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Mi elogio al "Capitán" a Gerardo Arango Puerta, S.J.

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Mi elogio al “Capitán” A Gerardo Arango Puerta, S.J. Con inmensa tristeza, en un primer domingo (26 de agosto de 2012), nublado y frío, un Mono desolado se enfrenta a estas páginas en blanco para consignar en ellas los primeros recuerdos que sobreviven y se erigen como testigo de la experiencia maravillosa surgida en la relación estrecha que en buena hora me unió a un grande. Lo hago como ayer, con el afán de ayudarle a la memoria frágil que inexorablemente será desafiada por un rival muy poderoso, el tiempo, en un combate desigual frente al olvido, una memoria que a partir de ahora no tendrá nuevas provisiones y solamente deberá nutrirse del pasado porque la historia del Padre Arango entre nosotros terminó. Ahora pienso que su ser y esa manera de vivir a borbotones nos hizo olvidar que era un mortal y que si bien, pocos meses después de mi nacimiento, él cumplió apenas 20 años de edad, entre mis cuentas no estaba su desaparición, ni mucho menos empezar a caminar sin su compañía. Esto explica por qué su repentina y desconcertante desaparición nos ha conmovido profundamente; por qué estas páginas escritas como crónica de un adiós inesperado y recuerdo ilustrado de andares compartidos. Se podría decir que lo que sigue es “el Gerardo del Mono”.

H

acia las 2:30 de la tarde del jueves pasado, 23 de agosto, un puñado de familiares y amigos, con gran serenidad y también estupefactos, entregamos a los responsables del crematorio, los despojos mortales del Padre Arango. Ya habíamos retirado las dos banderas, el tricolor javeriano y el del Colegio que llevan el nombre de ese coloso que fue San Francisco Javier, que en las últimas horas habían cubierto con cuidado aquel féretro que ahora desaparecía detrás de una pequeña lámina metálica que silenciosamente se deslizó para cerrar una bóveda de paso, en las mismas entrañas del mundo de los muertos. También habíamos recogido la corona de laureles que recordó a todos las luchas y victorias del héroe caído, y ese manojo de crisantemos amarillos que llegaron del sur en las manos de un niño del Colegio de Pasto que así quiso rendir homenaje a su Rector. Esas hojas y flores daban testimonio del homenaje sentido y multitudinario que horas antes se le había tributado a un gran jesuita. Concluido el rito, abandoné el cementerio acompañado por María Cristina Franco y Jimmy Castillo, amigos del Padre y amigos míos, por fortuna.

Carlos Julio Cuartas Chacón, El Mono - 22 de noviembre de 2012

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