

NAVEGANDO LAS FRACTURAS
DE LA SOCIEDAD ESTADOUNIDENSE:
Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
CLÁSICOS DE LA MIGRACIÓN DOMINICANA
NAVEGANDO LAS FRACTURAS
DE LA SOCIEDAD ESTADOUNIDENSE:
Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
José Itzigsohn
Santo Domingo, República Dominicana 2026
Título original en inglés: Encountering American Faultlines. Race, Class, and the Dominican Experience in Providence © 2009 de José Itzigsohn
Esta edición en español, titulada Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence, es una traducción completa de la edición en inglés, especialmente autorizada mediante acuerdo por el editor original Russell Sage Foundation
Instituto Nacional de Migración
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Primera edición en español, 2026
© José Itzigsohn
De la presente edición:
© Instituto Nacional de Migración y Banco de Reservas de la República Dominicana, 2026
ISBN impreso: 978-9945-634-48-8
ISBN online: 978-9945-634-49-5
Traducción del inglés: Gabriela Blanco Bobea
Corrección de estilo: Daniel García Santos
Diseño y diagramación: Eric Simó
Diseño de cubierta: Melissa Moquete
Imagen de cubierta: © Elvys Ruiz. Plaza Memorial Juan Pablo Duarte en Rhode Island, Estados Unidos
Impresión: Editora Amigo del Hogar
Santo Domingo, República Dominicana
PRESENTACIÓN
Desde su constitución histórica como comunidad nacional y sobre todo como comunidad de cultura, las migraciones han ocupado un papel articulador en la trayectoria histórica dominicana. En sus orígenes el Santo Domingo colonial se expande en virtud de oleadas migratorias españolas y africanas, tras el comercio de esclavos hacia el Caribe en el siglo XVI. Definida la sociedad propiamente dominicana a finales del siglo XVIII y en el inicio de la modernidad en la segunda mitad del XIX y en el XX, las migraciones acrisolaron procesos que enriquecieron la personalidad cultural de la nación dominicana.
Españoles, judíos, norteamericanos, chinos, japoneses, haitianos, árabes, turcos, italianos, venezolanos, puertorriqueños y alemanes, por solo referir las nacionalidades más importantes, enriquecieron la vida nacional. Conscientes de la importancia que tiene para el país el fenómeno migratorio, el Instituto Nacional de Migración de la República Dominicana (INM RD) y el Banco de Reservas (Banreservas) han articulado esfuerzos e impulsado un proyecto editorial tras el cual se persigue ofrecer a los lectores dominicanos y, en general, a los estudiosos del fenómeno migratorio, un conjunto de estudios fundamentales para el conocimiento del papel de las migraciones internacionales en la historia del pueblo dominicano.
La colección Clásicos de la Migración Dominicana, iniciada en el año 2022, ya cuenta con once volúmenes y ofrece al lector estudios de alta calidad
académica donde se puede apreciar el fenómeno migratorio en su diversidad de orígenes nacionales y culturales, en la multiplicidad de orientaciones de los flujos de inmigración y emigración y los diversos problemas envueltos en este proceso, como es el caso de los propios del mercado laboral, el plantacionismo azucarero, la dinámica de la emigración y el surgimiento y evolución de la diáspora dominicana, la dinámica de inclusión/exclusión, las transformaciones culturales, entre otros asuntos cruciales.
En sus ochenta años de existencia, el Banco de Reservas se ha caracterizado por su serio compromiso con la cultura y resulta notable, especialmente, su labor editorial, la cual ha permitido dotar al pueblo dominicano de importantes obras de autores nacionales. En esta ocasión, se une al Instituto Nacional de Migración —como ha hecho a lo largo de estos años con prestigiosas instituciones gubernamentales de diferentes ámbitos— para rescatar textos clásicos sobre el tema migratorio, algunos de ellos publicados por el Banco de Reservas en su primera edición.
Ambas instituciones coinciden en el propósito de rescatar y divulgar estos relevantes estudios que apoyarán a la formación de jóvenes investigadores y el fortalecimiento de las ciencias sociales en el país y fomentarán estudios comparados sobre las principales comunidades de inmigrantes radicadas en República Dominicana, así como la de dominicanos residentes en otros países y su evolución e impacto en la vida nacional.
Esta colección permitirá apreciar la complejidad y riqueza del fenómeno migratorio, sus momentos culturales y contribuciones sociales y económicas más significativas, su trayectoria histórica en suelo dominicano y, sobre todo, fortalecerá la formación cultural de nuestro pueblo, propósito final de este empeño conjunto.
El Banco de Reservas y el Instituto Nacional de Migración aspiran, con esta colección de libros clásicos, a realizar una modesta contribución al conocimiento de nuestra historia contemporánea en ese fascinante capítulo de la construcción de la nación y la modernidad dominicana que son las migraciones.
Leonardo aguiLera Batista WiLfredo Lozano Presidente Ejecutivo Director Ejecutivo
Banco de Reservas
Instituto Nacional de Migración de la República Dominicana de la República Dominicana
PRÓLOGO
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence, del profesor José Itzigsohn, que me honro presentar en su primera edición en español, tiene un gran significado para el lector dominicano y latinoamericano en general. El estudio ofrece un panorama actualizado del debate sobre la integración y/o asimilación de los inmigrantes latinos, particularmente dominicanos, en Estados Unidos, enfocado en un caso: el de la comunidad dominicana de la ciudad de Rodhe Island, la segunda de mayor concentración de dominicanos en los Estados Unidos. Al respecto, esta obra constituye una reflexión sistemática del complejo proceso de asimilación de los inmigrantes dominicanos a la sociedad y cultura norteamericanas y, en tal virtud, brinda una formidable oportunidad para pensar el futuro de la migración dominicana a los Estados Unidos.
La obra de Itzigsohn se inscribe en una larga tradición intelectual que, en el espacio de treinta años, ha venido generando un acervo de conocimientos valiosos sobre el proceso de inmigración dominicana en los Estados Unidos y la creación de una «diáspora» en suelo norteamericano. De esa forma, este estudio se une a la serie de investigaciones iniciada con el libro The Dominican Diaspora. From the Dominicana Republic to New York City-Villager in Transition
(1974)1 de Glenn Hendricks; seguido por Between Two Island: Dominican International Migration (1981)2 de Patricia Pessar y Sherry Grasmuck; The Making of a Transnational Communnity. Migration Development, and Cultural Change in the Dominican Republic (1990)3 de Eugenia Georges; The Dominican Americans (1998)4 de Silvio Torres-Saillant y Ramona Hernández; The Transnational Villager (2001)5 de Peggy Levitt, y otras obras de académicos dominicanos y norteamericanos que se pueden llamar «dominicanistas».
La novedad o singularidad analítica del estudio de Itzigsohn, a mi juicio, la articula su sistemática reflexión sobre el proceso de asimilación e integración de los inmigrantes dominicanos en Rodhe Island en un enfoque que, asumiendo la perspectiva de la segmentación, añade una mirada desde el papel de las clases sociales, la raza y la política. En tal sentido, el estudio, pese a haber sido publicado en los años noventa del pasado siglo XX, continúa representando, a mi criterio, la reflexión más sistemática y de mayor alcance teórico sobre el proceso de integración y/o asimilación dominicana a la sociedad norteamericana.
Itzigsohn inscribe su enfoque en la tradición de los estudios que asumen la integración de las comunidades latinas en los Estados Unidos como un proceso de asimilación segmentada. Pero el autor da un paso más al inscribir dicho proceso en las relaciones de clase y el condicionamiento etnorracial, penetrando así en su lógica «interna» a partir de varias dimensiones: la secuencia generacional, el encuadramiento de clase, las dimensiones excluyentes del condicionamiento etnorracial y los lazos de solidaridad intra e interétnicos en el conjunto de la nación latina en los Estados Unidos.
En su enfoque, la asimilación está determinada estructuralmente por la condición de clase y de estatus que establece la raza, en una lógica de bloqueo cultural, por así decirlo, que asigna lugares específicos a los inmigrantes, en
1 Traducido al español y publicado en la colección Clásicos de la Migración Dominicana con el título Los dominicanos ausentes: un pueblo en transición (2023).
2 Traducido al español y publicado en la colección Clásicos de la Migración Dominicana con el título Entre dos islas. La migración internacional dominicana (2022).
3 Traducido al español y publicado en la colección Clásicos de la Migración Dominicana con el título La formación de una comunidad transnacional. Migración, desarrollo y cambio cultural en la República Dominicana (2023).
4 Este libro ha sido igualmente traducido al español y saldrá publicado en 2025 en la colección Clásicos de la Migración Dominicana con el título Los dominico-estadounidenses.
5 Traducido al español y publicado en la colección Clásicos de la Migración Dominicana con el título De Baní a Boston. Construyendo comunidad a través de fronteras.
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
este caso latinos, en la sociedad estadounidense en función de la condición etnorracial.
Con esta armadura metodológica, Itzigsohn realiza un penetrante y riguroso análisis del proceso de asimilación de los dominicanos inmigrantes en una demarcación particular, la ciudad de Rodhe Island en Providence. De esta forma, ilustra el proceso general a escala de la sociedad norteamericana en su conjunto que vive un segmento etnorracial determinado, el de los dominicanos como comunidad latina.
La obra del profesor José Itzigsohn se organiza en un orden expositivo lógico: describe el contexto general de la inmigración dominicana a Providence en el marco más amplio del proceso inmigratorio latino a los Estados Unidos; luego procede a explicar la compleja relación entre las condiciones de clase y raza, como marco restrictivo de la asimilación de los inmigrantes latinos, particularmente dominicanos, y de su movilidad social en la sociedad estadounidense. Finalmente, analiza el proceso de incorporación de la población inmigrante dominicana, destacando sobre todo el proceso de formación de las identidades en el contexto de la inmigración transnacional en la dimensión panétnica de la inmigración latina.
En el libro de Itzigsohn inicialmente se discute la posición de los dominicanos en la estructura de clases norteamericana, analizando las diferencias entre la primera y la segunda generación. A partir de ahí, se procede al análisis de las identidades cambiantes de los dominicanos en el proceso de integración. El autor argumenta que en este proceso es la segunda generación la que queda mejor situada y son los miembros más calificados de esta segunda generación los que tienen más perspectivas de éxito, aunque también su asimilación está étnicamente segmentada. De esta forma, el proceso de asimilación, por definición, se encuentra étnica y racialmente estratificado y las oportunidades de movilidad ascendente para la comunidad latina en general y la dominicana en particular quedan condicionadas por la clase y la condición étnica.
El segundo nivel de análisis de la propuesta interpretativa de Itzigsohn del proceso de asimilación de los dominicanos en Rodhe Island lo proporciona la dimensión transnacional adquirida por la comunidad dominicana en los Estados Unidos. Apoyándose en el estudio de Peggy Levitt sobre los dominicanos banilejos en Boston y en República Dominicana, que dicha autora califica como una verdadera comunidad transnacional, Itzigsohn discute cómo esta
dimensión se constituye en un componente determinante del proceso de asimilación en los Estados Unidos. Dicho proceso de transnacionalización opera como un producto del proceso de asimilación, pero también como un recurso que lo facilita.
A su vez, esta dinámica trasnacional actúa sobre el proceso identitario de dicha comunidad. En primer lugar, contribuye a la articulación de capacidades socioculturales y políticas que ayudan a la asimilación. En segundo lugar, potencia una rearticulación de los emigrados dominicanos con el Estado dominicano, renegociando sus lazos. En tercer lugar, ayuda a encontrar un espacio sociocultural propio frente a la comunidad estadounidense y también frente a la sociedad dominicana.6 Pero este proceso es desigual, interviene más intensamente en la primera generación que en la segunda, de forma tal que mientras el transnacionalismo es una fuerza realmente operante en la primera generación, en la segunda según Itzigsohn pasa a constituirse sobre todo en un marco simbólico que ayuda a la construcción de la identidad de la comunidad inmigrante. El tercer momento en la construcción de las identidades en el proceso de asimilación lo define la construcción de la identidad panétnica, donde el inmigrante construye el marco de expresión que trasciende el entorno nacional del cual procede, integrándolo a otras experiencias con grupos de otro origen nacional latino. Se construye así una dimensión panétnica que conecta lo nacional al entorno latino en su conjunto. Esta dimensión ayuda al inmigrante a reconocer un «nosotros» cultural que integra su experiencia y cultura nacional a una mirada más amplia que resulta determinante en el proceso de asimilación, sobre todo en la defensa de derechos laborales y políticos en el entorno más extenso de asimilación que define la realidad estadounidense. En este proceso constituye un aspecto determinante del éxito latino como comunidad lo que Itzigsohn define como la dimensión ideológica de la panetnicidad, vale decir, el reconocimiento de la propia condición latina como valores compartidos en el reconocimiento del «nosotros», sobre todo en el momento de la acción propiamente política.
6 Sobre esta compleja problemática se ha ido acumulando una valiosa literatura académica, publicada inicialmente en el mundo académico norteamericano. El Instituto Nacional de Migración y el Banco de Reservas de la República Dominicana han traducido y publicado los textos más significativos en esta materia en su colección Clásicos de la Migración Dominicana, en la que también sale a la luz esta obra de Itzigsohn.
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
El complejo de procesos y mediaciones socioculturales y políticas hasta aquí referidos de manera muy apretada define las condiciones mediante las cuales los inmigrantes persiguen hacerse estadounidenses. Itzigsohn sostiene que este proceso establece un patrón de incorporación etnorracial de acuerdo con un marco estratificado de posibilidades de asimilación. A partir de ello, se establece que la segunda generación de inmigrantes se encuentra mejor dotada para una asimilación «exitosa», siempre bajo el condicionamiento etnorracial que limita sus posibilidades. Además, hay un contexto clasista que bifurca el proceso: la segunda generación tiene mayores posibilidades de insertarse al adquirir ocupaciones de clase media, aunque la mayoría pasa a constituir parte de un conglomerado multirracial de ocupaciones de servicios con poca capacidad de movilidad. Esto se acentúa en el caso de las mujeres. El balance final es que la mayoría de los inmigrantes termina constituyendo parte del conglomerado de la clase obrera norteamericana: la primera generación se inserta en ocupaciones propias de la actividad industrial manufacturera y la segunda se conecta a actividades de servicios, como parte de la nueva clase obrera de servicios. En el primer caso, sobre todo, aunque también en la segunda generación, se aprecia una cercanía en la posición que terminan ocupando los inmigrantes dominicanos en la cadena de estratificación de clases con los trabajadores norteamericanos negros.
Ahora bien, en el enfoque de asimilación segmentada a partir de la incorporación de base etnorracial, el análisis se concentra en las diversas modalidades de asimilación. El enfoque estratificado, por el que se inclina Itzigsohn, también destaca la movilidad de ingresos, pero lo hace no a través del papel que desempeña el enclave étnico. Enfatiza sobre todo los condicionamientos propios de la estructura social estadounidense.
En esa perspectiva, aunque el autor reconoce las posibilidades de movilidad en el proceso de asimilación, indica que los obstáculos estructurales que encuentra la población inmigrante latina, y en particular la dominicana, se determinan por el potencial de cambio de la estructura social y de clase de la propia sociedad norteamericana más que por el éxito que pueda brindarle la conexión con el enclave étnico. De esa forma, lo que determinará las posibilidades de asimilación y movilidad ascendente de los inmigrantes será, sobre todo, los cambios sociopolíticos de la sociedad norteamericana. De ahí la importancia que tiene el papel de la identidad panétnica para el cambio social ascendente de las familias inmigrantes.
El estudio de Itzigsohn es sumamente rico e innovador. Ayuda mucho a la comprensión de las complejidades del proceso de asimilación de los dominicanos a la sociedad norteamericana y proporciona valiosos conocimientos que permiten reconocer las bases del complejo proceso de creación de identidades en la sociedad receptora, donde el inmigrante asume un cambio cultural que lo conduce al vínculo panétnico con la nación latina, al tiempo que lo conecta con una dinámica transnacional que transforma la base de sus identidades tradicionales centrada en la familia nuclear, sumergiéndolo en un mundo cosmopolita. Todo ello produce un nuevo universo sociopolítico que transforma su subjetividad como colectivo inmigrante mediante el cual la comunidad dominicana termina asimilándose a la sociedad estadounidense.
Más allá de los hallazgos empíricos del estudio de Itzigsohn, la obra representa una innovadora contribución que enriquece la teoría de la inmigración latina en los Estados Unidos en lo relativo al proceso de asimilación y al particular enfoque de asimilación segmentada que Itzingsohn critica y enriquece, introduciendo una nueva mirada centrada en la lógica de la estratificación de clases y el condicionamiento etnorracial y político.
El lector de habla hispana cuenta ahora con una mirada enriquecedora del proceso emigratorio que de seguro contribuirá al conocimiento del complejo y fascinante mundo de la emigración desde el ámbito de los países de origen y permitirá apreciar mejor las complejidades del mundo al que se enfrentan sus emigrantes al conectarse y asimilarse a la sociedad receptora, en este caso la norteamericana.
Wilfredo lozano Santo Domingo, 7 de mayo de 2025
AGRADECIMIENTOS
Este libro es el resultado de varios años de trabajo, durante los cuales adquirí numerosas deudas de gratitud. Para empezar, me gustaría agradecerle a la Fundación Russell Sage su contribución a todas las fases del proyecto, desde la financiación de mi investigación hasta la publicación de este volumen. Completé un borrador de este libro durante un año sabático en la fundación, donde el ambiente de trabajo, los recursos y los intercambios intelectuales con mis colegas, académicos visitantes durante los años 2006-2007, fueron invaluables para mí. Este libro no habría sido posible sin el apoyo de la fundación.
Varios colegas leyeron y comentaron sobre los capítulos. En estricto orden alfabético, agradezco a Aixa Cintron-Velez, Kay Deaux, Rachel Heiman, Patricia Landolt, Tim Moran, Karthick Ramakrishnan, y George Wilson. Todos fueron generosos con su tiempo y con sus aportes en las diferentes versiones del manuscrito, y proporcionaron importantes críticas y sugerencias.
A lo largo de los años, he platicado con muchos colegas sobre mis ideas en presentaciones, conferencias o simplemente junto a una taza de café. No necesariamente hemos estado de acuerdo, pero sus conversaciones me han ayudado a explorar afirmaciones y teorías. Una vez más, en orden alfabético, agradezco a Leticia Calderón-Chelius, Ginetta Candelario, Luis Donatello, Nancy Foner, Silvia Giorguli-Saucedo, Steve Gold, Luin Goldring, Adrianne Kalfopolou, Jean-Michel LaFleur, Jorge Malheiros, Marco Martiniello, Jason
McDonald, Silvia Montenegro, Silvia Pedraza, Alejandro Portes y Rubén Rumbaut. Un agradecimiento especial a Eric Wanner, cuya crítica perspicaz durante la presentación de una versión anterior de este trabajo en la Fundación Russell Sage fue muy influyente en la configuración de la primera parte del libro.
Mi mayor deuda intelectual es con dos amigos y colegas: Patricio Korzeniewicz y Jitka Maleckova. Cada uno leyó más de la mitad del manuscrito, y cada uno le hizo contribuciones fundamentales. Las largas conversaciones que tuve con Patricio durante el tiempo que pasamos juntos como académicos visitantes en la fundación fueron esenciales para ayudarme a organizar mis argumentos y la estructura del libro. Jitka era, a la vez, mi crítica más amable y más dura, y no permitió que nada se escapara. Al leer la versión final, puedo apreciar la marca y el valor de sus aportes. También me gustaría mencionar a dos revisores anónimos. Desde la aceptación del libro, les he pedido que se presenten para poder reconocerlos y agradecerles de forma calurosa y abiertamente: Phil Kasinitz y Robert Smith. Phil me recomendó profundizar y fortalecer mi análisis de los datos. Si mi análisis es empíricamente sólido, es en gran medida gracias a las sugerencias de Phil. Robert me animó a desarrollar aún más mi marco teórico y también me ofreció la denominación: «incorporación etnorracial estratificada». Le debo mucho por lo que considero una de las contribuciones más importantes del libro.
La escritura no es solo el desarrollo de un argumento intelectual. También es un proceso minucioso de encontrar pequeños detalles, preparar la presentación de la información y de los datos, y buscar libros, artículos y citas. No podría haberlo hecho sin la inestimable ayuda de los asistentes de investigación. Gracias entonces a Galo Falchettore, Alexsa Rosa, Orly Clerge y Jeffrey Ruiz, quienes me asistieron durante mi año en la Fundación Russell Sage. También me beneficié de la ayuda de estudiantes de posgrado en Brown. Adriana López-Ramírez y Mathias vom Hau me auxiliaron para desarrollar diferentes partes del análisis. También quiero agradecer a Suzanne Nichols, directora de Publicaciones de Russell Sage, por su constante apoyo en este proyecto.
Mi mayor deuda es con la comunidad dominicana en Providence, con todas las personas que hablaron conmigo, me recibieron en sus casas, respondieron a mi encuesta y me invitaron a ser parte de sus vidas. Como inmigrante,
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la comunidad dominicana me ha acogido y me ha brindado un sentimiento de pertenencia. La participación dentro de la comunidad dominicana y latina en Providence ha sido mi propio camino de incorporación a la vida estadounidense. Este libro no solo hubiera sido imposible si los dominicanos en Providence no hubiesen abierto sus puertas a mis investigaciones, sino que mi vida también habría sido mucho más pobre sin la amistad y los proyectos compartidos con tantos de ellos.
Elvys Ruiz me ayudó a organizar y llevar a cabo partes claves del trabajo de campo que constituyen la base de este libro. También sirvió como caja de resonancia para mis preguntas e ideas sobre la incorporación dominicana. Mi trabajo de campo tampoco hubiera sido posible sin la inestimable ayuda de Claribel Terrero y Maria Kamara Terrero. Otro amigo que contribuyó inmensamente es Mario Bueno. Mario me introdujo al activismo latino local en Providence, y durante años me preguntó cuándo se completaría y publicaría este libro. Extiendo también mi profundo agradecimiento al senador del estado de Rhode Island, Juan Pichardo, y a la representante del Estado, Grace Díaz, quienes generosamente aceptaron conversar conmigo y me permitieron discutir sus actividades políticas en este libro. Mi análisis de la política dominicana hubiera sido imposible sin su colaboración.
Muchos otros dominicanos en Providence a lo largo de los años me han abierto sus hogares, me han proporcionado ideas y han compartido conmigo sus proyectos políticos y culturales. Todos ellos me ayudaron a completar este proyecto. No puedo mencionarlos en su totalidad, pero hay varios que debo reconocer aquí. En estricto orden alfabético, quiero agradecer a Hugo Adames, José Alemán, Pedro Báez, Americo y Niselsa Bisonó, Marisol Camilo, Víctor Capellán, Melba De Peña, Félix Diclo, Zoilo García, Abraham Henderson, Dilania Inoa, Manuel Jiménez, Yuri Liriano, concejal Miguel Luna, Tony Méndez, Sabina Matos, Juan Mota, Francis Parra, Luis Peralta, Tomás Ramírez, concejal Luis Tejada y Johanna Terrero.
No puedo concluir sin mencionar a mis padres, José Alberto Itzigsohn y Sara Minuchin Itzigsohn, quienes leyeron y comentaron sobre varios capítulos, y me animaron constantemente.
Todas las personas que he mencionado me apoyaron en grande o pequeña proporción. Todos contribuyeron a mejorar este libro. La responsabilidad de los argumentos y reclamos, sin embargo, es exclusivamente mía. Lo he escrito
con la esperanza de contribuir a un mejor entendimiento de la inserción dominicana y de la experiencia inmigrante en general. Se lo dedico a todos los inmigrantes, en Estados Unidos y en todo el mundo. La ardua labor de los inmigrantes ayuda a construir una vida mejor en los lugares que habitan.
PRIMERA PARTE INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1
INMIGRACIÓN Y SOCIEDAD
AMERICANA
¿Qué significa para los inmigrantes convertirse en estadounidenses? Esta es una antigua pregunta de las ciencias sociales y del discurso público en Estados Unidos, que ha adquirido nueva importancia, ya que la inmigración se ha convertido en un elemento central de la vida en ese país. A medida que los inmigrantes se van integrando, también experimentan cambios sociales y culturales. Al mismo tiempo, modifican la estructura social y las dinámicas culturales de los Estados Unidos. También ejercen una gran influencia en la vida cotidiana del lugar donde residen. Este libro analiza las formas en que los inmigrantes dominicanos en Providence se convierten en una parte de la sociedad estadounidense. A través del examen de un grupo de ellos, el libro tiene como objetivo participar en el debate contemporáneo sobre la inserción de inmigrantes, y lo que eso dice sobre la sociedad estadounidense. Cuando llegué por primera vez a Providence en el otoño de 1994, no sabía mucho sobre el lugar. Conocía el papel de Nueva Inglaterra en la colonización europea de norteamérica y en la formación de los Estados Unidos como país independiente. Sabía que la región había sido la cuna de la revolución industrial en América y destino de la emigración europea durante la segunda mitad del siglo XIX y los principios del XX. Pensé que en la medida en que pudiera encontrar una presencia étnica, esta se encontraría relacionada con la gran inmigración histórica de italianos, irlandeses, portugueses
y canadienses franceses. No esperaba encontrar una comunidad dominicana grande y vibrante. Sabía muy bien que la inmigración posterior a 1965 provenía principalmente del mundo en desarrollo, pero que en ese momento la asociaba más con las grandes ciudades de entrada de los Estados Unidos, no con lugares más pequeños como Providence. En mi imaginación, Providence me recordaba a la clásica Yankee City de Lloyd Warner y Leo Srole. En The Social Systems of American Ethnic Groups (1945), uno de los libros de la serie sobre Newburyport, Massachusetts, Warner y Srole describieron una ciudad con una fuerte presencia de inmigrantes europeos, y analizaban su organización étnica y su proceso de asimilación.
Al llegar a Providence, me di cuenta de que la ciudad que había imaginado existía, pero solo en la década de 1970. Sin duda, la historia de la inmigración en Providence era diferente a la de Newburyport, debido a la gran presencia de caboverdianos afrodescendientes en Providence (Beck, 1992; Halter, 1993). El carácter étnico de la ciudad y su política, sin embargo, estaban dominados por la fuerte presencia de inmigrantes europeos, en particular italianos, irlandeses y portugueses, y sus hijos. Pero cuando llegué a mediados de la década de 1990, encontré un lugar que durante las dos décadas anteriores se había expandido gracias al trabajo de nuevos inmigrantes de América Latina, el Caribe, Asia (principalmente Asia Oriental) y África. Estos revirtieron el declive demográfico de la ciudad y revitalizaron los barrios abandonados. Me di cuenta de que Providence era un nuevo tipo de ciudad yanqui, en la que las minorías constituían el grueso de la población. Los dominicanos son uno de los grupos étnicos más grandes de la ciudad y su presencia se siente en todos los ámbitos de la vida urbana. Conduciendo por Broad Street desde el centro de Providence hacia el lado sur, se nota la presencia de numerosas empresas dominicanas pequeñas. Una parte de La Broa, como se conoce a la calle entre los inmigrantes de habla hispana, ha sido rebautizada como el Bulevar Juan Pablo Duarte, en honor al héroe de la independencia dominicana. Girando a la derecha en Miller Street, bordeando el parque Roger Williams, se puede observar un monumento a Duarte que fue construido con las contribuciones de los miembros de la comunidad. La parte sur, particularmente el área entre Broad Street y Elmwood Avenue, es el área central, núcleo de la presencia dominicana en Providence, y la base de su creciente empoderamiento político, aun cuando los dominicanos habitan en la mayor parte de la ciudad.
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence examina cómo las influencias de clase y raza van delineando la incorporación de los dominicanos de primera y segunda generación en Providence, Rhode Island. En ese sentido, se centra en dos dimensiones. En primer lugar, examwwina la posición de los dominicanos de primera y segunda generación en la estructura socioeconómica de Providence, y las vías de movilidad entre las generaciones. En segundo lugar, explora las identidades desarrolladas por los dominicanos a medida que se van integrando a la sociedad estadounidense; en particular el surgimiento de identidades transnacionales y panétnicas, al igual que las prácticas sociales asociadas a ellas. Este libro, por lo tanto, intenta retratar una pequeña parte de un gran fenómeno en la experiencia estadounidense: la incorporación de nuevos grupos de inmigrantes en las nuevas ciudades de acogida.
Este libro se suma también a los debates teóricos sobre la incorporación de inmigrantes en los Estados Unidos. Los dominicanos son un grupo importante en este contexto. Por un lado, es uno de los más grandes de la costa este, sobre todo en los estados del noreste. Aún más importante, sin embargo, es la forma en la que entran en la sociedad estadounidense. La mayoría llegan con bajos niveles de cualificación y muy pocos recursos económicos. Como resultado, ingresan al sistema ocupacional por su nivel inferior. Además, muchos son clasificados como afroamericanos por la sociedad en general, y todos son categorizados como latinos. Por lo tanto, pasan a formar parte de grupos racializados dentro de la sociedad (Aparicio, 2006; Candelario, 2007). El estudio de la incorporación dominicana nos permite analizar las formas en que la raza y la clase configuran este proceso de manera general. Además, proporciona una ventana a través de la cual examinar las líneas divisorias que estructuran la sociedad. A partir del análisis del proceso de la incorporación dominicana en Providence, este volumen propone un enfoque teórico innovador en relación con las formas y los significados contemporáneos del proceso de conversión en estadounidense.
La incorporación de inmigrantes en los Estados Unidos
Los estudiosos de la inmigración utilizan los términos «asimilación» e «incorporación» para referirse a las formas en que los inmigrantes se convierten en estadounidenses. En su estudio del concepto de la asimilación, el sociólogo
Peter Kivisto argumentó que estos dos términos se refieren a los mismos procesos, y aboga por el uso de «asimilación» (2005). Kivisto tenía razón al equiparar la asimilación y la incorporación, pero existe una diferencia importante entre ambos procesos. El estudio clásico de la asimilación se enfrentaba a dos problemas. En primer lugar, no tomó en cuenta el tema de la raza. En segundo lugar, se aferró a la expectativa teórica de lo que Milton Gordon llamó «conformidad anglosajona» (1964).1 Fue este fracaso en abordar la dinámica de la racialización lo que llevó a los especialistas a cuestionar la teoría clásica de la asimilación (Glazer, 1993).
Aunque se encuentra enmarcado dentro de ese enfoque clásico, el análisis de Warner y Srole sobre la etnicidad en Newburyport fue una excepción en el patrón de marginar a la raza del estudio de la asimilación de los inmigrantes. Warner y Srole argumentaron que la velocidad con la que los grupos étnicos europeos se asimilaron dependía de su distancia social de la corriente cultural dominante, al igual que de la fuerza de su organización étnica. Al final del proceso, los grupos de inmigrantes irían perdiendo gradualmente sus rasgos étnicos y convirtiéndose en parte del orden de clases estadounidense. La identidad de los hijos de inmigrantes se determinaría por su posición en la estructura de clases, más que por su origen étnico. Basándose en su análisis de la distancia social de los distintos grupos de inmigrantes con respecto a la corriente principal anglosajona, Warner y Srole presentaron elaboradas predicciones sobre cuántas generaciones tardaría cada grupo étnico en asimilarse. Vuelvo a ellas en las conclusiones de este libro, ya que sirven como advertencia de los riesgos de los pronósticos basados en las tendencias actuales en medio de situaciones rápidamente cambiantes y fluidas.2 Sin embargo, es importante señalar que Warner y Srole identificaron una barrera infranqueable en el proceso de asimilación: la línea del color. Los afroamericanos y otros inmigrantes de color constituyeron una excepción a la tendencia hacia la pérdida de los
1 Para ser justos con Gordon, establecer el conformismo anglosajón como el punto final del proceso de asimilación era para él una evaluación empírica, no una declaración normativa.
2 Que señale las predicciones inexactas de Warner y Srole sobre la velocidad de asimilación de los diferentes grupos étnicos no significa que tenga la intención de detenerme en el error. De hecho, utilizo su libro como ancla para mi argumento porque fueron los únicos en la tradición de la asimilación que llevaron la línea de color al centro de un análisis de la etnicidad.
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
lazos étnicos y la asimilación al orden de clases estadounidense identificado por Warner y Srole. La raza triunfó sobre la aculturación y la asimilación. En la década de 1940, Warner y Srole argumentaron que los grupos raciales «no serán totalmente asimilados hasta que el orden social estadounidense actual se transforme gradualmente, o por revolución» (1945, 292).
Ciertamente, la sociedad estadounidense ha cambiado desde la publicación de su libro. La masiva movilización popular por los derechos civiles trajo consigo una transformación importante en el orden social, y desde entonces la raza y la clase se han entrelazado mucho más en la defensa de las oportunidades de los individuos y los grupos (Anderson, 2001; Wilson, 1978).
Reflexionando sobre estos cambios y las críticas anteriores, los sociólogos Richard Alba y Víctor Nee reformularon la teoría de la asimilación para abordar la migración contemporánea. Para estos autores, la asimilación se refería a un proceso de difuminación de fronteras a través del cual los inmigrantes y sus descendientes se vuelven más cercanos, y eventualmente difícilmente distinguibles, de la corriente principal de la sociedad receptora a lo largo de una serie de importantes dimensiones sociales y económicas (Alba y Nee, 2003).
Alba y Nee no elaboraron suposiciones sobre cuál sería el punto final de este proceso. Encontraron evidencias de la difuminación de los límites en la movilidad ocupacional y en la integración residencial de segmentos importantes de la población inmigrante. Plantearon que, a pesar de la omnipresencia de la racialización, desde la década de 1960 la sociedad estadounidense se ha vuelto mucho más abierta y porosa a la movilidad de todos los grupos. Debido a que las fronteras raciales han cambiado en el pasado, agregaron que pueden cambiar de nuevo en el futuro, volviéndose menos importantes en la organización de la vida social. Suponían que, aunque las fronteras raciales y de clase son reales y afectan la vida de los inmigrantes, en última instancia son fronteras borrosas que se pueden cruzar a través de las generaciones. No obstante su perspectiva optimista, Alba y Nee reconocieron que la línea de color no está por desaparecer. Un escenario probable es la reconstrucción de las fronteras raciales a lo largo de una línea de diferenciación entre los afrodescendientes y los otros (Alba, 2005; y Nee, 2003). Este escenario remodelaría, pero no eliminaría, la línea de color, y varios grupos de inmigrantes (como los dominicanos) terminarían en el lado de los excluidos. Por otra parte, aunque estos autores se distanciaron de los elementos normativos de la teoría de la
asimilación, el concepto de la asimilación conlleva en el público en general una expectativa de que los inmigrantes, y en particular sus hijos, con el tiempo se fusionarán, desapareciendo entre la población estadounidense general. Esta expectativa fue expresada de manera contundente hace poco por Samuel Huntington (2004).
La inmigración contemporánea, sin embargo, tiene lugar en un contexto de creciente desigualdad social. En los Estados Unidos, esta ha alcanzado niveles no vistos desde la década de 1930 (Massey, 2007). La racialización también forma parte de la experiencia cotidiana, y conforma los encuentros de los inmigrantes con la sociedad estadounidense (Grosfoguel y Georas, 2000; Itzigsohn, Giorguli y Vázquez, 2005; Vickerman 1999; Waters, 1999). El análisis de las maneras en que los grupos de inmigrantes se van convirtiendo en estadounidenses debe tomar en cuenta esta creciente polarización social y las formas generalizadas de desigualdad racial. El argumento de este libro es que la sociedad estadounidense está estructurada en torno a las divisiones raciales y de clase que influyen en las experiencias de los inmigrantes y de sus hijos. No hay duda alguna de que los inmigrantes están participando cada vez más en las instituciones de la sociedad estadounidense, o que se están aculturando a ella. En este sentido, los límites entre ellos, sus hijos y la sociedad se están difuminando. Por otro lado, el proceso de transformarse en parte de la sociedad de acogida se caracteriza por la creación de nuevas fronteras a lo largo de las líneas raciales y de clase. Para los inmigrantes de color, convertirse en estadounidense no significa borrar las diferencias con respecto a sus hijos y a la corriente principal, sino encontrar un lugar dentro de las líneas de falla de la sociedad estadounidense. Por esas razones, prefiero hablar de la incorporación de los inmigrantes, en lugar de la asimilación.
Incorporación socioeconómica
El registro histórico de la movilidad social de los inmigrantes en los Estados Unidos es de naturaleza mixta. Las primeras generaciones de europeos que llegaron durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX enfrentaron graves dificultades y serias privaciones económicas. Sin embargo, en el lapso de tres o cuatro generaciones, el perfil socioeconómico de sus descendientes resultaba bastante similar al de otros estadounidenses blancos. No
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obstante, este proceso de movilidad ascendente no se repitió con los inmigrantes mexicanos y puertorriqueños, que después de tres o cuatro generaciones en los Estados Unidos siguen sobrerrepresentados entre los de menores ingresos y los que están por debajo de la línea de pobreza. Su situación se asemeja a la de los afroamericanos, que a pesar de no ser un grupo de inmigrantes, muestran indicadores socioeconómicos persistentemente más bajos que la población blanca (Bean y Stevens, 2003; Grosfoguel y Georas, 2000; Lieberson, 1980; Massey, 2007; Massey y Denton, 1993; Telles y Ortiz, 2008).
La cuestión de la trayectoria socioeconómica de la incorporación de los nuevos inmigrantes ha despertado una atención renovada desde la década de 1990, cuando el sociólogo Herbert Gans planteó por primera vez la cuestión de si los inmigrantes de segunda generación estaban experimentando una movilidad descendente con respecto a sus padres, uniéndose a los sectores más marginados de la sociedad estadounidense (Gans, 1992). Una respuesta al criterio de Gans la proporcionan aquellos que trabajan dentro del amplio marco de la nueva teoría de la asimilación. Estos expertos reconocieron las dificultades del proceso de incorporación, pero rechazaron la idea de que la segunda generación esté experimentando una asimilación descendente (Alba y Nee, 2003). Joel Perlmann y Roger Waldinger (1997) expusieron que la incorporación de la segunda y tercera generación de inmigrantes europeos fue un proceso prolongado, ayudado por el ocaso de la ola inmigratoria de la década de 1920 y la movilidad ascendente que experimentó la sociedad estadounidense en su conjunto después de la Segunda Guerra Mundial, por lo que es necesario esperar y continuar observando la marcha del proceso actual de incorporación. Agregaron que, con la excepción de los mexicoamericanos, no hay evidencia de que los hijos de inmigrantes estén sufriendo una asimilación descendente (Perlmann y Waldinger, 1997). Además, al cabo de un análisis minucioso de los datos intergeneracionales disponibles para los mexicoamericanos, Roger Waldinger y Cynthia Feliciano opinaron que, aunque los de segunda generación no están experimentando movilidad ascendente, tampoco están en proceso de retroceso con respecto a la primera generación (2004).
Para los investigadores que trabajan dentro de la tradición de la asimilación, las diferencias raciales y de clase imponen dureza en las vidas de los inmigrantes de primera y segunda generación, pero consideran una lenta mejoría generacional y cierta equiparación con el estatus de la clase media
dominante. Al comparar la trayectoria de la incorporación de los inmigrantes mexicanos contemporáneos con la de los inmigrantes del sur y del centro de Europa (SCEN) a principios del siglo XX, Perlmann consideró que debido a que «a la segunda generación mexicana le está yendo menos bien en términos relativos que a sus contrapartes del SCEN, me parece razonable unirme a Bean y Stevens (2003) al sugerir que la asimilación económica mexicana puede tomar más tiempo: cuatro o cinco generaciones en lugar de tres o cuatro» (2005, 124). Me consta que esta predicción es problemática, ya que no toma en cuenta las líneas divisorias raciales y de clase que configuran la incorporación de las generaciones inmigrantes.
Una respuesta diferente al planteamiento de Gans es proporcionada por la teoría de la asimilación segmentada. Los expertos que trabajan dentro de este concepto alegan que hay dos profundas diferencias entre la estructura social estadounidense contemporánea y la de mediados del siglo XX, cuando los hijos de los inmigrantes europeos se asimilaron. Afirman, en primer lugar, que el mercado laboral contemporáneo tiene la forma de un reloj de arena. Los empleos bien remunerados en la industria manufacturera que permitían a vastos segmentos de la segunda y tercera generación de inmigrantes europeos alcanzar un estilo de vida de clase media han desaparecido. Hoy en día, la educación superior es fundamental para lograr la movilidad ascendente, pero para los hijos de inmigrantes pobres y poco calificados que asisten a la escuela en los centros urbanos, la oportunidad de ir a la universidad está por lo general fuera de su alcance. La segunda afirmación es que los nuevos inmigrantes pertenecen a grupos racializados; por lo tanto, además de la pobreza, experimentan la carga de la discriminación racial (Portes y Zhou, 1993; Portes y Rumbaut, 2001).
Los defensores de la asimilación segmentada sostienen que los inmigrantes se están asimilando, solo que en diferentes estratos de la sociedad estadounidense. Aquellos que llegan con un alto capital humano o con recursos financieros siguen el camino convencional de la asimilación a la clase media. Para aquellos que no cuentan con capital humano o recursos financieros, la variable clave es la fuerza de la comunidad étnica. Los grupos de inmigrantes que forman parte de comunidades étnicas con altos grados de integridad institucional y con la capacidad de hacer cumplir las normas sociales, pueden transmitir el espíritu de trabajo duro y movilidad ascendente
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a sus hijos. Para estos grupos, el enclave étnico se convierte en un trampolín hacia la clase media. Los grupos sin comunidades étnicas robustas y sin recursos económicos o educativos sufren todo el impacto de la pobreza y la discriminación. Estos grupos, opinan los defensores de la teoría, se asimilan a lo que a menudo se llama la «subclase urbana», adoptan actitudes que rechazan las normas y expectativas dominantes estadounidenses y renuncian a las esperanzas de sus padres de realizar el sueño americano (Portes, 2006; Zhou y Bankston, 1998).
A pesar del tono polémico del debate entre los especialistas identificados con estos dos enfoques, años de investigación empírica han llevado a una especie de convergencia en los hallazgos sobre la segunda generación. En un artículo reciente, Alejandro Portes, Fernández-Kelly y William Haller reconocieron que no todos los inmigrantes que no experimentan movilidad ascendente se convierten en parte de la clase baja, y que algunos se insertan en lo que los autores llaman comunidades marginales de la clase obrera. Portes y sus colegas concluyeron que «es evidente que la mayor parte de la nueva segunda generación no se está uniendo a los rangos inferiores de la sociedad, pero que una minoría considerable está preparada para hacerlo» (2005, 1032). Esta imagen no es muy distinta a la que Roger Waldinger y Cynthia Feliciano dibujaron de la segunda generación de mexicanos estadounidenses (2004). Aunque estos autores se abstendrían de utilizar el término clase obrera marginal, estuvieron de acuerdo en que grandes segmentos de la segunda generación no se están integrando a la clase media. Del mismo modo, aunque Alba y Nee, en su análisis de la posición socioeconómica de la segunda generación, idenrifican una mejoría general con respecto a la primera generación, aceptaron que la movilidad descendente afecta a algunos grupos:
La noción de la asimilación segmentada, de que una forma de incorporación moverá a los individuos a un estatus de minoría desfavorecida, forma parte de la realidad del futuro. Esto es especialmente probable en el caso de las personas con combinaciones de características de antecedentes familiares (bajos niveles de capital humano parental, ciertas apariencias raciales según el estándar norteamericano y estatus legal indocumentado), que se les dificulta discernir oportunidades realistas para avanzar en la sociedad estadounidense (Alba y Nee 2003, 289).
Esta convergencia en los hallazgos empíricos entre especialistas que utilizan diferentes enfoques teóricos se manifesta también en los resultados de un estudio comparativo de segundas generaciones en la ciudad de Nueva York realizado por los sociólogos Phil Kasinitz, John Mollenkopf, Mary Waters y Jennifer Holdaway (2008). Su libro, Inheriting the City es una referencia importante para este análisis, ya que incluye un enfoque más actualizado y exhaustivo de la segunda generación dominicana en la ciudad de Nueva York. Concluye que a los miembros de la segunda generación les va mejor que a sus padres. Además, a la segunda generación de inmigrantes racializados le está yendo mejor, en comparación, que a los grupos nativos: a los dominicanos de segunda generación les va mejor que a los puertorriqueños, y a los antillanos de segunda generación les va mejor que a los afroamericanos. Al mismo tiempo, a los inmigrantes minoritarios de segunda generación en la ciudad de Nueva York no les va tan bien como a los blancos nativos; los estadounidenses de origen chino de segunda generación son la excepción a este patrón. Para casi todas las minorías en la ciudad de Nueva York, tanto de segunda generación como nativas, las ocupaciones más comunes son como trabajadores de apoyo, de servicios y en ventas minoristas. Para los blancos nativos, por otro lado, la ocupación más común es en el ámbito profesional (Kasinitz et al., 2008).
Significativamente, el estudio de la ciudad de Nueva York arrojó que las tasas de arresto de los inmigrantes de segunda generación son similares a las de los blancos nativos, lo que demuestra que los primeros no adoptan valores o comportamientos contrarios a la cultura dominante, al menos no más de lo que lo hacen los que han nacido dentro de la corriente principal. Por lo tanto, aunque algunos hijos de inmigrantes experimentan una asimilación descendente, el fenómeno no afecta a la segunda generación más de lo que afecta a otros grupos de la sociedad estadounidense. Kasinitz y sus coautores explicaron que los inmigrantes de segunda generación enfrentan un trato diferenciado por parte del sistema judicial, a menudo recibiendo penas más severas que los individuos blancos nacidos en el país (Kasinitz et al., 2008).
Esta analogía en los hallazgos empíricos entre los expertos que trabajan dentro del enfoque de la nueva asimilación y la asimilación segmentada es el punto de partida para los argumentos desarrollados en este libro. Voy más allá al proponer un marco teórico en el cual se pueden interpretar los hallazgos.
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Sostengo que el estudio de la incorporación socioeconómica debe centrarse en las formas de estratificación racial y de clase que afectan a los grupos de inmigrantes. Este tema es enfatizado por el enfoque de asimilación segmentada (Portes y Zhou, 1993; Portes y Bach, 1985). Sin embargo, los especialistas que operan dentro de este marco tienden a centrarse en las diferencias entre grupos, más que en la estratificación dentro del grupo. Es necesario basarse en los patrones de estratificación dentro de las generaciones de inmigrantes y compararlos con el patrón general en la sociedad estadounidense. Existen dos importantes diferencias entre el argumento teórico propuesto en este libro y el enfoque de la asimilación segmentada. En primer lugar, la investigación basada en este último punto de vista apunta a la parte de la segunda generación que se une a la denominada «clase baja» (Portes y Rumbaut, 1996). Esto es comprensible porque este grupo experimenta la mayor marginación. Sin embargo, para comprender las trayectorias de incorporación de los inmigrantes poco cualificados es necesario dirigir el análisis a la difícil situación de las personas que laboran en empleos de baja categoría, en su mayoría de servicios, casi todos de la segunda generación, según varios hallazgos (Kasinitz et al., 2008; Waldinger y Feliciano, 2004); ese es un sector que yo llamo la nueva clase trabajadora de servicios. Los inmigrantes de clase trabajadora generalmente han sido considerados como parte de la clase media, o en camino de convertirse en clase media, pero esta es una suposición no corroborada. Las posiciones de la clase trabajadora a las que se incorporan la mayoría de los inmigrantes no cualificados tienen limitadas sus oportunidades de movilidad y las de sus hijos. En suma, las vidas de la clase trabajadora y de los sectores marginados se encuentran entrelazadas.
En segundo lugar, el enfoque de la asimilación segmentada sostiene que la movilidad social ascendente de los inmigrantes poco cualificados depende de la presencia de un enclave étnico. Al hacer esta afirmación, este enfoque exagera los efectos positivos de los enclaves étnicos y pasa por alto otros caminos para la movilidad intergeneracional. La experiencia dominicana sugiere que la movilidad de segunda generación tiene lugar en, y a través de, las instituciones de la sociedad en general. Al observar la estratificación de clase interna en las comunidades de inmigrantes y étnicas, conjuntamente con la dura situación de los inmigrantes de la clase trabajadora y el mecanismo de movilidad en la sociedad estadounidense, se obtiene una imagen más completa de las
experiencias de la incorporación socioeconómica de los inmigrantes y de sus hijos, y de la estructura social de los Estados Unidos.
Incorporación e identidad
Las identidades de los inmigrantes y sus hijos han sido una preocupación central en el estudio de la inmigración. La gran cantidad de inmigrantes que mantienen una identidad y presencia social diferenciada ha sido una fuente de ansiedad para la sociedad en general y continúa generando respuestas nativistas (Higham, 1955; Huntington, 2004). Según la elaboración clásica de Milton Gordon, la asimilación de la identidad —en otras palabras, la eliminación de las identidades étnicas— marca el final del proceso de cambio que experimentan los inmigrantes (1964). Gordon propuso siete etapas en el proceso de asimilación. En primer lugar, los inmigrantes adquieren patrones culturales y de comportamiento estadounidenses (aculturación). Luego, la etapa clave, pasan a formar parte de las redes sociales y de las instituciones de la sociedad receptora. Después, se evidencian en los inmigranres altos niveles de matrimonios mixtos y un sentido de sí mismos basado en la identidad de la sociedad receptora. El resultado final de la asimilación es la desaparición de las identidades y lealtades étnicas, y el surgimiento del conformismo anglosajón como la actitud dominante, incluso entre sus hijos. Gordon propuso tres etapas adicionales: la ausencia de prejuicios, la ausencia de discriminación y la ausencia de conflictos de valores y de poder, pero estas se referían a cambios en las actitudes y los comportamientos de la sociedad receptora más que a cambios en las prácticas y creencias de los inmigrantes. Esta visión clásica de la asimilación se basaba en la experiencia de los hijos de inmigrantes europeos, para quienes la etnicidad se convirtió en una cuestión de elección. Se transformó en un modo de identificación simbólica, expresado a veces en una serie de eventos públicos, un marcador que puede utilizarse en ocasiones especiales y dejarse a un lado en las interacciones cotidianas (Alba, 1985, 1990; Waters, 1990). Los nuevos grupos de inmigrantes entran en una sociedad que los etiqueta como «no blancos». Para los pertenecientes a minorías, las opciones étnicas están limitadas por las fronteras de clasificación racial. Como inmigrantes de color, a medida que se van aculturando a la sociedad estadounidense, una de las cosas primordiales que aprenden es que son vistos como «otros» racialmente. De hecho, los inmigrantes de color de primera y
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segunda generación construyen sus identidades en torno a la aceptación o al rechazo de las categorizaciones raciales estadounidenses (Halter, 1993; Vickerman, 1999; Waters, 1999).
En su estudio de las identidades antillanas de primera y segunda generación, Mary Waters estableció una relación entre la raza y la clase de los inmigrantes y sus hijos. Demostró que la segunda generación de antillanos de clase trabajadora tiende a adoptar una identidad negra, mientras que las personas de clase media tienden a adoptar una identidad inmigrante o étnica. Afirmó que aquellos que se identifican como negros tienen una actitud muy escéptica hacia los temas principales de la movilidad a través del estudio y el esfuerzo individual, y que que esas actitudes perjudican las oportunidades de movilidad; no obstante, considera que reflejan las experiencias de los inmigrantes de bajos ingresos (Waters, 1999). Un estudio reciente de las segundas generaciones en la ciudad de Nueva York —Waters es una de las autoras— indicó que la adopción de una identidad negra puede permitir el acceso a instituciones que promueven la movilidad, como los sindicatos o los programas de estudios negros (Kasinitz et al., 2008). Estas instituciones florecieron en respuesta a la lucha afroamericana por los derechos y la inclusión, y ahora también sirven a los inmigrantes de minorías. Por otra parte, la antropóloga Ana Aparicio ha demostrado que la adopción de una identidad negra puede servir como trampolín para impulsar, movilizar y empoderar a los dominicanos (2006).
Sigo los resultados de estos autores al asumir que el proceso de incorporación a una sociedad racializada genera la diferenciación etnorracial. La sociedad estadounidense espera que los inmigrantes y sus hijos se asimilen, pero el proceso de aculturación conduce de hecho a nuevas identidades y comunidades etnorraciales. Estas no implican una falta de asimilación. Son el resultado del proceso de la incorporación. Constituyen una forma de posicionar a los inmigrantes en una sociedad que los ve como miembros de grupos racializados.
Aunque el proceso de incorporación a una sociedad racializada conduce a la creación de identidades y grupos etnorraciales, las formas y características particulares de estos no están predeterminadas. Al elegir sus identidades y al emprender prácticas grupales basadas en esas identidades, los inmigrantes y sus hijos forjan un lugar propio en la sociedad estadounidense. Actúan dentro de las limitaciones del sistema de clasificación racial, pero a través de sus acciones también pueden cambiarlo.
Incorporación etnorracial estratificada
Hemos considerado los límites de las nuevas teorías de la asimilación y de la asimilación segmentada. Ambas capturan elementos importantes de la incorporación de los inmigrantes. La nueva teoría de la asimilación no le presta suficiente atención a la racialización y a la estratificación interna de clases de las comunidades inmigrantes. El enfoque de asimilación segmentada no toma en cuenta los mecanismos que hacen posible la movilidad que existe dentro de estas comunidades.
El enfoque teórico propuesto en este libro —un enfoque que llamo la incorporación etnorracial estratificada— tiene como objetivo abordar el carácter complejo, y a veces contradictorio, de ese proceso. Se focalizan la clase y la raza como fuerzas sociales dinámicas que dan forma a las trayectorias de los inmigrantes y sus hijos. En consecuencia, para comprender los patrones de incorporación, es necesario examinar las tendencias de la estratificación y la movilidad que estructuran a la sociedad estadounidense. El estudio de la incorporación es, en resumen, el estudio del encuentro de los inmigrantes con las líneas divisorias sociales y culturales estadounidenses.
Un elemento clave es el análisis de la estratificación de clases interna de los grupos inmigrantes. En este empeño me baso en los trabajos de Erik Olin Wright y John Goldthorpe, quienes reelaboran y adaptan a las sociedades postindustriales los temas clásicos en el análisis sociológico de clases, marxista y weberiano. La clase, tal como se considera en este libro, se refiere a las posiciones basadas en la organización social de la producción y distribución de bienes y servicios (Wright, 2005b). Para producir y distribuir los bienes y servicios que consumimos, las personas ingresan en ocupaciones que transmiten diferentes grados de poder y de control sobre el proceso laboral, así como diferentes recompensas. Los poderes y las recompensas asociadas a las ocupaciones son el resultado de la organización institucional del trabajo (Erikson y Goldthorpe, 1992; Goldthorpe y McKnight, 2004). Como bien afirmó Wright, la posición de clase determina lo que una persona obtiene y cómo lo obtiene (2005b).3
3 La estructura de clases de las sociedades postindustriales se analiza con más detalle en el capítulo 5.
La ventaja de esta conceptualización es que pone las relaciones sociales, la acción humana y el poder en el centro del análisis de la estratificación. Esta es siempre el resultado de disputas sobre cómo organizar el sistema de producción en general y el proceso de trabajo en particular. En los Estados Unidos, la mayoría se considera parte de una amplia clase media, definida por el acceso al consumo masivo y, a primera vista, no existe una política de clases. Pero las decisiones con respecto a la distribución del poder y los recursos asociados a las diferentes ocupaciones son, en última instancia, el resultado de la política de clases. Aunque en los Estados Unidos no hay partidos de clase, cada partido tiene una base de apoyo clasista distinta. Y aunque las bases de los demócratas y los republicanos han cambiado con el tiempo, en cualquier momento la composición de clases de los votantes es diferente, y estas diferencias afectan sus opciones políticas (Brooks y Manza, 1997; Hout, Brooks y Manza, 1995). Más de una vez en mi investigación conocí a dominicanos de primera generación que se referían al Partido Demócrata como el partido de la clase obrera, de los trabajadores o de los que menos tienen. Independientemente de si esta percepción es correcta o incorrecta, esta idea ancla el apoyo de muchos dominicanos al Partido Demócrata.
Un segundo elemento que se centra en el enfoque de incorporación etnorracial estratificada es la omnipresencia de la racialización. Con esto entiendo que la estructuración de las relaciones y las clasificaciones sociales giran en torno a categorías raciales. Me baso en la teoría de la formación racial (Winant, 2004). La raza se construye históricamente y está sujeta a cambios, en particular como resultado de la contienda política. Pero las categorías raciales también han demostrado ser resistentes y, aunque han cambiado, no han desaparecido. En los Estados Unidos, la raza está institucionalizada en el mercado laboral, la educación y las prácticas residenciales (Anderson, 2001; Grosfoguel, 1997; Massey, 2007; Massey y Denton, 1993). Las categorías raciales también guían los procesos de clasificación social y formación de la identidad (Kibria, 2002; Waters, 1999).
Desde esta perspectiva, la cuestión no es si la clase o la raza son más importantes para determinar las oportunidades de vida, las identidades o las expectativas sociales. La cuestión es cómo la clase y la raza se entrecruzan para condicionar las vidas de individuos y grupos en diferentes momentos y en distintos lugares. Enfocarse solo en la clase pasaría por alto la racialización de la
estructura social estadounidense. Por otro lado, centrarse solo en la racialización pasa por alto la estratificación de clases dentro de los grupos etnorraciales. La racialización afecta a todos en los Estados Unidos, pero la posición de clase actúa como mediadora de sus efectos sobre las vidas individuales e influye en la perspectiva que las minorías tienen de la sociedad estadounidense (Hochschild, 1995; Kibria, 2002; Kwong, 1996; Lacy, 2004; Wilson, 1978).
Tomando como punto de partida la intersección de clase y raza y sus efectos en la incorporación socioeconómica y en las identidades de los inmigrantes, el criterio de incorporación etnorracial estratificada sostiene que en los Estados Unidos el proceso de convertirse en estadounidense para los inmigrantes poco calificados se caracteriza por tres tendencias. En primer lugar, su incorporación a una estructura de clases racializada en la que las personas de color están sobrerrepresentadas en sus extremos inferiores; en segundo lugar, el desarrollo de la estratificación interna dentro de los grupos etnorraciales, y, en tercer lugar, la formación y perpetuación de identidades y comunidades etnorraciales.
Al estudiar la formación de identidades y comunidades etnorraciales, hago hincapié en el vínculo entre las etiquetas de identidad que eligen los inmigrantes, y las prácticas individuales y grupales en las que se involucran en función de sus elecciones de identidad. La presente investigación es al mismo tiempo el estudio de la formación de grupos. Esta conceptualización se basa en el modelo multidimensional de identidad, elaborado por los psicólogos sociales
Richard Ashmore, Kay Deaux y Tracy McLaughlin-Volpe (2004). El análisis también se apoya en el trabajo del antropólogo Richard Jenkins sobre la formación de la identidad colectiva (1997). Jenkins señaló que las experiencias cotidianas de los individuos siempre trascienden los límites aceptados de las identidades colectivas. Como resultado, siempre existen diferentes interpretaciones sobre los límites y significados culturales que definen al grupo.4
Al evaluar las identidades construidas por los dominicanos, le presto especial atención a dos temas que han generado un debate considerable entre los expertos: el transnacionalismo y la panetnicidad. Está bien establecido que los inmigrantes incurren en prácticas que los vinculan a sus países de origen, y que este no es un fenómeno nuevo. Hace un siglo, los inmigrantes europeos
4 He desarrollado este marco conceptual en el capítulo 6.
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también establecieron vínculos transnacionales con los lugares que dejaron atrás (Foner, 2005; Portes, Escobar, y Radford, 2007). Las formas contemporáneas de participación transnacional van desde el envío de remesas a familiares, hasta la participación en proyectos económicos, políticos o culturales en el país de origen. Allí, diferentes prácticas están arraigadas en identidades y sentidos de pertenencia que trascienden las fronteras nacionales. En la segunda parte del libro, evalúo hasta qué punto los dominicanos de primera y segunda generación utilizan un marco transnacional en la construcción de sus identidades, y examino los tipos de estas prácticas.
También abordo el tema de la construcción de la panetnicidad. En los Estados Unidos, los inmigrantes y sus hijos son categorizados por las agencias estatales y por la sociedad civil como miembros de amplios grupos panétnicos. Estas etiquetas, sin embargo, no corresponden con las formas de autoidentificación que los inmigrantes traen consigo. En consecuencia, la mayoría de los de primera y segunda generación las rechazan porque agrupan a personas con diferentes historias y culturas. Por otro lado, muchos abrazan la panetnicidad como una nueva forma de identidad que guía proyectos sociales, culturales y políticos comunes. Los lugares como Providence, donde hay una gran cantidad de grupos etnorraciales, ninguno de los cuales es numéricamente dominante, favorecen el surgimiento de la panetnicidad.
El análisis de la incorporación de dominicanos de primera y segunda generación muestra que invierten en la construcción de identidades y organizaciones transnacionales y panétnicas. Vale la pena repetir que, desde la perspectiva del enfoque de incorporación etnorracial estratificada que aquí se propone, la construcción de estas identidades no indica un fracaso de la asimilación. Son las formas de identidad que los dominicanos utilizan para abrirse un lugar en la sociedad estadounidense, y la manera en que se movilizan para hacer reclamos sobre el sistema político estadounidense.
Estudios de caso y construcción de teorías
El enfoque metodológico del libro se guía por la lógica del estudio de caso: analiza un grupo étnico inmigrante en una ciudad. La fortaleza de este tipo de estudio es que permite conocer en profundidad el caso particular y su contexto social y político. Su inconveniente obvio es la dificultad de generalizar a partir
de una sola instancia. ¿Cómo puede el investigador saber que lo que ve no es solo un conjunto particular de circunstancias, diferentes a cualquier otro caso? Un estudio de caso puede superar esta limitación y contribuir a la construcción de la teoría de dos maneras. La primera es a través de un intenso compromiso con el conocimiento y la teoría existente. En lugar de apelar a la generalización, aplicar las teorías existentes a un caso, lo que permite examinar cercanamente los mecanismos implícitos en diferentes proposiciones teóricas.
Mediante la ponderación constante de los resultados de la investigación con los argumentos teóricos, el estudio de caso contribuye a ampliar nuestro conocimiento general (Paige, 1999). Al mismo tiempo, nos ayuda a comprender los límites contextuales de teorías particulares. Los estudios de Yankee City fueron escritos con el espíritu —y gran parte del conocimiento de vanguardia sobre la inmigración, la raza, la etnicidad y los problemas urbanos contemporáneos— que proviene de casos teóricamente informados (Foner, 2001; Kasinitz, 1992; Kasinitz, Mollenkopf y Waters, 2004; Portes y Stepick, 1993; Waldinger y Mehdi, 1996; Waldinger, 1996; Waters, 1996). En este libro utilizo a los dominicanos en Providence para examinar la validez de las afirmaciones del enfoque de la incorporación etnorracial estratificada.
La segunda forma en que un estudio de caso puede trascender sus propios límites es a través de las comparaciones. Estas pueden ser implícitas, como las referencias a la literatura relevante sobre casos paralelos, o explícitos, cuando la causa se compara abiertamente con otras para examinar sus puntos en común y sus particularidades. Sobre la base de estas comparaciones más o menos implícitas, el investigador puede ubicar el caso particular en un universo más amplio y, de esta manera, evaluar hasta qué punto los hallazgos son generalizables. En este libro llevo a cabo una serie de comparaciones de este tipo, empleando la literatura existente sobre la movilidad social de los mexicoamericanos y los afroamericanos para investigar la estructura de las oportunidades abiertas a las minorías en la sociedad estadounidense y, por lo tanto, para evaluar las probables trayectorias de movilidad de las futuras generaciones de dominicanos. Además, llevo a cabo comparaciones explícitas de los dominicanos en Providence con otros grupos etnorraciales en la ciudad, así como con dominicanos y estadounidenses blancos en otras partes del país. Estas comparaciones me permiten establecer el alcance y los límites de las afirmaciones teóricas que obtengo de ellas.
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
El análisis de la incorporación de los dominicanos de primera y segunda generación en la sociedad estadounidense se basa en diferentes fuentes de información y en técnicas de recolección de datos. Esto es lo que hoy se conoce como un enfoque de métodos mixtos. En este volumen me baso en varias fuentes de información. En primer lugar, están los datos cuantitativos secundarios, cuya fuente principal es las Muestras de Microdatos de Uso Público (Public Use Microdata Sample, PUMS por sus siglas en inglés) del censo del 2000, que nos provee una imagen bastante completa de la posición socioeconómica de los dominicanos. A pesar de que probablemente esta imagen ya es algo anticuada, un estudio exhaustivo a la altura del año 2000 proporciona una línea de base que podemos utilizar más adelante para observar las tendencias.5 A todo esto agrego los datos del gobierno de Rhode Island para proporcionar un trasfondo de la situación educativa de los latinos en el estado.
Otra fuente de datos secundarios es la Encuesta Nacional Latina (Latino National Survey, LNS por sus siglas en inglés), de carácter aleatoria, que explora la situación de la educación y el empleo, así como las opiniones sociales y políticas de los latinos. Realizada durante el invierno de 2006-2007, la encuesta en Nueva Inglaterra entrevistó a 1,200 latinos en Massachusetts, Rhode Island y Connecticut. De ella, he seleccionado la submuestra de dominicanos en Providence, que incluye a 101 encuestados. Noventa eran dominicanos de primera generación y once de segunda generación. Dado que la mayoría nacieron en República Dominicana, utilizo la Encuesta Nacional Latina principalmente para comparar y confirmar los hallazgos de la primera generación.
En segundo lugar, me baso en una encuesta de dominicanos de primera y segunda generación en Providence que realicé entre el otoño del 2002 y
5 Aunque tienen varios años de antigüedad, estos datos siguen siendo los mejores que tenemos para el análisis de grupos relativamente pequeños, como los dominicanos en Providence. Traté de reunir varias muestras anuales de la Encuesta de Población Actual (Current Population Survey, CPS por sus siglas en inglés) o la Encuesta de Comunidades Americanas (American Communities Survey, ACS por sus siglas en inglés), pero el número de dominicanos en Rhode Island incluidos en esas encuestas era muy bajo, incluso después de agrupar diferentes años. Como resultado, el análisis mostró vacíos evidentes (por ejemplo, en la cantidad de personas que abandonaron la escuela o en la distribución de la ocupación). Esas encuestas se pueden utilizar para analizar las tendencias socioeconómicas en lugares donde la población dominicana es grande, como la ciudad de Nueva York, porque se puede incluir en la muestra un número significativo; pero en lugares con poblaciones pequeñas, como Rhode Island, solo el censo nos permite observar a grupos específicos.
la primavera del 2003. La organicé con la ayuda de un grupo de primera generación de Providence, quienes se me sumaron tanto para la redacción del cuestionario como para la realización de las entrevistas. La muestra no es aleatoria porque no hay una lista de dominicanos en Providence de la cual extraerla. Mi objetivo era encuestar a la segunda generación. Para ello, elaboramos una lista de 400 dominicanos de segunda generación, indagando con las personas de la comunidad. De esta lista seleccionamos al azar 150. Nos dimos cuenta de que algunas de estas personas habían nacido en la República Dominicana y que llegaron a los Estados Unidos a una edad temprana. Sin embargo, decidí entrevistarlos e incluir, con fines comparativos, algunos dominicanos de primera generación. A esta segunda muestra se llegó en parte a través de la lista y en parte a través de múltiples referencias, que surgieron de aquellos a quienes entrevistamos por primera vez. Al final se lograron 100 entrevistados de la segunda generación y 81 de la primera. Esta encuesta ofrece una gran cantidad de datos sobre la incorporación socioeconómica, la identidad, la participación política y las prácticas transnacionales. Parto de ella para un examen profundo de la estratificación de clases y la movilidad intergeneracional de los dominicanos en Providence y para el análisis de sus identidades y visiones globales. En tercer lugar, parto de treinta y cuatro entrevistas de profundidad, dieciocho de primera generación (nueve mujeres y nueve hombres) y dieciséis de segunda generación (diez mujeres y seis hombres). Realicé yo mismo las entrevistas, las cuales duraron de una a cuatro horas, entre el otoño de 2002 y el de 2004. Muchas fueron grabadas y transcritas, y en otros casos tomé notas al finalizar las entrevistas. Gracias a ellas, recopilé información sobre la infancia de los encuestados, su educación y su historial laboral, sus formas de autoidentificación y participación comunitaria, y sobre sus compromisos transnacionales. Las entrevistas me permitieron registrar historias y experiencias individuales para comprender mejor el significado de las identidades y prácticas cotidianas de los dominicanos de primera y segunda generación. También entrevisté a dos funcionarios electos, el senador estatal Juan Pichardo y la representante estatal Grace Díaz. Ambos proporcionaron ideas muy valiosas sobre la política local latina y otros aspectos de la vida comunitaria.6
6 Porque son casos únicos en cada una de sus responsabilidades, es decir, no hay otros senadores o representantes de origen dominicano, y porque son personalidades públicas, no puedo ocultar sus identidades y por eso uso sus nombres cuando los cito o hablo con ellos.
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
La última fuente de información, pero no menos importante, fue mi propia participación en la vida de la comunidad. Soy un inmigrante, soy argentino, encontrarme con una comunidad dominicana en Providence fue una sorpresa muy agradable para mí. Su gente me dio la bienvenida y se convirtió en una fuente de amistad y apoyo. A través de mi inmersión en la comunidad dominicana y latina, me convertí en un ciudadano de Providence. No en el sentido legal, aunque soy ciudadano estadounidense naturalizado, sino en el sentido de una persona que participa en la vida pública de la ciudad en la que habita. Mi propia adopción de la sociedad estadounidense tuvo lugar entre la comunidad dominicana y latina en Providence.
Aun cuando mi posición es la de un investigador, no pretendi aparentar ser un aficionado. En mis interacciones siempre dejé claro que era investigador y que iba a escribir un libro sobre los dominicanos en Providence; un libro que tomó tanto tiempo que la mayoría de las personas que conozco comenzaron a dudar de que algún día se materializara. Además, sé muy bien que las comunidades están fragmentadas y que el acceso a ciertos grupos e individuos a menudo impide el conocimiento de otros, hasta el punto de que uno se identifica con la visión particular de aquellos que lo rodean. Sin embargo, la participación en la vida comunitaria proporciona un conocimiento directo de algunos de los principales actores y una visión de los procesos sociales en marcha (Burawoy, 1998).
Ningún grado de cercanía puede proporcionar una visión objetiva e imparcial. La vida social es demasiado compleja y cualquier comprensión de una situación está mediada por el lente analítico del investigador. Además, la representación de una situación lleva la impronta de los sesgos y agendas del escritor, que ejerce un poder autoral arbitrario. Mis propios prejuicios se harán evidentes para el lector. Están ahí a la vista de todos. La elección de la clase y la raza como conceptos analíticos claves, y el enfoque crítico sobre la estratificación de clases y de la dinámica de racialización de la sociedad estadounidense, le ofrecen al lector una idea de mi propia comprensión de la vida social. Aun así, confío en las ciencias sociales y sostengo que, aunque toda representación es necesariamente parcial, arbitraria y sesgada, no toda representación lo es igualmente. Creo en la validez, tan parcial y frágil que sea, lograda a través de un trabajo empírico cuidadoso y teóricamente informado.
Equipado con estas diferentes fuentes de información, me propongo analizar la experiencia de incorporación de los dominicanos de primera y segunda generación en Providence y lo que nos muestra sobre la estructura de la sociedad estadounidense. Los inmigrantes se incorporan a una sociedad estratificada por clase y raza. Para entender cómo funciona la incorporación, necesitamos entender cómo la raza y la clase condicionan las oportunidades y las experiencias de todas las personas. El estudio de la experiencia del inmigrante nos ayuda a comprender mejor las líneas divisorias de los Estados Unidos. En última instancia, este libro argumenta que el estudio de la inmigración es tanto un estudio de la sociedad estadounidense como un acercamiento a los grupos particulares dentro de ella.
CAPÍTULO 2
PROVIDENCE DOMINICANA
Históricamente, Providence ha sido una ciudad de inmigrantes. Irlandeses, italianos, europeos del este, canadienses franceses, portugueses y caboverdianos la construyeron y la poblaron con sus molinos durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX (Conley y Campbell, 2006). Los dominicanos, junto con otros inmigrantes latinos, de Asia Oriental y África Occidental, se están asentando en los lugares que dejaron vacantes las olas migratorias anteriores. Estos nuevos inmigrantes, sin embargo, no encuentran empleo en las fábricas, sino en ocupaciones de servicios. Son conserjes, personal de hoteles, empleados municipales, maestros, enfermeras y trabajadores sociales; algunos son abogados, médicos, ingenieros y gerentes de negocios. Ellos están construyendo un nuevo tipo de ciudad, una que se volverá cada vez más común en Estados Unidos; una ciudad en la que las minorías, inmigrantes y nativas, conforman la mayoría de la población. Es en este contexto que los dominicanos se están incorporando a la estructura social y política de la ciudad y, al hacerlo, también están cambiando su vida cotidiana.
Migración dominicana a Estados Unidos
La migración dominicana a gran escala en dirección a los Estados Unidos comenzó en la segunda mitad de la década de 1960, como resultado de los
acontecimientos políticos acaecidos después de la caída de Trujillo, el dictador que gobernó el país durante tres décadas hasta que fue asesinado a tiros en 1961. El fin del régimen de Trujillo fue seguido por cinco años de disputas políticas que terminaron con una intervención militar estadounidense en 1965. En 1966, Joaquín Balaguer, el candidato apoyado por Estados Unidos, fue elegido presidente, y se convirtió en una figura hegemónica en la política durante las siguientes tres décadas. Los primeros doce años de su mandato, de 1966 a 1978, se caracterizaron por una fuerte represión de la oposición política. Muchos opositores se exiliaron en la ciudad de Nueva York, un movimiento facilitado por las administraciones estadounidenses de la época, interesadas en aliviar las presiones políticas en la isla. A partir de la década de 1980, la emigración dominicana se convirtió principalmente en un fenómeno de base económica, resultado de las crisis recurrentes y del fracaso de las políticas de desarrollo (Hernández, 2002).
La población dominicana en los Estados Unidos se concentra en la ciudad de Nueva York. La tendencia en las últimas dos décadas, sin embargo, ha sido la dispersión hacia otros estados, como Nueva Jersey, Florida, Massachusetts y Rhode Island, al igual que hacia ciudades más pequeñas, como Providence en Rhode Island, Patterson en Nueva Jersey y Lawrence en Massachusetts (Torres-Saillant y Hernández, 1998). La tabla 2.1 muestra que la proporción de dominicanos de primera y segunda generación en lugares distintos a la ciudad de Nueva York creció entre 1990 y 2000.7 De hecho, Rhode Island
7 El número de dominicanos reportados en el censo de 2000 fue de 764,945, pero hubo un amplio consenso entre los expertos de que este número subestimó la cifra de los radicados en los Estados Unidos. En todos los análisis de los datos censales utilizo mis propias estimaciones. Me auxilié de los archivos de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) del 5 % del censo del 2000. Comencé el proceso identificando a aquellos que se autodefinían como dominicanos en la pregunta del censo hispano. Luego, examiné a los que respondieron que eran hispanos pero no especificaron su nacionalidad. Delineé dos grupos dentro de esta población: los que nacieron en la República Dominicana y los que informaron ascendencia dominicana (no incluí a los que alegaron ascendencia dominicana mixta, pero este era un grupo muy pequeño). Agregué estos dos grupos al número de aquellos que se identificaron como dominicanos. Para el conjunto de los Estados Unidos, esta suma arrojó 995.726 personas, una cifra muy cercana a la estimación del Pew Hispanic Center. Siguiendo una metodología diferente, Pew estimó que en el año 2000 había 938,316 dominicanos en Estados Unidos (Suro, 2002). Repetí este procedimiento para calcular el número de dominicanos en Providence, Nueva York y Lawrence, y también en Rhode Island, Massachusetts, el estado de Nueva York, Nueva Jersey y Florida.
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cuenta con la mayor presencia proporcional de dominicanos. El número absoluto es pequeño, porque el estado tiene una población reducida, pero la proporción en cuanto a la totalidad del estado —2,4 %— es mayor que en cualquier otro estado. Al momento de escribir este artículo, Rhode Island y Nueva York son los únicos en los que los dominicanos han sido elegidos para las legislaturas estatales (dos en cada estado) y la ciudad de Nueva York y Providence tienen dos representantes dominicanos, cada una, en sus concejos municipales.
La creación de la Providence dominicana
Providence es un lugar interesante para el estudio de la migración. La tabla 2.2 muestra que la población de la ciudad disminuyó desde la década de 1950 hasta la de 1980, cuando la inmigración revirtió la tendencia. Desde entonces, la población inmigrante ha cambiado el panorama económico, político y cultural de la ciudad. La tabla 2.2 también refleja la importancia histórica del empleo en la industria manufacturera, tanto en Providence como en Rhode Island. El porcentaje también fue superior a la media nacional, aunque ha sufrido un descenso continuo, al igual que en el resto del país. Providence ha evolucionado hacia una economía de servicios.
Los dominicanos comenzaron a llegar a Providence a finales de la década de 1960, inicialmente desde la ciudad de Nueva York, pero después del establecimiento de una comunidad local, lo hicieron de manera directa desde la República Dominicana, atraídos por la vivienda barata y la abundancia de empleos bien remunerados en el sector manufacturero. Las cadenas de empleo favorecieron su creciente presencia en la ciudad. Los que llegaron desde la década de 1960 hasta principios de la década de 1980 recuerdan una ciudad en la que se podía acceder fácilmente como trabajador poco calificado a los empleos de manufactura y después ascender a un puesto calificado o como supervisor con un salario más alto. La disminución del empleo en ese sector es notable en las narrativas de los inmigrantes que llegaron más recientemente. Estos cuentan que los puestos de nivel inicial se encuentran sobre todo a través de agencias de empleo temporal y no ofrecen buenos salarios ni muchas oportunidades de movilidad.
TABLA 2.1. Dominicanos en lugares seleccionados de los Estados Unidos
Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos, 1990 y 2000).
Nacidos en el extranjero
TABLA 2.2. Población y empleo en el sector manufacturero
*Porcentaje con respecto al total de empleados de dieciséis años o más. Fuente: Elaboración propia (U.S. Bureau of the Census / Oficina del Censo de los Estados Unidos, varios años).
Según mis estimaciones a partir de los datos del censo, en el año 2000 había 24,984 dominicanos en Rhode Island, lo que los convierte en el segundo grupo de latinos más grande después de los puertorriqueños. En Providence, poseen la mayor visibilidad. Ya sea que nos fijemos en las pequeñas empresas, los medios de comunicación locales, la movilización política, los hitos espaciales o los eventos públicos, su presencia se siente con fuerza en el paisaje urbano y en la vida pública de la ciudad.
El Censo del 2000 indica que el 84 % de los dominicanos de Rhode Island viven dentro de los límites municipales de Providence. Otros 9.1 % habitan en pueblos al norte de Providence, sobre todo en Central Falls, la ciudad más pequeña y étnicamente diversa del estado. También es una de las más pobres. Central Falls y Providence son municipios distintos, y en un estado pequeño como Rhode Island las distancias cortas se sienten más largas que en los estados más amplios. Aun así, ambas ciudades forman parte del mismo continuo urbano; a menos que una persona esté familiarizada con el lugar, no sabrá
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dónde termina Providence y dónde comienza Central Falls. Además, las vidas de los dominicanos en Central Falls no están separadas de las de sus contrapartes en Providence. Debido a que son las dos mayores concentraciones de dominicanos, y en conjunto las dos ciudades abarcan el 93.1 % de esa población en el estado, incluyo estas áreas urbanas en todos los análisis del censo. Aunque por conveniencia me refiero a Providence, Central Falls está considerada dentro de mi análisis.8
La tabla 2.3 presenta datos demográficos de los dominicanos en estas dos ciudades y en comparación con la ciudad de Nueva York. Varios aspectos resultan particularmente significativos. En primer lugar, la gran densidad de la población dominicana dentro de los límites municipales de Providence: 12 %, casi el doble que los dominicanos en la ciudad de Nueva York. Si tomamos Providence y las ciudades al norte juntas, el peso de la población dominicana es del 6.6 %, lo mismo que en la ciudad de Nueva York.
TABLA 2.3. Dominicanos en Providence, Central Falls y la ciudad de Nueva York.
Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
8 Las ciudades al norte de Providence se aglomeran en el Censo de 2000 PUMS dentro de PUMA5 400. Al estar familiarizado con el estado, sé que la población dominicana se concentra en Central Falls. Si pudiéramos aislar los datos de Central Falls, el peso de la población dominicana sería mucho mayor, pero esto es imposible de hacer utilizando los datos del PUMS.
La tabla también muestra que la segunda generación constituye cerca del 33 % de la población dominicana tanto en Providence como en la ciudad de Nueva York, y que la segunda generación es bastante joven. En Rhode Island, la edad media es de once años. En general, las poblaciones de adultos, tanto jóvenes como mayores, constituyen un porcentaje muy bajo de la segunda generación. Es decir, estamos ante el inicio del proceso de incorporación de dominicanos de segunda generación.
La figura 2.1 ilustra cómo la población dominicana en Providence se concentra en los vecindarios del sur de la ciudad, un área delimitada por Broad Street y Elmwood Avenue. En la figura, estas calles se representan con líneas gruesas que definen los límites del vecindario de Elmwood, el cual incluye las pistas censales 2 y 3. Elmwood Avenue se separa de Broad Street, cerca del centro de la ciudad, formando una especie de triángulo. Elmwood Avenue es el límite occidental y Broad Street el este. Entre estas dos calles y a sus lados, en partes de Upper y Lower South Providence al este de Broad Street, y en las secciones del West End adyacentes a Elmwood Avenue, los dominicanos constituyen entre el 20 y el 30 % de la población.
Broad Street es el centro de la vida dominicana en Providence. Conduciendo por esta calle pronto se nota la presencia de sus negocios, principalmente bodegas, peluquerías, restaurantes, clubes de baile y agencias de servicios. Algunas empresas han estado allí durante varios años, pero la tasa de rotación es alta. Durante los meses de clima cálido, se pueden ver vendedores de frutas y verduras ofreciendo su mercancía en la calle, que se estremece con los sonidos del merengue, la bachata y el reggaetón. Doris, una dominicana de diecinueve años de segunda generación que nació en Nueva York y llegó a Providence con su madre cuando era adolescente, lo describe de esta manera: «Me encanta. Me encanta cuando las bocinas están, ya sabes, sonando por todas partes, todo el mundo se vuelve loco. Eso me encanta. ¿Sí? Me gusta ese tipo de [...], el ruido, la conmoción, todo [...]. Me recuerda mucho a Nueva York».
Durante el largo invierno, la calle está vacía y la gente se reúne dentro de las bodegas y los salones de belleza. En esos meses, se puede ver un rasgo característico, los chimis (camiones de comida) vendiendo comida dominicana. Cada mes de agosto, miles marchan por Broad Street en un desfile hacia el parque Roger Williams, donde se lleva a cabo el Festival Dominicano, un
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día que celebra su presencia y sus logros en la ciudad, y que se ha efectuado durante los últimos veinte años. La mayoría de los políticos se presentan en el festival en reconocimiento del creciente poder político de la comunidad. En enero, se congregan en la iglesia de San Miguel, en Oxford Street, cerca de Broad Street, para celebrar a la Virgen de la Altagracia, la patrona de la República Dominicana.
FIGURA 2.1. Población dominicana en los vecindarios de Providence.

Fuente: Elaboración propia basada en el 5 por ciento de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
A pesar de que Broad Street es el corazón de la presencia dominicana, ellos viven en la mayoría de los vecindarios de la ciudad. Como muestra la figura 2.1, representan entre el 10 y el 20 % de la población de los otros vecindarios de la parte sur de la ciudad, y tienen una presencia pequeña pero creciente en la parte norte, con la excepción del East Side (el área marcada como College Hill, Fox Point, Blackstone y Wayland en el mapa). El East Side es el hogar de la Escuela de Diseño de Rhode Island (RISD) y la Universidad de Brown, y es principalmente un área blanca de clase media alta. La razón de la amplia dispersión de los dominicanos a través de Providence tiene una naturaleza doble. Por un lado, aquellos con movilidad ascendente buscan vecindarios más tranquilos y exclusivos, ya sea hacia el norte de la ciudad o en las ciudades vecinas de Cranston y Warwick. Por otro lado, algunos de clase trabajadora eligen otras áreas de composición social similar, alejadas de las calles anchas. Este es el origen de la población dominicana en Central Falls. Central Falls, una pequeña ciudad adyacente a Providence en el norte, forma parte de Blackstone Valley, cuna de la revolución industrial en los Estados Unidos. Durante el siglo XIX, creció alrededor de fábricas textiles que atrajeron a inmigrantes de Irlanda, Escocia y Quebec. En la segunda mitad del siglo XX, la movilidad ascendente llevó a los blancos étnicos a abandonar los molinos y la ciudad. Los dueños de las fábricas recurrieron a la contratación de trabajadores colombianos, particularmente de Medellín, una ciudad que entonces albergaba una concentración de fábricas textiles. Este fue el origen de la población latina de la ciudad. Hoy en día, la mayoría de los colombianos se ha alejado de Central Falls, pero su influencia se siente en la movilización local, social y política de los latinos, que fue encabezada (aunque no exclusivamente) por activistas de ese origen. Los molinos también han desaparecido, pero la disponibilidad de viviendas baratas ha llevado a nuevos inmigrantes a establecerse allí. Estos provienen de otras partes de América Latina, en particular de México y Guatemala, y también de la República Dominicana.
Los latinos forman la mayor parte de la población en los vecindarios del sur de Providence. Como se muestra en la figura 2.2, constituyen entre la mitad y dos tercios de la población de las áreas alrededor y entre Broad Street y Elmwood Avenue. Además de los dominicanos, son principalmente puertorriqueños, aunque la cantidad de guatemaltecos y mexicanos va en aumento, sobre todo en las últimas dos décadas. Sus principales áreas de concentración,
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2.2. Población latina en los vecindarios de Providence.

Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
se encuentran en otras partes de la ciudad. Los guatemaltecos se asientan en Olneyville, en la parte occidental de la ciudad. La Iglesia de Santa Teresa, en Manton Avenue, es donde se congregan para importantes celebraciones religiosas. Los mexicanos se agrupan en el vecindario de Smith Hill, al norte del centro de la ciudad, y utilizan la iglesia de San Patricio en Smith Street. Todos los grupos de inmigrantes asisten a los diferentes tipos de iglesias, católicas y no católicas. De hecho, una característica de los barrios de inmigrantes es
FIGURA
la fuerte presencia de pequeñas iglesias cristianas evangélicas. De la misma manera que la Iglesia de San Miguel se asocia con la comunidad dominicana, Santa Teresa se asocia con la comunidad guatemalteca y San Patricio con la mexicana. Es en ellas donde se congregan para celebrar el día de los santos patronos de sus países: la Virgen de la Altagracia para los dominicanos y la Virgen de Guadalupe para los mexicanos.
Los barrios del sur de la ciudad, donde habitan los dominicanos, han sido históricamente áreas de asentamiento inmigrante y he notado en ellos una sucesión de diferentes grupos (Conley y Campbell, 2006). En el siglo XIX, los irlandeses construyeron la iglesia de San Miguel (St. Michael’s Church). En la primera mitad del siglo XX, la zona estaba poblada por inmigrantes de Europa del Este, entre ellos polacos, además de estadounidenses y judíos. Después de la Segunda Guerra Mundial, los blancos étnicos se mudaron a otras partes de la ciudad, o la abandonaron completamente. Este movimiento dejó en la zona varias casas vacías.
Durante la década de 1960, los afroamericanos se mudaron a la zona, en particular a la parte alta y baja del sur de Providence, los vecindarios entre Broad Street y el paseo marítimo. Como muestra la figura 2.3, en algunas partes de estos barrios, sobre todo en la parte baja del sur de Providence, constituyen entre el 35 y el 40 % de la población. Esta área ha sido la base para el surgimiento de organizaciones comunitarias afroamericanas y para la movilización política (Conley y Campbell, 2006). Como muestran los mapas, los dominicanos y los afroamericanos comparten zonas del sur. Esto ha generado tensiones, dado que el empoderamiento político de los dominicanos se ha producido, en cierta medida, a expensas de los afroamericanos.9
South Providence no es un área completamente segregada. Como muestra la figura 2.4, los blancos también tienen una presencia en los barrios del sur de la ciudad, además de ser la mayoría en los barrios de clase media alta del East Side y en el norte. Su estadía en el sur es el resultado de tres tendencias. En primer lugar, algunos blancos de clase trabajadora nunca se fueron de la zona. En segundo lugar, los nuevos inmigrantes europeos, especialmente portugueses, se asentaron en esos barrios. En tercer lugar, un proceso de gentrificación se ha desarrollado en ciertas partes del sur.
9 Discuto el proceso de empoderamiento político local de los dominicanos en el capítulo 8.
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FIGURA 2.3. Población afrodescendiente en los vecindarios de Providence.

Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
A finales de la década de 1980 y principios de la del 90, el área de Broad Street se consideraba un «barrio malo». Cuando llegué a Providence a mediados de los 90, varias personas me advirtieron que no fuera al lado sur, ya que estaba lleno de delincuentes y traficantes de drogas. No seguí sus consejos. Lo que encontré fue, y aún es, una zona de trabajadores pobres; es cierto que con su cuota de delincuencia y venta de drogas, temas de gran preocupación para los residentes, pero también con una economía dinámica de
FIGURA 2.4. Población blanca en los vecindarios de Providence.

Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
pequeñas empresas y personas que trabajan arduamente para mejorar sus vidas y su comunidad. A pesar del esfuerzo que han hecho para revitalizar el barrio, sigue siendo una zona pobre. Como muestra el mapa de la figura 2.5, la tasa de pobreza en las zonas de Elmwood es superior al 30 %. En lugares de la parte baja del sur de Providence, es superior al 40 %, el umbral de William Julius Wilson para las áreas de pobreza extrema. El mapa ilustra que,
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de hecho, Providence tiene altas tasas de pobreza en general. En la mayoría de los vecindarios, la tasa está por encima del 20 %. Es decir, que la base de empleo de servicios de la ciudad produce una mayor proporción de trabajadores pobres.
2.5. Niveles de pobreza en los vecindarios de Providence.

Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
FIGURA.
El senador estatal Juan Pichardo, un joven dominicano cuyo distrito incluye los vecindarios de Elmwood, South Elmwood, Reservoir y West End, describió el área:
El distrito es muy diverso en cuanto a su gente. Obviamente, la mayoría de la población es latina; entre los latinos, la gran parte son dominicanos, y tenemos también guatemaltecos, salvadoreños y algunos mexicanos. Hay personas de muchos países que forman parte de este distrito y es porque se sienten cómodos estando en la zona, es más asequible económicamente. Más aún en el West End, que es una sección de muy bajos ingresos, y la vivienda es más asequible. Está Elmwood, que tiene en ambos lados ingresos muy bajos, y luego un poco más moderado, en la sección de South Elmwood y el Triángulo del Embalse. Así que, económicamente, cuando lo miras, sigue siendo una población inmigrante de clase obrera, de muy bajos ingresos.10
El senador Pichardo explicó que hasta hace poco la situación socioeconómica del distrito estaba cambiando para bien, ya que la gente «se estaba aprovechando del hecho de que estaban trabajando duro y cumpliendo el sueño americano de poder comprar una casa en lugar de pagarle el alquiler a otra persona». Agregó que el distrito había sido duramente golpeado por la crisis de vivienda, y la sección West End del distrito posee una de las tasas más altas de ejecuciones hipotecarias en el estado. El senador Pichardo se sentía particularmente angustiado por esto, puesto que en el 2003 había advertido sobre los préstamos abusivos, lo que lo llevó a presentar una legislación en la cámara estatal con fines de prevenirlo.
El cuadro pintado en este capítulo no es estático. La representante estatal Grace Díaz es una dominicana de primera generación que representa al distrito 11, que incluye el vecindario de Elmwood, el área entre Broad Street y Elmwood Avenue donde se concentran los dominicanos, y una pequeña parte adyacente del West End. La población de su distrito está cambiando, según relató en una entrevista. El costo de las viviendas en el área urbana de Providence aumentó de manera muy rápida desde el año 2000 y, como resultado,
10 Juan Pichardo, entrevistas, 16 de julio de 2004 y 16 de julio de 2008.
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muchos dominicanos se mudaron fuera del estado. Se dieron cuenta, explicó, de que podían vender sus casas y mudarse a áreas de Carolina del Norte o Pensilvania, donde la vivienda es más barata. Pueden comprar una casa allí y aún les queda algo de dinero para abrir un negocio. A su juicio, tal medida es un error, porque aunque los costos de la vivienda son más baratos, los ingresos también son más bajos, y en esos lugares los dominicanos no cuentan con el reconocimiento y el empoderamiento que han logrado en Providence. Sin embargo, ella conoce a varias familias de su distrito que han hecho ese traslado, incluidos algunos de sus parientes cercanos.
A la vez que algunos dominicanos se empezaban a mudar, algunos blancos de clase media redescubrieron las viejas y revalorizadas casas victorianas del vecindario, particularmente en el borde de la avenida Elmwood, lo que desencadenó una especie de movimiento étnico inverso. Como resultado, Díaz estimó que la proporción de «no latinos» en el distrito había aumentado de una cuarta parte a más de un tercio de la población desde que ella fue elegida por primera vez en 2004. Notó el crecimiento de la población blanca en las llamadas que recibía de sus electores. En los meses de verano se produjo un creciente número de llamadas de nuevos residentes blancos quejándose de sus vecinos latinos a causa de que los consideraban demasiado ruidosos o que celebraban reuniones grandes y excesivas.
Históricamente, señaló Díaz, la representación estatal del distrito siempre ha reflejado la composición etnorracial de su población. De 1910 a 1989, los representantes estatales de esta área (el número y los límites del distrito cambiaron a lo largo de los años) eran blancos, la mayoría de ellos hombres, con la excepción de Elizabeth Morancy, quien ocupó el puesto durante diez años a partir de 1979.
Los afroamericanos comenzaron a establecerse en el distrito durante la década de 1960. Desde 1989, dos representantes afroamericanos ingresaron a la Cámara de Representantes del estado: primero, Joseph Newsome, de 1989 a 1995, y luego Marcia Carpenter, de 1996 a 2001. Durante estos años, la población dominicana y latina en el distrito creció a pasos agigantados. Los latinos también llegaron a comprender la importancia de la organización y la participación política. Como resultado de estas tendencias, Carpenter fue derrotado en 2000 por León Tejada, el primer funcionario dominicano electo en Rhode Island. Grace Díaz desbancó a Tejada en 2004 y fue reelegida en
2006. Tejada representa hoy a esta zona en el ayuntamiento de Providence. Según Díaz, si continúan las actuales tendencias de cambio en la composición de la población, en el futuro el representante del distrito podría volver a ser blanco.
Estos cambios urbanos plantean la validez de la imagen de un presente continuamente cambiante. ¿Resulta creíble la historia contada en los siguientes capítulos si la situación de los dominicanos en Providence está sometida a una transformación constante? Yo creo que sí. La verdad es que los dominicanos son un grupo en movimiento. Llegan a Providence desde Nueva York o la República Dominicana y de igual manera se van, principalmente a Carolina del Norte, Pensilvania y Florida. Sin embargo, su número en Providence y en Rhode Island está creciendo. La Encuesta sobre la Comunidad Americana de 2006 estimó en 31,965 el número de dominicanos en el estado. Los de segunda generación se han duplicado aún más desde el año 2000, y llegaron a 13,937, el 43.6 % de los dominicanos en Rhode Island. La edad media de la segunda generación es de 14.7 años, por lo que aún es un grupo bastante joven.
Los dominicanos han logrado una presencia visible y poderosa en la ciudad, con poca probabilidad de que esto cambie en el corto plazo. Ya sea que nos fijemos en la política, la cultura, los medios de comunicación o la organización comunitaria, los hallamos en puestos de liderazgo. Además, existe una buena opinión general sobre ellos. Cuando la Encuesta Nacional Latina les preguntó cómo evalúan la actitud del público en Rhode Island hacia los latinos, una abrumadora mayoría de los de primera generación (74.1 %), y de los de segunda generación (nueve de cada once), respondieron que eran «acogedores» o «muy acogedores».
Este libro relata cómo los dominicanos se han incorporado a la economía de la ciudad, forjando tanto identidades como comunidades. Presenta también la imagen de una experiencia estadounidense que se repite en todo el país. Debido a que la incorporación de un grupo de inmigrantes es un proceso en evolución constante, la situación de los dominicanos en la ciudad está destinada a cambiar. Y si esto es algo inevitable —como sello distintivo del proceso de incorporación—, los mecanismos teóricos analizados en el texto trascienden los límites del lugar y el tiempo del estudio de caso, y nos ayudan a comprender las formas en las que los inmigrantes se convierten en estadounidenses.
El camino de la incorporación
Estos dos primeros capítulos conforman la primera parte del presente libro, y han establecido el enfoque teórico y metodológico, además de introducir el estudio de caso. En la segunda parte se analiza la incorporación socioeconómica de los dominicanos en Providence.
En el capítulo 3, examino la ubicación de los dominicanos de primera y segunda generación en el sistema de estratificación estadounidense. Comparo su estatus socioeconómico en Rhode Island con el de otros grupos etnorraciales, y con el de los dominicanos y los estadounidenses blancos en otros estados. El análisis destaca tres elementos que caracterizan el proceso de incorporación socioeconómica: primero, a la segunda generación le va mejor que a la primera; en segundo lugar, existe una bifurcación en las trayectorias ocupacionales de la segunda generación, entre quienes se incorporan a puestos directivos y administrativos, y la mayoría que trabaja en empleos de clase trabajadora en el sector servicios; y tercero, los dominicanos de primera, segunda y tercera generación forman parte de un sistema etnorracial de estratificación.
El capítulo 4 examina los encuentros de los jóvenes dominicanos de segunda generación con las principales instituciones estadounidenses, en específico con el sistema educativo. El análisis se centra en la importancia de las redes sociales para la movilidad ascendente y el alcance limitado de las redes de los hijos de inmigrantes de clase trabajadora (Stanton-Salazar, 1997). La investigación se respalda sobre, y también analiza, las narrativas de los jóvenes dominicanos criados en los Estados Unidos, para comprender los mecanismos de movilidad social y la reproducción de la desigualdad de clase. Los testimonios ilustran cómo la experiencia de la escolarización, influenciada por la clase y la raza, afecta las trayectorias que siguen las personas.
En el capítulo 5 se aborda la estratificación de clases en la primera y segunda generación dominicana. Utilizando una versión modificada del modelo de John Goldthorpe (Erikson y Goldthorpe, 1992; Goldthorpe y McKnight, 2004), el capítulo examina la movilidad de clase intergeneracional y cómo la posición de clase afecta las percepciones dominicanas acerca de la sociedad estadounidense. El capítulo expone la movilidad ascendente intergeneracional, pero también que la principal tendencia de movilidad se aleja de la manufactura y se acerca a la clase trabajadora de servicios. Además, se señala que quienes
están más incorporados a la sociedad estadounidense tienen, al mismo tiempo, una visión más crítica de su vida en este país.
Los tres capítulos de esta parte del libro destacan la importancia de analizar las formas en que la clase y la raza afectan la incorporación de los inmigrantes a la estructura social estadounidense.
La tercera parte del libro se ocupa de las identidades que los dominicanos construyen en el proceso de incorporación. En el capítulo 6, se explican las etiquetas utilizadas por los dominicanos para identificarse a sí mismos. Las principales opciones identitarias son la etiqueta panétnica hispana y la étnico-nacional dominicana. Ellos asignan significados étnicos y raciales a estas identidades. Por eso, hablo de identidades y grupos etnorraciales. Los dominicanos no adoptan la etiqueta estadounidense porque la entienden como un término racializado. A sus ojos, solo alude a los blancos. Al mismo tiempo, se identifican con los valores estadounidenses y poseen un fuerte sentido de pertenencia a esa sociedad. Identifico dos narrativas clave sobre la difícil situación de los dominicanos en los Estados Unidos: la que los ve como un grupo étnico que sigue el camino de los inmigrantes anteriores para triunfar en la sociedad estadounidense, y la que los describe como un grupo minoritario discriminado. Los dominicanos se nutren de ambas narrativas para dar sentido a sus experiencias de vida.
El capítulo 7 investiga la relación entre el transnacionalismo y la incorporación en la construcción de las fronteras identitarias en los Estados Unidos. Muestra que los dominicanos de primera y segunda generación construyen sus identidades étnicas utilizando un marco transnacional. La presencia de referencias y símbolos nacionales es muy fuerte en los discursos identitarios de ambas generaciones. El marco identitario transnacional también informa la construcción de organizaciones comunitarias. Sin embargo, cuando se trata de prácticas reales, el transnacionalismo se muestra como un fenómeno de primera generación. El capítulo enfatiza que la principal inversión de ambas generaciones es forjar un lugar para los dominicanos en la sociedad estadounidense. También demuestra que la participación y la incorporación transnacionales son procesos simultáneos y complementarios.
El capítulo 8 aborda la construcción de identidades panétnicas. En Providence, hay numerosos grupos latinos, y ninguno de ellos es numérica, política ni económicamente dominante. La situación facilita el surgimiento de
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
identidades panétnicas y la acción colectiva. Este capítulo analiza las formas en que los dominicanos participan en la creación de una comunidad latina en Providence. Presta especial atención a la creación de organizaciones panétnicas y a la movilización política. La incorporación de los dominicanos a la vida política de Rhode Island sucede bajo la bandera del empoderamiento latino. La afirmación de la panetnicidad en ese ámbito es fundamental para la incorporación, ya que la racialización conduce a la necesidad de afirmar la identidad comunitaria. Además, se argumenta que, para abordar los problemas socioeconómicos que afectan a la comunidad, la política latina debe ir más allá de las afirmaciones identitarias y construir coaliciones efectivas en la promoción de estrategias que beneficien a las familias obreras.
En el capítulo final se discuten las implicaciones teóricas de los hallazgos, sobre la base de que sirven de apoyo a las afirmaciones del enfoque de la incorporación etnorracial estratificada. Las conclusiones exponen las posibilidades de cambio en los patrones de estratificación de clases y de racialización en la sociedad estadounidense. Como alegan los especialistas que trabajan dentro del nuevo enfoque de la asimilación, los límites de la exclusión racial y de clase se han difuminado en el pasado y pueden volver a difuminarse en el futuro (Alba, 2005; Perlmann and Waldinger, 1997). La hipótesis de este libro, sin embargo, es que la equiparación de las condiciones socioeconómicas de los hijos de inmigrantes y de la corriente principal, al igual que la atenuación de la fuerza de las identidades etnorraciales, no vendrán como resultado del mero paso de las generaciones. El futuro de los inmigrantes depende de la continuidad o el cambio del sistema actual de estratificación racial y de clases. El hecho de que el patrón de incorporación etnorracial estratificada descrito en este libro cambie —y cómo cambie—, depende de la organización política y la acción de los grupos en los niveles inferiores de la estratificación racial y de clase, al igual que de las tendencias políticas generales de la sociedad estadounidense.
SEGUNDA PARTE
CLASE, RAZA Y MOVILIDAD
CAPÍTULO 3
¿ EN UNA TIERRA DE OPORTUNIDADES ?
Los dominicanos llegan a los Estados Unidos en búsqueda de opciones económicas que se les niegan en la República Dominicana. Comparten la visión dominante de los Estados Unidos como una tierra de oportunidades. En este capítulo se examina si su experiencia de incorporación socioeconómica se corresponde con esa visión. Para evaluar esas disponibilidades, se comparan las posiciones de los dominicanos de primera y segunda generación en las estructuras socioeconómicas de Providence y Estados Unidos. Los de primera generación se ven obstaculizados por su desconocimiento del inglés, sus bajos niveles de habilidades laborales, la incapacidad de validar sus credenciales educativas y, en varios casos, por su condición de indocumentados. Los de segunda generación, por su parte, nacen siendo estadounidenses, cuentan con el inglés como su primer idioma y están socializados en el sistema escolar del país. Por lo tanto, es con la segunda generación que podemos comenzar a ver el patrón real de incorporación de los dominicanos a la sociedad estadounidense.
Incorporación socioeconómica
Los primeros dominicanos que llegaron a Providence se encontraron en una ciudad manufacturera y consiguieron trabajo en las fábricas. Rhode Island y Providence tienen una larga tradición de inmigración estimulada por
los empleos manufactureros. Blackstone Valley, en el que se encuentra Providence, fue la cuna de la revolución industrial. En la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, inmigrantes italianos, irlandeses, portugueses y francocanadienses llenaron las filas de una clase obrera industrial en auge (Sterne, 2003). Incluso en la década de 1960, los colombianos fueron reclutados para trabajar en la industria textil, que en ese momento experimentaba una escasez de mano de obra. De hecho, este fue el inicio de la migración latina al área de Providence.
En las décadas de 1970 y 1980, los inmigrantes dominicanos podían contar con un empleo de manufactura de bajo nivel y ascender a un puesto calificado o de supervisión dentro de la misma empresa. La trayectoria de Roberto es un ejemplo de ese proceso. Roberto es un inmigrante de primera generación que llegó a Providence a principios de la década de 1970, cuando tenía veinte años. Recuerda que entonces los empleadores le daban bonificaciones si llevaba a sus amigos a trabajar en la misma empresa. Roberto comenzó en una cadena de montaje en 1974 y, cuando lo entrevisté en 1999, era maquinista cualificado en la misma empresa. En realidad, se sentía satisfecho con su experiencia laboral en Providence.
Sin embargo, el empleo en el sector manufacturero ha disminuido y cambiado con el tiempo. La escalera interna que beneficiaba a Roberto ha ido desapareciendo. La historia de Ana es un buen ejemplo. Ella es una dominicana de primera generación que llegó a Providence en la década de 1970. Trabajó durante muchos años en una fábrica hasta su cierre a principios de la década de 1990. En esa fábrica, ganaba un buen sueldo y beneficios complementarios. Después, solo pudo conseguir trabajo a través de agencias de empleo temporal, por lo general con salarios más bajos, sin beneficios y sin seguridad laboral. Ana se dedicó a trabajar por cuenta propia, y abrió un negocio de catering (comida preparada), que dirigía desde casa. Aunque tuvo éxito en este empeño, se sintió amargada al recordar la desaparición de los buenos empleos. Otros con experiencias similares en el sector manufacturero también se trasladaron a los servicios, con salarios más bajos y peores condiciones que las que habían disfrutado anteriormente. Es en este contexto de una economía manufacturera en declive, y un sector de servicios en crecimiento, que los dominicanos de primera y segunda generación ingresan al mercado laboral de Providence.
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
Para examinar la incorporación de los dominicanos, me baso en cuatro indicadores del nivel socioeconómico (SES): empleo, educación, pobreza e ingresos. Luego, analizo su posición en el mercado laboral. En cada uno de estos análisis, comparo a los dominicanos con los puertorriqueños, otros latinos de primera y segunda generación, negros y blancos.11 Cada uno de estos grupos ofrece un contraste interesante con los dominicanos. Los puertorriqueños son un grupo caribeño de habla hispana con una historia similar de empleo inicial en la manufactura y una experiencia parecida de racialización, pero presentan dos diferencias importantes. En primer lugar, la historia inmigratoria de los puertorriqueños a los Estados Unidos es más larga que la de los dominicanos. En segundo lugar, son ciudadanos estadounidenses y los dominicanos no. La experiencia dominicana es, en ese sentido, más cercana a la de otros inmigrantes de América Latina. Por esto es aconsejable comparar la incorporación de los dominicanos con la de otros latinos. La comparación con los afroamericanos proporciona una medida del efecto de la racialización en diferentes grupos minoritarios. Por último, los estadounidenses blancos constituyen la corriente principal de la sociedad. Son la vara con la que se mide la posición socioeconómica de los grupos de inmigrantes. Cuando los expertos de la asimilación notan que los hijos de inmigrantes se vuelven indistinguibles de la corriente principal, lo que quieren decir es que se espera que la segunda generación alcance los niveles económicos y educativos de los estadounidenses blancos. Esto es reconocido intuitivamente por los dominicanos y otros inmigrantes, para quienes la palabra «estadounidense» —sin ningún modificador— se usa exclusivamente para referirse a los blancos.
En la tabla 3.1 se presenta información socioeconómica para cada uno de estos grupos.12 Los dominicanos de primera generación ocupan una posición
11 Por supuesto, cada una de estas categorías podría ser desagregada. Por ejemplo, diferenciar entre los puertorriqueños nacidos en el continente y los nacidos en la isla. La categoría latina es muy amplia e incorpora demasiadas historias inmigratorias diferentes. Las personas negras pueden ser separadas en afroamericanos o inmigrantes negros y sus hijos. Este esfuerzo produciría tablas más precisas, pero más engorrosas. Para esta comparación, que consiste en establecer la posición general de los dominicanos en la estructura socioeconómica de Providence, bastan las categorías más compendiadas. 12 En las tablas de este capítulo se ofrecen datos sobre los inmigrantes comprendidos entre los veinticuatro y los sesenta y cuatro años. Dado el pequeño número de dominicanos de segunda generación, bajé la edad de corte para el análisis. La opción analítica es centrarse en las personas en edad laboral que probablemente hayan completado su
muy frágil. Sus niveles educacionales, ocupacionales y financieros se encuentran entre los más bajos, según se observa en la tabla. Ellos y los latinos de primera generación tienen el porcentaje más alto de edad entre los que no se gradúan de la escuela secundaria. También evidencian ingresos medios muy bajos por hogar y una alta tasa de pobreza, y reportan altos niveles de desempleo. En Providence, solo los puertorriqueños tienen una posición socioeconómica de igual fragilidad.
A pesar de haber crecido en la pobreza, con padres que tuvieron poca educación, y que a menudo no hablan inglés, la segunda generación de dominicanos muestra un progreso impresionante: una tasa mucho mejor de participación en el mercado laboral, una tasa de desempleo más baja y niveles más altos de educación que la primera generación. La mejoría, sin embargo, no es consistente. Registran la tasa más alta de pobreza y el ingreso familiar medio más bajo.
Una posible explicación para estos resultados podría ser que la segunda generación es joven. De hecho, el 80 % de la muestra incluida en la tabla tiene entre veinticuatro y treinta y cinco años. Sin embargo, teniendo en cuenta la población total de Providence, solo el 36 % está dentro del mismo rango de edad. Una estructura de edad joven puede explicar la alta tasa de pobreza y el bajo ingreso familiar promedio entre la segunda generación de dominicanos, porque se necesita tiempo para que las personas alcancen la cima de sus carreras ocupacionales y de remuneración. Sin embargo, este no es el caso. Los indicadores socioeconómicos para el segmento de la segunda generación que se encuentra entre los veinticuatro y los treinta y cinco años, son mejores que los de la segunda generación en su totalidad.13 Dentro de este grupo, la tasa de propiedad cae considerablemente, del 32.6 al 34.5 %, y el ingreso medio de los hogares aumenta, de 27,000 a 46,800 dólares, solo superado por los anglosajones dentro de este grupo de edad. En este segmento de la población, la mejora entre las generaciones en todos los indicadores es consistente. No obstante, una tasa de pobreza del 34.5 % sigue siendo muy alta, y el 20.4 % no terminó la escuela secundaria.
educación y comenzado a trabajar. A los veinticuatro años, los que fueron a la universidad estarán trabajando, y los que no fueron a la universidad ya habrán trabajado varios años.
13 Para no abrumar al lector con tablas y números, no incluyo estos datos en forma de tabla, pero los resultados están disponibles a solicitud.
Afrodescendientes Norteamericanos blancos
Puertorriqueños
Latino/a, 2.ª generación
TABLA 3.1. Indicadores socioeconómicos en Providence, de veinticuatro a sesenta y cuatro años Dominicanos, 1.ª generación Dominicanos, 2.ª generación Latino/a, 1.ª generación
Algún título universitario o de asociado
Por debajo de la línea de pobreza
Nota: Números en porcentaje, con excepción de los ingresos.
Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
Un segundo elemento es la incorporación de los dominicanos al mercado laboral. La información se presenta en la tabla 3.2. Los dominicanos de segunda generación experimentan un cambio en su incorporación ocupacional con respecto a la primera generación. Mientras que la primera se concentra en la manufactura, la segunda encuentra empleo en el sector de servicios: el 50 % de la segunda generación trabaja en ventas y en puestos de oficina o servicios, frente al 26.9 % de la primera generación. Solo el 17 % de la segunda labora en la industria manufacturera, en comparación con el 46.4 % de la primera generación. Estas cifras muestran que el empleo en la industria manufacturera no es una alternativa importante para la segunda generación.
El panorama de la incorporación ocupacional de la segunda generación de dominicanos en Providence es similar al que se encuentra en Nueva York (Kasinitz et al., 2008). Al igual que los latinos, se concentra principalmente en ocupaciones de ventas, oficinas y servicios, y de manera secundaria en ocupaciones gerenciales y profesionales. En esto vemos una mejoría innegable en comparación con la primera generación. Además, al igual que en la ciudad de Nueva York, un porcentaje más alto de dominicanos y latinos de segunda generación trabajan en puestos gerenciales y profesionales que los negros y puertorriqueños (Kasinitz et al., 2008). Sin embargo, el porcentaje de la segunda generación en estas ocupaciones es aún menor que el de los blancos norteamericanos.
Estos hechos pueden ser leídos desde diferentes perspectivas. Los números no hablan por sí solos. Es nuestra interpretación la que cuenta las historias que construye nuestra comprensión de los fenómenos sociales. La primera cuestión que surge es si estos resultados constituyen buenas noticias. Desde el punto de vista de la teoría de la asimilación, se puede afirmar el hecho innegable de que a la segunda generación le está yendo considerablemente mejor que a la primera. Incluso en un lugar como Providence, donde no existe un enclave étnico, y donde la primera generación no cuenta con capital humano ni económico, la segunda generación mejora su posición. Sin duda, se trata de una buena noticia. Los límites de la movilidad se van difuminando.
Este panorama optimista debe ser matizado. La mejoría es real, pero también limitada y desigual. La tabla muestra que aunque la mayoría de los dominicanos de la segunda generación se une a la clase trabajadora de servicios, una proporción significativa permanece en la pobreza, y no termina los
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Afrodescendientes Norteamericanos Blancos
TABLA 3.2. Ocupaciones e industrias seleccionadas en Providence, de veinticuatro a sesenta y cuatro años. Dominicanos, 1.ª generación Dominicanos, 2.ª generación Latino/a, 1.ª generación Latino/a, 2.ª generación Puertorriqueños
Ocupaciones gerenciales, profesionales y relacionadas
Ventas y trabajos de oficina
extracción y mantenimiento
Producción, transporte y movimiento de materiales
Educación, servicios sociales y de salud
Nota: Números en porcentaje. Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
estudios de la escuela secundaria. Me refiero a este patrón de movilidad parcial con estratificación interna como incorporación estratificada. Es necesario señalar, sin embargo, que la estratificación interna, a diferencia de la asimilación segmentada, no significa la relegación a la marginalidad, aunque algunos de la segunda generación sufren este destino. En cambio, la estratificación interna significa que la mayoría de los de segunda generación se unen a la clase trabajadora de servicios y que algunos de ellos viven sus vidas a un sueldo de distancia de la pobreza y, en algunos casos, como obreros empobrecidos. La incorporación a una sociedad estratificada significa necesariamente que el grupo, en cierta medida, experimentará estratificación interna. Como bien lo expresaron Kasinitz y sus colegas, «al decir que la segunda generación no tiene movilidad descendente, no estamos sugiriendo que tengan un futuro económico universalmente brillante. Es un error común equiparar la asimilación con la movilidad ascendente» (2008, 203).
Aun así, la pregunta relevante es si el patrón de estratificación de la segunda generación y más allá corresponde al de la corriente principal estadounidense. Gran parte de la investigación sobre la incorporación de inmigrantes compara la situación de los familiares de inmigrantes con la de las minorías nativas. De hecho, este es el enfoque adoptado en Inheriting the City (Kasinitz et al., 2008). Los autores han demostrado que a los dominicanos y a los antillanos de segunda generación les está yendo mejor que a los puertorriqueños y afroamericanos nacidos en el país. Atribuyeron la ventaja a la autoselección de los inmigrantes, al acceso a las instituciones que surgen a raíz del movimiento por los derechos civiles para permitir la movilidad de las minorías (como los sindicatos o los programas de estudios negros) y a la capacidad de la segunda generación para desarrollar estrategias creativas, una capacidad que es el resultado del hecho de que dicha generación abarca dos mundos culturales.14 Tal vez el debate paradigmático sobre la posición relativa de los inmigrantes frente a las minorías nativas y los blancos se refiera al caso de los inmigrantes antillanos (Vickerman, 1999). El sociólogo Milton Vickerman señaló dos tendencias de las investigaciones sobre la incorporación socioeconómica de las Indias Occidentales. La primera sugería que a los antillanos les iba mucho
14 Las personas que trabajan dentro del enfoque de asimilación segmentada denominan a esta estrategia aculturación selectiva y subrayan sus efectos positivos para la movilidad de las segundas generaciones (Portes y Rumbaut, 2001).
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mejor que a los afroamericanos. Esta literatura argumentaba que las actitudes culturales individualistas y materialistas de esos inmigrantes, expresadas en su orientación hacia las pequeñas empresas, los hacían más aptos que los afroamericanos para adaptarse a la sociedad estadounidense. Como prueba argumentó que la raza y el racismo no son barreras firmes a la movilidad (Glazer y Moynihan, 1970; Sowell, 1981). Sin embargo, Vickerman señala que el porcentaje de antillanos que trabajan por cuenta propia es bastante bajo. De hecho, están orientados a la movilidad, pero principalmente a través del sector público o de los servicios personales.
Una segunda tendencia señaló que, a pesar de todo su éxito económico, los antillanos y los afroamericanos tienen mucho más en común socioeconómicamente que los norteamericanos blancos (Bryce-Laporte and Mortimer, 1983; Model, 1991). Milton Vickerman propuso un tercer punto de vista, uno que es paralelo al argumento de la incorporación etnorracial estratificada propuesto en este libro. Dice:
El hecho de que los antillanos, en general, presentan indicadores sociales relativamente superiores a los de los afroamericanos es significativo, y probablemente equivale a diferencias reales en su calidad de vida. Sin embargo, decir que los destinos de ambos grupos divergen solo parcialmente implica que estos destinos se unen en algún momento. La conexión es que tanto los afroamericanos como los antillanos continúan experimentando una discriminación odiosa (1999, 80-81).
El debate sobre los inmigrantes antillanos es instructivo para el análisis que aquí se presenta. Podría poner el énfasis en tratar de explicar las diferencias entre dominicanos y puertorriqueños, y dominicanos y negros. En ese caso, se señalaría la autoselección entre los inmigrantes, los negocios étnicos y el acceso a la educación. Este análisis sería apropiado porque los grupos varían en sus centros de gravedad, para usar la expresión acuñada por Kasinitz y sus colegas (2008) con el fin de reflejar las diferencias socioeconómicas que encontraron entre las segundas generaciones en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, la pregunta es: ¿qué dinámica de estratificación está operando en la sociedad estadounidense? ¿Es una sociedad en la que los diferentes grupos étnicos se asimilan a distintos ritmos, o la racialización guía el proceso
de incorporación socioeconómica de los grupos inmigrantes? Supongo que la segunda afirmación es una descripción más precisa del proceso de estratificación en América. Por lo tanto, sigo a Vickerman (1999) al destacar los puntos en común entre la incorporación socioeconómica de los dominicanos de segunda generación y otras minorías inmigrantes y nativas, y su experiencia compartida de racialización. Lo que indican los datos presentados en las dos tablas es que los dominicanos en Rhode Island forman parte de un sistema de estratificación etnorracial en el que las minorías —inmigrantes y nativos por igual, con la posible excepción de un segmento de la población asiático-americana, que no está incluido en las tablas— tienen un centro de gravedad socioeconómico más bajo que la población blanca. El patrón general de estratificación de los dominicanos de segunda generación es más cercano al de otros latinos y negros de segunda generación que al de los blancos. En otras palabras, las diferencias entre los centros de gravedad de los blancos y los grupos minoritarios en su conjunto son mayores que las diferencias entre los de las minorías etnorraciales.
La omnipresencia de la estratificación etnorracial no significa que esos diversos grupos sean comunidades homogéneas. Como se ha explicado, un segmento de los grupos minoritarios, tanto inmigrantes como nativos, está experimentando movilidad hacia la clase media e incluso hacia la clase alta. Este enfoque contiene ambos aspectos de la experiencia dominicana: la presencia de un sistema etnorracial de estratificación y la presencia de una estratificación de clase interna dentro de la comunidad inmigrante.
Tanto la raza como la clase afectan el proceso de incorporación de los dominicanos y otros grupos minoritarios de inmigrantes. El efecto interactivo de estos dos hechos sociales se expresa en los diferentes patrones de estratificación para blancos y dominicanos. No todos los blancos estadounidenses pertenecen a la clase media, y muchos de ellos son pobres. Pero la proporción en la clase media y trabajadora entre los blancos y las minorías es distinta. Los blancos tienen un mayor número de personas en ocupaciones de clase media, que disfrutan el estilo de vida de esa clase, mientras que los dominicanos (y otras minorías) tienen proporcionalmente una mayor cantidad de personas en ocupaciones de clase trabajadora y entre los sectores marginados.
Para resumir el análisis realizado hasta el momento, tres elementos caracterizan a los dominicanos en Rhode Island. En primer lugar, la segunda
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generación ha mejorado su posición en la estructura socioeconómica con respecto a la primera generación. Esta conclusión está respaldada tanto por los datos socioeconómicos como por los ocupacionales. En segundo lugar, se produce una escisión en la incorporación ocupacional de la segunda generación, entre los que se incorporan a los puestos directivos y administrativos y los que se incorporan al sector de servicios. En tercer lugar, los dominicanos de segunda generación forman parte de una estructura general de estratificación etnorracial. Su patrón es similar al de otras minorías y diferente al de los blancos.
Un desvío comparativo
¿El patrón de incorporación socioeconómica de los dominicanos en Providence es un caso aislado o es similar al de los dominicanos en otras ciudades? Para evaluar las especificidades y puntos en común de la experiencia dominicana de Providence, la comparamos con la de los dominicanos en la ciudad de Nueva York, en Lawrence (en el estado de Massachusetts) y en todo el país. Cada comparación tiene su propia lógica. Nueva York es el centro de la presencia dominicana en los Estados Unidos y su principal puerto de entrada. De hecho, posee la segunda población dominicana más grande del mundo después de Santo Domingo, la capital de la República Dominicana. Esta comparación permite advertir si su incorporación socioeconómica en las pequeñas ciudades es similar o diferente a la del puerto principal.
Los estudios de dominicanos en la ciudad de Nueva York plantean que los de primera generación se encuentran empleados en los sectores en declive de la economía y padecen tanto bajos salarios como altas tasas de desempleo y pobreza (Hernández, 2002). Al mismo tiempo, el sector emprendedor está en proceso de crecimiento. Además, una proporción importante de los jóvenes que terminan la escuela secundaria pasan a la educación superior (Aparicio, 2006; Guarnizo, 1994; Hernández, 2002; Hernández y Rivera-Batiz, 2003; Ricourt, 2002). En cuanto a la segunda generación, Kasinitz y sus colegas hallaron que a los dominicanos les va un poco mejor que a los puertorriqueños y afroamericanos, que están más educados que sus padres, y que aquellos que buscan educación superior no tienen desventaja alguna frente a los blancos nativos. Sin embargo, los autores de Inheriting the City también alegaron que tienen menos ventajas de segunda generación que los otros grupos estudiados
(Kasinitz et al., 2008).15 Afirman que «no queda claro si los dominicanos, atrapados entre permanecer en una de las comunidades de inmigrantes más pobres, y asimilarse a las comunidades nativas más pobres, disfrutan de una ventaja de segunda generación» (364). Este marco general de movilidad de segunda generación, diferenciación interna de clases y estratificación etnorracial, corresponde al patrón de incorporación etnorracial estratificada.
Providence y Lawrence son ciudades similares. Ambas son de medianas a pequeñas, localizadas en la misma región del país, con un brillante pasado manufacturero que ha sufrido un constante declive durante varias décadas. Lawrence posee la población dominicana más grande de Massachusetts, según el censo de 2000, de casi 23,000, poco más del 34 % de la población dominicana del estado, y el 15.7 % de la ciudad.16 Son el grupo latino más grande y tienen un mayor peso dentro de la población latina que en Providence. Hay unos 6,901 dominicanos de segunda generación en Lawrence, el 30 % de la población dominicana. Sin embargo, el segmento de interés en este análisis es mucho menor. Solo 722 de segunda generación tienen más de veinticuatro años. Dados los puntos en común entre Lawrence y Providence, esperamos que la incorporación socioeconómica en estos dos lugares siga un patrón similar. Por último, la comparación con los datos a nivel nacional controla las posibles diferencias regionales. Observamos tres ciudades donde se concentra cerca del 70 % de la población dominicana de los Estados Unidos, pero esas ciudades se encuentran todas en la misma región. Los datos a nivel nacional indican si su patrón de incorporación socioeconómica es similar en todo el país.
Siguiendo el análisis anterior, en la tabla 3.3 se presentan los datos socioeconómicos de los dominicanos de primera y segunda generación en la ciudad de Nueva York, en Lawrence y en los Estados Unidos en su conjunto, comparándolos con la población blanca estadounidense en cada lugar. El panorama que surge es similar al de los dominicanos en Providence. A la segunda generación le está yendo mejor en casi todos los indicadores socioeconómicos, en comparación con la primera: tasas más altas de participación en el mercado
15 Los otros grupos de segunda generación incluidos en el estudio de Nueva York son los judíos rusos, los antillanos, los chinos y los sudamericanos.
16 Porque el análisis se basa en el 5 % de PUMA 700 del Censo, que incluye, además de Lawrence, a Andover y Methuen (no es posible aislar a Lawrence dentro de esta base de datos). La mayoría de los dominicanos en esta área viven en Lawrence, por lo que me refiero a ella por ese nombre, pero los datos abarcan un área y una población más grande que los límites municipales de Lawrence.
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laboral y de finalización de la escuela secundaria, porcentajes más elevados de individuos con un título universitario, tasas más bajas de pobreza e ingresos medios familiares más altos. Hay algunas variaciones locales en este panorama. Tanto en la ciudad de Nueva York como en Lawrence, por ejemplo, los dominicanos de primera generación presentan tasas más bajas de desempleo. En Lawrence, como en Providence, la segunda generación evidencia una tasa más alta de pobreza. A nivel nacional, sin embargo, la segunda generación tiene tasas de desempleo y pobreza más bajas que la primera generación. La tabla también muestra tanto el progreso realizado por la segunda generación en términos de logros educativos como los límites de este progreso. Por un lado, el porcentaje de la segunda generación que no terminó el bachillerato es menos de la mitad que el de la primera. En Providence el porcentaje es más alto que en las otras dos ciudades, pero incluso en Providence los dominicanos de segunda generación tienen indicadores educativos notablemente mejores que la primera generación. La tabla también refleja un crecimiento impresionante en el porcentaje de quienes tienen un título de licenciatura o superior. Por otro lado, el porcentaje sin diploma de escuela secundaria sigue siendo bastante alto, y mucho más alto comparado con la tasa de la población blanca.
Al igual que en Providence, en dos ciudades y en todo el país, los indicadores socioeconómicos de los estadounidenses blancos son mucho mejores que los de la segunda generación dominicana. En general, los estadounidenses blancos tienen tasas más altas de participación en el mercado laboral, tasas más bajas de deserción escolar, porcentajes más altos de personas con títulos universitarios, tasas más bajas de pobreza e ingresos familiares medios más altos que los dominicanos de segunda generación. Con cualquier indicador, la imagen es la misma y la diferencia no es pequeña. El porcentaje de estadounidenses blancos empleados es entre ocho y diez puntos más alto que la tasa de dominicanos empleados de segunda generación. La tasa de deserción escolar de los estadounidenses blancos oscila entre ocho y trece puntos porcentuales más baja. Es evidente que el sistema etnorracial de estratificación que encontramos en Providence coincide con la situación general de los dominicanos de segunda generación en los Estados Unidos.17
17 Estos resultados son quizás obvios para cualquiera que esté familiarizado con las estadísticas estadounidenses sobre la desigualdad racial; sin embargo, es importante documentarlos a la luz de las representaciones de la sociedad estadounidense como daltónica.
TABLA 3.3. Indicadores socioeconómicos en la ciudad de Nueva York, Lawrence (Massachusetts) y los Estados Unidos, de veinticuatro a sesenta y cuatro años.
Licenciatura o
Algún título universitario o de asociado
Escuela secundaria
Menos que la escuela secundaria
Empleados Desempleados Ausente en la fuerza laboral
Población blanca Ciudad de Nueva York
Nota: Números en porcentaje, con excepción de los ingresos. Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
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La tabla 3.4 analiza la situación ocupacional de los dominicanos. Tres tendencias principales la caracterizan. En primer lugar, la bien establecida disminución de empleos en el sector manufacturero. En la ciudad de Nueva York y en todo el país, el porcentaje de dominicanos de primera generación que trabajan en las áreas de educación, salud y servicios sociales es mayor que en la industria manufacturera. En Lawrence, al igual que en Providence, la manufactura sigue siendo el principal sector de empleo para la primera generación. Para la segunda, sin embargo, no lo es. En Lawrence, el porcentaje de la segunda generación en empleos manufactureros sigue siendo alto, pero la proporción en ocupaciones de servicios es, sin embargo, mayor. A nivel nacional, el porcentaje de dominicanos de segunda generación en la industria manufacturera es menor que el de blancos norteamericanos en este sector.
La segunda tendencia significativa es la concentración de la segunda generación en ventas y ocupaciones de oficina. Al igual que en Providence, este es el principal nicho de empleo para los dominicanos de segunda generación en Nueva York, Lawrence y en todo el país. A nivel nacional, este indicador es un 15 % más alto que el de los blancos. La tercera tendencia es la duplicación del porcentaje de la segunda generación en ocupaciones gerenciales y profesionales en relación con la primera. En la ciudad de Nueva York y Lawrence, al igual que en Providence, la cifra de la segunda generación se acerca al 30 %. A nivel nacional, la proporción está ligeramente por encima del 30 %. Vemos de nuevo la misma bifurcación que observamos anteriormente en Providence entre los que ocupan puestos directivos y profesionales y los que ocupan puestos de ventas y servicios.
Estas cifras también evidencian la subrepresentación de la segunda generación de dominicanos en ocupaciones gerenciales y profesionales. En la ciudad de Nueva York y Lawrence, la proporción de estadounidenses blancos en estos campos es 23 y 18 puntos porcentuales más alta que la de los dominicanos. A nivel nacional, al igual que en Providence, la brecha es más estrecha, pero aun así sigue siendo significativa: 10.7 puntos porcentuales en Providence y 5.9 en todo el país.
Dado el cuadro de estratificación interna de la segunda generación, es importante evaluar el tamaño del segmento en las ocupaciones de clase media.
TABLA 3.4. Ocupaciones e industrias seleccionadas en la ciudad de Nueva York, Lawrence (Massachusetts) y los Estados Unidos, de veinticuatro a sesenta y cuatro años.
transporte y movimiento
Nota: Números en porcentaje. Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
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La tabla 3.5 ilustra un desglose de los dominicanos que trabajan por cuenta propia o en ocupaciones gerenciales y profesionales, es decir, que tienen empleos de clase media. Muestra nuevamente el progreso significativo de la segunda generación con respecto a la primera. En la ciudad de Nueva York, la proporción de dominicanos en ocupaciones de clase media fue de 22.1 % en la primera generación y de 31.5 % en la segunda. En Providence, los números fueron aún más impresionantes: 14.8 en la primera generación y 38.6 en la segunda. A nivel nacional, alrededor del 25 % de los dominicanos de segunda generación tienen empleos de clase media. Este es un hecho relevante. Al mismo tiempo, nos recuerda que el 65 % forma parte de la clase obrera o de los sectores más marginados de la sociedad estadounidense.
Providence muestra los contrastes sociales más agudos. Posee el mayor porcentaje de dominicanos en ocupaciones de clase media, pero al mismo tiempo la tasa más alta de pobreza y el ingreso medio más bajo. En Nueva York, el principal lugar de asentamiento de los dominicanos fuera de la República Dominicana, a la segunda generación le va peor en términos de ocupaciones de clase media, pero tiene tasas más bajas de pobreza e ingresos más altos. En general, los datos indican más similitudes que diferencias en el patrón de incorporación socioeconómica de los dominicanos en las tres ciudades. Así que, independientemente de las especificidades de la vida en Providence y de los motivos que llevaron a los dominicanos a abandonar la ciudad de entrada por una pequeña ciudad secundaria, las mismas tendencias caracterizan su incorporación socioeconómica en Providence, Nueva York y Lawrence. El análisis de los datos a nivel nacional se ajusta en general al patrón de la ciudad de Nueva York, Lawrence y Providence. Sin embargo, hay una advertencia importante. Los indicadores nacionales son ligeramente superiores a los de las tres ciudades examinadas. La tasa nacional de pobreza de los dominicanos de segunda generación es menor. El ingreso medio es más alto y el porcentaje de graduados de la escuela secundaria es mayor. En áreas fuera de estas tres ciudades del noreste, a los dominicanos parece que les está yendo mejor. Una mirada a Nueva Jersey y a la Florida aclara esta observación.18 El perfil socioeconómico de los dominicanos en el estado de Nueva Jersey en su conjunto es ligeramente mejor que el perfil socioeconómico nacional. Pero su posición en
18 Para evitar abrumar al lector con tablas, no presento los datos de Nueva Jersey y Florida.
TABLA 3.5. Ocupaciones de la clase media de los dominicanos, de veinticuatro a sesenta y cuatro años.
Ocupaciones de clase media**
Ocupaciones gerenciales, profesionales y relacionadas
Trabajo autónomo
Negocios no incorporados Negocios incorporados Gerentes y profesionales
Ciudad de Nueva York
Nota: Números en porcentaje. Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
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relación con los blancos es similar a la del país en su conjunto. El perfil socioeconómico de los blancos en Nueva Jersey también es más alto que en otras partes del país. Es decir, este estado parece tener indicadores socioeconómicos más altos para todos los grupos etnorraciales.
La única excepción al patrón general son los dominicanos de segunda generación en Florida, donde las tasas de pobreza y la distribución ocupacional son muy similares a las de los floridanos blancos. Este es el resultado de una corriente migratoria particular, ya que Florida es el destino preferido de los inmigrantes dominicanos de clase media y piel más clara (Hoffman-Guzmán, 2004). Es un destino frecuente para aquellos a los que les va bien en Providence o Nueva York, como para poder mudarse a un clima más cercano al que están acostumbrados. Por lo tanto, no es sorprendente que los dominicanos en Florida se encuentren considerablemente mejor que los de otras partes del país. Los datos sugieren un proceso de diferenciación geográfica de clases dentro de la población dominicana en los Estados Unidos, con Florida como el destino preferido para los más acomodados y el noreste como el hogar de la mayoría de la clase trabajadora.
Este análisis acerca de las tres proposiciones que caracterizan la incorporación socioeconómica de los dominicanos de segunda generación en Providence —la mejoría en relación con la primera generación, la diferenciación interna entre la clase gerencial y profesional y una clase trabajadora de servicios, y la incorporación a un sistema etnorracial de estratificación socioeconómica— también describe la posición socioeconómica de sus contrapartes en la ciudad de Nueva York, en Lawrence, y en todo el país, con la excepción de Florida.
Los caminos del género
Hasta ahora hemos analizado las tendencias de los dominicanos en general. Sin embargo, estudios recientes indican diferencias importantes en la posición socioeconómica de hombres y mujeres. En su etnografía de una escuela pública en la ciudad de Nueva York, Nancy López demostró que a las niñas de segunda generación les va mejor que a los niños en términos de logros educativos. Del mismo modo, los sociólogos Cynthia Feliciano y Rubén Rumbaut analizaron el segmento de California del Estudio Longitudinal
de Hijos de Inmigrantes, y descubrieron que las mujeres de segunda generación tienen mejores resultados educativos que los hombres de segunda generación (2005). También encuentran que las mujeres de segunda generación tienen aspiraciones ocupacionales más altas que sus contrapartes masculinas. Por lo tanto, es necesario observar si este patrón de segmentación de género en las trayectorias de incorporación también se encuentra en Providence.
Las siguientes tres tablas reproducen el análisis realizado anteriormente, pero comparan la posición socioeconómica de las mujeres dominicanas de segunda generación en Providence, que claramente tienen un mejor desempeño que los hombres de segunda generación en todos los indicadores socioeconómicos, excepto uno. Las mujeres poseen tasas más altas de participación en la fuerza laboral y de finalización de la escuela secundaria, un mayor porcentaje de títulos universitarios y una tasa de pobreza más baja. Sin embargo, y a pesar de todo eso, tienen un ingreso familiar medio mucho más bajo que el de los hombres.
TABLA 3.6. Indicadores socioeconómicos de los dominicanos de segunda generación en Providence, de veinticuatro a sesenta y cuatro años.
Nota: Números en porcentaje, con excepción de los ingresos. Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
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TABLA 3.7. Ocupaciones e industrias selectas para dominicanos de segunda generación en Providence, de veinticuatro a sesenta y cuatro años.
Nota: Números en porcentaje.
Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
La tabla 3.7 muestra que a las mujeres de segunda generación les va mejor profesionalmente que a los hombres. Casi el 50 % ocupan puestos directivos y profesionales, un 14 % superior a los hombres. La tabla refleja que la transición a la clase trabajadora de servicios es más pronunciada entre las mujeres que entre los hombres. La proporción de hombres dominicanos de segunda generación en la industria manufacturera es mucho mayor que la de mujeres. Para los hombres, la manufactura parece seguir siendo una opción de empleo, mientras que muy pocas mujeres laboran en el sector. Lo contrario ocurre en las ocupaciones de ventas y oficinas. Por último, la tabla 3.8 muestra que la proporción de mujeres que trabajan en ocupaciones de clase media es un 17 % superior a los hombres. También evidencian tasas más altas de trabajo autónomo.
Las tablas 3.6 y 3.7 prueban que las vías de incorporación son efectivamente de género y que las tendencias de incorporación estratificada son mucho más pronunciadas para las mujeres que para los hombres. Al parecern, las mujeres aprovechan las oportunidades que ofrecen el sistema educativo y el mercado laboral estadounidense mucho más que los hombres. Sin duda, se
trata de una buena noticia en términos del desafío de los patrones establecidos de la estratificación de género. No obstante, el ingreso familiar medio notablemente bajo de las mujeres sugiere que también experimentan una polarización mucho más fuerte que los hombres. La diferenciación entre los que logran el éxito y los que se quedan atrás parece más pronunciada entre las mujeres que entre los hombres. Esto se debe, en parte, a los mayores logros de las mujeres de segunda generación, y además a que las mujeres a las que no les van tan bien se encuentran en una posición difícil. Aun así, manifiestan más movilidad ascendente que los hombres.
Estamos en las primeras etapas de incorporación de la segunda generación y hay que ver si este patrón se consolida con el tiempo. Es importante señalar, sin embargo, que los hallazgos aquí expuestos coinciden con los de Nancy López (2003) y Cynthia Feliciano y Rubén Rumbaut (2005). Quedan futuros trabajos para observar cómo estas tendencias en la estratificación de género afectan a las subjetividades y a las relaciones de género. Lo que importante es que lo aquí descrito representa una grieta potencial en la armadura estructural de la desigualdad de género.
Raza, clase y movilidad
La suposición de las diversas formas de la teoría de la asimilación es que, con el tiempo, los inmigrantes aprenden los entresijos de la sociedad estadounidense y entran en instituciones educativas y del mercado laboral que les abren vías para la movilidad ascendente. Los expertos que trabajan dentro de este marco interpretan las mejoras reales de la segunda generación como un indicio de que los nuevos inmigrantes están siguiendo el mismo camino de incorporación que los inmigrantes del sur y el este de Europa durante la primera mitad del siglo XX (Bean y Stevens, 2003; Perlmann, 2005). La visión de la sociedad estadounidense que subraya esta suposición, según palabras de Richard Alba, es una en la que los límites de acceso a la clase media se han difuminado (2005). Los datos revisados alegan que esto es en parte así, pero también que las posibilidades de movilidad son limitadas y que los inmigrantes pasan a formar parte del sistema de clases racializado.
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TABLA 3.8. Ocupaciones de clase media para dominicanos de segunda generación en Providence, de veinticuatro a sesenta y cuatro años.
Nota: Números en porcentaje.
Fuente: Elaboración propia basada en el 5 % de la Muestra de Microdatos de Uso Público (PUMS) (Oficina del Censo de los Estados Unidos 2000).
Al plantear la cuestión del futuro de la tercera generación, los autores de Inheriting the City argumentaron que «hay muchas razones para preocuparse por lo que deparará el futuro a los jóvenes que estamos estudiando. Los ingresos de los hogares son cada vez más desiguales, la manufactura sindicalizada y otros trabajos manuales están disminuyendo, y la inseguridad del mercado laboral está aumentando» (Kasinitz et al., 2008, 203-04). Adelantaron la posibilidad de una especie de escenario de movilidad descendente de asimilación segmentada, pero en la tercera generación. ¿Mejorará la posición socioeconómica dominicana de tercera generación con respecto a la segunda? ¿O continuará el patrón de incorporación etnorracial estratificada a través de las generaciones?
Es imposible inferir a partir de los datos aquí presentados la trayectoria probable de las generaciones futuras. En primer lugar, el análisis se basa en datos transversales. Esta información no nos dice nada sobre las tendencias a lo largo del tiempo. En segundo lugar, la comparación se realiza entre grupos generacionales en su conjunto. No tenemos información sobre la movilidad individual. No sabemos si los padres manejan conocimientos sobre la movilidad individual ni si los de la segunda generación a los que les va bien, les va bien a ellos mismos o si son de clase trabajadora. Para establecer una línea de base con fines de predecir la probabilidad de movilidad entre los dominicanos, sería
necesario construir tablas de transición que comparen el ingreso, la ocupación o la educación de padres e hijos a lo largo del tiempo.19 Desafortunadamente, no existe una base de datos representativa a nivel nacional que haga posible este tipo de estudio. La segunda generación dominicana es todavía muy joven y no está presente en las grandes bases de datos longitudinales utilizadas para los estudios de movilidad. Además, los padres inmigrantes tienen trayectorias socioeconómicas y ocupacionales atípicas. A pesar de que pueden tener un nivel socioeconómico bajo, están muy motivados y empoderados. Por estas razones, es posible que el patrón de transición entre la primera y la segunda generación no prediga el patrón de transición entre la segunda y la tercera generación. Lo que podemos hacer es examinar los patrones de movilidad de otros grupos para tratar de comprender la dinámica del cambio intergeneracional y la continuidad en la sociedad estadounidense. Comprender los patrones generales de movilidad nos permitiría plantear hipótesis sobre el futuro de las generaciones dominicanas. Por fortuna, un cuerpo de investigación existente proporciona pistas sobre las tendencias de movilidad contemporáneas. En primer lugar, examino el trabajo de Frank Bean y Gillian Stevens sobre la movilidad de las generaciones mexicoamericanas (2003). A continuación, analizo los estudios sobre la movilidad intergeneracional en Estados Unidos realizados por los economistas Bhashkar Mazumder y Tom Hertz (Hertz, 2005; Mazumder, 2005). Estos datos indican que las minorías y los pobres se enfrentan a importantes barreras estructurales para la movilidad.
Bean y Stevens afirmaron que los mexicoamericanos están siguiendo los pasos de los inmigrantes de principios del siglo XX, aunque a un ritmo más lento (2003). La base empírica de su argumento es un análisis multigeneracional de las diferencias en el logro educativo y los ingresos entre estos y los blancos. Compararon el nivel educativo y los ingresos de la primera, segunda y tercera generación (y más allá) de mexicoamericanos con los blancos nacidos en Estados Unidos a finales de la década de 1990.20 Encontraron que los
19 He llevado a cabo una versión parcial de este ejercicio en el capítulo 4, donde observo las transiciones de clase entre una pequeña muestra de dominicanos en Providence.
20 Los autores agruparon las muestras de 1996 y 1999 de la Encuesta de Población Actual para una comparación transversal de tres generaciones de mexicoamericanos (Bean y Stevens, 2003). Su análisis adolece de los mismos problemas que el que yo realicé (datos transversales y ninguna información sobre las transiciones educativas y ocupacionales entre padres e hijos), pero la composición generacional más profunda de los datos
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logros educativos de los de segunda generación mejoraron significativamente con respecto a la primera generación, pero sin alcanzar el mismo nivel que los estadounidenses blancos.
Sus hallazgos también muestran una gran reducción de los ingresos entre los mexicoamericanos y los blancos entre la primera y la segunda generación. La reducción es particularmente fuerte entre los grupos con niveles educativos más altos. Estos resultados sustentan que un aumento intergeneracional continuo en los niveles educativos de los mexicoamericanos y una reducción de la brecha educativa entre los mexicoamericanos y los blancos disminuirían la desigualdad salarial entre los grupos. Bean y Stevens, sin embargo, no encontraron ninguna mejora adicional en el logro educativo entre la segunda y la tercera generación (2003). Sus datos ofrecen ligeras mejorías en algunos de los indicadores educativos de la tercera generación y ligeros descensos en otros. En general, el perfil educativo de la tercera generación es muy similar al de la segunda (2003). De hecho, también expusieron que las diferencias de ingresos entre los blancos y los mexicoamericanos de tercera generación son similares a las de los blancos y los mexicoamericanos de segunda generación. Encontraron un gran progreso en el estatus socioeconómico entre la primera y la segunda generación, pero casi ningún cambio entre la segunda y la tercera. Parece, pues, que la segunda generación de mexicoamericanos ocupa una posición en la estructura social estadounidense similar a la de la segunda generación dominicana. Los datos de Bean y Stevens, de hecho, apoyan el enfoque de estratificación etnorracial propuesto en este libro.
Investigaciones recientes sobre la movilidad intergeneracional de los ingresos en los Estados Unidos también respaldan este enfoque. La literatura sobre las correlaciones de ingresos entre padres e hijos apunta a una continuidad intergeneracional generalizada. El economista Bhashkar Mazumder, por ejemplo, plantea que el 60 % de las diferencias en los ingresos de los padres se transmiten a la generación de los hijos (2005).21 Además, se trata de una permite a estos investigadores comparar secciones transversales de la segunda y tercera generación (de hecho, no tienen forma de distinguir entre la tercera generación y las siguientes), algo que no puedo hacer dada la corta edad de la segunda generación dominicana.
21 Esta investigación es de una complejidad técnica que no puedo abordar en este libro. En resumen, Bhashkar Mazumder comparó los datos de los participantes en la Encuesta de Ingresos y Participación en Programas con los datos de los registros resumidos de
medida que enmascara diferentes tasas de movilidad en la mitad de la distribución del ingreso que en la parte inferior o superior. Mostró que el 38 % de los hijos nacidos de padres en el cuartil inferior tendrán ingresos por encima de la mediana. Por otro lado, el 43 % de los nacidos en el cuartil superior permanecerán en ese cuartil y solo el 34 % de los niños nacidos en el cuartil superior de la distribución de ingresos experimentarán una movilidad descendente hacia ingresos por debajo de la media.
Los hallazgos de Mazumder encajarían verdaderamente con la hipótesis de Bean y Stevens de una convergencia de cuatro o cinco generaciones entre los hijos de inmigrantes y la corriente principal blanca (Bean y Stevens, 2003). Pero los datos de Mazumder se refieren a la población en su conjunto, escondiendo profundas diferencias raciales, tasas de descenso y movilidad. El economista Tom Hertz, por su parte, expuso que la continuidad intergeneracional en la parte inferior de la distribución del ingreso es mucho mayor para los afrodescendientes que para los blancos (Hertz, 2005). Añadió que para toda la población la tasa de persistencia en el decil inferior es del 31.5 %. Sin embargo, esta cifra oculta el hecho de que entre la población blanca solo el 16.9 % de los nacidos en el decil inferior permanecen allí. En efecto, se trata de una proporción bastante alta. Entre la población negra, sin embargo, la proporción es de un abrumador 41.5 %. Hertz repitió el ejercicio observando cuartiles en lugar de deciles. De acuerdo con estos resultados, en el conjunto de la población, el 46.6 % de los nacidos en el cuartil inferior permanecen allí, pero, nuevamente, el número esconde diferencias importantes entre negros y blancos.22 Entre la población blanca, el 32.3 % de los nacidos en el cuartil más
ingresos de la Administración del Seguro Social (2005). Este conjunto de datos permite a Mazumder comparar las diferencias de ingresos intergeneracionales a lo largo de varios años. Demostró que al promediar los ingresos de padres e hijos durante un largo periodo, la elasticidad intergeneracional es igual a 0.6. En términos sencillos, esto significa que, en igualdad de condiciones, una diferencia del 10 % en los ingresos de los padres se traduce en una diferencia del 6 % en los ingresos de los hijos.
22 Los números de Tom Hertz son diferentes de los de Mazumder porque Hertz se basó exclusivamente en los Estudios de Panel de Dinámica de Ingresos, utilizó diferentes medidas y comparó los ingresos durante un número menor de años (2005). Sus resultados son una medida de las diferencias de ingresos utilizando el «ingreso familiar logarítmico ajustado por edad» (de nuevo, la complejidad técnica del análisis va más allá de lo que puedo abordar en este libro). Sin embargo, los resultados de Hertz y Mazumder para toda la población no son tan diferentes, y son consistentes en mostrar una sociedad mucho menos móvil que las imágenes populares. El artículo de Hertz tiene la ventaja
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bajo permanecen allí, frente al 62,9 % de la población negra. Parece que, a pesar de todos los debates sobre la disminución del papel de la raza, esta sigue siendo un importante predictor de la posición de una persona en la estructura socioeconómica.
Por último, Hertz analiza a las personas nacidas en la parte inferior de la distribución del ingreso que llegan a la cima (2005). Para la población en su conjunto, la tasa de movilidad entre el cuartil inferior y el superior es del 9.3 %, una tasa bastante baja para una sociedad que se considera sin clases. Una vez más, esta tasa oculta diferencias raciales en la movilidad. Entre la población blanca, el 14.2 % de los nacidos en el cuartil inferior llegan al cuartil superior. La proporción correspondiente a la población negra es del 3.6 %. Estos resultados son reveladores. La clase y la raza aparecen como barreras estructurales a la movilidad. Es probable que las minorías nacidas en familias de bajos ingresos manifiesten una alta tasa de transmisión intergeneracional de bajo nivel socioeconómico. Aunque el estudio de Hertz se centra solo en los afroamericanos, sus hallazgos también explican la aparente falta de movilidad entre los mexicoamericanos de segunda y tercera generación en los resultados de Bean y Stevens. Para las minorías pobres, la sociedad estadounidense es mucho menos móvil de lo que comúnmente se imagina.
La historia dominicana de incorporación es diferente a la de los afroamericanos y los mexicoamericanos, pero al mismo tiempo los grupos comparten una serie de experiencias. Tanto los dominicanos como los mexicoamericanos son considerados, en su mayoría, trabajadores poco calificados y son categorizados como latinos. Además, los paralelismos en las bajas tasas de movilidad de los afroamericanos y los mexicoamericanos de tercera generación en los trabajos revisados señalan un patrón general de baja movilidad de las minorías en la sociedad estadounidense. Sobre la base de los datos presentados en esta sección, podemos plantear la hipótesis de que el patrón de incorporación etnorracial estratificada —un patrón caracterizado por una movilidad ascendente parcial y una inserción mayoritaria en la clase trabajadora de servicios— continuará en la tercera generación. de comparar las diferencias en la transmisión intergeneracional de ingresos entre las poblaciones negra y blanca.
Por supuesto, el peligro de cualquier predicción es que asumimos la continuación de las condiciones actuales. El estudio de Yankee City ilustra este punto. Warner y Srole predijeron, a mediados de la década de 1940, que los italianos tardarían varias generaciones en asimilarse a la corriente principal estadounidense y que la asimilación de los judíos era posible, pero no había un horizonte temporal aplicable (1945). Una generación más tarde, los italianos y los judíos estaban en camino de entrar en la corriente principal estadounidense. Como argumentaron acertadamente Joel Perlmann y Roger Waldinger, la movilidad ascendente de los hijos y nietos de los inmigrantes europeos fue el resultado de cambios estructurales en la sociedad estadounidense, cambios que Warner y Srole no pudieron o fallaron en predecir (1977). La asimilación de los inmigrantes europeos también fue producto de un cambio importante en las fronteras raciales, que permitió que las etnias blancas se convirtieran en parte de la corriente racial principal (Perlmann y Waldinger, 1997).
La posición socioeconómica futura de los dominicanos y otros grupos minoritarios depende de la evolución de la estructura socioeconómica, de las dinámicas de racialización y discriminación, y de su acción política. La historia reciente de los afroamericanos es un buen ejemplo. En la década de 1940, Warner y Srole predijeron correctamente que solo un cambio radical en el patrón de las relaciones raciales abriría las puertas de la movilidad a los afroamericanos y a los inmigrantes negros. De hecho, era necesaria la movilización popular masiva de los afroamericanos —y de otras minorías— en la reivindicación de los derechos civiles para abrir parcialmente las puertas de la movilidad y la pertenencia. Desde entonces, ha habido una movilidad ascendente para las minorías. Hemos sido testigos de la formación de una clase media negra minoritaria. Al mismo tiempo, convivimos con los resultados del éxito incompleto del movimiento por los derechos civiles: la consecución de los derechos políticos y civiles, en detrimento de una agenda de igualdad económica (Wilson, 1978). En estas condiciones, el cambio económico estructural provocado por el declive de la industria manufacturera en las décadas de 1970 y 1980, junto con la persistente segregación residencial, llevaron a importantes segmentos de la población afroamericana a la marginalidad (Massey y Denton, 1993; Wilson, 1996).
¿Ciudad de oportunidades?
¿Es Providence, por lo tanto, una ciudad de oportunidades para los dominicanos? ¿Es la estadounidense una sociedad de oportunidades, como imaginan tanto los inmigrantes como los estadounidenses? Si nos fijamos solo en las impresionantes mejoras de la segunda generación dominicana con respecto a la primera, la respuesta debería ser positiva. Si vamos más allá de las líneas generales de la comparación intergeneracional y prestamos atención a la estratificación interna dentro de la segunda generación, la respuesta tendría que ser más matizada. Para aquellos que pueden acceder a empleos de clase media, la respuesta es sí. Pero para la gran concentración en la nueva clase trabajadora de servicios y para aquellos en la pobreza, la tierra de las oportunidades puede resultar un espejismo. Estados Unidos es, en efecto, una sociedad de oportunidades, pero no de igualdad de oportunidades para todos. El enfoque de incorporación etnorracial estratificada describe mejor las formas en que la segunda generación dominicana está ingresando a la estructura socioeconómica.
La respuesta con respecto a la «tierra de las oportunidades», sin embargo, trasciende la experiencia de la segunda generación. Depende también de las posibilidades que imaginamos sobre la transición entre la segunda generación y las siguientes. Es en este punto donde el debate sobre la posición racial de los inmigrantes se vuelve central. ¿Va a ser la raza una barrera severa para la incorporación de las futuras generaciones dominicanas a la corriente principal como lo ha sido para los afroamericanos? ¿O se ampliarán las fronteras etnorraciales de la corriente principal para abarcar a los inmigrantes contemporáneos, como se ampliaron para incorporar a los inmigrantes europeos durante la primera mitad del siglo XX? Los especialistas asociados con el enfoque de asimilación subrayan el carácter socialmente construido de la raza y el hecho de que las fronteras raciales pueden, al menos en teoría, volverse borrosas (Alba, 2005; Perlmann y Waldinger, 1997). Las evidencias presentadas en este libro sugieren que la racialización sigue siendo un elemento generalizado de estratificación en la sociedad estadounidense. No hay duda de una movilidad ascendente dentro de las comunidades de inmigrantes como la hay entre los afroamericanos, pero el patrón de estratificación de las minorías
inmigrantes y de los afroamericanos es diferente al de los blancos. Más aún, los estudios sobre las minorías de clase media comprueban que la movilidad de clase cumple una mediación, pero no elimina los efectos de la racialización (Hochschild, 1995; Lacy, 2004; Pattillo, 2005).
Desde esta perspectiva, el patrón futuro de estratificación socioeconómica entre los dominicanos —así como entre otras generaciones de inmigrantes— no depende de una mejora gradual a lo largo de varias generaciones, sino del cambio o la continuidad de la estratificación de clases etnorracial. Esto depende, por un lado, de la evolución estructural de la economía estadounidense, un proceso que está fuera del control de individuos particulares. Por otro lado, el patrón futuro de la estratificación racial y de clase depende también de las tendencias políticas que dominarán la vida social en las próximas décadas. La participación política de los dominicanos y otros grupos de inmigrantes y el tipo de alianzas que construyen pueden influir en la manera en que los amplios cambios económicos y la racialización influyen en sus oportunidades económicas y su vida cotidiana. Regreso a este tema en las conclusiones de este libro.
CAPÍTULO 4
¿ ENTRANDO EN LA CORRIENTE PRINCIPAL ?
El camino de la incorporación pasa por las instituciones de la sociedad en general. Una de las instituciones clave para la movilidad es el sistema educativo. La educación es fundamental para obtener empleos bien remunerados en la economía estadounidense. Proporciona habilidades, certificaciones y redes sociales que canalizan a las personas hacia diferentes conjuntos de ocupaciones y posiciones en la estructura de clases. El capítulo anterior mostró que existe una notable mejora en el perfil educativo de la segunda generación con respecto a sus padres, una clara señal de éxito y movilidad. Al mismo tiempo, segmentos importantes de la segunda generación se están quedando atrás. Un tercio de la segunda generación en Providence no termina la escuela secundaria, y cuando sumamos a los que no acceden a la universidad, estamos hablando de más de la mitad de la segunda generación. La relación con el sistema educativo surgió con un sentido de urgencia en mis conversaciones con dominicanos criados en los Estados Unidos. En este capítulo presento las historias de cinco jóvenes dominicanos y examino cómo se experimenta la incorporación etnorracial estratificada en los encuentros cotidianos con el sistema escolar y otras instituciones convencionales. Las historias se basan en las entrevistas de profundidad que realicé. No pretendo que estas historias sean representativas de la experiencia dominicana en su conjunto. Además, el análisis no se basa en los acontecimientos que
observé, sino en mi interpretación de los recuerdos que estas cinco personas tienen de sus años de formación. He optado por narrar y analizar historias que me permiten indagar cómo el encuentro con las instituciones convencionales afecta las trayectorias de incorporación socioeconómica de los hijos de inmigrantes dominicanos en Providence. He escogido los relatos de personas a las que les ha ido bien, o al menos medianamente bien, porque iluminan los mecanismos de movilidad social y también sus limitaciones.
La raza, la clase y la experiencia escolar
En su etnografía de una escuela pública de Nueva York, Nancy López escribió sobre las experiencias cotidianas de los niños dominicanos y de otros niños caribeños de la clase trabajadora (2003). Describió una escuela en la que los maestros y las autoridades escolares se preocupan más por mantener la disciplina que por los aprendizajes. Para los estudiantes minoritarios de clase trabajadora, la vivencia escolar se caracteriza más por la represión que por el estímulo y el apoyo. López agregó que el género se cruza con la clase al explicar las trayectorias de los estudiantes de las minorías. Señaló que a las niñas les va mejor que a los niños en el sistema educativo de Nueva York,23 lo que, como señalamos en el capítulo anterior, también es el caso de Providence. Los autores de Inheriting the City también alegaron que los estudiantes de centros educativos de bajo rendimiento «describieron grandes escuelas anónimas que esperaban poco de sus estudiantes negros e hispanos» (Kasinitz et al., 2008, 157). Según ellos, los dominicanos de segunda generación, especialmente los hombres, afrontaron la mayor cantidad de dificultades en las escuelas de Nueva York. Estas descripciones nos recuerdan a Samuel Bowles y Herbert Gintis en su obra clásica, Schooling in Capitalist America (1976). Bowles y Gintis argumentaron que el proceso clave en las escuelas no es la enseñanza de habilidades
23 López planteó dos razones por las cuales a las niñas les va mejor que a los niños (2003). La primera tiene que ver con sus diferentes experiencias escolares. Las autoridades escolares perciben a los niños como más amenazantes que las niñas y, por lo tanto, los someten a más rigor disciplinario. Como resultado, para los niños su paso por la escuela se vuelve particularmente oneroso y alienante. La segunda razón tiene que ver con la socialización de género. López explicó que las niñas son socializadas para que asuman las tareas domésticas, mientras que los niños son dejados sin mucha supervisión o responsabilidades. Esto da a las niñas una estructura y disciplina en la vida cotidiana que les ayuda a lidiar con la vida escolar, una estructura y disciplina de las que carecen los niños.
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cognitivas, sino la socialización en los comportamientos y las creencias de las personas de diferentes clases. Las escuelas de la clase trabajadora tenían más que ver con la enseñanza de la disciplina del lugar de trabajo que con proporcionarles a los estudiantes el conocimiento necesario para lograr la movilidad ascendente. Ricardo Stanton-Salazar se esforzó mucho en analizar los mecanismos específicos a través de los cuales las escuelas reproducen la desigualdad de clase (1997). Hizo hincapié en el papel de las redes sociales en la orientación de las personas hacia diferentes posiciones de clase y el de los agentes institucionales, definidos como individuos que pueden proporcionar o negar el acceso a recursos o informaciones importantes. En el contexto escolar, el concepto de agentes institucionales se refiere a docentes, orientadores y administradores, que pueden transmitir conocimientos relevantes, proporcionar modelos a seguir, apoyo emocional y generar contactos con instituciones y personas. Estos agentes son como los guardianes de los portales intelectuales, abriendo o cerrando vías de movilidad.
Una diferencia clave entre la experiencia escolar de los niños de clase media y la de los de clase trabajadora es el tipo de acceso a los agentes institucionales. Stanton-Salazar comparó las redes sociales de los niños de clase media con «autopistas sociales que permiten a las personas moverse por el complejo panorama general de manera rápida y eficiente. En muchos sentidos, funcionan como vías de privilegio y poder» (1997, 4). Los niños de la clase trabajadora, en cambio, no tienen acceso al mismo tipo de redes privilegiadas. Las escuelas públicas, que atienden a niños de clase trabajadora y de las minorías, no brindan el mismo tipo de apoyo o de puentes hacia las oportunidades, como sucede en las escuelas de clase media. Para los jóvenes trabajadores y de las minorías, los encuentros con los agentes institucionales escolares tienen lugar «en el contexto de relaciones de poder diferenciales y dentro de contextos sociales que son culturalmente diferentes, si no alienantes, de los marginados culturales»(4). La falta de redes fuera del entorno obrero en el que crecen muchos hijos de inmigrantes afecta su conocimiento sobre las oportunidades de movilidad. El resultado es que estos jóvenes tienen más probabilidades de sentirse desalentados para proseguir su educación y, por lo tanto, terminan en puestos de clase trabajadora.24
24 Estoy simplificando y modificando ligeramente el argumento de Stanton-Salazar. Él inserta su análisis de las redes dentro del concepto de capital social. En mi opinión, con
Latinos en el sistema de escuelas públicas de Providence
Con el fin de proporcionar un contexto para el análisis de las experiencias escolares de los jóvenes dominicanos, describo brevemente la posición de los latinos en las escuelas secundarias de Providence.25 El Departamento Escolar de Providence informa que, en el año académico 2007-2008, los latinos constituyeron el 59 % de los estudiantes matriculados en el sistema, pero solo el 8.5 % de los maestros y el 10 % de los administradores.26 En otras palabras, a pesar del hecho de que los estudiantes latinos son la mayoría absoluta en las escuelas públicas de Providence, los latinos se encuentran subrepresentados entre los maestros y administradores. La tabla 4.1 presenta información del Departamento de Educación Primaria y Secundaria de Rhode Island (Department of Elementary and Secondary Education o RIDE), sobre la proporción de estudiantes latinos en las escuelas secundarias de Providence, sus tasas de graduación y la clasificación del departamento de educación acerca de la situación de las escuelas a las que asisten.27 La tabla muestra que la tasa de graduación de los latinos es similar a la del resto de los estudiantes. La tasa de graduación de aquellos que asisten a escuelas con elevados índices de graduación es alta en sí misma, y de aquellos que asisten a escuelas con índices bajos, es correspondientemente baja. La tabla también evidencia que en el año escolar 2006-2007, la mayoría de las escuelas en las que predominaban los latinos fueron clasificadas por el RIDE como «mostrando un progreso inadecuado en el logro de sus metas anuales».28
enfatizar el análisis de las diferencias de clase en las redes es suficiente y el concepto de capital social no le aporta mucho.
25 Presento información sobre los latinos en lugar de sobre los dominicanos, porque la disponible públicamente en el Departamento Escolar de Providence y en el Departamento de Educación Primaria y Secundaria de Rhode Island no está desagregada por origen nacional. Sin embargo, en el capítulo anterior vimos que aunque hay diferencias entre los dominicanos de segunda generación, otros latinos y los puertorriqueños, el panorama general para todos es similar.
26 La información sobre el Departamento Escolar de Providence está disponible en línea en http://www.providenceschools.org/dept/news/facts.html.
27 La tabla se construyó utilizando información disponible públicamente en el sitio web del Departamento de Educación Primaria y Secundaria de Rhode Island (http://www.ride. ri.gov/applications/statistics.aspx). Elegí el curso 2005-2006 porque era el último para el que RIDE proporciona la información presentada en la tabla.
28 Sin embargo, la elección del año marca la diferencia. En 2007, la Escuela Secundaria Feinstein evidenció un progreso anual adecuado.
TABLA 4.1. Latinos/as en las escuelas secundarias públicas de Providence, 2005 a 2006.
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Education (http://www.ride.ri.gove/applications/statistics.aspx).
and
Fuente:
En la mayoría de los casos hay importantes diferencias de género que confirman el punto de vista de López acerca de que a las niñas latinas les va mejor que a los niños. Hay dos excepciones; una es Classical High School, clasificada como la mejor secundaria pública de Providence. Aunque los latinos son la mayoría en el sistema, están subrepresentados en esta escuela. Su tasa de graduación es de casi el 100 %, pero la de los varones es más alta que la de las hembras. A partir de la información proporcionada por el Departamento Escolar de Rhode Island, podemos concluir tentativamente que el tipo de escuela a la que asisten los dominicanos y los latinos determina su rendimiento educativo. Cuando asisten a buenas escuelas, su tasa de graduación es alta, tanto para los varones como para las hembras. Es importante agregar que los padres de los jóvenes latinos y dominicanos tienen grandes aspiraciones para sus hijos y manifiestan interés en su escolarización. Los resultados de la Encuesta Nacional Latina de Providence arrojan que al 92.3 % de los dominicanos y al 97.7 % de los latinos les gustaría ver a sus hijos graduarse de la universidad o recibir un título profesional avanzado o de posgrado. Del mismo modo, el 88.9 % de los padres dominicanos y el 91.5 % de los padres latinos se han reunido con los maestros de sus hijos. Además, el 96.2 % de los dominicanos y el 91.3 % de los latinos informaron que sus reuniones con las autoridades escolares han sido algo buenas o muy buenas. Esto indica que no falta el estímulo de los padres ante el éxito educativo o el interés por la experiencia escolar de sus hijos. Sin embargo, cuando los padres no conocen el funcionamiento del sistema educativo, cuando no hablan el mismo idioma que los maestros y los administradores, y cuando tienen que trabajar largas horas para llegar a fin de mes, su capacidad de guiar y controlar a los jóvenes es limitada, y esa responsabilidad recae en las escuelas.
Los obstáculos de la incorporación cotidiana
El uso de historias personales en el estudio de la sociedad se basa en el postulado de C. Wright Mills, según el cual la imaginación sociológica es el vínculo entre la historia, la estructura social y la biografía individual. Este enfoque analítico ilustra cómo los procesos sociales amplios inciden en la vida de los individuos e ilumina las formas con las que las personas se enfrentan a sus circunstancias (Auyero, 2003; Mills, 1959). En las siguientes historias, examino los
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mecanismos sociales que producen tanto la movilidad como la estratificación de clases en los Estados Unidos y cómo los jóvenes dominicanos los enfrentan. La primera historia es la de Alejandra.29 Tiene treinta y tantos años y llegó a los Estados Unidos a la edad de once. En la República Dominicana su padre era un trabajador calificado y su madre se quedaba en casa. Su situación económica no era mala, pero decidieron emigrar a Providence en busca de más oportunidades y una vida mejor. Al igual que otros inmigrantes dominicanos, se dijeron a sí mismos que vendrían a los Estados Unidos para trabajar por unos años, ahorrar dinero y regresar a la República Dominicana. Como casi siempre sucede con los que tienen este tipo de planes, terminaron quedándose para siempre. En Providence, trabajaron en la manufactura hasta su jubilación. Aunque eran trabajadores industriales con poca escolaridad, desde pequeña le inculcaron el valor de la educación.
En su ciudad natal, Alejandra era una estudiante estrella y muy bien conectada socialmente. Cuando llegó a Providence, asistió a una escuela secundaria que, en ese momento, no tenía un programa de educación bilingüe. Sin saber hablar inglés, no pudo desempeñarse en la escuela tan bien como lo había logrado en la República Dominicana. En consecuencia, una estudiante anteriormente segura de sí misma y extrovertida comenzó a dudar y se volvió socialmente solitaria. Su situación mejoró de alguna manera cuando pasó a la escuela secundaria, que ofrecía un programa bilingüe que le permitía aprender los diferentes temas de la clase a medida que mejoraba su conocimiento del inglés. También conoció a algunos maestros latinos que la animaron a tomar las clases necesarias para ser admitida en la universidad. Sin embargo, terminó en un programa vocacional y acabó la escuela secundaria con un diploma de estilista.
Recordó que «entró en el camino vocacional sabiendo que no era mi vocación, y nunca abandoné el sueño de ir a la universidad».30 Ese sueño fue estimulado por sus padres y por su relación con dos tías en la República Dominicana que habían asistido a la universidad y que, para ella, eran modelos
29 Siguiendo las prácticas aceptadas en la representación de la investigación cualitativa, he cambiado los nombres de los encuestados y difuminado detalles de sus vidas que puedan identificarlos. También he omitido los nombres de las escuelas y organizaciones para proteger la privacidad de las personas que he entrevistado.
30 La entrevista con Alejandra fue en español, las citas son mi traducción al inglés [esta nota es de la edición en inglés, N. del E.].
a seguir. Entonces, ¿cómo fue que esta chica, una ejemplar alumna en su país natal, que soñaba con ir a la universidad, terminó la escuela secundaria y matriculó una carrera vocacional? La respuesta tiene que ver con los agentes institucionales de la escuela: «Mis profesores hispanos siempre me animaban: “tú puedes, tú puedes [...]”, pero los consejeros, que son los que analizan tu historia y toman la decisión final, fueron los que me dijeron que debía ir a una carrera vocacional [...]. Así que eso fue lo que acabé haciendo». No obstante, Alejandra logró ir a la universidad. Un encuentro afortunado con alguien que pudo identificarse con ella fue decisivo. Lo recordaba así:
Era el último año de la escuela secundaria y la mayoría de mis amigos estaban planeando tomar el SAT y postularse a la universidad. Entonces mis consejeros me dijeron: «No, no puedes, porque estás en la escuela vocacional [...]», y luego conocí a una dominicana que era traductora en la escuela vocacional. Un día me vio muy deprimida y me preguntó: «¿Qué está pasando?». Y me puse a hablar con ella y le dije que estaba deprimida porque mi sueño era ir a la universidad [...]. Y me dijo: «No es demasiado tarde, empieza a aplicar».
Alejandra se enteró de un programa que la Universidad de Rhode Island ofrecía a los estudiantes de minorías y de entornos desfavorecidos. Aplicó a pesar de que la mayoría de sus cursos eran de carácter vocacional. No clasificó. Asistió a un programa especial de un año en la Universidad de Rhode Island para así compensar los créditos faltantes y, por fin, logró cumplir su sueño. «Me admitieron en la universidad, y después de eso volví a ser la persona que era antes. Es decir, una activista involucrada en varias organizaciones». La historia de Alejandra plantea la cuestión de las valoraciones que los maestros y orientadores tienen de sus estudiantes, y el mensaje que reciben los estudiantes inmigrantes sobre a qué deben aspirar legítimamente. En la orientadora que envió a Alejandra a la vía vocacional, se puede intuir la presencia de estereotipos y prejuicios sobre la capacidad y el potencial de los estudiantes inmigrantes de clase trabajadora. Su historia coincide con la descripción de López acerca de una escuela secundaria de la ciudad de Nueva York e ilustra el punto de vista de Stanton-Salazar sobre el ejercicio del poder y las diferencias culturales entre los agentes institucionales escolares y los jóvenes de la clase
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trabajadora. La historia de Alejandra sugiere, sin embargo, que las escuelas son organizaciones heterogéneas. El encuentro fortuito con una persona que conocía oportunidades específicas de la corriente principal, y la voluntad de brindar apoyo emocional y orientación, marcaron la diferencia en la trayectoria educativa de Alejandra. Esto enfatiza una vez más la importancia de los agentes institucionales que puedan y quieran alentar y guiar a los estudiantes inmigrantes de clase trabajadora.
La segunda historia es la de Luisa. Ella tiene veinte años y es la cuarta de seis hermanos. Creció principalmente con su madre, ya que su padre partió a Santo Domingo cuando ella era niña. Los seis hijos crecieron en lo que casi todo el tiempo fue un hogar monoparental. La madre evocó años muy difíciles. Trabajó en diferentes empleos para ganarse la vida, desde la manufactura hasta la limpieza de casas, y como secretaria. Aparte de vender drogas o su cuerpo, ha hecho todos los trabajos imaginables. Recordó los momentos en que no tenía suficiente dinero para poner comida en la mesa, los días en que cortaron la calefacción de su apartamento en medio del invierno de Rhode Island porque no podía pagar la factura. Durante todos esos años les habló a sus hijos sobre el valor de permanecer juntos y trabajar duro. Hoy en día, la madre de Luisa se desempeña como secretaria ejecutiva de una agencia sin fines de lucro y, después de criar a seis hijos, estudia para obtener un título en servicios sociales. Luisa se graduó de una escuela secundaria pública en Providence y su historia se hace eco de la de Alejandra de varias formas.31 Se trata de usar la adversidad como una fuerza propulsora para salir adelante y generar recursos donde no los hay. Luisa se graduó de la escuela secundaria a pesar del sistema escolar, más que gracias a él. Ella relató: «Tuve maestros que me decían: “nunca vas a lograr nada”. Tuve una maestra que, como mi hermana había quedado embarazada mientras asistía a la escuela secundaria, me dijo: “Vas a ser como ella; te apuesto a que vas a quedar embarazada antes de que te vayas” [...]. A mí me tocó responder: “Ya veremos”, y mostrarles que estaban equivocados». Podemos intuir el racismo en la respuesta de esta profesora, pero Luisa aclaró que era una profesora afroamericana, lo que demuestra cómo los prejuicios de clase pueden ser interiorizados por personas pertenecientes a cualquiera de los grupos: «Así que hay todo tipo de profesores en las escuelas.
31 Luisa y Alejandra asistieron a diferentes escuelas secundarias.
Hay profesores que harán cualquier cosa por ti. Te llevarán a su casa solo para ayudarte a lograr tus metas. Hay maestros que se unen a todo tipo de programas solo para ayudarte, pero luego hay maestros que dirán: “Solo estoy aquí por el dinero, tengo que cobrar e irme, ya sabes”».
La clave para que Luisa se graduara fue su capacidad de crear un grupo de compañeros que la apoyaran. Con varios amigos establecieron un programa especial en la escuela en el que tendrían talleres y harían excursiones. Un hombre que trabajaba para una organización local sin fines de lucro también tenía un programa para niños, que se ocupaba de los problemas de la masculinidad. Luisa recuerda haberle preguntado a una amiga cómo funcionaba: «Me explicó exactamente lo que hacía. Van a talleres donde les enseñan cómo convertirse en hombres más fuertes y cómo lidiar con la sociedad y asuntos así, y yo dije, eso suena interesante».
Descubrieron que las razones por las que el programa era solo para varones radicaban en que la persona que lo dirigía no estaba segura de poder conectarse con las hembras de la misma manera que se conectaba con los muchachos. Pero Luisa y sus amigas organizaron, solicitaron y finalmente lograron tener un programa similar para niñas. Con el tiempo, los dos se unieron en uno solo. Luisa explicó que aunque el programa estaba abierto a todos los estudiantes, solo asistían estudiantes de minorías. Un atractivo era que los que asistían tenían permiso para salir de clase, aunque debían recuperar el tiempo. Otras cosas importantes sucedían en el programa:
Si queríamos maldecir y tirar cosas porque estábamos molestos, podíamos hacerlo delante de él, y él nos entendía porque él también era una minoría. Es un tipo negro. Nuestra escuela no tenía dinero para llevarnos de viaje cada vez que necesitábamos ir a algún lugar, y se aseguraba de obtener algo de dinero para su programa y llevarnos a algún sitio. La única razón por la que íbamos a viajes escolares y cosas así era por él, pero solo su programa iba.
En el caso de Luisa, al igual que en el de Alejandra, vemos un encuentro negativo con varios agentes institucionales en la escuela. Luisa explicó que en sus primeros años en la secundaria asumía lo que ella describe como una actitud de: «Si no me decías algo que yo quería escuchar, no me digas nada». Al
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graduarse, la persona que dirigía el programa especial le confesó que, cuando la conoció, pensó que no iba a terminar la escuela, por la forma en que se relacionaba con los maestros. Pero aunque, en realidad, no escuchaba a la gente de la manera que esperaban, seguía adelante y hacía su trabajo. La historia de Luisa demuestra una vez más que las escuelas no son organizaciones homogéneas. Varios instructores le transmitieron mensajes desalentadores, mientras otros le ofrecieron su apoyo. En este contexto, logró generar el soporte institucional que le permitió culminar el bachillerato con éxito. La historia de Luisa también demuestra la importancia del reconocimiento cultural y de los espacios de autoexpresión. En el programa especial que ayudó a crear, podían expresarse en formas que la escuela probablemente consideraría inapropiadas o amenazantes.
Tanto la historia de Luisa como la de Alejandra ilustran que cuando los estudiantes inmigrantes de clase trabajadora y los agentes institucionales de la escuela se relacionan más allá de las fronteras de clase y etnorraciales, el encuentro puede resultar positivo y efectivo. Sus historias también evidencian, en cambio, que en muchos casos esos agentes no pueden trascender las fronteras de la cultura, la clase y la raza y terminan desalentando a los estudiantes de cursar estudios superiores.
La tercera historia es la de Carlos. Nacido en Providence a principios de la década de 1970, su padre abandonó a su madre y a sus cinco hijos cuando él tenía siete años. Fue muy difícil para la madre controlar a cinco hijos, porque tenía que trabajar todo el tiempo y dejar a los niños solos en casa sin ninguna actividad planificada. El barrio no poseía recursos para los adolescentes: «Realmente no hay suficientes cosas que hacer en esta comunidad. Quiero decir, si miras a tu alrededor, a los centros comunitarios, no hay tantos. En realidad, no hay parques. Quiero decir, aquí tenemos una cancha de baloncesto, pero solíamos tener un parque de diversiones, lo que ayudaba un poco».
Carlos estuvo en una escuela secundaria con una gran cantidad de inmigrantes e hijos de inmigrantes, la misma secundaria en la que estudió Alejandra. No tiene buenos recuerdos de su tiempo allí. Evocó a sus maestros de la siguiente manera:
No prestaban atención [...]. El único maestro que recuerdo [...]. Es en realidad un mal pensamiento. No vi a ningún profesor que sobresaliera,
además de ese profesor de inglés, y no era en el buen sentido. Solía entrar, escribir algunas palabras en la pizarra, decirnos que las buscáramos, que buscáramos la definición, que las escribiéramos en una oración que debía entregarse el viernes. El resto de la semana llegabas, él leía sus periódicos, bebía su café, se quedaba dormido, y ese era el trabajo de toda la semana. Así que en realidad no nos estaba enseñando nada.
Cuando era joven se metía repetidamente en problemas: «Yo era el tipo de persona que solía meterse en peleas. Era un alborotador, corría por las calles».
Cuando cumplió dieciséis años, para mantenerlo alejado de los problemas, su familia lo envió a la República Dominicana con su padre. Carlos tenía buenos recuerdos de esa época. Aprendió mucho sobre su país natal y mejoró su español, pero al final regresó a Providence. Debido a que su padre lo había abandonado cuando tenía solo siete años, no se sentía cercano a él y quería regresar a su madre y sus hermanos. Una vez en Providence, fue aceptado en una escuela secundaria que él describe como «solo para los muchachos malos». Era una escuela pequeña, con una baja proporción de maestros por estudiante, lo que permitía prestarles mayor atención. Allí encontró un ambiente más comprensivo:
Creo que todos mis maestros fueron geniales [...] realmente trataban de entender lo que estaba pasando en casa, cómo iba todo, y si hacía las tareas escolares. En lugar de preocuparse por lo que un niño está comiendo, o lo que lleva puesto, o por qué está masticando chicle, se preocupan por si está haciendo su trabajo, si está leyendo el libro, si está haciendo la tarea, si está comprendiendo la tarea. Hay que dejar de preocuparse por todo lo que llevan puesto.
Los recuerdos de Carlos corresponden a la descripción de Stanton-Salazar sobre el encuentro entre los estudiantes de clase trabajadora y los agentes institucionales escolares. Sin embargo, al igual que los de los otros estudiantes entrevistados, la historia confirma que el sistema educativo es un campo heterogéneo. De hecho, en la escuela más pequeña tuvo una experiencia completamente diferente. Lo que le llamó la atención fue que a los profesores les interesaba saber si los alumnos hacían y entendían su trabajo. La historia de
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Carlos también señala la importancia de la autoexpresión cultural. Después de regresar de la República Dominicana, se unió a un grupo de jóvenes para organizar actividades y también desarrollar el orgullo por su identidad dominicana. En esa organización, canalizó sus energías en actividades comunitarias que lo mantuvieron ocupado, y encontró el aliento y el apoyo emocional que lo ayudaron a mantenerse fuera de los problemas y en el buen camino.
Después de graduarse de la escuela secundaria, decidió alistarse en el ejército. Al explicar su decisión, alegó que no le agradaba el tipo de actividades en las que participaban algunos de sus amigos, por lo que decidió tomar otra dirección. Se recuerda en aquellos días: «Tuve una mala racha. En realidad, no era un buen muchacho, todo iba cuesta abajo, así que decidí unirme al ejército». Le da crédito al ejército estadounidense por disciplinarlo y ofrecerle una perspectiva diferente de las cosas. Después de ser testigo de cómo vive la gente en otros países, apreció más las circunstancias de su propia vida.
Hoy Carlos trabaja como supervisor de un contratista en el campo de las telecomunicaciones, gracias al entrenamiento que recibió en el ejército. Supervisa un equipo de unos cincuenta trabajadores, en su mayoría inmigrantes. En su caso, la atención de sus profesores y el pequeño tamaño de su escuela, junto con el apoyo de un grupo de jóvenes —que actuó como agente institucional fuera de la escuela— le permitieron completar el bachillerato. El ejército le proporcionó tanto las habilidades como una organización en la que era valorado. Estos agentes institucionales luego le ofrecieron la movilidad para abrirse un camino en los segmentos calificados de la clase trabajadora de servicios. La cuarta historia es la de Miguel. Tiene veintitantos años y creció con su madre y su padrastro. Su padre abandonó a la familia tempranamente y luego falleció en un accidente automovilístico. Su madre se casó de nuevo, pero Miguel nunca se llevó bien con su padrastro. No tiene buenos recuerdos de sus primeros años escolares. Después de su primer año en la escuela secundaria, en el que «se metió en demasiados problemas, según le dijeron», lo enviaron a una escuela alternativa para jóvenes en riesgo, donde también tuvo que repetir el año. Enviar a los estudiantes problemáticos a centros especiales no es algo que los ayude a graduarse, pero en este caso en particular funcionó para Miguel:
A los maestros los llamábamos por sus nombres, y no por sus apellidos [...], y las clases, eran [...], eran diferentes, ya sabes, no había escritorios. Todo
estaba puesto como en un cuadrado o en un círculo, uno frente al otro, por lo que la estética del edificio era realmente diferente, bueno, a cualquiera otra aula. Solían cambiar los temas frecuentemente.
Te enseñaban la historia de la vida afroamericana durante un trimestre, el siguiente era la historia de los aborígenes americanos, la historia de la mecánica. Así para intentar que las clases sean realmente interesantes. En lugar de libros tenían paquetes. Muchas excursiones. Así que teníamos, como quien dice, una verdadera educación, una educación en el mundo real.
Miguel descubrió que, en la escuela alternativa, los maestros no se centraban en disciplinar a los estudiantes, sino que trataban de estimular sus intereses. Eso le ofreció una perspectiva sobre su propia situación:
Pensé que tenía problemas, tú sabes, me metía en problemas. Tenía una actitud, tú sabes lo que estoy diciendo. Tenía una parte de mis propias cosas en casa, pero en comparación con la adicción a las drogas [...]. Quiero decir que yo estaba mal, pero había mucha gente que iba mucho peor que yo, que cada vez que miran hacia arriba ven tierra, tú sabes lo que estoy diciendo, están así de bajos, y no es su culpa, es solo donde se encontraron. En lo que nacieron.
Después de dos años en la escuela alternativa (la duración del programa), Miguel pudo continuar en el sistema de educación pública convencional. En ese momento no le prestaba mucha atención a los estudios. Quería un coche de lujo y conseguir chicas. También aspiraba a un apartamento y dejar la casa de sus padres. Pensó que la forma de lograrlo era abandonar la escuela, conseguir un trabajo y sacar su GED (Certificado de Desarrollo Académico General). A los dieciséis años, ya trabajaba, se mantenía y volvía a casa solo para dormir. Tenía poca visión. Podía entender cuando un muchacho dice: «Quiero dinero, quiero un coche», ya sabes lo que estoy diciendo. Solo quiere ser un hombre. Lo mismo para muchas de las mujeres, ya sabes. Pero creo que es un poco diferente para los hombres, es como todo eso de «tienes que ser un hombre», lo que vemos en la televisión, el bono, el tipo con el bling bling.
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Aquí, y en el relato de Carlos, vemos los elementos de socialización de género que López enfatiza. Tanto Miguel como Carlos padecieron una falta de control en sus hogares. Carlos le dio el crédito a su madre por haber hecho un trabajo maravilloso cuando él era niño, admitió que sus largas horas laborales le hacían bastante difícil manejar, o ayudar, a sus cinco hijos. Miguel nunca se llevó bien con su padrastro, y esta relación problemática lo aisló de casa. Al igual que Luisa, ambos manifestaban una actitud, pero mientras que la de Luisa se entrelazaba con la determinación de lograr el éxito en la escuela, Carlos y Miguel tenían otras preocupaciones.
La historia de Miguel muestra también la importancia de la autoafirmación y de poder darle sentido a la experiencia cotidiana de la racialización y la exclusión de clase. Dos personas lo hicieron pensar de una manera diferente, dos que no suelen aparecer en las narrativas de los dominicanos de segunda generación: Louis Farrakhan y Malcolm X. Miguel es un dominicano de piel oscura y, al crecer, fue víctima de insultos racistas. Como resultado, él (al igual que Luisa) asumió una identidad como afrodominicano. Este no es un ejemplo típico de los procesos de formación de identidad entre la segunda generación. Miguel descubrió a Farrakhan por casualidad, hojeando los canales de acceso público, y a través de él se familiarizó con Malcolm X.
Y me desperté. Ahí es donde me gustaría decir que me desperté. En el tercer año de la escuela secundaria. Porque terminé de leer la autobiografía de Malcolm X. Antes de eso, iba a ver a Louis Farrakhan todos los martes y jueves en la televisión, ¿verdad?, en acceso público, y pasaba de un canal a otro a las 10:30, los martes y los jueves, y decía algunas cosas locas; quiero decir, obviamente, Louis Farrakhan es Louis Farrakhan, la nación del Islam, ¿verdad? [Farrakhan] acaba de mencionar algunas cosas en términos de la difícil situación de los negros, cómo se repiten las cosas, el ciclo. Ya sabes, el sistema está hecho para que la gente fracase, y empecé a pensar en eso [...]. Leí a Malcolm, me enfureci. Yo me dije, está bien. Ya veo lo que está diciendo.
Una vez que comenzó a leer la biografía de Malcolm X, no pudo dejarla. Sus ideas le ayudaron a dar sentido a su experiencia de la pobreza y a su encuentro con el racismo. Le proporcionaron un marco interpretativo para canalizar su
ira en direcciones constructivas. Abrazó como filosofía de vida la idea de que la mejor venganza es vivir bien.
En la escuela secundaria, Miguel asistió a un programa Magnet para preparar a los estudiantes que desean dedicarse a la enseñanza. Allí trabajó seriamente, y por lo tanto era bien apreciado por sus maestros, aunque no fuese un estudiante particularmente bueno. Luego, tuvo un golpe de suerte. Su director le sugirió que aplicara para consejero en un programa de verano destinado a preparar a estudiantes entrantes a la escuela secundaria. Trabajaría con personas que estaban viviendo experiencias similares a la suya. Miguel llenó el formulario, según él, de manera gramaticalmente desordenada, pero su hermana mayor se lo corrigió. Fue aceptado en el programa, aunque no tenía idea de lo que se esperaba de él o de lo que iba a hacer allí. En ese programa estuvo expuesto a un mundo diferente.
Recuerdo haber hablado con un grupo de otros estudiantes de Brown y de secundaria que iban a Wheeler, Moses Brown, Classical, y hablaban de algunas locuras, ya sabes lo que estoy diciendo, como conversaciones que nunca antes había tenido, ya sabes [...]. Hacían una fiesta o algo por el estilo, y hombre, sus casas eran bonitas […]. Pensaba que pertenecía a la clase media. Mierda, hombre, pura mierda. Fue entonces que me di cuenta de que era pobre. Solo porque tenía un televisor a color, ya sabes lo que digo. Un cuarto un poco más grande, un patio un poco más amplio, un patio de cemento, un camino de entrada, lo que sea. Pero recuerdo haber visto a esta gente, hombre, y cómo caminaban; sus valores: «Mi coche es un pedazo de mierda», y era un Saab nuevo [...]. Y yo disimulaba, «maldita sea», y ellos no sabían que yo no tenía el dinero para el autobús, porque no nos pagaron hasta el final del programa [...]. Salía corriendo de mi casa hasta llegar hasta allá arriba. Eso me mantuvo en forma.
De la misma manera que la escuela alternativa le mostró que había personas a las que les iba mucho peor que a él, participar en ese programa lo puso en contacto con personas a las que les iba mucho mejor. La experiencia le abrió un nuevo horizonte. Aun así, no le iba bien en la escuela y decidió dejarla. Compró un boleto de ida a la República Dominicana, donde se quedó con su abuela. No pudo conseguir un trabajo, lo que llevó a su abuela a confrontarlo.
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Le explicó que estaba abrumado por la doble presión de la escuela y el hogar. Su abuela lo alentó a regresar a Providence, obtener una educación y demostrar que aquellos que lo habían menospreciado estaban equivocados. Con la ayuda de su hermana, consiguió un boleto de regreso a Providence y finalmente completó la escuela secundaria.
Miguel tomó un camino serpenteante a través de la educación superior. Fue aceptado en una de las universidades del estado, pero no se sentía preparado, así que después de su primer año, tomó uno sabático para trabajar en un programa para estudiantes de secundaria en riesgo. Durante ese tiempo, leyó todo lo que pudo para prepararse para la universidad: «Pasé de tener poca visión a ver objetivos distantes, así que supe ajustar mis ojos. Sabía que quería ir a la universidad, pero quería ir a la universidad correcta. Ese año, leí todos los libros que pude encontrar. Básicamente, me quedé en la biblioteca, tomé una clase de escritura para poder mejorar mi gramática, y cosas así».
Después, decidió asistir a una histórica universidad negra en el sur porque se sintió atraído por la idea de estar en un entorno donde los jóvenes negros son la norma en lugar de una minoría. Allí era feliz, pero tuvo que marcharse por motivos económicos. Consideró la posibilidad de unirse al ROTC (Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de Reserva), pero decidió no hacerlo. A diferencia de Carlos, «yo no creía mucho en el sistema, ni siquiera para sacrificarme por la escuela. No hubo ejército para mí». Finalmente logró terminar la universidad en Massachusetts y obtener una licenciatura.
La historia de Miguel demuestra una vez más la importancia que pueden tener en la vida de los jóvenes los contactos efectivos con los agentes institucionales. El apoyo que recibió en la escuela alternativa lo ayudó a continuar sus estudios, y el acceso al programa de verano puso ante su vista un conjunto diferente de oportunidades. Todavía está indeciso en cuanto a lo que quiere hacer, pero está pensando en cursar una maestría en educación. Dice que sigue aspirando al coche de lujo y la casa grande, como cuando tenía dieciséis años, pero ahora sabe mejor lo que debe hacer para lograr sus objetivos.
Dos temas se repiten en estas cuatro narraciones. El primero es que las escuelas aparecen como entornos alienantes, lugares que no están preparados para ayudar a los estudiantes minoritarios de clase trabajadora a progresar en la vida. Las cuatro entrevistas revelan encuentros negativos y desalentadores con maestros y consejeros, lo que confirma el argumento de Stanton-Salazar.
Las historias, sin embargo, también ofrecen una imagen matizada del sistema educativo como un campo en el que algunos agentes institucionales pueden ofrecer apoyo y orientación, y de esa manera marcan una gran diferencia en las trayectorias de los estudiantes. Pero el contacto con esos agentes no es tan fácil como cabría esperar. Por el contrario, los que pueden marcar la diferencia son pocos y distantes entre sí, y el contacto con ellos suele ser más fruto del azar (como en el caso de Alejandra), o de la iniciativa de los estudiantes (como en el caso de Luisa), que del diseño institucional.
El segundo tema recurrente es la importancia del reconocimiento cultural y la autoafirmación. Encontramos esto en el relato de Alejandra sobre su relación con sus maestros hispanos, y en la capacidad de Luisa para relacionarse con la persona que dirigía el programa especial que ella ayudó a crear, y en su énfasis en la capacidad de expresarse, a su manera, en el grupo que organizó. En la narrativa de Carlos, el tema de la afirmación cultural aparece en su ingreso en un grupo juvenil dominicano, y en el caso de Miguel fue desencadenado por su encuentro casual con las apariciones televisivas de Farrakhan y su lectura de la biografía de Malcolm X. Estas diversas formas de autoafirmación fortalecieron a estos cuatro individuos, permitiéndoles superar las opiniones negativas sobre sí mismos que sufrieron a lo largo de sus experiencias escolares.
Carlos piensa que conectar con las formas de autoexpresión de los jóvenes puede ayudar a abordar el problema de la deserción escolar:
Lo que digo es que hoy en día tienes a estos adolescentes que están muy interesados en la música y el baile y todo eso, pero no ves ningún tipo de programa de artes escénicas, ni nada por el estilo por aquí, y eso es lo que realmente les gusta en este momento. Mucha gente no entiende a los adolescentes. Piensan: «Oh, la música que escuchan es esto o aquello». Pero tienes que imaginar que cuando crecimos era lo mismo, toda esa música que escuchábamos, los padres pensaban que era un ruido loco, y es lo mismo ahora, y estamos pasando por eso. Ya sabes, este asunto del rap, solo escuchamos las malas palabras, pero en realidad no tratamos de entender la historia detrás de esto, y mucho de eso es solo dejando salir sus frustraciones y expresando lo que ven en las calles. Es normal, ya sabes. No veo suficientes programas para niños. Realmente no los hay. No hay ningún
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lugar a donde puedan ir. Pero si tuvieras algún lugar donde pudieran ir y tocar un tambor o ir a escuchar algo de música, bailar, incluso programas extraescolares, si tuvieran algo que hacer, se resolverían muchos de los problemas que tenemos aquí.
Desafortunadamente, en el contexto de los constantes recortes de los presupuestos municipales y estatales, así como un énfasis cada vez mayor en las notas de los exámenes, no hay muchos responsables de la política educativa dispuestos a explorar ideas como las de Carlos.
La suerte y las oportunidades
Un punto interesante sobre las historias de Luisa, Carlos y Miguel es que si los hubiéramos conocido durante su adolescencia, habríamos visto en ellos a jóvenes que adquirieron valores contrarios a la idea dominante estadounidense de progreso a través del estudio y el trabajo duro. Tanto Carlos como Miguel dejaron la escuela en algún momento de su educación. Luisa, a los dieciséis años, manifestaba una actitud negativa y no estaba dispuesta a escuchar a sus maestros, quienes la percibían como una estudiante que no se graduaría de la escuela secundaria. Además, aunque a los cuatro les ha ido bien, cada uno habló de amigos a los que no les fue igual. Carlos entró en el ejército porque quería separarse del camino que estaban tomando algunos de sus amigos, un camino que, él consideraba, le acarrearía problemas. Los amigos de la escuela secundaria de Luisa habían prometido graduarse juntos, pero con el paso de los años abandonaron la idea. Una de las últimas veces que hablé con Miguel estaba hospedando, a petición de su familia, a un primo que había estado preso en la cárcel por tráfico de drogas. Pretendía ayudarlo a comenzar de nuevo en un camino legítimo. Miguel se sentía feliz por ello, pero le preocupaba que su primo pudiera meterlo en problemas. Él podía entender por qué la gente entra en el narcotráfico. Quieren las cosas que él quería cuando era joven, aquellas que una cultura de consumo induce a la gente a tener, pero sin acceso a medios legítimos para conseguirlas.
Estas cuatro personas, Alejandra, Luisa, Carlos y Miguel, son extraordinarias, pero necesitaban las oportunidades que se les presentaron o crearon para terminar la escuela secundaria. Sus historias muestran cómo las vidas de los
jóvenes de las minorías de clase trabajadora se balancean en la precariedad, y cómo la diferencia entre llegar a la corriente principal —incluso en sus rangos inferiores— o ser marginado depende de los encuentros casuales con agentes institucionales. Ilustran cómo los mundos de la clase obrera y la «clase baja» no están separados, sino entrelazados. La mejora de las condiciones de vida y las oportunidades de movilidad de los primeros también reducirían las filas de los segundos.
La historia de Claudia refleja aún más este punto. Claudia tenía veintiocho años cuando la entrevisté, y nació y se crió en Providence. Su madre es dominicana y su padre sudamericano. Creció con su madre, que hacía todo tipo de trabajos, desde fábricas hasta peluquerías, todo lo que estuviera disponible. Claudia también creció trabajando. Su madre era muy estricta, no la dejaba salir y le decía que tenía que regresar a casa inmediatamente después de la escuela. En el hogar, organizaba visuterías que un contratista le traía en cajas, una forma de emplearse en este tipo de industria.
A pesar del estricto control de su madre, a los dieciocho años quedó embarazada, dejó la escuela y se casó. Describe a su marido como un «estadounidense», es decir, blanco. Sus hijas tienen la piel bastante clara, mientras que la de ella es oscura. Cuando va a las reuniones de padres y maestros, la gente no piensa que ella es la madre. Considera a su esposo como muy controlador. No la dejaba salir, y no quería nada que tuviera que ver con latinos en su casa. «No podía cocinar comida latina, no podía hablar español, no podía poner mi música. No sé por qué se casó conmigo [...]. Soy latina». Después de tres años, se separaron.
Claudia tenía entonces veintiún años, un bebé a cuestas y estaba embarazada de nuevo. Se sentía asustada y no sabía qué hacer. Su madre le sugirió que recibiera asistencia social. A Claudia no le gustó la idea, pero la solicitó: «Mi mamá me dijo: “Ve a la asistencia social, no te apures si tienes un hijo”, pero yo no quería estar en la asistencia social por el resto de mi vida. Quería ser como mi tío, que tiene su propio negocio».
En este punto, la historia de Claudia muestra una vez más la importancia de los encuentros con los agentes institucionales en la aparición de oportunidades. En la oficina de asistencia social, por casualidad, conoció a un funcionario de una organización local sin fines de lucro que apoyaba a las familias de bajos ingresos. Como resultado de ese encuentro, Claudia se convirtió en activista
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y organizadora comunitaria. Obtuvo su GED y actualmente trabaja de secretaria en una oficina, al igual que como voluntaria varias horas por semana, realizando actividades de divulgación para la organización a la que se unió.
Cuando hace de voluntaria, lleva a sus hijas con ella para que aprendan sobre la participación en la comunidad. Ha aparecido en varios foros públicos como defensora de los pobres, y eso ha hecho que la gente la reconozca. También ha sido una activista en contra de la violencia doméstica, algo que aprendió a combatir en su propia vida.
La organización a la que se unió también la inscribió para votar e inspiró su interés por la política. Parte de su trabajo voluntario es organizar a la gente para que vaya a la casa de gobierno cuando se discuten temas que afectan a las familias pobres. «Siempre sentí que se ha repetido un problema con las familias de bajos ingresos que luchan por salir adelante. No están siendo escuchados, algunos tenían miedo. Algunos latinos no iban [...] para no molestar [a los funcionarios electos], y yo les digo: “Pueden ir a molestarlos, para eso están ahí, toquen sus puertas”». También comenzó a votar regularmente. Claudia aspira a entrar en la Facultad de Derecho, en parte para enorgullecer a su madre, y algún día espera postularse para un cargo. Claudia fue madre adolescente, desertora escolar y jefa de hogar, algunos de los elementos que a menudo se consideran las «patologías sociales» de la «clase baja». Sin embargo, un golpe de suerte, un encuentro fortuito con una organización que le proporcionó una alternativa significativa, cambió su vida. Su historia subraya la relevancia de las redes y la importancia de no renunciar a las personas. Al decir esto, no quiero dar a entender que estas cuestiones no sean un problema. La maternidad adolescente es un problema serio. Los padres dominicanos están muy preocupados, y tratan de educar y controlar a sus hijos para que no caigan en eso. A los dominicanos que entrevisté, al igual que al público en general, les gustaría que disminuyeran las tasas de embarazo adolescente. La historia de Claudia sugiere, sin embargo, que la estigmatización no es una buena manera de abordar esa difícil situación. Claudia tenía miedo, no sabía a dónde acudir o cómo ir a la asistencia social, pero una vez que se presentó una oportunidad, pudo encontrar una dirección para su vida. Es madre soltera y tal vez tenga menos ingresos y educación de los que podría haber tenido si no lo hubiera sido. El punto, por tanto, es que con orientación y apoyo, en este como en muchos casos, el resultado de un encuentro casual se
convirtió en una proveedora independiente para su familia y en una persona profunda y constructivamente activa en la comunidad.
Carreteras y baches
En este capítulo me he centrado en las personas a las que les ha ido moderadamente bien en lugar de las que se encuentran en los márgenes de la sociedad, para describir mejor las duras barreras estructurales que los dominicanos de segunda generación encuentran en su intento por entrar en la corriente principal de la vida estadounidense. Hago hincapié en los difíciles obstáculos a los que se enfrentan los que entran en esta corriente principal, más que en los de la marginalidad. El origen de clase de estos jóvenes afectó sus experiencias escolares. Los padres de Alejandra, las madres de Carlos y Claudia, y el padrastro de Miguel, eran obreros de la fábrica. La madre de Luisa trabajaba en diversos empleos mientras criaba a sus hijos. La madre de Miguel se desenvolvía como secretaria. Sin embargo, los cinco lograron mejorar su posición de clase.
Sin duda, no a todos les ha ido igual de bien. Alejandra fue a la universidad, obtuvo una maestría y trabajó en un puesto gerencial en el sector público. Luisa está estudiando para un título de asociado en servicios sociales y cuando termine será una empleada calificada en ese sector. Este es también el caso de Claudia, cuya madre era trabajadora industrial. Luisa, Carlos y Claudia pertenecen a los segmentos más acomodados de la clase trabajadora de servicios. Adquirieron habilidades que les ayudaron a encontrar empleos con cierto control sobre su labor, un salario relativamente decente y tal vez, incluso, beneficios. A Alejandra le fue mejor asegurando un puesto gerencial en el sector público. Lo más probable es que Miguel se convierta en profesor o agente educacional. Sus historias alumbran los mecanismos que crean la bifurcación de las trayectorias de clase, característicos de la incorporación etnorracial estratificada. Parafraseando la imagen de Stanton-Salazar sobre las autopistas para describir las redes sociales de los niños de clase media, las de los hijos de inmigrantes de la clase trabajadora se asemejan a una carretera secundaria llena de baches y desvíos. Todavía es posible atravesarlas, como demuestran estas cinco historias, pero es mucho más difícil, peligroso y desalentador que la carretera principal. No se trata de un patrón fortuito, sino del resultado de
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arreglos institucionales que, a su vez, provienen de las decisiones sociales expresadas a través del sistema político.
Parte de los entornos institucionales existentes con los que se encuentra la segunda generación son las consecuencias de la movilización política de las minorías. Los autores de Inheriting the City señalaron cómo la segunda generación en Nueva York se beneficia de las instituciones surgidas durante el movimiento por los derechos civiles para ayudar a los afroamericanos. Los hijos de inmigrantes han sido favorecidos de programas de promoción de la diversidad en las universidades, en las admisiones y en el plan de estudios, así como del acceso a sindicatos y a asociaciones profesionales de base étnica (Kasinitz et al., 2008). Alejandra encontró un programa de este tipo en la Universidad de Rhode Island. Luisa pudo crear uno para atender las necesidades de las minorías en su escuela secundaria. El movimiento por los derechos civiles creó un clima institucional en el cual las demandas de los grupos de inmigrantes eran consideradas como reclamos legítimos. En consecuencia, cuando los inmigrantes comenzaron a llegar en grandes cantidades, el sistema político del estado respondió a algunas de sus expectativas, en términos de tomar medidas para abordar sus necesidades. Sin embargo, institucionalmente, aún queda un largo camino por recorrer. Las historias narradas en este capítulo, por ejemplo, evidencian que los maestros y agentes de todos los grupos étnicos y raciales pueden marcar la diferencia en la vida de los jóvenes dominicanos. Pero también muestran que el tipo de relación que puede marcar la diferencia es más fácil con los maestros y agentes que comparten un trasfondo cultural común y una experiencia en la sociedad estadounidense. Es importante recordar la baja proporción de estos en el sistema escolar público.
Al fin y al cabo, las experiencias de Alejandra, Luisa, Carlos, Miguel y Claudia reflejan decisiones sociales y políticas sobre el lugar de la educación en las prioridades nacionales y estatales. El movimiento por los derechos civiles abrió muchas vías para la movilidad y la reivindicación, pero, como argumentó William Julius Wilson, se centró en el tema de la igualdad de oportunidades económicas (1978). Cambiar esta situación no es solo una cuestión de diseñar políticas apropiadas de reforma escolar, sino también de adoptar decisiones fundamentales sobre la recaudación y el uso de los fondos públicos. El diseño de buenas políticas y su correcta implementación es por supuesto necesario, pero la política siempre sigue a lo político, no puede sustituirlo.
Una visita superficial a los suburbios ricos o de las ciudades pequeñas muestra que existen excelentes escuelas públicas en este país. Este es un hecho bien conocido por todas las familias que se mudan a un distrito escolar diferente para que sus hijos asistan a mejores escuelas. La disponibilidad de escuelas públicas de primer nivel está a la vista de todos. ¿Por qué es tan difícil, entonces, hacerlo en las ciudades pobres donde se concentran los hijos de inmigrantes y minorías? Del mismo modo, la superación de los difíciles obstáculos para entrar en la corriente principal está relacionada con las decisiones relativas a la compensación que las personas pueden obtener por su trabajo. Si los padres de clase trabajadora lograran permitirse un nivel de vida aceptable y acceso a un seguro médico, junto a una jornada de ocho horas, contarían con más tiempo y energía para ayudar y encauzar a sus hijos.
CAPÍTULO 5
¿ MOVILIDAD ASCENDENTE ?
Este capítulo profundiza en el análisis de dos cuestiones acerca de las maneras en que la clase y la raza dan forma a la experiencia dominicana de incorporación estadounidense. La primera cuestión se refiere a los patrones de movilidad de clase intergeneracional entre los dominicanos de segunda generación. La segunda se centra en los puntos de vista de los dominicanos sobre la sociedad estadounidense, y cómo varían los diferentes estratos de clase en la comprensión de su experiencia en los Estados Unidos. Estos dos aspectos iluminan las formas en que la incorporación etnorracial estructural afecta las oportunidades y las perspectivas de los dominicanos en Providence.
¿Cuántas clases?
La mayoría de los estadounidenses, con la excepción de los muy ricos y los muy pobres, se consideran parte de una vasta clase media definida por el acceso al consumo masivo. Esta comprensión generalizada oculta el hecho de que la clase media así considerada abarca diferentes niveles de estatus socioeconómicos, diversos estilos de vida y, de hecho, distintos grados de acceso al consumo masivo. Por lo tanto, antes de iniciar el análisis de la movilidad intergeneracional de clases, es necesario hacer un pequeño rodeo teórico para presentar un modelo de la estructura de clases en la sociedad estadounidense.
Este libro adopta una definición basada en las ocupaciones: la clase es vista como una posición en un sistema de relaciones sociales organizadas en torno a la producción y la distribución de bienes y servicios.32 Es la posición que ocupa una persona en el sistema de producción y distribución de bienes lo que determina el ingreso, el estatus social y las oportunidades abiertas a la siguiente generación (Breen, 2005; Erikson y Goldthorpe, 1992; Wright, 2005b). Además, son los cambios estructurales en la organización de la producción los que conducen a una movilidad ascendente generalizada —como la experimentada por los hijos o nietos de inmigrantes europeos después de la Segunda Guerra Mundial (Perlmann y Waldinger, 1997)— o a una movilidad descendente —como la experimentada por partes de la comunidad afroamericana como resultado de la desindustrialización del noreste y el medio oeste en las décadas de 1970 y 1980 (Wilson, 1996).
Sin embargo, una definición de clase basada en las ocupaciones no indica por sí misma cuántas y qué clases hay. Los expertos están de acuerdo en que el sistema de posiciones de clase puede dividirse de diferentes maneras, dependiendo de la pregunta que se desee responder (Wright, 2005a). Para este análisis, adopto una versión modificada del modelo de clasificación de clases desarrollado por el sociólogo británico John Goldthorpe y sus colaboradores (Erikson y Goldthorpe, 1992; Goldthorpe y McKnight, 2004; Goldthorpe, Lewellyn y Payne, 1987). Este modelo se construye en torno a las formas de regulación del trabajo características de los diferentes conjuntos de ocupaciones. Goldthorpe y McKnight distinguieron dos tipos principales de relaciones laborales: las relaciones de servicios y los contratos laborales. Las relaciones de servicio se definían como «un intercambio contractual de un tipo relativamente largo y difuso, en el que las compensaciones por servicios prestados a la organización empleadora comprenden un salario y diversos beneficios, y también importantes elementos prospectivos: incrementos salariales, expectativas de continuidad en el empleo (o al menos de empleabilidad), al igual que oportunidades de ascenso y carrera» (2004, 5). Los contratos de trabajo se definen como una «aproximación a un contrato puntual, simple pero recurrente para la ”compra” de una cantidad de mano de obra a destajo o por tiempo»
32 Esta noción de clase se nutre del trabajo de los analistas neoweberianos y neomarxistas contemporáneos de la estratificación (Breen, 2005; Erikson y Goldthorpe, 1992; Wright, 2005b).
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(Goldthorpe y McKnight, 2004, 5).33 Diferentes formas de relación laboral están relacionadas con experiencias de vida y de trabajo muy distintas (Breen, 2005).34 Cada forma determina diferentes niveles de autoridad y autonomía en el trabajo y también diferentes niveles de remuneraciones y beneficios. Por un lado, están las personas que disponen de recursos, poder y un cierto grado de autonomía en su trabajo. Por otro lado, se encuentran las personas que viven del trabajo diario como una forma de subordinación.
Utilizando el tipo de relación laboral como principio clasificatorio, Goldthorpe elaboró un modelo basado en siete clases.35 El estrato superior, al que llama el salariato, incluye dos clases. La clase I (Goldthorpe utiliza números romanos para designarlas) incluye a profesionales, administradores y gerentes de grado superior, que experimentan la forma más desarrollada de relaciones de servicio. La clase II incluye a los profesionales de grado inferior y a los administradores de empleados no manuales, y a los técnicos de grado superior. El empleo de clase II también se realiza a través de relaciones de servicio, pero en este caso pueden incluir formas de supervisión y/o niveles menores de remuneración o elementos prospectivos. El estrato más bajo del modelo de Goldthorpe es la clase obrera. Este estrato está constituido por dos clases: la clase VI incluye a los trabajadores manuales calificados en todas las ramas de
33
Dado que los empleados siempre conservan un cierto grado de autonomía en el desempeño de sus funciones, Goldthorpe argumentó que la forma de relación laboral elegida está dada por consideraciones de eficiencia: qué forma de empleo garantiza la posibilidad de monitorear el trabajo y la lealtad y compromiso del empleado con los objetivos de la organización. En los casos en los que el seguimiento del trabajo es sencillo y no hay una alta especificidad de los activos necesarios para llevarlo a cabo, se utiliza un contrato laboral. Por otro lado, cuando el seguimiento es difícil o los activos necesarios son específicos, surge una relación de servicio (Goldthorpe y McKnight, 2004). Richard Breen criticó el enfoque de Goldthorpe por basarse demasiado en consideraciones de eficiencia y dejar de lado la capacidad de los trabajadores para negociar sus condiciones de trabajo (2005). Esta crítica es correcta, pero el papel de la agencia de los trabajadores puede incorporarse a la comprensión informal de los diferentes tipos de relaciones laborales sin invalidar la distinción básica, ya que los elementos específicos de la relación laboral a menudo están determinados por negociaciones entre empleadores y empleados.
34 El modelo se inspira en el enfoque de Weber, en el que las clases son grupos que disponen de recursos similares en el mercado laboral y la posición de clase tiene un efecto en las condiciones económicas de vida de las personas.
35 También ha desarrollado un modelo de once clases y otro de cuatro clases que, de hecho, son una versión más detallada y más sintética del modelo de siete clases. Cuál es el modo apropiado depende de las necesidades analíticas que surjan de la pregunta que nos interesa.
la industria, y la clase VII, a todos los trabajadores manuales en grados semicalificados y no calificados. El empleo en este grupo generalmente está regulado por contratos laborales que establecen las tareas específicas que se espera que cumpla el trabajador y el nivel de remuneración que recibirá.
Entre la clase obrera asalariada y la obrera hay un estrato intermedio de tres clases, que trabajan en condiciones que combinan, en diferentes grados, relaciones de servicio y contratos de trabajo.
La clase III agrupa a los empleados en puestos rutinarios no manuales: administrativos, de ventas y de servicio personal. En un esquema más detallado, Goldthorpe diferencia entre ocupaciones no manuales rutinarias de alto y bajo grado (clases IIIa y IIIb). La diferencia es que las personas de la clase IIIa gozan de más autonomía en el trabajo y de remuneraciones más altas. Los que están en la IIIb tienen condiciones de trabajo más cercanas a las de la clase trabajadora de cuello azul; en otras palabras, trabajos más rutinarios y fáciles de controlar y salarios más bajos.
Los dominicanos de segunda generación se concentran en la clase III. Como se muestra en el capítulo 3, aproximadamente la mitad de los de segunda generación en Providence trabajan en ocupaciones de servicios, ventas y oficinas. En la ciudad de Nueva York, la proporción es del 54 %, y a nivel nacional es del 50.5 %. Esto no significa que la mayoría de la segunda generación forme parte de la clase media. Por el contrario, algunos de los empleos peor pagados se encuentran en el sector de servicios, donde los sindicatos están centrando gran parte de sus esfuerzos de organización. Los trabajadores del sector servicios de clase III constituyen, de hecho, la nueva clase obrera en las sociedades postindustriales (como los Estados Unidos). Desde esta perspectiva, la clase IIIa es la nueva clase obrera cualificada y la clase IIIb es la nueva clase obrera no cualificada. Algunas de las personas de la clase trabajadora de servicios, en su mayoría las de la clase IIIa, tienen ingresos y capacidades de consumo que les permiten pensar en sí mismos como parte de la gran y amorfa clase media estadounidense. Otros serían considerados parte de la clase media baja. Los que pertenecen a la clase IIIb a menudo se consideran parte de los trabajadores pobres.
La clase IV contiene a los pequeños propietarios y a los trabajadores por cuenta propia, la proverbial pequeña burguesía. Este colectivo goza de autonomía, dado el trabajo por cuenta propia, y en ese sentido su experiencia laboral
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es cercana al asalariado. Pero los propietarios de pequeñas empresas y los trabajadores por cuenta propia a menudo experimentan una gran inestabilidad en términos de ingresos y empleo y, por lo general, no tienen los elementos prospectivos involucrados en la relación de servicio. La clase V abarca a los supervisores de trabajadores manuales y a los técnicos de grado inferior. El empleo entre este grupo está regulado por contratos laborales, pero los trabajadores tienen un cierto grado de flexibilidad y autoridad en el lugar de trabajo e ingresos más altos que los trabajadores manuales. La movilidad entre estas clases no indica necesariamente una movilidad ascendente. Es evidente que pasar de la clase obrera (clases VI y VII) o de la clase trabajadora de servicios (clases IIIa y IIlb) a la asalariada constituye una movilidad ascendente en términos de condiciones de trabajo, remuneración y posibilidades profesionales. Sin embargo, no está claro si el paso, por ejemplo, de la clase VI (obreros calificados) a la clase IIIb (ocupaciones rutinarias no manuales) debe considerarse como movilidad ascendente, lateral o descendente.
Movilidad de clase intergeneracional
Equipados con un modelo de estratificación, ahora podemos revisar las trayectorias de los jóvenes dominicanos cuyas historias fueron contadas en el capítulo anterior. La madre de Carlos era trabajadora de una fábrica —clase VII (trabajadores manuales no calificados)— y Carlos es supervisor en una compañía de cable —clase V (técnicos de grado inferior y supervisores de trabajadores manuales)—. Los padres de Alejandra eran trabajadores de una fábrica —clase VII— y ella está en la administración pública, por lo que forma parte de la clase II (el salario más bajo). Cuando Luisa era niña, su madre hacía todo tipo de trabajos que la colocaban en las clases VII y IIIb, aunque cuando la entrevisté era secretaria ejecutiva de una organización sin fines de lucro, lo que la hacía parte de la clase IIIa. Luisa estaba en camino de obtener un título profesional de asociado, lo que la colocará también en la clase IIIa. La madre de Claudia era trabajadora de una fábrica —clase VII— y Claudia era organizadora de una entidad sin fines de lucro —clase IIIa—. Todos estos casos muestran una medida de movilidad ascendente, pero para Carlos, Luisa y Claudia la movilidad partió desde la manufactura o los servicios no calificados hasta la nueva clase trabajadora de servicios calificados.
La encuesta de dominicanos de primera y segunda generación ofrece una nueva oportunidad para explorar los patrones de movilidad de clase intergeneracional en Providence. Incluyó varias preguntas sobre la ocupación actual de los entrevistados.36 También sobre la composición de los hogares cuando tenían dieciséis años de edad, y sobre el empleo de cada uno de los miembros del hogar en ese momento. Esta información permite construir tablas de movilidad comparando la clase de origen —la correspondiente al hogar del encuestado a los dieciséis años— y la clase actual del encuestado. Para ello, utilizando el esquema de Goldthorpe, tuve que codificar la información ocupacional del encuestado y de los miembros adultos del hogar a los dieciséis años de edad.37
El siguiente análisis asume que los encuestados recuerdan, desde que tenían dieciséis años, cuáles eran los trabajos de sus padres, a diferencia de los ingresos de sus padres, que probablemente no conocían. El análisis también asume que la ocupación de los padres —o de la persona con la que vivían los encuestados— es relevante para comprender las condiciones de la persona con respecto a las instituciones que facilitan o dificultan la movilidad. De hecho, esto es lo que muestran las historias de vida presentadas en el capítulo 4.38
Dado el pequeño tamaño de la muestra, utilizo un modelo reducido que divide a los encuestados y sus hogares de origen en tres clases.39 El primero incluye a los asalariados de bajo rango y a la pequeña burguesía (clases II y IV). Este es el mismo esquema que utilicé en el capítulo 3 para estimar el tamaño del estrato ocupacional de clase media entre los dominicanos en Providence
36 En la encuesta se preguntó cuál era el trabajo, qué hacía, quién era el empleador, si era un empleado permanente o temporal, si el trabajo requeria un cierto nivel de educación y cuánto tiempo permaneció en el trabajo actual.
37 En los hogares monoparentales o en los que solo uno de los progenitores estaba empleado, se les asignaba la clase del progenitor. En los hogares con dos padres, si los dos pertenecían a la misma clase, entonces esa era la del hogar. Si al menos uno de los padres estaba asalariado, el hogar era asignado a esa clase. Si uno de los padres pertenecía a la clase obrera y el otro a la clase obrera de servicios, el hogar era asignado a esta última clase.
38 Este análisis difiere de la investigación sobre movilidad que se presenta en el capítulo 2. Este último utiliza datos sobre los ingresos de los padres y sus hijos durante un largo período (Hertz, 2005; Mazumder, 2005). Como mencioné en ese capítulo, no hay datos disponibles que me permitan realizar ese tipo de análisis para la segunda generación dominicana. En la encuesta utilizada aquí, toda la información proviene del encuestado.
39 Esta es una estrategia común. El modelo de siete clases es heurístico, una de las varias formas posibles de clasificarlas para el análisis.
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y en todo el país.40 Estas dos clases tienen en común cierta autonomía y autoridad en su trabajo. En la muestra, los dominicanos asalariados trabajan en empleos que los ubican en la clase II, el nivel inferior. Las ocupaciones en esta clase incluyen maestros, enfermeras registradas, trabajadores sociales, directores de programas en organizaciones sin fines de lucro (o el estado), gerentes de nivel inferior en el sector público o privado y profesionales de servicios humanos.
Goldthorpe consideraba que la clase IV era una clasificación intermedia. Pero en los Estados Unidos en general y en la experiencia de los inmigrantes en particular, la capacidad de ser dueño de un negocio, incluso de un negocio pequeño, es una marca de movilidad ascendente. La propiedad de pequeñas empresas se ha convertido en la piedra angular del éxito en algunos grupos de inmigrantes (Light y Gold, 2000; Portes y Bach, 1985; Zhou, 1992). Por estas razones, incluí a la pequeña burguesía en el nivel superior del modelo de estratificación de clases utilizado aquí. Es importante recordar, sin embargo, que estas dos clases no están en la cima de la estructura estadounidense. Las personas de la clase II forman parte de los niveles inferiores de los puestos directivos y profesionales, lo que significa que están sujetas a supervisión y que sus ingresos no son muy elevados, y las personas de la clase IV forman parte de los rangos de actividades empresariales más inestables económicamente.
La segunda clase está compuesta por personas en ocupaciones rutinarias no manuales: la clase III, la clase trabajadora de servicios. Esto incluye una amplia variedad de puestos de trabajo con diferentes cualificaciones y condiciones de empleo, que van desde cajeros y vendedores hasta auxiliares de enfermería certificados. En un análisis más detallado, divido este grupo en actividades no manuales rutinarias de alto y bajo grado (clases IIIa y IIlb de Goldthorpe). La tercera clase en el análisis es la obrera, que abarca las clases V, VI y VII. Las condiciones de trabajo de estos grupos son, por supuesto, diferentes, desde los supervisores de la clase V hasta los trabajadores no cualificados de la clase VII. Lo ideal sería analizar la clase V por separado, pero no había
40 Como se muestra en la tabla 8, el 38.6 % de la segunda generación de dominicanos en Providence trabaja en ocupaciones de clase media, la mayoría en puestos gerenciales de clase II. A nivel nacional, el porcentaje en este estrato es del 35.9 % y, de nuevo, la mayoría en ocupaciones de clase II.
suficientes casos en la muestra.41 Además de estas tres clases, el análisis incluye a los estudiantes y a las personas que no están trabajando.42
La muestra se divide en dos generaciones. La segunda abarca a todos los encuestados que nacieron en los Estados Unidos o llegaron a los cinco años o menos. Estos últimos suelen ser considerados parte de la generación 1.5, es decir, que nacen en el extranjero pero pasan sus años formativos en el país de acogida. Hubiera sido mejor estudiar este grupo por separado, pero su escaso número lo hace imposible. La razón para elegir los cinco años de edad como línea divisoria entre la primera y la segunda generación es que los que llegan a esa edad o menos pasan por todas las etapas del sistema educativo estadounidense. Su educación formal y la formación de sus concepciones del mundo se llevan a cabo plenamente en los Estados Unidos.
En la tabla 5.1 se presenta la estratificación de clases de la muestra por generación. Una comparación de los resultados de la encuesta con los datos del censo en el capítulo 3 refleja que la proporción de la primera generación de la clase obrera en la encuesta es menor que en la población dominicana de Providence. Por otro lado, la proporción en la pequeña burguesía y los asalariados es mayor que en la encuesta. En la encuesta, el 11.5 % de la primera generación de dominicanos trabaja en ocupaciones manufactureras y el 29.5 % en empleos asalariados de bajo rango, o son trabajadores autónomos. Los datos del censo en el capítulo 3 señalan que el 46.4 % de la primera generación trabaja en la manufactura y solo el 14.8 % está en ocupaciones de clase media.
La tabla 5.2 muestra que la distribución ocupacional de los encuestados de la segunda generación que tienen veinticuatro años o más es similar a la que se encuentra en los datos del censo: 34.1 % en la encuesta y 38.6 % en el censo trabajan en ocupaciones de clase II o por cuenta propia; el 45.2 % en la encuesta y el 50 % en el censo forman parte de la clase trabajadora de servicios. En la tabla 5.2 se desglosan los datos ocupacionales por sexo, en los que se aprecia una mayor proporción de hombres que de mujeres en la categoría
41 Una comparación de los ingresos medios de cada uno de estos grupos en la muestra evidencia que esos ingresos en los asalariados de bajo rango y la pequeña burguesía son más altos que los de la clase trabajadora manufacturera, y los de esta más altos que los ingresos de los de la clase trabajadora de servicios. Estas diferencias son estadísticamente significativas.
42 Esta categoría es amplia, reúne a los desempleados y a los que no forman parte de la fuerza laboral. Como resultado, no hay mucho que pueda decir al respecto.
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asalariada, y lo contrario en la clase trabajadora de servicios. El capítulo 3 expone lo contrario. En Providence, el porcentaje de mujeres en puestos directivos es mayor que en los hombres. Sin embargo, en la encuesta, las mujeres constituyen una proporción mayor entre los estudiantes. Debido a que el acceso a la educación superior es la vía hacia las ocupaciones asalariadas, la mayor presencia de mujeres acerca la encuesta a la estructura ocupacional de género en Providence.
TABLA 5.1. Posición de la clase
Generación
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
*Incluye a las personas que llegaron a los Estados Unidos a los cinco años o menos. Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
La tabla 5.3 expone los patrones de movilidad de la segunda generación.43 Contempla la clase de origen y la clase actual de los dominicanos de segunda
43 Se incluyen en esta tabla solo aquellos casos con información válida sobre la ocupación actual y la de los padres cuando el entrevistado tenía dieciséis años.
generación que tienen veinticuatro años o más.44 En general, los datos señalan tres movimientos intergeneracionales principales: una moderada tendencia a la movilidad ascendente desde los puestos de la clase obrera a los asalariados de bajo rango, una tendencia descendente de la pequeña burguesía a la clase trabajadora de servicios y un gran movimiento de la clase obrera manufacturera a la clase obrera de servicios.
TABLA 5.2. Posición de clase, segunda generación.
Todos de la segunda generación* Con veinticuatro años o más
rango, pequeña
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
*Incluye a aquellos que llegaron a los Estados Unidos a los cinco años o menos.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
44 La razón para centrarse en la movilidad de la segunda generación es que las tendencias de la primera, que a menudo sufre una movilidad descendente con respecto a sus padres, son el resultado de la experiencia migratoria y de las dificultades para adquirir un nuevo idioma, transferir competencias y obtener las credenciales educativas. Las experiencias de movilidad de la primera generación son únicas. Para entender la incorporación de los inmigrantes, entonces, tenemos que mirar a la segunda generación (y más allá). Enfocarse en las personas que tienen veinticuatro años o más, como se explica en el capítulo 3, se debe a que a esa edad las personas que no fueron a la universidad han adquirido alguna experiencia laboral, y las que han ido a la universidad, a menos que hayan cursado estudios de posgrado, están en el mercado laboral.
TABLA 5.3. Encuestados por clase de hogar de origen. Encuestados
Estudiantes No trabaja
clase obrera
Clase trabajadora de servicios
Asalariados de bajo rango, pequeña burguesía
Clase de origen
Asalariados de bajo rango, pequeña burguesía
Clase trabajadora de servicios
clase obrera
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
Si observamos la clase de origen de la segunda generación, advertiremos que el modelo es el de la clase trabajadora manufacturera (38.1 %). Sin embargo, hay una proporción importante, el 33.3 %, cuyos padres pertenecen a la categoría de asalariados de bajo rango y a la pequeña burguesía. De las catorce personas de este grupo, la mitad de los hogares de los padres se encuentran en la categoría de asalariados de bajo rango y la otra mitad en la pequeña burguesía. Por lo tanto, la segunda generación tiene un origen de clase más alto que la segunda generación de Providence. Como se evidencia en el capítulo 3, en Providence solo el 14.8 % de la primera generación ocupa puestos directivos, administrativos o profesionales, o realizan trabajo autónomo.
La categoría de asalariados de bajo rango y la pequeña burguesía engloba al 35.7 % de la segunda generación (esta proporción se eleva al 41 % si consideramos solo a los que trabajan). La mitad tiene su origen en las clases bajas. De hecho, un tercio de las personas de origen obrero manufacturero, como Alejandra en el capítulo anterior, ascienden a la categoría de los asalariados de bajo rango. Por otro lado, un tercio de los que tienen origen en salarios bajos o en la pequeña burguesía descienden hacia la clase trabajadora de servicios. La movilidad ascendente en la muestra es mayor que la descendente; ambas tendencias están presentes. El grupo más numeroso de la muestra de segunda generación —como en los datos censales presentados en el capítulo 3— es el de la clase trabajadora de servicios. Este grupo comprende el 45.2 % de la muestra (una proporción que es de alguna manera menor que el porcentaje de trabajadores de servicios de segunda generación que se encuentra en el censo). La tabla refleja que la forma más común de transición intergeneracional es de la clase trabajadora manufacturera a la clase trabajadora de servicios. La mitad de las personas con un origen de clase trabajadora manufacturera están en el grupo. Esto es lo que vimos con Luisa, Carlos y Claudia en el capítulo 4. Debido a que la clase III es el grupo modelo en la muestra, así como en la población dominicana en general, debemos analizarlo con más detalle. En la tabla 5.4 se presenta una descomposición de este grupo en ocupaciones no manuales más altas y más bajas (clases IIIa y IIIb de Goldthorpe), así como su clase de origen. Es interesante notar que la clase de origen para los de la clasificación IIIa es, por lo general, obrera manufacturera, pero para los de la clase IIIb está distribuida de manera bastante uniforme entre todas las clases, incluida la categoría de los asalariados de bajo rango y la pequeña burguesía. Una
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mirada atenta a los que experimentan una movilidad descendente advierte que su origen de clase está en la pequeña burguesía (clase IV de Goldthorpe). En otras palabras, los padres de los que participan de una movilidad descendente eran trabajadores por cuenta propia o propietarios de pequeñas empresas. Parece que la dificultad para reproducir la posición social está en esta clase, más que en la de los asalariados de bajo rango.
TABLA 5.4. Clase de origen de los trabajadores de servicios.
Ocupaciones no manuales bajas rutinarias
Ocupaciones
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación. Dada la importancia del acceso a la educación superior para la movilidad social, los estudiantes son otro grupo de interés. La tabla 5.5 refleja el origen de la clase de los estudiantes de segunda generación según el tipo de universidad a la que asisten. Veintidós están en instituciones de cuatro años, cinco están en colegios comunitarios y seis están terminando la escuela secundaria.45 Entre los que asisten a universidades de cuatro años, menos del 30 % son hijos de padres en la categoría de asalariados de bajo rango o de la pequeña
45 Hay otros siete estudiantes en la muestra, pero no hay información sobre su clase de origen.
burguesía. Es decir, al menos en esta muestra, la mayoría de los estudiantes de las universidades de cuatro años tienen un origen de clase trabajadora, ya sea en la manufactura (40.9 %) o en los servicios (22.7 %). Estas cifras manifiestan un proceso de movilidad ascendente, porque estudiar en una universidad de cuatro años es una vía de acceso a las profesiones. Los datos de la encuesta indican que, a pesar de las dificultades descritas en el capítulo 4, muchos jóvenes de la clase trabajadora están llegando a la universidad: los casos de Alejandra o Miguel, descritos en el capítulo 3, ilustran la tendencia.
TABLA 5.5. Origen de la clase de los estudiantes de segunda generación.
de bajo rango, pequeña
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
Este análisis pone de relieve una gran fluidez en las posiciones de clase entre la primera y la segunda generación. A pesar de que el punto de incorporación de la primera generación se encuentra en la parte inferior de la estructura de clases, la movilidad ascendente en la segunda generación es significativa. Esta movilidad se produce a través de la entrada en las principales instituciones y ocupaciones, no a través de un enclave étnico. Al mismo tiempo, los resultados hablan acerca de que la mayor parte de la segunda generación dominicana se encuentra en las filas de la clase trabajadora de servicios. Estos resultados se ajustan al análisis de la posición de los dominicanos
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en la estructura ocupacional de Providence, realizado en el capítulo 2. Este panorama general también se ajusta a los hallazgos de Bean y Stevens sobre la transición entre la primera y la segunda generación mexicoamericana (2003), así como a los de Kasinitz y sus colegas sobre las segundas generaciones en la ciudad de Nueva York (2008).
Posición de clase y perspectivas de la sociedad estadounidense
¿Cuál es la relación entre la posición de clase de los dominicanos de primera y segunda generación y sus perspectivas sobre la sociedad estadounidense? La encuesta y las entrevistas nos permiten examinar sus opiniones sobre tres aspectos de la vida en Estados Unidos: las preferencias lingüísticas, las percepciones de discriminación y las oportunidades para las minorías. La teoría de la asimilación supone que la incorporación a la corriente principal va acompañada de la aculturación y de una perspectiva favorable de la vida estadounidense. Los defensores de la asimilación segmentada, por otro lado, argumentan que la aculturación selectiva, es decir, la adopción de ciertos elementos de la cultura estadounidense mientras se mantiene un apego a la cultura y la identidad de los padres, puede ser la forma más efectiva de triunfar en Estados Unidos. Sin embargo, la aculturación selectiva también debería conducir a una visión positiva de la vida en la sociedad. La evidencia muestra que entre los inmigrantes y las minorías, la clase media tiene una visión más crítica de la sociedad estadounidense que los pobres (Hochschild, 1995; Kasinitz et al., 2008; Wilson, 2001). El análisis que sigue expone que este es también el caso entre los dominicanos de primera y segunda generación.
Preferencias de idioma
El idioma se ha convertido en un tema polémico en los debates sobre inmigración. Los nacionalistas plantean que la posición del inglés como el idioma común de los Estados Unidos está en peligro y se movilizan para promover la adopción de una legislación que solo reconozca al inglés. La experiencia cotidiana de los inmigrantes, sin embargo, revela una realidad más sobria. En la tabla 5.6 se presentan los datos de la encuesta sobre la preferencia lingüística
por generación y clase. Debido al pequeño número de casos en la encuesta, para este análisis, al igual que para el realizado en la segunda parte del libro, he combinado a los encuestados de la clase trabajadora manufacturera y de servicios. La pregunta fue: «¿Qué idioma prefiere hablar la mayor parte del tiempo?». La mayoría de la primera generación, equivalente a la mitad de la muestra, prefiere hablar en español, pero un grupo grande, casi el 40 %, expresa su preferencia por ambos idiomas. El patrón de respuestas para la segunda generación es bimodal. Cerca de la mitad de los encuestados prefiere hablar inglés y un porcentaje similar prefiere hablar ambos idiomas. Solo una pequeña minoría escoge hablar español. La Encuesta Nacional Latina también ilustra las diferencias generacionales en el idioma. A los encuestados se les preguntó si preferían realizar la entrevista en inglés o español. El 79.8 % de la primera generación optó por responder en español, mientras que diez de los once dominicanos de segunda generación, o sea, el 90.9 %, optaron por responder en inglés.
TABLA 5.6. Preferencias de idioma.
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
Las entrevistas muestran que, a pesar de su fuerte preferencia por el bilingüismo, los dominicanos de segunda generación dominan mejor el inglés
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que el español. Un ejemplo es Claudia —cuya historia relatamos en el capítulo anterior— y su hermana María (las entrevisté juntas). La conversación comenzó en inglés. En algún momento, surgió la cuestión del idioma y me dijeron que empezaron a hablarme en inglés porque pensaban que era más cómodo para mí. Cuando les respondí que mi lengua materna es el español, me respondieron que en ese caso sería mejor continuar en español. A partir de ese momento, la entrevista continuó en ambos idiomas, pero el patrón de la conversación era que cada vez que las hermanas sentían dificultad para encontrar las palabras en español (y esto sucedía a menudo), recurrían al inglés, y la conversación continuaba en inglés hasta que agotábamos ese tema de conversación en particular, y luego la entrevista volvía a cambiar al español. En ningún momento pasaron totalmente al español debido a la dificultad de encontrar una expresión o una palabra en inglés. Este fue el patrón general de mis entrevistas y conversaciones con los dominicanos de la segunda generación.
Las entrevistas con Carlos y Miguel se realizaron en inglés, con breves interludios en español. La entrevista con Alejandra fue en español. Nació en la República Dominicana y llegó a los Estados Unidos a los once años, y de hecho habla español con más fluidez que las personas de segunda generación que entrevisté. La entrevista a Luisa es muy interesante en este contexto. La hice junto con su madre, y aunque ambas entienden y hablan español e inglés, sus preferencias lingüísticas eran diferentes. La entrevista se realizó en los dos idiomas al mismo tiempo. Hablé con Luisa en inglés, pero con su madre (dominicana de primera generación), en español. Del mismo modo, la entrevista con la representante estatal Grace Díaz, quien llegó a los Estados Unidos como adulta, se realizó en español. Por su parte, el senador estatal Juan Pichardo, quien llegó a Estados Unidos a los nueve años, optó por realizar la entrevista en inglés. Este patrón de elección lingüística muestra que siempre que las personas de segunda generación necesitan expresarse con fluidez y claridad, su elección lingüística es el inglés. El español sigue siendo un idioma importante en la vida de los dominicanos de segunda generación, pero como un marcador de identidad más que como un instrumento de comunicación. Cuando se le preguntó cómo se identificaba, Claudia respondió: «Soy una mujer latina, soy una mujer dominicana, hablo español». Entonces le pregunté qué la hacía latina. Respondió que era su habilidad para hablar español. Contar con
algún conocimiento del español es un elemento central de la identidad. Los dominicanos de segunda generación se encuentran apegados a su lengua materna porque es algo que define quiénes son en una sociedad que los etiqueta, etnorracialmente, como «otros». Sin embargo, su idioma preferido para la expresión cotidiana es el inglés.
Este apego sentimental al español y el énfasis en el inglés como idioma de comunicación también aparece en las respuestas de ambas generaciones de dominicanos a la Encuesta Latina. Cuando se les preguntó qué tan importante era para ellos que su familia mantuviera la capacidad de hablar español, el 90 % de la primera generación y nueve de cada once encuestados de segunda generación respondieron que esto era muy importante. Al mismo tiempo, el 96.7 % de los encuestados de primera generación y, otra vez, nueve de cada once de segunda generación respondieron que resultaba muy importante que todos en los Estados Unidos aprendieran el inglés.46
La combinación de una preferencia por el inglés como vehículo de comunicación y un apego emocional al español como elemento de identidad es evidencia de una aculturación selectiva. Este patrón, como predice la asimilación segmentada, está sobre todo presente entre aquellos que se encuentran más incorporados a la corriente principal estadounidense. La tabla 5.6 ilustra que, dentro de la segunda generación, aquellos que tienen una posición de clase alta están más aculturados en términos de preferencia lingüística. Dos tercios de la categoría de asalariados de bajo rango y de la pequeña burguesía prefieren hablar inglés la mayor parte del tiempo, mientras que solo un tercio de los que ocupan puestos de clase trabajadora lo hacen. Entre los estudiantes, un grupo en proceso de incorporación a la corriente principal estadounidense, la mitad también prefiere hablar más tiempo en inglés.
Cuando se les preguntó sobre el idioma que querían usar en la crianza de los niños, casi el 90 % respondió que ambos idiomas. Estas preferencias atraviesan todas las clases y generaciones.47 Este es el tipo de respuesta que
46 Hubo 101 dominicanos de Providence incluidos en el segmento de Nueva Inglaterra de la Encuesta Nacional Latina. Noventa pertenecían a la primera generación y los once restantes a la segunda.
47 Debido a que los resultados fueron tan uniformes en todas las clases y generaciones, no los incluí en la tabla, pero están disponibles a pedido.
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alimenta los temores de los nativistas contemporáneos. Pero, como se ha mostrado, existe una diferencia generacional muy importante en el uso del español en la vida cotidiana. Los hogares de primera generación son hispanohablantes. Los padres hablan en español con sus hijos sin esfuerzo. Los de segunda generación, en cambio, necesitan tomar una decisión consciente de hablar en español con sus hijos, y no siempre pueden hacerlo. Esto significa que, a pesar de las preferencias expresadas por los encuestados de segunda generación, la tercera generación crecerá en hogares de habla inglesa. Esta realidad no augura nada bueno para la aspiración de transmitir el conocimiento del español más allá de la segunda generación.
Experiencias de discriminación
El siguiente tema que investigo es la relación entre la generación, la posición de clase y las percepciones de discriminación. La tabla 5.7 muestra que la mayoría de las personas de primera y segunda generación declaran haber sufrido discriminación, aunque la proporción es más elevada entre la primera generación. Cuando se les pidió que describieran esas experiencias, muchos de se refirieron a una variedad de incidentes cotidianos en el trabajo o en lugares públicos. Algunos señalaron situaciones bien conocidas, como ser seguidos en las tiendas o detenidos por la policía en la carretera sin razón aparente. Otros denunciaron un mal servicio, o haber sido observados en restaurantes o acosados por hablar español en lugares públicos. Unos pocos mencionaron experiencias que afectaron su posición en la estructura social. Los encuestados informaron de casos en los que se sintieron ignorados para la contratación de empleos o los ascensos laborales debido a su origen étnico. Cuando se les preguntó qué grupos los discriminaban, la gran mayoría de todas las clases y de ambas generaciones identificaron a los estadounidenses blancos.
En la tabla 5.7 se aprecia que, tanto en la primera como en la segunda generación, es la categoría de asalariados de bajo rango y la pequeña burguesía, es decir, los más acomodados, los que tienen más probabilidades de reportar experiencias de discriminación. En consecuencia, cuanto más se incorporan a la corriente principal, más se encuentran con la racialización. La historia de Carlos ejemplifica este punto.
TABLA 5.7. Experiencias de discriminación.
Estudiantes No
Asalariados de bajo rango, pequeña burguesía Clase trabajadora de servicios y manufactura
Segunda generación
Experimentó discriminación debido a su raza y origen étnico
Considera que los dominicanos son discriminados en Estados Unidos
Cree que los dominicanos son tan discriminados como los afroamericanos
Primera generación Experimentó discriminación debido a su raza y origen étnico
Considera que los dominicanos son discriminados en Estados Unidos
Considera que los dominicanos son tan discriminados como los afroamericanos 6 (33.0) 16 (51.6) 4 (66.7)
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
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Después de la escuela secundaria, decidió unirse al ejército con el fin de evitar problemas. Concluido su servicio, se mudó a una ciudad cercana a Providence, donde no viven muchos dominicanos o latinos. Allí era constantemente detenido por la policía cuando regresaba a casa: «Solía conducir a casa todos los días, y el mismo policía me detenía todos los días, que ¡qué estaba haciendo, a dónde iba!, y todos los días era la misma respuesta: “Regreso a casa, vivo aquí”. Y todos los días me paraba sin ninguna razón. La única razón que se me ocurre es que yo era un hispano entrando a un vecindario blanco».
Carlos planteó que estaba seguro de que la causa por la que lo detuvieron fue la discriminación. Tenía un amigo guatemalteco de aspecto blanco, y cada vez que iban a lugares y hacían cosas juntos, recibían un trato diferente. Solo cuando Carlos se mudó a un barrio blanco, es decir, cuando trató de vivir en medio de la corriente principal estadounidense, fue que se encontró con la discriminación. Finalmente consiguió placas de veterano para su auto y el policía lo dejó en paz.
La mayoría de los encuestados cree que los dominicanos, como grupo, son discriminados en los Estados Unidos. Gran parte de las clases y generaciones consideran que son los estadounidenses blancos los que discriminan a los dominicanos. Al igual que con las experiencias individuales, los que creen esto están en la categoría de asalariados de bajo rango y la pequeña burguesía. La tabla 5.7 señala también el porcentaje de dominicanos que relacionan su experiencia de discriminación con la de los afroamericanos. A los encuestados se les presentó la siguiente afirmación: «Los dominicanos son tan discriminados como los afroamericanos».48 La intención era examinar si la racialización estadounidense conduce a una identificación de la situación dominicana con la de los afroamericanos. De hecho, la mayoría de la segunda generación y la mitad de la primera ven un paralelismo entre ambas experiencias. Pero, en este caso, la distribución de clases de las respuestas es diferente hasta ahora. Las personas de clase trabajadora son más propensas a estar de acuerdo con la afirmación que aquellas en las categorías más bajas de los asalariados de bajo rango y la pequeña burguesía. Los que se encuentran más incorporados a la
48 Las personas debían responder en una escala de 1 a 5, en la que el 5 significaba «muy de acuerdo» y el 1 «muy en desacuerdo». Combiné las respuestas de los que estaban de acuerdo o muy de acuerdo. La tabla presenta el porcentaje que respondió que está de acuerdo o muy de acuerdo con la afirmación.
sociedad estadounidense son más propensos a creer que los dominicanos sufren discriminación en los Estados Unidos, pero menos inclinados a hacer un paralelo entre las experiencias dominicanas y las de los afroamericanos. Esto sugiere que la identificación con la experiencia afroamericana depende más del reconocimiento de ocupar una posición baja común en la estructura de clases que de las percepciones de las incidencias individuales de discriminación.
Los estudiantes son la excepción a este patrón porque tienden a identificar la experiencia de los dominicanos con la de los afroamericanos. Esto no es sorprendente, dado que los estudiantes están expuestos a diferentes formas de activismo étnico y racial en los campus y a cursos sobre estudios afroamericanos y latinos. Juana constituye un ejemplo de los cambios en su forma de pensar producidos por el acceso a la educación superior. Llegó a los Estados Unidos cuando tenía doce años. Gracias al apoyo y estímulo de los maestros latinos en su escuela secundaria, fue aceptada en una universidad privada de élite. Asistir a la universidad socializó a Juana, y forjó en ella una nueva manera de pensar sobre la raza. Clasifica esta nueva perspectiva como más liberal que las ideas con las que se crió.
Sobre la educación que recibió explicó: «Me hace pensar en la raza de una manera totalmente diferente. No me gustaría clasificar la forma en que pienso sobre la raza con la manera en que todos los dominicanos piensan sobre la raza. Pero creo que mi educación me ha hecho tener una mente más abierta sobre otras razas y la existencia de otras razas».
Los resultados de la encuesta indican que los dominicanos experimentan su encuentro con la sociedad en general como uno en el que son discriminados a nivel personal, o que el grupo discriminado en su conjunto no es en sí mismo una prueba de discriminación. De hecho, cuando se les preguntó sobre la frecuencia de los casos de discriminación, solo el 31 % informó que habían sido discriminados con frecuencia y regularidad, mientras que el 69 % dijo que solo en escasas ocasiones.49 El bajo porcentaje de los que han sido discriminados a nivel individual puede poner en tela de juicio la sensación ampliamente compartida de que los dominicanos sufren discriminación. Por otro lado, a
49 Una cuarta parte de los dominicanos que participaron en la Encuesta Nacional Latina reportaron discriminación. El 41 % respondió que estaban siendo discriminados por ser latinos y el 76.2 % dijo que las personas que los discriminaban eran blancas.
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menudo pueden no ser conscientes de que están siendo discriminados. Una experiencia recordada por el senador estatal Juan Pichardo ilustra este punto. En 2005, Pichardo estaba trabajando para introducir una legislación que impidiera los préstamos abusivos en el mercado de la vivienda. Le costaba mucho convencer a otros legisladores de la necesidad de aprobar la ley. Se sintió, como él mismo dijo, «en muchos sentidos socavado, en algún momento incluso discriminado». Lo explicó de esta manera:
La razón por la que lo digo es porque era consciente de ello. Como sabrán, también soy parte de las fuerzas armadas y mi puesto actual en las fuerzas armadas es el de asesor militar de igualdad de oportunidades. Así que fui a su capacitación y, de hecho, antes de esa capacitación no sentí que recibiera ninguna acción discriminatoria. Pero cuando lo ves, y cuando eres consciente de ello, sabes que te está pasando y tienes que asimilarlo para asegurarte de que ciertas cosas pasan, y vivir con algunas de ellas.
Fue la capacitación que recibió como asesor de igualdad de oportunidades en la Guardia Nacional lo que hizo que Pichardo tomara conciencia de casos de discriminación que antes no percibía. Al igual que muchos otros dominicanos, opta por adaptarse a la situación y seguir adelante para alcanzar sus metas. De hecho, la ley en la que estaba trabajando finalmente se aprobó como la Ley de Préstamos Hipotecarios de Rhode Island. Pero el hecho de que puedas tener éxito a pesar de la discriminación no elimina su precio. Lo que la experiencia de Pichardo implica es que la sensación generalizada de que los dominicanos son discriminados, reportada en la encuesta, debe de estar más arraigada en experiencias individuales de lo que sugiere la baja frecuencia de casos de discriminación registrados.
Oportunidades para las minorías
En la tabla 5.8 se presentan las respuestas relativas a las oportunidades económicas en Estados Unidos.50 La mayoría de los dominicanos de primera
50 Las cifras de esta tabla muestran los porcentajes de personas que están de acuerdo o muy de acuerdo con las afirmaciones.
y segunda generación piensan que en los Estados Unidos hay discriminación contra las minorías en lo referente a las oportunidades económicas y que estas tienen que trabajar el doble que los blancos para llegar tan lejos. Si las experiencias de discriminación hacían referencia a encuentros personales cotidianos, la concordancia con estas afirmaciones apunta a una visión crítica de la estructura de oportunidades en la sociedad estadounidense. Siguiendo el mismo patrón de respuestas, el estrato de clase alta de la muestra, los asalariados y la pequeña burguesía, tienen el mayor porcentaje de acuerdo con estas afirmaciones. Sin embargo, el acuerdo es alto en todas las clases. Un porcentaje muy bajo apoyó la afirmación de que en Estados Unidos existen barreras para el avance de las personas negras. El porcentaje de encuestados de segunda generación que están de acuerdo es menor que el de los encuestados de primera generación, y los que ocupan puestos de clase más alta son los menos propensos a estar de acuerdo.
La tabla muestra que a pesar de la visión crítica de la estructura social estadounidense sugerida por las respuestas anteriores, la mayoría de los dominicanos de primera y segunda generación tienen una visión positiva sobre su futuro. Más de dos tercios de los encuestados opinan que los dominicanos pueden ser tan exitosos como los estadounidenses blancos. Curiosamente, los que están en posiciones de clase trabajadora, los que están luchando, son los más optimistas. Esta perspectiva positiva también está en las respuestas a la Encuesta Nacional Latina, en la cual el 88.9 % de la primera generación y siete de los once encuestados de segunda generación comparten el criterio de que las personas pobres en los Estados Unidos pueden salir adelante si trabajan duro. Del mismo modo, el 90 % de los encuestados de primera generación y ocho de cada once de segunda generación piensan que los latinos pueden avanzar en los Estados Unidos si trabajan duro. Estos resultados indican que una visión optimista es un componente importante de la comprensión de los dominicanos acerca de su experiencia de incorporación. Este punto de vista es prevalente entre la clase trabajadora. Que la visión optimista sea realista es otra cuestión.
El análisis hasta ahora presenta una imagen consistente: los que están en los escalones superiores de la estratificación de clases dominicana son más críticos con el lugar de los dominicanos en la sociedad estadounidense que los de la clase trabajadora.
TABLA 5.8. Puntos de vista sobre las oportunidades económicas.
Estudiantes No trabaja
Asalariados de bajo rango, pequeña burguesía Clase trabajadora de servicios y manufactura
Segunda generación
En Estados Unidos existe la discriminación contra las minorías en las oportunidades económicas
Las minorías en Estados Unidos tienen que trabajar el doble para llegar al mismo lugar
En los Estados Unidos no hay barreras para el éxito de los afrodescendientes
Los dominicanos estadounidenses pueden ser tan exitosos como los estadounidenses blancos.
Primera generación
En Estados Unidos existe la discriminación contra las minorías en las oportunidades económicas
Las minorías en Estados Unidos tienen que trabajar el doble para llegar al mismo lugar
En los Estados Unidos no hay barreras para el éxito de los afrodescendientes
Los dominicanos estadounidenses pueden ser tan exitosos como los estadounidenses blancos
Nota: Porcentajes entre paréntesis. Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
Estos hallazgos coinciden con los de la politóloga Jennifer Hochschild (1995) sobre las actitudes de los afroamericanos hacia el sueño americano. Hochschild descubrió que los negros más acomodados son críticos de los principios del sueño americano y que sus contrapartes de clase baja, a pesar de su situación, todavía creen en él. Argumentó que la conciencia crítica de los afroamericanos de clase media deriva, por un lado, de los obstáculos a las oportunidades que ven frente a ellos a pesar de sus logros y, por otro lado, de la solidaridad que sienten con aquellos segmentos de la comunidad negra que se quedan atrás. Para los pobres, la creencia en la oportunidad es una forma de lidiar con su difícil situación dada la ausencia de alternativas viables. Hochschild alegó que, como resultado, las creencias de los pobres en el sueño americano no son muy profundas y, a menudo, no sirven como guía para el comportamiento.
Los hallazgos reportados aquí coinciden con los del estudio de segunda generación de la ciudad de Nueva York (Kasinitz et al., 2008). Ese estudio también arrojó que los afroamericanos de clase media y la segunda generación hispana son más propensos a reportar experiencias de discriminación. La razón de este patrón es que los incidentes de discriminación son más probables en entornos integrados y que la clase media es más propensa a formar parte de esos entornos. Por lo tanto, los autores concluyeron que «cuanto más integrada está la vida de una persona, más probable es que experimente discriminación en un nuevo número de esferas» (Kasinitz et al., 2008, 327). Por otro lado, agregaron, aquellos que experimentan la peor parte del racismo estructurado y viven en entornos segregados tienen menos probabilidades de experimentar discriminación cotidiana (excepto por sus encuentros con la policía y, yo añadiría, con el sistema de justicia). Esta explicación encaja bien con los resultados presentados en este capítulo.
Narrativas de incorporación
Las entrevistas cualitativas agregan un matiz importante al análisis de cómo los dominicanos entienden su experiencia de incorporación. Muestran que utilizan narrativas contradictorias para explicar su lugar en la sociedad estadounidense. Las personas de primera y segunda generación se refieren a sí mismas como un nuevo grupo de inmigrantes en camino de triunfar en
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Estados Unidos, y como minorías discriminadas por los estadounidenses blancos. Las entrevistas indican que no están divididos entre los que adoptan un discurso u otro para entender su experiencia en ese país. En cambio, los mismos individuos utilizan ambos discursos para explicar diferentes aspectos de esa experiencia.
Así lo demuestra, por ejemplo, Carlos en su relato de cómo la policía lo detenía regularmente de camino a casa. Lo calificó como un acto de discriminación, pero agregó que la discriminación no debe impedir que las personas logren lo que quieren: «Creo que es uno mismo, porque si te lo propones deberías poder lograr cualquier cosa, ya sea que la discriminación esté ahí o no. Si lo deseas lo suficiente, deberías poder conseguirlo. Entonces, ¿lo hace más difícil? Sí, pero ¿me impide hacerlo? No creo que en realidad te impida conseguir lo que quieres. Son más obstáculos que hay que superar». Luisa expresó similar punto de vista: «Todo el mundo llega a un punto en el que o se encuentra en una situación racista, se topa con uno de ellos, creo que vas a pasar por eso en la vida al menos una vez, y me he topado con algunos, pero no me molesta. Me olvido de eso». Carlos y Luisa reconocieron la omnipresencia de la discriminación racial en la vida cotidiana de Estados Unidos, pero mantienen la creencia de que hay oportunidades si uno se esfuerza lo suficiente.
Alejandra destacó otro aspecto de esta doble comprensión de la posición de los dominicanos. Consultada sobre si son discriminados, respondió de manera enfática y positiva. A continuación, diferenció entre dos tipos de discriminación: «Obviamente, hay discriminación directa, casos en los que a una persona de raza equis no le gusta una persona de raza ye. Pero también hay discriminación indirecta, que es la creencia de que cierto grupo de personas, en este caso los latinos, no son capaces de hacer ciertas cosas». El proceso de organización política y movilización de los latinos en el estado, un proceso del que ella formó parte, ha cambiado la forma en que los estadounidenses los ven: «Ahora ven a los latinos como una fuerza política que contribuye y creo que todavía puede mejorar mucho». Alejandra planteó que es la acción colectiva del grupo, más que la determinación individual de lograr el éxito, lo que puede ayudar a superar la discriminación.
Esta tensión entre las dos narrativas está mejor articulada por Miguel. Miguel, como se describe en el capítulo 4, fue influenciado por la crítica al «sistema» de Malcolm X y Louis Farrakhan. Sus argumentos les proporcionaron
una explicación para su estatus: crecer en la pobreza no fue su fracaso personal, sino el resultado del racismo en Estados Unidos. La crítica de Miguel, sin embargo, no lo llevó a rechazar el discurso de los inmigrantes que triunfan en la sociedad estadounidense. En cambio, expresó que es necesario comprender las barreras estructurales que limitan a las personas para alejarlas y abrir oportunidades para todos. Su afirmación traduce el contenido ético del propósito de triunfar en Estados Unidos:
Así son los inmigrantes. Recuerdo a los italianos, a los irlandeses, a los judíos, motivados Si nos fijamos en Broad Street, en Washington Heights, ya está ocurriendo. Bodegas, venta de coches, incluso los buscavidas en la calle son inteligentes, no son como antes [...]. No estaríamos en los Estados Unidos si no fuera por esa motivación. Nuestros padres lo vieron, nosotros lo vimos, vinieron aquí, claro, trabajamos en una fábrica, estamos trapeando pisos, pero estamos pensando en algo más grande, estamos pensando en tener una casa, estamos pensando en iniciar un negocio. Me encantan todas las pequeñas empresas. Me siento tan feliz cuando camino por Broad Street. Me encanta Washington Heights. Creo que en lugar de tener una bodega, tendremos una cadena de bodegas. En lugar de tener una línea de autobuses desvencijada, tendremos flotas de autobuses. Tendremos nuestra propia línea como Bonanza o Greyhound, pero debemos entender el gran esquema de las cosas: todavía no lo tenemos. Todavía somos demasiado nuevos, pero te digo que dentro de diez-quince años va a ser algo serio. Estoy tratando de llegar hasta entonces. Me gusta ver a mi gente ganar dinero. Me gusta verlos producir su dinero.
Las palabras de Carlos, Luisa, Alejandra y Miguel sintetizan las dos narrativas que informan la comprensión que tienen los dominicanos de su situación en los Estados Unidos. Estos puntos de vista contradictorios y coexistentes son reflejos de sus contrastantes experiencias y también de las de otros inmigrantes de minorías raciales y étnicas. Por un lado, los dominicanos son racializados y experimentan discriminación en sus encuentros cotidianos con la corriente dominante estadounidense y sus instituciones. Por otro lado, muchos de los de segunda generación logran movilidad ascendente o conocen a personas que la han alcanzado y tienen acceso a niveles de consumo que equivalen a un estatus
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de clase media en la sociedad estadounidense. Debido a que en Providence hay pobreza pero no aislamiento social, la presencia de dominicanos exitosos de primera y segunda generación o insertados en la esfera pública da verosimilitud a la perspectiva optimista. La visibilidad de numerosas empresas étnicas y de personas que han tenido éxito en carreras profesionales o gerenciales muestra la posibilidad del éxito económico. Dentro de las mismas familias y comunidades, algunas personas consiguen una movilidad ascendente, mientras que otras permanecen en las filas de la clase trabajadora de servicios. Esta experiencia compleja, característica de lo que yo llamo incorporación estratificada racializada, es la que produce el doble rasero de interpretación.
Las complejidades de la incorporación
El análisis realizado en este capítulo muestra la fluidez en la movilidad de clase para aquellos cuyos padres forman parte del sector manufacturero. Entre los que están en la categoría de los asalariados de bajo rango o que estudian en colegios de cuatro años, la proporción de personas con orígenes de clase trabajadora es significativa. Como se muestra en el capítulo 3, la principal transición intergeneracional es desde la clase trabajadora manufacturera a la clase trabajadora de servicios.
Los hallazgos hasta ahora no corresponden a las predicciones de la teoría de la asimilación o de la asimilación segmentada. El primero enfatiza la convergencia de los hijos de inmigrantes y la corriente principal blanca estadounidense. Estos tres capítulos de la segunda parte ponen en evidencia que la mayoría de la segunda generación pasa a formar parte de los rangos inferiores de una estructura de clases racializada. La teoría de la asimilación segmentada predeciría que, dados sus bajos niveles de capital humano y la ausencia de un enclave étnico, los dominicanos experimentarán la marginalización. Sin embargo, a la mayoría de la segunda generación le está yendo mejor que a la primera y segmentos importantes experimentan una movilidad ascendente hacia la clase media.
Esto ilustra la incorporación racial estratificada propuesta en este libro. Los dominicanos se convierten en parte de un sistema de clases racializado que permite cierta movilidad intergeneracional y la formación de una clase media. Además, su patrón de estratificación de clases está más cerca del de los
afroamericanos y otras minorías que del de los blancos. El enfoque analítico empleado aquí enfatiza la centralidad de la dinámica de la estratificación de clase y racial en la incorporación de los inmigrantes dominicanos y sus hijos. La sociedad receptora es más que un contexto para la incorporación de inmigrantes. Es un poderoso marco estructural que forja las trayectorias de las sucesivas generaciones.
La segunda parte de este capítulo muestra que los dominicanos creen que son discriminados y que existen barreras a la movilidad de las minorías raciales en los Estados Unidos. Aquellos que tienen una posición de clase más alta y están más integrados a la sociedad tienen una visión más crítica de la vida en los Estados Unidos. No obstante, la mayoría de los dominicanos de todas las clases y generaciones son optimistas sobre su futuro en ese país, y se ven a sí mismos como parte de un grupo étnico que se está asentando de manera muy similar a como lo hicieron los grupos de inmigrantes anteriores. Estas visiones contradictorias son el resultado de esa compleja experiencia que, al mismo tiempo, incluye la movilidad y la marginación, la mejora económica y la racialización.
TERCERA PARTE
INCORPORACIÓN Y FOMENTO DE LA IDENTIDAD
CAPÍTULO 6
IDENTIDADES AMERICANAS
Las identidades de los inmigrantes dominicanos y sus hijos nos cuentan cómo ven su lugar en la sociedad estadounidense y qué solidaridades forjan en el proceso de incorporación. Por otra parte, a medida que la nueva migración reabre viejos debates sobre la identidad nacional, la diversidad cultural, el pluralismo y el transnacionalismo, el estudio de las identidades de los inmigrantes también pone en primer plano los términos que la sociedad estadounidense piensa y habla de sí misma (Foner, 2005; Glazer, 1993; Hattam, 2004; Higham, 1955; Huntington, 2004).51 La investigación de estas identidades es entonces, por un lado, una indagación sobre su incorporación en la sociedad estadounidense y cómo dan sentido a su lugar en ella. Por otro, es un enfoque de los patrones de categorización en la sociedad estadounidense. En su libro Assimilation in American Life (La asimilación en la vida americana), de 1964, el sociólogo Milton Gordon estableció la identificación con la corriente principal como el punto final del proceso de asimilación. Su marco teórico se basó en la experiencia histórica de los inmigrantes europeos. Inicialmente se consideraban no blancos, pero con el tiempo se incluyeron dentro de los límites de lo blanco. En ese momento, las etnias de condición europea se
51 Los debates sobre la identidad nacional son globales, ya que la inmigración es un fenómeno global (para una evaluación comparativa de los debates y las políticas generadas por la migración a gran escala, véase Joppke, 1999, 2005).
convirtieron en una cuestión de elección personal (Alba, 1985, 1990; Waters, 1990). La investigación sobre la formación de la identidad de los inmigrantes y sus hijos muestra que sus identidades están moldeadas por el proceso de clasificación racial en los Estados Unidos (Halter, 1993; Waters, 1999).
A partir de estos hallazgos, el enfoque de incorporación etnoracial estratificada sostiene que la incorporación a una sociedad racializada conduce a la aparición de grupos de identidades etnorraciales. Sin embargo, la forma, los límites y el contenido de esas identidades y grupos deben investigarse empíricamente. Este capítulo examina las etiquetas de autoidentificación que utilizan los dominicanos y las formas en que articulan sus diferentes identidades, los significados que les atribuyen y la relación entre la identificación y las prácticas cotidianas. Se revela que las identidades dominicanas se forman en la intersección de los procesos de aculturación y racialización.
Identidades
La identidad, al igual que la clase, es uno de los conceptos que tienen significados diversos y a veces contradictorios (Brubaker, 2000). Antes de aventurarnos en el análisis de las maneras en que los dominicanos piensan y hablan de sí mismos, es necesario precisar qué entienden por identidad. Como han planteado los psicólogos sociales Richard Ashmore, Kay Deaux y Tracy McLaughlin-Volpe, el bloque básico de la identidad es la autocategorización (2004). Las personas se identifican con ciertas etiquetas que luego usan para autodefinirse y autodescribirse. Estas etiquetas funcionan como un esquema cognitivo a través del cual las personas se entienden a sí mismas y a quienes las rodean. Los significados de esas etiquetas identitarias se articulan en narrativas sobre el yo y el grupo. Además, las identidades se expresan en comportamientos que se relacionan con el significado que una persona atribuye a las categorías identitarias (Ashmore, Deaux y McLaughlin-Volpe, 2004). Me parece muy útil esta forma de pensar la identidad porque nos permite establecer vínculos entre las etiquetas de autoidentificación, las narrativas de identidad y las prácticas individuales y colectivas basadas en esas etiquetas y narrativas. Las identidades individuales no son homogéneas ni uniformes. Las personas desempeñan diferentes roles sociales, y cada uno de esos roles constituye una fuente potencial para la formación de la identidad. Las personas también
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pertenecen a varias de las categorías sociales utilizadas para clasificarlas, como la etnia, la raza, la clase, el género y la sexualidad, y cada una de estas categorías puede ser una base para la identificación (Deaux y Martin, 2003; Sellers et al., 1998; Stryker, Serpe y Hunt, 2005). Estas categorías no son posiciones sociales veladas, sino que se superponen, creando complejas intersecciones de identidad (McCall, 2005). Asimismo, las formas de ser de las personas, es decir, sus relaciones y prácticas cotidianas, siempre trascienden sus modos de pertenencia. Es decir, los límites de las identidades que adoptan (Glick-Schiller, 2004; Levitt y Schiller, 2004).
Las identidades individuales son múltiples y fragmentadas. Sin embargo, esto no significa que estén cambiando o negociando constantemente. En cualquier momento, pueden adquirir un lugar más importante en la definición que las personas tienen de sí mismas porque son reconocidas por aquellos con quienes interactúan. Además, las personas desarrollan apegos sentimentales a ciertos componentes de sus identidades múltiples y estos ocupan una posición más central en su autodefinición.52 Como resultado, ciertas identidades son invocadas con mayor regularidad, y las personas invierten tiempo y energía en proyectos individuales y colectivos relacionados con esas identidades (Stryker y Serpe, 1994).53
Esos elementos centrales de las múltiples identidades del «yo» no son de ninguna forma fijos o inmutables; varían con respecto al ciclo de vida, con las diferentes posiciones sociales y con los cambios en las valoraciones sociales de las diferentes identidades. Pero este proceso es a menudo el resultado de grandes transformaciones vitales y, a veces, va acompañado por crisis individuales. La migración es uno de esos eventos por el cual las categorías y narrativas que las personas utilizan en el país de origen no son necesariamente
52 La relación estructural entre las múltiples identidades del yo ha sido abordada en psicología social a través de los conceptos de prominencia y centralidad (para una revisión de estos conceptos, véase Sellers et al., 1998; Stryker y Serpe, 1994; para una discusión de la importancia relativa de las categorías sociales disponibles de identificación y las redes a las que pertenece una persona en la estructuración de identidades, véase Deaux y Martin, 2003),
53 Esta comprensión de la identidad no está en absoluto de acuerdo con todos los que trabajan en este campo, pero me parece que es la más productiva para dar sentido a los resultados de mi investigación. Me baso en trabajos recientes en psicología social (ver Ashmore, Deaux y McLaughlin-Volpe, 2004; Deaux y Martin, 2003; Sellers y cols., 1998; Stryker y Serpe, 1995; y los escritos del antropólogo Richard Jenkins, 1997).
relevantes en el país de recepción. Los migrantes están sujetos a nuevas formas de categorización externa y a demandas de identificación por parte de la sociedad receptora. Como resultado, necesitan crear nuevas definiciones de sí mismos y nuevos lenguajes para hablar de quiénes son individualmente y también como grupo.
En este capítulo me ocupo de la formación de identidades colectivas categóricas. Es decir, aquellas que vinculan a los individuos con grupos formados en torno a amplias categorías de clasificación social. Me centro en las identidades colectivas etnorraciales, en contraposición a las identidades políticas o religiosas, que también pueden ser relevantes en la vida de los individuos, pero no son objeto de análisis aquí. El antropólogo Richard Jenkins identificó dos características clave de los procesos de formación de identidades colectivas categóricas (1997). En primer lugar, las identidades colectivas se forman a través de procesos relacionados de categorización externa e identificación interna. Los grupos de personas son vistos y definidos por la sociedad de manera particularizada. Pueden aceptar esas etiquetas, tratar de rechazarlas o desafiar su significado. Esta interacción entre la manera en que las sociedades miran a los grupos y las formas en que las personas se enfrentan a la mirada externa es una de las fuentes de formación de identidades colectivas. El segundo elemento es que los límites de la identidad colectiva siempre abarcan aspectos de similitud y diversidad. La identidad grupal siempre implica una pretensión de semejanza con otros miembros del grupo, la cual se construyen en torno a elementos culturales que definen los límites del grupo y el significado de la pertenencia a este. La experiencia cotidiana, sin embargo, es siempre más compleja que los límites grupales establecidos. Dentro de los límites de cualquier grupo siempre hay una diversidad de interpretaciones de los significados culturales que lo definen. Siempre existe un potencial de contestación sobre el contenido y los límites de las identidades colectivas (Jenkins, 1994, 1996, 1997). Las identidades se construyen a través de la interacción social en un contexto histórico particular, por lo que están sujetas a cambios constantes. Sin embargo, en cualquier momento muestran lo que parece ser una robustez notable. Las personas invierten una gran cantidad de energía emocional en mantener los límites del grupo y los significados asociados a su identidad. Comprender el proceso a través del cual emergen y se desarrollan las categorías de identidad, y la forma en que las personas las usan y las entienden, permite abordar tanto su
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carácter social e históricamente construido como el hecho de que las personas a menudo las experimentan como esenciales y perennes (Sokefeld, 2001).
Etiquetas de identidad
Dotados de esta comprensión, podemos asumir la tarea de investigar la formación identitaria entre los inmigrantes dominicanos y sus hijos. La encuesta incluyó cinco preguntas destinadas a captar sus opciones. La primera se refería al concepto que los encuestados tenían, en términos abiertos, de su propia identidad. La segunda era sobre la identidad étnica. La tercera aludía a la identidad racial. La cuarta, sobre la identificación racial, parecida a la que usa el censo de población, pero ofrecía solo tres opciones: negro, blanco y otros (las tres respuestas, de hecho, que los dominicanos dieron a la pregunta del censo). La quinta, una pregunta cerrada acerca de cómo el encuestado creía que los estadounidenses convencionales percibían su raza.54
En la tabla 6.1 se presentan las respuestas a las cinco preguntas, según la generación. Muestra que los dominicanos usan muchas etiquetas para referirse a sí mismos y que responden de manera diferente a las preguntas de identidad planteadas de modo distinto.55 En dependencia de la situación (en este caso, de cómo se haga la pregunta), toman diferentes decisiones de autoidentificación.
54 Las cinco preguntas se formularon de la siguiente manera. Pregunta general de identidad: «Si tuvieras que llenar un formulario sobre cómo te identificas, ¿qué escribirías?». Pregunta abierta sobre identidad étnica: «¿Podría decirnos, por favor, cuál es su origen étnico? Es decir, si tuvieras que llenar un formulario indicando a qué grupo étnico perteneces, ¿qué escribirías?». Pregunta abierta sobre identidad racial: «¿Podría decirnos, por favor, cuál es su raza? Es decir, si tuvieras que llenar un formulario indicando tu raza, ¿qué escribirías?». Estas tres preguntas eran abiertas y no limitaban la elección de las respuestas. Pregunta cerrada sobre identidad racial: «¿Podría decirnos, por favor, cuál es su raza? Es decir, si tuvieras que llenar un formulario indicando tu raza, ¿qué escribirías?». Pregunta sobre cómo creen los encuestados que los estadounidenses convencionales los ven: «¿Cómo cree que los estadounidenses convencionales los ven en términos de raza?». Las dos últimas preguntas ofrecían tres posibles respuestas: negro, blanco y otro. Si el encuestado elegía la tercera respuesta, se le pedía que especificara lo que quería decir. Las preguntas se distribuyeron a lo largo del cuestionario para evitar que las personas dieran respuestas similares a las preguntas porque estas estaban cerca unas de otras y se percibía que indagaban sobre lo mismo. De hecho, como veremos, no había mucha superposición en las respuestas a las cinco preguntas.
55 De hecho, la tabla redujo el número de etiquetas que usan los dominicanos, ya que algunas combinaciones panétnicas, diferentes respuestas de raza mixta y varias autodescripciones no raciales se combinaron bajo etiquetas comunes.
generación
TABLA 6.1. Identidades dominicanas de primera y segunda generación. Segunda generación
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
*Esta fila presenta la suma de las respuestas panétnicas.
**Esta fila presenta la suma de las respuestas dominicanas.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
Solo trece personas, el 7.3 %, respondieron a las cinco preguntas de manera similar. No obstsante, el repertorio de respuestas a cada pregunta es limitado, y la mayoría de ellas se concentran en unas pocas categorías identitarias. La categoría panétnica «hispano» fue la respuesta modal para ambas generaciones.56 El número de encuentados que la eligieron oscila entre una cuarta parte y casi la mitad. Se formula principalmente en las preguntas sobre etnicidad e identidad racial, pero las respuestas panétnicas en sus diferentes formas constituyen la mayoría en todas las preguntas sobre identidad. La segunda respuesta más común acerca de la identidad étnica y racial es «dominicano/a». Esto es cierto tanto para los encuestados de primera como para la segunda generación. Curiosamente, el porcentaje de segunda generación que responde «dominicano» es mayor que el de primera generación. En dos casos, sin embargo, «dominicano» no es la segunda respuesta más frecuente. La primera es la pregunta general de identidad abierta. Hispano seguía siendo la habitual, y después las respuestas no raciales o étnicas, una categoría que incluye muchas etiquetas diferentes, como trabajadora, madre, educada, clase media y más. Cuando se les preguntó por su identidad en términos generales, muchos optaron por identificarse con calificativos relacionados con su trabajo, sus roles familiares o su estatus socioeconómico. El segundo caso es la pregunta sobre cómo los encuestados piensan que los estadounidenses convencionales los ven en cuanto a su raza. Hispano volvió a ser la respuesta común para ambas generaciones, y «negro» estaba en segundo lugar.
Las respuestas sugieren dos puntos importantes. En primer lugar, delatan la presencia de una estructura de opciones de identidad. Se repiten varias respuestas, en particular la panétnica. En la tabla 6.2 se aprecia un grado importante de superposición en las respuestas sobre cuestiones específicas: 55 personas de la segunda generación y 54.1 de la primera dan la misma respuesta a las preguntas abiertas y cerradas sobre identificación racial. El 48.3 % de la segunda generación y el 50.8 % de la primera respondieron de manera similar a las preguntas de identificación étnica y racial cerrada.
56 Esta respuesta abarcó a los que respondieron hispanic, hispano o hispana. Los agrupé porque, ya sea en inglés o en español, se usan de la misma manera. También incluí en esta categoría la poca cantidad de respuestas con guiones que comenzaron con hispanic porque se refieren a una comprensión similar de la panetnicidad.
Primera generación
TABLA 6.2. Respuestas a preguntas sobre la identidad.
Segunda generación
Identidades étnicas y raciales abiertas similares
Identidades étnicas y raciales cerradas similares
Identidades raciales abiertas y cerradas similares
Identidades étnicas y raciales abiertas similares
Identidades étnicas y raciales cerradas similares
Identidades raciales abiertas y cerradas similares
Porcentaje de personas que respondieron «hispano/a» a ambas preguntas
encuestados
Porcentaje de personas que respondieron dominicano/» a ambas preguntas
Porcentaje total de encuestados
Nota: Porcentajes entre paréntesis. Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
Y el 43.3 % de la segunda generación y el 49.2 % de la primera dan respuestas similares a la pregunta de identificación étnica y racial abierta. En todos estos casos, la que más se repite es «hispano/a». El porcentaje de los que responden «hispano/a», de manera superpuesta a estas preguntas es ligeramente superior al 50 % de los que dan esa respuesta directamente. Un segmento muy grande de la muestra, el 59.1 %, respondió «hispano/a» a la identidad étnica o a una de las preguntas de identidad racial, y el 45.9 % apeló a «dominicano» en una de estas preguntas. Una asombrosa mayoría, el 85.6 %, utilizó una de estas dos etiquetas para responder a una de estas tres preguntas.
El segundo punto que surge de este análisis es que los dominicanos de primera y segunda generación entienden la panetnicidad como una identidad étnica y racial. Además, creen que son vistos por los estadounidenses como un grupo racial hispano o latino diferenciado. En un trabajo anterior, argumenté que la etiqueta de «hispano» permite a los dominicanos reproducir su propio sistema de clasificación racial en el que se ven a sí mismos como personas de raza mixta (Itzigsohn, Giorguli y Vázquez, 2005). Los resultados de la encuesta, con la preponderancia de respuestas «hispano/a» con respecto a la identidad étnica y racial, sugieren lo mismo. Los dominicanos usan la etiqueta panétnica para establecer su posición dentro del sistema de clasificación estadounidense como no blancos y no negros. Como afirma el enfoque de incorporación etnorracial estratificada, la incorporación a una sociedad organizada en torno a categorizaciones étnicas y raciales da lugar a la formación de nuevas identidades étnicas y raciales.
Las respuestas a la Encuesta Nacional Latina respaldan estos dos puntos. Esta encuesta preguntó sobre raza y ofreció un menú de opciones que incluía las categorías raciales del censo. Una gran mayoría, el 69.2 %, de la primera generación y diez de los once de la segunda generación se identificaron como de alguna otra raza. Un 12.1 % adicional de la primera generación se negó a responder. A la gran mayoría de los encuestados que seleccionaron «otro» o se negaron a responder se les pidió que especificaran. Los resultados son similares a los de la encuesta que realicé; el 35.2 % de la primera generación respondió «hispano/a», el 25.3 % «latino/a» y el 9.9 % «dominicano/a». En cuanto al grupo de encuestados de la segunda generación de Providence, siete respondieron «hispano/a» y tres respondieron «latino/a». Los dominicanos de primera y segunda generación respondieron «hispano/a» o «latino/a» a las
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preguntas sobre su identidad racial. Cuando se les preguntó si los hispanos o los latinos constituyen un grupo racial distintivo, el 36.7 % de la primera generación respondió positivamente, y un 7.8 % adicional que tal vez. Nueve de los once encuestados de segunda generación consideraron que los hispanos constituyen un grupo racial distintivo en Estados Unidos.
Un último punto se refiere a la comparación de las respuestas a la pregunta cerrada sobre la identidad racial con las de la pregunta racial del censo. Debido a que la estructura de las preguntas es similar, vale la pena compararlas. Las respuestas a la pregunta racial del censo para Providence, Nueva York, Lawrence y los Estados Unidos se presentan en la tabla 6.3. Hay variaciones entre los lugares con respecto a las proporciones que se identifican con cada grupo, pero la distribución general de las respuestas es similar en toda la tabla. Otro aspecto es la principal opción racial para los dominicanos en el censo, al igual que en nuestra encuesta: la solicitud de especificar la opción «otro» arrojó principalmente respuestas panétnicas. La proporción de los que responden «afrodescendiente» es ligeramente inferior a la del censo, pero los porcentajes son muy similares.
TABLA 6.3. Respuestas seleccionadas a la pregunta sobre identidad racial en el censo del año 2000
Nota: Porcentajes entre paréntesis.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
La diferencia principal entre la encuesta y el censo está en la proporción de personas que se identifican como blancas. En las respuestas del censo de Providence, representa el 21.2 % para la segunda generación y el 16.8 % para la primera. La proporción de los que se identifican como blancos en la encuesta es menor que la que se considera como afrodescendiente. La diferencia puede estar relacionada con quién hace la pregunta. El censo representa la demanda de identificación de la sociedad convencional. En esa situación, muchos dominicanos (probablemente aquellos con piel más clara), sabiendo que lo «blanco» es la categoría dominante en el sistema estadounidense de clasificación racial, deciden reclamarla para sí mismos. Sin embargo, cuando los entrevistadores dominicanos les preguntan en la encuesta de una investigación, muy pocos lo hacen.
Historias de identidad
La identidad dominicana a partir de la pertenencia panétnica y el origen nacional no implica ninguna forma de esencialismo o primordialismo porque estas identidades se construyen e interpretan a través del proceso de incorporación. Esta sección profundiza en la comprensión que los dominicanos tienen de estas diferentes etiquetas. Me baso en las entrevistas cualitativas y en mis propias interacciones con los dominicanos en Providence. En primer lugar, observo cómo articulan las dos formas principales de autoidentificación: la panetnicidad y el origen nacional. En segundo lugar, abordo los significados y las narrativas que se atribuyen a esas etiquetas. ¿Qué temas evoca cada una de ellas? ¿Qué nos dicen esas historias sobre la relación entre las elecciones de identidad y la incorporación a la sociedad estadounidense? Finalmente, examiné la relación entre los modos de ser y los modos de pertenencia de los dominicanos en Providence.
Origen nacional en la panetnicidad
La relación entre la identidad nacional-étnica —dominicana— y la panétnica —latina— no es una relación entre lo uno y lo otro, sino de complementariedad. Aunque la encuesta sugiere que la identidad panétnica es la opción identitaria más utilizada, las entrevistas cualitativas indican que la autoidentificación del
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origen nacional es el ancla principal. Más adelante abordaré las razones de los diversos resultados según las diferentes metodologías. En este punto, examino la relación entre el origen nacional y la panetnicidad en las narrativas identitarias. Hay dos patrones principales de articulación. En el primero, el origen nacional sirve como ancla principal de la identidad y panétnicamente se utiliza como una declaración política en el ámbito público.
Alberto es un dominicano de segunda generación en sus treinta. Su relato refleja (como los del capítulo 4), la importancia del encuentro con los agentes institucionales. En la República Dominicana, su padre era propietario de una pequeña empresa y después de la emigración sus padres se convirtieron en trabajadores de fábricas. Los trabajos en la industria manufacturera les permitieron ahorrar dinero para enviar a Alberto a una escuela católica privada, donde le fue bastante bien. Atribuye su éxito escolar a que uno de sus profesores se interesó por él y lo animó a continuar sus estudios. Después de la escuela secundaria, fue a la Universidad de Rhode Island, donde concluyó una licenciatura. Ha trabajado para una agencia comunitaria sin fines de lucro desde que se graduó. También es un activista por los derechos de los inmigrantes. Su activismo comenzó cuando era adolescente, en el grupo de jóvenes de la iglesia a la que asistía. Al responder a mi pregunta sobre su identidad, afirmó: «Depende de con quién esté hablando, de quién sea el público. Si mi audiencia son funcionarios del gobierno, yo soy latino. Si estoy hablando con un amigo, soy dominicano. Si estoy hablando con mi vecino, que resulta ser caucásico, le digo que nací en la ciudad de Nueva York y que también soy ciudadano. Así que depende de con quién me esté relacionando».
Alberto se identifica de manera diferente de acuerdo con las situaciones y las interacciones personales. Al mismo tiempo, vemos una estructura en sus respuestas, que son específicas en dependencia de cada situación que le exige autoidentificación. En su vida privada, con las personas a las que está cerca y cuida, es dominicano. Esta es su principal identificación. Pero también es latino al interactuar con funcionarios del gobierno. Alberto explicó su identificación como latino de esta manera: «Estoy tratando de ser solidario con otras personas, ecuatorianos o puertorriqueños. Así que nos ven como un grupo, y lo somos. Estamos en el mismo barco. Somos lo que eran los irlandeses, lo que eran los italianos, lo que eran los polacos. Estamos luchando para obtener los mismos derechos que poseen otras personas».
En sus palabras, también podemos ver la combinación de narrativas de minorías y étnicas que describí en el capítulo 5. Insiste en definirse a sí mismo como ciudadano frente a sus vecinos blancos, y es importante notar que enfatiza su ciudadanía, no su ser estadounidense. Alberto explicó esta elección: «Hay personas que culpan a los inmigrantes, que los convierten en chivos expiatorios ante los problemas. En ese sentido, hay que darles una lección y decirles: “¿Saben qué? Yo nací de inmigrantes y nací aquí. Tengo un trabajo y también contribuyo a esta sociedad, así que ni siquiera empieces”». Alberto es consciente de las imágenes negativas de los inmigrantes en ciertos discursos dominantes, y adopta una actitud de «te lo digo en tu cara» hacia los blancos cuando percibe que abrazan esas opiniones. En esos casos, a pesar de haber nacido en Estados Unidos, resalta su origen inmigrante y la contribución de estos a la sociedad estadounidense. Por otro lado, compara a los dominicanos con los grupos europeos de hace un siglo. Una variación en este patrón de combinación de etiquetas de identidad es explicada por Alejandra. Alejandra es una de los cinco jóvenes dominicanos cuyas historias describí en el capítulo 4. En este capítulo expongo las opciones de identidad de los cinco: Alejandra, Luisa, Miguel, Carlos y Claudia. Al ser consultada sobre su identidad, Alejandra respondió que se consideraba «como una mujer, ante todo, dominicana y fuerte. Una mujer dominicana fuerte. Esas son las tres palabras que generalmente uso para describirme a mí misma».
En Alejandra, vemos la intersección del origen nacional y las identidades de género. Para ella, el género y el origen nacional están ligados. Sus elecciones reflejan un posicionamiento frente a la sociedad estadounidense como dominicana, pero también como mujer fuerte ante la sociedad estadounidense y la comunidad dominicana. A medida que continuaba nuestra conversación, me contó que también se identifica como latina, pero estableció una clara diferencia entre latina y dominicana: «Para mí, ser dominicana es un sentimiento, es algo concreto, algo que puedo sentir. Cuando digo que soy latina, simplemente le estoy haciendo saber a la otra persona que soy de ascendencia latinoamericana y que soy mujer, pero no siento nada cuando lo digo».
La diferencia entre Alejandra y Alberto es que Alejandra enfatizó su apego sentimental a la identidad dominicana mucho más que Alberto. Esta diferencia probablemente se deba a que Alberto nació en Estados Unidos y Alejandra en República Dominicana. Sin embargo, la falta de un fuerte vínculo emocional
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con la identidad panétnica no le impide ser una persona muy activa en las organizaciones de la comunidad latina. De hecho, ambos son activistas latinos. Para Alejandra, al igual que para Alberto, la identidad panétnica se invoca en el trato con las instituciones convencionales y en la vida pública. Explicó: «Ser latina es como una profesión que comparto con muchos hermanos de otros países de América Latina [...]. Mi identidad dominicana no está necesariamente en conflicto con ser latina. El hecho de que sea ciento por ciento dominicana y esté muy orgullosa de eso no significa que no pueda aparecer públicamente como latinoamericana. Una es parte de la otra. Ser dominicana es parte de ser latina, de modo que cuando aparezco en público como latina, sigo siendo dominicana».
El segundo patrón de combinación de identidades étnicas y panétnicas es cuando ambos se utilizan indistintamente para referirse al yo y al grupo. Vemos este patrón en la narrativa de Luis. Luis es un dominicano de segunda generación de veintitantos años. Cuando se le preguntó sobre su identificación, dijo: «No podía definir mi identidad cuando era más joven, pero ahora me identifico, hago mi propia investigación. Miro mi identidad y sé que soy hispano».
Los padres de Luis son dueños de una pequeña empresa. Tiene tres hermanos, dos varones y una hembra. Cuando llegaron por primera vez a los Estados Unidos, los padres de Luis se fueron a Nueva York. El padre trabajó durante un tiempo como conserje en una de las universidades de la ciudad y su madre en tiendas minoristas. Unos años más tarde, se mudaron a Providence, donde eran propietarios de varias pequeñas empresas que tenían diferentes grados de éxito.
Cuando Luis iba de la escuela secundaria a la preparatoria, sus padres se mudaron a un pueblo cercano donde las escuelas son mejores que en Providence. Pero debido a que la matrícula de minorías en la escuela a la que asistía Luis estaba aumentando, la relación entre algunos maestros y estudiantes latinos no siempre fue fluida. Luis recordó que algunos de sus maestros hacían comentarios despectivos sobre los estudiantes de minorías. Explicó que ignoraba los comentarios porque sabía que las afirmaciones eran incorrectas. Su comprensión de la posición de los dominicanos en la sociedad estadounidense corresponde a la narrativa étnica descrita en el capítulo 5. Luis es el único de los que entrevisté que se definió como republicano y dijo que votó por George W. Bush. Al mismo tiempo, reconoció que los dominicanos son discriminados.
Luis terminó la escuela secundaria sin muchos problemas y se licenció en administración de empresas. La última vez que hablé con él estaba trabajando en una organización de servicios sociales sin fines de lucro, como administrador de casos de jóvenes en problemas. Los hermanos de Luis también fueron a la universidad, pero ninguno tenía un trabajo profesional. Uno de ellos está probando suerte con una pequeña empresa, el otro trabaja como representante de ventas y su hermana es empleada de una agencia del gobierno federal. Luis ejemplifica el patrón de mezcla de etiquetas de identidad nacional-étnica y panétnica. Se identifica como hispano, pero cuando le pedí que explicara lo que quería decir con eso, comenzó a referirse a sí mismo como dominicano. Cuando le señalé este cambio, él respondió: «Oh, es tan diferente, quedémonos con el dominicano. Supongo que tenemos diferentes dialectos y diferentes significados». A medida que continuaba explicando las diferencias entre los dominicanos y otros grupos latinos, le pregunté si, frente a esas diferencias, podíamos hablar de los hispanos. Su respuesta fue un rotundo sí debido al origen común y continuó usando indistintamente etiquetas nacionales y panétnicas durante la entrevista. Para Luis, ser dominicano es el núcleo de su autodefinición, pero ve una continuidad entre ser dominicano y ser hispano, y utilizó este último término para referirse también a los dominicanos.
Encontramos el mismo patrón en las respuestas de Claudia. Ella, al igual que Alejandra, es una de las cinco historias contadas en el capítulo 4. A la pregunta de cuál es su identidad, respondió que dominicana: «Porque mi mamá y toda mi familia son dominicanos, y luchan y salen adelante y tienen sus negocios. Para mí, ser dominicano es un orgullo [...]. No sé cómo expresarlo con palabras».
Claudia, al igual que Luis, nació en Estados Unidos y está orgullosa de ser dominicana, lo que para ella está ligado a su familia y a sus esfuerzos por salir adelante en Estados Unidos. Explicó que su madre insiste en decirle que es estadounidense porque nació en el país y, por otro lado, es inflexible en identificarse como dominicana porque quiere enorgullecer a su madre. Claudia también se identifica como latina: «Soy una mujer latina, soy una mujer dominicana, hablo español». Como en el caso de Alejandra, las identidades de género y de origen nacional están ligadas y, como en el caso de Luis, el origen nacional y las identidades panétnicas se invocan indistintamente. Claudia, sin embargo, agrega el idioma, hablar español, como un elemento definitorio de
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lo que significa ser latina.57 He encontrado que este patrón de invocar tanto lo nacional como lo panétnico se encuentra extendido entre la primera y la segunda generación. De hecho, casi la mitad de la segunda generación en la encuesta, el 49.2 %, está de acuerdo en que «dominicanos y latinos son lo mismo». Una alta proporción de los encuestados de primera generación, el 45.9 %, también está de acuerdo.
Las entrevistas cualitativas y mi propia interacción con dominicanos sugirieron que el patrón básico de identificación es el origen nacional —la identidad dominicana— y que la panetnicidad, aunque importante, no genera el mismo nivel de apego sentimental. Esto parece contradecir los resultados de la encuesta en los que lo «hispano» fue la elección de identidad modal. Sin embargo, en la vida cotidiana estadounidense, las personas aprenden a llenar formularios donde a menudo consignan como opciones hispanos o latinos, y no dominicanos. No No es sorprendente, por tanto, que en las encuestas una gran proporción elija esta respuesta. En las entrevistas cualitativas, las personas tienen la oportunidad de expresar mejor las complejidades de sus elecciones de identidad.58
Significados y límites
La segunda pregunta se refiere a los significados y narrativas asociados al origen nacional y a las identidades panétnicas. Al preguntar qué significa ser dominicano, surgen algunas frases claves. Lo primero y más común es el orgullo por el origen. La identificación como dominicano también provoca referencias al conocimiento y a la cultura nacional. Estas referencias suelen incluir gustos en comida y música, conocimiento de la historia de la República Dominicana, hablar o al menos saber español, y ser un pueblo que sabe disfrutar de la vida y es acogedor con los demás. Otro tema está ligado a la familia; por ejemplo, tener familias unidas que se preocupan unas por otras y, a veces,
57 La importancia de la lengua en la formación de la identidad dominicana se aborda en el capítulo 5.
58 Esto no invalida en modo alguno los resultados de las encuestas como metodología para la investigación de la identidad. Aconseja, sin embargo, la necesidad de complementar las encuestas sobre la identidad. con métodos de investigación cualitativos y etnográficos.
que refuerzan los valores de respeto por los ancianos y el comportamiento adecuado.59
En ocasiones, las personas entrevistadas mencionaban estereotipos negativos asociados a los dominicanos, pero no los internalizaron. Alejandra lo expresó de esta manera: «Es una identidad que a veces es vista por otros grupos en Estados Unidos como inferior [...]. ¿Por qué? Bueno, siempre hay un estereotipo de los dominicanos, que no saben hablar, que no tienen una educación formal, que son buenos para las fiestas pero no todos buenos para los esfuerzos intelectuales. A eso me refiero. Pero he encontrado muchas, muchas, muchas características y rasgos que me hacen sentir orgullosa donde quiera que vaya».
La identificación panétnica también provoca referencias al orgullo por el origen. Cuando se le preguntó qué significa ser latino, Luis respondió: «Es orgullo ser hispano. ¡Orgullo de saber de dónde vienes!». La panetnicidad, además, evoca significados raciales. Alejandra respondió a la pregunta de cómo cree que la ven los estadounidenses convencionales: «Diría afroamericana hasta que hablo. Y por mi acento pueden deducir que soy hispana [...]. Aunque eso ha ido cambiando, porque ahora las personas que no son latinas [...]. Saben cómo distinguir mejor las características».
Doris, una dominicana de segunda generación de diecinueve años que se identifica como hispana y española, habló sobre esas etiquetas. «Significan para mí [...]. Significan mi color […]. No sé, y sabiendo español, soy española (spanish). Ya sabes, si dices que eres española, “oh, ella parece española” [...]. Eso es algo que surge: “Si eres un chin morena, eres española. Si eres un chin más morena, eres negra”».
59 Por supuesto, una cosa es el ideal de la familia y otra el funcionamiento real de las familias. De hecho, los dominicanos tienen estrechos vínculos con los padres, parientes y hermanos; envían grandes cantidades de dinero para ayudar a sus familiares e invierten tiempo en socializar con ellos. Al mismo tiempo, hablé con ancianos de primera generación que se quejaban de que la segunda generación está americanizada y no los cuida como lo hace la gente en la República Dominicana (o, al menos, como creen que lo hacen). Además, a pesar del énfasis en el respeto a los ancianos, los padres de primera generación a menudo cuentan lo difícil que es controlar a sus hijos en los Estados Unidos. Por otro lado, he escuchado a personas de segunda generación quejarse de que a sus familiares en la República Dominicana solo les interesan las remesas y no la familia per se
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Doris nació en Nueva York, pero cuando era una niña su madre se mudó a Providence en busca de un lugar más tranquilo. Explicó que su madre tenía miedo de lo que ella podría terminar haciendo si se quedaban en la ciudad de Nueva York, pero dijo que realmente extraña Nueva York y visita a sus parientes allí tanto como puede. Fue a la escuela en un pueblo cerca de Providence, donde formaba parte de un pequeño grupo de latinos. Los estudiantes latinos, dijo Doris, eran discriminados porque no se les permitía hablar en español. Durante sus últimos años de escuela secundaria, su familia se mudó a Central Falls y asistió allí a la escuela secundaria pública. Evocó recuerdos de esa escuela secundaria, que incluía estudiantes de toda América Latina, libres de expresar su identidad como latinos. Su familia tiene ingresos modestos y decidió que no quería asistir a una universidad, sino adquirir un título que le permitiera conseguir un trabajo y ganar dinero rápidamente. Por esa razón, optó por un título profesional asociado en el Community College of Rhode Island, donde es miembro de una organización de estudiantes latinos. En su relato, al igual que en el de Claudia, ser minoría y hablar español definía su identidad hispana, una etiqueta que separa a los dominicanos de los blancos y los afroamericanos.60
Una minoría rechaza esta interpretación de la etiqueta panétnica. Miguel, cuya historia también se cuenta en el capítulo 4, se identificaba fuertemente como dominicano, pero no se sentía cómodo con la etiqueta de latino. Afirmó: «En todo caso, diría, no sé; como afrolatino, aceptaría eso. Al igual que los afroamericanos, digo, sí; afrolatino, sí; me quedo con eso. Los dominicanos son mestizos. Bien. Pero decir simplemente latino, no puedo hacer eso». Miguel forma parte de un grupo de dominicanos que enfatizan las raíces africanas de la dominicanidad; raíces que son infravaloradas en el discurso oficial en la República Dominicana. Este grupo es pequeño, pero tiene una presencia importante en la producción cultural de los dominicanos en los Estados Unidos (Torres-Saillant y Hernández, 1998).
La autoidentificación de Miguel como afrolatino lo llevó a asistir durante un año a una histórica universidad afroamericana en el sur. Allí, sintió que había encontrado su lugar entre otros jóvenes negros que, como él, se esforzaban
60 Varios de mis encuestados insistieron en que debido a que los latinos son multirraciales, la etiqueta panétnica no es racial y no debe usarse de esa manera. Sin embargo, reconocieron el hecho de que la gente efectivamente la utiliza en un sentido racial.
por mejorar su posición en la sociedad. No pudo terminar sus estudios porque no tenía los medios económicos, pero conserva buenos recuerdos de la institución y de la experiencia. Aunque se identifica como afrolatino y busca la compañía de otros hombres afroamericanos, se identifica fuertemente como dominicano. Realiza investigaciones independientes y escribe sobre la inmigración dominicana, y ha comprado un terreno para construir una casa en el pueblo de su padre en la República Dominicana.
Vemos una forma diferente de identificación en la autoidentificación de Héctor. Tiene veinte años, nació en la República Dominicana y llegó a los Estados Unidos a la edad de ocho años. Elige identificarse como estadounidense: «Mis padres eran inmigrantes, y estoy orgulloso de eso, pero he adoptado la cultura estadounidense. Sé mucho de la cultura dominicana, pero me siento mejor aquí». Creció en un hogar de clase trabajadora, le fue bien en la escuela y ahora asiste a la Universidad de Rhode Island, donde está estudiando para obtener su licenciatura. Es un dominicano de piel clara que habla inglés sin acento. Está aculturado y se siente cómodo dentro de la cultura estadounidense. Sin embargo, la clave de su elección de identidad radica en su creencia de que los estadounidenses convencionales no lo categorizan como «otro» etnorracialmente. Refiriéndose a cómo lo perciben, dijo: «A veces hispano, pero la mayoría de la gente me ve como estadounidense. A veces se sorprenden de que hable español [...]. Tiene que ver con mi apariencia y con la forma en que hablo inglés».
La mayoría de las personas que entrevisté argumentaron que no pueden identificarse como estadounidenses porque creen que no son vistos como tales. Por ejemplo, María, la hermanastra de Claudia, dijo que aunque nació en Estados Unidos nunca se define como estadounidense: «Nunca digo que lo soy porque la gente no va a creer que eres estadounidense cuando tienes todo este aspecto español». Ante la pregunta de cómo son los estadounidenses, responde sin dudarlo: «Pelo rubio, ojos azules».
María y Claudia son hijas de la misma madre, pero de diferentes padres procedentes de países distintos de América Latina. El padre de María es trabajador de una fábrica y su madre también era empleada de fábricas y hacía todo tipo de labores ocasionales. María, a diferencia de Claudia, terminó el bachillerato y pasó a estudiar en uno de los colegios de la ciudad. Sueña con tener su propio negocio y ser una famosa diseñadora de moda. A la vez,
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trabaja como gerente en una tienda donde ha prestado servicios desde la escuela secundaria y es voluntaria en una agencia sin fines de lucro que ayuda a personas de bajos ingresos. Se define como latina porque valora tanto los orígenes de su madre como los de su padre. Sin embargo, está muy apegada a su herencia dominicana. Viaja a menudo a la República Dominicana, escucha música dominicana y espera algún día transmitir la herencia dominicana a sus hijos.
Doris tiene una comprensión similar de quien asume la identificación estadounidense. Mencionó que había estudiantes estadounidenses que eran miembros de la organización de estudiantes latinos en su universidad. Le pregunté a qué se refería con americano. Su respuesta fue: «Los blancos [...] ya sabes, los estadounidenses, los estadounidenses blancos [...]. No sé, personas que solo hablan inglés».
Para Doris, ser una estadounidense «sin guiones» está ligado a la blancura y a ser un hablante monolingüe de inglés. En el capítulo 5 argumenté acerca de la importancia simbólica del español en la definición de la identidad dominicana y latina. Más que un instrumento de comunicación, saber español se convierte en un elemento de autodefinición. María está de acuerdo. Afirma que no es tan fácil convertirse en una estadounidense «sin guiones». Para eso, una persona necesita olvidar de dónde vino, abandonar su comunidad, hablar inglés correcto sin acento y no español. Consideró que algunas personas pueden cumplir con estas condiciones, pero otras no o no están dispuestas a hacerlo.
Rubén Rumbaut planteó que la elección del origen nacional o de las identidades panétnicas indica una posición de no asimilación a la sociedad estadounidense (1997). No estoy de acuerdo. Al convertirse en parte de una sociedad que identifica a las personas de acuerdo con criterios etnorraciales, los dominicanos no pueden elegir ser simplemente estadounidenses. A sus ojos, esta etiqueta está fuertemente asociada con connotaciones raciales, específicamente con la condición de blanco. Como resultado, desarrollan una fuerte identificación étnica. Al mismo tiempo, se ven a sí mismos como parte de la sociedad estadounidense, se equiparan con sus valores y están orgullosos de ser parte de ella. María, por ejemplo, explicó que ser estadounidense equivale a un privilegio: «Tienes derechos, puedes votar, puedes hacer cosas que no harías en otros países, libertad de expresión. Es como si la ley realmente te
ayudara. Si tengo un sueño, puedo cumplirlo. ¿Sabes a lo que me refiero? Así que ser estadounidense es como poder hacer todo eso».
Carlos, cuya historia se cuenta en el capítulo 4, se identifica como dominicano a pesar de haber nacido en los Estados Unidos y servido en su ejército durante cuatro años. «En mi sangre soy dominicano. Sí, nací aquí. Si quieres escribirlo en un papel, soy estadounidense en lo que a eso respecta, pero lo dominicano corre en mi sangre».
Para Carlos, ser dominicano significa que está «orgulloso de ser latino». Al igual que Luis y Claudia, utiliza el origen nacional y la identidad panétnica de manera intercambiable. Sin embargo, también se ve a sí mismo como estadounidense. «Ser estadounidense es estar orgulloso de la libertad que tenemos. Esa es la parte principal. Saber que cuando quieres algo, puedes salir por la puerta y no es imposible conseguirlo. Simplemente ser capaz de hacer cosas que mucha gente no puede. Aquí todo el mundo se queja, pero lo tenemos muy fácil en comparación con otros países, así que me alegro de que sea así, y estoy orgulloso de eso».
Estos temas se repiten en las entrevistas. Ser estadounidense se asocia constantemente con los temas de derechos, libertad y oportunidades. Kasinitz y sus colegas también encontraron que los neoyorquinos de segunda generación usan el término estadounidense de dos maneras. Por un lado, describen que «hacen las cosas a la manera estadounidense en contraste con la forma en que sus padres hacen las cosas de manera más étnica y menos estadounidense» (2008:337). Por otro lado, «describen a las personas blancas de clase media que ven principalmente en la televisión, pero casi nunca en la vida real» (338). Hay dos diferencias y una similitud importante entre los hallazgos de Providence y Nueva York. La similitud es que en ambos lugares la segunda generación utiliza la palabra «estadounidense» para referirse a las personas blancas. La primera diferencia es que no aprecio esfuerzo alguno en la segunda generación por diferenciarse de sus padres a través de la autodescripción como estadounidenses. Descubrí, sin embargo, que la segunda generación aprecia mucho las oportunidades que encuentra en Estados Unidos y está orgullosa de ser parte de esa sociedad. La segunda diferencia es que, dada la diversidad demográfica de las dos ciudades, los dominicanos de segunda generación en Providence no ven a la clase media blanca principalmente en la televisión, sino en sus vidas cotidianas.
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En el capítulo 5, mostré cómo los dominicanos utilizan dos discursos diferentes y aparentemente contradictorios para explicar su posición en la sociedad estadounidense. Por un lado, abrazan el discurso de la minoría, que critica la racialización y enfatiza la discriminación. Por otro lado, se apropian de un discurso étnico, que compara la trayectoria de los dominicanos con la de inmigrantes anteriores, como los italianos y los irlandeses. En este capítulo, vemos de nuevo una combinación de dos discursos contradictorios. Para los dominicanos, los límites de la etiqueta estadounidense los excluye porque tiene un significado racializado y se refiere solo a los blancos y a los angloparlantes monolingües. Al mismo tiempo, adoptan la corriente principal, que ve a la sociedad estadounidense como la encarnación de la libertad y la oportunidad, y sienten un fuerte sentido de pertenencia y orgullo de ser estadounidenses.
Formas de ser y formas de pertenencia
Un último tema es la relación entre las formas de pertenencia y las formas de ser dominicanos. Es decir, entre los límites de la identidad y los límites de la vida social. Los dominicanos mantienen un fuerte apego simbólico a su identidad nacional-étnica, pero ¿las relaciones y redes que construyen en la vida cotidiana corresponden a los límites de la pertenencia grupal? La residencia, el trabajo, la amistad y la familia son indicadores de los contactos cotidianos. Las diferencias entre estos indicadores son importantes porque el lugar de residencia y el trabajo no siempre son una cuestión de elección, mientras que las amistades y la familia lo son mucho más. Sin embargo, estos cuatro indicadores nos dan una idea de las formas dominicanas de ser en Providence.
El capítulo 2 muestra que los dominicanos viven cerca de otros dominicanos, pero también comparten el espacio urbano con los latinos en general. Los mapas presentados en ese capítulo indican que en la parte sur de la ciudad, en el área alrededor de Broad Street, los dominicanos constituyen entre el 20 y el 30 % de la población. En las mismas áreas, la proporción de latinos en general, incluidos los dominicanos, es de poco más del 50 %. Es decir, los dominicanos comparten sus áreas residenciales con otros latinos y otros grupos —blancos, afroamericanos y asiático-americanos— que, juntos, comprenden la otra mitad del área. Los dominicanos son el grupo más grande en esa parte de la ciudad, pero de ninguna manera la mayoría.
En términos de trabajo, hay un número importante de negocios dominicanos en Providence, particularmente en los barrios del sur de la ciudad, pero en cuanto a generación de empleo no podemos hablar de un enclave étnico. Entre los encuestados, solo el 8.8 % reportó tener un supervisor dominicano y el 13.8 % planteó tener colaboradores mayoritariamente dominicanos. En ambos casos, la respuesta modelo fue «blanco». Los dominicanos trabajan principalmente en la economía convencional, junto con otros latinos, inmigrantes de otras partes del mundo (principalmente de África Occidental y Asia Oriental) y personas de etnia blanca (los portugueses se mencionan con mayor frecuencia en las descripciones de los lugares de trabajo).
Los dominicanos viven entre otros dominicanos, pero sus actividades cotidianas los llevan más allá de los límites de su comunidad y los pone en contacto con otros latinos, otras minorías y con estadounidenses blancos. Sus formas de ser trascienden sus modos de pertenencia. Esta es una situación favorable para la construcción de identidades étnicas emergentes, en este caso identidades panétnicas (Yancey, Ericksen y Juliani, 1976).61
La familia y las amistades son anclas importantes de la vida dominicana. Ellos invierten tiempo en socializar con sus familias extendidas como un elemento fundamental para su identidad y las prácticas culturales. Sin embargo, el mundo étnico no abarca todo el ámbito de las relaciones dominicanas. Entre los encuestados, el 37.2 % dijo que la mayoría de sus amigos eran dominicanos, pero el 44.2 % informó tener amigos de todos los grupos. En las entrevistas cualitativas, la mayoría también reportó tener amigos de todos los grupos etnorraciales. En el censo de 2000, la mitad de los dominicanos de segunda generación en Providence estaban casados o cohabitando con otros dominicanos. Esa proporción es alta, pero también significa que la otra mitad de la segunda generación se casa fuera del grupo, principalmente con otros latinos y afroamericanos.
Ninguna de las personas que estaban casadas con dominicanos dijo que había buscado un cónyuge de esa nacionalidad. Alberto, por ejemplo, está casado con otra dominicana de segunda generación. Admitió que facilita las cosas debido a los elementos culturales compartidos y porque es más fácil para
61 Vuelvo a este tema en el capítulo 7, donde muestro que los dominicanos se incorporan a la vida social y política de Providence a través de la formación de organizaciones panétnicas y el activismo panétnico.
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sus respectivas familias comunicarse, pero que su matrimonio fue una cuestión de suerte y no algo que había buscado o planeado.
La historia de Claudia enfatiza la falta de correspondencia entre las formas de ser y las de pertenecer. Su madre es dominicana y su padre es de otro país latinoamericano. Es la única latina en la oficina donde trabaja. La mayoría de sus amigos son puertorriqueños. Su exesposo y padre de dos de sus hijos era un estadounidense blanco. Solo el padre de su tercer hijo era dominicano y no viven juntos. Es voluntaria de una organización sin fines de lucro que aboga por las personas de bajos ingresos. Debido a su voluntariado, es reconocida en Providence y a menudo se acercan a ella en la calle para pedirle ayuda. Para evitarlo, se mudó a un pequeño pueblo donde la mayoría de la población es blanca. En resumen, sus interacciones cotidianas y sus redes sociales abarcan a la población general de Providence y Rhode Island. Sin embargo, se identifica fuertemente como dominicana y quiere transmitir esa identidad a sus hijos. La situación de Claudia ejemplifica un punto importante. La integración en las redes más amplias de la vida urbana no conduce a la eliminación de la identidad étnica. Los teóricos de la asimilación consideran que las tendencias en los matrimonios mixtos y la reducción de la segregación residencial manifiestan una difuminación de los límites grupales. Este capítulo explica que los límites de un grupo pueden volverse borrosos, en términos de las formas de ser del grupo, sin suprimir los límites de la pertenencia. Las dinámicas de clasificación cultural e identificación simbólica tienen un grado de autonomía con respecto a otras prácticas de la vida cotidiana.
Incorporación e identidad
Las opciones de identidad dominicana desafían la definición de lo que significa ser estadounidense y amplían el debate social sobre los límites y las condiciones de pertenencia al grupo. Los dominicanos se ven a sí mismos como parte de la sociedad estadounidense, pero no pueden reclamar la etiqueta estadounidense porque perciben que se refiere solo a los blancos. Las identidades dominicana y panétnica emergen como las alternativas en el encuentro con la racialización estadounidense. Ambas están imbuidas de connotaciones étnicas y raciales porque son formas de reclamar un lugar en una sociedad multiétnica, multirracial, multicultural y racialmente estratificada.
La elección de los dominicanos, y otros grupos de inmigrantes, para mantener su diferenciación ha generado una reacción nacionalista, tal vez mejor articulada en el libro de Samuel Huntington sobre la identidad estadounidense, que renueva el llamado a la conformidad anglosajona como objetivo de la asimilación (2004). La obra refleja la ansiedad de una sociedad que está viendo su propia autodefinición en proceso de cambio. El enfoque de incorporación etnorracial estratificada sostiene, sin embargo, que las identidades dominicana y panétnica de los dominicanos de primera y segunda generación no son anti o no asimilacionistas. Son el resultado del proceso de convertirse en estadounidenses.62 Al igual que los inmigrantes antillanos que Mary Waters (1999) y Milton Vickerman (1999) describen, los dominicanos tienen que crear sus identidades dentro de un sistema racializado de clasificación étnica. Tienen opciones de identidad, pero esas opciones están limitadas por las categorías etnorraciales que impone la corriente principal.
62 La socióloga Tanya Golash-Boza llamó a este proceso asimilación racializada (2006).
CAPÍTULO 7
IDENTIDADES TRANSNACIONALES
La autoidentificación como dominicano es una de las principales opciones de identidad de los de primera y segunda generación en Providence. Abrazar una fuerte identidad étnica es uno de los elementos en el proceso de incorporación a la sociedad racializada estadounidense; un proceso que llamo incorporación etnorracial estratificada. El hecho de que elijan una identidad étnica dominicana puede parecer bastante obvio, pero en sí mismo no nos dice mucho sobre la formación de grupos. La construcción de la etnicidad en el contexto de la inmigración siempre hace referencia a un lugar de origen, pero, como mostró Vivian Louie en su comparación de los dominicanos chinos de segunda generación, el marco de referencia simbólico de la identidad del grupo puede centrarse mayoritariamente en la comunidad étnica local, o también orientarse hacia el país de origen (2006).
En este capítulo, exploro los límites simbólicos de la identidad dominicana, las prácticas vinculadas a esta identidad y las organizaciones que dan vida a esa comunidad en Providence. El análisis se centra en los componentes locales y transnacionales de la identidad simbólica dominicana y las prácticas que inspira. La perspectiva transnacional ha demostrado que la migración no implica la ruptura de lazos con el país de origen. Los inmigrantes mantienen vínculos afectivos con el lugar de procedencia y establecen una densa red que vincula los lugares de origen y de acogida (Basch, Glick-Schiller y Szanton Blanc, 1994;
Glick-Schiller; Levitt y Glick-Schiller, 2004). Además, el transnacionalismo no es un fenómeno nuevo. Las prácticas y redes transnacionales estuvieron presentes en las olas migratorias anteriores (Foner, 2005).
Para los inmigrantes dominicanos, así como para otras minorías inmigrantes, los vínculos transnacionales se ven reforzados por el encuentro con la racialización (Glick-Schiller, 2004; Itzigsohn y Giorguli-Saucedo, 2002; Portes, Haller y Guarnizo, 2002). Sin embargo, no es suficiente afirmar que los dominicanos de primera y segunda generación mantienen las formas de identidad transnacional y que el compromiso transnacional puede ser amplio. Es en las formas que adoptan las identidades y las prácticas de grupo lo que permite a los inmigrantes y a sus hijos forjarse un lugar en la sociedad estadounidense. La presencia de vínculos transnacionales plantea a las personas interesadas en estudiar la migración tres preguntas importantes: ¿Cuál es el alcance y la intensidad de las identidades y prácticas transnacionales entre la primera y la segunda generación? ¿Qué tipo de comunidad surge de los vínculos transnacionales? ¿Cuál es la relación entre el transnacionalismo y la incorporación? En este capítulo se abordan estas cuestiones.
Comunidades transnacionales e incorporación
Las primeras investigaciones sobre la migración dominicana ya señalaban la presencia e importancia de los lazos de los inmigrantes en la ciudad de Nueva York con la República Dominicana (Georges, 1990; Grasmuck y Pessar, 1991; Guarnizo, 1994). Es el libro de Peggy Levitt, Transnational Villagers (Aldeanos transnacionales) el que mejor describe y analiza la forma y las características de la comunidad transnacional dominicana (2001). Levitt estudia la vida en Miraflores, un pequeño pueblo cerca de la ciudad de Baní. Los mirafloreños se reparten entre la República Dominicana y Jamaica Plains. La comunidad transnacional descrita por Levitt se encuentra atravesada por una densidad de tensiones. Levitt pintó una imagen matizada de los cambios en las orientaciones culturales y las relaciones sociales, en la que las jerarquías locales y las estructuras de autoridad son reemplazadas por otras nuevas que han surgido del proceso migratorio (2001). Demostró, por ejemplo, que el flujo de recursos desde Boston aumentó el capital disponible para invertir en el sistema educativo de Miraflores, pero al mismo tiempo creó incentivos perversos para que
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los jóvenes abandonaran las escuelas. La movilidad social ya no está ligada a la educación, sino a la emigración. Además, los recursos enviados por los inmigrantes y las habilidades que aprenden en el extranjero aumentan su capacidad para negociar con el Estado. Pero esto no ha conducido a una relación más transparente entre los ciudadanos y las autoridades estatales. En cambio, el Estado, al darse cuenta de que los mirafloreños no responden fuertemente a los vínculos clientelares, los abandona a su suerte. Transnational Villagers describe la construcción de una relación de dependencia entre los inmigrantes y sus parientes. Existe una nueva jerarquía de poder económico y estatus en la aldea transnacional, y los inmigrantes están en la cima. Estos cambios a veces pueden empoderar a las personas, pero también pueden desempoderarlas. Además, la clase también importa dentro de la comunidad transnacional. El diferente acceso a los beneficios de la migración transnacional está determinado en parte por las posiciones de clase previas a la emigración. El trabajo de Levitt también aborda la relación entre el transnacionalismo y la incorporación. Los inmigrantes invierten en vínculos transnacionales por su apego al país de origen, pero también como reacción a las barreras que encontraron en el proceso de incorporación. Levitt describió cómo las personas de Miraflores se consideran blancas dentro de la jerarquía racial de la República Dominicana, pero cuando llegan a los Estados Unidos enfrentan la discriminación, y se dan cuenta de que, debido a que la sociedad estadounidense es racializada, no pueden convertirse completamente en estadounidenses. Su respuesta es un apego más profundo a Miraflores y a la posibilidad que ofrece de reclamar la blancura. Sin embargo, el esfuerzo transnacional afecta la capacidad de los inmigrantes para estabilizar su posición económica y social en el país de acogida, lo cual crea tensiones dentro de la comunidad transnacional y a la vez incentivos para que concentren sus esfuerzos en el nuevo país. Levitt demostró que al mismo tiempo que los inmigrantes generan vínculos simbólicos y prácticos con su país de origen, también entran en las instituciones y adoptan las visiones del mundo de la sociedad receptora. En las formulaciones de Nina Glick-Schiller, la incorporación y el transnacionalismo son procesos simultáneos (2004; Levitt y Glick-Schiller, 2004).
Las tensiones y las nuevas jerarquías que describe Levitt también están presentes en otras comunidades transnacionales. Un trabajo reciente sobre el efecto democratizador y desarrollista de las asociaciones salvadoreñas muestra
que la intervención política de los inmigrantes en sus ciudades de origen ayuda a derribar el poder de las viejas élites y resulta en beneficios sociales y económicos para aquellos que permanecen en El Salvador. Al mismo tiempo, los inmigrantes y los no inmigrantes no siempre están de acuerdo. Cuando entre ellos hay diferencias de visión, son las ideas de los inmigrantes las que tienen la sartén por el mango porque controlan el flujo de recursos. Además, los beneficios socioeconómicos que aportan se distribuyen de manera desigual, de acuerdo con las preferencias y los vínculos sociales (Itzigsohn y Villacrés, 2008; Waldinger, Popkin y Magana, 2008).
Estos trabajos se centran principalmente en la participación transnacional de la primera generación. La reciente etnografía de Robert Smith, Mexican New York, aborda el alcance y los efectos de las prácticas transnacionales en la segunda generación (2006). Smith examinó la vida transnacional de la gente de Ticuani, un pequeño municipio en la región Mixteca, en el sur de Puebla. Al igual que los mirafloreños que Levitt describió (2001), la gente de Ticuani está dispersa entre Puebla y la ciudad de Nueva York. Smith consideró que hay una fuerte participación de la segunda generación en la vida transnacional, aunque esta afirmación se basa en estimaciones y no en números concretos.63 Sin embargo, para él, las conexiones y actividades transnacionales tocan las vidas de las personas de primera y segunda generación de Ticuani.
Smith enfatizó la importancia del ciclo de vida en la participación transnacional. Aseveró que a los niños no les gusta mucho viajar a Ticuani, pero a medida que crecen y llegan a la adolescencia Ticuani cobra sentido para ellos. Es un lugar para negociar sus identidades étnicas y de género. A medida que adquieren las obligaciones de los adultos, tienen menos tiempo para participar en la vida transnacional, pero aún así viajan a Ticuani para eventos importantes, como bautizar a sus hijos, construir casas o simplemente tomar vacaciones
63 Smith describió por primera vez a Ticuani como un país pequeño con una población de menos de dos mil personas. En la página 8, aseveró que, según sus estimaciones, entre 100 y 150 jóvenes y entre 300 y 400 adultos viajan a Ticuani cada año. Estos números, escribió, constituían al menos el 10 % de todos los inmigrantes ticuani en los Estados Unidos. Por lo tanto, el mínimo de visitantes según estas estimaciones es de 400, lo que representa al menos el 20 % del tamaño del municipio mencionado anteriormente. De hecho, Smith nunca aclara este estimado del tamaño de la población de la comunidad transnacional ticuanesa. Además, basándose en que el 10 % aproximadamente de la población regresa cada año, dedujo que entre el 30 y el 40 % regresa en un período de tres años. Esto pudiera ser así, pero solo si nadie regresara año tras año.
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familiares. Al igual que Levitt y Glick-Schiller antes que él, Smith concluyó que el transnacionalismo y la incorporación son procesos simultáneos. Añadió, sin embargo, que la vida transnacional no es solo una consecuencia de la asimilación, sino también un contexto de asimilación. La oportunidad de afirmarse de manera positiva en Ticuani puede ayudar a los jóvenes a soportar las presiones negativas de la asimilación (Smith, 2006).
El trabajo de Smith también intenta conceptualizar la multiplicidad de formas de compromiso transnacional, en las que algunas personas invierten tiempo y energía, y otras solo participan de manera casual. Las primeras investigaciones adoptaron un marco amplio para el estudio del transnacionalismo, que abarca referencias simbólicas y todas las actividades que vinculan a los inmigrantes con el país de origen (Basch, Glick-Schiller y Szanton Blanc, 1994). Este marco resultó demasiado laxo para comprender la estructura de las prácticas transnacionales. En respuesta, otros especialistas han propuesto centrarse en prácticas transnacionales específicas, en particular empresariales o políticas, que exigen una participación intensa y constante de los inmigrantes en sus países de origen (Portes, Haller y Guarnizo, 2002). Sin embargo, este marco deja de lado aspectos importantes.
Para Smith, la vida transnacional incluye aquellas prácticas que vinculan a los inmigrantes y sus hijos con el país de origen, pero también las estructuras sociales y las identidades en las que están incrustadas sus vidas; en el caso de la formulación de Smith, las identidades en las que se insertan las vidas de los inmigrantes y sus hijos. La intensidad de la participación en la vida transnacional, según este autor, es más fuerte que la intervención en asociaciones voluntarias y menos fuerte que cuando se trata de la membresía en comunidades naturales.
Las actividades transnacionales amplias implican «movimientos físicos esporádicos entre los dos países, un bajo nivel de institucionalización o simplemente una participación personal ocasional», mientras que las prácticas estrechas «implican un movimiento regular dentro del campo geográfico transnacional, un alto nivel de institucionalización o una participación personal constante» (Itzigsohn et al., 1999, 323). Ejemplos de actividades generales son el envío de remesas o la presencia esporádica en la vida de la ciudad o pueblo de origen. Ejemplos de transnacionalismo estrecho son la pertenencia a organizaciones que centran sus actividades en el país de origen o la implicación regular
en los negocios o en la política del lugar. La distinción entre el transnacionalismo amplio y el transnacionalismo estrecho representa un continuo de prácticas más que una dicotomía, y es una herramienta analítica útil para diferenciar entre los inmigrantes que participan solo en las de carácter ocasional y los que están más involucrados en redes transnacionales y, por lo tanto, constituyen la columna vertebral del campo social transnacional. En consecuencia, la distinción va más allá de la vaguedad que identifiqué en la formulación de Smith.
El análisis de este capítulo difiere del trabajo de Levitt y Smith en que me ocupo únicamente de las identidades y prácticas transnacionales tal como tienen lugar en los Estados Unidos. De hecho, mi análisis es desde la perspectiva de la relación del transnacionalismo con la incorporación y se divide en cuatro secciones: el contexto político contemporáneo, los límites de la identidad, las prácticas transnacionales en las que participan los inmigrantes dominicanos y la constitución de una comunidad étnica.
Políticas estatales transnacionales
Las identidades y prácticas transnacionales son el resultado del deseo de los inmigrantes de mantener vínculos con su país de origen y las obligaciones que sienten hacia sus familias. En los últimos tiempos, la promoción de los vínculos transnacionales también se ha convertido en una política de Estado. Por lo tanto, el análisis debe tener en cuenta las acciones del Estado remitente. Smith, por ejemplo, mostró que el gobernador del estado de Puebla ha abierto una oficina en Nueva York para mantener vínculos con los migrantes poblanos y ha formado una unidad especial de la Policía Judicial del Estado para tratar asuntos de seguridad pública. Estos últimos incluyen el viaje de los pandilleros de Nueva York a Ticuani (Smith, 2006).
El Estado dominicano también ha adoptado una política proactiva de acercamiento a la comunidad inmigrante. Hasta principios de la década de 1990, el Gobierno los ignoró, al igual que a sus comunidades. Durante la segunda mitad de esa década, reconoció su derecho a tener doble nacionalidad y a votar en el extranjero. En 2004, los inmigrantes dominicanos en todo el mundo pudieron por primera vez ejercer su derecho al voto. Estos cambios fueron en parte una respuesta a la movilización de organizaciones de inmigrantes que exigían reconocimiento e inclusión dentro de la comunidad política dominicana. También
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fueron una respuesta a los acontecimientos políticos y económicos que tuvieron lugar dentro del propio país (Itzigsohn, 2000; Sagas y Molina, 2004).
Durante la década de 1990, los políticos se dieron cuenta de la importancia que tenía para la economía nacional asegurar el flujo continuo de remesas. Estas son una de las principales fuentes de divisas y un importante mecanismo de subsistencia para un gran número de personas. La doble nacionalidad permite a los inmigrantes mantener el apego a su lugar de nacimiento y, al mismo tiempo, lograr una posición más estable en el país de acogida para seguir enviando dinero a su país de origen.64 Al mismo tiempo, esa década fue un período de democratización y consolidación de las elecciones en la República Dominicana. En estas condiciones, las comunidades inmigrantes aprovecharían su poder económico para obtener los derechos a los que han aspirado durante mucho tiempo. La dependencia económica del dinero que los inmigrantes envían a sus países de origen y el surgimiento de la competencia política explican el cambio en la actitud del Estado dominicano hacia la comunidad de inmigrantes.
En los últimos años, el Estado ha tomado la iniciativa de construir lazos transnacionales con las comunidades dominicanas en el exterior. Ha promovido un nuevo tipo de organización, los Consejos Consultivos de la Presidencia para los Dominicanos en el Exterior (CCPDE). El objetivo de los CCPDE es buscar formas de integrar a los inmigrantes en una política nacional de desarrollo. Sus miembros son líderes y representantes voluntarios de la comunidad. Se han establecido estos consejos en varios lugares de los Estados Unidos y otros países donde hay presencia dominicana.65 El coordinador es un miembro del Gobierno con rango de secretario de Estado.
El Gobierno, a través de los CCPDE, ha involucrado a organizaciones dominicanas en el exterior en un proceso de consulta popular para reformar la Constitución. En septiembre de 2006, Leonel Fernández, presidente de la República, se reunió con representantes de organizaciones de inmigrantes en el City College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York y les pidió su opinión sobre dos cuestiones constitucionales que afectan la relación entre los
64 Hasta la aprobación de la doble ciudadanía, muchos inmigrantes se mostraban reacios a naturalizarse porque no querían perder su ciudadanía dominicana.
65 En los Estados Unidos, se han establecido consejos consultivos en Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts y Puerto Rico, pero no en Rhode Island al momento de escribir este artículo.
inmigrantes y el Estado dominicano.66 El primer tema es la extensión automática de la ciudadanía dominicana a los hijos de inmigrantes. Hoy en día, estos pueden reclamar la ciudadanía, pero deben hacerlo cuando cumplan dieciocho años de edad. El segundo tema es la representación parlamentaria de los dominicanos en el exterior.67 El gobierno de Fernández apoya ambas ideas, y lo más probable es que se conviertan en parte de la nueva Constitución.
Otro grupo transnacional, la Fundación Global Democracia y Desarrollo (FUNGLODE), también participó en la organización de la consulta con las organizaciones de inmigrantes. FUNGLODE es un think tank sin fines de lucro, creado por el presidente Fernández tras el final de su primer mandato (1996-2000). Existe una organización hermana en los Estados Unidos, la Fundación Global para la Democracia y el Desarrollo, con oficinas en Washington y Nueva York. Ambas son sin fines de lucro, independientes del gobierno, pero Fernández es el presidente honorario de ambas y la persona que concibe sus actividades. Esta política activa de acercamiento a la comunidad inmigrante va acompañada de un discurso, promovido por Fernández, sobre la necesidad de construir una nueva comprensión de la nación, adecuada a las circunstancias del siglo XXI. Este nuevo imaginario nacional abraza a las comunidades inmigrantes como parte de la nación transnacional dominicana.68 Sin embargo, como lo indica el siguiente análisis, la nación transnacional imaginada es un proyecto que no es probable que se convierta en hegemónico. A pesar de todos sus vínculos transnacionales, los inmigrantes dominicanos se están convirtiendo en parte de la sociedad estadounidense.
Los límites de la identidad dominicana
La investigación empírica indica que los dominicanos de primera y segunda generación construyen su identidad étnica mediante el uso de un marco
66 El Gobierno dominicano llevó a cabo consultas con diferentes sectores de la sociedad, solicitando retroalimentación sobre los temas de reforma constitucional que les afectaban directamente.
67 Varios países con grandes poblaciones inmigrantes, entre ellos Italia, Colombia y Cabo Verde, ya han creado mecanismos para la representación parlamentaria de esas comunidades.
68 Esta comprensión de la nación del siglo XXI parece bastante cercana a las nociones románticas de la nación, propias del siglo XIX, y muy arraigadas en la sangre.
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de referencia transnacional (Kasinitz et al., 2008; Sagas y Molina, 2004; Torres-Saillant y Hernández, 1998). La cuestión sigue siendo, sin embargo, cómo difieren las diferentes generaciones y clases en su comprensión de las fronteras transnacionales.
La tabla 7.1 ilustra la construcción de fronteras transnacionales simbólicas. La primera y segunda filas muestran que una gran mayoría de la primera y segunda generación están de acuerdo en que los inmigrantes son parte de la nación dominicana y que deben ayudar a su país. No es sorprendente que la proporción sea mayor entre la primera generación, pero estos puntos de vista también son aceptados por casi el 80 % de la segunda. Las filas inferiores de la tabla reflejan el acuerdo con las opiniones de que los inmigrantes en los Estados Unidos deben participar en la política dominicana y que son tan dominicanos como los que viven dentro de su país de origen. Sin embargo, el nivel de acuerdo con las dos segundas afirmaciones es inferior al correspondiente a la primera y la segunda. Ambas generaciones muestran un fuerte sentido de apego y obligación hacia el país de origen. Al mismo tiempo, menos encuestados están de acuerdo con lo relacionado a la participación en la política, y la similitud entre los dominicanos en los Estados Unidos y en la República Dominicana sugiere un sentido de diferenciación dentro de la comunidad transnacional. También señala, como sugirió Levitt (2001), los límites del compromiso transnacional tanto de la primera como de la segunda generación.
dominico-americanos forman parte de la nación dominicana
Los dominico-americanos deben ayudar a la República Dominicana
Los dominico-americanos deben participar en la política dominicana
Los dominico-americanos son tan dominicanos como los que viven en la República Dominicana
Nota: Las cifras representan la concordancia con la declaración. Porcentajes entre paréntesis. Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
TABLA 7.1. Actitudes transnacionales en Providence.
Los capítulos anteriores de este libro describen la estratificación interna de clases tanto en la primera como en la segunda generación. La principal forma de estratificación es entre los que desempeñan las ocupaciones de la clase media, los que tienen un salario más bajo y la pequeña burguesía, y los que pasan a formar parte de las clases trabajadoras de servicios y de la manufactura. Ambos grupos están incorporados a la sociedad estadounidense, pero aquellos que ingresan a ocupaciones de clase media representan la norma (sostenida por la sociedad estadounidense, por los especialistas que enfatizan la asimilación y por los propios inmigrantes) con respecto a la trayectoria de incorporación de los inmigrantes. Este grupo está más cerca de la corriente principal estadounidense, tanto en términos de su posición estructural como de las expectativas sociales. Por lo tanto, podemos esperar que las identidades de los dominicanos de clase media estén más fuertemente orientadas hacia los Estados Unidos.
La tabla 7.2 presenta esta expectativa. Muestra que, para la primera generación, las orientaciones transnacionales están ligeramente más extendidas entre la clase obrera.69 Esto sugiere que el acceso a la corriente principal estadounidense conduce a un pequeño declive en la construcción transnacional de la identidad. Estos hallazgos proporcionan cierto apoyo para el enfoque de asimilación: cuanto más éxito tiene una persona en el país de acogida, menos abraza una identidad transnacional. Sin embargo, las orientaciones transnacionales están bastante extendidas dentro de la clase media: más de dos tercios de la primera generación de encuestados adoptan este marco. Hay una excepción al patrón de una orientación transnacional más fuerte en la clase trabajadora. La clase media es más propensa a estar de acuerdo en que los dominicanos deben ayudar a la República Dominicana. Este criterio puede estar relacionado con un mayor acceso a recursos para ayudar. La incorporación a la clase media no parece disminuir la orientación transnacional de los dominicanos de primera generación; esto es solo una cuestión de grado no una ruptura con el marco identitario transnacional.
69 En la tabla se utilizan las categorías de clases delineadas en el capítulo 4. Debido al pequeño número de casos, la categoría de «clase trabajadora» incluye tanto los servicios como la manufactura. También la categoría «no trabaja» incluye a los desempleados, los que no están en el mercado laboral, los que reciben asistencia social y los que se han jubilado, lo que hace que los resultados para este grupo sean en el mejor de los casos difíciles de interpretar.
TABLA 7.2. Actitudes transnacionales por clase y generación.
Los dominicos-americanos son tan dominicanos como los que viven en la República Dominicana
Los dominico-americanos forman parte de la nación dominicana Los dominico-americanos deben ayudar a la República Dominicana Los dominico-americanos deben participar en la política dominicana
Segunda generación Asalariados de bajo rango, Pequeña burguesía
Primera Generación Asalariados de bajo rango, Pequeña burguesía
Nota: Las cifras representan la concordancia con la declaración. Porcentajes entre paréntesis
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
En la muestra de la segunda generación nos encontramos con un patrón diferente. Las orientaciones transnacionales tendentes a ayudar a la República Dominicana o participar en la política del país prevalecen entre los encuestados de clase trabajadora. Los de clase media son más propensos a estar de acuerdo con las afirmaciones que enfatizan la pertenencia a la nación dominicana. Es decir, aquellos que están más integrados en la corriente principal estadounidense tienen un apego más fuerte a los elementos simbólicos transnacionales de su identidad dominicana. Los relatos de los estudiantes refuerzan esta conclusión. Los estudiantes se están abriendo camino en la corriente principal de la sociedad estadounidense, y su patrón, de acuerdo con sus testimonios, se asemeja al de los dominicanos de clase media. Estos resultados encajan muy bien con los presentados en el capítulo 5, dado que indican que la segunda generación de clase media reportó más incidentes de discriminación y es más crítica con la sociedad estadounidense que la clase trabajadora. Como se explica en ese capítulo, aquellos que están más integrados en la corriente principal han padecido más experiencias diarias de discriminación. Estas experiencias y la racialización llevan a los dominicanos de primera y segunda generación a recurrir a su país de origen como base para una comprensión positiva de sí mismos. El resultado es el desarrollo de una orientación transnacional en la construcción de la identidad. Esta orientación transnacional no es inasimiladora, sino más bien una respuesta a la vida cotidiana en Estados Unidos.
La práctica del transnacionalismo
He tratado de demostrar que los inmigrantes de primera y segunda generación adoptan un marco de referencia transnacional en su comprensión de la identidad dominicana. El enfoque seguido en este libro, sin embargo, amplía el análisis para incluir las prácticas construidas sobre etiquetas de identidad. Por lo tanto, es necesario explorar si la adopción de marcos de identidad transnacionales también implica la participación en prácticas transnacionales. Investigaciones previas con inmigrantes de primera generación sugieren que el compromiso transnacional estrecho se limita a un grupo central, pero que la mayoría de los inmigrantes participan en actividades transnacionales amplias (Itzigsohn et al., 1999; Itzigsohn y Giorguli-Saucedo, 2002). El estudio de
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las segundas generaciones de la ciudad de Nueva York publicado en Inheriting the City encontró que los dominicanos tenían las tasas más altas de participación transnacional, que habían vivido seis meses o más en el país de origen, que alguna vez enviaron remesas y que visitaron el país de origen cuatro veces o más (Kasinitz et.al, 2008).
En la tabla 7.3 se presentan los datos de las encuestas sobre la participación en actividades transnacionales de los dominicanos de primera y segunda generación en Providence. Las dos primeras filas plasman la proporción de encuestados que envían remesas o viajan a la República Dominicana. Ambas formas reflejan una amplia participación transnacional. Como era de esperar, la primera generación está mucho más involucrada en estas prácticas que la segunda. Un poco más de la mitad de la muestra de la primera generación envía remesas, frente a poco menos de una cuarta parte de la segunda generación. Esto, sin embargo, es bastante alto para las personas nacidas y criadas en los Estados Unidos. Las visitas a la República Dominicana están muy extendidas entre ambas generaciones, aunque no es sorprendente que más en la primera generación (90 %) que en la segunda (70 %).
TABLA 7.3. Prácticas transnacionales entre dominicanos en Providence.
Nota: Las cifras reflejan la respuesta en las prácticas. Porcentajes entre paréntesis. Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
Viajar a la República Dominicana, al igual que a Ticuani en el relato de Smith (2006), es un elemento importante en la fundación de la identidad transnacional entre la segunda generación, pero también puede mostrar los límites de la pertenencia transnacional. La historia de Doris ilustra este punto. Conocimos a Doris en el capítulo 6. Tiene diecinueve años, nació en la ciudad de Nueva York y está estudiando para obtener un título profesional en el colegio comunitario de Rhode Island. Viajó a la República Dominicana por primera vez un año antes de que yo la entrevistara. Su percepción de la vida allí es reveladora: «Ok, yo pensaba, tú sabes, sabía que los dominicanos estaban un poco locos, pero están muy locos allá. Tenían límites de velocidad, tenían nombres [pero] no se llamaban así. Tienen sus propias reglas, hacen lo que quieren y, ¡ahhh!, es simplemente [...]. No sé. Era una locura».
Dice que le gustó mucho República Dominicana, y que después de tres semanas allí no quería volver a casa. Desea regresar, pero solo de vacaciones. No se ve viviendo ahí. Su explicación evidencia la importancia y los límites de la pertenencia transnacional: «No sé, cuando iba allí decía “no me veo viviendo aquí” porque hablo más inglés que español. Y luego todos mis primos y parientes hablan inglés, pero los que nos acompañaron desde aquí, Nueva York, sabían inglés, así que hablábamos inglés, pero luego me sentía mal porque mis otros primos no podían hablarlo. Ya sabes, se burlaban de nosotros y decían: “Oh, ustedes, ustedes los estadounidenses”».
Sus familiares la llamaban gringa, un término que a ella no le gustaba: «Yo decía: “No soy una gringa, solo hablo inglés, así que tengo que hablar en inglés”. Y me dijeron: “Sí, pero eres dominicana, se supone que debes saber hablar más español que inglés”. Pero allá hablamos más inglés porque siempre estamos en la escuela, siempre hablamos inglés, y cuando llegamos a casa nuestros padres hablan ambos idiomas, así que hablo inglés y español».
Conocer la República Dominicana fue una experiencia importante en la vida de Doris. Antes no podía viajar porque la situación económica de su madre no era buena, pero también porque no estaba particularmente interesada. Pero su familia en la República insistió en que la visitara y pagó su boleto. Así que ella, su madre y sus parientes de Nueva York viajaron allí durante tres semanas. Su primera vez la introdujo en un mundo con el que ahora se siente fuertemente conectada. Pasó un buen rato con sus primos y disfrutó mucho de su estancia. Al mismo tiempo, el viaje dejó dolorosamente claro su sentido de pertenencia
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estadounidense. Experimentó los límites de la pertenencia en las bromas sobre el uso del lenguaje. Eran divertidos, pero también levantaron una barrera. En la tabla 7.3 se aprecian los indicadores de prácticas económicas, sociales y políticas transnacionales. Las económicas incluyen llevar mercancías a la República Dominicana, invertir en un negocio o comprar una casa, un terreno u otra propiedad. El transnacionalismo social supone ser miembro de una organización que envía apoyo monetario,70 viajar a la ciudad de origen para participar en celebraciones locales y ser miembro de un club social o deportivo que mantiene vínculos regulares con el país. El político prevé contribuir con dinero a las campañas políticas en la República Dominicana y ser miembro de un partido político. Estas prácticas son formas más limitadas que el envío de remesas o los viajes. Se preguntó a los encuestados si habían tomado parte de alguna de estas actividades en los últimos cinco años. Las respuestas positivas a cada uno de estos ítems se resumen en medidas de transnacionalismo económico, social y político. El rango del transnacionalismo general es la suma de las respuestas positivas a todas las formas de participación en este tipo de prácticas.
La forma más común es el transnacionalismo social. Se trata de actividades que vinculan a las personas del país de acogida con las del país de origen a través de la ayuda mutua o la asistencia a festividades locales. Su base es el sentido de solidaridad y de pertenencia común entre personas nacidas en el mismo lugar con igual herencia cultural. Casi la mitad de los encuestados de la primera generación participaron en este modo de transnacionalismo, y cerca de una cuarta parte de la segunda generación lo hizo también. La tabla muestra que el transnacionalismo económico, es decir, las actividades empresariales llevadas a cabo por los inmigrantes en el país de origen, corresponde a un pequeño grupo (Portes, Haller, Guarnizo, 2002). Solo una quinta parte de la muestra de la primera generación invirtió en negocios o propiedades en la República Dominicana, al igual que menos de una décima parte de la segunda generación.71 Como afirman Portes y sus colaboradores, convertirse en empresario transnacional es una estrategia económica específica de incorporación,
70 Incluí este ítem en el transnacionalismo social más que en el económico porque este último se refiere a actividades empresariales, y las organizaciones que envían dinero a la ciudad de origen suelen hacerlo para desarrollar proyectos sociales o comunitarios.
71 Entre la primera generación que respondió a la Encuesta Nacional Latina, el 17.8 % posee una casa en la República Dominicana y el 4.4 % un terreno.
seguida por un grupo limitado de inmigrantes de primera generación (Portes, Haller, Guarnizo, 2002). El transnacionalismo político es una actividad aún más limitada entre ambas generaciones. Dada la actual estrategia de inclusión de la diáspora en la esfera política, es interesante que solo el 16 % de la primera generación esté realmente involucrada en ella. Este bajo nivel de compromiso contrasta con la proporción relativamente alta de encuestados que están de acuerdo en que los inmigrantes dominicanos participen en la política de su país de origen.72
La importancia de la participación política de los inmigrantes en el país de origen es resaltada por Smith, que mostró que esta fue importante para abrir el juego político en Ticuani (2008). Como mencionamos anteriormente, los estudios al respecto pueden poner en evidencia una serie de tensiones entre los inmigrantes y los que permanecen (Itzigsohn y Villacrés, 2008; Waldinger, Popkin y Magana, 2008). La participación de los inmigrantes en la política del país de origen es el campo exclusivo de unos pocos jugadores comprometidos.
En su análisis de la política latina en la ciudad de Nueva York, Michael Jones-Correa argumentó que el apego de los inmigrantes latinos de primera generación a la doble ciudadanía es el resultado de las barreras que obstaculizan la incorporación política en los Estados Unidos (1998). Este fue el caso de aquellos que a lo largo de los años se movilizaron para obtener la doble nacionalidad y el derecho a votar en el extranjero. Lograron ambos objetivos a mediados de la década de 1990. En 2004 había 42,527 dominicanos registrados en los Estados Unidos, de los cuales votaron 30,118 (70 %). En 2008, el número de votantes dominicanos registrados se duplicó con creces, a 96,779, y el número de votantes aumentó en dos tercios a 52,522 (54 %).73
72 Entre la primera generación que respondió a la Encuesta Nacional Latina, solo el 4.4 % ha contribuido con dinero a los candidatos en la República Dominicana desde que llegó a los Estados Unidos. Y el 61.6 % cree que es apropiado que los dominicanos que viven en los Estados Unidos voten en las elecciones dominicanas.
73 En todo el mundo, el número de dominicanos registradas en 2004 fue de 52,440, de las cuales 35,042 votaron. En 2008, el número de registrados se triplicó y alcanzó los 154.789, y el de votantes fue ligeramente más del doble de los que votaron en 2004, con 76.713 inmigrantes dominicanos emitiendo su voto en el extranjero. El número de votantes registrados y reales se puede encontrar en el sitio web de la Junta Central Electoral, la agencia estatal que organiza y supervisa las elecciones en la República Dominicana.
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El número de inmigrantes que participan en las elecciones dominicanas ha crecido de manera impresionante entre los dos ciclos electorales. Sin embargo, es pequeño dada la población dominicana en los Estados Unidos. La Encuesta de Comunidades Americanas de 2006 estima que la población es de 1,217,160 personas, de las cuales 731,806 son nacidas en el extranjero. Por lo tanto, el número de votantes registrados y reales es bastante pequeño.74 Existe una aparente contradicción en el hecho de que, a pesar del derecho a votar en el extranjero, ganado con tanto esfuerzo, así como el derecho a la doble ciudadanía, solo unas pocas personas ejercen cualquiera de los dos.75 He argumentado en otro lugar que para la mayoría de las personas, las dos demandas indican más un anhelo de reconocimiento por parte del Estado dominicano que un deseo de participación política (Itzigsohn, 2007).
Para la mayoría de los inmigrantes, la participación transnacional es principalmente social y está vinculada a la idea de marcar una diferencia concreta con respecto a las personas en el país de origen. Grace Díaz, presentada en el capítulo 2, es un buen ejemplo. Dominicana de primera generación, es la representante estatal del distrito 11 en South Providence y está intensamente involucrada en la política local. Antes de convertirse en representante estatal, formó parte de una campaña para crear un sindicato de proveedores de guarderías. Ella misma es proveedora. El intento fue bloqueado por el gobernador, pero la experiencia organizativa contribuyó a que Díaz llegara al gobierno. Ella siempre fue política. En la República Dominicana, fue, durante muchos años, miembro del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y candidata al Concejo Municipal de Santo Domingo. Sin embargo, cuando le pregunté si estaba involucrada en la política dominicana, me dijo que en 1994 ya había decidido cortar esos lazos. Explicó que lo hizo porque se dio cuenta de que en República ese país los políticos roban todo lo que pueden y no se preocupan por la educación y el bienestar de la población.
74 Según la Encuesta Nacional Latina, entre los dominicanos de primera generación el 15.6 % ha votado en las elecciones dominicanas. Sin embargo, solo el 5.5 % ha emitido su voto en Estados Unidos. El resto probablemente viajó para votar en la República Dominicana antes de que votar en los Estados Unidos fuera una opción. Es importante recordar, sin embargo, que la Encuesta Nacional Latina se realizó antes de las elecciones de 2008.
75 En este sentido, el desarrollo de un transnacionalismo político amplio es bastante similar en los casos dominicano y mexicano (Itzigsohn, 2007).
Trabaja con una organización de bomberos hispanos, que tiene dos objetivos: aumentar el número de latinos en los departamentos de bomberos, y conectar a los departamentos de bomberos de los Estados Unidos con sus contrapartes en América Latina, particularmente en la República Dominicana, donde las condiciones son decididamente malas. Díaz señala que está muy satisfecha de poder hacer un trabajo que tiene significado social sin tener que involucrarse en la política de su país de origen.
Una mirada a la participación transnacional por clase proporciona pistas sobre la relación entre esta y la incorporación a la corriente principal. En la tabla 7.4 se presentan los resultados de la encuesta comparando la participación transnacional por clase y generación. En la primera generación, los que están más incorporados a la corriente principal, es decir, los que forman parte de los asalariados de bajo rango y de la pequeña burguesía, participan más en las actividades transnacionales.76 En parte, esto es esperable, dado que dicha participación demanda recursos y quienes ocupan posiciones de clase superior tienen más recursos a su disposición. Estos resultados, sin embargo, contradicen las expectativas de la teoría de la asimilación. Esta teoría anticipa que aquellos que se encuentran más incorporados a la corriente principal estadounidense estarán más desarraigados del país de origen. No obstante, este no es el caso. Para la primera generación, la incorporación y la participación transnacional son simultáneas (Levitt y Schiller, 2004).
La muestra de la segunda generación presenta un panorama diferente, ya que son los de la clase trabajadora los que participan un poco más. El panorama general, sin embargo, es que la participación transnacional es más o menos equitativa en todas las clases y en estudiantes; entre el 20 y el 30 % de los encuestados de todas las clases participan en algún tipo de actividad transnacional. Para la segunda generación, entonces, esta participación no tiene la misma función como recurso de incorporación, como lo es para la primera generación. Los resultados también arrojan que, a diferencia de la identidad, la participación transnacional tampoco es el resultado de la exclusión, al menos no de la exclusión de clase.
76 También hay altos porcentajes de personas no trabajadoras que se involucran en prácticas transnacionales, pero dadas las bajas cifras y la heterogeneidad de la categoría, no podemos llegar a conclusiones sobre este grupo.
TABLA 7.4. Prácticas transnacionales.
Nota: Las cifras reflejan a los encuestados involucrados en prácticas transnacionales. Porcentajes entre paréntesis.
Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
En resumen, tanto los dominicanos de primera como de segunda generación construyen sus identidades utilizando elementos simbólicos transnacionales. Sin embargo, hay grandes diferencias generacionales. En la primera generación se encuentra un núcleo de personas comprometidas con prácticas transnacionales recurrentes e institucionalizadas y un gran círculo que participa con menos compromiso. Cuanto más amplias sean las prácticas, mayor será la proporción de los involucrados en ellas. Para la primera generación, los lazos transnacionales son concomitantes con la incorporación. Participan más los que están en mejor situación y disponen de recursos.
Para la segunda generación, la participación es considerablemente más limitada. Aquí también hay un núcleo de personas implicadas. Se trata de un grupo importante, que representa entre el 25 y el 30 % de los encuestados. Pero este núcleo es más pequeño y participa menos intensamente en actividades transnacionales que la primera generación. Además, estas se limitan a este grupo. La segunda generación experimenta el transnacionalismo principalmente como marco simbólico para la construcción de la identidad.
Claudia y Miguel, cuyas historias se contaron en el capítulo 4, ilustran estas diferencias en la participación transnacional. Ambos son dominicanos de segunda generación y se identifican fuertemente con la República Dominicana. Sin embargo, tienen historias muy diferentes de participación en actividades transnacionales. Claudia creció escuchando anécdotas sobre su país de origen, contadas por su madre y sus tías y tíos. Ella se identifica como dominicana y ha desarrollado un fuerte vínculo emocional con todo lo dominicano. A pesar de tener veintiocho años, nunca ha viajado allí ni participa en ninguna actividad transnacional. Su caso es el de una fuerte identidad transnacional sin prácticas transnacionales. Quizás es un ejemplo extremo porque nunca ha estado en la República Dominicana, y espera ir pronto con sus hijos. Los datos de la encuesta sugieren que su falta de participación es típica de la segunda generación.
Miguel es un caso distinto. Se identifica como dominicano y viaja a menudo a la República Dominicana. No planea vivir allí, pero ha construido un apego concreto y compró una casa en el pueblo de donde vinieron sus padres. También investiga y escribe sobre la experiencia inmigratoria dominicana. Miguel representa a una minoría, aquellos para quienes las prácticas transnacionales continúan en la segunda generación. Aun así, eso no significa que
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no invierta en la vida estadounidense. Ya hemos visto cómo él está muy consciente de la necesidad de empoderar a los dominicanos en los Estados Unidos. A pesar de las diferencias, las historias de Claudia y Miguel ilustran la afirmación de Smith de que la participación transnacional puede tener efectos positivos en la incorporación (2008). Smith enfatiza la importancia de la experiencia Ticuani en la afirmación positiva de la identidad mexicana de los jóvenes de segunda generación en la ciudad de Nueva York. Esto se materializa en el caso de Miguel, quien ha pasado un tiempo en la República Dominicana, ha comprado propiedades allí y estudia la experiencia inmigratoria dominicana. Claudia, por su parte, no se dedica a ningún tipo de actividad transnacional. En su caso, el marco identitario transnacional la ha ayudado a afirmarse en la sociedad estadounidense. Aunque no ha viajado a República Dominicana, el apego emocional al país de su madre le ha brindado elementos para construir una identidad positiva y proactiva en los Estados Unidos.
Transnacionalismo y formación de grupos
Las organizaciones étnicas que crean los dominicanos son una expresión de sus identidades y configuran un espacio público en el que estas se afirman. Las personas familiarizadas con las comunidades de inmigrantes tienen la visión de una práctica organizativa animada. Sin embargo, en la encuesta de dominicanos de primera y segunda generación, el porcentaje de miembros es bastante pequeño. Solo el 17 % de la muestra dijo que eran miembros de una organización dominicana. Este porcentaje marca una importante diferencia generacional. Entre los encuestados de primera generación, la cifra es del 33 %, pero entre los de segunda generación es solo del 9 %. La creación y el mantenimiento de organizaciones étnicas es principalmente una actividad de la primera generación.77
77 La primera generación también está más involucrada en organizaciones no dominicanas. Aproximadamente el 30 % reportó ser miembro de un partido político, sindicato u organización comunitaria no dominicana, en comparación con solo el 15 % de la segunda generación. Estos resultados apuntan, por un lado, a la incorporación de la segunda generación a la vida estadounidense, ya que están más involucrados en organizaciones no dominicanas que en las dominicanas. Por otro lado, la incorporación a la vida estadounidense conduce a una disminución en la participación cívica, debido a que los de
El impacto de quienes participan en las organizaciones es mayor que su número. La adopción de etiquetas identitarias refleja un sentimiento de pertenencia grupal, pero es a través de las organizaciones étnicas y la acción colectiva que el sentido de pertenencia se transforma en un grupo que afecta la vida de sus miembros, así como el lugar en el que viven. Las organizaciones comunitarias infiltran todos los aspectos de la vida de los inmigrantes, desde la provisión de información y servicios, a través de la defensa comunitaria, hasta la creación de lazos con el país de origen (Cordero-Guzmán, 2005). Sin duda, no todos los que se unen a una organización están necesariamente comprometidos con su identidad o sus objetivos. Algunos lo hacen porque sus amigos son miembros, otros porque disfrutan sumergiéndose en proyectos comunitarios o por cualesquiera otras razones. Unirse a una organización voluntaria implica tiempo y esfuerzo. Las personas que comprometen su trabajo para sostener organizaciones voluntarias lo hacen porque se identifican con sus misiones, y aquellos que se unen y las mantienen vivas están decididos a actuar de acuerdo con su identidad étnica dominicana.
Las organizaciones dominicanas en general tienen una orientación tanto local como transnacional. Un ejemplo son los bomberos hispanos en la República Dominicana. Aunque se trata de una organización panétnica y no estrictamente nacional, esta dualidad también caracteriza el trabajo de la mayor parte de las demás. Al mismo tiempo, es posible distinguir entre aquellas que centran sus esfuerzos en la construcción de lazos con el país de origen, y las que invierten la mayor parte de su energía en la construcción de comunidades y el empoderamiento en los Estados Unidos.
Las organizaciones transnacionales más típicas son las relacionadas con las ciudades de origen. Están formadas por personas de una misma localidad que se agrupan en el país de acogida para participar en la vida social, económica y política de su lugar natal. Levitt ha descrito este tipo de asociación en su etnografía de Miraflores, en Boston (2000). Algunas de ellas en Providence fueron establecidas por inmigrantes de las mismas ciudades, Monte Plata y La Romana, por ejemplo. No obstante, tales grupos no son ampliamente conocidos y las actividades se limitan principalmente a eventos de recaudación de fondos y no
primera generación están más implicados en organizaciones dominicanas y no dominicanas que los de segunda generación.
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alcanzan el nivel de intervención descrito por Levitt. La razón está probablemente en los números, porque no hay una masa crítica de personas de una localidad en particular para sostener altos niveles de participación en una organización transnacional. Además de la ayuda específica a las ciudades de origen, ha habido campañas de apoyo a nivel comunitario en momentos en que la República Dominicana se ha visto afectada por desastres naturales. Cuando huracanes o inundaciones azotan la isla, los dominicanos en Providence (y en otros lugares) se movilizan rápidamente para enviar alimentos, ropa y dinero a los necesitados. En Providence, las organizaciones transnacionales más visibles y activas son políticas y culturales. Los partidos políticos son organizaciones transnacionales clave. Su origen en Estados Unidos está ligado al inicio de la migración en la década de 1960. Después de la invasión de 1965, los Estados Unidos lograron establecer un gobierno amigo en la isla bajo el mando de Joaquín Balaguer. Para reducir la presión política interna, Washington otorgó visas a aquellos que estaban descontentos con dicho gobierno. A medida que los dominicanos comenzaron a establecerse en Nueva York, fundaron ramas de sus organizaciones políticas. Casi todas las fiestas patrias tienen presencia en la ciudad de Nueva York. En Providence, como en otras ciudades pequeñas, son los dos partidos más grandes, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), los que han creado organizaciones, y un pequeño grupo afiliado al tercer partido en tamaño, el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC).
Como se muestra en la tabla 7.3, solo unos pocos inmigrantes son miembros de estos partidos, el 16.4 % de los encuestados de primera generación se involucran en el transnacionalismo político, pero tienen una presencia muy visible en la vida comunitaria, que se expresa en la movilización de los inmigrantes para que participen en la política dominicana y estadounidense. Las maquinarias de los partidos se vuelven muy activas en época de elecciones. Reúnen apoyo financiero para los candidatos y tratan de convencer a los votantes en la República Dominicana, y desde las elecciones de 2004 también en los Estados Unidos. Los partidos de inmigrantes se nutren de los de primera generación, que vinieron socializados políticamente en la República Dominicana y se orientaron hacia una tendencia política en particular. A pesar de esta orientación transnacional, también promueven la participación de los dominicanos en la política estadounidense.
Esos partidos proporcionan un cuadro experimentado de activistas que se postulan para las elecciones locales o apoyan a los candidatos de la comunidad dominicana. Los militantes desempeñaron un papel decisivo, por ejemplo, en la elección de León Tejada como el primer representante estatal dominicano. Fue elegido en 2001 para representar al distrito 11 y posteriormente, en 2005, desbancado por Grace Díaz, quien dependía mucho más de los activistas de orientación local. También colaboraron en la primera victoria a la alcaldía de David Cicilline en 2002.78
La otra organización transnacional importante presente en Providence es cultural, el Instituto Duartiano de Rhode Island. Su objetivo es promover el conocimiento de la historia y la cultura dominicana y es principalmente una organización de primera generación.79 En 2001, un grupo de dominicanos de primera generación organizó un comité para solicitar a la ciudad un lugar para construir un monumento a Juan Pablo Duarte y recaudar fondos para ello. En 2004 se inauguró el monumento.80 En el proceso de cabildeo, el comité entabló relaciones con el Instituto Duartiano en Nueva York, cuyos miembros sugirieron crear una organización similar en Rhode Island. Los miembros del comité organizador viajaron a República Dominicana para pedir permiso al Instituto Duartiano de Santo Domingo con el propósito de abrir una sucursal en Rhode Island.81
El Instituto Duartiano de Rhode Island es una organización cultural transnacional, una rama de una organización dominicana dedicada a la construcción de un discurso nacional y de la memoria histórica. Sin embargo, mientras que el instituto dominicano está concentrado en mantener la memoria de Duarte, la rama de Rhode Island tiene como objetivo promover la identidad dominicana entre los jóvenes que crecen en el estado. Para ello, programa charlas sobre temas de relevancia para los dominicanos en los Estados Unidos y mantiene
78 Vuelvo sobre este tema en el capítulo 8 cuando analizo el proceso de incorporación de los dominicanos a la política local de Rhode Island.
79 Juan Pablo Duarte fue el principal héroe de la independencia dominicana y muchas organizaciones llevan su nombre.
80 El monumento a Juan Pablo Duarte fue el primero de los esfuerzos locales para levantar una presencia simbólica en la ciudad. En 2006, como resultado de las acciones de organizaciones mexico-americanas, se inauguró un monumento a César Chávez.
81 El Instituto Duartino está dedicado a la preservación de la memoria de Juan Pablo Duarte. Funciona como un museo en lo que fue la casa de Duarte en el antiguo barrio colonial de Santo Domingo. El instituto en Domingo es una asociación cívica con su propia junta directiva, pero recibe su presupuesto del Gobierno dominicano.
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vínculos con otras organizaciones dominicanas. Fue la única de Rhode Island invitada a participar en la consulta con organizaciones de inmigrantes, convocada por el presidente Fernández para debatir la reforma de la Constitución.82
El Gobierno dominicano está proponiendo dos reformas constitucionales que conciernen a los inmigrantes. La primera es que los hijos de inmigrantes obtienen la ciudadanía dominicana al nacer. En segundo lugar, la representación parlamentaria de los dominicanos en el exterior. Todas las organizaciones presentes en la reunión apoyaron las propuestas. La minoría que se opuso argumentó que la expansión de la competencia política dominicana a los Estados Unidos debilitaría los esfuerzos de las comunidades locales para el empoderamiento político. El Instituto Duartiano de Rhode Island estuvo de acuerdo con la posición minoritaria a partir del criterio de que el derecho a votar en el extranjero era suficiente y que la comunidad dominicana necesitaba concentrar sus energías en el sistema político estadounidense.
Las organizaciones de orientación transnacional priorizan sus actividades en el país de origen, pero no pueden escapar al hecho de que sus miembros viven en los Estados Unidos y, por lo tanto, también intervienen en los esfuerzos locales, principalmente en el ámbito político. De la misma manera, las organizaciones de orientación local fomentan la comunidad y buscan el empoderamiento en los Estados Unidos, pero al mismo tiempo se mueven en un espacio de identidad transnacional.
La organización étnica local más grande de Providence es el Club Juan Pablo Duarte (CJPD); un club social de primera generación.83 A veces contribuye a promover la incorporación de inmigrantes, como la realización de cursos de ciudadanía, ESL (programa de inglés como segundo idioma) y registro de votantes. Estas actividades no son permanentes y dependen del interés específico de las autoridades del club, que son elegidas cada año. Orientado hacia la comunidad local, también adopta un marco de identidad transnacional. En su principal sala de reuniones hay un cuadro de Juan Pablo Duarte flanqueado por las banderas estadounidense y dominicana. Además, conmemora la independencia nacional y celebra eventos culturales relacionados con la República Dominicana. Trae oradores a Estados Unidos para los eventos, y vincula sus
82 Este encuentro se ha descrito anteriormente en este capítulo.
83 Hay varias ligas deportivas dominicanas en Providence. Muchas son independientes y no están relacionadas con ninguna organización en particular.
actividades deportivas con clubes de la República Dominicana. En estas acciones resulta evidente la construcción de una comunidad inmigrante local basada en el marco identitario transnacional.
La organización local más importante es Quisqueya en Acción (QIA),84 fundada a finales de la década de 1980 por un grupo de jóvenes, algunos nacidos en los Estados Unidos y otros en la República Dominicana. El senador estatal Juan Pichardo fue uno de estos jóvenes y recordó cómo se formó el grupo.
A medida que crecí y fui a la escuela secundaria, se volvió muy importante para los jóvenes como yo continuar identificándonos con nuestra cultura. Nuestra cultura en ese entonces era el merengue, las fiestas. A partir de ahí establecimos una organización llamada Quisqueya en Acción. La jefa de eso era Margarita Cepeda, y yo era uno de esos jóvenes que la mantuvimos durante muchos años, y lo seguimos haciendo para preservar nuestra identidad como dominicanos porque los jóvenes estábamos mirando hacia el futuro, que no continuaríamos con nuestra cultura si no nos conectábamos a la tierra, y también para empoderar a los jóvenes de la comunidad dominicana. Y así nos embarcamos en proporcionar esa base: la cultura, el patrimonio y el baile.
Quisqueya en Acción, entonces, fue el resultado de una decisión de los jóvenes dominicanos que buscaban formas de proyectar su identidad hacia otros jóvenes. En el capítulo 4 vimos que este fue uno de los elementos que ayudaron a los jóvenes de clase trabajadora a navegar con éxito por el sistema de escuelas públicas y completar su educación.85 Quisqueya en Acción lleva dos décadas comprometida con el trabajo de construcción de identidad y comunidad para los jóvenes.
84 Quisqueya es un nombre taíno dado a la isla que República Dominicana comparte con Haití.
85 Por supuesto, la afirmación de la identidad no es suficiente para transitar por el sistema escolar y, a veces, también puede tener efectos negativos. El elemento básico para explicar la experiencia escolar, como se afirma en el capítulo 4, es el encuentro con agentes institucionales que abren o cierran puertas de movilidad (Stanton-Salazar, 1997). Pero la afirmación positiva de la identidad étnica, como la que hizo Quisqueya en Acción, puede ayudar a los jóvenes a tener éxito en un contexto institucional que a menudo se siente hostil.
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Es la organización local más importante porque se encarga del principal evento nacional en la ciudad, el Festival Dominicano. Cada agosto, varios miles de dominicanos de primera y segunda generación se reúnen en el Parque Roger Williams para la celebración. En los últimos años, el festival ha incluido un desfile de carrozas a lo largo de Broad Street. Además, marca la presencia pública dominicana y es visitado por la mayoría de los políticos de ciudades y estados, quienes aprovechan la ocasión para presentarse ante un electorado cada vez mayor. Pero el festival es, ante todo, una ocasión para que los dominicanos afirmen y celebren su identidad. Quisqueya en Acción convoca otros dos eventos anuales: un banquete que sirve para recaudar fondos y un desfile. La ganadora del certamen se convierte en la reina del Festival Dominicano. En los últimos años, también ha lanzado un programa de preparación para la universidad, destinado a aumentar la tasa de asistencia de los latinos mediante la tutoría de estudiantes inmigrantes de secundaria a través de un proceso de solicitud.
Quisqueya en Acción promueve el fortalecimiento de la identidad dominicana en los Estados Unidos, pero utiliza el marco de identidad transnacional para definirla. El festival incluye bailes y música dominicana y la atracción principal es casi siempre un grupo musical importante del país de origen, aunque en algunas ocasiones actúan los grupos dominicanos de la ciudad de Nueva York. La bandera ocupa un lugar destacado en el festival y hay constantes referencias al país.
Un papel importante de Quisqueya en Acción es socializar a los jóvenes en la vida organizacional y el activismo comunitario. Varios de los activistas que encabezaron la participación en la política local y nacional provenían de sus filas. Pichardo vincula su decisión de dedicarse a la política con la experiencia y el conocimiento que adquirió a través de su trabajo en dicha organización. Él y varios otros activistas dominicanos de Rhode Island fundaron la Mesa Redonda Nacional Dominico-Americana (Dominican American National Roundtable o DANR). Pichardo explicó que el objetivo de la organización es tener «una voz a nivel nacional en ciertos asuntos como lo estamos haciendo a nivel local: el bienestar económico, la inclusión en el censo, la inmigración». La DANR está involucrada en los registros de votantes, desarrollo de liderazgo y cabildeo entre los legisladores estadounidenses en temas que preocupan a
la comunidad dominicana.86 En 1999 se llevó a cabo en Providence la tercera conferencia nacional de la DANR, organizada por personas vinculadas a Quisqueya en Acción. La conferencia nacional de 2008 también se llevó a cabo en Rhode Island.
Aunque la voz de la organización se dirige principalmente hacia los responsables políticos estadounidenses, también tiene una conexión con las autoridades dominicanas. Representantes del Gobierno han participado en las reuniones anuales, y delegaciones de la mesa han viajado a República Dominicana para reunirse con las autoridades. Pichardo explicó la razón de esta conexión:
La mesa redonda está diseñada para tener en cuenta los intereses de los dominicanos aquí en los Estados Unidos. Sin embargo, también sabemos que no puede evitar tener esa relación con el país porque todo está interrelacionado. Cuando hay políticas que son perjudiciales para las familias aquí en los Estados Unidos, afectará a la isla. Económicamente, como ustedes saben, las remesas son la segunda fuente de ingresos económicos del país. Entonces, si tenemos un resfriado aquí, en República Dominicana tienen gripe, por las implicaciones financieras. Es por eso que ahora la República Dominicana va a estar viendo y va a seguir viendo tiempos financieros muy difíciles.
El objetivo del Estado dominicano en sus relaciones con la DANR es conseguir el apoyo de la comunidad en iniciativas políticas de interés para el país. Los vínculos con la DANR forman parte de la estrategia para construir lazos transnacionales con las comunidades inmigrantes. Las personas involucradas en DANR también tienen interés en mantener un diálogo con las autoridades dominicanas y en cabildear en beneficio de los temas que preocupan al país, pero las razones no siempre son las mismas que las del Estado dominicano. El apoyo al Tratado de Libre Comercio de Centroamérica (Central American Free Trade Agreement, CAFTA) es un ejemplo de ello. El Gobierno dominicano estaba muy interesado en que fuera aprobado por el Congreso de los Estados
86 Las referencias comparativas utilizadas para explicar el papel de esta organización son los lobbies cubanos y judíos. Los cubanos y los judíos son vistos como grupos étnicos que han adquirido con éxito una voz en la política estadounidense.
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Unidos y que la República Dominicana resultara incluida en sus términos. De hecho, el CAFTA-DR fue ratificado por el Congreso y promulgado en 2005. La DANR también adoptó una posición favorable a su ratificación, pero por cuestiones que conciernen a la comunidad dominicana en los Estados Unidos más que a los intereses del Estado dominicano. Una persona en Providence que ha estado involucrada en la mesa me ofreció su explicación sobre el apoyo y la defensa al CAFTA:87 «Si hay más y mejores empleos en República Dominicana, va a haber menos emigración. La emigración dominicana no obedece a razones políticas, sino económicas. Por lo tanto, la mesa redonda no está tratando de limitar la emigración, pero si hay mejores empleos en la República Dominicana, eso también tiene un efecto en los dominicanos aquí».
El hecho de que mejores empleos en la República Dominicana influya en los dominicanos en los Estados Unidos se debe a que los inmigrantes hacen un gran esfuerzo para enviar remesas a sus familias. Esta forma de compromiso transnacional, como Levitt demostró, es costosa para muchos de bajos ingresos (2001). Por lo tanto, mejorar la situación económica en la República Dominicana puede ayudar a mejorar la de los dominicanos en Estados Unidos. Personalmente, dudo de que el CAFTA-DR produzca los resultados deseados, pero el punto interesante es que la defensa de la República Dominicana se lleva a cabo para el beneficio de los dominicanos inmigrantes. Además, representantes de la DANR participaron en la reunión entre el presidente Fernández y las organizaciones dominicanas, y se opusieron a la propuesta de Fernández de dar representación en el Congreso a los dominicanos en el extranjero, argumentando que podría crear divisiones dentro de la comunidad y obstaculizar los esfuerzos para promover el empoderamiento local.
Todas las organizaciones dominicanas abrazan el marco identitario transnacional. Esto no es sorprendente, dado que el mismo marco informa las identidades, tanto de la primera como de la segunda generación. Pero todas las organizaciones también tienen que lidiar con las exigencias de la vida en los Estados Unidos. Las de orientación local a veces desconfían de los efectos de que las disputas dominicanas se extiendan a la vida comunitaria. Incluso para las organizaciones transnacionales, la realidad de la vida en Estados Unidos
87 El individuo citado ya ha sido presentado en este libro y deliberadamente no se identifica en deferencia a la privacidad personal.
las lleva a dedicar parte de sus esfuerzos al empoderamiento local. El senador Pichardo expresó la necesidad de que los dominicanos dirijan sus esfuerzos hacia dicho empoderamiento: «Yo nací en la República Dominicana, pero crecí aquí, soy estadounidense, lo he aceptado. Yo estoy aquí».
Identidad transnacional dominicana
Llegados a este punto, podemos volver a las tres preguntas planteadas al inicio del capítulo. En primer lugar, ¿cuál es el alcance y la intensidad de las identidades y prácticas transnacionales entre la primera y la segunda generación? El capítulo muestra que tanto la primera como la segunda generación adoptan un marco de identidad transnacional. Este marco, sin embargo, conduce a diferentes niveles de prácticas transnacionales a lo largo de las generaciones. La primera generación, en su conjunto, las adopta ampliamente. Al mismo tiempo, un núcleo de la población está profundamente comprometido con formas estrechas de transnacionalismo. En la segunda generación, el nivel de participación transnacional disminuye y se restringe a un número limitado de personas. El transnacionalismo de la segunda generación implica la adopción de un marco transnacional en la construcción de la identidad. Es decir, en la primera generación las formas de pertenencia y sus modos de ser son transnacionales. En la segunda generación, las formas de pertenencia son transnacionales pero los modos de ser se centran en el lugar de residencia.
La segunda pregunta se refiere a cuál es la configuración de la comunidad transnacional dominicana. El capítulo muestra que una de las características clave del transnacionalismo en la última década es la intervención activa del Estado en el fomento de las lealtades transnacionales de la comunidad inmigrante.88 Sin embargo, la comunidad inmigrante está involucrada en vínculos transnacionales, pero de manera independiente y selectiva. Los inmigrantes participan en un número relativamente grande en actividades sociales, pero mucho menos en actividades económicas o políticas. Ellos y sus organizaciones también son muy activos en la construcción de instituciones para la vida
88 Esto es cierto tanto para la República Dominicana como para otros Estados, como México, El Salvador y Cabo Verde (Itzigsohn y Villacrés, 2008; Smith, 2006).
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comunitaria y el empoderamiento político y económico local. Exigen el reconocimiento del Estado dominicano, pero no están tan interesados en invertir en la política dominicana. Las comunidades transnacionales, al igual que las identidades, no son homogéneas y abarcan interpretaciones contradictorias y a menudo polémicas en cuanto a los elementos comunes en torno a los cuales se organizan.
Finalmente, ¿cómo la incorporación y el transnacionalismo dan forma a la experiencia dominicana? Este capítulo indica que la participación y la incorporación transnacional no son procesos opuestos, sino simultáneos. Esta simultaneidad se expresa de manera diferente según las generaciones. Para la primera generación, la simultaneidad aparece a nivel individual; aquellos que están más incorporados a la vida estadounidense también lo están más en prácticas transnacionales, y a nivel organizacional, dado que las organizaciones transnacionales también están implicadas en el empoderamiento local.
En la segunda generación, la simultaneidad aparece como una ruptura aparente entre formas de pertenencia y modos de ser. Por un lado, la segunda generación abraza un marco identitario transnacional. Por otro lado, sus acciones se orientan principalmente a consolidar un lugar en la sociedad estadounidense. La ruptura entre las identidades transnacionales y las prácticas locales es solo aparente, porque las identidades transnacionales de segunda generación no indican un fracaso de asimilación. Son una reacción al encuentro con la racialización estadounidense. Las identidades transnacionales son el resultado del patrón de incorporación etnorracial estratificada descrito en este libro.
El análisis pone de relieve otros dos puntos importantes. En primer lugar, la importancia de distinguir entre la construcción simbólica del transnacionalismo y las prácticas concretas que sostienen un campo social transnacional. Es decir, entre una comprensión expansiva y una comprensión centrada del transnacionalismo. Si enfocamos solo las identidades, es probable que se llegue a la conclusión de que la participación transnacional está mucho más extendida de lo que es. En segundo lugar, están los límites de la participación transnacional. Los dominicanos han documentado un alto nivel de participación transnacional (Kasinitz et al., 2008; Louie, 2006). Pero es precisamente esto lo que hace que el caso sea importante, porque al parecer los dominicanos
José Itzigsohn
marcan un límite superior de compromiso transnacional. No obstante, los principales esfuerzos de primera y segunda generación están orientados hacia la construcción de comunidades locales y el empoderamiento.
CAPÍTULO 8 IDENTIDADES PANÉTNICAS
Los dominicanos abrazan una identidad panétnica. Cuando se les pide en las encuestas que definan su identidad, sus principales respuestas son las variaciones de la etnia: hispano, latino. Estas identidades, sin embargo, son esencialmente estadounidenses. No forman parte del repertorio de opciones que los inmigrantes traen consigo. La panetnicidad latina o hispánica surge de la vida social y las prácticas sociales en los Estados Unidos. A medida que se incorporan a la sociedad estadounidense, los inmigrantes dominicanos y sus hijos aprenden que están categorizados como hispanos o latinos en la sociedad dominante y, por lo tanto, adoptan esta etiqueta para referirse a sí mismos.
El aumento de la panetnicidad es, entonces, una consecuencia de la incorporación etnorracial estratificada. La categorización externa, sin embargo, es solo el comienzo del proceso de formación de la identidad y del grupo. Los dominicanos y otros latinos abrazan la identidad panétnica y la utilizan para iniciar proyectos colectivos, construir organizaciones y movilizarse políticamente. Los dominicanos se apropian de esas etiquetas, definidas externamente, y las utilizan para construir la comunidad en sus propios términos. Este capítulo analiza las formas en que ellos participan en la construcción de una comunidad latina en Providence.
La paneticidad
El surgimiento de identidades panétnicas plantea una serie de preguntas. ¿Se puede considerar como un solo grupo a pueblos con historias nacionales, formaciones raciales y eventos migratorios tan diversos como los inmigrantes latinoamericanos? Si es así, ¿la panetnicidad constituye algo más que una herramienta instrumental utilizada para participar en la política étnica estadounidense? En otros lugares he revisado la literatura y los debates sobre la identidad latina (Itzigsohn, Giorguli y Vázquez, 2005; Itzigsohn, 2004). Mi argumento es que esta es una forma de identidad etnorracial emergente. Como afirmaron William Yancey y sus colegas, el aumento de la etnicidad en Estados Unidos tiene sus raíces en los encuentros cotidianos que se producen en los barrios y lugares de trabajo (Yancey, Ericksen y Juliani, 1976). Entre los inmigrantes latinoamericanos y sus hijos, la confluencia en zonas urbanas, junto con la clasificación externa, da lugar a un sentido de pertenencia panétnica. Esta identidad compartida tiene significados étnicos y raciales, y trasciende los objetivos instrumentales.
El hecho de que el grupo adopte una identidad no nos dice mucho sobre el tipo de prácticas que están ancladas en ella. Este capítulo examina las formas en que las diferentes prácticas de los dominicanos de primera y segunda generación ayudan a construir una comunidad panétnica. El análisis se basa en una versión modificada del modelo de las antropólogas Milagros Ricourt y Ruby Danta para el estudio de la emergencia de la panetnicidad latina (2003). Estos autores identificaron cuatro dimensiones. La primera, llamada panetnicidad experiencial, se refiere a las interacciones cotidianas entre los latinos en los vecindarios, las escuelas y los lugares de trabajo. Por ejemplo, los inmigrantes de la misma región pueden establecerse cerca unos de otros y ayudarse mutuamente en función de los puntos en común creados a partir de un origen compartido, sin adoptar necesariamente una etiqueta de identidad común. La segunda dimensión, llamada panetnicidad categórica, aparece cuando las personas comienzan a usar etiquetas panétnicas para autoidentificarse. La tercera dimensión, la panetnicidad institucional, surge cuando las personas construyen organizaciones sociales, culturales y políticas ancladas en etiquetas panétnicas. La cuarta dimensión, la panetnicidad ideológica, apunta a discursos articulados sobre la identidad y la comunidad latina.
Estas dimensiones son útiles por dos razones. En primer lugar, siguiendo el modelo de etnicidad emergente de Yancey, Ericksen y Juliani (1976), Ricourt y Danta plantearon buscar las raíces de la panetnicidad en la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos. En segundo lugar, dicho modelo nos permite diferenciar entre las formas y expresiones que pueden adoptar las identidades y prácticas panétnicas. La panetnicidad no es solo una etiqueta que la gente puede aceptar o rechazar. También implica varios discursos de autoidentificación, ligados a conjuntos complejos de prácticas individuales y organizacionales. Algunas de esas prácticas, para ser efectivas, exigen la existencia previa de una autoidentificación panétnica categórica.
Mi análisis se aparta del de Ricourt y Danta en dos aspectos. En primer lugar, veo la panetnicidad experiencial, es decir, las formas de solidaridad que emergen en la vida urbana común, como una condición previa para el surgimiento de identidades y comunidades latinas más que como una dimensión de la panetnicidad. Además, la emergencia también es favorecida por las prácticas sociales de clasificación en los Estados Unidos. Los gobiernos federal y estatal ven a los inmigrantes de habla hispana de América Latina y el Caribe como un solo grupo, y se relacionan con ellos en consecuencia. Del mismo modo, los partidos políticos, el sistema educativo y las empresas privadas, al considerarlos como latinos ayudan a crear el grupo.
El segundo punto en el que mi análisis se aparta del de Ricourt y Danta es que considero la panetnicidad política como una dimensión de análisis separada de la panetnicidad institucional. Hay dos razones para esto. Primero, se considera que la participación o movilización política es un indicador importante de la incorporación; implica un compromiso más fuerte con la vida del país receptor que otras formas de panetnicidad institucional. Segundo, es a través de la participación o movilización política que un grupo adquiere una voz en el espacio público e intenta influir en el contexto social más amplio en el que transcurre el proceso de incorporación. A continuación, me centro en la organización y movilización política panétnica y, por último, analizo el grado en que los dominicanos de primera y segunda generación presentan la panetnicidad ideológica.89
89 El análisis de cada una de estas dimensiones de la panetnicidad se ajusta al modelo propuesto por Richard Ashmore, Kay Deaux y Tracy McLaughlin-Volpe, descrito en el capítulo 6 (2004). La panetnicidad categórica corresponde al análisis de la autocategorización.
Panetnicidad institucional
La panetnicidad categórica forma parte del repertorio identitario de los dominicanos. El capítulo 6 expone que la mayoría de ellos utilizan etiquetas panétnicas para identificarse. De manera similar, entre los participantes en la Encuesta Nacional Latina, los de primera y segunda generación respondieron afirmativamente a la pregunta: ¿Se considera hispano o latino o una persona de origen español? Aquí examino las formas en que la panetnicidad categórica se convierte en panetnicidad institucional. Las organizaciones latinas son la columna vertebral de este proceso de formación de grupos. Es a través del trabajo de las organizaciones panétnicas que surge una comunidad. Revisamos tres casos que ilustran la formación de organizaciones latinas y la manera en que delimitan una comunidad latina y un espacio público. El primero se refiere a una estación de radio, el segundo a una organización de trabajadores inmigrantes y el tercero a una asociación cultural.90
Radiodifusión Latina
Los medios de comunicación son un factor importante en la formación de identidades. Lo que las personas ven en la televisión o escuchan en la radio influye en las maneras de pensar sobre sí mismas (Dávila, 2001). A nivel local, los principales medios de comunicación étnicos son los periódicos y la radio. Subrayo la radio porque tiene un mayor impacto en la vida cotidiana. Los periódicos latinos en Providence se publican una vez a la semana y no está claro si son muy leídos; la radio, en cambio, está presente en las rutinas diarias, en el camino hacia el trabajo y la casa. Los dominicanos han jugado un papel central en el desarrollo de la radio latina. Actualmente (primavera de 2009), hay tres estaciones de radio en español en el área de Providence. La más antigua es Poder 1110, una estación AM
La panetnicidad institucional y la política corresponden al análisis de la implicación conductual en prácticas que se anclan en la panetnicidad categórica. Por último, el estudio de la panetnicidad ideológica se ajusta al análisis del contenido y significado de las identidades.
90 Me enfoco en las dos últimas organizaciones porque conozco bien los casos a través de la participación personal.
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de propiedad y administración dominicana que transmite desde el amanecer hasta la noche. Los propietarios, Tony Méndez y Zoilo García, estuvieron entre los primeros latinos en instaurar este tipo de medios en Providence.91 Comenzaron a hacer sus propios programas en español en una estación en inglés y humildemente construyeron su propia estación. Poder 1110 es la única que se ha mantenido en el aire a lo largo del tiempo. Otro de los fundadores de la radio latina en Providence es Hugo Adames, un conocido locutor, apodado el Monseñor de la Salsa, gracias a su conocimiento de este estilo musical. Adames condujo durante muchos años La Inconfundible 1220, una emisora AM que transmitía tardes y noches hasta que fue comprada por una cadena nacional y cerrada en el 2005.92
Una segunda estación en español FM es Latino Public Radio (Radio Pública Latina). El fundador y gerente general es un empresario dominicano llamado Reynaldo Almonte. Su presidente y su rostro público es uno de los activistas latinos locales más prominentes y respetados, Pablo Rodríguez, de origen puertorriqueño. La tercera y más reciente estación es Latina 100.3, una banda FM que transmite continuamente. Hugo Adames tiene un programa de salsa en su emisora. Las tres estaciones apelan al diverso público latino y a la vez ayudan a crearlo, lo cual se refleja en los nombres de dos de ellas: Latino Public Radio y Latina 100.3.
Poder 1110 es la más antigua, con profundas raíces en la comunidad, y la que más claramente se identifica como dominicana. Transmite regularmente noticias de la República Dominicana y presta atención a los problemas de sus nacionales en los Estados Unidos. Varios de sus locutores, aunque no todos, son dominicanos, y sus programas hacen referencias constantes a la cultura e historia del país de origen y utilizan expresiones lingüísticas locales. Al mismo tiempo, se presenta como de condición latina, puesto que el personal procede de varios países de América Latina. Su programación musical atrae a la audiencia latina en general, y tiene una amplia cobertura en cuanto al tratamiento de los temas que afectan a los latinos a nivel local y nacional.
91 Utilizo los nombres reales de las personas porque la narración se basa en la descripción de eventos de dominio público.
92 Otro de los pioneros de la radio latina en Providence fue Franklin Navarro, un empresario colombiano que dirigió varias estaciones de radio que tuvieron una fuerte presencia en la ciudad hasta finales de la década de 1990, cuando regresó a Colombia.
El trabajo de construcción comunitaria de la estación va más allá de promover un marco de identidad panétnico. Por ejemplo, cuando las organizaciones comunitarias necesitan proporcionar información pública o hacer un llamado a la movilización, se acercan a la estación para difundir su palabra y llegar a un gran número de personas. Cuando hay necesidad de organizar la solidaridad comunitaria o de recaudar fondos para un propósito común, la gente utiliza sus micrófonos. Durante las campañas electorales, incluye en su programación análisis políticos de comentaristas latinos y entrevistas con candidatos latinos, y respalda los esfuerzos para promover el registro de votantes y la participación política entre la comunidad.
Poder 1110 ejemplifica cómo los empresarios de medios dominicanos que siguen su propio proyecto promueven la creación de un discurso público y una comunidad panétnicos. Si los dominicanos no abrazaran la panetnicidad categórica, la emisora no llegaría a esa audiencia; también podría optar por no abrir sus micrófonos a las organizaciones comunitarias y sus causas. En última instancia, es irrelevante si los propietarios de la radio adoptan un marco de identidad latina para su programación porque entienden que la forma en que una estación en español florece en una ciudad como Providence es adoptando un discurso panétnico, y porque están comprometidos con la construcción de la comunidad. Lo más probable es que su elección se base en una combinación de estas dos razones. Mi propia experiencia indica que estos empresarios se sienten realmente comprometidos con el empoderamiento de la comunidad latina local. El punto es que la programación de la estación se dirige a los dominicanos en tanto dominicanos y latinos, a la vez que pone a otros latinos en contacto con las prácticas culturales dominicanas. Al adoptar semejante esquema para su programación, y al abordar las preocupaciones de la comunidad y promover las causas comunitarias, Poder 1110 se basa en la panetnicidad categórica y la refuerza, y ayuda a construir la panetnicidad institucional.
Los derechos de los trabajadores
El segundo caso que abordo es una organización creada para defender los derechos de los trabajadores inmigrantes. Al principio se le conocía como Comité Unido de Trabajadores Latinos y luego lo cambió por el de United Workers Committee (UWC, Comité de Trabajadores Unidos), ya que amplió su
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membresía para incluir trabajadores no latinos, principalmente caboverdianos. Creada por Mario Bueno, un activista dominicano de segunda generación, el UWC operaba dentro de una agencia de servicios sin fines de lucro, llamada Progreso Latino.93 Era, al mismo tiempo, un programa dentro de una organización de servicios sin fines de lucro y una organización de base en sí misma.
En tanto programa de servicio, el UWC ayudó a los trabajadores inmigrantes a abordar quejas específicas, y en numerosas ocasiones logró revertir los abusos de carácter laboral. Como organización de base, fracasó en sus objetivos iniciales de organizar a los trabajadores en el lugar de trabajo, pero pudo movilizar a la comunidad para que las agencias estatales aplicaran las pocas protecciones laborales previstas en la ley. También intervino en campañas para el aumento del salario mínimo estatal y para que se promulgara una legislación que protegiera a los empleados temporales. Atendía principalmente a inmigrantes de primera generación, a menudo indocumentados, porque son los más vulnerables al abuso. Entre sus miembros había inmigrantes establecidos y algunos activistas de segunda generación. Debido a que sus oficinas estaban ubicadas en Central Falls, con el tiempo la mayoría de sus miembros llegaron a ser colombianos, pero los activistas dominicanos fueron fundamentales en su creación y en sus actividades.94
En ningún momento UWC llegó a contar con más de treinta miembros. A través de los servicios que brindó y las campañas de derechos laborales que organizó, contribuyó a que los latinos se convirtieran en un actor colectivo. En este sentido, los efectos de su acción fueron mucho más significativos que el simple acercamiento de un pequeño grupo de personas a una organización. El UWC, como programa y como organización, cerró en 2006 a causa de una crisis financiera, pero dejó el legado de un gran número de personas socializadas en la
93 Progreso Latino es una de las dos agencias de este tipo en el estado. La otra se llama CHISPA (Center for Hispanic Policy and Advocacy, Centro para la Política y Defensa Hispana). Los inmigrantes latinoamericanos que acuden a estas agencias saben que tienen acceso a sus servicios porque son latinos.
94 Los primeros migrantes colombianos que llegaron al estado, reclutados para trabajar en el área textil a principios de la década de 1960, se establecieron en Central Falls. Durante años, esta localidad fue su lugar de concentración. Este ya no es el caso porque los colombianos se han estado mudando a Providence y Pawtucket, y las poblaciones mexicanas y guatemaltecas han crecido rápidamente en Central Falls. Sin embargo, la herencia colombiana en Central Falls se ve en la representación política de los latinos.
acción comunitaria y una tradición de defensa de los derechos de los trabajadores inmigrantes, que fue continuada por otras organizaciones locales.95
Teatro latino
El tercer caso es una asociación local sin fines de lucro dedicada a la promoción del teatro latino en Providence. The Educational Center of Arts and Science (ECAS, Centro Educativo para las Artes y las Ciencias) fue fundado por Nancy Patiño, una maestra y activista comunitaria ecuatoriana. Su objetivo inicial era desarrollar programas extracurriculares para estudiantes latinos en escuelas públicas. En otras palabras, una organización de servicios educativos. No obstante algunos éxitos, debido a sus limitados recursos financieros, ECAS sufrió el destino de muchas organizaciones sin fines de lucro que no pueden consolidarse con el tiempo. Luego, cambió su misión para enfocarse en la promoción del teatro latino y latinoamericano. El responsable de esta transformación fue Francis Parra, una actriz y directora de teatro dominicana. Desde el año 2000, ECAS ha organizado un festival cada marzo, poniendo en escena obras de directores locales que trabajan con actores aficionados de la comunidad y trayendo compañías de teatro latino profesionales. Su mayor éxito fue la adaptación teatral de La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, una versión novelada del asesinato del dictador dominicano Rafael L. Trujillo. La puesta en escena por Repertorio Español, una compañía con sede en Nueva York, se realizó en una sala con varios cientos de personas que rara vez van al teatro. ECAS también ha realizado varios talleres de teatro para jóvenes de bajos ingresos. Sus actividades reúnen a diferentes grupos latinos con el interés común en el teatro, brindándoles un espacio para la expresión cultural. De esta manera, contribuye a la identidad latina y a la formación de la comunidad.
Hay un fuerte elemento de contingencia en el surgimiento de estas organizaciones. En otro lugar, podríamos encontrar que la gente pone sus energías en proyectos panétnicos muy diferentes. Lo que estos casos ilustran son las formas en que los empresarios y activistas sociales y culturales dominicanos,
95 Parte del personal del antiguo UWC lo reconstruyó como una organización de base independiente, llamada Fuerza Laboral.
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junto con sus contrapartes de otros grupos latinos, participan en la construcción de instituciones y organizaciones panétnicas, en lugar o además de las organizaciones étnicas. A través de ellas, los latinos se unen y actúan como un grupo. También adquieren una presencia social y cultural en la ciudad, en la medida que se crea un espacio público latino.
Estos tres casos son solo una pequeña muestra de un campo mucho más amplio de formas organizativas que construyen la panetnicidad en la vida cotidiana. Otra área es la práctica religiosa. Las iglesias católicas y evangélicas son un ámbito importante de la panetnicidad porque atraen a los latinos como grupo en lugar de a los diversos grupos étnicos por separado. Para los dominicanos que van a la universidad, las organizaciones estudiantiles latinas son un poderoso promotor de la identidad y la comunidad panétnica.
Dentro de la comunidad hay diferencias. Aunque el esfuerzo organizacional crea comunidad, también pone en evidencia las divisiones de clase dentro del grupo emergente. Los medios étnicos apuntan al surgimiento de un sector empresarial que se identifica como latino y que depende también de la presencia de empresas latinas que compran publicidad y cuentan con base de clientes latinos.
Pantenicidad política
La participación política es un aspecto central en el estudio de la incorporación de inmigrantes. Es de carácter especial porque exige un alto nivel de compromiso con las instituciones de la sociedad receptora. A través de la movilización es que un grupo panétnico se convierte en un actor en su lugar de residencia. De hecho, el voto y los derechos civiles y políticos ocupan un lugar importante en la consideración de los inmigrantes dominicanos de primera generación en Providence. El 32 % de la primera generación que respondió a la Encuesta Nacional Latina afirmó que se convirtieron en ciudadanos estadounidenses «para poder votar». Entre los que no son ciudadanos, el 22.5 % dijo que poder votar sería una razón para convertirse en ciudadano. Además, el 28 % de los que son ciudadanos respondieron que se naturalizaron «para tener derechos legales, políticos o civiles» o «para que la gente no me tratara injustamente». Entre los que no son ciudadanos, el 37.5 % indicó que esta sería su razón para naturalizarse.
A nivel nacional, los dominicanos han creado su propia organización, la Mesa Redonda Nacional Dominico-Americana, cuya misión es abogar por temas que son importantes para su comunidad; pero a nivel local se han incorporado al proceso político como latinos.96 La decisión de los dominicanos y de otros activistas políticos latinos de organizarse y postularse para cargos públicos sobre una base panétnica y no sobre una base étnica o nacional es, por un lado, una elección instrumental. Dada la forma en que los latinos comparten el espacio urbano, los candidatos dominicanos (y, para el caso, los candidatos latinos) necesitan movilizar a la gente sobre una base panétnica para ser elegidos. Como mostró Nicole Marwell en su análisis de la política dominicana de segunda generación en dos áreas de la ciudad de Nueva York, la elección de las estrategias políticas y las identidades tiene mucho que ver con el carácter demográfico de los distritos electorales (Marwell, 2004). Sin la aceptación generalizada de la panetnicidad categórica, esta elección instrumental sería ineficaz.97 La capacidad de atraer a un electorado por su condición de latinos presupone la presencia de esa forma de identificación.
Los dominicanos en la política de Rhode Island
En el momento de escribir este artículo, otoño de 2008, hay cuatro funcionarios dominicanos electos en Rhode Island: el senador estatal Juan Pichardo, la representante estatal Grace Díaz, y los concejales de Providence Miguel Luna y León Tejada. Todos fueron elegidos de los distritos, lo que convierte a Providence, junto con la ciudad de Nueva York, en el municipio con el mayor número de funcionarios dominicanos electos en el país.98 Sin embargo,
96 La historia de la movilización política latina en Rhode Island ha sido documentada por el activista local Tomás Ávila en un libro que recopila los principales documentos y notas periodísticas sobre el tema entre 1996 y 2006.
97 De hecho, el 65.6 % de los encuestados de primera generación en la Encuesta Nacional Latina, y 7 de cada 11 de sus contrapartes de segunda generación respondieron que en áreas como los servicios gubernamentales, el empleo y la representación política, los dominicanos tienen algo o mucho en común con otros latinos.
98 Hay otros tres latinos elegidos en el área de Providence-Central Falls. Una de ellas es la representante estatal Anastasia Williams, de Panamá, la primera funcionaria latina electa en el estado, que ha representado al distrito 9 en South Providence desde 1992. El segundo es el concejal Luis Aponte, de Puerto Rico, quien representa al distrito 10, también en South Providence, desde 1998. La tercera es la concejal de Central Falls, Eunice
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el camino para ganar presencia en la política de Rhode Island exigió un gran esfuerzo de movilización comunitaria. A principios de la década de 1990, hubo algunos intentos por parte de los dominicanos de postularse para un cargo en Providence, pero no fue hasta 1996 que comenzaron a participar en el proceso político local.
Ese año, un joven dominicano llamado Víctor Capellán se postuló, sin éxito, en las primarias demócratas para representante estatal. Capellán llegó a los Estados Unidos cuando era niño y creció en Providence; se graduó de las escuelas públicas de Providence y de la Universidad de Rhode Island. Fue miembro de Quisqueya en Acción y su candidatura llevó a la política a una nueva generación de jóvenes dominicanos vinculados a esa organización, jóvenes latinos que conocían a Capellán desde su juventud, y otros que buscaban formas de participar en la política local. De hecho, el jefe de campaña de Capellán fue Juan Pichardo. Los dos habían sido amigos cercanos desde los días en que estuvieron involucrados en la formación de Quisqueya en Acción y ambos entraron juntos a la política.99
Capellán intentó dos veces convertirse en representante estatal, y perdió las dos por márgenes muy bajos ante Joseph Almeida, actual presidente del Caucus Legislativo de la Minoría. Sin embargo, el entusiasmo generado por su campaña y sus derrotas muy ajustadas hicieron ver a los dominicanos de primera y segunda generación que era posible ser elegidos. Desde entonces, el número de dominicanos que participan en política y se postulan para cargos públicos ha crecido de manera constante. León Tejada fue representante estatal por el distrito 18 de Providence en 2000, fue reelegido en 2002, pero resultó desbancado por Grace Díaz, quien también es dominicana, en 2004. Díaz se convirtió en el representante estatal del que ahora se conoce como distrito 11. En 2006, fue reelegido y Tejada también para el consejo municipal de Providence. En 2002, los latinos obtuvieron su mayor victoria electoral con de la Hoz, una colombiana elegida para el consejo municipal en 2006. Durante muchos años, Central Falls tuvo a otro colombiano en su consejo, Ricardo Patiño, quien fue el primer funcionario latino en esa ciudad. La historia de los colombianos en Central Falls les da el conocimiento y la organización necesaria para ingresar al sistema político local.
99 Hoy Víctor Capellán es el presidente de la Junta Ejecutiva Nacional de la Mesa Nacional Dominico-Americana (Dominican American National Roundtable).
la elección de Juan Pichardo al senado estatal por el distrito 2.100 También en 2002, Miguel Luna fue elegido para representar al distrito 8 en el consejo de la ciudad de Providence, su segundo intento de ganar ese cargo, para el cual fue reelegido en 2006. Todos los distritos y barrios en los que se eligieron dominicanos se encuentran en la parte sur de la ciudad, donde se concentra la población dominicana.
Esta ola de creciente participación política dio lugar a otra iniciativa que consolidó la política latina en el estado. En 1998, un grupo de activistas, muchos de los cuales habían participado en las campañas de Capellán, crearon el Comité de Acción Política Latina de Rhode Island (RILPAC). RILPAC se convirtió en una herramienta de apoyo para los candidatos latinos y para incluir sus temas en la agenda de los funcionarios electos no latinos. RILPAC ha fortalecido la presencia de los latinos en la política local, ya que los políticos tradicionales buscan obtener el apoyo de la organización. A través de su proceso de aprobación, RILPAC puede hacer, hasta cierto punto, que los políticos convencionales rindan cuentas en temas de importancia para la comunidad latina. En 2002, algunos de sus miembros crearon el Rhode Island Latino Civic Fund (RILCF, Fondo Cívico Latino de Rhode Island), como una organización más amplia orientada a aumentar la educación política y la participación en la vida cívica. El objetivo de RILPAC sigue siendo impactar el proceso político a través del respaldo de los candidatos y el planteamiento de temas que afectan a la comunidad. RILPAC y RILCF se han convertido en medios importantes para la movilización de los latinos en el ámbito político de Rhode Island.
Caminos hacia la participación política
A menudo se argumenta que los partidos facilitaron la incorporación política de los inmigrantes europeos a finales del siglo XIX y principios del XX, que las maquinarias políticas se encargaron de reclutar para la política local (Dahl, 1961; Wong, 2006). El científico Steven Erie, sin embargo, demostró que el papel de dichas maquinarias en la movilización de los inmigrantes era exagerado (1988). Él observó su funcionamiento en Irlanda antes de la Segunda
100 Esta fue la victoria más relevante porque los distritos del senado son más grandes que los de la ciudad y los de la cámara. Por lo tanto, para ganar las elecciones para el senado, se necesita un mayor esfuerzo organizativo.
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Guerra Mundial, y demostró que solo movilizaban a personas de origen irlandés. Después de la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a sumar a las etnias blancas, pero excluían a los afroamericanos y latinos. Además, Erie argumentó que, contrariamente a lo que se piensa, las maquinarias políticas irlandesas obstaculizaron en lugar de promover la movilidad social de los inmigrantes irlandeses y sus descendientes (1988).
Los partidos políticos de hoy se dedican más a movilizar a su base política que a ampliar sus filas. No obstante, es necesario reclutar a personas con la ambición de postularse para un cargo. Las campañas políticas también demandan recursos. Uno de esos recursos son las personas que están dispuestas a tocar puertas, hacer llamadas telefónicas, llenar sobres, revisar las listas de votantes, etc. Otro, por supuesto, es el dinero. Los esfuerzos de recaudación de fondos también exigen personas que puedan organizar eventos y tener conexiones con posibles donantes. El papel de reclutar y movilizar a los inmigrantes en la arena política es ocupado hoy por organizaciones comunitarias (Bloemraad, 2006; Cordero-Guzmán, 2005; Sterne 2003; Wong, 2006).101 Este es el caso de Rhode Island, donde el rápido aumento de la representación política se sostiene a través de la acción de una densa red de organizaciones comunitarias (Uriarte, 2006). El estudio de las segundas generaciones en la ciudad de Nueva York también arrojó que la participación política está relacionada con el compromiso en otros tipos de organizaciones cívicas (Kasinitz et al., 2008). Podemos ver la importancia de las organizaciones comunitarias en los casos del senador Pichardo y la diputada Díaz, presentados por primera vez al principio de este volumen. Juan Pichardo nació en la República Dominicana y llegó a la ciudad de Nueva York con su familia cuando tenía nueve años. Cinco años más tarde, su madre se mudó a Providence, donde él terminó la escuela secundaria y la preparatoria. De joven formó parte del grupo que creó Quisqueya en Acción. Recordó que al principio el énfasis de los jóvenes vinculados a la organización estaba en promover la cultura dominicana, pero esta vez comenzaron a prestar atención a la situación política y socioeconómica de la comunidad.
101 Los partidos políticos no fueron el único actor importante en la incorporación de los inmigrantes. Las organizaciones comunitarias siempre jugaron un papel en este proceso (Sterne, 2001). Lo que resulta diferente hoy en día es la virtual ausencia de participación de los partidos políticos en la movilización de los inmigrantes (Wong, 2006).
A medida que avanzaba el año también fuimos testigos de las desigualdades que existían en nuestra ciudad y en nuestro estado. Y esa desigualdad era la falta de voz representativa en el gobierno, la falta de recursos que llegaban a la ciudad, y que al menos podíamos sentir que el gobierno nos estaba respondiendo, ya sea sobre la educación o sobre los funcionarios electos o sobre dónde se respondía a los males de la sociedad, cómo contrarrestar la pobreza. Así que esos fueron algunos de los temas por los que me metí en política.102
El grupo que inicialmente trabajó con él en sus campañas, así como en las campañas de Capellán, estaba compuesto en parte por personas que conocían su trabajo en Quisqueya en Acción y en otras organizaciones locales durante sus muchos años en Providence. Los que crearon RILPAC también se movilizaron para que Pichardo fuera elegido.
Grace Díaz llegó a los Estados Unidos cuando ya era adulta. Trabajó en varios empleos hasta que abrió su propia guardería en casa. Se convirtió en una de las líderes de los proveedores de guarderías para crear un sindicato que negociara con el estado las condiciones laborales de ese sector. Ese esfuerzo contó con el fuerte apoyo de algunos sindicatos progresistas, vinculados a Jobs with Justice (Empleos con Justicia). Díaz dijo en nuestras entrevistas que no tenía planes de postularse para el cargo. Lo hizo porque los proveedores se lo pidieron. Su objetivo, como candidata, era darle voz a este grupo en la Cámara de Representantes del estado y avanzar en su objetivo de lograr el reconocimiento del estado como ente de negociación. El apoyo a su campaña provino del grupo que estuvo detrás de la campaña de sindicalización.
Del mismo modo, las campañas de León Tejada y Miguel Luna tuvieron sus raíces en organizaciones comunitarias. En su primera campaña a la Cámara de Representantes, León Tejada aprovechó sus lazos con el Partido Revolucionario Dominicano, que movilizó a sus miembros para que lo ayudaran. También fue capaz de reunir el apoyo activo del principal partido dominicano, el Partido de la Liberación Dominicana. Estos grupos son por lo general rivales acérrimos, pero se unieron para trabajar juntos en favor de Tejada.103 Miguel Luna
102 Juan Pichardo, entrevista, 16 de julio de 2008.
103 Desconozco la base organizativa de su posterior campaña a la alcaldía. Puede que también haya dependido de activistas de partidos políticos dominicanos.
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recibió el apoyo de Acciones Directas por los Derechos y la Igualdad (DARE), una organización de base local que moviliza a personas de bajos ingresos para luchar por la justicia social y contra el racismo. También recibió el respaldo de los sindicatos progresistas de la ciudad.
A nivel municipal y estatal, los dominicanos ingresaron a la escena política a través de las filas del Partido Demócrata.104 En 2003, los demócratas eligieron a Melba de Peña, una joven activista dominicana que dirigió muchas campañas electorales locales, para ser la directora ejecutiva del partido, cargo que ocupó durante tres años (2003-2006).105 De Peña, quien al igual que Capellán y Pichardo llegó a Estados Unidos a temprana edad, creció en Providence y estuvo vinculada a Quisqueya en Acción. Grace Díaz es actualmente la vicepresidenta del Partido Demócrata de Rhode Island. Se podría suponer que el Partido Demócrata se acercó a los latinos, pero esa es una impresión errónea. Es cierto que los latinos han logrado ocupar cargos dentro del Partido Demócrata. Han sido elegidos para los comités de distrito, así como para otros cargos. Han abierto, hasta cierto punto, las puertas del Partido Demócrata, pero lo han hecho como resultado de su propia movilización y a través de la fuerza de sus propias organizaciones, no como resultado ddel proselitismo partidista. Como señaló Michael Jones-Correa sobre la relación del Partido Demócrata y la comunidad latina local, los partidos políticos tienden la mano a los que ya están movilizados, no se preocupan por integrar a los inmigrantes a la política (1997). Es la participación en la vida comunitaria étnica o panétnica, y no la acción de las instituciones dominantes (en este caso, los partidos políticos), lo que conduce a la incersión en la vida política general. Además, no todo el Partido Demócrata de Rhode Island se está acercando a los inmigrantes. De hecho, los representantes de áreas del estado sin una fuerte presencia de inmigrantes son conocidos por dar su aprobación a fuertes proyectos de ley antiinmigrantes en la legislatura estatal. Esos proyectos solo se dirigen a los inmigrantes indocumentados, pero no dejan de ser un ataque a toda la comunidad. Díaz ha dicho que aquellos que se implican en
104 En 1992, Juan Francisco, un pastor dominicano, se postuló sin éxito para representante estatal en las primarias republicanas. Es parte de un pequeño grupo de latinos que han aspirado a cargos públicos como republicanos.
105 Después de renunciar a su puesto en el Partido Demócrata, fue contratada para dirigir la oficina de Relaciones Humanas de la ciudad de Providence.
proyectos de ley antiinmigrantes no son verdaderos demócratas, pero de hecho lo son a largo plazo.
Competencia y cooperación
La participación en la organización comunitaria es la base sobre la cual se construye la acción política de los dominicanos y latinos. Este modo de incorporación, sin embargo, conlleva el costo potencial de generar competencia interétnica. En lugares como Providence, donde los inmigrantes a menudo ocupan el mismo espacio urbano que los afroamericanos, su incorporación política a menudo se produce a costa de las posiciones ocupadas por los afroamericanos. Los latinos y los afroamericanos se enfrentan en ocasiones a una situación similar: la necesidad de buenos empleos, atención médica asequible y acceso a una educación de calidad. Esta situación puede conducir tanto al aumento de las tensiones interétnicas en la lucha por posiciones políticas, como al surgimiento de relaciones de cooperación (Jones-Correa, 2001; McClain y Tauber, 2001). Esta ambigüedad se refleja en las respuestas a la Encuesta Nacional Latina. Una gran mayoría de dominicanos de primera generación, el 73.3 %, y diez de los once encuestados de segunda generación respondieron que, para los latinos, el éxito depende en parte o en mucho de que a los afroamericanos les vaya bien. El 71.1 % de los de primera generación y siete de los once de segunda generación afirmaron que había competencia en la elección de los miembros del grupo para ocupar cargos públicos. La entrada de los latinos en el campo político de Rhode Island ha sido, hasta cierto punto, a expensas de los afroamericanos. León Tejada, en su primera elección a la legislatura estatal, y Juan Pichardo desbancaron a los titulares afroamericanos; pero la entrada de dominicanos y otros latinos al ámbito político no es solo a expensas de los afroamericanos. Miguel Luna derrotó a un titular blanco, y Grace Díaz a León Tejada, quien más tarde fue elegido en el consejo de la ciudad de Providence en un distrito abierto. Además, cada uno de ellos tuvo que luchar contra los desafíos tanto de los afroamericanos como de otros candidatos latinos. La política de South Providence se ha convertido en un escenario para la competencia inter e intragrupal. A medida que crezca el número de latinos en los vecindarios fuera del sur de Providence, desafiarán cada vez más a los titulares blancos establecidos.
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Los cambios recientes en los límites de los distritos del senado estatal ilustran las fuentes de conflicto y las posibilidades de cooperación entre latinos y afroamericanos. En su primera candidatura al Senado, en 2000, Pichardo se enfrentó a un titular blanco de larga experiencia. Explicó que se postuló ese año porque sabía que los distritos del Senado se verían afectados por su redistribución y la reducción de la legislatura ordenada por el referendo. Esperaba que si ganaba ese año podría proteger dos escaños del Senado para las minorías después de la redistribución de distritos. Fue derrotado por un pequeño margen. En 2002, la restructuración de los límites de los distritos fue retrasada, de tal manera que tuvo que competir contra el senador Charles Walton, un titular que llevaba dieciocho años en ese puesto y el único senador afroamericano. Pichardo consideró muy desafortunado el hecho de haber tenido que competir contra Walton y admitió que la derrota de este fue devastadora para la comunidad afroamericana.
En 2004, como resultado de una demanda contra el mapa del Senado de 2002 elaborado por organizaciones afroamericanas, los distritos fueron rediseñados. La demanda, basada en las Leyes de Derechos Electorales, argumentó que el mapa de 2002 diluyó el poder de los afroamericanos al dividir el lado sur de Providence en dos distritos.106 El mapa de 2004 creó un nuevo distrito con una alta proporción de población afroamericana y latina.107 También dividió el distrito de Pichardo y esto lo obligó a familiarizarse con una nueva circunscripción. No obstante, apoyó el nuevo distrito porque significaba la incorporación al Senado de otro legislador de las minorías.
En las elecciones de 2004, la campaña en el nuevo distrito enfrentó a un candidato afroamericano, el exrepresentante estatal Harold Metts, y a un candidato latino, Pedro Espinal, empresario y activista político dominicano. Pichardo se mantuvo neutral en esa contienda, hasta el punto de que apenas visitó el nuevo distrito durante las elecciones, pero subrayó que siempre pensó
106 Cuando se dio a conocer el mapa de 2002, las organizaciones latinas también presentaron una demanda, alegando que la redistribución de distritos disminuía el poder de voto de los latinos. Esta demanda fue retirada. Solo las organizaciones afroamericanas siguieron adelante.
107 El Senado de Rhode Island nunca admitió haber actuado mal en el diseño de los mapas de 2002. En 2004, sin embargo, el retiro de dos poderosos titulares permitió al Senado volver a trazar los límites de los distritos sin afectar a ninguna parte interesada y evitar los costos de la batalla legal.
que, para garantizar el equilibrio, debería ser electo allí un afroamericano. De hecho, Metts ganó esa carrera. En declaraciones al periódico local, reconoció la existencia de divisiones entre las comunidades afroamericana y latina debido a aspiraciones contrapuestas, pero agregó que ni los afroamericanos ni los latinos pueden perseguir sus agendas por separado y que necesitan trabajar juntos (Smith, 2004). Pichardo estuvo de acuerdo en que la victoria de Metts fue buena, en el sentido de que obligó a los latinos y afroamericanos a cooperar políticamente. Ninguno de los dos forma parte de la bancada minoritaria. En 2008, Pichardo y Metts fueron los únicos que votaron en contra del presupuesto en el Senado porque los recortes afectaban profundamente a ambas circunscripciones.
Pichardo describió la colaboración entre latinos y afroamericanos en la Cámara de Representantes estatal como una señal de madurez política. Actualmente es el vicepresidente del Caucus de Liderazgo Legislativo de las Minorías. El presidente es el representante estatal Joseph Almeida, quien derrotó dos veces a Víctor Capellán en la carrera por el cargo de representante estatal. Pichardo señaló que hace diez años, cuando dirigía la campaña de Capellán, Almeida era un enemigo, pero ahora trabajan bien juntos.
Díaz, también miembro del Caucus Legislativo de la Minoría, dice que los latinos y los afroamericanos en la legislatura trabajan juntos para beneficiar a ambas comunidades. Ella se convirtió en una buena amiga de Almeida y lo admira por la determinación con la que defiende a todas las comunidades de South Providence. Agregó que en marzo de 2008, cuando el gobernador de Rhode Island, Donald Carcieri, emitió una orden ejecutiva para que las agencias estatales colaboraran con el Servicio Federal de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en la identificación de los inmigrantes indocumentados, Almeida se opuso rotundamente, alineándose con los funcionarios latinos electos y las organizaciones comunitarias.
Existe una tensión entre la necesidad de ambas comunidades de adquirir una voz y una presencia en la arena política y los intereses comunes que se derivan de sus posiciones similares en el sistema de estratificación estadounidense. Sería un error expresar que ambas deberían centrarse en sus intereses comunes y abandonar su aspiración de presencia pública. En una sociedad racializada, el reconocimiento y la afirmación de la identidad no es algo que pueda pasarse por alto. Además, la movilización política de las minorías surge
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de la vida comunitaria y se ve estimulada por la pertenencia al grupo de empresarios políticos y activistas.
En esa búsqueda del reconocimiento, los políticos y organizaciones latinas promueven una táctica basada en la movilización de grupos étnicos identitarios. De hecho, la actual base de incorporación política de la comunidad étnica puede no ser muy diferente a la del pasado, en el sentido de que antaño también surgió de clubes, iglesias y otras organizaciones étnicas (Erie, 1988; Sterne, 2003). Esta es una estrategia probada y verdadera, y es necesaria para abordar la invisibilidad y la marginación causadas por la racialización.
Sin embargo, conduce inevitablemente a una competencia directa entre los diferentes grupos minoritarios, debido a la proximidad geográfica de los barrios y distritos. También aleja a los políticos y activistas de las minorías de los trabajadores y los blancos pobres, que no experimentan exclusión racial, pero son marginados por motivos de clase.
Tal vez este no sería el caso si los demócratas y los republicanos fueran partidos basados en la membresía o si se contara con sindicatos robustos. Los dos partidos están concentrados en presentar candidatos y capturar el voto en los períodos electorales, en lugar de movilizar a la gente, y los sindicatos han ido perdiendo integrantes y fuerza durante décadas. La estrategia actual de los sindicatos para recuperar poder implica abandonar su histórica postura antiinmigración, y acercarse a los inmigrantes.
Dado que los trabajadores pobres, los latinos, los afroamericanos y los blancos coinciden en gran medida en sus necesidades y demandas, sería un error pasar por alto las formas de colaboración que existen en la búsqueda de una agenda común. Este es el dilema al que se enfrentan los funcionarios latinos electos, así como los activistas de base. Por un lado, movilizan a las personas en función de su identidad étnica o panétnica compartida; por otro, requieren el establecimiento de alianzas amplias con otros grupos que se enfrentan a una situación similar, alianzas que deben trascender la base identitaria de la movilización política.
Políticas de familias obreras
Como afirmó el sociólogo Agustín Laó-Montes en su análisis de los movimientos sociales latinos, la política de este grupo abarca una amplia gama de
posiciones, desde las conservadoras hasta las radicales (2001). Aquí examino la política de dos de los cuatro funcionarios dominicanos electos, el senador estatal Juan Pichardo y la representante estatal Grace Díaz. Por supuesto, la política electoral no agota el arco de opciones abiertas a los dominicanos. La movilización y el activismo de base son también un ámbito importante de participación (Laó-Montes, 2001). Enfatizo las políticas electoral y legislativa por su importancia en la literatura y porque estas son las áreas en las que los dominicanos en Providence han invertido más en busca de empoderamiento. Me centro en el aspecto legislativo de la política de Pichardo y Díaz porque ilustra las posibilidades y los límites de la incorporación etnorracial estratificada. Evalúo los objetivos que persiguen. ¿Es su propia presencia lo que importa? ¿Se trata de asegurar recursos para sus distritos o sus grupos étnicos, en lo que sería una recreación de una especie de vieja política mecánica? Díaz cree que uno de sus principales logros es que la gente de su distrito confía en ella. Le resulta muy satisfactorio intervenir en nombre de la gente de su distrito cuando se ven perjudicados por un cargo público. Para ella es muy importante que su gente sepa que hay alguien en el cargo a quien pueden acudir en busca de ayuda. Pichardo también subraya que una de las cosas que le gusta de su cargo es que puede resolver problemas de la gente. Ambos se sienten orgullosos de su capacidad para atraer recursos a su distrito. También afirmaron que a través de subvenciones legislativas y otras fuentes que pueden canalizar a su distrito, mantienen los programas y organizaciones en marcha. Destacaron que recaudan dinero para organizaciones de todos los grupos étnicos de su distrito. Pichardo señaló la importancia de empoderar a su electorado haciendo que los miembros del distrito se sienten en las juntas estatales.
Tener funcionarios electos ha aumentado el sentido de pertenencia y la confianza pública de los dominicanos y latinos en general. Alejandra, cuya historia está en el capítulo 4, dijo que la participación política de los latinos ha cambiado la forma en que la corriente principal los mira. Ha trabajado como voluntaria en algunas campañas electorales de candidatos latinos y destacó que, debido a su acción en la vida política del estado, los latinos son vistos como un grupo que contribuye positivamente a la sociedad. El interés de Alejandra por la política vino de sus padres, que eran miembros de un partido dominicano, y sigue de cerca la política dominicana. Claudia también destacó la importancia de la participación latina y dijo, medio en broma y medio en serio, que le gustaría
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postularse para un cargo en el futuro. Cuando era niña, no estaba interesada en la política, pero eso cambió con una visita a la oficina de asistencia social, en la que conoció a un miembro de una organización comunitaria sin fines de lucro. Desde entonces, ha estado haciendo trabajo voluntario para esa organización, y a veces debe asistir a reuniones en la casa de gobierno, y eso la hizo consciente de la conveniencia de tener allí personas que respondan a las preocupaciones de la comunidad. Las otras tres personas cuyas historias relato en el capítulo 4 (Luisa, Carlos y Miguel) pertenecen al no tan pequeño grupo de desencantados o simplemente desvinculados de la arena política.
Ayudar a los electores y canalizar fondos al distrito son, de hecho, acciones necesarias de cualquier estrategia electoral basada en el distrito. Si esto fuera solo lo que estos dos funcionarios electos han hecho, no sería mucho en términos de abordar las exclusiones etnorraciales y de clase. Para un alcance más amplio de la política latina, se requiere evaluar sus agendas legislativas. Alberto, presentado en el capítulo 6, insistió en este aspecto. Cuando tenía poco más de veinte años, creía en el activismo de base y no prestaba mucha atención a la cuestión electoral. En su adolescencia adquirió afición por la organización comunitaria después de formar parte de grupos fundados por la iglesia. Después de varios años de trabajo comunitario, se dio cuenta de que tener personas dispuestas a atender las necesidades de la comunidad era algo imprescindible. Hoy piensa que para lograr un cambio social hay que saber jugar dentro del sistema político. Sin embargo, al escuchar a Pichardo y Díaz hablar sobre su labor legislativa, quedó claro que enfrentan obstáculos difíciles para avanzar. Díaz señaló que abrir un espacio para un defensor de los derechos civiles en la oficina del Procurador General es uno de sus principales logros legislativos. Considera que no es un paso muy grande, pero es un pequeño avance en la dirección correcta. A esto se suma sus esfuerzos para aumentar el salario mínimo estatal, y en la legislación destinada a regular, al menos en algo, según sus propias palabras, el funcionamiento de las agencias de trabajo temporal, las cuales emplean un alto porcentaje de la fuerza laboral inmigrante en Rhode Island. También cabildeó en la Cámara de Representantes para aprobar la ley que regula las hipotecas de alto riesgo. Este era el proyecto de ley del que Pichardo estaba más orgulloso. Mencionó además como uno de sus éxitos el copatrocinio de una ley que obliga a los jueces a explicar, a quienes quieren declararse nolo contenderé, las posibles implicaciones de hacerlo. Pichardo señaló
que muchos inmigrantes así actuaron, sin darse cuenta de las implicaciones, y sufrieron las consecuencias.
Si nos fijamos en la legislación en la que tanto Díaz como Pichardo han estado involucrados, vemos elementos que se refieren específicamente a los inmigrantes, pero sobre todo está inspirada en las familias trabajadoras. Ya se trate del salario mínimo, las agencias de empleo temporal o los préstamos de alto riesgo, su preocupación se centra en las leyes que pueden mejorar las condiciones de vida de sus electores, que son, en su mayor parte, la clase trabajadora y los pobres. Pichardo concibió una agenda de cuatro puntos para lidiar con los problemas de la comunidad.
El primero es generar una situación financiera estable para las familias trabajadoras: «Necesitamos atraer más puestos de trabajo que apoyen [...] familias trabajadoras. Otros pueden decir, está bien, queremos empleos de alta calidad, empleos de alto nivel, pero el hecho es que la mayoría de mis electores son latinos aquí, su nivel de educación no es alto y, por lo tanto, necesitamos atraer más empleos que puedan sostener a una familia». El segundo punto, según Pichardo, es el cuidado de la salud, el saber que los padres pueden llevar a sus hijos al médico y no esperar hasta que tengan que acudir a emergencias; ello reduce su estrés y aumenta la estabilidad de las familias. En última instancia, añadió Pichardo, es menos costoso para la sociedad proporcionar una atención de salud adecuada, porque los que dependen de las salas de emergencias, cuando llegan allí, suelen estar más enfermos y requieren de mayores cuidados para recuperarse. Al final, todo el mundo acaba pagándolo. El tercer punto es la necesidad de proporcionar a las familias una educación financiera para que puedan ahorrar y comprar una vivienda sin ser víctimas de préstamos abusivos. El cuarto es la educación. «Cuando se juntan estas cosas —anotó Pichard—, una familia puede comprar una casa, comprar más cosas, aumentar su calidad de vida y, finalmente, proporcionar un hogar en el que un niño pueda prosperar».
Tanto Pichardo como Díaz siguen políticas similares, orientadas a mejorar el sustento de las familias trabajadoras y, como vimos anteriormente, la mayor parte de estas familias son de inmigrantes. Pichardo cree, sin embargo, que el Estado va en la dirección opuesta. Mencionó, en particular, los profundos recortes en el presupuesto de la cobertura para la salud infantil, por lo cual decidió votar en contra. Le pregunté cómo era posible proporcionar cobertura de atención médica a los niños en una época de crecientes recortes. Su respuesta fue clara:
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«Las personas que ganan más de $200,000 o $250,000 deberían poder contribuir un poco más para que no tengamos niños con menos cobertura de salud. No conozco en mi distrito a nadie que gane más de $250.000 dólares. Seguramente, a todos nos gustaría ganar 250.000 dólares. Aun así, creo que querríamos hacer lo correcto, y es pagar un poco más para ayudar a proporcionar cobertura de salud, puesto que de lo contrario todos lo pagaremos a largo plazo».
La agenda propuesta por Pichardo depende de las decisiones políticas sobre la recolección y el uso de los recursos públicos. ¿Son factibles estos cambios? «Una de las mayores frustraciones que veo en el cargo es que el cambio no llega tan rápido como me gustaría —comentó Pichardo—. Cuando estás en el exterior quieres que las cosas cambien rápidamente y desafortunadamente hay un proceso, pero mi gente no puede darse el lujo de esperar».
Pichardo no ha perdido su optimismo. Cree que los latinos están abogando por casi lo mismo, con la intención de lograr de que «las familias tengan un futuro financiero muy seguro para sus hijos y para ellos mismos». Considera que una vez que otras personas se den cuenta de que los latinos son un grupo diverso y no se diferencian de los demás, aceptarán abordar su situación.
Díaz tiene una visión más sombría. Opina que lo que ella, Pichardo y la gente del Caucus de la Minoría Legislativa hacen es muy importante porque tiene efectos concretos en la vida de las personas, pero no resulta suficiente. Son una minoría y su fuerza no es grande. Cuando aceptó postularse para un cargo público, no sabía lo que implicaba ser representante del estado. No se percató de que tendría que estar lista para trabajar veinticuatro días al día y siete días a la semana en nombre de una comunidad con necesidades aparentemente interminables. A veces se siente muy sola en sus esfuerzos. De diferentes maneras, tanto Pichardo como Díaz reflejan el desafío de la política latina, que es cómo trascender y crear alianzas que puedan impulsar políticas que beneficien a las familias trabajadoras y a los pobres.
Panetnicidad ideológica
Dominicanos y latinos han adquirido una presencia política considerable en Providence y en Rhode Island. Este proceso de incorporación política panétnica, sin embargo, no dice si los dominicanos, en términos individuales, adoptan esa ideología y en qué medida, la cual definimos como la alineación
y la participación dentro de las estrategias latinas. Esta es la última dimensión del modelo analítico utilizado aquí. La encuesta proporciona algunas respuestas y los resultados apuntan a que, no obstante el esfuerzo de movilización latino y su éxito electoral, el apoyo a la panetnicidad ideológica es limitado. A los encuestados se les presentaron dos situaciones. La primera indaga si cuando los candidatos latinos compiten contra candidatos no latinos, los dominicanos deben votar por el latino simplemente porque el candidato lo es. Esta es una forma de identidad política que respalda la codificación automática de líneas panétnicas. La tabla 8.1 muestra que solo el 31 % de la primera generación y el 17 % de la segunda generación, una minoría de ambas muestras, abrazan la versión fuerte de la panetnicidad ideológica. La segunda alude a que los políticos latinos representan los intereses de los dominicanos mejor que sus homólogos no latinos. Esta forma más débil de línea de identidad se basa en la creencia de que alguien familiarizado con la experiencia cotidiana de los inmigrantes y sus hijos está mejor preparado para comprender y representar sus intereses.
Mientras que la primera situación implicaba un apego emocional basado en una identidad común, la segunda revela una actitud instrumental a partir de la idea de que las experiencias comunes pueden generar una mejor comprensión de las situaciones a las que se enfrentan los inmigrantes y sus hijos. Grace Díaz insistió en este punto; afirmaba que era una apasionada en los temas que afectan a la comunidad porque, como inmigrante y como madre soltera que tuvo que trabajar duro toda su vida, entiende las problemáticas de quienes se encuentran en una situación similar.
TABLA 8.1. Panetnicidad ideológica.
Los dominicanos deben votar por candidatos latinos porque son latinos
Los políticos latinos representan los intereses de los dominicanos mejor que los políticos no latinos
Nota: Las cifras reflejan a los que están de acuerdo con la afirmación. Porcentajes entre paréntesis. Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
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La proporción de encuestados que apoyan la forma instrumental de panetnicidad ideológica es mayor que la de los que están de acuerdo con la posición más emocional, pero sigue siendo una cantidad minoritaria. Casi el 50 % de los encuestados de segunda generación y el 38 % de la primera están de acuerdo con la primera. Los resultados de la Encuesta Nacional Latina respaldan estos hallazgos. Una mayoría de los encuestados de primera generación, el 68.8 %, y ocho de los once encuestados de segunda generación respondieron que es algo importante o muy importante que un candidato sea latino. Un porcentaje aún mayor, el 96.7 % de primera generación y todos los de segunda generación argumentaron que es algo muy importante que un candidato comparta su posición sobre ciertos temas.
Las entrevistas en profundidad arrojan luz sobre el bajo apoyo a la panetnicidad ideológica. En mis conversaciones con dominicanos de primera y segunda generación, encontré dos posiciones básicas. La primera reflejaba la débil forma de panetnicidad ideológica observada en las respuestas de la encuesta. Los encuestados expresaron su apoyo a la movilización política panétnica y su simpatía por los latinos que se postulan para cargos públicos; pero su voto depende de los puntos de vista del candidato y no de su origen étnico. Debido a que los candidatos latinos son inmigrantes o de origen inmigrante, probablemente tendrían una comprensión más cercana de los problemas que afectan a los dominicanos. Agregaron, sin embargo, que esto no siempre se puede asumir, y que hay que conocer qué representan los candidatos en temas importantes. Esta posición muestra un alto nivel de sofisticación política.
La segunda posición era el desapego con respecto a la participación política. En este caso, los encuestados desconfiaban de la capacidad de los políticos, latinos y no latinos por igual, para hacer cambios positivos en sus vidas. Desconfiaban de sus intenciones y de su honestidad. El limitado apoyo a la panetnicidad ideológica se explica por una combinación de madurez política, como sugería Pichardo —que presta atención a las intenciones de los candidatos más que a su origen— y de desencanto político —la creencia de que los políticos son deshonestos y que la política es una pérdida de tiempo.
La movilización política se lleva a cabo a lo largo de las líneas latinas porque el impulso y el entusiasmo necesarios surgen de las organizaciones
comunitarias y por el criterio, expresado en varias intervenciones, de que los políticos latinos entienden mejor la situación de los latinos. La falta de una fuerte convicción ideológica de panetnicidad en las respuestas a la encuesta y en las entrevistas cualitativas indica que, al menos entre los dominicanos en Providence, las alianzas para impulsar una política de familias obreras son posibles.
El último tema es la relación entre clase y panetnicidad ideológica. Los resultados de la encuesta se presentan en la tabla 8.2. Esa relación es débil para la primera generación y casi ausente para la segunda. La clase no parece ser un factor determinante de las ideologías panétnicas.
TABLA 8.2. Panetnicidad ideológica por clase y generación.
Los dominicanos deben votar por candidatos latinos porque son latinos
Los políticos latinos representan los intereses de los dominicanos mejor que los políticos no latinos
Segunda generación
Asalariados de bajo rango, pequeña burguesía
Primera generación
Asalariados de bajo rango, pequeña burguesía
Nota: Las cifras reflejan a los que están de acuerdo con la afirmación. Porcentajes entre paréntesis. Fuente: Elaboración propia a partir de una encuesta realizada a dominicanos de primera y segunda generación.
En la muestra de primera generación, hay niveles similares de acuerdo, con una fuerte identidad política panétnica para los encuestados de clase media y trabajadora. Cerca de un tercio de los encuestados de clase media y trabajadora argumentaron que votarían según líneas panétnicas. El patrón es diferente para la forma más débil de identidad política panétnica, la idea de que los latinos pueden representar mejor los intereses de otros latinos. El apoyo a esta posición es mayor entre los encuestados de primera generación de clase media. Para la primera generación, las simpatías políticas panétnicas parecen estar relacionadas con la incorporación de la corriente principal. Los que lo han hecho mejor apuestan su futuro político por la opción panétnica.
El patrón de segunda generación es diferente. Por un lado, el apoyo al voto automático panétnico es bajo en todas las clases, y algo más fuerte entre los encuestados de clase trabajadora. Por otro lado, existe un acuerdo similar y relativamente fuerte entre los encuestados de clase media y trabajadora sobre la segunda afirmación. La clase parece tener un efecto limitado en las posiciones políticas panétnicas de la muestra de segunda generación. No está claro a partir de estos resultados, y es un tema para futuras investigaciones, si los dominicanos de segunda generación están más en sintonía con la ideología panétnica o simplemente se sienten desilusionados con respecto a las posibilidades de efectuar cambios a través de la política. Probablemente ambas razones sean importantes para explicar su patrón de respuestas.
Pantenicidad multicapa
En el contexto urbano de Providence, los dominicanos comparten espacios sociales (residencia, trabajo, educación) con otros inmigrantes latinos y sus hijos, de modo que hacen de la ciudad un terreno fértil para el surgimiento de la panetnicidad. Al igual que con las generaciones anteriores de inmigrantes, la vida cotidiana en las ciudades crea nuevas formas de identificación. Además, la corriente principal estadounidense categoriza a los inmigrantes latinoamericanos y caribeños de habla hispana y a sus hijos como latinos (o hispanos). Como resultado, los dominicanos de primera y segunda generación en Providence abrazan la panetnicidad categórica, identificándose como latinos y
viendo problemas comunes en los diversos grupos latinos. La omnipresencia de las identidades panétnicas y su continuación a través de las generaciones no es, por lo tanto, un fracaso de la asimilación. Convertirse en estadounidenses significa convertirse en latinos.
Los dominicanos, sin embargo, se apropian de esta etiqueta de manera creativa y participan en la acción colectiva panétnica y en la construcción de instituciones. Al igual que con las organizaciones étnicas, el número de personas involucradas en este esfuerzo es pequeño; el efecto de su acción es crear un público latino y fortalecer la panetnicidad categórica. Los dominicanos también han tenido mucho éxito en promover la política panétnica y obtener cargos públicos. El capítulo, sin embargo, identifica una tensión en la estrategia política dominicana. Para que las políticas latinas sean efectivas en abordar la incorporación racial estratificada, deben abordar tanto la racialización como las exclusiones de clase. El problema es que estos dos elementos tienen demandas contradictorias. El primero exige una afirmación de la identidad, que conlleva tensiones con otros grupos, y el segundo, demanda la construcción de coaliciones amplias. No reconocer la necesidad de un sentido de identidad es no darse cuenta del impacto excluyente de la racialización y tampoco de las raíces comunitarias étnicas de la participación política. Enfatizar solo la afirmación de la identidad significa renunciar a la posibilidad de abordar las exclusiones de clase. Es fundamental, para transformar la política del grupo étnico en una política de familias trabajadoras, que reúna a diferentes grupos minoritarios, así como a los blancos. El reto para los activistas y organizaciones dominicanas y latinas es ser capaces de participar en este juego contradictorio y en la construcción de alianzas que puedan cambiar el rumbo político de las últimas décadas.
CUARTA PARTE CONCLUSIÓN
CAPÍTULO 9
CONVERTIRSE EN ESTADOUNIDENSE
Es la tarde de un domingo de agosto miles de personas se reúnen en el parque Roger Williams. En el escenario, grupos juveniles interpretan música y bailes dominicanos, así como reggaetón y hip hop. Otros miles se sientan en el césped ondulado del parque para ver las actuaciones. Muchos agitan banderas dominicanas. Aquí y allá también se pueden avistar banderas de otros países latinoamericanos. En los extremos del césped hay numerosos puestos que, en su mayoría, venden comida dominicana. Se trata del Festival Dominicano, una celebración de la identidad que marca su fuerte presencia en Providence. En los intermedios de las actuaciones, funcionarios electos y personalidades locales, tanto latinos como no latinos, suben al escenario para saludar a la comunidad. El festival pone de relieve hasta qué punto los dominicanos se han convertido en parte de la escena social y política local: en tres décadas han adquirido una presencia central en la vida de la ciudad. El festival celebra la aspiración de convertirse en estadounidenses. Este volumen muestra que el proceso de conversión sigue el patrón de la incorporación etnorracial estratificada. La posición socioeconómica de los dominicanos en la estructura social se caracteriza por tres elementos. La primera es una notable mejora de la segunda generación con respecto a la primera. El segundo es el surgimiento de una bifurcación de clases en la inserción ocupacional de la segunda generación; la diferenciación entre los que aseguran
ocupaciones de clase y la mayoría, que pasa a formar parte de una clase obrera multirracial y multiétnica concentrada principalmente en el sector de servicios. Como se muestra en el capítulo 3, el patrón de estratificación interna de clases es más pronunciado entre las mujeres que entre los hombres. El tercer elemento es que los dominicanos pasan a integrarse a un sistema etnorracial de estratificación. Esto significa que, aunque la movilidad es considerable, su patrón de estratificación interna es cercano al de otros grupos minoritarios y al de los estadounidenses blancos.
Este libro muestra los efectos persistentes de la raza y la clase en la incorporación de inmigrantes. El capítulo 3 señala que en el extremo inferior de la estratificación estadounidense hay una clase trabajadora multirracial concentrada en ocupaciones de servicios, donde las minorías, inmigrantes y nativos por igual, están sobrerrepresentadas. Hay, sin duda, cierta movilidad y formación de clase media dentro de la población dominicana y en otras minorías. Sin embargo, gran parte de ellos engrosan la clase obrera estadounidense. La primera generación se une en gran medida al resto del sector manufacturero y la segunda principalmente a la clase obrera de servicios. De hecho, el sistema de estratificación estadounidense es un sistema de clases racializado, que se caracteriza por la estratificación interna en todos los grupos etnorraciales; pero el patrón de estratificación se inclina hacia abajo para las minorías en comparación con la población blanca.
En cuanto a la formación de la identidad, Estados Unidos espera que los inmigrantes asimilen y abandonen en gran medida sus identidades de grupo. La cultura estadounidense contemporánea adopta una forma leve de multiculturalismo que celebra las identidades simbólicas, pero persigue que los grupos se despojen de sus vínculos étnicos y se identifiquen como estadounidenses. La incorporación etnorracial estratificada, sin embargo, crea diferenciación. Conduce al surgimiento de nuevas identidades étnicas y panétnicas y a nuevas formaciones de grupos. En consecuencia, los dominicanos de primera y segunda generación adoptan las etiquetas dominicana y panétnica como sus formas de identificación.
La identidad dominicana en los Estados Unidos se construye a partir de un marco simbólico transnacional. Esto es común tanto para la primera como para la segunda generación. La diferencia es que las vidas de la primera generación son, en diferentes grados, también transnacionales, mientras que
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las de la segunda están mucho más centradas en Estados Unidos. Es decir, las formas de pertenencia y las formas de ser de la primera generación coinciden, pero no en el caso de la segunda generación. El empoderamiento político de los dominicanos, al menos a nivel local, también se lleva a cabo a lo largo de líneas panétnicas. Esto crea tensiones con otros grupos, en particular con los afroamericanos, porque comparten el espacio urbano y compiten por cargos electivos. La política desarrollada por los dominicanos en Providence está fuertemente dirigida a las necesidades de las familias trabajadoras, de manera que se abren posibilidades para construir alianzas con otros grupos.
La inmigración y el surgimiento de nuevas identidades etnorraciales están cambiando el sistema de clasificación racial estadounidense y no hay consenso sobre el curso de los cambios. Los expertos que trabajan desde la perspectiva de la asimilación afirman que se está produciendo lentamente un rediseño de las fronteras raciales para hacerlas menos omnipresentes y perturbadoras. Uno de los escenarios plantea la redefinición de los límites de la blancura para incluir a los asiático-americanos y parte de la migración latina (Alba, 2005; Prewitt, 2004). Otro postula la dilución de la blancura en una categoría multirracial «no afrodescendiente» y la recomposición de las fronteras raciales en afrodescendientes y no afrodescendientes (Perlmann y Waldinger, 1997). Cualquiera de estos dos escenarios deja a la mayoría de los dominicanos y otros inmigrantes caribeños, a la mayoría de los estadounidenses, a gran parte de la población inmigrante centroamericana y, por supuesto, a los afroamericanos, fuera de la corriente racial principal. Estas poblaciones permanecerían del otro lado de la nueva división racial. Una expansión de los límites de la blancura o de la multirracialidad no resolvería el problema de la línea de color, como lo ilustró W. E. B. Du Bois hace más de cien años, simplemente esa línea se re-dibujaría. Tal transformación no haría más que repetir la historia de la americanización de principios del siglo XX, que (como señaló Nathan Glazer) mantuvo a los negros, y deberíamos añadir a los inmigrantes de las minorías, fuera de la corriente principal estadounidense (Glazer, 1993).
Desde la perspectiva racial, Eduardo Bonilla Silva propuso un escenario diferente, un sistema tripartito de estratificación al estilo latinoamericano (2004). En él, a algunos grupos asiático-americanos con una posición socioeconómica alta, así como a los latinos de piel clara, se les asignará un estatus de «blanco honorario» y constituirían un grupo amortiguador entre los blancos y
un sujeto negro colectivo compuesto por afroamericanos, latinos de piel oscura, nativos americanos y asiático-americanos con un estadio socioeconómico bajo. Esto permite el rediseño de los límites de la blancura sugeridos por los expertos de la asimilación, pero destaca la diferenciación racial en el núcleo del sistema estadounidense de estratificación. El escenario tripartito propuesto por Bonilla coincide con las líneas generales del sistema de estratificación de clases racializado retratado en este volumen.
El análisis de la experiencia dominicana aporta un escenario más complejo. Dos factores más deben tenerse en cuenta para entender la incorporación de las minorías de inmigrantes. La primera es la estratificación de clases dentro de los diferentes componentes del sujeto colectivo negro de Bonilla-Silva. Los sistemas de clase y raza están correlacionados, pero no se superponen. En segundo lugar, no existe un sujeto negro colectivo a nivel de grupos y de acción colectiva. Los latinos comparten una posición estructural y condiciones de vida con los afroamericanos, pero se separan en términos de formación de identidad y organización de grupos. Reconocer este patrón es fundamental cuando se piensa en las posibilidades de acción colectiva para fines comunes. Para resumir el argumento teórico expuesto en este libro, entonces, el enfoque de incorporación etnorracial estratificada se basa en los hallazgos tanto de la perspectiva de la nueva asimilación como de la asimilación segmentada, pero va más allá. La primera hace hincapié en la movilidad de la segunda generación; movilidad que tiene lugar a través de la entrada en las instituciones principales de la sociedad estadounidense. Sin embargo, no hay indicios de un proceso de convergencia entre los hijos de inmigrantes y la corriente principal blanca estadounidense. La evidencia sobre la movilidad discutida en el capítulo 2 indica que el carácter racializado del sistema de estratificación es sólido (Hertz, 2005; Mazumder, 2005). Además, aunque los dominicanos experimentan movilidad y aculturación, la diferencia etnorracial no desaparece. Como se muestra en los capítulos 5, 7 y 8, la clase media concibe visiones críticas hacia el encuentro con la sociedad estadounidense y también abraza el transnacionalismo y la panetnicidad.
A partir de la asimilación segmentada, el enfoque de incorporación etnorracial estratificada se centra en diferentes vías de incorporación. No obstante, este volumen subraya el hecho de que la segunda generación se está uniendo a la clase trabajadora de servicios en lugar de a los sectores más marginados.
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Ambos procesos tienen lugar, pero el primero es más importante para entender la incorporación de las generaciones de inmigrantes, aunque menos conmovedor como cuestión social. El enfoque de incorporación estratificada también resalta la movilidad a través del ingreso a las instituciones convencionales en lugar de a través de enclaves étnicos.
Otro elemento que distingue el enfoque estratificado es el lugar de la estructura social estadounidense en el análisis de la incorporación de inmigrantes. Tanto la nueva asimilación como la segmentación ven dicha estructura como un contexto en el que se incorporan diferentes grupos con distintas características. Como explicaron Min Zhou y Carl Bankston, el estudio de la asimilación de los inmigrantes da por sentada la estructura de la sociedad estadounidense, y se centra en los elementos que ayudan a los inmigrantes a adaptarse a ella (1988). Esta visión de la sociedad norteamericana se materializa en el concepto de «contexto de recepción», propuesto por Alejandro Portes y Rubén Rumbaut (1996). El enfoque de incorporación etnorracial estratificada alude a que la estructura social estadounidense configura la incorporación de las generaciones de inmigrantes. Va más allá del concepto de contexto de recepción al observar las tendencias generales de movilidad y estratificación en la sociedad para explicar el pasado y probablemente las trayectorias futuras de las generaciones dominicanas y de otros inmigrantes. Por supuesto, el capital social, humano y económico de un grupo de inmigrantes es importante. El capital humano y económico de un grupo determina el punto de entrada en la estructura social de la sociedad receptora y su capital social afecta en la medida en que los individuos pueden confiar en el proceso de incorporación. El argumento propuesto aquí es que una vez que un grupo entra en la estructura social estadounidense, las tendencias estructurales generales superan la dinámica del grupo. Como resultado, la posición futura de los inmigrantes en la sociedad estadounidense, al igual que sus trayectorias en el pasado, depende más de la evolución económica estadounidense y de qué fuerzas se vuelven hegemónicas en la política, que de las características del grupo. De esta manera, el estudio de la incorporación de inmigrantes es el estudio de la sociedad estadounidense. Los dominicanos llegan a los Estados Unidos sin recursos económicos ni altos niveles de educación. Además, aquellos con estudios superiores tienen dificultades para convertir sus habilidades en movilidad ocupacional. Por lo tanto, el análisis de su incorporación muestra la experiencia de un grupo que
ingresa al mercado laboral en su extremo inferior, no tiene muchos recursos y además está racializado. El panorama cambiaría si se tratara de un grupo que llegara con capital económico significativo o con niveles educativas reconocidos por los empleadores estadounidenses. El camino de incorporación de los dominicanos arroja luz sobre la estratificación dinámica y la movilidad en el fondo de la sociedad estadounidense. El análisis del encuentro de los dominicanos con la estratificación material y simbólica pone de relieve las líneas divisorias de clase y raciales de la sociedad estadounidense. Enfatizar el poder de la estructura social no es negar la influencia de los inmigrantes. Como se muestra en el capítulo 4, los inmigrantes, de manera individual, intentan sacar lo mejor de una situación difícil y el resultado es la movilidad. Y, como se analizó en el capítulo 8, los dominicanos también actúan colectivamente para mejorar su situación a través del sistema político. El punto que este libro señala es que las tendencias generales de movilidad en la sociedad estadounidense son tales que, en igualdad de condiciones, es probable que la tercera generación continúe el patrón actual de estratificación etnorracial y de clase en lugar de cerrar la brecha con la corriente principal. Por supuesto, la clave de la afirmación es «en igualdad de condiciones», y los procesos sociales rara vez lo son. Para entender cómo las cosas pueden ser diferentes, es útil observar los anteriores procesos de incorporación. El pasado puede arrojar luz sobre las posibilidades de cambio en el futuro.
Incorporación de inmigrantes antes y ahora
El libro de Warner y Srole, The Social Systems of American Ethnic Groups propone predicciones detalladas sobre el proceso de asimilación de diferentes grupos de inmigrantes; predicciones que pueden compararse con el proceso real de asimilación (1945). La investigación de Warner y Srole en Newburyport se llevó a cabo en la primera mitad de la década de 1930 y el libro se publicó en 1945, el período inmediatamente anterior a las grandes transformaciones que llevaron a la asimilación de los hijos de inmigrantes del sur, centro y este de Europa. Por lo tanto, el libro nos muestra cómo era ese proceso de incorporación en el momento en que se estaba llevando a cabo.
Warner y Srole pensaban que el ritmo de asimilación de los inmigrantes dependía de su distancia racial y cultural de la corriente principal
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angloprotestante blanca de aquellos días. Para analizar este proceso, propusieron una tipología de cinco grupos raciales, subdividiéndolos aún más según la distancia cultural con respecto a los angloprotestantes. Se preveía que cada uno de los tipos se asimilara a un ritmo diferente.
Al primer grupo lo llamaron «tipo caucásico ligero», compuesto por inmigrantes de Europa occidental, como franceses, holandeses y alemanes, y otros de origen europeo, como canadienses, canadienses franceses y australianos. Este grupo se debía asimilar rápidamente entre una y seis generaciones, según Warner y Srole. El segundo grupo era el «caucásico oscuro», e incluía a los europeos del sur, centro y este, como italianos, armenios, portugueses y judíos, así como a los cristianos del Cercano Oriente y a los musulmanes europeos. Este grupo se suponía que se asimilara en un lapso moderado, lo que para Warner y Srole significaba más de seis generaciones. No obstante, los judíos y los musulmanes europeos, debido a su distancia cultural de la corriente principal protestante, lo harían a un ritmo más lento, lo que Warner y Srole definieron como «un tiempo muy distante en el futuro que aún no se puede discernir» (1945, 292).
Al tercer grupo lo llamaron «mezclas caucásicas», o sea, «los mestizos de América Latina», un grupo etnorracial caracterizado por la distinción cultural y racial (1945, 291). Warner y Srole argumentaron que una vez que se perdía la distinción cultural, los miembros de piel más clara del grupo podían asimilarse a un ritmo lento. Los de piel oscura se convertirían en una semicasta o se asimilarían a los estadounidenses negros. El cuarto y quinto tipo racial fueron los asiáticos y los afroamericanos. Su destino era un sistema de castas y no se creía que se asimilaran hasta que el orden social estadounidense cambiara, «gradualmente o por revolución» (1954, 292). Warner y Srole colocaron a los puertorriqueños dentro de la categoría negra, en lugar de los grupos latinoamericanos racialmente mixtos.108
Seis décadas después, el elemento más llamativo es la velocidad con la que se asimilaron los grupos del sur, centro y este de Europa. En la década de 1940, Warner y Srole preveían que los italianos se asimilaran en más de seis generaciones, y los judíos, en un futuro no discernible. Sin embargo, en el lapso de una generación desde la publicación de su libro, la etnicidad blanca tomaría la
108 Es interesante señalar que la tipología racial de Warner y Srole incluía grupos intermedios más allá de la distinción entre blancos y negros, y utilizaban el concepto de grupo etnorracial.
forma de etnicidad simbólica. La incorporación de las generaciones inmigrantes anteriores se dio en el contexto de dos grandes transformaciones sociales. Primero fue la expansión económica y las políticas de inclusión social. En segundo lugar, la difuminación de las fronteras étnico-raciales que habían separado a los grupos étnicos blancos de la corriente principal estadounidense. La velocidad de asimilación de los grupos europeos, entonces, fue el resultado de un proceso de movilidad estructural ascendente a gran escala y de cambio cultural que Warner y Srole no podrían haber predicho.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos experimentó un crecimiento económico y una mejoría social sin precedentes, sus años dorados de expansión económica, la cual fue acompañada por dos tendencias sociopolíticas que garantizaron que los frutos del crecimiento económico llegaran a amplios segmentos de la sociedad. La primera, el crecimiento y la influencia política de los sindicatos. La fuerza de los sindicatos se tradujo en salarios más altos y en la ampliación de la cobertura de salud y de pensiones a los sectores sindicalizados. Otro acontecimiento fue la hegemonía política de lo que puede llamarse la «coalición democrática del nuevo trato». Desde la década de 1930 hasta la de 1960, el Partido Demócrata dio forma a la orientación de la política social en los Estados Unidos. Sus diferentes administraciones introdujeron medidas para luchar contra la pobreza y la exclusión, como la Seguridad Social y más tarde Medicare y Medicaid, y para incrementar las oportunidades de movilidad, como la Ley GI (The Servicemen’s Adjustment Act, Ley de Reajuste de los Militares Estadounidenses).
La segunda gran transformación fue la disolución de la barrera étnica y racial que diferenciaba a los hijos de inmigrantes europeos de la corriente principal blanca estadounidense. La asimilación de los inmigrantes blancos fue acompañada por una ampliación de la categoría blanca con el objetivo de incluir a los europeos del sur, centro y este, además de los anglosajones y los europeos del norte, y abarcar a los católicos y judíos, además de a los grupos protestantes. Los inmigrantes marginados se convirtieron en etnias blancas y su etnicidad adquirió un carácter simbólico; es decir, una identidad que se puede usar en celebraciones públicas y disfrutar en la privacidad del hogar, pero no estructura la vida cotidiana ni afecta sus encuentros con las instituciones principales.
La velocidad y el alcance de estos cambios respaldan el argumento de que el sistema racial es inestable y que las fronteras raciales pueden difuminarse.
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Sin embargo, las experiencias de los inmigrantes europeos y de las minorías no eran similares entre sí. La tipología de Warner y Srole mostró que los grupos europeos estaban racializados, pero no de la misma manera que los latinoamericanos, caribeños, asiáticos y afroamericanos. La frontera racial entre los europeos del sur, centro y este y la corriente principal blanca se consideraba porosa. Se creía que los hijos de los inmigrantes europeos se asimilarían muy lentamente, pero aun así se asimilaban. Las minorías, por su parte, debían formar parte de un sistema de castas hasta que el sistema racial estadounidense cambiara radicalmente. Mientras que Warner y Srole estaban equivocados sobre el ritmo de asimilación de los inmigrantes europeos, tenían razón al argumentar que la asimilación de las minorías dependía de una gran transformación social y política de la sociedad estadounidense.
La transformación que plantearon ocurrió con el movimiento por los derechos civiles, una movilización social de masas que derribó el sistema de exclusión legal basado en la raza, abrió, aunque parcialmente, las puertas de las oportunidades económicas para las minorías raciales, e hizo inaceptables las expresiones abiertas de racismo en la cultura dominante. Solo la presión de las masas podría lograr tal cosa. Es importante recordar que, aunque el movimiento por los derechos civiles fue encabezado y dirigido por afroamericanos, también se produjeron movilizaciones masivas de chicanos, puertorriqueños y nativos americanos que exigían su propio reconocimiento e inclusión. El movimiento también contó con la simpatía de segmentos de la población blanca. Como resultado, se abrieron vías de movilidad para los grupos minoritarios. Desde entonces, el país ha visto el surgimiento de una clase media y de élites dentro de las minorías en todos los ámbitos de la vida. Uno de los cambios más notables es que grandes segmentos de la población asiático-americana entraron en los estratos superiores de la sociedad, hasta el punto que los indicadores socioeconómicos promedio para algunos de ese grupo son iguales o mejores que los de la población blanca. Este es un cambio notable, dado que a mediados de la década de 1940, Warner y Srole vieron a los grupos asiático-americanos como castas excluidas. La rápida incorporación económica y social de los estadounidenses de origen asiático es uno de los puntos principales para argumentar que se está llevando a cabo un proceso de difuminación de las fronteras raciales. A pesar de lo impresionante de esa movilidad ascendente, es importante recordar que los indicadores agregados ocultan una
situación de estratificación de clases y desigualdad (Kwong, 1996). Por otra parte, los estadounidenses de origen asiático de clase media todavía están pasando por procesos de formación de identidad etnorracial (Kibria, 2002; Min y Kim, 1999).
De hecho, la movilización de las minorías en la década de 1960 dejó una agenda truncada en términos de igualdad de oportunidades socioeconómicas.
La lucha por los derechos civiles abrió vías de movilidad para las minorías a través de programas en la educación, políticas de igualdad en el empleo y la eliminación de prácticas abiertamente racistas en la contratación. Como argumentaron Kasinitz y sus colegas en Inheriting the City, esa lucha condujo a la formación de un campo institucional que permite la movilidad parcial de las minorías y los inmigrantes. Sin embargo, las medidas e instituciones que las inspiraron han estado bajo constante ataque durante las últimas tres décadas. Desde los años de 1980, las tendencias económicas estructurales han favorecido el aumento de la desigualdad social (Massey, 2007). La reducción del empleo en la industria manufacturera desde finales de la década de 1970 generó zonas urbanas de extrema pobreza en ciudades que tenían en esa industria su base económica. Esto afectó fuertemente a las comunidades negras y puertorriqueñas en el noreste y el medio oeste. También perjudicó la incorporación socioeconómica dominicana (Hernández, 2002; Wilson, 1996).
La truncada agenda de igualdad económica de los movimientos sociales de la década de 1960 dio paso al sistema estratificado de incorporación etnorracial que caracteriza la posición de los dominicanos, y otras minorías nativas e inmigrantes, en la sociedad estadounidense. Dentro de este sistema, la movilidad ascendente es posible para segmentos de las minorías y crea una estratificación de clase interna dentro de todas esas comunidades. A pesar de que las minorías han progresado dentro del sistema de clases estadounidense y han alcanzado el estatus de clase media, todavía se enfrentan a la racialización (Lacy, 2004; Pattillo, 2005). Las minorías no pueden escapar a la racialización en la vida cotidiana y en sus relaciones con las instituciones sociales.
¿Un futuro diferente?
El análisis del proceso de asimilación de las pasadas generaciones de inmigrantes muestra que el camino de su incorporación depende de la estructura
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racial y de clase y de la dinámica política del país. Por lo tanto, para pensar en la posibilidad de un futuro diferente, uno en el que los hijos de inmigrantes dominicanos y los de las otras minorías de inmigrantes, así como los afroamericanos; para que los inmigrantes accedan a oportunidades de calidad con la corriente principal estadounidense; para que se cree un contexto en el cual la racialización no sea un elemento de la vida cotidiana; para alcanzar todo esto, debemos prestar atención a las tendencias estructurales económicas y, en particular, a los acontecimientos políticos.
Predecir las tendencias de la economía estadounidense es un esfuerzo particularmente arriesgado. Mientras termino este libro, el país está inmerso en la crisis financiera y económica más profunda desde la Gran Depresión. El curso probable de esta crisis es difícil de prever, lo que provoca una gran incertidumbre sobre el futuro de la economía y la estructura social de Estados Unidos. Un escenario de recesión prolongada sin duda reducirá las oportunidades de movilidad y amenazará la estabilidad de las clases medias. Además, en circunstancias de máxima competencia económica por las escasas oportunidades, las tensiones étnicas y raciales pueden aumentar, tanto entre los blancos y las minorías, como entre los grupos minoritarios que compiten en el mercado laboral. Incluso si el país saliera relativamente rápido e indemne de la crisis actual, sin un cambio en la dinámica de la racialización y de la orientación política, un retorno al crecimiento reproduciría los patrones existentes de desigualdad racial y de clase.
La trayectoria futura de los hijos de inmigrantes estará determinada por la cambiante política del país, no por el paso de las generaciones. La convergencia de los hijos de dominicanos, así como de los hijos de otras minorías nativas e inmigrantes, y la corriente principal blanca, si ha de suceder, exige una transformación del orden social y cultural para reducir las crecientes desigualdades de las últimas tres décadas, emprender una transformación política y crear igualdad de oportunidades, y de esa manera abordar la racialización del sistema de clases y las formas generalizadas de racialización cotidiana. El desafío para el cambio progresista es construir una alianza que reúna a personas de todos los grupos detrás de una política que asuma las necesidades de las familias de la clase trabajadora. El apoyo sindical de los derechos de los inmigrantes y las manifestaciones masivas que tuvieron lugar en 2006 parecieron ser, durante un tiempo, el preludio de las transformaciones. Sin embargo, lo
que estamos presenciando ahora es una gran reacción antiinmigrante, un giro que dificulta una amplia alianza de trabajadores.
Al terminar este volumen, el país acaba de elegir a su primer presidente afroamericano. La elección de Barack Obama a la presidencia es un acontecimiento trascendental. Representa la culminación del proceso de cambio que inició el movimiento por los derechos civiles. Es notable en este sentido el fuerte apoyo que tiene entre los jóvenes. Las generaciones que crecieron después del movimiento por los derechos civiles parecen aceptar con facilidad la idea de que un afroamericano ostente la presidencia de los Estados Unidos. Pero no solo los jóvenes votaron por Obama. Un elemento importante de su victoria es que logró asegurar votos más allá de las líneas raciales y de clase. Por muy trascendental que haya sido la elección de Obama a la presidencia, la racialización y las desigualdades raciales no van a desaparecer. Constituye un paso enorme en la lucha por la igualdad racial, pero no su final.109 Las fronteras raciales están cambiando, pero en el pasado han demostrado ser bastante resistentes. Después de todo, el surgimiento de élites en todos los ámbitos de la vida de las minorías (en las industrias culturales, los deportes, la política, el ejército, la academia y también en el sistema económico) es parte de la estructura social etnorracial estratificada posterior al movimiento por los derechos civiles. Abrir oportunidades para la clase media fue un tema central de la campaña de Obama. Queda por ver si será capaz de implementar políticas para revertir la tendencia hacia el aumento de la desigualdad. Para que esto suceda, el sector progresista de la coalición que lo eligió necesita presionar a su administración para que avance en la dirección de la inclusión y la expansión de oportunidades para todos.
Los dominicanos en Providence participaron en la realización de las históricas elecciones de 2008. Los distritos electorales del sur de Providence votaron en gran número, aun cuando nadie dudaba de que Rhode Island votaría por Obama y que no había contiendas competitivas para los cargos locales. Votaron porque querían participar en la configuración del futuro del país y entendieron que la codificación es la forma de garantizar que su voz sea escuchada en la
109 Del mismo modo, la elección de mujeres para el cargo de primera ministra o presidencia en muchos países ha sido muy importante en la lucha por la igualdad de género, pero no ha puesto fin a las disparidades económicas ni a la violencia y discriminación hacia las mujeres.
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arena política. El análisis de la participación política dominicana en Providence demuestra que han logrado cierto éxito electoral a nivel estatal y municipal. Su movilización fue clave para obtener el reconocimiento del grupo y dirigir los recursos a las partes más pobres. El límite de este tipo de política es que no ha sido capaz de construir, al menos no todavía, una coalición amplia para abordar las dinámicas de categorización racial y exclusión de clase. Los funcionarios dominicanos electos en Providence trabajan con otros funcionarios procedentes de las minorías para configurar una agenda que mejore las vidas de las familias trabajadoras, pero hasta ahora no han podido construir la coalición política que impulsaría esa agenda. Esa coalición, para ser eficaz, debe ser multirracial; debe involucrar a los inmigrantes y a las minorías nativas, al igual que a sectores de las clases trabajadoras y medias anglosajonas.
Los obstáculos para construir una coalición progresista por el cambio son grandes y bien conocidos. La movilización se basa en las identidades e intereses particulares de los diferentes grupos. Las minorías a menudo compiten entre sí en el mercado laboral y por el acceso a los bienes sociales y, en tales casos, cada uno puede preferir movilizarse y mejorar solo en función de su propia posición. La coalición para el cambio debe superar los efectos del racismo y los privilegios de los blancos, que históricamente han enajenado a la clase trabajadora blanca de los grupos minoritarios. Construir una alianza de este tipo no es asunto fácil, y el éxito no está garantizado. Sin embargo, solo una acción de este tipo puede inducir las transformaciones políticas y culturales que permitan la plena integración de los hijos de inmigrantes dominicanos y de otras minorías de inmigrantes en la corriente principal. De lo contrario, el paso de las generaciones no hará más que repetir el patrón de la incorporación etnorracial estratificada.
POSFACIO
Reflexiones quince años después
Es un placer ver este libro traducido al español quince años después de su publicación original en inglés. En este periodo, muchas cosas han cambiado en Providence, en los Estados Unidos, y en la República Dominicana. Este lapso ofrece una valiosa oportunidad para reflexionar sobre los argumentos desarrollados en el libro, evaluar si aún se sostienen y considerar cómo ha evolucionado mi perspectiva sobre la sociología de la migración: ¿qué aspectos abordaría hoy de manera diferente?
Llegué a Providence en 1994 para enseñar en la Universidad Brown. No conocía la ciudad ni tenía expectativas definidas, pero al llegar me sorprendió gratamente encontrar una comunidad dominicana organizada y vibrante. Mi interés por la República Dominicana y su diáspora comenzó a gestarse a través de conversaciones con Carlos Dore Cabral, mi compañero en el programa de doctorado en Sociología en la Universidad Johns Hopkins, a quien deseo dedicar esta traducción. Durante los años que compartimos en Baltimore, mantuve extensas charlas con Carlos, quien me introdujo en la historia y la política dominicanas. Cuando llegué a Providence, ya contaba con un conocimiento considerable sobre la República Dominicana y su migración, ya que mi tesis doctoral —que más tarde se convirtió en mi primer libro— trataba sobre
la economía informal en Santo Domingo. Estudiar la migración dominicana en Providence representaba, para mí, una continuidad de esa investigación previa.
En aquel entonces, el campo de estudios sobre la migración se centraba en debates acerca de las trayectorias de incorporación de los grupos migrantes, la situación de las segundas generaciones y las conexiones transnacionales que los migrantes mantenían con sus países de origen. Existía también un creciente interés por investigar la migración hacia nuevos destinos, más allá de los centros migratorios tradicionales, como Nueva York, Los Ángeles o Miami. Estos fueron precisamente los temas centrales que abordé en el libro.
El estudio de la incorporación de migrantes estaba, en ese momento, dominado por dos marcos teóricos. Por un lado, la teoría de la asimilación sostenía que, con el paso de las generaciones, los inmigrantes tendían a integrarse en la clase media blanca y a dejar atrás su identidad étnica. Por otro lado, la teoría de la asimilación segmentada planteaba una bifurcación: algunos hijos de inmigrantes lograban ascender socialmente, principalmente mediante enclaves étnicos, mientras que otros quedaban atrapados en la marginalidad.
Uno de los ejes centrales de mi análisis fue cuestionar ambas perspectivas, así como la noción misma de convergencia. Como alternativa, propuse estudiar la incorporación de los inmigrantes dominicanos —y de los inmigrantes en general— a partir de su inserción en la estructura de clase racializada de los Estados Unidos. Sostuve que la incorporación a la sociedad estadounidense está profundamente condicionada por desigualdades estructurales de clase y raza. Estas dinámicas constituyen, precisamente, las «fracturas» a las que alude el título del libro. Analicé dichas fracturas investigando tanto la movilidad social de los dominicanos como sus percepciones sobre su lugar en la sociedad estadounidense y la formación de sus identidades. Argumenté que, lejos de una convergencia hacia la clase media, la incorporación de los inmigrantes dominicanos mostraba una bifurcación distinta. Esta no se daba entre el enclave étnico y la marginalidad, como sugería la teoría de la asimilación segmentada, sino entre una clase media que lograba cierta movilidad, principalmente a través del acceso al sistema educativo local, y una clase trabajadora pobre, empleada en trabajos mal remunerados y de baja calidad. Ambas clases experimentaban formas diferenciadas de racialización. Si bien existía un sector dinámico de pequeños y medianos negocios —el llamado
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enclave étnico—, y un segmento en situación de marginalidad, como en todo grupo etnorracial, estas no eran las formas predominantes de incorporación. También sostuve que las dinámicas de incorporación en una sociedad profundamente racializada influían en las identidades que adoptaban los dominicanos y en su percepción del lugar que ocupaban en la sociedad estadounidense. Por un lado, muchos se concebían como un grupo étnico más, siguiendo una trayectoria de integración y movilidad similar a la de otras olas migratorias del pasado. Por otro lado, se identificaban como un grupo racializado, estableciendo paralelismos con la experiencia afroamericana. Encontré que tanto los migrantes como sus hijos e hijas apelaban a ambas perspectivas —la étnica y la racial— para interpretar y dar sentido a distintos aspectos de su vida cotidiana.
Las identidades adoptadas por los dominicanos también reflejaban el proceso de racialización. En Providence, los términos «hispano» y «latino» se usaban de manera intercambiable. Para algunos, estas denominaciones representaban una identidad racial mixta e intermedia, similar a la categoría «indio» en la República Dominicana. Otros comenzaban a asociar la latinidad con una reivindicación de la afrodescendencia. Al mismo tiempo, se identificaban como dominicanos o dominico-americanos. Sin importar la etiqueta utilizada —dominicano, dominicano-americano, latino o hispano—, todas estas identidades compartían un rasgo común: la conciencia clara de no ser blancos en una sociedad estructurada racialmente.
El libro fue publicado en un momento en que la perspectiva transnacional comenzaba a cuestionar con fuerza los límites del nacionalismo metodológico en los estudios migratorios. Esta perspectiva proponía reconocer que la vida de los migrantes no se limita a lo que ocurre dentro de las fronteras del país receptor, sino que se desarrolla en campos sociales transnacionales, donde se mantienen y crean vínculos con el país de origen. En consonancia con este enfoque, el libro explora las formas y la intensidad del involucramiento transnacional de los inmigrantes dominicanos.
Escribí esta obra en un momento en que temas como la aceptación de la doble ciudadanía, el reconocimiento de la nacionalidad dominicana para los hijos de inmigrantes y el derecho al voto en el exterior ocupaban un lugar central en el debate público. Algunos percibían estas cuestiones como una amenaza, temiendo que los migrantes pudieran influir excesivamente en la política
local; otros las veían como una oportunidad para modernizar las instituciones, mientras que algunos más las consideraban una panacea para el desarrollo. El libro sostiene que la participación transnacional es esencial para la vida de la comunidad migrante, pero no se alinea completamente con ninguno de estos temores ni expectativas. Los migrantes se convierten en un actor adicional en los ámbitos políticos, económicos y culturales de la diáspora dominicana, pero no representan ni una solución mágica para el desarrollo ni una amenaza para la soberanía nacional. Desde una perspectiva histórica, la participación transnacional no es un fenómeno reciente, sino una constante en todas las experiencias de movilidad humana a través de fronteras políticas. No obstante, la sociología de la migración contemporánea comenzó a reconocer y analizar esta dimensión recién a partir de los años noventa del siglo pasado.
En el momento de su publicación, el libro fue bien recibido tanto por mis colegas en el campo de la sociología de la migración como por la comunidad dominicana en Providence. Sin embargo, quince años después, cabe preguntarse si sus conclusiones siguen siendo relevantes. Desde entonces, mucho ha cambiado. El libro fue publicado al inicio de la presidencia de Barack Obama, un período que generó esperanza para los grupos racializados en Estados Unidos. En contraste, esta traducción se publica al comienzo del segundo mandato de Donald Trump, una etapa marcada por incertidumbre y expectativas adversas para las comunidades inmigrantes.
Desde entonces, Providence ha tenido un alcalde dominicano, otro de origen guatemalteco y la actual vicegobernadora del estado de Rhode Island es también de ascendencia dominicana. Estos avances reflejan el progreso político y social de los dominicanos —y de los latinos en general— en la ciudad. No obstante, los problemas de desigualdad que documenté en el libro, la bifurcación de clases que señalé y la racialización de las identidades étnicas persisten. Estas fracturas estructurales en la sociedad estadounidense no han desaparecido, y el patrón de incorporación que describí, basado en líneas de clase y raza, sigue estando vigente, a mi juicio.
En muchos sentidos, considero que el libro ha «envejecido bien». Sus argumentos principales mantienen su relevancia. La descripción de Providence, sin embargo, ha quedado en parte desactualizada debido a los cambios ocurridos en la ciudad. Muchas de las personas mencionadas ya no ocupan las mismas posiciones, algunas organizaciones han desaparecido, otras han perdurado, y
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han surgido nuevas iniciativas. Sin embargo, los patrones fundamentales que describe el libro siguen presentes: la movilidad social limitada, las fallas del sistema escolar, como mecanismo de integración y movilidad, y las formas de identidad racializada continúan siendo problemáticas centrales.
El libro fue parte de una búsqueda por construir un marco teórico alternativo al marco dominante en los estudios migratorios. Me alejé de los debates tradicionales centrados en la convergencia para enfocarme en los procesos de racialización y en las formas de participación transnacional. En este sentido, el libro contribuyó a una transformación en el campo, la cual continúa en desarrollo.
Lo que sí ha cambiado de manera significativa en estos años es mi perspectiva sobre los estudios de migración. Al escribir el libro, me inspiré profundamente en The Philadelphia Negro de W. E. B. Du Bois, un estudio pionero sobre la comunidad afroamericana a finales del siglo XIX. Este clásico de los estudios urbanos y comunitarios fue para mí una fuente de aprendizaje e inspiración. Procuré emular su enfoque y estructura al estudiar la comunidad dominicana, reconociendo, por supuesto, las diferencias entre ambos contextos. Más adelante, un estudio más profundo del trabajo de Du Bois —que culminó en mi siguiente libro, The Sociology of W. E. B. Du Bois, escrito en coautoría con Karida Brown— me llevó a replantear aspectos fundamentales de mi propio enfoque teórico y metodológico.
Si escribiera este libro hoy, hay elementos que mantendría y otros que abordaría de manera diferente. Hace quince años, inicié la investigación con las preguntas que dominaban el campo académico, centradas en la convergencia —o su ausencia— entre los hijos de migrantes y la clase media blanca. Hoy considero que es necesario abandonar ese marco analítico. En su lugar, propondría organizar la investigación a partir de las preguntas que emergen de las experiencias vividas por los propios migrantes: cómo enfrentan las desigualdades económicas y políticas, cómo se han construido históricamente las estructuras de clasificación social y cómo estas continúan moldeando las trayectorias migratorias.
Para escribir este libro, discutí mi proyecto con activistas comunitarios y trabajé estrechamente con miembros de la comunidad en la investigación. Esta colaboración permitió que algunos de ellos contribuyeran directamente a dar forma a un estudio sobre su propia realidad. Para otros, representó
una oportunidad de involucrarse nuevamente en la investigación social, una labor que habían disfrutado en la República Dominicana, pero que no podían ejercer en Estados Unidos debido a la falta de reconocimiento de sus estudios universitarios previos a la migración, lo que les impedía integrarse al ámbito académico. Los aportes, sugerencias y comentarios que ofrecieron fueron invaluables para el estudio. Antes de publicar el libro, compartí los capítulos con las personas entrevistadas y con aquellos que colaboraron en el proyecto. No obstante, las preguntas generales que guiaron mi trabajo surgieron principalmente de los debates en el campo de la sociología de la migración. Aunque adopté una visión crítica que enfatizaba las fracturas raciales y de clase que enfrentan los migrantes dominicanos, el marco general de mi análisis seguía anclado en las discusiones sobre la convergencia.
Si volviera a escribir el libro, prestaría más atención a lo que los migrantes consideran relevante para sus vidas. Buscaría abordar directamente sus preocupaciones y prioridades, otorgándoles un lugar central en la investigación, en lugar de ceñirme estrictamente a las preguntas provenientes del campo académico. Desarrollar la investigación a partir de las preguntas de los migrantes no solo enriquecería el análisis, sino que también representaría un compromiso más profundo con la comunidad. Es muy probable que el tema de la convergencia entre grupos etnorraciales sería uno de los puntos importantes en esta conversación. Como hemos visto, uno de los marcos que los dominicanos utilizan para interpretar sus experiencias es el de ser un grupo étnico dentro de una sucesión de grupos que se integran a la sociedad estadounidense. Sin embargo, la pregunta sobre la convergencia no debería ser el eje central del análisis. En el libro, analicé el compromiso transnacional de los inmigrantes dominicanos, pero lo conceptualicé como vínculos entre dos unidades separadas: Estados Unidos y la República Dominicana. Por un lado, este es un enfoque que parece lógico. Después de todo, se trata de dos países muy diferentes, con contextos históricos y situaciones económicas y políticas distintas. Migrar de uno a otro no es en absoluto sencillo. Esta es una realidad, pero creo que es solo una parte de la historia. Ambos países están conectados por una historia compartida de relaciones coloniales y dependientes que, en muchos sentidos, explican los procesos migratorios. Mi libro ya incluía una discusión sobre los orígenes históricos de la migración dominicana y un esbozo de la historia de Providence, es decir, el contexto histórico de la migración. No obstante, hoy
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pondría un mayor énfasis en la historia de cómo se constituyó el campo transnacional que abarca no solo a Estados Unidos y la República Dominicana, sino también a Haití. Enfatizaría más el análisis de cómo Providence se inserta en este campo global, configurado por la relación histórica entre Estados Unidos y la República Dominicana (y, más ampliamente, con el Caribe). Adoptar este enfoque más histórico y global permitiría una comprensión más profunda de las características de la migración dominicana, así como de las experiencias y trayectorias de los migrantes. Este enfoque también cuestionaría las prácticas predominantes en la sociología estadounidense, que a menudo carecen de una perspectiva histórica y tienden a pasar por alto el hecho de que las instituciones y prácticas sociales son, en última instancia, construcciones históricas globales.
Pero más allá de dar mayor peso al contexto histórico, creo que es fundamental entender el mundo como un espacio global de desigualdades y movilidades. Las formas en que lo local se inserta en lo global no deben ser asumidas de manera simplista ni relegadas a una mera sección de antecedentes. Las fronteras nacionales y los Estados, por supuesto, son importantes; cualquiera que haya tenido que cruzar fronteras lo sabe. El lugar donde nacemos determina, en gran medida, nuestras posibilidades y opciones de vida, y el mundo social de las personas se construye, en buena parte, en el lugar que habitan. Sin embargo, el mundo que habitamos es un espacio estructurado por múltiples formas de desigualdad —legales, raciales, de clase y de género— que trascienden las fronteras nacionales. Las fronteras nacionales son solo una de las muchas instituciones que estructuran las desigualdades y las oportunidades a nivel global. Además, existe una dimensión de acción e imaginación social que va más allá de lo local y lo nacional. Las personas piensan y actúan en su mundo social de maneras que superan lo local, vinculando lugares y situaciones en diferentes partes del mundo.
Hoy creo que debemos entender el mundo como un campo social global compuesto por múltiples formas de exclusión, estructuras de poder y líneas de falla que atraviesan las fronteras nacionales. Por ello, dedicaría más tiempo a analizar cómo los migrantes perciben este mundo eminentemente transnacional, así como a mapear las diversas formas de exclusión y desigualdad que enfrentan, explorando cómo estas condicionan tanto su vida cotidiana como su imaginación social. Mi análisis se centraría en identificar las fracturas y
las oportunidades, los peligros y los refugios que las personas encuentran mientras navegan por los espacios transnacionales. Este tipo de análisis clarificaría con mayor precisión las conexiones entre los contextos locales y las estructuras globales, proporcionando una perspectiva más profunda sobre la migración y sus implicaciones.
Si bien hoy haría muchas cosas de manera diferente, esto se debe más a cambios en mis perspectivas teóricas y metodológicas que a transformaciones en la realidad descrita en el libro. En ese sentido, como mencioné anteriormente, considero que el libro ha envejecido relativamente bien. Sus argumentos principales, a mi parecer, siguen siendo válidos y, sobre todo, constituyen un testimonio de los esfuerzos de una comunidad migrante por abrirse paso en Estados Unidos y reconstituir los lazos con las personas y los lugares que dejaron atrás, pero nunca olvidaron ni abandonaron.
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A
Adames, Hugo 21, 219
Aguilera Batista, Leonardo 12
Alba, Richard 29, 31, 33, 36, 67, 92, 99, 158, 247, 267
Alberto 169, 170, 171, 180, 235
Alejandra 107, 108, 109, 110, 111, 118, 119, 122, 123, 129, 138, 141, 151, 152, 170, 171, 172, 174, 234
Alemán, José 21
Almeida, Joseph 225, 232
Almonte, Reynaldo 219
Ana 72
Anderson, E. 29, 39, 267
Aparicio, A. 27, 37, 81, 267
Aponte, Luis 224
Ashmore, Richard 40, 158, 159, 217, 267
Auyero, J. 106, 267
Ávila, Tomás 224
B
Bach, R. L. 35, 131, 274
Báez, Pedro 21
Balaguer, Joaquín 48, 205
Bankston, Carl 33, 249, 277
Basch, L. G. 183, 187, 268
Bean, Frank 31, 32, 92, 94, 95, 96, 97, 139, 268
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Beck, S. 26, 268
Bisonó, Americo 21
Bisonó, Niselsa 21
Bloemraad, I. 227, 268
Bonilla Silva, Eduardo 247, 248, 268
Boulder, P. K. 272
Bowles, Samuel 102, 268, 270, 273
Breen, R. 126, 127, 268
Brooks, C. 39, 268, 271
Brown, Karida 263
Brubaker, R. 158, 268
Bryce-Laporte, R. S. 79, 268
Bueno, Mario 21, 221
Burawoy, M. 45, 268
Bush, George W. 171
C
Calderón-Chelius, Leticia 19
Camilo, Marisol 21
Campbell, P. 47, 58, 268
Candelario, Ginetta 19, 27, 268
Capellán, Víctor 21, 225, 226, 228, 229, 232
Carcieri, Donald 232
Carlos 111, 112, 113, 115, 117, 119, 122, 123, 129, 136, 141, 143, 145, 151, 152, 170, 178, 235
Carpenter, Marcia 63
Cepeda, Margarita 208
Chávez, César 206
Chavous, T. M. 275
Cicilline, David 206
Cintron-Velez, Aixa 19
Claudia 120, 121, 122, 123, 129, 136, 141, 170, 172, 175, 176, 178, 181, 202, 203, 234
Clerge, Orly 20
Conley, P. T. 47, 58, 268
Cordero-Guzmán, H. 204, 227, 268
D
Dahl, R. 226, 268
Danta, Ruby 216, 217, 275
Dávila, A. 218, 268, 272
Deaux, Kay 19, 40, 158, 159, 217, 267, 269
Denton, N. A. 31, 39, 98, 273
Díaz, Grace 21, 44, 62, 63, 64, 141, 199, 206, 224, 225, 227, 228, 229, 230, 232, 234, 235, 236, 237, 238
Diclo, Félix 21
Donatello, Luis 19
Dore Cabral, Carlos 259, 271
Doris 174, 175, 177, 196
Duarte, Juan Pablo 206, 207
Du Bois, W. E. B. 247, 263
E
Ericksen, E. P. 180, 216, 217, 277
Erie, Steven 226, 227, 269
Erikson, R. 38, 65, 126, 269
Escobar, C. 41, 274
F
Faist, T. 271
Falchettore, Galo 20
Farrakhan, Louis 115, 118, 151
Feliciano, Cynthia 31, 33, 89, 92, 269, 276
Fernandez-Kelly, P. 33, 274
Fernández [Leonel] 190, 207
Foner, Nancy 19, 41, 42, 157, 184, 269, 270, 271
Fredrickson, G. M. 270, 271
G
Gans, Herbert 31, 32, 269
García, Zoilo 21, 219
Georas, C. S. 30, 31, 270
Georges, Eugenia 14, 184, 269
Gintis, Herbert 102, 268, 270, 273
Giorguli-Saucedo, Silvia 19, 30, 166, 184, 194, 216, 271
Glazer, Nathan 28, 79, 157, 247, 269
Glick-Schiller, Nina 159, 183, 184, 185, 187, 200, 268, 269, 272
Golah-Boza, T. 269
Goldring, Luin 19
Gold, Steve 19, 131, 273
Goldthorpe, John 38, 65, 126, 127, 128, 130, 131, 136, 137, 269
Gordon, Milton 28, 36, 157, 268, 270
Grasmuck, Sherry 14, 184, 270
Grosfoguel, R. 30, 31, 39, 270
Groves, M. Osborne 270, 273
Guarnizo, L. E. 81, 184, 187, 197, 198, 270, 274
H
Haller, William 33, 184, 187, 197, 198, 274
Halter, M. 26, 37, 158, 270
Hattam, V. 157, 270
Hau, Mathias vom 20
Héctor 176
Heiman, Rachel 19
Henderson, Abraham 21
Hernandez-Medina, E. 271
Hernández, Ramona 14, 48, 81, 175, 191, 254, 270, 276
Hertz, Tom 94, 96, 97, 130, 248, 270
Higham, J. 36, 157, 270
Hochschild, Jennifer 40, 100, 139, 150, 270
Hoffman-Guzmán, C. 89, 271
Holdaway, Jennifer 34, 272
Hout, M. 39, 271
Hoz, Eunice de la 224
Huntington, Samuel 30, 36, 157, 182, 271
Hunt, M. O. 159, 275
IInoa, Dilania 21
Itzigsohn, José Alberto 14, 15, 16, 17, 18, 21, 30, 166, 184, 186, 187, 189, 194, 198, 199, 212, 216, 266, 271
J
Jenkins, Richard 40, 159, 160, 271
Jiménez, Manuel 21
Jones-Correa, Michael 198, 229, 230, 272, 273
Joppke, C. 157, 272
Juana 146
Juan Francisco 229
Juliani, R. N. 180, 216, 217, 277
K
Kalfopolou, Adrianne 19
Kasinitz, Phil 20, 34, 35, 37, 42, 76, 78, 79, 81, 82, 93, 102, 123, 139, 150, 178, 191, 195, 213, 227, 254, 272, 273
Kibria, N. 39, 40, 254, 272
Kim, R. 254, 273
Kivisto, Peter 28, 271, 272
Knopf, Alfred A. 277
Korzeniewicz, Patricio 20
Kwong, P. 40, 254, 272
L
Lacy, K. R. 40, 100, 254, 272
LaFleur, Jean-Michel 19
Landolt, Patricia 19
Laó-Montes, Agustín 233, 234, 272
Levitt, Peggy 14, 15, 159, 184, 185, 186, 187, 188, 191, 200, 204, 205, 211, 272
Lewellyn 126
Lieberson, S. 31, 273
Light, I. 131, 273
Liriano, Yuri 21
Llewellyn, C. 269
López, Nancy 89, 92, 102, 108, 115, 273
López-Ramírez, Adriana 20
Louie, Vivian 183, 273
Lozano, Wilfredo 12, 18
Luis 171, 172, 178
Luisa 109, 110, 111, 115, 118, 119, 122, 123, 129, 136, 141, 151, 152, 170, 235
Luna, Miguel 21, 224, 226, 228, 230
M
Magana, H. Aquiles 186, 198, 276
Malcolm X 115, 118, 151
Malden, Joan Vincent 269
Maleckova, Jitka 20
Malheiros, Jorge 19
Manza, J. 39, 268, 271
María 141, 176, 177
Martin, D. 159, 269
Martiniello, Marco 19
Marwell, Nicole 224, 273
Massey, D. S. 30, 31, 39, 98, 254, 267, 273
Matos, Sabina 21
Mazumder, Bhashkar 94, 95, 96, 130, 248, 273
McCall, L. 159, 273
McCLain, P. D. 230, 273
McDonald, Jason 19
McKnight, A. 38, 65, 126, 127, 269
McLaughlin-Volpe, Tracy 40, 158, 159, 217, 267
Mehdi, B. 42, 276
Méndez, Tony 21, 219
Metts, Harold 231, 232, 275
Miguel 113, 114, 115, 116, 117, 118, 119, 122, 123, 138, 141, 151, 152, 170, 175, 202, 203, 235
Mills, C. Wright 106, 273
Min, P. G. 254, 273
Minuchin Itzigsohn, Sara 21
Model, S. 79, 273, 275
Molina, S. 189, 191, 275
Mollenkopf, John 34, 42, 272, 273
Molona, Sintia 271
Montenegro, Silvia 20
Morancy, Elizabeth 63
Moran, Tim 19
Mortimer, D. M. 79, 268
Mota, Juan 21
Moynihan, D. P. 79, 269
N
Navarro, Franklin 219
Nee, Víctor 29, 31, 33, 267
Newsome, Joseph 63
Nichols, Suzanne 20
Nugent, David 269
O
Obama, Barack 256, 262
Ortiz, V. 31, 276
PPaige, J. M. 42, 273
Parra, Francis 21, 222
Patiño, Nancy 222
Patiño, Ricardo 225
Pattillo, M. 100, 254, 274
Payne, C. 126, 269
Pedraza, Silvia 20
Peña, Melba de 21, 229
Peralta, Luis 21
Perlmann, Joel 31, 32, 67, 92, 98, 99, 126, 247, 274
Pessar, Patricia 14, 184, 270
Pichardo, Juan 21, 44, 62, 141, 147, 208, 209, 210, 224, 225, 226, 227, 228, 229, 230, 231, 232, 234, 235, 236, 237, 239
Popkin, E. 186, 198, 276
Portes, Alejandro 20, 32, 33, 35, 41, 42, 78, 131, 184, 187, 197, 198, 249, 274, 276
Prewitt, K. 247, 274
R
Radford, A. W. 41, 274
Ramakrishnan, Karthick 19
Ramírez, Tomás 21
Ricourt, Milagros 81, 216, 217, 275
Rivera-Batiz, F. L. 81, 270
Roberto 72
Rodríguez, Pablo 219
Rosa, Alexsa 20
Rowley, S. A. J. 275
Ruiz, Elvys 21
Ruiz, Jeffrey 20
Rumbaut, Rubén G. 20, 32, 35, 78, 89, 92, 177, 249, 269, 274, 275
S
Sagas, Ernesto 189, 191, 271, 275
Sellers, R. M. 159, 275
Serpe, R. T. 159, 275
Shelton, J. N. 275
Smith, G. 275
Smith, M. A. 275
Smith, Robert C. 20, 186, 187, 188, 196, 198, 203, 212, 232, 275
Sokefeld, M. 161, 275
Sowell, T. 79, 275
Srole, Leo 26, 28, 29, 98, 250, 251, 252, 253, 276
Stanton-Salazar, Ricardo 65, 103, 108, 112, 117, 122, 208, 275
Stepick, A. 42, 274
Sterne, E. S. 72, 227, 233, 275
Stevens, Gillian 31, 32, 92, 94, 95, 96, 97, 139, 268
Stryker, S. 159, 275
Suro, R. 275
Szanton Blanc, C. 183, 187, 268
T
Tauber, S. C. 230, 273
Tejada, León 63, 64, 206, 224, 225, 228, 230
Tejada, Luis 21
Telles, E. E. 31, 276
Terrero, Claribel 21
Terrero, Johanna 21
Terrero, Maria Kamara 21
Torres, A. 276
Torres-Saillant, Silvio 14, 48, 175, 191, 276
Trujillo, Rafael L. 48, 222
Trump, Donald 262
U
Uriarte, M. 227, 276
V
Vargas Llosa, Mario 222
Vázquez, O. 30, 166, 216, 271
Vickerman, Milton 30, 37, 78, 79, 80, 182, 276
Villacrés, D[aniela] 186, 198, 212, 271
Virgen de Guadalupe 58
Virgen de la Altagracia 55, 58
W
Waldinger, Roger 31, 33, 35, 42, 67, 98, 99, 126, 186, 198, 247, 274, 276
Walton, Charles 231
Wanner, Eric 20
Warner, W. Lloyd 26, 28, 29, 98, 250, 251, 252, 253, 276
Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence
Waters, Mary C. 30, 34, 36, 37, 39, 42, 158, 182, 272, 273, 276
Weber 127
Williams, Anastasia 224
Wilson, George 19, 139, 276
Wilson, William Julius 19, 29, 40, 60, 98, 123, 126, 254, 276
Winant, H. 39, 277
Wong, J. 226, 227, 277
Wright, Erik Olin 38, 126, 268, 277
Y
Yancey, William L. 180, 216, 217, 277
Z
Zhou, Min 32, 33, 35, 131, 249, 274, 277
Esta primera edición en español de Navegando las fracturas de la sociedad estadounidense: Raza, clase y experiencia dominicana en Providence, de José Itzingsohn, se terminó de imprimir en los talleres gráficos de la imprenta Amigo del Hogar en Santo Domingo, República Dominicana, en el mes de marzo de 2026.
