LXIII PREMIO DE NOVELA ATENEO CIUDAD DE VALLADOLID
LAS MUJERES
DE LA CALLE
LUNA
JAVIER LASHERAS
Dosier de Prensa
Un asesino. Una obra de arte. Un lujo al alcance de pocos. Un thriller que rebasa las fronteras del género.
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PREMIO ATENEO CIUDAD DE VALLADOLID
FOTO: © PILAR LÓPEZ
LXIII PREMIO DE NOVELA ATENEO CIUDAD DE VALLADOLID
LAS MUJERES
DE LA CALLE
LUNA
JAVIER LASHERAS
«UN THRILLER SOBRE EL MUNDO DEL ARTE Y LA MIRADA, EL SEXO Y EL PUDOR EN UN PARÍS ALEJADO DEL TÓPICO».
Un asesino. Una obra de arte. Un lujo al alcance de pocos. Un thriller que rebasa las fronteras del género.
JAVIER LASHERAS MAYO
LAS MUJERES DE LA CALLE LUNA PREMIO ATENEO CIUDAD DE VALLADOLID 15,40 x 23,00 cm 402 páginas ı Cartoné 978-84-9067-756-8 2963094
€ 20,00
*HYYEZA|677568] EBOOK 978-84-9067-759-9
Javier Lasheras nació en Don Benito (Badajoz), en 1963. Vivió en Avilés, Cartagena y Sevilla y, en la actualidad, reside en Oviedo. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo, Lasheras es autor de varios libros de poemas y una novela. De entre ellos, La paz definitiva de la nada le valió el IX Premio de la Feria del Libro de Madrid en 1999. Posteriormente publicó Fundición (Algaida, 2008). Su primera novela, El amor inútil, apareció en 2004. En el año 2008 comisarió la exposición Lúcido Ángel (1925-2008) Exposición bibliográfica, así como el catálogo de la misma, dedicada al poeta Ángel González. Fue responsable del programa Literástura destinado a la promoción de la lectura y de la obra y sus autores, fruto del cual se organizaron más de un centenar de actividades literarias en Asturias, así como varios encuentros de carácter nacional e internacional, con sus correspondientes publicaciones.
«Confundiéndose con los sueños un todoterreno avanzó en paralelo al cauce del río, giró a la derecha y atravesó el Pont Neuf hasta detenerse delante del paso de cebra. Allí parado, al ralentí, la luz del semáforo proyectó sobre las pupilas del conductor un haz de gotas rojas y brillantes, apareciendo y desapareciendo al ritmo del limpiaparabrisas. Desde lo alto, las nubes opulentas se concedieron una tregua, dejando que algunas gotas volanderas demorasen la llegada a su último destino. Pero como todo el mundo sabe lo importante no es la caída sino el aterrizaje, y al cabo esas gotas de lluvia fueron estrellándose contra la piel fría del asfalto. En pocas palabras, era una noche cruda de invierno, difícil incluso para los perros y los vagabundos más aguerridos.»
Además, fue presidente de la Asociación de Escritores de Asturias —de la que es socio fundador—, y director de la revista digital LITERARIAS.
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ENTREVISTA El cuadro El origen del mundo es uno de los elementos centrales de esta novela. ¿Por qué lo ha elegido? Porque esta obra, que ha estado durante más de cien años escondida a las miradas del público, ha pasado por muchas peripecias debido al tema que representa. Entre otras se especula con su confiscación por los nazis durante la Segunda Guerra mundial, o por su pudorosa ocultación en gabinetes privados. Así que me pareció interesante imaginar un nuevo episodio: su robo del Museo de Orsay. Para alguien que no conozca esta obra, ¿podría explicar qué es El origen del mundo? Este lienzo de Courbet es la representación del cuerpo desnudo de una mujer que muestra su sexo en primer plano. Una mujer sin rostro que yace y se ofrece a quien la mira, pero que al mismo tiempo conserva su pudor intacto ya que nadie puede conocer su identidad. La novela es, entre otras cosas, una invitación a mirar esta obra, descubrir, imaginar y entender qué significa, y también adivinar, buscando respuestas y encontrando preguntas. Sin duda, este cuadro, por su temática, es una ventana abierta a un sinfín de interpretaciones. El robo de un cuadro, varios asesinatos, una teniente de policía, un comisario a punto de jubiliarse... Así es. Y, además, un yihadista al que le gusta el fútbol, un exguerrillero angoleño y toda una serie de personajes a los que hay que unir una ciudad, París, en pleno invierno, y que en sí misma ya es un personaje, pero alejada del tópico. La novela es un thriller en el que la investigación se enreda con el arte y las vidas de los protagonistas, cada uno con su pasado, sus sueños y ambiciones, su forma de mirar, ofreciendo perspectivas muy variadas al lector. ¿Y cómo son esas «formas de mirar» de los personajes? No es igual la forma de mirar del comisario Danglade, a punto de jubilarse, y con una relación familiar fracasada, que la de la teniente Millet, una profesional con un brillante futuro a pesar de un pasado en el que eligió mal a sus parejas y que en el terreno sexual es felizmente promiscua. Estas dos formas de mirar se confrontan y condicionan las ideas que uno y otra tienen tanto sobre el robo del cuadro, El origen del mundo, como sobre las mujeres asesinadas en París. Dada la temática del cuadro, parece que el sexo también tiene su lugar en la novela. El sexo siempre es un asunto complicado. Uno nunca sabe si al lector estos episodios explícitos van a resultarle ridículos o pornográficos. Por mi parte he intentado que no sean ni lo uno ni lo otro. En cualquier caso me
interesaba reflejar bien la sexualidad deshinibida de una mujer con un carácter fuerte y sin prejuicios, la teniente Millet. Y también hay referencias artísticas. Claro. El arte, la música o el cine, al igual que la literatura, nos ofrecen la posibilidad de disfrutar del mundo, pero también nos ayudan a entenderlo y soportarlo. Por ejemplo, en el caso del comisario Danglade, los haikus, esos pequeños poemas japoneses que atrapan un instante, le sirven de consuelo por la ausencia de su mujer. No logra entenderlos bien, pero funcionan como una liturgia privada a través de la cual cree estar en contacto con ella. Y para la teniente Millet la música es un espacio donde protegerse de la rutina y de sí misma. ¿Qué intrigas esconde la novela? La primera saber quién o quiénes han robado este cuadro, El origen del mundo. La segunda, comprender en qué consiste la «obra» de un psicópata, sus asesinatos, con el fin de detenerlo. Y después, están las propias de los personajes. Así, asistimos a cómo la teniente Millet se enfrenta a sus traumas al tratar de entender el significado del cuadro y las motivaciones del ladrón; el nudo emocional del comisario Danglade se nos revelará a través de la presencia fantasmagórica de su mujer, Emma, al tiempo que investiga esos crímenes horrendos; y también hay otros personajes marcados por su pasado, por una experiencia que en ocasiones les lleva a malinterpretar la realidad, creando ficciones que pueden acabar en el delirio y en la desgracia. Como la vida misma... Bueno, eso lo decidirá cada lector. Pero sí, son nuestros misterios los que se resuelven al descifrar el significado de El origen del mundo y los asesinatos, al igual que sucede con la vida de cada personaje. Porque yo creo que nuestras vidas dependen de la interpretación que realizamos de nuestros propios actos, de nuestros prejuicios y mitos, de nuestra capacidad de percepción y memoria para no engañarnos y de nuestra aptitud para razonar con el fin de no dejarnos llevar por la ficción, sino servirnos de ella. En su novela existe, entre otros, un «discurso» sobre la situación de la mujer. Sí. El cuadro sirve para que los personajes se interroguen sobre este asunto. Como manifiesta uno de ellos, la historia del arte es la historia de la mirada del hombre para su propio deleite y contemplación: la moda femenina está realizada por y para el gozo del hombre y la pornografía es la historia de la satisfacción sexual
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del hombre. En cuanto a la mujer, el hombre la ha relegado durante mucho tiempo a un papel secundario, cosificándola y haciendo que el pudor sea el fruto más acabado de su virtuosismo. Pero eso está cambiando... Sí, pero no del todo. Tanto el cuadro de Courbet como el comportamiento de la teniente Millet constituyen una transgresión que comportan cambios en el statu quo anterior y que muchos hombres son incapaces de asumir todavía.
para arrimar el ascua a mi sardina, porque los elementos digresivos de esta novela trascienden los misterios de la trama detectivesca o policíaca. Por supuesto que hay elementos que son genuinos como la presencia de un comisario derrotado e insomne, la reinterpretación de la femme fatale o los elementos de acción como esas persecuciones trepidantes por las calles de París. Pero al mismo tiempo me interesaba abordar otros temas como las relaciones entre la mirada y el deseo, el sexo y el pudor o las fronteras entre la realidad y la ficción.
Su novela es un thriller negro, pero al mismo tiempo parece que rebasa el género. La novela negra tiene la flexibilidad que buscaba para contar esta historia. En mi caso, me valgo del género
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P E R S O N A J E S P R I N C I PA L E S
Personajes principales Isabelle Millet, teniente en la OCBC —la Oficina Central de la lucha contra el tráfico de Bienes Culturales—, es ambiciosa, atractiva e inteligente. Virtudes que en ocasiones se convierten en sus puntos débiles. El coronel Hembert la pone al frente de la investigación del robo del cuadro El origen del mundo. Orazio Danglade es un comisario de la Policía de París a punto de jubilarse, encargado de la investigación de las mujeres asesinadas. Un hombre de trato hosco, marcado por la muerte de su mujer, misántropo y que siente la necesidad de recuperar a su hija Claire. Su lema es Muriendo y aprendiendo. Adnan Sayed, de origen palestino, sufrió de niño los ataques a los campos de refugiados de Sabra y Chatila. Nacionalizado francés y licenciado en Economía, trabaja alquilando automóviles de alta gama en La Defénse. Contempla el fútbol como un trasunto de la yihad. Luis Vieira Gimbe, antiguo guerrillero defensor de la independencia del pequeño enclave de Cabinda situado en Angola, vive exiliado en París. En la lucha, perdió a su familia. Ahora se busca la vida como puede. Camille Aaron es amiga de la familia de Isabelle Millet, galerista especializada en pintura del siglo XIX y experta asesora en la Corte de Apelación de París. Astrid Kwakklestein es una antigua amiga de Camille Aaron, superviviente del campo de concentración de Buchenwald. Pintora y falsificadora de obras de arte, acabó reconvertida en marchante.
El origen del mundo: un lujo al alcance de muy pocos Hasta no hace demasiado tiempo, el arte se venía mostrando según los dictados del poder y la pudibundez académica, relegando algunos temas, y algunas piezas, a un olvido injustificado. Así ocurrió con El origen del mundo, el cuadro que Gustave Courbet pintó y vendió al diplomático turco y coleccionista de arte erótico Khalil Bey en 1866. Rompiendo las reglas del arte y con una inquebrantable fe en el realismo que propugnaba, Courbet muestra en el cuadro el cuerpo desnudo de una mujer, aunque nos oculta su rostro, brindándonos una de las obras más notables de toda la historia del arte. La identidad de la modelo es un misterio aún sin resolver y puede que el autor se inspirase directamente de una modelo o copiara de alguna fotografía erótica que ya empezaban a circular en la época. La carnalidad se ve acentuada por el tratamiento cuasi paisajístico del cuerpo; el efecto dramático al desnudar a la mujer aumenta por la ausencia de cualquier intento de idealización y su imagen central, un pubis amplio y frondoso que interroga y provoca al espectador, mira a quien lo observa y se deja mirar sin ambages, liberado al fin de siglos de pudor. Sin duda el cuadro fue concebido para su disfrute privado y así fue durante más de cien años hasta que se expuso por vez primera al público en 1988. Durante ese periodo el cuadro pasó de las manos de Khalil Bey a la colección privada del barón húngaro Ferenc Hatvany recorriendo varias galerias y colecciones privadas, hasta que en 1995 pasa a formar parte del patrimonio de Francia, como pago por los derechos sucesorios de los herederos del psicoanalista Jacques Lacan, su último propietario. Desde entonces, este cuerpo, este lujo hasta entonces al alcance de muy pocos, puede admirarse en el Museo de Orsay de París. Por su presencia sensual y liberadora, su pincelada amplia, el color ambarino y la elegancia de la luz que irradia su cuerpo, El origen del mundo ocupa un lugar propio en el arte contemporáneo y aún hoy, como hacen los clásicos, continúa interpelándonos, en este caso sobre nuestra forma de mirar. La lectura de Las mujeres de la calle Luna, de Javier Lasheras es una inmejorable oportunidad para que el lector fije su mirada en esta obra y se pregunte sin miedo acerca de esta cuestión.
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PARÍS, mapa y territorio París, redonda y categórica como una rueda, mapa y territorio a un mismo tiempo, epicentro de movimientos y vanguardias, de protestas y bohemia, de tramas y conspiraciones, sinónima de lujos y buen vivir ha sido habitada por los más importantes artistas, pintores y escritores de medio mundo a lo largo de las dos últimas centurias. Y ello sin olvidar la multitud de personas de toda condición, nacidos, residentes, forasteros y otras gentes de paso, hacedores y espectadores de su indiscutible papel protagonista en la cultura mundial y europea. Sin embargo, esta ciudad, como todas, tiene su envés y al igual que la luna, también su cara oculta. Javier Lasheras descubre una ciudad en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas. Un París por el que se camina, —como ese flâneur de Baudelaire o, más reciente, ese peatón
de León-Paul Fargue— abierto de ojos y brazos a cualquier acontecimiento y atento a las vicisitudes que la conciencia imprimirá en el alma de los paseantes o caminantes de esta urbe que, si es llamada «La ciudad luz», conviene no olvidar que así es porque Luis XIV ordenó iluminarla con antorchas para combatir la delincuencia. El lector visitará en Las mujeres de la calle luna las banlieus, esos suburbios donde se respira la injusticia y la discriminación, paseará por arterias y calles deshabitadas que, como la rue Watt, han fecundado el imaginario artístico de fotógrafos, poetas y escritores o también una torre menos conocida y más prosaica que la Torre Eiffel, ese monolito negro y casi enigmático que es la torre Montparnasse, desde la cual observar el caos de un mundo y sus habitantes, de una ciudad que, sin embargo, nunca dejará de fascinarnos. No en vano, París, con su historia y su miseria, sus muelles y sus gabarras, sus cafés y sus tejados, nos pertenece a todos.
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