interés humano Entrevista exclusiva con el cardenal Dziwisz, secretario del Papa
Don Estanislao:
“Juan Pablo II era muy divino y muy humano” POR JAUME FIGA I VAELLO (Enviado especial a Cracovia)
Se lo oí decir una vez: “Para el Papa, lo más importante es la oración. Esas manos alzadas que, como las de Moisés, sostienen a su pueblo”. El Papa sabía qué tenía que decir a los jóvenes, cómo guiarlos, y ellos se daban cuenta de que estaba ahí para ayudarles y orientarles. Hace seis años, cuando el cortejo de cardenales y obispos, presidido por Joseph Ratzinger, se disponía a celebrar la Santa Misa por el alma del Papa fallecido, hacía horas que miles de fieles estaban en la plaza de San Pedro esperando ese momento. Algunos, espontáneamente –como obligados por un impulso del corazón–, no dudaron en “proclamar” la santidad de Juan Pablo II: “Santo súbito!”, rezaban las pancartas. Como sucediera en la Edad Media, era el pueblo –aquél al que tanto amaba el Papa Wojtyla– el que pedía a la Iglesia que fuera declarada la santidad de una de sus ovejas y –en este caso– gran pastor. Un deseo que se hará realidad a partir del primero de mayo.
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o obstante, posiblemente quien más sentiría ese momento fuera Stanisław Dziwisz –don Estanislao, como se le conoce–, casi cuarenta años al servicio de Wojtyła. Gran esquiador de joven, quinto de siete hermanos, no había cumplido los 20 años, cuando decidió entrar en el seminario. Ahí conoció por primera vez al profesor Wojtyła: “Era un hombre de profunda vida interior; un intelectual. Y a la vez nada distante y muy humano”. Ordenado en el 63, Dziwisz fue enviado primero a una parroquia polaca donde estuvo apenas dos años. Después le pidieron que continuara los estudios de Teología. Y así fue cómo, en el 66, el arzobispo de Cracovia se fijó en él 46
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y reclamó su presencia… Era un 8 de octubre que se le quedó grabado… “‘Vendrás conmigo’, me dijo. ‘Aquí podrás seguir con tus estudios y me ayudarás’. Y me nombró su secretario personal”, recuerda. —No fue la primera vez en que le pidieron que hiciera algo que no tenía previsto, ¿no? —Bueno, efectivamente… En 1978 nadie podía imaginar que fuera precisamente mi obispo el que acabaría tomando posesión de la sede de Pedro. ¡Un Papa eslavo! Yo estaba emocionadísimo, como toda Polonia…, pero triste porque me daba perfecta cuenta de lo que se le venía encima. En realidad, quería irme, volverme a Polonia, pero me pidió que me quedara…, como esa vez. “Vendrás conmigo”… y así fue. Hasta su muerte.
—¿Qué recuerda de esas últimas horas? ¿Le lloró? —Sí, claro. ¿Cómo no íbamos a llorar los que estábamos tan cerca de él? En las últimas semanas le vi sufrir mucho; le costaba especialmente tener que quedarse sin voz, como cuando intentó dar la bendición Urbi et Orbi, desde su ventana, su última Pascua en la tierra: tan solo pudo susurrar un imperceptible “no tengo voz”, y dar la triple bendición con la mano… Sí, el 2 de abril fue un momento duro; pero a la vez, un momento de alegría, porque ya se había ido al Cielo. Cuando falleció, la oración que nos salió del alma no fue un réquiem, sino un Te Deum de acción de gracias. Dábamos gracias por el Papa que Dios había concedido a su Iglesia. De hecho, yo nunca