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Capítulo uno de Malditos Recuerdos

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Malditos recuerdos © Ignacio A. Orts Ilustraciones de la cubierta e interiores: Francisco Poveda Primera edición: Diciembre 2021 © editorial Estudio Creativo Nacho Alted C/ La Paz. 35 18810 | Caniles | Granada www.estudiocreativonachoalted.com info@estudiocreativonachoalted.com


Y en cuanto llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades. RIMBAUD

Porque sueño, no lo estoy. LÉOLO

Para qué conformarse con un poco si no lo puedes tener todo. POETA ANÓNIMO


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acompañará durante toda la materialización de la obra, y quizá un poco más allá. Está claro que uno escribe para llenar vacíos, para remendar viejas heridas en forma de agujeros negros que van fagocitando paulatinamente el alma. En este sentido el cuerpo me pide marcha. El problema es convertir una mirada retrospectiva en un ajuste de cuentas. No sé si resulta correcto escribir sobre vivencias y personas del pasado, y reflejar ahora lo que no me atreví a hacer o decir en su momento. Por otro lado, tampoco se debe almibarar la verdad con sobredosis de sentimentalismo. En fin, quizá este dilema sea el único elemento de suspense que haya en toda la obra literaria, y haya que esperar hasta el final para conocer su resolución. En cualquier caso, vaya por delante que en “Malditos recuerdos” solo me represento a mí mismo y continuamente a mis múltiples contradicciones. Por último, existe otro interrogante (aunque de cariz menor) sobre la decisión de escribir unas memorias. ¿Son las memorias un ejercicio literario destinado únicamente a personajes con cierto renombre, o también las personas anónimas podemos adentrarnos en ellas? ¿Se trata de un acto de creatividad, que incluso sirve para limpiar la conciencia, o por el contrario las utilizamos exclusivamente para alimentar nuestra vanidad? La respuesta la encontré hace unos días en unos viejos apuntes de una asignatura de Filología Hispánica. Aquellos textos hablaban sobre la obra literaria de Roberto Bolaño, centrándose en una novela suya que me impactó sobremanera: Los Detectives Salvajes. El titular de aquellos apuntes comenzaba con la siguiente locución: De perdidos, al río. Si te encuentras en una encrucijada, elige siempre el camino más descabellado. La inmortalidad bien vale un salto al vacío. Ignacio A. Orts

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Nota del editor

Un personaje extraño.

Conozco a Ignacio A. Orts desde pequeño. Ambos nos criamos juntos. Nuestra amistad durante la adolescencia y parte de la juventud fue tan intensa que se podría decir que por aquel entonces era como mi alter ego, como mi otro yo. La verdad es que siempre fue un personaje un tanto extraño, raro. Como dice la canción, no digo diferente, digo raro. Parecía proyectar dos personalidades distintas a la vez. Por un lado, era un tipo callado, tranquilo, que no se inmutaba ni con el zumbido de una mosca. Por otro, tenía una forma de ser disparatada, cómica, sardónica, siempre tejiendo e ingeniando boutades que nadie llegaba a comprender. De repente, cuando menos te lo esperabas, o más bien cuando se aburría, comenzaba a soltar paridas y dislates sin cesar, que en el peor de los casos te hacían pasar un buen rato. A pesar de esta bipolaridad, siempre intenté estar cerca de él porque en el fondo me parecía un buen tipo. Eso sí, su cabeza era inescrutable. Con el paso del tiempo, nuestros caminos divergieron. Creo que se fue a estudiar a Valencia, y a partir de ahí le perdí la pista. De esto hace ya veintitantos años. Sin embargo, hace unos meses me lo volví a encontrar. Fue un encuentro casual. En plena calle. A pesar de los años, nos reconocimos de inmediato. Nos dimos un fuerte abrazo, nos contamos algo sobre nuestras respectivas vidas así por encima, y como me dio mucha alegría el volver a verle, le invité a seguir hablando tomándonos un vino. En la intimidad de ese momento fue cuando me soltó que quería escribir un libro. Mi cara de asombro me dela-

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tó. Mi perplejidad era por partida doble. No solo porque creyese que me estaba gastando una de las suyas, sino porque dio la casualidad de que yo tenía montada una editorial. Estuvimos comentando el asunto un buen rato, y sus ideas no me disgustaron, pero también me di cuenta de que seguía estando como una regadera. Yo le dejé seguir hablando, sin comprometerme a nada, no fuese que me estuviese tomando el pelo, o que aquella ilusión literaria fuese flor de un día. Fue de esa manera como tiempo después me llegó un primer manuscrito firmado por él con un capítulo entero de Malditos recuerdos. En un principio no quise leerlo, y lo dejé aparcado. Conociendo a Ignacio seguro que se trataba de una broma. Pero cuando pasaron unos días, me dispuse a echarle un vistazo por curiosidad. Una vez leído, dije para mis adentros: “Vaya tela, la que me ha caído”. Metí el texto en un cajón y lo cerré con doble llave para olvidarme simbólicamente de el. El problema fue que a partir de ahí Ignacio no paró de darme la brasa por teléfono para saber si aquello era publicable. Me llamaba un día sí y otro también preguntándome qué me había parecido el manuscrito. Yo le daba largas y no sabía qué contestarle. En ese caso, me convenía hacerme el loco todo lo que pudiese y más. Hasta que un día se presentó en mi trabajo y un poco ya harto de tanto acoso, le solté a bocajarro: “Mira Ignacio, te lo diré con mucho tacto. La literatura exige un esfuerzo intelectual. Tus textos no están mal, pero no dan para mucho, y además son muy cortos para que se puedan publicar. Sinceramente no les veo posibilidades”. Lejos de amilanarse por mis argumentos, mi amigo no cesó en su empeño y dijo las palabras mágicas: “Te pagaré lo que haga falta”. Tras un momento de duda, lo recapacité bien y le propuse: “Solo publicaré este libro con un par de condiciones. La primera es que los textos vayan con algunas ilustraciones para que el acabado editorial tenga algo de dignidad. Y la segunda y más importante, es que estos son mis honorarios”. Dicho y hecho, en ese mismo instante me hizo una transferencia vía Bizum, y el resultado de tamaña osadía lo tiene usted en sus manos.

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Por eso le pediría querido lector cierta clemencia a la hora de juzgar este libro. Está claro que Ignacio A. Orts no se va a ganar la vida escribiendo libros. Pero es en estos casos donde más empatía hay que demostrar. Porque la literatura para este tipo de ilusos siempre será algo así como un amor no correspondido. Nacho Alted.

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Textos Ignacio A. Orts Ilustraciones Francisco Poveda


bajo este techo roto Un aullido sordo y una inocencia perdida, un desgarro súbito, accidental, y un lento peritaje en huidas y carreteras secundarias. Cualquier duelo requiere una redención, tu suerte pronto se convirtió en una excusa, yo ya no estoy para perder el tiempo, mi liberación pasa por eternizar tu efímera presencia. Por eso busco continuamente el beneplácito del público, como un cómico que necesita vivir como un maestro de ceremonias que se alimenta del aplauso ficticio para poder seguir respirando. Soy un experto en ilusiones y tramoyas, que profana tu intimidad a cambio de 30 monedas, solo 30 monedas.

a dcc


El cine Bahía.

Hace unos días fallecía el compositor Ennio Morricone, autor de melodías cinematográficas que pronto se convirtieron en nuestra particular banda sonora. Como homenaje, emitieron en televisión la película “Cinema Paradiso”, una historia emotiva, aunque con tendencia a lo lacrimógeno, que consigue durante su visión liberar sin ambages la caja de pandora de los recuerdos. En mi caso, durante mi infancia y adolescencia, no hubo ningún cine de pueblo, tampoco ningún cine de barrio, sin embargo si atesoro en mi memoria un cine de verano escenario de noches estrelladas al aire libre y cenas animadas por films de finales de los ochenta cargados de aventuras y emoción. El cine de verano “Bahía” era un santuario del recreo. Cuando anochecía y la falta de luz nos impedía jugar al fútbol o a lo que se terciara, acudíamos allí en pandilla con el bocata de chorizo envuelto en papel albal y el dinero suelto en los bolsillos. Ríos de embriaguez púber nos invadían en nuestra cita semanal. Por trescientas pesetas podías ver una programación doble compuesta por las aventuras marcianas de Schwarzenegger en "Desafío Total" o los arrumacos y magreos desbocados de Michael Douglas y Sharon Stone en “Instinto Básico”. Su verdadero encanto no residía en cualquier caso en el precio de la entrada, tampoco en su selecta programación cinéfila, ni tan siquiera en que las sillas fueran de madera y la pantalla del cine una pared pintada de blanco. Lo que realmente servía de reclamo y embrujo para sus asiduos era la 19


particular acústica que acompañaba a las películas, inquietantes efectos sonoros compuestos por el griterío de los zagales, los impactos de los botes de coca-cola contra el proyector y los sonidos guturales que emitían algunos incivilizados cinéfilos. En el cine “Bahía” no había equipos de sonido digitales, ni altavoces de última generación “ultrarretumbantes” que te torturan los oídos hasta provocar sordera. No hacía falta. Las películas eran traducidas a gritos por los bramidos de los mozos asistentes, como si de una película de versión original paralela se tratase. El cine de verano “Bahía” desapareció, y seguramente aquel solar con cuatro paredes haya sido edificado sin remilgos para la construcción de un centro comercial. No importa, no pasa nada. Para aquella generación de chiquillos es inmortal, pues su historia estaba impregnada de la esencia del celuloide, el material con el que se forjan los sueños

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Cuenta conmigo.

Abandonamos nuestra cita semanal con el cine "Bahía" cuando nuestro mostacho vergonzoso de la pubertad dio paso a un bigote ya maduro y frondoso, y de las piernas nació una pelambrera más propia de la adolescencia. El furor de las multisalas de cine armadas con aire acondicionado fagocitaron aquel tipo de negocio veraniego. Los clásicos cortes imprevistos a mitad de película se transformaron en sesiones golfas y el cine manipulado por la industria del celuloide. Sin embrago los recuerdos de aquel cine siguen vigentes porque allí vi una película que me inoculó el gusto por la literatura. Fue quizá la primera semilla que encontré en el incierto camino de ser escritor. Eso y quizá un universo repleto de introspección que se comenzaba a vislumbrar, y que con el paso de los años se convirtió en una especie de enfermedad. Era una peli basada en una novela de Stephen King, quizá (o seguramente) algo edulcorada con respecto al libro. Pero su historia pronto se convirtió entre los amigos en motivo de debate y elucubración, pues “Cuenta conmigo” reunía los ingredientes narrativos que necesitábamos por aquel entonces para hacer volar la imaginación: la aventura de cuatro chicos que una tarde de verano deciden ir en busca del cadáver de un joven desaparecido. Más allá de la emoción y excitación del momento por vivir aventuras, exploraciones y riesgos similares a los que proponía la película, a mí se me quedó grabado el modo en el que estaba contada la historia: la mirada retrospectiva de un escritor que solo asoma su cara al final, y cuya voz en off nos va

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contando poco a poco un viaje crepuscular por la adolescencia y el drama personal del protagonista, marcado por una tragedia familiar y el desapego paterno. "Cuenta conmigo" es un cálido relato sobre la amistad férrea, y treinta y tantos años después veo un paralelismo meridiano entre la película y lo que sucedió después, como si el destino me hubiese guardado un desafortunado juego metaliterario. Dos de los personajes se convierten en uña y carne tras aquella intensa aventura, pero ven sus caminos separados de manera radical tras el trágico final de uno de ellos. La escena de River Phoenix desapareciendo de pantalla en medio de una calle desértica mientras anunciaban su muerte resultó premonitoria. La última vez que vi vivo a mi primo Daniel caminaba por un pasaje solitario y umbrío mientras la oscuridad de la noche lo engullía sin retorno.

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El monte Lucentum.

Daniel y yo vivíamos en un bloque de pisos turísticos ubicados en la Albufereta, una zona de entreplayas de Alicante que en verano por aquel entonces era un auténtico hervidero de personas, pero en invierno era lo más parecido a un cementerio nuclear. Aquel rincón de la Albufereta llamaba poderosamente la atención por las numerosas ruinas arqueológicas que nos rodeaban. Entre aquel patrimonio arqueológico destacaba lo que nosotros llamábamos el monte Lucentum, una especie de museo descapotable donde se podía apreciar los yacimientos romanos y los restos de una ciudad sepultaba que siglos atrás fue Alicante. Como de historia y arqueología no teníamos ni idea, en plena adolescencia convertimos aquel sitio en un añorado picadero donde jugar al escondite con el sector femenino, o en el peor de los casos para practicar individuales ejercicios onanísticos… El paisaje urbanístico que flanqueaba el monte Lucentum era cuando menos singular. El bien y el mal convivían sin problemas en un claro ejemplo de la libertad de acción y pensamiento que había por entonces. Por un lado, la vieja iglesia del barrio La Colonia, lugar de culto con aroma frailuno al que acudía cada vez que se acercaban los exámenes de septiembre. Por otro, el puticlub Maripepi, lugar también de peregrinaje, que a modo de contraseña con sus libertinos clientes utilizaba una bandera amarilla izada en un mástil para avisar de si estaban abiertos o no. El hallazgo del club de alterne Maripepi fue algo casual. De hecho era imposible conocer su existencia a no ser que fuera desde las alturas, pues se

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trataba de un chalet herméticamente cerrado por una frondosa valla de cipreses. Lo descubrimos porque la falda del monte Lucentum era nuestro punto de encuentro con más amigos. A mitad de un sendero que rodeaba el cerro había una cuerda que colgaba de un árbol y allí quedábamos con el resto. Un día nos estábamos balanceando en aquel columpio improvisado y vimos de repente a un grupo de señoritas que se bañaba en una piscina de aguas cristalinas. Aquello fue como ver en persona el lago alegórico de El Jardín de las Delicias. Unas preciosas criaturas femeninas divirtiéndose y disfrutando medio en pelotas bajo nuestros pies. Aquel mirador rijoso ayudó a moldear nuestro cerebro de salidillos crónicos. Nuestra imaginación y fantasía se desbocó sin ningún tipo de freno. Con lo cual una vez visto desde arriba había que explorarlo desde abajo, y a ser posible desde más cerca. Así que al día siguiente, armados de valor y sigilo, decidimos acercarnos a ese edén oculto de ladrillo y cemento. Comenzamos a rodear la valla frondosa de cipreses con el fin de encontrar algún resquicio que colmase nuestra curiosidad de vouyeurs nóveles. Pero aquello era un fortín perfectamente ensamblado. Lo único con lo que dimos fue con una montaña de preservativos usados en la parte trasera, que bajo un desagüe se amontonaban creando una pirámide imperfecta de látex y poliuretano. Dimos vueltas y vueltas al puticlub Maripepi sin obtener ningún resultado. Lo único que oíamos eran voces femeninas y chapoteos celestiales al otro lado del muro. La batida infructuosa motivó que algún descerebrado de la pandilla tirase una piedra a la cubierta. Se escuchó el crujido de una teja y un trozo de cobija caerse. Después todo se silenció. De repente se encendió un motor y la puerta corredera metálica comenzó a desplazarse. En ese momento salimos corriendo sin mirar atrás como si nos fuera la vida en ello. Rápidamente cruzamos una estrecha carretera situada entre el Maripepi y los pies del monte Lucentum. Mientras nos encaramábamos por la ladera, un tipo subido en una moto con aspecto de muy malas pulgas salía del

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puticlub amenazándonos. Lejos de amilanarse por la distancia y la pendiente que nos separaban, aquel jinete motorizado dio un rodeo largo con el fin de llegar hasta nosotros. Primero enfiló la carretera y después se adentró en el camino de tierra que accedía al monte. El corazón nos comenzó a bombear a mil por hora. El exceso de adrenalina nos estaba pasando factura. Quizá fuéramos a pagar un alto precio por intentar robar algo de intimidad. La única solución pasaba por subir monte arriba, saltar la verja de las ruinas romanas y escondernos entre las excavaciones. Todo eso sin dar pistas a un tipo que venía realmente encabronado. En el horizonte pintaban bastos. Nos pusimos a escalar como cabras, y entre empellones, arañazos y moratones nos refugiamos en los antiguos yacimientos. Escuchamos el ruido de la moto durante 20 laaaargooos minutos. Cuando el murmullo cesó, alguien esbozó una gran sonrisa. Acabábamos de sentir en nuestras propias carnes el peligro y la sensación de ser atrapados. Lo peor es que nos había gustado.

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Las buenas costumbres.

Como buen lugar de veraneo, la Albufereta era eminentemente mediterránea, con un marcado carácter epicúreo, de gusto por los pequeños placeres de la vida. Entre los chicos de mi edad había una serie de reglas no escritas que alcanzaban el estatus de mandamientos y había que cumplir a rajatabla para no perder las buenas costumbres: las siestas maratonianas, el arroz de los domingos (con la Comtessa siempre de postre), y las pachangas futboleras a cualquier hora del día y en cualquier tipo de superficie: cemento, tierra o pequeños baldosines de una plaza pública. A los 14 o 15 años, el fútbol era una auténtica religión, un serio asunto de estado en el que literalmente te jugabas el orgullo y la dignidad. Se podría decir que nuestra existencia giraba en torno a un balón las veinticuatro horas del día. No solo practicábamos el fútbol con devoción, también lo verbalizábamos con agrios e intensos debates, y lo estudiábamos diariamente a través de la prensa deportiva. Por supuesto, lo peor de perder las pachangas era el pique de después, la humillación postpartido que te acompañaba vergonzosamente como si fuera el yugo de un animal de carga. Entre los ganadores no había compasión, el perdedor debía aguantar la deshonra hasta que se iniciase el siguiente partidillo, que en nuestro caso era cuestión de minutos. Para evitar esa catástrofe era fundamental elegir un buen equipo. Las posibilidades de éxito pasaban por estar atinado en la selección de jugadores. Debías ser rápido de pensamiento y acción en este sentido. Como cualquier otra cosa en la vida, la decisión pasaba por conocer primero tus limita27


ciones. Yo era lento y corpulento, así que debía tener a mi lado a jugadores rápidos para aprovechar mi única cualidad: la colocación y la visión de juego. Siempre entendí el fútbol como un juego de precisión, de tiralíneas; en este caso acertar con un pase en profundidad era como tocar el cielo con los dedos. Ver cómo la pelota se iba deslizando entre las piernas de los adversarios y llegaba a los pies de tu compañero, dibujando un inverosímil y aterciopelado pasillo que solo tú habías visualizado segundos antes, no tenía precio. La felicidad ya era rotunda cuando el pase se convertía en asistencia, y tu compañero conseguía anotar un gol. En ese preciso instante uno tenía la sensación de ser un visionario, un explorador que se adentra en territorios ignotos y sale airoso y con la firme convicción de que el riesgo ha valido la pena. Un pase bien tirado es como un relato bien contado. Ambas cosas tienen algo de vuelo sin motor. Desgraciadamente jugadores rápidos y certeros no había muchos donde elegir. El único que reunía esas características al cien por cien era mi primo Daniel, pero como ambos éramos los mayores de la pandilla, siempre nos tocaba hacer de capitanes y elegir cada uno por separado los equipos. Esta situación alimentaba una rivalidad latente entre él y yo, que se acrecentaba porque además él era culé y yo acérrimo de los blancos. Pulso que por cierto también llevábamos a otros terrenos y asuntos mayores de la vida como las chicas. Escaramuzas que enseguida desaparecían cuando soltaba alguna chorrada o disparate sin venir a cuento. Esos cambios de registro me desarmaban y alimentaban un profundo y sincero sentimiento de amor hacia su forma de ser.

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Tertulias de noches estrelladas.

Además del fútbol y los ligues furtivos y desafortunados, nuestra otra pasión veraniega era la televisión. No podía ser de otra manera entre la generación del control remoto, algunos durante nuestra infancia habíamos pasado más tiempo delante de la caja tonta, hipnotizados por la ambigüedad sexual de Espinente y los traumas existenciales de Marco y Heidi, que con nuestros propios padres. La aparición de nuevos canales autonómicos y privados a principio de los noventa supuso una doble alegría entre mis amigos. Por un lado numerosos botones del mando a distancia cobraron vida, y como mínimo ya le podíamos dar del uno al seis; por otro, la nueva oferta televisiva se convirtió en la excusa perfecta para no pegar ni golpe, no coger un libro ni por casualidad, y alargar nuestras tertulias nocturnas veraniegas hasta bien entrada la madrugada. La liturgia siempre era la misma. Comerse el bocata de la cena y pimplarse el refresco lo más rápido posible, visionar con avidez la serie de marras que hiciesen sobre esa hora y bajarse al encuentro callejero con el resto de la pandilla para comenzar animados paliques catódicos hasta la una o las dos de la mañana. Normalmente, aquellos debates con nocturnidad y alevosía se realizaban alrededor de un banco. Allí podíamos tirarnos horas y horas hablando. La tertulia sobre las novedades televisivas podía girar en torno a un tema principal o bien a numerosos subtemas, dependiendo del número de gente que se juntase aquella noche. 29


Recuerdo que un verano nos dio muy fuerte con la serie Expediente X. Creo que fue en Telecinco donde echaban un capítulo cada noche. Ya solo la cabecera con aquella enigmática y silbante banda sonora era un auténtico filón de comentarios. Para un adolescente, una serie que trata sobre conspiraciones y fenómenos paranormales es un denso caldo de cultivo para la imaginación. Algunos éramos más de Mulder, otros de Scully, y todos elucubrábamos sobre la identidad secreta de aquel fumador empedernido que aparecía en pantalla con el excitante sobrenombre de Garganta Profunda. Cuando el debate subía mucho de tono, alguno de los contertulios para rebajar la tensión se acercaba al centro de la plaza y gritaba de manera colérica: Señores, la verdad está ahí fuera. Las carcajadas eran amortiguadas por un alud de chistidos que emergían de los balcones. En el momento que se terminaban las novedades catódicas alguien echaba mano de las series y pelis remember. Era el turno por lo tanto de citar episodios de El gran héroe americano, serie que en realidad muy poca gente llegó a ver, pero de la que todo el mundo opinaba de manera sesuda y meticulosa en un claro ejemplo del poder y la sugestión de la espiral del silencio. La verdad es que la tele colonizaba y monopolizaba nuestras conversaciones, hasta el punto de influir en los motes que poníamos a cualquier vecino que pasase en ese momento por allí o fuese un enemigo declarado de aquellas tertulias de noches estrelladas. A mí el mote que más me ponía era el de la Señora Flecher, una arpía que cada noche nos espiaba y apuntaba nuestros nombres en una lista para que al día siguiente nuestros padres supiesen a qué hora nos habíamos acostado. Yo siempre aparecía en aquel parte de sospechosos habituales. Las tertulias veraniegas iban menguando conforme los presentes causaban baja. El reto consistía en quedarse hasta el final, en ser el último que cerrase la reunión catódica. En mi caso tenía más mérito porque pocas horas después tenía que madrugar para acudir a clases de recuperación.

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Los días grandes.

Los días grandes de la Albufereta eran sus fiestas populares, que se celebraban a mediados de agosto. Eran tres días de jarana y francachelas lubricadas por el alcohol y el bueno rollo, un fin de semana largo en el que el paisaje urbano transmutaba a cuadro costumbrista. Las calles se engalanaban con luces de feria y farolillos de papel iluminados, el ambiente se impregnaba de aroma marino con las sardinadas que se hacían a cualquier hora del día, y por la noche, las verbenas animaban el cotarro con su mezcla de hits contemporáneos, canciones de Georgie Dann y pasodobles castizos. El complemento perfecto a todo aquel color y folclore era la fauna humana que se arremolinaba durante esos tres días de fiesta: desde el vecino de toda la vida (que para la ocasión lucía sus mejores galas), hasta el turista mesetario con pinta altiva y estirada, pasando por las hordas de guirufos de piel sonrosada y cara de roast beef, cuyas hijas con aire despistado eran inmediatamente detectadas por nuestro radar de ligues furtivos y desafortunados. En las fiestas de la Albufereta se celebraban intensos torneos futboleros, pero para nosotros había un logro superior a obtener cualquier gesta deportiva, que consistía en conseguir un ligue estival, un amor pasajero que al menos durara lo que una noche de verano. Aquella proeza decidía si las vacaciones habían valido la pena o no, te remitía directamente al bando de los ganadores o al patíbulo de los perdedores. Para tamaña empresa había que batirse el cobre, sacar a relucir todo el ingenio y las sutilezas que atesoraba la adolescencia.

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Había que echar mano de lo que alguien bautizó con el acertado nombre de ingeniería social, o lo que es lo mismo: beber sin parar hasta entonar el cuerpo y perder la vergüenza, y comenzar a bailar danzas simiescas con el fin de llamar la atención de la persona o personas que te gustasen. Teníamos tres tipos de baile, que o bien se realizaban de manera individual o bien se fusionaban indiscriminadamente dependiendo del grado de alcohol que llevases en el cuerpo. Uno era el robot, que consistía en mover los brazos y la cabeza simétricamente, con sincronizados movimientos autómatas; el segundo era el dj mimo, que no era otra cosa que emular a un pinchadiscos acercando la oreja a un hombro y mover las manos en el aire como si deslizases tus dedos sobre unos platos musicales, como el Air Guitar pero con una mesa de mezclas; y el último era el más arrítmico y espasmódico, una mezcla de break dance sin ton ni son que incluía el cortocircuito, el gusano y el moonwalker. Sin darnos cuenta habíamos creado un baile precursor al del chiquilicuatre, que años más tarde iría a Eurovisión con una coreografía más perfeccionada. Esto nos catalogaba directamente en el plano de artistas avanzados o incomprendidos para su época. Normalmente todo aquel espectáculo dantesco acababa mal. O bien te ibas a casa solo, o bien el estado etílico en el que te encontrabas te garantizaba un rollo duro de asimilar con un ser de rostro caballuno y perfil picassiano, convirtiendo la realidad en una experiencia surrealista y deprimente. Nuestra educación y formación sexual no daba para más. Nadie nos había explicado que la mejor manera de ligar con alguien era acercarte con tranquilidad y mantener una conversación normal. Algunos lo descubriríamos con el paso de muchos años.

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Mi primo Daniel.

Una de las principales cualidades de Daniel era su vis cómica. Mi primo era un tío sensacional, muy divertido, con un sentido del humor muy desarrollado, como si constantemente estuviera buscando las posibilidades cómicas que encierra cada momento. Ya se podía caer el mundo, que la imagen que proyectaba (o al menos yo la recuerdo así) era la de una persona con una sonrisa perenne en los labios, siempre predispuesta a hacer reír a los demás. Esto es propio de las naturalezas luminosas. Su forma de ser risueña y su visión sardónica de la realidad irradian buen rollo allá donde van, contagiando los sentimientos ajenos, incluidos los de los seres grises y con tendencia al ensimismamiento como era mi caso en la adolescencia. Daniel era muy teatrero. Tenía esa vena artística del clown que busca llamar la atención gastando bromas. Le encantaba el humor físico, la comedia de acción, muy en la línea del slapstick clásico. De repente, en una boda o en una reunión familiar multitudinaria fingía caerse por unas escaleras, o estamparse bruscamente la cara contra el marco de una puerta en medio de una marabunta humana. La gente cuando no conocía aquellos gags se quedaba realmente impactada, pero como solía repetir el mismo número varias veces en la misma velada, al final todo el mundo lo tenía calado y se partía el culo por condescendencia. Daniel combinaba este humor básico (las mejores escenas de Woody Allen son cuando el protagonista abre el botiquín y se le caen los medicamentos encima) con la parida refinada y elaborada, con el disparate ingenioso.

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Suya fue la idea de apuntarnos con seudónimos bizarros al campeonato futbolero que había en la Albufereta durante sus fiestas anuales. Con el transcurso de los veranos, el balón fue perdiendo fuelle, como no podía ser de otra manera su importancia disminuyó en nuestro radio de acción, y para restarle solemnidad, decidimos registrarnos en aquel torneo con los apodos más feos y grotescos que se nos pudiese ocurrir. De esta manera, de la noche a la mañana y durante tres días seguidos, nos convertimos en Ignacio de Marruzo, Daniel Socarrat y Miguel Ángel Salmoreig, entre otros apodos que homenajeaban al humor absurdo. Con esos nombres aparecimos en las listas oficiales de los equipos, que se publicaban en un enorme tablón situado en medio de la plaza para que todos los participantes de los diferentes equipos pudiesen comprobar con quién les había tocado. Como no dábamos puntada sin hilo, la gracia de esta broma residía en su largo recorrido. Realmente lo que a nosotros nos interesaba era la repercusión en la gala de entrega de trofeos. El momento cumbre venía cuando el speaker comenzaba a vociferar por el micrófono el nombre de los ganadores. De repente se escuchaba por megafonía “y el trofeo al máximo goleador es para …. Santiago Cuerpo Escándalo, un aplauso para él”. La reacción del público era una mezcla de perplejidad y carcajadas. Las risas iban in crescendo conforme se escuchaba por los altavoces: “por favor, Cuerpo Escándalo, suba al escenario”. Lo suyo era que lo repitiera como mínimo un par de veces más, de esa manera nos garantizábamos que las carcajadas retumbaran por toda la plaza. En ese momento uno de nosotros subía al escenario y recogía la medalla. La gente celebraba el troleo con algarabía y cerraba aquella comedia absurda con una gran ovación. La broma de los motes bizarros me influyó tanto, que durante los siguientes años la estuve repitiendo con diferentes matices en diversos ámbitos. La puse en práctica en la Universidad e incluso en un trabajo. Tiempo después del fallecimiento de mi primo, creé un programa de radio de contenido humorístico en el que el personaje principal era un tal Señor Marruzo.

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El bar de Toni.

Lo único bueno de septiembre era que comenzaba la Liga. Aquel mes era muy extraño. Ponía las cosas en su sitio. Te devolvía a la realidad de tu drama íntimo y familiar. Con el inicio del curso, mis amigos regresaban a su nido principal, y a mí me esperaban largos meses de hibernación en aquel cementerio nuclear que era la Albufereta en invierno. Una buena manera de finiquitar el verano era ver los partidos de fútbol todos juntos en el bar de Toni. Los últimos domingos de las vacaciones nos reuníamos allí para ver el partido de la jornada, que lo echaban en una tele de pago. Como de dinero íbamos justos y apenas consumíamos nada, el único que nos daba carrete era el viejo Toni, que tenía una tasca de parroquianos ubicada en los bajos de una finca de pisos turísticos. Toni era un tío muy especial. A la antigua usanza. Siempre iba vestido de la misma guisa. El pelo peinado con raya a un lado, unos pantalones negros de pinza y una camisa blanca con un bolsillo en el lado del corazón en el que se traslucía su paquete de tabaco. Era un uniforme típico de camarero, la armadura del guerrero que ha pasado mil batallas tras la barra de un bar. Detrás de aquella coraza uno podía encontrar a un buen tipo. Para quedarte en el bar de Toni tenías que ganarte su confianza. Esto no lo conseguía cualquiera. Se lograba con el paso del tiempo. Nunca el derecho de admisión tuvo tanto sentido. Con una sola mirada te calaba la personalidad, tenía un sexto sentido para ver en cada momento de qué palo ibas cuando cruzabas el umbral de la puerta. Si veía que le vacilabas, te la devolvía con creces. Toni era parco en palabras, pero rápido en 37


zascas. Nosotros, para alargar las escasas consumiciones que hacíamos durante los partidos, no parábamos de pedirle vasos de agua. Esto le ponía de los nervios. “¡¡¿¿Otroooo??!!!”, decía. “Toni pero si es el primero”. “A beber agua a tu casa”, sentenciaba rápidamente. Algunas tardes íbamos tan pasados de revoluciones que para minarle un poco la moral le gastábamos la broma de la bolsa de patatas. Como tenía una enorme estantería en la pared donde se apilaba una montaña de bolsas de diferentes colores y sabores, justo cuando se disponía a coger la que le habías pedido, le cambiabas de marca y le decías “de esas no, de las de más abajo”, y así durante un buen rato, como mínimo unas cuantas veces, hasta que se le hinchaba la vena carótida y soltaba “no me toques los cojones, niño”. Un día el bar de Toni apareció con un nuevo elemento estético que rompía el karma. Aquel objeto llamaba poderosamente la atención porque el interior de aquel bar era parejo a la personalidad de su dueño: una decoración sencilla, práctica, básica, en el mejor de los casos y utilizando un eufemismo, minimalista. Pero aquel cuadro de marco redondo contrastaba de manera sobresaliente con la blancura de las paredes y las sillas y mesas de madera. Se trataba de una serie de círculos concéntricos en blanco y negro que iban de mayor a menor y desembocaban de manera hipnótica en un punto central de color rojo. Aquello parecía invitarte a hacer diana con los huesos de aceituna. En un principio nadie dijo nada. Todos nos miramos con perplejidad y nos reservamos los comentarios conociendo el carácter del Toni. Pero conforme transcurría el partido, nuestra contención verbal para soltar alguna parida mayúscula se vino abajo, y de repente alguien se levantó de la mesa, y vociferó en medio del bar. -Toni, eso qué es, ¿para jugar a los dardos? -No, eso es para jugar con el coño de tu prima. Las carcajadas de la parroquia retumbaron por todo el bar hasta llegar a la la calle. Nos fuimos de allí con las orejas gachas y el rojo subido. Menos mal que se terminaba el verano.

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La última curva del camino.

Aunque venía de París, su imagen se alejaba mucho del prototipo de chica francesa que teníamos en nuestro imaginario durante la adolescencia. No tenía el pelo cortado a lo garçón, ni la piel clorótica, ni un acento meloso y sensual que te dejase perdidamente prendado mientras hablaba. Más bien era seca y espigada, de tez morena, rostro alargado y una cabellera rojiza que le llegaba hasta la cintura y conjuntaba muy bien con su atuendo rockero. Margot tendría unos 15 años, aparentaba un par menos que yo, y era la única de sus amigas que chapurreaba algo de español. Llevaba veraneando por allí unas cuantas semanas, pero nos conocimos solo unos días antes de que ella regresase a su casa. A finales de septiembre, justo cuando la bonanza climática torna en paisajes ocres y destemplados, coincidimos en los confines de la Albufereta, en la última curva del camino, donde ya no había nada asfaltado, y aparecía un inmenso descampado que como todos los de alrededor esperaba virgen a ser fagocitado por la piqueta y el ladrillo. En aquel páramo me vio con mi vieja camiseta de los Aerosmith y un walkman que asomaba del bolsillo. Se acercó y me preguntó qué música escuchaba. Le contesté que rocanrol. Estuvimos hablando un buen rato sobre nuestros grupos favoritos, y de repente extrajo una cinta de radiocasete de la mochila para que la pusiera en el reproductor. Apreté el botón del play y me dejé llevar. Con los primeros acordes de "Daughter" sentí un escalofrío. Cuando terminó la canción supe que pronto se

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convertiría en una obsesión. Fue lo más parecido a un flechazo. Aquella poderosa voz cargada de matices reunía por sí sola introspección, rabia y ternura, y suponía un billete de ida y vuelta idóneo para toda mi tralla mental. Con un solo click podía refugiarme en mi insilio y después volver a salir a la realidad cuando la música parase de sonar. Había encontrado la banda sonora perfecta para aquellas solitarias fugas nocturnas que intensificaría con el frío. La música siempre como asilo, como liberación de tu realidad hostil, como evasión de los sueños rotos y las ilusiones perdidas. Como entendió que me había gustado, supongo porque mi mirada me delató, me prestó la cinta con el fin de que me la grabase. Así lo hice nada más llegar a mi casa. Sin embargo, pasaron los días y no supe nada más de ella. No volvimos a coincidir en ningún otro lado, y el recuerdo de Margot se fue poco a poco evaporando. Han pasado veintiocho años desde aquel encuentro, y desde entonces Pearl Jam todavía sigue siendo mi grupo de cabecera. Me sigo emocionando como aquella primera vez con esa música compuesta para tocarte la fibra y quebrarte por dentro. Soy de los que se recrean una y otra vez en sus viejas canciones, en aquellos medios tiempos que van creciendo de manera gradual hasta erizarte la piel. Últimamente vengo escuchando mucho "Light years". La he vuelto a recuperar y la pongo a todo volumen en el altavoz. A día de hoy su melodía se ha convertido en una gran fuente de inspiración, en un viaje instantáneo al pasado donde imagino ver sesiones interminables en un cine de verano, escalar laderas de un monte milenario, jugar al balón incansablemente en cualquier rincón callejero, y compartir tertulias estrelladas alrededor de un banco con mis amigos. Veintiocho años después todavía atesoro en un cajón aquella cinta grabada. Todavía sobreviven en su superficie algunos trazos de bolígrafo que garabateé con la fecha, el nombre del disco y el del grupo. Aunque su carcasa de plástico se ha ido amarilleando con el paso del tiempo.

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De vez en cuando, en un arrebato de nostalgía, abro el cajón y miro la cinta. Sonrío. Nunca pensé que un encuentro tan casual y fortuito en medio de la nada pudiese tener tanta influencia en mi vida.

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El ejército de las sombras.

Creo que fue González Ruano quien dijo que las tardes en Cuenca eran como una bella tostada untada con mantequilla de muerto. Pocas veces he leído una descripción tan precisa sobre la languidez y el letargo que puede despertar un paisaje. Los inviernos de la Albufereta también proyectaban cierto encanto enfermizo. La vida allí tenía algo de pasajero, de temporal, como de remota gasolinera que presta sus servicios en una carretera secundaria. Veías a la gente un rato y después, durante un tiempo, ya no sabías mucho más de ellos. Si en verano aquel rincón bañado por el Mediterráneo tenía trazos de postal turística, el invierno era lo más parecido a una resaca, como cuando alguien amanece entre los restos de una fiesta dionisíaca celebrada en una casa inmolada por las libaciones de la noche. La Albufereta era durante largos meses un escenario perfecto para captar el instante mágico de la soledad. Si te gustaba coleccionar paisajes espectrales y con un poso melancólico, aquello era un regalo caído del cielo. Como los fines de semana había poco que hacer, pues mis amigos ya no aparecerían hasta las vacaciones, para no aburrirme pronto me aficioné a solitarias fugas nocturnas que comenzaban cuando el reloj apuntaba la medianoche. El entorno suele moldear el carácter de la gente, a mí me dio por una suerte de escapismo trasnochador jalonado por la música introspectiva y el morbo por huronear en lo oculto, en lo misterioso. Me ponía mi sudadera negra con capucha y mis vaqueros oscuros, enchufaba los walkman destartalados, y

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salía de mi casa a pies juntillas, sin apenas hacer ruido, preparado para jugar en el ejército de las sombras. Normalmente la primera parada eran los sitios donde unas semanas antes había estado con mis amigos, en un intento por captar y mantener vivo el recuerdo. Después me dejaba llevar hacia donde soplase el viento. Podía deambular horas y horas, sin rumbo fijo, con la única compañía de la luz de la luna y el cielo enlutado. La noche como territorio de fuga, como bálsamo para las heridas aún por cicatrizar. El final del trayecto siempre terminaba en cualquiera de las viejas casas en ruinas que había por los descampados. Siempre sentí una malsana fascinación por aquellos esqueletos de cemento y hormigón que se resistían a morir por el paso del tiempo. Me metía por dentro y contemplaba en silencio los trazos desmembrados. Vestigios de otra época que ahora representaban el triunfo del fracaso. También espejos donde mirarse para comprender lo que veía día a día, sutiles metáforas para el que sepa leer entre líneas...

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Encuentros en la tercera fase.

Durante el invierno, el mejor momento de la semana eran los sábados por la tarde. Normalmente solía desplazarme hasta el centro para visitar las tiendas de música que había alrededor de la vieja Estación de Autobuses. Desde la Albufereta hasta Alicante había unos 35 minutos en autobús. Dependiendo de la hora que fuera, podía coger la línea C1 o C2, que te dejaban en las entrañas de la ciudad. El trayecto en bus resultaba realmente estimulante. Por un lado, podía disfrutar de unas cuantas horas de libertad con respecto al abismo doméstico; por otro, podía cultivar una afición reciente que con el paso del tiempo se convertiría en una auténtica pasión: el rock. Realmente no sé cómo llegué a aficionarme por esta música. Quizá caería en mis manos algún vinilo de los grupos americanos que sonaban en las radiofórmulas por aquel entonces. Creo recordar que fue mi primo Hugo quien me prestaba algunas veces sus discos de Van Halen y Aerosmith, y luego yo los escuchaba en la intimidad de mi casa. El caso es que pronto me sentí atraído por la estética rockera, tan misteriosa y llamativa a la vez. Desde mi visión ingenua de la vida, ponerse una camiseta negra con un logo estridente de tu banda favorita suponía un acto transgresor que rompía con los cánones estilistas. Y claro a mi todo ese rollo me fascinaba. Del discurso no me enteraba mucho, pero por lo menos con aquel atuendo enlutado podía ser el centro de atención durante un buen rato. Como cualquier otra cultura, el rock también se compone de una ética, pero en honor a la verdad yo no llegaría a comprenderla y a conocerla en profundidad 45


hasta que aterricé años después por Valencia, donde un grupo de amigos geniales me acogieron sin ambages y me explicaron a conciencia lo que significaban en realidad esas cuatro letras, ese monosílabo de pronunciación contundente cuyo sinónimo más fidedigno es la palabra adrenalina. Por lo tanto, más atraído por la forma que por el fondo, durante mi adolescencia, muchos sábados por la tarde, me dejaba caer por dos tiendas de discos que para los melómanos representaban lugares de culto. Eran Discos Merlín y Discos UFO. Ambas estaban a menos de cincuenta metros de distancia, y ambas tenían esa decoración cargada y aturullada de cosas, como de desorden cómodo propio de un piso de estudiantes. La única diferencia entre Merlín y UFO eran sus dimensiones. Mientras la primera era larga y espaciosa, la segunda era de tamaño reducido, angosto, como si uno entrara en una caja de mistos. Mi preferida era Discos UFO. Seguramente sus proporciones reducidas le otorgaban a la tienda una atmósfera familiar y cercana para los coleccionistas de música, fueran nativos o foráneos. Nada más entrar podías oler la inconfundible fragancia a plástico y vinilo. Los discos estaban perfectamente enfundados y metidos en enormes cajoneras que se adosaban por todo el local. La decoración de las paredes se componía de desteñidos pósteres de bandas de rock y de conciertos míticos que en parte te recordaban la importancia de la historia de esa música. No recuerdo el nombre del dueño de Discos UFO. No sé si se llamaba Víctor o Armando, el caso es que el tipo era más bien bajito, de pelo lacio, casi gris, y hechuras anchas. Siempre que le preguntaban algo, ponía una expresión circunspecta, como de interesante, y lo explicaba todo de manera lenta y parsimoniosa, como si el tiempo allí no tuviera tanto valor. Yo al principio, en mi condición de neófito, no me atrevía a entablar ninguna conversación, más bien daba vueltas por la tienda y huroneaba entre las estanterías, pero siempre ponía la oreja para escuchar las interesantes conversaciones que había entre los parroquianos y el dueño, a ver si cazaba algo al vuelo para luego hacerme el interesante en el colegio. Eso sí, cuando

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hablaban de ediciones descatalogadas y discos importados de Japón todo me sonaba a chino. Creo que fue de esta manera como conseguí una pieza codiciada que todavía escucho a menudo. Era (y es) un disco especial por la simbología y el sonido que proyectaba, en las antípodas de los álbumes que hasta la fecha había grabado su autor. El Nebraska de Bruce Springsteen es uno de mis discos favoritos porque todo suena casero, auténtico, instantáneo, sin grandes alaridos y sobrado de alma, como si alguien se encerrase en una habitación durante un mes y la inspiración le acompañase en cada momento. Las canciones basculan entre el rock más clásico, cargado de rabia, y los temas intimistas. En muchas de sus letras, con el paso de los años, encontré parte de la solución a mis problemas. Cuando lo pongo en el tocadiscos, con toda la liturgia envolvente y sensorial que eso conlleva (sonidos, texturas, aromas y fotografías), la música suele parar el tiempo y todavía me dejo llevar por esa pasión analógica.

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El yonki ilustrado.

Durante aquellos infinitos viajes en bus entre la Albufereta y Alicante practicaba a menudo el papanatismo. Me colocaba los auriculares de mi walkman, ponía alguna cinta de música que acabase de comprar y observaba con detenimiento los paisajes bañados en salitre que me ofrecían los enormes ventanales. Podía tirarme en aquel estado absorto, casi catatónico, los treinta y cinco minutos que duraba el trayecto. Para mí era una adicción. Dejaba que mi mente vagase sobre cualquier pensamiento pasajero y que la realidad se transformase en un vuelo sin motor. Recuerdo aquellos incontables viajes en bus con cierta nostalgia. Normalmente solían ser monótonos y tranquilos, pues la línea que unía el centro con la periferia costera resultaba casi fantasmal en pleno invierno, pero de vez en cuando te tocaba experimentar en primera persona alguna historia cercana al realismo sucio. Quizá el relato más inquietante fue en un trayecto nocturno en el que la presencia de pasajeros era mínima. Un tipo con pinta de enterrador se subió en una parada solitaria en donde lo único que se vislumbraba era una marquesina desvencijada en medio de un descampado. Era una figura larga, enjuta, y algo desgarbada, como un alambre fino y desgatado que está a punto de quebrarse. Lo realmente perturbador era su vestimenta, que parecía amortajada, como si ya no tuviese color por los embates del tiempo y la suciedad. De su ropa destacaba un abrigo tres cuartos que un día fue de color oscuro

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y una mochila incolora y ajada que le colgaba de un hombro. Cubría su cara con una gorra y un pelo largo y desaliñado. De su rostro asomaban pequeñas pupas como un acné mal curado. Nada más verlo me entró el canguelo y mi frente se inundó de pequeñas gotas de sudor frío. Por precaución guardé rápidamente los auriculares y los walkman en un bolsillo. Tardó cerca de cinco minutos en sacar la calderilla y pagar el billete, lo que provocó las quejas del conductor. Después arrastró su triste osamenta hacia el fondo del autobús con largos y pesados pasos. Parecía que le iba la vida en ello. En aquel desplazamiento a cámara lenta nuestras miradas se cruzaron y enseguida comencé a rezar para que no se sentase a mi lado. Quizá fuéramos cinco pasajeros contando al busero, pero el tipo vio la inquietud en mis ojos y se colocó en el asiento contiguo, dejándose caer poco a poco con la lentitud cimbreante de un gusano. En los primeros minutos me quedé inmóvil hasta conocer sus verdaderas pretensiones. Después, él fue reptando por su asiento hasta incorporase y comenzó a desabrochar la mochila que se puso en el regazo. La tensión del momento motivó que mi imaginación se disparara. De reojo le miraba para ver qué quería sacar de sus pertenencias. Pero como era lento en sus movimientos, yo lo único que sacaba en claro era el ruido de unas bolsas de plástico. En esas me pareció ver el destello de un brillo metálico, pero luego me di cuenta de que se trataba de un efecto óptico. Removía y removía el interior de la mochila como si se tratase de la chistera de un mago, hasta que de repente extrajo el objeto que andaba buscando con ahínco. Era un libro, de formato de bolsillo y tapas amarillentas. Me sorprendió tanto que me quedé fijamente mirándolo. Él se percató de que no le quitaba ojo

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y de nuevo nuestras miradas se volvieron a cruzar. En la portada se podía leer el título "Peleando a la contra". Sus primeras palabras pastosas rompieron el clímax. Ahí pude comprobar que además le faltaban parte de los piños. -Es de un poeta que se llama Bukowski, ¿lo has leído? Apenas pude balbucear que no. Yo por aquel entonces no leía ni las etiquetas de los champús en el cuarto de baño, así que no tenía ni repajolera idea de quién me estaba hablando. Mi afición por la lectura vendría años después, mientras estudiaba periodismo en Valencia. -Sus novelas están bien, pero sus poemas son realmente buenos. Te agarran por los huevos y no te sueltan hasta el último verso. Yo asentía a todo sin decir palabra, quizá esperando a que llegase mi parada y pudiese salir de allí bien parado. -Mira esto...El silencio suena como una campana muda...O la vida pasa como la mierda río abajo...¿no te parece brillante? Me encogí de hombros, haciendo ver que no tenía ni idea. Después él siguió hablando de aquel escritor maldito como si fuera su verdadero biógrafo. Me hablaba de sus novelas, de su poesía, pero también de la ternura que suscitaban sus cuentos, dándome la primera lección magistral de literatura un yonqui ilustrado. Así estuvo un buen rato hasta que el autobús llegó a mi destino. En ese momento, me levanté de manera sigilosa y sin hacer ruido para no molestarle demasiado. Él se percató de que me iba a bajar, echó hacia atrás sus pies y el resto de su cuerpo para cederme el paso, y después se despidió de mi con un ligero movimiento de cabeza. Yo le correspondí. Bajé del autocar y puse los walkman para que me hiciesen compañía hasta llegar a mi casa. Comencé a pensar en todo lo que había sucedido. En los auriculares sonaban los primeros acordes de la canción "Like a rolling stone". Mientras caminaba, ya de noche, comencé a darle vueltas al significado

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del estribillo.

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La casa de mi abuela.

La casa de mi abuela estaba situada en la castiza calle Calderón de la Barca de Alicante, una de las céntricas arterias que componían el viejo ensanche de la ciudad. Por fuera tenía una fachada modernista propia de entresiglos, por dentro se componía de una interesante vetustez. Los techos altos contrastaban con el escaso espacio de la mayoría de las habitaciones, las paredes estaban empapeladas a base de estampados al más puro estilo peli de Almodóvar, un espejo de marco dorado refulgía a mitad de pasillo, y un retrato fotográfico de mi preciosa madre gobernaba el comedor. De pequeño había un salón que siempre me dejaba fascinado. Su ambiente desprendía cierta tenebrosidad. Extraños jarrones con forma de figura humana se asomaban en lo alto de un mueble de dimensiones considerables, y en la oscuridad de la noche, mientras visionaba alguna peli en VHS, parecían diminutas gárgolas de ojos desorbitados que me miraban fijamente. Con el paso de los años comprendí que aquellos objetos grotescos de porcelana delataban la profesión de mi abuela, que tenía un baratillo en una calle umbría donde vendía bagatelas y muebles de escaso valor. Recuerdo haber pasado muchos fines de semana de mi infancia en la casa de mi abuela, allí, durmiendo junto a ella y sus ronquidos, que cuando se solapaban con el run-rún pasajero de los coches componían una nana disonante que me dejaban plácidamente dormido. Algunas veces, cuando me levantaba temprano por las mañanas, acudía raudo y veloz a la habitación de mi tío, y mientras él dormía a pierna suelta, yo le birlaba sus revistas 53


porno y contemplaba con fruición aquellas historias rijosas que te transportaban a otra dimensión. Tras varios años vacía y desocupada, el último verano antes de irme a Valencia a estudiar, decidí convertir la antigua casa de mi abuela en mi cuartel general, al menos durante unos meses. Con la ayuda de unos amigos de toda la vida, le dimos lustre que no esplendor, y la mondamos de roña y suciedad, con el propósito de que fuese lo más parecido a un picadero, a ver si así alguno de nosotros ligaba aunque fuera por equivocación. El intento fue en balde, pues por aquel entonces pertenecíamos al lado perdedor del folleteo ocasional, y el único polvo al que tuvimos acceso durante todo ese tiempo fue al de las partículas turbias y densas que se instalaban en nuestras napias y pestañas mientras dormíamos, que convertían las legañas y los mocos en sólidas estalactitas al despertar. Como de sexo catamos muy poco, finalmente la casa de mi abuela se convirtió en una especie de refugio para colegas alcoholizados, a los que me encontraba casualmente por la calle tras quedarse rezagados en la confusión de la noche. Algunas veces mi labor era parecida a la del furgón escoba de la vuelta ciclista, pero en vez de llevar ciclistas descolgados, arrastraba hacia la casa de mi abuela a lo peor de la fauna nocturna. Desde la perspectiva, veo que tampoco había mucha diferencia, pues unos y otros iban totalmente dopados. Dicen que las casas antiguas son libros abiertos con miles de historias fascinantes que contar. Para mí la casa de mi abuela es como un cuento costumbrista que viaja hasta las entrañas de lo doméstico y donde no faltan personajes de naturaleza barroca cuyas extravagancias no valoré en su debido momento, y ahora comienzo a extrañar y apreciar con el paso de los años.

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Un amor no correspondido.

Hasta cierta edad, siempre fui muy temeroso con las chicas, sobre todo con las que me gustaban. Para mí, en plena adolescencia, el universo femenino era territorio desconocido, coto vedado, un terreno pantanoso donde sabía que mis flaquezas y debilidades se iban a airear, y mi enclenque personalidad a saltar por los aires en mil pedazos. Cada vez que me acercaba a alguna chica que me hiciese tilín y me atrevía a decirle algo, enseguida nacía en mí el lado senil, amnésico, medio mongólico, el que me sale los días de resaca, olvidándome de las palabras justo cuando más las necesito e intercalando cada frase con muletillas y exclamaciones sordas del tipo: "Eeehhhhh.....Ummm......pues, no se ha quedado mal día ¿no?....eeehhh.......ummmm". Menos mal que ellas, en un extraordinario ejercicio de alquimia, convertían aquellas incipientes conversaciones de ascensor en un diálogo medio normal y agradable. Esta deficiencia en mi educación sentimental es debida en gran parte a mi paso por un colegio de curas durante catorce años. Cuando le cuento a mi mujer que la primera vez que hubo chicas en mi clase fue en primero de bachillerato, ella me mira con cara de asombro, como si le estuviera vacilando, o como mínimo contándole una historia de ciencia ficción. Pero la triste realidad era esa. Aunque suene a lejano y retrógrado, no hace mucho, algunos niños en cuanto a aprendizaje sexual vivíamos en una especie de armario apolillado repleto de bolitas de alcanfor. Y claro esa mala educación sumada al confinamiento de la Albufereta durante los inviernos me provocaron una auténtica disfunción hormonal, con55


virtiéndome en un retarder recalcitrante en tejemanejes amorosos. El resultado más inmediato fue que aquel camino recto que preconizaban los curas pronto se comenzó a torcer, y mi expediente académico, impoluto hasta octavo de EGB, se llenó de enormes letras emes color rojo en forma de zigzag. Las únicas materias que sacaba adelante durante el curso eran gimnasia y religión, asignatura esta última en la que había aprobado general. La consecuencia a largo plazo fue que durante buena parte de mi edad adulta abrazaría con todas mis fuerzas la concupiscencia y el deseo carnal. El sexo es quizá junto a la comida el mayor placer que hay en la vida, y aquella milonga del pecado original que me venían contando la verdad es que nos jodió a unos cuantos durante muchos años, sobre todo en una edad plagada de dudas, miedos y contradicciones importantes. Pero no adelantemos nada todavía. El caso es que a pesar de mi escaso conocimiento de las chicas, uno tenía su corazoncito, y escondido en él un amor platónico que duraba ya unos cuantos veranos...Por aquella chica sentía una doble atracción, una real y otra ficticia, que por las noches mutaban en una fantasía húmeda y libidinosa. Me explico, la chica era el vivo retrato de un personaje televisivo que me embaucó desde el primer momento. Y esa fascinación catódica motivó que la idealizara al cuadrado, viviendo en una dualidad realidad/ficción cada vez que la tenía delante, y confundiendo continuamente la persona con el personaje. Era morena, con un corte de pelo estilo chico, una cara bonita y una silueta de formas apolíneas. Parecía la encarnación de la protagonista de la serie "Doctor en Alaska". Y claro, en aquella película que me monté, yo era Joel Fleischman, ella Maggie O´Conell, y la Albufereta nuestro Cicely particular. El problema era que no sabía cómo acercarme a ella ni expresarle mis sentimientos. Y como por aquel entonces desconocía la existencia de las novelas de caballerías, elegí como manual de amor los capítulos de esta serie con tintes de realismo mágico, a ver si por arte de magia conseguía de alguna manera colgar mi armadura en su portal. En un principio pensé en utilizar los consejos de amor que locutaba Chris Stevens en su programa de radio.

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Los fui apuntando en una libreta en la intimidad de la noche, que era cuando emitían la serie, con el fin de memorizarlos durante los días siguientes. Pero cuando llevaba un par de folios llenos de metáforas inclasificables, caí en la cuenta de que aquello era demasiado sesudo e impostado. Además se me iba a olvidar en el momento cumbre debido a los nervios. Así que lo que hice finalmente fue seguir al pie de la letra una de las tramas de los episodios. Era el capítulo en el que el propio Chris se sentía devastado por un amor no correspondido. Pero en lugar de lamerse las heridas, lo que hizo fue acudir directamente a preguntarle a la chica por qué motivos no se sentía atraída por él, un tipo guapo y atractivo que se llevaba a todas (y todos) de calle sin despeinarse. Aunque esta idea fuera quizá más descabellada que la anterior, a mi me pareció la mejor opción para resolver de una vez todo el embrollo que tenía. Además, como era mi último verano en la Albufereta, ya no tenía nada que perder. Así que continué con ese flujo narrativo y me planté donde vivía mi primer amor platónico para resolver nuestra tensión sexual a puerta gayola. Y lo que sucedió fue lo siguiente: estuve esperando en los bajos de su finca durante una hora, allí parado, como un burro amarrado a la puerta de un baile. Y cuando por fin apareció, lo hizo más sexi que nunca: vestida escuetamente para pasar un día caluroso en la playa. Mientras me aproximaba a ella poco a poco, me iba fijando en su minúsculo traje de baño, y aquello ciertamente me desorientó. Y justo cuando estaba a punto de pronunciar su nombre: "Hola....Criiss...", me entró el miedo escénico... e hice el mejor regate jamás soñado, el que tanto había practicado durante los innumerables partidos de fútbol en la Albufereta y nunca había logrado conseguir: la cola de vaca de Romario. Pivoté sobre mi posición unos cuantos grados, me deslicé suavemente hacia un lado, concretamente hacia el que no había nadie, y me puse a saludar a una persona imaginaria para salir del paso. “Hola, Cristóbal...¿sabes si estos van a quedar más tarde?”. Ignoro cuál fue su reacción. Yo, a pesar de mi derrota, me fui contento. Aunque no conseguí hablar con ella, al menos no le comenté nada acerca de la meteorología y el buen tiempo..

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Mi guardián entre el centeno.

Todavía después de veintitantos años, algunas noches me desvelo y sigo dándole vueltas a la misma pregunta: ¿cómo una persona tan buena puede morir tan joven? La única respuesta que me consuela un poco me la dio un amigo, poco tiempo después de que tú desaparecieras, en una llamada telefónica de esas que se quedan grabadas a fuego: los mejores siempre se van primero. Ignoro si existe el más allá, para una persona que ya solo cree en el aquí y en el ahora, y cuyo único precepto religioso son los pequeños placeres terrenales, se hace difícil, por no decir imposible, pensar en la idea de que nos volvamos a ver en cualquier otra circunstancia. Como dijo aquel, seguramente lo más cercano que haya del paraíso sea lo que tenemos delante cada día, aunque nuestra ceguera y orgullo nos impida apreciarlo en su justa medida, y muchas otras veces algún que otro desgraciado se empeñe en convertirlo en un continuo valle de lágrimas. Quizá suene algo pretencioso, pero me da a mí que la única forma de volver a encontrarnos sea a través de estas líneas. Si algo bueno tiene la literatura, o simplemente la escritura, o como quieras llamar a este código, es que tiene la potestad de inmortalizar a los personajes mientras exista un solo lector que los siga disfrutando. Y esa es la mayor razón por la que me inicié a escribir esta aventura titulada Malditos recuerdos. Solo la idea de resucitarte literariamente supone un acto de redención difícil de superar. Recuperar tu memoria, aunque solo sea parte de ella, quizá sea el ejercicio más terapéutico que haya experimentado en mucho tiempo. Y ya te

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adelanto que es por puro egoísmo, pues miro más por mí que por otra cosa, lo que en cierta manera también me hace sentir culpable, pero no conozco otra manera mejor de llenar un vacío, de intentar comprender la irracionalidad y el dolor, en definitiva, de exorcizar mis demonios. Si en el anterior texto perfilé tu lado más simpático, ahora me gustaría hablar de cómo eras realmente en la intimidad, de los sentimientos que proyectabas en la cercanía. Todo esto va a sonar a hagiografía pueril y cargada de tópicos, pero escribir cada una de las siguientes palabras no deja de provocarme un sincero desgarro, donde cada letra representa una vorágine de sentimientos, y la única manera de mantener la distancia es figurarme abrazado fuertemente a un mástil imaginario hasta que pase la tempestad. Pocas veces he conocido en mi vida a una persona con tanta bondad. Realmente no sé cómo lo conseguías, pero quizá fueras una de las pocas personas, por no decir la única, con la que me sentía tranquilo, con la que podía ser yo mismo. Lo de las risas y las bromas estaba muy bien, pero a mí, en el fondo, me molestaba que solo te asociasen a esa realidad. Lo mío por supuesto eran celos. Porque si hay una cosa que sentía en tu compañía era calidez, protección y cariño. Y quizá en aquellos momentos convulsos de la adolescencia yo lo necesitase bastante. Es verdad que últimamente ya no nos veíamos tanto y que poco a poco nos fuimos distanciando, cada uno vivía en una ciudad diferente y con proyectos distintos, pero solo era distancia física, pues a menudo me ponía a recordar todo lo que hacíamos juntos, especialmente aquellas interminables caminatas por la Albufereta en búsqueda de aventuras y rincones todavía por descubrir, en las que tú hablabas mucho y yo más bien poco, pero en las que no me importaba escuchar lo que te preocupaba. Y fue en esos paseos donde me di cuenta de lo mucho que te llenaba ayudar a los demás, fuese cual fuese el problema. Y esa era tu verdadera cualidad: la solidaridad. Con todo esto me despido de ti. Adiós Daniel, mi cómplice, mi guardián entre el centeno, aquel que con su mano evitaba que me precipitase por

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el abismo, mi paño de lágrimas, el umbral donde con cada paso desaparecía el miedo y la hostilidad doméstica, mi hermano, te quiero, hasta siempre. Quizá solo fuéramos piedras, tu luz nos convertía en estrellas. *

* Estribillo de la canción "Light years". Binaural. Pearl Jam.

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Un viaje de ida y vuelta Y de repente un día te despiertas y compruebas que tu mundo tiene la misma consistencia que una pompa de jabón. Y ese mismo día decides pinchar aquella burbuja de ira, tormento y desafecto para poder seguir respirando, aunque tus posibilidades de sobrevivir sean escasas. Y buscas refugio en esa huida, pero el paso del tiempo te coloca en tu lugar, y ves que es la misma novela con diferente decorado: en cada esquina que pisas aparece una señora llamada Soledad que te coge de la mano para que deis un largo paseo. Y en ese peregrinaje hacia la nada, el miedo y la angustia te atenazan, pero mejor decides sacarle brillo a tu coraza de hierro para que nadie se entere de que en el fondo eres un niño perdido en medio de una ciudad de adultos. Y poco a poco tus noches se convierten en una canción de Quique González, con sus vicios, remordimientos y plegarias. Y sueñas con ser El jugador de Dostoyewski, y en erigirte en el estandarte de los ofendidos y los olvidados, pero el intento resulta en vano y la caída es tan estrepitosa que es imposible continuar escapando. Y entre sollozos y disculpas regresas a aquella burbuja hermética y cerrada. Y la Ira, el Tormento y el Desafecto te esperan en el mismo lugar donde los habías abandonado. Y de repente te das cuenta de que todo lo que has hecho no sirve para nada. O quizás para muy poco.


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Capítulo uno de Malditos Recuerdos by info-estudiocreativonachoalted - Issuu