AGOSTO 2024
Nº001 Año I
Espacio de comunicación del Presbiterio Colonia Sur de la Iglesia Evangélica Valdense del Río de la Plata
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Materiales sobran C
uando nació mi hija, lo único que se me ocurrió fue cantarle una canción. Mientras médica, enfermera, anestesista, y todas las especialidades posibles se movían con la sincronía de nadadoras olímpicas, yo era ahí el único ser humano con los brazos en forma de cuenco, meciéndose en otro compás, cantando absorto una canción. No fue algo preparado, no lo ensayé con el coro y se ve que falté el día en que repasaba el tenor. Seguro sonó feo, pero ahí estuvo esa canción, llenando el vacío que genera la sensación de recibir una vida sin saber qué hacer. O a dónde correr. El niño se duerme, la madre lo besa, le da su tibieza un buey. Traen los pastores, su amor de colores, y en los corazones miel. Otras canciones y rimas acompañan el crecimiento. Mabel, con el candor de maestra de escuela dominical, nos había enseñado la canción de la gallina y los pollitos, que pían cuando tienen hambre o frío. Y la respuesta de la gallina, que hace un lugar para que estén protegidos y “acurrucaditos” hasta el amanecer. También recuerdo la canción “Gurisito”, con la que tantas veces se durmió mi hijo, y con la que tantas veces aseguré -inconscientemente-, que con lo poco algo podríamos hacer. Un lugar de madreselvas, un espacio para descansar. Lo fantástico de estas canciones y rimas, es que creemos cantarlas para los niños y en realidad también resuenan para nosotros. Con ellas decimos, reafirmamos, prometemos cosas. Y lo que me sorprende de muchas de estas canciones populares, es que en torno al niño prometemos un espacio seguro para que esté. María arma el pesebre y el buey da su calor, la gallina ensancha el nido con sus alas. En “Noni-Noni” (Canticuénticos) el abrazo es nido.
En este número: p. 2 | La fe en las infancias
p. 4 y 5 | Cartelera de actividades p. 3 | Entrevista a María Abella p. 6 | Escuelitas en Sauce p. 7 | Asamblea de PCUSA p. 8 | 850 años
Hace tiempo, descubrí el nido hecho por un zorzal, abandonado después de haber cumplido su función. Era como una tacita en el extremo del tronco rematado de un ligustro. El nido debería haber sido hecho con pastos y pajitas; eso es lo que dicen los libros. Sorprendentemente, los materiales de ese nido eran una mezcla de fibras vegetales con lanitas, pelos, tanza, pedazos de bolsa y otros plásticos. En un lugar invadido por la presencia humana y su maquinaria de consumo, el zorzal se había adaptado para hacer un nuevo nido. Este mes, nuestro boletín dedicará su reflexión a las niñeces, a la complejidad de ese momento vital, a los desafíos que los niños traen a nuestras comunidades. Pienso entonces en la vulnerabilidad de tantos niños y niñas, y en lo vulnerables que también fuimos (¿o somos?) cuando el nido falla. También pienso en esas historias sobrecogedoras, de nidos que no llegaron a dar la solidez y el calor necesario, que se tensaron violentamente, o que no pudieron contener cuando alguien lo precisó. Entonces vuelvo a la imagen del pesebre, ese cubo de pasto seco en el que Jesús encontró calor. Y pienso en todos los nidos que podríamos recrear, en la comunidad, en el barrio, en el trabajo diario. ¡Si lo hizo el zorzal! Un rato de juego, un poco de atención, comer juntos, la caminata a la plaza, la ropa seca al despertar. Para hacer nidos, materiales sobran.
LA LU Z R ES P LAN DEC E E N LAS T I N I E B LAs - Juan 1:5