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Nombre del Proyecto: “Raíces de Mi Pueblo: El Legado de Mis Abuelos en Livilcar”
Ejecutor: Hernán Alfredo Tarque Claros
Impresión: 1
N° de ejemplares: 3
FINANCIAMIENTO: Unidad de Cultura y Educación Indígena de la CONADI,
Región de Arica y Parinacota, año 2025
© Hernán Tarque Claros, 2025 1
PRÓLOGO
Este libro nace del deseo profundo de honrar la memoria de nuestros ancestros y de conservar viva la historia de un pueblo que, aunque pequeño en tamaño, es inmenso en legado.
Raíces de Mi Pueblo: El Legado de Mis
Abuelos en Livílcar es más que una recopilación de recuerdos familiares; es un testimonio de identidad, de amor por la tierra y de respeto por las tradiciones que han dado forma a la vida en la quebrada de Livílcar, en lo alto del valle de Azapa y del alma andina de la Región de Arica y Parinacota.
Cada página de este libro busca rescatar las voces, los saberes y las costumbres que nuestros abuelos nos transmitieron con paciencia y sabiduría. Ellos fueron los guardianes del conocimiento ancestral, los que enseñaron que la tierra debe ser cuidada como se cuida a un ser querido, y que la comunidad se fortalece cuando camina unida.
A través de sus historias, este libro pretende tender un puente entre el pasado y el presente, para que las nuevas generaciones comprendan que nuestra identidad no se pierde mientras sigamos recordando.
Este proyecto ha sido posible gracias al concurso “Subsidio a la Difusión y Fomento de las Culturas Indígenas, Región de Arica y Parinacota, año 2025”, de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI), apoyo que ha permitido transformar los recuerdos familiares y comunitarios en un registro tangible, que quedará como herencia cultural para Livílcar y para todos quienes valoran las raíces de nuestros pueblos originarios.
Indígena de Livilcar, asumo con orgullo y compromiso esta tarea de conservar la memoria colectiva. Escribir este libro no solo ha sido un acto de cariño hacia mis abuelos, sino también un homenaje a todos los hombres y mujeres del pueblo que, con su trabajo, fe y sabiduría, mantuvieron encendida la llama de nuestra identidad.
Deseo que cada lector pueda sentir, a través de estas páginas, el espíritu de Livílcar: el sonido del río al amanecer, las voces de los vecinos en las fiestas, el eco de las matracas en la fiesta de San
Bartolomé, y el amor que une a las familias en torno a su historia común.
Porque mientras recordemos a quienes nos precedieron, nuestras raíces seguirán floreciendo, firmes y vivas, en la memoria del pueblo.






dónde vengo
Me llamo Hernán Tarque Claros, y cada vez que pienso en de dónde vengo, vuelvo a los cerros de Livilcar y a las voces de mis abuelos.
Nací en Arica hace más de treinta años, hijo de Sergio Tarque Cañipa, a quien todos conocen como Toño, y de Olga Claros Cañipa. Como pasa en muchos pueblos, los lazos familiares se entrecruzan con naturalidad: mis padres son primos en segundo grado, y mis dos abuelas, además de compartir la vida, comparten también los mismos apellidos.
Así somos en la quebrada —una familia
grande, donde las historias se repiten y los rostros se parecen.
Mis abuelos maternos fueron Alejandro Claros y mi abuela Olga Cañipa del sector de Achuyo, nacida en el camino a Las Peñas, en la quebrada de Livilcar.
Él vio la vida por primera vez en la pampa del Tamarugal, en la salitrera La Santiago, muy cerca de Humberstone. De ellos aprendí el valor del trabajo y el amor por la tierra seca, esa que parece no dar nada y sin embargo lo entrega todo.
Con ellos viví muchos años, escuchando sus relatos de la pampa, de los obreros, del polvo y del sol incansable.
Por parte de mi padre, mis abuelos
fueron Hernán Tarque y Rita Cañipa, ambos nacidos en Livilcar. De ellos viene la raíz profunda de este libro: sus vidas, sus recuerdos y su manera de entender el mundo. Entre ambas ramas de mi familia hay un ancestro común, Valerio Cañipa, nacido también en la quebrada. Se dice que murió en Lima, porque no quiso morir como chileno. Era el tiempo de la chilenización, y su decisión fue un acto silencioso de orgullo y pertenencia. En cierto modo, soy doble tataranieto del abuelo que eligió morir lejos de su tierra para no renunciar a lo que era.
Aunque este libro habla sobre todo de mis abuelos Hernán y Rita, no podía dejar fuera a los maternos, que fueron mis primeros maestros de vida. Ellos me enseñaron los sonidos de la pampa, el amor por los picarones y las historias de quienes vivieron abajo en la quebrada. Los abuelos de arriba, en cambio, me enseñaron el respeto por los cerros, por las fiestas y la fe. Entre esos dos mundos la pampa y la quebrada se tejió mi infancia. 9
El entorno que me vio crecer
En medio de las quebradas profundas que descienden desde la precordillera de Arica y Parinacota, se encuentra Livílcar, mi tierra natal. Un pequeño pueblo escondido entre cerros de tonos rojizos y verdosos, donde el río San José serpentea silencioso, llevando consigo la historia de generaciones que aprendieron a convivir con el desierto y con la vida que florece en medio de la aridez.
La palabra “Livílcar” no aparece registrada en los diccionarios del idioma español, por lo que se considera un nombre propio de origen ancestral. Su
significado exacto ha sido motivo de interpretaciones y estudios por parte de distintos investigadores e historiadores regionales.
Según monseñor Pedro Armengol, en sus escritos de 1919, Livílcar significaría “lugarejo de Arica”. Armengol sostiene que el término provendría del aymara “liulcaña”, cuya traducción aproximada sería “estar desamparado” o “desamparo”. Esta interpretación refleja una visión del aislamiento geográfico del pueblo, enclavado entre cerros y quebradas, pero también puede entenderse como una alusión poética a su lejanía y tranquilidad.
Por otra parte, el profesor Manuel
Mamani propone otra lectura
etimológica, señalando que Livílcar sería una voz compuesta o derivada de los idiomas aymara y quechua. En esta línea, menciona que algunas personas identifican el término con “Liwillka”, del aymara “Willjta”, que significa amanecer o alba, y aymara “Willka”, que significa sol.
Bajo esta interpretación, Livilcar podría entenderse como “lugar del amanecer” o “tierra del sol”, una definición que armoniza con el paisaje luminoso y espiritual del valle.
Ambas versiones, aunque diferentes, coinciden en un punto esencial: Livilcar es un nombre cargado de historia, identidad y sentido. Su origen, entre el sol y el desamparo, entre la fe y la naturaleza, refleja el espíritu de un pueblo que ha sabido resistir el paso del tiempo sin perder la calidez ni la fuerza de sus raíces.
El aire de Livilcar tiene un aroma particular: una mezcla de tierra húmeda después de la lluvia en Febrero, de molles y de las flores silvestres que aparecen en primavera. En las noches, el cielo se vuelve un manto inmenso de estrellas que parecen rozar los techos de las casas

de adobe. Los cerros o mallkus como se dice en idioma aymara, guardianas eternas, rodean el valle como si quisieran protegerlo del paso del tiempo. Aquí, la vida se mueve con el ritmo del sol. Las familias solían levantarse temprano para atender sus chacras, regadas con las aguas que se desvía del río. Las acequias, cuidadas con esmero, son más que canales: son la sangre que mantiene vivo el pueblo. Cada piedra, cada camino y cada árbol cuentan historias que se entrelazan con la memoria colectiva. Culturalmente, Livílcar conserva la esencia andina mezclada con la herencia hispana. Las
festividades, como la de San Bartolomé, son momentos sagrados donde la comunidad se reencuentra con sus raíces. En esas fechas, el pueblo revive; los bailes religiosos, los cánticos, los colores de los trajes y el sonido de los bombos y matracas llenan el aire de devoción y alegría. Son días en que los abuelos vuelven a ser jóvenes, los niños aprenden las tradiciones, y todos, sin importar la edad, sienten el orgullo de pertenecer a esta tierra.
Una historia contada desde la familia
Mi historia con Livilcar está tejida con los recuerdos de mis abuelos. La primera vez que subí a Livilcar tenía 8 años y lo hice al anca del caballo de mi tío Oscar Cañipa. Al llegar al pueblo luego de 7 u 8 horas de cabalgata en esos tiempos mis abuelos me contaban cómo el pueblo era distinto en sus tiempos: sin luz , y sin ninguna comodidad, pero con una unión comunitaria tan fuerte que nada parecía faltar.
casa tenía su puerta abierta, porque todos eran parte de una sola familia. De hecho durante los primeros años que fui, casi toda nuestra familia y primos lejanos nos quedábamos en la casa de nuestro tío Moisés Cáceres, hermano de mi abuela Rita. En las noches, las reuniones al calor del fogón eran habituales; se contaban historias de los antiguos arrieros que cruzaban la quebrada llevando sus animales hacia las alturas, o de los antiguos livilqueños que ya no estaban en nuestro plano existencial.
Mi abuelo Hernán solía decir que cada

Mi abuela, con su sabiduría sencilla, me enseñó que Livilcar no es solo un lugar: es una manera de vivir. Me hablaba de las cosechas de que el pueblo da de todo fruto y de la precariedad del pueblo, de las caminatas al río para lavar la ropa y de las canciones que acompañaban esas labores. A través de sus palabras, entendí que el verdadero valor de nuestro pueblo no está en su tamaño ni en su número de habitantes, sino en la fuerza de su memoria y en la identidad que perdura en cada generación. Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo que el legado de mis abuelos no fue solo la tierra o las tradiciones, sino el amor profundo por
Livílcar, ese rincón del norte chileno donde todo tiene un sentido, donde cada piedra guarda una historia y donde el tiempo parece detenerse para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.




El eco de sus vidas
En cada rincón de Livilcar todavía
resuena la voz de mi abuelo, Hernán
Tarque. Mi papá Sergio (Toño como le dicen todo) dice que me puso su nombre y que me parezco mucho a él, en sus virtudes o defectos. Mis abuelos son más que mis ancestros; fueron los pilares que sostuvieron con humildad y sabiduría la historia de nuestra familia. Gracias a ellos, entendí que la memoria no se guarda solo en las palabras, sino también en los gestos, en la tierra cultivada, en las fiestas del pueblo y en la forma de mirar el horizonte al atardecer.
Mi abuelo Hernán nació entre los cerros y el río, en tiempos donde todo se hacía con las manos y con paciencia. De joven conoció el trabajo duro: el cultivo, el pastoreo y los largos caminos a pie por la quebrada. Dicen que tenía un temple sereno, pero una fuerza de voluntad inquebrantable. Aprendió de su padre a leer el clima por las nubes y a escuchar el viento para saber cuándo sembrar o cosechar.
Era hombre de palabra justa, de manos curtidas y mirada firme, que encontraba alegría en lo simple: una buena cosecha, el agua corriendo por la acequia, o una tarde conversando en el patio con los suyos. 19

Mi abuela Rita, en cambio, representaba el alma fuerte del hogar. Con su incondicionalidad a mi abuelo y su amor hacia su pueblo, era la encargada de criar
a Miguel, Victoria, Sergio, María, Genny, Verónica y Valerio( quien perdió al nacer a su madre y fue criado como un hermano más de la familia Tarque
Cañipa). Es una mujer trabajadora, pero también sabia. Sabía de hierbas
medicinales, de remedios caseros y de los secretos de la cocina que aprendió e su mamá.
Juntos, mis abuelos formaron una familia unida por el respeto, el trabajo y la fe.
Supieron criar a sus hijos entre la
disciplina y el cariño, enseñando que el valor de una persona se mide por su esfuerzo y su palabra. Nunca fueron de grandes discursos, pero sus actos hablaron por ellos: compartían lo que tenían, ayudaban en las actividades comunitarias del pueblo, y eran de los primeros en ofrecer apoyo cuando alguien lo necesitaba.
Cómo se conocieron mis abuelos Cuando le pregunté a mi abuela cómo se había enamorado o cómo conoció a mi abuelo, me confesó que ni su infancia ni su juventud fueron fáciles para ninguno
de los dos.
Mi abuela Rita Cañipa Quea nació en Livilcar, y desde muy pequeña tuvo que ayudar en las labores familiares: el cuidado de la chacra, la crianza de los animales y las tareas del hogar. Recuerda con cariño los años en que pudo asistir a la escuela del pueblo, cuando todavía funcionaba y recibía a distintos profesores que venían de otras zonas.
Entre ellos estuvo don Horacio Cornejo, abuelo de mi cuñado Mauro, y también la profesora Claudina Ormazábal, quien marcó profundamente su vida.
La profesora Claudina, conmovida por el esfuerzo y la dedicación de mi abuela,
decidió hacerla su ahijada. Con el tiempo, viendo las limitaciones de vivir en un pueblo tan apartado, le ofreció llevársela a Putre para continuar sus estudios y criarla como a una hija. Mi abuela aceptó, agradecida por la oportunidad de seguir aprendiendo.
Sin embargo, la vida la hizo regresar a Livilcar. Su madre, doña María Choqueta, enfermó gravemente, y Rita volvió al pueblo para acompañarla en sus últimos días y ayudar a su padre en las labores diarias. Tras el fallecimiento de su madre, su padre comprendió que las condiciones en el pueblo eran difíciles para una joven mujer y decidió enviarla a Arica, con la
En Arica, mi abuela combinaba sus estudios con el trabajo: ayudaba en una casa particular cuidando a los hijos menores de una familia de la ciudad. Eran tiempos duros, pero también de esperanza.
Fue entonces, a los 22 años, cuando el destino la hizo reencontrarse con un viejo conocido de Livilcar: mi abuelo,
Hernán Tarque Centella, quien acababa de terminar su servicio militar. Un día, él la invitó a ver una matiné en el antiguo
Cine Arica, y así comenzó una historia que perduraría toda una vida.
Según cuenta mi abuelo, después de salir juntos algunas veces, decidió declararle su amor y pedirle matrimonio. Mi abuela, viendo en él a un hombre trabajador, respetuoso y serio, aceptó sin dudar.
A partir de ese momento, sus caminos quedaron unidos para siempre, iniciando 23 con la esperanza de que allí pudiera estudiar y forjar un mejor futuro.
Claro que, en esos tiempos, las formalidades eran importantes: mi abuelo primero pidió permiso al dueño de la casa donde vivía mi abuela, y ella, por su parte, escribió una carta a su padre y a sus hermanos en Livilcar, contándoles emocionada que pronto se casaría.

Guardianes del saber y del alma del pueblo
Mis abuelos han sido verdaderos guardianes de la memoria de Livilcar.
Ellos mantenían vivas las costumbres que dan identidad al pueblo. El abuelo enseñaba a los más jóvenes a respetar los tiempos de la tierra y a no olvidar los nombres de los cerros y quebradas, porque decía “cada uno guarda su espíritu”. Mi abuela, por su parte, enseñaba a las mujeres y niñas a cocinar,
25 juntos una nueva vida que mantendría vivo el legado de sus raíces y del pueblo que los vio nacer.
vestir los santos para las fiestas y a cuidar el fuego del hogar, símbolo del calor familiar.
A través de ellos comprendí el valor de la comunidad. En su casa siempre había un plato de más, una historia para contar y un consejo que llegaba en el momento justo. Eran el punto de encuentro para hijos, nietos y vecinos; su casa era como una pequeña escuela donde se aprendía sin darse cuenta. Siempre se comía en silencio, ya que valoraban toda la historia de sacrificio que se tuvo que vivir para tener una situación económica estable, donde al casarse ellos comenzaron con tan solo una mesa y dos sillas.
Hoy, cuando los recuerdo, veo en ellos el reflejo de tantas generaciones que mantuvieron vivo a Livilcar. Porque fueron los abuelos —como Hernán y Rita quienes, con su trabajo silencioso, sembraron la esperanza y transmitieron la sabiduría que da sentido a nuestras raíces.
Su legado no se guarda en documentos ni en monumentos, sino en la forma en que seguimos celebrando las fiestas, cultivando la tierra y nombrando con orgullo nuestro origen. Ellos nos enseñaron que el tiempo pasa, pero la identidad se conserva si uno no olvida de dónde viene. Y mientras su recuerdo siga vivo en nuestras palabras y
en los caminos del pueblo, mis abuelos seguirán siendo los verdaderos guardianes de la memoria.





corazón cultural de Livilcar
Livilcar es un pueblo que respira tradición. Cada gesto cotidiano, cada saludo entre vecinos, cada canción que se escucha en las fiestas, guarda en sí la esencia de generaciones que aprendieron a vivir con respeto y gratitud hacia la tierra.
Aquí, las costumbres no son solo recuerdos: son una forma de mantener vivo el espíritu de nuestros antepasados. Desde tiempos antiguos, las familias de Livílcar han conservado prácticas que reflejan la unión entre el ser humano y la naturaleza. El ciclo agrícola, marcado por
las lluvias y los vientos, guía el ritmo de la vida comunitaria. Las siembras y cosechas no son simples labores del campo: son actos sagrados en los que se agradece a la Pachamama por los frutos recibidos. Antes de trabajar la tierra, se acostumbra ofrecer una pequeña porción de alimento o bebida, como símbolo de respeto hacia la madre tierra que sostiene todo.
En el lenguaje cotidiano se mezclan palabras heredadas del quechua y el aimara con el español, dando vida a una forma de hablar que refleja la historia de los pueblos andinos. Expresiones como jilakata, mallku, o tata se escuchan con
Livílcar son diversas y profundas.
Fiestas y espiritualidad compartida
Entre todas las tradiciones del pueblo, ninguna tiene tanta fuerza y significado como la fiesta en honor a San Bartolomé, patrono de Livílcar. Cada 24 de agosto, las calles se llenan de música, color y devoción. Las familias limpian y adornan sus casas, los alféreces y cabecillas se preparan durante semanas, y los fieles llegan desde distintos rincones de la quebrada para acompañar la procesión.
Guardaba con esmero un cuaderno donde anotaba los nombres de los alféreces, los cabecillas y todos lo necesario para que la fiesta resultara perfecta. Su compromiso era profundo, porque entendía que no solo se trataba de una celebración religiosa, sino también de un acto de identidad y unión comunitaria.
Cada 20 de agosto, mi abuelo partía desde Arica rumbo a Livilcar. El trayecto era largo: cruzaba el valle de Azapa, y luego, al entrar en la quebrada, montaba animales para transportar la mercadería y los insumos para la fiesta. Era un viaje de esfuerzo, pero también de fe. 30 naturalidad, recordando que las raíces de

En la comunidad, mi abuelo era reconocido como el jilakata, el anciano más respetado del pueblo, aquel que tenía la última palabra en los asuntos de tradición y costumbre. Quizás fue un cargo que asumió naturalmente, heredado de su padre don Basilio, quien en su tiempo también lideró la comunidad y fue fabriquero de la iglesia de San Bartolomé.
Con el paso de los años, gracias a las gestiones de la comunidad y la colaboración de muchos vecinos entre
ellos Valerio y Sergio—, se logró habilitar un camino de acceso vehicular hacia Livilcar. Mis abuelos participaron
activamente en esas primeras gestiones, convencidos de que ese avance facilitaría la vida de todos los comuneros y el desarrollo de las festividades.
El 22 de agosto era un día especial: se realizaba el faenamiento de un vacuno de la familia, el cual se vendía al grupo del alferazgo para la alimentación de la fiesta. Recuerdo con claridad la sangre fría y el respeto con que mis abuelos realizaban esta labor. Era una costumbre dura, pero cargada de sentido colectivo. Hoy, con una conciencia más proanimalista, esas prácticas se ven con otros ojos y han ido desapareciendo del pueblo, pero entonces formaban parte del ciclo natural
El 23 de agosto se realizaba la wilancha, ceremonia ancestral en la que mi abuelo sacrificaba uno de sus corderos, esparciendo su sangre en las cuatro esquinas de la iglesia de San Bartolomé de Livílcar. Era un acto sagrado, una ofrenda simbólica para asegurar que la fiesta saliera bonita, como él decía. En ese gesto se unían la fe, la gratitud y la memoria de los antiguos, reafirmando la conexión entre las personas, la tierra y el santo patrono que protege al pueblo. La imagen del santo recorre el pueblo acompañada de oraciones, danzas y promesas, mientras el sonido del tambor
En Livílcar, la religión católica se entrelaza con las creencias ancestrales, creando una espiritualidad propia, profunda y auténtica. 33 de la vida y la celebración.
resuena por las quebradas como un eco que une el pasado con el presente.
Pero no solo las fiestas patronales mantienen viva la espiritualidad del pueblo. También lo hacen los pequeños ritos cotidianos: encender una vela al amanecer, bendecir el agua antes de regar, o mirar el cielo para pedir buen tiempo. Son gestos sencillos que expresan una fe silenciosa, donde lo sagrado y lo natural se confunden.
La comunidad como raíz
En Livílcar, la vida no se entiende sin la comunidad. La ayuda mutua es una costumbre que ha sobrevivido al paso de los años. Cuando hay una faena de riego, una construcción o una festividad, todos colaboran. Se trabaja en conjunto y luego se comparte la comida, el canto y la conversación. Estas actividades comunitarias son una herencia de los antiguos pueblos andinos que sabían que la unión era la mejor forma de enfrentar la dureza del desierto.
Los niños aprenden desde pequeños el valor del respeto y del compartir. Las abuelas enseñan a cocinar ; los abuelos, a
trabajar la tierra y cuidar los animales.
Así, la educación no está solo en las escuelas, sino en los patios, los caminos y las conversaciones del día a día.
La naturaleza como maestra
El entorno natural de Livilcar ha sido siempre maestro y compañero. Los cerros, el río, las piedras y el viento son parte de la identidad del pueblo. En ellos se reflejan los cambios de estación, los ciclos de la vida y los silencios que enseñan paciencia.
Las familias han aprendido a escuchar a la naturaleza, a no forzarla, a adaptarse a su ritmo. Por eso, las tradiciones agrícolas, el respeto por el agua y el
cuidado de los animales son también formas de espiritualidad.
Cada amanecer en Livilcar es una lección de humildad y belleza. El sol que se levanta sobre los cerros, el canto de las aves, el murmullo del río… todo recuerda que el ser humano es solo una parte del gran equilibrio que sostiene la vida. Y ese equilibrio, que los abuelos entendían con sabiduría, sigue guiando a las nuevas generaciones.
Las tradiciones de Livílcar son raíces vivas que se nutren de la memoria y el amor por la tierra.
Aunque el tiempo cambie y las nuevas generaciones vivan lejos, la esencia del pueblo permanece en los corazones de quienes aún recuerdan las fiestas, las oraciones, los sabores y los paisajes de su infancia.
Porque mientras existan quienes celebren, trabajen y sueñen con Livílcar, las tradiciones seguirán perdurando.






En Livílcar, la historia no se escribe en papeles, sino en las conversaciones al sol, en las reuniones después de misa o en los días de fiesta cuando las familias se sientan a recordar. Cada persona guarda una parte del relato común, una memoria que se transmite con cariño y respeto.
Cuando hablo con los comuneros, descubro que mis abuelos Hernán Tarque
Centella y Rita Cañipa Quea no solo pertenecen a mi familia, sino también a la historia viva del pueblo. Sus nombres parecen entre risas, anécdotas y silencios cargados de nostalgia.
“El charke” – Segundo Llerena, afrodescendiente Segundo Llerena, alias Chilo, es uno de los afrodescendientes más antiguos de la región. Conoció a mi abuelo Hernán a los 13 años y recuerda que lo conoció debido al box, un deporte que hace 80 años era común en las escuelas del valle.
“Recuerdo a tu abuelo, ya que él era representante en su colegio en la academia de box, y yo era en la mia(las Maitas). Luego de ahí nació una sincera amistad, donde siempre recordaba el peso de la palabra empeñada y de la lealtad. Fuimos grandes amigos y por eso era el único que a veces le decía el charke, apodo que le
La techumbre de la Iglesia de San
Bartolomé
En el año 1978, la iglesia de San Bartolomé volvió a renacer. Ese año se reemplazó su antigua techumbre de torta de barro por una nueva de calamina.
Como en tantas otras ocasiones, fue mi abuelo Hernán quien tomó la iniciativa, movido por su compromiso profundo con el pueblo y su fe.
Mi abuela recuerda con claridad aquellos días. En ese entonces no existían ni el
Consejo de Monumentos Nacionales ni
El trabajo fue arduo, pero se hizo con entusiasmo. Sin embargo, casi al finalizar la obra, ocurrió un hecho que pocos conocen. El maestro que dirigía los trabajos sufrió un grave accidente: un golpe con un martillo le destrozó parte de los dientes. En esos años no existía la prevención de riesgos ni las mutualidades; solo la solidaridad. El 40 decían cuando era niño”.
la Fundación Altiplano, solo la voluntad de la gente. “Tu abuelo fue hasta Arica a pedirle permiso al Obispo para hacer el cambio de la techumbre —me contaba— , y cuando recibió su aprobación, todos comenzamos a colaborar con cuotas y actividades para reunir el dinero necesario.”
Mi abuelo, sin dudarlo, sacó de su propio bolsillo un dinero extra para que el maestro se marchara tranquilo. No quiso que se hiciera ruido, ni que el incidente opacara el esfuerzo de toda la comunidad.
Así era mi abuelo: silencioso, justo y profundamente humano. Bajo su guía, la iglesia volvió a brillar, no solo por el techo nuevo, sino por el espíritu solidario que se elevó junto a cada lámina de calamina colocada con fe y con amor por el pueblo.
“La fuerza de la comunidad”
–
En las reuniones de la comunidad, cuando se habla de los tiempos antiguos, los nombres de Hernán y Rita siempre vuelven. Algunos recuerdan las watias, otros las fiestas patronales, otros las largas caminatas hasta Arica para vender productos o comprar provisiones. “Ellos nos enseñaron a no olvidar las costumbres”, comenta don Humberto Veliz. “Cuando el pueblo estaba más pequeño, fueron los que insistieron en mantener las celebraciones ya que se estaban perdiendo. Decían que la fiesta 41 hombre, con humildad, le pidió a mi mi abuelo una ayuda para poder atenderse.
Testimonio colectivo

El eco de las voces
Cada testimonio que escucho confirma lo que siempre supe: mis abuelos no fueron
solo parte de una familia, sino parte de una historia compartida. Su ejemplo sembró valores que todavía florecen en el corazón de quienes los conocieron.
La gente los recuerda con gratitud, no por lo que tenían, sino por lo que daban: su tiempo, su trabajo, su sabiduría.
Cuando cae la tarde y el sol tiñe de
dorado los cerros, siento que esas voces se mezclan con el viento que baja por la quebrada. Son voces que no se apagan, porque viven en cada persona que aprendió de ellos algo importante: amar la tierra, respetar la comunidad y mantener viva la memoria.
Mis abuelos, Hernán Tarque Centella y Rita Cañipa Quea, siguen presentes y su legado seguirá vivo en las voces del pueblo. 43 de San Bartolomé era el alma del pueblo, y tenían razón. Sin la fe, sin la unión, Livílcar se apagaría.”
Las palabras de los vecinos, hijos y nietos no son simples recuerdos; son la confirmación de que la historia de Livílcar se mantiene unida por los lazos invisibles de la memoria y la gratitud.




Las huellas que permanecen
generosidad lo que se le da con respeto.
Con los años he comprendido que las verdaderas herencias no se guardan en documentos ni en bienes materiales. La herencia más profunda es la que se lleva en el alma: los valores, las costumbres, la manera de mirar el mundo.
Esa es la herencia que recibí de mis abuelos Hernán y Rita, y que hoy intento mantener viva en cada decisión, en cada proyecto y en cada paso que doy por los caminos de Livilcar.
Ellos me enseñaron que la tierra no es solo un recurso, sino un ser que respira, que siente y que devuelve con
Me enseñaron que la fe no se limita a los templos, sino que también está en la forma de trabajar, de compartir, de agradecer.
De mi abuelo heredé la paciencia y la constancia; de mi abuela, la fuerza silenciosa de quienes hacen mucho sin decirlo.
Ambos me transmitieron la idea de que la vida tiene sentido cuando se vive con propósito y con amor por los demás.
Hoy, cuando vuelvo a Livilcar y veo a los niños jugar en las mismas calles donde alguna vez corrieron mis abuelos, siento que la historia no se ha detenido.

Ellos no conocieron a mis abuelos como
yo, pero viven rodeados de sus huellas: en los muros de adobe que aún se mantienen en pie, en las chacras donde todavía brota el fruto que deseemos, en las fiestas que cada año renuevan la esperanza del pueblo. Esa continuidad es el testimonio más claro de que las raíces siguen firmes.
nuevas generaciones y
Las nuevas generaciones enfrentan otros desafíos: la distancia, el trabajo en la ciudad, los cambios tecnológicos y
culturales. Pero, aunque los tiempos sean distintos, las enseñanzas de nuestros mayores siguen siendo necesarias.En un mundo que avanza rápido, donde muchas veces se olvida de dónde venimos, recordar a los abuelos y sus valores es una forma de resistir al olvido. Los jóvenes de hoy tienen la oportunidad de mantener viva esa herencia, no solo a través de las palabras, sino también con acciones: cuidar el entorno, valorar el trabajo colectivo, participar en las celebraciones, preservar la lengua, las recetas, los cantos y los saberes que nos definen como comunidad.
Cada vez que alguien vuelve a Livilcar,
aunque sea por unos días, y saluda con cariño a sus vecinos, está continuando la obra de nuestros antepasados.
Yo, al escribir estas páginas, siento que cumplo con una promesa: la de no dejar que la historia se pierda.
Porque narrar la vida de mis abuelos no es solo un acto de amor familiar, sino también un deber con la tierra que nos formó. Es una forma de decirle al tiempo que seguimos aquí, con las mismas raíces, pero con nuevas ramas.






Las nuevas generacion son las llamadas a preservar la tradición
El paso del tiempo es inevitable, pero el olvido no lo es.
Cada generación tiene la responsabilidad de proteger la memoria de quienes nos precedieron, de mantener viva la historia que nos dio identidad. Si olvidamos a nuestros mayores, perdemos también el camino que nos conduce hacia lo que somos.
Livilcar, con su río, sus cerros y su gente, no es solo un lugar geográfico: es una historia colectiva escrita con esfuerzo, fe y cariño.
Mis abuelos, Hernán y Rita, son parte de esa historia, pero también lo son cada hombre y mujer que ha trabajado,
celebrado y rezado en este valle.
Hoy, cuando miro las fotografías
antiguas y escucho los relatos de las familias, comprendo que la memoria no pertenece al pasado, sino al presente.
Cada vez que alguien siembra, baila, enseña o recuerda, está renovando ese pacto invisible con sus raíces.
Por eso, este libro no busca cerrar una historia, sino mantenerla abierta.
Es una invitación para que las nuevas generaciones sigan escribiendo sus propias páginas, sin olvidar nunca que detrás de cada uno hay un pueblo que los sostiene, y unos abuelos que los miran desde la memoria con orgullo y amor.
“Quien olvida a sus abuelos, corta las raíces que lo sostienen.
Quien los recuerda, florece con ellos en cada amanecer. ”
