Vigilad, orad, resistid
11. Defensa de la Fe
La Misa nueva tiene ya 50 años; razón por la cual un sinfín de católicos no han conocido otra Misa en su vida, y tal vez ni siquiera saben que antes había otra Misa, una Misa radicalmente distinta; razón también por la cual nuestra crítica a la Misa nueva puede parecerles escandalosa, como si fuera un ataque contra el culto que la Iglesia rinde a Dios y a Jesucristo. Para otros católicos, tal vez más leídos, la Misa nueva se acercaría más que la Misa tradicional a las antiguas celebraciones de la Iglesia primitiva, y sería así, en realidad, una vuelta a la tradición antigua de los primeros cristianos; pero esa creencia se funda totalmente en la confianza depositada en las ficciones litúrgicas de los teóricos del MOVIMIENTO LITÚRGICO, que imaginan cómo habrían sido las antiguas celebraciones, en base a postulados comunitarios y democráticos, para poder justificar luego su innovación litúrgica, más acorde con la mentalidad del hombre moderno, pero sin precedente alguno en la historia de la Iglesia. Se impone, pues, un cotejo o confrontación entre las dos Misas, tomando como criterio único de este cotejo la doctrina constante de la Iglesia. Justifiquemos primero por qué es ese el criterio a cuya luz debe realizarse dicha confrontación, y procedamos luego a la misma.
1º La doctrina inmutable de la Iglesia, criterio para examinar cualquier novedad. La Iglesia de Cristo ha sido instituida con una doble misión: una misión de fe y una misión de santificación de los hombres redimidos por la sangre del Salvador. Debe llevar a los hombres la fe y la gracia: la fe por medio de su enseñanza, y la gracia por medio de los Sacramentos que le confió Nuestro Señor Jesucristo. Su misión de fe consiste en transmitir a los hombres la revelación de las verdades sobrenaturales que Dios ha hecho al mundo, y en conservarlas a través de los siglos sin ningún tipo de alteración. Por eso la Iglesia católica es, ante todo, la fe inalterable; es, como dice San Pablo, «la columna y firmamento de la verdad» (I Tit. 3 15) que, a lo largo de los siglos, es siempre fiel a sí misma e inflexible testigo de Dios, en medio de un mundo envuelto en perpetuos cambios y contradicciones.