Los Teleamores de un Operador

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Los Tel eamo re s de un

O pe ra do r Por FLORENCIO CRUZ CERVANTES

HACIA varios meses que, por equivocación tal vez, ostentaba el nombramiento de telegrafista en la oficina de Zacatecas, Zac., pero su intervención era odiosa en todos hilos, de donde generalmente salía a fuerza de palabras nada halagadoras, debido a su ineptitud. En esta noche era la primera vez que osaba dar "adelante” a un empleado de la Central (por el hilo auxiliar). Hizo notar que no había otro empleado disponible y solicitó se le transmitiera a un paso moderado. El magnánimo operador empezó a transmitirle sus telegramas dando al practicante el tiempo suficiente para cambiar el papel entre mensaje y mensaje; sin embargo, el nerviosismo de quien recibía era tal que se le perdían las teclas máquina, al grado de que ni bien había escrito el número de palabras cuando el transmisor ya iba en el destinatario. Las interrupciones se repitieron con tanta frecuencia, que sucedió lo inevitable: —A volar chícharo ingrato... al empleado. —Ya le dije que no hay otro. —De todos modos, te largas a molestar a otra parte, inútil. —¡Qué majadero! Mida sus palabras que está tratando una dama. Siguió un breve silencio. —¿Con una dama? —Si señor; es cierto que todavía no puedo, pero por elemental caballerosidad debe usted guardarme consideraciones, al menos con su lenguaje. —Perdón señorita; pero es que... usted sabe... el servicio… —El servicio no está reñido con la educación... —Le ruego que lo olvide. Le voy a transmitir, aguce su oidito y corte cuantas veces quiera; pero, ¿cómo se llama? —Aurora Hernández, y me firmo "AH"; transmítame decentemente y evitemos dificultades. Decentemente, ¡bah! La guardia transcurrió entre piropos hábilmente distribuidos entre cortada y cortada de “AH”, la que si no los correspondía tampoco los rechazaba. Al final de una veintena de mensajes, "AH" decidió retirarse a descansar, no sin antes despedirse con coquetería: —Buenas noches, señor "Espada"; espero que no le den pesadillas por mi recepción.

—De ninguna manera, encanto... fue un placer "conocerte", me gustaría que me atendieras mañana. —Mañana lo molestaré de nuevo; después de todo, no es tan malo como parece. —Será un placer, primorcito. Abur. Es natural entre telegrafistas forjarse una idea de su compañero del otro extremo del hilo, casi siempre desconocido en persona; y se debe, acaso, a que un extraño magnetismo se establece entre ellos mediante el persistente sonar de su aparato y el trémolo de sus ágiles dedos; ellos, con el incesante enlace de palabras se atan por fuerza espiritualmente. Y ésta es la razón por la cual la amistad entre telegrafistas se cultiva tan sinceramente como no es posible entre compañeros de otros ramos. Un ejemplo de esta fraternidad, que por cotidiano pasa inadvertido, se patentiza cuando el compa llega al lugar de su nueva comisión; sus compañeros solícitos le procuran alojamiento; lo recomiendan en la casa de asistencia y por lo regular, alguien se hace fiador mientras llega el día de la quincena. En cuanto al amor, éste se manifiesta a veces impetuoso; a veces apasionado y tierno porque las palabras a pesar de la distancia, se dicen al oído y calan hondo. Sus romances son fantásticos. El telegrafista se enamora por lo regular de una utopía, por lo mismo hermosa. Idealista, producto de su ambiente, vive acariciando la esperanza de que sus sueños se hagan realidad. Pero volvamos a la historia. El gusanillo del amor empezó a cosquillear el corazón del "espada". Durante las guardias siguientes se gestó el idilio. Se rompió el "turrón" o las palabras del "espada" eran cada vez más amorosas, hasta que, después de algún tiempo, una noche le declaró su rendido amor a, "AH". —Pero si soy muy fea, ¿cómo vas a quererme? —inquirió ella. —Tú eres mi ideal; no te conozco, pero sé que eres la mejor mujercita del mundo —afirmó él con convicción. "AH" se encontraba en un callejón sin salida. ¿Cómo desilusionar a aquel hombre a quien debía sus actuales aptitudes? Pero también su entrenamiento le era todavía indispensable; en fin, nada perdería ella estando tan lejos uno del otro. —Tú debes tener novia en la capital —se defendió débilmente "AH". —No; tú serás la única —replicó el "espada". "Cuernos retorcidos", pensó "AH"; sin embargo, le dio el "sí". El romance era como cualquier otro: manifestaciones de celos del uno y de la otra.


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