Bajas esferas, altos fondos
JesĂşs Pardo
Bajas esferas, altos fondos
Primera edición: junio de 2012
© Jesús Pardo de Santayana, 2005
© de la presente edición: Editorial Funambulista, 2012 c/ Flamenco, 26 - 28231 Las Rozas (Madrid) www.funambulista.net
BIC: FA ISBN: 978-84-939855-9-2 Dep. Legal: M-21762-2012
Maquetación de interiores y cubierta: Gian Luca Luisi
Motivo de la cubierta: Altas fiestas, © Francisco José Martínez Morán, sobre un original de la colección de la familia Morán-Castro, 2012 Impresión y producción gráfica: MFC Artes Gráficas Impreso en España «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)» Reservados todos los derechos. No se permite reproducir, almacenar en sistemas de recuperación de la información ni transmitir parte alguna de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado —electrónico, mecánico, fotocopia, grabación, etc.— sin el permiso previo por escrito de los titulares del copyright.
Bajas esferas, altos fondos
Dedico este libro: A mi mujer, Paloma, magistral revisora de una novela que le daba repelús, y a mi viejo amigo Camilo José Cela, en póstumo tributo de cariño y decepción
A modo de prólogo
La parte o la mitad es tanto o más importante que el todo J.A.M. Whistler El contenido es más importante que la expresión Matthew Arnold Y si, lector, dijerdes ser comento, como me lo contaron te lo cuento José de Espronceda
I
Londres entero, toda una provincia urbanizada cuyos diez siglos de reptante crecimiento parecían no tener otro objeto que servir de engaste a la nobilísima plaza de Belgravia. Y la plaza, fauce abierta para engullir la patricia mole de la embajada española, en cuya oscura fachada relucían tercamente, contra la noche agresiva, tres únicos puntos de luz entre las dos farolas que la flanqueaban. El resto del edificio, silencioso y fundido en la noche. Los tres puntos de luz eran otros tantos ventanales, cuyos cortinajes, insolentemente descorridos, correspondían a la sala principal de la embajada, iluminada nada menos que para un ministro. Sala grande y alta y decimonónica: muebles oscuros, cuadros tenebristas, porcelana pseudocampesina y plata matemente previsible. Admirando las nobles proporciones de aquella sala se diría que su dueño anterior, un duque inglés de decimonónico 11
título, hubiera presentido su destino al planearla: albergar al embajador del más persistentemente decimonónico país de Occidente. El ministro, alto y fornido, facciones cuya aviesa reciedumbre contradecía lo aflautado de la voz, desgranaba lugares comunes: —Bueno, señores, les he convocado para rogarles que presten la mayor atención posible a las conversaciones que voy a tener mañana y pasado con mi colega británico. Ya saben ustedes lo importante que es para nosotros el Mercado Común. Y el apoyo inglés puede ser decisivo. Miró a los siete periodistas, casi todos horteramente endomingados, que le escuchaban con exagerada atención, generoso vaso de whisky en mano. Sus ojos, yendo de cara en cara, se fijaron casualmente en un magnetófono que había sobre la mesa de cristal; frunció súbitamente un ceño cuya tendencia al fruncimiento súbito llamaba la atención incluso en el fruncido ambiente en el que habitualmente se movía. —¡A ver! —silbó—. ¿De quién es eso? El aludido, joven rechoncho con cara de pasmado y enfundado en plebeyo marrón claro, exhaló el primer ruido que sonaba allí de boca de plumilla: —Mío, señor ministro. La voz ministerial cobró ahora en punta lo que menguaba de filo: —Pues quítelo de ahí. —Señor ministro —el plumilla, muy colorado—, si no está encendido... —¡Le he dicho que lo quite! —gruñó, peligroso, el ministro; y, tras breve pausa—: ¡Inmediatamente! 12
El plumilla se levantó en silencio y llevó el magnetófono a un rincón. El ministro lo seguía con la mirada; volvió a gruñir, hostigante, y añadió, más bajo: —¡Sáquelo de este cuarto! El plumilla siguió hacia el pasillo, de cuyas profundidades volvió enseguida sin su aparato. La voz del ministro, de nuevo ásperamente suave, seguía hablando: —Bueno, como les decía, yo aprecio mucho a la prensa, y espero que ese aprecio sea mutuo. Subrayen, hagan ustedes el favor, que estas conversaciones van a ser muy duras. No toleraremos que nos condicionen su apoyo a nada. A Gibraltar, por ejemplo. Aunque la verdad es que no sé a qué tanto obstáculo: ¿qué razones pueden darse para dejarnos fuera de una organización europea? ¿Es que no somos Europa? —volviéndose, con expresión de agravio, al conde—: ¿Qué dices tú a esto, embajador? El conde, alto, ágil, fuerte, atezado, eterna juventud bajo sus cincuenta y pico años, pelo entrecano y arrugas precoces, eterna seriedad zumbona bajo las cejas pobladísimas, irguió su atlética mole negra surcada de rayas diplomáticas. Levantó la cabeza con energía, sonrió: —Pintoresco. Bueno, ya sabemos lo coherente que es esa gente. Estaba de mal humor: aquella mañana había habido en la embajada una pequeña recepción para celebrar la adquisición por parte del Ministerio de Cultura de un magnífico stradivarius en una subasta londinense; el agregado cultural pujó fuerte, y ahí estaba la joya. Un importante músico especialmente llegado de Madrid para tomar posesión de ella dijo unas palabritas y el embajador pronunció otras, preparadas por el agregado cultural, porque es lo que él no se recataba de decir: 13
—Yo, de música, cero al cociente. Y lo peor —proseguía— es que el muy pesado del músico se empeñó en tocarnos una sonata para violín entera de un cierto Escarlatina o algo así, y nos dio la fiesta; rasca que te rasca, el tío nos retrasó la hora del whisky en casi tres cuartos de ídem. El ministro oteó el horizonte de rostros atentos: —A propósito, en el aeropuerto, un colega de ustedes, inglés tenía que ser, me preguntó cuándo vamos a dejar entrar en España a los exiliados, y yo —encogiéndose de hombros le soltó—: «España —con una risita estridente— no tiene exiliados, sólo patriotas o traidores». ¡Ahí va eso!, pensé al decírselo. Hizo una pausa, saboreando el coro de risitas que su salida suscitó; luego, iniciando la despedida: —Bueno, señores, si no tienen ustedes nada más que preguntarme, les dejo: me espera cena en el Club Español, con unos empresarios ingleses. Uno de los plumillas, cuerpo arratonado en gris claro, rostro puntiagudo de bigotudo zorro alerta, se levantó, alzó la mano: —Señor ministro, creo que hablo en nombre de mis colegas si le pido que nos diga qué directrices quiere darnos para nuestras informaciones... —¡Por Dios, querido amigo! —el ministro se deshizo en un pasmo—. ¡Qué cosas se le ocurren! ¡Ustedes, escriban lo que quieran!, ¿qué pinto yo en eso? «Sí, sí, escriban, escriban —sonrió para sus adentros, levantándose, muy gallito del cotarro él, y empezando a repartir apretones de mano—, para tacharnos bastamos nosotros». El conde, a su lado, decía cosas amables a los plumillas, que se despedían y desaparecían hacia la puerta de la calle. Se apartó y llevó a un lado a Nemesio y a Guillem, dos plumillas recién llegados a 14
Londres: «Sangre nueva en odres viejos», les había llamado al acusar recibo de su aparición. —Ustedes ya saben que cenan conmigo —les dijo—. Y luego les llevaré a un sitio de rubias y morenas. Ya verán. Esperen aquí, que me despida del ministro. Ya le traen el abrigo. El ministro, solo ya en la sala, se lo estaba poniendo en aquel momento sobre su terno de idénticamente marino azul. El conde se le acercó para ayudarle, pero el ministro le apartó con afable ademán, sonriéndole al tiempo, campechano y confianzudo: —¿Qué? ¿Os da mucha lata mi hija? —¡Por Dios, ministro! El ministro le dio un golpecito en el hombro, y añadió, dirigiendo un rápido saludo a Nemesio y a Guillem. —Bueno, embajador, hasta mañana, y si María Gimena se os pone pesada, ya sabes, ¡pam pam en el culete!
Idonea Hockover llegó puntual a su trabajo: las diez menos cuarto de la noche. Se preciaba de su puntualidad en todo cuanto la requería. No tanto, naturalmente, en sus deberes postespectaculares: irse a casa con los clientes después del espectáculo, si se terciaba, que era casi siempre. Idonea Hockover respondía laboralmente al nombre de Jane Smith, ocultando así su identidad de hija de familia bien. El cabaret donde trabajaba, Don Juan, propiedad de un tiburón rumano llamado Hugo Cornuché, se anunciaba como «La boite que cierra a las doce y media de la noche», y en sus anuncios mostraba siempre una espectacular chica en semicueros, el rostro protegido por un antifaz, y debajo:
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«Si quiere usted que Clare Brown le diga su verdadero nombre y le muestre su verdadero rostro, convénzala, pero ha de ser después de las doce y media de la noche, porque hasta entonces no puede: tiene que trabajar. Pero eso a nosotros no nos concierne: pase lo que pase cerramos a las doce y media». Y es que se decía, y a lo mejor era verdad, que las espectaculares bailarinas del Don Juan eran todas de familia aristocrática. Y también que teñían los pechos más firmes de Londres. Idonea Hockover, ciertamente, pasaba con sobresaliente ambas pruebas, pues era hija de un prosapiudo caballero: Lord Hockover de Hockover, de quien se decía que pasaba sus días en alcohólico y genealógico estupor en una casona escocesa del mismo nombre, Hockover Hall, cuyo noble aspecto pre-ruinoso quedaba inmediatamente desmentido por su moderna y digna solidez interior. Lord Hockover parecía convencido de que su hija hacía de secretaria en una empresa de relaciones públicas con oficinas en Picadilly. El acento de Idonea, insolentemente aristocrático, la denunciaría, a pesar de la defensa anónima del antifaz, si no fuese porque, para hablar con los clientes, lo camuflaba tras un bien ensayado cockney de lo más tirado; había casos, sin embargo, en que el cockney no era aconsejable, por demasiado plebeyo, y entonces Idonea cambiaba sus reposadas frases patricias por un tono de cortante y populachera viveza que, aunque no tan eficaz como el cockney, bastaba para borrar al oído ajeno su voz y acento normales; buenos recursos ambos en los que las chicas de Hugo Cornuché se mostraban consumadas maestras. Algunas, muy pocas veces, Idonea era sumamente temeraria con su acento nativo, arriesgándolo todo por el momentáneo placer de exponerse a que un cliente con quien ella alternaba socialmente, 16
y que a lo mejor hasta era pariente muy lejano, la reconociese al oírla hablar como ella hablaba entre los suyos. Encontraba un placer muy especial en arriesgarse tanto y tan deliberadamente a una irreparable catástrofe, sobre todo sabiendo que, días después, en una refinada cena, se encontraría quizá cara a cara, pero sin antifaz, ante el mismo hombre a quien muy poco antes, y en un ambiente muy distinto, había deslumbrado peligrosamente con su acento de pingüe y gélida estrella social. Menos mal que, hasta ahora, toca madera, nadie la había desenmascarado. De todo lo cual se deducirá que el uso de acentos plebeyos no tenía por objeto hacer creer al cliente que su presa era tan baja como su música indicaba: todo lo contrario; era un aviso: «¡Ojo! —le decían los roncos ecos cockney—, ¡yo no hablo así, de sobra sabes lo alto que pico, pero habrás de conformarte con esa certidumbre!». Y en cuanto a los pechos de Idonea, era distracción favorita de sus amantes adventicios hacer carambolas con canicas entre ambos. Idonea Hockover, alta y curvadamente erguida, de la cabeza —pequeña, de pura sangre— a los pies —menudos, de muñeca china—, y sin una gota de grasa en su cuerpo que no fuese esencial para el apuntalamiento de tan exquisita y muelle arquitectura, en la que no sobresalían más huesos que los de la nariz. Casi gemela, en esto, del resto del cuerpo de ballet del Don Juan: veinte chicas de lo más perfilado, parecidas entre sí como gotas de leche; laboriosísimamente escogidas todas ellas por Hugo Cornuché en persona, gran entendido en tales lides. Idonea subió al vestuario por escalones empinados y angostos. Allí estaban ya algunas de las chicas, y los dos negros: auténticos parangones de escultural esbeltez en impecable azabache; también muy cautamente escogidos por Cornuché como inquietante 17
contraste con la láctea piel de sus chicas. Negros y blancas se vestían y desnudaban juntos, y su indiferencia recíproca era total. Idonea estaba sacando del armario sus lentejuelas y su antifaz cuando se le acercó Norma Hornford-Schlachter, cuyo alias en el Don Juan era más bien desvaído: Jean Porter. —Aida —su diminutivo familiar en el Don Juan—, hay recado de Hugo. Después del espectáculo nos contrata Paco para sus dos invitados. Ah, y esta carta: te llegó por la mañana. Paco era el embajador de España en Londres, conde de Sietevillas, palabra que Idonea pronunciaba muy a la inglesa, «Sáitivilas», y grande de España. Si le frecuentaba profesionalmente, a pesar del peligro que corría de ser reconocida por él en su vida social, era porque le atraía como hombre y amante y le gustaba como persona. En sus encontronazos con él, siempre camino de la cama, Idonea hablaba lo menos posible, y limitándose a agudizar la voz, dándole una viveza muy plebeya, por temor a que su buen gusto de hombre muy clasista encontrase demasiado agresivo el acento cockney. Pero la mejor defensa de Idonea contra intempestivos reconocimientos era la imposibilidad patente de que Jane Smith, cortesana de altos vuelos, pudiese ser la misma persona que lady Idonea Hockover. Junto con el sobre, dirigido con letra de una prima suya que estaba pasando una temporada en Hockover Hall, Norma dio a Idonea un cheque firmado por Hugo Cornuché: la pingüe tarifa del Don Juan por ese tipo de trabajos extra, doscientas libras esterlinas por noche, menos el veinticinco por ciento de comisión que se llevaba el rumano. Idonea lo guardó con cuidado en su bolso y abrió la carta: «Tu padre —decía la letra picuda de su prima, bajo el menudo escudo y el plinto paterno—, el conde de Hockover —en líneas y 18
letra de bulto—, llega a Londres pasado mañana, miércoles. Estará allí cuatro días, de modo que ya lo sabes. Y te manda este cheque para que te compres un vestido. Parará en el Savoy». Idonea sumió el cheque, que era de cien libras, junto con la carta, en el bolso, y fue derecha a un rincón a vestirse de faena. Tenía que pedir cuanto antes cuatro días de permiso a Hugo Cornuché.
Por la rendija del tabique, Idonea veía el panorama del Don Juan: el rutilante salón aurialbo, tetricerúleo. Como un círculo incompleto, a obligada media luz, frente a su otra mitad, la pista de baile, cuyo suelo se cerraba en estrías concéntricas de mármol negro y blanco. El techo, abovedado, se moteaba de estrellas mate y tenuemente luminosas. «Un poco barroco —se decía Idonea, que sabía mucho de elegancias—, pero elegantísimo». Y, a cada lado de la pista, un palco rojigualdo con media banda caribeña, cuatro y cuatro, total: ocho músicos de estilizado azabache embutidos en esmóquines blancos. La sala estaba completamente llena, como siempre. Las lucecitas de las mesas iluminaban cándidas pecheras y trajes claros y oscuros. Idonea identificaba los trajes claros con norteamericanos, los oscuros con ingleses. El cabaret más selecto de Londres: sólo para socios, y, aun éstos, exclusivamente hombres. Y también el más caro. Había bofetadas por entrar, sobre todo entre los hombres talludos o talludizantes; y Hugo Cornuché se mostraba tolerante, permitiendo con frecuencia la entrada a candidatos en lista de espera, y dando preferencia a cuantos socialmente le conviniesen. El interés 19
era, ciertamente, por el espectáculo, siempre atractivo, original y divertido, pero, sobre todo, por la calidad del cuerpo de ballet que lo ejecutaba, cuyos miembros estaban en permanente estado de alquiler. —Es como acostarse con el Debrett —comentaba un conocido esteta, faldero obsesivo y obsesivamente esnob—, pero con dos ventajas: inmediatez y baratura, pues, por doscientas libras o así, consigues en un momento una chica con título y casa de campo, o sea, lo que normalmente, entre cenas y regalos, te cuesta mil o más, y, cuando menos, una semana de trabajo asiduo. Y luego, encima, ¡la tienes que aguantar! La desventaja, añadía, era no saber con quién te la estabas jugando, pero eso a él le parecía cosa secundaria. —El aroma de la carne de Debrett es inequívoco, y yo jamás me equivoco —remataba, con aire retador—; allá quien no tenga mi olfato. Por mucho antifaz y mucho acento ordinario que echen a su papel, no se me despintan: ese género, yo lo bordo. Ninguna chica del Don Juan desvelaría su identidad a persona tan bien relacionada; bueno, ni a nadie, pero sobre todo a ésas: primero, porque al día siguiente lo sabría todo Mayfair; y luego, porque Hugo Cornuché la despediría en cuanto se enterase, por guapa y empingorotada que fuese. —Aquí sólo hay señoras —repetía Hugo Cornuché—. No trabajamos ningún otro género. Lo cual no siempre era así, pero más que la realidad importaba la fama. Idonea, como ya dijimos, siempre había salido airosa de cuantos riesgos se erizaban en torno a ella, por provocados que fuesen; si alguien intuyó o descubrió su verdadera personalidad, fue sumamente discreto, pues nada alevoso corría sobre su nombre. La 20
única vez que ella misma rindió, por su propia voluntad, antifaz y anonimato ante un cliente, fue cuando éste, tosco y provinciano norteamericano de la remota Buffalo, le ofreció, frenético de curiosidad, quinientas libras esterlinas, quinientas por ambas cosas juntas, y, enardecido su frenesí ante la impávida negativa de Idonea, llegó a subir hasta mil. Y a la noche siguiente se las llevó, en grandes, impolutamente blancos billetes de cinco libras. Ella, entonces, metálico por delante, se quitó hieráticamente el antifaz, hieráticamente echada sobre su gran cama triple, y silabeó hieráticamente, nueva reina de Saba, su nombre entero: —Lady Idonea Irene Denzilla Francesca Hockover de Hock����� over���������������������������������������������������������� , de Hockover Hall —como quien salmodia una oración en latín decadente—, todo ello con mayúsculas góticas del rito escocés, y si se te ocurre decírselo a alguien y yo me entero, te pondré pleito por difamación —el yanqui la oía, baboso—. Ya puedes ir calculando lo que tendrás que darme por daños y perjuicios. Imagínate lo que valdría aquí tu palabra contra la mía. Cuando se lo contó a su amiga Norma, ésta le puso de apodo «la chica de las mil libras», que cundió enseguida entre las donjuaneras. Y a Idonea le hizo tanta gracia que allí mismo decidió para sus adentros no casarse hasta haberse pasado por las armas a mil hombres, meta a la que se iba acercando. Idonea, como todas sus compañeras, miraba siempre por la rendija del tabique para cerciorarse de que entre el público no hubiera nadie especialmente peligroso. Una de sus compañeras le dijo una vez que Hugo Cornuché tenía una reserva de cinco o seis chicas embridadas al Don Juan por una modesta señal semanal fija: nunca salían al espectáculo y nadie las conocía; siempre alerta en un cuarto contiguo, cuya llave sólo Hugo tenía, esperando una de esas contingencias para intervenir como sustitutas. 21
Idonea se fijó en la mesa del conde: le flanqueaban dos chicos jóvenes, uno con aire de paleto. ¡Qué corbata, por Dios bendito! ¡Y qué bigote el del otro!, en quien quizá apuntasen atisbos señoritiles. Recordó, con una mueca de desdén, su primera y última visita a España, cuatro años antes: Sevilla, donde había pasado casi un mes en casa de amigos, y donde los solteros ricos, talludos ya casi todos, y repelentes en su unánime machismo, la miraban con aire de entendidos en yeguas de carreras. Y unánime también su obsesión de que Idonea, por ser extranjera, follaría, como ellos se decían entre risitas, «a braga enjuta». Era como si les estuviese viendo. Una auténtica farsa su cortejo: apostándose, como centinelas, ante la reja de su cuarto; contrayendo, como malos actores, el rostro en una mueca de cómica angustia; desgranando, como pésimos recitadores, rosarios de súplicas repetidas de memoria. Y ella ofendía su machismo riéndoseles en sus mismas narices. Sus amigas sevillanas lo encontraban mal: —Hay que seguirles la corriente, es la tradición, y además es muy bonito. Aunque todos le repetían que Madrid no es Sevilla, Idonea había decidido no volver a España. De espaldas, en posición de firmes junto a la mesa del conde, la figura pequeña y rechoncha de Hugo Cornuché. Hablaba al conde entre reverentes inclinaciones de cabeza. Atípica en él tanta viveza: él, siempre frío y yerto como un bufón jubilado. Pero Hugo Cornuché, al tiempo que cabeceaba, no perdía de vista un instante a los camareros. Iban y venían entre las mesas, blandiendo jarras de champán y whisky con las que llenaban y rellenaban a chorro, costumbre de la casa, los gobeletes de oro en que allí se servía hasta el agua mineral. 22
«¡Menuda hembra te vas a follar, so piernas!— pensó Idonea en dirección a los dos españolitos—. ¡Cuándo lo soñaste!». Con cierta extrañeza se dijo que, de ambos, preferiría que le tocase en suerte el paleto. Se volvió al oír junto a ella la voz de Hugo Cornuché. El brillante charlatán, enigmático como un saurio viejo, ojos punzantes de pez de presa, hablaba con otra de las chicas, pero Idonea les interrumpió, autoritaria: —Oye, Hugo, me vas a dar cuatro días de permiso la semana próxima, viene mi padre de Escocia. El rostro apergaminado de Hugo Cornuché asintió sin mover una arruga, pensando ya, se dijo Idonea, en quién iba a ser su sustituta esos días. Idonea pensaba a veces que Hugo Cornuché parecía el sapo favorito de una princesita faraónica, amorosamente momificado por el embalsamador en jefe de la corte.
Las veinte chicas salieron, aleteando como pájaros de nieve, en dos tropeles: diez por cada lado de la pista. Sus brazos se emplumaban de alas multicolores. El rostro, enmascarado de un dorado antifaz que les cubría cejas, ojos, nariz y buena parte de los carrillos, era lo único que parecía vestido de sus cuerpos. Las mínimas y ceñidísimas prendas que llevaban eran de tan nítida transparencia que cabía preguntar su razón misma de ser. Hugo Cornuché habría satisfecho inmediatamente tal curiosidad: —Es por el censor, que no tolera desnudos móviles; legalmente mis chicas están vestidas. 23
Ambos tropeles llenaron saltarinamente la pista entera, y ambas semiorquestas caribeñas juntaron sus sones en un tutti unánime: calipso tras calipso, cuyas letras gorjeaban las chicas al unísono, sazonándolas con movimientos vagamente volátiles. Nemesio y Guillem nunca habían visto nada parecido. Guillem todavía disimulaba, pero Nemesio, muy sofocado, no pudo menos de preguntar: —¿Y esto está permitido aquí? —Hombre —el conde, riendo—, en la calle, no. Entre el caos de saltos y aleteos, cánticos y música, apareció de pronto, subiendo de las profundidades del Don Juan, una torrecilla roja en cuya cima estaban en pie los dos negros sin otro atuendo que mínimos taparrabos de un dorado idéntico al de los antifaces de las chicas. Sus torsos atléticos relucían líquidamente a la luz que les apuntaba desde el techo, mientras otros focos caían sobre grupo tras grupo de saltarinas aves enmascaradas, sumiéndolas alternativamente en luz y oscuridad. Los negros blandían sendas escopetas largas y esbeltas: culata de nácar, fino cañón de acero damasquinado, con las que enseguida comenzaron a apuntar a las chicas. Calculaban fríamente el blanco, disparaban desde la ventaja mortal de su altura; y ellas caían, una a una, entre desgarradores y desgarrados gemidos. Pronto estuvo todo el mármol blanco y negro de la pista moteado de cadáveres boca arriba, piernas desnudas y brazos emplumados, ambos muy abiertos. Se diría un extraño mosaico en erótico relieve. Los negros saltaron de lo alto de su torre, fueron entre las chicas, descargando sobre el techo estrellado de la pista nubes de un color rosado claro que poco a poco iban juntándose y condensándose en el ambiente. A las chicas se las entreveía como en un día muy brumoso de esencia de rosas pulverizada en el aire por un Eolo cursi. 24
Los negros desertaron el campo de batalla, volviendo la espalda a sus víctimas, y atacaron, en el fondo de la pista, un violento, jadeante, onduleante número homosexual que trocó en mudo asombro las carcajadas que la escena anterior despertaba aún en el público. Mientras, el telón bajaba lentamente, encerrando la pista redonda en una gran tienda circular de brocado rojigualdo. El altibajo de aplausos renacía una y otra vez de sus propias cenizas y acabó diluyéndose en silencio, y en el gran reloj que se cernía sobre la pista como una lámpara de números luminosos dieron de pronto las once y media de la noche. Hugo Cornuché salió entre dos pliegues de brocado atusándose los pocos pelos que le quedaban en la calva. —Amigos —levantando la voz cuanto podía—, aquí termina el espectáculo del Don Juan. Sólo queda una hora, de modo que pronto tendrán ustedes que apurar sus copas, y recuerden que la última, la de repecho, es invitación nuestra. No sé si querrán o no seguir disfrutando de la compañía de nuestras estrellas, pero, si es así, lo siento por ustedes: el Don Juan cierra dentro de una hora. Las chicas reaparecieron de debajo de los palcos de las semiorquestas. Iban exactamente como estaban en la pista. Se esparcieron entre las mesas, saludando a ilusorio bulto a los clientes; ilusorio porque ellas sabían muy bien a qué mesas iban: el alquiler se ultimaba en el Don Juan antes de comenzado el espectáculo, o por la mañana, telefónicamente, citando sólo el número del socio y el de la chica. Los negros, siempre muy solicitados, también tenían mesas a donde ir. A Norma no le hacía mucha gracia la idea de pasar la noche con Guillem o Nemesio: ¡extranjeros, y latinos encima! Le dijo a Idonea que pasase a Hugo Cornuché el recado de su súbito dolor de cabeza; y añadió: 25
—Da un beso a Paco de mi parte, y dile que, mano a mano con él, cuando quiera. De modo que Idonea fue la única que recaló, entre la batahola de los saludos y el chinchín de las copas, en la mesa del conde, que se levantó al verla, y ella se le echó encima, cubriéndole de besos los carrillos. —Toma, Paco, ¡muá muá!, por duplicado, uno de Jean, y los demás todos míos —y, bajando la voz, pegada su boca al oído del conde—: ¿Por qué no despides a esos dos plastas y nos vamos juntos tú y yo? Tanto Norma como Idonea habían luchado con él bajo las sábanas, aunque sin quitarse los antifaces. Idonea, además, había coincidido con él en alguna fiesta de mucho postín social, disfrutando lo indecible al ver que no la reconocía. Se volvió, sin esperar respuesta del conde, a Guillem y Nemesio, y el conde hizo las presentaciones: —Jane Smith, Guillem de Bergadá y Torreguitart. Guillem ejecutó muy limpiamente el besamanos de exagerada sumisión que se dispensa a las putas. —Mucho gusto, señorita. —Jane Smith, Nemesio García Trove. Y Nemesio: —Encantado, zorrón. Idonea les sonrió a los dos por igual. Sonrisa de expresivísima deliberadamente imparcial sosez, mientras el conde torcía ligeramente el gesto ante la ocurrencia de Nemesio. —Enchantée, à bientôt —y, susurrante, ahondando la sonrisa hacia el conde—, well, goodbye, Paco. El conde se quedó con Guillem y Nemesio, que miraban fijo el glúteo tentadoramente rítmico de Idonea. Guillem se atusaba el 26
bigote con la punta de un dedo. Era el tal bigote grueso y fino al tiempo, pegadas sus dos mitades al borde mismo del labio superior, pero sin tocarlo o tocarse entre sí. Fruto diario de media hora de cuidadosa delineación con una maquinilla de afeitar especial de esas que usan las mujeres para afeitados más íntimos. «Cualquier día me llevo medio labio —se repetía, delineándoselo por las mañanas—, si no fuera porque es copia exacta del de don Alfonso XIII...». Lo consideraba bigote político: cutre imitación del que tantos monárquicos lucían insolentemente por las altas esferas madrileñas, Guillem se sentía miembro de una temeraria partida de Guerrilleros de Alfonso XIII. Llevarlo a plena luz del día le parecía un reto al enviado de Dios para júbilo de todos los españoles. «No dirá el general que oculto mis ideas...». El conde les hizo seña de que se le acercasen. Nemesio, encerrado en rijoso silencio, estaba a años luz de cuanto le rodeaba. Se acercó al conde y a Guillem como un autómata. —Esa chica —les dijo el Conde, cuando los tuvo delante—, y otra que no sé quién es, son para ustedes dos, with my compliments. Están contratadas para toda la noche. A las doce y media en punto les esperaran a la puerta, cada una en un taxi. Ni el taxi ni las chicas ni los sitios a donde ellas les lleven les costarán un duro. No se les ocurra pagar nada. Bienvenidos a Inglaterra, y que lo pasen ustedes bien por cuenta de la embajada. Ah, y hasta pasado mañana, que ya saben que el ministro da su conferencia de prensa de despedida. Les dio la mano, disfrutando con su desconcertado silencio ante tan insólita generosidad. «Digna —pensó Nemesio, diciéndose que a lo mejor Idonea le tocaba a él— de un príncipe del Renacimiento. Claro que, con cargarlo a gastos de representación...». 27
El conde, empapado en champán y whisky, se dirigió a grandes zancadas a la salida, donde le esperaba su coche de incógnito, como él llamaba al pequeño Rolls bipersonal en el que se perdía por Londres en busca de aire al que echar sus canas. Modelo legendario por su inaccesibilidad que la casa Rolls hacía, literalmente, a la medida de ciertos clientes. Justo antes de llegar al vestíbulo vio en el otro extremo de la sala la espalda de Idonea. Se paró en seco, deslumbrado por súbita visión sobrenatural que sólo duró un segundo, pero le llegó muy hondo y ocupó de pronto todo su cerebro. La vio desnuda, con garras de pantera y voraz sonrisa, tocada con inequívoca corona condal. Y toda entera a su alcance, menos el rostro enmascarado, indesarraigable tabú único. Fue como un latigazo contra lo que quedaba de su mente, y le hizo cambiar de idea en un instante: «Hoy se lo arranco...». Buscó a Hugo Cornuché, le llevó aparte, le dijo: —Oye, manda a mis invitados otra cualquiera que tengas, yo me quedo con Jane Smith. Hugo Cornuché asintió, desapareció en busca de sustituta. El conde fue derecho a donde había visto a Idonea. Allí seguía, hablando acaloradamente con alguien. Idonea se volvió en aquel momento y le vio acercarse.
Durante dos días el conde no salió de su apartamento privado. Sólo su criado de confianza, su valet de chambre, como él lo llamaba, un hombre alto y escueto, hermético e inmutable ante cualesquiera circunstancias, entraba y salía del apartamento con recados o comidas. Era un anglo-español, menos español que anglo, pero convincentemente bilingüe, en quien el conde tenía confianza ili28
mitada y al que había contratado particularmente, prometiéndole llevárselo consigo a España cuando dejase la embajada, y hasta acordarse de él en su testamento, tanto le admiraba y requería. Morgan Benito Cheltenham García, tal era su nombre completo, soñaba con una larga viudez postcondal en algún pisito de soltero del centro de Madrid, sumido en sus recuerdos de valet de alto copete y bien provisto de medias botellas de Moët et Chandon, su bebida favorita. —Jamás he visto a nadie que sepa tanto de caviar y de champán francés —se admiraba el conde— sin haber tenido nunca dinero para permitirse el consumo habitual de ambos. La centralita de la embajada tenía orden de no pasar ninguna llamada al conde, fuera de quien fuese. Cuando el llamador resultó ser el ministro, la telefonista, cauta, consultó a Morgan Benito, y éste al conde, y la respuesta fue un tajante «no» que enseguida se corrió por toda la embajada y despertó olas de cautos rumores entre la currinchada ambasadorial. Finalmente, a las ocho de la tarde del segundo día, cuando iba a comenzar la última conferencia de prensa del ministro, todos se congregaron en la sala grande de la embajada: currinches diplomáticos dóciles y plumillas periodísticos mansos. Y el embajador no aparecía. Desconcierto y regocijado desasosiego cundieron entre ambas currinchadas, matizados de curiosidad malsana entre los periodistas. El ministro llegó con retraso, y cara de muy pocos amigos. La ausencia de su anfitrión le ensombreció más. Él se alojaba en la embajada misma, y tentado había estado de irrumpir en el apartamento privado de su anfitrión al ver que la telefonista no quería ponerle con él, pero sobre el primer ímpetu prevaleció la prudencia: al conde, después de todo, le protegía la invicta sombra del más grande de cuantos españoles fueron, son o serán. 29
En rostros diplomáticos comenzó a captarse un atisbo de aprensión. Nunca se había visto nada lejanamente parecido, mientras en los de la prensa asomaba una punta de serio interés profesional, al que la censura, ¡ay!, pondría raudo y duro freno. Todos habían leído aquella mañana una breve noticia en la última página del News Chronicle: el embajador de España, hallado de madrugada en la cuneta por un policía, «ensangrentado y magullado», «con todas las trazas de una tremenda caída», y el policía hubo de llevarle a cuestas hasta la embajada española, que estaba muy cerca. «Posiblemente —decía el policía, cuyo nombre no se facilitaba— habría sido atropellado, menos mal que sin consecuencias serias, o siquiera medio serias, por algún conductor borracho cuando el embajador daba su paseíto matinal».
La realidad era muy otra: desde hacía cuarenta y ocho horas el embajador sólo tenía tiempo y mente para tirarse de los pelos, tan furioso estaba por lo mal que le había salido todo la noche del Don Juan, y por partida doble. Idonea y él, tan apretados en la delantera del Rolls cuasindividual que apenas quedaba sitio para el volante, habían zigzagueado por las callejas nocturnas, desde el portal severo y elegante del Don Juan. Discretas letras de luminoso dorado rematadas por tan ambigua corona que no era posible discernir su rango, pero igualmente luminosa, y en rojo vivo, hasta el modesto portal donde Idonea tenía su picadero, lo que ella llamaba «mi sede profesional». El conde no había estado nunca allí: hasta entonces todas sus contiendas eróticas con Idonea habían sido en el Savoy. Pisito tan escueto como funcional: dos habitaciones, una grande y una pequeña; baño y cocina mínimos, pero bien equi30