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Hojitas de Fe 343 - La lucha contra las tentaciones

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Permaneced en Mí

9. Vida espiritual

Hay declarada una guerra no sólo contra las sugestiones del espíritu del mal, contra el príncipe que domina en los aires, contra el diablo y sus ángeles, invisibles agentes de la iniquidad, sino también contra ti mismo. Debes, sí, declarar guerra a tus malas costumbres y a las inclinaciones inveteradas de la mala vida que te arrastran al pecado habitual e impiden renovarte. Se te impone, por tanto, una vida nueva, y tú eres hombre viejo. Te elevas con la alegría de la renovación y desciendes con el peso de tus antiguas costumbres; y aquí comienza la guerra contra ti mismo. Pero desde el momento en que empiezas a sentir disgusto de ti mismo, estás ya en el principio de la unión con Dios, y por esta parcial unión te haces apto para vencerte a ti mismo, pues vive en ti el que triunfa de todos los obstáculos.

La vida de los santos ha consistido en esta lucha continua; y en esta guerra tendrás que luchar tú hasta que mueras.

1º El tentador. La sugerencia del diablo puede llegar a vencerte si tú consientes; pero no puede rendir al que no consiente. El diablo está en acecho para ver cuándo resbala tu pie, a fin de hacerte caer en tierra. El observa tu talón; tú atiende a su cabeza. Su cabeza es el principio de la mala insinuación. Por tanto, apenas empiece a sugerirte malos deseos, recházale pronto, antes de experimentar algún agrado que pueda arrastrar tras de sí el consentimiento. De este modo tú esquivarás su cabeza y él no podrá apresar tu talón. Siempre que te venga a la mente el deseo de algo ilícito, aparta de él tu atención, para no consentir. Esta imaginación es la cabeza de la serpiente: aplástala y te librarás de otros movimientos pecaminosos. Te sugiere, por ejemplo, la idea de lucro, y te presenta una ocasión en que fácilmente podrías obtener grandes ganancias: basta que uses del fraude para tener el oro a montones y ser rico. He aquí la cabeza de la serpiente: pisotéala, desprecia su instigación. Te ha deslumbrado con tal gran cantidad de oro, pero ¿de qué te sirve ser dueño del mundo, si tu alma sufre daño? (Mt. 16 26). ¡Piérdase el mundo entero con


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