Bole n de las comunidades valdenses de Colonia Miguelete, Colonia Larrañaga, Cardona y Sta. Catalina. No. 180 Mayo 2026
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” Juan 6: 44-51 “En aquel empo, dijo Jesús a la gente: Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el úl mo día. Está escrito en los profetas: Serán todos discípulos de Dios. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree ene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.” Seguimos profundizando en el discurso del Pan de Vida, donde Jesús de Nazaret nos está revelando el corazón de la fe cristiana. ¿Cómo llegamos a Cristo? El pasaje de Juan nos mete de lleno en el discurso del Pan de Vida. Allí Jesús destapa una verdad que es profunda sobre cómo se conectan Dios, la fe y la vida para siempre. En estos versículos, el Señor lo dice sin andarse con rodeos, nadie va a Él si el Padre no los atrae. Porque creer es principalmente un regalo de Dios. El Padre es quien da el primer paso, el que toca el corazón del creyente y lo guía hacia el Hijo. Esta enseñanza nos impulsa a ver cómo Dios actúa sin parar en nuestras vidas. A menudo, pensamos que somos nosotros los que buscamos a Dios, pero este fragmento nos hace ver que, de hecho, Él es quien nos busca primero, nos llama y nos atrae con cariño. Esa atracción es una invitación llena de amor que respeta nuestra libertad pero que, a la vez, hace que queramos algo más verdadero y profundo. Jesús sigue usando lo que los profetas dijeron: ‘Todos serán enseñados por Dios’. El verdadero entendimiento de Dios va más allá del intelecto, pues es una experiencia que se siente muy adentro. Oír al Padre, y aprender a través de Él, requiere abrir el corazón y así dejarse transformar, aceptando su querer. La fe, en resumen, no es sólo asimilar ideas; implica una relación viviente con Dios, que cambia por completo la vida. El núcleo del pasaje gira en torno a la declaración de Jesús como el ‘pan de vida’. Al contrario del maná que los israelitas comieron en el desierto, sin evitar la muerte, el pan que Jesús promete nos da la vida eterna. Jesús es el que responde al anhelo más profundo del ser humano: la vida plena y eterna. Cuando Jesús afirma: ‘Yo soy el pan vivo que descendió del cielo’, revela su identidad divina y su tarea salvífica. Él no es meramente un maestro o profeta, sino el alimento que da vida al mundo. Ese pan representa, espiritualmente, su propia carne, anticipando el momento en que Jesús se ofrece enteramente para salvar a la humanidad. Podemos pensar hoy: ¿qué nos nutre en el día a día? Jesús nos invita a que vayamos hacia Él, alimentándonos con su Palabra y Presencia, para hallar la verdadera vida. Es así que este pasaje es un llamamiento a confiar. Si el Padre nos atrae hacia el Hijo, podemos estar seguros de que nuestra fe está sostenida por el mismo Dios. No andamos solos: somos conducidos, enseñados y nutridos por Él. Aceptar este regalo y vivir en unión con Cristo es la senda hacia la vida eterna, porque Él la ofrece. Jesús dice algo que puede sorprendernos: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.” Esto significa que la fe no nace sólo de nosotros. No es sólo fruto de nuestro esfuerzo, ni de nuestra inteligencia, ni de nuestra decisión. Es, ante todo, un don. Dios toma la iniciativa. Dios nos atrae. Pero, ¿cómo atrae Dios? No lo hace a la fuerza. No obliga. Dios atrae con su amor, con su Gracia, con una llamada interior. A veces, lo hace a través de una persona, un acontecimiento, una palabra que nos toca el corazón. Todos, si miramos nuestra vida, podemos descubrir momentos en los que Dios nos ha ido acercando a Él. Jesús añade: “Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.” Aquí aparecen dos verbos fundamentales: escuchar y aprender. La fe crece en la escucha. Escuchar la Palabra, escuchar a Dios en la vida, escuchar con el corazón. Y aprender a dejarse enseñar, a dejarse moldear. Y entonces Jesús vuelve al centro del discurso: ‘Yo soy el Pan vivo bajado del cielo.’ No es solamente un maestro que enseña, sino que también es alimento. Un alimento que no se acaba, que no se desgasta, que no decepciona. Jesús afirma: “El que coma de este pan vivirá para siempre.” Aquí, la fe da un paso más: No basta con escuchar, no basta con creer, de manera teórica. Hay que recibir, alimentarse. Y Jesús da un paso aún más fuerte: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.” Está anunciando su entrega total en la cruz. La donación de sí mismo. Cristo no da algo, sino que se da a sí mismo. Y lo hace para la vida del mundo, para todos. Aquí se conecta todo el camino pascual: Hemos sido llamados a renacer, hemos aprendido a creer, hemos descubierto el amor de Dios, y ahora entendemos algo esencial: la vida nueva necesita alimento. Y ese alimento es Cristo. El Señor nos invita a reconocer tres cosas fundamentales: La fe es un don del Padre que nos atrae, que necesitamos escuchar y dejarnos enseñar, y que Cristo es el alimento que sostiene nuestra vida. Pidámosle a Dios que sepamos tener un corazón disponible para escuchar, para que, alimentados por Jesús de Nazaret, podamos vivir ya desde ahora esa vida, que no termina. Porque quien se deja atraer por el Padre y se alimenta de la fuerza de Cristo, tiene, en sí, la vida eterna . . . Pastora Nora Justet.