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¿Menos Hijos o Mejores Decisiones?

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¿Menos Hijos o Mejores Decisiones?

En la siguiente columna de opinión se abordará un tema de relevancia como lo es la crianza respetuosa, producto de la maternidad concebida y sus impactos en las tasas de natalidad actuales. Con esto en mente, según un reconocimiento demográfico reciente, Colombia registró en 2024 la tasa de fecundidad histórica más baja: 1,1 hijos por mujer, con una caída del 12 % en el número de nacimientos respecto a 2023 y una disminución del 33 % en comparación con 2014; en el primer semestre de 2025 se reportó una caída adicional del 6,6 % frente al mismo periodo del año anterior. Estas cifras, compiladas por el DANE y analizadas en la prensa especializada, muestran una tendencia sostenida a la baja en la natalidad en la última década. (Samper, 2025)

Además, según informes y materiales de organismos internacionales que promueven prácticas de crianza, la crianza positiva o crianza respetuosa se define como un enfoque centrado en el reconocimiento de niñas, niños y adolescentes como sujetos de derechos, que promueve la afectividad consciente, la ausencia de violencia en la educación, la validación emocional y la

corresponsabilidad de las personas cuidadoras. Documentos de programas de UNICEF y proyectos de crianza señalan que estas prácticas implican establecer límites desde la comprensión, favorecer la autonomía y garantizar entornos libres de cualquier forma de violencia hacia la infancia. (El Cronista, 2025)

De acuerdo con el ámbito de la psicología aplicada a la crianza, se han identificado errores parentales que influyen en la salud mental infantil: no responsabilizar a los niños por sus decisiones, fomentar la evasión frente a situaciones incómodas y sobrevalidar heridas que pueden consolidar una mentalidad de víctima; estas observaciones fueron sintetizadas por especialistas citados en artículos de divulgación sobre salud mental infantil y estilos de crianza, donde se advierte que ciertas prácticas, aunque bienintencionadas, pueden tener consecuencias negativas sobre el desarrollo emocional y conductual de niñas y niños. (Psicología para Niños, 2017)

Para comenzar, defiendo una maternidad deseada, planificada y ejercida

desde los principios de la crianza respetuosa. Esta postura no anula ni minimiza las dificultades estructurales que enfrentan muchas mujeres; por el contrario, las reconoce y propone que la respuesta social y política debería facilitar que la decisión de tener hijos cuando exista el deseo, pueda materializarse bajo condiciones dignas, informadas y corresponsables. Hablo desde la convicción de que traer hijos al mundo requiere más que capacidad económica: exige preparación emocional, redes de apoyo reales y políticas públicas que reduzcan la carga desigual del cuidado.

De este modo, el optar por una maternidad deseada y planeada es un acto de responsabilidad ética hacia las futuras generaciones. Planear no es planificar solamente en términos financieros; es también formarse en prácticas de crianza, construir acuerdos de corresponsabilidad con la pareja o la red familiar, y articular tiempos de trabajo y cuidado con empleadores y con el Estado. La crianza respetuosa pide acompañamiento emocional, límites coherentes y supervisión afectiva: todo ello demanda tiempo y disposición. Por eso, defender la maternidad planificada es defender el derecho del niño a ser recibido en condiciones que favorezcan su desarrollo integral, y el derecho de la madre a no verse forzada a asumir una función que la

sobrecargue o que reproduzca modelos violentos heredados.

En este sentido, la crianza respetuosa requiere intervención colectiva, no solo individual. No puedo concebir la crianza como una responsabilidad exclusiva de la mujer. Cuando la sociedad promueve la corresponsabilidad mediante licencias parentales equitativas, servicios de cuidado infantil accesibles y flexibilidad laboral real, se crean las condiciones para que la maternidad deseada sea también viable.

Hoy existe un corpus creciente psicológico, pedagógico y social que permite reconocer qué prácticas dañan y cuáles favorecen el desarrollo emocional. Esa evidencia hay que traducirla en programas de formación parental accesibles, en contenidos integrados al sistema educativo y en campañas públicas que expliquen lo qué implica la crianza respetuosa. Formar a madres, padres y cuidadores no es solo transmitir técnicas: es ofrecer herramientas para la regulación emocional, la resolución de conflictos y el establecimiento de límites empáticos. Desde mi punto de vista, una sociedad que informa bien reduce el miedo que paraliza decisiones y aumenta la capacidad de elegir conscientemente.

Sumado a esto, la economía de la vida cotidiana importa, pero no determina en solitario la decisión. Coincido en que factores

laborales y económicos inciden de manera clara en las decisiones reproductivas: salarios insuficientes, empleo informal y ausencia de redes de cuidado aumentan la incertidumbre.

No obstante, abogar por maternidades planificadas significa también reclamar salarios dignos, protección social ampliada y acceso universal a servicios de salud y educación infantil. planear conecta lo personal con lo público; por eso promover la maternidad deseada exige medidas estructurales para que la decisión no sea un sacrificio individual insostenible.

La transformación cultural es parte del proceso. Cambiar modelos autoritarios de crianza no ocurre de la noche a la mañana; requiere reflexionar sobre prácticas culturales, interpelar tradiciones que justifican la violencia y promover modelos alternativos con evidencia. Pero cambiar la cultura también implica reconocer avances: más mujeres estudian, trabajan y buscan participar en la vida pública; más familias desean relaciones de cuidado basadas en el respeto y la escucha. Mi posición es que debemos acompañar y acelerar ese cambio mediante formación, diálogo intergeneracional y políticas que favorezcan la corresponsabilidad.

Finalmente, reivindico que decidir no tener hijos es una opción válida. Defender la maternidad deseada no significa invalidar la decisión de no maternar.Ambas posturas

merecen respeto. Lo que propongo es que quienes quieran ser madres puedan hacerlo con formación, protección y equidad; y que quienes elijan no hacerlo no sufran estigmas. En ese marco, la sociedad sale ganando porque se respeta la autonomía individual y se construyen mejores condiciones para la crianza en general.

Reafirmando mi postura, sostengo que una maternidad deseada, planificada y ejercida desde la crianza respetuosa, garantiza condiciones que permitan ejercer la parentalidad sin reproducir violencias ni precariedades.Abogar por la maternidad planificada no significa instrumentalizar la vida familiar; significa exigir políticas públicas, redes de apoyo y transformaciones culturales que hagan posible criar con respeto y dignidad.

Si como sociedad queremos que más personas opten por tener hijos y que quienes lo hagan, lo hagan bien, debemos dejar de considerar la maternidad como un asunto privado y asumirla como una responsabilidad colectiva. Licencias parentales justas, servicios de cuidado accesibles, formación parental basada en evidencia y apoyo a la salud mental perinatal son medidas concretas que convierten la decisión de ser madre en una decisión libre, informada y sostenible. Sólo así la maternidad dejará de ser una carga tolerada y pasará a ser una experiencia

acompañada, respetuosa y coherente con los derechos de la infancia.

Por otra parte, la educación pública tiene un papel central para romper ciclos intergeneracionales. Incorporar contenidos sobre regulación emocional, resolución de conflictos y derechos de la infancia desde la educación básica no solo prepara a futuras generaciones para prácticas de crianza más sanas; además, sensibiliza a padres y madres actuales cuando se implementan talleres comunitarios vinculados a las escuelas. Es decir, la escuela puede ser un nodo de intervención que articule formación, cuidado y prevención, y así contribuir a reducir el temor que muchas mujeres expresan respecto a repetir errores del pasado.

En este sentido, las campañas públicas deben contar historias concretas de familias que practican la crianza respetuosa y han encontrado herramientas para gestionar conflictos y límites sin violencia. Porque la evidencia sola no siempre transforma comportamientos; la narración de casos próximos y replicables funciona como modelo y reduce la sensación de aislamiento. Por ende, la comunicación pública debe combinar evidencia científica con relatos que humanicen y muestren caminos posibles.

Asimismo, no podemos eludir la urgencia de políticas económicas que alivien la precariedad material. Es decir,

transferencias condicionadas, subsidios focalizados para cuidado infantil y programas de empleo con permisos parentales integrados son medidas que, juntas, reducen la incertidumbre material que desalienta la decisión reproductiva. En efecto, cuando la base material está garantizada, las familias pueden focalizar su energía en la calidad de la crianza, en lugar de sobrevivir a día por día. Por tanto, la economía y la ética reproductiva convergen en la necesidad de proteger a quienes desean formar familias.

Por último, la labor de los hombres es indispensable; promover la paternidad activa mediante educación, incentivos y modelos laborales equitativos no solo alivia la carga de las mujeres, sino que además transforma los patrones culturales que legitiman la desigual distribución del trabajo doméstico. En consecuencia, cualquier política que ignore la participación masculina será parcial y menos efectiva. Por consiguiente, la promoción de permisos parentales compartidos y campañas que reconfiguren masculinidades es una pieza clave para viabilizar la maternidad deseada en clave de crianza respetuosa.

En conclusión, la apuesta por una maternidad deseada y por la crianza respetuosa exige una política pública integral, medidas empresariales responsables y un cambio cultural sostenido. En términos concretos, ello implica combinar protección social con formación, apoyo psicosocial con

facilidades laborales, y narrativas públicas que respeten tanto la opción de no maternar como la decisión de hacerlo bajo condiciones dignas. Solo así se logra que la elección reproductiva sea realmente libre y responsable, y que el bienestar infantil sea una prioridad colectiva y no una expectativa individual.

Finalmente, defender la maternidad planificada es defender la infancia. En consecuencia, invertir en políticas y prácticas que permitan criar con respeto es invertir en sociedades más sanas, más igualitarias y más resilientes. Por tanto, la discusión sobre la baja natalidad no debe reducirse a cifras; debe traducirse en acción pública que garantice que cada niño y niña nazca en un entorno que potencie su desarrollo integral.

Cierro afirmando, que menos hijos no tiene por qué ser sinónimo de pérdida social si a cambio obtenemos mejores condiciones para criarlos. En definitiva, la sociedad que queremos se construye con decisiones informadas, apoyos reales y políticas coherentes que conviertan el deseo de ser madre en una opción segura, digna y acompañada.

Referencias

El Cronista. (29 de mayo de 2025). Obtenido deAtención, padres: las formas de crianza que pueden afectar la salud

mental de los niños: https://www.cronista.com/colombia/s alud-nutricion/atencion-padres-lasformas-de-crianza-que-puedenafectar-la-salud-mental-de-los-ninos/

Psicología para Niños. (2017). Obtenido de Lo malo de la crianza respetuosa: https://psicologiaparaninos.com/2017 /01/lo-malo-de-la-crianza-respetuosa/

Samper, J. d. (07 de Octubre de 2025). ¿Por qué los jóvenes no quieren tener hijos? Obtenido de EL ESPECTADOR : https://www.elespectador.com/opinio n/columnistas/julian-de-zubiriasamper/por-que-los-jovenes-noquieren-tener-hijos/?outputType=amp

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