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Hojitas de Fe 292 - Las Letanías lauretanas

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Ahí tienes a tu Madre

4. Fiestas de la Virgen

Dice San Pablo que Dios, en el Nuevo Testamento, infunde a los fieles por la gracia un espíritu, no ya de servidumbre para servir a Dios movidos por el temor, sino un Espíritu de adopción de hijos, que nos hace clamar «¡Abba, Padre!»; es decir, infunde en nuestros corazones sentimientos filiales hacia Dios. Pero no es menos cierto que ese mismo Espíritu nos da también como un instinto filial hacia la Santísima Virgen: así como nos hace clamar «¡Abba, Padre!» respecto de Dios, así también nos hace clamar «¡Imma, Madre!» respecto de Nuestra Señora. Pues bien, una de las más hermosas manifestaciones en la oración cristiana de este clamor del Espíritu Santo respecto de la Virgen María son las conocidas Letanías lauretanas, así llamadas en honor de Nuestra Señora de Loreto; invocaciones canonizadas ya por una costumbre secular, y aprobadas y elaboradas de tal modo por la Iglesia que, sin su permiso, no pueden introducirse en ellas invocaciones nuevas. Así, en los países hispanos, la Iglesia permitió añadir la invocación Madre inmaculada, que no se encuentra en las Letanías por así decir oficiales. Igualmente, fue el Papa León XIII quien añadió la invocación Reina del santísimo Rosario; el Papa Pío IX introdujo, a su vez, la invocación Reina concebida sin mancha de pecado original; finalmente, Pío XII incluyó la invocación Reina asunta al cielo. Es decir, que la Iglesia ha velado por estas Letanías, para que sean la expresión fiel de la fe de la Iglesia respecto de Nuestra Señora.

¿Cuál es el plan de estas Letanías? Pues las Letanías tienen un plan. La Iglesia, y el Espíritu Santo que la anima, nos llevan a ensalzar a través de ellas cuatro grandezas específicas en la Virgen María, que en las Letanías aparecen casi por orden, aunque a veces se combinen de varios modos.

1º La Maternidad divina. El primer privilegio que ensalzan las Letanías es la MATERNIDAD DIVINA. Hay, pues, toda una serie de invocaciones que la alaban por ser la Madre de Dios, la Madre de Cristo, la Madre del Creador, refutando así todo error arriano o nestoriano; ya que la Virgen María no es solamente la Madre de Jesús, sino realmente la Madre del Creador, afirmándose claramente con ello que ese Jesús del que la Virgen es Madre es el mismo Creador en persona. Es la Madre del Salvador, pues este Jesús es el Salvador de la humanidad, que la Santísima Virgen nos entrega al dar a luz a Jesús.


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