Prólogo P
ara alguien que se dedica al estudio de las Ciencias, no hay mayor reconocimiento que le consideren para compartir un trabajo o para tener sus palabras por escrito. En la revista que tiene el lector ante sus ojos, he tenido este reconocimiento dos veces: cuando me solicitaron colaborar con un artículo y cuando me concedieron el honor de prologar éste número. No podía negarme a nada, pues hay que ayudar en la medida de lo posible a quienes tienen el valor de trabajar en un proyecto editorial destinado a crear cultura y en un aspecto tan poco reconocido como las Ciencias de la Tierra, donde la cultura y la divulgación son esenciales para crear vocaciones científicas (como me ocurrió a mí mismo y a tantos que tuvieron a los minerales como puerta de entrada a la Ciencia), mantener y conocer nuestro patrimonio natural y convertir en Cultura la fascinación por la belleza y diversidad mineralógica. Entre las diversas opciones que barajamos para éste número, vi la oportunidad perfecta para poner en negro sobre blanco una parte de un esfuerzo que emprendimos hace años por describir la variada mineralogía del uranio ibérica, mucho más conocida en lo que respecta a los yacimientos de Portugal, pero mucho menos estudiada en los, por otra parte abundantes y ocasionalmente ricos, depósitos uraníferos españoles. Por su importancia, es paradójico que la mineralogía de los yacimientos de uranio en España haya sido poco estudiada, encontrándose la bibliografía llena de descripciones vagas, incorrectas o heredadas de trabajos anteriores, basadas en determinaciones antiguas y muchas veces de visu o con métodos microquímicos rudimentarios. A pesar del gran trabajo realizado por el profesor Antonio Arribas entre las décadas de 1950 y 1970 y que constituye la contribución más significativa a la geología y mineralogía de los yacimientos españoles de uranio, en las colecciones tanto públicas como privadas, se encuentran muchos ejemplares mal clasificados o que nunca han sido estudiados y que, con la restauración o desaparición de la mayoría de los yacimientos uraníferos, son un valioso patrimonio y testigos para investigaciones futuras. Es el caso de las minas de “El Lobo”, de donde se recogió una cantidad y variedad de minerales secundarios de uranio y que carecía de un estudio sistemático. Gracias a numerosas muestras recolectadas durante la explotación de las minas y por Antonio Arribas, que me animó a estudiar cuidadosamente con medios modernos muchos ejemplares que él guardó en su litoteca durante los tiempos de explotación de los yacimientos, así como a muestras aportadas por coleccionistas, pudimos emprender la tarea, hace ya varios años, de describir sus especies minerales. Dado el ambiente difícil y poco propicio para cualquier actividad científica en nuestro país, esta tarea no ha podido hacerse presentable para los lectores hasta ahora, al trabajar en ello de modo independiente. Y digo hacerse presentable en lugar de concluir, ya que ningún trabajo de éste tipo puede considerarse concluido, ya que en cualquier momento podrán surgir nuevas muestras y nuevos estudios que convertirán en obsoleto o incompleto éste texto. Contando, pues, con la indulgencia del lector, deseo que disfruten de éste número de la revista Paleomina, en la que hemos tratado de poner todo el esfuerzo y cuidado posibles. César Menor Salván.
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