Mi vivir es Cristo
3. Fiestas del Señor
Teniendo como deber, por exigencias de mi ministerio apostólico, exhortar a todos a observar puntualmente el cumplimiento de la santa Cuaresma, y de esta forma poder recibir dignamente a Jesucristo en la solemnidad pascual, se abren mis labios espontáneamente con las palabras con que la Sagrada Liturgia inicia este tiempo de retiro, ayuno y oración: «Dejando atrás el tiempo pasado en la somnolencia y en la ociosidad, levantémonos con presteza de nuestro sueño y, puesto el cilicio, cubrámonos de ceniza, y con ayunos y llantos invoquemos al Señor; haciendo penitencia para enmendarnos del mal que por ignorancia o malicia hayamos cometido».
Y aunque esta exhortación a la penitencia asuste demasiado al espíritu del mundo, entremos nosotros en el espíritu de la Iglesia que, como Madre benigna, ha mitigado todas estas prácticas santas, y recordemos al menos las palabras de San Pedro dirigidas a los cristianos de su tiempo: «Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, da vueltas a vuestro alrededor, buscando a quién devorar: resistidle fuertes en la fe» (I Ped. 5 8-9); pues, practicando estos santos consejos, la santa Cuaresma será indudablemente un tiempo aceptable, un tiempo de salvación.
1º Necesidad de la penitencia. La recta razón y la fe nos manifiestan conjuntamente esta verdad: que en el mismo momento en que, en el paraíso terrenal, se rompió la amistad con Dios, se suscitó dentro de nosotros la concupiscencia, incentivo y alimento de las más escondidas pasiones, germen de los vicios y causa fatal de la guerra entablada entre la carne y el espíritu, y que San Pablo describe con magistrales trazos y elocuentes palabras cuando dice: «Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, mas llevo otra ley en mis miembros opuesta a la ley del espíritu, que me hace esclavo de la ley del pecado.¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rom. 7 22-24). El único remedio para obtener esta liberación es combatir en nosotros mismos esa raíz que es la causa principal de nuestros vicios y pasiones; y como nuestro gran enemigo es la carne, habrá que humillarla para reconducirla a su verdadero