Skip to main content

Hojitas de Fe 130 - Belleza del alma en gracia de Dios

Page 1

Permaneced en Mí

9. Vida espiritual

El Evangelio del segundo domingo de Cuaresma nos ofrece el episodio de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo; y al hacernos considerar este acontecimiento, podemos ver la suavidad y delicadeza con que nuestra Santa Madre Iglesia nos conduce a la práctica de la penitencia cuaresmal. En efecto, casi podemos sentir a la madre que, para inculcar a sus hijos la necesidad de practicar la penitencia, les expone los varios motivos que deben persuadirles a ello: • Ante todo el ejemplo de Cristo, que meditamos el domingo pasado: el ayuno y oración de Cristo en el desierto durante cuarenta días. • Luego, en todas las misas de Cuaresma, una exhortación constante a la confianza en Dios. • Finalmente, en el episodio de la Transfiguración, la consideración de la recompensa que Dios nos promete por ese poco de penitencia, si realmente nos ayuda (como debe hacerlo) a conservar la gracia.

Sí, entre los varios motivos que pueden invocarse para explicar por qué Cristo se transfiguró ante sus tres apóstoles íntimos, figura el siguiente: y es que quiso Nuestro Señor manifestarnos de antemano cuál sería la gloria de que gozarían sus miembros, pues no puede carecer ningún miembro de la condición de que goza la cabeza. Así, pues, oigamos a nuestra Santa Madre Iglesia darnos, como a sus hijos queridos, algunas enseñanzas en torno a este episodio, que podríamos resumir a tres consideraciones: • Belleza que la gloria comunica a un alma. • Belleza que le concede ya la gracia en esta vida. • Belleza de que se verá revestido su mismo cuerpo, partícipe a su manera de la gloria del alma.

1º Belleza del alma por la gloria. Ante todo, la Iglesia se vale de algunas imágenes para explicarnos la grandeza de la gloria que nos espera. ¿Ves, hijo mío –parece decirnos–, cómo Nuestro Señor se transfigura ante la mirada de los apóstoles? Su rostro se encendió más que el sol, todo su cuerpo se


Hojitas de Fe nº 130

–2–

VIDA ESPIRITUAL

volvió radiante como la luz, y sus mismos vestidos pasaron a ser más blancos que la nieve. ¡Oh, si pudieras entender, hijo mío, cuál será también la belleza que tendrá tu alma en el cielo! Allí, en el cielo, Dios te transformará totalmente, te renovará completamente. Lo entenderás con algunas imágenes. • ¿Has visto los espejos? En ellos se reflejan las imágenes de las cosas, especialmente las caras de las personas. Pues bien, en el cielo tu misma alma pasará a ser un espejo muy perfecto, y el que se reflejará en él será Dios mismo, la Santísima Trinidad. Y tú mismo serás entonces la imagen perfecta de la Trinidad que en ti se reflejará, al igual que el espejo y la imagen en él reflejada parecen identificarse; y además esta imagen la dejarás ver a los demás, como el espejo deja ver a los demás lo que en él se refleja. • Otra imagen. ¿Has visto alguna vez un diamante, una piedra preciosa, un cristal bien tallado? A oscuras no vale nada, no tiene ninguna belleza. ¿Qué los hace tan bonitos? La luz que los baña. Pues bien, en el cielo tu alma será un diamante valiosísimo, que de todas partes se verá inundado por la luz de Dios, y el brillo que tendrá entonces tu alma no lo puedes imaginar en esta vida, pero la hará hermosísima a los ojos de Dios y de los demás bienaventurados. • Una tercera imagen: el fuego. ¿Verdad que el fuego transforma en sí todo lo que toca, y lo vuelve lleno de calor, lo transforma en brasa? Pues así hará Dios en el cielo con tu alma: te transformará por el fuego de la caridad, y te comunicará su belleza, sus perfecciones y sus virtudes, como lo hace el fuego con el hierro que sumergen en él. Tu alma quedará divinizada, y así permanecerá para siempre.

¿Ves, hijo mío, cómo Nuestro Señor Jesucristo tiene ya estas tres cosas en el Tabor? El es el espejo sin mancha de la divinidad; El refleja entonces delante de los apóstoles la belleza divina que tiene su alma; El se presenta como totalmente transformado por la caridad, por el amor de Dios y de los hombres. Pues bien, así te pasará a ti un día, en el cielo.

2º Belleza del alma por la gracia. La Iglesia podría continuar luego explicándonos que esta belleza la tienen ya nuestras almas por la gracia. La gracia empieza en esta vida lo que la gloria consuma en la otra; o, mejor dicho, la gloria no es más que la gracia llevada a su pleno desarrollo. Hijo mío –parece seguir diciéndonos la Iglesia–, no hace falta esperar al cielo para que tu alma sea tan bella a los ojos de Dios. Lo que pasará en el cielo es que esta belleza la verán todos, mientras que ahora está oculta; pero tu alma ya es tan bella como lo será en el cielo si tiene la gracia santificante, porque la gracia es la vida de Dios en ti. Sí, hijo mío, Dios vive en tu alma: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. ¿Has oído las palabras que el Padre eterno dice hoy de Jesucristo? «Este es mi Hijo muy amado, en quien pongo todas mis complacencias». Pues bien, estas


VIDA ESPIRITUAL

–3–

Hojitas de Fe nº 130

palabras ya las dijo en otra ocasión, cuando Jesucristo fue bautizado en el Jordán por San Juan Bautista. En ese momento San Juan vio cómo el Espíritu Santo bajaba sobre Jesucristo en forma de paloma, y la voz del Padre se dejó oír también: «Este es mi Hijo muy amado, en quien pongo mis complacencias»; para que comprendieras que también tú, cuando fuiste bautizado, recibiste la gracia del Espíritu Santo, y Dios Padre empezó a ver en ti a su hijo muy amado. ¡Hijo mío, si pudieras ver la belleza de un alma, de tu propia alma, en estado de gracia! ¡Si pudieras entender cómo Dios vive en ti, y te transforma, y te renueva, y te embellece, y te convierte en su templo! Lo mismo que pasa hoy en Nuestro Señor Jesucristo transfigurado, pasa en tu alma cuando tiene la gracia. Santa Teresa de Jesús, obligada por la obediencia a escribir un libro sobre la oración, y no sabiendo cómo empezar, rogó al Señor que le ayudara a cumplir esta obediencia. El Señor la favoreció entonces con la visión de un alma en estado de gracia, dándole con ello el argumento de su obra cumbre, conocida como el “Castillo interior” o “Las Moradas”. «Entre las cosas que contó la Madre –testificaba Fray Diego de Yepes en el proceso de canonización de la Santa– fue una visión que había tenido andando con deseo de ver la hermosura de un alma puesta en gracia; y estando con este deseo le mandaron que escribiese un tratado de oración como ella la sabía por experiencia. Fue en vísperas de la fiesta de la Santísima Trinidad. Pensando ella qué argumento tomaría para este tratado, el mismo Dios se lo dio, mostrándole un globo hermosísimo de cristal a manera de castillo con siete moradas, y en la séptima, que era en el centro, estaba el Rey de la gloria con grandísimo resplandor, que hermoseaba e ilustraba todas aquellas moradas hasta la cerca; y tanta más luz recibían dichas moradas cuanto más cerca estaban del centro, y esta luz no salía más allá de la cerca; y fuera todo era tinieblas, sapos, víboras y otros animales ponzoñosos. Estando ella admirada de esta hermosura que la gracia de Dios comunica a las almas, súbitamente desapareció la luz, y sin ausentarse el Rey de la gloria de aquel castillo, el cristal se cubrió de oscuridad y quedó feo como carbón y con un hedor insufrible, y las cosas ponzoñosas que estaban fuera de la cerca tuvieron licencia de entrar en el castillo, para mostrar el Señor que en tal estado quedaba el alma que está en pecado».

3º Belleza del mismo cuerpo en gracia de Dios. La Iglesia, finalmente, podría concluir su amonestación materna recordándonos que también a nuestro cuerpo le están prometidas las mismas propiedades del cuerpo glorioso que Jesucristo manifiesta en el Tabor, y que no serán otra cosa que el desbordamiento de la gloria del alma sobre el cuerpo, cuando Dios lo devuelva a la vida por la resurrección. Una cosa más, hijo mío –termina diciendo la Iglesia–. ¿Viste que en la visión del monte Tabor no sólo Nuestro Señor Jesucristo quedó transfigurado, sino también sus propios vestidos? La luz que irradiaba su rostro de tal manera se comunicaba a su cuerpo, que llenó de luz a las mismas vestiduras que llevaba. Así será en el cielo: no sólo el alma quedará hermoseada de Dios, sino que esa be-


Hojitas de Fe nº 130

–4–

VIDA ESPIRITUAL

lleza misma pasará a tu cuerpo, que se volverá radiante como el sol, hermosísimo como un diamante en todo su fulgor, reflejando por fuera la belleza que por dentro tiene el alma. Y eso mismo, hijo mío, ha de pasar en esta vida. Aunque no se vea como en el cielo la belleza del alma, debe reflejarse de algún modo en tu cuerpo. Y la belleza de tu alma en estado de gracia se reflejará en tu cuerpo si practicas las virtudes de pureza y de modestia. Sí, hijo mío, no te olvides de que eres templo de Dios, y de que debes tratarte y considerarte siempre como templo de Dios, así delante de los demás como estando a solas. Guarda puro tu cuerpo, y no lo expongas a los demás por tu modo de vestir, que es algo sagrado. Guarda pura tu mirada, y resérvala para ver un día a Dios. Guarda puros tus oídos, y no dejes entrar malas conversaciones.

Conclusión. Hemos de alimentar una esperanza firmísima en la gloria que nos está prometida, y una fe profunda en la transformación que la gracia realiza en nuestras almas para prepararnos a merecerla; ya que constituyen uno de los alicientes más poderosos, en la vida cristiana, para esforzarse en vivir siempre en estado de gracia, mortificar dentro y fuera de nosotros todo cuanto pueda hacérnosla perder, y ayunar como conviene del pecado y de nuestras pasiones. Tal es el ejemplo que nos da el Salvador. Pareciera que también El, al igual que su Esposa la Iglesia, nos dirige a través de este ejemplo una amonestación. Escuchémosla. «El mundo promete cosas temporales y pequeñas, y con todo eso le sirven con gran ansia. Yo prometo cosas grandes y eternas, y se entorpecen los corazones de los mortales. ¿Quién Me sirve a Mí, y obedece en todo con tanto cuidado, como se sirve al mundo y a sus señores?… Y si preguntas la causa, oye el por qué. Por un pequeño beneficio emprenden los hombres largo camino, y por la vida eterna con dificultad muchos levantan una vez el pie del suelo. Buscan los hombres viles ganancias; por una moneda pleitean a veces torpemente; por cosas vanas, y por una corta promesa, no temen fatigarse de noche y de día. ¡Ojalá supieran fatigarse un poco por el bien que no se muda, por el galardón que es inestimable, y por la suma gloria sin fin! Avergüénzate, pues, siervo perezoso y descontentadizo, de que aquellos se hallen más dispuestos para la perdición que tú para la vida. Alégranse ellos más por la vanidad que tú por la verdad. Porque algunas veces les miente su esperanza; pero mi promesa a nadie engaña, ni deja frustrado al que confía en Mí. Daré lo que he prometido; cumpliré lo que he dicho, si alguno perseverare fiel en mi amor hasta el fin. Yo soy remunerador de todos los buenos, y fuerte examinador de todos los devotos» (Imitación de Cristo, libro III, capítulo 3).1 © Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora C. C. 308 – 1744 Moreno, Pcia. de Buenos Aires FOTOCÓPIAME – DIFÚNDEME – PÍDEME a: hojitasdefe@gmail.com


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Hojitas de Fe 130 - Belleza del alma en gracia de Dios by JMJ.ediciones - Issuu