Skip to main content

Siete llaves para abrir los sueños C - Alfredo Gómez Cerda / David pintor

Page 1

LA VENTANA DE

RODARI


Una mañana de primavera, cuando las flores silvestres teñían de colores los prados ondulados de la región italiana de Umbría, un escritor llamado Gianni Rodari acudió a la escuela de un pueblo pequeño, situado entre Perugia y Foligno. Los alumnos de dicha escuela llevaban días esperando la visita. Habían engalanado los pasillos con dibujos y, en el vestíbulo, habían colocado un retrato grande del escritor, que la profesora se había atrevido a copiar de una fotografía. Con enormes letras de colores, habían conformado una frase a su alrededor:

Benvenuto alla nostra scuola, GIANNI RODARI El escritor llegó a media mañana en un automóvil negro, que conducía otra persona. Lo recibieron dos niñas y dos niños en la puerta, que hicieron de anfitriones, y le enseñaron todas las dependencias del colegio: las aulas; el comedor, que también hacía las veces de gimnasio; la biblioteca; el laboratorio, donde tenían expuesta en una vitrina una colección de fósiles; los servicios de los alumnos, que eran nuevos…

13


Una vez concluido el recorrido, los cuatro pequeños anfitriones llamaron a la puerta del despacho de la directora Floriani, e hicieron las presentaciones. A continuación, todos juntos se dirigieron hasta el salón de actos, donde esperaban con impaciencia los demás. El salón de actos también servía de capilla y, durante los fines de semana, de cine. El escritor fue recibido con un aplauso y otros dos niños, visiblemente nerviosos, hicieron la presentación. Esto debió de ocurrir hacia 1968, pues Gianni Rodari habló del próximo libro que iba a publicar: «Veinte historias más una». Por desgracia, en el colegio, que existe aún, no hay constancia de la fecha de la visita y los profesores que daban clase entonces o ya están muertos o no lo recuerdan. El escritor habló de muchas más cosas y respondió a todas las preguntas que los alumnos le plantearon. A continuación, les propuso un juego, que consistía en inventar una historia a partir de algunos elementos. Fue un acto largo que a todos los asistentes, empezando por los niños y niñas, se les hizo muy corto. Finalmente, y como colofón, contó un cuento. Era la historia de una nube oscura que cubría una ciudad. Amenazaba tormenta. A media tarde, un relámpago iluminó las calles y un trueno hizo vibrar los cristales de las ventanas. Cuando parecía que iba a caer un chaparrón, solo cayeron cuatro gotas.

14


¡Cuatro! Fue explicando dónde cayó cada una de ellas hasta que llegó a la cuarta. La cuarta gota cayó en el cristal de una ventana y... Entonces, el escritor se volvió en busca de una pizarra donde poder dibujar la ventana, como acostumbraba. Pero, a su espalda, solo había una cortina. Miró a un lado y a otro. ¡Nada! Se encogió de hombros, alzó su brazo derecho y les mostró a todos el dedo índice. –Mirad atentamente. Este dedo va a dejar de ser un dedo y se va a convertir en un lápiz mágico –dijo–. Y, con él, dibujaré una ventana. Todos vieron cómo dibujaba en el aire una ventana rectangular. Y con aquella ventana, que quedó colgada en el aire, continuó el cuento, donde se desvelaba la historia de la cuarta gota de lluvia, la que cayó precisamente en el cristal de la ventana y una vez allí… Chiara estaba sentada en la primera fila y seguía la historia embelesada, con la boca abierta. Sus ojos podían ver perfectamente la ventana imaginaria que el escritor había dibujado con su dedo y que flotaba misteriosamente. Y, por supuesto, veía la cuarta gota de lluvia resbalándose por el cristal con movimientos controlados. Al final del cuento, todos los niños de la escuela que asistieron al encuentro literario con Rodari aplaudieron

15


a rabiar. A continuación, rodeándolo, lo acompañaron hasta el vestíbulo, donde habían preparado una mesa. En primer lugar, la directora le entregó el libro de honor del colegio para que firmara y, después, una botella de vino y un torciglione, pues habían pensado que el mejor detalle que podían tener con él era obsequiarle con los productos típicos de la tierra. –Vino rosso de Montefalco –le explicó la directora Floriani–. El torciglione se hace de manera tradicional desde hace siglos. El libro de honor del colegio, como tantas otras cosas, también se ha perdido. Los niños ya habían hecho una fila para que el escritor les dedicara sus libros. –¿Cuál es tu nombre? –Me llamo Domenico. Chiara era la única niña que aún permanecía en el salón de actos. Cuando todos se marcharon, se puso de pie y se quedó mirando la ventana que el escritor había dibujado con su dedo y que seguía colgada del aire. Se acercó a ella, la abrió y miró al otro lado. Lo que vio le hizo sonreír. Después la cerró. Estuvo pensando un rato. Giró la cabeza a derecha e izquierda, para cerciorarse de que no había nadie más en el salón y, con decisión, agarró la ventana con las dos manos. Como se imaginaba, era muy liviana. Con ella en

16


alto, se dirigió hacia la salida. Confiaba en que todos sus compañeros estuvieran pendientes del escritor y ninguno reparase en ella. Sin embargo, Giuseppina se la quedó mirando con gesto de curiosidad. –¿Por qué llevas los brazos en alto? A la compañera solo le había extrañado verla con los brazos levantados, lo que quería decir que la ventana de Rodari seguía siendo invisible para todos, excepto para ella. Se encogió de hombros. –Estoy haciendo ejercicios con los brazos. Como si tal cosa, continuó caminando hasta salir del colegio. Nadie se lo impidió, porque ya era la hora de salida y el conserje había abierto la puerta de la calle. Su casa estaba cerca. Por suerte, durante el camino, no se encontró con nadie conocido, aunque algunas personas se la quedaron mirando con gestos de extrañeza, gestos que confirmaron a Chiara que solo ella podía ver la ventana. Como su casa no tenía ascensor, tuvo que subir los tres pisos con la ventana a cuestas. La dificultad no estaba en su peso, sino en la angostura y en la falta de luz de la escalera. No quería, de ningún modo, golpear la ventana, o simplemente rozarla. Se trataba, sin duda, de una ventana extraordinaria y cualquier arañazo le parecía una profanación.

17


La dejó en el suelo, apoyada en la pared, y abrió la puerta de su casa. A esa hora no habría nadie. Volvió a cogerla y la introdujo con mucho cuidado. Tuvo que sortear los trastos que había por el suelo, hasta llegar a su habitación. Pensó esconderla en algún sitio, pero enseguida se dio cuenta de que no haría falta, pues solo ella podía verla. La dejaría colgada en el aire, como había estado en el salón de actos del colegio, como la dibujó el escritor Rodari con su dedo, que había dejado de ser dedo para convertirse en lápiz. Al cabo de quince minutos, llegó su madre y, sin saludarla siquiera, se metió en la cocina. –Esta mañana ha estado Rodari en el colegio –trató de contarle. –¿Rodari? ¿Quién es ese? –Un escritor. La madre puso una cazuela en el fuego y comenzó a rezongar entre dientes, ignorando las palabras de su hija. A Chiara, que estaba acostumbrada, no la sorprendió y volvió a su habitación. Sonrió al ver la ventana colgada del aire. La abrió de par en par y se asomó al otro lado. Todo su rostro se iluminó, como si hubiese visto algo maravilloso. Al poco rato, llegó su padre y, dos minutos después, comenzaron los gritos. A Chiara tampoco la sorprendió, pues era la historia de todos los días de su vida. Miraba hacia atrás, todo lo atrás

18


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Siete llaves para abrir los sueños C - Alfredo Gómez Cerda / David pintor by kalandraka.com - Issuu