(Las manchas blanquecinas en el rostro son por la antigüedad de la foto original)
Por Investigador: Héctor Masís
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Adolfo Calero Orozco
Éramos cuatro
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Adolfo Calero Orozco / Éramos cuatro 5ta edición / Editorial Amerrisque Managua, Nicaragua, 2017 p. 122 1. NOVELA NICARAGÜENSE SIGLO XX 2. LITERATURA NICARAGÜENSE
EDITORIAL AMERRISQUE
Frentea al estadio Cranshaw, Managua, Nic. Tel.: (505) 2254 5135 casadelibronic@gmail.con DISEÑO Y MAQUETACIÓN
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CONTENIDO El Autor se presenta: Brocha gorda....................................... 5
ÉRAMOS CUATRO
Nosotros........................................................................ 9
Marta........................................................................... 15 El Parque Central......................................................... 18
El primer beso............................................................... 23 ¿Qué tomamos?............................................................. 27 Una cena en casa........................................................... 33
Fiestecita hogareña........................................................ 45 10 de agosto.................................................................. 50
Una serenata................................................................. 55 Las purísimas................................................................ 58
Inesperado desenlace...................................................... 61
Resurrección de Luisita Aguirre..................................... 65 ...Siempre. Para siempre................................................ 67 La Sangre de Cristo managüense................................... 68
Un velorio..................................................................... 70 Solamente una alcoba.................................................... 75
Cosas del mar................................................................ 88
Se nos va Elías Cruz..................................................... 91
Una beca en Europa...................................................... 96
Se nos muere Papá......................................................... 99
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Noticia de Marta.......................................................... 101 Bueno, más casamientos................................................. 105
Cosas de la vida............................................................ 109 Carta de Alfredo Báez................................................... 110
Apéndice............................................................................. 115 Telón.................................................................................. 119
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El Autor se presenta: Brocha gorda Valgan estos renglones a modo de pintura trazada a brocha gorda de mi humana envoltura: un sujeto corriente, por común y cabal, de los que van y vienen sin nada de especial; antes alto que bajo, la contextura bien, el pelo muy escaso, muy canoso también; rostro amistoso, tez harta de viento y sol con un si-es-si-es indígena y un si-es-no-es español; la frente amplia y erguida, siempre en alto, eso sí, y tengo por sabido que dice bien de mí; es tesoro de pobres ese tipo de orgullo, vana gloria de humildes contentos con lo suyo; ojos cafés, pequeños, observadores y muy aptos al reflejo de lo que pase en mí; nariz en su lugar, ni pródiga ni avara; una nariz cualquiera propia para mi cara; boca grande y golosa de abuelos niquiranos, —tan golosa que sobra gula para iris manos; barbilla con hoyuelo, partida en la mitad,
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—cuando mozo el hoyuelo fue mi debilidad y hubo tiempos en que tusa jovial amiga mía convirtiera el hoyuelo en ávida alcancía donde guardar sus besos con amante porfía, (amigos, perdonadme que esté solo y me ría), para volver por ellos, con los saldos en blanco, quien libra cheques contra su propio banco; y dos pobres orejas que oyen, quieran o no, igual si habla el discreto que sí el necio sonó. Para seguir pintando con un trozo más fiel he de tirar la brocha y coger un pincel: creo en Dios y en la Virgen, en los ángeles y en la Bienaventuranza como supremo bien; creo en liras, paletas, cinceles y laúdes; creo en las dos Españas de preclaras virtudes; tengo fe en Don Quijote, en las Eulalias y en los cisnes enigmáticos que tanto amó Rubén; creo en el firmamento y el sol y las estrellas, en las aves, las flores y las mujeres bellas; creo en los huracanes, en el fuego, en el agua, y sueño en el futuro feliz de Nicaragua; con respecto a mis años, vencidos los cincuenta decidí que era tiempo de no llevar más cuenta; podría decir de ellos que son carga ligera, que su mayor estrago me lo han hecho por fuera y que han sido benignos, y tan benignos son que me hirieron el hígado, pero no el corazón: todavía me encienden ilusiones y ensueños y todavía espero mañanas halagüeños;
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la vida me ha brindado múltiples regocijos; mis abuelos, mis padres, mis hermanas, mis hijos, amigos generosos, rumbos por cielo y mar, ocasión de codeo con ínclitas figuras y horas inolvidables de vinos y locuras entre poetas y ...herejas, ahijadas del azar; el Amor —con mayúscula—, también vivió a mi vera; ella fue dulce y buena, mujer y compañera, con destellos de estrellas, con perfume de rosas, espejo de virtudes y dechado de esposas; de tan linda y tan blanca su tránsito fue breve: se evaporó temprano, cual tul copo de nieve. Y al llegar al recuerdo que yo más reverencio, punto final: mi canto se asila en el silencio.
[Tomado de “Correrías Líricas”, Edit. Tradición México, D.F., 1974]
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APÉNDICE Un culto caballero y reconocido hombre de letras, tras leer los originales de Éramos cuatro..., me observó que de algún modo debía el autor aclarar lo relativo a la indumentaria de la gente y a ciertas otras costumbres características de la comunidad, olvidadas ya, en la época durante la cual se suponen acaecidas las historias que esta obra pretende narrar. Considerando la observación atinada he querido, con tal fin, agregar este apéndice: Antes del terremoto de 1931 los muchachos, en la ciudad, usaban pantalones cortos y blusas semejantes a las guayaberas de hoy, aunque más cortas y ceñidas por la cintura. A los quince años, más o menos, se echaban los pantalones largos y así dejaban de ser “canilla fría”. Los pantalones largos suponían saco y corbata y los llevaban siempre maestros y estudiantes de cursos superiores, funcionarios, profesionales, oficinistas y en general todos los varones mejor situados en la comunidad. Los artesanos en la ciudad iban de camisa; los jornaleros y peones, o mozos, usaban la cotona; corrientemente andaban descalzos y entre ellos privaba un analfabetismo pavoroso. En el campo era general para los hombres más humildes la cotona, el caite y también el analfabetismo. El sombrero era indispensable aún cuando se recorrieran trechos cortos; andar por las calles sin sombrero era tan poco usual que se corría el riesgo de que tomaran por loco a quien así fuese. En los puestos saco y corbata y sombrero eran prendas prescindibles. Entre mujeres, el túnico correspondía al saco de los hombres, lo mismo que una especie de chaqueta preferida por señoras de mayor edad. La camisa, que era una especie de huipil sin adornos, equivalía a camisa y cotona de los varones. El 115
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sombrero era rarísimamente usado por las mujeres del país, quienes (las más privilegiadas), únicamente se lo ponían para estrenarlos en alguna procesión de semana santa o en ocasiones decididamente extraordinarias. Una mujer con sombrero —fuera de las circunstancias apuntadas—, corría el riesgo de que la tomaran por protestante o extranjerizada. La mujer del país, independientemente de su situación económica o del estrato social a que perteneciera, usaba como prenda de cabeza, especialmente para ir al templo, la mantilla, el tapado, el rebozo y las que podían, para asistir al teatro o a fiestas elegantes, llevaban el pañolón, usualmente de seda y bordado a vivos colores, o algo más elaborado que llamaban “salida”. En cuanto a pantalones se consideraban prendas exclusivas del varón; para ver a una mujer con pantalones se habría tenido que ir al circo, o esperar que pasara alguna norteamericana cabalgando a horcajadas. Cuando las circunstancias cambiaban para mejorar, las muchachas de camisa se “echaban el túnico”, y los varones se “echaban el saco”. Expresamente, los hombres de la familia de Alfredo eran todos de camisa; Alfredo mismo no se echó el saco hasta que vino a Managua para su secundaria con una beca oficial. Su primaria la había hecho en Somoto, de camisa o cotoncita. En cambio las mujeres, su madre Y hermanas, fueron siempre de túnico, diferencias que con frecuencia se observaban en muchas familias. En Palacagüina, contaba. Alfredo, el alcalde mismo se ponía un su saco únicamente cuando venía a Managua. Acerca de los religiosos, el traje talar era de uso constante y permanente. Jamás en aquellos tiempos hubiéramos podido 116
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nosotros ver a un profesor en traje de jugador de fútbol. En cuanto a monjas, hermanas y demás, nunca se les hubiera visto sin sus hábitos y tocas. Tocante a lo expresado por Ricardo en su plática del primer día de clases con Antonio Parrales, de que llevaba dos años de ejercer el magisterio como Maestro de Educación y que acababa de bachillerarse, cabe explicar que los maestros graduados en la Escuela Normal del Instituto Pedagógico de Varones necesariamente debían hacer la docencia por dos años, antes de poder optar al grado de bachiller en ciencias y letras. Por otra parte, los maestros de educación graduados gozábamos de un sobresueldo equivalente al 50% de la mensualidad presupuestada. Y un punto final para este Apéndice: el paseo por la carrilera a su paso por el costado Norte del Parque Infantil, del que con tanta prolijidad se ocupa el Bachiller Solís en el Capítulo III, era entretenimiento frecuente para la gente de la Managua de mi tiempo, especialmente por los atardeceres y en las noches de luna. Lo usual era caminar lenta y sosegadamente, desde el extremo occidental de la Plaza del Principal, frente a donde más tarde se fundara el Hospital del Ferrocarril, hasta la primera callejuela de un inexistente barrio de la ciudad llamado “de la Bolsa”, al noroeste de la Parroquia, años después Catedral Metropolitana, el barrio que por cierto no gozaba de buena fama, aunque las luces rojas todavía no se habían inventado. En el mismo sector, pero ya sobre las arenas de las playas del Xolotlán, cuando en el firmamento lucían nuestras fulgentes lunas veraniegas, se gozaban los “paseos a la costa del lago”, con juegos de prendas, cuyos “castigos” generalmente eran cantar, recitar, bailar y otros más peculiares: rebuznar, pedir limosna, andar como Chico Chiquito, etc. Todo a base de un 117
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instrumento indispensable: la guitarra y algunas veces mandolinas y acordeones. Para tales paseos las hijas de don Félix no hubieran obtenido nunca el permiso de su papá. Otra afición muy favorecida por los muchachos de mi antigua Managua era el balneario de Peña Blanca de Tiscapa, la laguna que un tiempo fuera también lavadero público y que todavía sigue copiando en sus aguas verde-cielo lo que en lejanos días fuera la todopoderosa Fortaleza de la Loma. Temprano del día y en horas del atardecer, grupos de hombres jóvenes venían a bañarse en Peña Blanca; su entretenimiento era la natación. Cuando alguien, mediante anunciado intento y con testigos previamente citados emprendía y lograba cruzar a nado la laguna, orgulloso proclamaba “que ya era ciudadano”. ¿Habría que agregar que el calzón de baño era prenda desconocida para los nadadores de Tiscapa? “Estos muchachos se bañan como las ranas”, decía el hermano Urbano. Y era famoso un club de natación que se llamó “Las Ranas”, presidido por el ahora venerable Chilo Barahona, creador de las famosas caricaturas del Panchito Y la Rana. Por su parte la laguna cobraba dolorosos tributos que se suponían anuales: los ahogados.
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TELÓN Verdaderamente complacido, el autor dedica esta segunda edición de Éramos cuatro... a los profesores y estudiantes de enseñanza secundaria interesados en la narrativa nicaragüense. Tal dedicatoria entraña una muestra de su reconocimiento por el bondadoso interés que los maestros han mostrado en divulgar y analizar sus cuentos y novelas y por la favorable disposición de los alumnos al acoger graciosamente la recomendación. En repetidos casos el suscrito ha tenido la feliz oportunidad de charlar con grupos de gente muy joven en las propias aulas de diversos centros escolares, casi todos de Managua, acerca de la novelística y la cuentística nicaragüense, y más expresamente de su propia producción. En tan gratas ocasiones el autor ha podido comprobar los certeros puntos de vista que los estudiantes asumen para la lectura e interpretación de nuestra narrativa, inteligentemente asistidos por sus profesores. La proposición es evidentemente propicia: nicaragüenses los maestros y lectores y nicaragüenses también el autor y sus narraciones, la digestión y apreciación de las obras llevan gran probabilidad de ser afortunadas. Una culta profesora me decía: “Nosotros no descuidamos la lectura estudio de obras renombradas de la literatura hispanoamericana ni de la propiamente española, pero damos preferencia y un poco más de amor al conocimiento de nuestros poetas, novelistas y cuentistas. Puedo decirle —agregaba—, cuando conocí los panoramas suizos con sus picos nevados, sus lagos y sus valles, me parecieron maravillosos, pero mis ojos y mi corazón se embelesan más ante mis volcanes, mis montañas y mis llanuras, mis ríos, mis lagos y todo cuanto luce la hermosura tropical de mi Nicaragua, bendita de Dios”. 119
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Mi reacción fue un cordial apretón de manos; hubiera preferido darle un apretado abrazo. Las frecuentes preguntas que se escuchan de muchachas y muchachos guardan relación con su edad y el grado de sus estudios, pero hablando de tales preguntas las ha habido positivamente peregrinas. Un chico de segundo año, que tenía en sus manos un ejemplar de Sangre santa, me soltó la siguiente: “Perdone, maestro, pero yo quiero que por favor nos diga cuántos hombres calcula usted haber matado en la batalla de Monkey Point”. Mi contestación tenía que ser honesta. “Hijo, yo nunca he matado más que zancudos y cucarachas... tal vez algún jelepate, quizás una culebra, pero hombres ninguno. Ni siquiera he disparado contra nadie”. Aproveché los minutos siguientes para explicar a mis jóvenes oyentes que, para dar interés y amenidad a sus narraciones, los autores se aprietan el magín para inventar personajes, situaciones y episodios acordes con la materia que tratan, con el fin de adobar sus historias. Como Sangre santa se ocupa, para execrarlas, de nuestras criminales guerras intestinas, había que presentar combates y, lógicos derivados de los mismos, muertos y heridos, audaces locuras y temerarios duelos. La pregunta del chavalo que dejo referida se origina en el hecho de que las narraciones de Sangre santa están presentadas en primera persona: “Yo fui”... “Yo hice”... “A mí me dijeron”... y el joven lector las tomó por autobiográficas, que decididamente no lo son, como tampoco lo son las de Éramos cuatro... si bien, para darles un tinte de autenticidad, algo de aquello “que si no fue pudo haber sido”, precisa haber visto las cosas de cerca, simular experiencias, presentarse como actor. Esta es una ocasión para confesar que yo, de muchacho, participé en dos de esas malaventuranzas de esta mi Nicaragua, cada día más querida y más malaventurada: la primera fue en una “guerra de galletas”, con cuartel general en Quezal120
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guaque, enfrentándose las fuerzas del gobierno conservador de don Diego Manuel Chamorro a un enemigo invisible, imposible de localizar porque no existía. El supuesto cabecilla revoltoso se llamaba, decían, Victorino. Tras una vacación de cinco o seis días el General en Jefe don Tomás Masís, uno de los militares conservadores de mayor prestigio, “gran espada del partido” lo llamaban los cronistas, resolvió regresar a Managua con toda su gente. La otra aventura ocurrió por el bellísimo Río San Juan y el sur de la Costa Atlántica, todavía remota y legendaria. Estas andanzas fueron más prolongadas y más “al de verdad”. Era cuando la segunda presidencia del General Emiliano Chamorro y el General en Jefe de quien yo estuve más cerca en San Juan del Norte era un caballero sobrio, honesto, de suave y reflexivo trato. Se llamaba don Joaquín Argüello Jiménez. Lo recuerdo con acendrado afecto. En las dos ocasiones, para dicha mía, ambos señores, don Tomás y don Joaquín, eran buenos amigos de mi padre, lo cual sólo colchones me valió, quiero decir un puesto en el Estado Mayor que es donde se está mejor y se corre menos peligro. Mi conocimiento de don Joaquín me permitió modelar al general de Sangre santa. Tanto Masís como Argüello Jiménez —en aquel tiempo para mí “lindos viejos”—, pasaron hace días a mejor vida. Dios los mantenga en algún apacible kiosco de sus jardines celestiales. Y volviendo a las experiencias que he tenido ocasión de atesorar en mis visitas a las aulas escolares ya mencionadas, me place reconocer que muchas de las preguntas que en ellas me han hecho, igual que comentarios escuchados, pueden calificarse como valiosos y oportunos y que he tratado de aprovechar algunos. En cierta visita, comentando Éramos cuatro... una simpática jovencita de tercer año, cuyo hermano es bachiller del Pedagógico, me observó: “¿Cómo es posible que ni el lasallista Ricardo Solís, ni sus tres inseparables compañeros 121
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hayan alguna vez asistido a nuestras purísimas y viviendo todos en Managua?”. Otra guapa chica de cuarto año me hizo muy cortésmente esta crítica: —”Usted, señor novelista, nos ofrece en Éramos cuatro..., una especie de epílogo incompleto... Después que entierra al pobre Elías Ruiz acaba contándonos qué fue de Marta, de Carlotita y de don Félix, y también de Ricardo Solís, de Toño Parrales y las muchachas de la otra casa y de casi toda la gente que anduvo en la novela, pero del simpatiquísimo Alfredo Báez nos deja en ayunas”. Tan pertinentes observaciones me indujeron a agregar el capítulo de “Las Purísimas” y la “Carta de Alfredo Báez” en la segunda edición de Éramos cuatro..., esta que ahora presento “revisada y ligeramente ampliada”. El cuento de un tercer comentario, que lamentablemente no puedo aprovechar; tiene que ver con mi culto, buen amigo, el doctor Julián Corrales, Vice-Rector de la UNAN, cuyo hijo, un chavalo de trece años, inquirió de papá: “¿Cómo fue posible que él haya consentido que Marta se fuere con su familia a vivir a la Costa Atlántica? ¿Por qué si eran novios y se querían tanto no se casó él con la muchacha?”. Evidentemente, si el chico hubiera estado en el lugar de Ricardo Solís, el doctor Corrales sería a estas horas el suegro de Marta. Y tantas gracias. Adolfo Calero Orozco Managua, agosto de 1978.
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