III Trimestre de 2011 Capítulo 12 - La adoración y la iglesia primitiva
En la noche de la Pascua, cuando Jesús terminó su última cena con sus discípulos, predijo que Pedro lo negaría. Pedro protestó: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré" (Mateo 26:33). ¡Cuán poco conocía Pedro las debilidades de sus buenas intenciones! Su confianza propia fue mayor que su capacidad de resistir las burlas de quienes ponían en sospecha su relación con Jesús (Mateo 26:69-75). Solo unas pocas semanas más tarde, Pedro y los demás discípulos eran hombres cambiados. Su tristeza y su confusión habían sido transformadas en gozo y en un esperanzado sentido de triunfo porque, aunque Cristo ya no estaba con ellos en persona, sentían su presencia, la presencia de su propio Espíritu Santo. Su confianza ahora estaba centrada en él; Jesús era su insignia de autoridad y la fuente de su éxito. ¿Cómo podían fracasar, si él vivía en sus corazones? No importaba lo que viniera -pruebas, persecución, aun la muerte-, su temor había desaparecido, reemplazado por su confianza en Aquel que murió, y que había resucitado y ascendido al cielo, donde estaba intercediendo por ellos. Día tras día oraban por la unción del Espíritu Santo, con el fin de que llenara sus vidas y los equipara para la obra de ganar almas para el Reino de Cristo. "Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen" (Hechos 2:1-4).
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Pedro se levantó valerosamente ante la multitud, hablando a gente de muchas naciones y lenguas; no obstante, todos lo entendían en su propio idioma. El texto de Pedro provino del profeta Joel: "Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán [...] Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo" (Hechos 2:17-21; la cursiva fue añadida).
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El sermón de Pedro en Pentecostés