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*GEOPOLÍTICA* Y *GEOESTRATEGIA*

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Hegemonía mundial vs. estabilidad del Sistema Internacional: argumentos para contener la carrera entre Estados Unidos, China y Rusia.

1. Introducción

En la etapa actual de la política mundial, Estados Unidos, China y Rusia aparecen como los principales polos de poder militar, económico y tecnológico (Nye, 2011; Zakaria, 2008). Cada uno de ellos posee recursos suficientes como para aspirar, al menos en teoría, a una posición de hegemonía global (Mearsheimer, 2001; Gilpin, 1981). Sin embargo, la experiencia histórica del siglo XX y las tensiones del siglo XXI muestran que la búsqueda de la hegemonía por parte de una sola potencia tiende a generar inestabilidad, dilemas de seguridad y riesgos sistémicos difíciles de controlar (Waltz, 1979; Organski & Kugler, 1980). Como asesor del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el punto de partida de mi recomendación sería precisamente el reconocimiento de que, en un mundo interdependiente, la hegemonía global ya no solo es improbable, sino crecientemente indeseable tanto para las grandes potencias como para el conjunto de la comunidad internacional (Keohane & Nye, 2012; Acharya, 2014)

Para argumentar por qué ninguna de estas potencias debería perseguir la hegemonía mundial, es útil recurrir a algunos conceptos básicos de la geopolítica contemporánea (Brzezinski, 1997; Buzan & Wæver, 2003): hegemonía regional, zona natural de influencia, potencia regional, estabilidad del sistema internacional y superpotencia. A través de ellos se puede sostener que el escenario más racional y sostenible para Estados Unidos, China y Rusia no es una lucha abierta por la supremacía global, sino una acomodación negociada de sus respectivas esferas de influencia, respaldada por instituciones multilaterales que contribuyan a gestionar los conflictos y a producir bienes públicos globales (Keohane, 1984; Ikenberry, 2011)

2. Hegemonía regional, zonas de influencia y potencias regionales

La noción de hegemonía regional parte de la idea de que las grandes potencias suelen aspirar, en primer lugar, a dominar su entorno geográfico inmediato (Mearsheimer, 2001; Waltz, 1979). Estados Unidos lo hizo históricamente en el hemisferio occidental; Rusia ha pretendido mantener una zona de influencia en el espacio postsoviético; China consolida progresivamente su primacía en Asia oriental (Brzezinski, 1997; Buzan & Wæver, 2003). Esta hegemonía regional se apoya en una combinación de capacidades militares, superioridad económica, poder blando y redes de dependencia política (Nye, 2011; Keohane & Nye, 2012). que convierten a la potencia dominante en árbitro de los principales conflictos locales.

Detrás de esta hegemonía regional se encuentra la idea de una zona natural de influencia (Bull, 1977; Brzezinski, 1997) , es decir, un espacio donde, por razones históricas, culturales, económicas o de seguridad, un determinado Estado ejerce un peso desproporcionado sobre las decisiones de sus

vecinos. Que esa zona sea “natural” no significa que sea legítima sin más, pero sí que refleja patrones de interdependencia difíciles de ignorar (Keohane & Nye, 2012; Hurrell, 2007). Desde la perspectiva de la estabilidad internacional, reconocer de facto estas zonas de influencia –sin aceptarlas como carta blanca para la intervención armada o la violación de la soberanía ajena– puede ser un punto de partida pragmático para reducir la incertidumbre estratégica (Bull, 1977; Jervis, 1978).

En ese contexto, la categoría de potencia regional resulta clave (Buzan & Wæver, 2003; Hurrell, 2007). Una potencia regional es un Estado que, sin alcanzar el rango de superpotencia, dispone de capacidades suficientes para estructurar políticamente su entorno inmediato y para bloquear la entrada plena de otras grandes potencias. Brasil en Sudamérica, India en el sur de Asia o Alemania en Europa son ejemplos paradigmáticos (Nolte, 2010; Flemes, 2010). Si Estados Unidos, China y Rusia orientaran parte de sus esfuerzos a reconocer, fortalecer e integrar a las potencias regionales en la gobernanza de sus respectivas zonas, el sistema internacional ganaría en densidad y en mecanismos de equilibrio sin necesidad de una hegemonía global única (Keohane, 1984; Ikenberry, 2011; Acharya, 2014)

3. El coste estratégico y político de la hegemonía global para una superpotencia

La figura de la superpotencia remite a un Estado con capacidades militaresde alcance global, proyección económica planetaria y peso decisivo en la configuración de normas e instituciones internacionales (Buzan, 2004; Nye, 2011). Durante la Guerra Fría este término se aplicó casi exclusivamente a Estados Unidos y la Unión Soviética; hoy, buena parte del debate se centra en si China está alcanzando ese umbral y en qué medida Rusia conserva o no ese estatus (Gaddis, 2005; Shambaugh, 2013; Wohlforth, 1999).

El primer argumento para desaconsejar la búsqueda de hegemonía mundial es el coste estructural que esta conlleva incluso para una superpotencia (Kennedy, 1987). La hegemonía global implica mantener presencia militar en varios continentes, garantizar rutas marítimas, sostener alianzas extensas, financiar intervenciones y asumir responsabilidades de seguridad que a menudo generan sobre extensión estratégica (Brooks & Wohlforth, 2008; Posen, 2014). El caso estadounidense tras el fin de la Guerra Fría muestra cómo el intento de actuar como “gendarme global” produjo fatiga social, enormes gastos fiscales y desgaste político interno, sin lograr estabilizar de forma duradera regiones como Medio Oriente (Bacevich, 2002; Stiglitz & Bilmes, 2008)

Para China, una carrera por la hegemonía global supondría desviar recursos críticos de su agenda interna de desarrollo y cohesión social, además de acelerar dinámicas de contención por parte de

coaliciones de Estados preocupados por su ascenso (Mearsheimer, 2001;Allison, 2017). La experiencia histórica indica que los intentos de alterar rápidamente el equilibrio internacional suelen desencadenar respuestas defensivas que terminan aumentando el riesgo de conflicto (Organski & Kugler, 1980; Gilpin, 1981; Jervis, 1978). En el caso de Rusia, un proyecto de hegemonía mundial chocaría con limitaciones económicas demográficas y tecnológicas que harían aún más pronunciada la asimetría frente a Estados Unidos y China, empujándola a una escalada militar y de confrontación que podría poner en riesgo su propia estabilidad interna (Brzezinski, 1997; Trenin, 2016).

El segundo argumento es que una superpotencia hegemónica tiende a generar, por reacción, coaliciones de equilibrio (Waltz, 1979; Walt, 1987). Si cualquiera de estos tres Estados se acercara a la hegemonía global, los otros dos –junto con diversas potencias regionales– reaccionarían reforzando alianzas, rearmándose y buscando nuevas formas de cooperación para limitar su margen de maniobra (Schweller, 1998; Nolte, 2010). El resultado probable no sería un orden estable bajo un liderazgo benevolente, sino una secuencia de crisis, carreras armamentistas y conflictos por delegación, semejante a los períodos más tensos de la Guerra Fría o a las rivalidades imperialistas previas a 1914 (Kennedy, 1987; Gaddis, 2005)

Un tercer elemento a subrayar ante el Consejo de Seguridad es el coste reputacional y normativo (Finnemore & Sikkink, 1998; Ikenberry, 2011) En un sistema internacional cada vez más atento a discursos de igualdad soberana, derechos humanos y desarrollo sostenible, la pretensión abierta de hegemonía global se percibe como un proyecto de dominación incompatible con los principios formales de Naciones Unidas (Carta de las Naciones Unidas, 1945; Ruggie, 1982; Keohane, 1984). Las sociedades conectadas digitalmente reaccionan con rapidez ante intervenciones unilaterales y abusos de poder, lo que dificulta sostener a largo plazo un liderazgo basado más en la coerción que en el consenso (Keck & Sikkink, 1998; Castells, 2009; Nye, 2011)

4. Hegemonía regional limitada y estabilidad del sistema internacional

Frente al ideal problemático de hegemonía global, el Consejo de Seguridad podría promover un modelo de estabilidad basado en hegemonías regionales limitadas, sujetas a reglas multilaterales (Bull, 1977; Buzan & Wæver, 2003; Hurrell, 2007) La idea no es legitimar zonas de influencia ilimitadas, sino reconocer que la estabilidad del sistema internacional se fortalece cuando las grandes potencias aceptan ciertos límites a su proyección y cooperan entre sí para gestionar los puntos de fricción (Waltz, 1979; Ikenberry, 2011)

La estabilidad del sistema internacional, entendida como la capacidad de evitar guerras entre grandes potencias y de gestionar los conflictos periféricos sin escaladas incontroladas, se ve erosionada cuando una superpotencia intenta imponer unilateralmente su voluntad (Jervis, 1978; Gilpin, 1981; Kissinger, 2014). En cambio, se ve reforzada cuando las principales potencias reconocen una pluralidad de centros de poder, establecen líneas rojas claras y recurren a instituciones como Naciones Unidas, el G20 o foros regionales para negociar ajustes en lugar de recurrir al uso directo de la fuerza (Keohane, 1984; Ikenberry, 2011; Acharya, 2014)

Desde esta perspectiva, Estados Unidos podría seguir desempeñando un papel de líder dentro de una comunidad atlántica ampliada (Ikenberry, 2001; Nye, 2011)., sin pretender controlar militarmente todos los teatros del planeta. China podría consolidar su influencia económica y política en Asia y en ciertas regiones de África y América Latina (Shambaugh, 2013; Alden, 2007; Zhao, 2013)., pero bajo el compromiso explícito de respetar la soberanía de los Estados y de resolver disputas territoriales mediante mecanismos jurídicos o diplomáticos. Rusia, por su parte, podría redefinir su rol como potencia regional eurasiática (Allison, 2014; Trenin, 2016)., renunciando a proyectos expansivos que desestabilicen a sus vecinos y apostando por fórmulas de integración económica y de seguridad cooperativa.

El mensaje central que debería transmitirse a las tres potencias es que la hegemonía regional responsable y acotada puede ser compatible con la estabilidad global, siempre que se acepte un marco de reglas compartidas, se eviten cambios de fronteras por la fuerza y se reconozca el papel autónomo de otras potencias regionales (Bull, 1977; Nolte, 2010; Acharya, 2014). El intento de ir más allá, hacia una hegemonía mundial excluyente, solo aumentaría los incentivos para la confrontación y la desconfianza mutua (Waltz, 1979; Mearsheimer, 2001; Kennedy, 1987)

5. El papel de Naciones Unidas y los bienes públicos globales

Un argumento adicional para desincentivar la búsqueda de hegemonía global es que los principales desafíos del siglo XXI cambio climático, pandemias, crisis financieras, ciberseguridad, migraciones masivas no pueden ser resueltos por una sola potencia, por poderosa que sea. Exigen la provisión cooperativa de bienes públicos globales y la coordinación de políticas entre múltiples actores estatales y no estatales (Kaul et al., 1999; Stiglitz, 1999; Kaul, 2013; Stern, 2007; Fidler, 2004).

Aquí Naciones Unidas puede presentarse ante Estados Unidos, China y Rusia no como un obstáculo, sino como una plataforma para proyectar influencia de manera más eficiente y menos costosa (Barnett

& Finnemore, 2004; Thakur, 2006; Weiss & Daws, 2018). En lugar de competir por quién impone su modelo al resto del mundo, las tres potencias podrían ganar legitimidad si se muestran capaces de acordar entre sí marcos mínimos de regulación global en áreas clave, desde el control de armamentos hasta la gobernanza digital (Keohane, 1984; Ruggie, 1992). La lógica ya no sería la de la hegemonía, sino la de la corresponsabilidad de superpotencias que aceptan su interdependencia (Keohane & Nye, 2012; Ikenberry, 2011).

Este enfoque también permite introducir un elemento de prestigio cooperativo: en la medida en que la opinión pública mundial valore cada vez más la contribución a soluciones colectivas, la reputación de una gran potencia dependerá menos de su capacidad de imponerse y más de su disposición a coordinarse y comprometerse (Nye, 2011; Finnemore & Sikkink, 1998). Buscar la hegemonía global por medios coercitivos implicaría situarse del lado equivocado de esa tendencia histórica (Ikenberry, 2011; Acharya, 2014)

6. Conclusión

En síntesis, los argumentos que, desde el Consejo de Seguridad, se pueden ofrecer a Estados Unidos, China y Rusia para desalentarlos de perseguir la hegemonía mundial se apoyan en una constatación básica: en un sistema internacional densamente interdependiente, el proyecto hegemónico ya no es ni viable ni deseable (Keohane & Nye, 2012; Ikenberry, 2011; Acharya, 2014). Reconocer la importancia de la hegemonía regional, de las zonas naturales de influencia y del papel de las potencias regionales no significa aceptar una lógica de imperios, sino asumir que la estabilidad del sistema internacional se construye mejor a partir de equilibrios pluralistas, reglas compartidas e instituciones sólidas que canalicen la competencia (Bull, 1977; Keohane, 1984; Buzan & Wæver, 2003) Para una superpotencia del siglo XXI, la verdadera prueba de liderazgo no será la capacidad de dominar sola el tablero global, sino la de evitar que la competencia por la primacía desemboque en guerras abiertas y en crisis irreversibles (Waltz, 1979; Mearsheimer, 2001; Ikenberry, 2011). Renunciar a la hegemonía mundial, y apostar en cambio por un orden de responsabilidades distribuidas, es hoy la opción más racional para las grandes potencias y la condición mínima para que la política internacional no se convierta en un juego de suma cero que todos, tarde o temprano, terminarían por perder (Acharya, 2014; Nye, 2011; Keohane, 1984).

Bibliografía:

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Bacevich, A. J. (2008). The limits of power: The end of American exceptionalism. Metropolitan Books.

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Kaul, I., Grunberg, I., & Stern, M. A. (Eds.). (1999). Global public goods: International cooperation in the 21st century. Oxford University Press.

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Mearsheimer, J. J. (2001). The tragedy of Great Power politics. W. W. Norton.

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United Nations. (1945). Charter of the United Nations and Statute of the International Court of Justice United Nations.

Waltz, K. N. (1979). Theory of international politics. McGraw–Hill.

Weiss, T. G., & Daws, S. (Eds.). (2018). The Oxford handbook on the United Nations (2nd ed.). Oxford University Press.

Wohlforth, W. C. (1999). The stability of a unipolar world. International Security, 24(1), 5–41.

Rusia, China y EE.UU.: ¿Se reconfigura el equilibrio de poder?

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