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Hojitas de Fe 321 - No podemos ser indiferentes a la nueva Misa

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Vigilad, orad, resistid

11. Defensa de la Fe

Este año se cumplen los 50 años de la promulgación del nuevo rito de la Misa por parte del Papa Pablo VI; rito al que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X le cuestionó siempre la legitimidad, esto es, el carácter de verdadera ley, por cuanto se opone al bien común de la Iglesia, y a la expresión íntegra de la fe católica en el Santo Sacrificio que en ella se renueva. Muchos problemas se le resolverían a la Fraternidad si al menos fuera indiferente a la Nueva Misa. Roma no le pide otra cosa. De tantos católicos perplejos por la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, muchos han creído que lo malo del nuevo rito venía sólo de la manera de celebrarlo, y peregrinan por las parroquias buscando sacerdotes que celebren con piedad y no den la comunión en la mano. Otros saben que la diferencia no está en los modos del sacerdote, sino en el mismo rito, y reclaman la Misa tradicional arguyendo el enriquecimiento que implica la pluralidad de ritos: el nuevo es bueno, pero el antiguo también: ¡mejor entonces los dos! Aunque en Roma no hay tontos, han dejado correr esta excusa para los grupos tradicionales que se ampararon en la Comisión «Ecclesia Dei». Pero en Roma molesta nuestra Fraternidad porque no sólo no dice que es buena, sino que la combate como perversa. Si al menos guardáramos indiferencia –¡que los demás recen como quieran!–, Roma nos dejaría en paz. Pero ahí está precisamente la cuestión: ¿Podemos ser indiferentes a la Misa Nueva?

1º No cabe indiferencia ante la Cruz de Cristo. La víspera de su Pasión, llegada la hora de ofrecer a su Padre el sacrificio redentor, Nuestro Señor hizo un pacto con su Iglesia: Hæc quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis: «Acordaos de que he muerto por vuestros pecados, y Yo me acordaré de vosotros en la presencia de mi Padre». Y como Dios que es, nos dejó el inmenso misterio de la Misa, por la que su Sacrificio sigue siempre vivo, permitiéndonos asistir como ladrones arrepentidos: Memento, Domine, famulorum famularumque tuarum: «Acuérdate de nosotros, Señor, ahora que estás en tu Reino». La memoria viva de la Pasión que se renueva por la doble consagración gracias a los poderes del Sacerdocio, y la unión misteriosa con la Víctima divina que se realiza por la comunión, es la única vía que tiene el duro corazón del hombre para volver al amor de Dios, porque nada llama tanto al amor como el saberse muy amado, y la Pasión de Nuestro Señor fue la máxima demostración de amor: «Nadie ama más que aquel que da la vida por su amigo» (Jn. 15 3). Por eso la obra de la Redención, que Cristo llevó a cabo en la Cruz, no se hace efec-


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