Malditos recuerdos © Ignacio A. Orts Ilustraciones de la cubierta e interiores: Francisco Poveda Primera edición: Diciembre 2021 © editorial Estudio Creativo Nacho Alted C/ La Paz. 35 18810 | Caniles | Granada www.estudiocreativonachoalted.com info@estudiocreativonachoalted.com
Textos Ignacio A. Orts Ilustraciones Francisco Poveda
Que qué le diría a los jóvenes escritores. Que vivan intensamente y de manera original, sin escuchar consejos de nadie en una primera etapa. En una segunda etapa, que adquieran una técnica de expresión literaria que les permita comunicar fluidamente las emociones de la etapa inicial. ANTONIO SKÁRMETA
Nacido para correr. Algún día llegaremos a ese lugar al que realmente queremos ir. Hasta entonces, hemos nacido para correr. Born to run. Bruce Springsteen.
Cuando falleció mi primo Daniel yo ya sabía que iban a producirse un par de cambios importantes en mi vida. El primero fue salir de aquella burbuja doméstica que no me dejaba respirar. El segundo fue abandonar la carrera de periodismo que estaba estudiando en Valencia. Aunque había llegado hasta el último curso y me quedaban una docena de asignaturas por aprobar, entendí que dedicarle más tiempo a unos estudios que me fueron decepcionando paulatinamente ya no tenía mucho sentido. La mitad de las asignaturas de esa carrera comenzaban con el epígrafe “Iniciación a…”, y a uno le daba la sensación de completar constantemente un proyecto insustancial, una formación precaria en la que apenas había especialización. Pero ojo, una cosa es abandonar unos estudios que ya no te estimulan, y otra muy diferente es perder la ilusión por querer seguir aprendiendo. Y a mí esto último nunca me ha sucedido. Hasta en los momentos más complicados he tenido presente ese estímulo. A mí siempre me ha gustado poner la oreja y en la medida de lo posible empaparme con los conocimientos de los demás, o aventurarme en nuevos proyectos e intentar crear patrones con esas experiencias para saber hasta dónde puedo llegar. La escritura de este libro nos puede servir de ejemplo. Y en ese momento de mi vida lo que necesitaba era eso. Dejarme de tanta teoría y ponerme a prueba para saber si de verdad me podía dedicar algún día al periodismo. Y lo que hice fue materializar un viejo sueño que me rondaba desde pequeño: crear un programa radiofónico.
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El problema era que el amor que sentía por la radio no era recíproco. Digamos que mi técnica en experiencias radiofónicas anteriores no era muy refinada: apenas vocalizaba bien, el rigor y la tensión del momento me bloqueaban, y la timidez pronunciada motivaba que las palabras me abandonasen justo cuando más las necesitaba. Pero a pesar de todo, yo tenía la certeza de que podía camelarme la radio gracias a un arma seductora e infalible: el humor. Siempre he pensado que la risa (además de ser balsámica) es revolucionaria, es decir te lleva a cualquier parte, y que es precisamente en los momentos más trágicos, con la amargura aún supurando, cuando uno agudiza el ingenio y crea ideas brillantes e hilarantes a base de reírse de todo y de todos, y por supuesto de uno mismo. Así que sin ningún tipo de pudor, con mucho que ganar y poco que perder, me puse a escribir guiones radiofónicos para un programa que bauticé con el nombre más divertido que se me ocurrió: La inteligencia me persigue, pero yo corro más. Con ese título ya teníamos medio partido ganado. Con el objetivo de hacer realidad y sobre todo darle recorrido al programa llamé a un par de compañeros de facultad con un talento natural fuera de lo común. Ambos tenían un sentido paródico tremendo. Uno era Juan, con una enorme vis cómica, improvisador nato, imitador profesional, capaz de recrear cualquier voz que le propusieses, que le daba a todo aquello un punto de teatralidad perfecto para que la función no decayese. Y luego estaba Tur, la personificación de la causticidad y la acidez. En realidad Tur intervenía dando vida a un personaje ficticio de trazos fascistoides y rancios, pero lo humanizaba de tal manera que al final todo el mundo se encariñaba con él. El personaje del Doctor Heredia fue un acierto. Estaba basado en la personalidad ególatra de un profesor de la carrera de voz engolada y gustos casposos, que en nuestro programa hacía las labores de cicerone con los invitados que entrevistábamos. A los invitados les pedíamos fuera de antena que siempre le siguiesen el rollo para crear durante la entrevista un halo de complicidad. Con el paso del tiempo, la aparición del Doctor Here-
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dia se fue convirtiendo en el momento estelar. Yo por mi parte me puse un seudónimo bizarro en homenaje a mi primo Daniel: el Señor Marruzo. La inteligencia me persigue, pero yo corro más se emitía los jueves por la tarde en la radio local de Picassent. A mí me llevaba una semana escribir los guiones y completar las labores de producción. Estaba estructurado en tres partes: un noticiario irreverente donde se repasaba la actualidad (nuestras fuentes de información poco fidedignas procedían principalmente de la portada de Noticias del Mundo, algo así como el padre del Mundo Today actual); una sección de entrevistas: un tercer grado de andar por casa al que se prestaban profesionales consagrados del medio como Pablo Motos, Gomaespuma (estos eran los reyes del mambo en los noventa), Florentino Fernández, Sergi Mas, Ramón Palomar, etc. Y una última parte donde rendíamos tributo mediante cortes de voz y análisis sesudos a las películas de Esteso, Pajares, Ozores, Terence Hill y Bud Spencer. El propósito siempre fue hacer reir. Estuvimos emitiendo aquel programa durante todo un invierno. Yo guardo grandes recuerdos y tengo constancia de que a mucha gente le gustó. Con cada emisión, la función iba mejorando. Al final de la temporada, editamos un cedé con los mejores momentos, y maquetamos una portada absolutamente surrealista en la que aparecía Fernando Esteso disfrazado de picador con una ristra de ajos colgando de la mano. Aquel cedé que sintetizaba toda la esencia del programa lo estuve repartiendo durante meses por las emisoras de Valencia. Y al final la flauta sonó. Me cogieron como becario (sin cobrar claro está) en la extinta Radio España de la capital del Turia. Además el espacio radiofónico lo conducía uno de los columnistas literarios de moda por aquel entonces. Para mí supuso un pequeño triunfo, sobre todo teniendo en cuenta de dónde venía. Y de esta manera, con aquella experiencia dramática que luego tornó en catártica, nació mi otro yo, una nueva personalidad no sé si mejor o peor que la otra, pero que ya no estaba dispuesta a esperar a que sucediesen las cosas. Mejor ir a por ellas. Un ser también, como dice la canción, que había nacido para correr.
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Pulimento enjoyado.
A medida que iba perdiendo el interés por la carrera de periodismo, fui enamorándome perdidamente de un género periodístico que ensamblaba en una columna la literatura y la actualidad: el artículo. Aquello fue un amor a primera vista, un flechazo, uno de esos momentos en los que se te abre el cielo y comienzas a atisbar un halo de luz. Visto desde la distancia, me atrevo a decir además que ha sido también un amor duradero, una relación persistente y cultivada en la que apenas ha menguado la pasión, lo que te lleva a pensar también que existe ese concepto tan manido como enigmático como es el destino. Desde el primer momento intuí que el artículo era otra cosa. Por supuesto que exigía conocimiento y reflejos, pero no se prestaba al juego de la inmediatez y la celeridad de otros artilugios comunicativos. La naturaleza mestiza del periodismo literario motivaba que su práctica estuviese más asociada a la observación, a la reflexión, a una escritura más pausada y calmada, quizá como mi carácter, siempre con una capa de barniz protector para que los textos brillen y perduren con el paso del tiempo. Y aunque fue un amor instantáneo, nuestro primer encuentro no fue nada romántico. Descubrí el periodismo literario a través de unas tristes y ennegrecidas fotocopias que repartía un profesor en clase. Aquellos textos que tanto me impresionaron venían firmados por Juan Marsé, el escritor recientemente fallecido. Se trataba de una serie de perfiles literarios de personajes famosos en los que Marsé debía retratar su esencia solo con la ayuda de una fotografía. Era como un juego. Como si tuvieses delante un cuadro y te
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invitasen a interpretarlo. Marsé pintaba con las palabras. Sus descripciones estaban cargadas de lucidez, profundidad y recorrido, siempre con un punto de causticidad para hacer más amena la lectura. Creo que fue Josep Pla quien se aventuró a decir que en la literatura lo más difícil es describir, mucho más que opinar. En este sentido Marsé era un digno alumno de la escuela del autor de El cuaderno gris. Era increíble cómo perfilaba minuciosamente las caras y los trazos físicos de los retratados. Iba mucho más allá de la apariencia. Parecía un cirujano de pulso lírico y férreo. Deslumbrado, me llevé los oscuros folios a casa y los estuve releyendo una y otra vez. Más tarde me enteré de que los retratos de Marsé venían recopilados en una diminuta edición de Tusquets de los años ochenta. Se trataba de una recopilación de escritos publicados en el diario El País. Me puse mi disfraz de arqueólogo y estuve buscando el libro una buena temporada entre las librerías de viejo que había alrededor de la singular plaza Redonda de Valencia. Esa búsqueda de la pieza codiciada era ya de por sí un acto estimulante y adictivo. Pasar horas y horas callejeando por viejas arterias urbanas, al más puro estilo flânerie baudeleriano, era un vicio que todavía practico a menudo a día de hoy cuando aterrizo en una ciudad grande. Siempre me intriga saber lo que hay al doblar la esquina. Así que buscando y buscando fue como un día encontré aquel libro. Lo localicé en una librería de lance de la Calle de Sant Ferran. Estaba apilado en una montaña de libros que amenazaba con caerse. Era diminuto, con las tapas grises y tenía el nombre de Señoras y Señores. La portada aparecía ilustrada con un dibujo de Juan Marsé ataviado de demonio rojo. Por supuesto todavía descansa en una de las lejas de mi biblioteca itinerante. De vez en cuando lo releo y el diablillo de la portada me guiña un ojo. Sus retratos literarios no han perdido ni un ápice de fuerza ni de interés. La escritura de Marsé, como diría Ruano, es puro pulimento enjoyado.
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Cinelandia.
Valencia poseía tanta personalidad que no se conformaba con mostrarte una sola cara. Su carácter era tan enérgico y vigoroso que la ciudad se sentía más cómoda en la dualidad. Para empezar había dos lenguas, y por consiguiente dos culturas; dos maneras casi antagónicas de pensar y vivir, una azul y otra roja, con sus diferentes tonalidades dentro de ese arco cromático; dos equipos de fútbol en la élite, y un par de potentes cabeceras periodísticas que sintetizaban toda esta bipolaridad. Por si fuera poco, la ciudad estaba dividida en dos partes, cada una de ellas a un lado del antiguo cauce del río, también bastante diferentes y que solo se unían y se daban la mano a través de los magníficos puentes que recorrían toda la ciudad. Por supuesto, hablo de la Valencia que yo conocí, la Valencia anterior a la era Calatrava, una urbe que todavía no padecía la fiebre de los proyectos faraónicos, y que te invitaba a pasearla y recorrerla continuamente gracias a su luz, su arquitectura mestiza (resultado de muchos siglos de efervescencia cultural) y un clima aterciopelado que te iluminaba el espíritu y te empujaba a descubrir rincones ocultos a simple vista. En mi última etapa en Valencia me aficioné a rutas con cierto encanto, y a otras con un escenario mucho más prosaico. De todas ellas, quizá mi preferida era la que ponía en práctica los miércoles por la tarde. No era un paseo muy largo. Tampoco excesivamente romántico. Lo más exótico que te podías encontrar por el camino era una pajarería 75
con agapornis y cacatúas fluorescentes en el escaparate, alguna que otra papelería de barrio o un bar con terraza esquinera donde podías pararte a tomar café mientras hojeabas el periódico. Sin embargo, aquellos paseos estaban cargados de emoción porque su destino, el final de la escapada, estaba asociado a una de mis grandes pasiones: el cine. En este sentido, la ubicación de mi piso de estudiantes me hacía sentir un auténtico privilegiado. A menos de media hora de pateo de la Plaza del Cedro había tres o cuatro cines, multisalas cinéfilas que iba alternando dependiendo de la cartelera del momento y que visitaba una vez por semana con el estoicismo de un peregrino. Estaba el Babel, el Albatros y el Aragón. Ignoro si existen todavía. Quizá alguno a día de hoy tenga el honor de ser el último ejemplar en su estirpe. El cine Aragón tenía una particularidad especial. Estaba ubicado al principio de la kilométrica Avenida del Puerto, una de las enormes arterias que vertebraban la ciudad. Casi hacía chaflán. El aspecto de este cine era menos elegante que el del Babel o el del Albatros. Se trataba de un edificio con varias habitaciones desniveladas que hacían las labores de salas de proyección. Una de esas salas era particularmente pequeña, minúscula, y ofrecía títulos de películas que normalmente no tenían cabida en cines más comerciales, pues su cartelera era más alternativa. El espacio era angosto pero acogedor. Y si se daba la casualidad de que en aquella proyección no aparecía nadie más, tenías el privilegio de visionar una película a solas en una gran pantalla. Ese momento para un cinéfilo tiene un gran valor. Y quizá también algo de onanismo, de paja mental. Soy de los que piensan que el cine es una prolongación de la literatura. Y la misma relación hay entre leer un libro y ver una película. Al final es una historia que solo te están contando a ti. La lectura es un ejercicio solitario que acompaña la soledad. Creo que en el cine pasa algo parecido.
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Fue precisamente en esa época en la que surgió mi adoración por las películas de Woody Allen. Fue un hechizo instantáneo que me llevó durante los siguientes quince años a tener una cita anual con el cine del director neoyorquino. Es difícil no sentirse identificado con ese personaje neurótico, comecocos, melancólico, patán y absolutamente risible que interpreta Allen. Umberto Eco lo definió como un payaso que recibía tartazos en el subconsciente. Las desgracias de ese pagafantas con gafas y nariz de cotillón conjugan muy bien drama y humor (de nuevo aparece la dualidad en toda esta historia). Woody Allen para mí es un sabio. Forma parte de mi educación sentimental. Cuando veía alguna de sus películas, sobre todo de la primera época, siempre fantaseaba con escribir algún día una autobiografía cómica disparatada. Su vida privada me la trae al pairo. Lo que me interesa es su obra, que siempre tiene vida propia más allá del autor. Y de su obra se desprende que estamos ante un escritor en estado puro, un contador de historias que maneja a su antojo las pulsiones humanas, y que las regurgita con una sencillez y una naturalidad ejemplar. Es verdad que su cine se ha ido avinagrando con el paso del tiempo, pero a mí me ha regalado momentos tan buenos que por mi parte tiene el cielo ganado. Así como en los libros hago anotaciones en los márgenes para intentar comprenderlos y sintetizarlos, de las películas extraigo frases memorables que me aporten algo de luz en este mundo brumoso. Una de esas citas pertenece al cine de Woody Allen. -A lo largo de la vida no faltará gente que te diga cómo has de vivir. Esos lo saben todo. Lo que te conviene y lo que no. Tú no discutas con ellos. Tú diles, sí me parece una idea brillante. Y luego haz lo que te salga de la punta del alma. Creo que es uno de los pocos mandamientos que he puesto en práctica y
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que he seguido a rajatabla durante los últimos veinte años. Así me ha ido.
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Niebla.
A mí la realidad nunca me ha interesado mucho. Más bien lo justo. Si has llegado hasta esta parte del libro, te habrás dado cuenta de que casi todas las historias que escribo (por no decir todas) tienen en común que están trufadas y entremezcladas con referencias literarias, cinéfilas o musicales. Creo que siempre ha sido así. Por las razones que fueren, me siento más cómodo y protegido dentro de cualquier mundo imaginario que experimentando la propia realidad. Por momentos tengo la sensación de ser una entelequia en vez de un ser humano. La vida es sueño, dijo aquel. No es de extrañar por lo tanto que muchas de mis amistades tengan trazos fabulosos, personalidades un tanto exageradas y peliculeras que parecen sacadas de una buena trama de ficción. Esto es más culpa mía que de ellos. Desde el instante en que los conozco, mi mente los encuadra dentro del argumento de cualquier libro, película o canción que tenga en mi imaginario. Para mí son como personajes que traspasan el umbral de lo irreal y me acompañan y guían entre la niebla existencial. A lo largo de estas páginas verás desfilar unos cuantos, siempre a medio camino entre la realidad y la ficción. En el caso de Tur esta asociación de ideas era fácil. Mi amigo era una especie de Huckleberry Finn ubicado en un escenario urbano y de extrarradio, que recorría Valencia como si esta fuera el Mississippi, encontrando la libertad y la aventura en los callejones angostos y umbríos, que en su caso eran afluentes asfaltados. Su forma de vestir era pareja a su personalidad, sencilla pero suficientemente preparada para combatir las exigencias de la 79
gran ciudad: unos tejanos ajustados, una camiseta negra con algún que otro logo rockero, y una cazadora de cuero, que era como su segunda piel. Lo que más destacaba de su fisonomía era el pelo largo ensortijado, que le llegaba hasta los hombros y le cubría parcialmente una cara ancha, con una boca grande y unos labios bien perfilados. Estos rasgos excesivos contrastaban con sus manos finas y angulosas, que parecían talladas por un ebanista. Yo creo que él era consciente de este atractivo, y cuando nos sentábamos en una mesa para charlar, enseguida se arremangaba hasta los codos para desviar el foco de atención hacia sus falanges. Porque lo que de verdad le gustaba a Tur era hablar, darle al palique sin parar, discutir sobre este o aquel tema, fuese sesudo o liviano. Es más, cuando más peregrino era el asunto más energía ponía en el discurso, como si siempre buscase continuamente los tres pies al gato. Algunas veces llegaba tan agotado al final de su argumentario, que cuando le tocaba el turno al otro, antes de que empezase la réplica, le decía sin ambages: "Uff, pero no te alargues mucho que me duele un poco el tarro". Uno no sabía si esto lo hacía porque realmente era verdad, o porque se trataba de una pequeña argucia para quedarse con la razón. Quizá ambas cosas fueran ciertas. En cualquier caso, siempre aprendías mucho a su lado. Hay una anécdota con él que nunca se me olvidará. Jamás he visto algo parecido. Cuando íbamos andando por el centro de Valencia, en medio de esa jungla que era la plaza del Ayuntamiento, de repente emergían de la marabunta todo tipo de vendedores que te intentaban colocar su producto a cualquier precio. Mientras yo evitaba su encuentro, Tur se paraba a escuchar las peticiones de todo el mundo, vendiesen lo que vendiesen, ya fuesen toallas portuguesas o biblias de segunda mano. Le daba igual. En ese momento iniciaba un debate con el sujeto en cuestión y a ver quién ganaba. Claro está, los vendedores salían derrotados, como veían que no podían, dejaban a mi amigo a un lado, e iban en busca de presas fáciles que picasen con mayor celeridad el anzuelo. Aquello era tremendo. Con Tur compartía muchas aficiones, entre ellas la lectura. De hecho, fue él
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quien me descubrió la Feria del Libro que celebraban en Valencia en los Jardines de Viveros, muy cerca del Instituto Benlliure, que era donde había estudiado. Si mal no recuerdo aquella cita anual ilustrada era en primavera, allá por el mes de abril, cuando los días comenzaban a hacerse más largos y el buen tiempo te obligaba a invadir la calle irremediablemente. La Feria del Libro de Viveros era un lujo. Las casetas de madera se fundían con el verde botánico y el dorado del albero. Uno podía sumergirse despreocupado entre centenares de títulos literarios. Descubrir nuevos libros, en cualquier caso, no era el único atractivo. En muchas ocasiones te podías encontrar escritores de renombre firmando ejemplares a colas kilométricas de admiradores. Creo que fue en una de mis últimas visitas a la Feria del Libro cuando nos topamos con Vázquez Montalbán, que era uno de nuestros ídolos literarios. Sus novelas de Pepe Carvalho nos fascinaban, y las consumíamos con la pasión de un lector novel que descubre por primera vez a uno de sus referentes existenciales. Nos acercamos hasta Montalbán y le pedimos un autógrafo y hacernos una foto cual fans fatales. Este accedió. Yo cogí la cámara, y le pedí a mi amigo que se acercase un poco más a este escritor que infundía autoridad y respeto por su imagen grave y seria. Tur no se amilanó ni un pelo, y para inmortalizar el momento además de arrimarse no se le ocurrió otra cosa que pasar la mano por encima del hombro de Montalbán como si fueran colegas de toda la vida. Cuando revelamos las fotografías la sorpresa fue doble. Primero porque hice la foto torcida, aunque en mi defensa diré que no estaba desenfocada, y eso ya era todo un logro. Y segundo y más importante porque la cara de Montalbán era todo un poema. El gesto desenfadado de Tur le había cogido desprevenido, y de su mirada se desprendía una mezcla entre asombro e incredulidad, desviando sus ojillos hacia un lugar indeterminado, esperando a que el momento pasase lo antes posible. Daba la sensación de ponerse en el peor de los casos. Como si aquellos dos jóvenes melenudos fuesen a abandonar el paripé de la cámara y le fueran a atracar sin miramientos. La verdad es que por aquel entonces éramos un tanto salvajes, pero nunca hubiésemos llegado a tanto.
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Sin rencor. No mires atrás con rencor, me dijiste. Al menos no hoy. Don´t look back in anger. Oasis.
La primera vez que pisé una redacción profesional, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Fue un cambio radical y brusco que no supe o no quise digerir bien, o al menos con la suficiente diligencia. Tras una simple llamada telefónica, mi solitaria y enlutada estancia en Valencia se transformó en una experiencia frenética y sin apenas descanso en Alicante. Pasé de la noche al día en veinticuatro horas. De no ver a casi nadie durante mucho tiempo a bregar y lidiar con 40 o 50 personas todos los días. Porque ese trajín además era diario. Digamos que los recién llegados y faltos de experiencia trabajábamos allí de lunes a domingo, librando un solo día entre semana, que siempre amanecía ocupado por las llamadas y consultas de tus fuentes para contarte esta o aquella información. De una manera u otra, estabas conectado continuamente, con la antena puesta todo el rato, dejando el modo ON operativo, para estar receptivo y no perderte ninguna novedad, como una farmacia de guardia que permanece abierta los 365 días del año y deja encendida sus verdes luces de neón por si acaso. No es de extrañar por lo tanto que tras tres años casi ininterrumpidos de trabajo acabase extenuado y sin aliento, con la misma energía que un motor averiado, mental y físicamente. Pero como dice la canción que encabeza este texto, de lo que se trata es de quedarse con lo bueno, y en la medida de lo posible de estar agradecido. Porque si hay una certeza innegociable de aquella experiencia que 83
duró un trienio es que todo lo que sé sobre el periodismo, para bien o para mal, se lo debo a ese periódico. Y todo es todo. Además no solo sobre el periodismo, sino también sobre cualquier ejercicio de comunicación que contenga un mensaje, llámese publicidad, diseño, edición o literatura. ¿Y cuáles son las principales lecciones de aquella experiencia grabada a fuego? Pues en primer lugar que menos es más, que para comunicar no hace falta mucho, más bien poco. Es decir, con una sola línea que sea novedad, o lo que es lo mismo, noticia, se debe llegar a mucha gente. ¿Cómo? Fácil: documentándote, consultando muchas opiniones y tirando de archivo. De esta manera uno puede armar un texto a doble página con profundidad y recorrido a partir de, por ejemplo, una frase o una cita que no se hubiese publicado antes. Solo así aprendes a administrar bien la información, capital principal de este oficio, y a manejar los tempos. De esta manera te conviertes en algo así como un prestidigitador de la actualidad, en un experto en tratar los mismos temas una y otra vez con diferentes palabras, o con un nuevo enfoque, como si la realidad fuera un juego de trileros donde el lector no sabe nunca dónde está la bolita. La segunda gran revelación es que las respuestas a las preguntas están en la calle. La calle te lo da y te lo quita todo. Si uno quiere hacer carrera en el periodismo debe tener un pie dentro de la redacción y otro bien fuera de ella. Tomarle el pulso a la calle es fundamental. Visitar a menudo a tus fuentes en persona, y verles la cara es necesario para conocer de primera mano todas las aristas y perspectivas de una buena información. Luego lo que te hayan contado, debes ir procesándolo lentamente en tu microchip interno, dejando la información reposar, para discernir si ahí hay o no enjundia. Y cuando esto ocurría, cuando eras consciente de que todo aquello se podía regurgitar, todas tus horas y tiempo de espera y paciencia comenzaban a cobrar sentido.
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La sensación más parecida a encontrar una noticia que solo tú tienes y sabes que tienes que publicar lo más rápido posible es la de vértigo; es como una bola de fuego que crece en tu estómago y sólo va decreciendo en el momento en que te sientas delante de un ordenador y comienzas a darle forma a todo aquello. De repente el tiempo comienza a acelerarse y tu única obsesisón consiste en redactar lo antes y lo mejor posible esa primicia. Ahí, en ese momento, todo gira en torno a la incertidumbre. En mi caso además de vértigo y ardiente paciencia, lo que más sentía era angustia, toneladas y toneladas de angustia, además de noches en vela, quizá como consecuencia del exceso de adrenalina y por el temor a que lo publicado no saliese bien. Y ese es el verdadero problema del periodismo. Alternar pocos días de adicción a la dopamina con muchos días de absoluta abstinencia, donde la rutina te carcome por dentro hasta que consigues de nuevo tu dosis de felicidad. Es en esas jornadas de tedio donde uno tiene la sensación de ser un personaje de la novela El desierto de los tártaros, una especie de vigilante de un páramo que espera y espera a algo que quizá ese día no se presente y cuya única diversión es ver crecer a las plantas... En cualquier caso, como digo al principio, aquella experiencia trienal no fue en balde. Más bien al contrario. Todavía pervive y dura en el tiempo. ¿Que cómo lo sé? Porque cada vez que aterrizo en Baza, mi actual pueblo vecino, puedo ver y sentir su testimonio. Muchas veces me tomo un café en un bar llamado El rincón del poeta, y en uno de sus escaparates, acristalado como si fuera un trofeo que nadie puede tocar, hay un artículo mío sobre una actuación de los Rolling Stones en Benidorm, que permanece allí como si fuera un trozo de ámbar. Es decir, de alguna manera ese texto que escribí en 2003, hace ya casi veinte años, recorrió cientos de kilómetros y se fue a instalar permanente-
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mente a una vitrina. Lo descubrí hace unos diez años, y todavía sigue allí. Si eso no son señales del destino, que baje Dios y lo vea.
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Rocanrol todas las noches.
El Black Dog tenía ese aspecto de antro de carretera que nada más entrar te hacía sentir como en casa. Su ambiente era un crisol de contrastes preparado para acoger almas noctívagas y errantes. Los focos de las luces mortecinas dibujaban en el aire rectángulos plateados por el humo del tabaco, las paredes se teñían de negro y rojo chillón, y una enorme barra de madera incolora y ajada por el desgaste del tiempo te daba la bienvenida una vez traspasado el umbral de la puerta. Completaba todo aquel mosaico perfecto una banda sonora estridente que directamente me retrotraía a los años de Valencia. Aquellas canciones discordantes eran música celestial para mis oídos, y cada vez que sonaban por el altavoz motivaban que mi espíritu reverdeciera, fundiéndose cuerpo y alma en uno, como si de alguna manera hubiese encontrado un Innisfree un tanto particular. Un buen amigo lo bautizó con el certero nombre del quitapenas. Realmente no sé cómo fui a dar con el Black Dog. Antes frecuentábamos otros sitios del casco viejo de Alicante, pero no tenían ni de lejos el encanto ni la autenticidad de aquel garito. Aquello fue lo más parecido a una militancia: sabías la hora de entrada, normalmente después de jornadas de arduo trabajo, pero nunca ni cómo ni cuándo podías salir. Nos reuníamos en el Black Dog jueves, viernes y sábado durante todo el año. Hiciese frío o calor. Así durante un lustro de manera ininterrumpida, y a me87
dida que fue pasando el tiempo se fue creando una comunidad invisible de cuarenta o cincuenta personas, que en el momento de su cierre germinó una auténtica familia, si bien más de uno también se quedó por el camino por los estragos que puede llegar a generar la noche, sobre todo cuando la vives sin medida. El Black Dog lo regentaba Fernando. Era un tipo alto, espigado, con la cara alargada y la perilla en forma de pico. Normalmente siempre iba vestido de negro. Fernando era bastante legal y generoso, y si le dabas mucho la brasa para que te dejase pinchar, de vez en cuando te dejaba saltar al otro lado de la barra y meterte en la cabina de DJ. En ese preciso instante era cuando uno podía sentir la magia del rocanrol en primera persona. Era hacer sonar el ritmo frenético de Bad Woman de Motorhead, los acordes de Riff Raff de AC/DC, o el solo guitarrero del Sting Me de los Crowes y la gente se ponía a bramar, a desatarse, asilvestrarse, haciendo saltar por los aires el contrato social, y de alguna manera u otra te preguntabas por qué la puta vida no podía ser eternamente una jodida canción de rocanrol... En el Black Dog te lo pasabas bien tanto dentro como fuera. Cuando ya ibas muy cargado por las cantidades ingentes de alcohol o de cualquier otra sustancia que se pudiese liar, te salías al callejón que daba su puerta a tomar el aire. Allí podías poner en práctica uno de los ejercicios más divertidos y entretenidos que puedas experimentar: ver la gente pasar. En ese momento el tiempo se detenía, y si te dejabas llevar, la realidad poco a poco iba tornando en diminutos hexágonos de colores degradados. Aquel delirio nocturno siempre tenía tres finales escritos: un sofá prestado, una cama ajena (a saber con quién y en qué circunstancias), o el dormitorio de tu casa, en el que amanecías con la ropa todavía puesta y la esfera del reloj totalmente rayada... Cuando cerraron el Black Dog una parte de mi vida literalmente se quedó ahí. Después, durante mucho tiempo estuvimos buscando una nueva guarida
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como si fuéramos lobos solitarios. Pero nunca más la volvimos a encontrar.
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Viaje al final de la noche.
El casco viejo de Alicante, con su forma laberíntica, me invita a patearlo en busca de nuevas emociones. Hace tiempo que el Black Dog cerró sus puertas definitivamente, y muchas veces me adentro entre las callejuelas empinadas y estrechas del Barrio con el fin de encontrar otra guarida que alivie mi desamparo. Sigo por libre. Solo la luz de la luna suele acompañar mis pasos indolentes y mi ánimo desapacible. Voy de aquí para allá sin rumbo fijo, desorientado, dejándome llevar por las señales que aparecen en el camino. Parezco un lobo estepario en lo alto de un cerro bajo un cielo azul metálico. Deambulo perdido en un esperpéntico e interminable viaje al final de la noche. El corazón de las tinieblas se compone de un álbum de fotos peregrinas, de imágenes confusas de antros que destilan leyenda y mitología, con seres oníricos desfigurados, sin rostro, como sombras goyescas que solo irradian algo de luz en pleno trance al infinito. Si el napalm huele a victoria, la marihuana es el aroma de la libertad y la expiación. Una sola calada libera todos mis pecados. La melodía de Cold Cold Ground convierte la realidad en un territorio de fuga del que es imprescindible huir para dejar atrás la soledad y el anonimato. El día comienza a dar sus primeros pasos. La noche se deshace a jirones entre añoranzas y sueños imposibles. Al fondo del camino ya solo veo tres siluetas que recortan un paisaje marino. Son tres trapecistas que caminan sobre un cable pelado. 91
Me emociona mucho el haberos encontrado amigos.
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El efecto Pigmalión.
Un mosaico de carteles enmarcados te daba la bienvenida nada más traspasar el umbral de la puerta de la facultad de Filología de la Universidad de Alicante. Se trataba de una cartelería ilustrada con diferentes frases, pensamientos y aforismos de escritores y lingüistas que una vez leídos todos y cada uno de ellos conseguían inocularte un mensaje claro y meridiano: estás aquí para aprender a abrir la mente, lo demás importa poco. Aunque no recuerdo las palabras exactas, entre aquellos afiches había uno con una tipografía sencilla que cada vez que me topaba con él hacía tambalear mis postulados radicales. La frase venía a decir algo así como no tengas miedo a cambiar de opinión. Poco a poco esa reflexión se fue convirtiendo en una fijación, y cada vez que le daba vueltas a aquellas palabras tenía la sensación de que algo en mi interior se iba resquebrajando. Para una persona que venía de una forma de pensar enconada, militante, obstinada, e incluso prepotente, que en vez de debatir soltaba ideas en forma de grito, y que le interesaba más tener la razón que escuchar lo que pudiese decir el otro, en un claro ejercicio de humillación, estudiar Filología Hispánica resultó la mejor cura de humildad posible, y quizá la mejor manera también de ir encaminándome poco a poco hacia la paradoja, que es el hábitat donde mejor me encuentro. Empecé a estudiar la carrera a los 27 años y la terminé con 34, mientras compaginaba los estudios con un trabajo de jornada intensiva, con un hora93
rio de tarde-noche, y destinaba las vacaciones a realizar los exámenes parciales y finales, pero la licenciatura de Filología Hispánica más que la obtención de un título universitario supuso la consecución de un auténtico manual de vida. Es sin duda el único acierto de todo mi ajetreado periplo académico. Desde luego ha sido la decisión de la que más orgulloso me siento. Y eso que hubo gente de mi entorno que se mofó, pero supe que me encontraba en el lugar adecuado cuando en una de las primeras asignaturas cayó en mis manos un tocho de cuatrocientas páginas en el que diversos estudiosos debatían sobre la conveniencia o no de poner la preposición a delante del Objeto Directo. Al final del libro nadie se ponía de acuerdo; y nada más terminar de leerlo, me dije para mis adentros: estos son de los míos, gente haciéndose preguntas continuamente sin llegar a encontrar ninguna solución. Los siete años de estudio de Filología Hispánica resultaron ser además el único asidero al que agarrarse en una época convulsa cargada de turbulencias domésticas. Durante ese lapso de tiempo, la facultad se convirtió en una especie de nube azul donde lo único importante era adquirir conocimientos, y cuyo efecto inmediato consistía en que todo lo demás comenzase a resbalar. En el momento en que ponías un pie en un aula tus preocupaciones desaparecían. Seguramente lo descubriese ya tarde, pero allí me di cuenta de la importancia de la universidad como ágora, como espacio privilegiado para la reunión y el debate de ideas. Ya podías preguntar cualquier barbaridad o disparate que se te pasase por la cabeza en clase, que el docente de turno disipaba tus dudas devolviéndote la pregunta con una respuesta certera y edificante. Esto es debido en gran parte al claustro que me encontré. Antes de iniciar estos estudios jamás había sentido y experimentado en primera persona el efecto Pigmalión.
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En mis anteriores fracasos académicos, siempre ponía el pretexto de la falta de profesorado o de figuras que te despertasen de verdad la curiosidad y la motivación. Quizá fueran imaginaciones mías, o que simplemente mi percepción había cambiado. Pero aquí ya no había excusas. Aquí todos eran buenos o muy buenos, y si digo todos es todos. Desconozco la actual situación que hay ahora, pero durante mis años de carrera descubrí la principal diferencia entre un profesor y un maestro: este último nunca explica la lección apoyándose en apuntes o textos; hilvana un discurso a pelo, sin partitura, como un bertsolari que trasvasa todo su conocimiento de memoria, invitando a la audiencia a leer entre líneas, a rellenar sesudamente los huecos intencionados que dejan sus enseñanzas. Como digo, allí me encontré a muchos maestros, pero hubo una terna que se quedó grabada en mi memoria a fuego. Uno era Prieto de Paula, que le prologaba los poemarios a Leopoldo María Panero, quizá el último poeta maldito; otro era Guillermo Carnero, integrante de los Nueve Novísimos, con el que nunca podías relajarte ni bajar la guardia en su presencia, pues al menor desliz te atizaba intelectualmente hablando; y el tercero aunque no menos importante era Miguel Ángel Lozano, que será el protagonista de mi próximo relato. Estoy seguro de que de todo aquel aprendizaje nacieron en mí varios tipos de personalidades. Y ya no sé cuántas llevo recogidas en este libro. Algunas veces me asombro con determinadas personas que dicen ser de esta o aquella manera inamovible, como si fuésemos robots con algoritmos programados. No saben lo que se pierden al inventarte muchas formas de ser. A mayor número de personalidades menos ego tiene uno. Y para qué sirve estudiar Filología Hispánica, se preguntará alguno. En mi caso lo tengo bastante claro: para darme cuenta de que la literatura no tiene nada que ver con contar una historia, más bien se trata de una manera de contar la vida. Es decir, es más importante la forma en que estés contando algo que lo que verdaderamente cuentas.
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O lo que es lo mismo, son más importantes las emociones que los hechos. Y eso es precisamente lo que estoy intentando hacer todo el rato.
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Cercanía distante.
Coincidí con Miguel Ángel Lozano durante la carrera de Filología Hispánica. Su especialidad era la literatura española de finales del siglo XIX y principios del XX. Fui su alumno en al menos tres ocasiones. La primera vez por obligación, pues se trataba de una materia troncal. Las dos últimas en cambio por debilidad: fui escogiendo por voluntad propia asignaturas opcionales que me permitiesen asistir a sus clases magistrales, que para mí eran un auténtico lujo. Fueron muchas horas por lo tanto escuchándolo, pero también observándolo y escudriñándolo. Miguel Ángel Lozano era un profesor muy especial. Su discreción le convertía en una especie en extinción dentro de la docencia universitaria, un gremio muchas veces cargado de vanidad y orgullo intelectual. En este sentido Miguel Ángel huía de los cánones académicos con su personalidad sutil e introspectiva. Su forma de impartir clases era tranquila y pausada, siempre con un tono de voz quizá algo monocorde, como si quisiese escapar continuamente de las emociones; en cambio sus reflexiones eran agudas y certeras, haciéndote comprender argumentos e ideas que no se veían a simple vista. Él te lo ponía fácil gracias a su verbo claro, sencillo pero enjundioso, con el que armaba un discurso preciso y ameno, de frases cortas, donde apenas sobraba nada. Era en sus clases de grupos reducidos donde uno podía conocerlo un poco más. Miguel Ángel Lozano te ganaba por su cercanía distante. Sus lentos gestos, sus miradas huidizas al final de cada argumento, justo cuando se producía un silencio incómodo, podían proporcionarte una imagen engañosa de su verdadero carácter. Aquello no era más que un simple escudo 97
que debías saber interpretar. Por encima de cualquier forma apocada, su riguroso conocimiento traslucía un amor desmesurado por los libros, como si estos le evocasen los grandes momentos que le habían hecho sentir. La revisión de aquellos pasajes literarios, en busca de cualquier pequeño detalle, parecía la excusa perfecta para saborear de nuevo emociones pasadas asociadas al placer de la lectura, que es el gran reino que debemos conquistar. Esa fue precisamente la mejor lección que me podía dar. O quizá la que más necesitaba por aquel entonces. Al final todo se resumía en una forma de vivir que yo desconocía. En cuanto a los conocimientos literarios, recuerdo bastantes, pero todavía reverberan en mi memoria unas palabras con aire de ensayo que citó con motivo de una de las obras de Gabriel Miró. "Aquí se tiene una mirada muy manicorta sobre la estética. La literatura tiene muchos significados, pero principalmente es una manera de contar la vida. Quizá importe más la forma que el fondo. Una de las obsesiones del ser humano es captar la belleza, que es realmente difícil, pues es algo que nos sobrepasa; para ello se necesita la palabra precisa para describir la emoción apropiada, y eso es precisamente lo que hacía Gabriel Miró". No hace falta decir que las clases de Miguel Ángel Lozano trascendieron. Me dejaron una gran huella que enseguida quise amortizar. Al año siguiente de nuestro último encuentro, me surgió la oportunidad de escribir críticas literarias en un periódico. Cada columna que escribía, se la iba dejando a través de la hendidura del buzón de su despacho. Tras la quinta o sexta crítica, me lo encontré una vez por la facultad y me dijo, "esas columnas no están mal, pero no estoy de acuerdo con que Cansinos sea un gran escritor". Yo le rebatí diciendo que Borges le consideraba uno de sus maestros, a lo que él contraatacó: "Borges era muy aficionado a las boutades...", y con esa frase se marchó. Aunque aquellas columnas eran mediocres, en el fondo me hizo ilusión poder debatir de nuevo un rato con él. No obstante, aquel acto de ir dejándole las críticas a hurtadillas iba más allá de provocar un encuentro literario. Para mí era una manera de mostrarle mi agradecimiento.
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En el camino. El autobús pasó y me subí a él fue entonces cuando empezó todo. Ahí estaba el vaquero Neal en la rueda de un autobús rumbo a la Tierra de Nunca Jamás… The Faster We Go The Rounder We Get. Grateful Dead.
A Raúl Valero y a mí nos une una amistad cimentada a base de intervalos, de paréntesis de espacio y tiempo debido a sus exilios voluntarios a lo largo y ancho de este mundo y a mi insilio doméstico y resignado. Hay temporadas en las que nos vemos a menudo, otras en cambio apenas coincidimos. Luego, los reencuentros se producen en los lugares más insospechados, casi sin previo aviso, retomando la conversación donde la habíamos dejado, como si el tiempo y la distancia no hubiesen mellado. Por las historias que me cuenta y por su manera de entender la vida, donde las fronteras no existen, a mí siempre me recuerda a Neal Cassady, personaje de la mítica novela “En el camino”. Conocí a Raúl Valero en la carrera de Filología Hispánica. Su forma de vestir ya te daba pistas sobre el tipo de personalidad que tenía. El atuendo que se enfundaba era muy similar casi todos los días: unos jeans desgastados, una camiseta básica Levi´s, unas deportivas resistentes, de esas que dicen que la calle es mía, y una mochila más propia de un excursionista que de un estudiante, como si estuviera preparado para partir en cualquier momento y todo lo que necesitase en esta vida cupiese en un macuto. Parecía que para él la improvisación era una forma de vivir. Cuando menos te lo esperabas, era capaz de irse a recorrer media Europa en bicicleta, alojándose muchas veces en tugurios lúgubres y desvencijados, o de pedir una beca in extremis para estudiar el resto del curso en una isla remota en medio del océano Índico. Raúl Valero era de los que aplicaba su forma de andar por el mundo al pe-
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riplo académico. Pocas veces escogía los caminos trillados, eligiendo casi siempre las rutas aparentemente peligrosas, pero que en el fondo resultaban ser los mejores atajos. Un buen ejemplo residía en los exámenes de literatura, divididos en la mayoría de las veces entre un par de preguntas a elegir. Mientras el grueso del alumnado optaba por la parte teórica, que exigía un conocimiento enciclopédico del temario; una minoría, entre los que figuraba Valero, se decantaba por el análisis literario, en realidad mucho más práctico y directo, pues se podía responder leyendo las cinco o seis obras recomendadas, lecturas en el peor de los casos entretenidas y enriquecedoras. Solo por esta osadía el aprobado estaba garantizado. Algún que otro profesor me dijo que en un país de gregarios la figura del explorador solitario que se mete en territorios ignotos sin tener en cuenta los peligros que hay detrás debe ser cuidada como una especie en extinción… Quizá uno de los mejores recuerdos que atesoro junto a él era cuando entre examen y examen nos adentrábamos en la biblioteca, que para mí siempre tuvo algo de vientre materno, de refugio cálido para los días inclementes en los que se producían goteras en el ático. Allí íbamos de caza en busca de libros perdidos y ocultos, la mayoría de ellos con un aura de malditismo, como si fuéramos fetichistas literarios. Cuando localizábamos la pieza codiciada, se iniciaba una larga e interminable conversación en la que salían a relucir nombres como Ezra Pound, Celine, TS Elliot, Pessoa, Rubén Darío, Hunter S. Thompson, Bukowski, Joyce, Unamuno, Galdós o Bolaño. Aquellas charlas me aportaban toneladas de cordura, dándome la impresión de que el mundo tenía algo de sentido. Sin duda aquellos momentos son los que más extraño… Una de las últimas noticias que tengo sobre Raúl Valero es que montó hace algo más de un año una editorial independiente, cuyo nombre no podía ser otro que el de Itinerario. Todo en este proyecto revela minuciosidad y obsesión por el detalle. Su logo es una pequeña genialidad que en un solo trazo aglutina las principales pasiones de su editor: literatura y libertad. El primer lanzamiento de Itinerario ha sido una obra de Henri Calet, un autor práctica-
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mente desconocido en nuestro país. ‘Monsieur Paul’ ha sido editada y traducida a fuego lento por Valero, que además es políglota, con una inevitable debilidad y fascinación por el francés y lo afrancesado. Tras leerla, me produce una gran alegría que siga privilegiando la literatura amoral, sin ataduras, sin fronteras ni convencionalismos, y por supuesto sin censura. No todo el mundo tendría ese coraje y valor. En cualquier caso, el riesgo ya ha sido recompensado. Hace poco esta edición y su traducción fue recomendada en Radio Nacional de España en el programa Entre dos luces, que dirige Tamara Crespo; y escogida por el prestigioso artista James Rhodes como una de sus lecturas favoritas del año. Pero por encima de este eco mediático, hay una gesta que creo que le hace especial ilusión a Raúl Valero: y es haber colocado uno de los ejemplares de ‘Monsieur Paul’ en Ureña, ese pequeño pueblo vallisoletano que no sé por qué asocio a la Barataria de Sancho, quizá por aquello de que allí existan más librerías que bares. No sé si en este caso les habrá hecho llegar el libro por correo, o que en un arrebato de romanticismo haya ido él a llevárselo en persona pedaleando. Cualquiera de las dos opciones sería posible. De lo que sí estoy seguro es de que esta hazaña solo podría venir de un alma idealista y aventurera, que solo se siente viva e inspirada derribando molinos. Un quijote que sabe que la felicidad suele estar y encontrarse en el camino.
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Night Train.
Desde bien joven sentí una fascinación especial por Irlanda, quizá atraído por su cultura y su forma de vivir. Creo que esa fascinación procedía de sus películas, siempre a medio camino entre la comedia costumbrista y la crítica social. Cuando veía en el cine alguna historia ambientada en Dublín, enseguida me entraba un deseo irrefrenable por viajar a aquella ciudad, adentrarme en algún pub irlandés de baja estofa, cogerme una cogorza, y acabar la noche peleándome con alguien que me hubiese mirado mal... En definitiva vivir de alguna manera todas aquellas aventuras que había visto antes en la gran pantalla. Con el paso del tiempo fui añadiendo al cine irlandés su música y su literatura, convirtiendo aquella ilusión primigenia en una obsesión, hasta el punto de fantasear más de una vez con haber tenido algún antepasado celta, un rudo pelirrojo de piel lechosa y lengua gaélica que se hubiese colado en mi genealogía y yo no me hubiese enterado. Por momentos, en mi delirio irlandés cargado de mitología sentía correr por mis venas litros de cerveza color rubí en vez de sangre mediterránea... Tal es así que, una vez llegado el momento, la tierra de Joyce, Phil Lynnot o Colm Meaney pasó a ser un lugar de peregrinaje obligado, y durante un tiempo estuve yendo como mínimo un par de veces al año, como si esa isla de clima volátil al norte de Europa fuese mi segunda patria. En aquel altar cultural de temática irlandesa siempre brilló una película que dirigió Alan Parker en los noventa. Se trataba de cine literario que rendía tributo a la música negra. También era un fiel reflejo de lo difícil que son las relaciones personales cuando hay un proyecto en común. The Commitments 103
narraba la historia del ascenso y caída de una banda que recorría las tabernas irlandesas en busca de redención. El mensaje que calaba era el de un grupo de personas atribuladas que utiliza la música para escapar de la realidad. Como nunca he tenido ninguna dote musical y cada vez que me lanzó a cantar se agrieta un arcoíris, al final con el personaje que más me identificaba era con el manager de aquel grupo de perdedores sobrados de pasión. Yo creo que esta película fue la razón principal de que me aventurase a ser manager de un grupo de rock durante un tiempo. Cuando surgió la oportunidad, la verdad es que no me lo pensé mucho. Visto desde la distancia, para mí se convirtió también en otra vía de escape más para no enfrentarme a la encrucijada en la que vivía... También en una firme constatación de que la curiosidad, saber siempre lo que hay detrás, ha sido un motor capital para tirar hacia delante. Todo lo que rodea a una banda de rock resulta emocionante. Salir de gira cada fin de semana, tocar en garitos perdidos en mitad de la nada, y entablar amistades vehementes solo durante unas horas con gente desconocida, como si se tratara de aves de paso que viajan en un tren nocturno. Los días de concierto tenías la sensación de que podía ocurrir cualquier cosa. Lo bueno del rock es que te permite ver la naturaleza en estado salvaje y puro. De aquella experiencia me quedo con dos cosas. La primera, la sensación de libertad que te daba el viajar de aquí para allá, yendo de un sitio hacía otro, casi siempre por carreteras secundarias, dejando atrás la monotonía. La segunda era el lujo que suponía poder escuchar a menudo música en directo, uno de esos placeres terrenales que la gente debería apreciar más. Descubrir una voz evocadora, cantar y rememorar alguna letra que previamente habías escuchado en algún reproductor o dejarte llevar por el solo llorón de una guitarra, a ser posible eléctrica, es quizá lo más parecido que hay de estar en el paraíso. Por lo menos a mí me proporcionaba mucha cordura. Lástima que toda aquella aventura rockera acabase mal, fagocitándose unos a otros por los egos desmesurados. Fue un final que me olía desde el principio. Lo había visto años atrás en una película.
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Miedo. -¿Qué has hecho durante todos estos años? -Acostarme temprano. Érase una vez América. Sergio Leone.
Justo antes de conocer a mi mujer, viví una época realmente complicada. Llevaba un año y medio alojándome en una estrecha y alargada habitación de alquiler de apenas cinco metros cuadrados. Y aunque el cuarto estaba limpio y ordenado, aquello no era más que un fiel reflejo de mi decrepitud. La cama era un catre con un colchón hundido y un saco de dormir que hacía las labores de edredón, el escritorio una mesita auxiliar donde descansaba un portátil huérfano de algunas teclas con el que teletrabajaba, y un armario de considerables dimensiones ocultaba parte de la luz natural que entraba por la única ventana, a través de la cual uno podía enterarse de las conversaciones íntimas y los menús diarios que cocinaban los vecinos de un patio interior. No era esta, ni de lejos, la realidad que me preocupaba que conociera mi mujer. Siempre he tenido un estilo de vida bastante austero, incluso a día de hoy me conformo con poco, y en mi fuero interno todavía pervive el convencimiento de que mientras haya un techo bajo el que cobijarse todo irá bien... El verdadero miedo era otro. Tenía que ver con el rechazo, con el temor a que me dejase una vez le hubiera contado por qué vivía en una situación de aislamiento casi extremo, como si fuera un anacoreta, y que conociese los verdaderos motivos de las ausencias que me rodeaban. No contaré aquí las causas que han llevado a mi familia a una situación frágil y delicada. No creo que eso sirva para mucho. Echar la culpa resulta tan tentador como estéril. Supongo que en cada familia subyace una tragedia griega. Lo que sí contaré son los sentimientos que experimentas cuando 105
vives con un problema arraigado y casi crónico, que te convierte en esclavo de tu pasado. Tengo la sensación de que toda esta historia de 'Malditos recuerdos' no ha sido más que un gran circunloquio, una espiral de excusas, hasta llegar a este punto; el problema es que no sé cómo seguir; o quizá sí sé, pero no quiero o no me atrevo. Por eso he tardado tanto en escribir este relato... El principal sentimiento que te domina en esas circunstancias es el de confusión; a lo largo del día, muchas más veces de las que desearías, tus pensamientos suelen convertirse en una maraña de anhelos, arrepentimientos y remordimientos, y a menudo, sobre todo cuando tu mente está desocupada, te preguntas cómo y por qué se ha llegado hasta esa situación. En el fondo, conoces las respuestas, sin embargo no las quieres aceptar, dándole vueltas una y otra vez a ese conflicto interno. Esta vorágine penitente te convierte en un ser más ausente que presente. Como diría Bolaño, la visibilidad mata, la opacidad protege. Aunque no es lo habitual, esa angustia sicológica tiene también una manifestación física. Se produce en los momentos de mayor gravedad. Algo así como un agujero se planta en medio de tu estómago, y dependiendo de su voracidad comienza a crecer hasta convertirse en un vórtice. De ahí a la náusea solo hay un paso. Todo este desorden te condiciona en tu percepción de la realidad. A partir de ahí, o todo es blanco o todo es negro. Ya no hay matices ni más colores. Convives con un punto paranoico que te lleva a ver gigantes donde solo hay molinos. Cualquier anomalía te hace sospechar. Y continuamente te enrocas en aquella frase de el infierno son los demás. La secuencia que viene a continuación es fácil de imaginar: desconfianza = aislamiento = soledad. Y aunque esto sucedió hace algo más de diez años, todavía tengo reciente en mi memoria larguísimos e innumerables paseos nocturnos por los pasillos de una biblioteca pública por no saber adónde ir. Solo, con la única compañía de autores y escritores casi todos muertos a los que nadie quiere visitar.
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Confieso que la soledad escogida es seductora, pero la soledad impuesta es una trampa de la que es difícil de escapar. Por todo ello, muchas gracias Inma por haberme devuelto a la vida. Gracias por tus caricias emocionales. Y sobre todo gracias por pintarme dos soles en el horizonte cuya luz me guía hasta por la noche. Muchas gracias por existir. Quizá entendiste que de cierto tormento también se puede extraer una buena cosecha, aunque sea pequeña.
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Ensayo y error La literatura es melancolía. Ese estadio solo se alcanza con coraje, sacrificio y fracaso. A mayor fracaso, mejor literatura. Ese dogma nunca falla. Solo la ira permite que las ideas fluyan y que las piezas comiencen a encajar en el puzle.