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Boletín: «Compartiendo» Edición junio 2025

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Boletín de las comunidades valdenses de Colonia Miguelete, Colonia Larrañaga, Cardona y Sta. Catalina. No. 171 Junio 2025

“El Espíritu Santo les irá recordando todo lo que les he dicho” Juan 14: 23-29. “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “me voy y vuelvo a vuestro lado. Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo”. El evangelio de este tiempo de Pascua empieza con una frase que determina todo el contenido de este evangelio y también el contenido de nuestras vidas: "El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Para que podamos vivirlo nos envía dos ayudas que hacen posible que podamos realizar y experimentar esa vivencia. Nos garantiza el amor del Padre, del ‘Abba’ querido de quien procede ese amor y que actúa a través del Espíritu, ‘Ruah’. Nos regala su paz, el ‘Shalom’, que es mucho más que ausencia de guerra o violencia, sino que es plenitud; es experiencia de vida en relación con la Vida en todo y en todos. Volvamos a la frase central que inicia el texto. Hay una única condición que lo envuelve y determina todo: el amor. ¿De qué calidad de amor estamos hablando? De un amor eterno, que no se materializa en un futuro, sino en el presente en el que el creyente, la discípula, ya está habitada por la divinidad, lo sabe y lo vive. La ‘Ruah’ ha encontrado en nosotros su hogar, su morada. La vida de la discípula y el discípulo está llena de la vida, del aliento y de la fuerza del Espíritu. Los discípulos nos convertimos así en morada de Jesús, en su espacio vital desde donde actúa, hoy. Nuestra vida está completamente permeada por la vida de Dios. Entiendo que tal vez no es fácil asimilar, incluso creer, esta buena noticia. Se me ocurre el sencillo y maravilloso ejemplo de un embarazo: la vida de la madre queda completamente unida e interconectada a la de la criatura. Por ambas corre la misma sangre, la misma vida. Y la fuerza de esa vida se nota, se siente, se materializa en una criatura nueva. Así la vida de Dios en nosotros. Somos uno con la divinidad y con el cosmos, con todo lo que es vida. De alguna manera, el cosmos es el ‘cuerpo’ del Espíritu, y no menos cada una de las personas que nos dejamos habitar, que dejamos que el Amor nos habite. Si se separa la criatura de la madre, la vida se detiene. El proceso se interrumpe. Por eso se nos insiste tanto en esa relación de amor, que se nutre a través de ese cordón umbilical: es la oración-relación de apertura a la Palabra, al Espíritu, para dejarnos guiar en la misión encomendada. Y, además, para que no dudemos ni flaqueemos, nos regala su Paz, su ‘Shalom’, que significa plenitud de vida y de gozo. Lo cual nos permite estar unidas a todo, dando vida, siendo vida y aliento en un mundo des-alentado. No minimicemos nuestro legado. Es imprescindible, para vivir todo ese legado sin miedo y sin sentir una exigencia o peso, que lo recibamos como lo que es: un legado. Somos morada, somos depositarios de la vida de Dios, y con ella extendemos su presencia, proyectamos su bondad y su justicia. Como la mujer embarazada proyecta su propio ser en un ser nuevo, que no dependerá de ella, pero estará lleno de ella, y aún sin darse cuenta, usará ese legado, esa vida, en todo lo que es, dice, hace. No lo puede separar de su ADN. Así las discípulas y discípulos. Somos presencia viva de la vida de Dios, seamos conscientes o no. Somos ministros y ministras de su presencia. Somos personas. La experiencia de ser habitados por Dios es lo que da consistencia y sentido hondo y absoluto a nuestra existencia. Pastora Nora Justet.


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