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Cómo encontrar la paz en un mundo desafiante

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Cómo encontrar la paz en un mundo desafiante

J. Krishnamurti Cómo encontrar la paz en un mundo desafiante

Título original: How to find peace

© Krishnamurti Foundation Trust and Krishnamurti Foundation of America, 2023

Edición: Frode Steen, Douglas Evans, Duncan Toms

La presente edición en lengua española ha sido publicada bajo licencia de la Krishnamurti Foundation of America (KFA), www.kfa.org, correo electrónico: kfa@kfa.org, y del Krishnamurti Foundation Trust Ltd (KFT), www.kfoundation.org, correo electrónico: kft@brockwood.org.uk.

La licencia ha sido gestionada a través de la Fundación Krishnamurti Latinoamericana (FKL), Apartado 5351, 08080 Barcelona, España, www.fkla.org, correo electrónico: fkl@fkla.org.

© Ediciones Kōan, s.l., 2025

c/ Mar Tirrena, 5, 08912 Badalona www.koanlibros.com • info@koanlibros.com

ISBN: 978-84-10358-44-7 • Depósito legal: B-9570-2026

© de la traducción del inglés, Victoria Riobó, 2026

Ilustración de la cubierta: adaptación de la fotografía del autor propiedad de la Krishnamurti Foundation Trust Ltd (KFT)

Maquetación: Cuqui Puig

Impresión y encuadernación: Romanyà Valls

Impreso en España / Printed in Spain

Todos los derechos reservados.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

En Ediciones Kōan estamos comprometidas con una edición responsable. Este libro se ha impreso en papel procedente de bosques gestionados de manera sostenible.

1ª edición, junio de 2026

6.

índice

sobre la presente edición

En 1992, la World Future Society (WFS) invitó a la Krishnamurti Foundation of America a su convención en Washington D. C. para dar a conocer las ideas de Krishnamurti sobre el futuro de la humanidad. Milton Friedman, por entonces redactor de discursos en la Casa Blanca y consejero de la Fundación, propuso publicar una antología de la obra de Krishnamurti con el título de La responsabilidad social. Los editores de la Fundación seleccionaron una serie de extractos de sus enseñanzas en los que se insiste en la importancia de que el individuo se comprometa con la tarea de cambiar el mundo.

La responsabilidad social se presentó en la convención de la World Future Society. Cada asistente recibió un ejemplar de regalo. La propuesta de Krishnamurti de que el individuo se responsabilice tanto del estado del mundo como de la corrupción de la conciencia sentó unas sólidas bases morales y éticas para la reflexión sobre el futuro de la humanidad.

I ntroducción

Pacem in Terris

En el cuadragésimo aniversario de su fundación, la Organización de las Naciones Unidas invitó a Krishnamurti, que entonces tenía noventa años, a pronunciar un discurso después del cual recibió la Medalla de la Paz de la ONU.

Los seres humanos hemos habitado este planeta durante cientos de miles de años. A lo largo de todo ese tiempo, no hemos encontrado la paz en la Tierra. Mucho antes de la aparición del cristianismo, los antiguos hindúes y budistas ya proclamaban la necesidad de una Pacem in Terris. Siempre hemos vivido en conflicto con quienes nos rodean, con la sociedad, con la familia. Llevamos milenios de luchas y enfrentamientos. Desde los inicios de la historia ha habido guerra, y aún hoy seguimos en guerra. Esa paz en la Tierra y esa buena voluntad entre los seres humanos de la que tanto han hablado las autoridades religiosas no se ha materializado nunca. También nos hablan de la paz tras la muerte, de ascender al cielo y encontrarla allí.

Cualquier persona verdaderamente seria se preguntará por qué los seres humanos nos matamos unos a otros en nombre de Dios, de la paz, de alguna ideología, de la patria, del rey, de la reina y demás. Las religiones —ya sea el cristianismo, el islam, el hinduismo o el budismo—, al igual que las naciones, los grupos humanos y las ideologías —la rusa, la estadounidense o cualquier otra—, también están en conflicto, en guerra entre sí. ¿Cómo puede ser que, después de tantos siglos, no sepamos todavía vivir en paz en este planeta extraordinario? Esa pregunta se ha formulado innumerables veces. Es uno de los fundamentos sobre los que se creó la Organización de las Naciones Unidas. ¿Qué futuro le espera a esta institución? ¿Qué será de ella tras cuarenta años de existencia? El tiempo es un factor singular en la vida. Es importante para todos. El futuro es el presente. El futuro es ahora. El presente —que contiene al pasado— se convierte en el futuro al modificarse en este instante. Así ha sido siempre el ciclo, el recorrido del tiempo. A menos que haya una mutación radical en el presente, el futuro será exactamente lo que es ahora. La historia lo demuestra y también podemos comprobarlo en nuestra vida cotidiana. Ustedes y yo somos seres humanos, y mientras sigamos en conflicto unos con otros, no habrá paz en esta tierra. Nos pasamos la vida hablando de la paz. La Iglesia católica, que proclama la doctrina de Pacem in Terris, fue en el pasado responsable de guerras atroces, cien años de guerra, torturas y toda clase de horrores. Y no ha sido la única: otras religiones han librado sus propias guerras.

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Como se ha dicho, el futuro que nos espera después de estos primeros cuarenta años es lo que está ocurriendo ahora. Uno se pregunta si somos plenamente conscientes de ello. El pasado se transforma constantemente a través del presente y se proyecta hacia el futuro. Si no ponemos fin a los conflictos, las luchas, los antagonismos y los odios, el mañana será igual que el hoy. Y ese mañana puede prolongarse durante mil años.

Es responsabilidad nuestra preguntarnos si, como seres humanos, somos capaces de vivir en paz. Las instituciones no han encontrado una solución. La guerra continúa, por más que intentemos organizarnos. Por eso, ninguna institución —sea de alcance mundial o de cualquier otro tipo— tendrá éxito en instaurar la paz, porque el ser humano, tanto a nivel individual como colectivo y nacional, está en conflicto. Las grandes potencias, como Estados Unidos o Rusia, están en guerra económica e ideológica. No habrá paz en la tierra mientras existan las nacionalidades, que no son más que una forma glorificada de tribalismo. Nos aferramos al nacionalismo, a las ideologías o a las creencias porque buscamos seguridad. Pero las creencias y las ideologías nos dividen, y las instituciones, por su parte, son incapaces de construir la paz. Unos creen en ideologías o en Dios, otros no creen en nada. Me pregunto si alguna vez se ha detenido usted a observar que las religiones basadas en un solo libro —como el Corán o la Biblia— tienden a volverse fanáticas, estrechas y fundamentalistas. En cambio, religiones como el hinduismo o el budismo, que cuentan con múltiples tex­

Introducción

tos considerados sagrados, no son tan dogmáticas, suelen ser más tolerantes. Pero el conflicto sigue presente: entre quienes creen en los libros y quienes no, entre quienes se aferran a uno solo y quienes aceptan muchos.

En el fondo, la verdadera pregunta —si es que hablamos con seriedad— es si usted y yo, y quienes participamos en alguna institución, somos capaces de vivir en paz unos con otros. La paz exige una gran inteligencia. No consiste en manifestarse contra una forma específica de guerra —la bomba nuclear, por ejemplo—, producto de mentes arraigadas en el nacionalismo, la creencia o la ideología, que hablan de paz mientras abastecen de armas al resto del mundo.

Nuestra época es tan vasta como cínica, y el cinismo no deja espacio para el afecto, el cuidado ni el amor. Hemos perdido la cualidad de la compasión. Por favor, no tiene sentido perder el tiempo analizando lo que se quiere decir con «compasión». Analizar la compasión es fácil; analizar el amor, en cambio, es imposible. Aunque el amor no se encuentra dentro de los límites del cerebro instrumento de la sensación, centro de la acción y la reacción—, intentamos hallar la paz y el amor dentro de ese ámbito limitado. Eso significa que el pensamiento no es amor, porque el pensamiento se basa en la experiencia y el conocimiento, y ambos son siempre limitados, tanto ahora como en el futuro. El conocimiento siempre es limitado y se almacena en el cerebro como memoria. El pensamiento surge de esa memoria. Esto se puede observar fácilmente si usted se examina a sí mismo y presta

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atención a cómo actúan el pensamiento, la experiencia y el conocimiento. No necesita leer ningún libro ni convertirse en especialista para comprender su propia manera de pensar y de vivir.

Aunque, como hemos visto, el pensamiento es limitado —tanto ahora como en el futuro—, seguimos empeñados en usarlo para resolver problemas tecnológicos, religiosos y personales. Pero el pensamiento no es amor. El amor no es sensación ni placer, no es el resultado del deseo, es algo completamente distinto. Para encontrarse con ese amor —que es compasión, y que tiene su propia inteligencia—, uno tiene que comprenderse a sí mismo, ver lo que uno es. No a través del análisis, sino comprendiendo el propio sufrimiento, los propios placeres y creencias.

Dondequiera que vayamos, el ser humano sufre por distintas razones. Tanto los hechos triviales como los acontecimientos graves provocan dolor y aflicción.

Todos, sin excepción, atravesamos esas experiencias. El sufrimiento, el dolor, la ansiedad, la soledad, la desesperación y la violencia no nos pertenecen ni a usted ni a mí: son de la humanidad. Los seres humanos no somos psicológicamente independientes. Yo soy un hombre, aquella persona es una mujer, uno es alto, otro bajo; pero en nuestro interior, en lo psicológico, formamos parte de la humanidad. Usted es la humanidad, por eso, cuando mata a otro, cuando entra en conflicto con otro, se está destruyendo a sí mismo. Se puede ver esto si se observa con atención y sin ninguna distorsión.

Introducción

Así pues, la paz solo será posible cuando la humanidad —de la que usted y yo formamos parte— ponga fin al conflicto consigo misma. Tal vez alguien se pregunte cómo afecta al resto de la humanidad que una sola persona ponga fin a sus conflictos internos. Esa es una vieja pregunta. Lo que debería preguntarse es si es posible poner fin al sufrimiento, al dolor y a la ansiedad en uno mismo. Si usted se observa con suma atención —como cuando se peina o se afeita con extremo cuidado—, podrá verse tal como es y percibir todos los matices y las sutilezas. Su relación con los demás seres humanos es el espejo. En ese espejo usted puede verse exactamente como es. Pero la mayoría tiene miedo de ver lo que es, por lo que poco a poco desarrolla resistencia, culpa, y nunca se concede una libertad total.

¿Es posible vivir en esta tierra —Pacem in Terris con una comprensión profunda de la humanidad, es decir, de uno mismo? Sí, es posible. Y no necesitamos recurrir a profesionales: podemos hacerlo por nosotros mismos, sin necesidad de especialistas. Podemos observar nuestras peculiaridades e inclinaciones. La evolución ha condicionado el cerebro humano para la guerra, el odio y el conflicto. Entonces, ¿puede ese cerebro —con sus células cargadas de memoria— liberarse de su propio condicionamiento? La respuesta es muy simple.

Si alguien ha caminado hacia el norte durante toda su vida —como lo ha hecho también la humanidad, avanzando en dirección al conflicto—, y una persona seria le dice: «Ese camino no conduce a ninguna parte.

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Vaya hacia el sur, hacia el este, o en cualquier dirección salvo hacia el norte», entonces, cuando realmente cambia de rumbo, rompe el patrón y se produce una mutación en las propias células cerebrales. Ese patrón debe romperse ahora, no dentro de cuarenta años ni dentro de un siglo.

Introducción

¿ Q ué puedo hacer?

Tenemos que hacernos las preguntas fundamentales, sin esperar que nos las respondan otros. Y debemos hacerlo sin depender de teóricos, por muy inteligentes, eruditos y expertos que sean. El mundo está sumido en una terrible confusión, el sufrimiento crece, y cada ser humano que habita el planeta es responsable de ello. En otras palabras, la responsabilidad de este estado tan alarmante es enteramente nuestra. Al parecer, dependemos de las explicaciones de los demás y nos damos por satisfechos con ellas, aunque solo sean palabras y, por lo tanto, carezcan de relevancia. Las descripciones o explicaciones del estado actual del mundo no tienen valor ni sentido alguno. Sin embargo, lo habitual es que nos conformemos con palabras: explicaciones intelectuales urdidas con belleza o sutileza. Hay que trascender las explicaciones, provengan de quien provengan.

Lo importante es que nos planteemos las preguntas fundamentales a nosotros mismos y asumamos plenamente la responsabilidad, no solo de responderlas, sino

Una de las preguntas fundamentales es cuál es nuestra relación con la realidad. La realidad se ha expresado de forma distinta en Oriente y en Occidente. Si no hallamos la respuesta por nuestros propios medios, sin depender de expertos, teólogos o sacerdotes, no podremos comprender en qué consiste esa relación. Podemos llamar a esa realidad Dios, el nombre no tiene importancia: la palabra nunca es la realidad. Dejarse atrapar por los símbolos y las palabras parece una necedad; a pesar de eso, estamos completamente a merced de ellos: los cristianos de una forma, los hindúes de otra, los musulmanes de otra. Las palabras y los símbolos han adquirido una importancia desmesurada. Pero el símbolo y la palabra jamás son lo real.

Para plantearse seriamente cuál es nuestra verdadera relación con la realidad, es necesario estar libre de la

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante de responder actuando. La acción es parte de la pregunta y de su respuesta. Al descubrir por nosotros mismos las respuestas, ese descubrimiento debe expresarse en la acción. Preguntar, responder y actuar son fenómenos simultáneos, no separados. Si los separamos, todo se fragmenta en compartimentos y categorías. De esa separación surgen los preconceptos, los conflictos, las opiniones y los juicios. Pero si realmente fuéramos capaces de preguntar, en ese mismo acto comprenderíamos la pregunta y la acción, que no está separada. Espero que podamos hacernos estas preguntas y comprenderlas no de forma intelectual o verbal, sino con el corazón y la mente. En ese proceso de comprensión tiene lugar la acción.

palabra y de todos sus condicionamientos, asociaciones y prejuicios. Si no hallamos la respuesta, la vida apenas tendrá significado. El sufrimiento y la confusión crecerán sin cesar, y vivir se volverá cada vez más superficial, intolerable y vacío. Hace falta una seriedad extraordinaria para descubrir si existe eso que llamamos realidad, y cuál es nuestra relación con ello.

Lo primero es ver si existe algo inconmensurable, más allá del pensamiento, más allá de toda medida, algo que no pueda nombrarse con palabras ni representarse mediante símbolos. ¿Es posible descubrir ese estado extraordinario, no de forma mística, romántica o emocional, sino de manera real y directa? Los antiguos, y algunos seres humanos a lo largo del tiempo que tal vez lo hayan vislumbrado sin saberlo, afirman que eso existe. Desde hace incontables generaciones, las personas serias han intentado encontrarlo. Los frívolos y despreocupados tienen su propia recompensa y su forma de vida, pero siempre ha habido una pequeña minoría de personas serias que llegan a descubrir algo infinito e inconmensurable. Comprenderlo exige liberarse de dogmas, creencias y demás obstáculos tradicionales que condicionan la mente y son simples invenciones del pensamiento.

Somos seres humanos: sufrimos, estamos solos, confundidos, y sentimos un profundo dolor. Sea que nos definamos como capitalistas o como socialistas, o como cualquier otra cosa, solo somos seres humanos. Sin embargo, se diría que lo que de verdad nos importa es la etiqueta: francés, alemán. Liberarse de ella es importante

¿Qué puedo hacer?

porque necesitamos libertad real, no solo verbal. Solo en libertad —no mediante dogmas o creencias— podemos descubrir lo real.

Así, quien sea muy serio, quien esté dispuesto a llegar hasta el fondo, necesita liberarse de las nacionalidades, los dogmas, los rituales y las creencias. Al parecer, esta es una de las tareas más arduas. En India, muchas personas siguen atrapadas en la tradición hindú, a pesar de haber reflexionado largamente sobre el asunto. Occidente está tan inmerso en los dogmas católicos o protestantes que es incapaz de progresar. Para vivir una vida distinta, en una dimensión distinta, hay que liberarse de todo eso, no solo de forma consciente, sino en las raíces más profundas del ser. Solo así podremos ver con claridad. Porque para descubrir la realidad, la mente necesita cordura, salud y una gran inteligencia, lo cual significa ser extraordinariamente sensible.

Lo importante es tener una mente no torturada, una mente que no haya sido forzada a seguir ningún modelo de pensamiento. Al observar el mundo, resulta evidente que las religiones sostienen que, para hallar la realidad, uno debe torturarse, renegar del mundo, renunciar a los placeres sensoriales y someterse a toda clase de disciplinas, hasta que la mente se ajuste a un modelo preestablecido. Así, la mente pierde su flexibilidad, su rapidez, su sensibilidad y la belleza de su movimiento. Lo que se necesita, en cambio, es una mente prístina, libre de toda forma de tortura y en la que no tenga cabida ningún prejuicio.

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Observar —mirar de verdad— es una de las tareas más arduas: mirar un objeto sin la idea del objeto, mirar una nube sin las asociaciones que tenemos sobre las nubes, mirar una flor sin ideas, sin recuerdos ni asociaciones previas. Esas asociaciones, imágenes y recuerdos alejan al observador de lo observado. Todo el conflicto humano surge de esa distancia, de esa separación entre el observador y lo observado. Es necesario ver sin ideas, para que esa separación se disuelva. Cuando hay separación hay conflicto.

En consecuencia, el arte de observar es esencial. Si uno se observa a sí mismo por medio de las ideas que tiene sobre sí mismo, surgirá el conflicto entre la idea y lo que realmente es, y la vida quedará reducida al conflicto entre lo que es y lo que debería ser.

Les ruego que no se limiten a leer las palabras, frases y expresiones que pronuncio: mírenlas mientras avanzamos, no de manera analítica, sino observando realmente el funcionamiento de la mente. Observen cómo opera, cómo se observa a sí misma. Solo entonces dejarán de interpretar lo que leen según sus propios prejuicios y condicionamientos, y empezarán a escuchar de verdad. El mundo se encuentra sumido en un estado espantoso. Suceden tantas catástrofes y desgracias que debemos cambiar nuestra forma de vivir. Es necesaria una revolución fundamental en la manera de vivir. La humanidad ha escogido la vía de la guerra y el conflicto, y parece que los jóvenes de hoy se rebelan contra ello. Por desgracia, a no ser que hallemos por nosotros mismos las respuestas

¿Qué puedo hacer?

Una de las preguntas más importantes es esta: ¿qué es eso a lo que llamamos realidad? ¿Puede uno, viviendo la vida cotidiana —sin retirarse a un monasterio, sin convertirse en discípulo de algún gurú ni huir a una extraña congregación de la India— descubrir esta realidad por sí mismo? Debemos hacerlo. No mediante la oración, la imitación o la veneración de alguien, sino tomando conciencia de los condicionamientos, observándolos de verdad —no de forma teórica, sino como se observa una flor o una nube—, es decir, sin separación.

¿Alguno de los presentes ha intentado alguna vez mirar algo o a alguien —por ejemplo, a su pareja— sin la imagen que ha construido de ella a lo largo de los años, con sus desavenencias, placeres y enfados? Es decir, ¿mirarse mutuamente sin que esa imagen se interponga? No sé si alguien lo habrá intentado, pero si lo ha hecho, habrá comprobado lo extraordinariamente difícil que es liberarse de las imágenes. Son esas imágenes las que entran en relación, no los seres humanos. Usted tiene una imagen de mí y yo tengo una imagen de usted, y la relación se establece entre esas dos imágenes, con sus símbolos, asociaciones y recuerdos. Mientras exista una imagen que genere toda la estructura del conflicto, habrá separación. Por lo tanto, hay que aprender el arte de la observación —no la de las flores, las nubes o los árboles que se mecen al viento, sino el arte de observarnos de verdad a nosotros mismos tal como somos— sin recurrir a las típi­

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante básicas a las preguntas fundamentales de la vida, esa rebelión no tendrá ningún sentido.

cas afirmaciones verbales como: «soy feo», «soy hermoso» o «soy solo esto». Cuando nos vemos con claridad, sin que medien ideas, quizá estemos en condiciones de descubrir lo que llamamos verdad. La verdad no pertenece al ámbito del pensamiento, sino al de la percepción directa, donde no hay separación entre el observador y lo observado.

Uno de los interrogantes fundamentales es el de la relación con lo esencial, con lo innominado, con aquello que está más allá de las palabras. Luego viene la pregunta sobre la relación con los demás. Esa relación es la sociedad, una sociedad que hemos cimentado sobre la envidia, la avaricia, el odio, la brutalidad, la competencia y la violencia. La relación con la sociedad que hemos escogido se basa en la lucha, la guerra, el conflicto y la agresión. Lleva miles de años en funcionamiento, y configura lo cotidiano tanto en la oficina como en el hogar, la fábrica y la iglesia.

Hemos inventado una moralidad falsa a partir de este conflicto, una moralidad de lo respetable, que no tiene ningún sentido. Asistimos a la iglesia y allí amamos a nuestros semejantes, pero después, en la oficina, los destruimos. Los diversos nacionalismos se basan en ideas, opiniones y prejuicios. En la sociedad reinan la injusticia y la desigualdad. Lo sabemos de sobra, somos por completo conscientes de ello. Estamos al tanto de la guerra que sigue ocurriendo, de la actuación de los políticos y economistas que intentan imponer orden en medio del desorden. Somos conscientes de todo ello

¿Qué puedo hacer?

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Preguntarse «¿qué puedo hacer?» es formular una pregunta errónea. No tiene respuesta. Quien intente responderla acabará formando alguna organización, se comprometerá con una línea de acción política, económica o social, y volverá al viejo círculo de las organizaciones, con sus presidentes, secretarios, fondos, y su pequeño grupo enfrentado a otros grupos. Estamos atrapados en eso. «¿Qué puedo hacer?» es una pregunta errónea por completo. Formulada de esa manera, no es posible hacer nada. Pero sí podemos hacer algo si vemos realmente que cada uno de nosotros es responsable de las guerras que se libran en el mundo; que ustedes y yo somos responsables, realmente y desesperadamente responsables, de lo que ocurre en todas partes. Somos responsables de los políticos que hemos hecho surgir, de los ejércitos entrenados para matar, y de todos nuestros actos, sean conscientes o inconscientes.

Sin embargo, no queremos serlo. Nos aterra decir: «Soy responsable de este desastre monumental». Pero si uno siente esto con el corazón, actuará. Entonces descubrirá que está completamente fuera de la sociedad. Quizá tenga algo de ropa, un coche y todo lo demás, pero

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante y nos preguntamos qué hacer. Somos conscientes de haber escogido una forma de vida que conduce al asesinato. Tal vez alguien con un mínimo de seriedad se haya planteado alguna pregunta, pero al final siempre llegamos a la misma conclusión: como ser humano, no hay nada que hacer. ¿Qué puede hacer uno ante esa maquinaria colosal?

será verdaderamente moral, psicológica y profundamente. Estar completamente fuera de la sociedad equivale a negar toda moralidad. Aceptar la actual estructura de la moralidad es ser inmoral.

Hay corrupción, la sociedad va en declive. Ya conocen los disturbios en Estados Unidos y lo que ocurre en Oriente Próximo, en el Extremo Oriente y en la India, donde hay una pobreza inmensa. Cada país cree que debe resolver sus propios problemas, mientras los políticos de todo el mundo juegan con el hambre y el asesinato, porque hemos dividido el mundo en nacionalidades, en gobiernos soberanos, cada uno con su bandera. Para que haya orden, la preocupación de cada ser humano debe ser la unidad de la humanidad. Y eso exige una forma de gobierno no dividida en nacionalidades.

¿Se han preguntado alguna vez por qué existen los políticos? Un gobierno podría estar dirigido por ordenadores, impersonales, sin ambición, y no por personas que persiguen su propia gloria en nombre de la nación. De este modo, ¡tal vez podríamos tener un gobierno sensato! Por desgracia, los seres humanos no somos sensatos. Nos gusta vivir en el caos. Usted y yo somos responsables de ello. Por favor, no se limiten a estar de acuerdo. Hagan algo. Hacer es ver y escuchar.

Cuando vemos un peligro, actuamos. Sin titubear, sin discutir, sin opinar. La acción es inmediata. Sin embargo, no percibimos el enorme peligro de lo que sucede en el mundo que nos rodea: en el sistema educativo, en el mundo de los negocios, en el mundo religioso. Ver

¿Qué puedo hacer?

ese peligro es actuar. Cuando vemos algo realmente, no hay conflicto: hay un alejarse inmediato, sin resistencia, sin conflicto.

Observar la injusticia social, la miseria social, la moralidad y la cultura —en medio de las cuales existen las religiones organizadas— y negarles psicológicamente su validez es volverse extraordinariamente moral. Al fin y al cabo, la moral es orden y la virtud es el orden absoluto. Ese orden solo puede surgir cuando se dice que no al desorden: el desorden en el que vivimos, el desorden del conflicto y el miedo, donde cada individuo busca la seguridad personal.

Ignoro si alguna vez se han planteado la cuestión de la seguridad. Encontramos seguridad en el compromiso. Comprometernos con algo nos da una gran sensación de seguridad, ser francés o inglés, o cualquier otra cosa. Ese compromiso da seguridad, certeza y confianza. Pero ese mismo compromiso siempre genera desorden. Eso es lo que está ocurriendo. Estamos comprometidos con ideas, teorías, eslóganes, y ello crea división: usted es esto, yo soy aquello. Pero si, en lugar de comprometernos, nos involucramos en el movimiento total de la vida, no habrá división. Entonces seremos seres humanos que sufren, no franceses que sufren ni católicos que sufren, sino seres humanos culpables, ansiosos, en profundo dolor, solos, aburridos de la rutina. Si nos involucramos, encontraremos juntos una salida. Frente a esto, nos gusta comprometernos, nos gusta sentirnos seguros en la separación, no solo nacional o comunitaria, sino tam­

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bién individual. Ese compromiso implica aislamiento. Cuando la mente está aislada no sana.

Tal vez lo sepamos en el plano verbal, tal vez hayamos leído mucho al respecto, pero, por desgracia, lo que leemos no equivale a un descubrimiento propio, no es una comprensión nacida de uno mismo. Para ello, uno debe investigar, observarse sin ideas preconcebidas, mirarse con atención sin elección, a fin de ver exactamente lo que uno es, no lo que debería ser. Y cuando uno ve con exactitud lo que es, no hay conflicto.

También está la cuestión del amor y la muerte. De nuevo, eso que llamamos amor ha perdido por completo su significado. Cuando uno dice «te quiero», hay en ello un gran componente de placer. Por eso, uno debe averiguar por sí mismo si el amor es placer. Esto no significa que haya que negar el placer para encontrar el amor, pero cuando el amor está rodeado de codicia, celos, odio o envidia —como sucede en la mayoría de nosotros—, ¿es eso amor? Cuando se divide el amor en amor divino y amor ordinario, sensual, ¿es eso amor? ¿O el amor es algo que no está tocado por el placer?

Hay que profundizar en esta cuestión. ¿Por qué todo está basado en el placer? La búsqueda de eso que llamamos Dios se basa en el placer. El placer proviene de las posesiones, del prestigio, del estatus, del poder, de la dominación. Pero sin amor, haga uno lo que haga, por muy inteligente que sea, no resolverá nada. Haga lo que haga, solo generará sufrimiento para sí mismo y para los demás.

¿Qué puedo hacer?

Llegamos ahora a esta cuestión extraordinaria de la naturaleza de la muerte. No se puede responder con miedo, ni huyendo de ese hecho absoluto, ni con creencias, ni con esperanza. Existe una respuesta, una respuesta correcta, pero para encontrarla hay que formular la pregunta correcta. Ahora bien, no es posible plantear la pregunta correcta si uno solo está buscando una salida, o si la pregunta nace del miedo, la desesperación o la soledad. Si uno formula la pregunta correcta en relación con la realidad, con nuestra manera de relacionarnos, con eso que llamamos amor, y con esta inmensa cuestión de la muerte, entonces de esa pregunta correcta surgirá la respuesta correcta, de esa respuesta nace la acción correcta. La acción correcta está en la propia respuesta, y nosotros somos responsables.

No se engañe preguntándose «¿qué puedo hacer?», si como individuo lleva a una vida mezquina y confusa, marcada por la ignorancia. La ignorancia solo existe cuando uno no se conoce a sí mismo. El autoconocimiento es sabiduría. Tal vez usted —y espero que así sea— no sepa nada de libros ni esté al tanto de las últimas teorías, pero eso no es ignorancia. La ignorancia es no conocerse a fondo, en profundidad. Y uno no puede conocerse si no puede mirarse, verse tal como es en realidad, sin ninguna distorsión ni deseo de cambiar. Si uno lo hace, lo que ve se transforma, porque desaparece la distancia entre el observador y lo observado, y con ella desaparece el conflicto.

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante

¿ C uál es su responsabilidad hacia la sociedad?

Es evidente que basta con observar el estado actual del mundo para advertir que hace falta una revolución fundamental de algún tipo. No estoy usando esta palabra para referirme a un reajuste superficial, ni a una modificación, ni a una revolución concebida como un cálculo dentro de un determinado marco de pensamiento, sino a aquella transformación que solo puede tener lugar en el nivel más alto, cuando empezamos a comprender en profundidad el pleno significado de la mente. Sin esta comprensión fundamental, cualquier reforma, por muy útil que parezca a corto plazo, está condenada a generar más caos y sufrimiento.

Cuando observamos este complejo entramado de riqueza y pobreza, de gobiernos soberanos, de ejércitos y de los más recientes instrumentos de destrucción masiva, la pregunta que surge es qué saldrá de todo este caos y adónde conducirá. ¿Cuál es la respuesta? Si uno es mínimamente serio, debe haberse hecho esta pregunta. ¿Cómo vamos a afrontar este problema, tanto a nivel

individual como a nivel colectivo? En nuestra confusión, la mayoría de nosotros recurrimos a un modelo religioso o social, buscamos un líder que nos guíe para salir de este caos, o insistimos en regresar a las antiguas tradiciones. Decimos: «Volvamos a lo que dijeron las Upanishads; necesitamos más oraciones, más rituales, más gurús».

Al contemplar este caótico panorama en su conjunto, no desde un punto de vista filosófico, ni como simples observadores de lo que ocurre, sino como personas a quienes esto conmueve profundamente y en quienes hay un germen de compasión, que estoy seguro de que la mayoría tenemos, ¿cómo responde usted a todo esto? ¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad? ¿O está simplemente atrapado en sus engranajes, siguiendo el patrón tradicional de una cultura determinada, ya sea occidental u oriental, y por ello ciego a la cuestión en su conjunto? Y si abre los ojos, ¿se ocupa únicamente de la reforma social, de la acción política, del reajuste económico? ¿Se encuentra ahí la solución a este problema tan complejo o, por el contrario, está en una dirección totalmente distinta? ¿Es este un problema meramente económico y social? ¿O hay caos y una amenaza constante de guerra porque la mayoría de nosotros no se ocupa de las cuestiones más profundas de la vida, del desarrollo total de la humanidad?

Ante este estado de cosas, del cual estoy seguro de que es usted plenamente consciente, a menos que sea insensible o esté tratando de no verlo, ¿cuál es su respuesta? Por favor, no responda de manera teórica, según el patrón socialista, capitalista, hindú o cualquier otro, que no es

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más que una imposición y, por lo tanto, no es verdadero. En lugar de eso, despoje a la mente de sus reacciones inmediatas, de las reacciones supuestamente educadas, y descubra cuál es su reacción como individuo. ¿Cómo resolvería este problema?

Si se plantea esta pregunta a un comunista, a un católico, a un hindú o a un musulmán, cada uno dará una respuesta muy concreta, pero obviamente condicionada. Han sido educados para pensar siguiendo determinadas líneas, más estrechas o más amplias, por una sociedad o una cultura a la que no le interesa en absoluto el desarrollo integral de la mente. Como responden desde un pensamiento condicionado, sus respuestas son inevitablemente contradictorias y, por lo tanto, generan enemistad, algo que resulta bastante evidente. Si uno es hindú, cristiano o lo que sea, su respuesta estará necesariamente determinada por su trasfondo condicionado, por la cultura en la que ha sido educado. El problema está más allá de todas las culturas, más allá de cualquier modelo particular; sin embargo, insistimos en buscar una respuesta dentro de esos modelos, y de ahí surgen una confusión creciente y un sufrimiento mayor. Así pues, a menos que se produzca una ruptura fundamental con todo condicionamiento, una escisión total, seguiremos creando más caos, por muy bien intencionados o supuestamente religiosos que seamos. El problema se sitúa en un nivel completamente distinto. Al comprenderlo, tiene lugar una acción enteramente diferente de los modelos socialistas o capitalistas. El problema es comprender cómo funciona la mente,

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad?

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porque si uno no es capaz de observar y comprender el proceso del pensamiento en sí mismo, no hay libertad y, por lo tanto, no se puede llegar muy lejos. En la mayoría de nosotros, la mente no es libre; está, de manera consciente o inconsciente, ligada a alguna forma de conocimiento, a innumerables creencias, experiencias y dogmas. ¿Cómo puede una mente así descubrir algo nuevo, explorar lo desconocido?

Cada desafío exige una respuesta nueva, porque hoy el problema es completamente distinto del de ayer. Todo problema es siempre nuevo; está en constante transformación. Cada reto demanda una respuesta nueva, que no puede haber si la mente no es libre. Por lo tanto, la libertad está al comienzo y no solo al final. La revolución debe comenzar, sin duda, no en el nivel social, cultural o económico, sino en el nivel más elevado. El problema es descubrir ese nivel más elevado, y me refiero a descubrirlo, no a aceptar lo que se nos dice que es. Un gurú o algún individuo astuto puede decirnos qué es, y nosotros podemos repetir lo que hemos oído, pero ese proceso no es descubrimiento, sino mera aceptación de la autoridad. La mayoría aceptamos la autoridad por pereza: todo ya ha sido pensado, y nosotros nos limitamos a repetirlo como un disco rayado.

Veo la necesidad del descubrimiento, porque es evidente que debemos crear un tipo de cultura completamente distinto: una cultura que no se base en la autoridad, sino en la que cada individuo descubra lo que es verdadero por sí mismo. Ese descubrimiento exige una

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante

libertad total. Cuando la mente está sometida, por larga que sea la cuerda que la ata, solo puede funcionar dentro de un radio fijo y, por lo tanto, no es libre. Lo importante, entonces, es descubrir el nivel más elevado en el que puede tener lugar la revolución. Eso exige una gran claridad de pensamiento. Exige una mente que funcione bien, no una mente que simula, repetitiva, sino una capaz de pensar con rigor, de razonar hasta el final, con claridad, lógica y sensatez. Es necesario contar con una mente así, y solo entonces es posible ir más allá.

La revolución solo puede tener lugar en el nivel más elevado, el cual debe ser descubierto. Únicamente puede descubrirse a través del conocimiento de uno mismo, no mediante el conocimiento adquirido en los libros antiguos o de pensadores modernos. Debe descubrirlo en la relación con los demás, descúbralo de verdad, y no se limite a repetir algo que ha oído o leído. Entonces constatará que la mente adquiere una claridad extraordinaria.

Al fin y al cabo, la mente es el único instrumento del que disponemos, y si esa mente está embotada, es estrecha, temerosa, como ocurre con la mayoría de nosotros, su creencia en Dios, su culto y su búsqueda de la verdad no tienen ningún significado.

Solo la mente capaz de percibir con claridad y, por lo tanto, de permanecer en quietud, puede descubrir si hay verdad o no. Solo una mente así puede dar lugar a una revolución en el nivel más elevado. Y solo la mente religiosa es verdaderamente revolucionaria. Ahora bien, la mente religiosa no es la mente que repite, que asiste

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad?

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El conocimiento de uno mismo no puede aprenderse de otro. No puedo decirle qué es, pero uno puede ver cómo funciona la mente: no solo la mente que está activa en la vida cotidiana, sino la mente en su totalidad, tanto consciente como oculta. Todas las múltiples capas de la mente deben ser percibidas e investigadas, lo cual no significa introspección. El autoanálisis no revela la totalidad de la mente, porque siempre hay una división entre quien analiza y lo analizado. Pero si usted puede observar el funcionamiento de su propia mente sin ningún sentido de juicio o evaluación, de condena o comparación, simplemente observarla como observaría una estrella, sin implicación, con quietud, sin ningún tipo de ansiedad, verá que el autoconocimiento no es una cuestión de tiempo; que no es un proceso de indagación del inconsciente para eliminar los motivos ni para comprender los distintos impulsos y compulsiones.

Lo que crea el tiempo es la comparación, y dado que nuestra mente es el resultado del tiempo, siempre pensamos en términos de «más», lo que llamamos progreso. Siendo resultado del tiempo, la mente siempre piensa en términos de crecimiento, de logro. ¿Es la mente capaz de liberarse del «más», es decir, de desprenderse por completo de la sociedad?

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante a la iglesia o al templo, que realiza pujas todas las mañanas, que sigue a este o aquel gurú o que venera a un ídolo. Esa no es una mente religiosa; es una mente necia y limitada, que nunca podrá responder con libertad a un desafío.

La sociedad insiste en el «más». Al fin y al cabo, nuestra cultura se basa en la envidia y en el afán de acumular, ¿no es así? Ese afán no se limita a lo material, sino que también se da en el ámbito de la llamada espiritualidad: queremos más virtud, estar más cerca del maestro o del gurú. Así pues, toda la estructura de nuestro pensamiento se basa en el «más», y cuando uno comprende la exigencia del «más» en toda su amplitud, se produce una ruptura total con la sociedad. Solo el individuo que rompe completamente con la sociedad puede actuar sobre ella. Quien viste la túnica del sannyasi o se cubre con un simple paño, quien se convierte en monje, no ha roto con la sociedad; sigue formando parte de ella, lo único que ocurre es que la exigencia por el «más» se sitúa a otro nivel. Sigue estando condicionado y, por lo tanto, atrapado dentro de los límites de la cultura.

Esta es la verdadera cuestión, no cómo producir más cosas y distribuirlas. El problema de fondo es que no somos creativos; no hemos descubierto por nosotros mismos esa extraordinaria fuente de creatividad que no es una invención de la mente.

Solo habrá una revolución fundamental cuando comprendamos nuestra relación con lo colectivo.

En todas nuestras relaciones —con los demás, con la naturaleza, con las ideas, con los objetos— parece que generamos cada vez más problemas. Al intentar resol­

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad?

La revolución debe comenzar en cada uno de nosotros, y no en influencias del entorno, externas. Al fin y al cabo, nosotros somos el colectivo: lo consciente y lo inconsciente en nosotros son el residuo de influencias políticas, sociales y culturales. Por lo tanto, para dar lugar a una revolución fundamental en lo exterior es necesaria una transformación radical en cada uno de nosotros, una transformación que no dependa del cambio del entorno.

Debe comenzar con usted y conmigo. Todas las cosas grandes empiezan a pequeña escala; todos los grandes movimientos comienzan con usted y conmigo como individuos, y si esperamos la acción colectiva, esa acción colectiva, si es que tiene lugar, será destructiva y producirá un sufrimiento aún mayor.

La revolución debe comenzar con usted y conmigo. Esa revolución, esa transformación individual, solo puede tener lugar cuando comprendemos nuestra relación con los demás, que es el proceso de autoconocimiento. Sin conocer el proceso completo de mis relaciones en todos

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante ver uno, ya sea económico, político, social, colectivo o individual, producimos muchos otros. De algún modo, engendramos cada vez más conflicto y necesitamos cada vez más reformas que exigen nuevas reformas y son, por lo tanto, un retroceso. Mientras la revolución, ya sea de izquierdas o de derechas, no sea más que la continuación de lo que ha sido, proyectado hacia el futuro, será regresiva. Solo habrá una revolución fundamental, una transformación interior continua, cuando comprendamos, como individuos, nuestra relación con lo colectivo.

La comprensión de uno mismo no surge de retirarse de la sociedad ni de refugiarse en una torre de marfil. Si usted y yo examinamos la cuestión con atención e inteligencia, veremos que solo podemos comprendernos a nosotros mismos en la relación, y no en aislamiento. Nadie puede vivir en aislamiento. Vivir es estar en relación. Solo en el espejo de la relación me comprendo a mí mismo, lo cual significa que debo estar extraordinariamente alerta en mis pensamientos, sentimientos y acciones. No es un proceso difícil ni una empresa sobrehumana.

Como ocurre con todos los ríos, aunque el origen apenas es perceptible, las aguas van cobrando impulso a medida que avanzan y se vuelven profundas. En este mundo demencial y caótico, si usted se adentra en este proceso deliberadamente, con cuidado, con paciencia y sin condenar, verá cómo empieza a cobrar impulso y que no es una cuestión de tiempo.

¿Por dónde empieza uno para que se produzca el cambio fundamental que es esencial en el orden social?

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad? sus diferentes niveles, lo que pienso y lo que hago no tiene valor alguno. ¿Qué base tengo para pensar si no me conozco a mí mismo? Estamos tan deseosos de actuar, tan ansiosos por hacer algo, por impulsar algún tipo de revolución o mejoramiento, algún cambio en el mundo, sin conocer el proceso en nosotros mismos, interiormente, que no tenemos base para la acción, y lo que hacemos está condenado a crear más conflicto.

Somos conscientes de que debe producirse un cambio fundamental en nuestra manera de pensar, una transformación radical de la mente y del corazón humanos. Ese cambio extraordinario no puede surgir de la mera continuación de lo que ha sido, aunque adopte una forma modificada. Tampoco puede producirse por medio de la educación tal como existe en la actualidad, pues lo que hoy llamamos educación se reduce al aprendizaje de una técnica para ganarse la vida y a conformarse con los modelos que impone la sociedad.

Al ver esto, ¿por dónde hemos de empezar? ¿Por dónde comienza uno para que se produzca este cambio fundamental, tan necesario para el orden social? Sin duda, el problema individual es el problema del mundo. La sociedad es lo que hemos hecho de ella.

En el mundo hay quienes poseen y quienes no, quienes saben y quienes son ignorantes, quienes alcanzan sus ambiciones y quienes viven frustrados; están las religiones, con sus ceremonias y creencias dogmáticas, y existe la lucha incesante dentro de la sociedad, la competencia constante entre unos y otros por alcanzar logros, por llegar a ser alguien. Todo esto es lo que usted y yo hemos creado. Las reformas sociales pueden llevarse a cabo mediante leyes o mediante la tiranía, pero mientras el individuo no cambie de manera radical, siempre terminará adaptando cualquier nuevo modelo a sus propias exigencias psicológicas. Eso es, una vez más, lo que está ocurriendo en el mundo.

Es muy importante, entonces, comprender la totalidad del proceso de la individualidad, porque solo

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante

cuando el individuo cambia radicalmente puede haber una revolución fundamental en la sociedad. Es siempre el individuo, nunca el grupo ni el colectivo, quien da lugar a un cambio radical en el mundo. Esto es así históricamente.

¿Puede el individuo, es decir, usted y yo, cambiar radicalmente? Esta transformación del individuo, que no se ajusta a ningún modelo, es lo que nos concierne y constituye la forma más elevada de educación. Esta transformación del individuo es lo que constituye la religión, y no la mera aceptación de dogmas o creencias, que no es religión en absoluto. La mente condicionada a un patrón particular, al que llama religión —sea hindú, cristiano, budista o lo que sea—, no es una mente religiosa, por mucho que practique todos los llamados ideales religiosos.

La estructura de la sociedad es la estructura de uno mismo.

Puesto que hemos creado la sociedad en la que vivimos, somos responsables de ella, cada uno de nosotros. No ha surgido por obra de fuerzas espirituales ficticias, sino a través de nuestra codicia, nuestra ambición, nuestras simpatías, antipatías y enemistades personales, nuestras frustraciones, y nuestra búsqueda de placer y satisfacción. Hemos creado religiones y dogmas por miedo. Usted vive en esta sociedad. O bien huye de ella porque no la comprende o porque no pue ­

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad?

La existencia es un movimiento en relación, y esa existencia es la sociedad. No podemos ir más allá de los límites de la mente y del corazón mientras no comprendamos la estructura de nuestro propio ser. La sociedad no es algo distinto de usted: usted es la sociedad. La estructura de la sociedad es la estructura de uno mismo. Cuando empieza a comprenderse a sí mismo, empieza a comprender la sociedad en la que vive. Esto no se opone a la sociedad.

Una persona religiosa se ocupa del descubrimiento de una nueva forma de vivir en este mundo y de que tenga lugar una transformación en la sociedad en la que vive, porque al transformarse uno mismo se transforma la sociedad. Es muy importante entender esto.

Lo que usted es, eso es el mundo, y sin su transformación no puede haber transformación del mundo.

Debemos darnos cuenta de que el problema del mundo es el problema del individuo: es su problema y el mío, y el proceso del mundo no está separado del proceso del individuo. Son un solo fenómeno. Por lo tanto, lo que usted hace, piensa y siente es mucho más

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante de producir ningún cambio en esa sociedad de la que forma parte, o bien queda tan absorbido por su propia lucha personal que pierde por completo el interés por la exigencia radical de una mente humana que dice que debe cambiar.

importante que proponer leyes o pertenecer a un partido o a un grupo. Esta es la primera verdad que debe ser comprendida.

Es esencial una revolución en el mundo, pero la que se ajusta a un modelo particular de acción no lo es. La revolución solo puede tener lugar cuando usted, el individuo, se comprende a sí mismo y, por lo tanto, crea un nuevo proceso de acción. Necesitamos una revolución porque todo se está desmoronando: las estructuras sociales se desintegran, hay guerras y más guerras. Estamos al borde de un precipicio, y debe producirse algún tipo de transformación, pues no podemos seguir como estamos. La izquierda ofrece una clase de revolución y la derecha propone una modificación de la de la izquierda, pero esas revoluciones no son tales; no resuelven el problema porque el ser humano es demasiado complejo para ser comprendido mediante una fórmula. Y puesto que es necesaria una revolución constante, solo puede comenzar con usted, con su comprensión de sí mismo. Esto es un hecho, es la verdad, y no puede eludirse se mire desde el ángulo que se mire.

Después de ver la verdad de esto, usted debe establecer la intención de estudiar la totalidad del proceso que se da en usted mismo, porque lo que usted es, eso es el mundo. Si su mente es burocrática, creará un mundo burocrático, un mundo estúpido, un mundo de trámites; si usted es codicioso, envidioso, estrecho de miras, nacionalista, creará un mundo en el que hay nacionalismo, que destruye a los seres humanos, una estructura social

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad?

La primera dificultad es ver la verdad de que el individuo es responsable, de que usted es responsable de todo el desorden. Cuando ve su responsabilidad, establece la intención de observar y, por lo tanto, de producir una transformación radical en sí mismo.

Sea cual sea el nivel en el que viva, hay conflicto: no solo conflicto individual, sino también conflicto mundial. El mundo es usted; no está separado de usted. Lo que usted es, eso es el mundo. Debe haber una revolución fundamental en su relación con las personas y con las ideas; tiene que haber un cambio fundamental. Y ese cambio no debe comenzar fuera de usted, sino en sus relaciones. Por lo tanto, es esencial que una persona de paz, una persona de pensamiento, se comprenda a sí misma, pues sin conocerse a uno mismo los esfuerzos solo crean más confusión y sufrimiento.

Esté atento a la totalidad del proceso que se da en usted mismo. No necesita ningún gurú ni ningún libro para comprender su relación con todas las cosas, momento a momento.

44 cómo encontrar la paz en un mundo desafiante basada en la codicia, la división, la propiedad, y así sucesivamente. Así pues, lo que usted es, eso es el mundo, y sin su transformación no puede haber transformación del mundo. Pero estudiarse a uno mismo exige un cuidado extremo y una gran flexibilidad, y una mente cargada con el deseo de un resultado nunca puede seguir el movimiento rápido del pensamiento.

Pregunta: Usted dice que, en lo fundamental, mi mente funciona del mismo modo que la de todos los demás. ¿Por qué eso me hace responsable del mundo entero?

Krishnamurti: En cualquier lugar del mundo, los seres humanos sufren, viven en conflicto y sienten ansiedad e incertidumbre. Tanto psicológica como físicamente, hay muy poca seguridad; hay miedo, soledad, desesperación y depresión. Esto es lo que le ocurre a todo ser humano, viva en China, Japón, India, Estados Unidos, Rusia o Europa; todos pasan por ello. Esa es su vida. Y, como ser humano, usted es el mundo entero, psicológicamente. No está separado de la persona que sufre, que vive con ansiedad y que se siente sola en India o en América. Usted es el mundo, y el mundo es usted. Este es un hecho del que muy pocas personas se dan cuenta; no es un concepto filosófico, ni una idea, sino un hecho, como cuando le duele la cabeza. Y cuando uno toma profunda conciencia de esto, surge la pregunta: ¿cuál es mi responsabilidad? Para la mayoría de las personas es un gran impacto darse cuenta de que no son individuos. Pensamos que nuestra mente, nuestros problemas y nuestras ansiedades son enteramente nuestros, personales. Pero cuando usted ve la verdad de esto, ¿cuál es su responsabilidad? ¿Cuál es su responsabilidad respecto del conjunto, no solo hacia su esposa o esposo y sus hijos, sino hacia la humanidad entera?

Somos la humanidad. Tenemos nuestras ilusiones, nuestras imágenes de Dios y del paraíso, nuestros ri­

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad?

¿Cómo afronta cualquier desafío? Si lo hace desde su antiguo condicionamiento individual, su respuesta será necesariamente inadecuada y fragmentaria, y además deficiente. Así pues, tiene que averiguar cuál es su respuesta ante este gran desafío. ¿Su mente lo aborda abiertamente o lo hace desde sus miedos, sus ansiedades y sus pequeñas preocupaciones personales?

La responsabilidad depende de la respuesta al desafío. ¿Es solo una leve agitación, una reacción romántica, o es algo profundo que transformará por completo su manera de mirar la vida? Entonces ya no es inglés, americano o francés. ¿Renunciará a todo eso o se limitará a jugar con la idea, con ese maravilloso concepto utópico?

Pregunta: ¿Cómo puede justificarse, sobre una base racional, objetiva y sensata, la idea de que usted es el mundo y es responsable de la humanidad entera?

Krishnamurti: No está claro si esto puede racionalizarse sobre una base objetiva y sensata, pero es preciso que lo examinemos antes de decir que no puede hacerse.

Ante todo, la tierra en la que vivimos es nuestra tierra. No es la tierra británica, francesa, alemana, rusa, india

46 cómo encontrar la paz en un mundo desafiante tuales, exactamente como el resto del mundo, solo que con nombres distintos. El modelo es el mismo. ¿Cuál es su reacción cuando siente que usted es la humanidad? ¿Cómo responde al desafío?

Por favor, consideremos esto juntos. Puede que no esté de acuerdo, puede que le parezca un disparate, pero escúchelo y vea si no es algo racional, objetivo y sensato.

También hemos dicho que nuestra conciencia humana es semejante. Vivamos donde vivamos, todos atravesamos mucho sufrimiento y dolor, ansiedad, incertidumbre y miedo. Y de vez en cuando, o quizá con frecuencia, también experimentamos placer. Este es el terreno común que compartimos todos los seres humanos. Es un hecho irrefutable. Podemos intentar eludirlo, podemos decir que somos individuos, pero cuando observamos la cuestión de manera objetiva, no personal, no como británicos, franceses, etcétera, al examinarla, uno descubrirá que su conciencia es como la conciencia de todos los seres humanos, psicológicamente. Se puede ser alto, rubio o moreno, negro o blanco, lo que sea; pero en nuestro interior, psicológicamente, todos esta­

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad? o china; es nuestra tierra, en la que todos vivimos. Eso es un hecho. Pero el pensamiento la ha dividido racial, geográfica, cultural y económicamente. Esa división está causando estragos en el mundo. Eso es evidente; no hay forma de negarlo; es algo racional, objetivo y sensato. Y venimos diciendo que es la tierra de todos los seres humanos, no la tierra de comunidades aisladas y divididas. Es nuestra tierra, aunque política y económicamente la hayamos dividido por razones de seguridad y por otras razones patrióticas y ficticias que finalmente conducen a la guerra.

Es decir, si soy violento, añado violencia a la conciencia que es común a todos nosotros. Si no soy violento, no añado violencia; estoy introduciendo un factor totalmente nuevo en esa conciencia. Así pues, soy profundamente responsable: o bien contribuyo a la violencia, a la confusión, a la terrible división; o bien, cuando reconozco profundamente, en mi corazón, en mi sangre, en lo más hondo de mi ser, que soy el resto del mundo, que soy la humanidad, que soy el mundo, que el mundo no está separado de mí, me vuelvo totalmente responsable. Esto es racional, objetivo y sensato. Insensatez es lo otro: llamarse a sí mismo hindú, budista, cristiano y todo lo demás. Eso no son más que etiquetas.

Así que, cuando tiene ese sentimiento, cuando eso se vuelve una realidad para usted, cuando ve la verdad de que todo ser humano que vive en esta tierra es responsable de todo lo que ocurre, ¿cómo lo traducirá en la vida cotidiana? No como una conclusión intelectual ni como un ideal, porque entonces no es real. Pero si la

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante mos atravesando momentos muy difíciles. Todos experimentamos un sentimiento de aislamiento profundo. Usted puede tener hijos, esposo o esposa y todo lo demás, pero cuando está solo tiene esa sensación de no relacionarse con nada, de estar completamente aislado. Estoy seguro de que la mayoría de nosotros ha sentido esto. Lo que estamos diciendo es que este es el terreno común en el que la humanidad se sostiene.Y ocurra lo que ocurra en el ámbito de la conciencia, somos responsables.

verdad es que uno comparte una base común con toda la humanidad y se siente totalmente responsable, entonces ¿cuál es su acción hacia la sociedad, hacia el mundo en el que vive?

El mundo tal como es ahora está lleno de violencia. Solo unos pocos, poquísimos, escapan a ella. Supongamos que me doy cuenta de que soy totalmente responsable: ¿cuál es, entonces, mi acción? La competitividad entre las naciones está destruyendo el mundo; tanto las más poderosas como las menos poderosas, que a su vez intentan llegar a ser más poderosas. Yo, al darme cuenta de que soy el resto de la humanidad y de que soy totalmente responsable, ¿seré competitivo? Por favor, respondan a estas preguntas. Cuando siento responsabilidad por esto, dejo de ser competitivo.

El mundo religioso, al igual que el económico y el social, también se basa en un principio jerárquico. ¿Voy a adoptar yo también esa mirada jerárquica? Evidentemente no, porque eso significa que hay alguien que dice: «yo sé», y otro que dice: «yo no sé». Quien dice «yo sé» ocupa entonces una posición superior —económica, social y religiosamente— y adquiere un estatus. Si usted quiere ese estatus, vaya tras él, pero está contribuyendo a la confusión del mundo.

Así que hay acciones reales, objetivas y sensatas cuando usted se da cuenta en lo más hondo de su corazón, en lo más profundo de su ser, de que es el resto de la humanidad y de que no estamos separados unos de otros.

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad?

No hay salida posible salvo que usted tome conciencia de esta inmensa responsabilidad como ser humano.

Como individuo, es su responsabilidad producir un cambio profundo en el mundo. Es su responsabilidad porque forma parte de esta sociedad, parte de este inmenso dolor de la humanidad: de este esfuerzo constante, de la lucha, del dolor y de la ansiedad. Usted es responsable.

A menos que se dé cuenta de esa inmensa responsabilidad, entre en contacto directo con ella y comprenda su estructura completa, su funcionamiento, haga lo que haga acuda a todos los templos, a todos los gurús, a todos los libros religiosos del mundo—, su acción no tendrá ningún significado, porque todo eso son simples formas de escapar de lo que es.

Tenemos que comprender esta existencia, esta vida, nuestra relación con la sociedad. No solo tenemos que comprender nuestra relación con los demás y con la sociedad, sino producir un cambio radical en esa relación. Esa es nuestra responsabilidad. No creo que sintamos esta urgencia. Miramos hacia los políticos, hacia la filosofía o hacia algo misterioso que supuestamente producirá una modificación en nuestro interior.

No hay salida posible salvo que usted tome conciencia de esta inmensa responsabilidad como ser humano. Cuando toma conciencia de esa responsabilidad, comprende todo sobre ella, sin introducir en ese proceso todo su conocimiento previo. Para que haya aprendizaje debe

50 cómo encontrar la paz en un mundo desafiante

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad? haber libertad; de lo contrario, uno repetirá lo mismo una y otra vez. El ahimsa no se puede aprender. Hay gran confusión, miseria y sufrimiento en el mundo, y no hemos sido capaces de encontrar una salida. Por eso recurrimos al pasado. Pensamos que debemos retroceder miles de años y resucitar ese pasado para provocar un renacimiento. Y, una vez más, por ahí no hay respuesta. No hay respuesta a través del tiempo. El tiempo puede hacer la vida más feliz, más cómoda, pero la comodidad y el placer no son las respuestas absolutas a la vida. Tampoco hay respuesta en la reforma. Tampoco hay salida a través de ningún templo ni de ningún libro sagrado. Uno tiene que darse cuenta de la seriedad de todo esto y dejar de lado todas esas tonterías para enfrentarse cara a cara con los hechos —que son nuestra vida, nuestra vida cotidiana, brutal, ansiosa, insegura y cruel, con sus placeres y diversiones—, y ver si es posible que, como ser humano que ha vivido durante dos millones de años, se produzca una transformación radical en uno mismo y, por lo tanto, en la estructura de la sociedad.

Ser conscientes de esa responsabilidad implica un trabajo grande y arduo. Tenemos que trabajar no solo en nosotros mismos, sino también en nuestras relaciones con los demás. Y por trabajo no me refiero a la práctica de alguna fórmula necia, de una teoría absurda o de las afirmaciones fantásticas de un filósofo, gurú o maestro. Todo eso es demasiado infantil e inmaduro. Cuando hablamos de trabajo, nos referimos a ser conscientes de la responsabilidad que tenemos, como seres humanos que

La sociedad no se transforma a través de ninguna revolución económica o social. Lo hemos visto en la Revolución francesa y en la Revolución rusa. La persistente esperanza de que nuestra naturaleza interior pueda transformarse modificando lo exterior nunca se ha cumplido, ni se cumplirá jamás. El cambio exterior, el cambio económico, no va a transformar nuestra actitud, nuestras formas de vida, nuestra miseria ni nuestra confusión.

Así que, para que se produzca un cambio total, uno tiene que llegar a ser consciente de sí mismo, es decir, aprender de nuevo sobre sí mismo. Según los descubrimientos más recientes de la antropología, existimos desde hace dos millones de años y no hemos encontrado una salida a esta miseria. Hemos intentado evadirnos, hemos huido hacia ilusiones fantasiosas, pero no hemos encontrado una salida. No hemos construido una sociedad totalmente libre; hemos construido una sociedad conformista.

Hay sociedades que cooperan por necesidad. Por imposición, por las exigencias de una revolución industrial, la gente vive junta, coopera, se conforma y sigue un modelo. Pero en esa sociedad, como puede observarse, todavía hay conflictos; las personas están unas contra otras porque son ambiciosas y competitivas, aunque hablen de

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante vivimos en este mundo, de trabajar para producir un cambio en nosotros mismos. Y si realmente cambiamos, si se produce una mutación en nosotros, transformaremos la sociedad.

amor al prójimo. Cooperamos por la fuerza, pero incluso si cooperamos, incluso si afirmamos amar al prójimo, somos competitivos, implacables y ambiciosos. Por lo tanto, ese modelo de sociedad provoca su propia destrucción.

Luego existe una forma de sociedad en la que no hay conciencia cívica: cada cual se ocupa de sus asuntos, se preocupa por su familia, su grupo, su clase, la región en la que vive, su idioma, pero sin conciencia cívica. No somos conscientes de lo que le ocurre a nuestro vecino; no nos importa, nos resulta indiferente. Pero si se observa con atención, nuestros libros religiosos nos han dicho que tal vez vivamos otra vida y que, por eso, debemos comportarnos bien, que existe el karma y lo que hacemos ahora importa —cómo actuamos, cómo hablamos, cómo decimos las cosas—; que si no nos comportamos como se nos dice ahora, lo pagaremos en la próxima vida. Esta es la forma más burda de entenderlo. Así nos han educado durante siglos y, sin embargo, tales creencias e ideas no tienen importancia en nuestra vida, porque seguimos actuando como si esta fuera la única que realmente importa. Y como somos competitivos y ambiciosos, destruimos a nuestro vecino y, por lo tanto, no tenemos en absoluto conciencia cívica.

Existen estas dos formas de sociedad. En una de ellas, los seres humanos se ven obligados a conformarse y a cooperar por necesidad. Se vuelven cívicos: no arrojan cosas a la calle porque serían castigados, hay orden. Pero dentro de ese orden, dentro de ese marco, cada uno está contra el otro. En la otra forma de sociedad, no

¿Cuál es su responsabilidad hacia la sociedad?

Es por esto que una persona religiosa se ocupa de crear una sociedad nueva, que no sea ni esta ni aquella, sino algo por completo diferente: una sociedad en la que cada cual actúa con rectitud en cada momento, porque comprende su responsabilidad como ser humano.

Somos los únicos responsables, y nadie más, de cómo actuamos, de cuáles son nuestras actividades, de si somos ambiciosos, crueles, destructivos, celosos, competitivos, si odiamos, de cuáles son nuestros miedos. Solo una mente que asume todo esto puede dar lugar a una nueva sociedad.

Necesitamos una sociedad nueva. Y no va a ser creada por nadie excepto por usted. No creo que sintamos la inmensa responsabilidad que esto implica. Y eso es lo primero que importa, porque ahí está el fundamento: un comportamiento recto, una conducta justa. No una conducta conforme a un patrón, sino la conducta que surge del aprendizaje. Si uno está aprendiendo continuamente, ese mismo aprendizaje da lugar a su propia acción correcta. Por eso, solo una mente religiosa puede crear una sociedad nueva.

cómo encontrar la paz en un mundo desafiante hay marco ni conciencia cívica, porque no creen en lo que se les dice. Tenemos estas dos formas de sociedad y cada una, en sí misma, contiene la semilla de su propia destrucción.

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