

LOS DOMINICO-ESTADOUNIDENSES
CLÁSICOS DE LA MIGRACIÓN DOMINICANA
LOS DOMINICO-ESTADOUNIDENSES
Silvio Torres-Saillant
Santo Domingo, República Dominicana 2026
Ramona Hernández
Título original en inglés: The Dominican Americans
© 1998 de Silvio Torres-Saillant y Ramona Hernández
Esta primera edición en español de The Dominican Americans (Greenwood Press, 1998) se publica mediante acuerdo con Bloomsbury Publishing, Inc.
Como apéndice de esta edición fueron incorporados dos artículos de los autores que no aparecen en la edición original en inglés.
Instituto Nacional de Migración
C/ Manuel Rodríguez Objío, núm.12
Gazcue, Santo Domingo, D. N.
República Dominicana
Tel.: +1809-412-0666
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Sitio web: www.inm.gob.do
Banco de Reservas de la República Dominicana
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Tel.: +1 809-960-4100
Correo electrónico: contacto@banreservas.com
Sitio web: www.banreservas.com
Primera edición en español, 2026
© Silvio Torres-Saillant
© Ramona Hernández
De la presente edición:
© Instituto Nacional de Migración y Banco de Reservas de la República Dominicana, 2026
ISBN impreso: 978-9945-634-42-6
ISBN online: 978-9945-634-43-3
Traducción del inglés: Janet Canals
Corrección de estilo: Daniel García Santos
Diseño y diagramación: Eric Simó
Diseño de cubierta: Melissa Moquete
Imagen de cubierta: Shutterstock
Impresión: Amigo del Hogar
Santo Domingo, República Dominicana
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
PRESENTACIÓN
Desde su constitución histórica como comunidad nacional y sobre todo como comunidad de cultura, las migraciones han ocupado un papel articulador en la trayectoria histórica dominicana. En sus orígenes el Santo Domingo colonial se expande en virtud de oleadas migratorias españolas y africanas, tras el comercio de esclavos hacia el Caribe en el siglo XVI. Definida la sociedad propiamente dominicana a finales del siglo XVIII y en el inicio de la modernidad en la segunda mitad del XIX y en el XX, las migraciones acrisolaron procesos que enriquecieron la personalidad cultural de la nación dominicana.
Españoles, judíos, norteamericanos, chinos, japoneses, haitianos, árabes, turcos, italianos, venezolanos, puertorriqueños y alemanes, por solo referir las nacionalidades más importantes, enriquecieron la vida nacional. Conscientes de la importancia que tiene para el país el fenómeno migratorio, el Instituto Nacional de Migración de la República Dominicana (INM RD) y el Banco de Reservas (Banreservas) han articulado esfuerzos e impulsado un proyecto editorial tras el cual se persigue ofrecer a los lectores dominicanos y, en general, a los estudiosos del fenómeno migratorio, un conjunto de estudios fundamentales para el conocimiento del papel de las migraciones internacionales en la historia del pueblo dominicano.
La colección Clásicos de la Migración Dominicana, iniciada en el año 2022, ya cuenta con once volúmenes y ofrece al lector estudios de alta calidad
académica donde se puede apreciar el fenómeno migratorio en su diversidad de orígenes nacionales y culturales, en la multiplicidad de orientaciones de los flujos de inmigración y emigración y los diversos problemas envueltos en este proceso, como es el caso de los propios del mercado laboral, el plantacionismo azucarero, la dinámica de la emigración y el surgimiento y evolución de la diáspora dominicana, la dinámica de inclusión/exclusión, las transformaciones culturales, entre otros asuntos cruciales.
En sus ochenta años de existencia, el Banco de Reservas se ha caracterizado por su serio compromiso con la cultura y resulta notable, especialmente, su labor editorial, la cual ha permitido dotar al pueblo dominicano de importantes obras de autores nacionales. En esta ocasión, se une al Instituto Nacional de Migración —como ha hecho a lo largo de estos años con prestigiosas instituciones gubernamentales de diferentes ámbitos— para rescatar textos clásicos sobre el tema migratorio, algunos de ellos publicados por el Banco de Reservas en su primera edición.
Ambas instituciones coinciden en el propósito de rescatar y divulgar estos relevantes estudios que apoyarán a la formación de jóvenes investigadores y el fortalecimiento de las ciencias sociales en el país y fomentarán estudios comparados sobre las principales comunidades de inmigrantes radicadas en República Dominicana, así como la de dominicanos residentes en otros países y su evolución e impacto en la vida nacional.
Esta colección permitirá apreciar la complejidad y riqueza del fenómeno migratorio, sus momentos culturales y contribuciones sociales y económicas más significativas, su trayectoria histórica en suelo dominicano y, sobre todo, fortalecerá la formación cultural de nuestro pueblo, propósito final de este empeño conjunto.
El Banco de Reservas y el Instituto Nacional de Migración aspiran, con esta colección de libros clásicos, a realizar una modesta contribución al conocimiento de nuestra historia contemporánea en ese fascinante capítulo de la construcción de la nación y la modernidad dominicana que son las migraciones.
Leonardo aguiLera Batista WiLfredo Lozano Presidente Ejecutivo Director Ejecutivo
Banco de Reservas Instituto Nacional de Migración de la República Dominicana de la República Dominicana
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
La primera impresión que me produce el texto de Torres-Saillant y Hernández —él y ella dominico-estadounidenses auténticos— es que está, por decirlo de alguna manera, diseñado narrativamente como un viaje de ida y vuelta. Un viaje muy significativo, como el de Ulises, porque determina y describe la construcción de una nueva identidad que, como cuerda tensa que vincula y a la vez separa dos territorios distintos, envía y reenvía ecos de lenguas, culturas y temperamentos diferenciados.
El libro contiene cinco capítulos y una introducción, cada uno con extenso contenido sobre lo sugerido por sus títulos: Introducción: breve contexto histórico. 1) Relaciones entre Estados Unidos y República Dominicana: un viejo romance; 2) Escape de la tierra natal; 3) Los dominicanos en Estados Unidos: el surgimiento de una comunidad; 4) Forjando una cultura dominico-estadounidense, y 5) El futuro de los dominico-estadounidenses.
El texto de Torres-Saillant y Hernández representa un esfuerzo académico admirable porque no solo enfoca la migración en sí, sino una multiplicidad de aspectos propios de la población dominicana en su lugar de origen y de destino, causas y consecuencias del fenómeno observando diversos aspectos y variables que le confieren al texto un carácter interdisciplinario, algo que resalta hasta en la lectura del índice de la obra ya citado, y que detallamos a continuación en términos de las disciplinas implícitas en el texto: historia
(desde la conquista hasta el siglo XX con el relato sobre la política, economía y sociedad dominicanas en este siglo), sociología (modernización en República Dominicana, familia, crecimiento demográfico, educación, salud, adaptación-asimilación de la población a su nuevo ambiente, creación de una comunidad dominico-estadounidense), economía (crisis, restructuración de la economía dominicana, empleo y desempleo como variables contribuyentes a la migración, formación de comunidad empresarial dominico-estadounidense), política (impacto de los gobiernos y líderes políticos dominicanos desde el siglo XIX hasta el XX), cultura (problema de la negritud, identidades raciales, literatura, artes visuales y escénicas, música y gastronomía, incidencia del género como indicadores de la formación de una «cultura» dominico estadounidense con «identidad diaspórica»).
Como se observa, es un texto inspirado en una voluntad analítica abarcadora, y repetimos: interdisciplinaria, sostenida en el puente de la más que centenaria y compleja relación entre los Estados Unidos y la República Dominicana, donde la segunda nación asume un delicado papel satelital con respecto a la gran nación norteña.
Demos un repaso a los diferentes aspectos tratados en esta obra en lo relativo a los antecedentes y causas de la migración dominicana hacia los Estados Unidos.
El fenómeno de la migración de un amplio contingente de población dominicana a los Estados Unidos para Torres-Saillant y Hernández tiene un primer antecedente —pero no causa inmediata— en una predisposición cultural que se asentó en la República Dominicana de las dos primeras décadas del siglo XX, cuando la sociedad dominicana fue objeto de una influencia norteamericana profunda en los gustos y patrones de consumo, lo que fue posible debido a la ocupación norteamericana del país (1916-1924), período en el cual fue inundado de productos e inversiones estadounidenses.
En este orden, los autores señalan lo siguiente:
La avalancha de productos estadounidenses que inundó el país tras la promulgación de la Ley Arancelaria de 1919, que concedía a los productos estadounidenses el paso libre de impuestos al mercado dominicano, resultó abrumadora para los productores locales. De la misma manera, la propagación de marcas estadounidenses, desde automóviles hasta ropa,
pasando por alimentos y juguetes, indujo en los consumidores una fuerte parcialidad hacia los productos estadounidenses, lo que tal vez se ilustra más claramente en el hecho de que el béisbol estadounidense reemplazó a las peleas de gallos como deporte nacional (Moya Pons, 1995: 336-338). En resumen, entre los legados duraderos aportados por el Gobierno militar estadounidense se encontraba la americanización generalizada del gusto en la sociedad dominicana (p. 78).
En otras palabras, ese momento que consideramos como un importante antecedente del largo proceso migratorio cumple en su relato la función de una «apertura» de lo que se desplegará como una historia plasmada con los múltiples acentos disciplinarios ya citados anteriormente.
Un término que quizás pueda sorprender a lectoras y lectores es la calificación que los autores les atribuyen a las relaciones entre los Estados Unidos y República Dominicana en el primer capítulo, la de «un viejo romance». Con ello, Torres-Saillant y Hernández se refieren al fenómeno de la «mutua atracción» entre los Estados Unidos y la República Dominicana, aunque para una parte de la población lectora del texto, incluido este prologuista, esa atracción parece ser un tanto desequilibrada, porque suele jugar siempre más a favor de los Estados Unidos de América que de nuestro país. Pero esto no le resta valor a la metáfora si se pone atención a la descripción que los autores ofrecen de algunos puntos nodales de la relación entre los dos países durante la segunda mitad del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX.
La atracción mutua entre el pueblo dominicano y Estados Unidos no es un fenómeno del siglo XX. En realidad, precede al nacimiento de la República Dominicana como nación independiente. Quizás el primer indicio de la influencia estadounidense entre los dominicanos se produjo en el ámbito de las ideas políticas y se remonta a la primera mitad del siglo XIX. El 1 de diciembre de 1821, José Núñez de Cáceres (1772-1846), distinguido funcionario del Gobierno colonial español de Santo Domingo, publicó un manifiesto separatista que proclamaba la independencia política de la Colonia. Al anunciar al mundo la emancipación de los habitantes de habla hispana en la isla Española del Gobierno de Madrid, Núñez de Cáceres abrazó muchos de los principios y fundamentos de la Constitución liberal
de Cádiz, España, promulgada en 1812. Pero su texto también se hacía eco del lenguaje y el pensamiento de Thomas Jefferson expuestos en la Declaración de Independencia promulgada el 4 de julio de 1776 por los trece estados de los Estados Unidos de América (p. 57).
Este argumento se refuerza con lo que se manifiesta en el párrafo siguiente:
En la declaración escrita por Núñez de Cáceres, los separatistas «[…] declararon y publicaron solemnemente» el nacimiento de su nueva nación como un «Estado libre e independiente», absolviendo así a la colonia de cualquier obligación para con el Gobierno español; en el Norte, los firmantes de la declaración de 1776 enunciaron: «Nosotros [...] publicamos y declaramos solemnemente [...] estas Colonias Unidas [...] como Estados Libres e Independientes», dejándolas así «[…] absueltas de lealtad a la Corona Británica». Los dominicanos declararon su «[…] pleno derecho y facultad para establecer la forma de gobierno que mejor le convenga, contraer alianzas, declarar la guerra, concluir la paz, ajustar tratados de comercio y celebrar los demás actos, transacciones y convenios que pueden por derecho los demás pueblos libres e independientes», en defensa de cuyos privilegios juraron sacrificar sus «[…] vidas, fortuna y honor» (Núñez de Cáceres, 1992: 218). Su decreto obviamente resuena con vocabulario y cláusulas tomadas del texto adoptado por el Congreso Continental Americano en 1776, cuyos líderes habían afirmado su «[…] pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, contraer alianzas y hacer todas las demás cosas que los estados independientes puedan en su derecho hacer», y ellos también habían prometido «[…] nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor» para proteger sus prerrogativas (pp. 57-58).
Con ese apunte Torres-Saillant y Hernández le dan mayor fuerza a su argumento, el cual redundará en ofrecer una buena clave interpretativa en la línea del «romance», cuando abordan la relación entre el pensamiento estadounidense y el nacimiento del Estado dominicano, la manera como los estadounidenses se esforzaron en construir lazos diplomáticos con la República Dominicana, la llegada de estadounidenses afrodescendientes a Samaná,
el tema de la negritud dominicana, el intento de fundar un protectorado de Estados Unidos y finalmente el «éxodo dominicano».
El llamado «gran éxodo de dominicanos», según se dice en el texto, «[…] de su tierra natal y el desarrollo de asentamientos de inmigrantes dominicanos aquí datan de mediados de los años sesenta». A seguidas se afirma: «El tamaño de esta comunidad en los Estados Unidos creció enormemente en los años de 1970 y 1980. En 1990, según el censo de EE. UU., 511,297 dominicanos vivían como residentes permanentes en Estados Unidos, y más del 65 % de ellos residían en el estado de Nueva York. Pero el tamaño real de la comunidad es mucho mayor, porque las cifras oficiales no tienen en cuenta a los residentes indocumentados, cuyo número puede ser bastante alto». Asimismo, los autores agregan: «La afluencia de dominicanos, que superaba en número a todos los demás inmigrantes que llegaban a la ciudad de Nueva York y que ocupaban el puesto número seis en todo el país, continuó creciendo hasta la década de 1990. La ciudad de Nueva York recibió un promedio de 22,028 inmigrantes dominicanos por año entre 1990 y 1994 […]» (p. 29 y p. 43).
Si se tuviera que señalar los principales puntos de coyuntura de este proceso migratorio, habría que citar el fin de la tiranía de Trujillo, la guerra civil de 1965 y las subsiguientes crisis económicas que afectaron la sociedad dominicana desde la década de 1980, conocida en toda la región latinoamericana como «la década perdida». Una característica especial del éxodo dominicano en esta década es que el perfil, antes dominantemente marcado por ser una migración de población trabajadora y pobre, empieza a incluir población de sectores medios.
Durante la década de 1980, los miembros de los sectores medios no escaparon a los efectos negativos de los cambios económicos ocurridos en el país. Se podría argumentar que la expatriación de trabajadores excedentes durante la década de 1970 y la transferencia directa de recursos desde los sectores pobres y menos privilegiados favorecieron a la clase media. Pero la reestructuración económica de la década de 1980 provocó un desplazamiento generalizado que afectó a sectores de la clase media, cuyos miembros sintieron la necesidad de buscar la misma solución que habitualmente buscaban los grupos menos privilegiados: la emigración (p. 115).
La migración de población dominicana a Estados Unidos no dejó de tener también un matiz político, sobre todo a partir del primer gobierno del Dr. Joaquín Balaguer, como se especifica en la siguiente observación:
El firme control político del país por parte de Balaguer fue vital para el éxito del nuevo plan económico. El Gobierno emprendió una campaña de pacificación que incluyó represión política, asesinatos, encarcelamientos y apertura de puertas para expulsar voces no deseadas que antagonizaban con el régimen. Aunque no existía ningún acuerdo escrito, los gobiernos de Estados Unidos y República Dominicana actuaron al unísono. Los disidentes políticos recibieron visas para viajar a Estados Unidos. Otros solicitarían un pasaporte y el Gobierno simplemente se lo concedería. En 1959, 19,631 personas solicitaron un pasaporte y solo 1,805 lo obtuvieron; en 1969, cada una de las 63,595 peticiones fueron aprobadas […]. A través de la abundante emisión de pasaportes, la República Dominicana fomentó tácitamente la emigración. La magnitud del éxodo dominicano después de 1966 sugeriría que se abrieron las puertas para expulsar el excedente de mano de obra, así como a los disidentes (pp. 88-89).
Por supuesto, este fenómeno respondió en gran medida a la necesidad de alcanzar un grado de estabilidad política posterior a la Guerra de Abril de 1965, como también a la necesidad de restructurar la economía dominicana. De ese modo, se abrieron las puertas a la emigración de la población «excedente» aliviando la presión demográfica sobre el mercado de trabajo y la presión política ejercida por la población de disidentes políticos. Naturalmente, esta situación es el caldo de cultivo para la conformación de una comunidad de migrantes que, al «naturalizarse» en ese territorio nuevo, inicia una historia propia que, sin borrar la dominicanidad empieza a integrar elementos nuevos en su modus vivendi, en virtud de su exposición a otra lengua y cultura dominantes. Como nada es mejor que la propia descripción del fenómeno aportada por Torres-Saillant y Hernández, nos permitiremos citar de nuevo directamente de su texto:
Los dominicanos llegaron a Estados Unidos masivamente a mediados de la década de 1970, es decir, sin incluir a los pequeños pero significativos
grupos de dominicanos que llegaron antes del gran éxodo, y siempre han tratado de construir hogares, ganarse la vida, encontrar significado en el mundo, crear comunidades y, en última instancia, asegurar el futuro de sus hijos. No se han quedado de brazos cruzados. Su invisibilidad en las fuentes de referencia no corresponde a una silenciosa pasividad por su parte. Los dominicanos no se han recluido ni han rehuido la vista del público. Veamos el hecho de que, desde la fundación del primer Desfile Dominicano en 1982 en la ciudad de Nueva York, en agosto de cada año más de 150,000 personas han venido a Manhattan para celebrar la dominicanidad y mostrar muchas de las tradiciones culturales de la comunidad. Y estas reuniones masivas de dominicanos han ido proliferando con el tiempo. En 1990, un activista comunitario llamado Felipe Febles organizó la Gran Parada y Carnaval Dominicanos de El Bronx, otro desfile que se ha institucionalizado en el condado del Bronx y que reúne a miles de dominicanos para marchar en julio de cada año. Hay otro desfile dominicano en Haverstraw, Nueva York, así como reuniones anuales equivalentes en Nueva Jersey y Connecticut (p. 156).
Hay mucha información más en el texto que enriquece y le añade un mayor valor agregado a la idea de que estamos ante la presencia de un proceso de construcción de una «cultura dominico-estadounidense» (ver el capítulo 4) que, por encima del recelo crítico que esta expresión pueda suscitar en la población dominicana que habita en los dos tercios de la isla de Santo Domingo, indica la existencia de una comunidad constituida por migrantes de la República Dominicana, así como de hijas e hijos, nietas y nietos de quienes por diversas circunstancias y razones emigraron hacia tierra estadounidense y han absorbido/incorporado elementos de la cultura dominante que han encontrado en ese territorio.
Hay una parte de esa población —aunque supongo que en términos porcentuales es minoritaria— que ha regresado a la isla completando el periplo de Ulises. Es difícil saber si quienes lo han hecho logran reconocerse o no en la comunidad y cultura de la isla de la cual partieron un día, como aparentemente ocurrió con Ulises, con base en el apoyo de su diosa tutelar, Atenea.
¿Qué decir de quienes se quedaron?
Definitivamente, atendiendo a lo expresado por Torres-Saillant y Hernández en este interesante y brillante texto, los «dominico-estadounidenses» ya no
son en el territorio norteamericano «aves de paso». Constituyen una auténtica comunidad que enfrenta retos inéditos, como el lingüístico, el cultural y el racial, en una sociedad que tras el impertérrito rostro y el brazo derecho alzado con antorcha en mano de la Estatua de la Libertad parece ofrecer una señal de bienvenida que, como muchas y muchos descubren tiempo después, es poco menos que una señal ambigua.
Concluyo este prólogo invitando a lectoras y lectores de la isla y de otras latitudes del dominio de la lengua castellana a leer con espíritu exploratorio, crítico y entusiasta esta obra que tanto aporta al conocimiento de la comunidad dominico-estadounidense y también contribuye a un conocimiento más detallado y profundo de lo que significa la «dominicanidad», que trasciende territorios y mares que recorren los Ulises de nuestra era.
LeopoLdo artiLes GiL 27 de febrero de 2025
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
AGRADECIMIENTOS
Para expresar nuestra gratitud a quienes más se la debemos, sírvanos contar la serie de pasos que posibilitaron la escritura de este libro. En el 1996, Patricia R. Pessar, antropóloga adscrita a la Universidad de Yale, nos informó sobre la serie The New Americans, recién inaugurada por la editora Greenwood Press y dirigida por el historiador Ronald H. Bayor, docente del Instituto Tecnológico de Georgia. Interesada en documentar la experiencia de los nuevos grupos étnicos integrados a la población estadounidense desde inicios del siglo XX, Greenwood pensó en un volumen dedicado a la República Dominicana. Siendo Pessar la figura académica más destacada en el estudio de la migración dominicana hacia los Estados Unidos, era de esperar que la invitaran a asumir ese encargo. No pudo aceptar debido a un compromiso previo con otra editorial sobre el mismo tema, y recomendó que se nos invitara a nosotros, lo cual apreciamos profundamente por la confianza que el gesto implicaba. Sin duda, Pessar nos tuvo en mente debido a nuestro vínculo con el Instituto de Estudios Dominicanos de CUNY (Universidad Municipal de Nueva York por sus siglas en inglés), situado en el City College of New York, el cual ya había alcanzado alguna prestancia en la academia norteamericana. Vaya la mar de gratitud, por tanto, al Instituto de Estudios Dominicano y a quienes hicieron posible su existencia, comenzando por el estudiantado dominicano de CUNY. En la primavera de 1989, alumnos de los recintos se declararon en
huelga y ocuparon edificios en protesta contra un aumento en el costo de las matrículas, ante el temor de que a los hijos de los pobres y la clase obrera se les negara el acceso a la educación superior. El estudiantado dominicano figuró en el liderazgo del levantamiento. Al haber participado en la toma «ilegal» de propiedades públicas, encaraban la posibilidad de la expulsión o la cárcel. Varios docentes dominicanos de distintos recintos de CUNY caímos en cuenta de que, a diferencia de los otros grupos étnicos con quienes compartían la avanzada rebelde, el grupo dominicano carecía del apoyo de una organización universitaria. En tal coyuntura, varios profesores y empleados administrativos de CUNY, además de maestros de liceos secundarios de la ciudad, creamos el Consejo de Educadores Dominicanos para proteger a los estudiantes de nuestro origen que participaron en el levantamiento. El grupo inicial que estuvo al frente incluyó a Ana García Reyes, Luis Álvarez-López, Anthony Stevens-Acevedo, Franklin Gutiérrez, Ofelia Rodríguez, Fausto de la Rosa, Nelson Reynoso y los autores de este libro. Posteriormente, se sumarían Belkys Navas, Josefina Báez, Nancy López y Belkys Necos. Todos, dignos de crédito por haber dado la cara en defensa del estudiantado dominicano en momento tan crucial. El fervor que dio inicio al Consejo también engendró la idea de proponerle a CUNY la creación de una unidad de investigación consagrada a los estudios dominicanos.
Al llegar una nueva dirigencia al sistema universitario municipal, encabezada por la canciller W. Ann Reynolds en el otoño de 1990, el Consejo, de inmediato, se dio a la tarea de avanzar en su proyecto. Una sola reunión con la canciller Reynolds bastó para que recibiéramos el apoyo de la administración central, así como un aporte inicial de recursos para comenzar a trabajar. Nuestra credibilidad ante la canciller se había nutrido de alianzas que forjamos con proyectos ya activos en el sistema universitario. Uno era el Consejo Puertorriqueño de Educación Superior, que dirigía el pedagogo Edgar Rodríguez, del recinto de Lehman College (CUNY), y el otro la Red Afroamericana de CUNY, encabezada por el también pedagogo Donald H. Smith, reputado colega adscrito al recinto de Baruch College (CUNY). También nos había avalado el muy renombrado cientista social Frank Bonilla, quien, egresado de la Universidad de Harvard, había descollado en su campo desde sus años en MIT (el Instituto Tecnológico de Massachusetts) y luego en la Universidad de Stanford, cuando en 1973 hubo de trasladarse a New York, su ciudad natal, a dirigir el recién
creado Centro de Estudios Puertoriqueños en Hunter College (CUNY). Agradecemos a nuestros colegas puertorriqueños y afroamericanos por su apoyo tan oportuno y a la canciller Reynolds por su ágil respaldo a la propuesta de una unidad de investigación que se consagraría en investigar y dar a conocer la experiencia dominicana. A partir de ahí, nuestros pasos en pro de la creación del Instituto CUNY de Estudios Dominicanos (CUNY-DSI por sus siglas en inglés) se valieron de ese respaldo inicial, y fue instaurado oficialmente en febrero del 1994.
El Instituto CUNY de Estudios Dominicano se estructuró en gran medida según el modelo que ofrecía el Centro de Estudios Puertorriqueños, entidad que nos había brindado su apoyo solidario. Su asesoramiento estuvo a nuestra disposición en distintos niveles, desde la dirigencia que ejercía Frank Bonilla hasta los demás cargos directivos que ocupaban Rina Benmayor, Iraida López, Camille Rodríguez y Antonio Lauria-Perricelli. Igual nos benefició la presencia puertorriqueña en la Junta de Síndicos de CUNY, el cuerpo administrativo que habría de certificar el proyecto del Instituto como parte integral del sistema. María J. Canino y Gladys Carrión, fideicomisarias de CUNY, sirvieron en la Junta durante los años en que se gestaba el proyecto del Instituto y a ambas, cada una a su vez, les tocó abogar por el mismo. A nivel de recintos individuales del sistema, el Instituto recibió el apoyo crucial de la rectora de Hostos Community College, Isaura Santiago Santiago, pedagoga de padres puertorriqueños, quien procedió a «prestar» a Silvio Torres-Saillant, miembro de su personal docente, para desarrollar el proyecto. Dicho docente hubo de trasladarse a City College, lugar escogido por la administración central, a petición del Consejo de Educadores Dominicanos, como albergue del futuro Instituto Dominicano por su cercanía a Washington Heights, distrito ya reconocido como principal enclave étnico de la población de origen dominicano en los Estados Unidos. Para la fecha, la pedagoga afroamericana Augusta Souza Kappner dirigía el recinto de City College como rectora interina y, aparte de identificarse de inmediato con la ubicación de la oficina encargada de materializar el proyectado Instituto, tuvo a bien proporcionar la asistencia técnica que hizo falta.
Desde la asignación de la oficina en City College hasta la certificación del Instituto CUNY de Estudios Dominicanos como unidad de investigación adscrita al sistema universitario municipal de la ciudad de Nueva York transcurrieron cerca de dos años y medio. Durante ese ínterin, los gestores del proyecto
procuraron acopiar credenciales tales que dejaran claro su rigurosidad y productividad. A la hora de su aprobación, el Instituto contaba con un historial de exitosos eventos públicos (conferencias, seminarios, charlas, etc.) y había ya iniciado su serie de publicaciones académicas Dominican Research Monographs, la cual arrancó con Quisqueya on the Hudson: The Transnational Community of Dominicans in Washington Heights (1994), preparado por el antropólogo Jorge Duany. La serie continuaría diseminando saberes sobre la experiencia del segmento dominicano de la población estadounidense con volúmenes dedicados a temas varios y elaborados desde el lente de distintas disciplinas. Ellos incluyen análisis cuantitativos sobre el perfil socioeconómico de la población dominicana en New York, como Dominican New Yorkers: A Socioeconomic Profile (Ramona Hernández, Francisco Rivera-Batiz y Roberto Agodini, 1995) y obras de referencia con miras a orientar la investigación sobre temas diversos, como Directory of Dominicanists 1 (Norberto James Rawlings, 1998), una guía para localizar a los estudiosos de la inmigración dominicana con vigencia mayormente en la academia norteamericana. Difícil evadir la nostalgia de haber visto al recordado artista de la palabra James Rawlings (1945-2021), afanado en la tarea de preparar recursos de investigación para académicos. Radicado en Boston, el poeta ejercía la docencia secundaria y universitaria impartiendo cursos de español y literaturas iberoamericanas y cuando surgió el proyecto del Instituto quiso colaborar con él.
Entre los textos de referencia aparecidos en la serie Dominican Research Monographs vale recordar el titulado Dominican Studies: Resources and Research Questions (1997) por tratarse de una minicolección compuesta de cuatro trabajos preparados con el fin de familiarizar a estudiantes y docentes con algunas interesantes áreas de investigación y ofrecer algunos recursos para quienes se interesaran en ellas. El primero de los trabajos, escrito por el historiador y anterior miembro del Consejo de Educadores Dominicanos, Luis Álvarez-López, entonces docente de varios recintos de CUNY, comparte una bibliografía sobre estudios dominicanos en varios campos y temas extraída del catálogo de librerías locales. Le siguen los textos de la politóloga Sherrie Baver, colega adscrita entonces al Departamento de Estudios Latinoamericanos y del Caribe Hispánico en el recinto de City College, y de Jean Weisman, coordinadora administrativa del Centro de Educación para los Trabajadores también en City College. Baver y Weisman hicieron sus aportes individuales sobre la base del
trabajo de campo que cada una había realizado en el verano de 1993, cuando viajaron a la República Dominicana con el fin de contactar centros y organizaciones de mujeres. La pequeña antología cierra con un artículo de Ramona Hernández, docente del Programa de Estudios Latinos de la Universidad de Massachusetts, recinto de Boston, y la entonces doctoranda Nancy López, del Departamento de Sociología en el Centro Graduado de CUNY.
Dominican Studies: Resources and Research Questions prefiguraba la orientación que habría de caracterizar el campo interdisciplinario de los estudios dominicanos en los Estados Unidos, con el Instituto jugando un papel protagónico sin necesariamente proponérselo. El contenido de la miniantología se orienta orgánicamente hacia la inclusión y la representación igualitaria, desde la bibliografía de Álvarez-López dirigida más bien a estudiantes y no a los expertos, y privilegiando las bibliotecas locales de fácil acceso para el alumnado. Baver, por su parte, se encaminó bibliográficamente hacia el mercado laboral, enfatizando a las mujeres, y Weisman arrojó luz sobre la intersección entre género y conciencia de clase. Hernández y López, por su parte, recuperaron el papel de las mujeres en la odisea de la migración irregular a la que se ha lanzado una porción significativa del pueblo dominicano a lo largo de ya muchas generaciones. Así, hay razón para decir que, por la manera como arrancó en los Estados Unidos, el campo de los estudios dominicanos de este lado del mar nació marcado por el apego a la diversidad, la inclusión, la justicia y la igualdad. No hay que olvidar las huelgas estudiantiles lideradas por universitarios por su exclusión de la educación superior a causa del alza incosteable del precio de las matrículas, que dio pie al origen del Consejo de Educadores Dominicanos y, por consiguiente, al proyecto del Instituto.
A la población dominicana no le iba bien con su imagen pública en los medios de comunicación durante las décadas del 1980 y 1990 en la ciudad de Nueva York. Como mostramos en el capítulo 3 de este libro, para algunos reporteros, como Mike McAlary, del New York Daily, deshumanizar a nuestra gente era ocupación recurrente en sus columnas. En respuesta, el proyecto del Instituto apostó a diseminar saberes sobre la experiencia dominicana en combate contra la deshumanización, instruyendo a la sociedad estadounidense sobre el país de origen de esos inmigrantes, que habían pasado a formar enclaves étnicos en Nueva York y otras ciudades norteamericanas. De ahí que procuráramos incorporar al equipo del Instituto al renombrado historiador
dominicano Frank Moya Pons, quien, además de gozar de prestigio académico en su país, había tenido contacto con la educación superior norteamericana. Poseedor de un doctorado por la Universidad de Columbia en Nueva York, había sido profesor visitante en varias universidades del país.
Durante el año lectivo 1993-1994 Moya Pons se unió a nuestro equipo como investigador residente adscrito al Instituto en City College. Entre sus tareas estuvo revisar la traducción al inglés, que ya existía en borrador, de su reputado Manual de historia dominicana. Tal esfuerzo condujo a que pudiera ver la luz The Dominican Republic: A National History en 1995 bajo el sello de la efímera editora Hispaniola Books.1 El Instituto obtuvo los fondos para cubrir el costo de impresión gracias a la relación que había forjado con el legislador de origen irlandés John Brian Murtaugh, representante del distrito 72 de la Asamblea Estatal (Cámara Baja de la legislatura del Estado de New York). El asambleísta Murtaugh, cuyo curul, entre otros vecindarios, abarcaba a Washington Heights, se solidarizó con el Instituto desde muy temprano, y llegó a abogar en la asamblea porque se le asignara una partida presupuestaria fija. El recinto de City College estuvo recibiendo anualmente esa infusión de fondos públicos para el Instituto hasta 1996, año en que Murtaugh perdió su apuesta a la reelección tras quince años de haber ocupado su asiento en la legislatura estatal de New York.
El uso que dimos a los ejemplares de The Dominican Republic: A National History que tuvimos a nuestra disposición nos hizo sentir que habíamos avanzado un tanto en la causa de diseminar conocimientos sobre el pasado dominicano y reducir la distancia desde la cual otros grupos étnicos de los Estados Unidos nos observaban. Analizamos el mapa de los distritos escolares de Nueva York y ciudades aledañas en el área triestatal (conformada por los estados nordestinos de New York, New Jersey y Connecticut) con el objetivo de identificar probabilidades de albergar estudiantes dominicanos en las aulas. Nos fijamos sobre todo en los liceos secundarios. Con esta cartografía escolar a manos, enviamos un ejemplar del libro a la dirigencia de cada recinto y a la superintendencia del distrito escolar al que este perteneciera. La carta que explicaba el envío de la obra daba fe de su valor pedagógico, tanto para
1 A partir del 1998, el libro saldría impreso bajo el sello de otra editora mediante acuerdo del autor con Markus Wiener Publishers, de Princeton, New Jersey.
estudiantes como para docentes, y destacaba la credibilidad académica de su autor y el gran vacío que venía a llenar. En los Estados Unidos no se había publicado en inglés una historia dominicana sustancial desde 1928 cuando vio la luz Naboth’s Vineyard: The Dominican Republic, 1844-1924, escrita por el diplomático estadounidense Sumner Welles, quien carecía de formación en la disciplina histórica.
El impacto del libro se deduce de la entusiasta respuesta de docentes y administradores de los liceos y distritos que lo recibieron. No solo lo admiraron y agradecieron, sino que también se ofrecieron a promover su uso en el aula, además de asumir al Instituto como un recurso invaluable que tendrían en cuenta a la hora de estimular el interés sobre los dominicanos entre escolares y colegas. La deuda del Instituto con Moya Pons es enorme por unirse a la iniciativa cuando apenas operaba como «proyecto» y por confiarnos su obra en beneficio de la causa de diseminar la realidad de los dominicanos en los Estados Unidos. Valga anotar que sin el respaldo de fondos públicos obtenidos por vía del asambleísta Murtaugh difícil nos habría sido aprovechar a tal grado el aporte del historiador Moya Pons. Demos gracias, pues, por la bonanza de que tuviéramos de nuestro lado al valorado académico y al solidario legislador, justo cuando los necesitábamos.
Reiteremos nuestra gratitud a los miembros del Consejo de Educadores Dominicanos por el impulso inicial que condujo a la reunión del otoño de 1990 con la canciller de CUNY, W. Ann Reynolds, ocasión que nos puso en el sendero que conduciría a la creación del Instituto. La mayoría de los integrantes del Consejo se mantuvo cercana al proyecto, pero su cercanía habría de variar por razones prácticas, según el grado de vínculo institucional que cada cual tuviera con CUNY o el atractivo que la investigación sobre la experiencia dominicana le provocara. Como integrante del Consejo, Ana García Reyes desempeñó un papel clave desde que el Instituto arrancó en City College, donde ella ya pertenecía al personal administrativo como directora del Programa de Servicios de Apoyo al Estudiantado. García Reyes nos guió en el proceso de navegar las complejidades institucionales del recinto y además nos ayudó a promover nuestra iniciativa en el seno del estudiantado hispano y de otras minorías con quienes interactuaba regularmente debido a la naturaleza de su trabajo.
Ramona Hernández, por ejemplo, estaba adscrita al Departamento de Ciencias Sociales de La Guardia Community College, CUNY, cuando lideró la
investigación que aparecería publicada como título núm. 2 de la serie Dominican Research Monographs, el ya citado Dominican New Yorkers: A Socioeconomic Profile. Debido a su apego al análisis cuantitativo, se encargó de reclutar a sus colaboradores y en coautoría con ellos daría a conocer sus hallazgos. Ellos serían el economista y pedagogo Rivera-Batiz, entonces director del Instituto pro Educación Urbana y Minoritaria (IUME, por sus siglas en inglés) en la Escuela de Maestros de la Universidad de Columbia, y el joven investigador Agodini, candidato al doctorado en la Escuela de Maestros con especialidad en ciencia de datos aplicada al análisis de las políticas públicas en el ámbito escolar. Hernández, no obstante mudarse de CUNY al ser reclutada como docente adscrita al Programa de Estudios Latinos en el campus de Boston del sistema universitario estatal de Massachusetts (UMass Boston), continuaría su cercanía con el Instituto. Entonces se dividiría entre catedrática de UMass Boston en un estado e investigadora pro bono del CUNY-DSI en otro, ayudando a concretar y ampliar la agenda de investigación con la que el Instituto se había comprometido. El hecho de que el presupuesto del Instituto, después de haberse aprobado como unidad de investigación integral del sistema universitario municipal, no fuese mucho mayor que cuando operaba como proyecto resultó ser una bendición. Pues, careciendo de los recursos para emplear personal calificado, nos transamos por la alternativa de reclutar estudiantes y darles el entrenamiento de lugar, con el feliz resultado de que íbamos aumentando los recursos humanos que garantizarían el continuo crecimiento de la iniciativa. Dicho resultado lo encarna la joven colega Sarah Aponte, quien arribó al CUNY-DSI en 1994, cuando todavía cursaba el pregrado en City College. Aponte se unió al equipo gracias al programa federal de empleo y estudio, que daba al alumnado la oportunidad de ganarse parte de su ayuda financiera empleándose en su mismo campus por determinado número de horas semanales. La afiliación de Aponte al Instituto la entusiasmó notablemente y pronto, sin mucha asesoría, discernió la dinámica del equipo al cual pertenecía y ejerció liderazgo. Desempeñando con aplomo la función de coordinadora administrativa, se empleó en organizar los libros, documentos y otros materiales de consulta (producto de donaciones de miembros del Consejo y personas de la comunidad) con miras a formar lo que sería la biblioteca del CUNY-DSI. Terminados sus estudios de pregrado y con sueldo asignado como parte del personal de City College, se enfocó en obtener una maestría en bibliotecología con tal de mejorar sus
destrezas en beneficio de la creciente biblioteca del Instituto. Mereció reconocimiento en los Estados Unidos y otras partes del mundo por la riqueza de sus recursos para los investigadores, igual que para escolares y público general con interés en temas dominicanos.
Cuando los coautores estábamos escribiendo lo que sería The Dominican Americans nos quedó claro que en Aponte teníamos una colaboradora envidiable, puesto que para la fecha nadie la superaba en la familiaridad con la bibliografía existente sobre la experiencia migratoria de la población dominicana en los Estados Unidos. De ahí que le agradeciéramos su experta asistencia técnica. Su recomendación de escritos raramente citados que merecían consideración resultó esencial en la preparación de nuestro libro. Aponte compartió generosamente con nosotros el manuscrito de lo que sería su primer libro, Dominican Migration to the United States, 1970-1997: An Annotated Bibliography (1999). En su obra, ella agradece a Hernández el haberla «dirigido de modo realista al campo de la biblioteconomía» e «instado a solicitar admisión al programa de estudios graduados» (Aponte 1999: vii).
Por último, estamos en deuda con quienes se tomaron el tiempo de leer nuestros borradores. El historiador Frank Moya Pons examinó el texto del primer capítulo e hizo sugerencias que mejoraron nuestra descripción de las relaciones entre Estados Unidos y República Dominicana. El escritor Junot Díaz lo leyó con gran entusiasmo prácticamente todo. Sus juicios críticos, especialmente en el capítulo 4, llamaron nuestra atención sobre matices estilísticos claves que no dudamos en aceptar. Finalmente, el educador Anthony Stevens-Acevedo nos ayudó en la lectura de las galeras. Este libro es mejor al que habría sido gracias a los aportes de estos amables colegas. Por supuesto, los autores siguen siendo los únicos responsables de cualquier defecto en su forma o su contenido.
PREFACIO
Los habitantes de la República Dominicana en momentos distintos se han trasladado masivamente fuera de su país de origen en busca de una vida mejor en América del Norte. Aunque ha habido presencia dominicana en Estados Unidos al menos desde finales del siglo XIX,1 el gran éxodo, seguido de asentamientos de inmigrantes en suelo norteamericano data de mediados de los años sesenta (Stevens-Acevedo, Wetering y Álvarez Frances, 2014). El tamaño de esta comunidad en la sociedad receptora creció significativamente en las décadas siguientes, pasando de 170,817 en 1980 a 1,041, 910 en el 2000 (Hernández y Rivera-Batiz, 2003: 11). Más del 65 % residían en el estado de Nueva York. Pero su tamaño real era mucho mayor, porque las cifras oficiales no dan cuenta de los residentes indocumentados, cuyo número se presume bastante alto. La irrupción de estos inmigrantes, que superaba en cantidad al de los demás grupos que llegaban a la ciudad de Nueva York y ocupaba el cuarto lugar en todo el país, continuó en aumento, sobre todo con el arribo anual de nuevos inmigrantes. Entre 1990 y 1994, por ejemplo, la ciudad de Nueva York recibió un promedio de 22,028 inmigrantes dominicanos por año (Lobo y Salvo, 1997: 16).
1 Juan Rodríguez, un mulato libre originario de Santo Domingo, se estableció en las orillas del río Hudson en 1613 y permaneció en ese lugar al menos hasta 1614. Hoy en día se le reconoce como el primer inmigrante en asentarse en lo que posteriormente se convertiría en la ciudad de Nueva York.
El resto de la población dominicana en Estados Unidos está repartida en todo el país, con los contingentes más numerosos residiendo en los siguientes estados, en orden descendente: Nueva Jersey, Florida, Massachusetts, Pennsylvania, Rhode Island, Connecticut, California, Maryland, Texas, Pensilvania y Washington. Un examen de sus condiciones socioeconómicas en cada uno de los estados y ciudades donde terminaron residiendo en esas tres décadas requeriría un estudio más especializado de lo que permitiría la extensión de este libro. Por lo tanto, nos concentraremos en el estado de Nueva York, particularmente en los cinco condados de la ciudad de Nueva York, por ser los escenarios más apropiados para ilustrar las debilidades y fortalezas, los desafíos y posibilidades de esos inmigrantes en la sociedad receptora. Nueva York es un centro de la vida dominicana en los Estados Unidos, no el único, por supuesto, pero creemos que puede ilustrar a la comunidad en su conjunto a nivel nacional. Consideramos que su situación en Nueva York decidirá en gran medida su destino como minoría étnica en el resto de los Estados Unidos. Los dominico-estadounidenses aborda la experiencia de una comunidad asentada en su morada estadounidense. El libro comienza con un breve contexto histórico que rastrea los orígenes geográficos, culturales y étnicos del pueblo dominicano. El primer capítulo relata las relaciones entre los Estados Unidos y la República Dominicana, que comenzaron a mediados del siglo XIX, y en las que Estados Unidos a menudo tomó la iniciativa, incluido un período de ocho años en que República Dominicana tuvo un gobierno estadounidense. El capítulo 2 examina las condiciones políticas y socioeconómicas que han provocado que los dominicanos abandonen en masa su país de origen desde mediados de la década de 1960. El surgimiento de una comunidad dominicana en Estados Unidos es el tema del capítulo 3, que supone la inserción de estos inmigrantes en el mercado laboral, la educación, los negocios, la política y las profesiones, y evalúa las barreras y posibilidades que enfrentan. El capítulo 4 esboza el desarrollo de una cultura propia que surge de la experiencia de los inmigrantes, con énfasis en las áreas de artes visuales y escénicas, literatura, música popular, comida y religión, así como los cambios en la noción de género y raza. Finalmente, el capítulo 5 adelanta una visión del futuro de la comunidad dominicana en los Estados Unidos.
Este libro proporciona una introducción general acerca de los dominicanos como pueblo en los Estados Unidos, y llena un serio vacío en la bibliografía
sobre los grupos étnicos estadounidenses. Los autores son parte de un pequeño, pero ya significativo grupo de académicos que trabajan en universidades estadounidenses y contribuyen a difundir conocimiento sobre la experiencia dominicana. Nacidos en la República Dominicana, ambos llegamos a Estados Unidos en 1973 y aquí recibimos nuestra educación postsecundaria. Reconocemos que contamos con una posición privilegiada. Como académicos, contribuimos al estudio de la comunidad dominicana con una profunda familiaridad con el valioso conjunto de conocimientos que nos han legado observadores no dominicanos. Y como miembros del grupo objeto de estudio, también disfrutamos del privilegio de poder construir una visión desde adentro. Nos gustaría pensar que este libro se basa en una saludable combinación de rigor académico e intimidad social con nuestro tema. Finalmente, debemos abordar el reclamo de Silvia Torres, maestra de la escuela secundaria Francis Scott Key, en Brooklyn, quien cuestionó que fuera apropiado utilizar el término dominico-americanos para describir a las personas que estamos analizando. En América Latina y el Caribe hispanohablante, la palabra América se refiere al hemisferio occidental en su conjunto. Cuando en 1507 el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller propuso llamar América al «nuevo mundo», en honor a Américo Vespucio, se refería concretamente al Caribe y a América del Sur, las únicas tierras que hasta entonces los europeos habían penetrado. Los dominicanos provienen de una región llamada América. Llamarlos dominico-americanos, por tanto, es redundante. De ahí que decidimos adoptar el gentilicio «estadounidense», propuesto por Daniel García Santos, corrector de estilo de esta nueva edición.
Finalmente, valga dejar claro cuánto difiere este libro de la edición original en lengua inglesa. Se publicó veintiséis años antes de esta primera edición en español, en una serie titulada The New Americans, que buscaba dar a conocer la gran diversidad étnica y cultural de la población estadounidense, sobre todo a partir del arribo de nuevos flujos migratorios desde la primera mitad del siglo XX. Nuestro libro, como el resto de la serie, expone cómo un proceso migratorio culmina en el nacimiento de una minoría étnica estadounidense. La actual edición en habla hispana contiene dos capítulos adicionales, los que la traductora ha llamado «Comunidad, cultura e identidad colectiva» y «Perspectivas de los dominicanos en la ciudad de Nueva York», que no son parte integral del libro pero quisimos que aparecieran como apéndices en la actual edición
porque también los escribimos en coautoría y porque, al haberse publicado en fechas cercanas al presente, comparten información actual sobre la población de herencia dominicana en los Estados Unidos. Con ello procuramos que esta publicación resulte relevante no solo como recuperación de un clásico en la colección Clásicos de la Migración Dominicana (que el Instituto Nacional de Migración y el Banco de Reservas han tenido la bondad de incluirlo), sino que también sea de interés para los lectores que buscan información relativamente actualizada sobre la materia.
Referencias
Hernández, Ramona y Rivera-Batiz, Francisco L. (2003). Dominicans in the United States: A Socioeconomic Profile, 2000. CUNY Dominican Studies Institute. Stevens-Acevedo, Anthony; Wetering, Tom, y Álvarez Frances, Leonor (2014). Juan Rodríguez y los comienzos de la ciudad de Nueva York. Archivo General de la Nacion / CUNY Dominican Studies Institute.
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
LOS DOMINICO-ESTADOUNIDENSES
PRÓLOGO DE LA SERIE
THE NEW AMERICANS 1
Oscar Handlin, un destacado historiador, expresó una vez: «Pensé en escribir una historia sobre los inmigrantes en Estados Unidos. Luego descubrí que los inmigrantes eran historia estadounidense». Estados Unidos siempre ha sido una nación de naciones, adonde llegan personas de todas las regiones del mundo para iniciar una nueva vida. Otros países, como Canadá, Argentina y Australia, también han tenido una inmigración sustancial, pero Estados Unidos sigue siendo único en la diversidad de nacionalidades y en el gran número de migrantes que ha llegado a sus costas.
¿Quiénes son estos inmigrantes? ¿Por qué decidieron venir? ¿Qué tan bien se han adaptado a esta nueva tierra? ¿Cuál ha sido la reacción ante ello? Estas son algunas de las preguntas que los libros de esta serie Nuevos Americanos/ Estadounidenses buscan responder. Se han realizado muchos estudios sobre oleadas anteriores de inmigrantes —ingleses, irlandeses, alemanes, judíos, italianos y polacos—, pero se ha escrito relativamente poco sobre los grupos más
1 Prólogo a la serie The New Americans, cuyo objetivo era publicar materiales acerca de la diversidad cultural y étnica de la sociedad estadounidense, cada vez más multicultural en la medida que arribaban nuevas oleadas de inmigrantes. The Dominican-American fue publicado por primera vez como parte de esa serie. Ronald H. Bayor es profesor emérito de historia en el Instituto Tecnológico de Georgia y expresidente de la Sociedad de Historia Étnica y de la Inmigración. Es autor, entre otros, de Neighbors in Conflict: The Irish, Germans, Jews, and Italians of New York City, 1929-1941 y coeditor de The New York Irish
recientes, los que llegaron en los últimos treinta años, a partir de una nueva ley de inmigración emitida en 1965. Esta serie está diseñada para corregir esa situación y presentar estos grupos al resto de Estados Unidos.
Cada libro de la serie analiza uno de estos grupos de inmigrantes, y cada uno está escrito por un experto en ellos. Los volúmenes cubren la nueva migración proveniente principalmente de Asia, América Latina y el Caribe, incluidos coreanos, camboyanos, filipinos, vietnamitas, asiáticos del sur (como indios y paquistaníes), chinos de China y de Taiwán, haitianos, jamaiquinos, cubanos y dominicanos, mexicanos, puertorriqueños (aun siendo ciudadanos estadounidenses) y judíos de la antigua Unión Soviética. Aunque algunos de estos pueblos, como los judíos, han estado en Estados Unidos desde la época colonial, esta serie se concentra en sus migraciones recientes, por lo que resulta una contribución única.
Estos volúmenes están diseñados para lectores de secundaria y para quienes desean aprender más sobre sus nuevos vecinos. Cada autor ha proporcionado información acerca de la tierra de origen, su historia y su cultura, las razones para migrar, y la cultura étnica a medida que comenzó a adaptarse a la vida en Estados Unidos. Los lectores encontrarán detalles fascinantes sobre religión, política, comidas, festivales, roles de género, tendencias laborales y vida comunitaria en general. Aprenderán en qué se diferencian los inmigrantes vietnamitas de los cubanos y, sin embargo, en qué se parecen en muchos aspectos. Cada libro está organizado para ofrecer un estudio profundo de cada grupo de inmigrantes en particular, pero también para permitir a los lectores comparar un grupo con otro. Los volúmenes también contienen breves perfiles biográficos de personas destacadas, así como tablas acerca de la inmigración de cada grupo, y una breve bibliografía con títulos disponibles para más información. Muchos contienen un glosario de palabras y frases extranjeras. Los estudiantes y demás personas que los lean obtendrán una mejor comprensión de las preguntas que solían hacerse: ¿Quién es estadounidense? y ¿cómo funciona el proceso de asimilación? Al igual que sus antepasados del siglo XIX y principios del XX, muchos estadounidenses hoy dudan del valor de la inmigración y temen la afluencia de personas que lucen y suenan diferentes de los que habían llegado antes. Si se hubieran escrito libros similares hace cien años, habrían contribuido mucho a disipar los temores injustificados de los lectores hacia los recién llegados. Nadie cuestionaría hoy, por ejemplo, el
papel de los estadounidenses de ascendencia irlandesa o italiana; sin embargo, este fue un problema grave en nuestra historia y una fuente de grandes conflictos. Es hora de mirar a nuestros recién llegados, de comprender su historia y su cultura, sus habilidades, su lugar en los Estados Unidos, y sus esperanzas y sueños como estadounidenses.
Estados Unidos es un país muy diferente del que era a principios del siglo XX. La economía se ha alejado de los empleos industriales, el movimiento por los derechos civiles ha cambiado las relaciones entre minorías y mayorías, y, junto con el movimiento de mujeres, ha incorporado a más personas a las principales actividades económicas. Sin embargo, un aspecto de la vida sigue siendo sorprendentemente similar: seguimos siendo la principal nación receptora de inmigrantes del mundo y, como en todos los períodos de su historia, seguimos siendo una nación de inmigrantes. Es esencial que intentemos aprender y comprender este proceso de migración y asimilación a largo plazo.
ronaLd H.
Bayor
Georgia Institute of Technology
INTRODUCCIÓN: BREVE CONTEXTO HISTÓRICO
La tierra
Los dominicanos son originarios de la República Dominicana, país que ocupa los dos tercios orientales de la isla Española, ubicada entre Cuba y Puerto Rico.
La República de Haití se asienta en el tercio occidental de la isla. La Española es la segunda más grande de las Antillas Mayores en el archipiélago del Caribe. Situada a unas 600 millas al sureste de Florida y 310 millas al norte de Colombia y Venezuela, está bordeada al norte por el Océano Atlántico y al sur por el Mar Caribe. El paisaje se encuentra delimitado topográficamente por sus tres principales cordilleras: la Oriental, la Septentrional y la Central. La Cordillera Central incluye la montaña más alta de la región de las Indias Occidentales, el Pico Duarte, de 10,417 pies de altura. De acuerdo con su situación dentro de la zona tropical, el país disfruta de un clima templado con una temperatura media nacional que se mantiene en 77° F y rara vez supera los 90° F. El terreno ofrece una vegetación variada y ha demostrado adaptarse a la siembra de una amplia variedad de cultivos.
Los habitantes nativos
En 1492, cuando las carabelas españolas comandadas por el almirante Cristóbal Colón se aventuraron con éxito a través del Atlántico, e iniciaron la
conquista y colonización de la isla, la tierra albergaba una próspera sociedad taína con una población de aproximadamente medio millón de habitantes. Los estudiosos han rastreado los orígenes étnicos de los taínos hasta una ola migratoria de grupos arahuacos de América del Sur que duró varios siglos. Por el año 700 de la era cristiana, la cultura y la sociedad taína habían evolucionado con características bien definidas. La sociedad que Colón encontró en 1492 tenía una estructura económica basada en la pesca, la agricultura y la caza. Políticamente, la isla estaba dividida en cinco tribus confederadas, encabezadas por caciques. La estructura familiar seguía una organización mayoritariamente monógama y el número de hijos por familia nuclear variaba de tres a cinco. Mientras que el padre ejercía la autoridad central, coherente con una estructura patriarcal, la herencia y la sucesión seguían un modelo matrilineal (Moya Pons, 1995: 18-21).
La conquista
Durante su primer encuentro con los aborígenes antillanos, Colón los percibió como bien formados, con cuerpos hermosos y rasgos finos. Al ver al Almirante y sus hombres, «parecieron muy contentos y se hicieron tan amigables que era una maravilla verlos. Después nadaron hasta las lanchas de los barcos donde estábamos y trajeron loros y ovillos de hilo de algodón y lanzas y muchas otras cosas» (Columbus, 1990: 29). Colón ya había navegado por las Bahamas y Cuba antes del 5 de diciembre de 1492 cuando llegó a la Española. Decidió establecer los asentamientos del territorio recién descubierto en esta isla debido a sus prometedores depósitos de oro, lo que él y su séquito dedujeron del hecho de que algunos de los aborígenes llevaban adornos elaborados con este mineral. Los españoles construyeron allí su primer fuerte, llamado La Navidad, previo al pleno proceso de colonización. Los treinta y nueve soldados que dotaban el fuerte perecieron a manos de guerreros taínos, en represalia por una serie de violaciones y abusos de mujeres taínas perpetrados por los españoles durante la ausencia del Almirante, cuando este hizo su primer viaje de regreso a España para informar a la Corona sobre sus magníficos descubrimientos.
Luego siguió un período turbulento de violencia y depredación, durante el cual la población nativa fue diezmada a medida que los colonos españoles se extendían por toda la isla. Un censo de la colonia realizado en 1508 mostró
que apenas quedaban 60,000 taínos del casi medio millón encontrado por los españoles en 1492. En 1519 su número se había reducido a 30,000, y no existe evidencia disponible que sugiera que algunos focos de taínos hubieran sobrevivido para finales del siglo XVI. Murieron de hambre, de enfermedades extrañas traídas por los colonizadores y de la dureza general del trabajo forzado en las minas de oro. Como afirman los historiadores, las mujeres embarazadas abortaban o mataban a sus propios hijos para evitar que se convirtieran en esclavos en las encomiendas, sistema mediante el cual la población nativa fue asignada proporcionalmente a los colonos blancos en condición de propiedad (Moya Pons, 1995: 34). En general, la Española floreció como la primera colonia de una región que los europeos consideraban el Nuevo Mundo. Con el tiempo, se convirtió en el centro de toda la colonización del hemisferio occidental. Las expediciones dirigidas a México, Perú y otros territorios continentales tuvieron que utilizar a la Española como punto de partida. A medida que la colonia se desarrolló, pasó a ser conocida como Santo Domingo, en honor al fundador castellano de la orden de frailes y predicadores en el siglo XIII. Sus miembros eran conocidos como dominicos, y siglos más tarde los habitantes de Santo Domingo adoptarían ese nombre para su república.
La población africana
La aniquilación de la población aborigen produjo una aguda necesidad de mano de obra esclava, que los colonos españoles intentaron satisfacer mediante la importación de trabajadores cautivos de otros lugares. Como resultado, Santo Domingo se convirtió en el puerto de entrada de los primeros esclavos africanos que llegaron al Nuevo Mundo. Cuando en 1501 el rey Fernando y la reina Isabel nombraron a Nicolás de Ovando nuevo gobernador de Santo Domingo, le autorizaron a llevar «esclavos negros» a la colonia. La flota de Ovando llegó a la isla en julio de 1502, marcando el inicio de la experiencia negra en América. A partir de entonces, la población negra creció dramáticamente. La Corona española anuló un decreto que permitía únicamente la importación de esclavos negros que, nacidos de un amo español, habían recibido una educación cristiana; con esta medida dio vía libre, a partir de 1511, al tráfico de esclavos directamente desde África.
A medida que la plantación cañera y la fabricación de azúcar suplantaron a la economía minera de la colonia después de 1516, la presencia negra fue alcanzando proporciones imprevistas, sobre todo porque la nueva industria obtenía su fuerza laboral casi exclusivamente de esclavos africanos. Pronto la población negra superó en número a la blanca por un amplio margen. Un censo de 1606 evaluó una diferencia de 1,157 colonos blancos versus 9,648 negros, una disparidad que continuaría aumentando en la medida que crecía la afluencia de africanos y que los colonos blancos españoles, desilusionados ante las escasas perspectivas de acumular riquezas, comenzaban a optar por la emigración. Hacia 1739, el arzobispo Álvarez de Abreu pudo evaluar que de las 12,259 personas que habitaban Santo Domingo la mayoría eran «negros libres», lo que tuvo un impacto decisivo en la composición étnica de la población.
Raíces de la dominicanidad
El año 1605 ha sido citado a menudo como un momento crucial para los primeros vestigios de conciencia nacional. Ese año, al no haber logrado contener el comercio ilegal entre sus súbditos y los barcos mercantes de los rivales europeos de España, las autoridades coloniales decidieron quemar las zonas más directamente involucradas en el contrabando. El gobernador Antonio Osorio supervisó de manera personal los trabajos de incendiar toda la franja occidental de la isla, habiendo obligado antes a los residentes a abandonar la región. Las llamas, por supuesto, se enfriaron y los territorios baldíos se convirtieron en una especie de tierra de nadie, hasta que merodeadores de diversos tipos comenzaron a hacer uso de ellos. La zona se convirtió en el escondite favorito de piratas, filibusteros y bucaneros. Posteriormente, se les unirían empresarios ambiciosos, en particular franceses, y hacia finales del siglo XVII la franja occidental de la isla de Santo Domingo estaba llena de plantaciones de propiedad francesa que hacían uso intensivo de mano de obra esclava. España perdió el control de las tierras occidentales, y en ellas se fue desarrollando una colonia francesa contigua en el transcurso del siglo XVII. Esa colonia pasó a ser conocida como Saint Domingue. En septiembre de 1697 los españoles reconocieron a dicha colonia y aumentaron el comercio con sus vecinos, alentados por la Paz de Ryswick, firmada entre Francia y España. A finales del siglo siguiente, España demostró ser incapaz de mantener su participación
colonial en la isla, lo que provocó que cediera jurisdicción sobre todo el territorio a Francia mediante el Tratado de Basilea de 1795. En el lado occidental de la isla, los esclavos se rebelaron contra sus amos coloniales franceses, lo que condujo a la fundación de la República de Haití, gobernada por negros, y proclamada en 1804 por un exesclavo, el general Jean Jacques Dessalines. El hecho de que el espacio haitiano recién liberado tuviera que compartir la isla con una sociedad que permanecía bajo el dominio colonial europeo se convirtió en una fuente de tensión entre los pueblos oriental y occidental de la Española. En 1801 y más tarde en 1822, los haitianos decidieron salvaguardar su independencia unificando toda la isla bajo su dominio. La segunda vez, el intento de unificación duró veintidós años, hasta que quedó frustrado por el éxito del movimiento independentista dominicano. El 27 de febrero de 1844 la República Dominicana fue proclamada nación soberana.
El hecho de que la independencia y el surgimiento formal de los dominicanos como pueblo se produjera en términos de separación de la república negra de Haití, y que la autodiferenciación racial se hubiese utilizado posteriormente en el discurso nacionalista, ha añadido niveles de complejidad a la identidad racial de los dominicanos, al inducir en la población una reticencia a afirmar abiertamente su propia negritud, no obstante la abrumadora presencia de afrodescendientes (Torres-Saillant, 1995: 110). Al mismo tiempo, la República Dominicana está en el centro de la experiencia histórica caribeña a pesar de que rara vez se la considera junto con los demás miembros de la familia antillana.
Lo que hoy es tierra dominicana fue testigo del primer asentamiento de europeos, del primer genocidio de aborígenes y de la primera cohorte de esclavos africanos. Santo Domingo inició la mezcla racial, el sincretismo religioso, la naturalización lingüística y el proceso general de criollización que tipifica la cultura caribeña. Con la división de la isla en dos espacios coloniales distintos, que con el tiempo se convirtieron en naciones con sus propias características, se puso en marcha un complejo proceso de evolución histórica. Al duro encuentro de razas y culturas que tuvo lugar en tierra dominicana durante el período colonial se sumó posteriormente la afluencia de franceses, alemanes, estadounidenses negros, anglófonos antillanos, árabes, judíos, canarios, chinos, cubanos, puertorriqueños y haitianos, todos los cuales, en diversos grados, han contribuido a la formación étnica y cultural del pueblo dominicano.
Autonomía precaria
Paradójicamente, la República Dominicana, al igual que Haití, se destaca como uno de los primeros territorios caribeños en alcanzar su independencia nacional. Sin embargo, al igual que Haití, a menudo su soberanía ha sido amenazada por fuerzas extranjeras, así como por los intereses propios de su élite política. Tras la proclamación de la independencia y la fundación de la república, el elemento conservador superó a los patriotas liberales, como se desprende del hecho de que Juan Pablo Duarte, el arquitecto ideológico del movimiento independentista, permaneció en el exilio hasta su muerte, sin haber tenido nunca la oportunidad de participar en los órganos de gobierno de la nueva nación. Gobernada por líderes más comprometidos con servirse a sí mismos que con la dura labor de consolidar una sociedad independiente e igualitaria, la República Dominicana sufrió la anexión de su territorio a los dominios coloniales de la Corona española en 1861, solo diecisiete años después del nacimiento de la nación. La venta de la soberanía por parte de la élite conservadora, representada entonces por el presidente Pedro Santana, y la ocupación militar formal del territorio por soldados españoles, dieron lugar a la Guerra de Restauración, una lucha armada nacionalista que duró hasta julio de 1865, cuando el ejército invasor completó su retirada, tras sufrir la derrota a manos de los nacionalistas.
El 8 de diciembre de 1865 asumió la presidencia Buenaventura Báez, quien ya antes había sido presidente y demostrado tendencias anexionistas. Poco después, el presidente Báez comenzó a modificar la Constitución para otorgarse poderes autocráticos e implementó medidas económicas que favorecían a sus aliados y perjudicaban gravemente a la industria tabacalera de la región del Cibao. Su gobierno encontró la oposición de un sector liberal representado por el general Gregorio Luperón, quien se había destacado como libertador durante la Guerra de Restauración. Báez tuvo que renunciar a la presidencia al año siguiente. Los dos años posteriores estuvieron marcados por el desorden político. Las rivalidades entre los líderes dieron lugar a una serie de gobiernos de corta duración, cada uno de los cuales enfrentó la oposición armada de las fuerzas rebeldes, que culminó con la instalación de un triunvirato que, además de desatar un reinado de terror contra los opositores liberales, trajo a Báez del exilio y lo nombró presidente. Este asumió nuevamente el poder el 2 de mayo
de 1868, e inició seis años de gobierno represivo, corrupto y autocrático. Durante ese tiempo, Báez intentó febrilmente anexar la República Dominicana a los Estados Unidos y vender o hipotecar porciones del territorio a capitalistas extranjeros. Después de tratar al país como una hacienda personal entre 1868 y 1874, el astuto caudillo tuvo que renunciar ante la oposición armada de un sector que gozaba del apoyo popular. El viejo dictador, sin embargo, no había agotado todos sus trucos y regresó al poder en diciembre de 1876, e implementó nuevamente un gobierno corrupto, represivo y autocrático que duró catorce meses. A la caída de Báez le siguió un período político difícil durante el cual los líderes del sector liberal pudieron alzarse con el control del Gobierno hasta 1886. De 1886 a 1899, los dominicanos soportaron el régimen astuto y tiránico de Ulises Heureaux, que arruinó la economía del país y la puso a merced de gobiernos y empresas extranjeras, situación que llevó al dominio virtual de la República Dominicana por parte de Estados Unidos. La toma de posesión de las aduanas en 1905 y la ocupación militar de 1916 a 1924 mostraron que Estados Unidos era el señor supremo del pequeño país. El sanguinario y corrupto Rafael Leónidas Trujillo, que perpetró treinta años de gobierno tiránico contra el pueblo dominicano, se benefició enormemente de la presencia estadounidense en el país. No solo él mismo era un graduado de la Guardia Nacional, una policía militar creada por los marines durante la ocupación, sino que su gobierno totalitario resultó capaz de lograr el control absoluto de la sociedad gracias al desarme de la población civil y la centralización de las fuerzas armadas creadas por el gobierno militar estadounidense. El período posterior a la muerte de Trujillo en 1961 marcó un punto de inflexión, aunque la resiliencia política de Joaquín Balaguer, quien ocupó la presidencia varias veces entre 1966 y 1996, recordó la malévola astucia de Buenaventura Báez. Balaguer era el presidente títere de Trujillo en 1961, cuando el dictador encontró la muerte. Al caer la dictadura formal, hizo todo lo posible por mantenerse en el poder fingiendo la disposición a abrazar la democracia, pero tuvo que huir del país en 1962. Apoyado por Estados Unidos, la Iglesia católica, la todavía activa élite militar de Trujillo y la oligarquía, logró regresar al poder como presidente nuevamente en 1966, y se reeligió de manera repetida hasta 1978 y de nuevo de 1986 a 1996, hasta que decidió llegar a un acuerdo con el partido de oposición, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), gracias al cual el candidato del PLD, Leonel Fernández, resultó electo.
Torres-Saillant / Ramona Hernández
Balaguer demostró estar a la altura de Báez en cuanto a la corrupción, la represión y la autocracia de sus gobiernos, que en gran medida recuperaron los peores vicios de la política dominicana del siglo XIX. Por primera vez en la historia, la sociedad experimentó un éxodo masivo y continuo de personas de los sectores obreros, pobres y campesinos. Por primera vez se formó una diáspora con presencia significativa en Europa, el Caribe y Estados Unidos. Como resultado de la secuencia de acontecimientos desencadenados a principios de la década de 1960, los futuros historiadores que estudien al pueblo dominicano en la segunda mitad del siglo XX tendrán que ampliar su alcance para incluir no solo a los dos tercios de la parte oriental de la isla Española, sino también a las grandes masas de inmigrantes que actualmente viven en otras partes del mundo.

Silvio
Banderas dominicanas ondeando durante el Desfile Dominicano circa. ©Josefina Báez.
RELACIONES ENTRE ESTADOS UNIDOS Y REPÚBLICA DOMINICANA: UN VIEJO ROMANCE
El redescubrimiento de los dominicanos
En el sofocante calor del verano neoyorquino de julio de 1992, Estados Unidos tuvo la oportunidad de presenciar un acto de agitación dominicana. Un joven había muerto en el vestíbulo de su propio edificio a manos de un policía en Washington Heights, un barrio de Manhattan poblado predominantemente por inmigrantes de la República Dominicana. Los rumores que describían el incidente como un caso de brutalidad policial se difundieron con rapidez y numerosos residentes de la zona salieron a las calles para protestar por lo que al principio entendieron que era una afrenta a la comunidad. Se sucedieron tres días de disturbios y desobediencia social. La televisión y los medios impresos inundaron la nación con escenas en las que manifestantes exacerbados desafiaban a los agentes del orden. El espectáculo de neumáticos y contenedores de basura quemados a lo largo de Broadway y St. Nicholas Avenue aterrorizó a los observadores. Las llamas llegaron demasiado pronto después de los disturbios provocados por el caso Rodney King en Los Ángeles.
Para agravar aún más la situación, se temía que el levantamiento creciera hasta el punto de empañar la Convención Demócrata, prevista para unos días después en Nueva York. Una explosión social protagonizada por dominicanos amenazaba con perturbar la convención nacional de uno de los dos principales
partidos políticos del país. Parecía inconcebible que dicha comunidad pudiera marcar un hito en la vida política dominante del país. En respuesta al pánico que sobrevino, el comisionado de policía, muchos funcionarios electos y el propio alcalde hicieron todo lo posible por apaciguar a los dominicanos. El alcalde consoló a la familia del joven que había perdido la vida y dio su palabra de que la ciudad escucharía las denuncias e instó a los vecinos a confiar en que se haría justicia en caso de irregularidades comprobables por parte del policía implicado.
Al tercer día, los manifestantes regresaron a sus hogares y dejaron que los tribunales pronunciaran la última palabra. Los informes oficiales concluyeron que el tiroteo se produjo en defensa propia mientras el oficial forcejeaba con el joven dominicano, a quien fuentes policiales identificaron como un narcotraficante. El tribunal absolvió al oficial de los cargos en su contra y no pasó nada en Washington Heights como respuesta a esa decisión. A pesar de las expectativas y advertencias en sentido contrario, prevaleció la paz. Pero una cosa quedó clara: Para bien o para mal, los estadounidenses contemporáneos se habían hecho conscientes de la existencia de los dominicanos como comunidad. Las autoridades municipales de la ciudad de Nueva York, por ejemplo, aprendieron importantes lecciones sobre la abrumadora presencia de estos en la ciudad. También conocieron algunos de los problemas que los aquejaban: escuelas y apartamentos superpoblados, desconfianza en la policía, altas tasas de desempleo, un próspero tráfico de drogas y pobreza generalizada. Un artículo que apareció en The New York Times más de un año después de la sublevación señaló que esas condiciones socioeconómicas constituían las «raíces de la violencia en Washington Heights» (González, D., 1993: Bl, 34).
Familiaridad de los dominicanos con Estados Unidos
Los estadounidenses que estudian el pasado de su país en relación con las demás naciones del hemisferio occidental no necesitaron los sucesos de julio de 1992 en Washington Heights para tomar conciencia de la presencia de los dominicanos. Su conocimiento de la larga historia entre Estados Unidos y el pueblo de la República Dominicana haría superfluo el tardío descubrimiento. Las dinámicas que explican la gran presencia dominicana en Estados Unidos explican también el predominio de lo americano en la República Dominicana.
Los valores, las instituciones, los productos de consumo y la cultura popular estadounidenses formaban parte de la dieta diaria mucho antes de que se les hubiera pasado por la cabeza la posibilidad de viajar a Estados Unidos como inmigrantes o visitantes. Pepsi-Cola, Colgate y General Electric, por ejemplo, han sido algo natural para los consumidores del país durante mucho tiempo. Santo Domingo, Santiago, San Pedro de Macorís y otras ciudades importantes tienen calles y avenidas que llevan los nombres de George Washington, Abraham Lincoln y John F. Kennedy, entre otras famosas personalidades estadounidenses. El deporte nacional es el béisbol, un juego americano, y la población se entretiene con imágenes en movimiento en la televisión y el cine, la mayoría de las cuales provienen de Estados Unidos.
El pensamiento estadounidense y el nacimiento del Estado dominicano
La atracción mutua entre el pueblo dominicano y Estados Unidos no es un fenómeno del siglo XX. En realidad, precede al nacimiento de la República Dominicana como nación independiente. Quizás el primer indicio se produjo en el ámbito de las ideas políticas y se remonta a la primera mitad del siglo XIX. El 1.o de diciembre de 1821, José Núñez de Cáceres (1772-1846), distinguido funcionario del Gobierno colonial, publicó un manifiesto separatista que proclamaba la independencia de Santo Domingo. Al anunciar al mundo la emancipación de los habitantes de habla hispana de la isla Española, Núñez de Cáceres abrazó muchos de los principios y fundamentos de la Constitución liberal de Cádiz, promulgada en 1812. Pero su texto también se hacía eco del lenguaje y el pensamiento de Thomas Jefferson, expuestos en la Declaración de Independencia de las Trece Colonias, el 4 de julio de 1776, que dio origen a los Estados Unidos de América.
El cierre del manifiesto independentista dominicano tiene un parecido inequívoco con la declaración estadounidense. En el texto escrito por Núñez de Cáceres, los separatistas «declararon y publicaron solemnemente» el nacimiento de su nueva nación como un «Estado libre e independiente», absolviendo así a la colonia de cualquier obligación para con el Gobierno español. En el norte, los firmantes de la declaración de 1776 enunciaron: «Nosotros [...] publicamos y declaramos solemnemente [...] estas Colonias Unidas [...] como
Estados Libres e Independientes», dejándolas así «absueltas de lealtad a la Corona Británica». Los dominicanos declararon su «pleno derecho y facultad para establecer la forma de gobierno que mejor les convenga, contraer alianzas, declarar la guerra, concluir la paz, ajustar tratados de comercio y celebrar los demás actos, transacciones y convenios que pueden por derecho los demás pueblos libres e independientes», en defensa de cuyos privilegios juraron sacrificar sus «vidas, fortuna y honor» (Núñez de Cáceres, 1992: 218). Su decreto resuena con vocabulario y cláusulas tomadas del texto adoptado por el Congreso Continental Americano en 1776, cuyos líderes habían afirmado su «pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, contraer alianzas y hacer todas las demás cosas que los estados independientes puedan en su derecho hacer», y ellos también habían prometido «nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor» para proteger sus prerrogativas.
Núñez de Cáceres y sus asociados no contemplaron la abolición de la esclavitud en el Estado soberano que afirmaban haber fundado, del mismo modo que tampoco la Constitución de Cádiz ni la proclamación de independencia estadounidense habían concebido que los derechos de la «vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» se extenderían a los esclavos negros. Pareciera que el manifiesto dominicano adoleció del mismo defecto moral que sus modelos americano y europeo. De hecho, el movimiento separatista no tenía atractivo popular y pronto pereció, de ahí la costumbre de los historiadores de referirse a este como «la independencia efímera». Los líderes habían planeado poner al país recién creado bajo los auspicios de la Gran Colombia, una república latinoamericana de alcance continental proyectada por el libertador Simón Bolívar, pero sus esfuerzos por involucrar a Bolívar resultaron inútiles (Balcácer y García, 1992: 53-54). La aparente dificultad para que la incipiente nación prosperara sin la tutela de una estructura política extranjera puede haber provocado que la República de Haití, la nación vecina que ocupaba la porción occidental, considerara que tomar el control de toda la isla era un imperativo político. Haití, un Estado creado por antiguos esclavos que se habían sublevado contra sus amos y derrotado a un gran ejército enviado por Napoleón Bonaparte para restaurar la esclavitud y el antiguo orden colonial, había existido como nación independiente desde 1804. Pero la joven república seguía viviendo con miedo a las invasiones de poderosas naciones europeas que resentían que los negros de América pudieran gobernarse a sí mismos. Compartir la isla con un estado
débil como el liderado por Núñez de Cáceres, que parecía incapaz de resistir la agresión europea, hacía vulnerable la soberanía haitiana. Los jefes temían principalmente nuevos ataques franceses. Además, el Gobierno vio la anexión del territorio oriental como una solución a algunos de sus propios problemas económicos y políticos. Así, el Gobierno resolvió unificar toda la isla Española bajo dominio haitiano y envió un ejército de 12,000 soldados a través de la frontera. El 9 de febrero de 1822, habiendo abdicado el gobierno de Núñez de Cáceres, la élite gobernante criolla esperó al jefe del Estado haitiano, Jean Pièrre Boyer, «a las puertas de Santo Domingo para acompañarlo al ayuntamiento y a la catedral donde le rindieron honores como Presidente» (Moya Pons, 1995: 124).
El período de unificación duró veintidós años, etapa que los historiadores dominicanos llaman «la dominación haitiana». Al principio, la mayoría de la población de la Española de habla hispana acogió con agrado el cambio de gobierno (Moya Pons, 1972: 34-36).
Entre las medidas populares implementadas por el gobernante haitiano estuvo la abolición de la esclavitud y la eliminación de los privilegios raciales en Santo Domingo. El compromiso de Boyer con la liberación de los negros se manifestó también en la invitación que extendió a los negros libres de Estados Unidos para que migraran a la Española. Además de brindarles la oportunidad de disfrutar de plenos derechos de ciudadanía, algo que difícilmente podían esperar en la sociedad estadounidense racialmente estratificada, el presidente haitiano les ofreció «entrada libre, tierras y apoyo temporal mientras se establecían», una oferta que muchos encontraron atractiva: «El primer barco cargado llegó a la ciudad de Santo Domingo en 1824, y a finales del año siguiente habían inmigrado unos 6,000» (Holm, 1989: 504). Muchos de los que vinieron fueron víctimas de la fiebre tifoidea, lo que provocó que algunos regresaran a los Estados Unidos, pero un número considerable se quedó y se estableció en el lado dominicano de la isla en comunidades prósperas, especialmente Samaná y Puerto Plata.
Se puede visibilizar a los inmigrantes negros estadounidenses en las palabras del aventurero Joseph W. Fabens, quien, al describir la población de Samaná a finales de 1869, hablaba tanto de «los dominicanos nativos como los de ascendencia estadounidense», y añadía sus impresiones favorables por haber asistido allí a servicios religiosos dirigidos por «el capellán reverendo Jacob James» (citado en Welles, 1966: 381-382). En 1870, cuando los observadores
estadounidenses visitaron Samaná, evaluaron a los inmigrantes negros «como una comunidad próspera de aproximadamente 600 miembros». Más de cien años después, un estudio se refirió a «un grupo considerablemente numeroso de negros de habla inglesa» cuyos antepasados «llegaron a este país hace casi 140 años» (Hoetink, 1974: 9, 3). Una encuesta lingüística realizada en Samaná durante la década de 1980 encontró que el 50 % de la muestra seleccionada hablaba inglés, lo que atestigua la supervivencia de las formas y tradiciones culturales de los descendientes de los estadounidenses negros invitados por Boyer (Holm, 1989: 505). Lo mismo puede decirse de su adhesión a la Iglesia Metodista Wesleyana, un lugar de culto con sede en Londres, traído por aquellos inmigrantes en el siglo XIX. Al mismo tiempo, una buena parte de los descendientes de esos inmigrantes se había adaptado al modo de vida de la población criolla nativa tanto en entornos rurales como urbanos. Ese parecería ser el caso de aquellos que viven en Puerto Plata, donde originalmente se asentaron alrededor de 2,000 estadounidenses negros, conforme a los datos recabados por un estudioso del tema (Ortiz Puig, 1978: 7, 153).
El período de unificación llegó a su fin el 27 de febrero de 1844, cuando una élite criolla de Santo Domingo, que había logrado concitar cierto apoyo popular, proclamó su separación del dominio haitiano, dando origen a la República Dominicana como nación soberana e independiente. Su declaración, titulada «Manifestación de los pueblos de la parte del Este de la isla antes Española o Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la república haitiana», fechada el 16 de enero de 1844, muestra, aún más claramente que el texto de Núñez de Cáceres unos veintidós años antes, la influencia de las ideas políticas estadounidenses en la élite. La frase inicial debería bastar como ilustración: «La atención decente y el respeto que se debe a la opinión de todos los hombres y al de las naciones civilizadas; exige que cuando un Pueblo que ha sido unido a otro, quisiere reasumir sus derechos, reivindicarlos, y disolver sus lazos políticos, declare con franqueza y buena fe, las causas que le mueven a su separación, para que no se crea que es la ambición, o el espíritu de novedad que pueda moverle» (Bobadilla et al., 1992: 219). El lector reconocerá fácilmente estas palabras como una interpretación ligeramente reformulada del comienzo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, de Jefferson: «Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario que un pueblo disuelva los vínculos políticos que lo han conectado con
otro, y para asumir, entre los poderes de la tierra, la posición separada e igual a la que le dan derecho las leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza, un respeto decente por las opiniones de la humanidad requiere que declaren las causas que los impulsan a la separación».
El documento mediante el cual los primeros estadistas dominicanos hablaron al mundo sobre la emancipación de su nación y su formación como república soberana estaba salpicado de un lenguaje e ideas tomadas de la experiencia estadounidense. No es sorprendente, por tanto, que el primer jefe de Estado, el general Pedro Santana, anhelara el reconocimiento de Estados Unidos y de las grandes potencias europeas. Tal reconocimiento mejoraría la credibilidad comercial y diplomática del país a nivel internacional, sin la cual la recién nacida república caribeña tendría pocas posibilidades de sobrevivir en el sistema económico mundial. Cuando un enviado dominicano a Washington se acercó a la administración del presidente John Tyler, este al principio tuvo dudas, pero mostró suficiente interés. En diciembre de 1844, el secretario de Estado, John C. Calhoun, sugirió al ministro español en Washington que Estados Unidos, Francia y España deberían «reconocer la nueva República, como medio de impedir una mayor expansión de la influencia negra en las Indias Occidentales» (Welles, 1966: 76).
Agentes estadounidenses en Santo Domingo
La cuestión dominicana llegó ante la administración Tyler hacia el final del mandato presidencial, con poco tiempo para tomar medidas. Le correspondió al presidente James K. Polk, que asumió el cargo en marzo de 1845, dar seguimiento al caso. El nuevo secretario de Estado, James Buchanan, nombró a un agente en Santo Domingo, John Hogan, con el mandato de evaluar la naciente nación. Habiendo llegado allí en diciembre de 1845, Hogan informó favorablemente sobre el estado general del país, destacando la composición racial de la población, que estimó en 230,000 habitantes, de la siguiente manera: 100,000 caucásicos, 40,000 negros y el resto mulatos (Welles, 1966: 77). Los gobernantes haitianos no se resignaron al principio a la separación provocada por los dominicanos, e hicieron sucesivos intentos de recuperar el lado oriental de la isla. Esto provocó que ocurrieran enfrentamientos armados esporádicos entre las fuerzas haitianas y dominicanas hasta 1855.
La probabilidad de que la República Dominicana se convirtiera en protectorado de una potencia europea preocupó al Gobierno de Estados Unidos desde el surgimiento de la recién creada nación. Estimulado por la noticia de que los líderes dominicanos estaban considerando convertirse en protectorado español, el secretario Buchanan envió a otro delegado, Francis Harrison, como agente comercial al país caribeño. Harrison llegó allí en marzo de 1847, pero, lamentablemente, murió de fiebre amarilla unos meses después. El agente Jonathan Elliot lo remplazó. El nuevo agente contribuyó en gran medida a concitar la participación directa de Estados Unidos en los asuntos dominicanos, como se puede deducir de una carta del 2 de mayo de 1849 a Buchanan en la que informaba persuasivamente al Secretario de Estado sobre una conversación en la que el jefe del Gobierno, el presidente Manuel Jimenes, había planteado la posibilidad de anexar el país a los Estados Unidos (Welles, 1966: 92-93).
El siguiente secretario de Estado, John M. Clayton, que sirvió bajo el presidente Zachary Taylor, mostró un mayor grado de determinación en lo que respecta a los asuntos dominicanos. Nombró a Benjamin E. Green comisionado en Santo Domingo. Este comenzó a trabajar rápidamente para promover los intereses de su país, y en su primera carta al secretario Clayton planteó la posibilidad de adquirir la provincia de Samaná para los Estados Unidos a cambio de «notificar a los haitianos que debían dejar de molestar esta gente» (Welles, 1966: 100). Green insistió además en que la agresión haitiana «había dado fuerza y universalidad al sentimiento a favor de los blancos en la República Dominicana» (Welles, 1966, 103-4). La argumentación de Green sobre la necesaria participación de Estados Unidos en la vida dominicana no cayó en oídos sordos en Washington. En enero de 1851, el presidente Millard Fillmore, que se había convertido en jefe del gabinete tras la muerte del presidente Taylor, nombró a Robert Walsh como agente especial para ir a la isla Española y convencer al Gobierno haitiano de que desistiera de amenazar a los dominicanos. El nuevo secretario de Estado, Daniel Webster, había leído en una carta del agente comercial Elliot que la soberanía dominicana dependía de los Estados Unidos para sobrevivir, ya que la interferencia de los ingleses tenía como objetivo exclusivamente «la protección de Haití» para asegurar sus propios intereses económicos y avanzar su política «para sostener a los negros en las Antillas» (Welles, 1966: 111-12).
La determinación de Estados Unidos de tener voz en los asuntos dominicanos se intensificó durante la administración del presidente Franklin Pierce, con la llegada al poder del secretario de Estado William Marcy, un firme creyente en la necesidad de que su país se expandiera territorialmente. Mientras se desempeñaba como gobernador de Nueva York, Marcy se había hecho amigo del general William L. Cazneau, un aventurero y veterano de la guerra de Texas. Una vez en Washington, Marcy nombró a Cazneau como delegado en Santo Domingo en noviembre de 1853. El astuto delegado, que se reunió varias veces con el presidente Santana, convenció a Marcy de las grandes oportunidades de acumular las riquezas que los estadounidenses tenían a su disposición en la nación antillana. Instando a Marcy a seguir una fuerte política sobre la base de que el país poseía ricos recursos naturales para el desarrollo de los Estados Unidos, Cazneau logró recibir un nombramiento presidencial como agente especial en la República Dominicana el 17 de julio de 1854 (Tansill, 1938: 176-77). Cazneau consiguió que Marcy se interesara en negociar un acuerdo que llevaría a la adquisición de la bahía de Samaná para un depósito de carbón de Estados Unidos. Elaboró un borrador del proyecto de tratado y el secretario de Estado lo aprobó, y lo autorizó a darle seguimiento ante las autoridades dominicanas. Junto a Cazneau iba el capitán George B. McClellan, quien se apresuró a inspeccionar la bahía, lo cual despertó las airadas sospechas de los funcionarios diplomáticos españoles, ingleses y franceses que ya habían denunciado las ambiciones estadounidenses.
La oposición a los planes de Washington provino también de su interior, principalmente de sectores de la opinión pública que defendieron los intereses de naciones esclavistas y temblaron ante la idea de otorgar el reconocimiento oficial a la República Dominicana. El Evening Post, de Nueva York, intentó desacreditar los planes del secretario Marcy publicando una «genealogía» de los líderes políticos dominicanos el 2 de septiembre de 1854. La información contenida en la genealogía pretendía revelar que «los líderes dominicanos eran todos negros o mulatos, y que la población blanca pura de la República Dominicana era casi una cifra negativa», y alertar así a los «estadistas del Sur» sobre las implicaciones de extender privilegios a un gobierno «basado en la supremacía de los negros o mulatos» (Tansill, 1938: 181). Si bien surgieron voces favorables, el plan de Cazneau y Marcy no logró obtener suficiente respaldo en los Estados Unidos. El gobierno de Santana tampoco pudo lograr sofocar la vigorosa oposición
generada en su país. Así, el 9 de septiembre de 1854, el jefe de Estado dominicano informó al agente especial estadounidense que la firma de un tratado no podría tener lugar hasta que las fuertes objeciones de las potencias europeas pudieran ser dominadas (Tansill, 1938: 180; Welles, 1966: 150).
El agente comercial Jonathan Elliot siguió desempeñando un papel visible en la promoción de los intereses de su país, así como en repeler los sentimientos contrarios a los Estados Unidos, difundidos por los cónsules españoles, franceses e ingleses. De hecho, el agente comercial interino, Jacob Pereira, escapó a duras penas de ser víctima de una turba levantada por el ministro español Antonio María Segovia (Welles, 1966: 173). Elliot continuó manteniendo al tanto al secretario Marcy de los acontecimientos locales y suplicando por que el Gobierno estadounidense sostuviera su interés en el territorio dominicano.
El carácter proteico del general Cazneau le permitió preservar su influencia en el Gobierno de Estados Unidos a lo largo de varias administraciones. Fue reelegido agente especial cuando el presidente James Buchanan asumió el cargo. En su capacidad oficial, el texano hizo todo lo posible por ganar el favor del nuevo secretario de Estado, Lewis Cass, para con el general Santana, que acababa de ayudar a deponer al presidente Buenaventura Báez. Escribiendo en defensa de Santana, el 7 de abril de 1859, Cazneau destacó que con el actual gobernante «el Gabinete, el Congreso y las Cortes están ocupados por hombres blancos», en contraste con la manera de un Báez cuyo partido «aspira a poner el control supremo en manos de los negros». De hecho, insistió en que el regreso de Báez conduciría a la anexión del país a Haití y al empoderamiento de «los negros de la clase más acérrimamente opuesta a los intereses estadounidenses» (Welles, 1966: 200-201). Cazneau tenía razones más allá de las diplomáticas para desear que Santana recibiera la bendición del secretario Cass y atendiera asu argumento racial. Él y su socio, el emprendedor aventurero Joseph Warren Fabens, quien también había luchado en la guerra de Texas, poseían un generoso terreno que Santana les había concedido para lanzar el proyecto de una colonia poblada por inmigrantes de Estados Unidos.
Idilios estadounidenses en tierra dominicana
Los empresarios detrás del proyecto de asentamiento de inmigrantes estadounidenses en territorio dominicano tenían cosas atractivas que decir sobre
las virtudes del país caribeño. Sus representaciones se hacían eco de las imágenes evocadas en el libro de W. S. Courtney, The Gold Fields of Santo Domingo (1860), que presentaba al lector un paisaje pastoral en espera de ser dominado por el genio estadounidense. El texto se proponía descubrir, «exclusivamente en interés de la humanidad», el reino inexplorado de un «nuevo El Dorado», a saber: «los vastos recursos minerales, agrícolas, manufactureros y comerciales de la parte española de la isla de Santo Domingo», y consideraba «apenas creíble que una riqueza tan vasta, y especialmente riqueza mineral, hubiera estado allí tan fácilmente alcanzable, durante tantos años y casi dentro de los suburbios de nuestras grandes ciudades comerciales, sin despertar al menos la codicia, si no la empresa del yanqui» (Courtney, 1860: 9). Courtney no tenía ninguna duda de que los estadounidenses deberían considerar el tesoro de la tierra dominicana como su legítimo derecho: «En los últimos años se ha hecho palpable que si los colosales recursos de la parte dominicana de la isla alguna vez se desarrollan plenamente, y se supeditan al interés de la humanidad así como para la cierta y abundante opulencia de quienes lo emprendan, deben realizarlo los angloamericanos» (11). Aseguraba además a sus lectores que, al buscar las riquezas que la tierra dominicana tenía para ofrecer, uno no debía preocuparse por los propios dominicanos nativos. Destacó la total falta de «prudencia e industriosidad» de estos, su cortesía y afabilidad, y su desinterés por los «atractivos de la riqueza», sin sentir envidia ni resentimiento al ver al «hombre de industria y aplicación [...] enriqueciéndose a cada golpe» (132-133, 138).
La Guerra Civil estalló en Estados Unidos en 1861 y la administración del presidente Abraham Lincoln no tuvo tiempo para prestarle atención a los asuntos dominicanos. Pero el relativo distanciamiento del Gobierno estadounidense dio un impulso adicional a los empresarios privados, porque el presidente favorecía la idea de facilitar la colonización de negros emancipados en las Indias Occidentales o en Liberia. Un proyecto de ley presentado el 16 de diciembre de 1862 por el senador Wilson, de Massachusetts, para abolir la esclavitud en el distrito de Columbia fue aprobado con una enmienda que brindaba asistencia financiera a antiguos esclavos que desearan emigrar de los Estados Unidos. El proyecto de ley concebido por Cazneau y Fabens ampliaba los destinatarios potenciales; ambos, en 1861, habían formado en Nueva York la Compañía Americana de las Indias Occidentales para estimular la emigración a la República Dominicana. El prospecto de la empresa declaraba la
propiedad de extensas tierras cerca del río Ozama en la ciudad capital, una zona fértil considerada favorable para «la introducción de un gran número de trabajadores agrícolas sin hogar procedentes de Estados Unidos, por quienes el Gobierno de Estados Unidos siente un interés responsable y quienes encontrarían allí el hogar más deseable» (citado en Welles, 1966: 314).
Mientras Estados Unidos atravesaba la devastadora experiencia de la Guerra Civil, el pueblo dominicano tuvo que sufrir la entrega de la soberanía de su país a la Corona española. El presidente autoritario Santana fue el artífice de la anexión en 1861. Pero la pérdida de la independencia no impidió a Cazneau y Fabens continuar con su proyecto de colonización. En un libro publicado en Nueva York bajo el título In the Tropics, Fabens pinta la nueva dominación colonial con colores apacibles. Al escribir en el segundo año de la anexión, el narrador dice que el país ahora «posee garantías de libertad personal, para súbditos y extranjeros, blancos y negros, que no pueden ser cuestionadas ni dejadas de lado por ningún futuro gobernante bajo la Corona española, ya que estas garantías forman parte de las condiciones de la anexión» (Fabens, 1863: 304). El libro de Fabens, que pasaría por una segunda edición diez años después, pretende narrar las experiencias de un joven tras haber vivido como colono en Santo Domingo por un período de doce meses. Cuenta, por supuesto, una historia de éxito para seducir a aquellos trabajadores que «están buscando nuevos hogares en países donde mejor se puede hacer trabajo inteligente para suplir la falta de capital» (302). El autor da una tentadora idea del tipo de mano de obra que los colonizadores podrían encontrar en la sociedad receptora, en caso de necesitar manos nativas, al describir a un trabajador suyo llamado Juanico: «Es el dominicano más paciente y trabajador que he visto hasta ahora, y de ninguna manera carece de capacidad para aprender y apreciar el uso de instrumentos agrícolas mejorados. Tiene una naturaleza enfocada, dócil y fielmente afectuosa, y lo valoro más como un amigo humilde que como un sirviente remunerado» (287).
En el primer pasaje citado de su libro, Fabens se refiere específicamente a la apertura racial de las autoridades españolas, lo que insinúa un interés de su parte por atraer por igual a blancos y negros en la promoción de la colonia americana de Santo Domingo. Otra publicación, un folleto que salió a la luz casi al mismo tiempo, destaca la actitud relajada hacia la raza que prevalece en la República Dominicana. Con el objetivo de ofrecer una breve visión general
del país, el folleto dice así: «En los países tropicales, por regla general, no prevalece ningún prejuicio austero contra el color. De alguna manera el clima nos suaviza, y los “bronceados hijos del sol” no son vistos con esa repugnancia reductora que se manifiesta en el sistema social más frígido del Norte» (Santo Domingo, 1863: 10). La editora del folleto, la American West India Company, operada por Cazneau y Fabens, deja clara la conexión. También en este caso los empresarios estadounidenses parecían comprometidos en presentar a la República Dominicana como una sociedad transracial para involucrar a una clientela lo más amplia posible en su proyecto de colonización.
Traer a los dominicanos a la Unión
La anexión de República Dominicana a España finalizó el 11 de julio de 1865, con la salida de las últimas tropas españolas derrotadas por el ejército nacionalista de la Restauración tras tres años de guerra sangrienta, y a pocos meses de finalizar la Guerra Civil de Estados Unidos, en la que los soldados del norte lograron preservar la Unión contra la secesión del sur. El secretario de Estado, William H. Seward, que había servido bajo el presidente Lincoln y se había quedado en el cargo bajo el presidente Andrew Johnson, puso sus ojos en la Bahía de Samaná como un lugar deseable para instalar una base naval que eliminara el peligro de una nueva agresión europea en el Caribe. El 15 de enero de 1866, él y su hijo, Frederick Seward, que se desempeñaba como subsecretario de Estado, llegaron a Santo Domingo para reunirse con el presidente Báez. Cazneau y Fabens sirvieron de intérpretes. El subsecretario de Estado pretendía un tratado comercial con el Gobierno dominicano, para lo cual regresaría a Santo Domingo en compañía del vicealmirante Porter, de la Marina. Muchos patriotas entendían que los términos del tratado de Seward comprometían la soberanía nacional, pero gracias a la intervención del agente comercial estadounidense J. Sommer Smith, el presidente Báez acordó vender la península de Samaná al Gobierno de los Estados Unidos en mayo de 1868. El secretario Seward tuvo pocas dificultades para conseguir concesiones del presidente Báez, pero influyentes líderes nacionalistas alzaron sus voces en protesta contra la perspectiva de vender o arrendar una parte del territorio. Aunque se sintió tentado por la negociación con Báez, quien había expresado su voluntad de anexar toda la república si el Gobierno estadounidense lo
recompensaba adecuadamente, el secretario Seward sabía que habría serios obstáculos para lograr que el Congreso ratificara el tratado. Ya anteriormente no había logrado conseguir la ratificación para la venta de las Indias Occidentales Danesas. Como resultado, las negociaciones no llegaron más allá del reconocimiento por parte del presidente Johnson, incluido en su cuarto mensaje anual ante el Congreso, el 9 de diciembre de 1868, según el cual los estadounidenses deberían considerar que «ha llegado el momento en que incluso un procedimiento tan directo como una propuesta de anexión de las dos repúblicas de la isla de Santo Domingo no solo recibiría el consentimiento de los interesados, sino que sería satisfactorio para todas las demás naciones extranjeras» (citado en Welles, 1966: 355).
El próximo presidente estadounidense, el general Ulysses S. Grant, parece haber tomado muy en serio la recomendación de su predecesor. Envió a su secretario privado, el general Orville E. Babcock, a la República Dominicana como comisionado para negociar la anexión. En Santo Domingo, Babcock se alió con Cazneau y Fabens, quienes se habían convertido en fervientes defensores de la anexión. A partir de entonces, los tres insistieron en tranquilizar al presidente Grant y al secretario de Estado Hamilton Fish sobre la presunta alegría de los dominicanos en general ante la perspectiva de convertirse en territorio de los Estados Unidos (Tansill, 1938: 383). Sin embargo, la verdad es que las negociaciones de la anexión convirtieron a Báez en un presidente muy impopular, de ahí el favor del que gozaron líderes como el general Gregorio Luperón, que encabezó una resistencia armada contra el gobierno. En algunas ocasiones, buques de guerra estadounidenses tuvieron que intervenir en apoyo de Báez, práctica denunciada por el senador Charles Sumner, enemigo del proyecto de anexión, que presidía el Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Al hablar ante el Congreso, el senador dijo abiertamente: «Báez se mantiene en el poder gracias a la fuerza naval de los Estados Unidos, y que, estando en el poder, buscamos negociar con él para que venda su país» (Sumner, 1969: 272).
La obstinación con la que la administración Grant trató de adquirir el territorio dominicano se manifestó en una actitud represiva incluso hacia los oficiales estadounidenses que dudaban en apoyar el plan. El agente comercial J. Sommer Smith perdió su trabajo cuando, en correspondencia con el secretario Fish, criticó las maniobras de Cazneau, Fabens y Babcock (Tansill, 1938: 400). El mayor Raymond Perry, designado en su lugar, comunicó por escrito a
Fish sus reservas sobre un plebiscito mediante el cual el presidente Báez pretendía demostrar que los dominicanos recibirían con entusiasmo un cambio de soberanía. Fechada el 1.o de junio de 1870, la carta de Perry da fe de la violencia, coerción e intimidación utilizadas por el presidente Báez para producir resultados que sugerían apoyo popular a la anexión (citado en Welles, 1966: 386). Su antagonismo hacia Báez y la aversión que inspiró en Cazneau, Fabens y Babcock hicieron que el mayor Perry cayera en desgracia ante el presidente Grant y el secretario Fish, quienes le permitieron renunciar unos días después. El debate sobre el proyecto de anexión, al igual que el plan para traer estadounidenses a establecerse en la República Dominicana algunos años antes, generaron imágenes idealizadas de la tierra y su gente. Entre los autores cuyos escritos pretendían presentar la anexión como aceptable para los sectores de la opinión pública, cansados de que otras razas y culturas se adhirieran a su Unión, se encontraba el periodista De B. Randolph Keim. Después de un viaje a Santo Domingo, Keim publicó un libro que pintaba al pueblo dominicano como una tribu de nobles salvajes que iban por la vida sin preocuparles los problemas del mundo de hoy. Si bien admitió que «la rivalidad de raza, negra, mestiza y blanca, en la política y los asuntos gubernamentales, ha llevado en muchos casos a problemas y contiendas violentas», aseguró a sus lectores que la «distinción de color, en la vida social, es enteramente desconocida» (Keim, 1870: 168). Finalmente, aunque el presidente Grant había insistido en un mensaje al Congreso de que «la adquisición de Santo Domingo proporcionará a nuestros ciudadanos las necesidades de la vida diaria a precios más baratos que antes», el rechazo al plan tampoco desapareció en la República Dominicana ni en los Estados Unidos.
Al darse cuenta del gran obstáculo que planteaba la vigorosa oposición defendida por el senador Sumner, el presidente Grant decidió obtener la aprobación del Senado para enviar a la República Dominicana una comisión de investigación que evaluara las condiciones del país caribeño y su pueblo con el fin de ayudar al Congreso a determinar la conveniencia de adquirir el nuevo territorio. La comisión, integrada por los senadores Benjamin F. Wade, Andrew D. White y Samuel G. Howe, llegó a Santo Domingo el 16 de enero de 1871. Los comisionados prepararon allí un informe sobre sus observaciones que, en resumen, concluía afirmando que «la condición física, mental y moral de los habitantes de Santo Domingo era más avanzada de lo que se había previsto»
(Informe de la Comisión de Investigación a Santo Domingo, 1871: 13). Este resultado agradó al presidente Grant, quien se sintió confirmado en sus esfuerzos por poner a los dominicanos bajo la bandera de Estados Unidos. En declaraciones al Congreso el 5 de abril de 1871, insistió que «…se confirma en el informe que los intereses de nuestro país y de Santo Domingo invitan por igual a la anexión de esa República». Sin embargo, las conclusiones de la comisión no concitaron todo el respaldo legislativo que el presidente necesitaba. El informe no implicó ninguna acción y Grant cesó en su esfuerzo anexionista. De la misma manera, poco después, Cazneau y Fabens «se retiraron de la escena dominicana» (Welles, 1966: 400-401).
La negritud dominicana y Frederick Douglass
La oposición en Estados Unidos y el serio desafío que representaban las insurrecciones nacionalistas contra el presidente Báez pusieron fin a las medidas políticas que convertían la tierra dominicana en «casi un territorio», para rememorar el título de un libro que estudia los intentos realizados para lograr la anexión (Nelson, 1990). Tras el fracaso del plan, los estadistas estadounidenses mostraron, durante las siguientes dos décadas, poco interés en los asuntos dominicanos. En ese momento el país pareció desaparecer del discurso político estadounidense. Samuel Hazard, que había viajado a Santo Domingo con la comisión de investigación en 1871, escribió dos años después sobre el olvido en el que había caído la República Dominicana en los sectores de opinión pública (Hazard, 1873). Quizás la característica más destacada de la relación entre los dos países en ese momento fue la elección de funcionarios negros por parte del Gobierno de Estados Unidos para servir como representantes diplomáticos en la República Dominicana. El presidente Rutherford B. Hayes, sucesor del presidente Grant en la Casa Blanca, nombró a un hombre negro llamado H. H. C. Astwood cónsul en la República Dominicana, cargo que ocupó durante los años iniciales del primer mandato del presidente Grover Cleveland (1885-1889). Podría decirse que la elección implicó un reconocimiento de los dominicanos como un pueblo de color que daría la bienvenida a un diplomático negro, lo cual marcaba un cambio con respecto a las anteriores caracterizaciones raciales de los dominicanos hechas por los observadores estadounidenses.
La administración del presidente Benjamin Harrison trajo a la República Dominicana al renombrado Frederick Douglass, el americano negro vivo más notable de la época. El gobernante, general Ulises Heureaux, había instado durante algunos años al Gobierno estadounidense para que estableciera una misión diplomática en el país, dado que ya existía una en Haití, donde Douglass se desempeñaba como ministro en Puerto Príncipe. La solicitud de Heureaux fue concedida finalmente cuando el famoso autor y activista negro de derechos humanos llegó el 23 de febrero de 1890 como el primer encargado de negocios de Estados Unidos en Santo Domingo. El presidente Heureaux, que se destaca en la historia dominicana por su astuto control autocrático de la sociedad durante quince años, era un hombre negro. A menudo horrorizaba a los blancos negrofóbicos, que no podían concederle a una persona negra la capacidad o el derecho a gobernar un país. Independientemente de las críticas a su conducta política como presidente despótico, a menudo enfatizaban su negritud en un sentido que parecía racializar sus acciones. Uno de esos comentaristas, Sumner Welles, jefe de la División Latinoamericana del Departamento de Estado, que en la década de 1920 fue a la República Dominicana como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, atribuyó a Heureaux las debilidades «del salvaje, su dominación por sus pasiones sexuales, que nunca eran saciadas, y su sed de sangre» (Welles, 1966: 449). Welles afirmó que Heureaux «era siempre consciente del aspecto completamente negroide de su rostro, que intentaba mitigar en la medida en que la Naturaleza lo permitía recurriendo a los uniformes más elaborados, a las ropas más inmaculadas» (1966: 449).
La inflexión de los comentarios de Welles parecería denotar que la negritud es una condición que es necesario compensar. Sin embargo, cuando Douglass conoció a ese jefe de Estado negro, no pensó que sus rasgos físicos requerían un paliativo. Tampoco consideró necesario aducir bases genéticas para explicar la psicopatología del presidente. Por el contrario, destacó su intelecto superior: «Además de su lengua materna, habla francés e inglés, este último notablemente bien. Es un hombre de energía e inteligencia y su historia demuestra que está bien versado en el arte de gobernar» (Douglass, citado en Welles, 1966: 447). De acuerdo con los antecedentes de Douglass como luchador contra la opresión racial, evaluó los atributos físicos y mentales de Heureaux en términos que diferían radicalmente de la representación racialmente despectiva de los observadores blancos negrofóbicos como Welles.
Los dominicanos bajo un protectorado de Estados Unidos
La presidencia de Ulises Heureaux desde 1886 hasta su muerte en 1899 estuvo marcada por los préstamos inescrupulosos que solicitó a varios Estados extranjeros y corporaciones privadas. Además de provocar el creciente endeudamiento del país, hizo concesiones arriesgadas a capitalistas extranjeros, incluidos estadounidenses, hipotecando importantes extensiones de tierra y recursos naturales. En marzo de 1893 comenzó a operar la San Domingo Improvement Company con un grupo de financieros de Nueva York. Encabezada por Smith M. Weed y Charles Webb, quienes apoyaron a John Wannamaker, miembro del gabinete en la administración del presidente Benjamin Harrison, la empresa nació con el propósito de comprar todas las deudas internacionales de la República Dominicana a cambio de un contrato que incluía el arrendamiento de Samaná. La aparición de la San Domingo Improvement Company, una empresa que prometía grandes ganancias a los inversores involucrados, dio a los Estados Unidos una influencia sin precedentes sobre la actividad financiera del país. Las firmas corredoras de Nueva York tomaron el control virtual de la floreciente industria azucarera, y la compañía comenzó a dirigir la administración de las recaudaciones de las aduanas. Además, el presidente Heureaux «otorgó a la Clyde Steam Lines Company un monopolio exclusivo sobre el transporte de pasajeros y carga entre Nueva York y Santo Domingo», lo que marca «una creciente influencia de los Estados Unidos sobre la economía y las finanzas dominicanas» en detrimento de «los intereses europeos que habían dominado tradicionalmente el comercio dominicano» (Moya Pons, 1995: 272).
La muerte del presidente Heureaux en 1899 inició un período conflictivo, marcado por una lucha por el poder entre varias facciones políticas. El desorden amenazaba con perjudicar a los inversores estadounidenses, incluida la San Domingo Improvement Company, y a Washington le pareció conveniente tratar de regularizar las cosas mediante una participación directa en los asuntos políticos y económicos del país. Los Estados Unidos expresaron especial preocupación por la amenaza de varios gobiernos europeos de intervenir militarmente para recaudar impuestos en la República Dominicana. Fue, en efecto, esa situación la que catalizó el corolario de la Doctrina Monroe, un famoso pronunciamiento de política exterior divulgado por el presidente Theodore
Roosevelt a través de una carta leída en su nombre durante una cena ofrecida en la ciudad de Nueva York el 20 de mayo de 1904. La carta de Roosevelt dice, en esencia, que los Estados Unidos tienen el derecho —o la obligación incluso— de intervenir directamente en los asuntos de cualquiera de las naciones del hemisferio occidental como resultado de una mala conducta o desorden. «Si una nación demuestra que sabe actuar con decencia en los asuntos industriales y políticos, si mantiene el orden y paga sus obligaciones, no debe temer ninguna injerencia de los Estados Unidos», estipuló el presidente estadounidense (citado en Munro, 1964: 77).
El corolario de Roosevelt encontró aplicación inmediata en el establecimiento de una receptoría aduanera en la República Dominicana bajo la supervisión directa de funcionarios estadounidenses para hacer posible un ajuste general de las reclamaciones extranjeras. En 1905, durante la administración del presidente Carlos F. Morales Languasco, que contó con el apoyo de Estados Unidos y mostró considerable disposición a prestar atención a sus directivas, el presidente Roosevelt puso en práctica el llamado modus vivendi, un acuerdo fiscal provisional mediante el cual Washington tomó control del cobro de las aduanas en todos los puertos. Con ese fin, el coronel George R. Colton, un oficial retirado del ejército, que había realizado un trabajo similar en el servicio de aduanas de Filipinas, se convirtió en receptor general y recaudador de la República Dominicana (Munro, 1964: 94,106). El Senado de Estados Unidos aún tenía que aprobar la medida adoptada por el presidente de la pequeña nación caribeña. Un tratado que formalizaría la gestión directa de la vida financiera dominicana aún esperaba su ratificación en el Senado, donde los legisladores sopesaron una vez más la cuestión de si Estados Unidos debería inmiscuirse en el territorio nacional.
En consonancia con el debate entre los legisladores en Washington, los dominicanos volvieron a ganar terreno en el discurso público estadounidense. Diversas publicaciones en la época dan fe del afán con que ciertos sectores de opinión trataron de ganarse al público en favor de la política del presidente hacia los dominicanos. Una reseña que apareció en Nueva York en 1906 ilustra este argumento:
La importancia de nuestras relaciones con Santo Domingo fue comprendida hace muchos años por el presidente Grant, cuando intentó anexar esa
República a los Estados Unidos, y nuevamente por el presidente Roosevelt, cuando formuló el tratado antes mencionado. La ventaja de la política del presidente Roosevelt sobre la del presidente Grant es que el tratado nos brinda la oportunidad de eliminar la probabilidad de una intervención europea sin asumir la carga que la anexión nos impondría (Anón, 1906: 1).
El autor anónimo cita con aprobación a Samuel Hazard en el sentido de que los dominicanos son «un pueblo honesto e inofensivo, entre quienes, en los distritos rurales, una persona puede viajar sola, desarmada y con tesoros por todo el país sin peligro» (1906: 19). El escritor también coincidió con la descripción que hizo su fuente acerca de las características raciales: entre los dominicanos «predomina la sangre blanca» en contraste con la población haitiana, en la cual «la raza negra tiene ascendencia completa» (18-19). El año anterior, un autor que escribía en un tono similar afirmó que los dominicanos «son, con muy pocas excepciones, blancos», y afirmaba que: «La división de la isla en dos países se debió a la diferencia de razas y al rechazo a que el dominicano blanco sea gobernado por el haitiano negro» (Hancock, 1905: 50). La insistencia en representar a los dominicanos como blancos parecería emanar del deseo de hacerlos atractivos para una sociedad que todavía defendía creencias supremacistas blancas.
Estadounidenses gobiernan a dominicanos: 1916-1924
El modus vivendi temporal del presidente Roosevelt, que finalmente recibió la aprobación del Senado el 25 de febrero de 1907, se convirtió en el tratado formal llamado Convención Dominico-Americana, que a partir de entonces legitimó el control de Washington sobre las finanzas del país, y permaneció en vigor hasta 1940. Si bien el control de la recaudación aduanal nació como un intento de resolver muchos de los problemas de la República Dominicana, en realidad representó la fase inicial del desarrollo sociopolítico que menos de una década después culminaría en la instalación oficial de un Gobierno militar estadounidense en el país caribeño. No obstante la presencia de un administrador extranjero, los enfrentamientos entre las diversas facciones políticas que competían por la supremacía continuaron, exacerbados en ocasiones por la falta de respeto al Gobierno dominicano,
dada su incapacidad para asignar fondos públicos libremente y su sumisión a los supervisores estadounidenses.
En agosto de 1914, la situación preocupaba tanto a la administración del presidente Woodrow Wilson que los funcionarios estadounidenses convocaron a muchos de los líderes políticos más activos y prominentes para presentarles lo que se conoció como el Plan Wilson. El plan, que era esencialmente un ultimátum político, instaba a las facciones contendientes a deponer las armas y a seleccionar un gobierno provisional que todos consideraran adecuado. Si no lograran ponerse de acuerdo sobre un presidente provisional, Estados Unidos nombraría uno y le daría apoyo militar para controlar a los insurgentes. Entre los deberes del gobierno temporal estaría la celebración de elecciones, que Estados Unidos seguiría de cerca. Si el candidato elegido contaba con su aprobación, Washington apoyaría al nuevo presidente y le ayudaría a erradicar la oposición armada (Munro, 1964: 292). Los líderes dominicanos aceptaron a regañadientes la propuesta.
El Plan Wilson, que funcionó relativamente bien, resultó en la elección del presidente Juan Isidro Jimenes, cuyo gobierno mantuvo unido al país durante casi dos años. Sin embargo, a principios de 1916, Jimenes se enfrentó a una rebelión encabezada por el muy influyente líder militar, el general Desiderio Arias, y se negó rotundamente a solicitar la intervención directa de las fuerzas armadas estadounidenses que le ofrecían insistentemente, y en su lugar prefirió renunciar, lo cual hizo el 7 de mayo de 1916. Dado que Arias era considerado un enemigo de los intereses estadounidenses en el país, el contraalmirante W. B. Caperton recibió órdenes de marchar hacia la capital para expulsar a los rebeldes y restablecer el orden. Al declarar el estado de ocupación, las autoridades estadounidenses decidieron, a partir de ese momento, no reconocer ni siquiera permitir el ascenso de ningún jefe de Estado dominicano que no se hubiera comprometido de antemano a aceptar la orientación económica y política de Estados Unidos. El presidente Wilson, por temor a que si permitían nuevas elecciones pudieran elegir una facción política contraria, autorizó «con renuencia» al secretario de Estado, Robert Lansing, a proceder con una invasión militar formal. Así, el 29 de noviembre de 1916, el capitán Harry S. Knapp proclamó la ocupación militar desde su buque insignia U.S.S. Olimpia en el puerto de Santo Domingo. El capitán disolvió el Gobierno dominicano e instauró uno militar que duraría hasta 1924.
Un libro escrito dos años después de la invasión por el juez estadounidense Otto Schoenrich celebró los logros del Gobierno militar como una virtual salvación para el país. A pesar de la tristeza que podrían sentir los dominicanos «al verse gobernados por una potencia extranjera», el autor sostenía que «la independencia de la República ha sido durante mucho tiempo una ficción, que la verdadera libertad ahora es que recién comienza y que la ayuda estadounidense dará el mayor impulso a la prosperidad» (Schoenrich, 1918: 392). Con la continuación de estrechos vínculos entre los dos países, preferiblemente en forma de protectorado, el juez Schoenrich preveía un progreso ilimitado para el territorio ocupado. Vio en esa tutela un agente de «paz y administración eficiente», que generaría «la multiplicación de carreteras, ferrocarriles y otras obras públicas, la extensión de la educación y un rápido avance del pueblo y del desarrollo del país», que convertiría al territorio dominicano en «uno de los jardines más ricos de las Indias Occidentales» en «pocos años» (394).
Análisis menos optimistas, que gozan del privilegio de la distancia histórica, incluyen un libro escrito por Melvin M. Knight, publicado cuatro años después del fin de la ocupación en una serie titulada Estudios sobre el Imperialismo Americano. En él, Knight describió las relaciones entre Estados Unidos y la República Dominicana como un ejemplo del poder militar utilizado al servicio de la acumulación capitalista para los inversores privados (Knight, 1928). Varias décadas después de la publicación del libro de Knight, apareció un importante estudio sobre el tema, escrito por Bruce Calder, centrado principalmente en la resistencia nativa a la ocupación, que concluía con una caracterización de la intervención estadounidense en la República Dominicana como «una política ni sabia ni justa, básicamente una política improductiva para todos los involucrados» (Calder, 1984: 252). La ocupación tampoco estuvo exenta de oposición en los Estados Unidos mientras se llevaba a cabo. La cuestión dominicana, que suscitó acalorados debates en su momento, se convirtió en un tema candente en las elecciones presidenciales de 1920, que llevaron al republicano Warren G. Harding a la Casa Blanca.
El secretario de Estado del presidente Harding, Charles Evans Hughes, desempeñó un papel crucial en la resolución de los obstáculos que habían mantenido a las tropas estadounidenses en territorio dominicano durante más tiempo del previsto originalmente. Hughes convenció a un grupo de distinguidos líderes dominicanos para que aceptaran un plan mediante el cual el
Gobierno del país retornaría a manos de los nacionales, mientras Washington permanecería con el control de la recaudación aduanera. Para ese fin, el exjefe de la División Latinoamericana del Departamento de Estado, Sumner Welles, fue nombrado comisionado por el presidente Harding. Una vez en el país, logró formar un comité de representantes entre los líderes de los diversos distritos electorales que esperaban gobernar la nación luego de la evacuación de las tropas estadounidenses. Los miembros del comité acordaron nombrar un Gobierno provisional con el mandato de organizar elecciones a nivel nacional. Después de una serie de percances, y gracias a la participación activa del comisionado, se instaló el Gobierno interino y se llevaron a cabo elecciones populares, que dieron la victoria al general Horacio Vásquez, el candidato con mayor atractivo en ese momento. Una vez establecido el gobierno del presidente Vásquez, se produjo la retirada de las fuerzas de ocupación, y el 18 de septiembre de 1924 los últimos marines abandonaron la República Dominicana, poniendo fin a ocho años de dominio directo.
Dominicanos «americanizados»
Cuando Estados Unidos cedió el mando del Estado a un liderazgo nativo, el país y su gente habían experimentado cambios significativos. Los estadounidenses dejaron un nuevo y completo sistema de carreteras que mejoró el transporte y las comunicaciones. El número de escuelas disponibles y el tamaño de la población estudiantil habían aumentado dramáticamente. Además de la educación, se habían logrado avances importantes en el saneamiento, la salud y las obras públicas. Las instituciones gubernamentales se habían vuelto más estables como resultado del exitoso desarme de la población civil logrado por el Gobierno militar. Pero también se habían producido cambios menos felices. La policía creada por los estadounidenses que dominaba las técnicas de represión de la disidencia por medio de la fuerza, fue organizada ahora como Policía Nacional y respondía con disciplina ciega a través de su propia jerarquía al Gobierno central, y podía usarse contra el pueblo. En el ámbito económico, la predilección del Gobierno militar por la industria azucarera hizo que el país dependiera de un mercado mundial del azúcar fluctuante y dio preeminencia a los inversionistas extranjeros, que habían sido atraídos a la República Dominicana por la abundancia de tierras baratas. El favor otorgado a los enclaves
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
económicos dominados por extranjeros arruinó en gran medida las pequeñas empresas y las operaciones familiares. La avalancha de productos estadounidenses que inundó el país tras la promulgación de la Ley Arancelaria de 1919, que les concedía la entrada libre de impuestos al mercado dominicano, resultó abrumadora para los productores locales. De la misma manera, la propagación de marcas, desde automóviles hasta ropa, pasando por alimentos y juguetes, indujo en los consumidores una fuerte parcialidad hacia los productos estadounidenses, lo que tal vez se ilustra más claramente en el hecho de que el béisbol reemplazó a las peleas de gallos como deporte nacional (Moya Pons, 1995: 336-338). En resumen, entre los legados duraderos aportados por el Gobierno militar se encontraba la americanización generalizada del gusto en la sociedad dominicana.
El éxodo dominicano
La República Dominicana no se convirtió en «uno de los jardines más ricos de las Indias Occidentales», como con tanto entusiasmo había predicho el buen juez Schoenrich. El 23 de febrero de 1930, un levantamiento orquestado por el jefe de las fuerzas armadas, el general Rafael Leónidas Trujillo, un recluta de la policía estadounidense que había ascendido en las filas castrenses por medios tortuosos, detuvo el progreso democrático. Al ejercer una tremenda influencia sobre los militares, que era ahora una institución poderosa, con la población civil desarmada y un virtual monopolio sobre la violencia, el general Trujillo se abrió paso hasta la presidencia y comenzó treinta años de uno de los reinados de terror más sangrientos que los dominicanos hayan experimentado jamás a lo largo de su historia. En momentos cruciales, durante los primeros años de su gobierno, el dictador se benefició de la guía experta de las fuerzas armadas estadounidenses, como lo documenta el académico Bernardo Vega en su libro Trujillo y las fuerzas armadas norteamericanas (1992). Vega también ha trazado la relación entre Estados Unidos y Trujillo en más de diez volúmenes sobre el tema. El historiador Dana Munro, en relación con el caso de Trujillo, entiende que «la evolución de la policía fue una decepción para quienes esperaban que ayudarían a promover el gobierno republicano» (Munro, 1964: 540).
Ese régimen autocrático solo llegaría a su fin con el asesinato del dictador en 1961, al que siguió un breve período de alegría ante la perspectiva de
libertad y democracia para el pueblo. En diciembre de 1962, los dominicanos acudieron a las urnas y eligieron presidente al líder antitrujillista Juan Bosch, que había regresado del exilio. Bosch pertenecía a un liderazgo liberal latinoamericano, asociado con la reforma, la justicia social y los ideales democráticos. Sin embargo, su gobierno se encontró con la inflexible hostilidad del sector empresarial, los restos de la oligarquía militar de Trujillo y la Iglesia católica, que colaboró en provocar su derrocamiento apenas siete meses después de la toma de posesión como jefe de Estado elegido constitucionalmente. Siguieron turbulencias políticas y trastornos sociales. Se sucedieron gobiernos provisionales conservadores, y una insurrección armada contra el régimen ilegal llevó a la muerte a muchos jóvenes patriotas en 1963. Posteriormente, el 24 de abril de 1965, un ala liberal de las fuerzas armadas se levantó en armas, exigiendo el retorno a la legalidad y a la Constitución. El pueblo salió a las calles en apoyo a los insurgentes, que fueron conocidos como constitucionalistas. Las fuerzas del pueblo estuvieron a punto de proclamar la victoria de su causa patriótica cuando, el 28 de abril de 1965, soldados estadounidenses entraron al país, se aliaron con el flanco conservador de la guerra y ayudaron a derrotar a los constitucionalistas.
La invasión estadounidense de 1965 aplastó la esperanza del pueblo dominicano de tomar las riendas de su propio destino político. A Juan Bosch, que se exilió tras el golpe, se le permitió regresar, no para ocupar la presidencia a la que tenía derecho constitucionalmente, como sucedería décadas después en el caso del derrocado presidente haitiano Jean Bertrand Aristide, sino simplemente para postularse para el cargo junto con otros candidatos. Bosch iba a competir con Joaquín Balaguer, el último de los presidentes títeres de Trujillo, quien había prometido continuar el legado del tirano mientras pronunciaba su panegírico ante el cadáver del terrible gobernante. Favorito de los sectores conservadores, de los militares y de Estados Unidos, Balaguer contó con los rescursos del Estado puestos a su disposición durante la campaña. Bosch, por su parte, tuvo que soportar una serie de operaciones terroristas lanzadas contra su partido, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), a manos de oficiales del ejército trujillista, envalentonados por la presencia militar de Estados Unidos. El PRD tuvo «más de 350 de sus activistas [...] asesinados entre enero y mayo de 1966. Al propio Bosch no se le permitía salir de su casa para hacer campaña y tenía que dirigirse a su electorado en discursos diarios
Torres-Saillant / Ramona Hernández
transmitidos por radio» (Moya Pons, 1995: 390). Como era de esperar, Balaguer ganó las elecciones, y el 1.o de junio de 1966 asumió por segunda vez la presidencia de la república.
El regreso de Balaguer, cuyas políticas de desarrollo y reestructuración económica aumentaron el desempleo y el subempleo, así como la depresión salarial; la brutal persecución desatada por el gobierno conservador contra los revolucionarios; y la promulgación en Estados Unidos de la Ley de Inmigración de 1965, que facilitó a los pueblos del Tercer Mundo la obtención de visas, se combinaron para impulsar un éxodo masivo, creciente y continuo de dominicanos. También sucedió que, mientras la dictadura de Trujillo había tratado metódicamente de impedir la emigración, el Gobierno dominicano ahora parecía empeñado en alentarla.

Masivo público dominicano esperando su turno en la entrada del United Palace Theater en Washington Heights New York para presenciar un espectáculo magno armado por el Instituto de Estudios Dominicanos el sábado 2 de octubre de 1993 en torno a la proyección de la película Un pasaje de ida del cineasta Agliberto Meléndez. © Eduardo Hoepelman. Fuente: CUNY Dominican Studies Institute Library.
Silvio
ESCAPE DE LA TIERRA NATAL
Un éxodo continuo
La emigración masiva desde República Dominicana comenzó en 1962 tras la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo. La dictadura había restringido severamente la migración internacional. Solo se concedieron visas a diplomáticos y a un puñado de personas acomodadas y de incuestionable lealtad al Gobierno. Algunos autores han argumentado que las políticas restrictivas de Trujillo buscaban evitar que los descontentos denunciaran su régimen en el extranjero (Frank Canelo, 1982: 41). Además, sus medidas migratorias reflejaban un compromiso con el aumento de la población, que el Estado promovía de tres maneras: fomentando la natalidad, patrocinando preferentemente la inmigración europea y desalentando la emigración. El dictador creía que un aumento de la población fortalecería su régimen. Así, de apenas 900,000 personas en 1920, aumentaron a 3 millones al final de su gobierno (Cassá, 1982: 572). El régimen asoció la despoblación con una escasez de trabajadores que presumiblemente estancó el desarrollo económico. El gobierno de Trujillo recompensó desde el principio la maternidad, junto con la inmigración europea, y ofreció incentivos a las familias numerosas, como forma de remediar la percibida escasez de mano de obra (Moya Pons, 1977: 516). Los estudiosos coinciden en que el control de Trujillo sobre el movimiento de la población
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se concibió en respuesta a las exigencias directas de un nuevo sistema productivo: «Las políticas que restringen la movilidad dentro y fuera de la isla se formularon para asegurar el suministro de trabajadores calificados a las florecientes industrias de sustitución de importaciones de Santo Domingo, así como a los productores agrícolas de quienes dependía el cultivo de productos alimentarios y de exportación tradicionales» (Georges, 1990: 29).
Pero con la caída de la dictadura, el número de dominicanos admitidos en Estados Unidos como residentes permanentes creció dramáticamente (ver gráfico 1), como se evidencia con los 10,683 que llegaron en 1963, en comparación con los 4,603 que habían llegado el año anterior. Ese impulso se mantuvo desde 1962 hasta la década de 1990. De 1962 a 1972, la media anual de dominicanos que abandonaron su patria hacia Estados Unidos fue de 11,445, cifra que aumentó a más de 16,000 durante los años 1970 y a más de 30,000 en la década de 1980. Desde 1983, el número de residencias permanentes otorgadas a dominicanos ha superado el límite de 20,000 por país, fijado por el Servicio de Inmigración y Naturalización (INS). En 1991 y 1992, el número superó los 40,000 cada año. En 1991, la República Dominicana ocupó el tercer lugar entre los países donde los cónyuges de ciudadanos estadounidenses recibieron el estatus de residentes permanentes y también el tercer lugar entre los países donde nacieron más del 50 % de los hijos de ciudadanos estadounidenses en el extranjero (INS, 1991: Statistical Yearbook). Ambas categorías están exentas de limitación de cuotas.
¿Quiénes son los inmigrantes?
Comprender las causas de la migración dominicana masiva a los Estados Unidos requiere al menos un examen mínimo de los antecedentes demográficos de los migrantes, en particular su estatus de clase social y su procedencia regional. Los primeros que estudiaron este fenómeno clasificaron a los inmigrantes dominicanos posteriores a 1965 como trabajadores predominantemente rurales, sin educación, pobres, no calificados y desempleados (González, 1970, 1976; Hendricks, 1974). Según sus opiniones, habían ido a Estados Unidos en busca de solución a sus graves problemas económicos. Sin embargo, un estudio publicado por los investigadores Antonio Ugalde, Frank D. Bean y Gilbert Cárdenas cuestionó ese panorama demográfico. Argumentaron, en cambio,
Año No 1961 3,045
4,603 1963 10,683 1964 7,537 1965 9,504
16,503
11,514
9,250
10,670
10,807
12,624
10,760
13,921
15,680
14,066
12,526
11,655
19,458
17,519
17,245
18,220
17,451 1983 22,058 1984 23,147 1985 23,787 1986 26,175 1987 24,858
1988 27,189 1989 26,723
1990 42,195
1991 41,405
GRÁFICO 1. Dominicanos admitidos en Estados Unidos de 1960 a
1991
Fuente: Reportes del INS.
Número de migrantes
Año
que la mayoría de ellos procedían de los sectores urbanos de clase media y que no eran ni los más pobres ni formaban parte de las filas de los desempleados (1979: 243-244). A diferencia de los primeros estudios, que se basaron en pequeñas encuestas etnográficas de comunidades rurales, Ugalde, Bean y Cárdenas utilizaron una encuesta nacional sobre mortalidad que había elaborado el Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social, bajo el patrocinio de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. Esta encuesta abarcó 25,000 hogares y 125,000 personas. Dado el prestigio de los datos analizados por Ugalde, Bean y Cárdenas, sus hallazgos han influido en la mayoría de los estudios posteriores sobre la emigración dominicana hacia Estados Unidos. Sin embargo, como quedará claro en las páginas siguientes, los inmigrantes dominicanos desafían las representaciones monolíticas del entorno socioeconómico en su país de origen, así como de su condición actual como comunidad en los Estados Unidos. Provienen de diferentes sectores de clase, de origen rural y urbano, de contingentes escolarizados y no educados. El número de los que tenían empleo antes de migrar —sin importar su nivel de ingresos o estatus— probablemente compita con el número de los que pertenecían a las filas de los desempleados. De manera similar, una vez ubicados en Estados Unidos, su continuo socioeconómico va desde un beneficiario de asistencia social hambriento y con escasas perspectivas de obtener un empleo productivo hasta el exitoso diseñador Oscar de la Renta, uno de los multimillonarios de Nueva York. Para definir la comunidad se debe evitar partir exclusivamente de los extremos (Hernández y Torres-Saillant, 1996: 30). Sin embargo, no hay duda de que la mayoría de los inmigrantes dominicanos en Estados Unidos son trabajadores devaluados debido a su bajo nivel educativo.
La creación de un movimiento migratorio
La migración masiva desde la República Dominicana se produjo en respuesta a las políticas de desarrollo puestas en vigor después de 1966. Las estadísticas sobre patrones de empleo y producción sectorial indican que la pérdida del trabajo y el subempleo han aumentado sistemáticamente o han mantenido niveles altos debido a estrategias económicas desacertadas. Estas estrategias no han generado suficientes empleos como para lograr un equilibrio efectivo entre la oferta y la demanda en el mercado laboral. También han
tendido a acentuar la brecha entre los ricos y los pobres, lo que ha resultado en un crecimiento económico impresionante junto con una pobreza y una marginación agudas. En esas circunstancias, una acumulación capitalista ascedente implica el uso de menos mano de obra viva, con la consiguiente creación de un grupo cada vez mayor de trabajadores inactivos. Al mismo tiempo, la expansión de dicha acumulación implica la regulación del excedente de mano de obra a través de la emigración y las bajas tasas de natalidad, así como la devaluación de los trabajadores empleados a causa de los salarios bajos y la reducción del gasto en servicios sociales e instituciones públicas.
Un movimiento migratorio masivo de una determinada sociedad a otra se produce por lo general como resultado de diversas variables. No depende enteramente de la voluntad de los migrantes. El éxodo de un gran contingente humano involucra las estructuras de poder tanto de las sociedades de origen como de las de destino. Estas pueden o no salvaguardar sus respectivas fronteras. En dependencia de las especificidades del momento político, pueden implementar medidas que busquen restringir o fomentar un flujo migratorio. Independientemente de qué pudo haber activado el movimiento en cuestión, o de si los países de origen y de acogida eran conscientes de todas sus implicaciones, resulta poco probable que la movilidad de personas a través de las fronteras nacionales se produzca sin el consentimiento, ya sea formal o informal, de los guardianes de ambas sociedades.
Reestructuración de la economía dominicana
Bajo Trujillo, la República Dominicana se embarcó en un modelo de desarrollo basado principalmente en la modernización y la expansión del sector agrícola y en el fomento de un complejo industrial. Ese modelo consideraba a la población como trabajadores y consumidores necesarios para el desarrollo económico del país, de ahí el esfuerzo por impedir la emigración, incluido cualquier grupo de trabajadores que se percibiera como un excedente necesario. Un aumento de la producción agrícola para el mercado interno y el externo, en particular durante la década de 1930, se logró gracias a una política agraria bien estructurada que favoreció la expansión de las tierras agrícolas a pequeña y gran escala. Con la excepción de la caña de azúcar, la agricultura recaía sobre los hombros de los campesinos, muchos de los cuales ya habían
perdido sus tierras bajo la dictadura o durante la ocupación estadounidense de 1916-1924, y ahora estaban disponibles como mano de obra contratada (Cassá, 1982: 118-131).
De manera similar, la producción industrial que se amplificó en los centros urbanos, sobre todo en la ciudad de Santo Domingo, dependía de una fuerza laboral móvil y fácilmente disponible. En palabras de un destacado historiador:
La industrialización iniciada durante la Segunda Guerra Mundial y que continuó sin interrupción hasta 1960 alteró el carácter puramente administrativo de Santo Domingo, convirtiéndolo en un centro manufacturero que atrajo a decenas de miles de dominicanos del campo y ciudades del interior en busca de empleo. Atraídos por la esperanza de encontrar trabajo en una de las nuevas industrias que se estaban construyendo, comenzaron a formar un amplio mercado laboral urbano que en los años venideros abastecería a las industrias dominicanas con mano de obra barata (Moya Pons, 1995: 376).
De hecho, el número de trabajadores empleados en la industria manufacturera, excluida la producción de azúcar, aumentó de 12,937 en 1950 a 18,787 en 1957, y a 24,021 en 1962 (Moya Pons, 1992: 378). Un crecimiento similar tuvo lugar en la burocracia, el sector de la construcción, las fuerzas armadas y en las agencias de servicios recién creadas. El empleo en el sector público aumentó de 40,476 en 1950 a 110,349 en 1962, y el empleo total creció de 87,747 a 195,887 durante los mismos años (Moya Pons, 1992: 378). En otras palabras, el modelo económico de Trujillo dependía en gran medida de una producción sectorial integrada que hacía un uso intensivo de la mano de obra.
Tras la caída del dictador, el socialdemócrata Juan Bosch asumió la presidencia de la República Dominicana en diciembre de 1962 en una elección que le dio más del 60 % del voto popular. Sin embargo, el 25 de septiembre de 1963, después de aproximadamente siete meses en el cargo, su gobierno llegó a su fin mediante un golpe de Estado militar. En el derrocamiento colaboraron varias fuerzas de la élite dominicana, incluidos comerciantes, la Iglesia católica, terratenientes e industriales, que se opusieron a muchas de las políticas de reforma social del nuevo gobierno y denunciaron a Bosch como comunista. Un triunvirato reemplazó a Bosch, formado por ejecutivos corporativos y
abogados, cuyo gabinete lo integraban empresarios de derecha y abogados con fuertes vínculos con las grandes empresas (Moya Pons, 1995: 383).
El triunvirato, en gran parte impopular, se enfrentó a constantes disturbios civiles y manifestaciones de descontento social. En consecuencia, estalló una guerra civil, encabezada por la facción liberal del ejército, que pedía el regreso del presidente constitucionalmente elegido. Pero la rebelión popular desencadenó la intervención directa de Estados Unidos, cuyas tropas invadieron República Dominicana el 28 de abril de 1965, para impedir que Bosch recuperara el poder y evitar así el surgimiento de «otra Cuba» en la región. El presidente Lyndon B. Johnson envió 42,000 soldados al pequeño país caribeño con la aparente misión de salvar vidas y proteger los intereses estadounidenses (Moya Pons, 1995: 388). El 3 de septiembre de 1965, después de una lucha considerable entre las fuerzas constitucionalistas (que exigían un retorno a la Constitución) y sus oponentes (el ejército de Trujillo y los marines estadounidenses), la guerra civil terminó con un tratado de paz que estableció un gobierno provisional bajo la atenta mirada de la Organización de Estados Americanos y de los Estados Unidos. El acuerdo estipulaba una nueva elección presidencial para junio de 1966. Mientras tanto, los marines permanecieron en el país y el ejército dominicano se reconstituyó como una fuerza directamente bajo el mando estadounidense y por completo «dependiente del Gobierno de Estados Unidos para el pago de salarios y el suministro de ropa, alimentos, municiones y equipo» (1995: 390). Uno de los favoritos de Estados Unidos, Joaquín Balaguer, el último de los presidentes títeres de Trujillo, ganó las elecciones con facilidad.
Bajo el presidente Balaguer, la República Dominicana se embarcó en un proyecto de desarrollo que privilegiaba la industria y el comercio. El modelo económico se basó en una fuerte afluencia de capital extranjero y la promulgación de políticas económicas que favorecían la expansión industrial y comercial. Se puede argumentar que el compromiso de la naciente burguesía nativa de aumentar su riqueza creó las condiciones para facilitar la acumulación capitalista extranjera en la República Dominicana. Al mismo tiempo, la inversión internacional de las naciones avanzadas necesitaba incorporar nuevas tierras para la producción, nuevos trabajadores y nuevos consumidores para escapar de las desaceleraciones económicas y la sindicalización y, sobre todo, para resistir la competencia. Fue la combinación y la interacción
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
de estos factores, externos e internos, lo que, al final, creó las condiciones para un movimiento migratorio internacional masivo de dominicanos, dirigido particularmente hacia Estados Unidos.
Balaguer asumió el poder el 1.o de junio de 1966 y el 23 de abril de 1968 ya su gobierno había aprobado una nueva legislación sobre inversiones: la Ley núm. 299 de Protección e Incentivo Industrial, que desde entonces sirvió de base para la mayor parte de la acumulación capitalista en el país. La aprobación de la nueva ley requirió intensas negociaciones entre las diferentes facciones de la burguesía. El Gobierno había demostrado claramente su compromiso de facilitar la acumulación del sector privado. Pero los capitalistas nativos querían asegurarse de que, a pesar de la entrada en escena de inversionistas extranjeros que consideraban necesarios e inevitables, controlarían áreas específicas de producción (Moya Pons, 1992: 140-164). La Ley núm. 299 ofrecía incentivos atractivos, desde la exoneración total o tarifas reducidas, hasta la provisión de infraestructuras para el desarrollo de complejos industriales. También pretendía impedir la competencia directa entre el capital extranjero y el nacional, canalizando la inversión extranjera hacia áreas de producción que no podían ser asumidas por el sector corporativo local. Esta ley fomentó un modelo tripartito de acumulación compuesto por el Gobierno, el sector privado y el capital internacional. Cada uno dependía de los otros dos para sostener el orden social recién establecido. Esta compleja colaboración resultaría decisiva para la emigración masiva de dominicanos hacia Estados Unidos.
Estabilidad, planificación familiar y migración
El firme control político del país por parte de Balaguer fue vital para el éxito del nuevo plan económico. El Gobierno emprendió una campaña de pacificación que incluyó represión política, asesinatos, encarcelamientos y apertura de puertas para expulsar voces no deseadas que antagonizaban con el régimen. Aunque no existía ningún acuerdo escrito, los gobiernos de Estados Unidos y República Dominicana actuaron al unísono. Los disidentes políticos recibieron visas para viajar a Estados Unidos. Otros solicitarían un pasaporte y el Gobierno simplemente se los concedería. En 1959, 19,631 personas solicitaron un pasaporte y solo 1,805 lo obtuvieron; en 1969, las 63,595 peticiones fueron aprobadas (Frank Canelo, 1982: 42). A través de la abundante emisión
de pasaportes, la República Dominicana fomentó tácitamente la emigración. La magnitud del éxodo después de 1966 sugeriría que se habían abierto las puertas para expulsar el excedente de mano de obra así como a los disidentes. El estímulo a la emigración como forma de facilitar la implementación de la reestructuración económica por parte del Gobierno no era nuevo. Durante la década de 1950, por ejemplo, Puerto Rico fue testigo de la emigración de miles de personas que abandonaron una sociedad en medio de la modernización industrial. Los académicos coinciden en que a principios de la década de 1960 Puerto Rico disfrutaba de un alto crecimiento económico como resultado de un impresionante complejo industrial basado en la inversión estadounidense.
Sin embargo, sin la emigración, los efectos de ese logro en los niveles de vida habrían sido insignificantes. Entre 1948 y 1965, Puerto Rico presenció el inusual espectáculo de una economía en auge con una fuerza laboral cada vez más reducida… y un empleo cada vez más reducido. Esta situación paradójica se produjo porque la emigración redujo la fuerza laboral, a la vez que se trataba de lograr aumentos de productividad mediante el incremento de la proporción capital-trabajo. Las estimaciones de la población emigrada entre 1950 y 1965 van de 900,000 a un millón, incluidos los niños de inmigrantes nacidos en el extranjero (Grupo de Trabajo sobre Historia y Migración, 1979: 127-28).
Aunque el Gobierno dominicano no reconoció su estrategia de alentar la emigración para reducir la presión poblacional, existe evidencia suficiente para demostrar que, en ese momento, el tamaño de la población era motivo de preocupación; se desprende del firme control del crecimiento demográfico que se puso en vigor entonces. Poco después de que Balaguer asumiera el cargo en 1966, surgió un Programa Nacional de Planificación Familiar. El programa estuvo integrado por la Asociación Dominicana Pro-Bienestar de la Familia (PROFAMILIA), una organización creada en 1966 y financiada por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, y el Consejo Nacional de Población y Familia, una oficina gubernamental fundada en 1968 para apoyar los esfuerzos de PROFAMILIA.
El crecimiento de las iniciativas de planificación familiar (PF) fue espectacular. En 1968, solo ocho clínicas ofrecían orientación y servicios de PF en el
país. En 1985, este número había aumentado a 493, excluyendo los numerosos puestos comunitarios que dispensaban anticonceptivos y los servicios en clínicas privadas mediante acuerdos especiales. De manera similar, el número de mujeres cubiertas por servicios de PF creció considerablemente entre 1975 y 1986. La proporción de mujeres entre quince y cuarentainueve años usuarias de PF aumentó del 20 % al 31 % de 1975 a 1986, y en las mujeres que vivían con un hombre (casados o no) la proporción ascendió del 32 % al 50 % durante los mismos años (Ramírez, 1991: 31, 34).
De la igual manera, la esterilización permanente se convirtió en el método anticonceptivo más popular. El uso de píldoras anticonceptivas osciló entre el 5 % y el 9 % en los años 1975 a 1986, pero la frecuencia con la que las mujeres recurrieron a la esterilización aumentó del 8 % al 33 % en los mismos años (Tactuk et al., 1991: 12). Las estadísticas indican que las prácticas de PF en la República Dominicana habían resultado exitosas. Después de la década de 1960, la tasa de fertilidad cayó drásticamente. El promedio de 1960 de 7 hijos por cada mujer disminuyó a 3.7 en el período 1985-1990 (ver gráfico 2), lo cual colocó a la República Dominicana entre los cuatro países de la región latinoamericana con las tasas de fertilidad más bajas. De hecho, las estadísticas predecían que entre 2025 y 2030 República Dominicana alcanzaría la estabilidad poblacional.
La implementación de la PF no surgió del temor a la superpoblación por parte del pueblo dominicano (Vega, 1990: 260). Era una política exterior estadounidense a largo plazo sobre control demográfico, dirigida a áreas que recibían sus inversiones. El pensador uruguayo Eduardo Galeano ha observado:
Robert McNamara, presidente del Banco Mundial, expresidente de Ford y luego secretario de Defensa, ha calificado la explosión demográfica como el mayor obstáculo para el progreso en América Latina; el Banco Mundial, dice [McNamara] dará prioridad en sus préstamos a los países que implementen planes de control de la natalidad. Se ha hecho famoso el comentario de Lyndon B. Johnson: «Actuemos basados en el hecho de que menos de 5 dólares invertidos en control de la población valen 100 dólares invertidos en crecimiento económico» (1973: 15-16).
Creían que algunos lugares del mundo tenían demasiados habitantes y su patrón de reproducción era un asunto de preocupación internacional.
Como resultado de esta preocupación de Estados Unidos, la Agencia para el Desarrollo Internacional asignó de 1968 a 1972 un capital operativo de 100 millones de dólares para iniciativas de PF solo en América Latina. En 1986, la República Dominicana podía presumir de contar con 4,000 trabajadores de PF encargados de la tarea de difundir entre el pueblo nuevas ideas sobre el tamaño de la familia. Los pobres, y las mujeres en particular, «aprendieron» que su pobreza tenía que ver con su fertilidad descontrolada y que necesitaban remediar su comportamiento biológico. La percepción de la pobreza como un problema individual, más que como una cuestión social, legitimó la condición de desigualdad y exoneró al Estado, a la estructura de poder y a los sectores sociales privilegiados de su parte de responsabilidad en la incapacidad del país para proveer a toda la ciudadanía.
La colaboración de ambos gobiernos en la implementación de la planificación familiar en la República Dominicana sugiere que habían percibido el crecimiento demográfico como un problema, y estaban interesados en controlarlo. Sin embargo, cada uno tenía motivos diferentes. Para el Gobierno de Estados Unidos, la emigración de dominicanos era una alternativa que apuntaba a resolver un problema político inmediato, es decir, la deportación de revolucionarios que pudieran desafiar al gobierno de Balaguer y el nuevo orden social. Para la estructura gobernante dominicana, la emigración masiva parece haber implicado una estrategia a largo plazo mediante la cual tanto los disidentes políticos como los trabajadores excedentes abandonarían el país.
John Bartlow Martin, embajador de Estados Unidos, jugó un papel clave en la implementación de los canales para el éxodo dominicano. Martin, que gozaba de respeto en Washington, D.C., por su conocimiento sobre la República Dominicana, recibió su nombramiento del presidente John F. Kennedy en 1962, como el primer embajador de Estados Unidos en el país en dos años. El intento de asesinato de Trujillo contra el presidente de Venezuela en 1960 había provocado una sanción de la Organización de Estados Americanos y la suspensión de relaciones diplomáticas.
Cuando Martin se reunió por primera vez con el Consejo de Estado, un órgano de siete miembros que gobernó el país temporalmente después del derrumbe de la dictadura, los temas de discusión incluyeron la violencia en Santo Domingo y la concesión de visas estadounidenses a los alborotadores dominicanos. En un extenso libro que escribió, Martin declaró:
Período
Torres-Saillant / Ramona Hernández
GRÁFICO 2. Tasas de fertilidad en República Dominicana de 1950 a 2000.
1990-2000
1985-90
1980-85
1975-80
1970-75
1965-70
1960-65
1955-60
1950-55
Fuente: Caram de Álvarez, 1991: 52.
de niños
Ellos [el Consejo] casi daban por sentados los disturbios —y no es de extrañar: durante todo el otoño y el invierno pasados habían vivido con disturbios—. La caída de Trujillo había desatado tensiones reprimidas durante mucho tiempo y las calles eran caóticas. El presidente Bonnelly dijo que agentes castristas/comunistas bien entrenados estaban pagando a ladrones y matones para que se amotinaran. Le pregunté si podíamos
Silvio
Cantidad
ayudar. Reid y Bonilla Atiles inmediatamente dijeron que sí: querían ayuda técnica para entrenar a la policía en el control de disturbios, establecer una unidad antisubversiva secreta para tratar con los castristas/comunistas y organizar las deportaciones (Martin, 1966: 8).
Las deportaciones habían comenzado en realidad antes de la llegada de Martin a Santo Domingo el 9 de marzo de 1962, y se extendieron a lo largo de su mandato:
A finales de año teníamos unos 125 deportados en Estados Unidos, la mayoría enviados antes de que yo llegara. Los disturbios aumentaron. Con cautela, el Consejo comenzó a deportar a agitadores en virtud de la Ley de Emergencia. Los comunistas castristas lo denunciaron en nombre de la libertad. Lo mismo hicieron los partidos políticos que buscaban los votos de los familiares de los deportados. Y nos involucramos: teníamos que expedir visas estadounidenses a personas que el Consejo deportaba hacia Estados Unidos (Martin, 1966: 99-100).
Pero la alentada movilidad hacia Estados Unidos no se limitó a la deportación de «comunistas castristas». En su primer viaje a Washington desde el comienzo de su estancia en la República Dominicana, el embajador Martin habló con el secretario de Estado sobre «el desorden de las visas», al referirse al creciente número de solicitantes. Diariamente, frente al consulado estadounidense había largas filas de personas que, según él, necesitaban ser atendidas. El número de solicitantes de visas creció hasta el punto de crear un atraso en el obsoleto consulado americano.
Varios meses después de su visita al Departamento de Estado, el embajador informó: «Finalmente obtuvimos lo que necesitábamos: un nuevo edificio del Consulado en el recinto ferial, lejos del centro de Santo Domingo, tres vicecónsules adicionales y un nuevo cónsul» (Martin, 1966: 120). Como señaló Christopher Mitchell, «el crecimiento de la migración dominicana en estos años fue uno de los más rápidos en el movimiento poblacional reciente de cualquier sociedad caribeña. La simplificación administrativa y la aceleración iniciada por el Embajador de los Estados Unidos seguramente contribuyeron significativamente a este alto nivel de migración legal» (Mitchell, 1992: 100).
Las acciones oficiales tomadas por Martin para facilitar el proceso migratorio fueron motivadas por la política exterior estadounidense que «buscaba (especialmente de 1961 a 1966) limitar las tensiones políticas en una nación donde Washington consideraba la inestabilidad gubernamental como una puerta abierta a la revolución radical. [...] Es probable que las acciones administrativas sobre migración estuvieran solo vagamente influenciadas por las suposiciones prevalecientes a favor de Balaguer, en lugar de surgir de decisiones bien ponderadas en política exterior» (1992: 90, 106).
Si se analiza el papel de Estados Unidos a la hora de acelerar la movilidad de los dominicanos, es probable que la estrategia haya resultado contraproducente y producido a largo plazo consecuencias no deseadas. Aunque estabilizó a un gobierno preferido por Estados Unidos, la concesión de tantas visas también condujo a la formación de asentamientos de inmigrantes que proporcionarían sistemas de apoyo que alimentarían aún más la movilidad masiva hacia Estados Unidos. El propósito manifiesto de otorgar visas para eliminar la oposición política creó un impulso que desencadenó la emigración de miles de dominicanos en un éxodo que no ha disminuido hasta el día de hoy.
Crecimiento económico y sobrepoblación
Durante los dos primeros mandatos presidenciales de Balaguer (1966-1974), la República Dominicana fue testigo de un boom económico. Caracterizado por un economista como «crecimiento acelerado», el producto interno bruto (PIB) del país mostró una tasa de crecimiento de 12.2 % en 1969 y de 12.9 % en 1973. Durante el período 1969-1973, el sector manufacturero creció a una tasa anual de 14.7 %, la construcción 20.1 % y la agricultura 8 %, mientras que el empleo industrial creció a una tasa anual de 5.9 % entre 1970 y 1974 (Ceara Hatton, 1990a: 64-65, 70). Los especialistas coinciden en que el auge económico se basó en tres variables interconectadas: la inversión extranjera, la ayuda exterior y los precios favorables de los productos dominicanos, particularmente el azúcar, en el mercado internacional (Ceara Hatton, 1990a; Calvo y Dilla, 1986). El capital extranjero ingresó a la economía dominicana a gran escala: «La cantidad de dinero que Estados Unidos vertió en la República Dominicana entre 1966 y 1973 fue enorme en proporción al pequeño tamaño de la economía del país» (Moya Pons, 1995: 397). La ayuda exterior,
en forma de préstamos estatales, subvenciones o suministros de alimentos, alcanzó aproximadamente US$122 millones entre 1965 y 1966, US$133 millones entre 1967 y 1969, y US$78 millones por año entre 1969 y 1973 (1995: 397). La inversión extranjera directa, por otra parte, aumentó de US$154 millones en 1964 a 396 en 1972, y casi el 89 % de esa suma provino de Estados Unidos (Del Castillo et al., 1974: 183).
Modernización y sustitución de importaciones
Con el objetivo de modernizar el país para competir en el mercado internacional, la República Dominicana ha adoptado desde 1996 diversas estrategias económicas. La primera fue la sustitución de importaciones (SI), una estrategia predominante en la década de 1950 que fue reformulada durante el gobierno de Balaguer mediante la aprobación de la Ley núm. 299. Este modelo de desarrollo se basó en las enseñanzas del economista Raúl Prebisch, quien había postulado que los países subdesarrollados podían lograr el desarrollo nacional capitalista limitando el nivel de importaciones y creando una infraestructura industrial para el ensamblaje o fabricación de bienes. La aplicación de ese modelo generó una rápida expansión del sector industrial en la República Dominicana. Entre 1970 y 1974, la producción industrial creció a una tasa anual de 120 % (Duarte y Corten, 1982). Entre 1970 y 1977, el capital invertido en la industria alimentaria aumentó de RD$130.9 millones a RD$196.8 millones, y en la industria intermediaria, de RD$31.2 millones a RD$70.5 millones (Vicens, 1982).
Pero contrariamente a lo esperado, la sustitución de importaciones no produjo los resultados deseados. No sustituyó importaciones ni redujo el desempleo. La importación de productos manufacturados relacionados con el consumo aumentó en casi todas las ramas industriales. De 1973 a 1980, las importaciones crecieron de 26.8 % a 31.9 %. En esos años se produjo un incremento de la importación de alimentos, tabaco y bebidas de 7.5 % a 9.8 %, de muebles de 4.78 % a 12.41 %, de prendas de vestir de 13.48 % a 22.76 %, de zapatos de 4.26 % a 10.62 %, y de papel de 31.32 % a 49.40 % (Ceara Hatton, 1990a: 80-81). Al mismo tiempo, en 1970, el censo nacional de población reportaba una tasa de desempleo del 24.1 %. Desde entonces, esa tasa no ha bajado de 19.3 % (ver tabla 1).
TABLA 1. Tasas de desempleo (% de la fuerza laboral).
* Solo la ciudad de Santo Domingo. 1970-1979: Fuente: Ceara Hatton, 1990b: 60. 1980-1991: Fuente: Ceara Hatton y Croes Hernández, 1993: 18. Uso autorizado.
Entre 1970 y 1979, 305,600 hombres y mujeres formaron parte de la fuerza laboral del país, lo que elevó el número rotacional de trabajadores empleados en el sector industrial de 113,040 a 139,503, un aumento absoluto de 26,463 puestos de trabajo en un período de nueve años, lo que arrojó un promedio de menos de 3,000 nuevos puestos por año. Así, la transferencia directa de recursos del Estado al sector privado, formalizada mediante la Ley núm. 299, no alteró significativamente la estructura interna del sector industrial. Tampoco amplió la capacidad de ese sector para incorporar nuevos trabajadores en el proceso de producción ni aumentó el nivel de industrialización del país.
La estrategia económica favorecida por el régimen de Balaguer requería el constante incremento de la tecnología sobre la mano de obra, lo que incidía
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
negativamente en la capacidad del sector industrial para incorporar fuerza laboral. En 1960, por ejemplo, la creación de un empleo industrial requería una inversión de capital de 3,125 dólares, suma que había aumentado a 5,000 en 1968 y que superaría los 9,000 en 1981. De manera similar, entre 1968 y 1981, se aprobaron un total de 678 nuevas industrias en virtud de la Ley núm. 299. Estas industrias, con un capital de inversión de RD$498,664, generaron únicamente 54,891 nuevos empleos, para un promedio de 4,222 por año. En 1981, la expansión industrial todavía exigía menos de 5,000 nuevos trabajadores por año, en un momento en que la población económicamente activa crecía a una tasa anual del 5.5 %. Esto determinó que 56,000 hombres y mujeres resultaran aptos para trabajar cada año.
El sector agropecuario
El énfasis puesto en la expansión industrial mediante la implementación de la Ley núm. 299 tuvo un efecto adverso en el desarrollo del sector agropecuario, cuyo aporte al PIB disminuiría progresivamente. La agroindustria se volvió cada vez más intensiva en capital, reduciendo el espacio para empleos en el campo y provocando la migración de trabajadores a los centros urbanos. En 1970, el aporte de este sector al PIB representó el 23.2 %, con una tasa de crecimiento anual de 9.8 %. Pero esta contribución empezó a disminuir, pasando de 22.1 % en 1971 a 16.9 % en 1981. El subsector agrícola experimentó un proceso similar de deterioro, reduciendo su contribución al PIB de 16.1 % en 1971 a 10.3 % en 1981.
Otro factor que ha fomentado el desempleo es el uso de grandes extensiones agrícolas (latifundios) que tradicionalmente han socavado el uso de la mano de obra nativa, como se puede ver en los ejemplos de la ganadería y la producción de caña de azúcar. La ganadería, que requiere la mayor cantidad de tierra, no emplea muchos trabajadores ya que los animales no necesitan atención constante. Más importante aún, la cría de ganado es extensiva y los propietarios de tierras tienden a utilizar entre 10 y 15 tareas por animal (una tarea = 1/6 de un acre). La caña de azúcar representa el segundo mayor usuario de tierras agrícolas a gran escala, y no solo depende de una producción estacional sino que los campos emplean principalmente trabajadores inmigrantes haitianos en lugar de trabajadores dominicanos.
Cambios económicos
A mediados de la década de 1970, la economía dominicana pasó de una producción orientada principalmente a productos tradicionales (café, azúcar, tabaco y cacao) a una centrada en el desarrollo de zonas francas (ZF), el turismo y productos agrícolas no tradicionales. Los productos tradicionales comenzaron a perder popularidad en el mercado internacional, en particular en los Estados Unidos, a medida que crecía el interés por otros bienes. El azúcar, que había sido la base de la economía, redujo su contribución al PIB de un promedio de 25 % a finales del decenio de 1970 a alrededor de 8 % en 1990, mientras que el turismo representaba más del 40 % a finales del decenio de 1980. Aunque el cambio comenzó a manifestarse con claridad durante el decenio de 1980, cuando la contribución del sector de servicios al PIB aumentó significativamente. El cambio puede remontarse al primer gobierno de Balaguer a partir de su política de puertas abiertas a la inversión extranjera.
Los críticos han argumentado que la acumulación capitalista basada en la inversión extranjera tiende a deformar la economía local, subordinándola a fuerzas externas. La afluencia de préstamos implica una serie de compromisos hacia las instituciones crediticias. Como lo ha señalado un académico dominicano: «Estos compromisos implican no solo el pago directo del préstamo, sino también una serie de disposiciones relacionadas con el desarrollo económico, subordinadas a estrategias específicas diseñadas por los organismos internacionales, y la vinculación del mercado de importación dominicano a la oferta de bienes producidos por los países que otorgan los préstamos» (Lozano 1985: 187-189). Además, el capital extranjero apenas contribuye a la diversificación de la economía local, ya que por lo general se dirige a áreas de producción para las que ya existe un mercado internacional (Del Castillo et al., 1974).
La inversión extranjera ha afectado la oferta del mercado nacional, que se ha visto cada vez más inundado de productos de los Estados Unidos. En muchos casos, esos productos se venden a precios mucho más altos que en los Estados Unidos. Las empresas minoristas comercializan artículos importados desde Estados Unidos a veces entre tres y cinco veces su precio original (Riley de Dauhajre, 1995: 1) (ver gráfico 3). La importación de estos productos generó una nueva configuración del mercado con sus propios consumidores, y puso en evidencia resultados positivos para la expansión de la acumulación
GRÁFICO 3. Productos de consumo estadounidenses en el mercado dominicano (en RDS).
1 = EUA / 2 = RD Fuente: Riley de Dauhajre, 1995: 1.
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
Continuación GRÁFICO 3
Espagueti Muellers
1 = EUA / 2 = RD Fuente: Riley de Dauhajre, 1995: 1.
Velveeta
Cereal Kelloggs Tylenol Extra Fuerte
Aceite Mazola
Aderezo Kraft Ranch
1 = EUA / 2 = RD Fuente: Riley de Dauhajre, 1995: 1.
capitalista tanto internacional como nativa. Los precios más altos pagados por los consumidores dominicanos, la movilidad de los bienes y las nuevas demandas del mercado contribuyeron al crecimiento del capital industrial para los inversionistas estadounidenses y nativos vinculados al sector comercial y de importación. Pero los empleos siguieron deprimidos.
La inversión extranjera en la República Dominicana se produjo en el contexto de la reorganización de la producción por parte de Estados Unidos y otras sociedades capitalistas avanzadas que buscaban impulsar su proceso de acumulación, lo que implicó reubicar el capital y la producción en el exterior. Atraídos por un elevado número de desempleados, bajos salarios y, sobre todo, prerrogativas fiscales proporcionadas por el Gobierno —incluidas grandes exenciones y un tipo de cambio monetario favorable—, los capitalistas extranjeros se precipitaron hacia las zonas francas industriales (ZF). La primera ZF, con una sola industria en funcionamiento, se inauguró en la ciudad oriental de La Romana en 1969, y ya en 1988 dieciséis ZF se habían extendido por todo el país, con 224 instalaciones industriales. El número de empleos directos aumentó de 504 a 85,000. En 1993 había 462 empresas operando en treinta ZF, que generaron 164,296 puestos de trabajo (ver tabla 2). En 1988, después de México, la República Dominicana lideraba América Latina y el Caribe con el mayor número de empresas de zonas francas (Abreu et al., 1989: 68). Los críticos coinciden en que, aunque las zonas francas han generado empleos e ingresos muy necesarios, no han contribuido de manera significativa al desarrollo industrial del país ni a aliviar el grave problema del desempleo.
TABLA 2. Evolución de las zonas francas en la República Dominicana.
Fuente: Manzueta Martínez, 1994: 2. Uso autorizado.
Las ZF emplean solo el 3 % de la fuerza laboral. La mayoría de los trabajadores son migrantes internos, con gran cantidad de mujeres, generalmente
no sindicalizadas, que ganan menos que el salario mínimo nacional (Gómez y Báez, 1988). La contratación de mujeres jóvenes como principal fuerza laboral y la alta tasa de rotación en las plantas han provocado un nivel creciente de desempleo entre ellas (Sassen, 1988: 97). Se podría argumentar que reclutar en especial a mujeres jóvenes tiene el efecto de expandir el tamaño absoluto de la fuerza laboral y socava las posibilidades de las ZF de aliviar el creciente problema del desempleo en el país. La composición por sexo de la población económicamente activa de la República Dominicana refleja una tendencia hacia la «feminización» de la fuerza laboral. En 1960, por cada cien empleados, once eran mujeres, pero en 1981 este número había aumentado a 29, y en 1983, sobre todo en la ciudad de Santo Domingo, que es un destino frecuente de inmigrantes del interior, el número creció a 38. Las ZF han contribuido a la progresiva proletarización de la mujer, al igual que en otras áreas del subsector manufacturero.
El turismo ha experimentado un notable crecimiento durante los últimos quince años. La cantidad de ingresos generados por este subsector saltó de US$16.4 millones en 1970 a US$616 millones en 1988, y se ha convertido en el mayor contribuyente a la economía nacional. Sin embargo, el auge de esta industria no redujo la necesidad de emigrar, pero sí contribuyó a aumentar el nivel de importación. Los productos que utiliza el turismo, desde las camas, la ropa de cama y los cubiertos hasta la mayoría de los alimentos que consumen los turistas, deben provenir del extranjero. Además, el turismo es una actividad intensiva en capital que utiliza mano de obra calificada y semicalificada, lo que deja muy poco espacio para el empleo de trabajadores no calificados. En efecto, aunque el turismo ha generado la mayor cantidad de ingresos al PIB desde principios de 1980, el número de empleos que ha creado solo ha aumentado modestamente: de 10,800 en 1980 a 17,258 en 1987 y a 24,000 en 1989.
Acumulación y crisis
Las dos estrategias de desarrollo implementadas en la República Dominicana desde finales de la década de 1960, la sustitución de importaciones y la economía impulsada por la exportación, han arrojado resultados igualmente cuestionables. La primera, que hacía hincapié en la producción industrial
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para reducir el nivel de importación de productos manufacturados, fracasó en su mandato esencial. En 1978 se hizo evidente que el país estaba importando mucho más de lo que producía y vendía. En consecuencia, un déficit creciente comenzó a caracterizar la economía (ver tabla 3), y se tomaron préstamos cada vez mayores de instituciones extranjeras, a causa de lo cual aumentó desproporcionadamente la deuda del país, que pasó de 290.6 millones de dólares en 1970 a 3,844.9 en 1988.
TABLA 3. Comercio exterior (En millones de US$).
*Preliminar
Fuente: Abreu et al., 1989: 27. Uso autorizado.
La segunda estrategia de desarrollo, la economía basada en las exportaciones, también resultó desacertada. A fines de la década de 1980, la economía tenía esencialmente el mismo coeficiente industrial que en 1968, cuando se aprobó la Ley núm. 299. El nivel de industrialización no había crecido y la intensificación del capital industrial se incrementó a tal punto que, en 1981, se requirió un gasto de más de RD$9,000 para crear un empleo en este sector. Las políticas económicas no pudieron ajustar la balanza de pagos ni reducir las importaciones. Al mismo tiempo, no lograron detener el ya alarmante
crecimiento del desempleo. Al final, estas estrategias económicas no resolvieron las necesidades básicas del pueblo.
La gran mayoría de los dominicanos que buscan empleo no han podido encontrarlo en su país de origen. Esto ha hecho que a la gente común le resulte difícil ganarse la vida. Las cifras disponibles muestran que hay un mayor número de mujeres y hombres tras empleos de cualquier tipo que la cantidad de empleos disponibles en el país. La amplia disparidad entre los trabajadores aptos y las opciones de trabajo queda clara en la evaluación presentada por el Instituto de Población y Desarrollo, que calculó que, de 1980 a 1990, la fuerza laboral aumentaría en aproximadamente 90,000 trabajadores por año, mientras que la economía produciría solo unos 30,000 nuevos puestos de trabajo anual. Estos cálculos asumen constancia en las tasas de natalidad y mortalidad, así como en el nivel de emigración con retorno cero.
La comparación del crecimiento del PIB y del empleo muestra que el aumento del desempleo no está relacionado con una caída del PIB, sino más bien con la incapacidad de las fuerzas productivas para crear suficientes puestos de trabajo. De 1970 a 1981, el valor agregado del sector agropecuario aumentó de RD$345.2 millones a 483.9 millones, lo que refleja un crecimiento del 40 %, pero el número de trabajadores empleados en el sector aumentó solo el 20 %, de 502,634 a 602,908. Durante el mismo período, la producción industrial creció en su valor agregado de RD$315.6 a RD$ 703.8, lo que refleja un incremento extraordinario de 123 %. Sin embargo, el número de empleados en el sector apenas aumentó un 30 %, de 113,040 a 147,086 (calculado a partir de Santana y Tatis, 1985:30).
A finales de la década de 1980 estaba claro que para muchos estratos de la clase trabajadora el crecimiento económico no se traducía en la creación de mejores o nuevos empleos. Para la mayoría del pueblo, el comportamiento de la economía parecía irrelevante. Por muy bien que funcionara, sus condiciones no mejoraron y su destino siguió siendo incierto. Aunque los economistas identifican el período 1968-1975 como el de mayor crecimiento económico en la historia de República Dominicana, ese período también fue testigo de una creciente desigualdad, pobreza y angustia social. Un análisis de los cambios en la distribución del ingreso en la sociedad durante la década de 1970 mostraría que los pobres se volvieron más pobres, pero que los demás estratos sociales recibieron grandes beneficios (ver tabla 4). Además, dado el predominio de los
bajos salarios en la economía reestructurada, incluso a muchos trabajadores que tenían empleos les resultó imposible cumplir sus aspiraciones de movilidad social.
TABLA 4. Cambios en la distribución del ingreso en Santo Domingo de 1969 a 1973.
Grupo de ingreso
población
Fuente: Lozano, 1985: 160. Uso autorizado.
De 1969 a 1973, la quinta parte dentro del rango de ingresos más bajo redujo significativamente su participación en el ingreso total. Este grupo experimentó una pérdida extraordinaria, cayó de 2.9 % en 1969 a 14 % en 1973, lo que refleja un recorte de casi la mitad de sus ganancias en cuatro años. La quinta parte superior de la población siguió manteniendo su participación con el 54.8 % del ingreso total en 1969 y el 54.4 % en 1973, pero el sector medio inferior experimentó un aumento significativo de 27.6 % en 1969 a 30.2 % en 1973 (Lozano, 1985: 160). Durante los tres primeros mandatos presidenciales de Balaguer, el patrón de acumulación capitalista requirió el desarrollo de una burguesía industrial, comercial y financiera, el uso intensivo de trabajadores industriales azucareros o jornaleros rurales, y la consolidación de una clase media urbana. Según el sociólogo Wilfredo Lozano, la clase media dominicana se puede dividir en dos subsectores según su ingreso y ocupación. La clase media baja está formada por una burocracia ampliada de trabajadores con salarios bajos, y la clase media alta está compuesta por un grupo reducido de trabajadores altamente remunerados, conectados con los sectores comercial y financiero. Este último subgrupo se convirtió en la clientela principal de los bienes importados y proporcionó la principal fuente de acumulación para la burguesía nacional (Lozano, 1985: 160-173).
La pobreza ha aumentado considerablemente durante los últimos veinte años. Una encuesta nacional realizada por el Banco Central entre 1976 y 1977 encontró que el 51.3 % de los hogares tenían un déficit en su presupuesto mensual. Estos hogares ganaron el 20.9 % de los ingresos totales, pero tuvieron un consumo del 26.0 %. El mismo estudio demostró que el 90 % de la población no consumía la cantidad recomendada de nutrientes y que el 23.3 % se encontraba por debajo del nivel de pobreza (Del Rosario Mota y Madera Daniel, 1984). En 1984, el 40.8 % de los niños menores de cinco años estaban desnutridos y el número de familias que se encontraba por debajo del nivel de pobreza se había duplicado, un 47 %, y para 1989 un 56 % (Santana y Rathe, 1993: 189) (ver tabla 5).
TABLA 5. Pobreza en la República Dominicana (millones de personas y % de la población total).
Fuente: Santana y Rathe, 1993: 189-193. Uso autorizado.
Los economistas Isidoro Santana y Magdalena Rathe midieron la pobreza utilizando una metodología que clasificó a la población activa según los ingresos y gastos del hogar y luego la dividió en dos grupos: los pobres eran aquellos que estaban por debajo del umbral de pobreza y los no pobres estaban por encima del umbral. Los hogares en los que el 60 % o más de los ingresos se gastaban en alimentos se consideraban por debajo del umbral de pobreza. Los hogares indigentes eran aquellos que, incluso después de utilizar todos sus ingresos en alimentos, no podían lograr una dieta adecuada. Calcularon que en 1989 los pobres medios (ingresos medios por debajo del umbral de pobreza) necesitaban aumentar sus ingresos en un 22 % solo para alcanzar la clasificación de no pobres. Les pareció poco probable que la brecha entre los pobres y los no pobres pudiera eliminarse en el futuro cercano. Concluyeron que «si los ingresos de todos los pobres iniciaran un aumento sostenido del 3 % anual, solo los pobres medianos necesitarían 8 años para salir de la categoría
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de pobres, pero aquellos cuyos ingresos cayeran por debajo de los pobres de ingresos medios, seguirían así» (Santana y Rathe, 1993: 89-91).
La década de 1980 fue una época difícil para muchos trabajadores dominicanos. Ya no se podía hablar de un campesinado sin tierra, de un proletariado industrial (ya fuera vinculado a la industria azucarera o a las zonas francas urbanas) o de trabajadores de la economía informal. Durante esos años la mayoría de los que necesitaban trabajar para ganarse la vida pasaron penurias. La transferencia de beneficios sostenida por las políticas económicas de Balaguer llegó a su fin, en particular para la clase media. Entonces, esta clase media se percató de que no estaban exentos de peligro. Perdieron puestos de trabajo y sus salarios el poder adquisitivo, y los empleos estables y bien remunerados fueron sustituidos cada vez más por empleos menos deseables. Entre 1980 y 1983, por ejemplo, el número de personas empleadas en el sector privado moderno disminuyó de 36.8 % a 32.8 %, pero el número de trabajadores en el sector informal aumentó de 26.7 % a 32.5 % (ver tabla 6).
TABLA 6. Evolución sectorial de la población empleada (Santo Domingo: 1980-1983).
1 Sector gubernamental: Incluye a todas las personas empleadas en instituciones estatales, en las industrias del Gobierno central, las independientes, y las semiindependientes.
2 Sector privado moderno: Incluye a todas las personas empleadas en industrias, negocios o instituciones privadas con cinco trabajadores o más. También a personas con formación universitaria, aunque trabajen en lugares con menos de cinco trabajadores.
3 Sector informal: Incluye a aquellas personas con educación inferior al nivel universitario que trabajan en instituciones privadas y empresas con cinco trabajadores o menos. Excluye el servicio doméstico.
4 Sector doméstico: Incluye a todas las personas que trabajan ofreciendo servicios directos en hogares distintos al propio.
5 Otros: Incluye a todas las personas no incluidas en las categorías anteriores.
Fuente: Ceara Hatton, 1990a: 146. Uso autorizado.
Los ingresos medios en empleos gubernamentales también bajaron de RD$251 a RD$233 (ver tabla 7). Se podría concluir que la precaria situación de los trabajadores dominicanos fue resultado de la caída de los precios de los productos de exportación en el mercado internacional y un aumento en el nivel de importación. Sin embargo, en última instancia, la «crisis» ha sido el resultado de una economía estructuralmente deformada, empeñada en satisfacer sus crecientes necesidades internas a través de la importación y produciendo principalmente para satisfacer las demandas externas.
TABLA 7. Ingresos medios por sector (RD$ mensuales, 1980-1983).
Fuente: Adaptado de Ceara Hatton, 1990a: 184. Uso autorizado.
TABLA 8. Inversiones y empleos en la agroindustria (en RD$).
Fuente: Adaptado de Moya Pons, 1992: 187. Uso autorizado.
Los primeros doce años de gobierno de Balaguer llegaron a su fin en 1978. El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) gobernaría durante dos mandatos, de 1978 a 1986, para dejar paso nuevamente a Balaguer, que permanecería en el cargo hasta agosto de 1996. El primer gobierno del PRD, encabezado por el presidente Antonio Guzmán, siguió el modelo keynesiano de intervención gubernamental directa al aumentar el nivel de inversión para estimular la
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actividad económica y generar empleos. El mandato de Guzmán fue testigo de la expansión de la demanda agregada a través de la inyección de fondos estatales, un aumento de los salarios reales y el crecimiento de la producción agropecuaria (Ceara Hatton y Croes Hernández, 1993: 14). Sin embargo, el desempleo siguió siendo alto. Los nuevos puestos creados, particularmente en el sector público y en la agroindustria (ver tablas 8 y 9), no fueron suficientes para absorber la fuerza laboral inactiva. De manera similar, los nuevos empleos en el sector público eran de naturaleza no productiva, y la agroindustria se centraba en actividades que requerían tecnología avanzada y habilidades especializadas, lo cual limitaba de manera desproporcionada el número de trabajadores requeridos en relación con la cantidad de capital invertido.
TABLA 9. Trabajadores del sector público en República Dominicana de 1950 a 1986.
Fuente: Gómez y Báez, 1988: 25. Uso autorizado.
El gran escape
A medida que la economía seguía deteriorándose en los años 80, se desarrolló una nueva característica en la migración dominicana: un fuerte aumento en el número de trabajadores profesionales y técnicos que emigraron debido a la caída de los servicios públicos, la drástica disminución en el valor del peso dominicano y la pérdida de empleos estables y bien remunerados. En 1991, el poder adquisitivo del salario mínimo reflejaba la mitad del valor que había tenido en los años 70. El reajuste salarial en las grandes empresas del sector moderno redujo estos salarios al 60 % de su valor en los años 70. Durante la década de 1980, los miembros de los sectores medios no escaparon a los efectos negativos de los cambios económicos en el país. Se podría argumentar que la expatriación de trabajadores excedentes durante la década de 1970 y la transferencia directa de recursos desde los sectores pobres y menos privilegiados favorecieron a la clase media. Pero la reestructuración económica de la década de 1980 provocó un desplazamiento generalizado que afectó a la clase media, cuyos miembros sintieron la necesidad de buscar la misma solución que habitualmente intentaban los grupos menos privilegiados: la emigración.
El éxodo de República Dominicana hacia Estados Unidos se aceleró. El número de dominicanos que salían de casa aumentó a una velocidad increíble. Entre los que todavía abandonan el país para ir a Estados Unidos, los miembros no calificados de la clase trabajadora siguen representando la abrumadora mayoría. Son por lo general de piel oscura y en sus filas hay más mujeres que hombres. Irónicamente, llegan a una sociedad receptora que desde hace algún tiempo está atravesando su propia reestructuración económica. Los tipos de empleos para los que ellos, como nuevos inmigrantes, probablemente calificarían han ido desapareciendo. Han entrado en una sociedad racialmente estratificada, donde los negros y otras personas de color sufren marginación. Cuando los dominicanos comenzaron a llegar a Estados Unidos, los puertorriqueños ya llevaban décadas viviendo allí sin lograr un progreso económico significativo como grupo. Un equipo de científicos sociales que estudió a estos inmigrantes durante la década de 1960 describió el escenario que aguardaba a los recién llegados de la siguiente manera:
Muchos de los migrantes [puertorriqueños] son mujeres, en una sociedad donde la situación económica de la mujer suele ser difícil todavía; muchos de los migrantes son negros, en una sociedad en la que el color juega en gran medida en su contra; y la mayoría —tanto negros como blancos, tanto mujeres como hombres— carecen de muchas habilidades, en una sociedad donde las habilidades son cada vez más importantes para un sustento adecuado; y todos entran en una sociedad donde las oportunidades de progreso parecen ser cada vez más escasas para los pobres, los no educados y los «extranjeros» (Mills, Senior y Goldsen, 1950: 38-39).
La ironía es que el lúgubre escenario asociado con los puertorriqueños décadas antes concuerda con la situación que encontraron los inmigrantes dominicanos a su llegada a la sociedad receptora. Lo que queda por ver es si los cambios que se proponen en Estados Unidos para reducir la inmigración, particularmente de la clase obrera y no calificados, dejarán a la estructura de poder dominicana sin una puerta abierta hacia Estados Unidos a través de la cual expulsar diligente y silenciosamente los excedentes de mano de obra, y si los dominicanos que ya viven en Estados Unidos pueden sobrevivir como grupo en un medio que se ha vuelto hostil hacia los inmigrantes.
LOS DOMINICANOS EN ESTADOS UNIDOS: EL
SURGIMIENTO DE UNA COMUNIDAD
Experiencia en el mercado laboral
Un gran número de dominicanos se han mudado fuera de su país natal en busca de una vida mejor en América del Norte. En 1990, según el censo de Estados Unidos, 511,297 vivían como residentes permanentes; más del 65 % radicaban en el estado de Nueva York. El resto se encuentra repartido por todo el país: los contingentes más numerosos —en orden descendente— se ubican en los siguientes estados: Nueva Jersey, Florida, Massachusetts, Rhode Island, Connecticut, California, Maryland, Texas, Pensilvania y Washington.
La experiencia de los inmigrantes en el mercado laboral de la sociedad receptora se utiliza comúnmente como una medida confiable de sus niveles de prosperidad. El mercado laboral, los ingresos, las tasas de participación y los patrones de empleo se encuentran entre los indicadores más utilizados para medir el progreso. Al mismo tiempo, cada una de estas variables se ve afectada por el tipo de trabajadores que el mercado necesita y el valor que se atribuye a las capacidades y habilidades de los inmigrantes. Si sus habilidades y destrezas son muy necesarias y altamente valoradas en la sociedad receptora, lo más probable es que ese grupo tenga altas tasas de empleo e ingresos competitivos. Sin embargo, la difícil situación de un mismo grupo de inmigrantes será notablemente diferente si sus capacidades y destrezas abundan en la sociedad
Ramona Hernández
receptora. En última instancia, el bienestar material estará determinado no solo por su incorporación al mercado laboral del país anfitrión sino también por la naturaleza de dicha incorporación.
Como se explica en el prefacio, nos concentraremos en la ciudad de Nueva York para ilustrar la experiencia dominico-estadounidense. El censo de 1990 mostró que solo en la ciudad de Nueva York residía más del 93 % de los dominicanos. De 1980 a 1990, la población dominicana de la ciudad mostró el mayor crecimiento de cualquier grupo étnico, al aumentar de 125,380 a 332,713 (ver tabla 10). Este notable aumento fue el resultado de una afluencia de inmigrantes constante y creciente (ver gráfico 1). Sin embargo, su llegada masiva se produjo en un momento en que la ciudad estaba atravesando una reestructuración socioeconómica que tendría un impacto notable en la necesidad

Silvio Torres-Saillant /
Tres comadres dominicanas en el patio de una escuela primaria e intermedia en Manhattan. ©Josefina Báez.
y el valor de la mano de obra, así como en la creación de empleos. Otros académicos han estudiado bien la reestructuración socioeconómica de la ciudad de Nueva York, pero nuestro enfoque aquí se limita a aquellos detalles que pueden ayudar a arrojar luz sobre la posición de los dominicanos en el mercado laboral.
TABLA 10. Población dominicana en la ciudad de Nueva York, por municipio.
Fuente: Hernández, Rivera-Batiz, y Agodini, 1995: 7. Uso autorizado.
La ciudad ha experimentado una clara transformación económica en la medida en que las actividades del sector de los servicios han sustituido una economía que antes se basaba predominantemente en la producción industrial. Como resultado, a menudo se ha descrito a Nueva York como una ciudad postindustrial. Según los estudiosos, el inicio del declive gradual del gran sector manufacturero, que había caracterizado la vida económica en esa urbe, se remonta a la década de 1950. Ahora hemos visto su contracción, manifestada en la desaparición de cientos de miles de empleos, sobre todo en la industria de la confección, el área más grande de producción industrial. De 1969 a 1985, por ejemplo, la ciudad perdió 465,000 puestos de trabajo en el sector manufacturero (Drennan, 1991: 29). El proceso de reestructuración dislocó no solo los empleos productivos, sino también a una amplia variedad de otros empleos que estaban tangencialmente conectados con la manufactura. Se trasladaron sedes industriales enteras, y con ellas una gran cantidad de oportunidades de empleo. En un período de veinte años (1969 a 1989), los puestos de trabajo en el comercio mayorista disminuyeron de 309,000 a 229,000, y en transporte y almacenamiento pasaron de 41,000 a 26,000 (Drennan, 1991: 32). En general, la disminución se
produjo principalmente entre los trabajadores manuales y no calificados, que sufrieron entre 1970 y 1986 la pérdida de 510,000 puestos de trabajo en campos que requerían menos de doce grados de educación (Kasarda, 1990: 247).
Antes de la migración
La experiencia de los dominicanos en el mercado laboral antes de emigrar es importante en la medida en que influirá en su integración al mercado laboral de la sociedad receptora. Durante la década de 1970, uno de cada cuatro dominicanos que emigraba a Estados Unidos era obrero, específicamente operario, y tres de cada cincuenta habían tenido una carrera profesional o técnica. Además, era probable que menos de uno de cada dos hubiera tenido una ocupación al momento de emigrar. Durante la década de 1980, el patrón cambió, ya que muchos más, en particular hombres, informaron haber tenido una ocupación antes de partir. Si bien los pertenecientes a la clase obrera continuaron predominando en el flujo migratorio por un margen muy amplio, durante esa década el número de profesionales y técnicos superó al de los años 70. Los datos reflejan que durante la década de 1980 más de uno de cada dos varones dominicanos había tenido una ocupación antes de emigrar, y menos de una de cada dos en el caso de las mujeres. De manera similar, de cada 25 hombres, 2 probablemente habían tenido capacitación profesional o técnica, y aproximadamente 9 pudieran haber laborado como operarios. De cada 14 mujeres inmigrantes, una reportó tener una carrera profesional o técnica, y una de cada 8 se identificó como operaria, según The Newest New Yorkers, «An Analysis of Immigration into New York City During the 1980s» (1992), del Departamento de Planificación Urbana. Los datos solo incluyeron a los dominicanos que tenían entre 16 y 64 años, y los que no reportaron una ocupación se subdividieron en estudiantes, desempleados y amas de casa.2
2 Estas cifras surgen de los siguientes datos: Durante la década de 1970, menos del 50 % de los dominicanos reportaron tener una ocupación antes de migrar a Estados Unidos. Las cifras dadas por los informes anuales del INS fueron 46.8 % en 1970, 36.5 % en 1973, 35.7 % en 1974, 29.3 % en 1975, 28 % en 1976 y 35.4 % en 1977. En 1982, de 17,451 de los dominicanos admitidos, solo 6,216 reportaron haber tenido una ocupación antes de migrar a Estados Unidos. Los que no declararon una ocupación antes de la migración incluía amas de casa, niños y otros.
Distribución de trabajadores dominicanos
La distribución industrial comparada para las décadas de 1980 y 1990 de unos pocos grupos étnicos prominentes en la ciudad de Nueva York3 sugeriría que en ambas décadas los dominicanos ocuparon, con amplio margen, el porcentaje más alto de empleos en la industria manufacturera (ver tabla 11). En 1990, el 25.7 % de los dominicanos de dieciséis años o más trabajaban en ese sector. Durante el mismo año, el porcentaje para los hispanos, incluidos los puertorriqueños, fue de 18.6; para los blancos no hispanos, 10.9; y para los negros no hispanos, 8.2. En comparación con 1980, en 1990 los dominicanos redujeron considerablemente su participación en la industria manufacturera. Se puede decir que la reducción, relacionada con el cambio general que comenzó en la década de 1950 y que ha llevado a una economía transformada, tuvo un impacto desproporcionado en los trabajadores dominicanos, que perdieron casi la mitad de los puestos que habían ocupado; su participación en la fuerza laboral se redujo del 48.6 % al 25.7 %.
TABLA 11. Distribución industrial de la fuerza laboral en la ciudad de Nueva York de 1979 a 1989 (personas de 16 años o más).
Fuente: Hernández, Rivera-Batiz y Agodini, 1995:43. Uso autorizado.
3 Por conveniencia, aquí analizamos a los dominicanos en comparación con otros hispanos, no hispanos blancos, no hispanos negros y la ciudad de Nueva York en general.
La drástica pérdida de empleos manufactureros entre los dominicanos se debió a una decadencia sectorial y a la incapacidad del mercado para recuperar trabajadores después de su transformación. Desde la década de 1950, ese sector ha reducido su potencial de empleos, y la creación de nuevos puestos por parte de la industria no ha alterado esa tendencia. La manufactura experimentó cambios que disminuyeron la necesidad de mano de obra. Surgieron miles de pequeñas empresas en toda la ciudad de Nueva York y Long Island que no ofrecían productos estandarizados al público en general. Estas nuevas empresas, orientadas al cliente, atienden las necesidades específicas, en un rango que abarca desde la electrónica (particularmente para la industria de defensa) hasta la confección de ropas y muebles, y absorben apenas una reducida fracción de la fuerza de trabajo total de la ciudad (O’Neill y Moss, 1991: 10).
Muchas de las nuevas industrias no requieren una gran cantidad de mano de obra. Por lo general producen para una clientela selecta, cuyo principal requisito es la calidad, no la cantidad. Además, su producción se organiza en torno al «capital intelectual», es decir, la combinación de «patentes, procesos, habilidades de gestión, tecnologías, información sobre clientes y proveedores y experiencia anticuada», tal como lo definen Hugh O’Neill y Mitchell L. Moss (1991: 9). Si bien estas industrias podrían beneficiarse de un uso intensivo de mano de obra más que de capital, su nivel de producción es de escala reducida. Su producción sigue vinculada a una fuerza laboral que no puede ser completamente no calificada. La industria de la confección, por ejemplo, el área más grande dentro de la manufactura, es la que absorbe la mayor cantidad de trabajadores dominicanos. Sin embargo, no logró ampliar la cantidad de empleos aunque sí respondió a la demanda local transformándose en pequeños comercios orientados a la producción de ropa fina y costosa para clientes exclusivos. De 1984 a 1987, la industria del vestido perdió el 12.5 % de su participación en el mercado laboral sin compensar la pérdida de empleo durante el período (Departamento de Planificación Urbana 1991: 44). En la década de 1980, los dominicanos comenzaron a trasladarse al sector servicios, como lo demuestra su creciente participación en el comercio y los servicios profesionales (ver tabla 11). En relación con los otros grupos étnicos, los dominicanos tenían el porcentaje más alto de personas empleadas en el comercio en 1990, equivalente a 27.6
%, en comparación con el 17.9 % para los blancos no hispanos, el 14.1 % para los negros no hispanos y el 22.5 % para los hispanos en general. El área de comercio en la que encuentran empleo con mayor frecuencia tiende a ser el minorista, sobre todo restaurantes, bares, bodegas y tiendas de ropa, calzado y accesorios.
El movimiento de dominicanos hacia el sector servicios no ha compensado en modo alguno la pérdida de puestos de trabajo en la industria manufacturera. Por el contrario, ha implicado un aumento del desempleo junto con una reducción de las tasas de participación de la fuerza laboral. En la práctica, parecería que se enfrentan a un mercado laboral en declive, con una inserción solo moderada en las áreas menos espaciosas del otro mercado laboral, es decir, en áreas caracterizadas por un crecimiento lento o negativo. Si bien los dominicanos han aumentado su tasa de participación en el sector servicios, esta no solo es cuantitativamente limitada, sino que también se da en los espacios menos dinámicos de ese renglón. El crecimiento ha sido sustancial dentro de las industrias FIRE (finanzas, seguros, bienes raíces), así como en los puestos gubernamentales, pero no en el comercio o las industrias TCPU (transporte, comunicaciones y servicios públicos), que son mercados laborales del sector de servicios donde su presencia ha aumentado moderadamente (ver gráfico 4). El comercio y las TCPU en general sufrieron una pérdida absoluta de empleos en los años 1980. En comparación con los otros grupos étnicos, los dominicanos tenían la representación más baja en las industrias FIRE, así como en los empleos de la administración pública en 1990 (ver tabla 12).
Ocupaciones e ingresos
La distribución ocupacional actual entre los dominicanos, según el censo de 1990, indica que están muy subrepresentados en las categorías profesionales y gerenciales. Solo el 9.6 % se encontraba en puestos profesionales y directivos en 1990, en comparación con los blancos no hispanos, 38.5 %; negros no hispanos, 19,6 %; y los hispanos, 13.9 % (tabla 12). Los trabajadores dominicanos también ocupan la mayor proporción de empleos manuales y no calificados (obreros y operarios), lo que muestra claramente una sobrerrepresentación en ese rango ocupacional.
Torres-Saillant / Ramona Hernández
GRÁFICO 4. Ciudad de Nueva York, industria de distribución. Construcción
Comercio minorista
%
Finanzas, seguros, bienes raíces, o inmuebles
Transporte, comunicaciones y servicios públicos 9.0 %
Fuente: Departamento de Planificación Urbana, 1993: 4.
Transporte, comunicaciones y servicios públicos 6.3 %
Comercio mayorista 6.1 %
Finanzas, seguros, bienes raíces, o inmuebles
Sector Industrial
Sector de servicios
Silvio
TABLA 12. Distribución ocupacional de la fuerza laboral en la ciudad de Nueva York: cuatro grupos (personas de 16 años o más).
Ocupación
Fuente: Hernández, Rivera-Batiz y Agodini, 1995: 37. Uso autorizado.
Sin embargo, aunque en 1990 los dominicanos seguían estando sobrerrepresentados en los empleos de obreros de la manufactura, caracterizada esta por la precariedad, las cifras muestran que durante los años 80 también perdieron una sólida participación del 15.9 % en ese mercado laboral (tabla 13). Aparte de su modesto aumento del 7.3 % de 1980 a 1990 en los empleos administrativos medios y bajos (técnicos, vendedores y administrativos), no obtuvieron ganancias significativas en las categorías ocupacionales más altas del sector servicios. En resumen, su pérdida de participación en la manufactura, combinada con su modesto avance en los servicios durante la década de 1980, pinta un panorama desfavorable de los dominicanos en el mercado laboral estadounidense, asumiendo que la ciudad de Nueva York pueda servir como fundamento para hacer esa evaluación.
Los datos sobre la distribución de los ingresos muestran que, en 1990, en comparación con los otros grupos étnicos, a los dominicanos les fue mal. De manera similar, durante la década de 1980, la brecha salarial entre los dominicanos y los que ganaban más (los «blancos» no hispanos) se hizo más amplia. Una vez ajustado teniendo en cuenta el índice de inflación, el salario anual promedio de los varones dominicanos en 1989 era de 15,139 dólares; los blancos no hispanos ganaban 36,272; los negros no hispanos, 20,707 y los hispanos, 18,540 dólares. En 1989, el salario anual de los varones dominicanos aumentó
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
modestamente, pero la brecha entre ellos y los trabajadores varones blancos no hispanos se amplió de manera considerable (ver la tabla 14), por cada dólar ganado por los hombres blancos no hispanos, los dominicanos obtenían solo 48.7 centavos, lo que bajó a 41.7 en 1989. En 1979, el hombre dominicano promedio ganaba 78 centavos por cada dólar ganado por el hombre hispano promedio. En 1989 la brecha se cerró levemente cuando sus ingresos aumentaron en 3 centavos. La reducción de esa brecha, sin embargo, no correspondió a una mejoría para los hombres dominicanos, sino que los ingresos anuales de los hombres hispanos, en comparación con el resto de los demás trabajadores varones, experimentó el aumento más bajo: 3.5 % entre 1979 y 1989.
TABLA 13. Distribución ocupacional de la fuerza laboral en la ciudad de Nueva York: dos grupos (personas de 16 años y más).
Ocupación
Fuente: Hernández, Rivera-Batiz y Agodini, 1995: 38. Uso autorizado.
Las mujeres dominicanas, por su parte, también exhiben salarios más bajos en comparación con otras mujeres de la ciudad. En 1989, el ingreso anual promedio de una mujer dominicana era de $11,371, mientras que la mujer blanca no hispana, en promedio, ganaba $23,521; una mujer negra no hispana, $18,695; y una mujer hispana, $14,553. Ese año el salario había aumentado de $10,007 a $11,371, un cambio demasiado modesto en comparación con el de las mujeres blancas no hispanas, cuyo salario promedio pasó de $17,411 a $23,521 (tabla 14). En 1979, una mujer dominicana ganaba 57.4 centavos por cada dólar devengado por una mujer blanca no hispana, y esta brecha se había ampliado
en 1989, cuando sus ingresos ascendieron a 48.3 centavos con respecto a su similar blanca.
TABLA 14. Diferencia en los ingresos anuales en la ciudad de New York de 1979 a 1989 (personas empleadas con 16 años o mayores).
Grupo poblacional
Fuente: Tomado de Hernández, Rivera-Batiz, y Agodini, 1995:31.
Empleo, desempleo, resultados
Los hombres dominicanos en 1990 tenían una participación en la fuerza laboral del 73.1 %, la tasa más alta en relación con la de otros grupos étnicos. Por su lado, las mujeres dominicanas tenían un grado casi similar en comparación con las demás mujeres hispanas: 49.1 % y 49.2 %, respectivamente. En general, durante la década de 1980, las tasas de participación en la fuerza laboral de hombres y mujeres dominicanos se vieron afectadas negativamente (ver tabla 15). En 1990 los hombres dominicanos, en relación con los otros grupos étnicos, fueron los únicos que experimentaron una disminución del 2.5 % en su tasa de participación en la fuerza laboral. En comparación con
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
1980, las mujeres dominicanas tuvieron un ligero aumento del 1.8 %, pero ese aumento estuvo muy por detrás del de las mujeres de otros grupos étnicos, los cuales oscilaron entre el 5.8 % y el 8.3 %. En 1980 las mujeres dominicanas tenían una tasa de participación en la fuerza laboral más alta (47.3 %) que las hispanas en general (41.2 %), pero en 1990 la brecha se cerró y fue superada por las mujeres hispanas, que pasaron al 49.2 %. De manera similar, mientras que en 1980 las mujeres dominicanas casi igualaban las tasas de participación en la fuerza laboral de las mujeres en general en la ciudad (47.3 % para las dominicanas y 47.8 % para las demás mujeres de la ciudad de Nueva York), en 1990 se quedaron atrás en un 5.5 %. Al mismo tiempo, de 1980 a 1990, el desempleo aumentó entre ellas, de 9.5 % a 18.4 %. Aumentó solo un 1 % para las mujeres negras no hispanas y un 1.5 % para otras mujeres de Nueva York.
TABLA 15. Tasas de participación en la fuerza laboral, ciudad de New York, de 1980 a 1990 (personas con 16 años o mayores).
Fuente: Tomado de Hernández, Rivera-Batiz, y Agodini, 1995:31.
Educación y patrones residenciales
Los datos anteriores podrían explicar en parte los pobres resultados del mercado laboral entre los trabajadores dominicanos. Hay evidencia de que tienen un bajo nivel educativo, una alta proporción de obreros y no calificados, y un dominio limitado del inglés. También tienden a residir casi exclusivamente en zonas urbanas. Su subrepresentación en ocupaciones administrativas
Masculino Femenino
superiores concuerda con el bajo nivel educativo. Además, su dominio limitado del inglés (Limited English Proficiency, LEP) afecta su probabilidad de pasar a empleos administrativos de niveles medios y bajos, así como al sector público. En 1990, la mayoría de los que contaban 25 años o más no habían completado la escuela secundaria (ver tabla 16), lo cual representaba el 52.3 % con respecto al resto de la misma edad. En comparación con los otros grupos, evidenciaban la representación más pequeña de los que habían completado la universidad o más. Solo el 8 % había terminado la universidad u otros estudios, en comparación con el 29.9 % de la población general de la ciudad, el 41.6 % de los blancos no hispanos, el 15.6 % de los negros no hispanos y el 10.9 % de los hispanos. En 1980, el 72 % de los dominicanos de 25 años o más no habían completado la educación secundaria; en 1990, este total se redujo al 52.2 %.
TABLA 16. Nivel educativo de la población en la ciudad de New York, 1990 (Personas con 25 años o mayores).
Grupo poblacional
Porcentaje de la población que completa
Fuente: Hernández, Rivera-Batiz, y Agodini, 1995:31.
Podría decirse que los patrones residenciales también habrían afectado los resultados de los trabajadores dominicanos en el mercado laboral. Como se indicó anteriormente, la mayoría viven en la ciudad de Nueva York. Aunque su porcentaje en esta ciudad ha ido disminuyendo desde la década de 1970, debido a su progresiva expansión a otras ciudades vecinas, en 1990 el
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65.1 % de los dominicanos en Estados Unidos afirmaron que esta ciudad era su hogar. Esto es importante, porque el crecimiento del empleo, sobre todo los empleos manuales y de servicios poco calificados, fue mayor en los suburbios y sus áreas intermedias y exteriores, distantes de los asentamientos dominicanos. «Entre 1978 y 1989, por ejemplo, el empleo en el comercio minorista de comestibles en los suburbios de Nueva York y Nueva Jersey aumentó en un 25 %. Pero en los distritos exteriores de Nueva York aumentó en menos del 1 por ciento» (O’Neill y Moss, 1991: 57). De igual manera, mientras que el empleo mayorista en Manhattan sufrió una pérdida absoluta de 27,300 puestos de trabajo, los suburbios del anillo exterior lograron una ganancia absoluta de 28,100 puestos mayoristas (1991: 52). El hecho de que más del 20 % de los hogares dominicanos no tuvieran teléfono en 1990, más el alto costo del transporte público hacia y desde estas zonas, deben haber contribuido a su aislamiento.
El desplazamiento de la economía de la industria manufacturera a los servicios y la creciente pérdida de empleos asalariados y no calificados bien remunerados tuvieron un efecto devastador en los trabajadores dominicanos que, debido a su capacitación previa o a la falta de ella, dependían de esos puestos. Durante la década de 1980, por ejemplo, la República Dominicana superó a todas las demás naciones caribeñas en la proporción de trabajadores manuales no calificados que enviaba a la ciudad de Nueva York. De 1982 a 1989, el 36.6 % fueron clasificados como operarios y obreros. La proporción correspondiente para toda la región del Caribe, excluida la República Dominicana, fue de 21.4 %, como lo muestran las cifras proporcionadas por el Departamento de Planificación Urbana (1992: 69-70).
La tasa de participación en la fuerza laboral entre los dominicanos fue relativamente alta durante la década de 1970, debido quizás al volumen de su migración y a la necesidad momentánea de trabajadores causada por los cambios socioeconómicos que estaban teniendo lugar en el sector manufacturero. Hubo una variación considerable en la admisión media anual de 1966 a 1985: 12,579 en la primera década (1966 a 1975) y 18,316 en la segunda (1976 a 1985). Su constante y creciente migración, combinada con la llegada de otros grupos que se sintieron atraídos por las mismas opciones de empleo, probablemente saturó sus mercados laborales naturales, que se han visto cada vez más mermados a la luz de la transformación económica de la ciudad. En resumen, los
inmigrantes dominicanos enfrentan serios desafíos socioeconómicos como resultado de la reestructuración económica de la sociedad receptora.
Los dominicanos en los negocios
A pesar de la precariedad del perfil socioeconómico de su comunidad, los dominicanos han establecido su presencia en la actividad comercial. Los barrios predominantemente dominicanos muestran áreas comerciales activas, compuestas por negocios minoristas que brindan servicios y bienes en especial a los residentes de la comunidad. En Washington Heights/Inwood, las tiendas de su propiedad o manejadas por ellos se destacan como uno de los fenómenos económicos más importantes de la zona. Signos y símbolos nacionales, como la bandera, figuras históricas veneradas, nombres de batallas, provincias y pueblos, adornan los innumerables escaparates a lo largo de las avenidas Broadway, Saint Nicholas, Audubon y Amsterdam en el norte de Manhattan. Los estudiosos de la migración dominicana han destacado el surgimiento de esta comunidad como un importante grupo empresarial. Han celebrado ese espíritu emprendedor, y los describen como un pueblo astuto que creó alternativas de negocios, desde tiendas de comestibles hasta la producción de prendas de vestir, para escapar del desempleo o de empleos sin futuro y mal remunerados en el mercado laboral secundario. Al describir sus impresiones sobre los dominicanos en Washington Heights, Linda Chávez, autora de Out of the Barrio, señala: «Las vibrantes áreas comerciales, incluso la manera en que la gente se movía en la calle, eran clara expresión de la vitalidad del vecindario» (Chávez, 1990: 152). Una periodista de Nueva York también dejó constancia de su impresión favorable sobre el número de empresas en Washington Heights presumiblemente propiedad de dominicanos. Saludó su éxito económico en un artículo cuyo tono queda evidenciado en el título: «Para los inmigrantes dominicanos, el sueño americano sigue vivo» (Junco, 1997: 4).
La mayoría de los empresarios dominicanos aprenden sus habilidades comerciales mientras trabajan en enclaves económicos étnicos. Un enclave económico étnico, tal como lo definieron Alejandro Portes y Robert Bach en un estudio sobre cubanos y mexicanos en Estados Unidos (1985), es un conglomerado de empresas de cualquier tamaño cuyos propietarios y administradores son miembros de una minoría cultural o nacional diferenciada. A menudo, el
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
capital inicial para abrir una pequeña empresa es generado por prestamistas dominicanos que no exigen a los prestatarios ninguna documentación legal o formal como garantía del dinero. También se puede obtener capital de familiares y amigos interesados en hacer negocios y querer invertir sus ahorros. En general, el sector empresarial se convierte en una fuente de empleo para los empresarios y otros miembros de grupos étnicos minoritarios, lo que compensa en gran medida a aquellos con empleos sin futuro y mal remunerados en el mercado laboral secundario.
Es digno de mención el papel de los dominicanos en el reciente aumento de los supermercados independientes que atienden al comercio minorista del centro de las ciudades en Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut. Según declaraciones de Pablo Espinal, presidente de la Asociación Nacional de Supermercados (NSA) en 1995, con una membresía de 400 propietarios independientes, su directiva es dominicana. Tiendas como C-Town, Bravo, Associated, Super Food, Pioneer, Compare Food, Fine Fare y Clarimar, entre otras, son afiliadas a la NSA. En un artículo insertado en una revista publicada con motivo de su banquete de gala, el 11 de noviembre de 1995, el vicepresidente de la

Jóvenes dominicanos jugando al aire libre. ©Josefina Báez.
NSA, Mariano Díaz, ofreció datos útiles acerca de la organización. Explicó que empresarios como él y los demás miembros de la NSA se apresuraron a llenar el vacío creado por la huida de las cadenas estadounidenses de los guetos de la América urbana décadas atrás. Díaz le da crédito a los mayoristas de alimentos independientes, en particular a su propio proveedor, Krasdale Foods, por brindar el vital apoyo económico inicial que ha hecho posible el éxito de muchos miembros de la NSA. En sus palabras: «Este es el ejemplo más notable de una gran corporación que fomenta el espíritu empresarial» (Díaz, 1995: páginas sin numerar). Afirma que la NSA ha contribuido a revitalizar áreas de la ciudad de Nueva York como Harlem, el sur del Bronx, el este de Nueva York y Williamsburg, que se habían convertido en símbolos de la decadencia urbana. Sostiene que «junto con las tiendas de comestibles verdes coreanas, hemos reinventado el comercio minorista en el centro de la ciudad. Hemos revitalizado cientos de zonas comerciales deterioradas [...]. En el proceso, hemos creado miles de puestos de trabajo para los residentes de la comunidad» (Díaz, 1995).
La mayoría de los emprendimientos económicos dominicanos se concentran en los sectores de servicios y manufactura. El área de servicio podría dividirse en tres categorías: (1) actividades comerciales que van desde aquellas que involucran a vendedores de alimentos (tiendas de comestibles, dueños de supermercados y de restaurantes étnicos) hasta las que administran grandes almacenes (ropa, zapatos, electrodomésticos, etc.); (2) servicios personales y comerciales (salones de belleza, agencias de seguros, servicios de automóviles, agencias de viajes y servicios legales profesionales); y (3) empresas financieras (un banco y una variedad de agencias de transferencia de dinero). Además de su diversidad, algunas actividades reflejan un alto nivel de participación de mercado. Un estudio etnográfico entre propietarios de negocios arrojó que alrededor del 70 % de las bodegas (tiendas de comestibles) en la ciudad de Nueva York, con ventas anuales estimadas en $1.8 mil millones, eran propiedad de dominicanos (Portes y Guarnizo, 1991: 11).
Las empresas manufactureras entre los dominicanos comenzaron a principios de los años 70, y las actividades del sector de servicios se expandieron una década después. La diferencia en cuanto al tiempo se explica por el tipo de clientela a la que se orientan. Por ejemplo, a diferencia de la manufactura, las empresas de servicios requieren de un gran grupo de consumidores, y la numerosa y constante afluencia de dominicanos en esos años y siguientes
condujo a la formación de una clientela cuyos patrones de consumo dieron origen al surgimiento de varias empresas de pequeña escala que atendían a la emergente comunidad. Las incursiones en el sector manufacturero ocurrieron de manera diferente. La producción de prendas de vestir comenzó como fábricas subcontratadas, que son centros que trabajan para grandes empresas manufactureras insertas en la economía y en el espectro de consumo más amplio. La mayoría de esas empresas están ubicadas fuera de los límites de los barrios dominicanos. Un estudio etnográfico sobre la propiedad entre los dominicanos en Washington Heights encontró que la edad promedio de una empresa manufacturera era de 17.4 años; las del sector servicios tenían una edad promedio de 5.8 años en el negocio (Guarnizo, 1993: 205). El mismo estudio estableció que las manufactureras suelen tener un promedio de 27 trabajadores, mientras que las del sector servicios emplean un promedio de 20.5 (1993: 257).
En general, la investigación etnográfica entre empresarios dominicanos ha llevado a dos puntos de vista opuestos: Unos analistas perciben sus negocios como una estrategia de supervivencia, es decir, que se ha desarrollado un sector empresarial en respuesta al desempleo y a los empleos sin futuro y mal remunerados, pero no representa más que un mecanismo de supervivencia para un proletariado próspero (Waldinger, 1986: 166). Otros analistas los perciben como un enclave económico impresionante, parecido a la etapa inicial del capitalismo cubano en Miami. Los defensores de este punto de vista sostienen que dicha economía de enclave se replica en el país de origen (Portes y Guarnizo, 1991). La teoría del enclave se basa en la diversidad y el tamaño del sector empresarial dominicano.
¿Quiénes son los dueños del negocio?
Las empresas dominicanas son, desproporcionadamente, propiedad de hombres. Luis Guarnizo, que estudió esas empresas en Nueva York y en la República Dominicana, encontró que de cada cinco propietarios solo uno era mujer (Guarnizo, 1993). El propietario promedio es un hombre casado, de mediana edad, nacido en la República Dominicana. Las mujeres empresarias están en gran medida subrepresentadas en el sector manufacturero; la mayoría posee pequeñas empresas en el sector servicios, como salones de belleza
y venta de alimentos. Estas actividades requieren una inversión inicial de baja escala, lo que las hace muy susceptibles a la competencia. El grueso de las mujeres que participan en la industria manufacturera posee pequeños centros de producción, a menudo ubicados en sus propios hogares. Estas operaciones, por lo general informales y que implican principalmente trabajos de costura, tienen en promedio entre uno (la propia dueña) y cinco trabajadores, a quienes se les paga a destajo. Suelen ser subcontratados a fábricas más grandes de propiedad dominicana ubicadas en el distrito textil de la ciudad. El primer estudio importante que examinó esas empresas en la industria de la confección encontró que, en promedio, los propietarios dominicanos provenían de un entorno rural y habían alcanzado 9.9 años de educación (Waldinger, 1986: 176). Sin embargo, Guarnizo observó posteriormente que «los empresarios dominicanos entrevistados poseen niveles impresionantes de educación formal. Un tercio había terminado la universidad o estudios de posgrado» (Guarnizo, 1993: 121-22). Muchos inmigrantes dominicanos que se dedican a los negocios son profesionales (médicos, dentistas, ingenieros y abogados) que han tenido que salirse de sus áreas de especialización para perseguir sus objetivos económicos.
Evaluación del sector empresarial
La reestructuración de la ciudad en las últimas tres décadas creó las condiciones para el emprendimiento dominicano. Los cambios estructurales en la industria manufacturera ofrecieron oportunidades para los capitalistas inmigrantes. Desde la década de 1920 hasta la de 1950, la ciudad de Nueva York estuvo repleta de fábricas y albergó la mayor producción de prendas de vestir del país. Sin embargo, en los años siguientes, tres acontecimientos interconectados cambiarían la naturaleza de esta industria. Primero, durante la década de 1950, tratando de reducir el costo de la mano de obra, que era alto según los estándares internacionales debido a la organización laboral, las empresas manufactureras comenzaron a abandonar la ciudad en busca de condiciones más rentables. En segundo lugar, los judíos e italianos, que habían controlado la mayor parte de la producción manufacturera en la ciudad, se fueron retirando del negocio. Sus hijos, que ya habían adquirido las herramientas adecuadas para ocupar puestos administrativos, no optaron
por seguir los pasos de sus padres. Y, en tercer lugar, la propia producción de prendas de vestir cambió de manera considerable hacia la fabricación de mercancías no estandarizadas y de moda. Como resultado de estos cambios, la producción de prendas de vestir tendió a depender en gran medida de un gran contingente de trabajadores baratos, lo que redujo la necesidad de tecnología sofisticada. Estos factores, combinados con una mayor disponibilidad de espacio para las fábricas, que deprimió el costo del alquiler, hicieron económicamente asequible para los inmigrantes menos ricos aventurarse en la manufactura (Waldinger, 1986).
Si bien las causas estructurales cambiaron la naturaleza de la producción textil, los cambios demográficos ocurridos después de 1965 alteraron el equilibrio étnico de la ciudad, con la aparición de nuevos grupos con necesidades e intereses específicos. Y, en efecto, la creciente afluencia de inmigrantes, en particular del Tercer Mundo, afectó la composición étnica y generó una abundante oferta de trabajadores baratos, ansiosos y listos para trabajar, y cuyas necesidades debían ser satisfechas. La tendencia de los inmigrantes a establecerse en comunidades formadas por personas que comparten su origen cultural llevó a la formación de determinados distritos diferenciados. Su alta concentración en barrios a menudo superpoblados; sus gustos «extranjeros», que las empresas existentes no estaban preparadas para atender; su necesidad de servicios personales básicos; y su deseo de tratar con su propio pueblo en el idioma común, estimularon el surgimiento de empresas étnicas. Ese flujo continuo de inmigrantes también permitió a los capitalistas inmigrantes contar con abundante reserva de trabajadores baratos, de su propio origen, para alimentar sus florecientes actividades económicas. La combinación de la abundancia de mano de obra barata, el costo reducido para abrir un negocio y la disposición de las propias comunidades de inmigrantes para apoyar los esfuerzos de su propio pueblo explican en gran medida la visibilidad de los dominicanos en el sector empresarial. Muchos académicos los ven prosperar como resultado de su presencia en el sector empresarial. Sin embargo, el censo estadounidense de 1990 informó que solo el 7 % de los que residen en la ciudad de Nueva York se clasificaron como trabajadores por cuenta propia. El bajo porcentaje reflejado por los datos del censo sugiere que el volumen de empresas entre los dominicanos es menor de lo que revela la observación empírica o que una buena parte de ellas
simplemente operan dentro de canales informales. Ninguno de los estudios etnográficos ha medido hasta ahora la tasa de fracaso entre los empresarios dominicanos ni el impacto de la clase empresarial en el bienestar material de su comunidad. Quizás se podría explorar si las actividades de los propietarios de pequeñas empresas producen un margen de ganancia (tanto en ingresos como en beneficios indirectos) lo suficientemente grande como para diferenciarlos del trabajador dominicano promedio. Una pregunta que vale la pena plantearse es si resulta probable que el espíritu empresarial conduzca a una acumulación, diversificación y expansión efectivas de capital al superar las limitaciones impuestas por la pobreza generalizada de la comunidad que constituye su clientela principal. Estos son, en todo caso, algunos de los obstáculos que se presentan a las aspiraciones del sector empresarial dominicano. Aún no está del todo claro si esos capitalistas seguirán el camino exitoso recorrido por los cubanos o el papel menos glamoroso asumido por las empresas puertorriqueñas. Cuando la revista mensual Hispanic Business dedicó su artículo principal en la edición de marzo de 1997 a las personas o familias hispanas cuya riqueza había alcanzado al menos los 25 millones de dólares, solo un dominicano, el célebre diseñador Oscar de la Renta, fue incluido en esa «lista de ricos». En ella también figuraban siete puertorriqueños y treinta y dos cubanos. Independientemente de que estas proporciones sigan siendo las mismas entre los ricos o no, solo podemos esperar que sean más favorables entre los pequeños empresarios que luchan por conseguir una porción, aunque sea pequeña, del pastel estadounidense.
Asociaciones voluntarias
Los orígenes de las asociaciones voluntarias entre dominicanos se remontan a 1945, cuando menos de 10,000 vivían en los Estados Unidos. En ese momento, la mayoría de ellos formaban asociaciones voluntarias «expresivas» o «afectivas», muchas de las cuales no buscaban incorporarse legalmente en el Estado. Comenzaron como redes de amigos, conocidos y familiares. La mayoría de las investigaciones etnográficas indican que estas organizaciones, definidas como recreativas y sociales, se centraban al principio en la celebración de actividades familiares (bodas, cumpleaños y eventos similares). Alrededor de 1962, cambiaron en algo su interés al abarcar
preocupaciones cívicas y culturales, como la conmemoración de fechas históricas. Sin embargo, investigaciones recientes han comenzado a revelar la naturaleza política de algunas de las primeras asociaciones, que aparentemente solo tenían fines recreativos o sociales. Doña Carmen Bartolí, mujer activa en algunas de las asociaciones de voluntarios de la comunidad en Washington Heights, llegó a la ciudad de Nueva York en 1945. Fue testigo del desarrollo de algunos de estos grupos, particularmente alrededor de Broadway, entre las calles 136 y 137, un área que identifica como un foco activo de la política dominicana durante las décadas de 1940 y 1950. Algunos de estos grupos habían sido organizados por personas como Carlitos Suero quien, después de su exilio en Cuba, había venido a la ciudad de Nueva York para promover la oposición al régimen de Trujillo. Si bien algunas de las organizaciones incluían opositores declarados al dictador, otras, formadas a finales de 1961, se unieron por sus sentimientos pro-Trujillo después de su asesinato.
Los dos centros formales más antiguos que aún existen integrados por voluntarios se remontan a la década de 1960. El primero, el Centro Cívico Cultural Dominicano, fundado el 14 de diciembre de 1962, y el segundo, el Club Juan Pablo Duarte, el 27 de febrero de 1966. En 1989, por sugerencia del presidente Joaquín Balaguer, el Club Juan Pablo Duarte cambió de nombre por el de Instituto Duartiano. Los miembros sintieron que la palabra «club» podría dar una idea equivocada acerca de la seriedad de la asociación, cuyo epónimo, Juan Pablo Duarte, es el venerado padre fundador de la nación. Durante la década de 1960, los dominicanos formaron cerca de una docena de asociaciones voluntarias, y en la década de 1970, con la gran afluencia de nuevos inmigrantes, este número se había multiplicado por tres. Un estudio pionero sobre estas asociaciones voluntarias encontró que en 1978 solo en Washington Heights existían 36 (Sassen-Koob, 1987). La mayoría eran simplemente clubes sociales, pero ya en 1974 existían otras, como el Centro Dominicano de Orientación y Asistencia Social, que fue financiado al inicio con una subvención de la Iglesia Episcopal para brindar servicios en las áreas de inmigración, educación y asesoramiento. Diego Delgado, su director, contaba con un personal mayoritariamente voluntario. Esperaba en ese momento «desarrollar un proyecto piloto para obtener más conocimientos sobre los problemas de los recién llegados dominicanos con el fin de mejorar su condición inhumana» (De Rege, 1974: 8).
En muchos aspectos, el centro dirigido por Delgado es un antecesor de muchas de las conocidas agencias comunitarias de servicio directo que atienden a los dominicanos en Nueva York, incluida Alianza Dominicana, que se destacó en la década de 1990 como una organización vigorosa con notable experiencia en recaudación de fondos, así como en la obtención de apoyo a nivel de gobierno municipal, estatal y federal. Alianza brinda asistencia a sus clientes en servicios para jóvenes, prevención del abuso de sustancias, recreación, capacitación laboral, educación y servicios familiares. Considerada la más fuerte de las agencias de servicios directos dirigidas por dominicanos en Nueva York, comenzó en la década de 1980, cuando se intensificó la formación de asociaciones voluntarias. A mediados de esa década, su número había aumentado a noventa solo en Washington Heights (Georges, 1984; Sainz, 1990).
Con el paso del tiempo, los dominicanos comenzaron a formar cada vez más asociaciones «instrumentales», como Alianza Dominicana. Por lo general definidas como no recreativas, no expresivas y orientadas a objetivos, se centraban en la autoayuda y la defensoría. Asociaciones Dominicanas, fundada en febrero de 1974, y la Asociación Comunal de Dominicanos Progresistas, creada el 31 de marzo de 1980, estuvieron entre las más destacadas dentro del nuevo tipo de asociación voluntaria. Surgieron para abordar los obstáculos al progreso socioeconómico en la ciudad de Nueva York. Asociaciones Dominicanas originalmente pretendía convertirse en una federación que agrupara las demás asociaciones voluntarias de la ciudad, pues sus dirigentes entendían que una federación les permitiría abordar con eficacia las cuestiones que les preocupaban. Sin embargo, pronto quedó claro que para apoyar a la comunidad en cuanto a mejores empleos, educación y empoderamiento político, se necesitaba apoyo financiero, lo que provocó que cambiara su orientación hacia el servicio directo. El hecho de que algunos de los miembros fueran profesionales con experiencia en el trato con agencias de la ciudad y que otros fueran estudiantes universitarios, facilitó la transición y la adquisición de financiamiento público.
De igual manera, la Asociación Comunal de Dominicanos Progresistas nació con el propósito de organizar a sus compatriotas para luchar por mejores instituciones sociales (escuelas, vivienda, dispensarios médicos) y el empoderamiento comunitario en general. Sus fundadores eran todos jóvenes que habían llegado a los Estados Unidos en su adolescencia, se educaron en
escuelas y universidades estadounidenses y aprendieron sobre las luchas por los derechos civiles emprendidas por puertorriqueños y afroamericanos. En su declaración de principios, el grupo identificó a los dominicanos como una «minoría nacional». Afirmaron que ellos no eran visitantes transitorios, sino inmigrantes permanentes, y que sus preocupaciones debían definirse en torno a sus necesidades y aspiraciones en el país anfitrión (Sainz, 1990). Además de la organización comunitaria, los líderes entendieron que la asociación necesitaba un componente orientado al servicio que les permitiera participar no solo en ayudar a los dominicanos en sus necesidades sociales, sino también en diseñar el modelo y la filosofía bajo las cuales brindar dicha ayuda.
Membresía y participación
No existe una forma establecida de determinar el tamaño de muchas de las asociaciones. Problemas como la falta de registros de asistencia, las fluctuaciones en el número de los que asisten a las reuniones y la presencia de personas que, aunque clasificadas como «amigos de la asociación», comparten algunas de las responsabilidades de los miembros, dificultan la evaluación numérica de los participantes. Una asociación puede tener tan solo 10 o hasta 250 miembros y sus eventos públicos pueden atraer la asistencia de varios cientos. Las que no son agencias de servicios a menudo exigen que sus miembros paguen cuotas. El monto oscila entre $25 y $60 dólares mensuales o anuales.
Por lo general se requiere que un aspirante a miembro complete un formulario de solicitud que trae preguntas sobre sus antecedentes, incluido el historial laboral y la fecha de llegada a los Estados Unidos. Los nuevos son recomendados o incorporados por otros miembros con buena reputación y se exige que pasen un período de prueba (la duración varía según la organización), durante el cual un comité de membresía observa el carácter y la interacción con los demás. Las asociaciones constituidas tienden a tener requisitos de admisión estrictos y sanciones severas para los que violan el código de conducta establecido. Estas organizaciones se protegen examinando de cerca a los solicitantes antes de otorgarles la membresía, y de manera más meticulosa a aquellos que han sido previamente expulsados de otra organización.
Dado que algunas de ellas, en la década de 1950, llevaban a cabo actividades políticas subversivas, la admisión era muy selectiva y restringida a
personas de ascendencia dominicana. Sin embargo, esta práctica ha cambiado a la luz de la rápida expansión de los dominicanos en la ciudad de Nueva York, su interrelación con otros grupos étnicos y sus vínculos interétnicos a través del matrimonio. Además, la segregación social fomentó en muchos de ellos una percepción de sí mismos como grupo minoritario que compartía la difícil situación de otras minorías. Ya en 1966, algunas asociaciones comenzaron a abrir sus puertas a miembros de otros grupos nacionales. En algunos casos, los no dominicanos no solo disfrutaban de derechos de membresía, sino que incluso figuraban entre los fundadores. El Club Deportivo Dominicano y el Centro Cultural Ballet Quisqueya fueron creados por dominicanos en 1966, pero desde sus inicios ambas organizaciones han admitido a personas que no eran dominicanas. El Club Juan Pablo Duarte, por su parte, comenzó con una junta fundadora de once miembros, incluido un puertorriqueño.
Las mujeres han desempeñado un papel de liderazgo en el desarrollo de asociaciones voluntarias entre dominicanos, sobre todo en las primeras etapas, cuando solo un puñado de ellos vivía en los Estados Unidos y cualquier institución comunitaria tenía que depender de personas de ambos sexos para prosperar. El nivel de participación de las mujeres ha oscilado desde un mínimo de 20 % en asociaciones deportivas hasta un máximo de 75 % en asociaciones más generales (Sainz, 1990). También han contribuido a atraer a las personas para formar asociaciones. Una de las mujeres activistas más conocidas es Ana Monción, quien ha trabajado en el Club Juan Pablo Duarte durante varias décadas. El Club Cívico Cultural Dominicano fue iniciado por doña Alfida, una mujer que sentía que había que promover la cultura dominicana en el país anfitrión. Creía que los dominicanos deberían hacer gala de su orgullo cultural y difundir su herencia entre otros grupos. El activismo de las mujeres es evidente, dado que muchas de las asociaciones, incluidas las agencias de servicios directos, dependen de voluntarias para realizar tareas importantes. Sin embargo, durante la década de 1980, se comenzaron a fomentar asociaciones voluntarias de género. Este importante avance surgió de la insatisfacción ante asociaciones voluntarias que no respondían a cuestiones relativas a la mujer en particular. Muchas sintieron que su talento estaba subutilizado y que solían ser relegadas a actividades como la cocina, el entretenimiento, la decoración y otras tareas tradicionalmente asociadas con el género femenino, pero que sus preocupaciones más profundas rara vez constituían temas de debate.
En 1983, un grupo de activistas se unió para formar la Asociación de Mujeres Dominicanas. La directiva estaba integrada por mujeres que habían abandonado las asociaciones voluntarias tradicionales. Eran jóvenes, y muchas tenían títulos de educación superior en universidades de Estados Unidos y República Dominicana. La asociación decidió concentrarse en aspectos de importancia específica para las mujeres, tanto en los Estados Unidos como en el país de origen. Luego surgieron otras organizaciones con el propósito expreso de abordar problemas que las afectaban en la sociedad receptora. Mirella Cruz, una de las fundadoras del Colectivo de Mujeres Dominicanas en 1986, consideró necesario separar las causas propias de la diáspora de las de su tierra natal. Ha argumentado que en República Dominicana estas se encontraban a la vanguardia en el ámbito organizativo. Allí han establecido su voz en los debates sobre la igualdad de derechos, así como en otras muchas preocupaciones sociales. Pero en Estados Unidos están rezagadas, «todavía lidiando con cuestiones tan básicas como exigir el derecho a la legitimidad o ganar aceptación como portavoces de la comunidad dominicana». De acuerdo con el advenimiento del activismo femenino, han surgido varias asociaciones voluntarias que atienden a ese tipo de electorado, incluido el Caucus de Mujeres Dominicanas, una organización cuyos miembros nacieron o han sido educadas en Estados Unidos. En la década de 1990, la comunidad albergaba organizaciones prósperas encabezadas por mujeres, como el Centro de Desarrollo de la Mujer Dominicana, posiblemente la primera agencia de servicios directos creada para atender sus necesidades.
Función social
Las asociaciones voluntarias se perciben como instituciones que podrían facilitar o dificultar el proceso de integración y socialización de un grupo de inmigrantes. Las primeras investigaciones llegaron a la conclusión de que, en comparación con otros grupos, los dominicanos tendían a formar un mayor número de asociaciones «afectivas» que las orientadas a objetivos. Las afectivas, consideradas resultado del sentimiento de desarraigo de un grupo de inmigrantes, son lugares de reunión para compartir la nostalgia por el país de origen. Se cree que hacen poco para promover una adaptación saludable a la sociedad receptora. Más bien estimulan la separación cultural, el aislacionismo
étnico, lo cual puede dañar el proceso de integración del inmigrante a la nueva tierra. Sin embargo, con posterioridad ha surgido un mayor número de asociaciones con propósitos definidos. El cambio se produjo en parte por la proliferación de organizaciones voluntarias, así como por el surgimiento de varios dominicanos educados en Estados Unidos que han asumido cada vez más su papel como portavoces de la comunidad y que encontraron en esas organizaciones un terreno fértil para promover el empoderamiento político y económico (Georges, 1984). Esas asociaciones están orientadas a objetivos, y sirven como vehículo para que los grupos étnicos logren reconocimiento ante la sociedad del país anfitrión. Además, ayudan en el proceso de integración, y los dominicanos ya han avanzado en ellas, y ojalá constituyan una base importante para la estabilidad de la comunidad.
Profesionales y defensoría
Las numerosas organizaciones que han ganado visibilidad entre los dominicanos durante la última década ofrecen la impresión de que es uno de los grupos étnicos mejor organizados de Estados Unidos. Desde los negocios hasta la educación y el trabajo, la mayoría de las áreas de preocupación social han dado lugar a organizaciones específicas. Solo en Nueva York, hay una Cámara de Comercio Dominicana y una Cámara de Comercio Dominico-Americana. El Instituto de Contadores Públicos Autorizados Dominicanos en Nueva York (ICPARD-NY) cuenta con una membresía que supera los 200 profesionales. Los líderes de los Agentes de Viajes Dominico-Americanos (DATA) afirman representar a la abrumadora mayoría de los agentes de viajes de esa nacionalidad que están activos en el área de Nueva York. Los taxistas, aunque no están agrupados bajo una sola institución, han demostrado su capacidad de unirse en torno a causas comunes, como la denuncia de ataques violentos y la regulación, a menudo excesivamente restrictiva, de sus negocios por parte de la ciudad. Incluso los vendedores ambulantes se han organizado hasta el punto de presentar su caso ante el Ayuntamiento y el pleno del Concejo Municipal de Nueva York.
Las organizaciones profesionales y de defensoría desempeñan un papel clave para el mejor conocimiento de la comunidad dominicana en los Estados Unidos. Dado que cada entidad se centra en un área de interés específica y
atiende a un electorado discreto, se convierte también en un centro de acopio de datos sobre ese componente particular de la comunidad. Miembros del Consejo de Educadores Dominicanos y de la Asociación Dominicana de Profesionales de la Educación han recopilado información valiosa sobre las condiciones de los estudiantes y docentes en el sistema escolar público. La Unión Juvenil Dominicana, una organización de defensa de las escuelas centrada en las necesidades de los adolescentes, a menudo ha organizado actividades para celebrar el éxito entre los jóvenes, honrando a los graduados de la escuela secundaria que han sido aceptados en las universidades de la Ivy League. En colaboración con la Escuela Preparatoria Gregorio Luperón, un colegio de nivel medio en el norte de Manhattan, y el City College de Nueva York, la Unión de Jóvenes Dominicanos ha impulsado un programa preuniversitario que, en su tercer año (1997), registró más de trescientos estudiantes. Encabezada por Ydanis Rodríguez, la Unión se ha convertido en un recurso de información sobre la condición de la juventud.
Aunque no es nominalmente dominicana, la Coalición del Norte de Manhattan por los Derechos de los Inmigrantes tiene, en virtud de su ubicación en Washington Heights, una clientela predominante de esa nacionalidad. Encabezada por un joven abogado dominicano nacido en Estados Unidos, llamado Manuel Matos, la coalición ha desempeñado un papel destacado entre las organizaciones de defensa de la comunidad. De la misma manera, la Sociedad Americana de Abogados Dominicanos, que incluye a muchos abogados de nacimiento o de ascendencia dominicana, ha prestado un servicio valioso en la orientación a la comunidad sobre asuntos legales y de inmigración. En una carta publicada en el periódico El Nacional el 8 de diciembre de 1996, Víctor M. Espinal, expresidente de la sociedad, enumeró los nombres de once abogados descendientes de dominicanos que, según él, merecían la consideración del presidente Bill Clinton al momento de nombrar jueces federales para su segundo mandato en la Casa Blanca. Seis de los abogados de la lista ya se desempeñan como jueces a nivel estatal y municipal en Nueva York, Nueva Jersey y Washington, D.C. Finalmente, la Alianza Profesional Dominicana Estadounidense (DAPA) anunció su apertura el 14 de junio de 1997, y en el folleto de invitación daba a conocer su misión de «utilizar los recursos y la experiencia de sus miembros profesionales para el mejoramiento y crecimiento de nuestra comunidad dominicana».
Educación
En el censo estadounidense de 1990, se evidenció que los sectores con educación universitaria se hicieron más ricos, mientras que los grupos de trabajadores con menor grado de educación secundaria se volvieron más pobres. Ramona Hernández, Francisco Rivera-Batiz y Roberto Agodini establecieron en su perfil socioeconómico que la comunidad dominicana en Nueva York cae dentro de la categoría de los que se volvieron más pobres (1995: 33). Según estos autores, «la población dominicana tiene una mayor proporción de su fuerza laboral en empleos de obreros y no calificados, un fenómeno asociado con su menor nivel educativo» (1995: 36). La tabla 16 presenta cifras que sintetizan la sombría situación de los dominicanos en materia de educación en comparación con otros grupos étnicos de la ciudad. Este resultado es particularmente desafortunado a la luz de los cambios tecnológicos durante la década de 1980, que redujeron la demanda de trabajadores no calificados y elevaron la de trabajadores altamente calificados que pudieran operar computadoras y otras herramientas de la era tecnológica (41).

Profesionales, activistas y personal de CUNY reciben al rector de la UASD Julio Ravelo Astacio en City College en 1993. Al frente, la rectora de City College Augusta Souza Kappner y el rector Ravelo Astacio. Fuente: CUNY Dominican Studies Institute Library.
Las desventajas educativas que aquejan a la comunidad emanan no solo del bajo nivel de escolaridad de los inmigrantes. Importantes en este sentido son los servicios precarios que reciben los niños en las escuelas públicas a las que asisten en Nueva York. Por ejemplo, el Distrito Escolar Comunitario Seis, el área que tiene la mayor concentración de niños dominicanos, ostenta uno de los peores registros del estado, con puntajes en matemáticas y lectura que han causado seria preocupación. De la misma manera, la George Washington High School, la escuela secundaria de Washington Heights que por su ubicación alberga el mayor número de estudiantes dominicanos, tiene una de las tasas de deserción más altas de todo Estados Unidos. En 1996, el canciller escolar Rudy Crew incluyó a la George Washington entre las que iban a cerrar debido a su pobre desempeño. En 1997 se convocó a un equipo de educadores para estudiar los problemas de la escuela y proponer un modelo para su reestructuración. A partir de septiembre de 1997 se presentó como una nueva escuela, y habrá que esperar antes de juzgar el efecto de la reestructuración. Lo que está en juego es si los jóvenes dominicanos tendrán que seguir asistiendo a centros que hacen un mejor trabajo en paralizarlos intelectualmente y matar sus esperanzas que en empoderarlos para enfrentar los desafíos de un mundo cambiante. No obstante el precario servicio que les han venido prestando las escuelas públicas, un buen número de jóvenes dominicanos han continuado graduándose e ingresando en la universidad. Un informe titulado Immigration/Migration and the CUNY Student of the Future (1995), publicado por la City University of New York, ubicó a los dominicanos entre los grupos de más estudiantes nacidos en el extranjero admitidos por la universidad. El informe proyecta la continuación de esa tendencia hasta el año 2000 y más allá. Sin embargo, las predicciones del informe pueden resultar erróneas a la luz de los cambios estructurales emprendidos por la universidad en 1996 que hacen cada vez más difícil sobrevivir en el sistema si los estudiantes requieren recuperación o tienen habilidades limitadas en inglés. Los cambios en la aplicación de la Ley de Bienestar Social por parte de la Administración de Recursos Humanos, que restringe el tiempo que los beneficiarios de asistencia pública pueden permanecer en la escuela, más los fuertes aumentos de matrícula y los cambios ordenados por la nueva Junta Directiva de la City University of New York, probablemente reducirán la presencia dominicana en el estudiantado. La esperanza, por supuesto, no está perdida en el ámbito educativo. Un número cada vez mayor estudia educación
y, al graduarse, busca puestos docentes y administrativos en las escuelas públicas. Ya hay algunos directores de escuelas dominicanos. A medida que los miembros de la comunidad continúen ingresando en las escuelas, quizás pronto puedan influir en el sistema y hacerlo más receptivo a las necesidades de sus connacionales. Las decisiones que afectan el diseño curricular, la instrucción y la capacitación en liderazgo podrán adoptarse en los años venideros teniendo en cuenta el bienestar de la comunidad, que tiene la mayor proporción de estudiantes que ingresan a las escuelas públicas de la ciudad de Nueva York desde la década de 1980.
A nivel universitario ya se pueden notar algunos avances. En la mayoría de los campus que tienen un componente latino significativo, los dominicanos tienden a ser el subgrupo más grande. Como resultado de esta presencia, al menos seis de los campus universitarios de la ciudad han creado cursos de estudio del patrimonio dominicano. Algunos de los colegios han contratado profesores y la universidad ha patrocinado la creación del Instituto de Estudios Dominicanos CUNY, una unidad de investigación universitaria ubicada en el campus del City College. El propósito de este Instituto es crear instrumentos de conocimiento que mejoren las posibilidades de comunicación y disminuyan las tensiones entre dominicanos y no dominicanos en los Estados Unidos. Con ese fin, ha organizado más de cuatro conferencias anuales desde su inicio como un proyecto piloto en el otoño de 1992. Patrocina investigaciones sobre temas dominicanos en diversas disciplinas, y los resultados se publican después en las monografías de investigación. También encargó la redacción de The Dominican Republic: A National History, que apareció en 1995 bajo la autoría del historiador Frank Moya Pons. Con este volumen, que estudia la historia dominicana desde los inicios coloniales hasta la década de 1990, el Instituto cerró un vacío bibliográfico, ya que la única historia importante disponible en inglés en los Estados Unidos hasta entonces había sido The Naboth Vineyard: The Dominican Republic (1844-1924), publicada en 1928 por el diplomático estadounidense Sumner Welles.
Con una presencia más perceptible en la educación superior, los dominicanos podrán empoderarse con voces intelectuales que se harán eco de las necesidades y aspiraciones de su comunidad de lograr una ciudadanía plena en la sociedad estadounidense. Ya hay varios académicos de ascendencia dominicana que tienen acceso a foros de ese nivel y los han utilizado para defender a
Torres-Saillant / Ramona Hernández

Estudiantes de primaria de un distrito escolar de Manhattan predominantemente dominicano. ©Josefina Báez.

De izquierda a derecha, Ramona Hernández, Silvio Torres-Saillant y Ana García Reyes, tres de los pocos dominicanos miembros del personal docente y administrativo de CUNY en 1995. Fuente: CUNY Dominican Studies Institute Library.
Silvio
la comunidad. Digno de mención es el trabajo de dos jóvenes, candidatos a doctores en el Departamento de Sociología de la Graduate School and University Center de CUNY, quienes publicaron refutaciones al «rechazo de la asistencia pública» que, según afirman, se ha dirigido recientemente hacia dominicanos. Ginetta Candelario y Nancy López sostienen que «la mítica reina del wellfare que ocupa un lugar tan importante en los medios y las discusiones políticas» no hace más que desviar «la atención pública de los problemas reales de estratificación social estructural hacia disecciones de patología individual» (1995: 20). Plantean que cualquier esfuerzo serio para reducir las «tasas de hogares dominicanos que reciben asistencia pública» tendrá que comenzar brindando a la comunidad «acceso a empleos mejor pagados, más seguros y que proporcionen beneficios sociales» (19). Candelario y López ilustran el hecho de que, equipada con las armas intelectuales que proporciona la educación, la voz de la comunidad dominicana en los años venideros será más fuerte y más capaz de exigir que se le conceda el trato humanitario que merece.
Salud
La condición de salud de los dominicanos en Estados Unidos, la mayoría jóvenes, requiere un estudio aparte. Hay poca información sobre sus necesidades y problemas específicos, aparte de lo que se podría deducir de su condición de desventaja social. Los siguientes párrafos presentan un panorama limitado del estado de su salud en cuerpo y mente. Una terapeuta con amplia experiencia en atender las necesidades psicológicas de inmigrantes en Washington Heights, donde la mayoría de sus clientes eran dominicanos, informó en 1980 que las dos clases sociales que prevalecían entre estos inmigrantes sufrían estrés psicológico en su hogar adoptivo de Nueva York:
Una clase, con sofisticación urbana y algunas conexiones sociales, ahora está reducida a tareas tan insignificantes como lavar platos. La otra clase, de origen rural y sin educación, está abrumada por la burocracia, el transporte público, etc. Incluso sus hijos son propensos a ser diagnosticados erróneamente como retrasados. Para ambos grupos, las heridas y ansiedades narcisistas suelen traducirse en síntomas somáticos como dolores de cabeza, palpitaciones, mareos e inhibiciones sexuales (Reubens, 1980: 10).
El concepto de lesiones narcisistas se refiere a la teoría de la «autoafección» de Heinz Kohut, que la psicóloga Peggy Reubens utiliza para explicar la difícil situación de los dominicanos. En la teoría de Kohut, las personas dependen de un narcisismo saludable para superar las dificultades de la vida. Su sentido cohesivo de sí mismos «no flaquea excepto en circunstancias severas». La migración es una circunstancia muy grave. Provoca «daños narcisistas a través de la pérdida de estatus y de referencias propias del yo interior, como el entorno familiar y las personas o costumbres en los que se basa gran parte del sentido del yo» (Reubens, 1980: 10).
Años antes de los hallazgos de Reubens, logrados mientras se desempeñaba como directora de la Clínica de Salud Mental Washington Heights de West Harlem, hubo otro informe que sugirió ideas sobre la salud y el bienestar de los dominicanos. Al analizar el caso de un inmigrante de treinta y tres años llamado Juan Torres que, en 1973, diez años después de su llegada desde su tierra natal, comenzó a sufrir un «trastorno convulsivo», los estudiosos Vivian Garrison y Claudewell Thomas se propusieron situar la condición del hombre en perspectiva. Examinaron los detalles de la vida de Juan en su región natal del Cibao, donde gozaba del respeto de familiares y amigos, en contraste con su apartamento en el sur del Bronx, donde no solo vivió humildemente sino que sufrió un revés que lo privó del estatus que tenía en su tierra natal. Señalaron la pérdida de poder, lo que quizás haya provocado su enfermedad, como resultado de ser «el más afectado económica y socialmente» o de estar «menos preparado y menos capacitado para afrontar la situación» (Garrison y Thomas, 1976: 247). Dada la «gestión subcultural» que implicaría el retorno a la buena salud, argumentaron que las profesiones sanitarias estadounidenses tenían pocas posibilidades de tratarlo con éxito. Culturalmente, Juan y los servicios de salud mental de Estados Unidos «operan dentro de sistemas separados y distintos, sistemas que simplemente no encajan» (1976: 248).
Se podría obtener una idea sobre el estado de salud de la comunidad si se considera el hecho de que, en 1988, Washington Heights/Inwood, que prestaba servicios en un área donde predominaban los dominicanos, calificó para recibir financiación del Departamento de Salud del Estado de Nueva York y, gracias a ello, establecer un programa comunitario de prevención de enfermedades cardiovasculares —este fue uno de ocho centros de salud que recibieron tales subvenciones del Estado (Shea, 1996: 166)—. El programa, que era administrado
mediante una asociación entre el Hospital Presbiteriano, el Teachers College de la Universidad de Columbia y la Escuela de Salud Pública de Columbia, se propuso reducir la presencia de factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, específicamente el tabaquismo, el sedentarismo, la obesidad, la hipertensión y la hipercolesterolemia, y así disminuir la morbilidad y mortalidad causadas por estas enfermedades (1996: 167). El programa duró seis años, durante los cuales brindó asesoramiento, educación, derivaciones y capacitación para evitar los factores de riesgo asociados con las enfermedades cardiovasculares. Al final del sexto año, en 1994, el programa transfirió sus recursos a la organización comunitaria Centro de Desarrollo de la Mujer Dominicana. En sus conclusiones, los investigadores principales abogaron por la continuación del financiamiento del proyecto ya que «en las comunidades pobres y desfavorecidas, tales programas requieren un compromiso continuo de recursos de agencias externas, como los departamentos de salud, para ser sostenidos» (170).
El estudio anterior no menciona el consumo de alcohol. Por lo tanto, no se sabe si Washington Heights se ajusta al perfil propuesto en 1978 por Andrew J. Gordon, que encuestó a dominicanos en la ciudad de Newton, Massachusetts, en Nueva Inglaterra, y descubrió que no presentaban problemas con la bebida. Según Gordon, los dominicanos eran la excepción a una tendencia prevaleciente entre los «migrantes recientes en condición de grupo minoritario», que generalmente «experimentan alienación, una mayor dependencia del alcohol y, en consecuencia, problemas con la bebida» (Gordon, 1978: 63). En la comunidad estudiada por Gordon, el consumo de alcohol era menos frecuente y más moderado de lo que era en la República Dominicana. Las razones que explican el cambio incluyen las mayores oportunidades económicas en la ciudad de Newton, el relevante papel de las mujeres en la regulación del comportamiento de sus hombres, una devaluación del patrón machista que fomenta el consumo de alcohol sin control y una «estructura social atomizada» que reduce el nivel de socialización fuera del hogar.
Se puede objetar la sugerencia de Gordon de que los dominicanos experimentan una especie de elevación cultural en los Estados Unidos, donde el «progreso económico» estimula «un comportamiento austero y decidido» que se manifiesta en la adopción de «ideas culturales de disciplina, sacrificio y seriedad», las cuales tienen un impacto positivo «en la familia, la amistad
y la comunidad», marcando visibles «contrastes con la vida en la República Dominicana» (Gordon, 1978: 81); esto insinúa la conveniencia de enmendar las costumbres dominicanas. Pero a pesar de la peculiar causalidad del académico, sus hallazgos pueden brindar a la comunidad un cierto consuelo, en especial si se puede establecer que el perfil de Gordon sobre los dominicanos en Newton sigue siendo válido veinte años después e igualmente si se aplica a los asentamientos de inmigrantes dominicanos en Nueva York y otros lugares en los Estados Unidos. Si es así, los miembros de la comunidad deberían estar felices de saber que existe al menos un problema de salud grave del que no tienen que preocuparse.
Drogas y violencia
Los dominicanos han tenido que pagar un precio por la oportunidad de venir a Estados Unidos en busca de cumplir su aspiración de llevar una vida productiva. La pobreza generalizada que los aflige en el país anfitrión los ha convertido en presa de varios males sociales, incluida una alta incidencia del tráfico de drogas en su entorno, y la violencia y el terror que invariablemente lo acompañan. Muchos jóvenes han caído bajo el hechizo de la industria de la droga, que engaña a las mentes crédulas con promesas de glamur y riqueza. Con demasiada frecuencia encuentran la muerte antes de completar la adolescencia. Como resultado de la conexión con las drogas, están sobrerrepresentados en las cárceles del estado de Nueva York, cuyo sistema de justicia tiene un historial en la aplicación de sentencias más duras a los acusados de minorías, como lo indicó un estudio publicado por la administración del gobernador George Pataki en otoño de 1995 (Levy, 1996: B1).
Dado que en las últimas décadas el tráfico ilegal de drogas se ha vuelto transnacional, forjando vínculos regionales que desafían las fronteras, los padres dominicanos ya no disfrutan de la opción de enviar a sus hijos a casa para evitar que se metan en problemas, una estrategia a la que a menudo recurrían en los años de 1970 y hasta mediados de los 80. Al mismo tiempo, han tenido que soportar la vergüenza de ver a su comunidad sañalada como una de las causas del problema de las drogas en Nueva York y no como una víctima. Un periodista del New York Post ha hablado de los dominicanos como «una comunidad donde tres de las mayores fuentes de ingresos son las drogas, la usura y
el lavado de dinero» (McAlary, 1991: 21). Mike McAlary al parecer ha decidido denunciar la depravación y ha retratado a la comunidad así: «La República Dominicana siempre ha exportado talento a los Estados Unidos. Las páginas deportivas están llenas de estadísticas de los héroes del béisbol dominicano en las Grandes Ligas. Pero por cada George Bell y Pedro Guerrero, Stan Javier y Julio Franco emocionando al público estadounidense, ahora hay una docena de traficantes de drogas letales de San Francisco de Macorís aterrorizando a los barrios del Alto Manhattan» (McAlary, 1992: 3). Con el respaldo del New York Post, McAlary realizó un viaje de cuatro días a República Dominicana para llegar a la raíz del problema de la delincuencia. En San Francisco de Macorís, ciudad elegida para su estadía, el periodista evaluó así el clima moral reinante: «Hay un atisbo de maldad oscura en cada sonrisa con dientes de oro, y el sonido de risas siniestras en las calles llenas de hoyos» (1992: 3).
Además de en los medios impresos, el reportaje del periodista sobre su viaje a la República Dominicana llegó al aire a través de una transmisión de Inside Edition de la cadena CBS. Las malas acciones de los dominicanos en Nueva York se convirtieron en el tema de un informe de NBC News titulado «Inmigración: lo bueno, lo malo y lo ilegal», que se transmitió a nivel nacional el domingo 28 de marzo de 1993. Estos ejemplos son suficientes para ilustrar la vulnerabilidad de los dominicanos en Estados Unidos. Por el momento, no tienen medios para desafiar a sus detractores. Es de esperar que el punto de inflexión llegue cuando la comunidad haya acumulado suficiente poder económico y político como para inspirar respeto. Entonces, tal vez, habrá penetrado los medios de comunicación, y los dominicanos con acceso a las columnas de los periódicos de habla inglesa y a las cámaras de la televisión convencional tendrán voz y voto en la construcción de su imagen pública (Hernández y Torres-Saillant, 1996: 50).
Esa imagen pública se ha extendido a una tradición oral que ha llegado a atribuir a la comunidad una aptitud especial para el negocio del crimen. Se cita a una mujer puertorriqueña que lamentaba «la falta de una organización criminal puertorriqueña» diciendo: «No vendemos drogas, las consumimos. Los italianos, los irlandeses, los cubanos y ahora los dominicanos cada uno estableció operaciones criminales eficaces y altamente organizadas» (Shorris, 1992: 86). Los dominicanos son mencionados en el libro Latinos: A Biography of the People, de Earl Shorris, mayormente en relación con el crimen. El autor
menciona a Washington Heights sobre todo al narrar las aventuras de personajes como J, quien vive «en la avenida Audubon entre las calles 177 y 178, el supermercado del narcotráfico dominicano en Nueva York» (1992: 254).
Shorris habla de las rutinas diarias de los traficantes de drogas de Washington Heights, su tenacidad mientras trabajan largas horas en la calle, llueva o haga sol, su interacción con los residentes del área, que son representados como en connivencia con la actividad criminal, y sus tortuosas estrategias para mantener la lealtad de su personal (254-256). Los comerciantes descritos por Shorris nunca compran nada llamativo. Envían su dinero a la República Dominicana, donde adquieren bienes, pero en los Estados Unidos simplemente trabajan. Cuando se encuentran con la adversidad en las calles y les llega el momento de ir a prisión, asumen sus pérdidas (257). Lo que parece indiscutible es que la proliferación del tráfico de drogas entre los dominicanos está ligada con «el alto desempleo y la disminución de recursos, especialmente para los jóvenes», así como con «el crecimiento de una poderosa y rentable industria de drogas multinacional» (Williams, 1989: ix).
La industria de la cocaína en la ciudad de Nueva York, como se desprende de un estudio etnográfico realizado por Terry Williams, depende principalmente de «niños y niñas afroamericanos y latinos menores de dieciocho años», que generalmente provienen de familias de ingresos muy bajos en vecindarios que apenas tienen una oportunidad de superar el umbral de la pobreza. Muchos adolescentes se involucran «simplemente porque quieren un empleo» (Williams, 1989: 8). Los jóvenes dominicanos operaban cincuenta de las cincuenta y tres casas de coca y crack que visitó Williams para su estudio etnográfico de Washington Heights, realizado en los años 80. Los dominicanos superaban en número a los adolescentes puertorriqueños, afroamericanos y colombianos en las transacciones cotidianas del negocio. Su visibilidad, sin embargo, es inversamente proporcional a su poder real. Según Williams, «los dominicanos son los soldados de infantería de los colombianos» (1989: 51). Independientemente de quien controle los niveles superiores de la industria, la notoriedad de los dominicanos en las calles tiene poca correspondencia con una presencia corporativa en el negocio.
Desde que la policía identificó a Washington Heights como un «punto caliente» en la guerra contra las drogas, los jóvenes dominicanos han sufrido la mayor cantidad de bajas (26). Los peligros de la industria, como se ilustró
vívidamente en un artículo de The New York Times sobre el ascenso y caída del narcotraficante José Reyes, incluyen batallas sangrientas con competidores, rivalidades intestinas y enfrentamientos con las autoridades (McDonald, 1996).
El sombrío mundo del crack, la cocaína y la heroína enfrenta a esos jóvenes con la constante amenaza de encarcelamiento o muerte. Sin embargo, la comunidad aún no tiene una razón sólida para desesperarse por la participación de sus jóvenes en esta peligrosa actividad criminal. Nadie ha documentado todavía la importancia numérica de los narcotraficantes dominicanos en proporción al tamaño de la comunidad. No existe ninguna base real para suponer que el porcentaje de los implicados en la industria exceda el de cualquier otra comunidad afectada por el problema de las drogas, que no es específico ni étnico ni nacional. Es un problema social de Estados Unidos.
Empoderamiento político
Los dominicanos, en general, no han logrado grandes avances políticos desde que su población comenzó a crecer a mediados de los años 60. Pero sus moderados avances hasta ahora dan motivos para una perspectiva optimista sobre el papel futuro que podrían desempeñar en la política estatal y municipal en Nueva York y en otros lugares. Sin embargo, la comunidad sufre una invisibilidad política difícilmente justificable a la luz del gran tamaño de su población. Entre otros impedimentos, enfrentan el desafío de cambiar la percepción generalizada, entre los funcionarios electos y otros formuladores de políticas, de que «los dominicanos no votan», lo que los hace parecer prescindibles a los ojos de los legisladores. Howard Jordan, un agudo observador de la escena política, ofreció un valioso testimonio en este sentido. En 1987 no logró obtener una respuesta favorable de ninguno de los más de treinta miembros de la Asamblea Estatal a quienes se acercó para obtener su apoyo para un proyecto de ley que buscaba abordar las necesidades de los dominicanos de Nueva York: «Las puertas políticas se estrellaban —o se cerraban muy gentilmente— en nuestros esfuerzos de cabildeo en nombre de una comunidad sin influencia» (Jordan, 1997: 37).
Una década después del frustrado esfuerzo de cabildeo de Jordan, la noción de que los dominicanos son políticamente insignificantes todavía puede prevalecer, a pesar de la evidencia en contrario. Angelo Falcón y Christopher
Hanson Sánchez, autores de Latino Immigrants and Electoral Participation, un estudio publicado por el Instituto de Política Puertorriqueña en julio de 1996, demostraron que los dominicanos tuvieron tasas significativas de inscripción y participación en las elecciones municipales de 1992 y 1993. En 1993 constituían el 11 % de los votantes latinos registrados y el 2 % de los votantes registrados en toda la población de la ciudad de Nueva York. En 1992 y 1993 sus votos representaron el 13.3 % y el 12.1 % de los votos efectivamente emitidos por los latinos. Los autores del estudio sugieren que «los candidatos exitosos del propio grupo racial-étnico y los recursos que aportan al proceso de registro son un factor importante» para fomentar la participación. Si esa afirmación es correcta, se puede esperar un aumento notable en el número de dominicanos que votan en las urnas ahora que los funcionarios electos han comenzado a aparecer en las legislaturas municipales y estatales.
Al mismo tiempo, el número de los que tienen derecho a voto está aumentando a un ritmo acelerado. Según The Newest New Yorkers en «Un análisis de la inmigración a la ciudad de Nueva York durante la década de 1980», estudio realizado en 1992 y publicado por el Departamento de Planificación Urbana de la ciudad de Nueva York, los inmigrantes de la República Dominicana ocuparon el noveno lugar entre todos los extranjeros que se naturalizaron como ciudadanos estadounidenses durante la década de 1980. En el estado de Nueva York, lideraron a todas las demás comunidades. A partir de la observación empírica, a mediados de la década de 1990, uno podía asistir a las ceremonias de juramentación del Servicio de Inmigración y Naturalización en la ciudad de Nueva York y verificar que la mayoría de quienes prestaban juramento de ciudadanía eran dominicanos. Además, el ascenso de los republicanos al Congreso de Estados Unidos ha impulsado el ímpetu de la comunidad por naturalizarse. En resumen, la «revolución» de Newt Gingrich ha dado mayor vigencia a los sentimientos antiinmigrantes en todo el país, hasta el punto de que muchos dominicanos han llegado a creer que solo la ciudadanía puede protegerlos de la deportación. Irónicamente, el miedo, que ha hecho que muchos se apresuren a solicitar la ciudadanía para protegerse de una fatalidad inminente, también ha aumentado el potencial para marcar una diferencia como nueva fuerza política.
Los primeros indicadores de empoderamiento de los dominicanos surgieron en la década de 1980, cuando varios se unieron a órganos de gobierno local.
Como ha señalado Jordan, seis habían sido elegidos para la Junta de Políticas del Área y cuatro obtuvieron nombramientos para la Junta de Planificación Comunitaria en Washington Heights. Dos ganaron la elección para el cargo de Líder del Distrito Demócrata: María Luna, una candidata que había logrado el apoyo de la maquinaria del Partido Demócrata en el Distrito 72 de la Asamblea del Alto Manhattan, y Julio Hernández, un candidato que ganó sin el respaldo de la maquinaria del partido. Del mismo modo, los miembros de la comunidad participaron activamente en los debates sobre la implementación de la nueva carta constitucional de la ciudad en 1991 y el rediseño de los mapas electorales, que culminaron con la creación del Distrito No. 10 del Ayuntamiento, que albergaba a una mayoría de votantes dominicanos. Entre los participantes en ese proceso se encontraba Fernando Lescaille, miembro fundador de una organización ad hoc de defensa política llamada Comité del Norte de Manhattan para una Representación Justa y presidente del Proyecto de Política Pública Dominicana (Jordan, 1997: 40).

De izquierda a derecha, el asambleísta John Brian Murtaugh, el economista y pedagogo de la Universidad de Columbia Francisco Rivera-Batiz y el concejal Guillermo Linares, quien llegó a la ciudad como inmigrante y se convirtió en el primer dominicano en ocupar un curul electivo en la legislatura municipal de Nueva York. Fuente: CUNY Dominican Studies Institute Library.
La creación en 1991 del nuevo distrito en Washington Heights dio lugar a una contienda electoral en la que cuatro dominicanos fueron los candidatos más destacados: Guillermo Linares, María Luna, Adriano Espaillat y Apolinar Trinidad. Linares ganó las elecciones y se convirtió en el primer concejal dominicano en la ciudad de Nueva York. A la vez, en la otra orilla del río Hudson, Kay Palacios, hija de padres dominicanos nacida en Estados Unidos, obtuvo un escaño como concejal en un municipio de Nueva Jersey. Posteriormente, Linares tuvo éxito en varios intentos de reelección, a diferencia de Palacios, quien permaneció activo como presidente de la Asociación de Profesionales y Negocios Hispanos en Nueva Jersey. En noviembre de 1996, Adriano Espaillat se convirtió en el primer dominicano en servir en la Asamblea del Estado de Nueva York, después de derrocar a John Brian Murtaugh, un titular de ascendencia irlandesa que había ocupado su puesto en el Distrito 72 de Manhattan durante dieciséis años.
Hay mucha especulación sobre lo que les espera a los dominicanos en política. Jordan ha hablado del surgimiento de «una creciente desunión entre las élites políticas dominicanas» como un obstáculo para el empoderamiento político de la comunidad (1997: 4 I). Muchos ven con preocupación la posibilidad de que otro dominicano pueda desafiar al concejal Linares o al asambleísta Espaillat en las próximas elecciones, y que esa competencia interna pueda escindir a la comunidad. Una interpretación más optimista sería que si dos dominicanos se postulan para el mismo cargo, la comunidad tendría que justificar su voto sobre la base de lealtades que no sean estrictamente étnicas. La dominicanidad no sería suficiente. El candidato debería mostrar solidez, una plataforma real y mantener un historial claro. Pero, lo más importante, la comunidad no debe pensar que solo puede responsabilizar a aquellos legisladores que son dominicanos. A medida que aumenta su conciencia sobre su propia capacidad para influir en el proceso político, puede comenzar a mostrarles a los legisladores, sean dominicanos o no, latinos o no, que ya no se puede invocar el pretexto de que «los dominicanos no votan» con impunidad política.
FORJANDO UNA CULTURA
DOMINICO-ESTADOUNIDENSE
Invisibilidad dominicana
El nivel de conocimiento sobre las expresiones y aportes culturales de los dominicanos en los Estados Unidos es precario. Por lo general, quedan fuera de la mayoría de las publicaciones de referencia que pretenden dar cuenta de los grupos étnicos que componen el pueblo estadounidense. A menudo han sido excluidos incluso de las fuentes que tratan específicamente del grupo hispano de la población. Hace más de cuatro décadas, un libro titulado Gente de habla hispana en los Estados Unidos, que no menciona a los dominicanos, se centró en los mexicoamericanos, los hispanos de Nuevo México y los puertorriqueños, e incluso designó a los filipinos como hispanos (Birmania, 1954). Casi veinte años después, el capítulo estadounidense de habla hispana de una guía de medios y materiales que cubren las minorías étnicas todavía omitía a los dominicanos, y limitaba la encuesta a cubanos, puertorriqueños y mexicoamericanos o chicanos (King, 1976: 189-239). Ese mismo año, el compendio bibliográfico A Comprehensive Bibliography for the Study of American Minorities contenía una sección titulada «De las islas», que incluía la «Experiencia puertorriqueña-americana» y la «Experiencia cubanoamericana», pero no mencionaba la vida de los dominicanos en Estados Unidos (Miller, 1976, vol. 2: 757 et passim). Todavía en la década de 1990, su aparición
en las fuentes de referencia seguía siendo tan escaso que hubiera sido posible compilar un voluminoso almanaque hispano con prácticamente todos los campos de actividad y solo ocupar no más de cinco páginas en personalidades y acontecimientos dominicanos (Kanellos, 1994).
Esta invisibilidad en las fuentes referenciales parece difícil de explicar ya que «los dominicanos constituyen el cuarto grupo hispano más grande en los Estados Unidos» (Carrasquillo y London, 1993: 37). Tampoco se diferencian de otros latinos en cuanto a las metas que los trajeron a este país. Vinieron en busca de empleos y oportunidades. Del mismo modo, se parecen a otros hispanos en las barreras y obstáculos que en ocasiones bloquean sus aspiraciones: dominio insuficiente del idioma inglés y falta de habilidades laborales. Al igual que sus homólogos cubanos, puertorriqueños y mexicanos/chicanos, «los padres de niños dominicanos enfrentan necesidades sociales, educativas y económicas: vivienda, empleo, dominio del idioma inglés, adaptación cultural, educación formal o capacitación vocacional y asistencia financiera y legal» (1993: 137).
Los dominicanos llegaron a Estados Unidos masivamente a mediados de la década de 1970, es decir, sin incluir a los pequeños pero significativos grupos que arribaron antes del gran éxodo, y siempre han tratado de construir hogares, ganarse la vida, encontrar su significado en el mundo, crear comunidades y, en última instancia, asegurar el futuro de sus hijos. No se han quedado de brazos cruzados. Su invisibilidad en las fuentes de referencia no corresponde a una silenciosa pasividad de su parte. No se han recluido ni han rehuido la vista del público. Desde la fundación del primer Desfile Dominicano en 1982 en la ciudad de Nueva York, en agosto de cada año más de 150,000 han venido a Manhattan para celebrar la dominicanidad y mostrar muchas de sus tradiciones culturales. Y estos encuentros masivos han ido proliferando con el tiempo. En 1990, un activista comunitario llamado Felipe Febles organizó la Gran Parada y Carnaval Dominicanos de El Bronx, otro desfile que se ha institucionalizado en ese condado y que reúne a miles de dominicanos para marchar en julio de cada año. Hay otro desfile en Haverstraw, Nueva York, así como reuniones anuales en Nueva Jersey y Connecticut.
Los dominicanos también se congregan en torno a instituciones culturales y deportivas. Existe una Casa Dominicana en Chicago (Illinois), con contrapartes en Boston (Massachusetts), Providence (Rhode Island), y en
varias ciudades de Nueva York, Nueva Jersey, Florida y Connecticut. Esas «casas culturales» brindan un lugar donde se programan conferencias sobre diversos temas dominicanos y se realizan presentaciones o exhibiciones que involucran a artistas de la patria o de la diáspora. Además, los clubes comunales abundan en sus barrios. Ya en 1985, el comité organizador del Desfile Dominicano en Manhattan enumeró 125 asociaciones formales de este tipo solo en la ciudad de Nueva York. Una lista «parcial» de «asociaciones dominicanas en los Estados Unidos» que apareció en una tesis doctoral de 1994, incluía 109 organizaciones (Goris-Rosario, 1994: 97-99). De manera similar, la comunidad exhibe mucho activismo en el área de los medios impresos. Los vecindarios están repletos de periódicos, una combinación entre los importados de la República Dominicana y los publicados por pequeñas editoriales de inmigrantes para distribución local. Un periodista de la comunidad que investigó los medios impresos identificó más de cien publicaciones semanales, mensuales y otras de carácter periódico que han surgido solo en Nueva York desde 1950, cuando dos escritores antitrujillistas fundaron Patria para promover opiniones contra Trujillo entre la comunidad exiliada (Cruz Almánzar, 1993: 79-88).
Los dominicanos también se han hecho visibles en los deportes profesionales, sobre todo en las grandes ligas de béisbol. A partir de Osvaldo Virgil, que se unió a los Gigantes de Nueva York en 1956, la República Dominicana se ha convertido en una fuente regular de talentos. Los fanáticos del béisbol en Estados Unidos conocen a Juan Marichal, Manuel Mota, César Cedeño, Ricardo Carty, Pedro Guerrero y Joaquín Andújar, así como a Felipe, Mateo y Jesús Alou. El país ahora exporta talentos del béisbol del mismo modo que antes exportaba azúcar, para tomar prestada la analogía utilizada por el académico James Loucky. Los jugadores han tenido un impacto extraordinario en el béisbol profesional en la medida en que no menos del 6 % de los jugadores y cerca del 50 % de los jugadores extranjeros en las ligas mayores son dominicanos (Loucky, 1992: 956). Esto se manifiesta más notablemente en que muchos equipos de grandes ligas han identificado a la República Dominicana como una fuente importante para la preparación y el reclutamiento de futuras estrellas de este deporte. Para ello han instalado academias en varias ciudades dominicanas:
De manera similara los puestos de avanzada coloniales, las academias sirven como bancos de talentos para identificar y contratar prospectos, con bonificaciones que promedian menos de 5,000 dólares, en comparación con los más de 50,000 dólares en Estados Unidos. También funcionan como agentes de socialización para desarrollar no solo habilidades atléticas, sino más importante aún, los aspectos mentales del juego, cierto conocimiento del inglés y una comprensión de los ajustes psicológicos necesarios para sobrevivir en un sistema extranjero (Loucky, 1992: 957).
Sin embargo, y de manera significativa, el contacto directo entre los equipos de las grandes ligas estadounidenses y los dominicanos en su país de origen reduce el papel que los inmigrantes podrían tener en el deporte. Cuando pensamos a los dominicanos en el béisbol, lo que nos viene a la mente es la sociedad de origen y no la comunidad de inmigrantes. Solo algunos jóvenes de la diáspora se han insertado exitosamente en las grandes ligas. Pero, en general, ese deporte sigue siendo competencia de las academias en el país de origen. En ese sentido, el logro de alguien como el recluta de la academia José Rijo, nombrado «jugador más valioso» de la Serie Mundial de 1990, significa menos para los dominico-estadounidenses que el estrellato de alguien como el jugador de baloncesto de la Universidad de St. John, Felipe López, nacido en la comunidad inmigrante. Hijo de una humilde pareja, López surgió de las aulas de las escuelas secundarias de la ciudad de Nueva York para convertirse en una celebridad deportiva de talla nacional. Su ascenso desde el «barrio», por así decirlo, sugiere a los jóvenes dominico-estadounidenses un modelo de excelencia individual con el que pueden identificarse más fácilmente que con el de aquellos casos en los que el jugador exitoso es un talento importado de la República Dominicana. En cualquier caso, como deberían indicar los ejemplos anteriores, los dominicanos en Estados Unidos han vivido, experimentado y creado lo suficiente como para justificar una mayor visibilidad cultural de la que ahora disfrutan. Además, han forjado entidades culturales que difieren tanto de las tradiciones dominicanas traídas del país de origen como de las encontradas en la sociedad receptora. Las páginas que siguen intentarán mapear, aunque de manera incompleta, la presencia de los dominicanos en los Estados Unidos en la erudición, la literatura, las artes escénicas y visuales, la música popular, la religión y el entretenimiento.
El siglo XIX
La presencia de dominicanos en Estados Unidos en el ámbito de las expresiones sociales y culturales se remonta al siglo XIX, cuando prominentes enemigos del Gobierno o revolucionarios comprometidos con la lucha regional por la independencia de las Antillas Mayores llegaron a América del Norte. Los disidentes de la República Dominicana han elegido a los Estados Unidos como refugio desde la década de 1830, cuando Juan Pablo Duarte, el padre fundador de la nación, pasó un tiempo en Nueva York antes de llegar finalmente a Santo Domingo para activar la causa de la independencia nacional (R. Duarte, 1994: 40). Décadas más tarde, una figura política menos venerable, el traidor presidente Buenaventura Báez, estuvo en Estados Unidos más de una vez. El 13 de junio de 1866, escribió desde St. Thomas a su hermano Damián Báez y le pidió que le concertara una reunión en Nueva York con algunos posibles socios comerciales (Rodríguez Demorizi, 1969: 459). En una carta del 5 de febrero de 1867 dirigida a la hija de un amigo llamada Corinne, le hablaba de que acababa de llegar a Curazao procedente de Nueva York (1969: 203). El 25 de diciembre de 1875, en carta escrita desde Curazao a Damián, el astuto caudillo se quejaba de haber sido detenido «en Nueva York cuando estaba allí para tratar mi enfermedad de los ojos» (465).
Pero no todos los dominicanos que vivían en Estados Unidos eran figuras políticas prominentes que vinieron en busca de refugio o apoyo para promover causas en el extranjero. Por ejemplo, el capitán José Gabriel Luperón, hermano mayor del muy respetado patriota general Gregorio Luperón, vino a los Estados Unidos para participar en la Guerra Civil y luchó del lado de las tropas de la Unión. Fuentes dominicanas afirman que se distinguió en la batalla gracias a lo cual obtuvo un ascenso al rango de capitán, que le fue conferido por el propio presidente Abraham Lincoln. Desempeñó un papel decisivo en la entrada exitosa de buques de guerra de la Unión en el Mississippi (Rodríguez Demorizi, 1963: 185). Otro caso, el de Juan de Dios Tejeda, quien residió en Nueva York con su esposa Altagracia Frier y sus cuatro hijos a finales de siglo, sugiere que en el siglo XIX algunas familias dominicanas consideraron establecerse en este país como una de sus opciones. La familia de Tejeda tuvo un final trágico. En un viaje a Santo Domingo su barco zozobró, y Altagracia y los cuatro niños perecieron. Algún tiempo después, como se desprende de una carta suya del
24 de diciembre de 1897, Tejeda se volvió a casar y trató de reconstruir su vida en su ciudad adoptiva de Nueva York (Tejeda, 1994: 281-83).
Principios del siglo XX
Los casos individuales de dominicanos residentes en este país, particularmente en Nueva York, ya alcanzaban una presencia apreciable a principios del siglo XX. Eso al menos se desprende del testimonio del reconocido filólogo Pedro Henríquez Ureña, que llegó a la ciudad el 30 de enero de 1901, a la edad de dieciséis años. Su padre, el Dr. Francisco Henríquez y Carvajal, los trajo a él y a su hermano mayor Fran, a quienes luego se les uniría su hermano menor Max, para que pudieran estudiar en Nueva York bajo la «influencia de una civilización superior» (Roggiano, 1961: xii). Según el testimonio de Pedro, encontraron «varios dominicanos» al llegar a Nueva York:
…el ex Presidente D. Alejandro Woss y Gil, hombre de sutil inteligencia y buen amigo de mi padre así como de mi primo Enrique, el Cónsul Leonte Vásquez, hermano del entonces Vicepresidente Horacio; los estudiantes Floricel Rojas y Nino Alfonseca; ese notable personaje Abelardo A. Moscoso, hombre enérgico, no del todo grosero pero de ideas y sentimientos un tanto extraños a causa de sus largos años de lucha en el exilio; y muchos más con quienes nos relacionábamos menos (citado en Roggiano, 1961: xiii).
Pedro y su hermano tomaron cursos en la Universidad de Columbia, vivían en las cercanías del campus y frecuentaban tanto las bibliotecas como los teatros de la ciudad. Como rasgo habitual de su vida social, también visitaban, además de las instituciones educativas y culturales, «los hoteles y casas que alojaban a los dominicanos que llegaban a Nueva York para sus vacaciones de verano, cuyo número aumentaba cada año» (Roggiano, 1961: xxviii). El 26 de abril de 1902 recibieron la noticia de que su padre, habiendo perdido su puesto en el Gobierno, ya no podía mantenerlos como estudiantes en el extranjero y los instó a regresar a casa. Sin embargo, los jóvenes, con una temeridad propia de su juventud, optaron por quedarse en Nueva York. Max, el menor de los tres hermanos, posteriormente recordó su elección así: «Mis hermanos y yo decidimos buscar una manera de ganarnos la vida en Nueva York: Fran y Pedro
encontraron empleo como vendedores minoristas, y yo conseguí un trabajo temporal como pianista en un restaurante» (M. Henríquez Ureña, 1950: xxxv). Su determinación de permanecer en esa ciudad ilustra la manera en que los jóvenes dominicanos se las trataban de arreglar solos en la gran ciudad a principios del presente siglo. En 1903 alquilaron su propio piso, situado en la calle 15 Oeste de Manhattan, donde también se hospedarían otros compatriotas:
Virgilio Ortea, un amigo de la familia que había venido a Nueva York «para trabajar en el comercio», y su hermano Julio, cuyos padres lo habían enviado para que «se americanizara» (Roggiano, 1961: xxix). Vivían en un barrio «repleto de exiliados dominicanos que ahora se dirigían cada vez más a Nueva York» (1961: xxxi).
Sus hermanos habían partido antes que él, y Pedro dejó los Estados Unidos en 1904. Regresaría una década después para servir en Washington, D. C. como corresponsal extranjero del periódico cubano Heraldo de Cuba. Durante su segunda estancia en Estados Unidos, también contribuyó con columnas para El Fígaro, otro periódico cubano. Su estancia en Washington se prolongó hasta mayo de 1915, año en que se trasladó a Nueva York para incorporarse a la redacción del semanario Las Novedades, publicación cultural y comercial fundada meses antes por el abogado, publicista e intelectual dominicano Francisco J. Peynado. El éxito de Las Novedades le dio al propio padre de Pedro años después la idea de que tal vez él y sus hijos podrían montar una empresa en Nueva York dedicada a la publicación y distribución de libros en español (Henríquez y Carvajal, 1994: 657). No llevaron la idea a buen término, pero su proyección, asistida por el ejemplo del emprendimiento empresarial de Peynado, sugiere que casi cuarenta años antes del inicio del gran éxodo ya había dominicanos que concebían Nueva York como un terreno de avance económico. A principios de 1916 Pedro comenzó a enseñar en la Universidad de Minnesota, en Minneapolis, mientras realizaba estudios de posgrado en la misma institución. Primero obtuvo una maestría y poco después un doctorado. En los mismos ejercicios de graduación de junio de 1918 en los que le fue conferido el doctorado, su hermana Camila Henríquez Ureña también recibió su título de posgrado, una maestría en literatura española. Poco después de recibir sus diplomas, Pedro y Camila abandonaron los Estados Unidos para aceptar nombramientos académicos en otros lugares: él en España, México y Argentina; ella en Cuba. Luego de renunciar a su puesto docente en la Universidad de
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
Minnesota, Pedro regresó a este país dos décadas después, esta vez a Cambridge, Massachusetts, como catedrático invitado en la Universidad de Harvard durante el año académico 1940-1941. Además de sus funciones docentes, el puesto incluía impartir conferencias en la prestigiosa Cátedra de Poesía Charles Eliot Norton. En estas charlas, que ofreció originalmente en inglés, se propuso rastrear «la búsqueda de expresión» en la producción literaria de Hispanoamérica desde el período colonial hasta 1940.
Personajes dominicanos en Estados Unidos
Algunos dominicanos, como hemos visto, se distinguieron en este país en diversos campos de actividad durante la primera mitad del siglo XX. En gran medida, el famoso diseñador Oscar de la Renta siguió sus pasos. Nacido en Santo Domingo el 22 de julio de 1932, De la Renta viajó a Europa tras sus estudios secundarios. En Madrid descubrió su talento para la ilustración de moda y su trabajo pronto llamó la atención del diseñador español Cristóbal Balenciaga. En 1962 se trasladó a París, donde se asoció con la casa de alta costura de Christian Dior. Al año siguiente se estableció en la ciudad de Nueva York y desde entonces se ha convertido en un nombre muy conocido en Estados Unidos. Naturalizado ciudadano estadounidense en 1971, De la Renta, que «prácticamente ha acorralado a los Estados Unidos en espléndidos trajes de noche» y «es el primer estadounidense en hacerse cargo de un negocio de alta costura francés», disfruta de la amistad de muchos de los más famosos y ricos estadounidenses, desde Henry Kissinger hasta Brooke Astor e Isaac Stern (Duffy, 1993: 68, 70). De la Renta y su esposa, Annette Reed, «considerada popularmente heredera del título de decana de la sociedad neoyorquina que actualmente ostenta Brooke Astor», han desempeñado papeles visibles en muchas de las instituciones culturales más prestigiosas de la ciudad. Reed es miembro del consejo de administración de la Biblioteca Pública de Nueva York y vicepresidenta del consejo de administración del Museo Metropolitano de Arte; y De la Renta forma parte de los consejos de administración de la Metropolitan Opera, el Carnegie Hall y la Americas Society (Novas, 1995: 66).
Durante la primera mitad del siglo XX, un buen número de dominicanos se dirigieron a los Estados Unidos en busca de la materialización de sueños individuales. Las estadísticas oficiales dan un promedio de 970 ingresando
anualmente a Estados Unidos de manera legal entre 1950 y 1960 (Moya Pons, 1994: 6). En su mayor parte, disfrutaban de ciertas ventajas sociales en su país de origen. Tuvieron la influencia necesaria para obtener el permiso que les permitía viajar al extranjero en un momento en que el régimen totalitario que gobernaba la nación intentaba celosamente impedir la emigración. También podían afrontar los gastos que implicaba mudarse a una metrópolis extranjera sin el sistema de apoyo de un enclave étnico que hablara su idioma y les facilitara el camino hacia un empleo remunerado. Los dominicanos que llegaron antes de 1960 tendían a ser de piel clara, no solo por la prevalencia de sentimientos antinegros en los Estados Unidos en ese momento, sino también porque el Gobierno negrofóbico de la República Dominicana favorecía a los solicitantes de piel más clara a la hora de autorizar viajes al extranjero.
Manuel de Moya, un dominicano alto, bien formado y de apariencia caucásica, se ganaba la vida como modelo masculino en la ciudad de Nueva York cuando el dictador Rafael Leónidas Trujillo llegó a la ciudad en una misión diplomática durante la década de 1940. El tirano admiró la buena apariencia del joven cuando vio su foto en un anuncio impreso, y quedó gratamente sorprendido al saber que el modelo era dominicano. Trujillo hizo que le buscaran a Moya y se lo trajeran rápidamente, tras lo cual le propuso una oferta de trabajo que el ambicioso joven no pudo rechazar. Moya viajó de regreso a la República Dominicana y allí se convirtió en un miembro influyente del gabinete de Trujillo. Otros dominicanos notables que vivieron en los Estados Unidos en la década de 1940 fueron los abuelos, padres y otros familiares de la escritora Julia Álvarez. Sus padres se conocieron y casaron en ese país, y Julia nació en la ciudad de Nueva York en 1950. De hecho, la señora Álvarez, la madre de la autora, provenía de una familia con profundas raíces en los Estados Unidos. Los «tíos maternos y las tías maternas de la escritora fueron enviados a internados estadounidenses, y sus tíos luego fueron a universidades de la Ivy League» (Novas, 1995: 426).
Los dos dominicanos que alcanzaron mayor visibilidad en Estados Unidos durante la primera mitad del presente siglo fueron María Montez y Porfirio Rubirosa. Nacida en la ciudad suroccidental de Barahona de padres acomodados el 6 de junio de 1912, María África Gracia Vidal se casó con William G. McFeeters, un oficial del ejército británico que dirigía la sucursal del National City Bank de Nueva York en Barahona (Vicens de Morales, 1993: 3). Después
de haber vivido en Irlanda durante ocho años, llegó a la ciudad de Nueva York el 3 de julio de 1939 para probar suerte como modelo bajo el nombre de Marie McFeeters. Con la decisión firme y apasionada de convertirse en «una gran estrella», consiguió un contrato con Universal Studios en 1940, se mudó a Hollywood y cambió su nombre a María Montez. Tuvo un papel importante en la película Arabian Nights (1942), que la convirtió en una de las favoritas de Hollywood, y desempeñó el papel principal en Cobra Woman (1943), que la elevó al «estatus de culto mundial» (Susann, 1994: 4). Su estrellato duró poco. El hecho de mudarse a París con su segundo marido, el actor francés Jean Pièrre Aumont, la alejó de Hollywood. Esperaba con ansias un regreso a esa ciudad cuando la muerte la sorprendió en 1951. Conocida cariñosamente en su época como la Reina del Technicolor, más de cuatro décadas después de su muerte sigue siendo «objeto de un extenso culto de seguidores sedientos de nostalgia y banalidad» (Kanellos, 1994: 552). Sus otros créditos cinematográficos incluyen Bowery to Broadway (1944), Gypsy Wildcat (1944), Sudán (1945), Tangier (1944), The Exile (1947) y Pirates of Monterey (1947).
Porfirio Rubirosa (1909-1965), en cambio, ya se había ganado una reputación de playboy internacional cuando se abrió paso en el jet set neoyorquino a finales de los años 40. Tras casarse y divorciarse de Flor de Oro Trujillo, la hija primogénita del dictador dominicano, conservó la amistad y el apoyo de su exsuegro, el poderoso benefactor que le permitió costearse una vida de lujo e indulgencia romántica. En Francia, Rubirosa sedujo a la actriz Danielle Darrieux, lo que culminó en un matrimonio que duró poco tiempo; después, en Estados Unidos, cortejó con éxito a Doris Duke, una rica miembro de la familia Duke, los magnates del tabaco y filántropos por quienes lleva su nombre la Universidad Duke en Durham, Carolina del Norte. En 1952, mientras representaba al régimen de Trujillo en misión diplomática en Nueva York, inició una muy publicitada historia de amor con la actriz hollywoodense Zsa Zsa Gabor, cuya hermana, Eva Gabor, también una celebridad del mundo del espectáculo, se convertiría en su esposa años después. El playboy dominicano encontró su camino hacia otra rica familia estadounidense el 30 de diciembre de 1953, cuando se casó con Barbara Hutton, nieta de Frank Winfield Woolworth, fundador de la cadena de tiendas de mercancías que contaba con más de mil sucursales en todo Estados Unidos y el extranjero (Rubirosa, P., 1986: 158-159).
Dominicanos en Estados Unidos como exiliados
Al igual que Rubirosa, un buen número de dominicanos que residían en Estados Unidos antes de la década de 1960 eran agentes gubernamentales, diplomáticos, aventureros, empresarios o estudiantes de familias adineradas. Pero un número mayor estaba formado por exiliados políticos y expatriados que se oponían o se habían enemistado con la estructura gobernante en su país de origen. El Gobierno que generó la comunidad de expatriados más conocida y activa en Estados Unidos fue sin duda la despiadada dictadura de Trujillo, que duró treinta años e hizo que fuera sumamente peligroso para los disidentes permanecer en el país. Los dominicanos exiliados organizaron campañas contra Trujillo y formaron partidos de oposición en varias ciudades. El más conocido, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), tenía una importante sede en Nueva York, dirigida por notables líderes de la resistencia. Nicolás Silfa, un destacado opositor de la dictadura que durante años encabezó el capítulo del PRD en Nueva York, ha registrado en sus memorias, Guerra, traición y exilio (1980), un útil relato de la lucha antitrujillista en los Estados Unidos en esa época. La importancia de Nueva York para los patriotas comprometidos a combatir el régimen tiránico queda atestiguada por los esfuerzos que el Gobierno dominicano hizo para extender la persecución de los disidentes a esta ciudad, que se convirtió en escenario de muchos asesinatos brutales. En 1935, el líder opositor Ángel Morales vivía con su compañero de cuarto Sergio Bencosme en un departamento ubicado en el 87 de Hamilton Place, en el alto Manhattan. Un día, su casera, Carmine Higgs, vio entrar a un hombre armado preguntando por Morales. El sicario, identificado más tarde como Luis de la Fuente Rubirosa, se encontró con Bencosme y, confundiéndolo con Morales, que no estaba en casa, lo mató a tiros (Hicks, 1946: 55-56). Otro opositor de Trujillo, el novelista Andrés Requena, autor de la novela antigubernamental Cementerio sin cruces, encontró su fin en el 243 de Madison Avenue en el East Side de Manhattan el 2 de octubre de 1952. El cónsul dominicano en Nueva York lo había conducido engañosamente hasta ese lugar, donde fue emboscado por mercenarios de la dictadura (Miolán, 1985: 56). El cónsul era el sanguinario Félix W. Bernardino, quien anteriormente había amenazado con fusilarlo «debajo de cualquier farola de Nueva York», según un testimonio del propio Requena encontrado tras el asesinato («El misterio Galíndez y el horror de Trujillo», 1956: 3). La escandalosa agresión
de Bernardino fue emulada en ocasiones por su hermana, la embajadora Minerva Bernardino, quien, irónicamente, recibió honores por sus servicios humanitarios después del fin de la dictadura. Una vez le gritó al periodista y autor Wenzell Brown: «Si Trujillo no te mata, mi hermano lo hará», según un artículo publicado por Brown en la edición de mayo de 1956 de la revista Look. Brown, en el capítulo dominicano de Angry Men, Laughing Men (1947), representó a la señora Bernardino de forma poco halagüeña como una viciosa lacaya de Trujillo.
Ninguno de los asesinatos de Trujillo en Nueva York provocó tanta publicidad como el del exiliado vasco Jesús de Galíndez, quien vivió en la República Dominicana durante seis años, donde enseñó y se desempeñó como consultor en el Ministerio de Trabajo y Asuntos Exteriores. Galíndez se separó del Gobierno y vino a Nueva York. En esta ciudad obtuvo un doctorado en la Universidad de Columbia con una tesis titulada «La era de Trujillo», una historia que reveló la locura, la corrupción y la criminalidad del régimen. Cuando llegó a Trujillo la noticia de que la tesis pronto aparecería en forma de libro, decidió vengarse. El periodista cubano Manuel de Dios Unanue escribió que fue la señora Bernardino quien se encargó de informar al tirano sobre el libro, le enfatizó el daño que le causaría y lo incitó a actuar (Unanue, 1982: 129). El 12 de marzo de 1956, después de terminar su conferencia en la Universidad de Columbia, Galíndez fue secuestrado por agentes de Trujillo y llevado de regreso a Santo Domingo en avión, donde, se dice, el tirano se ocupó personalmente de su muerte (Miolán, 1985: 57; «El Misterio de Galíndez», 1956: 3). El crimen provocó la indignación de la comunidad internacional, y se necesitaron los buenos oficios de Franklin D. Roosevelt, Jr., hijo del expresidente, como abogado del Gobierno dominicano para ayudar a mitigar el descrédito del régimen en Estados Unidos.
Literatura dominico-estadounidense
A pesar de la aparente resistencia de historiadores y compiladores de literatura hispano-estadounidense a incluir autores dominicanos en sus compendios, como lo ilustran The Hispanic Literary Companion (Kanellos, 1997) y The Latino Reader (Augenbraum y Fernández Olmos, 1997), ha habido una presencia literaria en los Estados Unidos desde principios de siglo. Pedro Henríquez Ureña, que posteriormente se convertiría en una figura destacada de
las letras latinoamericanas, inició en este país su carrera literaria de manera formal, además de que allí también transcurrió buena parte de su desarrollo profesional. Obtuvo títulos académicos, enseñó en la Universidad de Minnesota y en la Universidad de Harvard y produjo una parte importante de sus textos. Su hermana, la académica Camila Henríquez Ureña, completó sus estudios de posgrado en la Universidad de Minnesota en 1918, y posteriormente enseñó literatura en Vassar College, en Poughkeepsie, Nueva York, de 1941 a 1958. Alrededor de 1914, el empresario e intelectual Francisco J. Peynado fundó el semanario cultural Las Novedades, que abrió sus páginas a muchos escritores dominicanos que vivían en Nueva York.4
Entre los poetas y cuentistas conocidos que vivieron y trabajaron en Nueva York en esa época, está José M. Bernard (1873-1954), que publicó un volumen de versos titulado Renuevos (1907) a través de una imprenta denominada Imprenta Hispano-Americana. Al año siguiente, el poeta y cuentista Fabio Fiallo (1866-1942), un reconocido autor que entabló amistad con muchas de las figuras literarias más importantes de América Latina, incluido el gran poeta nicaragüense Rubén Darío, publicó un volumen corto de ficción titulado Cuentos frágiles (1908). Luego, en 1915, Manuel Florentino Cestero (1879-1926), otro nombre muy respetado de la literatura dominicana, publicó el libro de poemas El canto del cisne, en la imprenta de Las Novedades de Nueva York, y cinco años después una obra de ficción titulada El amor en Nueva York. 5 Luego vinieron las tres décadas de la despiadada dictadura de Trujillo (19301961), período durante el cual muchos escritores que no se sentían cómodos
4 Realmente fue una iniciativa editorial de españoles de 1876 liderada por José G. García y anunciada como «órgano de España y los pueblos hispanoamericanos» con tal de abarcar a los lectores hispanohablantes de Nueva York. La presencia editorial dominicana arranca en 1910, cuando dueños dominicanos adquieren la revista y dan a compatriotas suyos el control de las áreas de Redacción, Noticias y Administración, sobre todo a parientes del novelista Manuel de Jesús Galván. Es solo en 1914 que Francisco J. Peynado y J. B. Vicini Burgos comienzan a figurar como dueños y editores de la revista, tal como lo establece La presencia dominicana en el periódico Las Novedades, 1876-1918, crucial obra de análisis, recuperación y compilación escrita por la bibliotecaria y bibliógrafa Sarah Aponte (2021: 14, 20).
5 Habíamos heredado el título de esta obra de referencias hechas por autores anteriores. La reciente publicación de la obra inédita de Manuel F. Cestero que no incluye dicha novela da a entender que, aunque fuese un proyecto literario que Cestero atesorara, El amor en Nueva York ni siquiera llegó a ser un manuscrito completo como ha concluido el crítico y editor Blanco Díaz (2023).
invirtiendo sus talentos en justificar los crímenes del Gobierno y ensalzar al tirano, que era función de quienes vivían bajo el régimen, no tuvieron otra opción que abandonar el país. Gran parte emigró a Estados Unidos, particularmente a Nueva York. Entre los más conocidos se encuentran Andrés Requena (1908-1952), Ángel Rafael Lamarche (1899-1962) y Héctor J. Díaz (1910-1952). Requena escribió en Nueva York la novela Cementerio sin cruces (1951), que publicó en México con la Editorial Veracruz. Lamarche escribió en Nueva York la colección Los cuentos que Nueva York no sabe (1949), publicada en Talleres Gráficos La Carpeta, también en México. Es menos conocida la poesía que Héctor J. Díaz escribió en Nueva York durante los últimos años de su vida, y aún está por determinarse qué parte de su poesía completa —es el poeta dominicano cuya obra es más recitada por públicos no literarios— corresponde a su estancia en Estados Unidos.
Con el gran éxodo que siguió a la muerte de Trujillo en 1961 y la cadena de acontecimientos que la caída del dictador desató durante los años siguientes, que culminaron en la guerra civil de 1965 y la subsecuente invasión militar estadounidense, el perfil socioeconómico y cultural de los dominicanos en Estados Unidos cambió de manera radical. Los inmigrantes ya no provenían exclusivamente de las élites económicas, intelectuales y políticas que se oponían al régimen, o de familias acomodadas y de piel clara cuyo relativo privilegio social les hacía posible viajar al extranjero. Ahora la migración internacional estaba abierta a todos. A medida que el flujo migratorio se aceleró, los campesinos pobres y los residentes de guetos urbanos superaron con creces a los inmigrantes de clase media que habían llegado antes. La comunidad dominicana en Estados Unidos se volvió así cada vez más oscura y pobre, mientras que la economía industrial de la que disfrutaban los primeros inmigrantes perdió la capacidad de incorporar a nuevos trabajadores. Como resultado, muchos se unieron a las filas de los desempleados, los indigentes y los desesperanzados. Los escritores que han alcanzado visibilidad en Estados Unidos, especialmente en la década de 1990, trabajan en un contexto de pobreza y desempoderamiento, provocado por la reestructuración económica que este país ha experimentado durante las últimas tres décadas. De ese contexto surge la obra de Junot Díaz, autor que nació en Santo Domingo en 1969. Llegó a Estados Unidos a los siete años y pasó el resto de su infancia y adolescencia en Nueva Jersey, donde cursó la escuela secundaria y la universidad. Graduado de la Universidad de Rutgers, aplicó después al prestigioso Programa de Escritura Creativa de

Expresidente dominicano Juan Bosch (centro) recibiendo un doctorado honoris causa del City College de Nueva York en 1993; la rectora Augusta Souza Kappner en el podio (derecha) y el profesor Silvio Torres-Saillant (izquierda). ©Philip J. Carvalho. Cortesía de los archivos del Instituto de Estudios Dominicanos de CUNY.
la Universidad de Cornell. Cuando dejó Cornell con un título en mano de MFA (Maestría en Bellas Artes), ya había publicado un breve texto de ficción en la prestigiosa revista literaria Story. En el transcurso de un mes, entre finales de 1995 y principios de 1996, The New Yorker le publicó dos cuentos. El número de Newsweek del 15 de enero de 1996 traía un artículo sobre el «éxito de la noche a la mañana» del joven Díaz, que reveló información sobre su impresionante contrato de «seis cifras» con Riverhead Books, una división de Putnam, para una colección de cuentos y una novela. Las historias de Díaz se han incluido en The Best American Short Stories: 1996 (Houghton Mifflin, 1996) y en el próximo The Best American Short Stories: 1997. La colección de historias Drown fue nominada como Libro Notable de 1996 por The New York Times Book Review, lo que convirtió a Díaz en una nueva y vibrante voz de la ficción estadounidense. Drown, que apareció a mediados de 1996, se ganó inmediatamente la entusiasta recepción de los críticos de The New York Times, el Village Voice, Publishers Weekly e incluso de revistas de moda y entretenimiento como Elle y Mirabella. El autor de Drown, que hace gala de una aguda sensibilidad intelectual, profundiza de manera penetrante en el capítulo dominicano de la experiencia humana.
Sus personajes, ya sea que vivan en la República Dominicana o en su lugar de inmigración en los Estados Unidos, enfrentan la miseria y el desarraigo. Con un dominio excepcional de las palabras, Díaz transmite emociones y estados mentales a través de imágenes concretas y escenas vívidas. Los adultos en Drown luchan con destinos hostiles. Sus hijos, criaturas de la diáspora, cargan con el asombro por el sueño americano que les impone la desesperación de sus padres. Nos vemos frente al estrés inherente a la interacción entre el individuo y el colectivo que enmarca la identidad social. Los imperativos de familia, nacionalidad, clase, género, raza, comunidad y proclividad sexual agravan la extenuante existencia de los personajes. Depositario de profundos pensamientos, Drown pone de relieve los conflictos, anhelos y frustraciones que han alimentado los textos literarios a lo largo de los siglos. En general, nos presenta la experiencia dominicana desde la perspectiva de la marginalidad social y el padecimiento de la pobreza.
Los lectores estadounidenses ya habían sido expuestos a una representación literaria de la experiencia de los primeros inmigrantes dominicanos, aquellas familias de clase media que llegaron antes del gran éxodo. A través de la poesía y la ficción, Julia Álvarez, escritora nacida en Nueva York de padres dominicanos, exploró ese drama humano. Nacida en 1950, Álvarez pasó su primera infancia en la tierra natal de sus padres, donde asistió al Carol Morgan, una escuela estadounidense, y regresó a Nueva York en 1960, cuando la familia sintió la necesidad de huir del régimen de Trujillo. Reside desde hace muchos años en Middlebury, Vermont, donde es profesora de inglés en Middlebury College.
Su celebridad literaria comenzó en 1984 cuando Grove Press publicó su libro de poemas Homecoming, que obtuvo considerable visibilidad en el ámbito de la poesía estadounidense. El volumen combina narrativa con verso lírico y consta de dos partes: en la primera, quien narra busca su identidad como mujer a través de una exploración de las enseñanzas de su madre acerca del oficio de ama de casa y comprender la cosmovisión que sustenta la cultura de la madre. El último poema de esta sección, «Orquídeas», indaga acerca del tema de la mujer artista que logra la autorrealización a través del oficio pero pierde el contacto con su creatividad cuando se casa. La segunda sección de Homecoming, titulada «33», utiliza la forma del soneto para examinar la angustia de una mujer divorciada y sin hijos, que enfrenta la soledad, el deseo sexual, las pruebas de la feminidad en un mundo androcéntrico, y la conciencia del envejecimiento con el rápido paso del tiempo.
Álvarez continuó escribiendo versos. Publicó The Other Side en 1995 y Homecoming: New and Collected Poems en 1996, ambos bajo el sello de Penguin Books. La importancia atribuida a sus poemas puede ilustrarse en el hecho de haber sido seleccionada para formar parte de la exposición «La mano del poeta», una muestra de «manuscritos originales de 100 maestros» en la Biblioteca Pública de Nueva York. La segunda parte de la exposición, que mostraba manuscritos de poetas desde E. E. Cummings hasta Julia Álvarez, permaneció abierta al público desde el 16 de agosto de 1996 hasta el 15 de febrero de 1997. Curiosamente, su poesía ya había recibido tratamiento canónico en una antología de 1987, editada por Robert Bender y Charles Squier, titulada The Sonnet: An Anthology, que analiza a los sonetistas desde Sir Thomas Wyatt en el renacimiento inglés hasta Julia Álvarez en el verso estadounidense contemporáneo.
Pero fue la ficción la que la lanzó al plano internacional. Sus dos primeros libros como narradora, Cómo las niñas García perdieron su acento (1991) y En el tiempo de las mariposas (1994), se convirtieron en bestsellers. El tercero, ¡Yo!, ha obtenido críticas favorables desde su aparición en 1997. El primero fue nombrado Libro Notable de 1991 por The New York Times Book Review y por la American Library Association, y también recibió el premio PEN Oakland/Josephine Miles a la excelencia en la literatura. El segundo fue nominado al Premio del Círculo Nacional de Críticos de Libros de 1995. La obra de Álvarez ha recibido galardones nacionales e internacionales y ha sido traducida a otros idiomas. La novela En el tiempo de las mariposas constituye su mayor logro literario hasta el momento. En este, la autora corre riesgos estéticos tanto a nivel de estilo como de forma, logrando una dicción convincente al representar las vidas, pasiones y muertes de las hermanas Mirabal, tres mujeres que hicieron el máximo sacrificio para desafiar la sanguinaria y misógina dictadura de Trujillo.
Entre los escritores dominicanos que utilizan el inglés como medio de expresión se encuentra Rhina Espaillat, que proviene de la generación anterior a la de Álvarez. Nació en La Vega en 1932 y llegó a Estados Unidos en 1939. Aunque escribe principalmente en inglés, ha conservado su español y ha publicado poemas en periódicos de la República Dominicana. Estudió en Hunter College en la City University de Nueva York. Para realizar su trabajo de posgrado asistió al Queens College, también en el sistema municipal de educación superior de la ciudad de Nueva York. Después de obtener su maestría, trabajó como profesora de inglés en las escuelas secundarias públicas de la ciudad.
Actualmente vive con su marido en Newburyport, Massachusetts. Aunque no es muy conocida entre los dominicanos en los Estados Unidos, probablemente debido a que retrasó la publicación de sus textos hasta una etapa más avanzada de su vida, los logros de Espaillat son considerables.
A los dieciséis años, se convirtió en el miembro más joven en ser incluido en la Poetry Society of America. Décadas más tarde, esa sociedad la honraría dos veces, en 1986 y 1989, con su Premio en Memoria de Gustav Davidson. La revista británica Urbis también la distinguió con dos premios (Fernández, 1994: 79). En 1992 publicó su colección de poemas Lapsing to Grace, con sus propias ilustraciones lineales. Las compilaciones y antologías que han acogido los poemas de Espaillat son, entre otras, Looking for Home: Women Writing about Exile (1990), Sarah’s Daughters Sing: A Sampler of Poems by Jewish Women (1990), A Formal Feeling Comes: Poems in Form by Contemporary Women (1994), e In Other Words: Literature by Latinas of the United States (1994). Los poemas suyos reunidos en la última de las antologías enumeradas aquí evocan recuerdos de la infancia y luchan con imágenes lejanas de la vida dominicana. El poeta parece interesado en rememorar la compleja interacción entre la dicción poética contemporánea y las formas tradicionales.
Aparte de las obras literarias escritas por dominicanos en inglés, algunos libros importantes han ingresado al mercado estadounidense en forma de traducción. Ciertas historias de la literatura dominicana hacen referencia a la novela de Jesusa Alfau y Galván (1895-1943) titulada Los débiles (1912), presumiblemente traducida al inglés en Nueva York en 1930, pero no ha aparecido información sobre su publicación. Tendrían que pasar casi quince años para que viera la luz en inglés la obra de un dominicano. Las Conferencias Charles Elliot Norton de Pedro Henríquez Ureña de 1940-1941, que consisten en una historia intelectual y un estudio literario de América Latina, aparecieron en forma de libro en 1945 con el título de Literary Currents of Hispanic America, de Harvard University Press. Años más tarde, la UNESCO patrocinó The Sword and the Cross (1954), una versión de Enriquillo, la reconocida novela del siglo XIX escrita por Manuel de Jesús Galván y traducida por Robert Graves. Casi cuarenta años después, la pequeña editorial Azul Editions, con sede en Washington, produjo una colección bilingüe de versos del laureado poeta Pedro Mir, titulada Countersong to Walt Whitman and Other Poems (1993). Ese primer lanzamiento obtuvo suficiente éxito como para animar a la editorial a emprender
otro proyecto con la edición bilingüe de Yania Tierra en 1995, un poema épico de Aída Cartagena Portalatín, decana de la escritura femenina dominicana en el siglo XX. Indiana University Press había publicado el libro de Galván gracias a la intervención de la UNESCO, dirigido a círculos académicos. Pero el incentivo que tuvo Azul Editions para agregar volúmenes de autores dominicanos a su catálogo provino del creciente número de dominicanos en las escuelas, colegios y universidades de los Estados Unidos en la actualidad.
El acontecimiento reciente más importante en la inserción gradual de obras dominicanas escritas originalmente en español ha sido la publicación de la traducción de They Forged the Signature of God (1995), de Viriato Sención, por la editorial Curbstone Press, con sede en Connecticut. La edición en español de esta novela, Los que falsificaron la firma de Dios, había batido todos los récords de ventas desde su aparición en Santo Domingo en 1992. Los lectores, incluidos aquellos que antes no habían mostrado ningún interés por la literatura, invadieron las librerías en cantidades masivas. Una historia de intriga, corrupción y engaño ambientada en la época contemporánea, la novela presenta personajes que tienen un parecido inconfundible con Trujillo, Balaguer, los jefes militares más conocidos y los influyentes familiares y asociados de Balaguer: toda la gama de la escena política en la República Dominicana durante las últimas décadas. La novela muestra la mentira de la clase dominante y de los funcionarios gubernamentales. Su acusación resultó tan efectiva que el propio presidente Balaguer apoyó públicamente la decisión del ministro de Educación de revocar el Premio Nacional de Ficción de 1993 otorgado a la obra por un panel de expertos. La versión inglesa de la novela, traducida por Asa Zatz, ha recibido reseñas destacadas en Publishers Weekly, Washington Post Book World, Choice y Latino Review of Books, entre otros. Durante las elecciones presidenciales de 1996 en República Dominicana, The New York Times citó varios fragmentos para ilustrar el comportamiento de algunos de los candidatos en la contienda política. Sención la escribió en el sur del Bronx, en Nueva York, donde había vivido durante casi quince años. Aunque el libro trata situaciones políticas de la patria, su mordaz crítica de la estructura de poder refleja una perspectiva de la diáspora que dentro del país sería inconcebible. Podría decirse que fue la distancia de la tierra natal lo que agudizó la memoria del autor y activó su sentido crítico. They Forged the Signature of God obtiene gran parte de su tensión artística del apasionado recuento que hace el autor de la realidad social y política de su
tierra natal. Escuchemos al personaje Arturo reflexionando sobre las historias neoyorquinas de su tío Julio:
Te quedas en tu apartamento durante meses mientras hace frío o nieva afuera. Tus vecinos son como fantasmas, siempre apurados, que ni siquiera te saludan. Viajas en el metro, yendo y viniendo, y tienes como compañía a una multitud de personas que son hostiles, alienadas o dormidas. ¿Y adónde vas? Hacia la nada (Sención, 1995: 100-101).
El testimonio del tío Julio evoca una etapa en el proceso de adaptación de un grupo de inmigrantes a un país de acogida que está marcada por la angustia existencial, el distanciamiento psicológico del entorno inmediato y un profundo sentido de nostalgia y soledad, que se corresponde con el estado mental de Sención durante la segunda mitad de la década de 1980, cuando en su primera novela se unieron vívidos recuerdos de la infancia y un agudo escrutinio de la política dominicana contemporánea. Este libro constituye un momento importante en el enfrentamiento de la comunidad con los acontecimientos políticos que provocaron su migración.
El aumento gradual de la visibilidad de las letras dominicanas en los Estados Unidos, gracias a la traducción al inglés de importantes obras y al surgimiento de unos pocos escritores anglófonos, ha sido impulsado, en parte, por un grupo emergente de académicos comprometidos con la causa de difundir conocimientos sobre la experiencia dominicana. En abril de 1986, Carlos Rodríguez Matos, del Departamento de Lenguas Romances de Seton Hall, organizó, conjuntamente con la Universidad de Rutgers, un evento académico de tres días llamado «Primera conferencia multidisciplinaria sobre la República Dominicana», que reunió a muchos dominicanistas de universidades de ambos países. En 1988, la prestigiosa Revista Iberoamericana, dirigida por un distinguido hispanista, el fallecido Alfredo A. Roggiano, de la Universidad de Pittsburgh, dedicó un número completo a la literatura dominicana (vol. 54, núm. 142). El número fue preparado por Rei Berroa, un estudioso de la literatura española de la Universidad George Mason nacido en República Dominicana. Después de esos dos hitos, los esfuerzos más importantes de difusión del conocimiento sobre los productos culturales dominicanos han sido impulsados por académicos radicados en Nueva York. Daisy Cocco de Filippis, académica literaria y traductora del York College de la City University de Nueva York, ha

El poeta nacional dominicano Pedro Mir con la profesora Ana María Hernández (izquierda) y la comunicadora Mari Santana, entonces de WNJU-TV, en el escenario del United Palace Theater en Washington Heights como parte del espectáculo magno producido por el Instituto de Estudios Dominicanos el sábado 2 de octubre de 1993 en torno a la proyección de la película Un pasaje de ida del cineasta Agliberto Meléndez. ©Eduardo Hoepelman. Fuente: CUNY Dominican Studies Institute Library.
liderado muchos trabajos pioneros. Ha compilado dos antologías de escritos de mujeres dominicanas desde la época colonial hasta el presente: una cubre verso y la otra ficción en prosa. Las dos recopilaciones ponen de relieve la necesidad de reconfigurar la crónica de la historia literaria dominicana desde el punto de vista de género. También ha coeditado dos colecciones bilingües: una se centra en poesía, Poems of Exile and Other Concerns (1988), y la otra en ficción, Stories of Washington Heights and Other Corners of the World (1994). Asimismo, ha compilado Tertuliando/Hanging Out (1997), que reúne poesía, ficción y ensayos escritos por mujeres dominicanas y latinas, de las que coordinó lecturas periódicas. De Filippis encabezó la Asociación de Estudios Dominicanos como presidenta fundadora a mediados de la década de 1990. Del mismo modo, la socióloga Ramona Hernández, copresidenta junto con la administradora de educación superior Ana García Reyes, del Consejo de Educadores Dominicanos, lideró el esfuerzo para crear el Instituto de Estudios Dominicos de la City University. Sin embargo, a pesar de los notables avances que aquí se resumen, la literatura dominicana en los Estados Unidos sigue siendo una expresión cultural marginal. La mayoría de los autores escriben predominantemente en español
para el consumo casi exclusivo de pequeños círculos literarios de los barrios dominicanos. Estos literatos tienen muy pocas oportunidades de publicación. Por lo general, deben financiar, supervisar la producción y distribuir sus propios libros. Apenas cuentan con posibilidades de ser incluidos en los principales circuitos literarios o al menos de alcanzar un nivel de prestigio fuera de sus enclaves de inmigrantes. En otras palabras, la literatura dominicana permanece relegada a lo que se ha llamado «la periferia de los márgenes» (Torres-Saillant, 1991). Sin embargo, uno no puede evitar mantener la fe en la persistencia, tenacidad e indomabilidad de los escritores, que continúan publicando contra viento y marea. Una breve lista de algunos de los autores más activos que en la última década han impreso sus poemas, novelas y obras cortas de ficción ilustra su dinamismo: Carlos Rodríguez, Marianela Medrano, Alexis Gómez Rosa, Franklin Gutiérrez, Miriam Ventura, León Félix Batista, Rei Berroa, Juan Rivero, José Carvajal, Tomás Modesto Galán, Julio Alvarado, Norberto James Rawlings, Juan Torres, Teonilda Madera, Diógenes Abréu, Irene Santos, Josefina Báez, Félix Darío Mendoza, Juan Matos, José Segura, Ynoemia Villar y Dagoberto López. Independientemente de que sus obras resulten duraderas o no, la comunidad les deberá reconocimiento por asumir la tarea de dar testimonio de la traumática experiencia de su pueblo como inmigrante.
Las artes visuales
La presencia de dominicanos en la pintura, la escultura, el diseño gráfico y las técnicas mixtas en Estados Unidos desafía las descripciones coherentes. Dado que los artistas han viajado a Estados Unidos por motivos diferentes, en momentos diferentes y bajo circunstancias diferentes, una visión general del trabajo que han realizado no puede seguir un patrón viable. Históricamente, el contacto con el mundo del arte de Estados Unidos se remonta a alrededor de 1922, cuando Celeste Woss y Gil, «la gran dama de la pintura modernista dominicana», inició la primera de dos estadías en Nueva York. Al finalizar la segunda, en 1931, Woss y Gil había pasado cinco años en Nueva York, estudiando en la prestigiosa Art Student League y absorbiendo las corrientes estéticas que entonces transformaban las artes plásticas en las capitales culturales de Occidente (Pellegrini, 1996b: 23). Hija del expresidente Alejandro Woss y Gil, que gobernó a la República Dominicana de 1885 a 1887, vivió en Francia, Cuba y Estados Unidos
durante el exilio de su padre. Poseía un estatus social privilegiado que le permitió tener la más alta formación artística en cada uno de los países donde vivió. La Art Student League de Nueva York ha seguido siendo una escuela atractiva para que los aspirantes a artistas continúen su formación. Alberto Bass, un pintor contemporáneo que nació en Santo Domingo en 1949, fue a estudiar en esa escuela en 1967. Según se desprende de la información biográfica contenida en Historia y bachata: Colonización y neocolonización —catálogo/conferencia de sus años en Nueva York que publicó en Santo Domingo en 1993—, Bass estableció contacto con la clase trabajadora dominicana que ya se había establecido en Washington Heights. Dio conferencias en la organización comunitaria Club Orlando Martínez en el norte de Manhattan y, de regreso a Santo Domingo, en 1981, inauguró una exposición titulada «La vida del dominicano en Nueva York». A Bass lo separa de Woss y Gil una gran diferencia de clase, generación y circunstancias, lo que probablemente explica su relación con la comunidad. Al igual que ella, regresó a practicar su arte en su tierra natal.
Entre los que se quedaron en Estados Unidos, los de mayor edad, son Tito Enrique Canepa, nacido en San Pedro de Macorís en 1916, y Darío Suro, nacido en La Vega en 1917 y fallecido en 1997. Canepa huyó de la dictadura de Trujillo en 1935. «Después de dos años en Puerto Rico, se mudó a Nueva York, donde trabajó en el Taller Siqueiros y estudió arte y composición en las escuelas de arte de la WPA» (Pellegrini, 1996b: 114). Los proyectos artísticos de la WPA en la década de 1930 estimularon a Canepa, y el dinamismo cultural de la ciudad impulsó su trabajo con ricas posibilidades de expresión. Ha expuesto obras en Nueva York al menos desde 1938. Por lo tanto, uno se pregunta el porqué de la total omisión de su nombre en la encuesta The Latin American Spirit: Art and Artists in the United States, 1920-1970, una reseña retrospectiva publicada en 1988, basada en una exposición patrocinada por el Museo de las Artes del Bronx que no incluyó a un solo dominicano entre los 165 artistas seleccionados. En cualquier caso, aunque Canepa refleja una amplia gama de líneas estéticas extraídas de diversas corrientes internacionales y conserva un interés temático en episodios de la historia dominicana, su producción artística emana de sus casi seis décadas de residencia en los Estados Unidos. Suro, por otro lado, pasó un tiempo en México, donde estudió con Diego Rivera y otros maestros muralistas. Llegó a Estados Unidos después de haber obtenido el reconocimiento en la República Dominicana como pintor de
primer nivel. Viajó mucho y recibió distinciones en el país y en el extranjero. En 1962 realizó una exposición individual en la Poindexter Gallery de Nueva York. Durante muchos años vivió en Washington, D.C., donde continuó pintando vigorosamente y escribiendo críticas de arte mientras se desempeñaba en la embajada dominicana como agregado cultural, posición que ocupó hasta su muerte. Aunque Suro estaba lejos de su país, su obra reflejó siempre una preocupación por la singularidad de la cultura dominicana, como ha señalado la historiadora de arte Elena Pellegrini (1996b: 28). Le sigue entre los maestros reconocidos Clara Ledesma, nacida en Santiago en 1924. Comenzó a hacer exposiciones individuales en 1952 y ha alcanzado gran reconocimiento internacional; su obra forma parte de la exposición permanente de los principales museos de su país. La historiadora del arte Jeannette Miller dice que Ledesma «residió durante mucho tiempo en Nueva York, donde realizó exposiciones y mantuvo su propia galería de arte», y luego se mudó a Santo Domingo (Miller, 1984: 122). Durante la última década, Ledesma se ha reasentado en Nueva York; allí vive y trabaja, casi desconocida para la comunidad dominicana, que se ha convertido en el segundo componente inmigrante más grande de la población de la ciudad. Eligio Pichardo (1929-1984) vivió durante diecisiete años en esa ciudad, donde realizó exposiciones individuales en varias galerías privadas; algunas de sus obras han sido incluidas en la colección del Metropolitan Museum of Art (Pellegrini, 1996b: 118).
Sin duda, la década de 1980 marcó un punto de inflexión para los artistas dominicanos, que comenzaron a dar grandes pasos hacia su visibilidad en este país. A principios de esa década, varios pintores y escultores expatriados formaron una asociación informal conocida como Artistas Visuales Dominicanos de Nueva York (DVANY), «con el objetivo de presentar las obras de sus miembros a un público estadounidense que no sabía casi nada sobre estos artistas o su herencia dominicana» (Kaplan, 1996: 14-15). En ese momento, el grupo incluía a Bismarck Victoria, Freddy Rodríguez, Eligio Reynoso, Magno Laracuente y Tito Canepa, pintores que, en su mayoría, se sentían insatisfechos por la falta de espacios para su trabajo. Pero las galerías no parecían estar lo suficientemente interesadas en exhibir sus obras. En 1984, los miembros de DVANY lanzaron una exposición colectiva con considerable éxito en la galería del Departamento de Asuntos Culturales de la ciudad de Nueva York en Columbus Circle, en el centro de Manhattan. La diferencia de estilos y la diversidad
de expresiones y formas sorprendieron a muchos, que no esperaban tal riqueza (1996: 14-15). Al año siguiente, en noviembre de 1995, la Gulf and Western «cedió el vestíbulo de su sede de la calle 59» a una exposición, la primera en ese espacio, de la escultora dominicana Victoria, radicada en Nueva York y miembro de DVANY (15).
Stephen D. Kaplan, miembro fundador de DVANY y rector de la Escuela de Diseño Altos de Chavón, en La Romana, República Dominicana, alma mater de muchos de los jóvenes artistas actualmente en los Estados Unidos, cree que el grupo se basó en «la nueva y vasta corriente artística que inunda los medios internacionales», así como en el dinamismo de la vida en Nueva York (Kaplan, 1996: 15). Pero, lo más importante, la «floreciente comunidad dominicana en Manhattan» ofreció a estos artistas un marco cultural y un contexto emocional que en muchos casos resultó rentable. Un caso notable de fecundación cruzada del artista con la comunidad es el de Carlos Reynoso. Tras recibir, en 1996, la prestigiosa subvención para Proyectos de Artista otorgada por el Fondo Nacional de las Artes, la Fundación Rockefeller y la Fundación Andy Warhol para las Artes Visuales, Reynoso ha evitado el circuito de galerías, prefiriendo «en cambio, la creación de piezas anónimas y efímeras, muchas veces realizadas en conjunto con estudiantes dominicanos en Washington Heights, a quienes enseña de manera voluntaria», según palabras de Alanna Lockward en su presentación del artista para el folleto que describe su exposición en el Museo Casa de Bastidas de Santo Domingo el 5 de agosto de 1996.
En general, la escena artística dominicana en los Estados Unidos se vislumbra mejor en varias exposiciones importantes que se han presentado en Nueva York desde 1992. La primera, titulada Dominicaras Dominicosas, agrupó fotografías, pinturas y esculturas utilitarias con el objetivo de documentar y celebrar la migración; se exhibió en la Galería de Arte Hostos, del 14 de abril al 29 de mayo de 1992, bajo la curaduría de Josefina Báez. La exhibición contó con el trabajo de Onorio Pérez, Richard Powel, Radhamés Morales, Scherezade García Vázquez y Pilar Gonzales. La segunda, titulada 500 Yolas, mostró pinturas, esculturas y dibujos de artistas radicados en Nueva York sobre temas inspirados en el quinto centenario de la conquista de América. Realizada del 4 de noviembre de 1992 al 15 de enero de 1993 en la Galería de Arte Hostos del Bronx, contó con obras de Scherezade García, Danilo González, Hochi Asiático, Moisés Ríos y Germán Pérez, todos artistas
jóvenes de gran éxito. La tercera, titulada Arte Moderno y Contemporáneo de la República Dominicana, se inauguró primero en Nueva York, en las galerías de las principales instituciones patrocinadoras, Americas Society y The Spanish Institute, del 14 de junio al 4 de agosto de 1996, y luego en el Bass Museum of Art en Miami, Florida, del 3 de octubre al 1.o de diciembre de 1996. Aunque se centró en examinar la producción artística de la República Dominicana, incluyó cuatro nombres radicados en Estados Unidos como parte de la selección de los treinta y dos artistas que integraron la muestra: Canepa, Rodríguez, Suro y Victoria. La cuarta exposición, realizada en INTAR Latin American Gallery, en Manhattan, se denominó Arte en Tránsito: Una Experiencia Dominicana. Primera Parte. Incluyó los trabajos de Hochi Asiático, Raquel Paiewonsky, Julia Santos Solomon y Darío Suro, y estuvo abierta desde el 26 de septiembre al 26 de octubre de 1996. La segunda parte, que presenta obras de Crucelyn Ferreira, Freddy Rodríguez, Etienne H. Stanley y Julio Valdez, estuvo abierta del 4 al 30 de noviembre de 1996. A diferencia de esfuerzos anteriores, esta muestra, concebida originalmente por Pellegrini cuando dirigió la Galería del INTAR, se concentró en «artistas dominicanos que actualmente viven en Estados Unidos», con el fin de dar una idea de cómo se han desarrollado fuera de su país natal (Casares, 1996: 9). Dado que la residencia en los Estados Unidos en el momento de la exposición era el único factor común que vinculaba a los artistas, aparte, por supuesto, de las consideraciones estéticas de los curadores sobre la calidad de las piezas, la exposición permitió una disparidad considerable en la naturaleza de la relación de los artistas con la sociedad americana. La duración de su estancia en este país, por ejemplo, osciló entre cinco años, en los casos de Stanley y Valdez, hasta casi tres décadas en el caso de Solomon.
Ni esta ni ninguna otra de las muestras de arte mencionadas en este resumen agotan la amplia gama de talentos y actividades artísticas producidas por los inmigrantes dominicanos en los Estados Unidos. Por ejemplo, Magno Laracuente, de treinta y cinco años, que vive en Nueva York desde 1979 y formó parte del grupo DVANY original en 1984, no apareció en ninguna de las exhibiciones mencionadas, a pesar de su relativo éxito tanto en la República Dominicana como en Estados Unidos. Tampoco estuvo presente el pintor Gerardo Phillips, residente en Nueva York, que ha sido influenciado por Wifredo Lam y Marc Chagall, como él mismo reconoce en el libro Caribbean Visions —una muestra amplia de los pintores y escultores caribeños contemporáneos—,
que incluye obras suyas (Phillips, 1995: 124). También hay artistas dominicanos de la diáspora menos conocidos, como Diógenes Abréu, quien ha expuesto en galerías de Nueva York y Tokio. Abréu, a diferencia de muchos de los artistas aquí analizados, comenzó a pintar en Nueva York, donde, por su propio origen de clase trabajadora, ha compartido la experiencia cotidiana de su pueblo en entornos sociales marginales, como el barrio de Washington Heights.
Los artistas visuales que están más estrecha y dolorosamente conectados con la difícil situación de la comunidad dominicana son los practicantes del arte conmemorativo, un vástago del movimiento del grafiti que surgió en la década de 1980 (Camacho, 1996: 126-127). Jhovanny Camacho, excurador del Museo de Arte Hispano Contemporáneo de la ciudad de Nueva York, habla del arte conmemorativo como una expresión «subterránea», mediante la cual «una comunidad o elementos dentro de ella» buscan «perpetuar el recuerdo de miembros que se adelantaron a su tiempo». Si bien los murales callejeros representan la difícil situación de hombres jóvenes que han «caído en guerras territoriales contra la droga», también incluyen a algunos que han muerto por otras causas (1996: 127). La mayoría de los jóvenes dominicanos homenajeados con memoriales son desconocidos para un gran sector de la comunidad donde se exhibe la obra. Según Camacho, «el anonimato es uno de los hechos más interesantes del arte memorial dominicano. Tanto el artista como el sujeto homenajeado permanecen anónimos» (133-134). Su anonimato, además de su compromiso temático con la muerte y los «sueños destrozados», reflejan la dureza de la experiencia migratoria para muchos dominicanos en Estados Unidos.
Las artes escénicas
Con la muerte de Ilka Tanya Payán el 6 de abril de 1996, la comunidad dominicana en Estados Unidos perdió a una de sus pocas personalidades destacadas en teatro. Nacida en Santo Domingo en 1943, Payán emigró en 1956. Abogada con práctica en derecho de inmigración desde 1984, y con un título de Juris Doctor recibido cuatro años antes, escribió una columna sobre temas de inmigración para el periódico hispano de Nueva York El Diario/La Prensa y para la edición neoyorquina del diario dominicano El Nacional. Payán comenzó a actuar en 1969, principalmente en teatros en español, pero su trabajo dramático también la llevó a España, Puerto Rico y República Dominicana. Tuvo un
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papel protagónico en Angélica, mi vida, la primera telenovela en español a nivel nacional, transmitida a través de Telemundo, la cadena de televisión de habla hispana. También participó en algunas producciones cinematográficas y televisivas anglófonas, sobre todo en Florida Straits, de HBO, la cual coprotagonizó con el fallecido Raúl Juliá.
Payán se convirtió en abogada porque temía no poder mantenerse únicamente con su carrera de actriz, pero sus servicios legales «la atrajeron cada vez más a los asuntos públicos» (Navarro, 1993; Thomas, Jr., 1996). Voluntaria de muchas organizaciones comunitarias de servicio directo, como Catholic

Silvio
Un muralista callejero haciendo su arte en el patio de una escuela en el norte de Manhattan. ©Josefina Báez.
Charities y el Center for Immigrants, estuvo asociada con la Crisis de Salud de los Hombres Gay desde 1984, primero como voluntaria y posteriormente como supervisora del Departamento de Servicios Legales de la organización. Uniendo su interés por los asuntos jurídicos con su amor por el teatro, donaba su trabajo como asesora a grupos, como el Actor’s Fund, y a diversas instituciones culturales, como la Asociación de las Artes Hispanas.
Alcanzó tal prominencia en la defensa de los derechos humanos de los inmigrantes y de las personas con VIH en los círculos políticos y cívicos hispanos que en 1992 el alcalde David N. Dinkins la nombró miembro de la Comisión de Derechos Humanos de la ciudad de Nueva York. Aunque había disfrutado de una exitosa carrera como actriz dentro de la relativa marginalidad del teatro latino en el noreste, fue su sorprendente anuncio de que había contraído el virus del VIH lo que la lanzó al escenario nacional. Su declaración en una conferencia de prensa el 14 de octubre de 1993 fue saludada al día siguiente por El Diario/ La Prensa (15 de octubre de 1993) con cobertura de primera plana, un artículo de fondo de tres páginas y un editorial. El periódico celebró a Payán por darnos «a todos una lección de valentía personal, y estamos totalmente de acuerdo con sus esperanzas de que su confesión sirva para educar y disipar la ignorancia que muchas veces rodea a esta enfermedad, especialmente en la comunidad latina». Con posterioridad se convirtió en objeto de amplia cobertura por parte de The New York Times, la revista Time, las principales cadenas de televisión y los medios de comunicación en general. Recibió múltiples invitaciones para aparecer en conferencias y eventos sobre el SIDA, y fue el centro de atención, el 1.o de diciembre de 1993, durante un foro de las Naciones Unidas sobre el SIDA mundial. Después de su muerte, Payán recibió muchos elogios y homenajes, incluido un extenso artículo necrológico en The New York Times (8 de abril de 1996). Había algo teatral, en el mejor sentido, en la forma en que Payán se comportó durante los últimos tres años de su vida. Su confesión pública y sus consecuencias se convirtieron en su actuación más difícil. Demostrando que tenía el temple necesario, afrontó el drama de la existencia humana con audaz determinación para poner fin a trece años de temeroso silencio tras su infección. Algunas de sus palabras en la conferencia de prensa del 14 de octubre de 1993 denotan una profunda comprensión de la tragedia personal y la responsabilidad pública:
Mi familia en República Dominicana teme represalias. Sin embargo, por encima de su miedo como personas que viven sin VIH, está mi miedo de vivir con él. He tenido que elegir no guardar silencio ni estar asustada. Si continúo haciendo esto, significará que estoy de acuerdo con la discriminación. Tener que guardar este secreto es colaborar con el intolerable absurdo social de tratar un problema de salud como una cuestión moral y política (Comunicado de prensa, 14 de octubre de 1993).
Con su impresionante gran final, Payán logró una visibilidad solo comparable con la de otra compatriota dominicana, la memorable María Montez. Aparte de las personalidades del teatro y del cine ya citadas, solo el actor Mateo Gómez ha logrado construir una carrera actoral estable en el escenario comercial de Estados Unidos, más allá de los estrechos límites de las producciones comunitarias en el teatro latino. Gómez ha obtenido numerosos logros en el teatro, la televisión y el cine. Jugó un papel importante en la producción de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, en Broadway, y ha realizado anuncios publicitarios televisivos. También coprotagonizó con Chuck Norris la película Delta Force II.
Otra historia de éxito notable fue la del actor y director Rolando Barrera, cuyo grupo Futurismo logró montar, en la década de 1940, cuatro producciones al año de versiones españolas de obras europeas en el Master’s Auditorium (Kanellos, 1994: 473). Las carreras de estos artistas arrojan luz sobre los desafíos individuales de aquellos que se han decidido a perseguir sus metas y aspiraciones como actores y lograr su entrada en la corriente principal de la industria. Ninguno de los casos mencionados, sin embargo, puede sugerir una fuerte tradición teatral en ciernes para acompañar el surgimiento de los asentamientos de inmigrantes dominicanos que se han extendido por todo Estados Unidos.
Dejando a un lado los casos más extraordinarios, los actores y dramaturgos dominicanos no pueden presumir de un escenario propio con públicos fieles que les sirvan de interlocutores. En su mayoría, deben alquilar su talento a grupos y compañías de teatro que atienden a los latinos o a aquellos subgrupos hispanos que han vivido más tiempo en Estados Unidos, como los cubanos y los puertorriqueños, que son las comunidades latinas dominantes en el noreste. En Nueva York, por ejemplo, el talento teatral dominicano ha

La fenecida actriz, abogada y activista en la lucha contra el sida Ilka Tanya Payán (1943-1996) recitando Hay un país en el mundo en el United Palace Theater durante el programa armado en torno a la proyección de la película Un pasaje de ida en 1993. ©Eduardo Hoepelman. Fuente: CUNY Dominican Studies Institute Library.
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encontrado un lugar en el Repertorio Español, el Teatro Itinerante Puertorriqueño, el Centro Hostos para las Artes y la Cultura, el Teatro Pregones, el Teatro Cuatro, el Teatro La Tea, el Teatro Dúo y el Teatro Thalía, para nombrar algunos de los más conocidos. La explicación de la ausencia de espacios específicamente dominicanos para actores y dramaturgos talentosos radica en las precarias condiciones socioeconómicas de la comunidad. Los teatros requieren inversiones considerables, locales espaciosos, oportunidades para la capacitación y el avance técnico de actores y dramaturgos, y el público debe tener el interés y los fondos para mantener vivas las producciones. Sin embargo, un avance bienvenido es el esfuerzo de compañías establecidas desde hace mucho tiempo, como Repertorio Español, para atraer al público dominicano importando de su país de origen a dramaturgos conocidos, como Franklin Domínguez, y a compañías, como el Teatro Gayumba. Quizás ese esfuerzo de divulgación fomente el desarrollo de la audiencia, lo que puede tener repercusiones positivas para los teatros dominicanos con sede en Estados Unidos.
La señal más prometedora de un posible futuro brillante reside en esfuerzos como los que ejerce Latinarte, cuya directora artística, la actriz, bailarina, autora y docente Josefina Báez, mantiene igual compromiso con los logros técnicos, la relevancia temática y el desarrollo de audiencia. Nacida en La Romana en 1960, Báez llegó a Estados Unidos en 1972. Después de su educación secundaria en el sistema escolar público de la ciudad de Nueva York, siguió su formación en danza. Estudió danza clásica durante ocho años en la American Dance School, danza moderna y jazz durante cuatro años en el New York Dance Troupe, y danza oriental e india con maestros reconocidos en Nueva Delhi y Nueva York. Su formación en teatro comenzó oficialmente con Flora Lauten, durante siete años en el Grupo de Teatro Buendía, en Cuba. Continuó su formación hasta la segunda mitad de la década de 1990, cuando reanudó la exploración de la «biomecánica teatral», la técnica concebida por el maestro ruso Gennady Bogdanov, protegido del fallecido Nikolai Kustov, actor y profesor en la famosa compañía de Meyerhold. Además de sus estudios de técnicas de actuación y danza, Josefina Báez asistió al Latino Playwright Lab en el Public Theatre de la ciudad de Nueva York, como resultado de lo cual escribió It’s a New York Thang; you will Understand, obra presentada por primera vez en una lectura escenificada en el Public Theatre en 1994.
Báez ha viajado a muchos lugares para actuar tanto de bailarina como de actriz. El Ballet Municipal de Río de Janeiro la contrató como balletista durante cuatro temporadas de otoño consecutivas desde 1980 hasta 1984. Un compromiso con el taller del Instituto Internacional de Teatro la llevó a Cuba en 1983. En 1986 se presentó como artista invitada en importantes festivales celebrados en México y Francia. Trabajó con distinción en Helsinski, Finlandia, en 1989, y regresó a Cuba para honrar un compromiso con la Escuela Latinoamericana y del Caribe de Teatro en 1994. A principios de 1997 actuó en Rusia, por invitación de Bogdanov, así como en España. Para complementar su trabajo profesional como intérprete, Báez dedica un tiempo considerable a la enseñanza de teatro y escritura creativa principalmente a niños y adolescentes a través de un programa patrocinado de conjunto por Teachers and Writers Artsconnection y Latinarte. Desde 1984, cuando comenzó esa iniciativa, Báez ha enseñado en casi todas las escuelas públicas de la ciudad de Nueva York que tienen una importante población estudiantil dominicana, desde el jardín de infantes hasta el último año de la escuela secundaria.
Ya sea en el aula o en el escenario, el credo que informa el trabajo de Báez da prioridad a la experimentación artística, al desarrollo de la audiencia y a la representación auténtica. Al abordar la experiencia humana, se centra especialmente en la vida de su pueblo como minoría cultural, política y lingüística en Estados Unidos. Los títulos de sus piezas dramáticas, «textos performáticos», como ella prefiere llamarlos, desde Negritud dominicana (1986) hasta En dominicano (1996), así como sus poemas «Soy dominicana pero…», publicados en Forward Motion (verano de 1996), y «Migration», que apareció en Scholastic Anthology of Caribbean Women Writers (1992), indican una dedicación inquebrantable a la búsqueda de significado en medio de la desorientación potencial de una existencia diaspórica. Un elemento central del credo artístico que rige la agenda de Latinarte es la determinación de abordar los desafíos y posibilidades de los dominicanos en los Estados Unidos a través de una expresión experimental que evita la linealidad tanto del texto como de la dramaturgia. «Aunque los respetamos mucho —ha dicho Báez—, no nos ocupamos de las obras de los clásicos, ya sea Shakespeare o García Lorca. Tampoco tocamos a los maestros conocidos del teatro latinoamericano. Solo representamos obras que surgen de la experiencia de la diáspora por dramaturgos que han vivido esa experiencia» (entrevista personal con la autora).
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Una de las producciones recientes de mayor éxito de Latinarte, Lo mío es mío (1994), otro de los tantos resultados de la fructífera colaboración de Báez con el dramaturgo y director Claudio Mir, cuenta la historia del pueblo dominicano, desde la vida en el país de origen hasta la difícil situación de la diáspora, mediante diversas representaciones de conocidos juegos infantiles. La obra se basa en el kathak, una danza india, así como en canciones

Josefina Báez, foto publicitaria de la actriz, bailarina y poeta tomada por el fotógrafo M. Hanney. ©Josefina Báez.
Silvio
tradicionales dominicanas y las prácticas carnavalescas para examinar a los líderes políticos y su dañino legado, y cierra con las ansiedades que emanan de las pruebas de la inmigración a los Estados Unidos. Una empresa exitosa estéticamente, Lo mío es mío, como muchas de las producciones dramáticas de Latinarte, se sustenta en un número mínimo de actores muy versátiles, poca iluminación pero bien dirigida y un escenario con escasa decoración o utilería. El formato simplificado, que recuerda la economía de las etapas iniciales de la escena trágica ateniense, genera producciones relativamente económicas que pueden trasladarse sin excesiva dificultad de un lugar a otro y adaptarse a espacios no necesariamente concebidos para la representación teatral. Ahí reside el modelo ensayado por Latinarte. Con el liderazgo de Báez y su dedicación al perfeccionamiento artístico a través del ajuste de los recursos técnicos, Latinarte ha demostrado la posibilidad de producir obras creativas en forma y contenido, incluso en una comunidad de inmigrantes que aún no ha alcanzado el estado de madurez y sofisticación social requerida para el establecimiento de empresas teatrales costosas y permanentes con audiencias grandes y conscientes que las apoyen.
La música popular
La presencia cultural más destacada de los dominicanos en los Estados Unidos se ha producido en el ámbito de la música popular con la creciente aceptación del merengue, la música bailable más conocida en los círculos de entretenimiento latinos durante las décadas de 1980 y 1990. El merengue viajó por primera vez a Estados Unidos en los años 20, cuando grupos como Trío Borinquen, alternativamente llamado Trío Quisqueya, cumplieron contratos de grabación con Columbia Records en Nueva York (Del Castillo y García Arévalo, 1988: 45). En 1928, la Orquesta Internacional RCA Victor comercializó ritmos tropicales que incluían tres merengues. Al año siguiente y durante las dos décadas posteriores, los artistas dominicanos acudieron al estudio de la compañía en Nueva York para realizar los trabajos de grabación (Pacini Hernández, 1995: 49). En 1940, el director de música clásica Leopold Stokowski, entonces de gira mundial, visitó la República Dominicana con su orquesta a bordo del transatlántico Argentina, que estaba equipado con un pequeño estudio de grabación. Stokowski invitó al músico dominicano Luis Alberti y su
orquesta a unirse a una sesión de grabación, y el resultado fue la producción de veinte temas que posteriormente abrirían las puertas de la Columbia Records a artistas dominicanos (Del Castillo y García Arévalo, 1988: 47).
Durante la década de 1950, Ángel Victoria, al frente del Conjunto Típico Quisqueyano, grabó muchos temas populares para Ansonia Records en Nueva York, y Napoleón Zayas, al frente del grupo Napoleon and his Boys, actuó en los sitios de entretenimiento más populares de esa ciudad, incluyendo el Alhambra, el Savoy Ballroom y el Cotton Club (Del Castillo y García Arévalo, 1988: 47). Desde la década de 1930, «Niño Durán había formado su propia orquesta, Enrique Durán y sus Saint Domingo Serenaders, que tocaba en el Savoy Ballroom, ubicado en un edificio de la Primera Avenida que ocupaba toda la cuadra. Este salón de baile tenía capacidad hasta para 5,000 bailarines y atrajo a una multitud multirracial que lo convirtió en uno de los lugares de entretenimiento más democráticos de Nueva York y posiblemente de Estados Unidos» (Roberts Hernández, 1986: 70). Contratada al inicio por dos meses, la orquesta de Durán tocó allí durante seis años gracias a su popularidad.
De la misma manera, el venerado barítono Eduardo Brito, cuya prodigiosa voz se volvió legendaria en la historia cultural dominicana, completó dos extensas temporadas en Estados Unidos. Durante una primera gira, de 1929 a 1932, cumplió un contrato discográfico con RCA Victor y recibió numerosas invitaciones adicionales para cantar en restaurantes, teatros, salas y emisoras de radio. Brito y su esposa, Elena, también cantante y bailarina que actuó con él, regresaron en 1938. Sin el mismo nivel de éxito de su estancia anterior, actuaron en los teatros Paramount, Roxy, Radio City e Hispano, todos en la ciudad de Nueva York, y cantaron como invitados especiales en la inauguración del Cabaret Hispano El Bongó el 21 de abril de 1938 (Roberts Hernández, 1986: 125). Estos músicos, junto con otros, como el cantante Negrito Chapuseaux, el pianista Simó Damirón, el líder de la banda Billo Frómeta y el vocalista Alberto Beltrán, además de los esfuerzos concertados del régimen de Trujillo para exportar un tipo particular de merengue, comparten el crédito en la introducción de la música popular dominicana en Estados Unidos y Europa durante la primera mitad del siglo XX.
A partir del gran éxodo, las formas musicales de los dominicanos ganaron cada vez más visibilidad. En la década de 1970, el merengue tenía tanta

Foto promocional de Lo mío es mío, performance text de Josefina Báez puesto en escena por el actor y director Claudio Mir. Fotografía de Julio Nazario. ©Claudio Mir/Latinarte.
popularidad que se le consideraba un rival de la salsa. La salsa, sin embargo, estaba más firmemente arraigada en la Nueva York latina:
La salsa fue un producto inconfundible de la experiencia pancaribeña moderna: los músicos de salsa eran en su mayoría puertorriqueños, sus ritmos eran principalmente cubanos y su contexto social eran principalmente los barrios latinos de la ciudad de Nueva York. La salsa, que surgió a mediados y finales de la década de 1960, fue promovida agresivamente en toda América Latina por la compañía discográfica Fania, con sede en Nueva York (Pacini Hernández, 1995: 107).
El papel del dominicano Johnny Pacheco como uno de los pilares del desarrollo temprano de la salsa sugiere que «los dominicanos podrían reclamar al menos cierta medida de paternidad para la salsa» (1995: 107). A pesar de su abrumadora popularidad, las bandas de merengue continuaron prosperando. Grupos neoyorquinos, como Dominica y Primitivo Santos y su Combo, siguieron teniendo demanda en los clubes nocturnos hispanos durante la década de 1970. A mediados de los años 80, el merengue era la música caribeña más solicitada en Estados Unidos. No solo parecía haber «asediado» a la salsa, sino que su éxito inspiró incluso a personas no dominicanas a formar bandas de merengue en Estados Unidos continental y Puerto Rico (Austerlitz, 1997: 127-128).
Uno de los hitos más claros fuera de la República Dominicana fue el surgimiento del grupo Milly, Jocelyn y Los Vecinos en los años 80. Formado por cuatro hermanos —dos como músicos y Milly y su hermana Jocelyn como vocalistas—, el grupo se originó en Nueva York. La participación de familiares para establecer el emprendimiento de una organización musical pone de relieve el papel de la familia como núcleo de la actividad empresarial de muchos inmigrantes dominicanos en los Estados Unidos. De la misma manera, el liderazgo de Milly y Jocelyn como vocalistas vibrantes acentúa la posición de las mujeres en los quehaceres artísticos de la comunidad, lo que no sorprende dada la superioridad numérica de las mujeres sobre los hombres en el movimiento migratorio. Se dice que Milly fue «la primera mujer que cantó comercialmente merengue típico» (Hanley, 1991: 44). Las canciones popularizadas por Milly y Jocelyn y Los Vecinos tratan temas relacionados con las
tensiones y transformaciones que emanan de la experiencia de la inmigración (Del Castillo y García Arévalo, 1988: 90). Las de Milly tenían un atractivo especial para las mujeres. Un comentarista que asistió a sus conciertos durante su gira en Santo Domingo señaló que «son las mujeres las que se arremolinan más cerca de Milly, haciendo una especie de coro frente a la banda [...]. Milly canta más que nada de damas que dejan a sus hombres machistas» (Hanley, 1991: 44). Otro observador de la música latina ha notado hasta qué punto Milly abrió puertas para las mujeres, incluso en su país de origen, donde el éxito de la banda femenina Las Chicas del Can y la presencia de mujeres como cantantes principales en bandas mixtas indican que el merengue ahora presenta oportunidades reales para ellas (Holston, 1990: 54). Tras el éxito de Milly, han proliferado varios grupos de música dominicana en el mercado del espectáculo en Nueva York. Entre ellos se encuentran The New York Band, La Gran Manzana, Oro Sólido y La Banda Loca.
Otro ritmo que ha competido exitosamente por un espacio en el mercado de la música popular neoyorquino es la bachata, hasta hace poco «una paria musical» en la República Dominicana por su vínculo con las clases populares: «Desde su surgimiento a principios de la década de 1960, la bachata, estrechamente asociada con inmigrantes rurales pobres que residían en barrios marginales urbanos, era considerada demasiado cruda, demasiado vulgar y demasiado rústica musicalmente para permitírsele la entrada en el panorama musical dominante». A pesar de su popularidad y enormes ventas, «ningún disco de bachata apareció jamás en una lista de éxitos, ni recibió difusión en estaciones de radio FM en la capital del país, Santo Domingo, ni se vendió en las principales tiendas de discos» (Pacini Hernández, 1995: 1). Con el flujo de dominicanos a Estados Unidos, las ciudades con grandes poblaciones latinas se convirtieron en mercados para los bachateros, como Tony Santos y Blas Durán, según el historiador de la música dominicana Arístides Incháustegui (1995: 245). Al parecer, el vasto mercado de Nueva York les permitió una libertad que no habían disfrutado en su país. Sus canciones se volvieron cada vez más arriesgadas, haciendo que el doble sentido fuera más explícito que antes (1995: 245).
Desde 1991, año en que Juan Luis Guerra y su grupo 4:40 lanzaron una grabación titulada Bachata Rosa, que logró un inmediato éxito mundial, este ritmo ha dejado de sufrir el rechazo de la sociedad dominicana de clase media. Esa
canción ha sido de las más exitosas en la historia reciente de la música latina; vendió más de 3.5 millones de copias a nivel internacional y ganó un premio Grammy en la categoría Latin Tropical en 1992 (Pacini Hernández, 1995: 2). Los orígenes de clase media de Guerra no lo habrían inclinado hacia una forma musical socialmente estigmatizada como la bachata. Sin embargo, el contacto con Estados Unidos, donde llegó a recibir una formación musical avanzada en el Berklee College of Music en Boston, pudo haberlo inducido a explorar la música de las clases bajas. Los artistas estadounidenses llevan mucho tiempo profundizando en las producciones rítmicas de sectores marginales, como los casos del jazz, el blues y, más recientemente, el rap. Esa tradición puede haber alentado a Guerra, al estar lejos de las élites culturales de Santo Domingo, a experimentar con una forma musical asociada con los rangos más bajos de la sociedad dominicana. Además, aunque regresó a Santo Domingo poco después de terminar sus estudios, mantuvo el interés por la situación de la comunidad en Estados Unidos, según se refleja en las letras de muchas de sus canciones, como Visa para un sueño.
Otros dos artistas de vanguardia, Luis Díaz, compositor, intérprete y líder de banda que probablemente haya sido el primero de los músicos legítimos en experimentar con la bachata, y Michael Camilo, que ha alcanzado distinción como pianista y líder de banda de jazz, viven en Nueva York. Díaz se ha mantenido activo tocando en centros culturales latinos de nivel medio a alto. En el otoño de 1996, Camilo podía verse habitualmente en el Canal 41-TV como parte de la campaña promocional de la estación. Aparte de Camilo y Guerra, pocos artistas dominicanos han llegado al público estadounidense. En general, su refugio sigue limitado a la televisión y la radio hispanas, a los escenarios de los clubes nocturnos y los canales de televisión por cable, en particular los de acceso público. Sin embargo, en ocasiones uno puede escuchar alguna melodía dominicana como música de fondo o como tema de un programa en Fox Television Network, lo que sugiere que en los años venideros esa música podrá ganar aceptación en la industria del entretenimiento, más allá de los límites de la comunidad hispana o caribeña. La tendencia de los dominicanos de la próxima generación probablemente no será la de replicar las formas musicales establecidas del país de origen, ya sea bachata o merengue. Más bien crearán formas alternativas, combinando los ritmos de la tierra natal con los del país anfitrión, tal como lo han hecho los integrantes de Proyecto Uno. Esta
agrupación está formada por jóvenes dominicanos y latinos, que recuerdan ligeramente a The Jackson 5 o una versión de piel oscura de Menudo. Ha logrado crear una estética distintiva basándose en sonidos propios y mezclándolos con elementos del rap, house y otras modalidades de la cultura urbana hip-hop en Estados Unidos. Los experimentos exitosos de Proyecto Uno pueden estar pronosticando un futuro brillante para la música popular dominicana en los Estados Unidos.
La fe y la comida
Los barrios poblados por un número significativo de dominicanos exhiben el acento cultural de la comunidad de una manera sorprendentemente visual. Contribuye a esa visualidad la proliferación de tiendas que emulan las costumbres del trópico al extender su espacio comercial hacia la acera. Los desempleados o subempleados suelen replicar estrategias de supervivencia de su país de origen, es decir, la creación de estructuras empresariales improvisadas. Una mujer puede gestionar un restaurante desde un sótano o una tienda de ropa desde un pequeño apartamento. Un hombre puede freír empanadas o pastelitos en su improvisada cocina ambulante en una esquina. Los dominicanos hacen mucha vida afuera. Especialmente los hombres, se reúnen en las bodegas o en espacios abiertos para charlar sobre temas de actualidad. Además del inevitable ir y venir de los padres que acompañan a sus hijos hacia y desde la escuela, también existe la movilidad de los empleados que tienen trabajos fuera del barrio. En general, a los de afuera puede parecerles que la comunidad está repleta de gente en constante movimiento. Dos factores, la fe y la comida, destacan entre los responsables de la impresión de ese constante movimiento y del colorido en los barrios dominicanos. Empezando por la comida, no puede faltar la forma en que las tiendas de alimentos marcan los barrios con un sello cultural diferenciador. Exhibidos en el exterior de las bodegas, la amplia variedad de alimentos tropicales, desde la yuca marrón hasta el plátano verde y la berenjena de piel morada, generan mucha riqueza visual. En verano aparecen pequeños carritos que venden helados tropicales o naranjas peladas. Sus homólogos en invierno sirven bebidas dulces calientes, como habichuelas con dulce o sopas. Del mismo modo, los restaurantes y cafeterías promocionan con orgullo los atractivos platos de la
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cocina tradicional, que se asemeja a la comida hispana caribeña y antillana en general, pero con innegables características diferenciadoras.
Por lo regular, un restaurante dominicano vende mangú, un plato hecho con plátano verde hervido, majado con aceite y cebolla salteada por encima. El sabroso puré se acompaña de lonjas de aguacate, así como de huevos fritos, salami o «queso blanco». Otro plato común, servido con una variedad de alimentos básicos, como arroz blanco y plátano hervido, es el pollo frito en trozos con condimentos picantes, que los dominicanos llaman «chicharrón de pollo». Igual de popular es el mondongo, un guiso espeso profusamente condimentado que contiene entrañas de cerdo. Servido con arroz blanco o tubérculos, se parece ligeramente a las chitlins afroamericanas. El chivo guisado, elaborado con carne de cabra guisada con especias, pimientos verdes y tomates, suele cocinarse en ocasiones festivas o de alguna celebración. La mayoría de las carnes invitan a la compañía de tostones, que son rodajas aplanadas de plátano verde fritas en aceite y sazonadas con sal; o de moro, arroz que se oscurece mezclándolo con frijoles rojos o negros y salsa de tomate. Pero probablemente el plato más complejo de la cocina dominicana, y quizás el mejor calificado para ganarse el título de plato nacional, es el sancocho, un guiso amarillento elaborado con varios tipos de carnes, especias, yuca, ñame, yautía, auyama, plátano y otras verduras.
La siguiente caracterización ofrece una buena visión del acento cultural de esa comida:
El sabor [...] comienza con ajo, cebolla, cilantro y orégano. Al igual que en la comida cubana, lo básico incluye arroz y frijoles. Pero la cocina dominicana tiene un distintivo sabor africano que la diferencia de su prima cubana, más española. Sus orígenes africanos se reflejan en el uso de más tubérculos y carnes como la de cabra (Bandon, 1995: 100).
Podemos agregar que en los Estados Unidos las cafeterías y restaurantes de propiedad dominicana combinan los recursos culinarios de la cocina tradicional estadounidense con los estilos, opciones y preferencias culinarias traídas de la República Dominicana. Por lo tanto, la comida contribuye significativamente a la diversa cocina hispana en los Estados Unidos. Un examen minucioso de los hábitos alimentarios de los dominicanos revelará que la
comunidad ha ampliado el alcance de sus papilas gustativas hasta incorporar elementos de otras cocinas étnicas. El escrutinio también encontrará que la diáspora ha adoptado estilos y normas que se consideraban ajenos a la culinaria tradicional antes de la migración. Sin embargo, por muy deliciosa que sea la comida dominicana, sigue relegada a los límites de la comunidad. Rara vez se encontrará un restaurante dominicano en algún barrio que goce de notoriedad, incluidos los del Greenwich Village de Nueva York, que deben su reputación a una suntuosa exhibición de diversidad étnica. Amedida que la comunidad asegure una mayor visibilidad en la próxima década, un número creciente de personas en los Estados Unidos podrán disfrutar de su sabrosa creatividad en la cocina.
Por supuesto, además de alimento para el cuerpo, los dominicanos también necesitan alimento para el alma. En su país son principalmente católicos y un número considerable se une a las numerosas sectas evangélicas e iglesias protestantes que han extendido su alcance a la República Dominicana. Al mismo tiempo, el carácter sincrético de la cultura ha permitido la coexistencia del cristianismo con creencias religiosas de origen africano. Así, un gran número de los que se consideran católicos practican el vudú sin ningún sentido de contradicción (Deive, 1992: 211). Esta religión popular —también se escribe vodou y vodun— se asocia principalmente con Haití, pero se puede encontrar en todo el Caribe y Estados Unidos en diversas variantes. El vudú, que deriva su nombre de la palabra dahomeyana que significa «espíritu», se basa en creencias africanas y europeas. El loa, o espíritu, juega un papel central en ese culto, que implica rituales de danza y trances. Los adoradores a menudo se convierten en instrumentos (médiums) para que los loas se manifiesten a través del proceso de epifanía o posesión. De acuerdo con la naturaleza sincrética de esta religión popular, muchos loas descienden directamente de deidades africanas, pero algunos son autóctonos de Haití. Los estudiosos han establecido la existencia de una variedad dominicana de vudú con características propias, incluida la incorporación de elementos espirituales heredados de la cultura taína. Así como los inmigrantes haitianos en Estados Unidos han traído consigo las prácticas religiosas de su tierra natal, tal cual lo refleja Karen McCarthy Brown en Mama Lola: A Vodou Priestess in Brooklyn (1991), al menos un estudioso ha comenzado a documentar la presencia de vudú entre los dominicanos en Nueva York. La antropóloga Martha Ellen Davis, del Centro de Estudios
Latinoamericanos de la Universidad de Florida, en Gainesville, sostiene que el vudú está prosperando entre los miembros de la comunidad, en gran medida como respuesta tradicional a las presiones derivadas de los desafíos de la vida moderna y las aspiraciones incumplidas de inmigrantes de primera generación. Davis sostiene que los adoradores del vudú en Nueva York reciben la influencia espiritual de otras expresiones religiosas afrodescendientes del Caribe, como la santería cubana, y que en Estados Unidos, como en su tierra natal, las mujeres conservan el liderazgo en esa religión popular. En la migración, los dominicanos conservan su vínculo con el culto católico, por lo que varias iglesias locales, como la Encarnación, Santa Isabel, Santa Rosa de Lima y San Judas, han comenzado a funcionar como «parroquias nacionales dominicanas». Como explicó la educadora Anneris Goris-Rosario, las iglesias cristianas de otras denominaciones, como la pentecostal, metodista y episcopal, también han adquirido importancia en la vida espiritual y social de la comunidad. En Manhattan, el Templo de Broadway, una iglesia metodista, y la Iglesia Episcopal de Santa María, han «ganado el respeto de la comunidad como instituciones religiosas atentas a las necesidades dominicanas» (Goris-Rosario, 1994: 34).
Los barrios dominicanos muestran de manera bastante visible la proclividad espiritual de la comunidad. Un equipo de investigadores que realizaba trabajo de campo en Washington Heights encontró calcomanías con mensajes religiosos en las puertas de muchos apartamentos de la zona. Numerosos hogares y negocios exhiben «pequeños santuarios con imágenes de santos católicos y de la Virgen María en un rincón del salón o en una habitación privada. Estos humildes altares solían estar rodeados de flores, velas encendidas, comida y vasos llenos de agua fresca, vino y otras bebidas alcohólicas. Aunque las figuras más populares fueron la Virgen de la Altagracia y San Lázaro, los altares exhiben una amplia variedad de imágenes religiosas: Santa Clara, San Antonio de Padua, Santa Bárbara, el Santo Niño de Atocha, el Sagrado Corazón, la Sagrada Familia y la Virgen de Fátima, entre otros» (Duany, 1994: 23-24). De manera similar, algunos dominicanos en Washington Heights decoran sus joyas y se adornan con medallas, escapularios y rosarios con imágenes de Cristo o de la Virgen.
Goris-Rosario ha estudiado la identificación de los miembros del clero con las necesidades sociales y las causas políticas que afectan a la comunidad en
Nueva York. Un ejemplo de ello fue el movimiento de protesta por la ejecución de Carlos Santana, un inmigrante arrestado en 1981 por participar en el robo de un vehículo blindado en Houston, Texas. Un guardia de seguridad murió en el asalto y la condena por el crimen le valió a Santana la pena capital. Durante la semana anterior a su ejecución, que tendría lugar el martes 29 de marzo de 1993, activistas dominicanos, en colaboración con otros latinos, lanzaron una serie de protestas públicas destinadas a influir en las autoridades de Texas para que ordenaran la suspensión. Realizaron una vigilia que tuvo lugar en el Templo de Broadway, que reunió a muchos líderes políticos. Quizás esa presencia política en la iglesia sugiera que para la comunidad dominicana en Nueva York la línea que separa «lo sagrado y lo profano» puede haber comenzado a «hacerse difusa» (Goris-Rosario, 1995: 138).
El género
Tal como se desprende de la información anterior, los dominicanos han sido activos en afirmar su presencia social y cultural en su hogar de inmigrantes. En esa lucha por la visibilidad, hombres y mujeres han demostrado igual dignidad. Entre las características que distinguen esta particular experiencia en Estados Unidos está la preeminencia de las mujeres al compartir con los hombres el liderazgo en la lucha colectiva por la supervivencia. La diáspora muestra una aguda conciencia de que los hombres no tienen el monopolio en la tarea de forjar el destino de la comunidad. Un indicador de la creciente presencia de las mujeres en funciones sociales es la profusión de instituciones que se enfocan en sus asuntos específicos, como el Centro de Desarrollo de la Mujer Dominicana, el Caucus de Mujeres Dominicanas y la Asociación de Mujeres Progresistas. Algunas organizaciones en Washington Heights brindan orientación, asesoramiento y referencias a víctimas de violencia doméstica, y muchas de ellas conocen la existencia de esos servicios, según lo expresa el testimonio de Carmen Emilia Rodríguez, madre soltera de treinta y dos años que ahora vive en Boston (Bandon, 1995: 91). También son dignas de mención publicaciones como Mujer Latina, una modesta revista de doce páginas distribuida en la ciudad de Nueva York que se concentra en difundir información sobre los logros de las mujeres hispanas en Estados Unidos. Su editora, Luz Sosa, es dominicana, al igual que varios de los perfiles de las mujeres destacadas en la
revista. La edición de otoño de 1996, por ejemplo, enfatizó las carreras de Normandía Maldonado y Fabiola Féliz Soto. Maldonado es la directora fundadora de la compañía de danza folclórica Ballet Quisqueya, que ha representado a la comunidad en varios festivales de danza hispana desde su fundación en 1966. Soto, nacida en Nueva York de padres dominicanos que han vivido en la ciudad desde 1940, es jueza de un tribunal civil, electa en el Bronx, «la primera mujer dominicana en ser elegida jueza en el Estado», según Mujer Latina. Dirigida a una generación más reciente, la revista Mía, editada por la joven dominicana Fabrienne Serignese, salió a la luz en el verano de 1996 con una edición piloto y se lanzó como publicación regular a partir del otoño de 1996. Publicada en inglés, Mía está orientada a la cultura juvenil de la era del hip-hop con un enfoque en la mujer latina. El hecho de que haya dominicanas al frente de tales iniciativas dice mucho de su activismo, tanto de las jóvenes como de las mayores, en los Estados Unidos. Resulta muy simbólico que la obra The María Paradox (1996), de G. P. Putnam’s Sons, que pretende enseñar a las mujeres latinoestadounidenses cómo superar el marianismo —un modelo de comportamiento que induce a las mujeres a aceptar el sufrimiento y el sacrificio pasivamente y a someterse a sus hombres—, fuera escrita por Carmen Inoa Vásquez, una psicoterapeuta nacida en República Dominicana que enseña en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York y dirige la pasantía clínica en psicología en el Hospital Bellevue en la ciudad de Nueva York. En general, la realidad de las desigualdades de género y la necesidad de forjar modelos de relaciones basadas en la colaboración en lugar de la dominación se han convertido en temas apremiantes para las dominicanas en Estados Unidos.
La raza
La raza es otra área importante en la que los dominicanos consideran necesario ajustar algunos de los condicionantes sociales inculcados en su tierra natal. Se puede decir que «la sociedad dominicana es la cuna de la negritud en América», ya que la isla Española «sirvió de puerto de entrada a los primeros esclavos africanos que llegaron a los territorios recién conquistados por España tras el viaje transatlántico de Cristóbal Colón en 1492» (Torres-Saillant, 1995: 110). Una evaluación demográfica que tome en cuenta las distinciones
raciales actuales mostraría que los negros y mulatos constituyen casi el 90 % de los casi ocho millones de habitantes de la República Dominicana. Sin embargo, han tenido que soportar la aberrante negrofobia de la clase dominante desde la época colonial hasta el presente. El sentimiento antinegro se ha promovido en los medios de comunicación, los textos escolares y los discursos de algunos líderes políticos. La dictadura de Trujillo gastó enormes recursos públicos en promover una imagen de identidad nacional que enfatizaba las raíces hispanoeuropeas de la población y omitía cualquier mención a la herencia africana. En la biblioteca del Instituto de Estudios Dominicanos en el City College de CUNY se exhibe una muñeca blanca, rubia y de ojos azules, fabricada en la República Dominicana para el mercado de exportación en la década de 1940, como representación de la etnia autóctona. Joaquín Balaguer, un asociado de Trujillo que gobernó el país durante siete mandatos presidenciales desde 1960 hasta 1996, incluso escribió un libro que en la década de 1980 proclamaba abiertamente la inferioridad de los negros e instaba a los dominicanos a fortalecer su origen español (Balaguer, 1984). Las desagradables lecciones raciales perpetradas por la clase dominante han demostrado ser tan duraderas que todavía, en el verano de 1996, parecía posible que los políticos conservadores y sus aliados liberales utilizaran un discurso negrofóbico en la campaña presidencial para derrotar al popular contendiente negro José Francisco Peña Gómez.
Los miembros de las clases bajas, la abrumadora mayoría de los cuales son de ascendencia africana, pueden hacer muy poco para combatir a los medios de comunicación, a los intelectuales conservadores y al sistema escolar. Sin embargo, cuando los dominicanos vienen a Estados Unidos, escapan de la artillería ideológica que sustenta el pensamiento negrofóbico en su patria y tienen una mayor posibilidad de asumir su etnicidad real. En Estados Unidos, una sociedad racialmente segregada donde el color de la piel a menudo ha importado más que los valores personales para obtener empleos y oportunidades, a los dominicanos les puede resultar conveniente afirmar su negritud. Conscientes de que la sociedad blanca en general no diferencia entre ellos y los haitianos u otros caribeños de piel oscura, se acostumbran a hablar de sí mismos como un «pueblo de color» y se alían con otros grupos similares en la lucha por la supervivencia. Por ejemplo, Rafael Guarnizo, de cuarenta y dos años, un contador independiente que vive en Manhattan, se refiere a sí mismo como «un
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
americano negro, un americano dominicano» (citado en Bandon, 1995: 74). La asistente del fiscal distrital en el condado de Kings, Nueva York, es una joven dominicana llamada Patria Frías que declara con convicción su herencia africana. Entrevistada por Raíces (Watkins, 1997: 19), revista marginal que busca cerrar la brecha entre negros y latinos, habló sobre su negativa a quitarse las rastas a pesar de que su peinado incomodaba a algunos de sus pares en la profesión jurídica. Por lo que no es extraño que una de sus hijas se llame Nairobi.

Rostro de niña dominicana ilustrativo de la hibridez racial característica de la comunidad. ©Josefina Báez.
Si bien algunos miembros de la comunidad pueden llegar incluso a defender puntos de vista afrocéntricos sobre la cultura y la identidad étnica nacional, el patrón común es que se reconozcan a sí mismos como portadores de una identidad alternativa frente a las etiquetas raciales que predominan en los Estados Unidos. «Yo era negra para los Estados Unidos blancos; era una extraña persona de habla hispana para los Estados Unidos negros», dice Rosa Bachleda, de 40 años, fundadora de un grupo interracial de mujeres artistas en Chicago, Illinois, llamado Not Just Black and White (Bandon, 1995: 59). Pero cualquiera que sea el idioma que los dominicanos elijan para articular su identidad racial o étnica, invariablemente superan el legado de negación con respecto a la parte africana de su herencia. Es muy probable que ese cambio se deba a su llegada a entornos donde muchos de los pueblos más oscuros de la tierra se reúnen para compartir el espacio social y luchar por la igualdad. Los niños dominicanos en Nueva York asisten por lo general al sistema de escuelas públicas, que está abrumadoramente poblado por estudiantes no blancos. En la universidad también van a instituciones de educación superior públicas. En Nueva York tienen que interactuar a diario con una mayoría de estudiantes negros, latinos y asiáticos que llenan las aulas de la City University.
Identidad diaspórica
En Estados Unidos los dominicanos comienzan a reconfigurar su concepción de identidad cultural reevaluando las cuestiones de clase, género y raza. Muchos en la diáspora se comprometen a desafiar los supuestos contenidos en las definiciones oficiales de dominicanidad, tal como se transmiten a través de los libros de texto tradicionales. El Instituto de Estudios Dominicanos de CUNY se ha esforzado en difundir información sobre la historia y cultura dominicanas. En 1995, el Instituto obtuvo una beca de Humanidades de la Fundación Rockefeller para financiar un programa de residencia de tres años, titulado «Representación versus experiencia: capítulos perdidos de la historia y cultura dominicanas». El programa de residencia permitió ofrecer nombramientos de un año de duración a académicos comprometidos con examinar la historiografía dominicana y enfatizar aquellas áreas que han sido menos atendidas por los historiadores oficiales, como el papel de la mujer y de la gente común en la
historia, la herencia africana, la importancia de las rebeliones e insurrecciones y los movimientos independentistas por dentro (Luhrs, 1997: 7).
Podría decirse que fue la experiencia de vivir como una minoría étnica en los Estados Unidos la que dotó a los dirigentes del Instituto de Estudios Dominicanos de la ideología de autenticidad cultural implícita en la búsqueda de los «capítulos faltantes». No es casual que un importante proyecto de investigación que busca desmantelar el discurso negrofóbico y elitista solo haya recibido aprobación fuera de la República Dominicana, puesto que la fundación otorgó la subvención mientras Balaguer aún gobernaba el país.
Uno de los resultados más obvios de la experiencia como inmigrantes para los dominicanos es que el espacio de su movilidad física y existencial aumenta enormemente. Después de la migración, ese espacio abarca tanto el país de origen como Estados Unidos continental. Ahora pueden acceder a un hábitat mental más amplio dentro del cual configurar su identidad. Su ámbito de experiencia más dilatado pasa por la capacidad de armonizar el inglés con el español, las tormentas de nieve con las lluvias tropicales y el merengue con el rock o el rap, por citar solo algunas imágenes divergentes. Pero también implica la posibilidad de crear modelos alternativos reordenando los existentes. Así, puede haber un joven que, aunque nació en Estados Unidos, come arroz y habichuelas y anhela visitar Santo Domingo en verano, sentado justo al lado de una mujer de mediana edad que ha renunciado a la comida dominicana a pesar de que llegó a este país hace solo cinco años. Las narrativas personales en un libro reciente para lectores jóvenes sobre los dominicanos en Estados Unidos ilustran la diversidad de perfiles que se pueden encontrar en esta comunidad. Caonabo Pérez, bodeguero de Washington Heights, llegó a Estados Unidos en 1958. Sus hijos, nacidos y educados en ese país, se burlan de él cuando todavía habla de regresar a la República Dominicana. Esperanza Herriarte maneja un restaurante en Miami junto a sus dos hermanas, y tiene una sobrina que asiste a la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York, que planea ganarse la vida como escritora en inglés. Agustín Trejo, trabajador de una pescadería en Providence, Rhode Island, llegó ilegalmente sin saber una palabra de inglés y después de dos años se comprometió para casarse con una mujer nacida en Estados Unidos (Bandon, 1995: 16, 103, 50). Estos perfiles reflejan los fluidos contornos culturales que enmarcan la vida de la comunidad.

Niña con trenzas de inspiración africana, muestra de la afrodescendencia dominicana que no reniega de su negritud. ©Josefina Báez.
Los dominicanos en Estados Unidos conservan el acceso simultáneo a dos geografías, naciones, idiomas y sistemas políticos como modelos paralelos en relación con los cuales articulan sus conceptos de sí mismos y de sociedad. Sus formas culturales se han vuelto híbridas, moldeadas por lo que se retiene de la patria y lo que se adquiere en el país anfitrión. Incluso algo tan básico como una despedida de soltera se convierte en expresión cultural mixta; los detalles estadounidenses y dominicanos se fusionan para convertirse en una tercera opción (Bahn y Jáquez, 1984: 140). Según Jorge Duany, «la migración transnacional transforma las relaciones sociales y genera una nueva identidad que trasciende las nociones tradicionales de espacio físico y cultural. Entre otros cambios, la diáspora pone en duda la concepción que tienen los inmigrantes de las identidades étnicas, raciales y nacionales tal como se definen en sus países de origen» (Duany, 1994: 46). Los dominicanos en Estados Unidos han desarrollado formas culturales que sin duda subvierten las normas traídas de su tierra natal y al mismo tiempo modifican la cultura del país anfitrión.
EL FUTURO DE LOS DOMINICO-ESTADOUNIDENSES
Ya no son aves de paso
Al igual que la mayoría de los otros segmentos étnicos de la población estadounidense, los dominicanos están ocupados en la lucha por hacer realidad los sueños y aspiraciones que los trajeron a este país. Vinieron para escapar de la agonía de la pobreza y la desesperanza. El primer relato publicado en la prensa de Nueva York señalaba que en la República Dominicana los pobres solo tenían tres formas de salir de su miseria social: ganar un billete de lotería, obtener un empleo lucrativo a través del clientelismo político o irse a los Estados Unidos (Onis, 1970: A3). Pero solo un pequeño número podría esperar resultados realistas de las dos primeras opciones. La inmensa mayoría optó por obtener visa ya fuera como residentes permanentes o como turistas. En 1970 su presencia en los Estados Unidos no suscitó ninguna preocupación perceptible. El Gobierno dominicano, cuyas políticas económicas convirtieron la emigración en una estrategia de supervivencia necesaria para las masas populares menos empoderadas, gozaba del favor de Estados Unidos en ese momento. The New York Times, el 19 de mayo de 1970, casi alabó a Joaquín Balaguer con motivo de su reelección en un artículo con el revelador título de «Líder dominicano prudente». El Times lo evaluó favorablemente reconociendo incluso que el astuto asociado de Trujillo aceptó «los frecuentes asesinatos cometidos por la Policía»
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
como «un hecho de la vida» para asegurar su propia «supervivencia política», toleró a «asesinos conocidos en la nómina» para mantener a raya a sus oponentes y empleó fondos públicos en contratos de construcción que pretendían recompensar a los «aliados políticos».
Las expresiones de preocupación por el crecimiento de la comunidad dominicana en la sociedad receptora comenzaron a manifestarse a mediados de la década de 1970, cuando los políticos y los funcionarios de inmigración se dieron cuenta de que ese flujo había adquirido un impulso propio. En 1975, Maurice F. Kiley, director de distrito del Servicio de Inmigración y Naturalización, estimó en 1.5 millones el número de extranjeros ilegales en la ciudad de Nueva York, de los cuales 200,000 eran dominicanos (A. Álvarez, 1975: 25), lo que alertó a las autoridades de la necesidad de controlar la corriente cada vez más numerosa de inmigrantes. Kiley explicó el perfil estándar de los solicitantes de visas de turista, muchos de los cuales permanecían más tiempo de lo previsto y luego intentaban quedarse de manera permanente: «El cincuenta por ciento de todos los dominicanos que solicitan visas de no inmigrante son rechazados. Los que logran entrar son campesinos con trajes prestados. Alquilan “dinero para mostrar” y obtienen documentos fraudulentos para demostrar que están empleados» (1975: 25).
Irónicamente, más de dos décadas después, los funcionarios consulares que examinaban a los solicitantes dominicanos todavía se quejaban de su incapacidad para restringir el paso de visitantes ilegales desde el pequeño país caribeño. En febrero de 1997, el consulado de Estados Unidos en la República Dominicana recibía diariamente más de 500 solicitudes de visas de inmigración y de turista. Clyde Howard, jefe de la sección de visas de no inmigrantes, describió la situación así: «Si tuviéramos los recursos para investigar, probablemente encontraríamos algún elemento de fraude en la gran mayoría de los casos. Pero no podemos investigar todo» (Rohter, 1997). Si bien la migración ilegal no ha disminuido durante más de veinte años, el flujo de inmigración legal, por su parte, ha aumentado. Según un informe publicado en enero de 1997 por el Departamento de Planificación Urbana de la ciudad de Nueva York, de 1990 a 1994 arribaron a la ciudad más de 110,000 inmigrantes de la República Dominicana. En otras palabras, uno de cada cinco nuevos inmigrantes era dominicano, lo que muestra un aumento del 50 % con respecto a la tasa de la década anterior.
El flujo constante de documentados e indocumentados hace difícil determinar el tamaño de la comunidad dominicana en los Estados Unidos de manera precisa. Este escenario tampoco permite trazar un perfil invariable de las características generales de la comunidad. Los recién llegados suelen compartir espacios con personas que han vivido en Estados Unidos durante veinticinco años o han nacido allí. En un centro cultural o en una organización comunitaria de un barrio, se pueden reunir un graduado universitario educado en los Estados Unidos con especialización en inglés y una persona que no habla una palabra de ese idioma. Los otros ejemplos de contraste pueden incluir una conversación entre uno que todavía espera regresar a su país de origen para vivir allí de manera permanente y otro que tiene lazos más estrechos con los latinos en Estados Unidos que con los dominicanos en su tierra natal. Esa disparidad permea incluso la intimidad del hogar. Esta situación ya era perceptible a mediados de los años 70, como se desprende del testimonio ofrecido en 1975 por la periodista del New York Post, Aida Álvarez, sobre su entrevista con la familia de los Santos en Queens, Nueva York. La familia de los Santos trató de que sus hijas nacidas en Estados Unidos hablaran español, y la madre describió un juego que ella y su esposo compartían con ellas: «De vez en cuando les preguntamos: “¿Qué son ustedes? ¿Dominicanas o estadounidenses?”. Se imaginan —dijo la encantada madre, fingiendo asombro—, ellas responden: “Somos estadounidenses”» (Álvarez, 1975: 25). A pesar de las variadas autopercepciones y las disparidades evidentes en las formas en que los dominicanos adultos eligen definirse a sí mismos a nivel nacional o cultural, el hecho inexorable sigue siendo que los jóvenes ven a Estados Unidos como su hogar inalienable. Los niños nacidos allí o traídos a ese país antes de la adolescencia, educados y socializados en Estados Unidos, no comparten la nostalgia de aquellas personas mayores que aún dudan de amar a este país como propio. Hace casi diez años, en una evaluación de las condiciones de los inmigrantes dominicanos, uno de los coautores de este libro expuso su visión del futuro, que vale la pena citar aquí, en todo caso para ver cómo se compara con la visión que podríamos articular hoy:
Personalmente, espero ver en un futuro próximo señales más efectivamente tangibles de que esta comunidad está percibiendo a Nueva York como su hogar y no como una simple sala de espera. Espero ver el día en que estos
dominicanos penetren en la industria de la construcción y puedan ayudar a construir su entorno físico, el día en que establezcan funerarias y puedan morir pacíficamente y enterrar a sus muertos aquí. Este tipo de indicios podrían persuadirme de que los dominicanos en Estados Unidos se están adaptando a su nuevo entorno social, están sobreviviendo a la alienación inherente a la experiencia de los inmigrantes y han emprendido una existencia productiva como un grupo cultural sólido. Creo que es en la primera generación de dominicanos nacidos en Estados Unidos donde debería residir esta esperanza. No tendrán excusa para dudar de que esta comunidad llegó para quedarse. Por razones propias de su desarrollo histórico, esta generación no tendrá más remedio que tomar en sus propias manos las riendas de su destino. Libres del vínculo con «la patria», estos dominico-americanos estarán mentalmente en condiciones de afirmar su presencia como minoría neoyorquina y de librar una batalla social para la cual sus padres no estaban suficientemente preparados. La inmigración es irreversible. Permitámonos caer en este cliché: simplemente no se puede volver a casa. El tiempo, que es un gran maestro, lo ha demostrado sobradamente. Pero, para los dominicanos, el legado de los inmigrantes que vinieron antes, que allanaron el camino, como los puertorriqueños, por ejemplo, ha dejado la lección mucho más clara. Es de esperar que los dominico-americanos, con un mejor sentido de autorreconocimiento, estén en contacto más estrecho con otras comunidades del Tercer Mundo, ampliando así sus posibilidades de descubrir sus verdaderas afinidades socioculturales. Si esto sucediera, los dominicanos en Estados Unidos estarían en condiciones de enviar a sus familiares en la Isla, no la camisa de moda, el par de zapatillas y el giro postal que han caracterizado el patrón de envío de sus padres, sino más bien una medida de esa identidad cultural que la amarga experiencia de los inmigrantes les ha obligado a adquirir (Torres-Saillant, 1989: 23-24).
A una década de escritas estas palabras, podemos dar cuenta de importantes avances que equivalen a un mejor posicionamiento de las actitudes dominicanas con respecto a las maneras adecuadas de enfrentar los desafíos que plantea una sociedad estadounidense cada vez más exigente y competitiva. Los dominicanos todavía no pueden afirmar que han ingresado con pie firme
en la industria de la construcción o en cualquiera de las otras áreas económicas que requieren influencia y poder. Pero sí parecen estar empeñados en hacer el esfuerzo por adquirir cierta medida de poder político. Aunque modestos, sus logros en educación merecen mención. Sus empresarios han demostrado una buena dosis de instinto capitalista mientras compiten por un espacio en la economía estadounidense. De igual forma, han ido incrementando su visibilidad en las artes, la música popular, la literatura y otras expresiones culturales. En cuanto a lo comunitario, se ha logrado que varias escuelas públicas del norte de Manhattan se adjudiquen el nombre de importantes figuras dominicanas: Juan Pablo Duarte, Gregorio Luperón, Salomé Ureña y las Hermanas Mirabal. Lograr que las autoridades no dominicanas en los distritos escolares y en la administración central de la Junta de Educación aprobaran los nombres extranjeros de personajes históricos implicaba invariablemente un dominio de las habilidades organizativas. Los coordinadores de cada campaña individual para promover los nombres tuvieron que convocar a un gran número de residentes de la zona para que se unieran a su causa, demostrando la aptitud política necesaria para ejercer un lobby exitoso ante las instituciones públicas. La importancia de esos logros simbólicos importa aún más ante la insignificante presencia de dominicanos en puestos de formulación de políticas en los distritos escolares que atienden a sus hijos. Se podría especular que en la próxima década los avances irán más allá del ámbito de lo simbólico, y el escenario mostrará resultados tan concretos como una mayor proporción de maestros dominicanos con licencia, varios superintendentes escolares y una representación mejorada de la historia y la cultura dominicanas en el currículo.
La ola antiinmigrante
Los dominicanos en Estados Unidos padecen todos los obstáculos que históricamente han enfrentado las minorías étnicas no blancas. Procedentes de una región de habla hispana del Tercer Mundo, comparten la difícil situación de los hispanoestadounidenses, que muchos consideraban el principal objetivo de la animosidad que prevalecía en el país hacia los inmigrantes durante los años noventa. Con el advenimiento de una nueva ola de políticos conservadores que alcanzaron la mayoría en el Congreso en 1992, ganó adeptos un discurso de antipatía contra los extranjeros no blancos. Sin embargo, el
mensaje transmitido en la frase «esta vez no, José», mediante la cual Patrick Buchanan resumió su propuesta de política de inmigración durante su candidatura a la nominación presidencial republicana en las elecciones de 1996, demostró la intención de señalar en específico a los hispanos. Al mismo tiempo, el movimiento que propugna hablar solo inglés, que muchos latinos ven como una ofensiva cultural dirigida a ellos, ganó fuerza en varias ciudades y estados. En Amarillo, Texas, para citar solo un ejemplo extremo, el juez del tribunal estatal del distrito, Samuel C. Kiser, calificó la decisión de una madre de hablar español con su hija como un caso de abuso infantil. Tal como informó en Nueva York el efímero periódico bilingüe El Daily News el 30 de agosto de 1995, el juez Kiser falló contra Martha Laureano en un caso de custodia y favoreció el criterio del padre de que hablarle a la hija en español equivalía a incapacitarla socialmente.
Pero no es solo el lenguaje lo que ha granjeado el desprecio a los latinos por parte de sectores conservadores. Francis (Bud) Wassner, alcalde de Haverstraw, un poblado suburbano de Nueva York, llegó a sugerir que casi todo en ellos era problemático. Los inmigrantes hispanos, en su mayoría dominicanos, cubanos y puertorriqueños, constituían el 51 % de los habitantes de ese pueblo según el censo de 1990. El alcalde Wassner lamentó que «Haverstraw sea más conocido en las islas que en la ciudad de Nueva York» (Ojito, 1996: B2). Sostuvo que abarrotaban las calles, lo que suponía una grave carga para los recursos locales, ya que la policía tenía que dedicar una enorme cantidad de tiempo y esfuerzo «para mantenerlos fuera de las calles tanto como sea legalmente posible». Además, objetó la presencia hispana por los problemas sanitarios que, según él, causaban: «Producen mucha basura. Es que el arroz y los frijoles son pesados, ustedes saben» (1996: B2).
Se podría argumentar que los pronunciamientos del juez Kiser y del alcalde Wassner fueron alentados por un clima general que fomentaba sentimientos etnocéntricos. Estos ocurrieron a raíz del surgimiento de voces conservadoras en Washington, D.C., cuyo liderazgo moral encontró eco incluso entre muchos legisladores que antes habían sostenido puntos de vista liberales. En ese contexto, comenzaron a revisarse algunos ideales sociales que durante mucho tiempo se habían considerado parte integral de la democracia estadounidense. El principio de jus solis, sancionado constitucionalmente, que establecía que nacer en territorio estadounidense convertía automáticamente a la persona en ciudadano, fue
cuestionado por una fuerte facción de la legislatura. Comenzaron a promover la idea de una enmienda a la Constitución con miras a negar el derecho de ciudadanía a los hijos de extranjeros indocumentados nacidos en los Estados Unidos. Acorde con el ambiente general que instauró la moda de atacar a los inmigrantes en 1996, el Servicio de Inmigración y Naturalización puso en vigor varios aspectos de una nueva ley de inmigración con graves consecuencias tanto para los indocumentados como para los extranjeros legales. Las regulaciones de inmigración combinadas con una ley antiterrorista aumentaron los motivos para deportar a extranjeros. A muchos dominicanos, hasta a aquellos con más de quince años de residencia permanente en los Estados Unidos, se les prohibió el reingreso cuando viajaban a la República Dominicana por razones familiares o de vacaciones. A pesar de la prolongada permanencia en condición de residentes legales, los viajeros que regresaban eran sometidos al mismo escrutinio minucioso que se aplicaba a alguien que llega al país por primera vez. Si el oficial de inmigración, tras una concienzuda búsqueda en los registros del viajero, encontraba alguna violación de la ley, incluyendo en

Un público mayoritariamente dominicano en la proyección de gala de Un pasaje de ida, la obra fílmica de Agliberto Meléndez en el United Palace Theater el 2 de octubre de 1993. ©Eduardo Hoepelman. Fuente: CUNY Dominican Studies Institute Library.
algunos casos multas de estacionamiento sin pagar o atrasos en la pensión alimentaria, lo podía enviar inmediatamente a un centro de detención para comenzar el proceso de deportación.
Para empeorar los efectos de la nueva disposición ante la inmigración, en 1996 se aprobó una nueva ley de bienestar social con consecuencias desfavorables para los no ciudadanos. La modernización del sistema de asistencia social, entre otras cosas, dificultó que los residentes legales pudieran optar por estos servicios. No obstante su larga permanencia como extranjeros legales que pagaban impuestos y respetaban la ley, los no ciudadanos dejaron de calificar para beneficios por discapacidad y cupones de alimentos. Tal fue el caso de Juan Tomás Abreu, un inmigrante dominicano incluido entre los cuatro demandantes representados por la organización de defensoría sin fines de lucro New York Legal Assistance Group, que intentaba desafiar la legalidad de las nuevas reglas de asistencia social. Abreu, extrabajador de la confección que pagaba impuestos, sufrió una hemorragia cerebral antes de poder cumplir con el requisito de residencia de cinco años para solicitar la naturalización. En 1997, tras permanecer en coma durante más de cinco años, perdió la compensación por incapacidad de 570 dólares mensuales que recibía del Gobierno federal. Si el reclamo de inconstitucionalidad de las nuevas reglas de bienestar social no prosperaba, Abreu estaría entre los 86,000 inmigrantes legales, ancianos y discapacitados, en la ciudad de Nueva York que perderían sus beneficios a partir de agosto de 1997 (Gordy, 1997: 4).
Como ilustra el dramático caso de Abreu, no es seguro para un dominicano en los Estados Unidos vivir sin la protección de un estatus de ciudadanía. Puede deducirse que la comunidad comprende esta situación por el gran número que en los últimos años han optado por naturalizarse. Sin embargo, no todos pueden lograrlo. Existen muchas razones para negarle a una persona su solicitud de ciudadanía. En numerosos casos, solicitar la naturalización puede provocar, en cambio, la deportación. Como ha observado el analista dominicano Roberto Álvarez, radicado en Washington, la nueva ley de inmigración incluye una disposición que permite la deportación retroactiva de extranjeros legales que tengan antecedentes penales. La medida se aplica incluso si el inmigrante cometió el delito cinco o diez años atrás, lo pagó cumpliendo condena en prisión o cualquier otra pena pertinente, y desde entonces ha llevado una vida ejemplar como residente legal y respetuoso de la ley (R. Álvarez, 1997: 37).
La tensión de aquí y de allá
Mientras luchan con el imperativo de la ciudadanía y los conflictos concomitantes, los dominicanos deben esforzarse también por negociar la tensión inherente a su doble acceso a la política de las sociedades estadounidense y dominicana. Algunos sostienen que el bienestar futuro de la comunidad dependerá en gran medida de su capacidad para articular un tipo de interacción con el país de origen que no obstaculice su inserción en la realidad política más urgente del país anfitrión. En consonancia con el advenimiento de la economía global, muchos dominicanos se han ajustado a una forma que los académicos han descrito como «identidad transnacional», un estado mental que les permite permanecer vinculados activamente a la vida en su tierra natal y al mismo tiempo aclimatarse a los valores y normas de la sociedad receptora. Sin embargo, uno se pregunta si una comunidad puede sostener eficazmente el nivel de concentración necesario para defender sus intereses y a la vez sus derechos económicos y políticos simultáneamente en dos sociedades. Preocupa que la necesidad de permanecer centrados en múltiples acontecimientos en sistemas políticos divergentes, de geografías separadas, resulte perjudicial para los dominicanos.
La preocupación por la dualidad política de los dominico-estadounidenses se ha vuelto tangible a la luz de una enmienda de 1996 a la Constitución de la República Dominicana, que decretó la conservación de los derechos y privilegios de ciudadanía para todas las personas nacidas en el país que se hubieran convertido en ciudadanos de otra nación. Lo más probable es que la enmienda beneficie a la economía en la medida en que los ciudadanos nacidos en República Dominicana y naturalizados estadounidenses, liberados de la tasa impositiva más alta que se aplica a los extranjeros, puedan sentirse atraídos para la adquisición de propiedades o invertir en una sociedad cuya economía depende en parte de las remesas de los residentes en Estados Unidos. El incentivo adicional, más la creciente vigencia de un movimiento que apunta a permitir a los dominicanos en el extranjero participar en los procesos electorales de la república, emitiendo sus votos en casillas ubicadas en las oficinas consulares de todo el mundo, probablemente ate a la comunidad dominico-estadounidense cada vez más firmemente a los asuntos políticos cotidianos de su tierra natal. El tiempo dirá si el estatus de doble ciudadanía
puede considerarse como una fortaleza o como una distracción política que reduce la concentración de la comunidad en los asuntos que los afectan en la sociedad estadounidense. De hacerse realidad su participación en los procesos electorales de la isla, esto podría complicar aún más la situación política de la comunidad. Como ha manifestado el asambleísta Adriano Espaillat, los dominico-estadounidenses podrían importar las rivalidades partidarias, las facciones contrapuestas y los intereses grupales asociados con la política en la República Dominicana, lo cual agregaría variables potencialmente divisivas que pueden contribuir a la fragmentación de la comunidad. Otra preocupación es que los líderes de los partidos del país de origen intensifiquen sus esfuerzos de recaudación de fondos entre los inmigrantes. Algunos observadores ya sostienen la opinión de que los políticos de la isla tratan a la diáspora en los Estados Unidos como un cofre inagotable del que sacan recursos con demasiada frecuencia; esto resulta en una desinversión de recursos lejos de los vecindarios que los necesitan con urgencia.
El obstáculo de la raza
Además de los obstáculos derivados de la barrera del idioma y del estatus migratorio a menudo desfavorable, los dominicanos enfrentan un impedimento que comparten con la mayoría de las otras comunidades de color en los Estados Unidos: el racismo. Por lo general más oscuros que los cubanos, los puertorriqueños y la mayoría de los demás latinos, los dominicanos son los más afectados por una historia de negrofobia cuyos vestigios aún persisten en la sociedad estadounidense. Por ironía, no suelen ser los trabajadores no calificados ni los obreros quienes sufren más el peso opresivo de la discriminación. Su propia segregación social, su confinamiento a zonas laborales pobladas por su propia gente, les impide salir de su entorno étnico inmediato. Como casi nunca interactúan con sectores dominantes de la sociedad, se mantienen en gran medida alejados de los espacios donde se puede sentir el drama del racismo. Son los profesionales y aquellos más calificados para competir por empleo, educación y oportunidades comerciales en sectores dominantes quienes sienten en carne propia hasta qué punto su fenotipo puede limitar sus aspiraciones.
El caso del joven profesional Heriberto Cabrera proporciona un ejemplo de este fenómeno. Cabrera recibió parte de su educación en un seminario
antes de asistir al Boston College. Después de estudiar derecho, decidió trabajar en la oficina del fiscal de distrito de Manhattan. Sin embargo, no le fue bien en la profesión. El dinero seguía planteando problemas y los casos grandes y lucrativos se le escapaban. Él y su esposa tenían dos hijos y les preocupaba la inseguridad, hasta el punto de que a menudo se despertaba en mitad de la noche cubierto de sudor: «Se recuerda a sí mismo aferrándose, sabiendo que si se soltaba, moriría. Es un sueño recurrente» (Shorris, 1992: 328). La incapacidad de los abogados dominicanos y otros jóvenes latinos de convertirse en socios de grandes firmas pinta un escenario sombrío para alguien como Cabrera. «La noción de que los latinos brillantes y bien educados pueden trillar su propio camino en el mundo de los negocios es un mito, especialmente en la profesión jurídica, donde las reglas del racismo se aplican con el tipo de precisión característica de las mejores mentes jurídicas» (1992: 329).
Esperando lo mejor
Después de tres décadas de migración masiva y continua hacia Estados Unidos, los dominicanos han dado pasos decisivos, aunque de manera precaria, hacia su inserción en el seno de la vida estadounidense. Vistos en el contexto de una economía en contracción y en un ambiente político que se ha vuelto inhóspito para los inmigrantes, enfrentan desafíos adicionales para su supervivencia como comunidad étnica vibrante. Sin embargo, la historia del pueblo dominicano tanto en su país de origen como en el de acogida demuestra que tienen la capacidad para subsistir en los mejores y en los peores momentos. Tal aptitud para la supervivencia fue demostrada por la familia
Almonte, cuyo viaje desde el pueblo de Camú, en el norte de la República Dominicana, hasta la maravillosa metrópolis de la ciudad de Nueva York, se convirtió en el tema de la serie mensual de doce capítulos Una crónica de esperanza: la odisea de la familia Almonte, iniciada por el diario New York Newsday el 27 de abril de 1986.
Barbara Fischkin, autora de la serie, ha convertido sus artículos en un libro, Muddy Cup (1997). Los Almonte son una familia común de inmigrantes dominicanos de origen rural, y las pruebas que atravesaron representan de manera realista los desafíos que la comunidad enfrenta a diario. Dadas las vidas precarias que llevaron en Camú y los avances relativos que han logrado
Ramona Hernández
desde principios de los años 80, cuando los miembros de la familia comenzaron a emigrar a Nueva York, puede decirse que han mejorado su suerte. Aunque han sufrido pérdidas importantes como resultado del doloroso desarraigo de su tierra natal y la dificultad de adaptarse a los Estados Unidos, son dueños de su propia casa en Queens, han adquirido algunos activos en su ciudad natal y al menos uno de sus cuatro hijos ha tenido un desempeño académico bueno como para realizar estudios de posgrado. Informa el padre que la ética de trabajo y un poco de suerte le ayudaron a conseguir un empleo como carpintero cuando llegó a Nueva York. La madre, por otra parte, tenía un alma maleable, lo que la dotaba de una tremenda capacidad para plegarse, sacrificarse y adaptarse al cambio. Esa combinación de cualidades resultó decisiva para asegurar la supervivencia de la familia. Los que no cuentan con esa combinación de cualidades, solo les resta, incluso desafiando la lógica, esperar lo mejor.
Silvio Torres-Saillant /
APÉNDICE
COMUNIDAD, CULTURA
E IDENTIDAD COLECTIVA
Los dominicanos en la nueva gran ola de inmigración
A principios del siglo XXI, los dominicanos —junto con ciudadanos de China, México y Jamaica— encabezaban la lista de los que tenían la mayor participación en lo que Nancy Foner ha llamado la «nueva gran ola de inmigración» a la ciudad de Nueva York, una afluencia que comenzó a finales de la década de 1960 y que aún se mantiene fuerte (Foner, 2000:13). En las postrimerías de la primera década del siglo XXI, Zoe Saldaña, de Avatar, hija nacida en Passaic del inmigrante dominicano Aridio Saldaña, reinaba como una prometedora estrella de Hollywood; el premiado musical de Broadway In the Heights (2007), del compositor e intérprete puertorriqueño Lin-Manuel Miranda, tuvo como telón de fondo el barrio dominicano de Washington Heights; el escritor de ficción Junot Díaz, originario de República Dominicana, que creció con su madre inmigrante en Nueva Jersey, obtuvo el Premio Pulitzer de ficción en 2008 con su novela La breve y maravillosa vida de Oscar Wao; y, en 2007, el tercera base Alex Rodríguez, hijo de padres dominicanos y nacido en Nueva York, firmó un contrato con los Yankees que lo convirtió en el jugador mejor pagado en la historia del béisbol.
En los últimos años de esa primera década se podía encontrar a dominicanos en posiciones altas dentro de la sociedad estadounidense y sobre todo en
la ciudad de Nueva York. Pero también destacan las características menos favorables de su incorporación al tejido de la ciudad. En general, los indicadores socioeconómicos muestran que les ha ido mal en comparación con otros grupos. Suelen verse empleados en fábricas y en servicios de bajo nivel, e incluso profesionales que llegan con altos estándares de escolaridad en el momento de la inmigración a menudo han sufrido graves detrimentos sociales, por lo general incapaces de obtener empleo a la altura de sus credenciales (Foner, 2000:99, 93, 17). La mujer dominicana, que frecuentemente asumió el liderazgo en la decisión de emigrar, ha superado en número a los hombres en Nueva York. Entre los nacidos en su país de origen, en la ciudad había, en 2010, 71 hombres por cada 100 mujeres. En cuanto al género, las mujeres parecen haber mejorado su posición en la familia como resultado de la migración, pero dada la alta proporción de hogares encabezados por ellas (que desde un punto de vista económico son una desventaja), la ganancia no parece haberse traducido en una mejoría material (Pessar, 1982, 1987, 1995).
La historia del porqué Nueva York se convirtió en el principal destino de los dominicanos se remonta al papel de la ciudad en la segunda mitad del siglo XIX como principal puerto que interactuaba con la República Dominicana durante períodos de intensa participación estadounidense en los asuntos del país caribeño. En las últimas cuatro décadas, la presencia de una gran comunidad en esa ciudad ha sido un atractivo importante. Las críticas realidades económicas en la República Dominicana han sido uno de los factores que han empujado a tantos a abandonar su tierra natal en la nueva gran ola migratoria hacia la ciudad de Nueva York. Desde los años 60, la República Dominicana no ha logrado proporcionar suficientes oportunidades económicas para la mayoría de la población laboralmente activa o una educación decente para los hijos de los menos empoderados; más bien la mayoría de los ciudadanos ha quedado a su suerte sin esperanza de un mejor futuro. Las observaciones del hispanista Frank Graziano, que ha analizado las condiciones de los inmigrantes dominicanos indocumentados, bien pueden aplicarse a los que entran o permanecen en Estados Unidos legalmente. La emigración puede ser «voluntaria en la medida en que uno toma la decisión consciente de embarcarse, mientras que otros en situación similar optan por quedarse en casa; y es involuntaria en la medida en que la elección se ve forzada por la falta de opciones internas para el alivio de la pobreza» (Graziano, 2006:2).
Varios estudios han demostrado las altas tasas de pobreza en la República Dominicana. Una encuesta de 1994 realizada por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra conjuntamente con el Instituto de Estudios de Población y Desarrollo en Santo Domingo encontró que el 65 % de los entrevistados de 18 años o más se clasificaron como pobres; cuando se repitió la encuesta tres años después, estos alcanzaron el 76 % (Hernández, 2002:181).
En 1993, la Oficina Nacional de Planificación identificó el 60 % de los hogares como pobres, cifra que cayó al 56 % en un informe publicado en 1997. Como observa Graziano, los inmigrantes dominicanos no vienen atraídos por la noción del «sueño americano», sino debido a que la gran mayoría busca «la estabilidad económica básica», que persiguen con la obtención de una tarjeta verde a través de prolongadas transacciones legales en el Consulado de los Estados Unidos en Santo Domingo o, en el peor de los casos, desafiando los peligros más graves de los viajes ilegales en botes a Puerto Rico (Graziano, 2006:3).
Desde finales de 1960, la búsqueda de estabilidad económica los ha llevado a los Estados Unidos en grandes y crecientes cantidades.6 En 1990, según las cifras del censo, se estimaba que 520,000 vivían en los Estados Unidos; sin duda el tamaño real de esta población es apreciablemente mayor ya que las cifras oficiales subestiman a los residentes indocumentados, cuyo número es bastante alto. Una década después, un informe publicado por el Centro Lewis Mumford, basado en el censo del año 2000, estimó el número total de dominicanos en 1,121,257 (Logan, 2001). En 2010, según estimaciones de la encuesta sobre la comunidad estadounidense, la cifra nacional había aumentado a 1.5 millones (Pew Hispanic Center, 2012). Los dominicanos siguen superando en número a todos los demás grupos de inmigrantes en la ciudad de Nueva York y en 2010 ocuparon el noveno lugar a nivel de toda la nación.
En 1960, la ciudad de Nueva York tenía poco más de 13,000 residentes dominicanos (Haslip-Viera, 1996). En 2008, el número ascendía a la significativa cifra de 585,429, la mayoría de ellos nacidos en su país de origien, pero una proporción creciente (alrededor de dos quintas partes) en Estados
6 A menos que se indique lo contrario, «dominicanos» y «comunidad dominicana» se refieren a aquellos que tienen su ascendencia en la República Dominicana, así como a los inmigrantes.
Unidos (Caro-López y Limonic, 2010). A pesar de que casi la mitad vive ahora en el estado de Nueva York, han encontrado su camino hacia todos los estados de la unión. Los contingentes más numerosos residen en Nueva Jersey, Florida, Massachusetts, Pensilvania, Rhode Island, Connecticut, California, Maryland y Texas.
A lo largo de los años, la migración desde la República Dominicana ha fluctuado en parte como respuesta a los cambios en las políticas estadounidenses, incluida la Ley de Reforma de Inmigración Ilegal y Responsabilidad de los Inmigrantes de 1996, que exigía que quienes brindaran apoyo financiero para apadrinar a un familiar en el exterior debían recibir un ingreso 125 % por encima del umbral de la pobreza en el caso de una familia de cuatro personas. En consecuencia, los 20,387 dominicanos admitidos legalmente en Estados Unidos en 1998 representaban menos de la mitad de los admitidos apenas siete años antes. La misma ley también provocó un aumento dramático de los repatriados desde Estados Unidos. Mientras que las autoridades deportaron a 1,082 dominicanos en 1992, en 1998 el número ascendía a 2,498, y un dignatario dominicano protestó porque solo en agosto de 1999 llegaron a la República Dominicana 8,000 (Hernández, 2002:178-79). La cantidad de deportados ha crecido aún más en los últimos tiempos. Un estudio de David Brotherton y Luis Barrios (2011:12) estima entre 30,000 y 50,000 en el periodo 1996-2008, y que la tasa de los devueltos forzosamente a principios de la segunda década del siglo XXI era de casi 300 por mes.
En general, el panorama de los residentes de ascendencia dominicana en la ciudad de Nueva York muestra signos contradictorios de ascenso y declive, progreso y estancamiento, lo que permite proyecciones alternativas sobre el tipo de futuro que la comunidad forjará a medida que sus miembros se esfuercen por afirmar su presencia en las próximas décadas. Las páginas que siguen exploran algunas de estas tendencias y desarrollos, empezando con una mirada a las raíces históricas de la migración dominicana a los Estados Unidos y los antecedentes básicos de las características socioeconómicas de esa población en la ciudad de Nueva York, antes de considerar una serie de otros temas, como la cuestión del transnacionalismo, la construcción de una comunidad y una cultura dominico-estadounidense, tanto en los barrios como a través de la literatura, así como cuestiones de identidad y pertenencia etnorracial.
Entre lo reciente y la longevidad
Si la población dominicana en Nueva York ha alcanzado un nivel sin precedentes en el siglo XXI, esto no significa que sea completamente nueva o que no tenga raíces históricas profundas. A pesar de su largo contacto con la ciudad, sigue siendo recurrente una manera de referirse a ellos como recién llegados.
«Prácticamente no hubo migración dominicana hacia los Estados Unidos hasta la década de 1950, ninguna, ninguna. Pero, una vez que Trujillo [el dictador desde 1930] fue asesinado en 1961, y luego, por supuesto, después de la invasión estadounidense de 1965, de repente, entonces, miles de dominicanos vinieron a Estados Unidos», dice enfáticamente el copresentador Juan González de Democracy Now, y narrador principal del documental Nueva York, de 2010, sobre la relación de la ciudad de Nueva York con el mundo hispano. Sin embargo, como deja claro la exposición Nueva York: 1613-1945 de la Sociedad Histórica de esa ciudad (en colaboración con el Museo del Barrio), en 1613 «un mulato libre de Santo Domingo» llamado Juan Rodrigues se convirtió en el primer no nativo americano residente en el territorio que posteriormente se convertiría en Nueva York, antes del asentamiento de los europeos (Wallace, 2010:22).
Quizás no deba sorprender que a medida que los dominicanos se han convertido en un grupo más grande e importante en la ciudad, los estudiosos de esa ascendencia en particular hayan estado afirmando su longevidad y arraigo en Nueva York (Torres-Saillant, 1991, 2000a; Cocco de Filippis y Gutiérrez, 2001; Méndez, 2011). De hecho, el énfasis que ponen en los dominicanos tiene implicaciones para la forma en que son vistos —y desean ser vistos— y, por tanto, en las cuestiones de identidad y de inclusión política.
El descubrimiento de Juan Rodrigues ha ofrecido, hasta cierto punto, un refuerzo invaluable a los estudiosos que durante mucho tiempo han luchado contra una narrativa que acorta la duración temporal de la presencia dominicana en Nueva York y que abrevia incorrectamente una historia que se remonta al siglo XIX. Se ha argumentado que una narrativa de lo reciente puede reforzar la noción de que los dominicanos son los recién llegados por excelencia, que aún no han pagado suficientes cuotas por la igualdad acordada entre otros grupos étnicos que pueden jactarse de las credenciales que confiere la antigüedad. Muchos de esos estudiosos consideran que el énfasis en los dominicanos como un pueblo transnacional por excelencia, como un pueblo
en movimiento, distraiga la atención de la historia de adversidad, resistencia y supervivencia que han experimentado a lo largo de muchas generaciones para construir comunidades y forjar un hogar en Nueva York.
El pasado previo a la década de 1960
Personas de origen dominicano han vivido en los Estados Unidos al menos desde antes de la proclamación de la independencia el 27 de febrero de 1844; tal el caso de Juan Pablo Duarte, el arquitecto ideológico de la nación, que estudió inglés en Nueva York (Duarte, 1994:40). A lo largo del siglo XIX, como resultado del involucramiento de los Estados Unidos en los asuntos internos de la nación, en fecha tan temprana como durante la administración del presidente James Polk en la década de 1840, el contacto entre la pequeña nación caribeña y su poderoso vecino del norte se mantuvo constante. Después de la Guerra Civil, el interés de Estados Unidos en la República Dominicana se convirtió en un ferviente deseo de anexar el país al territorio de la unión. El presidente Ulysses S. Grant abrazó esta causa con pasión, aunque la feroz oposición de influyentes legisladores estadounidenses y líderes nacionalistas en la República Dominicana frustraron el plan. Aun así, Estados Unidos dominó la economía dominicana, controló la vida fiscal en el país mediante un protectorado de 1905 a 1940, gobernó la nación a través de un gobierno militar de 1916 a 1924, desarmó a la población civil e inculcó a los dominicanos una predilección por los bienes de consumo, los pasatiempos y la cultura popular estadounidense.
Estados Unidos, con Nueva York como epicentro, se convirtió en un destino natural para los inmigrantes dominicanos, que inicialmente incluían a estadistas, exiliados políticos, empresarios e intelectuales; en general, personas con medios suficientes para financiar un traslado a entornos más auspiciosos. Entre ellos se encontraban los hijos de la laureada poeta Salomé Ureña y Francisco Henríquez y Carvajal, una familia intelectual cuyas vidas la autora dominico-estadounidense Julia Álvarez ha capturado en su novela En el nombre de Salomé (2000). Entre los empresarios más notables estuvo Francisco Rebajes, quien alcanzó un grado de distinción no igualado por ningún otro empresario dominicano hasta el destacado éxito del diseñador de moda Oscar de la Renta, un nombre muy conocido en los Estados Unidos a finales del siglo XX. Rebajes
llegó a Harlem en 1922, aceptó trabajos de baja categoría de todo tipo, deambulaba por las calles con una pandilla de intelectuales sin un centavo encima y descubrió su talento para usar el martillo y el yunque y fabricar piezas en metal con estaño y cobre, hermosas y comercializables, que atrajeron finalmente a una gran clientela. Después de abrir su primer local en Greenwich Village en 1934, por sí solo «centró la industria artesanal a lo largo de Fourth Street» en la década de 1940, y su empresa abrió sucursales en todo el país hasta que en 1958 vendió su factoría y sus diseños originales para mudarse a España (Alig, 1953; Greenbaum, 1996:70-72).
Entre los que vinieron de la República Dominicana antes de la década de 1960, dos inmigrantes se destacan por sus extraordinarias carreras. María Montez, conocida como la Reina del Technicolor en el apogeo de su estrellato en Hollywood durante la década de 1940, se convirtió en una famosa personalidad del entretenimiento. Su ciudad natal, Barahona, donde hoy el aeropuerto lleva su nombre, la recuerda con orgullo. Habiendo desempeñado papeles importantes o protagónicos en éxitos de Hollywood, tales como Arabian Nights (1942), Cobra Woman (1943), Bowery to Broadway (1944), Gypsy Wildcat (1944), Tánger (1944), Sudán (1945), The Exile (1947) y Piratas de Monterrey (1947), muchas décadas después de su muerte continúa siendo «objeto de un extenso culto de fans sedientos de nostalgia…» (Kanellos, 1994:552). Otro dominicano que alcanzó la celebridad fue Porfirio Rubirosa, famoso como aventurero y playboy. Este moderno Casanova contaba entre sus sucesivas y célebres esposas a Doris Duke, de la familia de magnates y filántropos del tabaco cuyo apellido conmemora la Universidad de Duke; la celebridad del espectáculo Eva Gabor, y la heredera Barbara Hutton, nieta de Frank W. Woolworth, fundador de la conocida cadena de tiendas. La vida de lujo de Rubirosa fue subsidiada por su exsuegro, Rafael Leónidas Trujillo, quien gobernó la República Dominicana como una hacienda personal entre 1930 y 1961. Además de estas personalidades, una serie de disidentes políticos y otros expatriados llegaron a los Estados Unidos durante los treinta años de gobierno de la despiadada dictadura de Trujillo, así como un número igualmente sustancial de agentes del régimen que sirvieron al tirano promoviendo sus intereses en la sociedad estadounidense. Entre los primeros, los más comprometidos organizaron mítines que repudiaron la dictadura y se unieron al capítulo de Nueva York del Partido Revolucionario Dominicano, que se convertiría en una
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
importante institución política después de la caída de Trujillo. En cuanto a los agentes del régimen, se destaca la embajadora Minerva Bernardino, quien, irónicamente, después del fin de la dictadura recibió honores por sus servicios humanitarios y su defensa de los derechos de las mujeres. Su hermano menos conocido, Félix W. Bernardino, hombre de confianza del dictador, dirigió un reinado de terror contra la oposición antitrujillista durante sus años como cónsul general en Nueva York.
Estos antecedentes forman parte de la narrativa general de la experiencia dominicana en los Estados Unidos, aun cuando la investigación tenga que establecer con precisión de qué manera esta historia temprana ingresa en la memoria cultural de la comunidad, que evolucionó después de los grandes éxodos que comenzaron en la década de 1960. Se puede apreciar un vínculo claro en las asociaciones voluntarias, una característica destacada de los barrios dominico-estadounidenses (Georges, 1984; Sassen-Koob, 1987). Los datos disponibles sugieren que varios de los clubes sociales y organizaciones comunitarias que ganaron visibilidad cuando esos barrios se volvieron numéricamente significativos a partir de la década de 1970, en realidad tuvieron su comienzo en asociaciones creadas para promover o repudiar el régimen de Trujillo (Torres-Saillant y Hernández, 1998:80). Con el paso del tiempo, perdieron contacto con sus inicios ideológicos y se convirtieron en lugares «afectivos» o incluso «instrumentales», que servían a diversas necesidades de los miembros de la comunidad.
Contornos de la comunidad
Al inicio, los migrantes dominicanos viajaban a los Estados Unidos trayendo sus cultos tradicionales. Dados sus vínculos culturales por nacimiento y sus orígenes ancestrales en la isla de Santo Domingo, una tierra conquistada y colonizada bajo la bandera de la España católica, los dominicanos son en su mayoría católicos, aunque simultáneamente muestran formas de culto con influencia africana. Muchos de sus hogares en Nueva York, por ejemplo, cuentan con pequeños altares que rinden homenaje a los santos católicos, en especial a la Virgen de la Altagracia, la santa patrona del pueblo. Sin embargo, los adornos que decoran los pequeños altares (flores, velas encendidas, comida, agua, ron y otros bienes terrenales) a menudo recuerdan los objetos de la santería y
otras religiones caribeñas de influencia africana, lo que refleja la naturaleza fundamentalmente sincrética de la vida religiosa dominicana (Duany, 1944).
En el 2008, el 62 % de la comunidad en la ciudad de Nueva York había nacido en su país de origen. En 2005, un considerable 34 % vivía en la pobreza, y ese número aumentó a 43 % entre las familias encabezadas por mujeres, una fuente de estrés bastante desalentadora teniendo en cuenta que una proporción significativa de familias dominicanas es de este tipo. En el 2000, el 38 % de esas familias en la ciudad de Nueva York estaban encabezadas por mujeres, cifra que aumentó al 47 % en 2008 (Hernández y Rivera-Batiz, 2006; Hernández y Argeros, 2010). En términos de educación, en 2008, el 44 % de los dominicanos de 25 años o más no se habían graduado de la escuela secundaria (Caro-López y Limonic, 2010). En el 2005, el ingreso per cápita de los hogares ascendía a 13.423 dólares, casi un 50 % menos que la tasa de la población general de la ciudad. En 2000, la edad media de la población dominicana era de 29.2 años, más baja que la de otros grupos étnicos importantes, y no mostró muchos cambios en el transcurso de la siguiente década (Ramírez, 2002; Hernández y Argeros, 2010).
En el 2000, la distribución ocupacional de la fuerza laboral dominicana de 16 años de edad o más en la ciudad de Nueva York se mantuvo cerca del desglose del censo anterior (en 1990). Es decir, el 30 % eran operadores, fabricantes y obreros; 28 %, trabajadores de servicios; 26 % en soporte técnico, comercial y administrativo; el 12 % en puestos directivos y profesionales; y el 5 % en la producción de precisión, artesanía y reparación (Ramírez, 2002). Pero incluso en su perfil socioeconómico, esa población parece rechazar una narrativa lineal de miseria o prosperidad. En términos de instrucción postsecundaria, en la última década se matricularon más estudiantes de ascendencia dominicana en la City University of New York (CUNY) que de cualquier otro grupo nacional. En los primeros cinco años del siglo XXI, los dominicanos nacidos en Estados Unidos tenían un porcentaje más alto de graduados universitarios en comparación con el resto de la población latina nacida en Estados Unidos (Hernández y Rivera-Batiz, 2006). En el 2008, el 24 % de los dominicanos nacidos en la ciudad de Nueva York de 25 años o más habían obtenido una licenciatura o un título superior, y la cifra era del 34 % para las mujeres adultas (Caro-López y Limonic, 2010:18).
Washington Heights sigue siendo un barrio predominantemente dominicano —y sigue siendo el corazón simbólico de esa comunidad en la ciudad—,
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pero desde 1990 se han mudado cada vez más al Bronx. En 2008, el Bronx tenía la mayor proporción de ellos, y las secciones de Queens y Brooklyn también ostentaban números significativos (Caro-López y Limonic, 2010).
En gran medida, el tejido de la vida cotidiana del grupo, sus características distintivas, sus sonidos, sus olores, su ritmo —en definitiva, la suma de elementos sensoriales que muchos considerarían integrales a la cultura de la comunidad— se manifiesta en los numerosos barrios predominantemente dominicanos de la ciudad. Los enclaves étnicos en Nueva York, como el que se encuentra en Washington Heights de Manhattan, muestran los colores tropicales que los identifican: numerosas bodegas, supermercados, salones de belleza, agencias de viajes y restaurantes, todo lo cual contribuye a lo que podría considerarse como una dominicanización del entorno físico. Los observadores resaltan la energía y vitalidad del grupo, sobre todo porque el número de establecimientos comerciales en el vecindario ha crecido con la continua llegada de nuevos residentes en áreas anteriormente deprimidas, por ejemplo, en partes del sur del Bronx. Sin embargo, los perfiles socioeconómicos de la comunidad indican que los dominicanos en Nueva York, como grupo, están económicamente rezagados con respecto a los negros y otros hispanos. Tienen los ingresos familiares medios más bajos ($37,680 en 2008) en relación con los cinco grandes grupos latinos de la ciudad (Caro-López y Limonic, 2010:10). Entre las razones de esta situación, se encuentran los bajos niveles de dominio del idioma inglés y muchas veces carecen de la educación y las habilidades especializadas que el mercado laboral requiere cada vez más. Para exacerbar su precaria condición, a menudo los atan compromisos económicos con familiares en su tierra natal (Hernández, 2002).
Transnacionalismo al estilo dominicano
Comprender los vínculos transnacionales entre los dominicanos y su patria es una tarea complicada. Por un lado, existe una tendencia a minimizar el alcance y la antigüedad de las conexiones transfronterizas. Dada la historia de dominio colonial y neocolonial de la República Dominicana, las personas conectadas ancestralmente a su tierra, al igual que sus homólogos en todo el Caribe, han tenido sus vidas cotidianas expuestas a circunstancias y eventos que ocurren tanto en su lugar de nacimiento como en países de ultramar
durante más de cinco siglos (Torres-Saillant, de próxima publicación). Lo que hoy puede parecer una nueva dinámica en el contexto de la masiva migración dominicana a Estados Unidos es más bien una etapa en la evolución de las relaciones entre la República Dominicana y su geopolítico amo. Quizás más importante aún es el hecho de que poner demasiado énfasis en los vínculos transnacionales puede desviar la atención de los acontecimientos de los dominicanos en Nueva York.
Un ejemplo dramático es el del suboficial de la marina Rubén Rodríguez, una de las 225 víctimas del vuelo 587 de American Airlines que se estrelló en Queens, Nueva York, cuando despegaba del aeropuerto JFK el 12 de noviembre de 2001 con destino a Santo Domingo. Veterano de la misión militar estadounidense en Kosovo, en la cual sirvió durante siete meses en el USS Enterprise, Rodríguez acababa de regresar a Nueva York después de participar en la guerra de Afganistán y, antes de asumir su siguiente misión, decidió tomarse un respiro viajando a la República Dominicana para reconectarse con su familia. Este trágico caso ilustra las circunstancias que han llevado a varios académicos a considerar a los dominicanos como una comunidad transnacional que traspasa fronteras, en la que los individuos mantienen lealtades, permanecen conectados y participan en una variedad de prácticas que los vinculan con la tierra natal (Duany, 1994; Guarnizo, 1994, 1997; Levitt, 2001). Sin embargo, el hecho de que Rodríguez fuera un oficial de la marina, que había ido a la guerra en nombre del país de acogida, también muestra la profundidad de su arraigo en los Estados Unidos como lugar de su ciudadanía y de su deber cívico, no obstante sus fuertes vínculos afectivos con el «viejo país».
El enfoque transnacional en los estudios sobre migración en los Estados Unidos que han proliferado desde la década de 1990 se ha centrado principalmente en los dominicanos, y muchos académicos los promocionan «como un ejemplo clásico de transnacionalismo» (Duany, 2011:3, 5). Peggy Levitt, autora de un conocido estudio sobre las relaciones entre un pueblo dominicano que ella llama Miraflores y los emigrantes que se han asentado en Boston, examina las relaciones transnacionales entre las dos ramas de esta población. Su estudio sugiere que los mirafloreños en la República Dominicana se han tornado «tan dependientes del dinero, las ideas y los valores importados de Boston que la migración se ha convertido en una parte integral de sus vidas cotidianas» (Levitt, 2004:250). La tendencia a analizar la experiencia dominicana desde la
perspectiva del transnacionalismo se ha generalizado en temas que van desde las interconexiones políticas entre su patria de origen y el país de acogida, hasta su dinamismo de clase media en el sur de Florida, la literatura dominico-estadounidense, la música en Nueva York, la posición de las mujeres y los cambios en los roles de género entre los jóvenes de segunda generación (Sagás y Molina, 2004).
Independientemente de que los dominico-estadounidenses puedan ser considerados miembros de una comunidad transnacional o no, los académicos han hecho poco para mostrar en qué medida esta transnacionalidad difiere de la de otras minorías étnicas que deben su desarrollo a los flujos migratorios en la era de los aviones jet. También es importante prestar atención al impacto de la coexistencia entre personas nacidas en los Estados Unidos y los inmigrantes —los inmigrantes tienen más probabilidades de mantener conexiones estrechas con su país de origen, mientras que la segunda generación tiene vínculos mucho más débiles—. Un detalle revelador a este respecto es el de conocidos escritores dominico-estadounidenses (con la excepción de Julia Álvarez y Angie Cruz) y su compromiso con la patria en su trabajo. Lo mismo ocurre en el ámbito de las artes visuales, en el que casi todos los pintores y escultores que han alcanzado cierta visibilidad pertenecen a una ola migratoria de clase media que abandonó la República Dominicana a partir de la década de 1980, muchos de ellos formados en la Escuela de Diseño Altos de Chavón en La Romana, y Parsons The New School for Design de la ciudad de Nueva York.
Una característica notable de los líderes políticos de la comunidad dominico-estadounidense es su necesidad de permanecer atentos a la doble sensibilidad de su electorado, que incluye a muchos con el corazón puesto en los asuntos de uno de los principales partidos en la República Dominicana, así como a otros que reconocen que el estadounidense es el escenario más apropiado para su participación política. Curiosamente, muchos miembros de la comunidad que han alcanzado cargos legislativos en los Estados Unidos nacieron en la República Dominicana, tales como el senador del estado de Nueva York, Adriano Espaillat; la concejal de la ciudad de Nueva York, Diana Reyna; el concejal del condado de Montgomery (Maryland), Thomas Pérez, miembro del Concejo Municipal de Providence; Miguel Luna, y el senador del estado de Rhode Island, Juan Pichardo, por nombrar solo algunos que han ocupado cargos públicos desde principios del siglo XXI.
Un estudio realizado por Ana Aparicio (2006) sobre jóvenes líderes dominicanos en Nueva York, incluidos activistas de segunda generación, muestra una tendencia a alejarse de la participación en la política de República Dominicana. Los más jóvenes parecen haberse retirado de ese activismo que, sin embargo, había sido importante para sus predecesores en la década de 1960. Estos jóvenes parecen más inclinados que sus mayores a forjar coaliciones con otros grupos étnicos en Nueva York, principalmente puertorriqueños y afroamericanos (Aparicio, 2006:3-4).
El involucramiento de la segunda generación con elementos de la cultura dominicana, tiene que ver quizás más con experiencias en Nueva York que los conectan con la tierra natal de sus padres. La mayoría de ellos residen en barrios de Nueva York con una representación sustancial de dominicanos de varias generaciones. Por eso, permanecen apegados a su cocina nativa aun cuando desarrollan el gusto por la comida estadounidense, que a menudo es sinónimo de los productos de las grandes cadenas de comida rápida. Pueden llamar la atención sobre su origen étnico ondeando la bandera de la República Dominicana en desfiles y otras festividades o en eventos públicos como juegos de béisbol en los que participan importantes estrellas de la talla de Sammy Sosa, Pedro Martínez o Alex Rodríguez. Reproducen el gusto musical de sus padres al tener el merengue y la bachata entre sus ritmos favoritos, a la vez que disfrutan del sonido del hip-hop y otras formas de música popular que la industria del entretenimiento estadounidense ofrece al público de cada nueva generación.
Las personas de segunda generación a menudo se llaman a sí mismos dominicanos, aunque es posible que no sepan mucho sobre la tierra natal de sus padres; cuando viajar se convierte en una posibilidad, piensan en la República Dominicana como su primera opción. Es raro que carezcan de estrechos vínculos de parentesco con la gente «dejada atrás». Muy a menudo, los abuelos, a quienes los jóvenes dominico-estadounidenses apelan en busca de afecto o permisividad, viven al otro lado del mar Caribe, en una ciudad o pueblo rural, una característica más típica de familias situadas en los extremos más bajos de la escala social. A veces la situación se complica por el volumen considerable de matrimonios mixtos en Nueva York, en los que podría quizás solo uno de los padres ser dominicano. Lo que está claro, sin embargo, es que la interacción entre aquí (Nueva York) y allá (República Dominicana) es un elemento
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
de la cultura dominico-estadounidense, y aquellos de segunda generación generalmente no consideran que su lealtad hacia los Estados Unidos requiera desvincularse de la patria de sus padres.
Entre los inmigrantes, incluidos los de segunda generación, hay, por un lado, una negociación continua de tradiciones, comportamientos y creencias de la patria ancestral —que puede ser reforzada, aunque no necesariamente, por vínculos reales o relaciones continuas con las personas de allá— y, por el otro, la asunción de pensamientos, valores y prácticas transformadoras derivadas de la experiencia de vivir como una minoría étnica en los Estados Unidos. Por lo tanto, los dominicanos en Nueva York están influenciados por las nociones de identidad política y pertenencia nacional prevalecientes en la República Dominicana, que enfatizan una «dominicanidad» que lo abarca todo como base de la identidad social y la inclusión. Al mismo tiempo, en el contexto de autoafirmación étnica y diferenciación racial en Estados Unidos, emergen como un grupo cultural con un lugar y una identidad distintivos en la jerarquía étnica y racial de la ciudad. La tensión creadora entre los legados traídos o heredados de la patria y las sensibilidades forjadas en los Estados Unidos explica en gran medida la textura de su vida cultural entre los dominicanos de Nueva York. Para verlo de otra manera, en ocasiones abrazan una visión del mundo que rompe con las ideologías del viejo país y a veces se distancian de puntos de vista que dominan en la sociedad estadounidense.
Construyendo comunidad, imaginando el futuro
El proceso de construir una comunidad ha implicado la creación de nuevas instituciones y eventos visibles en la esfera pública, además de una creciente participación en la política de la ciudad.
El sentido de identidad colectiva de la población dominicana como comunidad asentada con un futuro imaginable se ha manifestado en la serie de legados que ha considerado oportuno reconocer. El sábado 6 de agosto de 2011, a primera hora de la tarde, tuvo lugar una ceremonia en la esquina de Audubon Avenue y 190th Street en Washington Heights de Manhattan, en la cual, bajo un severo sol de verano, sin gran fanfarria, el presidente del condado de Manhattan, Scott Stringer, un judío neoyorquino, y el concejal de la ciudad, Robert Jackson, un antiguo residente afroamericano de Washington Heights,
se unieron a sus colegas dominico-estadounidenses para poner el nombre de Miguel Amaro Way a una calle, en honor a un activista comunitario que jugó un papel decisivo en la creación del Desfile del Día Dominicano. Entre sus colegas de ascendencia dominicana en cargos públicos estuvieron presentes el senador estatal Adriano Espaillat, el asambleísta Guillermo Linares y el concejal de la ciudad Ydanis Rodríguez, junto con las antiguas líderes distritales
María Luna y María Molina.
Los funcionarios electos, activistas, vecinos, amigos y miembros de la familia Amaro vinieron a conmemorar el legado de un hombre que había imaginado un futuro para los dominicanos en la ciudad. Judith Amaro, directora de la Fundación Miguel Amaro, con el apoyo de su hermano Mao, trabajó estrechamente con la oficina del concejal Ydanis Rodríguez y consiguió el apoyo de los otros legisladores dominico-estadounidenses que conocieron al activista con el objetivo de fijar en la memoria pública la figura de su padre. La gente se congregó en la acera del edificio donde Miguel Amaro vivió con su familia en 1982. Ese año él convocó a un grupo de sus compañeros en su apartamento del quinto piso para discutir la idea de crear un comité que organizara un desfile anual, similar a los realizados en ese momento por otros grupos étnicos existentes en la ciudad. Pensó que tal desfile proporcionaría a los dominicanos de Nueva York, tanto a los inmigrantes como a los nacidos en Estados Unidos, un recurso para mejorar su visibilidad como fuerza social y al mismo tiempo estimular el sentido de identidad colectiva. Habiendo llegado a Nueva York desde Santiago de los Caballeros en la década de 1960, Amaro albergaba una profunda fe en el avance comunitario y la defensa étnica, y confiaba en que la política simbólica tendría consecuencias materiales. Graduado del Brooklyn College, dedicó su vida casi por completo al activismo comunitario. Cuando murió en 1987, el Desfile del Día Dominicano se había convertido en una fuerza con la que luchar, un símbolo para el sistema político de Nueva York sobre la determinación de los dominicanos de participar en la distribución del poder entre los diversos segmentos étnicos de la ciudad.
El segundo domingo de agosto de 1982, el primer Desfile del Día Dominicano recorrió la Avenida Audubon por unas veinte cuadras con la pompa apropiada, y culminó en un festival cultural con música, danza, lecturas de poesía, discursos y otras actuaciones en un escenario ubicado frente a la pared trasera del edificio de la escuela secundaria George Washington, en la avenida
Torres-Saillant / Ramona Hernández
Amsterdam, entre las calles 190 y 191 (Aparicio, 2006:73-74). Silvio Torres-Saillant, uno de los miembros originales del comité, recuerda la insistencia de los organizadores en dejar una impresión positiva, en el entendido de que estaba en juego la imagen de la comunidad. Esta preocupación surgió en parte a causa de las dificultades que habían encontrado mientras tramitaban el permiso legal para llevar a cabo el desfile y el festival. Tuvieron que presentarse varias veces ante la Junta de Planificación Comunitaria núm. 12 con el fin de abordar los temores de varios miembros de la junta sobre la posibilidad de vandalismo, disturbios o acumulación de basura en las calles. El deseo colectivo de salvaguardar la imagen de la comunidad se hizo evidente al final de las festividades, cuando muchos participantes se unieron de manera espontánea a los organizadores para limpiar el área, deshacerse de la basura y dejar las calles, aceras y el parque, más limpios de lo que estaban cuando comenzó el desfile. Mucho ha ocurrido desde que los dominicanos en Nueva York decidieron aparecer solos en público en lugar de ser uno de los múltiples segmentos latinoamericanos del Desfile Anual de la Hispanidad en octubre. Decididos a mostrar su identidad, pronto consiguieron un permiso para desfilar en Midtown Manhattan. Desde hace casi tres décadas, decenas de miles se han congregado allí cada mes de agosto para exhibir su origen étnico, su bandera y su determinación de afirmar su pertenencia a la ciudad. Desde que los miembros del comité original se retiraron del proyecto unos años después, el Desfile del Día Dominicano ha experimentado altibajos, con crisis periódicas debidas al control del liderazgo, la visión y los recursos de la organización. Muchos, incluidos algunos miembros del comité fundador, han acusado a Nelson Peña, que tomó el mando de la organización hace unos veinte años, de haber utilizado la iniciativa para promover sus intereses personales sin tener en cuenta los ideales originales de 1982 («Al rescate», 2011:1-2). Pero a pesar de los conflictos internos, el desfile sigue siendo una institución que los dominicanos en toda la ciudad y más allá consideran como un símbolo de su presencia en los Estados Unidos y como un escenario para mostrar sus logros políticos y su potencial. Hoy en día, los políticos neoyorquinos de todas las tendencias, étnica e ideológicamente hablando, consideran prudente presentarse en el desfile y disfrutar de una oportunidad fotográfica confraternizando con los dominicanos. El hecho de que después hayan surgido otros desfiles dominicanos en varias partes del estado de Nueva York y en otras regiones del país donde estos viven en
Silvio
cantidades significativas es testimonio del éxito de la iniciativa de Amaro, que, vista en retrospectiva, personifica la historia de sus compatriotas en Nueva York, con sus pruebas y tribulaciones, esperanzas y decepciones, fracasos y triunfos. Se podría argumentar que cuando Amaro apeló a sus connacionales en 1982, estaba respondiendo a un anhelo, de décadas atrás, de hacer sentir su presencia en la ciudad. Los dominicanos también han afirmado y obtenido un espacio e influencia significativos en la política. En 2011, el Concejo Municipal de Nueva York tenía cuatro miembros dominicanos (Julissa Ferreras, Diana Reyna, Ydanis Rodríguez y Fernando Cabrera); así mismo, había un asambleísta estatal (Guillermo Linares) y un senador estatal (Adriano Espaillat) de la ciudad de Nueva York.
Los dominicanos tienen una larga historia de organizaciones comunitarias, que se remonta a la década de 1960, cuando los activistas culturales en Washington Heights abogaron por una agenda educativa sensible a las necesidades de los estudiantes (Hoffnung-Garskof, 2008). A principios de la década de 1970, los activistas Socorro Rivera y Víctor Espinosa formaron parte del liderazgo que, a través de la Junta Escolar Comunitaria núm. 6, promovió una visión de inclusión y empoderamiento para los dominicanos en Washington Heights (Hoffnung-Garskof, 2008:109). En gran medida, la longevidad de estas organizaciones en Nueva York puede explicar el éxito de los esfuerzos que permitieron sobrevivir a la escuela secundaria Gregorio Luperón de las «varias reformas políticas» que iban en contra de la misión de educar a jóvenes dominicanos recién llegados a Nueva York (Bartlett y García, 2011).
Ya sea organizándose para mejorar las escuelas a las que asisten sus hijos, para elegir candidatos a cargos públicos que los representen o para crear un desfile que celebra su presencia en Nueva York, los dominicanos han luchado durante mucho tiempo y han logrado construir una comunidad y asegurar un lugar de pertenencia en la ciudad como grupo étnicamente distinto.
Surgimiento de una cultura dominico-estadounidense en las artes y la literatura
La génesis de lo que podría llamarse una cultura dominico-estadounidense en las artes y la literatura se remonta a finales del siglo XIX y principios del XX con las contribuciones de escritores, músicos y otras figuras públicas
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
(Torres-Saillant, 1991, 2000a; Cocco de Filippis y Gutiérrez, 2001; Rodríguez de León, 1998). Los ejemplos provienen principalmente del campo de la literatura, con escritores cuyas raíces en Estados Unidos precedieron al gran flujo migratorio que comenzó en la década del 60.
La laureada poeta Rhina P. Espaillat, nacida en Santo Domingo en 1932, llegó a Estados Unidos con su familia a la edad de cinco años. Vivieron en Washington, D.C., y en 1939 la familia se estableció en Nueva York, donde la joven Rhina creció sin mucho contacto con los vecinos dominicanos. Su don poético y su dominio temprano de la magia del inglés llamaron la atención de sus maestros, que facilitaron el envío de sus poemas a publicaciones populares, como el Ladies’ Home Journal. Poeta publicada en la adolescencia temprana, cuando cumplió 16 años, se convirtió en el miembro más joven de la Sociedad de Poetas de América. Después de disfrutar de una modesta celebridad literaria como prometedora poeta estadounidense y de graduarse del Hunter College, dio clases de inglés en escuelas públicas de la ciudad de Nueva York, se casó con su colega judío Alfred Moskowitz y asumió las exigencias de formar una familia. Además, continuó construyendo su expediente literario escribiendo y publicando en revistas, diarios y antologías de poesía. Retirada de la enseñanza y con sus hijos ya criados —habiendo sido «un placer editar» y sin necesitar «revisiones», como ella evocadoramente expresa en la dedicatoria de uno de sus libros (Espaillat, 2004)—, se dedicó a la poesía con fuerza. Sus volúmenes de versos le han valido una serie de honores que incluyen el Premio en Memoria de Gustav Davidson, el T.S. Eliot de Poesía, el Premio Howard Nemerov Sonnet, el Premio Richard Wilbur 2001 y el Premio Stanzas 2003, además de su inclusión como uno de los ochenta escritores a nivel nacional invitados por la primera dama y la Biblioteca del Congreso a participar en el Festival Nacional del Libro, celebrado en Washington, D.C. en octubre de 2003. Sus volúmenes de poesía: Lapsing to Grace (1992), Where Horizons Go (1998), Rehearsing Absence (2001), Mundo y palabra/The World and the Word (2001), Rhina P. Espaillat Greatest Hits (2003), The Shadow I Dress In (2004), Playing at Stillness (2005) y Her Place in These Designs (2008), a menudo incluyen al menos un poema en español. No obstane su ejercicio literario aislado de cualquier vecindario dominicano —desde que se casó su vida transcurrió en un área predominantemente judía de Queens—, se conectó con compatriotas y se involucró en las actividades literarias de aquellos que escribían principalmente en español. Entre los
resultados tangibles de esa relación, colaboró con el poeta César Sánchez Beras en la traducción al inglés de los poemas de su colección Trovas del mar, ahora disponible en una edición bilingüe (Troves of the Sea, 2002).
Igualmente ilustrativa de la presencia dominicana en Nueva York antes de la mayor afluencia desde la década de 1960 es Julia Álvarez, la poeta y escritora de ficción que disfruta de un amplio reconocimiento en la escena literaria.
Descendiente de una familia de profesionales y diplomáticos, vinculada desde hace varias generaciones con los Estados Unidos, Álvarez nació en la ciudad de Nueva York en 1950, más de una década antes de la ola de inmigrantes que conduciría al desarrollo de grandes asentamientos dominicanos en los Estados Unidos. Al momento de su nacimiento y durante su primera infancia, la todavía pequeña comunidad no mostraba una ubicación étnica distintiva en Nueva York ni tenía el perfil socioeconómico que tiene hoy. De piel más clara y con una educación superior, los dominicanos que vivieron en la ciudad hace más de cinco décadas compartían un estatus económico favorable, aunque estaban divididos por lealtades políticas, algunos aliados y otros opuestos (y victimizados) al régimen de Trujillo. El nivel de su clase con frecuencia encaja en la descripción que Álvarez hace de la familia en sus ensayos autobiográficos «Una infancia americana en la República Dominicana» (1987) y «Mi inglés» (1992), que captan etapas clave de la educación temprana de la escritora, cuando, habiendo sido llevada a vivir en la tierra caribeña de sus padres, asistió a la escuela privada Carol Morgan, a la cual los diplomáticos estadounidenses enviaban a sus hijos. Cuando la familia Álvarez regresó a Nueva York en 1960, su forma de incorporarse a la sociedad estadounidense fue sorprendentemente diferente de la mayoría de las generaciones posteriores de inmigrantes dominicanos, cuya clase de origen los colocó en una posición de desventaja social con respecto a otros desde el momento de su llegada (ver Hendricks, 1974). Álvarez, una escritora prolífica y talentosa, ha explorado libro tras libro la historia dominicana, el recuerdo de la adaptación de su familia a la vida en los Estados Unidos y el folklore del viejo país. Después de su primer bestseller, Cómo las niñas García perdieron el acento (1991), publicó En el tiempo de las mariposas (1994), una conmovedora evocación de las hermanas Mirabal, tres mujeres asesinadas por la dictadura de Trujillo; ¡Yo! (1997), un inteligente regreso a la historia de las niñas García en el que los otros personajes ofrecen sus puntos de vista sobre Yolanda, la narradora de la novela anterior; y En el nombre
de Salomé (2000), que explora la vida de la familia Henríquez Ureña, teniendo como centro los paralelismos entre la participación cívica de la laureada poeta Salomé Ureña en el Santo Domingo del siglo XIX y los años psicológicamente transformadores de su hija Camila en Poughkeepsie, Nueva York, a principios del siglo XX. En sus poesías —Homecoming (1984, 1996) y The Other Side/El Otro Lado (1995)—, Álvarez profundiza en las tensiones que emanan de su doble origen cultural dominicano y estadounidense, mientras que sus libros para niños evocan la historia y las leyendas dominicanas, y el contraste cultural entre la vida en Vermont y la región norte del Cibao: The Secret Footprints (2000), How Tia Lola Came to Visit/Stay (2001), Before We Were Free (2002) y A Cafecito Story (2002). Dada su prominencia literaria, más que cualquier otro escritor dominicano ha podido acercar personajes y situaciones dominicanos, tanto imaginarios como históricos, a un amplio público estadounidense.
Una imagen de la comunidad que más se asemeja al retrato socioeconómico de los dominico-estadounidenses en la migración posterior a 1965 aparece en las obras de escritores que son hijos de ese éxodo. La muy aclamada colección Drown (1996) y la novela ganadora del Premio Pulitzer La breve y maravillosa vida de Oscar Wao (2007) de Junot Díaz; las novelas Geografías del hogar (1999) de Loida Maritza Pérez; Soledad (2001) de Angie Cruz; Canción de los Santos del Agua (2002) de Nelly Rosario; La falda de Erzulie (2006) de Ana-Maurine Lara, y la colección de ficción corta Los ojos de mi hija (2007) de Annecy Báez, representan personajes individuales y familias afectadas por la consecuencias de su ubicación desfavorable y de la marginalidad de su entorno étnico. Los personajes que pueblan esas historias enfrentan obstáculos que surgen al sentirse atrapados en entornos donde carecen de servicios básicos, como escuelas de calidad, vecindarios limpios, atenciones de salud adecuadas y simple seguridad física. Su conciencia de la discriminación por su raza y su alteridad cultural con respecto a una corriente dominante ajena e indiferente les viene impuesta por el drama cotidiano de la lucha por la supervivencia material y psicológica. Un rasgo común es la memoria del pasado dominicano como fuente de fortaleza, incluso cuando denuncian las características menos democráticas de la cultura de la patria. A menudo, al reconectarse con la historia y sus familiares en la República Dominicana, los personajes alimentan su capacidad para hacer frente a las dificultades y barreras étnicas, raciales y culturales que padecen en los Estados Unidos.
Ubicaciones etnorraciales, identidad y pertenencia
Y así nos enfrentamos a cuestiones de raza, etnia e identidad. Los académicos han notado que a los dominicanos les resulta difícil aceptar el código racial predominante en los Estados Unidos, que a menudo reduce la identidad social a una oposición binaria blanco-negro, en contraste con los códigos menos rígidos de la patria que permiten espacios de identidad distintos entre los extremos de blanco y negro.
Los dominicanos, como ha señalado el sociólogo José Itzigsohn (2009:125), se ven a sí mismos como un pueblo mestizo y han tratado de establecer su posición en el sistema de clasificación racial estadounidense como no blancos y no negros. En su estudio sobre Providence, los dominicanos se distinguían de los afroamericanos y de los inmigrantes negros no hispanos enfatizando una identidad hispana o latina; una identidad, sostiene Itzigsohn, que refleja la forma en que a menudo son categorizados por la sociedad estadounidense dominante y que «surge de una vida y prácticas sociales en los Estados Unidos» (2009:166).
Al mismo tiempo, tanto para los de primera como de segunda generación, el origen nacional, como dominicanos, fue el «ancla principal de su identidad» que generó el mayor nivel de apego emocional (Itzigsohn, 2009:131).
Se ha demostrado que los jóvenes de segunda generación utilizan un español con inflexión dominicana para evitar ser tomados por afroamericanos. De la misma manera, los más exitosos y de piel clara que encuentran posible asimilarse a la sociedad en general pueden adoptar una perspectiva como la del segmento conservador descendiente de europeos, que minimiza, ignora o niega la importancia de las políticas estructurales, incluyendo desventajas y barreras raciales. Un informante de clase media residente en Nueva York entrevistado por la lingüista Almeida Jacqueline Toribio (2003:7) describió a Estados Unidos como un lugar «donde puedes establecer tus metas y lograr lo que quieras», al tiempo que desestima la tendencia de los afroamericanos a recordar experiencias desagradables del período de la esclavitud. El informante consideró que esta tendencia de sacar a relucir «la carta racial», que, según él, estaban imitando los dominicanos y otros latinos, sofoca su capacidad de salir adelante (ibid.).
Un estudio desde la perspectiva del lenguaje y la identidad, basado en entrevistas con estudiantes de secundaria en Providence, Rhode Island, encontró que
los dominicanos de segunda generación afirmaban que no eran negros, pero, debido a la exclusión y discriminación que experimentaban aquellos con color de piel más oscuro, tampoco se veían a sí mismos como blancos. Mantuvieron una comprensión etnolingüística de su identidad en términos de hablar español, lo que fomenta un sentido de diferencia con los estadounidenses negros (Bailey, 2001:703-4). Toribio también ha explorado hasta qué punto la identidad racial y cultural de los dominicanos puede ser «mediada o atribuida a través de atributos lingüísticos» (2003). Los de segunda generación afirman su lealtad a su herencia prometiendo «lealtad» a su lengua «vernácula», aun cuando su habla exhibe una considerable erosión de «las prácticas lingüísticas de sus padres».
Al mismo tiempo, el contacto continuo con los afroamericanos ha llevado a muchos de segunda generación a trascender, e incluso rechazar, los «estereotipos étnicos/raciales esenciales de sus padres». Reconocen la necesidad de distanciarse de la negrofobia y lo antihaitiano que ha tipificado el discurso sobre nacionalidad y cultura en la República Dominicana. Una conmemoración del 155 aniversario de la independencia del dominio haitiano celebrada el 27 de febrero de 1999 en el Centro Cultural Orlando Martínez, en el norte de Manhattan, buscó el copatrocinio de la comunidad haitiana y de organizaciones culturales en Nueva York. El programa contó con una presentación de gagá, un espectáculo musical y espiritual nacido de la experiencia de los migrantes haitianos trabajadores de la caña de azúcar en las plantaciones dominicanas, y concluyó con una lectura de la poesía de Jacques Viau Renaud, un poeta nacido en Haití que creció en la República Dominicana, donde murió luchando por la justicia social en la revolución de 1965. Curiosamente, los registros de los patrocinadores que utilizaron los recursos de investigación del Instituto de Estudios Dominicanos CUNY en el City College de Nueva York, según datos recogidos por la bibliotecaria Sarah Aponte en su primera década (1994-2004), indican que los estudiantes dominicanos se preocupan más por el estudio de la herencia africana que sobre cualquier otro tema de investigación académica en ciencias humanas. Está también lo que se puede llamar la «identidad colectiva de la comunidad dominicana». La formación de una comunidad es el producto específico de la experiencia de la minoría étnica estadounidense y puede discernirse en las formas, ideas y prácticas expresivas que caracterizan a sus miembros. Por supuesto, la tarea de definir cualquier comunidad está plagada de peligros conceptuales, uno de los cuales es la tentación de interpretar poblaciones enteras
como bloques monolíticos y sencillos, basándose en que comparten un origen nacional o ancestral común. Podría decirse que cada cultura alberga segmentos subculturales en su interior. Pero los dominicanos, al igual que otros grupos étnicos minoritarios que política y económicamente ocupan espacios marginales en relación con la sociedad dominante, experimentan la necesidad de articular una identidad con una urgencia apremiante. Su percepción de vivir bajo un asedio cultural los lleva a conformar una identidad colectiva, que es en sí misma tema de discusión académica y pública.
La identidad colectiva de los dominico-estadounidenses difiere de la de la gente de su patria, así como de los afroamericanos y otros grupos latinos, en la continua lucha en el discurso popular, académico e intelectual con la diversidad interna. La apreciación de la herencia africana sin sesgar la vitalidad del trasfondo ibérico en la formación de la cultura dominicana, el deseo de preservar el español y al mismo tiempo abstenerse de la tentación de privilegiar esa lengua como requisito necesario para ingresar al espacio identitario de la comunidad, y la incorporación de valores democráticos inscritos en el credo estadounidense de igualdad, son todos ingredientes en la formulación de la identidad colectiva. La propensión dominico-estadounidense a abrazar la diversidad se ilustra en el simposio «Arriba de los márgenes: la diversidad como desafío a la nación democrática», una iniciativa internacional multidisciplinaria celebrada en Nueva York y Santo Domingo durante dos semanas consecutivas en la segunda quincena de junio de 2001. Encabezado por el Instituto de Estudios Dominicanos CUNY con el apoyo de la Fundación Rockefeller, el simposio reunió a voces de Santo Domingo, Madrid, San Juan y varias ciudades de Estados Unidos con el objetivo común de cuestionar el principio de homogeneidad que sustenta los discursos oficiales y nacionalistas sobre la dominicanidad. Más de sesenta académicos, artistas, comunitarios y activistas culturales hablaron sobre la necesidad de reconocer la diversidad étnica, sexual, social, ideológica, religiosa y otras de la diáspora dominicana en los Estados Unidos, España, Puerto Rico y Países Bajos (Torres-Saillant, Hernández y Jiménez, 2004).
Conclusión
Después de décadas de migración a gran escala, los dominicanos han creado una comunidad dinámica y vibrante en Nueva York, que tiene una creciente
influencia política y una presencia cultural, que cuenta con importantes figuras literarias, artistas, celebraciones y eventos públicos, gran parte de los cuales son patrocinados por el Instituto de Estudios Dominicanos CUNY, dirigido por uno de los autores de este ensayo. Los dominicanos están dejando su huella como académicos, a menudo en estudios de su propio grupo, y están haciendo una crónica del desarrollo de su comunidad, así como destacando sus raíces históricas.
Los dominicanos en Nueva York pueden ser vistos, al mismo tiempo, como inmigrantes o descendientes de inmigrantes, estadounidenses étnicos y miembros de una diáspora nacional. Existe una tensión generalizada entre el deseo de pertenecer a los Estados Unidos y el anhelo de preservar los valores y costumbres más preciados del viejo país. Los que permanecen en Nueva York se consideran firmemente arraigados en ese país y no se ven como aves de paso, logran su distinción cultural alterando algunas prácticas sociales asociadas con la República Dominicana y adoptando, al menos en parte, normas de la corriente principal de los Estados Unidos. También logran preservar sus singularidades frente a otras minorías étnicas, incluidos los distintos grupos de la población latina, al tiempo que inevitablemente incorporan préstamos de todos ellos. El proceso dinámico de construcción y creación cultural en Nueva York se está llevando a cabo en campos sociales multigeneracionales. La migración en curso desde su país de origen a los Estados Unidos continúa reciclando a la población dominicana de Nueva York con arribos recientes, al mismo tiempo que los hijos y nietos de inmigrantes anteriores nacidos en los Estados Unidos alcanzan la mayoría de edad. Los miembros de segunda y tercera generación, con poco dominio del idioma español, comparten espacios en los ámbitos cultural, social y político con individuos que bajaron del avión hace solo unos años, o tal vez incluso meses, y no pueden hablar bien inglés o a veces nada. Es a partir de estas complejidades que una comunidad dominicana continúa transformándose y remodelándose, y, en el siglo XXI, dejando su sello en Nueva York.
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PERSPECTIVAS DE LOS DOMINICANOS
EN LA CIUDAD DE NUEVA YORK
En las últimas seis décadas se produjeron movimientos migratorios masivos de dominicanos. A mediados de los años 60, miles de ellos empacaron y abandonaron la República Dominicana en busca de una vida mejor para sí mismos y para sus hijos. La abrumadora mayoría vinieron a Estados Unidos, mientras que algunos se trasladaron a Europa y a otras partes del mundo. La intensidad y el volumen del éxodo indicaban que la sociedad no tenía espacio para acomodar a quienes se marchaban. Como ocurre con muchos grupos de inmigrantes, la mayoría de los dominicanos probablemente consideró su migración como temporal; planeaban regresar a su país una vez que alcanzaran las metas que habían soñado. Pero como dice el refrán popular, «una cosa piensa el burro y otra el que lo acarrea»,7 terminaron modificando o cambiando por completo sus planes.
Sin embargo, al regresar se enfrentaron a numerosos obstáculos, incluido el hecho de que más de la mitad de los inmigrantes dominicanos eran solteros y estaban en la edad ideal para casarse y formar una familia en la nueva ubicación, y que más de un tercio eran menores de edad y susceptibles de asimilación (Hernández, 2011). Los investigadores encontraron, además, que en las familias compuestas por parejas casadas, las mujeres retrasaban a propósito
7 «Una cosa piensa el burro y otra el que lo apareja».
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la vuelta a la República Dominicana. La investigación pionera de la antropóloga Patricia Pessar sugiere que ellas posponían su regreso porque preferían su estilo de vida en Estados Unidos al asignado a las mujeres en su país de origen, lo que, a su juicio, limitaba su papel y las colocaba bajo el control de los hombres (Pessar, 1987, 120, 123). El retorno a su patria también era afectado por la realidad socioeconómica que encontraron los migrantes tanto en los Estados Unidos como en la República Dominicana. En el primer caso, se unieron a las filas de los muy pobres y no pudieron lograr las metas que se habían fijado antes de migrar; en el segundo, encontraron una sociedad cuyo costo de vida aumentó alarmantemente y de la cual la gente continuaba emigrando a un ritmo que hacía parecer como si ningún dominicano permanecería en su país.
Como se evidencia en la tabla 17, los admitidos con una Tarjeta Verde en los Estados Unidos continuaron en constante aumento durante los años 1960 a 1990, con su punto máximo en 1994, cuando más de 50,000 obtuvieron residencia permanente por parte del Gobierno de estadounidense. Sin embargo, a partir de 1995, el número de admitidos se ha caracterizado por un patrón irregular, que refleja fuertes descensos sucesivos seguidos de incrementos relativos. Al analizar anualmente los titulares de Tarjetas Verdes, se debe tener en cuenta que el número de admitidos está compuesto por (1) migrantes que ajustaron su estatus migratorio mientras vivían en los Estados Unidos y (2) inmigrantes recién llegados o que recibieron estado de permanencia antes de residir en los Estados Unidos. Una mirada a ese número revela que, por ejemplo, de 1996 al 2002, alrededor de un tercio de los que recibieron Tarjetas Verdes habían ajustado su estatus (Hernández, 2007), lo que sugiere que la inmigración en ese momento ya no era la única fuerza impulsora detrás del crecimiento demográfico de los dominicanos en los Estados Unidos y que los nacimientos naturales podrían estar desempeñando un papel importante en ese crecimiento. Además, un análisis de los flujos a lo largo de las últimas cinco décadas evidencia que, en general, menos dominicanos fueron admitidos en los Estados Unidos durante la década 2000-2010 que en la década anterior. De hecho, en una publicación, uno de los autores del presente ensayo consideró que la disminución de la migración dominicana a los Estados Unidos estaba relacionada con una decisión deliberada por parte del Gobierno para reducir la entrada de inmigrantes no deseados (Hernández, 2002). Solo el tiempo dirá si la mengua del flujo migratorio podrá revertir su curso o si perdurará la tendencia actual.
TABLA 17. Las cinco poblaciones hispanas/latinas más grandes en los Estados Unidos, 2000 y 2010.
Fuentes: Censo de población de EE.UU. 2000; Resúmenes de censo 2010, Oficina del Censo de Estados Unidos y PUMS.
A pesar de la inconsistencia en el volumen de inmigrantes durante la última década, la población dominicana en Estados Unidos aumentó un robusto 26,35 %, de 1,041,910 a 1,414,703 entre el 2000 y el 2010. En comparación, en esos años la población general de los Estados Unidos aumentó solo un 9.7 %. Los dominicanos constituyen ahora la quinta población hispana/grupo latino más grande, después de los mexicanos, puertorriqueños, cubanos y salvadoreños (tabla 17).
Orígenes del éxodo
Durante los treinta y dos años de gobierno del dictador Rafael Trujillo, los viajes internacionales estaban severamente restringidos, y solo algunas personas, particularmente diplomáwticos y gente acomodada a quienes no se sabía que les desagradara el gobierno, se les permitía viajar al extranjero. Roberto Cassá, Frank Moya Pons y Frank Canelo ofrecen explicaciones sobre la firme política de Trujillo de mantener cerradas las fronteras. Las justificaciones iban desde una política dictatorial que reprimía violentamente a los enemigos políticos y socavaba la libertad social hasta la implementación de estrategias que fomentaban el crecimiento económico a través de un proceso de industrialización intensivo que dependía de una fuerza laboral asustada y constantemente vigilada (Canelo, 1982: 41; Cassá, 1982: 572; Moya Pons, 1977: 516).
El largo reinado de Trujillo terminó abruptamente en la noche del 16 de mayo de 1961, un martes. El poderoso dictador encontró su muerte a manos de
unos pocos valientes. Tras el ajusticiamiento, la sociedad entró en un período de malestar político y social que culminó en la Revolución de 1965, la segunda en América Latina después de la cubana de 1959. Juan Bosch fue elegido presidente en las primeras elecciones constitucionales el 20 de diciembre de 1962, con más del 60 % del voto popular. Bosch restableció las libertades políticas e impulsó iniciativas económicas que irritaron a la oligarquía que había sobrevivido a Trujillo, así como a muchos oficiales conservadores de alto rango de las fuerzas armadas. Las nuevas políticas redefinieron la entrada de inversiones al prohibir a los extranjeros poseer tierras en el país, al anular un contrato vigente con Esso Standard Oil para instalar una refinería de petróleo, y al iniciar un proceso de nacionalización en masa de grandes empresas productoras (Faxas, 2007). Estados Unidos percibió las nuevas políticas como «de izquierda» y como una clara indicación de que se deseaba gobernar de manera independiente del Gobierno estadounidense. Las reformas socioeconómicas y las creencias de Bosch le generaron enemigos dentro de sectores reaccionarios y muy poderosos, tanto en República Dominicana como en los Estados Unidos.
El 25 de septiembre de 1963, después de unos siete meses en el cargo, el gobierno de Bosch fue derrocado por un golpe militar. Colaboraron con el golpe diversos sectores de la élite, incluidos comerciantes, la Iglesia católica, terratenientes e industriales, que no habían apoyado la candidatura de Bosch, acusándolo de comunista. Bosch fue reemplazado por un triunvirato, cuyo gabinete estaba compuesto por ejecutivos corporativos, empresarios, dueños de negocios y abogados de derecha (Moya Pons, 1995: 383).
El triunvirato impuesto, en gran medida impopular, fue objeto de constantes disturbios civiles y manifestaciones de descontento social, que culminaron en una guerra civil en 1965 encabezada por varios grupos, incluidos los «constitucionalistas», que exigían el regreso del presidente electo, Juan Bosch. Pero lo que había comenzado como un problema interno se convirtió en un asunto internacional cuando las tropas estadounidenses invadieron la República Dominicana el 28 de abril de 1965. «Para impedir que Bosch regresara al poder y “para impedir el surgimiento de una segunda Cuba en América Latina” el presidente Lyndon B. Johnson ordenó el envío de cuarenta y dos mil soldados estadounidenses a la República Dominicana,
bajo la justificación de salvar vidas y proteger los intereses estadounidenses en el país» (Moya Pons, 1995: 388).
La guerra civil terminó con la derrota militar de los constitucionalistas, un tratado de paz y el establecimiento de un gobierno provisional bajo la atenta mirada de representantes de la Organización de los Estados Americanos y de Estados Unidos. Las elecciones se programaron para junio de 1966, y Joaquín Balaguer, un funcionario de mucho tiempo de la dictadura de Trujillo cuya política conservadora y reformista la Casa Blanca apoyaba, ganaría las elecciones. Balaguer permanecería en el poder durante tres mandatos consecutivos de cuatro años, de 1966 a 1978, en los cuales se sentarían las bases de la historia contemporánea de la República Dominicana, incluyendo la migración masiva a los Estados Unidos.
En 1966, el presidente Joaquín Balaguer, con el apoyo de los Estados Unidos, puso en marcha un plan para pacificar y modernizar el país dentro de un modelo de desarrollo capitalista. Durante sus dos primeros mandatos, la economía creció notablemente en comparación con años anteriores y superó a la de sus vecinos de América Latina y el Caribe. Por ejemplo, de 1966 a 1974, el producto interno bruto (PIB) promedió una tasa de crecimiento anual de entre el 12 % y el 13 % (Ceara Hatton, 1990, 64-65). El auge económico fue impulsado por el acceso especial a los mercados estadounidenses, otorgado a las exportaciones de azúcar; por inversiones extranjeras masivas de los Estados Unidos, particularmente en zonas industriales de libre comercio; por la ayuda económica de ese país, y por préstamos internacionales sucesivos. Sin embargo, el crecimiento no generó mejoras para la mayoría de los dominicanos y enfatizó aún más la brecha entre los que tienen y los que no tienen. La tabla 4 compara la distribución del ingreso en la ciudad de Santo Domingo en dos períodos de tiempo: 1969 y 1973. Como se puede apreciar, el sector de la población con los ingresos más bajos experimentó una reducción de su participación en el ingreso total, mientras que los sectores más privilegiados mantuvieron su participación o la aumentaron.
En este escenario, la consolidación política y el control de Balaguer sobre el país eran necesarios para que se pudiera implementar el plan económico. La consolidación implicó la pacificación de la población mediante la represión política, asesinatos y encarcelamientos. También incluyó la expulsión de voces
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indeseables que cuestionaban y atacaban al régimen, y representaban una amenaza inmediata al nuevo orden político y social. Mediante un acuerdo no declarado entre los Gobiernos estadounidense y dominicano, a los disidentes políticos se les concedieron visas y se les envió subrepticiamente a los Estados Unidos. El número de los que se vieron obligados a abandonar su país de esta manera es aún desconocido; tampoco sabemos qué pasó exactamente con ellos cuando llegaron a los Estados Unidos. La historia narrada en este ensayo gira en torno a los cientos de miles que posteriormente emprendieron el viaje y aquellos que les han seguido desde entonces.
Balaguer encontró un aliado imprevisto que le permitiría poner en marcha un plan maquiavélico para aliviar a la sociedad del mayor contingente de la historia en busca de empleo (ver gráfico 5). El aliado inesperado fue la Ley de Inmigración y Reunificación Familiar de 1965 de los Estados Unidos, una pieza de legislación que facilitó la entrada de personas que estaban relacionadas por sangre o matrimonio con residentes o ciudadanos del país. De manera abrumadora, la mayoría de los inmigrantes dominicanos durante el período aquí estudiado obtuvo su residencia permanente a través de dicha ley. La migración contemporánea ha cambiado para siempre el carácter y la naturaleza de la sociedad dominicana y de su gente. Muchos regresarían definitivamente algún día; pero la mayoría terminaría quedándose. Los que regresaron serían permeados por la experiencia migratoria y tratados de manera diferente por el resto de la sociedad; los que se quedaron crearían un legado histórico y cultural diferente al que conocieron anteriormente y distinto también al que siguió evolucionando en la República Dominicana después de que se fueron. Los gobiernos de Balaguer (que resultaron posibles gracias a elecciones a menudo cuestionadas) terminaron en 1978, y la sociedad dominicana entró en un período de democratización, que permitió la elección de representantes de diferentes partidos políticos para el gobierno y llevar a cabo elecciones que la mayoría de los dominicanos y los observadores internacionales consideraron «limpias» o cuyos resultados no habían sido alterados ni corrompidos. El cambio de estilo fue posible en gran medida por la aparición en el Gobierno de los Estados Unidos de una administración más prodemocracia, la del presidente Jimmy Carter. Sin embargo, los cambios de gobierno no generaron ningún cambio social notable; por ejemplo, en cuanto a la provisión y ampliación de los servicios sociales, o la reducción de la desigualdad social.
GRÁFICO 5. Inmigrantes de la República Dominicana admitidos por décadas, 1960-2010.
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La década de 1980 y después: la necesidad de migrar persiste
Para 1978, el modelo económico de sustitución de importaciones, la principal estrategia de desarrollo implementada por los gobiernos de Balaguer, llegó a su límite. Era obvio que el país importaba mucho más de lo que producía, y el número de desempleados continuaba creciendo. Los capitalistas acumulaban capital, principalmente sobre la base del comercio (en particular a través del mercado de importación), gracias a las actividades subsidiadas por el Gobierno, y por revender a precios elevados y pagar salarios muy bajos. Mientras los precios inflacionarios afectaban a la mayoría, el Gobierno cada vez más tomaba dinero prestado de instituciones extranjeras para pagar bienes de capital, insumos industriales y gastos públicos normales, y para la creación de empleos no productivos. Al final, se tomó dinero prestado hasta para pagar 1960-1969 1970-1979 1980-1989 1990-1999 2000-2010
los intereses acumulados sobre estas deudas. En 1982, al no poder honrar a sus acreedores extranjeros, el país fue sometido a un plan de austeridad por el Fondo Monetario Internacional (FMI) que, como medida para reparar la problemática económica, congeló los salarios de los trabajadores.
Durante la década de 1980, el Gobierno dominicano hizo énfasis en el desarrollo de las industrias turística y agroindustrial, ambas conectadas a una nueva orientación de la economía que buscaba limpiar el desastre dejado por el fallido modelo económico impulsado por la sustitución de importaciones, implementado a lo largo de las dos décadas anteriores. Pero, como han argumentado los críticos, los problemas del aumento de la pobreza y el desempleo persistieron. Las nuevas políticas económicas, al igual que las demás, siguieron enfatizando la inversión extranjera, alentaron el uso de insumos foráneos en el proceso de producción, y crearon enclaves sin mucha conexión o impacto en otros sectores económicamente productivos. Por ejemplo, la industria turística, ahora el sector económico más dinámico, desde mediados de los años 80 se ha convertido en el mayor contribuyente al PIB. El número de empleos generados en esta área ha aumentado solo modestamente, de 10,000 en 1980 a 17,258 en 1987 y 24,000 en 1989. En 1996, ascendieron a solo 35,000 (ENDESA 1996, 2).
Cualquier análisis preciso del desempeño de la economía debe evaluar dos sectores distintos: el pueblo y los capitalistas. Para la mayoría del pueblo, la economía ha estado en un constante estado de crisis que no ha mejorado significativamente su calidad de vida. Sin embargo, para los capitalistas, la economía ha atravesado etapas que reflejan el agotamiento de ciertas modalidades económicas y de reorientaciones a medida que ellos tratan de acumular capital más rápidamente.
Durante la década de 1980, comúnmente conocida en América Latina como la «década perdida», quienes necesitaban trabajar para ganarse la vida sufrieron. Muchos fueron desplazados del proceso de producción por una economía que introdujo tecnologías y carecía de la capacidad de proteger a los pequeños agricultores de las grandes producciones locales e internacionales. Además, gran número de trabajadores, desarraigados del campo, comenzaron a trasladarse a las ciudades en busca de empleo. En 1950, menos del 24 % de los dominicanos eran considerados urbanos. Sin embargo, durante las décadas siguientes, la migración interna se aceleró de manera dramática, y en 1985 la proporción de los habitantes urbanos ya había llegado a casi 58 %.
A pesar del auge económico de los últimos años de la década de 1990, el desempleo se ha mantenido consistentemente alto. En 1993 la tasa de desempleo era de 26.2 %; en 1996, había aumentado a 37.6 %. En un estudio realizado en 1998 por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), este arrojó que la economía informal aportaba el 50 % de los empleos urbanos. El mismo estudio encontró que entre los siete países estudiados, República Dominicana experimentó el mayor crecimiento desde 1994, con una tasa anual promedio de 4.1 % del PIB, pero evidenció el aumento más bajo de la fuerza laboral durante los mismos años (Del Cid y Tacsan Chen, 1999).
El flujo migratorio que se desató cuando Balaguer asumió el poder en 1966 no ha parado. Más dominicanos buscan irse. Muchos emigran ahora para reunirse con sus seres queridos que viven en el extranjero, pero la mayoría sigue yéndose en busca de una vida mejor, desechados por una sociedad que no tiene lugar para ellos. La pregunta, entonces, es si las sociedades a las que migran tienen espacios para ofrecerles.
Asentamiento en los Estados Unidos: patrones y cambios
La mayoría de los dominicanos que arribaron a Estados Unidos en las últimas cuatro décadas se estableció en Nueva York, particularmente en la ciudad de Nueva York. En 1980, más del 65 % residían en esa ciudad, y en el municipio de Manhattan, sobre todo en el barrio de Washington Heights/Inwood, que albergaba la mayor concentración. La tabla 18 muestra la distribución de dominicanos en la ciudad de Nueva York por distritos desde 1980 hasta 2010. Como se puede observar, preferían Manhattan a cualquier otro municipio, y esa preferencia se mantendría fuerte hasta el 2010, cuando el Bronx emergería como el lugar con mayor población dominicana en los Estados Unidos, con 240,987, un drástico aumento en relación con los 181,450 en el año 2000.
El censo estadounidense de 2010 muestra que se produjeron otros cambios geográficos. Mientras que un poco menos del 50 % de los dominico-estadounidenses vivían en el estado de Nueva York en el 2010, la población dominicana había aumentado en el estado de Florida, de 100,000 en el 2000 a 172,471; en Massachusetts, aumentaron a 103,292; y en Pensylvania se incrementó en cuatro veces, de 13,667 en el 2000 a 62,348 en el 2010. Este crecimiento se refleja en la tabla 19. Hay números sustanciales también en Rhode Island, Maryland
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y otros —desde Texas hasta Illinois— con incipientes comunidades dominicanas. La dispersión geográfica se refleja en el incremento de sus poblaciones cerca de las principales áreas metropolitanas del este de los Estados Unidos. La tabla 20 relaciona las principales ciudades de concentración de dominicanos en 1990, 2000 y 2010. A pesar del intenso cambio y del crecimiento agresivo en otros lugares de los Estados Unidos, la ciudad de Nueva York sigue siendo el principal lugar de residencia, con 576,701 en los cinco distritos/condados de la gran manzana en 2010.
TABLA 18. Distribución de dominicanos por distritos de la ciudad de Nueva York, 2000 y 2010.
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TABLA 19. Distribución geográfica de los dominicanos por estado, 1990-2010.
Fuentes: Censos de Población y PUMS 2000 y 2010. Para 2010, Rhode Island y Connecticut, cifras: American Factfinder (SFI) de la Oficina del Censo de Estados Unidos de 2010.
TABLA 20. Principales ciudades de concentración dominicana, 1990-2010.
Fuentes: Censo de 1990 (STF4); Censo de Estados Unidos de 2000; tabulaciones del autor, y censo de 2010 (SFI). Los patrones de asentamiento revelan que los dominicanos han preferido la región noreste. Esa preferencia desvela dos patrones interesantes aún no estudiados. Primero, tienden a mudarse a lugares con una gran población puertorriqueña y/o latina. En la mayoría de los casos, se radican en vecindarios puertorriqueños y, en otros casos, en zonas cercanas a esos vecindarios. En segundo lugar, tienden a crecer y a expandirse dentro de los mismos lugares donde viven (es decir, el mismo barrio. el mismo condado, etc.), en lugar de mudarse lejos o fuera de sus asentamientos originales. Este patrón conduce a la formación de barrios que van creciendo en concentración y densidad, lo cual facilita el surgimiento de áreas que son distintivamente «dominicanas», no solo por el número de habitantes, sino también porque se vuelven espacios para el mantenimiento del legado cultural de su país. Sin embargo, las implicaciones de la disposición geográfica de los últimos cincuenta años aún están por verse, particularmente en la ciudad de Nueva York, desde donde los dominicanos ahora se están mudando a algunos de los barrios puertorriqueños más antiguos y políticamente más fuertes del Bronx, que cuentan con una historia de resistencia y perseverancia. A diferencia de las poblaciones
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de mayor edad, cada vez más barrios dominicanos están compuestos por una segunda generación que pueden sentirse con el derecho a vivir en los lugares donde nacieron, además de que se sienten inclinados a acomodarse al lugar que mejor conocen. Por ahora una cosa resulta clara: la población dominicana en el Bronx está posicionada para seguir aumentando mucho más rápido que ahora.
Vida en la ciudad de Nueva York: entonces y ahora
La mayoría de los estudios sobre la emigración dominicana a Estados Unidos se han centrado en los radicados en la ciudad de Nueva York. A partir del primer libro publicado sobre este tema, La diáspora dominicana: De la República Dominicana a la ciudad de Nueva York–Aldeanos en transición, de Glenn Hendricks (1974), la ciudad de Nueva York ha cautivado la imaginación de estudiosos y observadores de los dominicanos. Ninguna otra localidad con presencia dominicana ha recibido tanta atención como el barrio histórico de Washington Heights/Inwood, que todavía hoy tiene la mayor concentración de ellos en los Estados Unidos. De hecho, aspectos de la particular vida en este barrio han sido descritos por la exsecretaria de Trabajo de los Estados Unidos, Linda Chávez, la socióloga Nancy López, la popular serie de televisión Law and Order y el rapero, compositor y cantante Jay-Z, entre otros. Todo esto condujo a la creencia generalizada de que todos los dominicanos que viven en los Estados Unidos residían de alguna manera solo en Nueva York y en Washington Heights. El primer estereotipo, el más reconocible, de la década de 1980, hablaba específicamente de los dominicanos neoyorquinos, «los dominicanyork», retratado como un espécimen híbrido que no hablaba bien inglés y solo un español rudimentario; vestía pantalones holgados por debajo de la cintura y era poco pulido y, a menudo, mal educado; caminaba con una radio grande, escuchando música, y llevaba varias cadenas alrededor del cuello. También se sospechaba que el dominicanyork sería capaz de involucrarse en negocios ilícitos y que habitualmente era detenido por agentes de policía en la República Dominicana (Torres-Saillant, 1999). Los que vivían en otros estados y viajaban a su país no estaban muy de acuerdo en ser considerados dominicanyorks.
En el 2010 uno de cada dos dominicanos residentes en Estados Unidos vivía en Nueva York. Durante el mismo año, la ciudad albergaba a 576,701,
distribuidos en los cinco distritos. Tal como se refiere en la tabla 18, quizás el cambio más drástico en su distribución se refiere a Manhattan y al Bronx. Aun cuando se siguen radicando en Manhattan, en general la población dominicana en ese municipio es ahora mucho menor que en el Bronx. Dentro del Bronx existen grandes asentamientos en University Heights-Morris Heights, Mount Hope, Van Cortlandt Village, el Concourse, Fordham y Bedford Park. En Manhattan, el abrumador foco de ubicación sigue siendo Washington Heights/Inwood, de norte a sur. En Queens, una comunidad importante está ubicada en Woodhaven, Richmond Hill y en South Ozone Park, mientras que en Brooklyn las áreas más destacadas son Cypress Hills-City Line, East New York, Norte y Sur de Bushwick, Lado Norte-Lado Sur, Williamsburg Sur y Sunset Park Oeste y Este.
La creciente complejidad de la experiencia dominicana no es solo geográfica, también refleja cambios en los patrones de natalidad, geográficamente hablando. En el pasado, los estudios se centraban en analizar inmigrantes o personas nacidas en la República Dominicana. Pero esto también ha cambiado. Los nacidos en Estados Unidos representan ahora la mayor proporción de crecimiento.
GRÁFICO 6. Inmigrantes dominicanos y dominicanos nacidos en Estados Unidos, 2000-2010.
800,000 1,600,000 1,000,000 1,200,000 1,400,000
Fuentes: Censo de población de Estados Unidos, 2000, PUMS y Encuesta sobre la comunidad estadounidense (ACS) 2010. Muestra de 1 año, tabla S0201. Nacidos en EE.UU. 200,000 Inmigrantes Total
En 2010 había en el país 654,824 dominicanos nacidos en Estados Unidos, lo que representa el 43.4 % de la población total de esa nacionalidad, un incremento de 33.2 % desde el 2000. En efecto, de 466,961 en el periodo del 2000 al 2010, 308,910 nacieron en los Estados Unidos, lo que representa casi tres cuartas partes del aumento de la población. Esto significa que una segunda generación que crece con vigor se está convirtiendo en una fuerza demográfica importante, que se acerca con rapidez a la marca del 50 %, como se refleja en el gráfico 6. Durante la última década, el mayor número de bebés de ascendencia dominicana nacieron en el Bronx, seguido de Manhattan. Altas tasas de natalidad en el Bronx explican en parte el abrumador aumento de esta población (ver gráfico 7). Como se refleja en el gráfico 8, el incremento de bebés en la ciudad de Nueva York se debió a las madres inmigrantes dominicanas en 2005, 2009 y 2012.
El aumento de la población dominicana nacida en los Estados Unidos desafía las generalizaciones y los enfoques deterministas sobre su identidad. El carácter transformador de su composición demográfica hace que nos preguntemos acerca de las posibles capas que definen el contorno de esa identidad. ¿Quién es dominicano y qué significa ser dominicano en este nuevo contexto? Presumiblemente, su longevidad en los Estados Unidos y el crecimiento de una sustancial segunda y tercera generación crean los espacios para la formación de identidades que pueden evolucionar en diferentes direcciones, hacia diversas prácticas sociales. De manera similar, la continua afluencia de nuevos inmigrantes provenientes de la República Dominicana, sus distintos niveles de adaptabilidad según el tiempo de residencia en los lugares de inmigrantes, y los diferentes grados de aceptación del sitio de acogida como hogar permanente hacen que sea extremadamente difícil conceptualizar una identidad determinada con que clasificar y definir con seguridad al pueblo dominicano en los Estados Unidos. Sin duda, por su volumen y su antigüedad, más que cualquier otro asentamiento dominicano en los Estados Unidos, la comunidad de Nueva York es probable que capte las complejidades que acabamos de describir. La siguiente sección ofrece una descripción general de los dominicanos en la ciudad de Nueva York. Prestamos especial atención a su posición socioeconómica como indicador de movilidad social. Se aborda también su estatus del transnacionalismo y cómo funciona una vez que se asientan.
GRÁFICO 7. Nacidos vivos por ascendencia de la madre: 5 grupos más grandes de inmigrantes en la ciudad de Nueva York por distritos, 2005, 2009 y 2012.
1,000 1,500 2,000 2,500 3,000 3,500 4,000 4,500
Dominicanos Mexicanos Jamaiquinos Ecuatorianos Chinos
Dominicanos Mexicanos Jamaiquinos Ecuatorianos Chinos
Fuentes: Li, Wenhui, Swartz, Steven y Zimmerman, Regina, Resumen de estadísticas vitales 2005, La Ciudad de Nueva York, Oficina de Estadísticas Vitales, Departamento de Salud e Higiene Mental de la Ciudad de Nueva York, Nueva York, 2007; Li, Wenhui, Swartz, Steven y Zimmerman, Regina, Resumen de estadísticas vitales 2009. La Ciudad de Nueva York, Oficina de Estadísticas Vitales, Departamento de Salud e Higiene Mental, Nueva York, 2010; Zimmerman, R., Li, W., Gambatese, M., Madsen, A., Lasner-Fratier, L, Van Wye, G., Kelley, D., Kennedy, J., Maduro, G. y Sun, Y. Resumen de estadísticas vitales 2012. La Ciudad de Nueva York, resultados de embarazos, Oficina de Estadísticas Vitales, Departamento de Salud e Higiene Mental de la ciudad de Nueva York, 2013.
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
GRÁFICO 8. Nacidos vivos por ascendencia de la madre: 5 grupos más grandes de inmigrantes en la ciudad de Nueva York, 2005, 2009 y 2012.
Dominicanos
Ecuatorianos
Chinos
Mexicanos
Jamaiquinos
Dominicanos
Ecuatorianos
Chinos
Mexicanos
Jamaiquinos
Dominicanos
Guayaneses
Chinos
Mexicanos
Jamaiquinos
Fuentes: Li, Wenhui, Swartz, Steven y Zimmerman, Regina, Resumen de estadísticas vitales 2005, La Ciudad de Nueva York, Oficina de Estadísticas Vitales, Departamento de Salud e Higiene Mental de la Ciudad de Nueva York, Nueva York, 2007; Li, Wenhui, Swartz, Steven y Zimmerman, Regina, Resumen de estadísticas vitales 2009. La Ciudad de Nueva York, Oficina de Estadísticas Vitales, Departamento de Salud e Higiene Mental, Nueva York, 2010; Zimmerman, R., Li, W., Gambatese, M., Madsen, A., Lasner-Fratier, L, Van Wye, G., Kelley, D., Kennedy, J., Maduro, G. y Sun, Y. Resumen de estadísticas vitales 2012. La Ciudad de Nueva York, resultados de embarazos, Oficina de Estadísticas Vitales, Departamento de Salud e Higiene Mental de la ciudad de Nueva York, 2013.
El valor de la migración
La percepción general entre los investigadores de la migración dominicana es que el movimiento ha sido gratificante desde el punto de vista socioeconómico. La idea de que vinieron a ocupar puestos de trabajo que los puertorriqueños y los afroamericanos nativos no querían prevaleció en la mente del primer grupo de investigadores (González, 1970; Hendricks, 1974; Sassen-Koob, 1988). La creencia de que los empleos estaban «esperando por los dominicanos» y eran de fácil acceso, retratada en las investigaciones iniciales, continuó madurando y puliéndose en las investigaciones siguientes. Más adelante, los académicos argumentaron que la red social de los dominicanos les permitió tomar control de «nichos» en el mercado laboral y traspasar puestos de trabajo a connacionales (Portes y Guarnizo, 1990; Light, 1995). La penetración de inmigrantes en estos mercados tuvo sus consecuencias negativas. Algunos argumentaron que el sistema de redes era perjudicial para los trabajadores nativos, en especial para los afroamericanos, que fueron expulsados de los crecientes mercados laborales que funcionaban bajo el monopolio de la mano de obra inmigrante (Waldinger, 1986; Briggs, 1992).
A pesar de que las dos partes del argumento parecían estar de acuerdo en su descripción de los trabajos como mal pagados, carentes de beneficios, altamente inestables e indeseables, la idea general es que de alguna manera los inmigrantes dominicanos podrían ganarse la vida con estos empleos, tener suficiente dinero para enviar remesas a casa e incluso quedarles para invertir en República Dominicana a su regreso. Esta contradicción encuentra soporte en la complejidad de su experiencia migratoria en la ciudad de Nueva York.
La observación empírica del desarrollo socioeconómico de esa comunidad conduce a un cuadro complicado de fracasos y triunfos. La comunidad parece estar floreciendo económicamente, como se puede deducir desde una mirada a la parte norte de Manhattan, donde se encuentra la mayoría de las tiendas de comestibles, agencias de viajes, taxis, tiendas de ropa y calzado, restaurantes, farmacias, salones de belleza, barberías y licorerías de propiedad y operados por dominicanos, cuya presencia económica se extiende también a pequeñas fábricas, bares, el sector financiero, grandes supermercados y el elusivo sector informal. Sin embargo, señales menos visibles de dificultades económicas,
como la persistencia de altos niveles de pobreza y desempleo, también la afectan y desafían silenciosamente sus señales visibles de prosperidad (Hernández, 2005 y 2011).
Fortuna
La prosperidad de los dominicanos ha sido señalada por diversos autores, quienes observan que han desarrollado una importante economía de enclave en Nueva York. Portes y Guarnizo fueron los primeros académicos en dar a conocer un estudio sobre el sector empresarial dominicano en la ciudad de Nueva York (1990). Su investigación, publicada en Tropical Capitalists: US.-Bound Immigration and Small Enterprise Development in the Dominican Republic, retrató a esa comunidad como un sector empresarial agresivo que tenía un fuerte control de las bodegas y taxis, poseía dos programas de televisión por cable y era propietario de tres cadenas de supermercados (61). Una década después de la publicación de este estudio, el sector empresarial se había expandido en toda la ciudad. Las tres cadenas de supermercados, por ejemplo, se han transformado en la Asociación Nacional de Supermercados (NSA), un conglomerado que se ha multiplicado en la ciudad y en varios estados con grandes concentraciones de dominicanos. El presidente de la NSA en 2012, William Rodríguez, afirmó que tenía una lista de 400 supermercados, cuyos dueños eran de ascendencia dominicana, y cuyos negocios se encontraban en los cinco estados con mayor población de ese grupo, desde Nueva York hasta Rhode Island, así como también donde la población dominicana apenas comenzaba a emerger, tales como Carolina del Norte. El presidente de la Asociación Dominicana de Propietarios de Bodegas (ADB), Ramón Murphy, informó que había más de siete mil bodegas registradas de propiedad u operadas por dominicanos en toda la ciudad de Nueva York. Las compañías de taxis, los salones de belleza y un par de franquicias de prestación de servicios han incursionado en barrios no dominicanos y han tenido éxito. El sector financiero también creció con rapidez. La NSA fundó su propia compañía de seguros y, con el ascenso de Benny Lorenzo, un dominicano de segunda generación que se graduó en las universidades de Cornell y Harvard, se convirtió en presidente y director ejecutivo de Kaufman Bros., L.P.,
el banco de inversión y corredor de bolsa, la empresa más grande del país operada o de propiedad minoritaria.8
La prosperidad también puede estar vinculada a un segmento creciente de profesionales de clase media. Son graduados universitarios y personas capacitadas que desempeñan trabajos bien remunerados y cuyos ingresos familiares oscilan entre 75,000 y 100,000 dólares al año. Entre ellos se encuentran ejecutivos del sector privado, desde bancos y seguros hasta bienes raíces; abogados de entidades públicas y privadas; políticos electos; gente que trabaja en educación y la academia; funcionarios designados en la ciudad, el estado y los gobiernos federales; y jefes de organizaciones comunitarias (OBC). Declaraciones de jefes de OBC dominicanas señalaron que las agencias sin fines de lucro representan casi un tercio de los empleos generados en Washington Heights/Inwood. De manera similar, como se refleja en la tabla 21, la comparación del ingreso familiar anual per cápita de los dominicanos arroja que este ha mejorado a lo largo de los años. Por ejemplo, el ingreso medio anual per cápita era de $8,659, para 2010 había aumentado a $13,877.13.
Algunos pueden argumentar que la prosperidad percibida también está relacionada con avances en la educación. En 1980, el 72.0 % de la población dominicana de 25 años o más no tenía diploma de escuela secundaria. En 1990, el porcentaje de graduados no secundarios había disminuido significativamente, al 61.5 %, y en 2007 cayó al 52.8 %. Por otra parte, el porcentaje de personas con «universidad o más» aumentó del 3.8 % en 1980 a 6.1 % en 1990 y a 9.1 % en el 2000. Hay varias explicaciones detrás de los avances positivos en educación en los años 90. Durante la década de 1980 muchos profesionales y técnicos emigraron a los Estados Unidos. Se trataba de personas desplazadas por la grave crisis económica que azotó a la mayor parte de los países de América Latina en esa época (Hernández, 2002). Además, esos avances están relacionados con el alto valor que las familias pobres le dan a la educación, la cual ven como una válvula de escape para librarse de la pobreza, y al desempeño de los dominicanos nacidos en Estados Unidos, que tienden a obtener mejores resultados en educación que los inmigrantes.
8 Este banco cerró en el 2012.
Silvio Torres-Saillant / Ramona Hernández
TABLA 21. Ingreso familiar medio per cápita en la ciudad de Nueva York, 1990-2010.
Fuentes: 1990, 2000, PUMS 5 %; 2010 IPUMS ACS Muestra 1 año.
No tan próspero
Pero la prosperidad dominicana tiene sus limitaciones. En el 2000, más de tres de cada diez de sus hogares en la ciudad de Nueva York vivían por debajo del umbral de la pobreza. En comparación con otros grupos raciales/étnicos, ese año tuvieron la mayor tasa de pobreza en la ciudad, incluso más alta que la de los hispanos (ver tabla 22). Pero la pobreza entre ellos no es un fenómeno nuevo. Dentro de este grupo han existido grandes bolsas de pobreza a lo largo de las últimas tres décadas.
TABLA 22. Pobreza en la ciudad de Nueva York 1980-2010.
Fuentes: 5 % de muestra de microdatos de uso público; Departamento de Comercio de Estados Unidos, 1980, 1990 y 2000. Censo de población de Estados Unidos; muestra de 1 año de IPUMS ACS de 2010.
De hecho, como se refleja en la tabla 22, en 1980 el 36 % de los hogares dominicanos vivían por debajo de la línea de la pobreza. En 1990, la tasa de pobreza había aumentado ligeramente a 36.6 %, y en 2010 todavía afectaba a un poco menos de un tercio de los dominicanos que viven en la ciudad.
Esa precariedad económica es el resultado directo de los bajos ingresos y los altos niveles de desempleo. Por ejemplo, en 1980, más del 40 % de los hogares tenía un ingreso anual menor de $30,000; para el 2009 la proporción con ingresos similares permaneció igual a pesar de que el costo de vida en la ciudad de Nueva York, particularmente el precio de los alquileres, había aumentado bastante en esos años. Los datos son preocupantes; muestran que el desempleo entre los hombres dominicanos ha fluctuado entre el 14.3 % en 1980 y el 11 % en 2009, con un máximo histórico del 18 % en 1990.
Las persistentes tasas de desempleo superiores al promedio indican que no son estacionales, sino estructurales. La pérdida de empleos entre el grupo se debe a una contracción producida en el lado de la demanda del mercado laboral. El desplazamiento de la economía manufacturera a la de servicios produjo una fuerte caída de trabajos manuales. La tabla 23 presenta datos sobre crisis de la industria manufacturera y la proporción de dominicanos empleados en ese sector. Casi uno de cada dos de ellos en la ciudad de Nueva York estaba trabajando en el sector manufacturero en 1980. Para el año 2000, la proporción había disminuido precipitadamente, al 12.4 %, o una cuarta parte de la cifra de 1980. En 2010, siguió disminuyendo hasta casi un 7 %. El desempleo se precipitó cuando los desplazados no pudieron encontrar espacio en sectores crecientes de la economía, ya sea porque no tenían las calificaciones o la capacitación requeridas o porque no había suficientes puestos disponibles para los cuales estuvieran calificados.
TABLA 23. Personas en la fuerza laboral: el declive de la industria manufacturera en la ciudad de Nueva York, 1980-2010.
Proporción de la fuerza laboral
Proporción de fuerza laboral de la ciudad de Nueva York
de la fuerza laboral dominicana
Fuentes: 5 % de muestra de microdatos de uso público; Departamento de Comercio de Estados Unidos, 1980, 1990 y 2000. Censo de población de EE.UU.; muestra IPUMS ACS I-Año 2010.
La incapacidad de la economía estadounidense para producir suficientes empleos manuales y poco calificados a un ritmo capaz de satisfacer las necesidades de la fuerza laboral que busca esos trabajos es un tema que rara vez aparece en los escritos de los estudiosos de la migración. La falta de atención a este tema podría estar relacionada con la preponderancia de aquellos que analizan indicadores macroeconómicos y restan importancia al examen de la dinámica sectorial en el mercado laboral, incluyendo cuestiones de disparidad. Además, el hecho de que los inmigrantes necesitados de empleos siguen llegando y que, simultáneamente, los Estados Unidos los continúa creando puede confundir y contribuir a socavar la importancia de examinar la relación entre las habilidades de los inmigrantes y las exigencias del mercado laboral donde los inmigrantes pudieran ser empleados.
La distribución media anual del ingreso per cápita de los hogares desglosados por raza y etnia en la ciudad de Nueva York muestra que, en el 2007, los dominicanos quedaron rezagados con respecto a los demás grupos (ver tabla 21). Es importante agregar que en el rango de ingresos de $75,000 a $100,000 se encuentra menos del 10 % en relación con el resto de los hogares dominicanos desde los años 1990, justo una década en la que ya había aumentado en el mercado laboral los que tenían «títulos universitarios y más», los que contaban con ciudadanía estadounidense y los nacidos en Estados Unidos.
Incluso los avances de los dominicanos en educación palidecen en comparación con los de otros grupos de la ciudad. Mientras que el 52.8 % no tenía un diploma de escuela secundaria en 2007, por ejemplo, la cifra para los hispanos era del 37 %, el 20 % para los negros no hispanos, el 25 % para los asiáticos y solo el 9 % para los blancos no hispanos.
Una alta proporción de la población dominicana que vive en nivel de pobreza corresponde a familias encabezadas por mujeres. Por lo general son mujeres separadas o divorciadas, así como solteras con hijos, que obtienen ingresos más bajos y evidencian tasas de pobreza más altas que otras familias, en particular las de las parejas casadas. Las solteras se ven afectadas, en parte, por el hecho de que las mujeres siguen recibiendo menos ingresos en el mercado laboral que los hombres por trabajos similares que exigen experiencias y habilidades equivalentes. La desigualdad de ingresos afecta a la mayoría de los los grupos raciales y étnicos, lo cual limita la capacidad de las mujeres como proveedoras para satisfacer por sí solas las necesidades de sus familias.
La proporción de los que viven en familias encabezadas por una mujer soltera es más alta entre los dominicanos que entre otros grupos, con la excepción de los negros no hispanos, cuyas cifras habían estado por encima, tanto en 1980 como en el 2010. La tabla 24 presenta estas proporciones en los principales grupos raciales y étnicos en un periodo de varias décadas. Como se refleja en la tabla, un poco más de tres de cada diez familias dominicanas estaban encabezadas por una sola mujer en 1980; en 2010, esta cifra aumentó a cuatro de cada diez.
TABLA 24. Familias encabezadas por mujeres en la ciudad de Nueva York, 1980-2010.
Fuentes: 5 % muestra de microdatos de uso público; Departamento de Comercio de Estados Unidos, 1980, 1990, y Censo de población de Estados Unidos, 2000; muestra del primer año de IPUMS ACS 2010.
¿Están mejor o no?
Al evaluar los beneficios de la migración, gran parte de los estudiosos parten de una percepción que ubica a los dominicanos en la República Dominicana y no en los Estados Unidos. Evalúan su posición económica en comparación con la situación previa en el país de origen. También piensan en la clase social en la República Dominicana y extrapolan esos datos a los dominicanos en los Estados Unidos. Si los de clase media están asociados con altos niveles de consumo en su país, se deduce que los que tienen muebles y el acceso a alimentos y ropa de moda en Estados Unidos tendrían una vida mejor, una expectativa respaldada por la creencia subyacente de que vivir en los Estados Unidos les ha permitido ascender socialmente. Por supuesto,
la analogía no es exacta por una razón esencial: las condiciones sociales son contextuales e históricas, pensar en los dominicanos en la República Dominicana y traspolar ese pensamiento a los Estados Unidos revela muy poco acerca de cómo les va en los lugares donde viven y cuáles son sus posibilidades (y las de sus descendientes) en comparación con las probabilidades de otros grupos.
La problemática anterior no pinta un panorama halagüeño. Tal como se presenta en los datos, la pobreza ha persistido obstinadamente, ha continuado de década en década como si el angustioso fenómeno hubiese adquirido vida propia. Los hechos indican que, como pueblo, los dominicanos son tan pobres como cuando vinieron y siguen luchando para mejorar. Sin embargo, a algunos les ha ido bien y su prosperidad ha penetrado todos los ámbitos de la vida en la ciudad de Nueva York —desde los negocios hasta la política, de las artes a la educación—. De manera similar, esta prosperidad ha impactado la percepción de otros, que han llegado a creer que los dominicanos van demasiado rápido sin pagar sus cuotas, con todas las implicaciones que tal visión supone, pero ese análisis escapa al alcance del presente escrito.
Apego a la patria y ciudadanía en Estados Unidos: ¿Una paradoja?
El número de dominicanos que se están convirtiendo en ciudadanos de Estados Unidos ha ido aumentando. Al convertirse en ciudadanos, califican para empleos mejor remunerados, que a menudo están reservados para los nativos. Estas ocupaciones incluyen una gama baja y puestos intermedios en el sector público, que no requieren mucha escolaridad formal o títulos académicos. La tabla 25 muestra la tasa de naturalización de los dominicanos desde el momento de su llegada hasta el 2010, y la comparación entre los Estados Unidos y la ciudad de Nueva York. El gráfico 9 utiliza promedios de ambos lugares y compara las tasas de ciudadanía con el tiempo de estancia. Ambos índices nos ayudan a entender la visión de los dominicanos con respecto a convertirse en ciudadanos estadounidenses. Los datos muestran que la tasa de ciudadanía está en su punto más bajo entre la inmigración más reciente, o en personas que han estado viviendo en los Estados Unidos por menos de cinco años. En cambio, aumentan en la medida en que se tiene más tiempo de permanencia en Estados Unidos.
TABLA 25. Tasa de naturalización dominicana en Estados Unidos y la ciudad de Nueva York.
Estados Unidos Ciudadano de EE. UU. por naturalización No es ciudadano de EE. UU.
Todos
New York City Ciudadano
Nota: Se excluyen los nacidos en Puerto Rico y en el extranjero de padres estadounidenses. Fuentes: 2010 IPUMS ACS I-Muestra del año.
Esta información cuestiona la arraigada creencia de que los dominicanos no estaban interesados en echar raíces en los Estados Unidos porque se sentían demasiado apegados a la patria y atesoraban la idea de su regreso. Por supuesto, tal creencia gana credibilidad por la forma misma en que recrean su herencia cultural, viajan a casa y se mantienen conectados con sus familias a través de remesas, etc.
Como muestra la tabla 25, los dominicanos se están convirtiendo cada vez más en ciudadanos estadounidenses. Sería justo pensar que puede haber múltiples factores que los motivan a tomar esa decisión, incluido un enfoque pragmático de la vida y el deseo de aumentar el acceso a las recompensas de
vivir como ciudadanos de pleno derecho. También es posible que estén buscando formas de asegurar cierta estabilidad en una sociedad cuyo liderazgo parece mantener una política ambivalente de amor y odio hacia los inmigrantes. Y, por supuesto, los aumentos en la naturalización también pueden explicarse por el simple e ineludible hecho de que la migración se convierte, al final del día, en un destino para muchos que abandonaron sus hogares con el objetivo de conseguir una vida mejor.
A pesar de los incrementos sistemáticos en las tasas de naturalización, los dominicanos, de hecho, seguirán apegados a su patria, como sostienen algunos observadores. Además, ese apego puede revelar un comportamiento transnacional, como lo describen los investigadores (Duany, 1994; Guarnizo, 1994; Levitt, 2001; Levitt y Waters, 2002; Pantoja, 2005; Rodríguez, 2009). Desde esa perspectiva, los académicos han prestado atención a lo que se ha denominado prácticas transnacionales en la sociedad receptora. Uno de los primeros en describir esa condición fue el antropólogo Jorge Duany, que define el transnacionalismo «como la construcción de densos campos sociales a través de fronteras nacionales como resultado de la circulación de personas, ideas, prácticas, dinero, bienes e información» (Duany, 2008: 2). Sin embargo, en opinión de Duany, aun cuando muchos grupos de inmigrantes pueden caracterizarse como transnacionales, «pocas comunidades de inmigrantes han desarrollado una cantidad y variedad tan grande de vínculos transnacionales con su país de origen, y han mantenido vínculos tan fuertes durante varias décadas, como los dominicanos en Nueva York» (l994; 2008: 8). Hoy el transnacionalismo se ha convertido en sinónimo de dominicanos en los Estados Unidos. Los defensores de este criterio argumentan que ellos tienen valores culturales y prácticas sociales que están asociadas con su país de origen, lo cual revela su identidad y apego transnacional (Levitt, 2001; Bailey, 2002; Kasinitz et al., 2002; y Sagás y Molina, 2004; Guilamo-Ramos et al., 2007; Rodríguez, 2009; Calzada et al., 2010).
Es obvio que los estudiosos han encontrado evidencia de lo que describen como comportamiento y prácticas transnacionales en la cultura de los dominicanos en la ciudad de Nueva York. Si bien la preservación de la cultura puede revelar apego al país natal, también puede revelar la naturaleza muy simple de la estrategia de supervivencia de un grupo: compartir y conservar una mentalidad colectiva que explique quiénes son y cómo surgieron, y luego transmitirla a sus hijos para que se repita el proceso y se asegure su existencia. El apego
también puede camuflar el hecho de que la mayoría de los inmigrantes dominicanos siguen siendo responsables del bienestar económico de las familias que quedaron en el país de origen, y envían remesas para mantenerlos, o no lo hacen. Elegir la primera opción los convierte en buenos familiares; elegir la segunda los transforma en lo opuesto. La primera conduce al transnacionalismo, la segunda todavía requiere explicación.
GRÁFICO 9. Naturalización dominicana por duración de estadía.
No ciudadanos Ciudadanos naturalizados
años
6-10 años 11-15 años 16-20 años 21 + años
Fuente: Encuesta sobre la comunidad estadounidense, 2008.
Otras dos consideraciones que vale la pena tomar en cuenta a la hora de pensar en el transnacionalismo dominicano son: (1) su deseo de mantener las tradiciones culturales y conservar su compromiso con los miembros de la familia en la patria quizás no impidan que desarrollen sentimientos de pertenencia a la sociedad que los recibe como inmigrantes y que pueden ser tan fuertes y sólidos como los que sienten por su tierra ancestral y por lo que dejaron atrás. Por supuesto, estos inmigrantes encuentran hipernacionalistas y etnocentristas en ambas sociedades que cuestionarían y desafiarían la legitimidad de ese apego y esa lealtad a cualquier lugar o, peor aún, su fidelidad a ambos. (2) Los valores culturales y las prácticas sociales defendidos por los dominicanos en la ciudad de Nueva York reflejan lo que aportan cuando vienen, no la cultura que dejan atrás; no se permanece estático, sino que se está constantemente en transformación. Al final, la cultura dominicana en Nueva York es una combinación de una memoria basada en lo que sabían cuando estaban en casa, y sus acciones y pensamientos diarios mientras viven sus vidas en la ciudad de Nueva York.
Conclusión
La primera versión de este ensayo, publicada en 1996, concluyó con una nota optimista, citando los comentarios elogiosos del gran beisbolista Felipe Rojas Alou sobre el pueblo dominicano y los jugadores de las Grandes Ligas. Decía: «[los dominicanos] “no conocen el miedo”, porque se atreven a desafiar el océano Atlántico en botes para venir a los Estados Unidos y con una sola cosa en mente: “dar todo lo que tienen”» (Rains, 1992, 37). No tenemos motivos para no estar alegres. La mayoría de ellos, de manera consciente o no, se resiste a la miseria y la marginación. Quizás los más resilientes sean los pobres, ya que el acto mismo de migrar implica la voluntad de empezar de nuevo y construir otra vida, muchas veces desde muy poco y en las circunstancias más adversas. Los dominicanos son un pueblo extraordinario, que construyó una comunidad sobre lo que era un suelo extraño pero que después lo hizo suyo una vez que sus hijos nacieron en él y sus muertos ya no fueron llevados de regreso a la tierra ancestral. En el proceso, ha surgido un patrón claro: y es el ascenso de los dominicanos nacidos en Estados Unidos y su dispersión geográfica por todo el territorio. Este desarrollo crea su propia dinámica. Genera, por ejemplo, la oportunidad de ver al pueblo dominicano más allá de su condición de inmigrante y considerar la importancia del papel de los dominicanos nacidos en los Estados Unidos en la configuración y definición de quiénes son, cuáles son sus objetivos y qué caminos tomarán para lograrlos. El aumento de la población dominicana nacida en Estados Unidos también incrementa la participación de la comunidad en la configuración del futuro, en la preservación de su cultura y su historia, y en la valorización de sus contribuciones. Cualquiera que sea el camino que elijan tomar, al final, esto marcará al pueblo dominicano para siempre.
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A
Abreu, Alfonso 96, 98, 277
Abréu, Diógenes 170, 175
Abreu, Juan Tomás 208
Agodini, Roberto 24, 28, 109, 111, 115, 116, 117, 118, 119, 135, 254, 283
Aguilera Batista, Leonardo 12
Alberti, Luis 183
Alexander, J. Trent 275
Alfau y Galván, Jesusa 166
Alfida 131
Alfonseca, Nino 154
Alig, Wallace B. 221, 238
Almonte, familia 211
Alou, Felipe 151
Alou, Jesús 151
Alou, Mateo 151
Alvarado, Julio 170
Álvarez, Aida 202, 203, 277
Álvarez de Abreu 44
Álvarez Frances, Leonor 31, 34
Álvarez, Julia 157, 164, 165, 220, 226, 233, 234, 239
Álvarez-López, Luis 22, 24, 25, 284
Álvarez, Roberto 208, 277
Amaro, familia 229
Amaro, Judith 229
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Amaro, Mao 229
Amaro, Miguel 229
Andújar, Joaquín 151
Anón 68
Aparicio, Ana 227, 230, 239
Aponte, Sarah 28, 29, 161, 236, 239, 277
Argeros, G. 223, 241
Arias, Desiderio 69
Aristide, Jean Bertrand 73
Ariza Castillo, Marina 277
Artiles Gil, Leopoldo 7, 20
Asiático, Hochi 173, 174
Astor, Brooke 156
Astwood, H. H. C. 64
Atenea 19
Augenbraum, Harold 160, 277
Aumont, Jean Pièrre 158
Austerlitz, Paul 186, 278
B
Babcock, Orville E. 62, 63
Bachleda, Rosa 197
Bach, Robert 121, 288
Báez, Annecy 234
Báez, Buenaventura 46, 47, 58, 61, 62, 63, 64, 153
Báez, Clara 282
Báez, Damián 153
Báez Everstz, Franc 97, 104, 278
Báez, Josefina 22, 48, 108, 122, 138, 170, 173, 176, 180, 181, 182, 185, 196, 199
Bahn, Adele 200, 278
Bailey, Benjamin 236, 239, 270, 272
Balaguer, Joaquín 18, 47, 48, 73, 74, 81, 82, 83, 85, 88, 89, 90, 92, 100, 102, 103, 128, 167, 195, 198, 201, 249, 250, 251, 253, 278
Balcácer, Juan D. 52, 278, 287
Balenciaga, Cristóbal 156
Bandon, Alexandra 190, 193, 196, 197, 198, 278
Barrera, Rolando 178
Barrios, Luis 218, 239
Bartlett, Lesley 231, 239
Bartolí, Carmen 128
Bass, Alberto 171
Baver, Sherrie 24, 284
Bayor, Ronald H. 7, 21, 37, 39
Bean, Frank D. 76, 78, 290
Bell, George 143
Beltrán, Alberto 184
Bencosme, Sergio 159
Bender, Robert 165
Benmayor, Rina 23
Bernardino, Félix W. 159, 160, 222
Bernardino, Minerva 160, 222
Bernard, José M. 161
Berroa, Rei 168, 170
Blanco Díaz, Andrés 161, 278
Bobadilla, Tomás 54, 278
Bogdanov, Gennady 180, 181
Boggs, Vernon 278
Bolívar, Simón 52
Bonaparte, Napoleón 52
Bonilla Atiles 87
Bonilla, Frank 22, 23
Bonnelly 86
Bosch, Juan 73, 80, 81, 163, 248
Boyer, Jean Pièrre 53, 54
Braver, Sherrie 240
Bray, David 272, 278
Briggs, Vernon M., Jr. 261, 273
Brito, Eduardo 184
Brito, Elena 184
Brotherton, David C. 218, 239
Brown, Karen McCarthy 191, 278
Brown, Wenzell 160, 278
Bryce-Laporte, Roy S. 282
Buchanan, James 55, 56, 58, 206
Burma, John H. 278
CCabrera, Fernando 231
Cabrera, Heriberto 210, 211
Cadena, Gilbert R. 288
Calder, Bruce 70, 278
Calhoun, John C. 55
Calvo, Félix 88, 279
Calzada, E J. 270, 273
Camacho, Jhovanny 175, 279
Camilo, Michael 188
Candelario, Ginetta E. B. 139, 279
Canelo, Frank 75, 82, 247, 282
Canelo, Juan de Frank 273
Canepa, Tito Enrique 171, 172, 174
Canino, María J. 23
Caperton, W. B. 69
Caram de Álvarez, Magaly 86, 279
Cárdenas, Gilbert 76, 78, 290
Caro-López, Howard 218, 223, 224, 239
Carrasquillo, Angela L. 150, 279
Carrión, Gladys 23
Cartagena Portalatín, Aída 167
Carter, Jimmy 250
Carty, Ricardo 151
Carvajal, José 170
Carvalho, Philip J. 163
Casares, Eduardo 174, 279
Cassá, Roberto 75, 80, 247, 273, 279
Cass, Lewis 58
Castells, Manuel 281
Cazneau, William L. 57, 58, 59, 60, 61, 62, 63, 64
Ceara Hatton, Miguel 88, 89, 90, 102, 103, 104, 249, 273, 279
Cedeño, César 151
Cela, Jorge 279
Cestero, Manuel F. 161
Chagall, Marc 174
Chaney, Elsa M. 242, 282, 289
Chapuseaux, Negrito 184
Chávez, Linda 121, 256, 273, 279
Chen, Tacsan 253
Clayton, John M. 56
Cleveland, Grover 64
Clinton, Bill 134
Cocco de Filippis, Daisy 168, 169, 219, 232, 239
Colón, Cristóbal 41, 42, 194
Colton, George R. 67
Columbus, Christopher 42, 280
Corinne 153
Corten, André 89, 281
Courtney, W. S. 59, 280
Crew, Rudy 136
Cristo 192
Croes Hernández, Edwin 90, 104, 279
Cruz Almánzar 151, 280
Cruz, Angie 226, 234
Cruz, Mirella 132
Cummings, E. E. 165
D
Darío, Rubén 161
Darrieux, Danielle 158
Davidson, Gustav 166
Davis, Martha Ellen 191, 192
De Galíndez, Jesús 280
Deive, Carlos Esteban 191, 280
De la Renta 156
Del Castillo, José 89, 92, 183, 184, 187, 280
Del Cid, Miguel 253, 273
Delgado, Diego 128, 129
Del Rosario Mota, Gumersindo 101, 280
De Rege 128, 280
Dessalines, Jean Jacques 45
Díaz, Héctor J. 162
Díaz, Junot 29, 162, 163, 164, 215, 234
Díaz, Luis 188
Díaz, Mariano 123, 280
Dilla, Haroldo 88, 279
Dinkins, David N. 177
Dior, Christian 156
D’Oleo, Frank 281
Domínguez, Franklin 180
Douglass, Frederick 64, 65
Drennan 109, 281
Duany, Jorge 24, 192, 200, 223, 225, 239, 270, 273, 281
Duarte, Isis 279, 281
Duarte, Juan Pablo 46, 89, 128, 205, 220
Duarte, Rosa 240, 281
Duffy 156, 281
Duke, Doris 158, 221 Duke, familia 158
Durán, Blas 187
Durán, Enrique 184
Durán, Niño 184
E
Eidelberg, Martin 240
Elliot, Jonathan 56, 58
Espaillat, Adriano 148, 210, 226, 229, 231
Espaillat, Rhina P. 165, 166, 232, 240
Espinal, Pablo 122
Espinal, Víctor M. 134
Espinosa, Víctor 231
F
Fabens, Joseph Warren 53, 58, 59, 60, 61, 62, 63, 64, 281
Falcón, Angelo 145, 281
Fava, Sylvia F. 278
Faxas, Laura 248, 273
Febles, Felipe 19, 150
Félix Batista, León 170
Féliz Soto, Fabiola 194
Fernández, Leonel 47
Fernández Olmos, Margarite 160, 277
Fernández, Roberta 166, 282
Fernando, rey 43
Ferreira, Crucelyn 174
Ferreras, Julissa 231
Fiallo, Fabio 161
Fillmore, Millard 56
Fischkin, Barbara 211, 282
Fish, Hamilton 62, 63 Florentino Cestero, Manuel 161
Foner, Nancy 215, 216, 240, 241
Franco, Julio 143
Frías, Nairobi 196
Frías, Patria 196
Frier, Altagracia 153
Frisbie Hoar, George 289
Frómeta, Billo 184
Fuente Rubirosa, Luis de la 159
G
Gabor, Eva 158, 221
Gabor, Zsa Zsa 158
Galán, Tomás Modesto 170
Galeano, Eduardo 84, 282
Galíndez, Jesús de 160
Galván, Manuel de Jesús 161, 166, 167
Gambatese, M. 259, 260
García Arévalo, Manuel A. 52, 183, 184, 187, 278, 280, 287
García, José G. 161
García Lorca [Federico] 181
García, Manuel A. 278
García, Ofelia 231, 239
García Reyes, Ana 22, 27, 138, 169
García Santos, Daniel 33
García Vázquez, Scherezade 173
Garrison, Vivian 140, 282
Genadek, Katie 275
Georges, Eugenia 76, 129, 133, 222, 240, 274, 282
Goeken, Ronald 275
Goldsen, Rose 106, 286
Gómez, Carmen J. 97, 104, 279, 282
Gómez, Mateo 178
Gómez Rosa, Alexis 170
Gonzales, Pilar 173
González, Danilo 173
González, David 50, 282
González, Juan 219
González, Nancie L. 76, 261, 274, 282
Gordon, Andrew J. 141, 142, 282
Gordy, Molly 208, 282
Goris-Rosario, Anneris 151, 192, 193, 283
Grant, Ulysses S. 62, 63, 64, 67, 68, 220
Grasmuck, Sherri 283
Graves, Robert 166
Graziano, Frank 216, 217
Greenbaum, Toni 221, 240
Green, Benjamin E. 56
Guarnizo, Luis E. 123, 124, 125, 225, 240, 261, 262, 270, 274, 275, 283, 288
Guarnizo, Rafael 195
Guerra, Juan Luis 187, 188
Guerrero, Pedro 143, 151
Guilamo Ramos, Vincent 270, 274
Gurak, D. 283
Gutiérrez, David G. 241
Gutiérrez, Franklin 22, 170, 219, 232, 239
Guzmán, Antonio 103, 104
HHalter, Marilyn 275
Hancock, Henry J. 68, 283
Handel, Gerald 278
Handlin, Oscar 37
Hanley, Elizabeth 186, 187, 283
Hanney, M. 182
Harding, Warren G. 70, 71
Harrison, Benjamin 65, 66 Harrison, Francis 56
Haslip-Viera, Gabriel 217, 240, 284
Hayes, Rutherford B. 64
Hazard, Samuel 64, 68, 283
Hendricks, Glenn L. 76, 233, 240, 256, 261, 274, 283
Henríquez, Enrique 154
Henríquez Ureña, Camila 155, 161, 234
Henríquez Ureña, familia 234
Henríquez Ureña, Fran 154
Henríquez Ureña, Max 154, 155, 283
Henríquez Ureña, Pedro 154, 155, 156, 160, 166
Henríquez y Carvajal, Francisco 154, 155, 220, 283
Hernández, Ana María 169
Hernández, Edwin C. 273
Hernández, Julio 147
Hernández, Ramona 13, 14, 15, 16, 18, 19, 24, 25, 27, 29, 31, 34, 78, 109, 115, 116, 117, 118, 119, 135, 138, 143, 169, 217, 218, 222, 223, 224, 240, 241, 242, 243, 245, 246, 254, 262, 263, 274, 283, 284
Herrera-Sobek, María 242
Herriarte, Esperanza 198
Heureaux, Ulises 47, 65, 66
Hicks 159, 284
Higgs, Carmine 159
Hoepelman, Eduardo 74, 169, 179, 207
Hoetink, Harry 54, 284
Hoffnung-Garskof, Jesse 231, 241
Hogan, John 55
Holm 53, 54, 284
Holston, Mark 187, 284
Howard, Clyde 202
Howe, Samuel G. 63, 288
Hughes, Charles Evans 70
Hutton, Barbara 158, 221
IIfe, B. W. 280
Incháustegui, Arístides 187, 284
Inoa Vásquez, Carmen 194
Isabel, reina 43
Itzigsohn, José 235, 241
J
Jackson, Robert 228
James, Jacob 53
James Rawlings, Norberto 24, 170
Jaquez, Angela 200, 278
Javier, Stan 143
Jefferson, Thomas 16, 51, 54
Jimenes, Juan Isidro 69
Jimenes, Manuel 56, 69
Jiménez, Blas R. 242
Jocelyn 186
Johnson, Andrew 61, 62
Johnson, Harry A. 285
Johnson, Lyndon B. 81, 84, 248
Jordan, Howard 145, 147, 148, 284
Juliá, Raúl 176
Junco 121, 284
K
Kanellos, Nicolas 150, 158, 160, 178, 221, 241, 284
Kaplan, Stephen D. 172, 173, 284
Kasarda, D. John 110, 285
Kasinitz, Philip 270, 274
Keim, De B. Randolph 63, 285
Kelley, D. 259, 260
Kennedy, John F. 51, 85, 259, 260
Kiley, Maurice F. 202
Kimball, Richard B. 281
King, Rodney 49, 149, 285
Kiser, Samuel C. 206
Kissinger, Henry 156
Klein, Alan M. 285
Knapp, Harry S. 69
Knight, Melvin M. 70, 285
Kohut, Heinz 140
Kritz, Mary 283
L
Laclau, Ernesto 285
Lamarche, Ángel Rafael 162
Lam, Wifredo 174
Lansing, Robert 69
Lara, Ana-Maurine 234
Laracuente, Magno 172, 174
Lasner-Fratier 259, 260
Laureano, Martha 206
Lauria-Perricelli, Antonio 23
Ledesma, Clara 172
Lescaille, Fernando 147
Levine, Barry B. 278
Levitt, Peggy 225, 241, 270, 274, 275
Levy 142, 285
Light, Ivan H. 261, 275
Limonic, Laura 218, 223, 224, 239
Linares, Guillermo 147, 148, 229, 231
Lincoln, Abraham 51, 59, 61, 153
Li, Wenhui 259, 260
Lobo, Arun Peter 31, 285
Logan, John 217, 241
London, Clement B. 150, 279
López, Dagoberto 170
López, Felipe 152
López, Iraida 23
López, Nancy 22, 25, 139, 256, 279, 284
Loucky, James 151, 152, 285
Lozano, Wilfredo 12, 92, 100, 275, 285
Luhrs, Joyce 198, 285
Luna, María 147, 148, 229
Luna, Miguel 226
Luperón, Gregorio 46, 62, 153, 205
Luperón, José Gabriel 153
M
Madera Daniel, Patria Stella 101, 280
Madera, Teonilda 170
Madsen, A. 259, 260
Maduro, G. 259, 260
Maldonado, Normandía 194
Manzueta Martínez, E. 96, 285
Marcy, William 57, 58
Marichal, Juan 151
Marini, Ruy Mauro 285
Martínez, Pedro 227
Martin, John Bartlow 85, 87, 88, 285
Matos, Juan 170
Matos, Manuel 134
McAlary, Mike 25, 143, 285
McClellan, George B. 57
McDonald 145, 285
McFeeters, Marie 158
McFeeters, William G. 157
McNamara, Robert 84
Medrano, Marianela 170
Meillassoux, Claude 286
Meléndez, Agliberto 74, 169, 207
Meléndez, Edwin 274
Méndez, Danny 219, 241
Mendoza, Félix Darío 170
Mifflin, Houghton 163
Miller, Jeannette 149, 172, 286
Mills, C. Wright 106, 286
Milly 186, 187
Miolán, Ángel 159, 160, 286
Mirabal, Hermanas 165, 205
Miranda, Lin-Manuel 215
Mir, Claudio 182, 185
Mir, Pedro 166, 169
Mitchell, Christopher 87, 280, 286
Molina, María 226, 229, 270
Molina, Sintia E. 242, 275
Mollenkopf, John H. 281
Monción, Ana 131
Montero-Sieburth, Martha 274
Montez, María 157, 158, 178, 221
Morales, Ángel 159
Morales Languasco, Carlos F. 67
Morales, Radhamés 173
Morales, Vicens de 157
Moscoso, Abelardo A. 154
Moskowitz, Alfred 232
Moss, Mitchell L. 112, 120, 287
Mota, Manuel 151
Moya, Manuel de 157
Moya Pons, Frank 15, 26, 27, 29, 42, 43, 53, 66, 72, 74, 75, 80, 81, 82, 88, 103, 137, 157, 247, 248, 249, 275, 280, 286
Munro 67, 69, 72, 286
Murphy, Ramón 262
Murtaugh, John Brian 26, 27, 147, 148
N
Navarro, Mireya 176, 286
Navas, Belkys 22
Nazario, Julio 185
Necos, Belkys 22
Nelson, William Javier 64, 287
Norris, Chuck 178
Novas, Himilce 156, 157, 287
Núñez de Cáceres, José 15, 16, 51, 52, 53, 54, 287
O
Ojito, Mirta 206, 287
O’Neill, Hugh 112, 120, 287
Onis, Juan de 201, 287
Ortea, Julio 155
Ortea, Virgilio 155
Ortiz Puig, José Augusto 54, 287
Osorio, Antonio 44
Ovando, Nicolás de 43
PPacheco, Johnny 186
Pacini Hernández, Deborah 183, 186, 187, 188, 287
Padua, San Antonio de 192
Paiewonsky, Raquel 174
Palacios, Kay 148
Pantoja, Segundo 270, 275
Pataki, George 142
Payán, Ilka Tanya 175, 176, 177, 178, 179
Pellegrini, Elena 170, 171, 172, 174, 287
Peña Gómez, José Francisco 195
Peña, Nelson 230
Pérez, Caonabo 198
Pérez, Germán 173
Pérez, Glauco 287
Pérez, Loida Maritza 234
Pérez, Onorio 173
Pérez, Thomas 226
Perry, Raymond 62, 63
Pessar, Patricia R. 21, 216, 241, 246, 275, 283, 287
Peynado, Francisco J. 155, 161
Phillips, Genaro 288
Phillips, Gerardo 174, 175
Pichardo, Eligio 172
Pichardo, Juan 226
Pierce, Franklin 57
Polk, James K. 55, 220
Porter 61
Portes, Alejandro 121, 123, 124, 261, 262, 275, 288
Powel, Richard 173
Prebisch, Raúl 89
R
Rains, Bob 272, 275
Ramírez 84, 223
Ramírez D’Oleo, Frank 278
Ramírez, Marilyn 242
Ramírez, Nelson 288
Rathe, Magdalena 101, 102, 289
Ravelo Astacio, Julio 135
Rebajes, Francisco 220
Reed, Annette 156
Reid 87
Renta, Oscar de la 156, 220
Requena, Andrés 159, 162
Reubens, Peggy 139, 140, 288
Reyes, José 145
Reyna, Diana 226, 231
Reynolds, Quentin 284
Reynolds, W. Ann 22, 23, 27
Reynoso, Carlos 173
Reynoso, Eligio 172
Reynoso, Nelson 22
Riley de Dauhajre, Elizabeth 92, 93, 94, 95, 288
Ríos, Moisés 173
Rivera-Batiz, Francisco L. 24, 28, 31, 34, 109, 111, 115, 116, 117, 118, 119, 135, 147, 223, 241, 254, 274, 283
Rivera, Diego 171
Rivera, Socorro 231
Rivero, Juan 170
Roberts Hernández, Wilson 184, 288
Rodrigues, Juan 219
Rodríguez, Alex 215, 227
Rodríguez, Camille 23
Rodríguez, Carlos 170
Rodríguez, Carmen Emilia 193
Rodríguez de León, Francisco 232, 242
Rodríguez Demorizi, Emilio 153, 288
Rodríguez, Edgar 22
Rodríguez, Freddy 172, 174
Rodríguez, Juan 31
Rodríguez Matos, Carlos 168
Rodríguez, Ofelia 22
Rodríguez, Rubén 225
Rodríguez, Tracy 270, 275
Rodríguez, William 262
Rodríguez, Ydanis 134, 229, 231
Roggiano, Alfredo A. 154, 155, 168, 289
Rohter, Larry 202, 288
Roja, Floricel 154
Rojas Alou, Felipe 272
Roosevelt, Jr., Franklin D. 160
Roosevelt, Theodore 66, 67, 68
Rosa, Fausto de la 22
Rosario, Nelly 234
Rubirosa, Porfirio 157, 158, 159, 221, 289
Ruggles, Steven 275
S
Sagás, Ernesto 226, 242, 270, 275
Sainz, Rudy Anthony 129, 130, 131, 289
Saldaña, Aridio 215
Saldaña, Zoe 215
Salvo, Joseph J. 31, 285
Sánchez Beras, César 233
Sánchez, Christopher Hanson 145, 281
Sánchez-Korrol, Virginia 242
Sanderson, S. 283
San Lázaro 192
Santa Bárbara 192
Santa Clara 192
Santana, Carlos 193
Santana, Isidoro 99, 101, 102, 289
Santana, Mari 169
Santana, Pedro 46, 55, 57, 58, 60
Santiago Santiago, Isaura 23
Santo Niño de Atocha 192
Santos, familia de los 203
Santos, Irene 170
Santos, Primitivo 186
Santos Solomon, Julia 174
Santos, Tony 187
Sassen-Koob, Saskia 97, 128, 222, 242, 261, 275, 289
Sayer, Daniel 274
Schoenrich, Otto 70, 72, 289
Schroeder, Matthew B. 275
Segovia, Antonio María 58
Segura, José 170
Sención, Viriato 167, 168, 289
Senior, Clarence 106, 286
Serignese, Fabrienne 194
Serulle Ramia, José 289
Seward, Frederick 61
Seward, William H. 61, 62
Shakespeare [William] 181
Shea, Steven 140, 289
Shorris, Earl 143, 144, 211, 289
Silfa, Nicolás 159, 289
Simó Damirón [Francisco Alberto] 184
Smith, Donald H. 22
Smith, J. Sommer 61, 62
Sobek, Matthew 275
Sosa, Luz 193
Sosa, Sammy 227
Souza Kappner, Augusta 23, 135, 163
Squier, Charles 165
Stanley, Etienne H. 174
Stavenhagen, Rodolfo 285
Stern, Isaac 156
Stevens-Acevedo, Anthony 22, 29, 31, 34
Stevens-Arroyo, Anthony M. 288
Stokowski, Leopold 183
Stringer, Scott 228
Suero, Carlitos 128
Sullivan, Edward J. 243
Sumner, Charles 62, 63, 289
Sun, Y. 259, 260
Suro, Darío 171, 172, 174
Susann 158, 290
Sutton, Constance R. 242, 282, 289
Swartz, Steven 259, 260
T
Tacis, Antonio 289
Tacsan Chen, Rodolfo 273
Tactuk, Pablo 84, 290
Tansill, Charles Callan 57, 58, 62, 290
Tatis 99
Taylor, Zachary 56
Tejeda, Juan de Dios 153, 154, 290
Thomas, Claudewell S. 51, 140, 282
Thomas, Jr., Robert McG. 176, 290
Toribio, Almeida Jacqueline 235, 236, 242
Torres, Juan 140, 170
Torres-Saillant, Silvio 13, 14, 15, 16, 18, 19, 23, 45, 78, 138, 143, 163, 170, 194, 204, 219, 222, 225, 230, 232, 237, 242, 243, 256, 276, 284, 290
Torres, Silvia 33
Trejo, Agustín 198
Trinidad, Apolinar 148
Trujillo, Flor de Oro 158
Trujillo, Rafael Leónidas 17, 47, 72, 73, 74, 75, 79, 80, 81, 85, 86, 128, 151, 157, 158, 159, 160, 161, 162, 164, 165, 167, 171, 184, 195, 201, 219, 221, 222, 233, 247, 248, 249
Tyler, John 55
U
Ugalde, Antonio 76, 78, 290
Ulises 13, 19, 20
Unanue, Manuel de Dios 160, 290
Ureña, Salomé 205, 220, 234
V
Valdez, Julio 174
Van Wye, G. 259, 260
Vásquez, Horacio 71, 154
Vásquez, Leonte 154
Vega, Bernardo 72, 84, 290
Ventura, Miriam 170
Vespucio, Américo 33
Viau Renaud, Jacques 236
Vicens, Lucas 89, 290
Vicini Burgos, J. B. 161
Vicioso, Sherezada (Chiqui) 290
Victoria, Ángel 184
Victoria, Bismarck 172, 173, 174
Vidal, María África Gracia 157
Villar, Ynoemia 170
Vincens de Morales, Margarita 291
Virgen de Fátima 192
Virgen de la Altagracia 192, 222
Virgen María 192
Virgil, Osvaldo 151
W
Wade, Benjamin F. 63, 288
Waldinger, Roger 124, 125, 126, 261, 276, 291
Waldseemüller, Martin 33
Wallace, Mike 219, 243
Walsh, Robert 56
Wannamaker, John 66
Washington, George 51
Wassner, Francis (Bud) 206
Waters, Mary C. 270, 275
Watkins, G.A. 196, 291
Webb, Charles 66
Webster, Daniel 56
Weed, Smith M. 66
Weisman, Jean 24, 25
Weiss, Carol I. 282
Welles, Sumner 27, 53, 55, 56, 58, 60, 62, 63, 64, 65, 71, 137, 291
Wetering, Tom 31, 34
White, Andrew D. 63, 288
Williams, Tennessee 178
Williams, Terry 144, 291
Wilson, Woodrow 59, 69
Woolworth, Frank Winfield 158, 221
Woss y Gil, Alejandro 154, 170
Woss y Gil, Celeste 170, 171
Wright, Roosevelt 274
Wyatt, Thomas 165
Z
Zatz, Asa 167, 289
Zayas, Napoleón 184
Zimmerman, Regina 259, 260
Esta primera edición en español de Los dominico-estadounidenses, de Silvio Torres-Saillant y Ramona Hernández, se terminó de imprimir en los talleres gráficos de la imprenta Amigo del Hogar en Santo Domingo, República Dominicana, en el mes de marzo de 2026.
