

CONSUELO CAMARENA GÓMEZ
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Primera edición, 2026
Impreso en México, 2026
Coordinadora editorial y correctora de estilo: Julia Estela Ponce Maese
Concepto gráfico y maquetación: Nallely Hernández Acosta
Cuidado de la obra: Gerardo Zambrano Escamilla
Copyright Grupo Editorial Inoquom, 2026

Prólogo:
Una mujer de fe, de números y de acciones
Capítulo 1: Los orígenes
Capítulo 2: La joven que amaba las matemáticas
Capítulo 3: Maestra de maestros
Capítulo 4: Directora y fundadora
Capítulo 5: Un romance a la antigua
Capítulo 6:
De las aulas al Congreso
Capítulo 7: El sueño hecho universidad
Capítulo 8: Líder de emprendedoras
Capítulo 9: Se cierra un ciclo
Capítulo 10: Guerrera como su edificio
Capítulo 11: Cada cosa a su tiempo
Agradecimientos
Cuatro voces del afecto




















Una mujer de fe, de números y de acciones
Para la protagonista de esta historia, la razón de contar su vida no es ser recordada por muchos, sino que la conozcan mejor las personas más importantes para ella: sus nietas.
Pero en realidad, mucha más gente tendría que conocerla, porque esta es la historia de una mujer que avanzó sin ruido, que rompió esquemas sin romper con nadie, y que trazó caminos sin levantar la voz. Fue maestra, directora, fundadora de una universidad; entró a la política y fue electa regidora y diputada. Supo mantenerse firme en sus valores tradicionales –la fe, el respeto, la gratitud, la familia–, y al mismo tiempo mirar lejos, abrir puertas para empresarias, crear oportunidades para otras mujeres y asumir el liderazgo cuando nadie veía lo mucho que se podía conseguir.
La maestra Camarena Gómez creció en tiempos en los que pocas mujeres enseñaban matemáticas, y menos aún dirigían instituciones o subían a tribunas. pero ella hizo todo eso sin alborotos, con paciencia y con claridad; con una voz suave y una voluntad que no se doblaba.
Este libro no es solo una biografía. Es un legado. Un retrato íntimo de quien eligió liderar desde lo cotidiano, de quien puso una escuela para educar y un ejemplo para inspirar.
Si sus nietas –o cualquier otra persona–alguna vez se preguntan qué hizo esta señora de mirada dulce, de fe comprobada y de decisiones valientes, aquí está la respuesta. En estas páginas ella misma revive su historia. Una historia construida con valores y con visión.
Julia Estela Ponce

En los años veinte del siglo pasado, México vivía tiempos de cambios y tensiones. Tras la Revolución, el gobierno intentó reducir la presencia de la Iglesia en la vida cotidiana, algo que en lugares como Los Altos de Jalisco se sentía con fuerza. Aquí la fe formaba parte de la identidad de la gente, y las decisiones del gobierno provocaron dolor y preocupación. Fue en ese contexto que surgió el movimiento cristero, una resistencia de campesinos, jóvenes y familias que querían defender su manera de vivir y su fe. Eladio Camarena fue parte de ese movimiento y le contó a su hija Consuelo muchas de sus vivencias. Ella lo recuerda así.
Los Orígenes
Mi papá trabajaba con empeño en el campo y era de carácter fuerte. Él y sus hermanos participaron en la lucha cristera. Después del armisticio de 1929, pasaron por muchas dificultades: uno de sus hermanos fue asesinado y otro tuvo que refugiarse en la congregación salesiana, que lo llevó hasta Cuba. Para protegerse, mi papá recibió ayuda de un comerciante de San Luis Potosí que lo mandó lejos de Tepatitlán. Cuando todo se calmó, regresó y conoció a mi mamá, Margarita Gómez, con quien se casó alrededor de 1938.
Él no se dedicaba solo a la agricultura; también tenía espíritu emprendedor. Era dueño de un rancho y de ganado, pero lo que le daba mayores ingresos era el comercio. Todo lo que ganaba lo reinvertía en sus proyectos: así fue como introdujo nuevas prácticas de crianza de gallinas, y llegó a presidir la asociación de avicultores. Además, construyó casas accesibles para quienes no podían pagar algo caro. Nunca se daba por vencido. Cuando un brote de Newcastle acabó con todas sus aves, no se desanimó y se fue a Estados Unidos a trabajar
para juntar lo necesario para pagar el préstamo que había pedido al banco para su negocio. Allá lo reconocieron por su esfuerzo. Su patrón lo puso de capataz porque confiaba en él y los demás lo seguían. Querían que se quedara, pero con el dinero que juntó, regresó a México, pagó el préstamo y volvió a sus actividades. En Tepatitlán administró una tienda de las llamadas reguladoras, donde vendía productos que casi no se encontraban en la zona. En un tiempo en que no se podía vender azúcar, él tenía un permiso especial y era el único proveedor de la región.
Siempre fue un hombre de mucha fe. Él confiaba mucho en Cristo y eso se notaba en todo lo que hacía, y también en cómo nos enseñaba a nosotros. Esa manera de enfrentar las cosas con honestidad y sin rendirse nos marcó a todos.
Otra persona que influyó profundamente en mi vida fue mi abuelo, Filomeno Gómez, el papá de mi mamá. Era un hombre de mucha iniciativa y visión, que no esperaba a que otros hicieran lo que él veía necesario. Siempre nos animaba: “Hazle así, hazle así”, me decía cuando

yo empezaba a organizar la universidad. Sus consejos y su ánimo me daban fuerza para seguir adelante, aunque las cosas fueran difíciles. Mi abuelo también se dedicó al comercio y tenía varias empresas y tiendas en Tepatitlán. Incluso abrió una agencia de bicicletas en los tiempos en que esos artículos apenas comenzaban a llegar. Fue el primero en tener automóvil en el pueblo y trajo autobuses que cambiaron la manera de moverse y de comerciar en la región. Pero no se quedó solo en lo material: impulsó y financió, en
la medida de lo que pudo, la construcción del camino de Tepatitlán a Guadalajara y ayudó a que el pueblo contara con agua potable, cuando antes solo había agua turbia. Por todo esto, la gente y las autoridades le reconocieron su obra con un busto que fue colocado en la plaza principal de Tepatitlán.
Pero más allá de sus logros, lo que aún me guía son sus valores. Era honesto, lleno de fe y convencido de que no debíamos rendirnos. Me decía: “Tú puedes esto y más que te propongas,
no te des por vencida”. Cuando mi papá falleció, él, ya mayor, vino a Irapuato para acompañarnos; su apoyo nos sostuvo en un momento muy duro y sus palabras me ayudaron a seguir adelante. El ejemplo de mi abuelo, con su visión, espíritu de servicio y su rectitud fue constante en mi vida. Fue de las personas que más influyeron en mi manera de pensar y en mi decisión de continuar con mis proyectos educativos, aun cuando pareciera imposible sacarlos adelante.



La joven que amaba las matemáticas
Consuelo Camarena Gómez, segunda hija de Eladio y Margarita, creció en una familia numerosa y trabajadora. Desde muy pequeña mostró curiosidad, disciplina y un amor especial por el aprendizaje. Su hogar en Tepatitlán estaba lleno de trabajo, responsabilidades y fe, y cada experiencia familiar ayudó a forjar su carácter y su vocación. y por la Patria”, del padre Heriberto Navarrete, que contaba la historia de nuestra familia y la participación de mi papá en la Guerra Cristera.
Yo nací el 27 de abril de 1943, segunda hija de once hermanos. Desde muy pequeña me encantaba la enseñanza. Me gustaba cantar canciones, enseñarles números y letras a mis hermanos. Estudiaba con dedicación, pero cuando podía, me perdía en los libros que mi papá me compraba en la ciudad, todos ellos me acompañaban y despertaban en mí el amor por la historia, la filosofía y la literatura. También había un libro que me marcó mucho: “Por Dios
Los domingos eran diferentes del resto de la semana. Todos íbamos juntos a misa en la parroquia de Tepatitlán y la casa se sentía tranquila, relajada, sin el ritmo agitado de la semana. Papá siempre nos enseñó que el trabajo y el estudio eran cosas serias. Nos decía que era
importante aprender a valernos por nosotras mismas, aunque algún día nos casáramos o no, y que era fundamental entender lo que cuesta ganarse las cosas.
Hice la primaria en el Colegio Chapultepec, con las religiosas Siervas de Jesús Sacramentado, pero allí no había secundaria, así que tuve que trasladarme a Guadalajara para seguir estudiando. Desde niña sabía que quería ser maestra y logré convencer a mi papá de que debía estudiar para dedicarme a la enseñanza. Ingresé al Colegio Nueva Galicia, dirigido por las religiosas del Verbo Encarnado, donde cursé la normal.
Durante esos años también tomé clases de música y piano. Como en el colegio no había piano, iba con unas señoras mayores que me lo prestaban. Fueron alrededor de siete años entre secundaria y normal. Entre semana permanecía en Guadalajara y los fines de semana regresaba a Tepatitlán. El trayecto tomaba hora y media, pero era bonito. Además, mi abuelo, un hombre ilustre de la región, era quien había construido la carretera de empedrado que conectaba Tepatitlán con Guadalajara.
Recuerdo muchas conversaciones profundas con mi papá sobre la educación. Logré interesarlo en el personalismo cristiano de Emmanuel Mounier y en los métodos de Decroly, que buscaban descubrir las aptitudes de cada alumno. Pero él siempre me decía que muchos maestros se estaban alejando del apostolado y que solo les interesaba el negocio. No quería que a mí me pasara lo mismo. Me repetía que en nuestra profesión hay satisfacciones que valen más que el dinero y que debía vivir mi vocación con intensidad.
A papá le preocupaba que me desanimara si me pagaban poco o que cayera en la tentación de buscar hacerme rica. Yo le aseguraba que no, que para eso me preparaba, que esa era mi verdadera vocación. Él me decía que “el mundo era el mundo”, y yo le respondía, como siempre lo hacía: “y Consuelo es Consuelo”.


Consuelo demostró siempre una inteligencia y dedicación extraordinarias. Su amor por las matemáticas y su vocación por la enseñanza la llevarían a fundar escuelas, dirigir instituciones y formar a generaciones de estudiantes, siempre guiada por sus principios y por el ejemplo de su familia.
Maestra de maestros
Terminé la Normal con muy buenas notas; en todas las materias saqué diez. Siempre me esforcé por ser ordenada, justa y dedicada, y apenas salí de la Normal me invitaron a dar clases y a dirigir la Secundaria Niños Héroes de Tepatitlán. Me sentí lista y con ganas de ayudar, así que acepté y trabajé como maestra y directora durante tres años.
Después me surgió otra oportunidad en Zapotlanejo, Jalisco, donde empezaba a funcionar una secundaria que necesitaba alguien
que la levantara y apoyara a la comunidad. Zapotlanejo es la tierra de Juan José Arreola, autor de libros que yo había leído y disfrutado muchas tardes bajo la sombra de un viejo laurel de la India.
De Zapotlanejo pasé a Guadalajara, donde enseñé matemáticas en secundaria. Al mismo tiempo daba clases a empleados de la Cervecería Cuauhtémoc y también a alumnos de la Preparatoria del Colegio América, en León, Guanajuato.
Mientras cursaba la maestría en matemáticas, en colegio Cervantes de. Guadalajara algunos compañeros me decían que las matemáticas no eran para mujeres, y yo no podía quedarme con la duda, así que le pregunté a un profesor alemán si eso era cierto. Me respondió que las matemáticas no tenían género, y que lo único necesario para dominarlas era la voluntad. Fui la primera de mi generación en terminar la maestría en matemáticas, presentar el examen profesional y publicar mi tesis, que después se convirtió en un libro: Teoría de conjuntos y matemáticas modernas.
En ese tiempo, mi hermana Esther y su esposo, Moisés, me recibieron en su casa de León. Viví con ellos dos años dando clases en el Colegio Mayllen, en la Preparatoria y en la Normal. En ese tiempo me invitó el secretario de educación, Miguel Montes García, a dirigir un seminario de matemáticas para maestros de la región; cuando terminó el seminario, se me acercó, me felicitó y me invitó a dirigir la Escuela Normal Oficial de Irapuato.
Quedé sorprendida y sin palabras. Era un honor, pero pedí tiempo para decidir porque no podía hacerlo sola y debía pedir permiso. Me preguntó si estaba casada y le contesté que no, pero que era hija de familia y debía consultar a mis papás. Llegué a Tepatitlán ese fin de semana y les conté que había conocido al Secretario de Educación de Guanajuato. Papá me preguntó si éramos amigos y le dije que mejor, que había sido mi alumno, y que me habían invitado a dirigir la Normal en Irapuato.
Mi papá me recordó que allá en Guanajuato no teníamos familia, así que aunque se alegró, me pidió que llamara para agradecer, pero que dijera que no. Sin embargo, se dio cuenta de que tenía un don para la enseñanza y que la oportunidad era grande, así que tomó una decisión que cambió la vida de los Camarena: “Yo tengo camiones, y me puedo llevar todo”, me dijo. Y así fue. Consiguió un rancho y trasladó a nuestra familia y su ganado a un nuevo lugar en Irapuato, impulsado por el amor que nos tenía.
Llegamos a vivir en una zona de Irapuato que años después se convertiría en una colonia muy grande y parecía que estábamos encaminados a una nueva vida. Sin embargo, año y medio después, mi papá falleció de un infarto. A pesar de eso, mi mamá, mis hermanas y yo nos quedamos. Mi vida ya estaba enraizada en Irapuato: tenía un trabajo seguro.
El dolor se vio seguido por otra situación difícil. Al año siguiente, la gran inundación de Irapuato arrasó con el rancho. Las vacas se las llevó el agua. Mi hermano fue por nosotras para que regresáramos a Tepatitlán, pero yo me mantuve firme. “Yo ya tengo mi trabajo aquí”, le dije.

Después de varias experiencias como maestra y directora en diferentes ciudades, Consuelo Camarena Gómez enfrentó uno de los retos más grandes de su vida: fundar y consolidar su propia escuela. Lo que comenzó como un golpe sorpresivo terminó convirtiéndose en la oportunidad que marcaría su trayectoria educativa y su legado.
Directora y fundadora
Todo parecía ir bien, hasta que un día recibí una llamada del secretario de Educación: “Con mucha pena, maestra, pero me están pidiendo su plaza desde México”. Fue un golpe inesperado. Después de todo lo que había hecho por la escuela, no entendía por qué. Llorando, salí de la Secretaría de Educación, pero mi hermana Coco no me dejó caer. “Tú tienes capacidad, pon tu propia escuela”, me dijo.
Seguí su consejo. Regresé con el funcionario de Educación, le dije que firmaría mi renuncia pero, al mismo tiempo, que me firmara la incorporación de una escuela secundaria y normal. No era tanto que el secretario de Educación quisiera que le dejara la plaza, sino que se la estaba pidiendo alguien de más arriba. Así que en ese intercambio, sin mayor trámite, me firmaron las incorporaciones para mi nueva escuela.
Pero había un problema: yo no tenía un edificio adecuado. Fue entonces cuando el padre
Armora, un sacerdote de la Orden del Espíritu Santo, me llevó con una amiga suya que tenía una casa grande en el centro de Irapuato. Quedé sorprendida por la rapidez con la que aceptó rentármela, a pesar de que yo no contaba con aval.
“¿No se acuerda de mí?”, me preguntó la dueña de la casa. Yo no la recordaba. Entonces me contó una historia de años atrás. Un día ella esperaba un camión o un taxi, desesperada por llegar al centro, a un hospital. Yo pasé por ahí en mi auto y, aunque no la conocía, me detuve y la llevé. Gracias a eso, llegó a tiempo para despedirse de su único hermano antes de que falleciera. “La caridad que usted hizo fue tan grande que ahora usted misma es su propio aval”, me dijo. Y así fue como la escuela tuvo un hogar.
Cuando abrí la escuela, lo hice desde el principio con todos los grados: cuatro de Normal y tres

de secundaria. Los siete se abrieron al mismo tiempo. Desde el primer día tuve alumnos, y muchos me conocían porque habían sido mis estudiantes en la Normal Oficial. Sus padres ya confiaban en mí, así que decidieron seguirme. El cambio fue rápido. Salí de la Normal oficial al terminar el ciclo escolar, y para septiembre ya tenía mi escuela en funcionamiento. En apenas tres meses, el Liceo Cervantino fue una realidad.
Varios maestros decidieron acompañarme también. Yo misma los había contratado cuando trabajaba en la Normal Oficial, así que no me resultó difícil convocarlos de nuevo. Para mí, más que un inicio desde cero, era como cambiar de escenario. Ya tenía los planes, los alumnos y los maestros. La única diferencia fue que ahora la institución era mía.
En la Normal Oficial hubo incluso huelga cuando me removieron como directora. Padres y estudiantes protestaron. Pero ya no había vuelta atrás. “Vamos abriendo la escuela; los que quieran, vénganse conmigo”, les dije. Muchos lo hicieron.
Desde siempre, mi visión fue clara: no lucrar con la educación. Aun así, en la nueva escuela tuvimos que cobrar una cuota, aunque fuera muy baja. Mi hermano Heladio me ayudó. Tenía acceso a transporte y consiguió los fletes para
mover el mobiliario. Toda la familia se volcó en apoyarme. Dijeron: “eso no se vale”, por lo que pasó cuando me pidieron la renuncia. Sabían que tenía capacidad e inteligencia. Mi hermana María Esther me ayudó a conseguir un préstamo bancario, y otras personas cercanas, como el padre Armora, me animaban constantemente. “Tú puedes”, me decían. Y yo estaba segura de que era cierto.
El Liceo Cervantino que había soñado comenzó en 1977 con cuatro grupos de secundaria: dos de primero, uno de segundo y uno de tercero. Desde el principio tuve claro lo que quería: formar personas bien preparadas, no solo en lo académico, sino también en lo humano. Se seguían los programas oficiales al pie de la letra, pero además se daba mucho peso a los valores.
Aunque en esos primeros años participaron el padre Armora y la madre María Teresa Torres Oceguera, el enfoque que le di no fue religioso, sino ético, con una orientación clara hacia la formación moral. Siempre pensé que la escuela debía formar personas buenas, responsables y conscientes de su entorno.
El trato hacia el alumnado fue siempre de respeto y cercanía. Todos eran tratados como personas valiosas, con una responsabilidad compartida entre la escuela y sus familias. Tal


vez por eso el Liceo creció tan rápido: ofrecía algo más que clases; ofrecía atención, formación con valores y un ambiente donde se buscaba formar gente generosa.
El avance del Liceo no fue solo administrativo, sino también pedagógico. Ahí empecé a aplicar la educación personalizada, un modelo de Pierre Faure que se centraba en que cada estudiante aprendiera a su propio ritmo. Incluso los pupitres eran distintos: mesas compartidas en lugar de escritorios individuales. En Irapuato era una novedad, y llamó la atención de muchos.
Poco tiempo después, además de los grupos de secundaria, abrí cuatro más de Normal para Primaria. También llegaron dos grupos, de segundo y tercero, provenientes del Colegio México. Fue un cambio que ayudó a todos: al Liceo, a los alumnos y a la maestra Fajardo, directora del Colegio México, quien tenía fama de ser tan generosa que era casi imposible que la escuela se sostuviera.

Un par de años después de que fundara el Liceo Cervantino, Consuelo se hizo novia de Juan López, quien dos años después se convertiría en su esposo. Su historia de amor está hecha de paciencia, colaboración y ternura.
Un romance a la antigua
Juan trabajaba en serigrafía y había vivido en Estados Unidos. Nos conocimos gracias a la papelería que abrimos mis hermanas, mi mamá y yo con los ahorros que mi papá nos dejó.
Mi papá siempre nos dijo que hiciéramos un negocio con lo que ganáramos, y así lo hicimos.
La papelería fue próspera y permitió que todas mis hermanas estudiaran en el Tec de Monterrey. Yo estaba muy ocupada con la escuela y con la papelería, así que no tenía tiempo para romances. Había por ahí algún pretendiente, pero yo ni caso hacía: Yo, en lo que estoy, estoy.
Un día, Juan le mostró parte de su trabajo a un cuñado mío, Carlos del Moral. Él le comentó que tenía una cuñada con una escuela y le preguntó si podría hacerle algunos artículos. Juan aceptó de inmediato y le pidió que le dijera dónde podía encontrarme. Así supo qué teníamos una papelería en el centro, y fue ahí donde empezó todo.
Yo manejaba una camioneta Chevrolet grande para llevar los paquetes y la papelería. Él ya estaba ahí cuando llegué, y me cuenta que en cuanto me vio, sin saber que era yo, dijo: “Ella va a ser”. Fue como un chispazo. Pero yo seguía tan ocupada en la escuela que no pensaba para nada en noviazgos.
Él quería llamar mi atención. Me hablaba casi cada tercer día: “Mire, le voy a mandar por esta fecha…”, “Le voy a mandar lo que yo hago…”. Quería hablar conmigo casi todos los días, y yo ni siquiera entendía por qué. Le dije: “Está bien.
Le voy a mandar el escudo del Liceo para que lo plasme ahí”. Y así pasó el tiempo: él preguntando cosas que realmente no le importaban y yo sin darme cuenta de nada.
Hasta que un día me invitó a tomar un café. “Pues sí, déjeme preguntarle a mi mamá”, le contesté. Se sorprendió: “¿Le va a preguntar
a su mamá?”. Le dije: “Pues sí, yo le tengo que preguntar, a ver qué dice”.
Le conté a mi mamá que un muchacho de San Luis, mi proveedor, quería tomarse un café conmigo. Mi mamá no dudó: “Claro que sí, nomás que se lo venga a tomar aquí a la casa”. Así fue. Él llegó, y mi madre, muy simpática, lo recibió con hospitalidad: “Estamos a sus órdenes. Ya está listo el café”.
Él había pensado llevarme a un restaurante, pero en esa casa, donde todo mundo vigilaba y no se podía aventar ninguna señal sin ser observado, no tuvo otra opción más que tomar el café con la “guardia” presente. Después de esa primera visita, volvió a insistir: “Mire, vuelvo a pasar… no sé si podría llegar a visitarla, tomarme un cafecito o algo”. Y así seguimos, café tras café, con largas conversaciones llenas de libros, cursos y experiencias compartidas.
Él es muy instruido y tiene facilidad para la plática. Teníamos muchas cosas en común, incluso habíamos tomado el mismo curso de Dale Carnegie: yo en Irapuato y él en Chicago. Finalmente, después de mucho tiempo de charlas, se animó y aprovechó que mi mamá no estaba cerca para pedirme que fuéramos novios. Cuando me dijo de ser novios, le pedí unos días para pensarlo. Yo ya estaba grande, no iba a decirle “déjame un año más”, pero sí unos días. Él se resignó: “Bueno, está bien”.
Yo aún tenía una preocupación: ¿quién cuidaría de mi mamá si me casaba? Consulté con el señor obispo Renato Ascencio León, hermano de mi cuñado Moisés, quien me aconsejó que lo hiciera si había encontrado a un buen hombre. Así acepté casarme, con la condición de cuidar a mi madre hasta el último día.
El matrimonio nos trajo muchos momentos felices, pero también golpes duros. Nuestra primera hija falleció en el hospital debido a un error médico. Lo más doloroso fue que la familia decidió no decírmelo de inmediato, porque yo estaba muy delicada después del parto. Cuando finalmente lo supe, sentí una tristeza enorme. Una madre siempre quiere saber dónde quedan
sus hijos, y en el panteón, entre tantas tumbas, no sabía dónde estaba mi niña.
Durante días busqué su tumba hasta que una maestra amiga del sepulturero me ayudó a encontrarla. Con autorización, la exhumamos, porque yo dudaba de que realmente fuera mi niña. Pero cuando vi la ropa que yo misma le había tejido, supe que sí era.
Los años siguientes fueron difíciles. Quedé embarazada varias veces, pero mis embarazos no llegaban a término.
Mi ginecólogo me había dicho que las pérdidas gestacionales se debían a factores psicológicos, y que yo sí podía tener hijos. Y así, a los 40 años, di a luz a Karen, lo que considero la mayor bendición de Dios.


Los proyectos personales y profesionales de la maestra Consuelo se multiplicaron con los años y, casi por accidente, entró a la política.
De las aulas al Congreso
Cuando el gobierno convirtió la Normal en una licenciatura, se puso como requisito que los alumnos contaran con preparatoria terminada, así que en 1984 incluimos el Bachillerato Pedagógico. Al año siguiente, la Normal Básica enfrentó una situación complicada: solo se inscribieron tres alumnas, porque ya se decía que las Escuelas Normales iban a desaparecer. Pero yo no las dejé a su suerte. Me esforcé para que esas tres alumnas pudieran concluir sus estudios. Para proteger la operación del plantel, incluso recurrí al amparo federal. La situación no solo impactó al Liceo, también afectó a muchos jóvenes que tuvieron que abandonar esa vocación y buscar otros caminos.
Hasta entonces, la política no figuraba entre mis prioridades. Mi vida giraba en torno al Liceo Cervantino, mi familia, la papelería y las actividades comunitarias que ya impulsaba. Era maestra, gestora, promotora cultural y madre. Sin embargo, una tarde, mi esposo me propuso
acompañarlo a escuchar a Manuel “Maquío” Clouthier durante una presentación que tuvo en Irapuato como parte de su gira nacional.
Yo no era panista, ni siquiera simpatizante. Acepté con cautela y me oculté detrás de un pilar del lugar. En aquel tiempo, involucrarse en política, y más aún oponerse al PRI, podía tener consecuencias negativas. Con una escuela particular en mis manos, sentía que cualquier paso en falso podía ponerlo todo en riesgo.
Y, sin embargo, ocurrió algo inesperado. Maquío, en medio de su discurso, dijo al micrófono: “Por cierto, aquí está una maestra que va a ser la próxima diputada federal: la maestra Camarena”. No nos conocíamos, y me quedé helada. Al final del evento me acerqué a él y le expresé tanto mi entusiasmo como mis temores. “No se preocupe”, me dijo Maquío, “usted va a ser la más protegida”. Esa frase me dio el empujón que necesitaba.
En 1987 me afilié al PAN y acepté mi primera candidatura a diputada. Perdí, como solía ocurrir a los candidatos opositores en aquellos años, pero la experiencia me dejó una huella profunda. La campaña fue intensa: recorridos por rancherías, comunidades rurales, calles sin pavimentar. Mi hija, muy pequeña, iba conmigo a todos lados. Recuerdo una vez que nos invitaron a pasar a una casa donde ya estaba puesta la mesa. Pero al darse cuenta de que no éramos del PRI, empezaron a tirarnos elotes y nos hicieron correr. Yo cubría a mi niña con el cuerpo, con el rebozo, para protegerla. Les dije: ‘Ustedes nos invitaron a pasar’. Y me contestaron: ‘Sí, pero pensamos que eran del PRI’. ‘No’, les dije, ‘nuestra ideología es diferente’”. Nos corrieron por entre los barbechos… pero así era en ese entonces.
Lejos de desanimarme, esa vivencia fortaleció mi convicción. Aunque perdí esa elección, poco después gané la regiduría del Ayuntamiento de Irapuato, donde encabecé la Comisión de Educación en el Medio Rural. Formábamos parte de una fracción panista de cuatro regidores, todos empresarios comprometidos. Desde esa posición comenzamos a denunciar irregularidades en la administración municipal priista: despilfarros, abuso de poder y corrupción. Nuestro lema era “Presidente municipal rico, pueblo pobre”. Cuando Carlos Salinas de Gortari visitó Irapuato, le entregamos un expediente con evidencias. El caso fue tan sólido que el alcalde fue removido del cargo.
Esa labor hizo que mi perfil creciera tanto dentro del PAN como entre la ciudadanía. Me convertí en presidenta del Comité Directivo Municipal del PAN en Irapuato, fui consejera estatal, integrante del Comité Directivo Estatal y más tarde consejera nacional. Desde esas posiciones impulsé la participación política de las mujeres, organizando foros estatales, diplomados en formación electoral y cursos en administración pública. Años después también fui representante del comité estatal en la comisión revisora de la plataforma de gobierno de Vicente Fox, en el área de educación.
En 1994 llegué al Congreso del Estado como diputada plurinominal en la 56 Legislatura. Presidí la Comisión de Biblioteca y fui secretaria en las comisiones de Desarrollo Económico y Educación Pública. Paralelamente, formé parte de la Comisión Estatal para la Planeación de la Educación Superior (COEPES), del Grupo Estatal para la Planificación de Recursos Humanos en Salud (GEPROS)


y del Comité del Instituto de la Mujer. También participé en el Consejo Estatal de la Población (CUESPO), fui consejera de JAPAMI, de Coparmex en educación, y del Comité Interuniversitario del Conocimiento. Entre 1991 y 1994 integré el Seminario de Cultura Mexicana y fui editorialista en los periódicos AM, Sol de Irapuato, Sol de León y Guanajuato Hoy.
En 2003 volví a las urnas, esta vez por el distrito 9 de Guanajuato. La candidatura a diputada federal fue distinta: el viento soplaba a favor, y el respaldo social por mi labor educativa pesó. Mi esposo fue pieza clave en la organización, y muchas familias –padres, alumnos y exalumnos del Liceo– me brindaron su apoyo. Obtuve 75 500 votos: el 55 % del total. Fui la diputada con más votos a nivel nacional en esa elección, como lo mencionó Joaquín López-Dóriga en el noticiero nocturno más visto del país. Vicente Esqueda, entonces dirigente estatal del PAN, me calificó como una de las mejores candidatas del estado por mi preparación, arraigo y propuestas claras.
Mi preparación era sólida: además de mi formación como profesora, acababa de concluir una maestría para instructores en educación satelital en Global University, en San Diego, California, y contaba con una especialidad en Administración Pública Estatal y Municipal por la Universidad de Guanajuato.
Ya en San Lázaro, me concentré en la agenda educativa. Coordiné junto con Agustín Rodríguez un foro nacional de consulta legislativa sobre educación en Guadalajara, con la participación de rectores, académicos, autoridades federales e incluso el Ministro de Educación de Chile. Me encargué de sistematizar los resultados y presentarlos ante el Congreso. En esa misma legislatura, fui coordinadora de la Subcomisión de Educación Superior y Posgrado, y también participé en la Subcomisión de Evaluación Educativa.
Después de ese periodo, me ofrecieron la candidatura al Senado. Pero esta vez decidí no continuar. No quería pasar tanto tiempo apartada de mi familia y del Liceo Cervantino. “Hasta aquí llegué. Búsquense a alguien más”, les dije, y cerré ese capítulo de mi vida.


La maestra Consuelo no se detuvo con la creación del Liceo Cervantino; sus proyectos fueron adaptándose a nuevas circunstancias y supo hacerlos crecer más allá de lo que había imaginado.
El sueño hecho universidad
En agosto de 1994, con la oferta de dos carreras: Derecho y Ciencias de la Comunicación, abrí las puertas de la Universidad Liceo Cervantino, en las instalaciones de Morelos y Tresguerras. No había muchos salones, pero alcanzaban. Lo que sí sobraba era entusiasmo.
En 1996 sumamos la carrera de Contaduría Pública, y en 1997 nació la Licenciatura en Educación, que pronto se volvió una de las más buscadas. Ese mismo año también inicié la Licenciatura en Educación Preescolar, con ocho alumnas. Pronto serían veinticinco, y después cuarenta.
En 1998 tomamos una decisión clave: construir un edificio exclusivo para la universidad, justo al lado del plantel de secundaria y preparatoria. Ese año también creamos el área de Ciencias de la Educación y pusimos en marcha el programa
de titulación por experiencia profesional, que ayudó a muchas personas a obtener su título sin dejar de trabajar.
En 1999 arrancó la Normal Superior Mixta, y en el 2000, la Normal Superior Ordinaria. Ese mismo año abrimos también la carrera de Administración de Empresas, y en 2001 añadimos la de Sistemas Computacionales Administrativos. En 2003, la universidad abrió los Bachilleratos Bivalentes en Comunicación e Informática. Cada nuevo programa surgió después de analizar con cuidado qué necesitaba la comunidad y qué pedía el mercado laboral. Nunca abrimos carreras por abrirlas; mi meta siempre fue formar personas útiles, no solo egresados con título y sin rumbo.
Cada nuevo programa implicó trámites, permisos, inspecciones, cambios de reglas,
cambios de gobierno. Pero ver entrar a los alumnos hacía que todo valiera la pena.
A veces me preguntan cómo podía poner atención a tantas cosas importantes: la universidad, la familia, la política, mis actividades comunitarias. La respuesta es simple: siempre supe rodearme de equipos leales y eficaces. No sé si lo que tengo es una cualidad o un defecto, pero siempre he podido delegar. No me aferro a hacer todo yo sola. Confío en la gente que me rodea y eso es algo importante, aunque también muy difícil. Para mí, lo fundamental es saber elegir a las personas correctas. Lo que les pido son tres cosas: lealtad, honestidad y responsabilidad.
Siempre trabajé con equipos. Dios me bendijo mucho en ese aspecto. Ese respaldo me acompañó en todos los ámbitos. En casa, por ejemplo, podía concentrarme en mis actividades sin preocuparme por lo cotidiano. Yo llegaba y ya estaba la comida hecha, todo arreglado. No tenía que apurarme porque siempre había alguien que me echaba la mano y me apoyaba. Cuando nació mi hija, la integré naturalmente a mi entorno. La llevaba conmigo a la oficina, donde seguía a mi lado, cerca del escritorio.
Siempre había alguien que me ayudaba con ella, que me acompañaba en ese proceso de sacarla adelante. El equilibrio entre la maternidad y la vocación nunca fue fácil, pero lo conseguí gracias a ese círculo de confianza que construí con los años.
Desde los primeros días del Liceo Cervantino conté con un equipo comprometido, que en muchos casos ha permanecido cercano durante décadas. Me dio muy buen resultado trabajar con personas responsables y leales. Gracias a ese apoyo pude hacer muchas cosas: avanzar en la política, seguir estudiando, llevar el liceo y apoyar a las mujeres empresarias.
En ese camino, hubo pilares especialmente significativos. Mi hermana Coco jugó un papel fundamental en la operación diaria del Liceo. Me ayudaba mucho. Yo me apoyaba en ella con toda la confianza del mundo. Y, por supuesto, mi esposo Juan me ha respaldado de manera constante a lo largo de los años. Esos dos pilares:
Coco, hasta que falleció, y mi esposo, que sigue conmigo, han sido fundamentales.
Junto con ellos, muchas otras personas me han acompañado por más de cuatro décadas. Han trabajado conmigo por más de cuarenta y seis, o cuarenta y siete años. Confío en ellas porque siempre han respondido con buena actitud y con compromiso.
El entorno político, sin embargo, no siempre fue tan estable. Navegar entre las presiones y tensiones de la política tenía otras exigencias. Claro que no es fácil, y menos en ambientes donde hay grilla, como en la política. Cuando una se mete en esos caminos, es difícil mantenerse firme entre tantas cosas. Pero creo que eso, en lugar de frenarme, me hizo esforzarme más.
Durante mis distintos encargos públicos, supe rodearme de profesionales competentes. En mi etapa como diputada federal, por ejemplo, tuve una asistente muy eficiente e inteligente, en quien podía confiar plenamente. Lo mismo ocurrió durante mi tiempo como diputada local. Incluso durante mi estancia en la Ciudad de México, ya como legisladora, continué esa dinámica de colaboración. Allí recibí el apoyo de varias jóvenes estudiantes que hacían su servicio social. En ese momento trabajaba en un libro comparativo sobre leyes de educación en distintas partes del mundo. Aunque yo las dirigía, ellas hicieron gran parte del trabajo. De verdad, me apoyaron muchísimo.
Así, con la intuición para rodearme de gente buena y la disposición para confiar en ella, construí mi trayectoria. No desde el protagonismo individual, que no me interesaba, sino desde una comunidad de apoyo que pude formar y cuidar.



Hace veinticinco años, la maestra Consuelo Camarena Gómez decidió que había llegado el momento de crear algo más para su comunidad y, especialmente, para las mujeres. Fue poco antes de convertirse en diputada federal cuando fundó una organización que hasta hoy sigue activa y que se ha convertido en un referente para las empresarias de Guanajuato y de todo México.
Líder de emprendedoras
Al principio, ni Coparmex nos hacía caso a las mujeres. Por eso pensé: “nosotras podemos solas”. Y así fue. Durante un viaje a Europa con otras mujeres empresarias, entre pláticas y paseos, empezamos a soñar con fundar algo propio. Lo hicimos… y funcionó.
En León existía una red internacional de mujeres empresarias fundada en Francia. Me pareció mucho mejor integrarnos a una estructura con respaldo global, así que fundé nuestra propia organización adherida a esa red mundial.
Al principio, abrirnos paso como empresarias fue difícil. Teníamos que “picar piedra”, como digo siempre, porque simplemente no se nos daba espacio. Solicitábamos pertenecer a Coparmex y nunca recibíamos respuesta; nos dejaban en el limbo. Era evidente que las mujeres empresarias estábamos solas, sin respaldo ni del gobierno ni de las cámaras empresariales.
Notando ese vacío, quise fundar una institución que diera voz a las mujeres empresarias, que las escuchara y las apoyara. Y sí que lo logramos. Se dieron momentos muy interesantes, como cuando organizamos un congreso mundial de mujeres empresarias en Irapuato, con la participación de delegaciones de Grecia y de muchos otros países. Para ese entonces, yo ya había recibido el premio a la Mujer Empresaria del Año, otorgado en Monterrey.
Hubo un momento en que cambiamos el nombre de la asociación porque alguien más lo registró. Dejamos de ser AMMJE y surgió AMEXME. Fue un cambio fuerte, pero necesario; supimos seguir y la organización creció.
Pronto, mi nombre empezó a sonar más allá de México. Uno de los reconocimientos más sorpresivos lo recibí en Atenas, Grecia. Todo comenzó con un congreso internacional en

Ciudad de México, donde me entregaron un reconocimiento nacional por mi trayectoria en educación.
Después, me llegó una invitación misteriosa para asistir a un evento en Grecia, con todos los gastos pagados. Llegamos a Atenas mi esposo, mi hija y yo, y durante el evento empezaron a hablar en inglés de mi trayectoria. Karen me dijo: “están hablando de ti”. me hizo la traducción y fue una sorpresa total. Al final me entregaron un premio por mi labor académica y el impulso a las mujeres empresarias.
Al día siguiente, en la universidad de Grecia, recibí otro reconocimiento del rector, y en el tercer día, en un evento con el presidente municipal y empresarios de Atenas, me otorgaron un tercer premio. Todo fue inesperado, gratificante y
muy emocionante. Incluso estuvo presente el secretario de Educación de México, invitado al evento.
Después de ese reconocimiento, la noticia se difundió en el país, especialmente en Guanajuato. La organización cobró gran relevancia: muchas empresarias se sumaron. Para mí, era motivo de orgullo saber que realmente ayudábamos. Apoyábamos a quienes empezaban, les dábamos consejos, les enseñábamos cómo hacer los trámites con el Seguro Social y ofrecíamos cursos para que pudieran abrir sus propias empresas.
Desde el inicio, el sistema que establecí fue muy participativo. Cada mes se organizaba un desayuno, pero yo no asumía toda la carga. La organización del evento la asignaba a una
empresaria distinta, quien debía promoverlo, invitar a más mujeres y darle visibilidad. Así, la red fue creciendo. Escogía a mujeres con empuje, que sabían moverse y que además eran representativas económicamente en Irapuato. Eso ayudó a que otras quisieran estar ahí también, porque sabían que se trataba de un grupo fuerte y bien conectado.
Incluso el gobernador de entonces, Juan Carlos Romero Hicks, asistió a mi toma de protesta como presidenta. Él y otros funcionarios ya me conocían, y siempre que les pedía apoyo para algo, nos los daban. Hace un año, ya estando en silla de ruedas, recibí un homenaje por todo mi trabajo y no quise faltar, a pesar de mi estado de salud. “Aunque sea en silla de ruedas, pero yo llego”, les dije.
Entre los logros más grandes de la asociación está que las mujeres empresarias obtuvieron una personalidad jurídica, comercial y empresarial reconocida por el gobierno. Esto fue clave, porque significó que finalmente se nos tomaba en cuenta. Por ejemplo, en temas de seguridad para nuestras empresas. Ahora tenemos reuniones mensuales con el secretario de Seguridad, donde exponemos casos de robo, fraude o falta de atención. Antes, eso simplemente no existía.
También brindamos respaldo a nuevas empresarias: las guiamos para encontrar créditos, les recomendamos bancos, les enseñamos a hacer trámites. Logramos que la Secretaría de Economía del Estado de Guanajuato empezara a dar préstamos a mujeres que iniciaban sus negocios. Todo eso generó prestigio: muchas querían formar parte porque había resultados, respaldo y reconocimiento.
Y sí, todo empezó porque viví en carne propia lo difícil que era lograr reconocimiento y apoyo. Entendí que debía haber una forma de lograr que el gobierno nos escuchara, y la encontré. Hoy, las mujeres empresarias ya no estamos solas. Somos tomadas en cuenta por secretarías como la de Desarrollo Económico o la del Trabajo, que incluso incluyen a nuestras empresas en programas para contratar a jóvenes que están por egresar.
Mi paso por la política también fue clave, porque ya conocía cómo se movían las cosas. Tenía confianza en mí misma, pero también en mi red: gobernadores, diputados y funcionarios sabían que era una mujer honesta y comprometida con mi trabajo.
A las mujeres que hoy están en la asociación, sobre todo a las más jóvenes, siempre les digo que sigan con ánimo. Esta red las conecta con empresarias de todo el estado, del país y hasta del extranjero. Hacemos negocios, pero también nos acompañamos, nos reconocemos y nos enseñamos unas a otras.
Las nuevas generaciones vienen con muchas ganas, con ideas frescas, y eso me da confianza. Sé que ellas van a seguir empujando la asociación, que seguirá creciendo y dando oportunidades.

Después de décadas de trabajo ininterrumpido, de ver crecer generaciones de alumnos y de consolidar proyectos educativos, la maestra Consuelo supo que llegaba el momento de dar un paso al costado.
Se cierra un ciclo
Cuando empecé a pensar en dejar el Liceo, lo que más me preocupaba no era el retiro en sí, sino a quién dejaría la escuela que había construido con tanto empeño. No podía confiársela a cualquiera.
Lo que yo buscaba era que quedara en manos de personas con fe, con valores, con una formación similar a la que yo recibí desde que era estudiante.
Esa visión me remitía a mis años en la Normal Occidental y con las madres del Verbo Encarnado: ellas no solo querían impartir conocimientos, sino también formar personas. Y eso era exactamente lo que había tratado de hacer en el Liceo desde su fundación. Por eso no podía dejarlo en manos de cualquiera.
La búsqueda duró seis años. Varias instituciones se acercaron, pero no todas compartían nuestra visión. Recuerdo que en una visita en la que representantes de una de ellas recorrieron los salones y notaron las imágenes de la Virgen de Guadalupe y de Cristo. No lo dijeron de forma explícita, pero dejaron claro que todo eso debería quitarse. Entonces comprendí que no eran las personas indicadas; eso formaba parte de lo que había construido desde el principio.
El camino continuó hasta que una coincidencia, o lo que yo llamo providencia, hizo que todo se acomodara. Mi hija Karen estudiaba inglés en San Antonio, Texas, y ahí conocimos a una religiosa que nos puso en contacto con las madres del Verbo Encarnado. A partir de ahí empezó un proceso largo: ir y venir, conocernos, conversar.
Lo que les pedí era muy claro: que mantuvieran la formación que había hecho parte del Liceo desde sus inicios. Que no se perdieran los valores de fe, responsabilidad y servicio. Porque eso era el Liceo. No solo una escuela, sino un proyecto de vida. Y si lo iba a entregar, tenía que ser con
la certeza de que continuaría.
En 2015 llegó el momento de despedirme de la Universidad Liceo Cervantino. El auditorio se llenó de profesores, alumnos e invitados que acudieron a acompañarme en mi despedida como rectora y a dar la bienvenida a mi sucesor, el maestro José Antonio López Verver y Vargas. Antes del acto oficial, se proyectó un video que recorrió la historia de la universidad con fotos y anécdotas. Fue un repaso sencillo pero claro del camino que recorrimos, desde aquellos primeros grupos de secundaria hasta las generaciones universitarias.
Agradecí a todos. No hice un discurso largo ni me puse solemne. Simplemente hablé con la misma claridad de siempre, reconociendo el trabajo en equipo y dejando claro que todo lo logrado había sido posible gracias al esfuerzo compartido.
Me dieron un reconocimiento por mi trayectoria, y luego Gabriel Espinoza, Secretario de Educación de la Región VI, tomó protesta al nuevo rector. El maestro José Antonio dijo unas palabras breves, y se comprometió a seguir fortaleciendo el proyecto que nosotros iniciamos.
Después hubo un brindis sin formalidades y mucha gente se acercó a saludarme, a felicitarme, a darme las gracias. Fue un momento tranquilo, porque aunque ese día dejaba el cargo de rectora, todo lo que había sembrado seguiría formando parte de la universidad.
Hoy el campus universitario tiene su propio ritmo, su identidad y sus tradiciones. Me da orgullo recordar que todo eso nació del empeño que pusimos desde el inicio, con la convicción de que Irapuato merecía una universidad bien hecha.

Tras su retiro, Una idea dio vueltas en la cabeza de la maestra por muchos días: ahora que contaba con el dinero de la venta de la universidad, había que hacer algo para que produjera más. Las enseñanzas de su padre estaban bien firmes: el dinero es para hacer negocios, si no, se acaba.
Guerrera, como su edificio
A veces pienso que la vida me ha ido poniendo pruebas para que yo misma descubra hasta dónde puedo llegar. Un día, por pura casualidad, estábamos mi esposo, mi hija y yo en una cafetería del centro de Irapuato, y llegó una señora. Nos pusimos a platicar y nos contó que su suegro la enviaba a cobrar unas rentas. Le pregunté si el suegro era el dueño de ese edificio, y me dijo que sí, que lo quería vender porque no quería dejarles problemas a sus hijos ni que el edificio se siguiera deteriorando. En ese momento le dije: “avísele que quiero hablar con él”.
Mi esposo siempre ha sido muy prudente para invertir, y me decía que ya habíamos trabajado
mucho, que era momento de descansar un poco. Pero yo sentía que todavía tenía energía y ganas de hacer algo mío, algo diferente.
Pensaba en mi hija, en mis nietas, en dejarles algo sólido. El edificio estaba en una esquina privilegiada. Después supe que mucha gente de dinero en Irapuato había querido comprarlo, pero nadie sabía bien quién era el dueño.
Desde el primer momento yo sentí que en ese edificio había algo. Pero al entrar, casi me desanimo. Vi puertas tiradas por todos lados, paredes húmedas, cables colgando, los tubos se los habían robado. Hasta dormía gente ahí. Todo parecía caerse. Pero no me dio miedo. Más
bien sentí coraje. Pensé: “Con camiones, obreros y voluntad, esto se puede levantar”.
Como mi esposo no se convencía, le dije: “mira, tú ya hiciste tres edificios para la universidad, ahora déjame intentarlo a mí”.
Yo no lo vi como un desafío contra él, sino como una oportunidad para probarme.
Al poco tiempo, ya estábamos en la notaría, para finalizar la compra. Era un asunto complicado, porque había muchos familiares involucrados. El notario me advirtió: “usted entre por una puerta y ellos que entren por otra. No deben verla”.
Yo no entendía por qué… No sabía que había tantos herederos ni que muchos estaban molestos.
Cuando llegué, vi a toda la familia reunida en una oficina. Sin pensarlo, me acerqué y los saludé uno por uno.
“Buenas tardes”, les dije, “Sí, yo soy la que va a comprar el edificio. Sé que todos son dueños y los respeto. Si no quieren, no pasa nada. Pero si firmamos, el día que lo reinauguremos los voy a invitar a todos”.
Eso cambió el ambiente. Uno de los tíos, que era sacerdote, los tranquilizó: “Ella qué culpa tiene”, les dijo.
Mientras tanto, mi esposo, desde la puerta, me hacía señas para que me saliera, recordándome lo que había dicho el notario. Pero yo creí que eran papás de alumnos o conocidos de la universidad, así que los saludé con toda confianza.
Después, el notario me dijo, riéndose: “Pues le sirvió su saludo, porque gracias a eso todos quisieron firmar”.
Y así fue. Firmaron todos los herederos, que no eran pocos: hijos, nietos, sobrinos. Un verdadero lío. Pero gracias a ese gesto se arregló todo. Les pagamos lo que correspondía, el señor se quedó tranquilo y nos bendijo. Claro, el problema nos
lo pasó a nosotros: el edificio estaba cayéndose a pedazos. Pero al menos ya era nuestro.
Y entonces sí, empezó el trabajo de verdad. Lo que parecía una remodelación sencilla se volvió una odisea de años. Karen me ayudó mucho, estaba muy entusiasmada y llena de ideas. No sabíamos todo lo que vendría después ni que ella se iría a Estados Unidos, pero trabajamos con toda la ilusión.
El edificio tenía cuatro pisos y no había elevador, así que hubo que hacerlo desde cero, construyendo todo el cubo. Trajimos técnicos desde la Ciudad de México para revisar la estructura y la instalación eléctrica. Elegí un elevador de la mejor clase; recordaba un accidente en otro edificio donde un elevador mal hecho se cayó y murieron dos personas. No quería ni imaginar algo así.
Yo sabía que este edificio tenía muchos problemas, pero al mismo tiempo pensaba:¿Y dónde consigo otra esquina como esta? No, este se rescata” .
La estructura era buena, solo los ejes estaban vencidos. Había que rehacerlos, cambiar pisos, poner nuevos cables, volver a instalar toda la tubería. Cada vez que quitábamos algo viejo, salía otro problema. Se habían robado los tubos, las puertas estaban rotas, las paredes húmedas, el cableado viejo colgando. Había que limpiar toneladas de tiliches que los vecinos dejaban, y a veces hasta gente dormía ahí. Pero nunca me asusté. Pensaba: “Con paciencia y trabajo se puede levantar esto”.
Nos gastamos todo. Lo que teníamos se fue en materiales, en mano de obra, en permisos. Pero yo quería hacerlo bien. Pusimos pisos buenos, de los que duran, todo el cableado nuevo, la tubería nueva. Abajo dejamos los once locales comerciales que ya estaban, porque los inquilinos llevaban muchos años allí y conocían a toda la clientela. Les dije: “nada más que nos van a tener paciencia con el ruido y el polvo”. Y se quedaron.
Karen quería ponerle mi nombre: “Edificio
Consuelo Camarena”. Pero no me gustó la idea. Le dije que no, que mejor se llamara Edificio Guerrero, por la calle donde está. Y así se quedó. Después supe que una familia Guerrero muy conocida en la ciudad estuvo a punto de comprarlo. Debido a eso, muchos creen que el edificio les pertenece a ellos.
Hoy, en nuestras oficinas hay médicos, ingenieros, contadores, pero aún faltan algunos locales por ocupar.
Cada vez que mi esposo me dice: “Te dije que esto iba a ser muy tardado”, yo le contesto: “sí, pero cuando empiece a dar frutos, ya no va a parar”.
Porque yo siempre vi más allá. No me detuve en cómo estaba el edificio, sino en lo que podía llegar a ser. Cada decisión, cada obstáculo, cada noche de incertidumbre valió la pena.
Hoy, si paso frente al Edificio Guerrero, siento orgullo. No solo por lo que se ve, sino por todo lo que hubo detrás. Por cada decisión que tomé, cada obstáculo que se resolvió, cada noche en que no supe si íbamos a poder seguir.
Porque así ha sido mi vida: de retos, de fe, de seguir adelante aunque parezca imposible.

La maestra Consuelo ha sabido encontrar equilibrio y propósito en cada etapa de su vida; su fe y su actitud positiva le permiten adaptarse a los cambios con determinación y serenidad, y disfrutar las actividades que puede realizar a pesar de sus retos de salud, así como la compañía de amigos y familia y las videollamadas de su hija y sus nietas.
Cada cosa a su tiempo
Tengo ochenta y dos años y pienso que cada cosa que hice, fue en el tiempo correcto.
Hoy me levanto temprano, desayuno tranquila, cuido mis plantas y ordeno papeles. Parece poco en comparación con todo el trabajo de la universidad, la política, las empresas, la construcción del edificio, pero no lo es. Esta etapa la vivo con el mismo gusto con que viví las otras: con orden, con fe y con ganas.
Tuve que ir dejando cosas porque me enfermé. Eso fue lo que cambió el rumbo: mi cuerpo se empezó a portar mal después de varias operaciones que, al final, resultaron innecesarias o que no me resolvieron lo que debía. Me hicieron muchas intervenciones, hasta que el director del hospital me recomendó a un cirujano. Acepté, porque siempre he sido de las que se anima; soy de las que dicen “va” y se mete a fondo. Fue una decisión basada en la confianza y en la fe.
Esa operación, dicen los médicos, resultó ser “la madre de todas las operaciones”. Entraron ocho doctores al quirófano. Cuando me abrieron vieron que un hueso estaba mal, me pusieron ocho tornillos y me aseguraron las vértebras. Salí de esa sala sin entender muy bien todo lo que había pasado, porque fue mucho más tiempo del que creíamos que duraría. Después, cada vez que iba a que me revisaran, el médico se sorprendía, porque me preguntaba si tenía dolor y yo le contestaba que no. Me decía que si estaba segura, como si yo lo engañara. Yo decía la verdad: no me duele. Y le conté que, para mí, fue un milagro del Señor de la Misericordia de Tepatitlán; a Él le encargué esa operación y creo que Él la sostuvo.
Lo que quedó después fue otra historia: no puedo caminar como antes. A veces me ayudan, uso el andador o la silla de ruedas. Pero el dolor permanente que me habían pronosticado nunca
se dio. Luego vino un año de revisiones, de ejercicios, de terapia… pero estoy sin dolor y eso me permite hacer muchas cosas. Puedo pensar, decidir y llevar cuentas en la cabeza aunque el cuerpo tenga sus límites. Puedo dormir bien toda la noche, despertar con la mente clara, no sentir esa punzada constante: para mí eso es un regalo.
Eso sí, tengo que cuidarme. Un doctor quería que bajara de peso, pero otro me dice que es importante que esté fuerte para no arriesgarme a una caída que puede ser grave. Me lo tomo en serio, pero no me detengo. Si algo aprendí es que hay que adaptarse: yo hago lo que puedo y disfruto lo que puedo.
Una de las cosas que quiero es volver a administrar el edificio que construimos. En ese proyecto yo aprendí con el arquitecto, me metía a supervisar todo; al principio no sabía, pero me fui clavando. Después de la inauguración yo llevaba las cuentas, y todo marchaba sin sobresaltos.
Cuando me enfermé tuve que dejar esas responsabilidades. También tenía un local ahí mismo con ropa infantil muy bonita; una señora me ayudaba, pero con las operaciones todo se desordenó. Karen, quien me apoyaba mucho, se tuvo que ir a Estados Unidos; y la persona que me ayudaba ya no estaba. Pero ahora quiero al menos volver a encargarme de la administración, porque sé cómo cuidar el edificio y a la gente que trabaja allí.
Los locales de abajo son doce. Muchos se mantienen desde los primeros días porque la ubicación es maravillosa, cerca de la plaza principal. Los alquileres que se cobran ahí son muy económicos todavía; los inquilinos son gente que ha trabajado ahí muchos años y no quieren mudarse. Eso me da alegría: ver a la gente estable.
Hoy me organizo de otra manera. Tomo mis clases de inglés y me ocupo de mi jardín: planté manzanos, un aguacate, guayabas; mis hermanas me traen plantitas y yo las ubico, las cuido, veo cómo brotan. Eso me da mucha calma.
Sigo siendo presidenta honoraria de Amexme y, aunque ya no voy a las reuniones, las mujeres empresarias siguen viniendo a consultarme. El doctor me dice que eso es bueno para la mente: tener encuentros, pláticas, mantener la cabeza activa. Y lo hago con gusto: vienen exalumnos, antiguos maestros, y también mis sobrinas.
Mi fe y mi familia son mi sostén. Cuando no está mi esposo, los sobrinos vienen por mí. No me doy a la tristeza: si me quedara llorando por lo que no puedo hacer, me perdería. Yo prefiero hacer lo que sí puedo. Le digo a Juan: “llévame a la Comercial Mexicana”, agarro mi carrito eléctrico, recorro los pasillos y le digo a la señora lo que necesitamos. Esas cosas pequeñas me dan entusiasmo.
Si miro atrás, me siento satisfecha. Formé maestros, fundé el Liceo, conocí la política, fui empresaria, construí un edificio, y todo lo hecho está ahí. Pero lo que más me llena ahora no son los logros, sino que sigo despierta, agradecida y dispuesta. Me siento con energía para retomar lo que pueda. Mi carácter no ha cambiado: soy terca, organizada y optimista. Aprendí que la vida te pide adaptarte, y yo me adapto con trabajo y con fe. Tengo límites, sí; pero también tengo una cabeza que calcula, y un corazón que se alegra con las visitas y con las pequeñas rutinas. Eso, para mí, es vivir bien.
Agradecimientos
A lo largo de mi vida he tenido la fortuna de contar con personas extraordinarias que me acompañaron en cada etapa y en cada reto. Nada de lo que he logrado habría sido posible sin el apoyo, la confianza y el cariño de quienes caminaron a mi lado.
Ser maestra, fundadora de una universidad, empresaria, servidora pública y, al mismo tiempo, mantener un hogar con amor y equilibrio, solo fue posible gracias a la ayuda generosa y constante de muchas manos y corazones.
Por eso quiero agradecer, desde lo más profundo de mi ser, a todas las personas que me ayudaron a hacer realidad mis sueños y me sostuvieron cuando los desafíos parecían imposibles.
Desde mi infancia, mis abuelos y mis padres sembraron en mí los valores que guiaron cada decisión que tomé: la disciplina, el servicio, la palabra honesta y la convicción de que solo el conocimiento abre caminos. A mis hermanas y a mi hermano, gracias por ser mis primeros cómplices, mis amigos inseparables y mis raíces, a las que siempre pude volver.
A mi esposo, compañero de vida, le agradezco su comprensión ante mis ausencias y su apoyo permanente en los momentos clave. A mi hija, orgullo de mi corazón, gracias por iluminar mis días y recordarme que el amor es la mayor fuerza que existe. A mis nietas, que llegaron como un regalo perfecto, les agradezco la alegría renovada que trajeron a mi vida. Y a todos mis familiares, quienes han estado conmigo cerca o en la distancia, gracias por celebrar cada triunfo y por levantarme cuando lo necesité.
En el hogar, estuve siempre arropada por personas que me ayudaron en casa, que cuidaron a mi familia, que prepararon nuestros alimentos o mantuvieron nuestros espacios con cariño y profesionalismo para que yo pudiera seguir adelante con mis responsabilidades más demandantes, gracias por su lealtad y por su presencia siempre valiosa.
Mi vocación nació en las aulas. Por eso, a mis maestras y mentores que despertaron en mí el amor por la educación, mi eterna gratitud. A mis compañeras y compañeros docentes, por el entusiasmo compartido y las
luchas comunes. A mis alumnas y alumnos, quienes me enseñaron tanto o más de lo que yo pude ofrecerles; porque fueron mi inspiración diaria.
Y a las autoridades educativas e instituciones que creyeron en mí y me abrieron puertas, gracias por permitirme crecer profesionalmente.
Cuando el sueño de formar una institución educativa propia se volvió realidad, tampoco lo hice sola. A quienes estuvieron conmigo en la fundación del Liceo, a los colaboradores pioneros, al cuerpo docente, administrativo y de apoyo, y a los aliados institucionales que apostaron por este proyecto, gracias por transformar una idea en una comunidad viva que sigue creciendo y aportando al futuro.
La política llegó a mi vida como una extensión de mi compromiso con la gente. A las personas que confiaron en mi liderazgo, a mis equipos de trabajo, a mis compañeras y compañeros de partido, y a las comunidades que respaldaron nuestros esfuerzos por mejorar su entorno, les agradezco haber creído que sí es posible cambiar realidades.
Como empresaria y guía de mujeres líderes, agradezco a mis socios, a mis equipos, y a quienes creyeron en mí, porque me abrieron caminos en un mundo que también me permitió aprender, innovar y servir de otras maneras.
Hoy miro con profundo cariño a mis amigas y amigos de todas las etapas: los de la niñez, los de la juventud, los que llegaron en los tiempos difíciles y los que se quedan aún cuando todo cambia. Gracias por escucharme, sostenerme y acompañarme en mis decisiones más importantes.
Finalmente, quiero agradecer a cada comunidad, grupo social e institución que me brindó apoyo moral o profesional. Este libro es también un reconocimiento a todas esas voluntades que se entrelazaron con la mía.
He sido afortunada. Si algo logré aportar a mi comunidad, fue gracias a ustedes.
Todas estas personas han dejado una huella en mí, y me permitieron construir esta vida.
Con amor y gratitud, Consuelo Camarena Gómez


Cuatro voces del afecto
Detrás de la vida de la maestra Consuelo hay un universo de amor, valores y recuerdos que la acompañan en cada paso. Su hija Karen y sus nietas Sofía, Zara y Ali lo saben muy bien. Ellas quisieron dejar aquí un testimonio de su orgullo por convivir con una mujer extraordinaria.
Karen: una hija orgullosa
Desde muy temprana edad supe que mi mamá es una persona excepcional. Mis recuerdos comienzan alrededor de los seis años, en una escuela, y no precisamente estudiando, sino viviendo en ella porque, aunque pocos lo saben, durante una temporada nos instalamos en un salón de clases que mi papá adaptó como vivienda.
Tengo los recuerdos más felices de mi niñez en ese edificio de la calle Allende 199, que albergaba a la Universidad Liceo Cervantino. Mis padres tuvieron la visión de crear una institución educativa y no dudaron en vender su casa para comprar una propiedad que daría inicio a 38 años de ilusión, trabajo y muchas satisfacciones. Recuerdo que una vez regresé del colegio y vi en el patio una alberca con agua cristalina, una sorpresa preparada por mi mamá. Esa era ella: generosa y atenta, siempre procurando que los demás fueran felices. Qué privilegio es convivir con alguien que hace tu vida más hermosa.
Muchas personas me han dicho que debo estar muy orgullosa de ella, y en efecto, lo estoy. También agradecida por la persona maravillosa que me dio la vida. Sus enseñanzas se centran en valores universales: respeto, honestidad y congruencia. Mi mamá predica con el ejemplo. Por eso tantas generaciones de exalumnos son hoy el reflejo vivo de la filosofía de la Universidad Liceo Cervantino.
Cada institución educativa en la que mi mamá tomó cursos me dejó recuerdos, e incluso sabores, que nunca olvidaré. Por ejemplo, cada vez que como tapioca pienso en la cafetería de la Universidad de Guanajuato, donde mi papá y yo la esperábamos mientras ella terminaba su maestría. Ella siempre ha contado con su apoyo: él la acompañaba cuando era diputada estatal y también cuando estudiaba en la UG. Incluso en el extranjero, la siguió en cada ciudad donde realizó su posgrado de alta dirección en Harvard. Y claro que no es queja, porque para

mí, esas estancias en Madrid, Boston y Puerto Rico fueron auténticas vacaciones familiares.
Gracias a ella, desde niña conocí actividades políticas, empresariales y educativas, porque mamá me hacía partícipe de todo. Y, al igual que el estudio, el emprendimiento está en su sangre. Siempre ha considerado que los beneficios para la sociedad superan el arduo trabajo y el sacrificio de iniciar nuevas instituciones. La Universidad Liceo Cervantino y la AMMJE que fundó son como hijos para ella. Por muchos años, fueron el despertar y el anochecer de todas las personas comprometidas con esas causas. Muchas creyeron en sus proyectos y trabajaron con el objetivo de dejar un Irapuato, un Guanajuato y un México mejor.
De esas actividades nacieron amistades que aún hoy se mantienen, recordando aquellos ayeres que rindieron tantos frutos: egresados que día a día hacen un buen trabajo y ponen en alto el nombre de la ULC, así como empresarias cuyos negocios se desarrollaron, y que hoy crean empleos y fortalecen la economía mexicana.
Hoy, mamá sigue aprendiendo. Estudia inglés todos los días, a la misma hora, con audífonos y una aplicación que le enseña el idioma. Es una persona entregada, con cualidades admirables y una esencia única. Todo lo que tiene en su interior lo transmite a los demás.

Sofía: la niñez más feliz
Mi abuelita es hermosa y muy querida por mí. Es un orgullo llevarla en mi corazón y en todo lo que soy. Desde pequeña nos enseñó lo que significa el cariño cálido y sincero de una persona maravillosa.
Ella, además de un ejemplo, es una prueba de valentía y fuerza. A pesar de todo lo que ha vivido, siempre sigue adelante y nos motiva a todos.
Con sus palabras y consejos aprendí a vivir plenamente y con paz. Su paciencia me mostró quién me ama de verdad. Su historia me enseñó lo inigualable que es. Gracias a ella, fui la niña más feliz por vivir recuerdos tan bonitos que hoy me llenan de alegría.
Por eso me siento extremadamente afortunada de tenerla en mi vida. Solo puedo darle las gracias por abrirme siempre su corazón y quererme tanto.

Zara: historias de cocina y amor
Nunca olvidaré su mandil rojo con encaje blanco y frutas y verduras de colores. Siempre lo llevaba puesto cuando nos preparaba la comida. Llegábamos de la escuela y enseguida la saludábamos en la mesa o, a veces, en la cocina.
Tengo infinitos recuerdos con mi abuelita, como aquel día en que me enseñó a hacer caldo de pollo y espagueti con crema el mismo día. Al siguiente, se fue con mi mamá, me amarró su mandil y me dejó con mi abuelito en casa para que yo volviera a preparar la misma receta. Sin ella, nunca habría aprendido a cocinar caldo de pollo.
Nos contaba de su infancia, sus travesuras y cómo cuidaba a sus hermanos. Es alguien a quien no dudo en contarle cualquier cosa. Siempre me ha apoyado; se sacrifica por los demás y da todo por quienes ama.
Me siento muy afortunada de tenerla como abuelita y espero, algún día, ser como ella.
Ali: abrazos, Barbies y espagueti
Mi abuelita me ama mucho, me peina mucho y me abraza mucho.
Ella juega conmigo a los pastelitos y a las Barbies, y me gusta que me haga espagueti con pollito.

Historia de una líder con valores y visión se terminó de imprimir en febrero de 2026 en los Talleres de Grupo Editorial Inoquom, Monterrey, N.L., México.