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El Ramo Azul

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ElRamoAzul

ElRamoAzul Octaviopaz

PLANETA

Esta obra se complementa con: Cuaderno de trabajo

Alexander Correa Llerena

Traductor: Elena Guevara Escurra

Adaptado por: Mayra Valdez

Solis Compilador: John Mendez

Jara © Alexander Correa Llerena, 2017 Diseño y diagramación:

Jefe de arte: Max Torres Santos

Diseño de cubierta: Diego Martell Sevilla

Ilustraciones: Lorena Sánchez Benites

Editado por:

Ediciones SG S.A.C.

Av. Canadá N° 2545 – San Borja

RUC: 202000000000

Primera edición – Enero 2017

Tiraje : 1000 ejemplares

Impreso por:

Estrella Impresiones S.A.C.

Calle Amancaes N° 195 – San Isidro

Enero 2017

ISBN: 978-612-2853-10-0

Registro de Proyecto Editorial N°

31525141110022

el ramo
azul

Para el libro “El Ramo Azul”:

Que estas páginas sean como un ramo de flores azules, llenas de belleza y armonía, que iluminen tus días con su delicadeza y te acompañen en cada lectura. Que cada palabra sea como un pétalo suave que acaricie tu alma y te transporte a un mundo de emociones y sueños. Que este libro sea una ventana a la imaginación y un refugio de paz en medio del tumulto diario. Que disfrutes de cada página como si fuera un pequeño regalo y que encuentres en sus historias un pedacito de ti mismo. ¡Que disfrutes de esta lectura tanto como yo disfruté escribirlo!

esperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire delcampo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:

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¿Dónde va señor?

A dar una vuelta. Hace mucho calor. Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.

Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento Respiré el aire de los tamarindos Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.

Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce.

No se mueva, señor, o se lo entierro.

Sin volver la cara pregunte:

¿Qué quieres?

Sus ojos señor –contestó la voz suave, casi apenada.

¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a Matarme.

No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.

Pero, ¿para qué quieres mis ojos?

Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos Que los tengan.

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Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.

Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.

No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.

No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.

Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma la cubría medio rostro.

Sostenía Con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.

Alúmbrese la cara.

Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos.

Él Apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de Los pies y me contempló intensamente.

La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.

¿Ya te convenciste? No los tengo azules.

¡Ah, qué mañoso es usted! –respondió- A ver, encienda otra vez.

Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.

Arrodíllese.

Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta Rozar mis párpados. Cerré los ojos.

Ábralos bien –ordenó.

Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.

Pues no son azules, señor. Dispense.

Y despareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.

Entré sin decir palabra.

Al día siguiente hui de aquel pueblo.

11

Esta edición se terminó de imprimir en el mes de abril de 1975 en Ediciones Brillantes

S.A., Avenida Real Nro. 4612, Ciudad de Madrid, España”.

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