienes tañen profundo saben navegar en el olvido. Su intención era sonar en la mirada de quien breve y respetuosamente enaltece el oficio de los dioses. Eso imaginamos hoy, con su eco en las pupilas, deseando que le haya ido bien tras caminar los años de regreso a casa. Su impronta en el papel, mientras tanto, quedará resguardada en las manos de quien cierre el círculo, una y otra vez, reverberando con este libro. Y sí. Preguntamos por su nombre. Por su apellido. Nos dieron respuesta, ayuda y socorro. La invocamos al terminar de escribir. ●

▲ Concepto de la imagen: Rosario Mateo, generado con IA.

Cinexcusas/ Luis Tovar @luistovars

¿Y dónde está el guionista? UNA DE LAS cantinelas que más frecuentemente se oyen en el medio cinematográfico mexicano dice que “no hay guionistas”. Es obvio que se trata de una generalización, injusta como todas, y que con ella más bien quiere decirse que no hay buenos guionistas, lo cual es otra generalización, basada sobre todo en una postura igual de prejuiciosa, consistente en actuar como si no hubiera ni una sola persona que se dedique profesionalmente sólo a escribir guiones, a la cual productores y directores puedan acudir en búsqueda de esas historias “que conecten” con el público y que además estén lo suficientemente bien escritas como para ser el punto de partida de una producción. Lo que tenemos, de manera casi absoluta, son directores que al mismo tiempo la hacen de guionistas, pero no por gusto ni por oficio, sino por necesidad: tengo una historia que contar, la quiero dirigir, y ya que es mía y seré yo quien la lleve a la pantalla, ¿quién mejor que yo para escribirla? De esa manera, el círculo del prejuicio se cierra sobre sí mismo y, particularmente en filmes susceptibles de ser considerados “de autor”, es decir, de los que ni éste ni nadie más espera ya no digamos el éxito comercial sino ni siquiera la recuperación de lo invertido, salvo rarísimas excepciones de entrada es impensable la posibilidad de que alguien probablemente mejor preparado que el realizador le meta mano a la historia por contar. El resultado es previsible: la película “de autor” será paseada en festivales cinematográficos donde podrá o no ganar uno o más premios, si corre con suerte –a diferencia de muchas otras que jamás van a salir de su empaque– será exhibida en un puñado de salas, no necesariamente comerciales, y acto seguido pasará a engrosar la muy nutrida lista de olvidos y olvidables en la cual consiste el grueso de la cinematografía nacional. Por otro lado están los filmes financiados mayoritaria o totalmente por una productora privada, con los cuales lo que suele ocurrir se ubica en las antípodas: llega un director con la historia que quiere filmar, la

presenta, convence a la productora de que ahí hay algo, es financiado… pero también suele suceder que, ya en el proceso, la empresa ordene tantos cambios –pequeños, enormes, los que hagan falta– determinados por la intención de que el filme sea “exitoso” pero, ojo, no concebidos por un guionista sino por uno o más productores, que la mayoría de las veces, y sin que por supuesto haya garantías del éxito buscado, el guión original no sólo queda irreconocible para su autor original sino que, aún más triste, se parece muchísimo a cualquier otra cosa filmada con anterioridad, estandarizando de ese modo lo que se cuenta y el modo en que se hace. El resultado de todo lo anterior es bien conocido: sobreabundan las películas intimistas, personales, casi clandestinas, tanto como las de fórmula, previsibles y acartonadas, tan parecidas unas a otras que resultan irreconocibles. El denominador común es que ni unas ni otras logran desplazar de los espacios de exhibición al cine visto predominantemente, ya se sabe cuál. La intención de apartarse del formato y las temáticas comerciales conlleva, y a sabiendas, un grado mayor o menor de ostracismo; por su lado, la intención de competirle al cine de palomitas copiándolo tan eficientemente como sea posible, a su vez conlleva la conciencia de que la imitación siempre estará a la zaga del original. ¿Dónde queda el guionismo en este panorama? Es decir, no el practicado por un realizador que sólo sabe acudir a sí mismo, consciente o inconscientemente dando por hecho que escribir un guión y dirigirlo son actos inseparables. No es verdad, como quiere creer el prejuicio, que no haya guionistas; salvo un escasísimo puñado, lo que hay es la tendencia a ignorarlos, al grado de que acerca de ellos se desconoce prácticamente todo: dónde estudiaron, dónde trabajan, de qué viven o si, como sucede con tantos otros oficios, el guionista tiene que trabajar en otra cosa y sólo en sus ratos libres le da a la escribida ●


LA JORNADA SEMANAL

16 11 de enero de 2026 // Número 1610

José María Espinasa

El mejor método para escoger una lectura Este texto trata de responder a las preguntas ¿cómo se lee?, ¿cómo se escogen hoy las lecturas? y, rehuyendo de la función de la publicidad y los algoritmos, cuenta cómo llegó a sus manos La lengua de Adán, del Abdelfattah Kilito, con la esperanza de que también llegue las nuestras.

S

e suele decir que lo mejor es el encuentro fortuito, al capricho del azar, pero sabemos que no es del todo cierto. Los caminos cambian según la época. En un tiempo lo fueron las reseñas en revistas y suplementos, en otro las mesas de novedades y ahora, según me comentan mis alumnos nativos digitales, las recomendaciones de amigos en las redes, equivalente del ancestral y siempre efectivo boca a boca. ¿Ha oído usted hablar de Abdelfattah Kilito? Supongo que no. Yo tampoco hasta hace algunas semanas que Francisco Segovia me preguntó si lo había leído. A la sonrisa que disimulaba mi ignorancia, él agrego sonriendo, “como kilo, pero chiquito” y me prestó La lengua de Adán. Para mi una revelación y una sorpresa: toca temas muy abstrusos con enorme gracia y sencillez sin perder profundidad, aunque a veces parezcan bizantinos: el mito, la lengua, la traducción. Son tópicos muy presentes en otros autores con un alto grado de abstracción, presentados aquí con la sencillez de un relato. Por ejemplo, ¿qué lengua hablaba Adán en el paraíso? No es novedoso escribir ensayos como cuentos ni a la inversa, pero lo hace con tanta gracia que rápidamente quise leer otros libros del autor y en la red vi que Turner le publicó La curiosidad prohibida (Leyendo Las mil y una noches). Como se ve, su nombre y sus temas no ocultan su origen árabe: nació en Rabat, Marruecos, en 1945, y es una de las figuras de la actual literatura de esa zona cultural. En Francia es bastante conocido, lo es menos en inglés y muy poco en español. No me voy a ocupar sino tangencialmente de él y lo tomo de pretexto para un asunto que aparece y reaparece en mis colaboraciones en este suplemento: ¿Cómo se lee? ¿Cómo se escogen hoy las lecturas? No, desde luego, en función de la publicidad apoyada en algoritmos. Y eso es, también, de manera más profunda tema para Kilito. En esta época en que la revistas en papel son pocas y ya no cumplen la función que tuvieron hace cincuenta años, y las mesas de novedades en las librerías están marcadas por la moda y los intereses económicos, autores como éste tienen algo de secreto. Pero el boca a boca, el bit a bit, sigue funcionado. Eso fue lo que hizo Segovia recomendándome leer a Kilito. No creo que hubiera llegado a él por otros caminos.

Leo a pocos escritores árabes, recientemente lo he hecho con Adonis, sé que es una limitación. Aunque el poeta libanés se ha puesto en cierta manera de moda, su lectura sigue siendo, como dice Rosa Chacel de toda lectura, un secreto, no un secreto a voces, pero sí uno que queremos compartir, o más aún provocar, como un contagio, crear una cadena de trasmisión del secreto, un rio subterráneo, una paradoja, una moda secreta. Los lectores digitales podrán buscar los libros de Kilito en la red, yo sigo prefiriendo el papel y fui a buscar La curiosidad prohibida. No estaba en ninguna de las librerías que visité ‒Gandhi, Sótano, Péndulo‒ pero en esta última había otro, El caballo de Nietzsche (Losada). Desde luego no en la mesa de novedades y más bien al fondo del almacén porque tardaron en traerlo, delgado volumen que no llega a las 150 páginas y que cuesta casi 500 pesos. Lo dudé, pero acabé comprándolo. Esta vez el título sí habría despertado interés por si mismo sin saber más cosas sobre el autor, pero de ser estricto tiene poco que ver con su contenido, el autor de La gaya ciencia apenas aparece en un par de páginas. Se trata de un curioso ejercicio de memoria ficcionalizada y de ficción memoriosa. Cuenta los orígenes de su/una vocación de escritura a partir de la importancia de la copia de textos como aprendizaje, equivalente físico de memorizar. Pero si el libro no menciona casi a Nietzsche no me sentí decepcionado. Lo personal aquí sirve para crear una extraña incertidumbre en lo que ocurre, lo que se relata tiene una condición ‒o diríamos, con la física‒, un principio de incertidumbre en el cual quiero ver un antídoto contra las religiones teocráticas, proclives al dogmatismo. Con esto quiero señalar que Kilito es un escritor de su tiempo, ese marcado por el regreso del fascismo en Estados Unidos, Argentina y, desde luego y en primer lugar Israel, que ha sumido a Palestina en un infierno. Pero es de su tiempo porque sutilmente se sitúa contra él. A la vez su ritmo de lectura no tiene para nada la aceleración característica de nuestra época, sino una actitud de serenidad casi ascética. Eso vuelve su literatura algo familiar, como si conversara con el lector y esperara a escuchar sus respuestas. Así, preguntarnos qué lengua hablaba Adán en el paraíso es asomarnos a un abismo. Supongo que Trump diría que hablaba inglés, porque no puede concebir nada sino desde sí mismo y su autosatisfacción. ¿Cuál es el matiz que aporta el escritor a Occidente? Bueno, yo pienso que el preguntarse sobre la lengua concreta de ese paraíso y no preguntarse de manera más abstracta ‒más occidental‒ si en el paraíso Adán hablaba. Si ciertas reflexiones transforman la maldición de Babel en una bendición, es tal vez porque en el paraíso no se necesitaba el habla, el silencio lo decía todo y la hacía innecesaria. ¿Cómo escoges, lector, lo que lees? Ojalá le hicieras caso, como yo, al consejo de Francisco Segovia y busques textos de Kilito. No te será fácil encontrarlos, pero eso lo vuelve más emocionante ●


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