Permaneced en Mí
9. Vida espiritual
En una Hojita de Fe anterior expusimos las principales reglas de discernimiento de espíritus, y prometimos desglosar más en detalle los principales ardides de que se vale el demonio para combatirnos, ardides característicos sobre todo de los tiempos de desolación, que son los momentos en que quedamos más expuestos a sus influencias en nuestras almas. En otra Hojita de Fe (nº 5), exponiendo la parábola de la cizaña, vimos cómo el Señor señalaba dos tácticas principales del demonio para lograr sus perversos intentos, a saber: la mentira y la tiniebla, o cuidado por pasar desapercibido. Desarrollando la misma idea, en esta Hojita de Fe señalaremos los ardides en que el diablo se vale de la mentira, dejando para la próxima los ardides en que se cubre del incógnito.
Que todos los ardides del demonio tengan una estratagema común, la de la mentira, en la que envuelve todas las demás, no ha de extrañarnos, por cuanto el demonio es «el padre de la mentira», como lo llama Nuestro Señor, ya que «no se mantuvo en la verdad» (Jn. 8 48). Es mentira que los únicos bienes sean los de esta tierra, como él lo insinúa. Es mentira que Dios nos abandone o no nos escuche cuando le imploramos. Es mentira que no podamos vencer nuestras tendencias desordenadas. Es mentira que no exista cielo o infierno. Es mentira que Dios no nos perdone si estamos arrepentidos de veras. Y así con todo lo demás, como lo demostraremos al comentar los principales ardides en que el demonio se vale de ella.
1º Primer ardid: pide el secreto. Un primer ardid es el del silencio que reclama de nuestra parte: que no se revelen sus pensamientos a una persona más experimentada, con la cual se vería él al descubierto y neutralizadas todas sus astucias y engaños. Así lo enuncia San Ignacio: «El enemigo se comporta como vano enamorado en querer ser secreto y no descubierto: porque así como el hombre vano, que hablando a mala parte, y pretendiendo seducir a una hija de un buen padre, o a una mujer de buen marido, quiere que sus palabras e insinuaciones sean secretas, y al contrario, mucho le desagrada que la hija al padre, o la mujer al marido, le revele sus vanas palabras e intención depravada, porque fácilmente deduce que no podrá