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Rubén Camilo Lois (coord.), Jesús Manuel González y Luis Alfonso Escudero
3.4. LA DIVERSIDAD INTERNA DE LA POBLACIÓN URBANA Y LA EXISTENCIA DE PROCESOS DE SEGREGACIÓN ESPACIAL
La ciudad y el conjunto de sus periferias urbanas son espacios privilegiados para la concentración de las actividades productivas, y el desarrollo del comercio y los servicios, como hemos tenido oportunidad de analizar en los tres epígrafes precedentes. A partir de ahora nos interesará conocer las características específicas de la población y la sociedad que habita en las urbes. Por una parte, el efectivo demográfico de las ciudades es más dinámico y está sometido a numerosas influencias externas. Se trata de una población abierta, donde los movimientos migratorios y la movilidad son atributos directamente asociados al modo de vida urbano. Por otra, los habitantes de las localidades importantes suelen ser más jóvenes que los de sus entornos rurales, aunque esto no signifique en todos los casos la existencia de unos registros de natalidad y, por supuesto, de fecundidad más elevados. En tercer lugar, la población de las ciudades expresa perfectamente la compleja organización económica del sistema capitalista y, en paralelo, muestra una estructura social contrastada, reflejo de las desigualdades de clase (de acceso a la vivienda, nivel y tipo de consumo, etc.) que se dan en el momento presente. Estamos ante una comunidad con un gran número de individuos, que también pueden diferenciarse según su origen, cultura o religión, lo que acrecienta la idea de diversidad interna de la sociedad urbana, que tratará de ser abordada en sus principales trazos. Por último, las desigualdades reseñadas se manifiestan en fenómenos de segregación, con la existencia de barrios ricos, pobres e intermedios en todas la urbes, las diferencias en los tipos de vivienda a lo largo de la ciudad, la presencia de sectores donde se concentra la población de un determinado grupo nacional, étnico o de raza, y en definitiva la traducción en el espacio urbano de los contrastes internos de la sociedad contemporánea. En las siguientes páginas se abordarán todas estas cuestiones, cuya interpretación no acabará aquí, sino que en el siguiente apartado se continuará el análisis de la población y las colectividades urbanas a partir de las dinámicas de habitabilidad y los problemas acceso a la vivienda en los grandes núcleos. Numerosos autores han coincidido en señalar que la población de las ciudades debe definirse en primer término como una población abierta (Bastié y Dezert, 1980; Zárate, 1991); esto es, una población donde los intercambios con el exterior son esenciales para comprender su estructura y procesos internos. En este sentido, las comunidades urbanas se distinguen perfectamente de las rurales que se muestran como mucho más cerradas y homogéneas, cuya composición depende sobre todo de la evolución de sus propios efectivos demográficos. En las poblaciones urbanas, por su parte, los contactos con el exterior son hegemónicos (y lo acabamos de ver tanto con las teorías del lugar central, como con los conceptos de ciudad global y terciarización), y su crecimiento y estructura es consecuencia de su movimiento natural, pero de forma especial de los aportes migratorios. En múltiples trabajos se ha constatado que en períodos de fuerte incremento de la población de las ciudades, esta ha obedecido más a la inmigración que al propio dinamismo generado en su interior. Aunque en los últimos decenios, muchos núcleos