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La manera de mirar de la pintora Lilia Carrillo José María Espinasa
Anécdotas: Vida de Jesús, el libro proscrito Beatriz Gutiérrez Müller
No pretendemos revelar un secreto ni anunciar ningún hallazgo al decir que la literatura italiana sobreabunda en obras y autores esenciales para las letras universales de todos los tiempos; tampoco busca la presente entrega, con dos de los incluidos aquí, dar a conocer a escritores poco conocidos o inéditos, pero sí de alguna manera en el tercer caso, al menos en español: el primero es Italo Calvino, autor entre muchos otros títulos de Las ciudades invisibles, Seis propuestas para el próximo milenio, El barón rampante y, como es bien sabido, de los más célebres y leídos narradores y ensayistas italianos del siglo XX, como lo es Dino Buzzati –El desierto de los tártaros, Las noches difíciles, Los siete mensajeros. Quien no cuenta con celebridad semejante todavía es la escritora, actriz y artista plástica Patricia Vicinelli, fallecida a principios de la década de los años noventa del siglo pasado, de quien ofrecemos una breve muestra de su poesía visual y sonora.

José María Espinasa
LA PINTURA DE LILIA CARRILLO (1930-1974), DISCÍPULA DE MANUEL RODRÍGUEZ LOZANO (1896-1971) Y CASADA CON MANUEL FELGUÉREZ (1928-2020), SE AFIRMA AQUÍ, “SIGUE SIENDO UN MISTERIO”, Y CON ESO EN MENTE Y EN EL ÁNIMO, ESTE ARTÍCULO REPASA LA TRAYECTORIA Y LAS CARACTERÍSTICAS
HPORTADA: Rosario Mateo Calderón. Realizada con AI y collage digital.
PARTICULARES Y EN CONTEXTO DE SU OBRA PLÁSTICA VINCULADA A LA LITERATURA Y EL TEATRO.
a pasado más de medio siglo de la muerte de la pintora y su plástica sigue siendo en buena medida un misterio y espero que no lo deje de ser nunca. Es sorprendente cómo en los primeros cincuenta, sus años de aprendizaje, muestra ya una curiosidad, producto de su sensibilidad e inteligencia, por esas otras rutas que Siqueiros había prohibido al arte mexicano. Se cumplió la regla: prohibir es una manera de impulsar lo prohibido. Sabemos que un factor clave en su vocación fue la obra y el magisterio de Manuel Rodríguez Lozano, amigo de su familia, quien era desde luego otra ruta ‒Otra con mayúscula‒ frente a la retórica del muralismo, una capacidad de matiz que no podía entender la grandilocuencia que había invadido ya desde varios años antes al movimiento muralista. Se sabe también que fue Juan Soriano, un esencial disidente del muralismo diez años mayor que ella, nacida en 1930, quien la impulsa a
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DIRECTORA GENERAL: Carmen Lira Saade • DIRECTOR: Luis Tovar•EDICIÓN: Francisco Torres Córdova • COORDINADOR DE ARTE Y DISEÑO: • Francisco García Noriega DISEÑO Y MATERIALES DE VERSIÓN DIGITAL: Rosario Mateo Calderón • LABORATORIO DE FOTO: Adrián García Báez, Israel Benítez Delgadillo, Jesús Díaz y Ricardo Flores • PUBLICIDAD: Eva Vargas 5688 7591, 5688 7913 y 5688 8195. • CORREO ELECTRÓNICO: jsemanal@jornada.com.mx • PÁGINA WEB: http://semanal.jornada. com.mx/ • TELÉFONO: 5591830300
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viajar a Europa y entrar en contacto con las vanguardias plásticas, viaje que, como sucedió con casi toda su generación, resultaría esencial. Algo de ese futuro de su pintura es lo que podemos ver en el conocido autorretrato escolar de 1948, con una mirada entre severa y desafiante que contrasta con aquella otra, esta vez una fotografía, unos diez años posterior (se ve a un lado en segundo plano a Manuel Felguérez, otro de los integrantes de la Ruptura, y con el cual contraería matrimonio en 1960) en la que esboza ya una sonrisa en sus labios.
Si Rodríguez Lozano y Soriano serían esenciales en los caminos que seguiría la plástica mexicana, para Lilia Carrillo también lo fueron algunos artistas exiliados en México vinculados al surrealismo. Inventó un pseudónimo para hacer obras en el estilo de Leonora Carrington y Remedios Varo, Felisa Gross, “pintura surrealista checa llegada a México”. ¿Era un atisbo de una heteronimia plástica o una estratagema para vender? No importa. Fue parte de su aprendizaje y de su mirada lúdica. El gesto lo podemos situar en la misma línea del Jusep Torres Campalans de Max Aub. O lo podemos formular de otra manera, que creo que le gustaría al escritor valenciano y a Lilia Carrillo: todo

Si Rodríguez Lozano y Soriano serían esenciales en los caminos que seguiría la plástica mexicana, para Lilia Carrillo también lo fueron algunos artistas exiliados en México vinculados al surrealismo. Inventó un pseudónimo para hacer obras en el estilo de Leonora Carrington y Remedios Varo, Felisa Gross, “pintura surrealista checa llegada a México”.
pintor ‒todo creador‒ es un invento. En todo caso, nos permite ver a Lilia Carrillo con una mirada literaria, muy presente en muchos de sus compañeros de aventura. En cierta manera todos los mencionados ‒Rodríguez Lozano, Soriano, Baro y Carrington, y en conjunto los surrealistas, tuvieron un claro sesgo literario. En cierta manera el abstraccionismo de carrillo lo que hace es volver la pintura una ficción. Y todos ellos tuvieron una relación directa con el teatro. Carrillo tiene un sesgo experimental que hay que situar en su tiempo ‒los de Poesía en Voz Alta y los de La Casa del Lago. Y como sucede con su futuro marido Manuel Felguérez, hay en ella también una experimentación de carácter matérico: collage, textil, pegotes…, y ‒como veremos‒ la aceptación del azar como gesto creativo. Incluso su relación con el pensamiento filosófico ‒su primer marido fue el filósofo Ricardo Guerra‒ nos hace pensar en su plástica como una forma intuitiva de la reflexión. Si el oficio nos permite dominar a la materia, el talento nos facilita ser dominados por ella. Y no sólo por ella, también por las formas, los colores, las intuiciones mismas. Y ella acepta esa condición de dominio de ida y vuelta. Por eso la teatralidad en la pintura, la presencia del esfuerzo físico, la manera en que hay que entender ese pincel en la mano en el mencionado autorretrato: el cuadro es una prolongación de del performance, no su origen.
La figuración, sin embargo, esencial a la mayoría de la pintura surrealista, es abandonada rápidamente en aras de una abstracción lírica. Paisajes anímicos, paisajes del alma parece regresar a un cierto impre-
sionismo: vibraciones interiorizadas en el lienzo. Por eso la designación de pintura abstracta no le acomoda del todo. El referente inevitable es el cielo estrellado, pero un cielo de extrañas tonalidades, lejanas del negro y el azul convencional, estrellas que titilan con transparencias casi mágicas. Hay algo de danza en sus cuadros: los colores bailan no tanto ante los ojos sino ante una especie de tacto de la visión, de pulsaciones eléctricas de ese universo cuántico intuido: una tirada de dados que ha descubierto el color en su melancólica alegría. Esa mirada hacia lo alto tiene su contraparte: el universo nos mira. Y nos mira en ese inevitable enrarecimiento que propine su mural, gran culminación de la exposición que la recuerda en el Palacio de Bellas Artes.
La ciudad desbordada, contaminación del aire es extraordinario y es una de las piezas mejores de ese momento clave de la generación que son las pinturas monumentales para el pabellón de Osaka. De hecho, una de las cosas que más me llama la atención es que su pintura, que se ha calificado con cierta razón de intimista, no se diluye ni pierde concentración al asumir un formato mayor. Y tiene incluso anécdotas devenidas leyenda: se rasgó mientras lo pintaba y “reparado” en el mismo proceso de pintarlo como una anticipación de los lienzos rasgados, del accidente azaroso se pasa al accidente provocado. ¿Qué caminos habría seguido su pintura de no haber muerto tan tempranamente, en 1974? Todo es sugerente, la exposición que en El Palacio de las Bellas Artes se presentó con motivo de los cincuenta años de su fallecimiento acierta en su título: hay en su pintura demasiada vida para ponernos tristes ●

Patrizia Vicinelli nace en 1943 en Bolonia, donde muere el 9 de enero de 1991. En los años sesenta colabora con Aldo Braibanti y Emilio Villa; en 1966 entra a formar parte del Grupo 63, escribiendo en revistas como Ex, Quindici, Che fare, Marcatré y Alfabeta. Su poesía visual (parcialmente recogida en à, a, A, Lerici, 1967) ha sido expuesta en todo el mundo, desde Milán a Nueva York, desde Tokio a Venecia y San Francisco; su poesía fonética y sonora se puede escuchar en varias grabaciones. Como actriz participa también en diversas películas de vanguardia, con artistas como Alberto Grifi y Gianni Castagnoli. En 1969 se muda a Tánger, Marruecos, donde publica el poemario gráfico Apotheosys of a schizoid woman (Tau/ma, 1979). A su regreso en Italia ingresa a la cárcel de Rebibbia, en Roma, por posesión y uso de drogas, y con sus compañeras de prisión arma una versión feminista de la Cenicienta. Sus últimas obras son el poemario No siempre recuerdan (Æelia Læiea, 1986), la novela inacabada Messmer y el poemario Los fundamentos del ser (sin editar, 1987). En 1983 actúa en la película de Claudio Caligari Amor tóxico, y en los años siguientes se dedica también al teatro y el ensayo. Después de su muerte por SIDA, una antología de Obras, preparada por Renato Pedio, fue editada por Scheiwiller en 1994. Toda su producción se recogió en No siempre recuerdan Poesía Prosa Performance, a cargo de Cecilia Bello Minciacchi, con un ensayo de Niva Lorenzini y una antología multimedia al cuidado de Daniela Rossi (Florencia, Le Lettere, 2009).
La poesía de Patrizia Vicinelli rompe fronteras entre lo escrito, lo hablado y lo visual, lo literario y lo popular, lo permitido y lo prohibido, configurándose como uno de los ejemplos más fuertes de la literatura experimental surgida en la década de los años sesenta, y todavía muy practicada también en los setenta. Vicinelli usa un estilo que no sólo acoge coloquialismos al mismo tiempo que tecnicismos y simples trazos, sino que reta y quiebra la gramática, construyendo oraciones que se quedan suspendidas en el aire, utilizando el infinitivo en vez de formas verbales personales,


cambiando repentinamente de sujeto o de objeto, incorporando palabras de otros idiomas (como lo hacía también Edoardo Sanguineti): vale decir rompiendo las reglas de la lengua, para significar el simultáneo rompimiento de las costumbres socialmente aceptadas, y el rechazo de la ideología dominante. Marco Antonio Campos y quien esto escribe decidimos respetar cabalmente esa forma tan radical de escribir poesía, pues nos parece que no tendría sentido regularizarla, alterarla o domesticarla aun cuando represente un reto para el lector actual, quizás ya no tan familiarizado con experimentos de naturaleza tan extrema. Stefano Strazzabosco
▲ Arriba izquierda: ejemplar raro de Apoteosis de la mujer esquizoide, Patrizia Vicinelli, 1979.
Arriba centro : Patrizia Vicinelli. Concepto de la imagen Rosario Mateo Calderón, realizada con IA y collage digital. Abajo centro : ejemplar raro de Apoteosis de la mujer esquizoide, Patrizia Vicinelli, 1979.
El agua infecta las orillas del olvido que siempre busco ‒como viandante‒en la calle sin tregua como una meta ya sobrepasada silencio aire de pinos vértigos de frente a la salida demasiada luz recuerda desesperadamente en cambio brilla mi materia se funde en explosión violenta y violeta ¿que sea la primera vibración sana? el aura y la aureola y la aurora tiempo júntate con mis ramales no me sobrepases no te me adelantes sé uno con mi espacio único y el sentido interno que me guía por el trazado del exterior–fúndete.
El reflejo del espejo está vacío como el alma que me acoge el vital empuje que me dieron no voltees me dijo, pero el contacto sanguíneo con esa antigua pirámide de hombres escaladores de estrellas inexploradas hicieron inevitable el contacto de los cables eléctricos dos trazados que coinciden y como el amor en conjunción explotan y produciendo crean todo ese otro mundo al que llamamos sueños que negamos esperanzas que ya estamos infinitamente fuera de esos espacios conjuntados y todavía opuestos
Árbol de Judas
Habrá que rescatarte, oh nombre entre los nombres, estás entre nosotros con otros nombres, y muchos fingen no darse cuenta. Qué me importa el nombre, si a otros nombres estás ligado y nos aprisionan justo como en los viejos tiempos, tiempo de faraones, tiempo de faraones, qué cambió, ay de mí, un hermoso jardín hecho por uno que conozco, naturalmente no le dan un pase
libre, ey, friend, 1 lo recuerdo, estaba así desde un montón de denominado tiempo, nosotros cenitales sobre colinas desiertas nos la mirábamos
la luna, aun desde algunos umbrales, ¿y quién se lo puede impedir al hombre de ser?
no, Judas, ni siquiera tú, con tu nombre de mala fama, exactamente el más indigente, tu gran mezquindad ahora yo la exalto y dañar a los demás pero mucho más a ti mismo, si fuera cierto lo que los fariseos reportan, como siempre hacen, creería también a los periódicos, y claro a los speakers2 de la televisión. Y bien, amigo doloroso, yo te contrato, y te doy la bendición, el más desatendido entre los hombres, ¡vaya pésima suerte, Judas! Nosotros, amigos sobre la tierra, amamos la naturaleza, y contarnos las últimas aventuras que siempre tratan de vida, de vida cálida y fogosa. Te la contaré junto al árbol, que te lleva, alguna bella historia de óptimas traiciones, que llevaron lejos, que llevaron lejos. En el proceder es absolutamente mejor una pésima suerte, tú lo sabes, así hay alguna posibilidad de ser los hombres que somos, o bien es sólo viento.
Judas, te las has tomado muy a pecho, te la hicieron tomar muy a pecho, pero hay alguien, algún viejo experto de talentos, algún mago que sabe qué pasó, 3 en la sombra del mismo jardín de esta noche.
Notas:
1. En inglés en el original.
2.En inglés en el original.
3. En español en el original.
Intenté ser humana entre aquellos que llaman humanos tratándolos como se debe, con la confianza de que allí hubiese carne sangre igual bajo la sombra gigantesca que los envolvía.
Esperé ser yo la que se equivocaba, sabía que estaba loca como quiera, pese a ellos, sabía también que mi locura crecería conmigo. Hice de todo para no ver bloqueando los esquemas de la memoria creyendo en un dios de igualdad

1967.
pensando en la naturaleza de la que el ser humano parte y se refleja en matices. Pensé que se podía tener piedad, y que granitos de mi luz y de mi horror gritaran en llanto sobre el infinito para caer en alguien, que de alguna forma subterránea pudieran por fin modificar. Cerré mis ventanas hacia el mundo cuando eso por más veces no sucede. Como ser humano no puedes modificar como ser humano no puedes esperar como ser humano, ciertos seres humanos, cargan con el peso de la tierra sobre sus hombros, para indicar una vez más la idea de infinito a todos los demás.
Me han estado cerca los que no se rinden y no cierran sus ojos y no hacen este ejercicio de resistencia y estos amigos están todos muertos. Decir están muertos para nosotros para vosotros, cómo lo van a entender uds.?
Intenté anular lo que ya conocía porque no me deja salvación, no me deja salvación y en cambio es sublime la estancia en esta tierra, hubiera querido.
Versiones de Marco Antonio Campos y Stefano Strazzabosco.
EL CÉLEBRE NARRADOR, PINTOR Y PERIODISTA
ITALIANO DINO BUZZATI (BELLUNO, 1906MILÁN, 1972) FUE UNO DE LOS ESCRITORES
MÁS CELEBRADOS Y ATENDIDOS EN EL MUNDO A MEDIADOS DEL SIGLO ANTERIOR, QUIEN MUY PRONTO GANÓ RECONOCIMIENTO INTERNACIONAL GRACIAS A LA NOVELA EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS, HOY CONSIDERADA UN CLÁSICO DE LA LITERATURA UNIVERSAL, A LA QUE LE SIGUIERON TÍTULOS COMO EL GRAN RETRATO Y UN AMOR. HASTA HOY, LA SIGUIENTE CONVERSACIÓN ESTUVO INÉDITA EN ESPAÑOL.
–Son casi cuarenta años desde que usted narra historias fantásticas, las cuales definió –en respuesta a Claudio Quarantotto del [periódico] Roma– como más próximas a su espíritu que a la ciencia ficción. ¿Cuál es el motivo de semejante definición y qué lo indujo, por otra parte, a intentar en solitario una hazaña realista como la novela Un amor (1963)?
–Me parece que mucho depende de las experiencias infantiles: mi familia, los lugares donde viví, muchas otras cosas, pero sobre todo los recuerdos de cuando era pequeño. Los más intensos pertenecen al verano, cuando íbamos de Milán a Belluno, donde nací, para vacacionar. Belluno, en el fondo, es una tierra bastante nórdica, y las montañas ejercieron sobre mí una influencia extraordinaria. Tan es verdad que todavía hoy sueño todas las noches con ir a la montaña, quizá de una forma extraña y distorsionada e insatisfecha, pero con ganas de ir... Naturalmente, también contribuyeron la educación, las lecturas: en casa había una señorita alemana que siempre contaba cuentos del norte poco conocidos en Italia. Y después Hoffmann, Poe...
–Es decir, ¿una sensibilidad infantil innata conjugada con una educación particular en la edad de formación?
–Sin contar ciertos encuentros. Por ejemplo, alguien que tuvo una grandísima influencia en mí fue Arthur Rackham, un dibujante mara-

villoso que, en mi opinión, debería ser revalorado lo antes posible. Alicia en el país de las maravillas, [el cuento del escritor estadounidense Washington Irving] “Rip Van Winkle”, El sueño de una noche de verano
–¿Y el manejo realista de Un amor? Insisto en esta pregunta porque me interesa de manera particular.
–No tenía ninguna intención de hacer realismo. Sentí la necesidad de contar esta historia que, obviamente, surgió de una serie de experiencias personales, y simplemente la narré así...
–Muchas veces algunas de sus historias parecen tener un segundo final. Me explico: en [el cómic] Poema a fumetti (1969), por ejemplo, se ve un mundo, el del Más Allá, en el que todo es monotonía, uniformidad, aburrimiento, masificación. En el pasado usted también condenó –en las páginas del Corriere della Sera y otros periódicos– esto mismo en sus relatos. Nos gustaría que confirmara nuestra interpretación, y también quisiéramos saber si una historia fantástica se presta mejor para exponer sus tesis contra el empobrecimiento y masificación del hombre promedio.
–¿Si una historia fantástica se presta mejor? Claro, se presta para darle mayor intensidad a un concepto, ¿no? Llevando una idea al absurdo, por



▲ Ilustración: Rosario Mateo.Realizada con IA y collage digital.
ejemplo, escribí dos relatos: “Cazadores de viejos” y “El perro que ha visto a Dios”. En términos fantásticos, precisamente llevando al máximo la paradoja me parece que el concepto resalta mucho más. Por tanto, creo que tiene razón.
–Me gustaría saber qué opina del renovado interés de los lectores y también de los escritores por la narrativa fantástica.
–Tomando en cuenta que en los últimos años no he seguido atentamente la producción italiana, mientras que, en el pasado, fui jurado del “Viareggio” y del “Campiello”, y, por tanto, tenía que estar bastante informado; dicho esto, debo decir que me parece que la corriente principal italiana sigue siendo el realismo.
–¿No le parece, entonces, que ha habido un cambio similar en el gusto?
–No, no me parece. Por lo demás, yo, como escritor fantástico, que es como suelo ser conside-
rado –y no me lamento de ello–, siempre he estado un poco al margen, en tanto que toda la producción italiana de la postguerra se inscribió siempre en la corriente del realismo.
–Me gustaría dar un paso atrás y volver sobre un tema mencionado. A saber: ¿cuál es el motivo de su distanciamiento de los jurados de dos de los principales premios italianos? Se ha hablado mucho de ello.
–Por un motivo exclusivamente de honestidad: no era capaz de leer todos los libros, y para ser un juez serio es necesario leerlos. Por mi parte no hubo ninguna polémica, ni nunca advertí –salvo que sea un tonto– todas esas intrigas de las que se ha hablado.
–¿Podría especificar?
–Sí, todas esas presiones de los editores, por ejemplo... Que tal amigo mío que me haya dicho: “Oye, si apoyas estos libros…” Por caridad, son cosas que nunca me sucedieron.
–¿Qué opina de los escritores que se autodefinen como “comprometidos”? Políticamente, claro...
–Son libres de ser “comprometidos”. Pero considerar que, en la actualidad, un artista debe estar necesariamente comprometido políticamente es, para mí, una idiotez. El objetivo primario de un artista es, ante todo, la poesía, y se puede alcanzar tanto con libros como En el primer círculo [de Aleksandr Solzhenitsyn] o El cero y el infinito [de Arthur Koestler], o con obras en las que la política, los contrastes ideológicos o cosas de ese género ni siquiera se tocan.
–Si entendí bien, de acuerdo con Buzzati se puede ser “poeta” –y, por tanto, verdadero escritor– con obras tanto “políticas” como puramente fantásticas y “no comprometidas”.
–Exactamente. A menos que por “compromiso” se entienda la honestidad artística...
–Alguna vez dijo que consideraba El gran retrato (1960) una especie de error desde el punto de vista narrativo, como un experimento de ciencia ficción. Me gustaría saber en qué sentido.
–No, no un error, porque puede darse que se trate de un libro bastante logrado. En la vida de cualquiera –ya sea un literato, un músico, un arquitecto– hay cosas que surgen de lo más profundo de nuestro ser, que realmente nos repre-



sentan, mientras que hay otras que se producen, ¿cómo decirlo?, por profesionalismo. En el caso de El gran retrato, me gustó la idea que me surgió al frecuentar a Silvio Ceccato, y de haber escrito artículos sobre sus intentos de traducción mecánica, muy interesantes desde el punto de vista cibernético y muy distintas de las traducciones que se hacen, por ejemplo, en Estados Unidos, Rusia e Inglaterra. Según Ceccato, ahora mismo, disponiendo de fondos ilimitados, sería posible construir una máquina que reaccionara realmente como un hombre. ¡Es evidente que no podría tener cabello! Y entonces me vino a la mente El gran retrato, publicado originalmente por entregas en la revista Oggi: en esta historia me divertí construyendo una narración basada precisamente en esos supuestos. Me divertí, debo decirlo, pero ciertamente no fue una de esas cosas que surgen de un sentimiento profundo...
–La ciencia ficción –la cual está lejos de “morir”, como afirman algunos–, ¿ha aportado elementos nuevos a su temática, o prefiere permanecer siempre en las estructuras de una fantasía más “clásica”?

–¿Cómo puedo decirlo? Una idea no es algo que yo fabrique. Me viene. Si mañana se me ocurriera una idea del género de ciencia ficción, ¿por qué no debería realizarla? En conclusión, no es que tenga prejuicios acerca de una posible inspiración menos “clásica”, como usted dice.
–Ahora me gustaría pasar a su pintura, a sus dibujos. Una pregunta que quizá ya le hayan hecho otros: ¿por qué en su narrativa (excepto, claro, por Un amor) el eros está prácticamente ausente, mientras que en su obra gráfica siempre ocupa un primer plano?
–Probablemente el motivo sea éste: ¿qué intenta realizar un pintor? Intenta pintar lo más agradable a la vista, cuya presencia le proporcione la máxima satisfacción. ¿Y qué es lo que un hombre desea ver especialmente, me refiero a un hombre común? Desea ver desnuda a una mujer joven y hermosa. No sirve de nada negarlo. Entonces... Si me pregunta por qué en mis obras, en general, excepto por Un amor, el eros tiene poca relevancia, no sabría responderle.
–Oiga, a propósito de su Poema a fumetti: ¿no le parece que ha tenido extrañas vicisitudes?
–Muchos lo han ignorado. Algunos críticos literarios han dicho: “No es de mi competencia.”
A su vez, ciertos críticos de arte se han negado a examinarlo con la excusa opuesta.
–Exactamente. Por un lado, el libro fue “cuestionado” porque era de dibujos. Por otro lado, porque no era sólo de dibujos.
–Sí, es cierto.
–¿Cuáles son sus proyectos futuros en el ámbito de la narrativa?
—De hecho, tengo un libro en proceso. Ya lo había comenzado hace mucho, pero es un trabajo muy largo y difícil.
–¿Es una colección de relatos?
–No, no. Podría hacer una, pero no sé si Mondadori estaría interesado. Sin embargo, la idea de sacar un libro cada año, cada dos años, con un plazo fijo, no es algo que conciba propiamente.
–Falta de tiempo, o…
–Quién sabe. Quizás falta de energía mental. En cierto momento... Verá, a propósito de la pintura, hay un motivo por el que en estos años me he dedicado más a ella, un motivo que creo que es de carácter fisiológico. Un ejemplo: en un artículo sobre la biografía de Hemingway, Montanelli escribió que después de los cuarenta años éste decayó y al final ya no dijo nada nuevo, y esto es fatal en todos los escritores. Ahora bien, cuarenta años es quizás muy exagerado... Pero, si se observa la vida de los escritores, hay una parábola fatal: es inútil ilusionarse. A los sesenta años –yo cumplí sesenta y cuatro– siempre se puede hacer algo bueno, pero es extremadamente improbable que se pueda hacer algo mejor de lo que se ha hecho hasta entonces. Es más, por regla general, la calidad disminuye. Es decir, todo escritor, cuando llega a los cincuenta y cinco años, ya ha dicho lo que tenía que decir. En pintura, en cambio, no: es un arte que –como nos ha mostrado la historia y las estadísticas– permite renovarse incluso a una edad tardía. Ahora bien, me gustaría decir que, como escritor, he tenido la suerte de ser apreciado, mientras que, como pintor, se me considera más bien una curiosidad; sin embargo, en la pintura, me ilusiono pensando que todavía tengo muchas cosas que decir ●
Traducción de Roberto Bernal.
Publicado en 2012, Sono nato in America reúne más de cien entrevistas con el célebre escritor italiano Italo Calvino (Santiago de las Vegas, La Habana, 1923-Siena, Italia, 1985), título que abarca un período de treinta y cinco años y constituye una selección muy amplia y representativa de todas las concedidas por el escritor a periodistas italianos y extranjeros: la mayor parte de ellas habían permanecido ocultas en periódicos y revistas que las publicaron en su momento. Con el pretexto de responder a las preguntas de sus entrevistadores –preguntas que, en muchos casos, fueron escritas por el propio Calvino, hostil ante cualquier intrusión biográfica que no estuviera controlada por el filtro de la escritura–, aborda los temas más variados: la reflexión sobre el estado de la literatura italiana y extranjera; la relación entre lengua y dialecto; la pasión por el cine y el teatro; los escritores favoritos, tanto clásicos como contemporáneos; las motivaciones de su escritura; la relación del lector con los libros; la palabra y muchos otros temas. En las reflexiones que presentamos aquí, caracterizadas por un lenguaje más “coloquial”, en el que la precisión y la elegancia del estilo de Calvino se ven ligeramente atenuadas por el tono más fantasioso de la entrevista, el lector podrá descubrir cuál era la visión de Calvino acerca del quehacer literario. Roberto Bernal.
¿Por qué escribo?
ESCRIBO PORQUE NO fui dotado para los negocios, ni tampoco para los deportes, no tenía talento para tantas cosas, era un poco –por usar una famosa frase de Sartre– el idiota de la familia… En general, quien escribe es alguien que, entre las muchas cosas que intenta hacer, advierte que estar en un escritorio y exteriorizar las cosas que surgen de la cabeza y de su pluma es una forma de realizarse y de comunicarse.
Escribo porque estoy insatisfecho con lo que ya escribí y me gustaría corregirlo de alguna manera, completarlo, proponer una alternativa. En este sentido, no hubo una “primera vez” en la que me haya puesto a escribir. Escribir siempre fue el intento de borrar algo ya escrito y poner en su lugar algo que aún no sé si seré capaz de escribir. Puedo decir que escribo para comunicar, porque la escritura es la forma con la que consigo transmitir cosas a través de mí, cosas que tal vez me llegan desde la cultura que me circunda, de la vida, de la experiencia, de la literatura que me precedió, a las que les doy ese toque personal que tienen todas las experiencias que pasan por una persona y luego vuelven a circular. Por eso escribo. Para conver-
tirme en instrumento de algo que, ciertamente, es más grande que yo, y es el modo en que los hombres observan, comentan, juzgan, expresan el mundo: hacerlo pasar a través de mí es ponerlo de nuevo en circulación. Esta es una de las muchas formas en que una civilización, una cultura, una sociedad vive asimilando experiencias y volviéndolas a poner en circulación.
Escribo porque al leer a X –un X antiguo o contemporáneo– me hace pensar: “¡Ah, cómo me gustaría escribir como X! ¡Transgresión que está más allá de mis posibilidades!” Entonces intento imaginarme esta empresa imposible, pienso en el libro que jamas escribiré pero que me gustaría poder leer y colocar junto a otros libros amados en una estantería ideal. Y es entonces cuando algunas palabras, algunas frases, surgen en mi mente… A partir de ese momento ya no pienso más en X, ni en ningún otro modelo posible. Pienso en ese libro, en ese libro que aún no se ha escrito y que podría ser mi libro. Intento escribirlo…
Escribo para aprender algo que no sé. En este momento no me refiero al arte de escribir sino al total: a algún conocimiento o campo específico, o a ese conocimiento más general que llaman “experiencia de vida”. No es el deseo de enseñar a otros lo que sé o creo saber lo que ambiciono escribir, sino todo lo contrario: la dolorosa conciencia de mi incompetencia. ¿Mi primer impulso sería, entonces, escribir para fingir una facultad que no poseo? Pero para poder ser capaz de fingir, de algún modo debo acumular información, nociones, observaciones; debo ser capaz de imaginar la lenta acumulación de la experiencia.
Escribo porque estoy insatisfecho con lo que ya escribí y me gustaría corregirlo de alguna manera, completarlo, proponer una alternativa. En este sentido, no hubo una “primera vez” en la que me haya puesto a escribir. Escribir siempre fue el intento de borrar algo ya escrito y poner en su lugar algo que aún no sé si seré capaz de escribir.


Pienso en el libro que jamas escribiré pero que me gustaría poder leer y colocar junto a otros libros amados en una estantería ideal. Y es entonces cuando algunas palabras, algunas frases, surgen en mi mente… A partir de ese momento ya no pienso más en X, ni en ningún otro modelo posible. Pienso en ese libro, en ese libro que aún no se ha escrito y que podría ser mi libro. Intento escribirlo.

Y esto sólo puedo hacerlo en la página escrita, donde espero capturar al menos algún rastro de un saber o de una sabiduría que, en la vida, apenas rocé y perdí en seguida.
Mundo
EN MI EXPERIENCIA, el impulso de escribir siempre está ligado a la falta de algo que uno desearía conocer y poseer, algo que se nos escapa. Y, como conozco bien este tipo de impulso, también me parece que puedo reconocerlo en los grandes escritores, cuyas voces parecen llegar a nosotros desde la cima de una experiencia absoluta. Lo que nos transmiten es el sentido del acercamiento a la experiencia, más que el sentido de la experiencia alcanzada; su secreto es saber conservar intacta la fuerza del impulso. En cierto sentido, creo que siempre escribimos sobre algo que no sabemos: escribimos para hacer posible que el mundo no escrito se exprese a través de nosotros. En el momento en que mi atención se aleja del orden regular de las líneas escritas y sigue la complejidad móvil que ninguna frase puede contener o agotar, siento que estoy cerca de comprender que al otro lado de las palabras hay algo que intenta salir del silencio, que intenta significar a través del lenguaje, como golpeando los muros de una prisión. Te pones a escribir con energía, pero llega un momento en el que la pluma sólo frota tinta polvorienta y ya no emana ni una gota de vida, y la vida permanece toda en el exterior, fuera de la ventana, fuera de ti, y te parece que nunca más podrás refugiarte en la página que escribes, abrir otro mundo, dar el salto. Quizás fue mejor así: tal vez cuando escribías con alegría no era un milagro ni una gracia: era pecado, idolatría, soberbia. Entonces ¿estoy fuera? No, escribiendo no me he modificado para mejor: sólo he consumido un poco de ansiedad juvenil inconsciente. ¿De qué me sirven estas páginas insastifechas? El libro,
el voto, no valdrá más de lo que usted vale. No hay garantías de que se salve el alma escribiendo. Escriba, escriba, y su alma ya estará perdida. Antes de escribir hay que documentarse, sobre todo y siempre acera de fechas, nombres, títulos. Entonces se puede empezar, sabiendo, no obstante, que el camino para llegar a un texto apenas aceptable es largo y tortuoso. Comience con poco, basta con que se plasme en la página una pequeña idea, pero clara, precisa. Sobre esa telaraña podrá desarrollar la red de palabras. Elimine toda idea general, privilegie los adjetivos nítidos y trabaje con precisión sobre todo en los verbos. Pulir no significa cambiar la estructura general sino hacer que cada frase sea lo más coherente posible con el conjunto.
Escriba todo –bocetos de cartas, solapas y contraportadas de libros en proceso de impresión–en el reverso de borradores. “Se economiza y es buen material”, dicen quienes lo aprendieron de Pavese. Escribía con bolígrafo… frecuentemente en diagonal… dejando grandes espacios entre líneas, con una caligrafía irregular pero comprensible. Cuando no lo satisfacía, arrugaba el borrador y recomenzaba: el inicio de una carta, un eslogan de publicidad, un título y un subtítulo. Le vi arrugar y tirar decenas y decenas de veces el mismo “trabajo”.
LEER SIGNIFICA DESPOJARse de toda intención y de toda idea preconcebida, para estar listo para captar una voz que se hace oír cuando menos se espera, una voz que viene no se sabe de dónde, de algún lugar más allá del libro, más allá del autor, más allá de las convenciones de la escritura: de lo no dicho, de lo que el mundo aún no ha dicho de sí mismo y aún no tiene palabras para decir. Pienso que la lectura no se puede comparar con ningún otro medio de aprendizaje y comunicación, porque la lectura tiene su propio ritmo, que está determinado por la voluntad del lector; la lectura abre espacios de interrogación, de meditación y de examen crítico, en conclusión, de libertad; la lectura es una relación con nosotros mismos y no sólo con el libro, sino con nuestro mundo interior a través del mundo que nos abre el libro. Quizás el tiempo que podría ser destinado a la lectura estará cada vez más ocupado por otras cosas; esto ya es cierto en la actualidad, pero tal vez lo era aún más en el pasado para la mayoría de los seres humanos. En cualquier caso, quienes necesitan leer, quienes disfrutan leyendo (y leer es, ciertamente, una necesidad-placer), seguirán recurriendo a los libros, a los del pasado y a los del futuro.
UN LIBRO, CREO yo, es algo con un principio y un final, aunque no sea una novela en sentido
estricto. Es un espacio en el que el lector debe entrar, viajar, quizá perderse, pero en algún momento debe encontrar una salida, o quizá muchas salidas. La posibilidad de abrirse un camino para salir.
El Buen Lector espera con impaciencia las vacaciones. Pospone las semanas que pasará en una solitaria localidad costera o de montaña, entregado a una serie de lecturas que le interesan, y ya anticipa el placer de las siestas a la sombra, el crujido de las páginas, el abandono al encanto de otros mundos transmitido por las densas líneas de los capítulos. Al acercarse las vacaciones, el Buen Lector recorre las librerías, hojea, huele, lo piensa varias veces y vuelve al día siguiente a comprar; en casa, saca de la estantería volúmenes aún sin abrir y los alinea entre los sujetalibros de su escritorio. Es la época en la que el alpinista sueña con la montaña que se dispone a escalar, y también el Buen Lector elige la montaña que confrontará. Se trata, por ejemplo, de uno de los grandes novelistas del siglo XIX, del que nunca se puede decir que ya se leyó todo, o cuya mole siempre ha intimidado un poco al Buen Lector, o cuyas lecturas realizadas en épocas y edades dispares han dejado recuerdos demasiado desorganizados. El Buen Lector ha decidido que este verano por fin va a leer a ese autor; quizá no pueda leerlo todo durante las vacaciones, pero en esas semanas atesorará una primera base de lecturas fundamentales, y luego, durante el año, podrá llenar fácilmente y sin prisas las lagunas. Por tanto, procura que las obras que desea leer sean en textos originales, si son en un idioma que conoce; de lo contrario, en la mejor traducción; prefiere los grandes volúmenes de las ediciones completas que contienen varios títulos, pero no desdeña los volúmenes de bolsillo, más adecuados para leer en la playa, o bajo los árboles o en el autobús. Añade algún buen ensayo sobre el autor seleccionado, o tal vez un epistolario: así tiene una compañía segura para sus vacaciones. Puede granizar todo el tiempo, los compañeros de vacaciones pueden mostrarse odiosos, los mosquitos pueden no dar tregua y la comida puede ser incomible: las vacaciones no se habrán perdido, el Buen Lector volverá enriquecido con un nuevo mundo fantástico.
Esto, claro está, no es más que el plato principal, luego hay que pensar en la guarnición. Existen las últimas novedades editoriales, de las que el Buen Lector querrá ponerse al día; hay nuevas publicaciones en su ramo profesional, las cuales, para leerlas, es imprescindible aprovechar esos días; y también hay que elegir algunos libros que sean de carácter distinto de todos los demás seleccionados, para dar variedad y posibilidad de frecuentes interrupciones, descansos y cambios de registro. Ahora, el Buen Lector puede disponer ante sí un plan de lecturas detalladísimo, para todas las ocasiones, las horas del día, los estados de ánimo. Si para las vacaciones tiene una casa a su disposición, tal vez una vieja casa llena de recuerdos de infancia, ¿qué hay más hermoso que preparar un libro para cada habitación, uno para la terraza, uno para la mesita de noche y otro para el sofá? Estamos en vísperas de la partida. Los libros seleccionados son tantos que, para transportarlos todos, sería necesario un baúl. Comienza el trabajo de selección: “Este no lo leería, este es demasiado pesado, este no es urgente”, y la montaña de libros se desmorona, se reduce a la mitad, a un tercio. Así, el Buen Lector ha llegado a

Se puede empezar, sabiendo, no obstante, que el camino para llegar a un texto apenas aceptable es largo y tortuoso. Comience con poco, basta con que se plasme en la página una pequeña idea, pero clara, precisa. Sobre esa telaraña podrá desarrollar la red de palabras. Elimine toda idea general, privilegie los adjetivos nítidos y trabaje con precisión sobre todo en los verbos.
una selección de lecturas esenciales que dotarán de un tono a sus vacaciones. Al hacer las valijas, algunos volúmenes quedan fuera. El programa se reduce de ese modo a unas pocas lecturas, pero todas sustanciosas; estas vacaciones marcarán una etapa importante en la evolución espiritual del Buen Lector.
Los días de vacaciones comienzan a transcurrir veloces. El Buen Lector se encuentra en excelente forma para practicar deporte y acumula energías para estar en la condición física ideal para leer. Sin embargo, después del almuerzo lo toma tal somnolencia que duerme toda la tarde. Hay que despertar, y para este propósito ayuda la compañía, que este año es inusualmente agradable. El Buen Lector hace muchos amigos y pasa la mañana y la tarde en barco, de excursión, y la noche de fiesta hasta muy tarde.
Por supuesto, para leer se necesita soledad; el Buen Lector medita un plan para desconectarse.
Las vacaciones han terminado. El Buen Lector guarda los libros intactos en las valijas, piensa en el otoño, en el invierno, en los rápidos y concentrados cuartos de hora dedicados a la lectura antes de dormir, antes de correr a la oficina, en el tranvía, en la sala de espera del dentista.
ME PARECE QUE la autoironía es el aspecto decisivo del humorismo: saber que en cualquier momento podré decir lo contrario de lo que afirmo y ser capaz de cuestionar continuamente mis propias opiniones. A mi parecer, esta es la condición previa a la inteligencia.
EN EL FONDO, odio la palabra por esa generalidad, por esa imprecisión. Ahora mismo siento que la pronuncio y digo cosas genéricas, y siento repugnancia por mí mismo. La palabra es esa cosa sosa, informe, que sale de la boca y que me produce una repugnancia infinita. Intentar convertir en escritura esta palabra –que siempre es un poco repugnante– en algo exacto y preciso, puede ser el objetivo de toda una vida. Particularmente cuando se observa un deterioro, cuando se vive en una sociedad en la cual la palabra es cada vez más genérica, pobre. Ante un lenguaje que tiende hacia el desaseo o hacia la abstracción, frente a los diversos lenguajes intelectuales que siempre están vinculados, el esfuerzo hacia algo inalcanzable, hacia un lenguaje preciso, basta para justificar una vida.
La fantasía
La fantasía es como la mermelada. Si la comes con una cuchara, te sientes mal por el exceso de azúcar, pero si la untas en una buena rebanada de pan, es deliciosa. Y así es para mí una novela histórica: los hechos reales son el pan y lo que haces al imaginar a los personajes es la mermelada ●
Traducción y selección de Roberto Bernal.
El reino del silencio, Maya López Ramírez, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2025.
El reino del silencio, de Maya López Ramírez, es, antes que nada, una novela histórica que cuenta el problema de los desaparecidos, la migración y sororidad en Centroamérica desde finales del siglo XIX hasta finales del XX. Su autora ha escrito el poemario Conjuro para romper un espejo y el ensayo Transeúntes textuales o de los movimientos creativos de los lectores. Esta novela posee una propuesta de lectura similar a Rayuela, de Julio Cortázar, sus capítulos forman una constelación de tiempos que van saltando, las fechas son una guía posible, cada uno de ellos son una unidad por sí mismos.
Este libro espléndido cuenta la saga de la familia Ramírez, centrada en cuatro personajes: Andrea, Adela, Bruno e Ixquic, y promueve una diversidad de voces. A través de sus infancias el libro, como si fuera un leimotiv, posee un tono infantil, es decir, esperanzador, porque la infancia es la posibilidad de futuro que permite, además, cierto humor. Los amores y las pasiones de sus protagonistas, en esos espacios semejantes al octavo día de la creación, son otra constante; no hay adolescencia posible: el deseo, la libido despierta desmelenada, colmada de sudor, puro cuerpo esbelto, fanta-
sía tropical de paraíso, siempre los amantes de estas historias son prosa suculenta. Personajes sedientos de la otra, del otro que se les enfrenta entre la selva, montado a caballo, mientras la voz canta con la diversidad de las aves del trópico, ora sea zenzontle, chorcha, zanate, ora algarrobo, clarinero o guardabarrancos.
Asimismo, se ven los guiños y referencias que la novela hace a lo real maravilloso o realismo mágico. El vocabulario está adosado con palabras propias de Centroamérica: colocho, patoja, dunda, chuña, pisto, pasmarotes, arrecha, refaccionar, cipotes y güirras, con las que el lector va familiarizándose, comprendiendo, conforme avanza en su lectura. El lenguaje poético con el cual está escrita la novela retoza de forma alarmante y desbordada cuando se definen las emociones, los sentimientos, las situaciones inusitadas que viven los personajes. Resalto tres capítulos escritos como poemas en prosa: el comienzo del libro, el primer capítulo sin título, “Infierno, 1977” y “Sin párpados, 1915”. Su narrativa está sazonada con especias poéticas como metáforas, anáforas, oxímoros o recurrencias semánticas: “Se sintió sola en la iglesia llena de gente, íngrima entre todos, huérfana nuevamente, abandonada, a la mitad de una larga noche y oyendo chocar contra su cuerpo grandes masas de silencio.”
El reino del silencio es una historia sobre la resistencia ante un régimen opresor, el vencimiento del destino por la fuerza de la voluntad y el enfocarse en la sobrevivencia. El repunte de la ultraderecha en el mundo y la opresión sistemática y metódica del llamado país del norte lo vuelve un libro muy actual ●


Historia incompleta de México, Eduardo Galeano, Siglo XXI Editores, México, 2025.

“

D igo gracias en nombre propio y también en nombre de los muchos sureños que jamás olvidarán su gratitud a México, el país de su exilio, refugio de perseguidos en los años de mugre y miedo de nuestras dictaduras militares”: así lo dijo el siempre recordado y siempre actual autor de Las venas abiertas de América Latina y, como muchos otros de esos “sureños” –sudamericanos, pues–, Galeano hizo patente su gratitud haciendo lo que mejor sabía: solidarizarse a través de su obra escrita. Esta Historia incompleta de México es, con toda seguridad, el ejemplo más acabado no sólo de dicha gratitud sino, como habrá de comprobarlo el lector, también del amor grande y admirado que el uruguayo sintió por nuestro país. La suya es una mirada de doble lente, propia de quien no necesita haber nacido en un lugar para conocerlo, quererlo y, desde su propia visión, entenderlo. Por estas páginas andan y por intermediación de Galeano se vuelven a hacer presentes numerosos integrantes del panteón cultural mexicano, lo mismo personas que acontecimientos, leyendas y mitos: mencionados sin ninguna jerarquía, Rulfo, Monsiváis, Pancho Villa, Zapata, Marcos, la “Conquista” de México, la Revolución Mexicana, la Muerte y el Día de Muertos, entre muchísimos otros, conformando una historia que sí, será incompleta –todas lo son–, pero eso no le quita lo rica ni lo enriquecedora ●

Anécdotas/
Beatriz Gutiérrez Müller
HA CONCLUIDO la Semana Santa, conmemoración importante en países con milenaria tradición cristiana. A propósito de estos días de guardar, doña Clofis, vino a mi memoria el libro de Ernst Renan, escrito en francés bajo el título Vie de Jésus, el cual fue publicado en París, en 1863. Vida de Jesús, como se ha traducido, fue, en términos históricos y teológicos, una propuesta revolucionaria. Algo tan simple como ver al mesías en cuerpo y alma, como persona, generó cualquier cantidad de maledicencias, calumnias y terminó con un veto sólo comparable a los libros de Lutero en el siglo XVI. Renan había estudiado teología, conocía lenguas semíticas, era filólogo, arqueólogo y muy curioso y reconcentrado.
Renan, dicho sea de paso, completó su obra gracias a una expedición que organizaron varios países europeos (Francia, Prusia, Gran Bretaña, Rusia y el imperio otomano) para recoger testimonios y razonamientos de los hechos ocurridos en la región de Siria y Líbano en 1860; o sea, cuando se creó una mutasarrafiya en Monte Líbano, una unidad administrativa que podría traducirse como “ente autonómico”, con el apoyo de todos los países mencionados. Allí conviven drusos (derivado del islam) y maronitas (del cristianismo).
no eran en nada superiores a los de sus contemporáneos […]. La facultad de obrar milagros pasaba por una licencia que, regularmente, Dios distribuía a los hombres y no tenía nada de sorprendente” (trad. de Agustín G. Tirado, Buenos Aires: EDAF, 2005, p. 240). ¡Madre mía! Aquí insinuaba que el mesías era un taumaturgo que sólo recogía una tradición y que, si no estoy leyendo mal, los milagros que realizaba bien podían haberlos hecho otros místicos.


De aquella experiencia con otros expertos Renan redondeó aún más su biografía. Se descubrió pronto que siguió los cuatro evangelios de manera puntual, crítica. Ponía en duda algunas frases atribuidas al de Nazaret, precisaba sobre anécdotas en el Nuevo Testamento, y en su ánimo de ambientar la vida del “hijo de Dios”, que daba por hecho que había nacido, vivido y muerto, su ensayo prendió las alertas en la jerarquía eclesial. Una conclusión a la que llegó: en los tiempos del mártir era usanza creer en los milagros y “sus conocimientos sobre este aspecto
Escribiéndole esto, me imaginé los cabellos erizados de varios teólogos dogmáticos en aquel lejano 1863. El éxito editorial fue inmediato. Unos lo llamaron profeta, genio sobrehumano, el nuevo san Pablo; otros, autor ponzoñoso, frívolo de la novela, anticristo, blasfemo. Nada más observe esto: en Lima, en 1866, el fraile franciscano Pere Gual publicó La Vida de Jesús, por Ernesto Renan, ante el tribunal de la filosofía y de la historia. Después de leerla con fruición, según comenta, arremetió: “el Jesús de esa Vida no es el adorable Jesús hijo del eterno Padre y de María; es el Jesús hijo de la fantasía de Renan, entregado al ludibrio de la plebe”. Y de manera inmediata pasó a la lista del Índice de libros prohibidos el mismo año de su publicación. El Papa Pío IX llamó a Renan “blasfemo europeo”. Al año siguiente, 1864, el Pontífice firmó la encíclica Quanta Cura y Syllabus Errorum. Todas las consideradas doctrinas erráticas y heréticas fueron enlistadas: naturalismo, comunismo, socialismo, panteísmo, racionalismo absoluto y otras por ser “acérrimas” doctrinas contra la religión cristiana. A mirar lo que ocurrió después: se imprimió en cualquier cantidad de idiomas, hasta la fecha. Es un auténtico bestseller. Le dejo, doña Clofis, un sacrosanto beso en cada mejilla ●
Tacámbaro. Hechos y leyendas, Artemio Rodríguez (recopilación e ilustraciones), La Mano Press/ Secretaría de Cultura del Gobierno de Michoacán, México, 2024.

LUGAR COMÚN, verdadero como tantos: somos nuestra memoria. La individual, por supuesto, pero sobre todo la que, con el paso primero de los años y luego de los siglos, habita el acervo memorioso colectivo. En ese vastísimo archivo compartido, los acontecimientos verídicos y las leyendas –construidas del mismo modo, es decir colectivamente– pueden ser, o mejor dicho deben ser consideradas en pie de igualdad: a la idiosincrasia le es indiferente si tal o cual historia realmente sucedió, si lo hizo a medias y la otra mitad es producto de la invención, o si es lo último al cien por ciento. Tomadas de diversas fuentes, verbigracia Leyendas y sucedidos de Michoacán, de Felipe E. Calvillo, Leyendas de Mariana o Historia de la intervención francesa en México, de Eduardo Ruiz, entre otras, Artemio Rodríguez recopila y selecciona fragmentos de otros autores y añade sus propias versiones –todo acompañado por sus estupendos grabados– de mucho de cuanto ofrece el abundante pasado histórico michoacano. Delicia tanto por su contenido como por su notable diseño gráfico, este Tacámbaro pone buen ejemplo y vara alta para que vengan más rescates y actos de difusión similares en todo el país ●
En nuestro próximo número



Bosco Sodi (CDMX, 1970) ha destacado internacionalmente tanto por su quehacer artístico ‒pinturas y esculturas de marcada huella personal‒, como por su apoyo a artistas jóvenes y la presentación en México de creadores reconocidos en los dos magníficos espacios creados por él para tales fines: Casa Wabi Oaxaca ‒obra del arquitecto japonés Tadao Ando, Premio Pritzker‒ y Casa Wabi Sabino en Ciudad de México. Actualmente se presenta en la sede defeña la exposición Sisyphus que reúne su trabajo de veinte años y en la que podemos apreciar su línea de investigación formal, técnica y conceptual a través del acertado guión curatorial del historiador del arte y gestor cultural Alberto Ríos de la Rosa, quien expresa para La Jornada: “Me basé en el ensayo de Albert Camus El mito de Sísifo, héroe mitológico condenado por Zeus a cargar una roca pesada todos los días para dejarla caer de la colina y volver a empezar. En su ensayo, Camus propone que en vez de ser una condena, Sísifo podría estar dichoso con esa acción. Yo hago una analogía con el artista que cada vez que empieza una pieza es como levantar una roca y volver a comenzar de cero. En el caso de Bosco hay esa repetición constante, esa insistencia en los tipos de obra y las series que vemos aquí.”
El elegante edificio de ladrillo y concreto diseñado por Alberto Kalach, que se integra con discreción al paisaje de esta zona industrial de la ciudad, fue inaugurado en 2023 y cuenta con cuatro pisos con amplias salas de exhibición y terrazas, en las que el curador distribuyó los diversos cuerpos de obra del artista. Tanto en sus pinturas como en sus esculturas, Bosco deja un espacio de acción al azar, en un juego de complicidad con los materiales que actúan por sí solos dando lugar a efectos imprevisibles. De aquí su fascinación por el wabi sabi, la filosofía japonesa de la belleza en la imperfección de la naturaleza que está muy presente en sus pinturas de gruesa calidad matérica, cuyas superficies agrietadas son el resultado de la acción del tiempo, así como en sus esculturas en barro artesanal, bronce y esmaltes, en las que el proceso técnico también privilegia la intervención del azar. En ambos lenguajes prevalece en cada pieza la potencia de la mano del artista aun si se trata de una producción serial. En cuanto a su propuesta curatorial, Alberto de los Ríos nos explica: “Como historiador del arte me interesa mucho mostrar las referencias artísticas y diálogos con figuras como Corneille, Lee Ufan, Noguchi, Miró, Malevich, Giacometti, Donald Judd…, obviamente también está la presencia de los artesanos oaxaqueños con la producción en barro.” Se presenta por primera vez en México su trabajo con cubos de concreto que ensambla en esculturas móviles que remiten a Calder y a Noguchi en su concepción, pero también al arte povera en la elección del material. También son inéditos su Homenaje a Kazimir Malevich, un conjunto de tres telas negras trabajadas en las formas geométricas elementales, y su diálogo con Joan Miró en Vers l´Espagne,donde su pintura explora tonalidades luminosas. Entre las novedades destaca una suerte de picto-escultura mural realizada en una superficie de madera laqueada en negro de la que emerge una forma orgánica de voluminosa densidad matérica y crea un poderoso juego de contrastes que remite a la


noción nipona del vacío. La última sala alberga un espacio de consulta bibliográfica y una serie de dibujos y obras sobre papel, algunos también inéditos, que presentan una faz más íntima y desconocida del artista.
Esta muestra es una gran oportunidad de aprehender el trabajo de Bosco Sodi, a través de sus muy diversas exploraciones creativas, como bien concluye Alberto de los Ríos en el catálogo en su analogía poética entre el Sísifo de Camus y Sodi: “La piedra rueda hacia abajo, la pintura se agrieta, la esfera se cuece imperfecta, y cada mañana el artista comienza de nuevo. Hay que imaginárselo dichoso.” ● Artes

L’âpre attendrissement qui dort sous ta colère… Victor Hugo
2. Amargura
‒QUIENES TE CONOCEN…, quienes conocen tus suaves versos misteriosos… y la amargura tierna que duerme bajo tu cólera... ‒escribe Victor Hugo en el poema “Viro Major”, inicialmente titulado “Louise Michele”, para honrar la conducta de esta mujer en el juicio que enfrentó tras el aplastamiento de La Comuna de París, cuando el cielo se incendió y toda el agua del Sena se tiñó de sangre comunera.
El poeta vivió en París durante el gobierno de La Comuna, así que presenció la estatura moral del pueblo comunero. Además, por si esto no bastara, cultivó una profunda amistad con Louise Michel. Y con esa investidura, de testigo de calidad, consagró a esta mujer como emblema de La Comuna de París, llamándola Viro Major, heroína suprema entre héroes supremos.
Por sus acciones en la defensa cívica y militar de París, por su enseñanza en las aulas y en las barricadas, por su lúcido arrojo, por su ideología cristalina y su sólida rebeldía, Louise Michel ha sido, es y será idealizada, mitificada y hasta venerada por generaciones posteriores. Esto provoca críticas en sectores académicos, pero, ¿si en vida mereció el canto de dos poetas mayores, por qué no habría de merecer la gloria en su inmortalidad?
Louise nació en 1830 y murió en 1905. A los veintidós años se recibió de maestra y, tras ejercer en su provincia natal, se mudó con su madre a París y siguió la labor docente, aun con las convulsiones bélicas y sociales de Francia y de toda Europa. Fue ella ‒y no por casualidad‒ quien dio la voz de alarma que desembocó en la instauración del primer gobierno de trabajadores en la historia.
Maestra y escritora, se graduó como protagonista de primera línea en La Comuna de París, la mayor gesta que vio el siglo XIX ‒tan generoso en epopeyas. Y Paul Verlaine, contemporáneo suyo y esposo de una discípula de Louise, confirmó por doble partida el magisterio de esta última y escribió “Ballade en l’honneur de Louise Michel” [En la ventura y en la desgracia, Luisa viene bien]. Jules Jouy le compuso una canción en 1888, el mismo año en que Louise sobreviviría a un atentado en El Havre. También hay dos películas. Louise Michel, 2008, de Benoît Delépine y Gustave Kervern, triunfadora en Sundance y en San Sebastián. Y LouiseMichel la rebelle, 2009, de Sólveig Anspach, disponible en www. rebeldemule.org/foro/filmoteca-ficción/tema13383.htm/ Y hay libros, por supuesto. Louise Michel, la vierge rouge (1927), de Irma Boyer, Louise Michel. L’absolu de la générosité (1995), de Anne Sizaire.
En la novela histórica Viro Major: Plus grande que l’homme (2020), Jean-Marc Becquet toma el nombre definitivo del poema de Victor Hugo y vierte su registro medular: superior al hombre. Todo esto, sin olvidar las referencias de sus compañeros comuneros, como el entrañable Jules Vallés y como Prosper-Olivier Lissagaray, actor y autor de la canónica Historia de la Comuna de París de 1871
Pero quizá la mejor iniciación sea La Comuna de París, historia y recuerdos, escrito por la propia Louise [en Biblioteca Anarquista Anti-Copyrigth y/o en el enlace https://www.marxists.org/espanol/ michel/1898-la-comuna-.pdf ]. Tras la degollina, los fusilamientos y la quema de París, los principales dirigentes murieron ejecutados. Théophile Ferré, pareja sentimental de Louise, fue el primero de la lista. A ella la desterraron a Nueva Caledonia, donde afinó su ideología y tejió constancias amargas y tiernas, coléricas y dulces, soñadoras y lúcidas ‒potentes‒, de su voluntad filial, pedagógica, revolucionaria, como alumna sobresaliente de una maestra superlativa: La Comuna. Feliz día, maestras y maestros de México. (Continuará.)



SUBRAYEMOS EL NOMBRE de Karla Montalvo pues empezará a escucharse con frecuencia. La razón: su más reciente libro, La génesis de la catástrofe (Hatchette, México, 2025) que, más que una novela, es un aparato de la imaginación, una Caja de Pandora reprogramada para, una vez abierta, emanar estupores, uno detrás de otro. Resumirla no es tarea fácil, pues la exposición de historias abultadas y complejas genera esos detestables bichos llamados spoilers. Si la ubicamos en el mapa literario, nos topamos con que encaja en múltiples apartados: humor, ficción distópica, ciencia ficción, eventos sobrenaturales, misterio, intertextualidad, discurso filosófico y, para rematar, un thriller en toda regla.
La también escritora Carmen Ros establece, con bastante fortuna, una consanguinidad entre esta y la obra de Octavia Butler, Parentesco, que plantea una mezcla de viaje en el tiempo y reencarnación. Las referencias que trajo a mi mente fueron puramente cinematográficas: pensé en La bestia, de Bertrand Novello, donde la reencarnación se da la mano con la IA, pero más enfáticamente con Todo en todas partes al mismo tiempo, de los hermanos Daniels, en la que una madre se desplaza por multiversos donde su hija, con quien mantiene una ríspida relación en la “vida matriz”, no es su hija sino su enemiga. La protagonista de La génesis…, Orquídea, es una actriz poco ambiciosa en lo material pero muy perfeccionista respecto a su arte. Encarna villanas de telenovelas para subsistir pero por la noche se entrega a proyectos dramáticos ambiciosos. Durante una puesta de La señorita Julia, se deja seducir por el joven actor que interpreta a Juan, sirviente y antagonista de Julia, y Octavio, esposo de Orquídea, con quien tiene una hija de unos diez años llamada Viridiana, le exige el divorcio. Una vez separados, sin legalizar aún su situación, Octavio salta al estrellato como autor de un libro de autoayuda basado en su experiencia con el adulterio de su mujer, y su fama
rebasa la de ella quien, además, es considerada una villana de la vida real. Al cabo de unos meses, Octavio inicia una relación formal con Irene, heredera de la editorial que lo ha catapultado… y no, ninguna cosa que el lector pueda imaginar hasta este punto sucederá jamás. Si algo no es esta asombrosa novela, es un triángulo amoroso o una guerra entre mujeres, incluso cuando la personalidad de Irene, que a simple vista es todo lo opuesto de la actriz bohemia (lo que los jóvenes denominan “mujer de alto valor”) indicaría la palabra implícita en el título: una catástrofe.
La existencia de Orquídea sufre un cambio radical tras el ingreso en su vida de quien será la madrastra de su hija, quien por cierto, se vuelve fan, literal, de Irene. Comienza a tener sueños y visiones que la identifican con una afamada cantante de ópera alemana sobre la que nunca ha escuchado hablar. Este personaje comienza a hacerse demasiado presente en su vida cotidiana y opta por consultar a un psiquiatra que resultará ser émulo de Brian Weiss y no sólo sabe practicar regresiones, sino también progresiones, pues resulta que Orquídea también tiene visiones futuristas que le cuesta todavía más reelaborar e incluyen experiencias dentro de cuerpos animales. Tras una serie de circunstancias y percances, descubrirá que Irene estuvo y estará vinculada con ella en los tres tiempos, bajo inusitadas condiciones. Las mujeres nunca llegarán odiarse como se esperaría, pero Orquídea comienza a “cuidar” de ella, hasta alcanzar un clímax que le agregará a la novela un realismo inesperado y doloroso, que nos obligará a tocar tierra con respecto a la situación de inseguridad que viven las mujeres en estos tiempos de tumultuosos reacomodos sociales. Por complicada que suene la trama, la narrativa de Montalvo se desliza suave y coloquial pero muy cuidada, y esa sensación de que hay “algo” esperándonos del otro lado de la página, la torna adictiva ●

Imagen:
Alonso Arreola, realizada con IA.
ANTES DE SUBIRSE al escenario Meme del Real se muestra afable, pero serio. Es lógico. Como confirmará más tarde desde el micrófono, se trata de su primera presentación gratuita, masiva, al frente de un proyecto solista. Le sobran experiencia y horas vuelo, sí, pero en la docena de actuaciones que suma como líder de su propio combo ha debido conducir el espectáculo sin los artificios colectivos de Café Tacuba, grupo con el que lleva más de tres décadas sonando. Y vaya que lo hace bien.
Estamos en una tarde de domingo, al pie del Monumento a la Revolución. Luego de Meme se subirán al tinglado Cecilia Toussaint y la legendaria banda angelina Los Lobos. Abajo aguardan decenas de miles de melómanos que, en su mayoría, vienen a cantar las composiciones de La montaña encendida, disco en estudio que Del Real acaba de lanzar en plataformas.
Tanto el álbum como la curva de su presentación son una radiografía de lo que le hemos escuchado y visto al paso del tiempo, pero pulida y amplificada. Allí están las melodías que cumplen con el carácter de clásicos instantáneos. Allí la aparente fragilidad de su voz, ésa que desde una vulnerabilidad a capela ‒o sustentada en su sola guitarra‒ lo autoriza para luego surfear sobre programaciones poderosas, coros grabados o soportes venidos de su gran entendimiento con el productor Gustavo Santaolalla. Allí están, igualmente, los gestos aniñados de su cuerpo que, de pronto, se agita en eficaces y pasajeros bailes.
Lo mejor, desde luego, es la variedad de lo que entrega sobre las tablas. Pop, rock, bolero, música de banda (acompañado por Los Inútiles), todo lo que se le ocurra, lectora, lector. Un crisol que en el caso de Meme se siente natural, nivelado, siempre con buena lírica de respaldo. Tal es la ventaja de quien lleva años probándose en el juego, acumulando el cariño de grandes audiencias y el respeto de sus pares.
Esa hazaña no se cumple, por supuesto, sin una banda que lo eleve. Hablamos de tres músicos notables en teclados, coros y serrucho (Lulú Bulos); batería, programaciones y sampleos (Juan Salvador Amezcua); además de Ramiro del Real, hermano de sangre de Meme. Un conocido compositor, arreglista y tremendo guitarrista, sabio al propulsar talento ajeno con humildad y elegancia. También se le puede escuchar en plataformas (“Será”).
Terminada su presentación, el siguiente momento en el que nos encontraremos con Meme será afuera del camerino de Los Lobos (quienes lo invitarán a un tema). Convertido en fan, se emociona de saludarlos. Allí le decimos cuánto hemos disfrutado su actuación. Le compartimos parte de lo que ya dijimos arriba. Hacemos hincapié en las proyecciones que tan acertadamente ha producido para cobijar su show. Comentamos su esfuerzo para que lo pregrabado suene impecable, lejos de los graves descontrolados de nuestros días.
Cuando elogiamos el popurrí con éxitos de Selena, José José y Juan Gabriel (en mashup con Madonna), Meme sonríe como niño travieso y pregunta retóricamente mirando al cielo: “¿Por qué no hacerlo?; ¿de quién son esas canciones? Se trata de pasarla bien. Son de todos.” Y tiene razón. Lo mismo pasa con el fruto de su propia imaginación, ése que ya nos pertenece y nos representa de algún modo.
Otrora productor y cómplice creativo de cantautoras como Natalia Lafourcade, Julieta Venegas, Carla Morrison y Ximena Sariñana, celebramos hoy que su inspiración y oficio se enciendan en solitario (añadiendo a su alquimia espléndida esa sutileza femenina, por cierto), más allá de lo que a futuro ocurra con su banda de toda la vida. Escúchelo. Déjese abrazar. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos ●

Cinexcusas/ Luis Tovar @luistovars
“ADELANTE, NO HAY nada que esconder”: eso fue lo que la actual consejera jurídica de la Presidencia de la República, Ernestina Godoy, respondió en su calidad de titular de la Procuraduría General de Justicia de Ciudad de México –cargo que ejerció de 2018 a 2020–, a la periodista, investigadora, activista y productora Paula Mónaco Felipe, nacida en Argentina y radicada en México, cuando ésta le solicitó su autorización para grabar, de mediados de 2022 hasta principios de 2025, los materiales que habrían de conformar el documental titulado la fiscal –así, con intencionadas minúsculas para, según explica la codirectora (su colega es Miguel Tovar), referirse a ella como se haría de quien ejerce cualquier otro oficio. Pero la fiscal que la película homónima tiene en su foco narrativo no es Godoy sino Sayuri Herrera, egresada de la Facultad de Derecho de la UNAM, licenciada en Psicología por la UAM, maestra en Derechos Humanos por la Iberoamericana, delegada del Consejo General de Huelga en el movimiento universitario de 1999, activista y primera directora, a partir de marzo de 2020, de la entonces naciente Fiscalía de Investigación del Delito de Feminicidio, responsabilidad que ejerció hasta que, para decirlo con una expresión popular, cayó p’arriba: cuando Sayuri sufrió de obstaculización interna, ya fuese por inercias burocráticas o por causas menos malintencionadas, Ernestina Godoy no le tomó la renuncia sino la ascendió a Coordinadora General de Investigación de Delitos de Género y Atención a Víctimas de la propia Procuraduría.
Las razones de dicho ascenso fueron las mismas que le hicieron a Sayuri ganar el encargo inicial: eficiencia, honestidad, integridad, compromiso real, empatía, sensibilidad con las víctimas y sus familiares, y esas razones son en buena medida la materia de la que se ocupa el documental de Paula Mónaco.
Tres, tres y cuatro
Dividido en tres partes, muy a la manera
como las plataformas digitales manejan hoy en día producciones que en realidad son una sola cosa que no tendría por qué ser capitulada –de seguro temerosas de que algo “demasiado” largo ahuyente al espectador, pero fortaleciendo así la creciente impericia colectiva para centrar la atención durante un lapso prolongado–, la fiscal despliega, a lo largo de aproximadamente tres horas, las tres vertientes narrativo-conceptuales que lo componen: la primera, lo que en términos estrictamente biográficos es bueno saber acerca de Sayuri Herrera, para entender de qué manera su trayectoria es la base de su postura ética y profesional ya en el cargo, así como los alcances de su proyecto al frente de la Fiscalía; la segunda, el qué, cómo y para qué de la propia Fiscalía, las resistencias y dificultades enfrentadas, el entorno adverso –interno y externo–al que sus integrantes debieron hacer frente, el desarrollo cada vez más acreditado de una labor exigida como pocas, susceptible de ser vista con el lente de un escepticismo feroz; y tercera, emanada directamente de todo lo anterior, la entrega de resultados satisfactorios, cuatro en el documental, de casos resueltos que en su momento causaron un revuelo mediático inevitablemente contaminado de tintes políticos, mediático-amarillistas, o ambos.
Sin aspavientos formales ni maromas de postproducción, sino valiéndose de gran eficacia visual narrativa –siempre al grano, evitando embonitamientos que no colaboran al despliegue de lo que se cuenta sino todo lo contrario– y un montaje notable de tan sencillo, limpio y elocuente, la fiscal cumple con creces el propósito de sus hacedores: visibilizar más, tanto como sea posible los feminicidios, ese flagelo social particularmente odioso, exasperante y persistente, y lo hace no limitándose a la denuncia y el reclamo, justos invariablemente, sino incorporando el otro lado, es decir, la respuesta institucional brindada a las víctimas y sus deudos, indudables coprotagonistas de esta película tan necesaria ●
ABRÍ LA PUERTA DE mi casa y observé que los carritos de la basura estaban encadenados a un poste de luz. Los empleados del servicio de basura brillaban por su ausencia. Me encaminé a la estación del Metro más cercana. Vivo en la alcaldía de Coyoacán y desde hace varias administraciones el PRIAN llegó para quedarse, porque es cierto, los lidercillos de la izquierda no han hecho un buen papel y los panistas, con chispitas de priismo y de perredismo, sí han desarrollado una fuerte capacidad de negocios, clientelismo y corrupción con el comercio formal e informal.
En el torniquete de entrada mostré mi credencial de adulto mayor. El policía me preguntó si mis cadenas eran también del INAPAM. No entendí la pregunta y le pedí que se explicara. Con la mano suelta en la que no portaba el celular y una tarjeta que pasaba por el sensor para liberar el acceso, sacudió unas cadenas que yo llevaba colgadas al cuello.
–No comprendo cómo llegaron a mi cuerpo –le dije desconcertado.
–Pues como a la mayoría que no votaron por sus libertadores y eligieron a las personas equivocadas, como bien la anunció Denise Dresser –comentó el policía, pretendiendo que yo no advirtiera las cadenas que sujetaban sus tobillos.
Intenté arrancármelas, pero sólo me hice daño y me provoqué un fuerte dolor en las vértebras cervicales y en el brazo derecho, que ya me venían doliendo desde hacía semanas.
–Pásele. Es inútil intentar deshacerse de estos grilletes que nos pusimos este 2 de junio –me dijo consternado y resignado el vigilante.
Caminé hacia los andenes y vi que la gran mayoría de las personas arrastraban pesadas cadenas, unas más grandes que otras. Por fortuna las mías no eran tan ostentosas, pero sí me dificultaban la marcha. Grupos de mujeres con pancartas de “feministas arrepentidas” lloraban desconsoladamente y se abrazaban unas a otras por haber desafiado al poder patriarcal. Cuando el vagón se abrió, era muy difícil entrar porque los que salían se enredaban con las cadenas de los que pretendían abordar el convoy. Cuando logré entrar y me deslicé entre tantos ciudadanos encadenados, pude sentarme porque unos guardias rubios y altos bajaron a unos vendedores ambulantes que hacían propaganda subversiva y llamaban a votar con conciencia de pobres. Nadie se atrevió a intervenir porque les pesaban las cadenas y porque estaban atemorizados por la presencia de estos grupos de vigilantes de Primer Mundo. Extraje de mi mochila un libro para leer hasta la estación cercana a la universidad. Me llevé la sorpresa de mi vida. Mi libro estaba encadenado al fondo de la bolsa y tenía una cadenita como separador.
Mientras leía, una señora me hizo la seña de que recogiera las piernas para ocupar el asiento desocupado junto a la ventanilla. Lo cual hice de inmediato.
–Oye, queelotuyo, déjame pasar. ¿Qué tú lees que no te enteras? –me llamó la atención su acento y la miré con curiosidad.

–¿Es usted cubana?
–No, hombre, es que estoy practicando mi habla cubana porque en las noticias y en unos volantes que echaron debajo de la puerta de mi casa decían que amaneceríamos siendo como Cuba o Venezuela y que perderíamos nuestras casas. Y yo, chico, para no perder lo poquitico que tengo voy a hablar cubano. Claro, también podría ser venezolana, pero me gusta más ser cubana. Adoro a Benny Moré.
La mujer casi me convencía de que en verdad era cubana si no fuera porque sus rasgos y su color de piel eran mexicas.
Salí aterrado del Metro y me pregunté si aún existiría la universidad donde yo laboraba, que no era de gente rica ni mucho menos y donde la gran mayoría éramos más indios que blancos. Me dio hambre y me di cuenta de que aún tenía tiempo como para desayunar algo antes de llegar a mi oficina. Entré a un restaurante de medio pelo para abajo con deseos de un café. Mientras me acomodaba las cadenas se me acercó un hombre mayor y me preguntó qué deseaba ordenar.
–¿Está usted solo? ¿No tiene quién le ayude? –lo interrogué y me percaté de que no llevaba cadenas como yo.
–Disculpe, no vinieron los meseros porque ya no hay quien les dé propina y a mí no me alcanza para pagarles un sueldo mínimo.
–Y usted, ¿por qué no trae cadenas?
–Es obvio. Soy una persona libre y sensata, voté por la gente bonita y bien de este país.
Después de desayunar pasé a una farmacia a comprar unos analgésicos porque me dolía el cuello y la cabeza. Un chico amulatado me atendió y cuando me preguntó qué buscaba le escuché un acento caribeño.
–Hola, entonces ¿decidiste hacerte el venezolano?
–Qué va, vale, soy de Venezuela. Soy un venezolano auténtico.
–Deja de fingir. No te creas ese cuento de que vamos a venezolanizarnos o que los venezolanos se van a mexicanizar, a menos que las razones sean porque nos gustan los joropos y la salsa y a ellos las rancheras.
–Noo, pana, coño, que soy venezolano y mi sueño, ¿tú sabes cuál es mi sueño?, es vivir en Estados Unidos, pero bueno, vale, México está lejos de Dios, pero más cerca de Gringolandia.
Quise responderle algo, pero no se me ocurrió qué. Por otro lado, las cadenas comenzaron a sonar con estridencia en mis oídos.
–Papá, papá, Claudia Sheinbaum arrasó en las elecciones y Clara Brugada se impuso a Taboada –irrumpió eufórico mi hijo menor, que recién acaba de cumplir dieciocho años y votó por primera vez en su vida. Amodorrado, apagué el despertador. Hice el intento de retirarme las cadenas, pero estaba enredado en las sábanas calientes de la primavera. Le pedí que abriera las cortinas y las ventanas para respirar el aire fresco de la mañana de ese lunes 3 de junio, en que, ufff, seguimos siendo libres ●