UN AÑO NUEVO QUE NACE VIEJO Acabamos de pasar las fiestas de fin de año que se han celebrado con ruido, luces, cohetes, aún en Galápagos donde está prohibido. Como sociedad nos hemos acostumbrado a buscar como evadir la ley y muchos abogados han hecho de su profesión una especie de venta al mejor postor. Aunque lo que se defiende esté reñido con la ética, con el respeto, con lo que hace que la convivencia sea un bien que en conjunto cuidamos. En el país, Esmeraldas vive su propia guerra interna, al margen de los deseos y abrazos de una población que anhela un buen año nuevo. Fuego, secuestros, muertos y en el resto del país encuentros, atuendos, comidas, cohetes. A veces nos recorre un escalofrío: ¿son fuegos artificiales o balas? Los animales jadeando, se esconden. En muchos barrios de la ciudad para salir de su perímetro deben justificar donde van. Nadie entra, nadie sale sin permiso, solo ambulancias y quien demuestre ser pariente. Somos casi con orgullo el país más violento de América Latina. Y la zona 8 de Guayaquil va camino a convertirse en la tercera ciudad más violenta del mundo, solo superada por 2 ciudades mexicanas. En el resto del mundo, las guerras cada vez más violentas y sofisticadas buscan un objetivo donde los seres humanos son números, piezas perdidas o rescatadas, importantes si son de los míos, los demás no importan. Se trate de Ucrania y Rusia, o de Israel, Hamás y el pueblo palestino, cada parte dice tener la razón, se considera víctima y el otro, ese gran desconocido, es alguien que pueden matar, secuestrar, torturar, porque no les reconocen como humanos, no importa su sufrimiento, aun cuando sean niños. 1