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DIAGRAMACION

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“Soy un hada que se escapó del bosque”

Paula Zamudio Giraldo llegó al modelaje de la manera menos glamurosa posible: tenía 17 años, trabajaba de mesera en Cedritos y quería comprarse un BlackBerry. Desde entonces ha construido una carrera sola, sin ser la favorita de ninguna agencia, sin moverse demasiado en redes, sin pedir permiso. A sus 32 años vive en Bogotá con tres perras que rescató de la calle, se levanta a las 4:30 de la mañana a leer novelas y cree, con una convicción que no negocia, que el amor es la única regla universal. Esta es su historia. La que no se ve en las fotos.

“Soy cien por ciento rola. Hay un tabú con los rolos —que somos fríos, distantes— pero no nos conocen.”

El viernes 10 de abril de 2026 amanece en Chapinero con una luz inusual para Bogotá: radiante, casi indiscreta. En el segundo piso de un edificio de ladrillo, dentro de una salita pequeña de vidrio que se siente como una pecera suspendida sobre la calle, esperamos a Paula Zamudio (Bogotá, 1994). Son las 11:30 am y el sol golpea de lleno la mesa donde las botellas de agua aún están cerradas.

Llega sonriente, con un outfit negro y gris que no compite con su energía sino que la enmarca. Hace dos semanas posó para Shifting Selves, la primera editorial de moda realizada por un colectivo emergente de creativos para Another Magazine. En las fotos, la vimos fragmentada, editada, casi etérea. Hoy, con el cabello suelto y el gesto apurado de quien quiere darse un último retoque antes de empezar, se muestra distinta: menos tímida, más libre, dueña de una presencia que no necesita ser dirigida.

Hay algo en ella que desarma: es modelo, pero habla como alguien que nunca olvidó de dónde viene. Menciona la terapia con la misma naturalidad con que menciona el café —ambos, dice, son hábitos indispensables. Se ríe fácil, llora fácil, y cuando algo le toca de verdad, no lo disimula. “Soy súper sensible”, advierte casi como una declaración de principios. Lo comprobamos en los cien minutos que siguen: una conversación donde la mujer detrás de la imagen deja ver, con calma, las capas de su propia identidad.

Another Magazine: ¿Dónde naciste y cómo describirías el lugar donde creciste?

Paula Zamudio: Nací en Bogotá, soy cien por ciento rola. Hay un tabú con los rolos —que somos fríos, distantes— pero no nos conocen. Somos cálidos. De mi infancia en esta ciudad, la imagen que más tengo presente es la de mi papi llevándome en los hombros, caminando hacia la plaza de Bolívar.

A. M.: ¿Cómo es tu vida hoy?

P. Z.: Vivo sola con tres perras que rescaté de la calle. Me levanto a las 4:30 de la mañana porque me encanta ese momento en que se va la oscuridad. Me hago un café, leo, acompaño a mi mami al bus antes de que empiece el día. Dejé de centralizar a los hombres —estoy soltera, sin hijos, y lo he elegido. Me encanta el silencio, el orden, la cocina limpia. Soy ermitaña.

A. M.: ¿Con qué agencias trabajas y cómo llegaste a ellas?

P. Z.: En este momento estoy con INforma models para ferias de moda y con TAG Model para fotos y publicidad. No firmo exclusividad porque me sale más trabajo independiente —toda mi carrera me la he construido yo sola, nunca he sido la favorita de ningún booker. Con TAG la historia es casi mágica: un día estaba en mi casa diciéndole a Dios que necesitaba una agencia, y me escribieron por Instagram. Creyeron en mí tal como soy —con el cabello alborotado, sin llegar producida como exigen otras agencias— y eso lo valoro enormemente. Con INforma fue diferente. Fui por primera vez a Colombiamoda —que desde adentro es un matadero: llegan modelos de todo el país y te miran horrible— y la agencia con la que iba ni siquiera me había puesto en la lista. Ese día me senté a llorar en las escaleras del centro de eventos. Vi pasar un grupo de modelos muy top, todas estructuradas, todas juntas, y dije: estas tienen que ser de una sola agencia. Era INforma. Intenté hacer un casting por fuera y me dijeron que sin lista no podía entrar. Me volví a sentar a llorar. Un señor que pasó me preguntó por qué lloraba, le conté, y me dijo: vaya, lávese la cara, y al fondo encuentra las oficinas de INforma. Nunca volví a ver a ese señor. Me lavé la cara, llegué a la oficina, me recibió una de las dueñas, le conté todo y me dijo: eres bienvenida. Es muy loco cómo pasan las cosas cuando

uno no se rinde.

A. M.: ¿Y esa misma energía de manifestación fue la que te llevó a estudiar teatro?

P. Z.: Exacto. Cuando salí del reality Colombia Next Top Model (2017) no tenía plata, me vine de Cali y no iba a volver a casa de mis papás. Fui a varias escuelas de teatro buscando una beca y me decían que primero pagara. Llegué a la Academia Charlot, el secretario me dijo que no daban becas pero que le dejara mi número. Tres días después me llamó la dueña. Me dijo: Dios es muy grande contigo. Y yo, ¿por qué? Me dijo: porque yo me veía ese reality por ti. Me becó esa misma tarde. Estudié teatro gratis. Por eso digo que me muevo en la frecuencia del amor —al final, uno atrae lo que es.

A. M.: ¿Cómo eras de niña?

P. Z.: Tímida, flaquita y amorosa. No tenía muchas amigas porque me daba pena hablar. Sufrí bullying por mi cuerpo —demasiado flaca, demasiado alta, la cara muy cuadrada. Tardé muchos años en sanar eso. Si hoy pudiera hablarle a esa niña, le diría: lo hemos hecho increíble. La terapia me ayudó a no juzgarla.

A. M.: ¿Hubo una época en que te sentiste completamente fuera de lugar?

P. Z.: Toda mi adolescencia. De los 16 a los 20 fue muy difícil. Y yo digo: ¿cómo hacen las niñas de hoy, que crecen comparándose con mundos imaginarios en redes? Nosotras al menos crecimos sin eso.

A. M.: ¿Cómo saliste de ahí?

P. Z.: Chicas, la terapia. Y esto es una recomendación y quiero que quede en la entrevista. Las mujeres somos poderosas desde niñas —intuitivas, fuertes. No encajar en un círculo no quiere decir que no pertenezcamos a nada. Mis papás me dieron mucho amor y eso me dio unos cimientos muy sólidos. Yo decía: no tengo unos zapatos hermosos, pero tengo el amor incondicional de mi familia. Y con eso me alcanzó.

A. M.: ¿Qué soñabas ser cuando grande?

P. Z.: Profesora y actriz de teatro. Cuando me gradué le pedí a mi papi que me pagara la carrera de teatro y él me dijo que eso era para marihuaneros. Me puso

a estudiar criminalística para entrar al Ejército. Jamás había llorado tanto como el día que fui a ese examen. No pasé. Y gracias a Dios, porque cuando llegaba a las prácticas y olía el formol, yo decía: yo no veo la vida así. Yo amo los colores, la magia, el olor a las flores. Ahí entendí lo que es la vocación.

A. M.: ¿Cómo llegaste al modelaje?

P. Z.: Tenía 17 años, trabajaba de mesera y quería comprarme un BlackBerry. Un fotógrafo se me acercó y me dijo que tenía perfil de modelo. Meses después terminé saliendo con él —tenía 37 años, vivía en Cali. Fue una relación llena de violencia psicológica. Me decía todo el tiempo que estaba muy flaca, que no tenía nada que llamara la atención. Pero también me empujaba a los castings. Lo llamo mi ángel oscuro: me mostró un mundo diferente, pero no me direccionó bien. Cuando salí del reality, lo dejé, me vine a Bogotá y empecé a construir mi carrera de verdad.

A. M.: Háblanos de la primera vez frente a una cámara profesional.

P. Z.: Fue en Cali, con una diseñadora de joyas. Ese día me mandaron a sacar de la producción porque no sabía qué hacer frente al lente. Tenía 20 años. Salí de ahí y me dije: ¿cómo me va a quedar grande que me hagan fotos? Ahí cambié el chip.

A. M.: La editorial Shifting Selves fue nuestra primera producción como creativos. ¿Qué tal fue trabajar con un equipo que está empezando?

P. Z.: Mira, yo nunca trabajo con estudiantes porque generalmente improvisan. Pero cuando me mandaron el moodboard y me confirmaron que me iban a pagar, dije: estas chicas van en serio. Desde que llegué me sentí como en un trabajo profesional. Me encantó el styling, el nivel de organización, los cuidados en cada detalle. Hay producciones donde uno llega y siente que para el cliente uno es un objeto más. Acá no fue así. Salí feliz.

A. M.: ¿Qué es lo más difícil de ser modelo? No lo obvio.

P. Z.: La falta de empatía. La moda es superficial —todo tiene que ser estético— pero cuando llegamos al apartamento, todos somos humanos. Ese ego, esa comparación constante. También la incertidumbre: ir a un casting con 50

modelos sabiendo que solo eligen a cinco. Eso no lo ve nadie desde afuera. Lo que ven es el glamour. Lo que no ven es la vulnerabilidad.

A. M.: ¿Cuál ha sido el trabajo que más te marcó?

P. Z.: El año pasado, con mi marca favorita, Cemadier. El fotógrafo era mala onda —me miraba horrible, no colaboraba. Yo ese día me dije: no me voy a dejar contaminar. El trabajo fue impecable. Esas fotos las publicaron en Vogue México y son mis favoritas de toda la carrera. Le demostré —y me demostré— que el resultado era mío, con o sin su buena actitud.

A. M.: ¿Cuál es el secreto de un shooting perfecto?

P. Z.: El ambiente. Cuando todos nos reímos y el tiempo pasa ameno, los resultados se reflejan más lindos. El secreto no es técnico —es humano.

A. M.: ¿Qué te apasiona por fuera del trabajo?

P. Z.: Correr. He corrido hasta 10K y participo en maratones. Los libros —subrayo todo lo que me hace vibrar para encontrarme esas frases cuando releo. Pertenezco a un club de lectura virtual de mujeres que ya tiene cuatro años. Y mis perras: verlas oler el pasto y revolcarse me recuerda que el mundo tiene más de lo que uno cree cuando está triste.

A. M.: ¿Qué es lo que más admiras en un ser humano?

P. Z.: Que sepa poner límites. Que te diga no, sin drama y sin enojo, y al rato te esté hablando normal. Eso me parece un superpoder. A mí me cuesta —soy tan buena persona que la gente se aprovecha. Lo estoy trabajando.

A. M.: ¿Le tienes miedo a que la cámara deje de buscarte?

P. Z.: Hace un mes fui a un rodaje y era la mayor del grupo. Me dijeron: tú eres la mujer madura, la de las canas. Sí, un poquito de miedo hay. Vivo de mi físico y el físico cambia. Pero la manera en que estoy transformando ese miedo es preparando a otras modelos. Les digo lo que nadie me dijo a mí: no todas van a llegar a la pasarela, pero todas van a tener que ser autosuficientes.

A. M.: ¿A quién miras cuando necesitas recordar por qué haces esto?

P. Z.: A Coco Rocha. Yo digo: si ella es ese ícono afuera, Paula Zamudio es ese ícono aquí en Colombia. Me lo creo. Ninguna modelo posa como yo poso —lo digo con orgullo, porque me costó muchísimo llegar a creerlo.

A. M.: ¿Qué te falta hacer?

P. Z.: Modelar afuera. Muchas colegas que han estado en China, Corea o Dubai me dicen que me iría muy bien. Me puse como límite el próximo año —tengo 32 y hay puertas que se cierran. Por ahora tengo tres perras, responsabilidades y una vida construida acá. Pero me estoy organizando. Cuando algo es para uno, termina llegando.

A. M.: ¿Cómo te imaginas en veinte años?

P. Z.: Tranquila, con un amor. Quiero eso —siempre lo he dicho: quiero un amor bonito cuando esté viejita, una compañía. Perros, una casa tranquila fuera de la ciudad. Me apasiona la finca raíz, así que me imagino viviendo de eso. ¿Hijos? Es una pregunta que todavía me hago. No tengo la respuesta. Si antes de los 36 llega un hombre excepcional, de pronto. Si no, también está bien. Uno no termina de criarse solo.

A. M.: ¿Qué le dirías a una niña de 12 años que quiere ser lo que tú eres?

P. Z.: Que escuche su intuición. Que lo que hoy le parece un defecto, en el futuro se convierte en su virtud. Y que tenga fe —cuando uno tiene fe, sucede la magia. Lo que te hace vibrar el corazón es lo que está bien. No el consejo de nadie.

A. M.: En algún momento de la conversación dijiste algo que nos detuvo: “Soy un hada que se escapó del bosque.” ¿De dónde sale esa frase?

P. Z.: Me la dijo una amiga hace años y la adopté porque es verdad. En mi casa tengo altares de hadas y de duendes. Creo en la magia, en los árboles, en las raíces. La gente cree que uno está loco cuando habla así. Pero yo digo: fúmatela tú también, porque vivir sin magia es muy aburrido. Bogotá, el trabajo, el ritmo de todo esto te hace olvidar que respirar ya es un milagro. Yo no quiero olvidarme de eso.

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DIAGRAMACION by Kevin Franco - Issuu