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La Bruja de Abril

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La Bruja de Abril

La Bruja DE ABRIL DE ABRIL

En el aire, bajo las estrellas, sobre un río, volaba Cecy. Invisible como los nuevos vientos de la primavera.

“Es primavera” - pensaba Cecy -. Esta noche estaré en todas las cosas vivas del mundo.

-Quiero enamorarme -dijo.

Lo había dicho a la hora de la cena. Y sus padres habían abierto los ojos y se habían reclinado tiesamente en sus sillas.

-Cuidado -le habían aconsejado-. Recuerda que eres una criatura notable. Toda nuestra familia es rara y notable. No podemos mezclarnos o casarnos con gente ordinaria.

Perderíamos nuestros poderes mágicos si lo hiciésemos.

-Sí -suspiró-. Soy de una familia rara.

Dormimos de día y volamos de noche como cometas negras en el viento.

Puedo abandonar mi cuerpo simple y lanzar mi mente a la aventura. ¡Ahora!

El viento la llevó sobre campos y praderas.

Yo no puedo enamorarme porque soy sencilla y rara, pero me enamoraré por medio de alguna otra forma, pensó.

En los campos de una granja, en la noche de primavera sacaba agua de un profundo pozo de piedra y cantaba.

Cecy miró el mundo desde los ojos de la muchacha.

Desde el interior de la oscura cabeza, desde los ojos brillantes, miró las manos que tiraban de la tosca cuerda. Escuchó a través de las orejas de caracol el mundo de la muchacha, sintió que aquel corazón especial batía y batía.

¿Sabrá que estoy aquí? pensó Cecy. La muchacha abrió la boca. Miró fijamente los prados nocturnos.

- ¿Quién está ahí?...

No hubo respuesta.

-Sólo el viento -murmuró Cecy.

La muchacha se rio de sí misma, pero se estremeció.

-Sólo el viento.

Me gustará estar aquí, pensó Cecy.

- ¿Qué? -preguntó la muchacha como si hubiese oído una voz.

- ¿Cómo te llamas? -preguntó Cecy cuidadosamente.

-Ann Leary. -La muchacha se estremeció-.

¿Pero por qué digo esto en voz alta?

-Ann-murmuró Cecy-. Ann, vas a enamorarte.

Como si fuese una respuesta, un trueno estalló en el camino. Apareció un nombre alto que manejaba un carro, sosteniendo las riendas en los brazos monstruosos, y con una sonrisa brillante que cruzaba el patio de la granja.

No hubo respuesta.

-Sólo el viento -murmuró Cecy.

La muchacha se rio de sí misma, pero se estremeció.

-Sólo el viento.

Me gustará estar aquí, pensó Cecy.

- ¿Qué? -preguntó la muchacha como si hubiese oído una voz.

- ¿Cómo te llamas? -preguntó Cecy cuidadosamente.

-Ann Leary. -La muchacha se estremeció-.

¿Pero por qué digo esto en voz alta?

-Ann, Ann -murmuró Cecy-. Ann, vas a enamorarte.

Como si fuese una respuesta, un trueno estalló en el camino. Apareció un nombre alto que manejaba un carro, sosteniendo las riendas en los brazos monstruosos, y con una sonrisa brillante que cruzaba el patio de la granja.

- ¡Ann!

- ¿Eres tú, Tom?

- ¿Quién otro podía ser?

Tom saltó del carro

- ¡Yo no hablo contigo!

Ann dio media vuelta con el balde en la mano, salpicando el suelo.

- ¡No! -gritó Cecy. - ¡Me he vuelto loca! - dijo

Ann

-Así es -asintió Tom, sonriendo, pero sorprendido-.

-No sé. ¡Oh, vete!

En las mejillas de Ann brillaban rosados carbones.

- ¿Por qué no corres? No te retengo. -Tom se incorporó-. ¿Has cambiado de parecer? ¿Irás al baile conmigo esta noche? Es un baile especial.

-No -dijo Ann.

- ¡Sí! -gritó Cecy-. Nunca bailé, Nunca llevé un largo vestido. Quiero bailar toda la noche. Oh, por favor… debemos ir al baile.

Cecy extendió sus pensamientos como dedos dentro de un guante nuevo.

-Sí -dijo Ann Leary-. Iré. No sé por qué, pero iré contigo al baile esta noche, Tom.

- ¡Ahora adentro, pronto! -gritó Cecy-. Debes lavarte, preparar el vestido, calienta la plancha. ¡A tu cuarto!

-Mamá -dijo Ann-, ¡he cambiado de parecer!

La muchacha se metió en la bañera, y Cecy movió la boca, modelando la sonrisa, guiando los movimientos de Ann. No podía permitirse una pausa, ni un titubeo, ¡o toda la pantomima se haría pedazos! Había que obligar a Ann Leary a moverse, a actuar, a lavarse aquí, a enjabonarse allá. Ahora, ¡fuera! ¡Sécate con una toalla!

- ¡Tú! -Ann se vio en el espejo -. ¿Quién eres esta noche?

-Soy una muchacha de diecisiete años. -Cecy la miró-. No puedes verme. ¿Sabes que estoy aquí?

Ann Leary sacudió la cabeza.

-Le he alquilado el cuerpo a alguna bruja de abril.

- ¡Cerca, muy cerca! -rio Cecy-. Bueno, ahora con tu vestido.

- ¡Ann! ¡Llegó Tom!–Dijo la mamá de Ann...

-Dile que espere. -Ann se sentó de pronto-. Dile que no voy al baile.

- ¿Qué? -dijo su madre en la puerta.

Cecy volvió rápidamente a su puesto. Había sido un descuido fatal, había dejado el cuerpo de Ann un fatal instante.

- ¡Ann!

- ¡Dile que se vaya!

Cecy se calmó y extendió sus pensamientos.

- ¡Ann!

Pero Ann se había revelado.

- ¡No, no, LO ODIO!

No debía haberme ido, ni siquiera un momento.

Cecy derramó su mente en las manos de la muchacha, en el corazón, en la cabeza.

De pie, pensó.

Ann se incorporó.

Ponte el abrigo.

Ann se puso el abrigo.

Ahora, ¡en marcha!

-“¡No!” - pensó Ann Leary.

¡En marcha!

-Ann -dijo la madre-, no hagas esperar a Tom. Sal y déjate de tonterías. ¿Qué te pasa?

-Nada, mamá. Buenas noches. Volveremos tarde.

Ann y Cecy corrieron juntas hacia la noche de primavera.

Oh, es una hermosa noche -dijo Cecy.

-Oh, es una hermosa noche -dijo Ann.

-Estás rara. -dijo Tom.

La música los hacía girar en la oscuridad, en ríos de canciones, se tomaban el uno del otro como si estuviesen ahogándose, y giraban otra vez, con movimientos de abanico, con murmullos y suspiros al compás de Hermoso Ohio.

Cecy tarareó. Los labios de Ann se abrieron y salió música.

-Sí, estoy rara -dijo Cecy.

-No eres la misma -dijo Tom.

-No, no esta noche.

-No eres la Ann Leary que conozco.

-No, de ningún modo, de ningún modo -murmuró

Cecy -. No, de ningún modo -dijeron los labios de Ann.

-Tengo una sensación rarísima -dijo Tom.

- ¿Acerca de qué?

-Acerca de ti. -Tom apoyó la mano en la espalda de Ann y la hizo bailar mirando la cara resplandeciente de la muchacha, buscando algo-.

Tus ojos -dijo-, no puedo verlos realmente.

- ¿Me ves? -preguntó Cecy.

-Una parte tuya está aquí, Ann, y otra parte no está.

Tom la hizo girar cuidadosamente, perturbado.

-Sí.

- ¿Por qué viniste conmigo?

-Yo no quería venir -dijo Ann.

¿Por qué, entonces?

-Algo me obligó.

- ¿Qué?

-No sé. -La voz de Ann era casi histérica.

Murmuraron y susurraron y se alzaron y cayeron en la sala oscura, con la música que se movía y le hacía girar.

-Pero has venido al baile -dijo Tom. -Sí -dijo Cecy. -Vamos.

Y Tom la llevó bailando ligeramente hacia una puerta abierta y la hizo caminar en silencio alejándola de la sala y la música y la gente. Subieron al carro y se sentaron juntos.

-Ann -dijo Tom, tomándole las manos, temblando-. Ann. -Pero dijo el nombre de ella como si no fuese su verdadero nombre. Se quedó mirando aquel rostro pálido. Yo te quise siempre, lo sabes -dijo.

-Lo sé.

-Pero tú fuiste siempre veleidosa y yo no quería sufrir.

-No tiene importancia, somos muy jóvenes.

-No, quiero decir lo siento -dijo Cecy.

- ¿Qué quieres decir?

Tom dejó caer las manos de Ann y se endureció.

-No sé -dijo Ann.

-Oh, pero yo lo sé -dijo Cecy-. Eres alto, y el hombre más atractivo del mundo; recordaré siempre que he pasado esta noche contigo. Cecy extendió una mano fría y extraña hacia la mano temerosa de Tom, y la acercó y la apretó y calentó.

-Pero -dijo Tom, parpadeando- esta noche estás aquí, estás allí. En un instante de un modo, y en el siguiente de otro. No pensaba en nada al principio, cuando te lo pedí. Y luego, cuando estábamos junto al pozo, supe que algo había cambiado, realmente. Estás distinta… -Tom buscó a tientas la palabra-. No sé. No puedo decirlo. El modo en que miras. Algo en tu voz. Y ahora sé que estoy enamorado de ti otra vez.

-¡NO! -dijo Cecy-, de mí, de mí.

-Y temo estar enamorado de ti -dijo Tom-. Me harás daño otra vez.

-Sí -dijo Ann.

No, no, ¡te quiero de veras! pensó Cecy. Ann, díselo, díselo por mí. Dile que lo quieres de veras. Ann no dijo nada. Tom se acercó suavemente un poco más y alzó la mano para tomarle la barbilla.

-Me voy, Ann. Conseguí un trabajo a ciento cincuenta kilómetros de aquí. ¿Me extrañarás?...

-Sí -dijeron Ann y Cecy.

Ann salió del carro corriendo.

Tom salió corriendo detrás de Ann.

-Ann espera- dijo tom.

-Detende- pensó Cecy

Ann se detuvo en seco.

Tom tomo de la mano a Ann.

- ¿Puedo despedirme de ti con un beso, entonces?

-Sí -dijo Cecy antes de que ningún otro pudiese hablar.

Tom apoyó los labios en aquella extraña boca.

Ann parecía una estatua blanca.

- ¡Ann! -dijo Cecy-. ¡Mueve tus brazos, abrázalo!

Ann era como una muñeca de madera.

Tom la besó otra vez.

-Te quiero -susurró Cecy-. Estoy aquí. Me ves a mí en los ojos de Ann. Y yo te quiero a pesar de que ella no lo haga.

Tom se apartó y pareció un hombre que hubiese corrido una larga distancia.

-No sé qué pasa -dijo-.

Durante un momento…

- ¿Sí? -preguntó Cecy.

-Durante un momento pensé… -Se llevó las manos a los ojos-.

No importa.

¿Te llevo ahora a tu casa? -pregunto Tom con voz temblante.

-Por favor -dijo Ann Leary.

Ambos se subieron al carro.

Iban en las sacudidas y crujidos movimientos del carro iluminado por la luna, en la todavía

temprana noche -eran sólo las once- noche primaveral, y los campos brillantes y los suaves prados de trébol pasaban deslizándose.

Y Cecy, mirando los campos y prados, pensaba: daría cualquier cosa, sí, lo daría todo por estar siempre con él desde esta noche. Y oyó otra vez la voz de sus padres, débilmente: “Cuidado. No querrás perder tus poderes mágicos, casándote con un simple mortal. Cuidado.”

Sí, sí, pensó Cecy, hasta a eso renunciaría, ahora mismo, si él me tuviese en cambio. No necesitaría entonces pasear en las noches de primavera, no necesitaría vivir en pájaros y perros y gatos y zorros. Sólo necesitaría estar con él. Sólo con él. Sólo con él.

El camino pasaba debajo de ellos, suspirando.

-Tom -dijo Ann al fin.

Tom miraba fríamente el camino, los árboles, el cielo, las estrellas.

- ¿Qué?

-¿Me harías un favor?

-Quizás.

Ann Leary habló con una voz vacilante y torpe:

- ¿Me harías el favor de ver a una amiga mía?

- ¿Por qué?

-Es una buena amiga. Te he hablado de ella. Te daré su dirección. Un momento. -El carro se detuvo ante la casa de Ann y la muchacha sacó lápiz y papel de su pequeño bolso y escribió a la luz de la luna, apoyando el papel en la rodilla-.

Toma. ¿Se lee bien?

Tom miró el papel y asintió aturdido.

- ¿La visitarás algún día? -preguntó Ann.

-Algún día -dijo Tom.

- ¿Me lo prometes?

- ¿Qué tiene que ver esto con nosotros? -gritó Tom furiosamente-. ¿Para qué quiero papeles y nombres?

- ¡Oh, por favor, promételo! -suplicó Cecy.

-…promételo -dijo Ann.

- ¡Muy bien, muy bien, déjame en paz! -gritó Tom. Estoy cansada, pensó Cecy. No aguanto más.

Tengo que ir a casa. Me siento débil. Mi poder sólo alcanza para pasar unas pocas horas como éstas, de noche, viajando. Pero antes de irme… -… antes de irme…. -dijo Ann.

Besó a Tom en la boca.

-Soy yo quien te besa -dijo Cecy.

Tom se apartó y miró a Ann Leary, adentro muy adentro. No dijo nada, pero se le ablandó la cara, lentamente, muy lentamente, y los rasgos se le desdibujaron, y la boca perdió su dureza, y miró otra vez el interior de aquel rostro bañado por la luna.

Luego bajó a Ann del carro y sin siquiera unas buenas noches se alejó rápidamente camino abajo.

Cecy dejó el cuerpo de Ann.

Cecy se demoró allí cerca unos instantes. Pensó en sí misma, su familia, y sus extraños poderes, y en que nadie de su familia podía casarse con ninguna de las gentes de aquel vasto mundo, más allá de las colinas.

- ¿Tom? -Su mente cada vez se debilitaba más -. ¿Tienes todavía el papel, Tom? ¿Vendrás algún día, algún año, alguna vez, a verme? ¿Me conocerás entonces? ¿Me mirarás a la cara y recordarás entonces cuando me viste por última vez, y sabrás que me quieres como yo te quiero, de verdad y para siempre?

Se detuvo en el fresco aire de la noche, a un millón de kilómetros de pueblos y gentes, sobre granjas y continentes y ríos y montañas.

- ¿Tom?... -preguntó suavemente.

La Bruja de Abril

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