EL ESQUÍ EXTREMO
VISTO POR
KILIAN JORNET
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MOUNTAIN CULTURE
EDITORIAL Kilian Jornet es una esponja. Es capaz de interiorizar todo aquello que le interesa con una facilidad, rapidez y profundidad asombrosas. Sabe sacar lo mejor de cada persona de las que se rodea y para ello elige muy bien de quien hacerlo. La curiosidad y la capacidad de aprender son sus mejores virtudes. Y un día esa curiosidad se decantó hacia el esquí extremo, una disciplina realmente inconformista, atractiva y comprometida, pero un poco escondida detrás de la espectacularidad del freeride. Los cuatro artículos que Kilian ha escrito en esta primera temporada de KISSTHESOW, y que aquí encuentras recopilados, no son sobre su experiencia propia como esquiador extremo. No están escritos en primera persona, sino que él se pone como observador de este deporte y nos acerca historias que ha ido conociendo y acumulando en su memoria a lo largo de los años de descubrimiento de esta disciplina del esquí y del alpinismo. Su trayectoria como esquiador extremo no solamente le ha permitido esquiar pendientes imposibles para la mayoría –y hasta para él mismo sólo unos años antes- sino que le ha dejado un gran conocimiento sobre la historia pretérita y contemporánea de este deporte. Líneas de nieve en las montañas y líneas de palabras en el blanco de una página son alguna de las cosas que nos deja el Kilian Jornet esquiador extremo. En nombre de todo el equipo de Kissthesnow al cual tengo la fortuna de representar, queremos darte las gracias, Kilian. Marc Pinsach
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EDITA kissthemountain C/ Albaricoque, 18 18198 Huétor Vega – Granada info@kissthemountain.com TEXTOS Kilian Jornet MAQUETACIÓN Y DISEÑO Kissthemountain FOTOGRAFÍAS Kilian Jornet Bruchez-Jacquemoud Ben Tibbetts Kin Marcin | Red Bull Content Pool Tero Repo | Red Bull Content Pool Scott Serfas | Red Bull Content Pool Oskar Enander | Red Bull Content Pool Nick Alegtre | Red Bull Content Pool Bryan Ralph | Red Bull Content Pool Mika Merikanto | Red Bull Content Pool
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FOTOGRAFÍA © YHABRIL MORO
El esquí extremo visto por Kilian Jornet. Mayo 2019
SUMARIO
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4 PARES DE ESQUÍS, BOTAS DE CUERO Y CINCUENTA GRADOS.
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ESQUIAR LAS ALTURAS.
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SKI . DESPLAZAMIENTO Y ADRENALINA.
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PENDIENTE RADICAL + VELOCIDAD EXTREMA.
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BOTAS DE CUERO
EXTREME SKIING | SPONSORED BY SALOMON
4 PARES DE ESQUÍS Y CINCUENTA GRAD
KILIAN JORNET JÉRÉMIE HEITZ | | ZERMATT, FOTOGRAFÍA SWITZERLAND © MATTI BERNITZ 2015 | -FOTOGRAFÍA LYMBUS © TERO REPO - RED BULL CONTENT POOL
DOS
4 PARES DE ESQUÍS, BOTAS DE CUERO Y CINCUENTA GRADOS
Texto por Kilian Jornet
“Lo terrible no es la altura sino la pendiente”, dijo Friedrich Nietzsche. Algunas personas encuentran, sin duda, el placer en lo terrible, e incluso lo convierten en una necesidad para vivir. Se pueden practicar actividades más o menos absurdas para buscar esta adrenalina que desprende lo terrible, y una de ellas es el esquí extremo, o como dicen los franceses, ski de pente raide.
NO TE CAIGAS Podemos distinguir el esquí extremo de las otras modalidades de deslizarse sobre la nieve con tablas (o más recientemente con una tabla) porque éste se realiza en la conocida como no fall zone: allí donde uno no se puede permitir una caída si quiere seguir viviendo. Estoy escribiendo estas líneas en mi teléfono desde un lodge en Gokio, en la región del Khumbu, en Nepal, y desde la ventana puedo ver como el fuerte viento se lleva la nieve de las laderas más altas del Everest y el Lhotse. Hace apenas un mes, los esquiadores norteamericanos Jim Morrisson y Hillaree Nelson esquiaron por primera vez desde la cima de este último. Unos meses antes el polaco Andrzej Bargiel nos dejó a todos atónitos con su descenso integral del K2 en esquís. A finales de primavera, Vivian
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Bruchez junto a Paul Bonhomme abrían una variante al famoso Nant Blanc, el grial del esquí extremo en Chamonix. Y ya no es sólo en la primavera, temporada más favorable para deslizarnos por encima de los 50 grados, cuando esquiadores de todo el mundo se atreven a ello, sino que durante todo el año vemos nuevas aperturas y repeticiones de prestigio. Hace un par de años, en una temporada de condiciones excepcionales, no era extraño encontrarse a una decena de personas calzarse los esquís en la cima de la Aiguille Verte para intentar descender el Couloir Couturier. Ese descenso extremo se había convertido en un clásico, y quedaba lejos de la épica y la sorpresa que levantó Serge Cachat cuando el 1o de Agosto de 1972 hizo el primer descenso de este largo corredor en el corazón de Chamonix.
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Los primeros años que estuve viviendo en este valle de los Alpes me alojaba en un pequeño apartamento cerca del teleférico de Bellevue, en el pueblo de les Houches. Al lado del apartamento había una tienda de deportes, Sports Cachat. Cuando volvía de entrenar, a menudo me paraba a hablar un momento con el propietario, un hombre mayor, grueso y con la cara roja, del sol y del vino, que esperaba aburrido a que los clientes entraran a la tienda. Un día al pasar por delante del establecimiento con mi padre, él se quedó parado delante de una fotografía antigua que estaba expuesta en el mostrador: un esquiador joven equipado con botas de cuero y esquís de dos metros de longitud, haciendo un giro en una pendiente considerable. Encima de la fotografía estaba escrito “Premiere descente de l’Aiguille Verte”. Serge
VIDEO VíA: TVMOUNTAIN.COM
SERGE CACHAT-ROSSET | SKIEURS DU CIEL DOMINIQUE POTARD | EDITIONS PAULSEN GUÉRIN
UNA FOTO EN UNA TIENDA
salió como siempre a saludarme. Pude ver en los ojos de mi padre la admiración hacia ese hombre. Al llegar al apartamento me explicó cómo los descensos de Cachat y otros esquiadores de su generación como Baud o Vallançant, les habían inspirado a él y sus amigos a realizar descensos en los Pirineos, sobretodo alrededor de Sant Maurici, donde era guarda de refugio. UN LIBRO QUE ABRE UN MUNDO La curiosidad se despertó en mí, que empezaba a descubrir el placer en deslizarme en este terreno. Fui a la librería a comprar un ejemplar de Skieurs du ciel, un libro grande, de esos que decoran las estanterías, con cubiertas rojas cuadradas y centenares de páginas con textos y fotografías de los pioneros de este deporte. Allí estaban los primeros descensos, aún no extremos pero visionarios por la época, de Marcel Kurz, Louis Falisse y Robach o Sondre Norheim, o aquellos en terreno hasta entonces reservado a alpinistas con piolet y crampones, como el del 18 de julio de 1917, cuando el in-
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FOTOGRAMA EXTRAIDO DEL VIDEO SKIEUR DU CIEL VÍA TVMOUNTAIN.COM
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FOTOGRAFÍA © EDITIONS PAULSEN GUERIN
glés Arnold Lunn, con el guía Joseph Knubel, “petit J,” esquían desde la cima del Dom des Mischabel (4.545 m.) en el Valais suizo una pendiente de 45 grados, con su particular técnica de descenso: una cuña bien abierta, el culo tocando el suelo y clavando los bastones para frenarse. También el de Arthur Comey, un gamberro que se pasaba los días esquiando y escalando en el estado de Maine, y que descendió en 1926 el pico Baxter, o el de dos años más tarde, cuando tres suizos descendieron la cara norte del Fuscherkarkopf, de 50 grados de pendiente, con los crampones atados a sus mochilas con las puntas hacia fuera para -más por fe que por lógica- que les frenaran en caso de caída. Émile Allais, campeón del mundo de esquí, descendería una década más tarde, en los años treinta, el Glacier du Milieu en l’Aguille d’Argentière. Louis Lachenal, el guía chamoniard que conquistaría el primer ocho mil al ascender el Annapurna en 1950 junto a Maurice Herzog, sería el primero en descender les Droites. Más esquiadores se atreve-
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rían a deslizar sus tablas en las cimas de los Alpes y de las montañas americanas, pero sería un pequeño suizo quien haría del esquí extremo su día a día y lo llevaría a una nueva dimensión. FOTOGRAFÍA © ARCHIVO KISSTHESNOW
EL PEQUEÑO SUIZO -¿Quieres bajar el couloir Gervasutti con los esquís? -pregunta atónito el guarda del refugio de les Cosmiques a Sylvain Saudan-. Ante la sonrisa de Saudan el guarda continua: -El Gervasutti no se ha llevado ninguna vida este año. La suya será la primera. Un año antes, en 1967, Saudan había esquiado por primera vez el couloir Spencer, en las agujas de Chamonix. Este monitor de esquí del Valais suizo empieza a los treinta y un años de edad una carrera frenética que le lleva a ser considerado el primer gran pionero de este deporte. Junto a dos compañeros, escala el couloir Spencer. Una vez en su cima Sylvain se pone los esquís y se ata a un cabo de la cuerda. Sus compañeros le aseguran desde el collado. Después de cinco curvas para probar la nieve, dirige su mirada hacia ellos y desata el nudo que les une para quedar, a partir de este momento, completamente expuesto en el terreno donde ningún error está permitido. “Fue el momento más difícil, cuando deshice el nudo y vi la cuerda remontar hasta la cima. A partir de entonces no podía contar más que conmigo mismo. Estaba comprometido al máxiaún hoy grandes clásicos del esquí extremo. Me pregunté por qué intentaba este mo, y sólo esquiadores muy experimentadescenso y qué me aportaría. La respuesta dos osan poner sus esquís allí. Al esquiarlos era nada. Se trataba de un riesgo compleme sudan las manos imaginando a Saudan tamente gratuito. Pero estas ideas no me haciendo giros con sus esquís de madera perturbaron el pensamiento ya que durante barnizada y botas blandas de cuero. unos pocos segundos las escondí y empecé a esquiar”. UN FENÓMENO MUNDIAL A partir de entonces va subiendo más y más el listón de sus descensos. En su libro El esquiador de lo imposible explica sus primeros descensos en los Alpes. En 1967 baja por la cara norte del Piz Corvatsch. Al año siguiente esquía por primera vez, entre otros, el corredor Gervasutti en el Mont Blanc du Tacul, el Wymper en l’Aiguille Verte y el larguísimo corredor Marinelli en la cara sur del Monte Rosa. Estos descensos son considerados
Cuando ya ha esquiado las grandes líneas de los Alpes occidentales, como la cara norte de Bionnasay, la oeste del Eiger o la sur de las Grandes Jorasses, su notoriedad empieza a ser mundial. Otros esquiadores, observando las fotografías de estos descensos en las revistas o viendo alguna de sus películas, quieren imitarlo y empiezan a ver en las montañas nuevas posibilidades que antes no se planteaban.
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MIKE HENITIUK | REVELSTOKE, CANADA | 2016 | FOTOGRAFÍA © SCOTT SERFAS - RED BULL CONTENT POOL
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En la primavera de 1972, el esquiador suizo viaja hasta Alaska para coronar la cima más alta de América del norte, el Denali, de 6.187 metros. Sube por la vía normal, la West Butress, pero quiere dejar su signatura en una montaña que ya había sido esquiada dos años antes por el japonés Tsuyoshi Ueki. Saudan no cruza el gran plateau somital para ir a buscar la pendiente más asequible de la vía normal, sino que pone sus espátulas dirección a la cara oeste y esquía un corredor que nunca había sido ascendido -y por supuesto bajado hasta entonces-. Cuatro años más tarde, el gran alpinista transalpino Reinhold Messner asciende por primera vez este corredor con secciones a 50 grados que es conocido desde entonces por su nombre.
Saudan continúa buscando nuevos destinos. Mientras en los Alpes esquiadores inspirados por él, como Anselme Baud o Patrick Vallençant, empiezan a realizar descensos aún más expuestos, el conocido como skieur de l’impossible pone sus ojos en los gigantes del Himalaya. En 1977 desciende de la cima del Nun, de más de 7.000 metros, convirtiéndose en el primero en esquiar desde esta altura. “Encadeno los primeros giros evitando los movimientos bruscos. Sin oxígeno artificial, respirar es complicado”. Pero quiere más. “Necesitaba el primer ochomil en esquís. Me parecía lógico después de haber sido el primero en esquiar vías imposibles en los Alpes”. Después de una tentativa trágica en el Dhaulagiri en 1979, donde coincidió con el emblemático alpinista Jordi Pons, finalmente se corona como el primer hombre en descender una montaña de más de 8.000 metros íntegramente con los esquís. Es en la primavera de 1982 en el Hidden Peak, también conocido como Gasherbrum I, de 8.062 metros. LA ALTERNATIVA TIROLESA La novela de aventura no sería la misma si Ernest Hemingway no hubiera tenido a un Jack London. Y Saudan tuvo a un hombre de pequeña estatura elevando las empresas desde el este de los Alpes. Éste era Heini Holzer, con 1,53 metros de altura y nacido en el año 1945 en el Tirol italiano en pleno bombardeo aliado en el seno de una familia desestructurada por la guerra. Empieza
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HEINI HOLZER | FOTOGRAMA EXTRAIDO DEL VIDEO SKIEUR DU CIEL VÍA TVMOUNTAIN.COM
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CHRISTOPHE PROFIT (1987)
SYLVAIN SAUDAN DISCESA IN SCI DALL’HIDDEN PEAK (1982)
A finales de los años sesenta oye hablar de las actividades de Saudan y se ilumina con esta práctica de reglas simples y emociones aseguradas. Con una ética muy estricta, siempre subiendo a pie las montañas que bajaba esquiando (en ese momento era habitual el uso de helicópteros para subir a la cima antes de bajar esquiando) supera numerosos descensos imposibles, sobre todo en los Dolomitas, como el de la cara norte de la Marmolada, en junio del 1970, con pendientes de 55 grados en esa pared de 600 metros de altura. Poco después, durante el descenso del impresionante corredor norte de la Cima Tosa, de 900 metros a 50 grados, se encuentra con secciones
de hielo azul que ponen al límite sus esquís, llevándole más de una vez al borde de una caída de consecuencias mortales y dejando a sus compañeros sin aliento. Pero esto no lo espanta, sino más bien todo lo contrario, y al año siguiente se consagra en su nueva pasión. Aprovecha todas sus vacaciones y fines de semana libres para buscar nuevos itinerarios. Su lista de realizaciones es incansable. Holzer se preparaba como un atleta de élite para el esquí y el alpinismo, saliendo a correr distancias de incluso 60 kilómetros, subiendo y bajando 1.500 metros de desnivel en menos de dos horas e incluso haciendo series de intensidad para mejorar la fuerza. También era muy consciente de los riesgos que tomaba y crítico con los ataques que recibía por asumirlos: “me pregunto cuántos hombres no ven a su familia durante semanas solamente para ganar dinero. Otros se sumergen en el alcohol. Si uno imagina todo lo que se juegan no parece muy peligroso, pero los riesgos son menos calculables que los de mi pretendida locura”.
VIDEO VíA: FRANKIE’S MOUNTAIN (YOUTUBE)
a escalar muy temprano, a los 14 años, y enseguida destaca por sus cualidades de escalador en roca, donde realiza numerosos primeros ascensos, casi siempre en solitario. Durante el servicio militar conoce a Reinhold Messner y juntos abren algunas vías de escalada de gran dificultad por la época.
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VIDEO © HANS PESCOLLER
HEINI HOLZER
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BILL BRIGGS | FIRST DESCENT OF GRAND TETON, JACKSON HOLE, USA | 1971 | © ARCHIVO BILL BRIGGS
Toni Hiebeler, el famoso alpinista austríaco, dijo de Holzer que era sin duda el esquiador extremo más remarcable de la historia cuando éste bajó por primera vez la cara norte del Piz Palu en 1972, en el macizo del Bernina. Esa compleja cara de nieve, seracs y roca supone tal caos que durante su primer ascenso en el siglo XIX, los guías solo aceptaron subir cuando los clientes firmaron sus testamentos a su favor. Es un 11 de julio de 1977, después de más de 88 primeros descensos, cuando llega a la cima del Piz Rozerg, en su querida Bernina. Como siempre, lleva a cabo un ascenso rápido por su cara nordeste, en tan solo 4 horas. En la cima se encuentra con unos colegas guías: “nos vemos en el refugio”, les dice antes de lanzarse por la cara noreste con los esquís. Las condiciones son perfectas, la nieve dura brilla con la luz del sol, no hace viento y el cielo es resplandeciente. Después de unos pocos giros un bastón se queda clavado en la nieve y cae de espaldas. Ha entrenado muchas veces esta situación y, a pesar de la precariedad del lugar,
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FOTOGRAFÍA © ARCHIVO KISSTHESNOW
consigue parar para ponerse a esquiar de nuevo. El guarda del refugio de Tschierva le observa con los prismáticos. Cuando ha esquiado el tercio superior pierde de nuevo el equilibrio. Debajo, una pared de roca. Esta vez no consigue frenar la caída. Aquello que más vida le daba también nos dejó huérfanos de este esquiador que en una corta carrera logró hitos para muchas existencias. “Donde la muerte se convierte en vida, el miedo es felicidad, el momento más bonito del esquí extremo”. LOS HIPPIES AMERICANOS TAMBIÉN ESQUÍAN Al otro lado del Atlántico, Bill Briggs es considerado el padre del esquí extremo norteamericano desde que en 1971 bajo con sus esquís desde la cima del Grand Teton. Un descenso de vértigo, buscando las pocas zonas de nieve en una pared de roca en la que debió hace un rapel de 50 metros colgado con los esquís en los pies. En Jackson Hole, la gente no cree lo que ven sus ojos cuando se levantan por la mañana del 16 de junio de 1971 y al observar la montaña, que requiere de la escalada en cualquiera de sus rutas para subir, distinguen unas trazas de esquí que zigzaguean desde la cima hasta el valle. El Grand Teton, de 4.197 metros, es la pirámide más alta del salvaje macizo de los Tetons, al norte del estado de Wyoming, y está compuesto por tres torres triangulares que sobresalen entre decenas de cimas de roca. Un paraíso para la escalada entre inmensos lagos y bosques infinitos, donde los osos y los búfalos se encuentran más a gusto que los humanos. Durante los años siguientes de la primera efeméride, Bill descendió las otras cimas principales del mismo macizo, a cual más difícil.
el Woodstock de los alpinistas. ¡Llegó incluso a tocar junto a Bob Dylan en Nueva York! Pero cuando la cadera se lo permitía no dejaba nada por esquiar. Encontramos ejemplos en el descenso del Mount Moran, o en la larga travesía de 10 días de los Bugaboo, en el momento aún sin cartografiar.
Bill nació con un gran hándicap. Le faltaba la articulación en un lado de la cadera y se sometió a una complicada operación cuando tenía tan sólo 2 años. Esta lesión lo alejó de los esquís durante períodos en los que se dedicó a su segunda gran pasión. Aparte de gran alpinista y esquiador, Briggs era un músico entusiasta. Durante los años 60 era frecuente encontrarlo tocando el banjo o la armónica y cantando en los bares de Jackson Hole, dando vida a las Teton Tea Party,
Briggs fue icono de una generación de norteamericanos como Low Dawson, quien esquió por primera vez el Hayden Peak en Colorado. O Fritz Stammberger, nacido en Alemania e instalado en Aspen y que esquió la difícil Maroon north y el Cho Oyu desde 7.400 metros en 1964, unos años antes de morir en el intento de descenso del Tirish Mir (7. 708 m.). También Chris Landry, quien en 1978 esquió la cara este del Pyramid Peak, una línea que los mejores del mo-
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MATILDA RAPAPORT | HAINES, AK, USA | 2016 | FOTOGRAFÍA © OSKAR ENANDER - RED BULL CONTENT POOL
VIDEO © DAN VISOSKY | LIVE AND PLAY JACKSON HOLE
BILL BRIGGS | FIRST DESCENT OF GRAND TETON (1974)
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mento consideraban que era de una dificultad para gente de dos décadas futuras. Después de un susto en uno de sus descensos, Briggs se retira del esquí extremo, nombre que nunca le gustó para la práctica: “no considero el esquí que hice de extremo, sino alpinismo. Era saber ir con cuidado, no saltar barras rocosas”. LA TABLA DE SNOW LLEVARÁ SIEMPRE UN NOMBRE EN EL RECUERDO De la misma forma que Bill Briggs, pensaba el gran pionero del snowboard extremo, el chamoniard Marco Siffredi: “el esquí de pendiente es cuando no puedes caer, lo demás es freeride”. El enfant terrible de los años 90 surfeó todos los descensos de gran dificultad del macizo del Mont-Blanc antes de ir al Himalaya en 2001. Se propuso hacer el corredor Norton en el Everest e intentar el descenso del Hornbein al año siguiente, donde perdió la vida. En los pueblos del Tíbet aún recuerdan a ese chaval de pelo de colores con el sobrenombre de
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tormenta. Siffredi se hacía llamar a sí mismo “JMB represent”, en honor al que fue su gran inspiración, Jean-Marc Boivin. LA EDAD DE ORO DEL ESQUÍ EXTREMO El pequeño suizo Sylvain Saudan marcó a una generación de esquiadores que durante los años 70 y los 80 harían de este tipo de esquí su práctica principal. En pocos años consiguieron descender de casi todas las cimas de los macizos más emblemáticos de los Alpes, por todas sus caras y corredores. La década de oro del esquí de pendiente vería como Marie Jo y Patrick Vallençant esquiaban la cara norte de les Courtes y el corredor en Y en Argentière. Vallençant se haría conocer en Sudamérica como el gringo esquiador por sus descensos en los Andes, entre los cuales destaca la cara sureste del Artesonraju. Junto a Anselme Baud, formó una cordada de esquiadores con grandes primeras. Ejemplos de ello son el descenso de la Arista de Peuterey y la cara norte de la Blanche de Peuterey, o la cara norte de l’Aguille de Midi con otros dos grandes
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En ala delta saltó desde el Gasherbrum II (8.035 metos), y en parapente desde el Everest. Más adelante fue uno de los pioneros del salto BASE. Fue el primero en hacerlo desde la cascada del Salto del Ángel, de 950 metros, en el año 1990, donde moriría repitiéndolo días más tarde. En esquí extremo firmó en 1989 su obra maestra con el primer descenso del Nant Blanc, en la cara norte de la Aiguille Verte, considerado el más difícil del macizo del Mont-Blanc. Esta pared de hielo, nieve y
lia desestructurada por la guerra. Empieza a escalar muy temprano, a los 14 años, y enseguida destaca por sus cualidades de escalador en roca, donde realiza numerosos primeros ascensos, casi siempre en solitario. Durante el servicio militar conoce a Reinhold Messner y juntos abren algunas vías de escalada de gran dificultad por la época. A finales de los años sesenta oye hablar de las actividades de Saudan y se ilumina con esta práctica de reglas simples y emociones aseguradas. Con una ética muy estricta, siempre subiendo a pie las montañas que bajaba esquiando (en ese momento era habitual el uso de helicópteros para subir a la cima antes de bajar esquiando) supera numerosos descensos imposibles, sobre todo en los Dolomitas, como el de la cara norte de la Marmolada, en junio del 1970,
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Polivalencia es la palabra que define a JeanMarc Boivin. Sin ser el más dotado para una actividad en particular –ya fuera en esquí extremo, en alpinismo en solitario, en enca-
Escalando en hielo abrió el Supercouloir del Mont Blanc du Tacul junto a Patrick Gabarrou, o hizo en solitario y a gran velocidad algunas de las vías más difíciles del momento.
VIDEO VíA: STEPHANE BROSSE (DAILYMOTION)
REGRESO AL FUTURO CON JEAN-MARC BOIVIN
denamientos, en escalada en hielo o en deportes aéreos- la lista de primeras o empresas de gran envergadura de este francés, nacido en 1951 en Dijón es interminable.
STÉPHANE BROSSE & PIERRE TARDIVEL DESCENTE A SKI DU NANT BLANC A L’AIGUILLE VERTE (2009)
aperturistas de esta generación, Yves Derty y Daniel Chauchefoin. Tony Valeruz esquió la cara norte del Lyskamm (¡en 13 minutos!) y la cara este del Cervino. Nino Viale y Diego Fiorito esquían todo lo posible en los Alpes del sur y el Mont Viso. Stefano de Benedetti esquía en la cara sur del Mont-Blanc, la Innominata, y la cara este de la Blanche de Peuterey entre otras. Laurent Giacomini, Jacky Bessat o Velodia Shahshahani esquían cada invierno vías más difíciles, y un joven Pierre Tardivel empieza su centenaria lista de aperturas. Pero de entre todos ellos ninguno deja una traza tan marcada como la de Boivin.
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roca de más de 1.200 metros presenta secciones de gran pendiente por encima de 55 grados, tramos de hielo, exposición a los seracs y una continuidad complicada. Hasta diez años pasaron hasta la primera repetición, de la mano de Siffredi con su tabla, y diez más hasta la tercera. También fue el primer descenso sin la utilización de rápeles a cargo de Pierre Tardivel y Stéphane Brosse.
Kuffner para luego deslizarse con sus esquís por el corredor de l’Androsace. O escaló la cara norte del Fou y la directa americana al Dru, utilizando el ala delta para ir de una cima al pie de la otra. El futuro se inventó ayer.
Esta mezcla de disciplinas es lo que hacia único a Jean-Marc. Su polivalencia para unir distintas formas de moverse por la montaña y para realizar actividades que aún hoy en día parecen futuristas es realmente inspiradora. Sirvan estos ejemplos: en 1980 subió al Cervino, hizo el primer descenso de su cara este, dejó los esquís y escaló en solitario la cara norte en poco más de 4 horas, desde cuya cima bajó en ala delta. En 1985 escaló en solitario la vía Albinoni-Gabarrou al MontBlanc du Tacul, hizo el primer descenso en esquís de la cara sur de esta montaña, volvió a subir esta vez al Mont Maudit por la arista
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ANGEL COLLINSON | PETERSBURG, ALASKA, USA | 2017 | FOTOGRAFÍA © NIC ALEGTRE - RED BULL CONTENT POOL
VIDEO © GILLES CHAPPAZ | SEVEN DOC
JEAN-MARC BOIVIN | BOIVIN EXTREMEMENT VOTRE (1987)
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ESQUÍ EXTREMO A 8.000 METROS
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KILIAN JORNET FOTOGRAFÍA © SCOTT | FOTOGRAFÍA SERFAS |©RED MATTI BULL BERNITZ CONTENT - LYMBUS POOL
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Texto por Kilian Jornet
Recuerdo como si fuera ayer esa portada. En ella, se podía ver a un esquiador con las piernas abiertas como un gimnasta olímpico para mantener los dos esquís en contacto con la nieve. Yo era un adolescente que pasaba las largas y aburridas tardes de invierno buscando el calor de la chimenea del refugio de mis padres mientras ojeaba los números sueltos de revistas de montaña que se acumulaban en las estanterías. Era a inicios del nuevo siglo y en una de ellas se veía en portada al esloveno Davo Karničar embutido en su ropa de altura haciendo esfuerzos para mantener los esquís en contacto con la pendiente de nieve helada. El titular decía “El Everest con esquís”. Era el número 170 de Febrero de 2001 de la revista Desnivel.
Esquiar en el Everest como Davo Karničar, y en grandes alturas en general, es un ejercicio complicado. De entrada nos ponemos los esquís después de superar las dificultades para financiar una expedición a una de estas cimas y tras el esfuerzo que ha costado la subida. Ese descenso en sí no sólo requiere de la técnica y la capacidad para evaluar la nieve como en cualquier otro, sino que además la borrachera de altura confiere esa ligera sensación de flotar y una forma particular de tomar las decisiones -¿cómo voy a recepcionar este giro?- más desconectada de las consecuencias de nuestros actos. Por no hablar del esfuerzo físico mayúsculo para esquiar en terrenos complicados y en pendiente. Será necesario concentrarse para, primero, evaluar donde vamos a cerrar el giro analizando los posibles peligros y, a continuación, decidir ir por el mismo. Eso implica saltar, extender las piernas y flexionarlas apretando para finamente cerrar y parar la
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velocidad cogida durante el viraje. Este ejercicio que a baja altitud se hace sin pensar y de forma fluida y sucesiva, en la gran altura nos obligará a que cada tres o cuatro giros tengamos que pararnos a respirar y recuperar fuerzas durante unos segundos. Este año hemos visto como se culminaban los descensos de dos de los pocos ochomiles que quedaban vírgenes con las tablas. Bargiel en el K2 y Morrison y Nelson en el Lothse han dado un paso más en una historia que inició el suizo Sylvain Saudan hace casi cuatro décadas. ¿O quizás empezó antes? ANTES DE LLEGAR A LA ALTURA EXTREMA
El esquí en grandes alturas ha seguido el mismo camino de esta disciplina en los macizos más bajos: primero se utilizó como
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FOTOGRAFÍA: BIL DUNAWAY COLLECTION | EXTRAIDA DE WILDSNOW.COM
medio de transporte entre valles o para acceder al pie de las montañas, luego para subir y bajar cimas por sus vías normales, más adelante para buscar líneas más difíciles.
Durante las décadas siguientes se esquiaron la mayoría de los itinerarios inimaginables en los Alpes. Desde que Sylvain Saudan abrió la caja de pandora, numerosos esquiadores fueron elevando las dificultades hasta descender (casi) todo lo que era posible. DESCUBRIMIENTO POR NECESIDAD
En 1907, el alpinista y topógrafo suizo Marcel Kurz, ascendió al Chardonnet, en el valle de Chamonix, por primera vez con esquís, pues según él: “esas son herramientas para viajar (en la montaña) más fácilmente”. Un par de décadas más tarde, Marquette Bouvier, una de las pioneras en el esquí, y el guía Armand Charlet descienden por primera vez desde la cima del Mont-Blanc durante un frío mes de febrero con temperaturas de hasta -40ºC. Más de 20 años pasaron hasta que otro guía de Chamonix, el escritor de “Les conquérants de l’inutile”, Lionel Terray, junto al estadounidense Bil Dunaway, completaron el primer descenso integral desde esa misma cima, por su cara norte, en julio del 1953.
Unos años antes de que Sylvain revolucionara el esquí de pendiente en los Alpes, el alemán Fritz Stammberger, en 1964 con dos compañeros más, hizo el primer ascenso sin oxígeno al Cho Oyu. Fue la primera expedición a una gran montaña del Himalaya donde se llevaban esquís. Durante el descenso las cosas se torcieron y sus compañeros murieron. Fritz se calzó los esquís a unos 7.400 metros de altura para bajar rápidamente a pedir ayuda, en vano, pero dejando un hito al ser la persona que había esquiado desde más altitud. La expedición tuvo controversia por si la decisión de Fritz había sido la correcta, y éste emigró a Estados Unidos instalándose
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FOTOGRAFÍAS: GERARD.CHANTRIAUX.PAGESPERSO-ORANGE.FR
THE MAN WHO SKIED DOWN EVEREST VIDEO © YUICHIRO MIURA | PHOTO © AKIRA KOTANI
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en Aspen. Se ganó la vida dando clases de esquí y empezó a escalar nuevas rutas y a esquiar nuevos itinerarios en Colorado. Pero el Himalaya le seguía llamando y su creatividad le impedía contentarse con las alturas moderadas del continente americano, con lo que, imitando a sus contemporáneos europeos, empezó a promocionarse. A través de la amistad con Bil Dunaway, el conquistador del Mont-Blanc, quien sabía manejarse en la política del montañismo y de la financiación, consiguió dedicar tiempo a sus expediciones, pero sin mucho éxito. Fritz murió en 1975 escalando en solitario el Tirich Mir (7.708 metros), en Pakistán, que pretendía descender esquiando. Su esposa, la modelo Janice Pennington, concluyó que se fue a Afganistán a ayudar a la CIA a establecer bases militares en la frontera montañosa entre ambos países muriendo en batalla. PREPARANDO EL TERRENO Durante los años setenta, los esquiadores más destacados del momento trasladaron
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1970’S KNEISSL RED STAR + SALOMON S 505
su foco a montañas más altas que las de los Alpes. Los franceses Patrick Vallençant, Jean-Marc Boivin y Gérard Chantriaux invadieron los Andes y sus cimas de casi 7.000 metros. ¡Este último se construyó en su casa una tabla inclinable de ocho metros de altura y cuatro de largo donde ponía hielo para ver qué inclinación máxima era capaz de esquiar! Los 3 franceses descendieron el Pisco, Quitaraju, dos rutas en el Huascarán y dos más en el Artesonraju. En 2003, el gerundense Toti Bes repitió este descenso de Vallençant desde la cima de la pirámide que dibuja el Artesonraju. Un grupo de austríacos consiguió en 1971 el descenso desde la cima del Noshaq, el punto más alto de Afganistán, con 7.492 metros. Mientras que el ruso Pavol Rajtar realizó los primeros descensos de los sietemiles del Pamir: los picos Shatayeva, Tzetlin, Korzhenevska (con Robert Gálfy), Kommunizma y Lenin. Ésta era una evolución causal en el deslizamiento por las montañas: ir saltando por los distintos macizos montañosos del mundo siempre buscando un poco más de altitud antes de acometer las grandes cimas en el Himalaya. TIRARSE EN PARACAÍDAS Mención especial merece el japonés Yuchiro Miura, quien en 1970 esquió el Everest desde el Collado Sur, a 8.200 metros, lanzándose en shuss y buscando la línea de máxima pendiente esperando que el paracaídas que llevaba atado a su espalda le frenara lo suficiente. El invento funcionó hasta que en una zona de roca y hielo, al intentar girar un poco, empezó a caer hasta pararse finalmente a una altura de 6.200 metros. La película “The man who skied down Everest” ilustra esta aventura-locura. Y aunque no lo hizo desde la cima, ya nadie le podrá quitar el hito de ser el más rápido en descender desde 8.000 metros, pues tan solo tardó unos segundos hasta llegar al pie de la montaña. Todo esto sin morir en el intento. OTROS PASOS En los años siguientes hubo algunas otras expediciones que llevaron esquís a ochomiles, como la de los franceses Jean
Afanassieff y Nicolas Jaeger, quienes descendieron en 1978 desde el mismo collado sur del Everest con sus tablas, o la del también francés Anselme Baud, quien al año siguiente llevó los esquís en una tentativa en la arista sur del Dhaulagiri, y donde descendió un corredor alrededor del campo base. ESQUIAR UN OCHOMIL Poco a poco, y superando las dificultades técnicas, físicas, económicas y logísticas, la exploración de las grandes montañas con esquís iba avanzando. La lógica y la estética marcaban que había que intentar esquiar desde la cima. La primera expedición dedicada exclusivamente a descender un ochomil con esquís fue en el Annapurna,
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precisamente la primera gran montaña ascendida por los franceses. Fueron unos compatriotas quienes lo intentaron en la primavera del 1979. Yves Morin y Henry Sigayret, sin la ayuda de oxígeno y tras cuatro días de ascenso, llegaron a la cima un 30 de abril a las 5 de la tarde. Morin se calzó los esquís y esquió desde la cima hasta el último campamento (IV) a 7.500 metros, donde pasaron la noche. Al día siguiente, Morin continuó bajando con las tablas, pero cuando se le encascó el jumar en una cuerda fija a unos 6.700 metros de altura, sus fuerzas eran mínimas. Sus compañeros sólo pudieron verlo morir de extenuación antes de seguir el descenso.
Dos años más tarde, los austríacos Josef Millinger y Peter Woergoetter descendían, en sólo dos días, desde sólo 30 metros por debajo de la cima del Manaslu al campamento base. Por pocos metros, pero aún nadie había conseguido deslizarse desde una cima de más de 8.000 metros. El destino quería vestir la historia con los grandes nombres. Un año más tarde, el 27 de julio de 1982, y 15 años después de sus primeras de esquí extremo en los Alpes, Sylvain Saudan, el “esquiador de lo imposible” y gran aperturista de descensos en los Alpes, logró esquiar un ochomil desde la cima por primera vez. Más de 3.000 giros necesitó en la fuerte pendiente de alrededor de 50° de la cara norte del Gasherbrum I. Su progresión como esquiador de lo extremo lo llevaba hasta allí. Unos años antes esquió el Denali por uno de sus canales, el después nombrado “Messner”, en honor al alpinista del Südtirol quien hizo el primer ascenso después de que Saudan lo descendiera. Luego vino el Nun Kun, de 7.135 metros, y una tentativa al Dhaulagiri, en 1979, donde dos alpinistas y un sherpa desaparecieron en la tormenta. El descenso de una montaña de más de ochomil metros desde la misma cima era algo que Saudan deseaba: “ese primer ochomil en esquí lo necesitaba, lo quería. Me parecía lógico pues en los Alpes fui el primero en lanzarme por las pendientes imposibles”. Con este descenso mayúsculo, aun hoy sin repeticiones, realizado sin el uso de oxígeno y en una fuerte pendiente con es-
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GRAPHICS BY MARKOWITCH | PRINT DATING 60’S-70’S
SAUDAN DESDE LA CIMA
FOTOGRAFÍA © KILIAN JORNET
SAUDAN ABRE OTRA CAJA DE PANDORA Después del Gasherbrum I, llamado también Hidden Peak, otros ochomiles fueron esquiados por sus vías normales. Primero fue el Gasherbrum II, en 1984, cuando dos expediciones francesas fueron a esa montaña cargando los esquís e incluso un monoesquí. El descenso lo consiguieron realizar en tres días el francés Patrice Bournat y el suizo Wilhemus Pasquier. Esta montaña es una de las más “populares”. Al año siguiente fue el turno en el Shisha Pangma
para Peter Woergoetter y Oswald Gassler, quienes iniciaron una serie de descensos en esta montaña que han llevado a cabo otra quincena de esquiadores. Entre éstos también está el gran alpinista polaco Jerzy Kukuczka, que utilizó los esquís para descender de este pico, el penúltimo en su lista de los 14, después de abrir una nueva ruta en la arista oeste. En mayo de 1988, los italianos Flavio Spazadeschi y Lino Zani realizan el primer descenso del ochomil más popular para esquiadores: el Cho Oyu, que cuenta con más de medio centenar de descensos hoy en día. Ese mismo otoño, la francesa Véronique Perillat fue la primera mujer en descender esta montaña. ¡En monoesquí! FRUCTÍFEROS AÑOS NOVENTA Los años noventa fueron movidos en lo que se refiere al esquí en Himalaya y Karakorum. Y no sólo por descensos desde las cimas
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quís estrechos de dos metros de largo, se cerró la increíble carrera del esquiador suizo, quien explicaba la sensación de esquiar a 8.000 metros de esta forma: “allí arriba todo está al ralentí. Piensas lentamente y realizar el movimiento nos requiere un gran esfuerzo y mayor lentitud. En este intervalo de tiempo hay un problema porque el esquí se desliza a la misma velocidad que a menor altitud”.
VÍDEO © LEEMANS LAURENT
PIERRE TARDIVEL ET LAURENT LEEMANS FACE N DE LA TOUR “LES GRANDS BARJOTS
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por sus vías normales, sino también por la búsqueda de nuevos itinerarios. Grandes nombres como Tardivel, Kammerlander o Troillet estaban entre los seducidos por esquiar la altura. En la larga lista (más de 100 a día de hoy y sumando) de primeros descensos de Pierre Tardivel, quien empezó en 1980, hay una treintena de aperturas extremas. Caben destacar la cara norte del Pain de Sucre o la obra maestra del Grand Piler d’Ange, antes de su primera y única apertura en el Himalaya. En 1992 ya era una leyenda del esquí extremo, y para salir de su jardín alpino (mayoritariamente los macizos de los Aravis, Vanoise y Mont-Blanc, aunque también cuenta con algunas primeras pirenaicas como la cara norte de la Tallada) no buscó un objetivo fácil. “Debí de salir desde la cima sobre la una del mediodía, derrapando tímidamente. Temía este primer giro. El problema era la cara de 2.000 metros que tenía debajo de mis pies. Después de dos o tres giros ya encontré de nuevo mi confianza”, dice hablando de su descenso desde la cima sur del Everest (8.751 metros) por el lado Nepalí, tras ascenderlo usando la ayuda de oxígeno embotellado. Pero a Pierre las grandes alturas no le despertaron más el gusanillo y volvió a las mon-
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tañas alpinas donde podía realizar nuevas actividades de este tipo casi a diario. Hay que comprender que un descenso a esta altura no es sólo un hito físico y técnico, sino también económico y logístico, y demanda de mucho tiempo. Una expedición a un ochomil cuesta miles de euros, más aún si se usan porteadores y oxígeno, y un mínimo de mes y medio o dos de tiempo. Esto sólo para llegar al pie de la montaña. Luego hay que esperar a que las condiciones sean correctas para poder esquiar, sin mucho hielo y piedras, en invierno o primavera. También están el riesgo de avalanchas y el esfuerzo de abrir la traza durante el monzón y en otoño. Demasiados obstáculos y tiempo sin esquiar para Tardivel. LA VELOCIDAD DE KAMMERLANDER A quien sí le picó la curiosidad del esquí en altura fue al austríaco Hans Kammerlander -compañero de Reinhold Messner en sus últimos ochomiles-. Hans dedicó buena parte de la última década del pasado siglo y la primera de éste a descensos y tentativas en distintas cimas. En 1990, junto al suizo Diego Welling, encadenó las 4 aristas del Cervino en un solo día, y descendió el Nanga Parbat calzándose los esquís 1.000 metros por debajo de la cima. En 1994 esquía el Broad Peak desde su collado, a 7.850 metros, hasta el campo base, y dos años más tarde intenta la cara norte del Everest. Después de una buena aclimatación y unos días de descanso en Lhasa vuelve a la montaña. Hace un ascenso velocísimo desde el campo base avanzado hasta la cima sin oxígeno Con este mismo estilo intenta el Kanchenjuncargando los esquís él mismo en sólo 17 hoga dos años más tarde, donde esquía desde ras. Se calza sus Atomic de metro sesenta los 7.060 metros. A principios del nuevo mileen la cima, y afronta el descenso con estos nio intentó esquiar el K2. Empezó deslizándopensamientos: “sé que estoy cansado y que se desde la cima y consiguió descender los mis reflejos son más lentos. Sé que no puedo primeros 300 metros. Allí tuvo que quitarse hacer ninguna falta con los cantos y que la los esquís para seguir bajando a pie debido a caída no está permitida (…) Para entendernos, unas malas condiciones de nieve. no es una forma de esquiar ortodoxa, más bien un deslizamiento controlado”. Las condiciones de la primavera no le permiten reaEL DESCENSO EN EL CENTRO lizar un descenso completo, y después de 300 metros desde la pirámide cimera se tieDos hermanos eslovenos irrumpen en el ne que quitar los esquís. Baja andando hasta Himalaya en el mismo tiempo, con una filolos 7.700 metros, y allí se vuelve a calzar los sofía distinta a la de Kammerlander: prioriesquís hasta el campo base avanzado. Todo zando el esquí sobre la globalidad de la acello en menos de 24 horas. tividad. Andrej con 25 años y Davo Karničar
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con 32, exmiembros del equipo esloveno de esquí alpino y trabajadores como skimans de la marca Elan en la Copa del Mundo. Descienden en 1995 por primera vez el Annapurna desde la cima al campo base. Dos años antes, Davo había intentado el K2. Tuvo que abandonar su proyecto cuando el viento se llevó los esquís a ¡8.000 metros de altura! Cinco años pasaron hasta que Davo realizara ese descenso desde la cima del Everest, por la vía nepalí, el 7 de octubre de 2000: “Usé oxígeno, pues mi mayor objetivo era el descenso. La subida sólo era el inicio de mi aventura”. Davo es protagonista de la portada de la revista Desnivel olvidada en el refugio de mis padres, antes mencionada. En sólo cuatro horas y 30 minutos, Davo desciende desde la cima hasta la base de la montaña, con difíciles pasajes, de extrema dificultad en la arista y el escalón Hillary, que maneja sin quitarse los esquís. Esta bajada no sería repetida hasta seis años mas tarde, en 2006, cuando un grupo de americanos y escandinavos consiguieran el descenso desde la cima, entre ellos la primera mujer, la norteamericana Kit DesLauriers.
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Después de ese descenso, Davo decide alejarse por un tiempo de los ochomiles y se centra en esquiar las cimas más altas de cada continente. En 2017, Davo vuelve a las grandes alturas, esta vez con 52 años, para intentar el entonces inédito descenso de la segunda montaña más alta del planeta, el K2, pero una lesión le impide pasar del campo I. AL FINAL DE LOS NOVENTA LA MODERNIDAD SE LLAMA SNOWBOARD
Pero antes de avanzar en el tiempo y abordar el reciente éxito polaco en el K2, volvamos al Everest. Al final de los años noventa, la irrupción del snowboard y sus posibilidades en las grandes pendientes también llegó a la gran altura. El gran himalayista Jean Troillet fue uno de los primeros en buscar líneas no convencionales para descender desde estas cimas. En 1996 volvió a la cara norte del Everest, donde diez años antes había realizado un ascenso non stop junto a
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MARCO SIFFREDI 1ÈRE DESCENTE INTÉGRALE EN SNOWBOARD
El cambio de milenio llevó al snowboarder más famoso y rebelde a la conquista del Himalaya. Después de un descenso del Cho Oyu, Marco Siffredi, que había acometido con su tabla casi todas las líneas posibles en el macizo del Mont-Blanc, quería ser el pri-
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UN TRUENO LLAMADO SIFFREDI
mero en bajar del Everest con la tabla. Con un objetivo fijado únicamente en el descenso, subiendo con porteadores y oxígeno artificial, llegó a la cima el 23 de mayo de 2001. El día anterior, el austríaco Stefan Gatt había subido también, en este caso sin el uso de oxígeno y porteándose su tabla. Stefan descendió la pirámide sumital hasta 8.650 metros donde dudó si entrar en el corredor Norton, pero la nieve dura de la primavera no le inspiró confianza y decidió descalzarse la tabla y descender por la vía normal a pie hasta 7.600 metros, lugar donde se volvió a poner la tabla hasta el campo base avanzado. Siffredi, con un estilo freerider y una técnica de esquí de pendiente, se adentró en el corredor Norton surfeando grandes curvas hasta llegar a la barra amarilla, una barrera rocosa de una decena de metros a una altitud de 8.200 metros. Sin dudar mucho encadenó un giro y saltó la barra. Fue el primer descenso completo del Everest por su cara norte. Pero Siffredi, a quien los locales
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su compañero Erhard Loretan en 43 horas por el Hornbein. Esta vez regresó al mismo corredor, con otro compañero, Dominique Perret. Con idéntico estilo ligero y alpino subieron hasta 8.450 metros, donde Dominique se puso sus esquís y Jean su tabla de snowboard para descender esa mítica línea que corta verticalmente la cara norte del Everest. Al año siguiente volvió al Hornbein, esta vez con Apa Sherpa. Se quedaron cerca de la cumbre, a 8.700 metros. Jean volvió a calzarse su tabla para descender este corredor hasta el campo base avanzado.
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llamaban “Thunderstorm”, quería surfear el que consideraba el grial del esquí extremo en altura, el corredor Hornbein. Al año siguiente volvió en verano para encontrar más nieve en la montaña. El 8 de setiembre, junto a tres porteadores, llegó de nuevo a la cima por su vía normal. Eran las 3 de la tarde cuando empezó a deslizar hacia el corredor Hornbein. Nunca jamás fue visto.
El Shisha Pangma llamó a los esquiadores en búsqueda de la línea más que de la cima. La novedad ya no está solamente en poder esquiar una montaña desde su punto más alto, sino en encontrar una línea atractiva desde allí. En 1999, después de esquiar el Denali, Andrew McLean y Mark Holbrook pensaron que el siguiente paso lógico era esquiar algo en el Himalaya. Un amigo les abrió un libro con la fotografía de la cara sur del Shisha Pangma y les dijo: “aquí está la línea que queréis esquiar”. Se unieron al equipo otros siete esquiadores y cámaras, entre ellos algunos de los mejores alpinistas y esquiadores del momento, como Alex Lowe, Conrad Anker, Hans Saari, David Bridges o Kris Erickson. Alex definió así la expedición: “ha sido un gran objetivo para mi esquiar un ochomil. Hay muchas personas intentando el Everest, pero para mí debe ser una bajada estética, con calidad. Y el Shisha Pangma tiene la mejor línea de todas las grandes montañas, una que desciende absolutamente recta su cara sudoeste. ¡Va a ser una muy buena bajada!” El 5 de octubre Alex, David y Conrad fueron a inspeccionar la parte baja de la pared cuando un alud les sorprendió. Conrad pudo salir con vida, pero Alex y David quedaron allí hasta que años más tarde Ueli Steck y David Goetler encontraran sus cuerpos. IMAGINANDO LÍNEAS Con la misma idea que McLean y Lowe, otros esquiadores más interesados por la línea que por la cima siguieron sus pasos. En 2004 y 2005, Jean Noel Urban hace un par de intentos en esta cara, consiguiendo esquiar desde una altura de 7.600 metros
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LA LÍNEA ATRAE MÁS QUE LA CIMA
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las pendientes de alrededor de 50°. Jean Noel ya había bajado el Cho Oyu y el G2 e intentó mas adelante el corredor Norton en el Everest, el Nanga Parbat, el Dhaulagiri, el Manaslu o el Gasherbrum I, donde murió al caer en una grieta en 2008. El suizo Sébastien de Sainte Marie cogió el testigo de Urban en 2011 intentando de nuevo esta mítica cara y esquiando desde unos 7.000 metros. Algunos otros pocos intentos en los años siguientes terminaron con el mismo resultado, dejando esta línea para las próximas generaciones. LA HISTORIA SE ESCRIBE HOY Entre los esquiadores que hoy en día están llevando el esquí de pendiente en altura al próximo nivel está el polaco Andrzej Bargiel, quien con tan sólo 30 años consiguió en 2018 el primer descenso desde la cima del K2. Después de dos años de intentos logró llegar a la cima sin oxígeno para bajar
buscando una ruta sin tenerse que quitarse los esquís, con tramos de gran pendiente y exposiciones diversas. Luis Stitzinger, que en 2011 esquió la ruta Kukuczka desde 8.000 metros, definía así la dificultad de esquiar el K2: “tienes que ser un muy buen esquiador extremo y darlo todo siempre porque no hay ni un solo metro plano. Sales desde mucha altura entre rocas y hielo, y en la parte baja hay nieve húmeda y pesada como mantequilla, con riesgo de avalanchas limpiando los couloirs” Andrzej terminó este sueño de Kammerlander, David Watson, Stitzinger o Fredrick Ericsson, un sueco con gran experiencia en esquiar en grandes montañas que murió en el intento de descenso de la pirámide pakistaní. No era la primera vez que Bargiel esquiaba pendientes a esta altura, pues pese a su juventud ya había hecho el Manaslu, el Shisha Pangma y el primer descenso completo desde el Broad Peak.
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VIDEO © ANDRZEJ BARGIEL
2018 también vio como dos americanos, Jim Morrison y Hilaree Nelson, conseguían otro descenso que varias generaciones llevaban soñando. La dream line era el corredor del Lhotse. Desde que Jamie Laidlaw lo intentara hace 10 años, había atraído a una docena de esquiadores. Jim esquió desde la cima, efectuando un par de giros en la cornisa cimera, de más de 50°, donde Hilaree usó un pasamano antes de adentrarse al corredor, tan estrecho que sus esquís a penas pasaban sin tocar las paredes.
de ser esquiadas. Serán alpinistas pacientes los que sólo con un gran descenso podrán saciar la sed que genera en los esquiadores la amplia espera y el largo camino que tienen que recorrer antes de poderse deslizar por la altura extrema. Seguramente esquiar las alturas es la forma más complicada y lenta de ir a buscar un gran descenso con esquís. Pero es precisamente por esto por lo que deja una huella tan profunda.
ÚLTIMAS CIMAS E INFINIDAD DE LÍNEAS Si bien hoy en día sólo el Dhaulagiri, el Nanga Parbat, el Makalu y el Kanchenjunga no han sido esquiados desde la cima, aún quedan grandes líneas por esquiar en las alturas. Las futuras generaciones miran el Hornbein o la sur del Shisha Pangma con ojos brillantes soñando poner sus espátulas en ellas. O en tantas otras líneas que dibujan estas montañas esperando que la visión de algún esquiador vea en ellas la posibilidad
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The Cutting Edge
Hilaree Nelson: Skiing Lhotse (Ep. 14)
TABLA DE DESCENSOS A 8.000 m.
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ANDRZEJ BARGIEL FIRST SKI DESCENT FROM K2
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EXTREME SKIING | SPONSORED BY SALOMON
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FOTOGRAFÍA © BRUCHEZ-JACQUEMOUD
DESPLAZAMIENTO Y ADRENALINA
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Texto por Kilian Jornet
En esta sección de este nuevo proyecto editorial estamos analizando el esquí desde su ángulo de más pendiente. Nosotros, a los que nos gusta el esquí-alpinismo y que miramos la actividad con unos ojos que han visto más cuerdas que puertas, cuando pensamos en esquí, lo hacemos en este deslizamiento entre paredes. Pero si preguntamos a distintas personas qué es el esquí para ellas, la respuesta será muy variada dependiendo de dónde nos encontremos. En una gran ciudad como Nueva York seguramente nos contestarán que consiste en subir en telesilla y bajar por pistas preparadas entre bosques; en Austria, nos hablarán del slalom o el descenso; en Oslo, del deslizamiento en las eternas pistas de esquí de fondo o del fjellski para ir a las cabañas o aventurarse en los bosques durante la primavera;
en Kranjska Gora, seguramente de hombres que vuelan con tablas en los pies para planear en el aire; en el norte de Escandinavia, nos hablarán del talón libre y los giros anchos; y en el oeste americano, del backcountry con grandes mochilas en las colinas salvajes con cantidades inhumanas de nieve polvo. Si hacemos esta misma pregunta en Chamonix, seguramente los cuestionados dirigirán la vista hacia las alturas del valle para hablarnos de los descensos extremos desde sus agujas o de la velocidad de los freeriders. El esquí es todo esto. Pero lo que mayoritariamente hoy entendemos como esta actividad es sólo una parte del esquiar, la deportiva, el esquí 2.0. Y es que ya sea el de montaña, el de fondo, el alpino, el freeride o el extremo, estas modalidades se empezaron a practicar muchos años después de que los esquíes fueran inventados para un propósito mucho menos divertido.
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Mucho antes de que naciera Cristo los dioses ya llevaban esquís. Y no, no estoy hablando de los ancestros de Tardivel o de Vonn, sino de Ull y Skade, los dioses nórdicos que se movían con ellos. Y es que para los seguidores de Thor, unos 1.300 años antes del nacimiento del cristianismo, el uso de los esquís era común para desplazarse entre pueblos y montañas. También lo más práctico entre divinidades. Para estos vikingos, las tablas que llevaban bajo los pies no estaban pensadas para hacer ningún deporte, ganar medallas o jugar, ni tan siquiera se paraban a pensar en disfrutar de esa agradable sensación de la nieve deslizando bajo los pies. Para ellos, era un simple medio de transporte, como una rueda o un asno. Y así lo usaron durante miles de años, sin saber que disponían de un juguete más adictivo que cualquier videoconsola, para cazar o ir al mercado, o para escaparse a través de las montañas en tiempos de guerra, como cuando el ejército noruego las cruzó velozmente llevando consigo al
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SONDRE NORHEIM | FOTOGRAFÍA VÍA VISITTELEMARK.NO
hijo del rey Haakon Haakonsson a inicios del siglo XIII. Más adelante, para llevar cartas o telegramas donde las montañas impedían el paso de carruajes, o para descubrir nuevos terrenos que invadir. De hecho, aún deberían pasar muchos años para que el esquí dejara de ser una herramienta con la que desplazarse y convertirse en una forma de divertirse. Y no fue hasta que el noruego Sondre Norheim, allá en la mitad del siglo XIX, se inventara el giro de Telemark e iniciara las primeras competiciones. Con los avances de los medios de locomoción, el esquí dejó de ser una herramienta indispensable para el desplazamiento en la nieve convirtiéndose principalmente en un objeto de placer. Aún hay algunos individuos que sólo ven en estas tablas herramientas como la rueda o el asno, como los exploradores polares que las aprovechan para deslizarse entre cas-
quetes gracias a la fuerza de Eolo, o los escaladores de hielo o algunos alpinistas en macizos remotos, que los usan como raquetas elegantes para llegar al pie de sus objetivos. Pero la mayoría del resto de los humanos también quiere disfrutar del esquí, y el desplazamiento sólo es una consecuencia de esta fuente de placer. El pasado invierno coincidieron en el mismo lugar y casi al mismo tiempo tres distintas actividades con dos denominadores comunes: el esquí y el esquí. El esquí como medio de transporte, y el esquí como arma de placer con la que buscar las pendientes más interesantes para despertar las endorfinas. Ninguna de las tres actividades fue un primer descenso, pero todas fueron, a su manera, primeras. Tres formas distintas de ver una misma actividad, enseñándonos que la innovación no sólo viene de buscar una bajada con más más pendiente o itinerarios nunca antes esquiados, sino que puede estar hecha de otros ingredientes. Tres formas de ver el esquí de pendiente, tres actividades de esquí al cuadrado, de esquí total: desplazamiento y mucha adrenalina.
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El 21 de abril, Ben Tibbetts, guía de montaña y fotógrafo inglés afincado desde hace años en el valle de Chamonix, realizó una travesía del macizo del Mont-Blanc en esquís junto al canadiense Colin Haley, uno de los alpinistas más prolíficos de la última década, con primeros ascensos y escaladas en solitario en Patagonia y Alaska, y alguna de las travesías más alucinantes, como la del Cerro Torre junto a Alex Honnold o la trilogía de aristas en Alaska en solitario y a toda castaña, como la Cassin al Denali, la North Buttress al Beguyya o Mount Hunter y la Infinite Spur al Mount Foraker. Durante 32 horas recorrieron los 89 kilómetros que separan los pueblos de Champex, en suiza, y Les Contamines, en Francia, salvando un desnivel de 6.800 metros y pasando por las cumbres del Mont-Blanc, Bionnasay y les Dômes de Miage.
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Si bien es una travesía más física que técnica, en su recorrido hay que sortear al-
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gunas pendientes para cruzar las distintas carenas. La gran dificultad de una travesía de esta amplitud es encontrar unas condiciones estables en todas las orientaciones, nieve dura para no abrir traza y una ventana de buen tiempo lo suficientemente larga. Ben fue paciente durante unos cuantos años desde que lo intentara en 2013 junto a Misha Gopaul y Ally Swinton. Salieron desde el sur, Les Contamines, y a las pocas horas, en la arista de Bionnassay, una gran placa se cortó bajo los pies de Ally, quien deslizó unos 600 metros abajo. Si bien salió de la avalancha sin muchos rasguños, decidieron que era un buen aviso para posponer la tentativa.
puesta de sol, la energía estaba en su máximo”, decía Ben. Colin opinaba de forma distinta. Si bien estaba acostumbrado a pasar largas jornadas en la montaña, en sus encadenamientos nonstop en Patagonia o Alaska, o en las rocosas canadienses, la bajada del Mont-Blanc y la larga arista de Bionnassay no le sentaron demasiado bien. “Era difícil mantener la concentración, y delante estaba la afilada arista de Bionnassay. Al ver frente a mí los Dômes de Miage me parecieron tan lejanos…”. Las tazas de té que les invitaron a tomar en el refugio de Durier les dieron fuerzas para la última arista hasta Miage y el largo descenso hasta el pueblo de Les Contamines, al otro lado del macizo. Después de 32 horas de esfuerzo, pudieron quitarse las botas.
El año anterior a esto, quien escribe también intentó esta travesía junto a Stéphane Brosse, el corredor de esquí de montaña que marcó los inicios de los años 2000. Saliendo también desde el sur, y con la idea de encadenar algunas de las cimas principales como el Dôme de Miage, Bionnasay, Mont-Blanc, Les Droites y la aguja de Argentière, fuimos a buen ritmo hasta que al iniciar el último descenso hacia Champex, Stéphane se precipitó al vacío al romperse una cornisa.
FOTOGRAFÍA © BEN TIBBETTS
Después de cinco años, Tibbetts aún tenía la idea en la cabeza y llamó a Haley para ver si quería unirse al proyecto. El canadiense, que estaba entonces en Patagonia, no lo dudó ni un momento y, después de discutir el itinerario, decidieron hacer la travesía de norte a sur, buscando los collados más rápidos para cruzar de valle a valle. Colin, quien volvió de su “adicción patagónica” a finales de marzo, no tuvo mucho tiempo para habituarse de nuevo a los esquís, pues la medianoche del 21 de abril salieron de Champex dirección al collado del Chardonnet, donde les esperaba Séb Montaz para escalar el Col des Cristaux, una larga pendiente de 50°. La fatiga empezó a notarse por la mañana mientras subían con sus pieles la interminable Vallée Blanche hasta el collado de Midi, donde Vivian Bruchez les esperaba con unas ¡pizzas! que devoraron hambrientos antes de continuar hasta la cima del Mont-Blanc. “A Colin le dolían los pies y quería parar, pero no era muy difícil motivarlo para seguir y que engañase al dolor. En mí, cuando llegamos a la cima del Mont-Blanc justo antes de la
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“Realicé finalmente lo que empecé. Fue también una forma de homenajear a Stéphane Brosse, quien nos inspiró. Sin duda recomiendo a todo el mundo realizar esta travesía. Quizás en cuatro o seis días, tomándose tiempo para dormir. Es un bonito objetivo para cualquier esquiador de montaña”. LAS 4 CARAS DE LA VERTE Físico: 6 | Técnico: 9 | Imaginación: 3
HOMENAJE A NICO VIDEO © PAUL BONHOMME
Paul Bonhomme es uno de los esquiadores de pendiente que más dio que hablar el pasado año. Sus primeros descensos en los Aravis, con recorridos cortos pero de una tecnicidad extrema, hicieron que muchos se preguntaran de dónde salía. Pero la afición al esquí de pendiente le venía de mucho antes. Paul se inició en esta disciplina extrema y en el alpinismo de la mano de su hermano Nicolas Bonhomme y de su compañero habitual de expediciones, Jean-Noël Urban. Paul les siguió de cerca cuando realizaron el descenso de la cara norte del McKinley, por el Wickersham Wall, y les acompañó en varias expediciones al Himalaya. En 1998, el hermano de Paul desapareció en una
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PAUL BONHOMME | FOTOGRAMA EXTRAIDO DE VÍDEO © UBAC MÉDIA
tentativa de descender en esquís el difícil Gasherbrum VI, en Pakistán. Paul cogió de la mano al compañero de su hermano, Jean-Noël, para adentrarse más en el mundo del esquí en grandes alturas, con una tentativa a la cara sur del Shisha Pangma en 2005. Jean-Noël falleció en 2008 en un intento en el Gasherbrum I. El 17 de mayo del año pasado, Paul quiso rendir un homenaje a su hermano 20 años después de su desaparición. El proyecto, uno que seguramente ha danzado en la imaginación de más esquiadores extremos: las cuatro caras de l’Aiguille Verte.
considerarse esquiadores de pente raide. Sus cuatro caras cuentan con couloirs que forman parte de la historia de este deporte. Al norte, el Couturier, con sus casi 1.000 metros con 55° y el Cordier; al este, el Whymper, de 600 metros y 50°; al sur, el couloir en Y, de 800 metros con pendientes de 55°; y al oeste, el Nant Blanc, con su complicada cara de 1.000 metros. Realizar uno de estos descensos es el proyecto de muchos esquiadores con buen nivel. Enlazar un par en una jornada está al alcance de muy pocos. El colosal proyecto de Bonhomme era recorrer las cuatro caras en una sola jornada.
La Aiguille Verte es uno de los cuatromiles más difíciles de los Alpes, pues no tiene ninguna vía relativamente fácil para ascender a su cima. Esta aguja, de 4.121 metros que reina sobre Chamonix y Argentière, separa los valles de la Mer de Glace y el glaciar de Argentière, y desde su primer descenso en 1968 por Sylvain Saudan recorriendo el Couloir Wymper, ha sido un grial buscado por todos aquellos que quieren
Paul sale después de cenar desde el pueblo de Argentière y en sólo seis horas ya se encuentra en la cima de la Verte después de subir el Coutourier. Como aún es de noche, decide esperar una hora hasta que el sol aparezca por el horizonte y evitar así un descenso a oscuras. “Tengo frío”, dice. “No tengo ganas de sumergirme en la negrura. Quiero la luz”. Pero
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VIDEO © PAUL BONHOMME
L’AIGUILLE VERTE. TEASER 4 FACES
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no hay mucho tiempo si quiere realizar su proyecto, pues aún le quedan más de 2.000 metros de escalada y unos 4.000 de descenso. Así que se prepara: “un ritual: casco, piolet en el hombro, verificar las botas una vez, una segunda vez, tres veces. Los esquís. El que tiene la marca roja al pie derecho. Cerrar las fijaciones, verificar que están bien cerradas, otra vez... Hacer deslizar los esquís. Los he afilado como nunca. No deslizan, muerden. Está bien. Es lo que necesito. El Wymper está en la oscuridad, la goulotte central esta vitrificada. Necesitaré que muerdan”. Empieza a bajar “suavemente, como el sol que se despierta, dejándome deslizar por la arista, entre la oscuridad y la luz. Y escoger la oscuridad”. Al pie del Whymper (5.3 E3) se encuentra con Vivian Bruchez, y juntos ascienden al Cardinal para bajar un couloir y llegar al versante Charpoua. Sin descanso, cambian los esquís por los crampones y suben por el largo couloir en Y. A la una y media de mediodía Paul se encuentra de nuevo en la cima. Una corta pausa y empiezan a descender hacia el versante del Nant Blanc (5.5 E4). Pero las condiciones no son buenas. El mal tiempo de los últimos días no ha dejado la nieve que esperaban y el hielo ace-
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cha. Para facilitar la decisión el mal tiempo se acerca. Demasiado para descender un itinerario con un recorrido poco evidente. Así que deciden subir de nuevo a la cima y bajar por el Couturier en la cara norte (5.4 E4). 20 horas después de salir de Argentière, Paul vuelve al punto de partida, con más de 4.000 metros de desnivel en terreno técnico en las piernas. Y si hay un poco de decepción por no haber esquiado la cuarta cara, la alegría es grande. Ha sido un viaje de esfuerzo físico e intensidad técnica, de historia y de amistad. “Antes de la Verte uno es alpinista. En la Verte se convierte en montagnard”, decía El Guía Gaston Rebuffat. “Por mi mi parte, la Verte simplemente me ha permitido darme cuenta de que yo era sólo un hombre”, constataba en su blog Paul al terminar esta aventura. Un mes más tarde Bonhomme volverá a encordarse con Bruchez para “terminar” la idea inicial y realizar el descenso del Nant Blanc, abriendo al mismo tiempo una nueva variante. Otro recorrido de aventura, un viaje cruzando esa inmensa vertiente de lado a lado. TRAVESIA DEL MACIZO DEL MONT- BLANC Físico: 5 | Técnico: 7 | Imaginación: 9 Pero antes de esto, el 24 de mayo, Vivian Bruchez, con otro compañero, realizaría otra travesía interesante en el mismo macizo. Quién iba a decir que dos de los esquiadores de montaña más dotados en sus respectivas disciplinas iban a juntarse para descubrir los parajes más desconocidos del macizo más concurrido del mundo y que, lejos de buscar los “nombres”, dibujarían, como diría Vivian, una línea bonita.
cuanto salta la alarma de que un descenso está en buenas condiciones -y con traza abierta- para poder obtener su premio con una seguridad casi certera, Vivian busca la aventura en un macizo que lleva recorriendo desde hace más de 30 años sin pausa, sin prisa, y con la paciencia de quien es capaz de esperar años para encontrar las condiciones y al compañero ideal.
Para Vivian el Macizo del Mont-Blanc no es desconocido. Este guía de montaña de Argentière ha esquiado casi todos los itinerarios posibles de la zona, entre ellos varios primeros descensos. Pero Vivian no es un “tachador”. En una época en la que los esquiadores de pendiente están más atentos a los foros de Camptocamp y al timeline de Facebook para subir al primer teleférico en
En esta ocasión, el experto de las pendientes de más de 50° encontró en Mathéo Jacquemoud, uno de los esquiadores de montaña de competición más laureados con victorias en la Pierra Menta y en campeonatos del mundo, a su compañero. Un tándem explosivo, y fuertemente compenetrado, pues Mathéo se ofrecía voluntario a abrir la traza día tras día mientras Vivian aportaba sus
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Oír hablar a Vivian sobre sus proyectos es dejarse acompañar en un mundo distinto, de fantasía, donde la estética y la imaginación prevalecen por encima de todo lo demás. “Salimos desde el borde del macizo, desde Suiza, para llegar al otro borde, con la voluntad de encontrar una línea lógica. No queríamos seguir exactamente la línea de cresta o la precisión de una línea recta. Queríamos dibujar un itinerario elegante”. La marca Bruchez está fuertemente presente en esta travesía, un itinerario sorprendente, que llevará a los locales a buscarla en los mapas para encontrarla. Un itinerario que Mathéo querría que se repitiera, por su belleza más que por su dificultad. “No buscamos el miedo. Mi kiff es de dominar mis movimientos y progresar”. Así que el 24 de mayo subieron al Mont Dolent por su arista Gallet y esquiaron su cara oeste. Al día siguiente escalaron la cara norte del Triolet y abrieron un descenso en la cara oeste para continuar al petit Triollet por
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su cara sur, la pointe Isabelle y dormir en el bucólico vivac des Périades. En los siguientes días esquiaron la cara este de la Aiguille de Rochefort y la travesía de sus aristas, la arista Kuffner hasta el Mont-Blanc, el Dôme de Gouter y una nueva apertura en el Piton des Italiens, para volver a subir hacia Bionnassay y bajar su cara norte. “Llevamos sólo una manta térmica, un saco de plumas para dormir en un agujero en la nieve, si acaso, y unas mochilas de unos ocho kilos para estar cómodos en las bajadas empinadas”, dice Mathéo. A lo que Vivian añade: “¡a la lista falta añadir un Mathéo! ¡En todo caso, con él haces poco la traza en las subidas!”. Con estas mochilas y la voluntad de alejarse de los senderos habituales estuvieron cinco días en silencio. “Descubrimos el lado salvaje e inexplorado de una cordillera sobrefrecuentada. ¿Y sabéis qué? ¡En cinco días no hemos visto a nadie!” Pues sí. Es aún posible encontrar la aventura a la puerta de casa, dejar que la imaginación trabaje para salir de lo más llamativo y crear, dibujando nuevas líneas al cielo y también trazos vírgenes en caras ocultas.
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conocimientos para progresar en los descensos y por las aristas con total seguridad.
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Texto por Kilian Jornet
La evolución en cualquier deporte ha sido desde antaño una búsqueda del más. Del más rápido, del más difícil, del más alto, del más lejos… Y de esto tampoco se ha escapado el esquí extremo. El esquí alpinismo es la conjetura de dos actividades: la del esquí, donde desde siempre se ha perseguido la velocidad, y la del alpinismo, en la que premia la dificultad.
SPEED: LA ACELERACIÓN DE LOS TIEMPOS
Jérémie Heitz hizo algo increíble: unir las pendientes radicales con las velocidades extremas. Dos mundos al límite que juntos dan miedo. Marco Siffredi, el snowboarder Chamoniard, decía que el esquí extremo es ése en el que no tienes derecho al error, y donde la gran velocidad hace que cualquier pequeño desliz pueda tener graves consecuencias en forma de caída imposible de detener. En su proyecto La Liste, Jérémie realizó con esquís 15 de los descensos míticos de los Alpes, entre los que estaban el corredor Gervasutti en el Mont Blanc du Tacul, o la cara norte del Obergabelhorn, en el Valais. Sus inicios fueron en el esquí alpino, pasando palos desde que empezó a andar. A los 16 años decidió que lo suyo era más la libertad y se decantó por el freeride, participando durante cuatro años en el Freeride World Tour. Durante dos, se con-
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sagró a su proyecto que le llevó a esquiar con su marca personal: fluidez y gran velocidad, poniendo sus esquís a más de 120 km/h en pendientes que requieren de dos piolets para ser ascendidas. “Quería llevar al límite mi forma de esquiar en una disciplina en la que se necesita mucha experiencia y saber hacer. Es por eso que ataqué estas cimas de forma agresiva y fluida. Nadie lo había intentado antes”, decía Jérémie en la presentación de la película sobre este proyecto, en la que con unos medios espectaculares podemos ver al esquiador suizo, solo o junto al otro puntal de esta forma de esquiar grandes pendientes, Sam Anthamatten, enfrentarse a descensos como l’Aiguille de l’Almone (3.584 m.), esquiado por primera vez por Olivier Roduit en 1989, el Brunegghorn (3.883 m), cuyo primer descenso corresponde a Heini Holzer en 1976, el Zinalrothorn (4.221 m), con tramos a 55°, el Stecknadelhorn (4.242 m), el Lenzspitze (4.294 m. - 500 m. 50°), el Lyskamm (4.527 m. - 650 m. 5.4/
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LA LISTE VERSION FRANÇAISE VIDEO © TIMELINE MISSIONS
E3), l’Aiguille de la Blaitière (3.522 m.) o el Couloir Spencer (3.522 m. 5.2/E2), esquiado por Sylvain Saudan en 1967 dando inicio a su popular carrera. Para poder descender estas pendientes a tal velocidad, la preparación y las condiciones deben ser impecables, con una cantidad suficiente de nieve polvo que permita encadenar los giros y poder frenar al llegar al final de la pendiente. La ausencia de estas condiciones les llevó a darse la vuelta en numerosas ocasiones a la espera de encontrar las idóneas. Esquiadores de la talla de Luca Rolli no podían sino admirar el estilo y la evolución de Jérémie, que estaba escribiendo líneas en la historia de la disciplina, con una técnica depurada, trazando giros de gigante donde los esquiadores precedentes habían hecho giros saltados. Pero la gran velocidad en estas pendientes tiene sus riesgos, y en el Grand Combin de Valsorey (4.184 m. - 670 m. 5.3/E3), Heitz sufrió sus consecuencias cuando en el ter-
cio superior de la cara se encontró con una placa de hielo y sus esquís perdieron el contacto con la nieve haciéndole caer un buen centenar de metros hasta que pudo pararse en la nieve fresca. Pero esto tampoco le detuvo, pues en poco tiempo volvió al Mont Blanc de Tacul para esquiar el Gervasutti (5.3/E4), donde se encontró con nieve primavera, unas condiciones de ensueño para otros esquiadores de pente raide, pero que no eran permisivas para el estilo Heitz, que tuvo que descender de una forma más tradicional y con giros cortos. Para terminar, Heitz realizó cara norte del Obergabelhorn (5.3/E2) con unas condiciones perfectas, realizando un descenso impoluto con una decena de giros a alta velocidad en esta fuerte pendiente de casi 1.000 metros de desnivel. Las imágenes de esta actividad pasarán a la historia del esquí alpinismo. Si bien esquiadores como Jérémie Heitz y Sam Anthamatten están hoy redefiniendo lo
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LA FACE NORD DE TURIA TOUT DROIT EN MONOSKI VIDEO VÍA LOFTBOATS
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que se puede hacer en pendientes más allá de los 50°, antes hubo otros que se atrevieron a poner la velocidad en la ecuación.
PASCAL BUDIN. FOTOGRAMA EXTRAIDO DEL VÍDEO DESCENTE DE LA FACE NORD DE TURIA
EL TORTUOSO CAMINO HACIA LA DIFICULTAD
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Pascal Budin no tuvo una primera cita, digamos, perfecta con el esquí de pente raide. Justo salía de la adolescencia cuando quiso probar si estas pendientes extremas donde Saudan y Baud se manejaban podían ser un terreno para él. Solo, se fue hasta el fondo del glaciar de Argentière, escaló la cara noreste de les Courtes y se calzó sus esquís. Un giro, otro y resbaló. La caída, de más de 600 metros deslizando por esta pendiente de casi 50°, hubiera sido suficiente para romper en pedazos a la mayoría de esquiadores, pero Budin, de constitución fuerte, como un oso de hierro, no sólo no se rompió un hueso sino que no se desanimó en esto de esquiar grandes montañas. Unos años más tarde, en 1996, y siendo uno de los esquiadores más completos, Budin
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ideó un sueño descomunal: el proyecto Amok, como el nombre del perro que siempre le acompaña, o como la palabra del sudeste asiático que describe el ataque del elefante dispuesto a conseguir su objetivo sean cuales sean los obstáculos en el camino. Amok, para Pascal Budin, era el intento de descenso de la cara noroeste de las Courtes en línea recta. “Yo no soy ningún Kamikaze”, decía, “porque el Kamikaze se enfrenta a lo que ha escogido sean cuales sean las situaciones, incluso si tiene miedo. Yo estoy dirigido por el miedo. Si lo tengo, intento definirlo, resolverlo y me lanzo solamente cuando he encontrado la solución”.
fuera con esquís, como en el Couloir de la Table (4.3/E2 250 m. 45°), o con su monoesquí en el impresionante descenso en el año 1985 de la cara norte de la Turia (5.1/E2 650 m. 45°) donde echado hacia atrás y en la posición de cristo en la cruz para equilibrarse sobre su tabla, en tan solo medio minuto descendió 1.000 metros de desnivel, llegando a superar los 200 km/h en una pendiente de montaña sin preparar que presentaba secciones con nieves heladas o ventadas. Amok no terminó materializándose pues el proyecto era también titánico a nivel de infraestructura y de preparación. Había que pisar el llano donde frenar, y para ello era necesario llevar una máquina pisanieves, a piezas, con un helicóptero hasta el glaciar de Argentière. Y esto implicaba un presu-
Si bien en su primer descenso a la NNE Pascal no sufrió daños, sí los tuvo años más tarde cuando cayó de un telesilla e impactó con la cabeza en una zona de piedras que le llevó a pasar un mes en estado de coma. Cualquier otra persona, si hubiera sobrevivido, habría tenido enormes dificultades para hacer vida normal, pero, como sabemos, Budin está hecho de otra pasta, y si bien necesitó cinco años para recuperarse concluía: “para mí, todo volvió, o casi, aunque no me acuerde exactamente de lo que era antes. Sin duda recuperé otra cosa”. Durante estos años, el alto-alpino deslizó ya por algunas pendientes a toda velocidad, ya
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Los objetivos del proyecto Amok eran por un lado superar los 250 km/h, lo que supondría lograr un récord de velocidad en descenso; por otro, alcanzar también el récord de velocidad para los 1.000 metros de desnivel -Pascal quería bajar en 20 segundos-; y por último, buscar una aceleración superior a la de un coche de Formula 1, es decir, de 0 a 200 km/h en seis segundos. La mayoría de los que leáis esto, pensareis que el tal Pascal Budin era un flipado, pero él no hablaba en vano, pues ya había esquiado por encima de los 220 km/h en diversas ocasiones desde que en 1991 inaugurara la mítica pista de kilometro lanzado de Vars. Y desde su caída en esta pendiente, que desde los 3.856 metros de la espalda de Les Courtes baja a 1.081 hasta llegar al glaciar de Argentière con una inclinación media de 48°, Budin había realizado el descenso en 8 ocasiones.
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puesto gigantesco y, sobre todo, nivelar la rimaya y grietas de la parte inferior, pues a una velocidad entorno a los 300 km/h, un salto de diez metros de desnivel sería fatal. Esta rimaya entre el fin del glaciar y el corredor fue lo que le impidió lanzarse, aunque en su cabeza todavía cree que con un poco de preparación para tapar esta grieta todo sería posible. Por cierto, si antes hablábamos del descenso de Budin en el Couloir de la Table en l’Aiguille du Tour, creo necesario señalar que éste ya había sido descendido en línea recta en 1979, primero por Bernard Garcia con su monoesquí, y luego con esquís por Dominique Potard junto a Jean-Paul Lassale, alcanzando los 150 km/h en este corto (250 m. de desnivel) pero ya empinado corredor. INTENTAR ACOTAR LO CAMBIANTE
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Si os habéis fijado, en la descripción de los descensos hay una serie de números y letras acompañando al dato del desnivel. Se refieren a la dificultad y a la inclinación. El esquiador francés Volodia Shahshahani escribió un sistema de cotación para los descensos de esquí alpinismo, al igual que el existente para las graduaciones de escalada
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o alpinismo. La Cotación Toponeige, como se conoce, se compone de una graduación de dificultad de esquí y una de exposición. Si bien en esquí de pendiente las condiciones cambian enormemente la dificultad de un descenso, y pueden hacer que una bajada al Mallory en nieve polvo nos permita errores y sea mucho más fácil que un Glacier Rond en hielo vivo, sí que nos dan una idea de donde nos estamos metiendo y de las consecuencias de una caída. Así, deberemos graduar o hacer una lectura de la misma en unas condiciones similares y buenas, digamos, de nieve dura-primavera. La graduación de dificultad de esquí va de 1 a 5, con subdivisiones dentro del grado. Si en el nivel 1 las pendientes son de hasta 30°, en el nivel 4 entramos en lo que se considera esquí de pendiente, con inclinaciones de 40 a 45° sostenidas (de más de 200 metros). Es importante tener clara la diferencia entre porcentaje de inclinación y grados de inclinación. ¡Quién no ha oído a algún esquiador decir que 50° no son nada pues
ellos han bajado el Escornacabres de Baqueira o la Zapatilla en Candanchú que tienen 90! Si nos fijamos bien, una inclinación porcentual del 100% no equivale a vertical ni mucho menos, sino a 45° de inclinación que, en un descenso largo, son el inicio del esquí de pendiente. En el grado 5 ya estamos hablando de descensos serios que tienen más de 45° en grandes desniveles o más de 50 en pendientes más cortas. A partir del 5.4 ya hablamos de rutas consideradas “extremas” en condiciones normales, como el Pain de Sucre o el Mallory en l’Aiguille de Midi. Los grados 5.5 y 5.6 son los más altos propuestos, pues requieren pendientes de más de 50 o 55°, con dificultades técnicas como estrechamientos, resaltes de roca o navegación y desniveles importantes como los del Nant Blanc, los Austríacos o el descenso de Chantriaux en el Artesonraju. La cotación de exposición viene a definir las consecuencias de una caída, que van
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desde la 1, donde no hay obstáculos más allá de la pendiente, hasta la 4, donde hay paredes altas a sortear o esquivar y donde una caída tendría como consecuencia una muerte segura. Pongamos un par de ejemplos. El Vermicelle en la Cerdanya sería PD+ 4.3/E2 270 m. 45°. PD es la dificultad de subida en alpinismo; 4.3 indicaría que estamos en la parte superior del grado 4, ya que se trata de una pendiente de hasta 45° o secciones cortas de 50°, pero de un desnivel poco importante; E2 nos indica que en caso de caída habría algunos obstáculos como las paredes del corredor o pequeños saltos, y nos podríamos lesionar de forma grave; 45° hace referencia a la inclinación media; y 270 m. al desnivel de las dificultades. La cara norte del Taillón en Gavarnie sería un AD+ 5.3/E4 700 m. 50°. Se trata ya de un descenso serio con secciones complicadas y un desnivel importante por encima de los 45°, y donde una caída, en nieve dura, sería fatal. Esta explicación es necesaria para contar la otra evolución del esquí extremo: la dificultad. A LA VELOCIDAD SE SUMA LA DIFICULTAD Si bien desde principios del siglo pasado ya se esquiaron montañas empinadas, la prio-
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ridad era únicamente el ascenso y el descenso, no buscar una línea más difícil. Esto no sucedió hasta finales de los 60, con Saudan, Briggs, Valeruz y compañía, quienes empezaron no sólo a hacer alpinismo con esquís, sino a buscar líneas atractivas para esquiar y que fueran cada vez más empinadas y complicadas. Primero se acometieron las grandes clásicas, con descensos lógicos que saltan a la vista incluso desde lejos. Pero una vez esquiadas las líneas más evidentes, las nuevas generaciones fueron buscando otros retos, ya fuera explorando nuevos macizos y en altura como vimos en este artículo, o eligiendo líneas más complicadas, primero por su pendiente, y más tarde, al comprobar que lo que pasa de 60° no es esquiable pues la nieve no se engancha a la roca o hielo, por su exposición y complicaciones derivadas de resaltes y paredes de roca o hielo a superar durante el descenso.
Los esquiadores ya no buscaban descensos que saltaran a los ojos, como corredores o grandes palas, sino itinerarios de alpinismo que fueran suficientemente blancos y continuos para poder imaginarse allí dentro con los esquís. Las vías de alpinismo de dificultad moderada (AD+ hasta D+) empezaron a llamar la atención de los esquiadores, acometiéndose dificultades de 5.5, como en el caso de Stefano de Benedetti en la Innominatta en el Mont-Blanc o en la cara este de l’Aiguille Blanche de Peuterey a finales de los 70 e inicios de los 80, o la brutalidad de
BRUNO GOUVY - DRUS EXPRESS VIDEO © DIDIER LAFOND
De esta manera, vinieron actividades con una gran exposición, pues había barras a superar que requerían el uso de rápeles o des-
escalada. La búsqueda de estos itinerarios fue en algunos casos extrema, como en el descenso de la niche de los Drus, una clapa de nieve de 45° de un centenar de metros de largo suspendida en medio de la pared norte, realizado por Bruno Gouvy en los 90. Para acceder a ella, se necesitaba de un largo rápel desde la cima para después de hacer una decena de virajes, volver a tener que rapelar más de 500 metros, o saltar en parapente como hizo el bueno de Gouvy.
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la cara suroeste del Artesonraju por Gérard Chanterieux en 1980. Por no hablar del Nant Blanc por Boivin, o el Pilier d’Angle por Tardivel. Cuando las caras norte de les Courtes o de l’Aiguille de Midi pasaron a ser descendidas por estos esquiadores como simples entrenamientos, nació la necesidad de buscar la dificultad en líneas complicadas de cimas lejanas. Es el caso de la cara sur del Denali por Andreas Fransson, un descenso empinado, largo y con una gran exposición, que requería de numerosos rápeles para poder superar la barra de roca inferior.
m/ Pero al igual que en la escalada se evoluciona de la artificial a la libre o a la red point, en el esquí de pendiente algunos esquiadores empezaron a esquiar los descensos que conocían sin quitarse los esquís y evitando el uso de rápeles o de medios artificiales para descender. El Nant Blanc es considerado uno de los descensos más difíciles de los Alpes, con una graduación de 5.5/E4. Solo había sido repetido una vez en 30 años -por Marco Siffredi en
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snowboard- hasta que Pierre Tardivel, quien en su “Liste de mes premières en ski extreme” contaba ya con numerosas aperturas de la máxima dificultad, sobre todo en los Aravis y el Mont-Blanc, fue el primero en imaginar su descenso sin el uso de rápeles. Después de un intento fallido el año anterior, en junio de 2009, junto a Stéphane Brosse, fue capaz de encontrar un par de travesías, muy expuestas, para contornear las goulottes y barras rocosas que hasta entonces habían requerido del uso de cuerdas. Unos años más tarde, al cumplir los 50, y con más de 100 aperturas en esquí extremo, Pierre buscó nuevos retos, sin cambiar mucho de terreno, pero encontrando en una tabla de snowboard una nueva forma de ver las mismas montañas. Y no tardó mucho en empezar a ampliar su lista, pero ahora surfeando. Jerome Ruby y Dédé Rhem encontraron unas condiciones perfectas para descender la vía Mallory en l’Aiguille de Midi sin rápeles, a finales de los noventa, con sus tablas de snow. En 2013, el inglés afincado en Chamonix Ben Briggs hizo lo mismo con esquís.
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REDESCUBRIR LO CONOCIDO Cuando conocí a Vivian Bruchez, sabía que era un esquiador de pendiente pero poco más. La primera vez que me puse los esquís junto a él fue en la cima del Chardonnet en el otoño de 2012 con la intención de descender el Éperon Migot en su cara norte. En la mitad del descenso había un estrechamiento para superar una barrera rocosa, una chimenea ancha de unos cuantos metros. Al llegar allí vi como Vivian se acercaba a ella hasta que las espátulas y las colas tocaron la piedra, entonces dejó caer su espalda hasta que ésta estuvo apoyada en una de las caras de la chimenea poniendo los esquís en la otra cara. Empezó a bajar, usando la espalda, las manos y los esquís como si estuviera desescalando. “Esto es dry ski”, me dijo mientras yo intentaba comprender cómo podría bajar por allí. Vivian es uno de los esquiadores más creativos que hay en unos Alpes sobre explorados. Siempre anda buscando nuevas líneas que nadie más puede imaginar posibles con los esquís, enlazando las debilidades blancas en las paredes de granito rojo. Con su técnica del dry ski, que básicamente es desescalar con los esquís a los pies, podía encontrar la forma de enlazar estos corredores o placas de nieve suspendidas en medio de una pared. Si bien puede parecer que sea rizar el rizo, tiene su lógica. El descenso es más elegante y fluido, sin las manipulaciones de quitarse y ponerse esquís que supone pera Alex Lafarge, me desplacé a les Courtes der tiempo en buscar los lugares donde codonde escalamos la vía de los suizos. La locar protecciones, instalar la cuerda y reconieve no era suficiente para poder descengerla. También es más comprometido, pues der sin demasiadas maniobras, así que nos la dificultad técnica y la precisión requerida decantamos por la paralela vía de los Ausson muy altas, donde antes uno se descoltríacos, un descenso de 5.5/E4 850 m., esgaba con la seguridad de una cuerda. Pero a quiado por primera vez en 1977 por Daniel veces, la dificultad de estas secciones pueChauchefoin. Desde entonces las repeticiode llevar a que estos “crux” requieran más nes se contaban con una mano. En la cima tiempo que instalar un rápel. nos encontramos con otro par de alpinistas que empezaban a bajar. Los alcanzamos Durante la primavera de 2016, las condiciorápidamente y en el primer rápel, que Alex nes en los Alpes eran espectaculares para y yo pasamos en dry ski, íbamos al mismo el esquí de pendiente. Las grandes cantidaritmo, pero al llegar a donde se hacen los des de nieve polvo en altura hicieron que últimos dos rápeles, una travesía bastante el Couturier en la Aiguille Verte se esquiara expuesta que requería hacer un pequeño como si se tratara de una pista, y en los dessalto hacia delante para buscar una arista censos míticos de Argentière se veían esde nieve desde una vira de roca y una mano quiadores a diario. Con este panorama, junto en una regleta, la dificultad y concentración
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PENDIENTE RADICAL + VELOCIDAD EXTREMA
Durante estos últimos años, Vivian Bruchez en el Mont-Blanc, Paul Bonhomme con sus aperturas en los Aravis, de gran dificultad y compromiso, Roberto y Luca Dallavalle en los Dolomitas , Hervé Dégonon en los Ecrins, o los británicos Ben Briggs y Tom Grant en Nueva Zelanda, entre otros, han llevado al máximo la dificultad en los descensos. Imaginar la línea es la mitad del camino; la otra es un despliegue de técnica y aceptación de un alto compromiso.
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¿Y MAÑANA? Hace unos años, cuando Saudan, Holzer y Valeruz realizaban sus descensos, nadie podía imaginar que 50 años más tarde alguien haría los mismos encadenando giros de freeride a gran velocidad. Quizás ahora nos parezca imposible que alguien descienda el Nant Blanc o los Austríacos en pocos giros, saltando las barras rocosas o haciendo un back flip donde antes se hacían rápeles y hoy dry ski, pero seguro que tarde o temprano, alguien lo hará.
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requerida para pasar con los esquís hizo que la progresión fuera mucho más lenta que la de nuestros colegas que rapelaban. Sin duda, en este caso, la eficiencia no fue la razón del estilo, pero quizás, como en tantas otras actividades en la montaña, la elección más comprometida no se puede entender de ninguna forma racional, sino que hay que buscar en el campo emocional.
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FOTOGRAFÍA: ARCHIVO KTHEM
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