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CIRCULACIÓN INTERCARIBEÑA DE MODELOS DE SOCIEDAD: LOS MACEO, DE BARAGUÁ A PANAMÁ Y GUANACASTE Yanina PIZARRO MÉNDEZ
En Costa Rica, reconstruir el pasado para enfrentar los retos e incertidumbres del presente, es una tarea obligante en tiempos en que la expansión de la caña de azúcar es uno de los factores causantes del aumento significativo de la mortalidad laboral por deficiencia renal no tradicional, en la provincia norteña de Guanacaste.1 La reasignación de las cuotas azucareras de los Estados Unidos tras el bloqueo cubano de 1961, junto a la modernización del sistema de cultivo de la caña, en el decurso de los siglos XX y el XXI (una producción que subsistió al agotamiento y cambio de tres modelos de desarrollo), ha puesto de relieve algunas particularidades del problema. Sin embargo, los inicios de esta agroindustria en territorios de La Mansión de Nicoya, a finales del siglo XIX, aún resiente la falta de estudios y de una interpretación adecuada para comprender sus orígenes. Históricamente, la producción de caña de azúcar se localizó en sus primeros desarrollos en la Meseta Central, y no fue, sino hacia 1850 que el Estado costarricense, luego de la fundación de la Fábrica Nacional de Licores (FANAL), apostó por la modernización del ramo para abastecer el mercado interno de alcohol, como monopolio estatal.2 Los contratos y el uso generalizado de trapiches (de madera y hierro, movidos por fuerza animal e hidráulica o motriz) fueron la forma de organizar y producir dulce y panela. Pronto, la necesidad de importar ingenios para la producción de azúcar blanca con el fin de abastecer el mercado interno, amplió el debate parlamentario (1882) sobre el establecimiento de enmiendas para asegurar ventajas económicas en materia de importación (1893).3 En ese entonces, visiones y bocetos de un ideario caribeño sobre industriosidad y progreso, llegó a Costa Rica en 1891 con Antonio Maceo, y también con él, toda una lógica de producción y mercadeo del azúcar, luego de establecer el primer ingenio azucarero en Guanacaste, región históricamente asociada a la economía extractiva,4 la producción agropecuaria y en especial la exportación a gran escala de azúcar. 1
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María Fernanda Cruz y Semanario Universidad, “En silencio y bajo el sol: la epidemia que mata a los agricultores guanacastecos”, La Voz de Guanacaste y Semanario Universidad, 4 de julio de 2018, accesible en: https://vozdeguanacaste.com/en-silencio-y-bajo-el-sol-la-epidemia-que-mata-a-los -agricultores-guanacastecos. Jorge León y Nelson Arroyo, Desarrollo histórico del sector agroindustrial de la caña de azúcar en el siglo XX. Aspectos económicos, institucionales y tecnológicos, San José 2012; Mayra Achío y Ana Cecilia Escalante, Azúcar y política en Costa Rica, San José 1985. Jorge Marchena, “El Nacimiento de las corporaciones azucareras en Guanacaste, 1890-1970”, Diálogos 16 (2015), pp. 83-119. Lowell Gudmundson, Hacendados, políticos y precaristas: La ganadería y el latifundismo guanacasteco (1800-1950), San José 1983; Wilder Sequeira, La hacienda ganadera en Guanacaste: Aspectos económicos y sociales 1850-1900, San José 1985; Marc Edelman, La lógica del latifundio: las grandes propiedades de Costa Rica desde finales del siglo XIX, San José 1998.
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Antonio Maceo: antecedentes familiares y acercamiento prosopográfico Según Juan Manuel Reyes, Majaguabo (Santiago de Cuba, Oriente), el contexto de mediados del siglo XIX y el oficio de arriero, constituyen las tres grandes coordenadas o referentes para situar el origen de Antonio Maceo y Grajales. El comienzo de su padre, Marcos Maceo (hijo natural de la mulata Clara Maceo), como labrador en Arroyo Chote antes de 1826 y la condición de arrendatario de su abuelo, Miguel Muchuli, de origen valenciano, ilustran sugerentemente las circunstancias económicas y sociales de los libres de color en el Oriente cubano, una mayoría poblacional que pugnó por el ascenso social a través del trabajo dependiente y agregado en el campo, facilitado por conocidos y familiares, en vegas de tabaco, estancias e ingenios.5 Del segundo matrimonio de Marcos Maceo (1808-1869) con Mariana Grajales (1815-1893), nacieron Antonio (1845-1896), María Baldomera (1847-1893), José Marcelino (1849-1896) y Rafael (1850-1882), quienes crecieron en paralelo al desarrollo de los primeros negocios familiares: la compra de esclavos y la explotación de la primera parcela, La Esperanza, de tres caballerías. Posteriormente, entre 1852 y 1860, nacieron Miguel (1852-1874), Julio (1854-1870), Dominga de la Calzada (1857-1940), José Tomás (1858-1915) y Marco (1860-1902). Cinco años después a esa fecha, Marcos Maceo adquirió tierras en La Granada o La Delicia –de cuatro caballerías– de forma hipotecaria, y con ello se consolidó como pequeño productor, de vega y estancia. Entre 1840 y 1860, Marcos Maceo, al igual que muchos pardos y morenos libres, compraron parcelas pequeñas, de no más de cinco caballerías, en un territorio cuya primera colonización correspondió a la oligarquía hacendaria santiaguera, que segregó terrenos de sus posesiones más grandes para traspasarlas a pequeños productores rurales de café, tabaco y plátanos, con participación de trabajo familiar. Todo ello se dio en el marco de una sociedad rural cuyas capas medias, diseminadas en toda región, estuvieron integradas por pequeños y medianos propietarios de estancias, vegas, sitios de labor y potreros, a fin de desarrollar distintas actividades lucrativas, que incluían por supuesto la producción de caña de azúcar con pequeños ingenios y trapiches, frente a una élite blanca de hacendados y comerciantes impulsora de la gran plantación y el trabajo esclavo.6 Antonio Maceo, mulato, quien tan sólo completó sus estudios primarios, según varios autores, participó en logias masónicas en Santiago de Cuba, intentando aprovechar esos espacios como forma de resistencia a la institucionalidad monárquica.7 A muy tempana edad se incorporó a los negocios familiares y gracias a su desenvolvimiento militar en la Guerra de los Diez Años (1868-1878) alcanzó el grado de mayor general y cosechó el apelativo del Titán de Bronce. 5
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Los ingenios Jagüita, San Antonio de Guaninicum y San Marcos de Jagua se asentaron en la región desde 1820 y luego se fueron agregando muchos más. Juan Manuel Reyes, “Contextos socioeconómicos de vida de los Maceo Grajales (1825-1868)”, Del Caribe 64/205, pp. 48-57. J. M. Reyes, “Contextos socioeconómicos”, pp. 48-57. Eduardo Torres, “El Gran Oriente de Cuba y las Antillas y la ruptura del 68”, en: Historia de la masonería cubana. Seis ensayos, La Habana 2004, pp. 84-101.
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