La Semanal 1/2/2026

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UNA ESCRITORA ALEMANA EN MÉXICO

ANNA SEGHERS Y EL

Claudia Cabrera y Hermann Bellinghausen

SEMANAL

Letras francesas contemporáneas.

Pierre Michon y las vidas minúsculas

FABIO GAMBARO Y LIDIA LOMBARDI

Repensar lo humano. Entrevista con el psicoanalista

Gabriel Rolón

MARIO BRAVO

1 de febrero de 2026 // Número 1613

Portada: Collage digital de Rosario Mateo Calderón.

UNA ESCRITORA ALEMANA EN MÉXICO. ANNE SEGHERS: ANTIFASCISMO Y EXILIO

En el número 81 de la calle antes llamada Volkswohlstrasse, en lo que fuera Berlín Oriental, se aloja el Museo Anne Seghers, y la calle ha tomado también el nombre de la autora, entre otros títulos, de Crisanta. Noveleta mexicana, El azul de Benito y La séptima cruz, esta última novela llevada al cine por Fred Zinnemann. Nacida en Maguncia, Alemania, al comienzo del siglo XX, contemporánea de Bertolt Brecht, Walter Benjamin, Kurt Weill y otros notables autores, Anne Seghers tuvo que dejar su país para escapar del fascismo nazi y su periplo la trajo a México, donde vivió entre 1941 y 1947, cuando regresó a la entonces República Democrática Alemana. Durante su exilio fundó la revista Alemania Libre –donde lo mismo publicaron Vicente Lombardo Toledano que Pablo Neruda– y el club antifascista Heinrich Heine. Miembro del Partido Socialista, condecorada y reconocida en múltiples ocasiones, Seghers vivió en carne propia las nefastas consecuencias del fascismo, contra el que mantuvo una lucha indeclinable que, en estos tiempos aciagos, es ejemplo y guía.

DIRECTORA GENERAL: Carmen Lira Saade

DIRECTOR: Luis Tovar

EDICIÓN: Francisco Torres Córdova COORDINADOR DE ARTE Y DISEÑO: Francisco García Noriega FORMACIÓN Y MATERIALES DE VERSIÓN DIGITAL: Rosario Mateo Calderón

LABORATORIO DE FOTO: Adrián García Báez, Israel Benítez Delgadillo, Jesús Díaz y Ricardo Flores

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▲ Francisco Linares Calixto . Foto tomada de Culturas Populares Durango. https://www.facebook.com/photo?fbid=97 4291761403849&set=a.358492022983829

FRANCISCO LINARES, FOTOCRONISTA MINERO

Francisco Linares Calixto (1950-2026) conoció el mundo del carbón rojo de Coahuila desde lo más profundo. Minero por elección política, lo vivió en carne propia. Tanto, que casi perdió la vida en sus túneles y su salud nunca volvió a ser la misma después de respirar sus polvos tóxicos. Fotógrafo por vocación, lo retrató desde dentro en toda su fuerza y crudeza.

La lista de heridas y dolores que Francisco Linares sufrió en las entrañas de la tierra -y que aparecen como la trama latente de sus imágenes- es interminable: pozos carboneros que colapsan en zonas mineras abandonadas, negligencia de seguridad, trabajadores atrapados bajo los escombros, silicosis pulmonar, jornadas extenuantes de trabajo en las fronteras del infierno, explosiones ensordecedoras que cuartean viviendas, viudas inconsolables que claman justicia y pensiones, huérfanos desamparados, riquezas estratosféricas de unos pocos y miseria de quienes extraen los veneros del diablo en forma de hulla.

Don Panchito -como le decían cariñosamente los suyos- nació en el seno de una familia campesina de once hermanos en Puebla, con mamá ejidataria. Le nació la conciencia al ver (y sufrir) los abusos del cacique del pueblo. Ayudó al cura en la misa y él lo impulsó a seguir estudiando. Era bueno para las matemáticas. Con el apoyo de su amigo de toda la vida, Severiano Sánchez, quien lo acompañó a lo largo de los años, entró a estudiar Físico-Matemáticas en el Polítécnico.

Fue el responsable cultural de la organización estudiantil de su escuela. En embajadas y sociedades de amistad de países socialistas obtuvo películas para proyectar y literatura revolucionaria para propagandizar. Salvó la vida el 10 de junio de 1971. La rabia que le sigió al ataque fue motor de su compromiso político. Encontró en la Revolución china, las obras de Mao-Tse Tung y la literatura bolchevique guía para la acción y fuente de inspi-

ración. El Libro rojo fue su mapa para moverse en el mundo.

Dejó los estudios para proletarizarse y peregrinó por varias fábricas de Naucalpan junto a un grupo de compañeros, en su mayoría politécnicos. Participó en huelgas y protestas, hasta que que en 1978 partió a la Cuenca Carbonífera a organizar la lucha proletaria. Durante más de diez años trabajó en tres minas, siempre en las actividades más pesadas. Sufrió tres graves accidentes y tuberculosis (se le agujereó un pulmón). Cuando su organización política se disolvió, él se quedó en la región luchando.

A finales de los noventa fue boletinado por la patronal. Ya no le dieron trabajo en las minas. Lo persiguieron para dañarlo. Se refugió en Rosita. Se hizo periodista y, más tarde, fotógrafo. Encontró su primera chamba como reportero en la sección deportiva de El Mundo

El diario apenas comenzaba a despegar. Además del camarógrafo, había apenas tres periodistas. El de la fuente política, el de la nota roja y él, que cubría deportes. Pero tenía un problema. Cada día se iba a reportear a los campos deportivos y caminaba con el solazo del semidesiero sobre su cabeza, mientras que el fotógrafo prefería quedarse en la ciudad, donde conseguía invitaciones a comer, o, de perdida, unas chelas. Así que sus notas estaban huérfanas de imágenes. Con suerte, lograba que su colega sacara de su archivo alguna vieja fotografía, usualmente ya publicada, de manera que decidió hacerse también fotorreportero. Su colega le vendió una pesada cámara Nikkomart que le sobraba, en 15 mil pesos. Santo remedio. Sus reportajes se llenaron de retratos y los deportistas compraban gustosos el diario, no tanto por las noticias sino porque encontraban sus fotos en sus páginas.

La fama profesional de don Panchito creció como chisme en rancho. Su jefe de redacción le ofreció subirle el raquítico salario si cubría otras fuentes. Aceptó. Uno de sus grandes éxitos era la sección “Alumnos que destacan” Iba a las escuelas, entrevistaba a los mejores alumnos, hablaba con la directora, conversaba con los padres y los fotografiaba.

Sin embargo, la celebridad se volvió un problema. Las notas críticas sobre sucedidos en el municipio encolerizaron al presidente municipal. Y, como no queriendo la cosa, para resolver los entuertos el alcalde firmó un convenio con el dueño de la publicación para que hablaran bien de él. En protesta, el jefe de redacción renunció y, en solidaridad con él, Francisco se marchó también.

Fundaron el tabloide Presencia, explicando las razones de su partida. Informaron, además, de una invasión de tierras para vivienda de mineros. El pleito escaló. El propietario del antiguo diario andaba con el narco y tenía sus pistoleros, de manera que uno de sus gatilleros los amenazó. “Cálmense”, les advirtió. El jefe de redacción le respondió: “Nosotros vamos a decir la verdad siempre.” El sicario le reviró con un amago: “¡No! Los vamos a matar.” No eran palabras. Los pistoleros les dispararon e hirieron a Ángel Tello. Un ejemplar de Presencia quedó ensangrentado. La noticia del ataque salió en 24 Horas de Jacobo Zabludovsky, donde entrevistaron a Panchito. A pesar de la agresión, con dificultades y tropiezos, Presencia siguió saliendo. Linares reporteaba y tomaba fotos. Cargaba siempre su cámara con él, al comienzo una de marca Panasonic y al final una Nikon. También tenía una de video de cassete Sony.

Incursionó en hacer fotos infantiles y, más adelante, de bodas y XV años. Colaboró con el periódico la La Voz de Monclova hasta que le fue imposible seguir haciendo periodismo. Se transformó entonces en el payaso Kikolin. Lo que comenzó como un show para entretener a su hija en su fiesta de cumpleaños, se volvió una exitosa y digna forma de ganarse la vida. Cuenta Francisco: “Empecé entonces a disfrazarme. Fue muy bonito. Los niños son maravillosos.” Francisco era un hombre tenaz. Conoció a su esposa Ana Alicia Castillo, nacida en Linares, al pasar por una tienda. Quedó prendado. En ese mismo momento decidió que era la mujer de su vida y se iba a casar con ella. Insistió e insistió hasta que finalmente la llevó al altar. Inspirado en la lectura del Evangelio, don Panchito siguió comprometido con las mejores causas de la región minera. Sobre el significado de la Biblia en su vida, me explicó: “Su lectura me daba fuerza. Fue donde empecé a hallarle sentido. La lucha de los tajos me ha ayudado mucho. Pero ahora ya no fue con los mineros, fue más personal. Siento que esa lucha estuvo muy bonita porque conocí a Dios en vida y viví y me acompañó.”

Los rostros de la minería

LINARES ESTUVO en primera línea en protestas contra la contaminación ambiental y la destrucción del medio ambiente. El 19 de febrero de 2006, cuando explotó el tiro 8 de la mina Pasta de Conchos, sesenta y cinco mineros quedaron atrapados. El dueño, Germán Larrea, se negó a rescatar los cuerpos de los fallecidos, argumentando que era imposible hacerlo. Evadiendo a la autoridad, Francisco bajó a la mina con su cámara para demostrar que era factible recuperar los restos mortales de los sepultados.

Francisco Linares capturó con su cámara, como pocos fotodocumentalistas lo han hecho, los avatares, sinsabores y potencia de la cultura minera y su resistencia. Pero, también, la vida familiar y comunitaria de los pueblos del carbón.

En diciembre de 2023, parte de su obra fue expuesta en la exposición Rostros de la minería, testimonio de una realidad invisible fuera de sus confines. Aparecen allí minas, reuniones y rostros de mineros, capillas, cruces sembradas a la orilla del camino y ceremonias oficiadas por don Raúl Vera. Las imágenes son un entrañable homenaje a los que se fueron trágicamente y una forma de acompañar el incansable peregrinar de viudas e hijos en búsqueda de justicia.

Según su hijo José Francisco, su papá “mostraba sus fotos en las reuniones comunitarias y las exponía pegándolas en cartulinas que circulaban de mano en mano o se colgaban en los muros. Creía que era bueno revelar lo que sucedía. Que la gente se llevara un recuerdo de lo que había pasado y que las demás personas lo pudieran ver”. Francisco Linares, fotógrafo y orgulloso minero, revolucionario, católico, fiel a su clase, partió el pasado 16 de enero a las 20:30 horas. Tenía setenta y cinco años. Le sobreviven cuatro hijos. En su entierro, un minero de Barroterán dijo que “era un hombre bueno, de buenos sentimientos”. Perteneció a una generación de politécnicos que marcharon al pueblo para hacer organización, conciencia y revolución sin ambicionar puestos públicos, ni poder, ni dinero. Sus afanes y sus obras, sus batallas y sus fotos, nos enseñan que los cambios los hacen grandes hombres y mujeres como él, a menudo invisibles para quienes creen que la historia se escribe desde arriba y con mayúsculas ●

▲ Mineros en Pasta de Conchos, 2006. Foto: La Jornada / María Melendrez Parada.

El extraordinario novelista y ensayista francés Pierre Michon (Cards, Châtelus-le-Marcheix, Creuse, 1945) es uno de los narradores más originales en el mundo, poseedor de una prosa experimental, audaz y cargada de poesía. Debutó como escritor a los cuarenta años y enseguida ganó reconocimiento internacional gracias a la novela Vidas minúsculas , a la que le siguieron títulos como Rimbaud el hijo, Señores y sirvientes y muchos otros.

PIERRE MICHON Y LAS VIDAS MINÚSCULAS LETRAS FRANCESAS CONTEMPORÁNEAS.

‒Estas vidas breves concentradas en pocas páginas parecen ser una alternativa a la novela clásica. ¿Es así?

‒No tenía como objetivo un género, pero al escribir deseaba eliminar todo lo superfluo, quizá para captar la quintaesencia de la narración novelística. En esa época la literatura francesa no me satisfacía, así que busqué un camino más personal. Sin embargo, también hay que decir que probablemente soy incapaz de escribir una novela más tradicional.

¿Qué se lo impide?

‒La longitud me fastidia. Si un texto es breve, en general puedo memorizarlo desde la primera hasta la última frase y, por lo tanto, controlarlo perfectamente. De esta manera mantengo siempre el control sobre lo que escribo. En cambio, si un texto es largo es fácil perder el control, dejando espacio para el azar y a los imprevistos. En una novela se ve inmediatamente dónde el texto se escapó de las manos al autor. Y de hecho, me gustan muchísimo los relatos de Borges, sus estructuras perfectas y totalmente dominadas por quien escribe.

‒Una forma de dominar el texto es el uso de un lenguaje rico y preciso, un lenguaje que organiza el control de lo real…

‒Naturalmente el lenguaje no lo es todo, también cuentan las ideas presentes en un texto. Pero cuando escribo me aseguro de que el mundo entero esté presente en cada frase, aunque cada frase sólo es un fragmento distinto y una interpretación diferente de ese mundo. Cada frase debe ser el sésamo que nos permita incursionar en el reino de las mil y una noches de la realidad. De ahí quizá la impresión de exactitud de mi libro, que consigue ser preciso incluso cuando habla de algo tan inasequible como los sentimientos y las sensaciones.

‒¿Las vidas minúsculas se convierten mayúsculas a través de la literatura?

‒Me gustaría que fuera así. Sería bello que, a través de la literatura, fuera posible redimir sus vidas difíciles y golpeadas. Aunque naturalmente también hay una dimensión más personal, ya que yo también fui un marginado. Para quienes, como yo, crecieron en el campo profundo, existía una prohibición tácita contra cualquier ambición literaria. El mundo de la cultura no era el nuestro, debíamos mantenernos alejados de él. Así que, al hablar de mis pobres personajes, en el fondo también hablo de mí mismo.

‒Ayudar a los hombres a ser más humanos y a escapar de su condición de inferioridad, ¿es este el propósito del arte?

‒Es cierto. La literatura es una forma de elevar nuestras vidas sin deformarlas. Por desgracia, sin embargo, todavía hay demasiadas personas que continúan excluidas. Y después en el mundo hay mucha violencia y tantísimo horror, ante los cuales la literatura puede reaccionar de muchas maneras. Yo, por ejemplo, prefiero no hablar de los problemas específicos del mundo contemporáneo y de las tragedias a las que nos vemos obligados a asistir en estos tiempos.

‒Sin embargo, en sus novelas ‒incluso en el pasado‒ se enfrenta frecuentemente a la injusticia, a la violencia, a la exclusión…

‒Sí, pero la literatura siempre es extremadamente ambigua. Por un lado, lamenta y denuncia el horror del mundo y de la historia; por otro, lo utiliza, lo exalta, lo estetiza. Este es el aspecto terrible de la literatura: la dimensión estética lo hace todo permisible.

‒Los personajes de Vidas minúsculas (1984) tienen todos un destino más o menos trágico. ¿Por qué?

‒Con un lenguaje elevado y literario, usted narra un universo pobre y campesino, para el que la cultura resulta muchas veces un sueño lejano…

‒La elección lingüística rinde honor a esa gente pobre, intenta erigir un monumento que ennoblezca a esos individuos, aunque sólo sean campesinos alcoholizados.

‒El texto siempre tiene una dimensión sacrificial. Necesita de tragedia y sacrificio. Un texto es una sentencia de muerte, debe sangrar. Por eso toda la literatura nace de la tragedia. Como decía Borges, a las personas les suceden ciertas desgracias para que las generaciones futuras puedan hablar de ellas. Y si frecuentemente la literatura parte del dolor colectivo para expresar el dolor individual de los personajes, también es cierto lo

▲ Pierre Michon. Foto tomada de la portada Llega el rey cuando quiere. Conversaciones sobre literatura, Pierre Michon.

El texto siempre tiene una dimensión sacrificial. Necesita de tragedia y sacrificio. Un texto es una sentencia de muerte, debe sangrar. Por eso toda la literatura nace de la tragedia. Como decía Borges, a las personas les suceden ciertas desgracias para que las generaciones futuras puedan hablar de ellas. Y si frecuentemente la literatura parte del dolor colectivo para expresar el dolor individual de los personajes, también es cierto lo contrario: la tragedia individual sirve para evocar una tragedia colectiva. contrario: la tragedia individual sirve para evocar una tragedia colectiva. De este modo, en Vidas minúsculas las desgracias de cada uno remiten a una desgracia colectiva.

‒Hace algunos años publicó un libro titulado Llega el rey cuando quiere (2007). ¿Ese rey es la literatura?

‒Sí, la literatura llega cuando quiere. La inspiración es repentina e impredecible, no se puede controlar ni ejercer a voluntad. Algunos escritores consiguen escribir con regularidad todos los días. Yo no. A veces escribo intensamente durante tres semanas y luego nada en un año. La escritura es un tanto milagrosa, porque sucede de vez en cuando. Quizá muy raramente.

‒¿Por qué debutó como escritor a los cuarenta años? No obstante que antes no hacía otro trabajo... ‒Sucedió un invierno, después de volver a ver el huerto de mi abuelo Félix. Estaba invadido por la hierba, y sin embargo él, que había cultivado la tierra toda su vida, gastaba allí sus últimas fuerzas. Antes había hecho pruebas de escritura. Dramaturgia, con un grupo de teatro surgido en el sesenta y ocho. Luego terminó la época de las revueltas y también terminaron las agitaciones políticas. Sin embargo, pensaba que debía escribir ‒y de hecho escribía mucho, sin atreverme a presentarme ante un editor‒ como un autor de vanguardia, de forma inteligente, universal, abierto a todo. Quería ser así para liberarme del mundo que me había formado, que era todo lo contrario: campesino, provinciano, monótono. Pues bien, precisamente observando aquel huerto abandonado me convencí de que debía partir de allí, del mundo campesino de Limousin. Sin querer ser intelectual a toda costa. Sólo partiendo de ese detalle podría acceder, eventualmente, a lo universal.

‒Pero, ¿cuándo nació en usted la vocación por la literatura?

‒De niño. Mi madre me leía historias fantásticas que me transportaban a un mundo amplio, exótico, maravilloso. Había un abismo: por un lado, mi realidad confinada en un lugar alejado de todo, donde

nada parecía suceder; por otro, un universo sensacional, en el que todas las aventuras eran posibles, en el que todas las cosas podían ocurrir. Entonces me propuse crearlas yo mismo, como un demiurgo, esas historias fuera de la norma, esos héroes.

‒¿Nunca lo tentó escribir poesía? Sin embargo, su estilo es tan preciso y indirecto como el de la lírica.

‒De joven, en la universidad, escribí poemas. Pero eran pésimos. Me digo que quizás podría hacerlo. Pero como quiero vivir de lo mío, y los ingresos provienen de la escritura, soy consciente de que con los versos se llega a pocos lectores. Verá, nací pobre, ahora lo soy menos, pero eso sucedió solamente porque escribo.

‒Pero ¿está satisfecho con lo que ha producido hasta ahora? Uno de sus personajes, al partir hacia África, dice: “O me haré rico o moriré”. Y el narrador, en las líneas siguientes, lo compara precisamente con un escritor, para quien la riqueza proviene de la satisfacción por lo que plasma en la página.

‒Bueno, estoy satisfecho. Pero creo que el parque de juegos no está cerrado, que todavía tengo algo que decir. Sin embargo, en Vidas minúsculas se percibe que el autor aspira a algo definitivo. Quizás lo mejor para mí hubiera sido morir al final del libro, para que esa obra permaneciera ‒junto con mi reputación‒ como algo único e irrepetible.

‒En cambio ha escrito otros libros. Biografías de personajes famosos, como el cartero Roulin ‒inmortalizado por Van Gogh‒, Rimbaud, reyes y emperadores.

‒Libros que, inicialmente, tuvieron más éxito que Vidas minúsculas. Mejor así, también en este caso. Porque me habría acomodado en la fama de mi primer libro y habría continuado por esa

senda, convirtiéndome en un autor demasiado distinguible.

‒Sus personajes pertenecen al pasado. ¿No le interesa la modernidad?

‒Cuando comencé a escribir la modernidad todavía tenía sentido. Ahora estamos en la postmodernidad, que también lo ha absorbido todo en la literatura. Nos encontramos en el magma de lo indiferenciado. Por lo demás, sigo prefiriendo a los autores que me han formado, empezando por los que me leía mi madre. Si tuviera que elegir sólo tres, diría Baudelaire, Rimbaud y, sobre todo, Faulkner, quien para mí es un padre a pesar de que está ausente en mis obras. Me fascina porque vivió en un entorno rural, como yo. Aunque ahora sólo vivo en mi tierra natal durante el verano, mientras que en invierno me traslado a Nantes.

‒Y entre los italianos, ¿a quién prefiere?

‒Autores de principios del siglo XX: Pasolini, especialmente sus primeros poemas friulanos, entre los que recuerdo uno que invoca a Jesús y lo llama “Jesús” (Soy un muchacho bueno,/ lloro todo el día,/ te lo ruego, Jesús mío, no me dejes morir./ Jesús, Jesús, Jesús...). Y luego Rigoni Stern, [Ana Maria] Ortese, Antonio Moresco de La lucina. Omití citar a Dante, quien merecería un largo discurso aparte.

‒¿Cómo construye sus libros?

‒Trabajo a ráfagas. Todas mis obras han sido escritas en poco tiempo. Vidas minúsculas en cuatro meses, otras en muy poquísimas semanas. El resto del tiempo no me sale nada. Es como si me acunara en un credo, en una fe inquebrantable según la cual llegarán los momentos de inspiración y entonces hay que aprovecharlos inmediatamente. En el cajón tengo libros que podrían estar terminados o no. No persigo a los editores. Uno con el que estaba muy en sintonía, Verdier, siempre me animaba a darle los manuscritos. “Te digo que están terminados”, me aseguraba. Ahora está muerto y se ha acabado ese estímulo ●

Traducción de Roberto Bernal.

ÉTICA Y PSICOANÁLISIS REPENSAR LO HUMANO

“Escribir fácil es muy difícil. Los ensayistas nos refugiamos en la trinchera académica y laberíntica para eludir el desafío de decir ideas complejas de una manera simple”, confiesa el psicoanalista argentino y autor de varios libros publicados en Latinoamérica. Egresado de la Universidad de Buenos Aires, Gabriel Rolón (La Matanza, 1961) charla con La Jornada Semanal en su más reciente viaje a México.

▲ L’agent double, Remedios Varo, 1936. Tomada de https://maes.unizar.es/project/remedios-varo-agent-double/

Entrevista con el psicoanalista

Gabriel Rolón

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Pincelar al psicoanálisis

‒¿Cuáles son los basamentos de su escritura?

Bichos raros

‒¿Cuál es su necesidad de escribir sobre lo que sucede en el consultorio?

‒¡Qué linda pregunta me haces! Es un detalle en el que nadie se ha detenido dentro de las muchas personas que me han entrevistado durante estos años de escritura. Antes que nada, me siento un músico: pienso un libro como una obra coral, polifónica, con momentos andantes y momentos adagio… suavidad y fuerza, emotividad y teoría. Para atravesar cada uno de esos pasajes, uso herramientas desde distintos lugares literarios: el canto popular, por ejemplo, al emplear una letra de Joan Manuel Serrat o un tango; asimismo, me nutro de pensadores como André Comte-Sponville u Octavio Paz, miradas más poéticas como la de Jorge Luis Borges, sin obviar a Julio Cortázar, Herman Hesse, Albert Camus o Herman Melville. Los Miserables, de Víctor Hugo, fue mi primera lectura importante a mis 14 años de edad. Me impresionó su potencia descriptiva. Además, otro insumo ha sido el tiempo durante el cual trabajé en radio con el músico, escritor y artista Alejandro Dolina quien es extraordinario. Me alimento de literaturas a las cuales trato de darles una voz propia, mía, vinculada al psicoanálisis y a las lecturas de las obras de Sigmund Freud y Jacques Lacan quienes son mis referentes disciplinarios. Trato de pincelar al psicoanálisis allí en donde siento que tal teoría suma a mi literatura, y no condicionar mi literatura a la mirada psicoanalítica.

‒Los libros sobre casos clínicos fueron mis primeras obras. Empecé a escribir hace dieciocho años cuando me ofrecieron publicar. En aquel entonces ocurría el apogeo de El libro negro del psicoanálisis, la llegada de las neurociencias y la perspectiva cognitivo-conductual. Los psicoanalistas parecíamos bichos raros que debías ir a ver a un museo, gente que no te saluda en el ascensor y personas que se ponen tensas si te encuentran en una playa… Nos miraban como a personajes de una teoría antigua y elitista. Y no era eso lo que yo vivía. Sentí que le debía algo al psicoanálisis por todo lo que hizo por mí, tanto como paciente y en mi calidad de analista. Registré la necesidad de mostrar a la gente cómo se trabaja en un análisis y decirle al lector que un analista sí puede conmoverse, darle un abrazo al paciente en cierto momento tras una situación muy particular o asistir a un cumpleaños. En uno de los casos escritos, narro la situación de una anciana con melancolía ante la muerte de su esposo. Ella siempre decía: “Hay que morirse joven. ¿Para qué llegar a esta edad?” El destino le puso por delante que una de sus hijas enfermó de cáncer. A la anciana, en mi consultorio, le dije: “‘Póngase contenta. Quizá su hija morirá joven.” Ella contestó: “¡Rolón, usted es un hijo de puta!” Esa situación fue durísima para ella. Trabajamos bastante. Y, para su cumpleaños setenta, pudo afirmar: “Tengo ganas de celebrar la vida… Y usted tiene mucho que ver con eso… ¿Vendría a mi cumpleaños?” Acudí, bebí una copa de champagne, le saqué fotos y la abracé… y eso no propició que dejara de ser su analista. En mis libros he querido mostrar algo: los analistas somos

profundamente humanos. Un analista indiferente al dolor no podría dedicarse a esto.

Contra Descartes

‒En el mundo psicoanalítico existe una anécdota, no se sabe qué tanta veracidad posee tal relato: Freud al arribar en barco a Nueva York, en 1909, le dice a Jung: “No saben que les traemos la peste”. ¿El psicoanálisis, hoy en día, mantiene ese estatus o se domesticó?

‒El psicoanálisis sigue siendo la peste, continúa siendo el tábano socrático que pica y molesta. Imagínate, año 1894: ¿quién tendría la valentía para decir que la sexualidad humana era perversa, por definición, y que un hombre podía amar a un hombre y una mujer a una mujer, y que eso no era más perverso comparándolo con una relación heterosexual? También, recordemos que Freud se posicionó en contra del “pienso, luego existo” cartesiano: existo allí en donde no puedo pensar… en el inconsciente. El psicoanálisis, actualmente, se opone a la mentalidad productivista de nuestra época: rápido y produciendo. Allí, el psicoanálisis dice: “Esto llevará tiempo.”

Hachazo a la soberbia

‒La pandemia de Covid-19, ¿cómo dejó a la humanidad en el plano psíquico? ¿En su consultorio cómo ha registrado esas heridas y marcas tras aquel pasaje oscuro y mortífero?

‒Hay heridas muy notorias. Al encerrarnos, el confinamiento nos obligó a mirar si estamos con quien queremos estar, si somos o no quienes queremos ser. Hay un aspecto positivo que introdujo la pandemia: se llevó ese sentimiento de omnipotencia de los seres humanos, nos demostró que podemos morir en cualquier momento y nos hizo entender que contamos con ciencia, sí; pero aún hay temas que no resolvemos ni comprendemos. Fue un hachazo a la soberbia del ser humano. Como psicoanalista valoro mucho todos esos cuestionamientos que aparecieron en la gente, los límites que debieron aceptar, aquello que las personas hicieron con su tiempo. La pandemia vino a salvarnos desde algo que hoy nos complica: las redes sociales. En el confinamiento hubo un aprendizaje en relacionarnos sin carne, sin el cuerpo a cuerpo, sin el otro de verdad… y está costándonos restituirlo. Eso puede estar siendo utilizado, perversamente, tanto por el poder dominante como por la globalización: la intención es que cada vez consumamos más y nos relacionemos menos.

Cuerpo y palabra

‒Escuchándole, recuerdo El malestar en la cultura, texto freudiano de 1930. Allí, Freud advierte que el ser humano utiliza “calmantes” para percibirse invulnerable ante las vicisitudes de la vida en sociedad. ¿Las redes sociales son esos falsos recursos de la actualidad?

‒Sí, nos invitan a una nueva manera de vivir y relacionarnos. No es casual que, actualmente, con tanta libertad sexual y tantos caminos aparentemente tan sencillos para tal fin, leo estadísticas donde nos informan que la gente hoy tiene menos sexo que nunca. En Introducción al narcicismo, Freud utiliza la metáfora de la ameba y los pseudópodos para decir que el amor se comporta así: de repente tira lazos, toma un objeto y lo envuelve… entonces, es cuando amas o tienes un amigo. Y, cuando eso no sucede y casi toda la

Se está perdiendo cierto registro del otro como un semejante, y cuando el otro para ti no es un semejante, entonces lo puedes torturar, insultar, matar… pasas a un lado de él y no te importa si tiene hambre o frío porque duerme en la calle, pues no es un semejante. Desubjetivar al otro genera una ruptura ética de la cual, después, es difícil volver.

libido queda en uno mismo porque nos relacionamos con poca gente, se vuelve peligroso porque dicha desmesura se transforma en algo patológico. Nos ponen el señuelo de que en las redes sociales hay un otro… cuando en realidad estamos muy solos. Pensemos en un hombre de cincuenta años de edad, separado, que ha salido con cuatro mujeres distintas en una semana y en el consultorio dice estar cansado, sentirse solo y sin ganas de entrar al sitio web de citas. ¡Se lo lleva por delante la ausencia del otro real! Siguiendo tu metáfora, nos acostumbramos tanto a las muletas que ahora, con las piernas sanas, nos negamos a caminar, pues atrofiamos los músculos. El yo, antes que nada, es un yo corporal, decía Freud. Somos seres del cuerpo y la palabra, somos una mezcla que le da paso a un animal hablante, sin instinto, con pulsión, un animal obligado a poner en palabras todo lo que quiere… un animal que nunca tendrá su objeto porque éste se escapa y cuando uno cree haberlo hallado, me daré cuenta de que sigo insatisfecho. El entrecruzamiento del cuerpo y la palabra es lo que nos hace humanos.

Desubjetivar al otro

‒En Argentina cierto sector de las juventudes simpatiza con el discurso ultraderechista de Javier Milei. Usted, desde los relatos escuchados en su consultorio, ¿considera que la desconexión entre el deseo y el cuerpo del otro pudiera estar siendo aprovechada por narrativas neofascistas?

‒El adolescente es rupturista y rebelde, plantea su desafío porque debe romper un orden de la niñez. Históricamente, el adolescente ha sido conflictivo y se suma a voces rupturistas, conflictivas, que parecen atacar al status quo. El sistema tiene muchos caminos laterales que conducen al mismo sitio para engañar a los desprevenidos, y los adolescentes son desprevenidos: creen que están desafiando el orden mundial porque reniegan de un derecho que costó mucho esfuerzo conseguir y, en realidad, están siendo guiados por “la existencia inauténtica”, como diría Martín Heidegger. Se está perdiendo cierto registro del otro como un semejante, y cuando el otro para ti no es un semejante, entonces lo puedes torturar, insultar, matar… pasas a un lado de él y no te importa si tiene hambre o frío porque duerme en la calle, pues no es un semejante. Desubjetivar al otro genera una ruptura ética de la cual, después, es difícil volver.

Batallas humanas

‒El psicoanálisis se vale de la oralidad para que el paciente resignifique su historia. ¿Qué puede la palabra en el mundo actual?

‒Allí donde se intente renunciar al ejercicio de la palabra se estará atentando contra la humanidad. No puede retirarse de la palabra aun quien quiere hacerlo. La persona que hace voto de silencio no deja de pensar ni de estar recorrido todo el tiempo por el lenguaje. En ese “no voy a hablar más”, das a la palabra un lugar enorme, magnánimo, potente, tanto que debo renunciar a esto para no irme al infierno. Pienso en un asceta, en un samana del bosque o en un monje de clausura. En un mundo rodeado de cosas imaginarias, fantasmales y falaces es donde la palabra como sostén simbólico del ser humano viene a aportar algo. La palabra debe librar su batalla. Los movimientos ultraderechistas utilizan, a propósito, la palabra degradada. Y si se degrada a la palabra, entonces, se dragada al ser humano ●

ANNA SEGH UNA ESCRITORA ALEMANA EN MÉXICO.

Anna Seghers 1900-1983), pseudónimo Netty Reiling, fue una importante escritora alemana que vivió exiliada en México, donde realizó parte de su obra, entre otras, Das siebte Kreuz (La séptima cruz), “considerada como una de las mejores novelas antifascistas sobre el Tercer Reich”y donde también fundó el movimiento político y su órgano difusor, la revista con el mismo nombre Freies Deutschland (Alemania Libre). Este artículo recorre su vida e invita a la lectura de su obra.

Los comienzos y el exilio

NETTY REILING NACIÓ casi a la par que el siglo XX, el 19 de noviembre de 1900, en el seno de una familia judía pudiente y respetada. Su padre era comerciante de arte y antigüedades en su natal Mainz. Esa ciudad y sus alrededores, a orillas del Rin, habrían de dejar una marca indeleble en la vida y la escritura de quien, a fines de la década de 1920, adoptaría el pseudónimo, primero, de Seghers y, después, de Anna Seghers. Con este nombre definitivo pasó a la historia como una de las mejores escritoras de lengua alemana de la historia reciente.

Seghers no sólo fue testigo de muchos de los más relevantes acontecimientos históricos de ese siglo, sino que le tocó presenciarlos de cerca o vivir sus consecuencias en carne propia: la primera guerra mundial, el auge del comunismo y sus luchas sociales, el ascenso del nazismo, la segunda guerra mundial, el Holocausto, el exilio, la división de Alemania y el subsecuente establecimiento de la República Democrática de Alemania, las purgas estalinistas...

Las dos guerras y sus repercusiones fueron tema de algunas de sus mejores obras literarias, que escribió durante su prolongado exilio – en total, catorce años–: en Francia y, sobre todo, en México, adonde arribó junto con su familia el 30 de junio de 1941.

Tras una travesía por el Atlántico que, en palabras de la propia Seghers, duró “más que el viaje de Colón a América”, el barco carguero Capitain Paul Lemerle atracó en el puerto de Veracruz.

A esta llegada salvadora la habían precedido meses de zozobra, después de que el ejército nazi hubiera invadido París, en junio de 1940. Las autoridades francesas habían metido presas a miles de personas, entre ellas a su marido, Laszlo Radvanyi, en campos de internamiento, por ser “extranjeros enemigos”. Seghers, que vivía en la clandestinidad, tuvo que hacerse cargo sola de la manutención de sus hijos, Pierre y Ruth, y de los fatigosos y cuasi surrealistas trámites burocráticos para gestionar los boletos de barco, las visas de salida de Francia, las de tránsito, y las de ingreso a México para ella, Radvanyi y los niños. Ese azaroso periplo lo describió en su novela Transit (Tránsito), anecdotario fidedigno y atroz que sirvió de marco a una fantasmagórica historia de amor imposible y con el que, al mismo tiempo, le alzó un monumento literario a Gilberto Bosques, el cónsul general de México que no sólo salvó a decenas de miles de republicanos españoles, sino también a muchos intelectuales germanoparlantes comunistas y judíos. Entre estos últimos se encontraban, además de Seghers, entre otros, Egon Erwin Kisch, Ludwig Renn y Bodo Uhse, y las escritoras Lenka Reinerova y Alice Rühle-Gerstel, con sus respectivas familias. Al inicio de su exilio, los Radvanyi pudieron subsistir gracias a la ayuda y el apoyo, también económico, de amigos y organizaciones humanitarias. Se instalaron en un pequeño departamento en Río de la Plata 25, en la Colonia Cuau-

▲ Los hermanos Mann, Thomas y Heinrich.
▲ Anna Seghers. Collage digital de Rosario Mateo Calderón.

ERS Y EL ANTIFASCISMO

htémoc. A los niños los inscribieron en el Liceo Franco-Mexicano. En 1943 encontraron la casa en la que habrían de vivir durante el resto de su exilio: en la Avenida Industria 215, en Tacubaya. Arriba, en la azotea, Anna Seghers instaló su estudio.

Alemania Libre

EN CIUDAD DE México, Seghers se encontró con sus viejos amigos y camaradas que habían llegado antes que ella. Bien pronto, en noviembre de 1941, fundaron el movimiento político Freies Deutschland (Alemania Libre) y su órgano de difusión, la revista del mismo nombre, con la intención de luchar desde el exilio contra el fascismo y de informar sobre los horrores que éste perpetraba. En Alemania Libre escribieron no sólo los autores alemanes exiliados en México –Seghers participó en todos los números–, sino también, por

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ANNA SEGHERS Y EL EXILIO

Exiliada primero en Francia, Anna Seghers vivió en México entre 1941 y 1947 y aquí encontró no sólo un país hospitalario para quien, como ella, huyera del fascismo, sino un espacio propicio para desarrollar su obra y transmitir su pensamiento y su postura ideológica.

Hubo en la generación del siglo XX (nacida alrededor de 1900) una vocación de internacionalismo social que pensaba la revolución como el camino a un mundo más ancho para todos. Un mundo abierto y fraternal. Entre los aciertos más rescatables del pensamiento revolucionario del siglo pasado, tanto marxista como anarquista (por lo demás agua y aceite), tan a la baja tras la derrota del socialismo real, la vocación internacionalista dio para ser una llama viva al alborear el siglo XXI, cuando los movimientos progresistas, de resistencia y revolucionarios buscaron espacio y discurso en la maraña neoliberal del mundo “único” y más desigual que nunca.

La generación que nació con el siglo XX fue la de Anna Seghers, Louis Armstrong y Federico

Gacía Lorca, una nueva clase de artistas dados al mundo, dotados del duende de la creación y sin embargo con la justicia y la tolerancia en la punta de la lengua. Cada uno en su lugar y con su respectivo instrumento, dio la batalla, tiró puertas, resistió muros.

Corrían los años veinte. Anna Seghers (nacida Netty Reiling en 1900, y posteriormente Radványi, al casarse en 1925 con el pensador húngaro Ladislaus Rádványi, miembro del “Círculo Dominical” de Georgy Lukáçs que huyó de su país al instalarse la regencia protofascista de Miklós Horthy en 1920), se instaló en Berlín con Ladislaus, quien sería su compañero de vida, y se incorporó a la vanguardia artística de uno de los principales crisoles del siglo (desgraciadamente el más derrotado de todos, y además muy pronto: para 1935 Hitler ya lo había erradicado por completo). Hacia 1926 adoptó el nombre literario por el cual la conocemos. El director Erwin Piscator se prendió de su novela La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara, y el inevitable Bertolt Brecht encontró en ella una par en la lucha y la empresa cultural. Es el Berlín simultáneo y casi inconsciente de sí donde hierven Walter Benjamin, Franz Kafka, Georg Grosz, Kurt Weill, Fritz Lang, Max Beckman, los dodecafónicos. Artistas y pensadores que creaban libremente y a mil por hora, sin estorbarse. Hoy sabemos que iban en una carrera contra reloj, y que 1933 los alcanzó demasiado pronto. En un intento de diacronía, en esos años encontramos a García Lorca conquistando los corazones del Madrid revolucionario, con su duende desatado y perfecto. A Satchmo saltando de Nueva Orléans al país cuyas puertas decían “sólo para

▲ Imagen de Talleres de Gráfica Popular, Gobierno de México.

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ejemplo, los hermanos Heinrich y Thomas Mann, exiliados en Estados Unidos. Como dato curioso: a Bertolt Brecht, quien vivía también en California, no fue posible pagarle los honorarios que pedía y por eso quedó fuera. Plumas en español, como las de Vicente Lombardo Toledano y Pablo Neruda, contribuyeron igualmente a la causa.

Bajo la dirección de Walter Janka fundaron también la más importante editorial del exilio germanoparlante, Das freie Buch (El libro libre), en la que se publicaron veinte libros en alemán y seis en español. Sin lugar a dudas, la publicación más relevante fue Das siebte Kreuz (La séptima cruz), de Anna Seghers. Considerada como una de las mejores novelas antifascistas sobre el Tercer Reich, narra la fuga de siete presos políticos comunistas de un campo de concentración nazi. Su comandante, loco de furia, ordena cortar las copas de siete árboles y transformarlos en cruces, destino final de los fugitivos. A cuatro los apresan, dos mueren durante la fuga. Sólo una cruz queda desocupada: la séptima. Los nazis no son invencibles, se vislumbra un atisbo de esperanza. El libro negro del terror nazi en Europa, testimonios en español de escritores y artistas antifascistas de dieciséis países, fue otro de los hitos de El libro libre. Varios artistas del Taller de Gráfica Popular, como Leopoldo Méndez, realizaron los grabados que ilustraron algunas de las portadas.

Cultura versus fascismo

EL CLUB HEINRICH Heine, del cual fue presidenta Anna Seghers, fue el brazo cultural del movimiento antifascista, el escenario en el cual los artistas exiliados pudieron presentarles en vivo, en su idioma, sus producciones, perlas de la lucha contra el nazismo, a los alemanes de vocación democrática residentes en México. Ahí organizaron veladas musicales, obras de teatro y lecturas de novedades literarias. En el Club Heinrich Heine

Seghers no sólo fue testigo de muchos de los más relevantes acontecimientos históricos de ese siglo, sino que le tocó presenciarlos de cerca o vivir sus consecuencias en carne propia: la primera guerra mundial, el auge del comunismo y sus luchas sociales, el ascenso del nazismo, la segunda guerra mundial, el Holocausto, el exilio, la división de Alemania.

se celebró, entre otros, el estreno en México de La ópera de tres centavos, de Brecht. A la vez que el Club ofrecía a los artistas y su público un foro y un espacio de convivencia, también les permitía a sus hijos seguir inmersos en la lengua y la cultura alemanas. Al paso del tiempo se incluyeron también eventos en español, con la finalidad de llegar a la audiencia mexicana y ganársela para su causa. A pesar del gran peso de estas tres instancias culturales, no es posible pasar por alto que fueron representativas principalmente del exilio germanoparlante antifascista estalinista y que, si bien agrupaban a muchos de los intelectuales más reconocidos, como Renner, Kisch o la propia Seghers, excluían a quienes no compartían esa postura política, aunque en su momento hubieran gozado de una relevancia semejante en Alemania. Tal fue el caso del escritor Gustav Regler, o de Alice Rühle-Gerstel y su esposo Otto Rühle, cercanos a Trotsky y archienemigo de Stalin.

Fue particularmente trágico el caso del matrimonio Rühle. Otto había sido un importante político, cofundador del Partido Comunista Alemán y cercano a la República de los Consejos Obreros proclamada tras la Revolución de Noviembre de 1918. Después se distanciaría del comunismo de consejos y se acercaría al anarquismo y a la psicología individual, lo mismo que la feminista Alice, junto con quien fundó en Dresde una editorial dedicada a temas sociales sobre el cuidado de las mujeres y los niños. En su posterior exilio en México, ambos desarrollaron una amistad, aunque estrecha no libre de fricciones y conflictos, con León Trotsky, y participaron en la Comisión Dewey, encargada de analizar los cargos de terrorismo y separatismo imputados al disidente ruso por Stalin en los Juicios de Moscú, de los cuales la Comisión lo declararía inocente. Esta amistad resultó fatal para los Rühle, quienes terminaron aislados, enfermos y en la miseria. El 24 de junio de 1943, Otto murió de un infarto y Alice, agobiada, se suicidó ese mismo día tirándose de la ventana de su departamento, en el tercer piso, ubicado en la calle Villalongín en la colonia Cuauhtémoc. Sus muertes pasaron desapercibidas, no se publicó ni una esquela en Alemania Libre. Paradójicamente, Alice Rühle había admirado enormemente a Anna Seghers antes de que ambas hubieran terminado en trincheras enemigas en México. Hubo, eso sí, una coincidencia terrible en sus biografías: el 24 de junio de 1943, el mismo día en que murieron los Rühle, Anna Seghers sufrió un accidente aparatoso y grave. Mientras que sus amigos la esperaban en el Club Heinrich Heine, donde iba a leer alguna de sus obras recientes, un camión la atropelló en Paseo de la Reforma. El chofer se dio a la fuga. Nunca se supo si fue un accidente o un atentado. En el ambiente enrarecido por la guerra y el exilio abundaban los enemigos. Seghers era una de las representantes más conspicuas y visibles del movimiento antifascista alemán, los nazis la odiaban tanto como la CIA, que se dedicó durante años a espiarla sistemáticamente. Por eso, aunque nunca se pudo demostrar la veracidad de esta hipótesis, no resultaba imposible que alguien hubiera tratado de matarla. Seghers sobrevivió casi de milagro: llovía a cántaros, se quedó tendida sobre el pavimento, los autos seguían circulando. Existen varias versiones de quién y cómo la localizó. Que si fueron unos inmigrantes polacos que luego dieron aviso en el Club Heinrich Heine, donde un muy preocupado Egon Erwin Kisch estaba tratando de entretener al público en lo que llegaba Seghers, siempre tan puntual. Que si los paramédicos de la ambulan-

VIENE

cia que la recogió encontraron entre las ropas de Seghers no una identificación, pero sí un papel con el número de teléfono de su casa, en donde contestó la llamada su esposo Laszlo. Lo cierto es que fue él quien corrió al hospital de la Cruz Roja en la calle de Monterrey, donde Anna Seghers estaba internada, inconsciente y con graves lesiones en la cabeza. Para operarla tuvieron que rapar la larga cabellera que la caracterizaba desde hacía décadas, encanecida de manera prematura por las penurias sufridas, peinada siempre en un elegante chongo. Sus amigas se turnaron para cuidarla: Lenka Reinerova, Steffie Spira, Jeanne Stern. Pasó meses en un estado muy delicado, deliraba en jirones de alemán, francés, español. Perdió la memoria, tuvo que volver a aprender a caminar, a hablar… y a escribir.

La excursión de las niñas muertas

LOS PRIMEROS RECUERDOS que recuperó se remontaban a su infancia y juventud, transcurridas en Mainz, a orillas del Rin. Los plasmó en la que para mí es su obra más bella, más delicada: Der Ausflug der toten Mädchen (La excursión de las niñas muertas), un relato autobiográfico –el único en toda su producción literaria– en el que reflexiona sobre el destino de sus compañeras de clase a partir de una excursión en barco por el Rin y su vuelta a la ciudad de Mainz: unas se volvieron seguidoras fanáticas del nazismo, otras, sus víctimas. La vida de todas ellas fue segada, sin excepción, por la segunda guerra mundial. Es, también, un sentido testimonio de amor a su madre y una amarga despedida. Aunque Anna Seghers aún no lo sabía con certeza, intuía que Hedwig Reiling ya había muerto. Y así fue, los nazis la habían deportado tiempo atrás al gueto de Piasky, en Polonia, donde la asesinaron antes de que su hija lograra conseguir una visa para sacarla de Alemania. Isidor, su padre, murió todavía en Mainz, en una casa de judíos; se le reventó el corazón después de que lo hubieran echado de su propia casa y expropiado todas sus pertenencias. Como muchos otros judíos de buena posición y que vivían desde hacía siglos en Alemania, los Reiling no habían creído que también ellos fueran a ser víctimas del antisemitismo.

Conforme se iba vislumbrando el inminente final de la guerra, fueron aumentando las intrigas y las hostilidades entre los exiliados germanopar-

Seghers era una de las representantes más conspicuas y visibles del movimiento antifascista alemán, los nazis la odiaban tanto como la CIA, que se dedicó durante años a espiarla sistemáticamente. Por eso, aunque nunca se pudo demostrar la veracidad de esta hipótesis, no resultaba imposible que alguien hubiera tratado de matarla.

lantes. Ni siquiera los estalinistas eran un bando unificado. Estas discordias fratricidas habrían de repercutir y culminar de manera brutal en la futura Europa del bloque comunista, durante las purgas estalinistas de los años cincuenta, con el encarcelamiento e incluso la ejecución de varios de los llamados “exiliados occidentales”, es decir, de quienes habían recalado en México y no en la Unión Soviética.

Tras el armisticio en 1945 los exiliados de habla alemana empezaron a regresar, poco a poco, a sus países de origen. Los hijos de Anna Seghers decidieron volver a Francia, su primer país de exilio, en 1946, primero Peter (quien después cambiaría su nombre a Pierre), después Ruth. Los dos estudiaron en París. Al término de sus estudios, Ruth se fue a la RDA, donde vivió hasta el final de sus días. Pierre se quedó en Francia, ahí se casó e hizo su vida.

Retorno a Alemania

ANNA SEGHERS NO logró volver a Europa sino hasta enero de 1947. A Alemania llegó tres meses después, a fines de abril. A pesar del gran anhelo que sentía por Mainz, se fue directamente a Berlín. Primero vivió en el sector occidental, con el pasaporte mexicano que le habían expedido en 1946. Después de un tiempo, las autoridades de la recién fundada RDA le exigieron que se mudara a Berlín Oriental, por congruencia política. Tuvo que renunciar a la nacionalidad mexicana cuando se le concedió la de la RDA. Nunca regresó a México.

El retorno a Berlín y la vida en los años posteriores no fue nada fácil. Llegó a una ciudad devastada por la guerra, y en medio de fuertes tensiones políticas. Estaba sola, su esposo se había quedado en México y no la alcanzó sino hasta 1952. Extrañaba el calor humano de México, llegó a decir que echaba en falta un “sector mexicano” en Berlín. Pero nunca abjuró de su fidelidad política al estalinismo ni cuestionó las decisiones del gobierno de la RDA. Por lo menos, no en voz alta. Se dice que en privado trató de ayudar a sus camaradas caídos en desgracia durante las purgas de Stalin, sin gran éxito. Se convirtió en una figura controvertida. Su destino resulta representativo del de muchos otros en el siglo XX que, exiliados o no, encontraron el sentido de la vida en un ideal político comunista que luego sería traicionado en la práctica por sus propios adalides.

La más importante autora de la RDA murió el 1 de junio de 1983 en Berlín Oriental. Su antiguo departamento en el barrio de Adlershof es ahora un entrañable museo. Entre otras actividades, la Sociedad Anna Seghers otorga desde 1995 el premio literario anual que lleva su nombre a dos escritores noveles, un alemán y un latinoamericano, que, según el jurado, siguen el espíritu de las obras de Seghers. De México lo han recibido Carmen Boullosa, Hermann Bellinghausen, Cristina Rivera Garza, Guadalupe Nettel, Yuri Herrera y Fernanda Melchor. Éste es también su legado. Mi homenaje a esta gran escritora, tan desconocida en México, fue retraducir las tres obras del exilio mencionadas en este texto y que, de una u otra manera, están relacionadas con el país. Es de desearse que una gran cantidad de lectores redescubra a Anna Seghers y disfrute la lectura de estos libros que, lamentablemente, no han perdido nada de su actualidad. Los publicó La Cifra en coedición con Elefanta, entre 2021 y 2024. Es la primera vez que se traducen al español de México ●

blancos” y, a golpe de trompeta y gracia, abriendo para los negros estadunidenses puertas que ya nadie cerraría, por más criminales intentos en contrario que se hayan hecho desde entonces. Pero mientras Lorca y Satchmo eran artistas “puros” y cantarines, Seghers optó por el camino más duro del arte para la protesta, la lucha, la resistencia. Creaba desde la denuncia, con una urgencia que el ascenso del fascismo agravaría. El mismo enemigo, a fin de cuentas, que segaría a Lorca con un pelotón de fusilamiento, mientras Anna Seghers se encaminaba a Francia, y luego a México, para no correr la misma suerte.

En la patria de los expatriados

LA GENERACIÓN DEL siglo fue una generación de exilio. Esa generación vio, en pocos años, el fin de un mundo. Y sí, claro, el nacimiento de otro. Señalados por la noche negra del fascismo, los revolucionarios alemanes que resistieron y sobrevivieron alcanzaron una pírrica segunda oportunidad al otro lado del Muro de la Guerra Fría. Bajo el dominio de la revolución institucional soviética, artistas como Brecht y Seghers acudieron a la mitad socialista de su país, necesariamente humillado, y desde allí recuperaron las ruinas. Pero ni la revolución, ni su lengua, ni las esperanzas serían ya las mismas.

Anna Seghers no era una persona de silencio. Su voz continuó, durante y después del exilio. La

SEMANAL

SUPLEMENTO CULTURAL DE LA JORNADA

resistencia alemana de los años treinta y cuarenta fue una epopeya invisible, ocultada por el desprestigio del Reich hitleriano y el Holocausto. Pero hubo un rincón del mundo donde, en los años difíciles, Anna Seghers encontró refugio. No sólo ella y su familia, también otros autores perseguidos y prohibidos como Gustav Regler, Egon Erwin Kirsch, Walter Reuter, Paul Westheim y Mariana Frenk. En ese momento, determinado por el salto adelante del cardenismo y su consecuencia histórica, nuestro país se convirtió en patria de los expatriados: judíos sin Europa, republicanos sin España, alemanes sin Alemania, guatemaltecos sin país. Los hijos del siglo, llamáranse Luis Buñuel, Emilio Prados, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Mérida, o Erich Fromm, nos otorgaron el privilegio de hacer de México su casa. Seghers vivió en México entre 1941 y 1947. Aunque prefirió no involucrarse en la vida cultural del país, con el tiempo descubrió que la experiencia la había marcado y le permitió sobrevivir como creadora y luchadora. Aquí fundó el club antifascista Heirich Heine y escribió Tránsito, su mejor novela. Más adelante, ya en retrospectiva, regresó a su experiencia mexicana en Crisanta: Mexikanische Novelle (Crisanta. Noveleta mexicana, 1955) y Das wirkliche Blau: Eine Geschichte aus Mexiko (El azul de Benito, 1967). En 1944 alcanzó notoriedad internacional cuando Fred Zinnemann filmó su novela La séptima cruz. A su regreso a la República Democrática de Alemania debió apechugar con el estalinismo. Siendo la escritora “del régimen”, terminó agotada y con la salud mermada desde fines de los años cincuenta. Muerto José Stalin, fue tirado de su pedestal por Nikita Jrushov. Para ella no debió ser fácil. Al tiempo ejercía un internacionalismo por la paz sin el cual la Guerra Fría hubiera sido mucho más caliente, cuando las dos Alemanias se volvieron los blancos nucleares respectivos de las dos potencias.

En sus años mexicanos se relacionó con Vicente Lombardo Toledano, Diego Rivera y Pablo Neruda, entonces cónsul de Chile. Muy joven, Efraín Huerta tomó nota y ejemplo de su presencia, algo velada pues el mundo cultural de Seghers ocurría en lengua alemana, en Cuernavaca y las colonias Condesa y Roma, con los ojos puestos en la resistencia a los nazis allá. No fue tan fácil adaptarse para los alemanes, como sí a los republicanos españoles en la colonia Juárez, por obvias razones culturales y lingüísticas.

En nuestro próximo número

La escuela antifascista

A PARTIR DE LOS años treinta, México es casa para miles de refugiados, primero europeos y después de los setenta latinoamericanos, en una práctica de la solidaridad internacional que a la vez enseña y aprende. Por esta escuela antifascista pasaron los exilios guatemalteco, chileno, nicaragüense, argentino y uruguayo, a los que tanto debe México cultural y moralmente.

Fue doloroso que al final del siglo XX encontráramos dentro de nuestras propias fronteras a mexicanos perseguidos, expulsados, asesinados: los pueblos originarios. En el último tramo de su decrepitud, el régimen priísta perdió el control de sus esfínteres, invirtió los términos, produjo su propia guerra, sus exiliados, y se dedicó a expulsar al internacionalismo solidario.

Internacionalismo que, por cierto, encontró en el México de fin de siglo una inspiración extraordinaria. La impronta internacional de los indígenas chiapanecos marcó los nuevos movimientos internacionales de resistencia pacífica a la dictadura del mercado, a la globalización brutal de las desigualdades sociales. Después de Chiapas, la protesta en Europa, Estados Unidos y Canadá ya no fue la misma. Y ejerciendo la solidaridad, creció hasta dar sus propias batallas en Seattle, Londres, Toronto y Praga al cambio de siglo y milenio.

Qué mejor reconocimiento puede recibir Anna Seghers, hija del siglo XX, que la confirmación de que su lucha por la paz, la tolerancia y la pluralidad sigue viva en el país que la acogió en los años peores. Al inició del nuevo milenio, lo que ella aprendió y enseñó en México es más urgente y pertinente que nunca. El mundo necesita de todos los antifascistas que haya, vivos y muertos ●

IRMA PALACIOS PREMIO NACIONAL DE ARTES Y LITERATURA

▲ La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara, 1934.
VIENE DE LA PÁGINA 9/ ANNA SEGHERS Y...

Arte y pensamiento

La flor de la palabra/ Irma Pineda Santiago El arte y la interculturalidad

EL TÉRMINO DE interculturalidad se popularizó en México principalmente en el ámbito educativo a inicios del milenio, con la creación de la Dirección General de Educación Intercultural Bilingüe (DGEIB). Si bien desde años antes ya se hablaba de atender la diversidad cultural desde un enfoque intercultural y no solamente bilingüe-bicultural, como lo demandaron por varias décadas los profesores del medio indígena, fue a partir de 2001 cuando desde el Estado se habló con mayor énfasis de la interculturalidad para considerar a otras culturas, como la afromexicana y las migrantes asentadas en territorio mexicano.

Si retomamos la definición de la UNESCO para dicho término tenemos: “La interculturalidad desde un enfoque integral y de derechos humanos se refiere a la construcción de relaciones equitativas entre personas, comunidades, países y culturas. Para ello es necesario un abordaje sistémico del tema, es decir, trabajar la interculturalidad desde una perspectiva que incluya elementos históricos, sociales, culturales, políticos, económicos, educativos, antropológicos, ambientales, entre otros.” En la práctica, los pueblos indígenas siempre han vivido en la interculturalidad, dialogando, compartiendo e intercambiando territorios, trabajo, conocimientos, pensamientos y arte, entre muchas cosas. Desafortunadamente, cuando hablamos de diálogo entre las culturas indígenas y la hispanohablante, encontramos que la interculturalidad es una falacia, puesto que a los indígenas se nos exige, para sobrevivir, aprender español y conocer los códigos de una cultura que no es la de origen, pero no ocurre lo mismo del otro lado, por lo tanto, dicho diálogo y la interculturalidad de nueva cuenta quedan en el discurso.

Quizá sea el arte el terreno donde se puede contribuir a la construcción real de la interculturalidad, donde las manifestaciones artísticas dialoguen con otras culturas, las influyan, se dejen influir, se comuniquen y aprendan unas de otras. Porque la interculturalidad como aspiración más que como descripción, no admite la superioridad de ninguna cultura sobre otra, por el contrario, propone una vinculación más simétrica que puede ser posible desde el campo del arte. Es decir, cuando hablamos de interculturalidad desde el terreno del arte tenemos que pensar en cómo nos posicionamos frente a otros artistas, no sólo aprender y aprehender sus elementos culturales y comunicarle los nuestros, sino cómo establecemos una mínima relación en un marco de respeto por su trabajo, por sus posturas artísticas que conllevan las políticas, construidas no sólo desde el marco cultural propio del artista, sino tejidas con una serie hilos que simbolizan esos saberes y conocimientos ancestrales, retomados desde la modernidad, contagiados por otras visiones del mundo.

Me parece que Xavier Albó lo define mejor:“El ideal de interculturalidad, más que una simple tolerancia, consiste en convivir con quien es distinto con un mínimo de respeto, aunque en realidad la meta debería ir más allá: buscar relacionarse de manera positiva y creativa, generar un enriquecimiento mutuo entre todos los actores, sin perder la identidad cultural de quienes interactúan.” Bajo esta idea deberíamos apostar por una interculturalidad real, ya que es la aspiración que puede coadyuvar a la construcción de una sociedad más equitativa, justa y democrática. Para ello es necesario aplicar este concepto desde lo individual y lo social, pues recordemos que no son las culturas como entes abstractos las que se vinculan unas con otras, sino que somos los seres humanos y, como tales, debemos trabajar en la construcción de relaciones racionales, respetando al otro, valorando la riqueza de la diversidad cultural y comprendiendo que la homogenización es sinónimo de pobreza cultural, y entendiendo que podemos ser diferentes mas no desiguales ●

La otra escena/ Miguel Ángel Quemain quemain@comunidad.unam.mx
La congruencia estética y moral de Amanda Schmelz

MUJERES TESTIGO, bajo la dirección y concepto original de Amanda Schmelz, es un ejercicio conmovedor y beligerante de congruencia, solidaridad y voluntad de establecer caminos sin concesiones para la paz en Palestina, con alcances que universalizan el diálogo, el tejido fino para construir una imaginación poética ancestral y contemporánea, capaz de diluir las nociones de espacio con conceptos de mayor amplitud, como los que corresponden a la simultaneidad del ahora y el aquientodaspartes.

El camino de esta actriz, directora y escritora, está construido de congruencia desde un activismo, por así llamar esa continuidad estética preocupada por el entorno, en una dimensión donde las ideas son el humus de una realidad muy rica, columbrada por puntos de vista, imaginaciones escénicas, literarias, filosóficas y políticas.

Hace más de una década, la directora Sandra Félix dotó de poder y rigor una puesta en escena que fue también una lucha avanzada para la sobrevivencia de un teatro de calidad, apoyado en personas que ofrecieran su espacio (su sala) para dar función. Aquí reseñé (La Jornada Semanal núm: 957) la entonces trashumante Rose, sobre la que anoté: “Amanda le da vida a un personaje pleno de matices en un concierto gestual, tonal, que tiene encima décadas y décadas de recuerdos, reflexiones, culpas, enojos y placeres. Su estupenda actuación hace pensar que el personaje habla en un estado de flotación y de libre asociación; sin embargo, el texto de Martin Sherman es un alegato ético y no una expresión del puro psiquismo.” A ese recorrido se sumó el compromiso y la sutileza de Sandra Félix.

Ahora, Schmelz explora el bordado tradicional palestino llamado tatreez como vehículo de memoria, identidad y cultura, con énfasis en las historias y experiencias de las mujeres palestinas. Su objetivo es tender un puente de solidaridad y reconocimiento hacia ellas que, a través del bordado, representan historias familiares, momentos históri-

cos y el patrimonio cultural que ha sido transmitido de generación en generación. La pieza textil colectiva se integra a la escenografía acompañada de materiales audiovisuales y testimonios que profundizan en su significado. Amanda Schmelz se teje con otras tres mujeres que comparten su alto nivel profesional, de humanismo y compromiso político y estético: está Carmen Mastache, actriz-cantante desde hace más de treinta años, licenciada en Literatura Dramática y Teatro, y Maestra de voz en Metodología Linklater. Ha participado en más de cincuenta obras de teatro. Fue integrante del elenco estable de la CNTeatro. Recibió el Premio Metro a Mejor Actriz de Reparto.

Participa también Azalia Ortiz, también es licenciada en Teatro por la Universidad de las Artes. Perteneció al Elenco Estable de la CNT y ha trabajado en más de cincuenta puestas en escena. Borda con ellas Micaela Gramajo Szuchmacher, actriz, directora y dramaturga. Es parte de dos compañía, Teatro Bola de Carne y Proyecto Perla, y es miembro de Judíes por una Palestina Libre. Menciono lo más visible de un conjunto de talentos generosos y extraordinarios que participan en la música (Nicolás García), escenografía (Lorenza Manrique) y la iluminación (Jorge Kuri), además del luminoso Taller Tatreez-mujer testigo, compuesto por personas incansables que destacan por su compromiso, su conocimiento y disciplinas artísticas. En fin, todo surge de esta sensación de impotencia colectiva y de la necesidad de no permanecer indiferentes ante un genocidio. Una postura que surge de una práctica milenaria protagonizada por las mujeres palestinas desde tiempos inmemoriales y que es un estandarte poderoso del movimiento por la liberación de Palestina. Todo esto viene también desde un judaísmo profundamente cultural y ecuménico, desde donde Schmeltz también traza un homenaje conmovedor a su propio padre. Y esto continua y continuará hasta que llegue la paz ●

Anécdotas/ Beatriz Gutiérrez Müller

Arte y pensamiento

El volcán de Colima y el apocalipsis anunciado en 1913

QUIZÁ EN TODO el mundo, las culturas antiguas tuvieron y conservan un gran respeto por los mensajes del cielo. Los mayas, siempre atentos al universo, fueron pioneros en el estudio de los eclipses pues amén de contribuir a la ciencia, avizorarlos les permitía precaverse de malos augurios. Un eclipse de Venus sobre el sol, por ejemplo, obligaba a los habitantes de la Península de Yucatán a cerrar puertas y ventanas para evitar que esa mordida al astro rey encegueciese a personas o cayera la devastación de sus cultivos. El ingreso de la cristiandad al continente, en el siglo XVI, no pudo impedir que los ancestros siguiesen cautos ante los fenómenos naturales como los eclipses y otros, y que se apartaran del miedo y precaución ante los mensajes premonitorios. Por ejemplo, el 7 de junio de 1911, a las 4:26, se registró un sismo de 7.8 grados en la escala de Richter con un epicentro en Michoacán. Esto sacó a pobladores de sus casas en toda la región, hasta en la capital, desde muy temprano. Ese día arribaría el caudillo revolucionario Francisco I. Madero en la que se conoció como “entrada triunfante” a Ciudad de México, luego de haber logrado la caída del dictador Porfirio Díaz y el acuerdo de elecciones extraordinarias presidenciales a finales del mismo año. Hubo muchos daños, sobre todo en la colonia Santa María la Ribera, Ciudad de México.

del Instituto Geológico lo clasificaron con un Índice de Explosividad Volcánica nivel 4, del tipo “cataclísmico”. Hasta donde se puede saber, el magma esparcido fue de 1.7 km cúbicos en un perímetro de 700 km a la redonda. Fue la mayor erupción de este volcán en el siglo XX. Los agoreros se espantaron. Vieron en esta explosión el inicio de una era apocalíptica. Por ejemplo, en Ciudad Guzmán, Jalisco, todo el día 20 de enero hubo retumbos, descargas eléctricas, tormentas de arena y sembradíos de alfalfa y legumbres fueron sepultados por la lava. Créase o no en estas notificaciones providenciales, a los pocos días comenzó una cruel tragedia en México y, como el volcán de Colima, vino de menos a más. Primero, Francisco I. Madero fue aprehendido y asesinado la madrugada del 23 de febrero de 1913. En esos aciagos días, los historiadores han contabilizado de 5 mil a 10 mil fallecidos en dos semanas, nada más en la capital.

Al mes, se había conformado el Ejército Constitucio-

Miles quizá, con el susto a cuestas o apenas con unas pocas horas de sueño, lo interpretaron como un buen augur: México había cambiado. Empezó a emplearse la frase: es “el terremoto Madero”. En el Zócalo, hacia las 13 horas, todo era euforia, aplausos…

A los quince meses se manifestó un nuevo agüero. El 17 de enero de 1913, poco menos de un mes del comienzo de la conocida como “Decena Trágica”, el volcán de Colima explotó, alcanzando su máxima columna eruptiva el día 20, de al menos 21 kilómetros de altura. Los científicos

Si Takis Sinópoulos

Desde la mañana el viento desclavaba el cielo.

Desde la mañana el sol humea entre las ruinas.

Si tu rostro, tu rostro escudo. Y la nube aquella y el lugar paisaje, y tus ojos de pronto volteando no hubieran matado la imagen que poco antes miraban.

Si tu mano era.

Si tus ojos.

Si tu mano.

Si la palabra que ibas a decir.

Entonces todo el día el viento.

Toda la noche las cenizas de tu fuego.

nalista con Venustiano Carranza al frente para derrocar a Victoriano Huerta, y se ha calculado que de 1910 a 1920 murieron entre un millón y tres y medio millones de habitantes, especialmente de 1913 a 1914 por guerra, hambruna, epidemias (tifoidea, influenza y tuberculosis). Si validamos la explosión del volcán de Colima como un mal vaticinio para México, los agoreros no erraron en su interpretación del cataclismo anunciado desde el más allá. ¿Qué piensa de ello, doña Clofis? Yo me quedo patitiesa. Es la naturaleza y sus designios o quizá sí se trate de avisos por descifrar, no lo sé bien ●

Takis Sinópoulos (1917-1981). En 1934 inició estudios de medicina que debido a la guerra con Italia y la Ocupación no terminó sino hasta 1944. Como médico militar estuvo en el frente en Macedonia y posteriormente fue liberado del servicio en 1949. En 1942 fue hecho prisionero por las fuerzas italianas por ser parte de la Resistencia. Durante la Guerra Civil griega fungió como médico en la infantería y, al terminar el conflicto, ejerció como médico internista en Atenas. Participó en varios festivales internacionales de poesía y fue invitado al simposio de escritores griegos y españoles de la Resistencia, en Barcelona, en 1979. Pintor aficionado, editor y conductor de programas de radio sobre poesía griega contemporánea, fue miembro del comité de Democracia Panhelénica y, tras la caída de la dictadura de los coroneles (1967-1974), miembro fundador de Nuevos Poderes Políticos, una organización de tendencia social demócrata. Escribió quince libros de poesía y ha sido traducido al inglés, italiano, alemán y ruso.

Versión de Francisco Torres Córdova.

Arte y pensamiento

▲ Imagen: Alonso Arreola, realizada con IA.

Bemol sostenido/ Alonso Arreola @escribajista

90 la OFUNAM, 50 la Neza

LA PRIMERA TEMPORADA de la OFUNAM (Orquesta Filarmónica de la UNAM) en este 2026 se ve enmarcada por la celebración de sus noventa años de vida y por el medio siglo que también cumple la Sala Nezahualcóyotl. Revisando piezas, autores e invitados, empero, también revela una paradoja importante: la solidez artística no siempre se traduce en una conmemoración bien diseñada. En otras palabras: el repertorio será efectivo y diverso, pero no cuestionará ni revisará su historia.

Para empezar, el arranque del ciclo se ve tomado casi completamente por su Festival Internacional de Piano, que privilegia el canon europeo: Liszt, Bartók, Chaikovski, Rajmáninov, Beethoven o Stravinski. Una programación incuestionable desde su altura musical, pero que no sorprende desde lo simbólico. Se trata de obras habituales para orquestas como la Filarmónica de Berlín o el Concertgebouw de Ámsterdam, instituciones que, en aniversarios comparables, harían encargos, rescates históricos o experimentos con su propio legado. Parece obvio, ¿cierto?

En el mismo sentido, llama nuestra atención que los cincuenta años de la Sala Nezahualcóyotl no impliquen una programación específica. Es decir: no hay obras concebidas o encargadas para el espacio; no hay referencias a estrenos históricos, ni un ejercicio de memoria acústica que enaltezca su arquitectura. Para decirlo diferente, lectora, lector: la sala no aparece como protagonista sino como simple contenedor, a diferencia de lo ocurrido en aniversarios similares, como los de la Filarmónica de París o del Teatro Colón de Buenos Aires (recinto que se volvió eje narrativo).

Los momentos de mayor originalidad en la programación se muestran fuera de confort. Verbigracia: las Jornadas de Mujeres en la Música introducen una lectura contemporánea, necesaria, con compositoras históricas y actuales ‒Florence Price, Louise Farrenc, Cécile Chaminade, Hilda Paredes, Erika Vega‒ quienes sí construyen una postura (aunque tampoco se relacionen con los aniversarios). Algo parecido ocurre con la música tradicional mexicana. La inclusión de Macedonio Alcalá, así como de sones y autores vinculados a la canción popular, brilla frente a la hegemonía del repertorio académico, lo que nos recuerda que la UNAM no sólo es heredera de una tradición importada, sino de un contexto cultural propio. Este “coqueteo” con lo tradicional, sin embargo, será para muchos un gesto aislado y no una reflexión sobre la identidad sonora de la orquesta. Siguiendo ese sentido, la presencia de compositores mexicanos de concierto parece, igualmente, limitada. No es un eje sino una… ¿decisión forzada? Allí destaca la inclusión del estimado Eugenio Toussaint, a quince años de su fallecimiento, pues fue de los que supo dialogar con el jazz y la música sinfónica sin complejos, aportando identidad a este y otros conjuntos clásicos.

Podemos decir entonces que este arranque de temporada cumple en términos de calidad, pero soslaya todo riesgo al celebrarse sin una mirada crítica. No queremos sonar excesivamente duros en un momento excepcional, cuando tanta de nuestra cultura marcha a contracorriente, pero más que una conmemoración parece una confirmación de la normalidad institucional.

Sopesando esa idea podríamos preguntarnos: ¿si una orquesta universitaria, cumpliendo noventa años de historia en una sala emblemática de medio siglo, no se ve en el espejo durante sus aniversarios, entonces cuándo lo hará? Como sea, asistamos a celebrarla. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.. ●

Cinexcusas/ Luis Tovar @luistovars

El centenario del Neoyorquino

AUNQUE HA REALIZADO algunas cintas de ficción, el estadunidense Marshall Curry sobre todo es documentalista –Pelea callejera (2005), sobre elecciones; Si un árbol cae (2011), sobre activismo ecológico; Apunta y dispara (2014), sobre belicismo–y en este género su trabajo más reciente es The New Yorker at 100 (2025). Cinefotografiado por él mismo, coproducido con Elizabeth Martin y Xan Parker, editado por Penélope Falk y Zachary Stuart-Pontier, el documental fue lanzado en la plataforma Netflix a finales de agosto del año pasado. Para quien lo ignore, la estadunidense The New Yorker –que podría traducirse como El Neoyorquino–, es con toda seguridad la revista literaria y cultural más célebre de cuantas se editan hasta el día de hoy, y lo ha sido desde su fundación, en el mes de febrero de hace 101 años. El documental de Curry, también traducible como El neoyorquino a los 100, tiene como obvio propósito celebrar el centenario de la publicación.

Del presente al pasado y viceversa

ESTRUCTURADO DIEGÉTICAMENTE a partir de un par de meses antes de que The New Yorker cumpla sus primeros cien años, el documental va y vuelve del presente al pasado, saltando de 2025 a la década de los años veinte del siglo anterior, para regresar al ‘25 y saltar de nuevo a la década de los cuarenta y repetir el proceso para viajar a la década de los sesenta, los ochenta, los primeros dosmiles, y rematar en el regreso al presente, hasta el momento mismo de la edición del centésimo aniversario.

La simplicidad de esa estructura narrativa fílmica hace posible acercarse –completarlo al cien por ciento se antoja imposible– a contar así sea apenas lo suficiente y, de manera simultánea, explicar la historia completa y la relevancia de una publicación periódica señera como pocas, que ha hecho y sigue haciendo historia y, como no podía ser de otra manera, muy poco tiempo después de su fundación se convirtió en un referente ineludible para el buen periodismo, en particular el de orden cultural. En clásica yuxtaposición, The New Yor-

ker at 100 combina entrevistas con miembros de la redacción actual, reporteros y editores, colaboradores permanentes y algunos lectores, con imágenes ya sea fijas o en video de las distintas épocas de la revista. De ese modo, la cronología establecida recorre el período de Harold Ross, fundador y primer director desde aquel 1925 y hasta su muerte, en 1951 –por alguna razón no aclarada en general se omite a Jane Grant, alguna vez reportera de The New York Times y cofundadora de la revista–, y de década en década pasa por momentos relevantes no sólo para The New Yorker, sino de la propia vida pública, sobre todo estadunidense: en los años sesenta, por ejemplo, el reconocimiento de un racismo hasta entonces inconsciente y la consecuente incorporación de colaboradores afroamericanos; a principios de los dosmiles, el abordamiento ineludible de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York y sus secuelas; a mediados de la década pasada, el primer ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y las implicaciones que conllevaba…

Una reserva de inteligencia

ES PRECISO INSISTIR en la dificultad para resumir, en un lapso de noventa y siete minutos –que es el pietaje del documental–, la historia completa de una publicación en la que han colaborado Dorothy Parker, Raymond Carver, Susan Sontag, John Updike, Anne Sexton, Truman Capote, Hannah Arendt, E.L. Doctorow, John Cheever, J.D. Salinger, Woody Allen, Robert Crumb, Miguel el Chamaco Covarrubias, Charles Adams, Andy Borowitz, Art Spiegelman y muchísimos otros, entre ensayistas, narradores, poetas, humoristas, dibujantes, ilustradores, críticos, etcétera. Más allá del discutible reproche a una falta de mayor profundidad, factible en virtud de haber tenido acceso absoluto a todas las fuentes de información imaginables, The New Yorker at 100 cumple el cometido de dar a conocer a un público no especializado la naturaleza y la importancia de la que, sin duda y hoy más que nunca, es una de las pocas reservas estadunidenses de inteligencia y decoro ●

Enrique Díez-Canedo y la ética de la traducción

Dos grandes nombres, Enrique Díez-Canedo (1907-1944) y Juan Ramón Jiménez (1881-1958), y una labor, la traducción, son convocados aquí a través del comentario de dos libros, Juan Ramón Jiménez en su obra , de Aurora Díez-Canedo y Con licencia poética. Enrique Díez-Canedo traductor (UNAM), compilación de, Aurora Díez-Canedo Flores y Marcelino Jiménez León.

P¿Son temperamentos y vidas muy diferentes, Juan Ramón encerrado en sí mismo y concentrado en su obra, pendiente de lo que escriben los otros, pero receloso del periodismo y de sus reuniones, Díez-Canedo presente en todo, atento a las novedades literarias y a los nuevos valores.

or qué un poeta traduce a otros poetas? No podemos pensar, aunque pueda ocurrir, que sea por una sencilla necesidad alimenticia y que conocer una lengua nos permita ejercer un oficio. No creo, sin embargo, que Enrique Díez-Canedo pensara en su trabajo de traductor como un oficio desde el punto de vista pecuniario, aunque es evidente que tenía ese “otro” oficio, sino como un estar en el mundo. El escritor que hoy nos ocupa fue amigo y estricto contemporáneo de Juan Ramón Jiménez ‒nació en 1879, Juan Ramón un par de años después‒, lo admiró mucho y escribió un libro pionero sobre la obra del autor de Espacio, y cuando el andaluz no había escrito aún ese extraordinario poema que, a él, en cierta manera el último de los modernistas, lo proyecta también como un autor del futuro. La relación entre ambos, Juan Ramón y Enrique, está plasmada y bien plasmada en la edición que Aurora Díez-Canedo (nieta del escritor) preparó para El Colegio de México y de la que tuve la suerte de ser editor, Juan Ramón Jiménez en su obra, enriquecida por la correspondencia entre ambos. Permítaseme un fácil juego de palabras: Enrique enriquecía siempre aquello que leía, comentaba y ensayaba. Fue, más que Jiménez, un autor representativo de su época, una época admirable, por cierto. En dicha edición se contrasta la figura de ambos: “Son temperamentos y vidas muy diferentes, Juan Ramón encerrado en sí mismo y concentrado en su obra, pendiente de lo que escriben los otros, pero receloso del periodismo y de sus reuniones […] Díez-Canedo presente en todo, atento a las novedades literarias y a los nuevos valores ‒cosa que comparte con Juan Ramón‒pero también metido de lleno en la crítica y el periodismo, atareado entre la docencia, conferencias y traducciones.”

En 1945 se publicó La poesía francesa del romanticismo al superrealismo, misma que hace un par de años se reeditó en una cuidada edición de la UNAM. Esa antología, en sus diferentes versiones y estadios desde la primera versión de 1914, sirvió para que los hispanoamericanos conociéramos la poesía francesa de manera notable: más allá de su valor histórico es una antología profundamente actual. Y eso es lo que define a Enrique Díez-Canedo: lo actual. Es una postura no sólo vital sino ética: la literatura está viva, es de hoy y actúa. No como el actor que imposta la voz sino como el aventurero que se arroja a recorrer el río desconocido, la montaña no hollada. DíezCanedo es un paradigma de vitalidad y su época lo fue mucho: pensaba en el futuro, sí, claro, pero no en la fama y la posteridad, como ocurría en Juan Ramón. Para Enrique no había duda del genio del poeta de Moguer y por eso lo podía leer con libertad y ser su amigo sin (muchas) fricciones de por medio, cosa que para otros fue imposible. Voy a tratar de explicar las diferencias de actitudes: ambos autores practicaron mucho la traducción. Pero para Juan Ramón era una coquetería y para Enrique una necesidad. Las traducciones del primero se han publicado bajo el sintomático título de Música de otros. Esa expresión hace de la otredad un eco de lo ajeno, cosa que no hacía el segundo, que más bien se reconocía en el inclu-

yente nosotros. Dije una “necesidad” líneas arriba, corrijo: una disposición. Su conocimiento de varios idiomas le permitía compartir y ese es otro rasgo de la época. Frente al tradicional Santiago y cierra España, Díez-Canedo es un ejemplo ideal de ese momento en que España decide abrirse a nuevos aires. Y lo importante es que no fue un elemento aislado sino un rasgo colectivo. Tal vez la referencia a la que alude la designación de edad de plata ‒entre 1894 y 1939‒ debía tener como referente la escuela de traductores de Toledo, la convivencia del árabe, el latín, el hebreo y el incipiente español que se gesta en esa convivencia. No está de más señalar también que la traducción, como en cierta manera el periodismo, fue una manera en que el trabajo del escritor Díez-Canedo se profesionalizó, es decir que se volvió no tanto una manera de sustento ‒ni el periodismo ni la traducción han sido bien pagadas en la tradición hispanoamericana‒ sino de presencia vital. Son cruciales los (lamentablemente pocos) años de su exilio mexicano, de enorme producción y trabajo en varios ámbitos. Por ejemplo, el teatro. La imantación provocada en los escritores por el escenario tenía que ver con una condición social: el estreno era un momento que vinculaba el trabajo personal, el colectivo y el ambiente social (eso también pasó en México con los Contemporáneos, cuya semilla es justamente el grupo teatral Ulises).

Justamente porque no es un teórico sino un práctico, su teoría de la traducción, si es que esta expresión tiene algún sentido, está dispersa en notas, prólogos y escolios de diversa índole. Como lector, pienso que hay que tomar de ellos no una teoría sino un ejemplo: en efecto, Enrique Díez-Canedo es un escritor ejemplar. Seguro de sí mismo sin petulancia, dispuesto a escuchar a los otros (por eso los traduce: traducir es una manera privilegiada de escuchar). Y traducir es también un factor importante en la conversación con aquellos que no pueden leer la otra lengua. El recientemente aparecido Con licencia poética. Enrique DíezCanedo traductor (UNAM) viene a alimentar la actual efervescencia traductora que vive la cultura mexicana y dará para muchas reflexiones ●

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