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Romería en el Cementerio General: Mujeres que abrieron caminos de luz

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BIOGRAFÍAS

© 2026 Gran Logia Femenina de Chile

© 2026, Edición, diseño y diagramación

Área Patrimonial de la Gran Logia de Chile.

© Fotografía

Marcela Paz (1902–1985). Dominio público.

Autor: Gobierno de Chile.

Fuente: Wikimedia Commons.

Disponible en: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Marcela Paz (19021985).jpg

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su almacenamiento en un sistema de recuperación de información, o su transmisión por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopiado, grabado u otros, sin la autorización previa y por escrito del titular de los derechos de autor.

Primera edición digital, 2026.

Gran Logia de Chile

Marcoleta Nº659 – Santiago de Chile.

PAULAJARAQUEMADAALQUIZAR (1768–1851)

LA CONCIENCIA VALIENTE QUE SOSTUVO UNA PATRIA

Paula Jaraquemada nació en Santiago en 1768, en una familia acomodada, y recibió una educación poco común para las mujeres de su tiempo, pues el acceso femenino a la instrucción formal y a espacios de formación intelectual era limitado y, por lo general, quedaba restringido al ámbito doméstico. Esa formación no la confinó al silencio social de la época; por el contrario, la convirtió en una mujer de criterio, carácter y presencia pública, capaz de transformar sus privilegios en responsabilidad moral. Su nombre quedó ligado para siempre a la Independencia de Chile, no por ocupar cargos, sino por ejercer en los hechos un liderazgo ético cuando más se necesitaba. En plena guerra de Independencia de Chile, cuando el miedo era norma y la represalia realista una certeza, Paula eligió la fidelidad a una causa que entendía como justa: la dignidad de un pueblo y su derecho a decidir su destino. Tras la Sorpresa de Cancha Rayada (1818), recibió en su hacienda de Paine a tropas patriotas en retirada: les dio refugio, alimentos, atención a

heridos, pertrechos y caballos, y movilizó a sus inquilinos para sumarse al esfuerzo independentista. Ese gesto, más que un acto logístico, fue filantropía en su sentido más alto: cuidado del otro en situación límite, sin cálculo, sin propaganda, con humanidad radical. Pero el episodio que la vuelve símbolo es todavía más potente: cuando un destacamento español llegó a su propiedad exigiendo acceso a bodegas donde se protegía a patriotas heridos, Paula no negoció su conciencia. Se negó a entregar las llaves; ofreció cooperación voluntaria, no obediencia impuesta. Ante amenazas, avanzó su pecho hacia las bayonetas y dejó claro que prefería morir antes que ceder por la fuerza. Y cuando intentaron intimidarla con el incendio, respondió con un brasero encendido, dispuesta a perderlo todo antes que traicionar lo correcto. Esa escena no es solo valentía: es libertad interior. Es la afirmación de que hay principios que no se entregan, incluso cuando la vida tiembla.

Terminado el conflicto, ella no se retiró a la comodidad: dedicó sus años a obras de caridad. Visitaba hospitales, hospicios y cárceles; daba aliento a los condenados e incluso intervenía, cuando podía, para evitar penas de muerte. Trabajó por mejoras en la cárcel de mujeres y promovió formas organizadas de beneficencia. Allí su legado se vuelve aún más coherente: no fue heroína solo en la emergencia, sino también en la reconstrucción ética de la comunidad. Murió en septiembre de 1851.

En la trayectoria de Paula Jaraquemada podemos reconocer la libertad de conciencia, al sostener sus convicciones sin someterse al abuso; el valor de la dignidad humana, al poner la vida del otro por sobre la propia; la fraternidad, al acoger, curar, alimentar y proteger; la filantropía, al servir a quien sufre; y el progreso moral, al convertir el poder social en deber, y el deber en acción. Su gesto frente a las bayonetas es, simbólicamente, el triunfo del espíritu sobre la imposición: una lección de fortaleza moral digna de destacar. Su vida es un testimonio que nos recuerda que la verdadera fuerza no es la violencia, sino la firmeza; que el coraje no es temeridad, sino conciencia; y que el amor por la patria, cuando es noble, se expresa como cuidado del ser humano. Su vida nos deja una invitación silenciosa, pero exigente: que nuestras convicciones no sean discurso, sino obra.

ELOÍSADÍAZINSUNZA (1866–1950)

LA CIENCIA COMPASIVA QUE ABRIÓ PUERTAS Y CUIDÓ A UN PAÍS

Eloísa Díaz Insunza nació en Santiago el 25 de junio de 1866, en un Chile donde la educación formal de las mujeres seguía siendo excepcional y su acceso a estudios superiores estaba fuertemente restringido por normas sociales e institucionales. Aun así, construyó desde muy temprano un camino propio: cursó sus primeros estudios en el Colegio de Primeras Letras y continuó su formación en el Liceo Isabel Le Brun de Pinochet. Luego solicitó rendir sus exámenes en el Instituto Nacional uno de los pocos espacios habilitados entonces para validar estudios femeninos y obtuvo el Bachillerato en Humanidades. Ese paso no fue solo un mérito académico: fue un acto de libertad intelectual en una época que tendía a relegar a las mujeres al ámbito privado.

En el marco de la modernización republicana de fines del siglo XIX, y gracias al “Decreto Amunátegui” (1877), Eloísa ingresó en 1881 a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, convirtiéndose en la primera mujer chilena y sudamericana en estudiar medicina y ejercerla profesionalmente.

Su trayectoria universitaria fue brillante: recibió distinciones, destacó en clínica médica y obstetricia, y en 1887 obtuvo su título de médica cirujana.

Su tesis, publicada y difundida en espacios académicos, dejó una convicción que resume su horizonte ético: la instrucción no “pierde” a la mujer, la fortalece y la emancipa.

Sus primeros trabajos profesionales se desarrollaron en la clínica ginecológica del profesor Roberto Moericke, en el Hospital San Borja y, también, en labores docentes y médicas en la Escuela Normal de Preceptores del Sur. Sin embargo, el eje más profundo de su obra no se limitó al ejercicio clínico: se orientó a la salud pública y a la protección de la infancia, allí donde el Estado se juega su humanidad cotidiana.

En 1898 asumió como Médico Inspector de las Escuelas Públicas de Santiago y, más tarde, desempeñó esa función a nivel nacional durante más de treinta años. Desde ese cargo impulsó transformaciones decisivas: fiscalizó condiciones sanitarias, incorporó la higiene escolar como herramienta de prevención, promovió la vacunación, fortaleció la atención dental en establecimientos educacionales y promovió la actividad física y el deporte como parte de una política sanitaria integral. En sus informes describió con rigor aquello que muchos normalizaban escuelas sin ventilación, sin luz suficiente, con infraestructura inadecuada y propuso soluciones concretas: mejoras edilicias, estándares higiénicos, espacios de recreación y ejercicio, y una institucionalidad permanente de salud escolar que sostuviera la evaluación y el cuidado a lo largo del tiempo.

Su compromiso con la niñez también se expresó en medidas de fuerte contenido social: impulsó colonias escolares gratuitas, policlínicos para sectores de menores recursos, comedores escolares y, más adelante, el desayuno escolar obligatorio. Participó activamente en organizaciones vinculadas a la higiene social, la lucha contra la tuberculosis y el alcoholismo, y asistió a congresos científicos internacionales donde expuso su trabajo. En 1910 fue reconocida como “Mujer Ilustre de América” y, en 1911, asumió como directora del Servicio Médico Escolar de Chile, función que ejerció hasta 1940, cuando se retiró del servicio público.

En la trayectoria de Eloísa Díaz podemos reconocer la libertad de conciencia, al sostener pensamiento propio y perseverar frente a barreras

culturales; la laicidad, en su confianza en la ciencia y en políticas públicas basadas en evidencia para el bienestar colectivo; la educación, como vía de emancipación individual y progreso social; la dignidad humana, al comprender a cada niño y niña especialmente a los más pobres como sujetos de cuidado y derechos; la fraternidad, al convertir la preocupación por el otro en instituciones concretas; la filantropía, no como gesto ornamental, sino como servicio organizado; y el progreso moral, al transformar conocimiento en responsabilidad pública y responsabilidad en reformas sostenidas. Su vida es un testimonio que recuerda que el verdadero avance no se mide solo en títulos o distinciones, sino en el bien que se vuelve estructura, y en la ciencia que se hace cuidado.

Eloísa Díaz falleció el 1 de noviembre de 1950, a los 84 años, en el Hospital San Vicente de Paul. Su legado permanece como una forma de valentía serena y persistente: la de sostener durante décadas que la salud y la infancia no son privilegios, sino deberes colectivos. Su vida nos deja una invitación silenciosa, pero exigente: que el conocimiento no sea un fin en sí mismo, sino luz puesta al servicio del bien común.

ESTHERHUNEEUSSALAS(MARCELAPAZ) (1902–1985)

LA IMAGINACIÓN LÚCIDA QUE EDUCÓ LA SENSIBILIDAD DE UN PAÍS

Esther Huneeus Salas nació en Santiago el 29 de febrero de 1902, en el seno de una familia numerosa. En una época en que a muchas mujeres se les reservaba una educación orientada casi exclusivamente al ámbito doméstico, ella accedió a formación con institutrices y a un entorno cultural que estimuló tempranamente su mundo interior. Esa combinación privilegio de origen y disciplina creativa no la encerró en la comodidad: la empujó a crear. A los siete años escribió su primer cuento y, desde entonces, su vida quedó marcada por una vocación artística persistente. Se formó en escultura y pintura en la Escuela de Bellas Artes, y amplió su aprendizaje en Europa, construyendo una mirada que unió sensibilidad, observación y oficio. Adoptó el seudónimo Marcela Paz en homenaje a la escritora Marcella Auclair y a la palabra “Paz” e inició su producción literaria en 1927 con Pancho en la luna, obra que recibió reconocimiento y abrió un camino sostenido de escritura. Colaboró con cuentos y relatos en numerosas revistas y diarios dirigidos a la infancia y a las familias, dirigió espacios editoriales y

desarrolló una obra que, más que entretener, acompañó a generaciones completas en la formación del lenguaje, la emoción y la imaginación.

En 1947 dio vida a Papelucho, el personaje que transformó la literatura infantil chilena. En forma de diario íntimo, con humor, torpezas y preguntas verdaderas, Papelucho se apartó del modelo del “niño ejemplar” para acercarse al niño real: contradictorio, sensible, inquieto, capaz de indignarse ante la injusticia y de sufrir por castigos inmerecidos. Con esa decisión, Marcela Paz hizo algo decisivo: reconoció la infancia como un territorio con voz propia, no como un objeto que debe ser corregido a punta de moralejas. En sus páginas, niñas y niños se sintieron mirados por dentro, con empatía y verdad.

El alcance de su obra fue enorme: Papelucho sumó decenas de reediciones, una serie extensa de títulos, cientos de ediciones en total y traducciones a diversos idiomas. Sin embargo, su contribución no se agotó en el éxito editorial. Comprometida con el acceso a la lectura, participó en la creación del IBBY (Organización Internacional para el Libro Juvenil) y, junto a otras autoras, impulsó campañas de fomento lector que incluyeron concursos, creación de bibliotecas y visitas a colegios. Recibió distinciones internacionales y, en 1982, fue reconocida con el Premio Nacional de Literatura por su dedicación a la narrativa infantil y por haber creado un personaje de alcance nacional y universal.

En la trayectoria de Marcela Paz podemos reconocer la libertad de conciencia, al escribir desde la autenticidad de la infancia sin someterse a los moldes moralizantes de su tiempo; la educación, entendida como formación de sensibilidad, pensamiento y lenguaje; la dignidad humana, al tratar a niñas y niños como sujetos completos, con mundo interior legítimo; la fraternidad, en su empatía constante con lo vulnerable, lo pequeño y lo que aprende; la filantropía cultural, al trabajar para que los libros llegaran a más hogares y escuelas; y el progreso moral, al sostener con obra y coherencia que una sociedad mejora cuando aprende a mirar con más verdad, a nombrar con más cuidado y a comprender con más profundidad. Marcela Paz falleció en Santiago el 12 de junio de 1985. Su legado permanece no solo en bibliotecas y aulas, sino en la memoria emocional de Chile: en la risa, la lucidez y la ternura que despierta Papelucho, y en esa invitación silenciosa, pero exigente, que atraviesa toda su obra: educar no es domesticar; es abrir conciencia.

REBECAMATTEBELLO (1875–1929)

EL ARTE COMO CONCIENCIA, Y EL DOLOR CONVERTIDO EN MEMORIA

Rebeca Matte Bello nació en Santiago el 29 de octubre de 1875. Su primera infancia estuvo marcada por circunstancias familiares complejas: la enfermedad de su madre y los viajes frecuentes de su padre, el diplomático Augusto Matte Pérez, hicieron que creciera al cuidado de su abuela materna. En ese hogar, rodeada de conversación intelectual y de figuras relevantes de la vida cultural chilena, Rebeca formó tempranamente una sensibilidad poco común: la de quien aprende a mirar el mundo con profundidad, a escuchar lo no dicho y a construir belleza desde la reflexión. Muy joven viajó a Europa, donde desarrolló la mayor parte de su trayectoria artística. Ese desplazamiento no fue solo geográfico: fue una decisión de libertad. En un tiempo en que las mujeres encontraban múltiples barreras para profesionalizarse en las artes, Rebeca se formó con rigor y ambición. En 1897 inició estudios de escultura en Roma, en el taller de Giulio Monteverde, y luego continuó en París en la Académie Julian con maestros como Denys Puech y Ernest Dubois. Allí accedió a prácticas fundamentales

para la escultura como el estudio del desnudo con modelos vivos que en Chile estaban vetadas para una mujer. Ese dato, más que anecdótico, muestra una época: para crear, primero debía conquistar el derecho a aprender.

Su talento se hizo visible con rapidez. A inicios del siglo XX obtuvo distinciones internacionales incluida la Primera Medalla en el Salón de París y sus obras circularon en espacios donde muy pocas artistas chilenas lograban entrar. Al mismo tiempo, su vida estuvo atravesada por tensiones propias de su condición y su tiempo: el matrimonio, la maternidad, los traslados entre continentes, y el esfuerzo constante por sostener una carrera artística con disciplina, sin renunciar a la excelencia técnica ni a la intensidad expresiva que caracteriza su obra.

Rebeca Matte destacó especialmente en la realización de monumentos públicos y piezas de gran aliento simbólico, donde la escultura no es ornamento, sino lenguaje cívico. Obras como Los héroes de la Concepción (1917) y composiciones de tono alegórico y solemne muestran su capacidad para trabajar con temas históricos y universales, dando forma material a ideas como sacrificio, destino, gloria y memoria. En 1918, su trayectoria alcanzó un reconocimiento excepcional: fue nombrada Profesora Honoraria de la Academia de Bellas Artes de Florencia, distinción concedida por primera vez a una mujer extranjera. Ese hito no solo consagró a la artista; también abrió una puerta simbólica para otras mujeres creadoras, demostrando que el mérito, cuando es real, termina imponiéndose incluso a los prejuicios.

Sin embargo, la dimensión más conmovedora de su biografía está en la forma en que la vida golpeó su obra. La tuberculosis, presente en su historia personal y familiar, marcó un horizonte de fragilidad. En 1926 falleció su hija, María Eleonora “Lily” y ese hecho quebró su mundo. Desde entonces, el impulso creador se apagó: no volvió a producir como antes. Tres años después, el 14 de mayo de 1929, Rebeca murió en Florencia, a los 53 años. En Chile, su memoria quedó anclada de manera especialmente intensa en una obra funeraria que sobrevive como un testimonio: Dolor, emplazada en el Cementerio General, donde el sufrimiento no se exhibe como drama, sino que se transfigura en forma, silencio y permanencia. En la trayectoria de Rebeca Matte podemos reconocer la libertad de conciencia, al escoger una vida dedicada al arte profesional en un tiempo

que ponía límites explícitos a las mujeres; la dignidad humana, en su voluntad de representar lo trágico y lo heroico sin banalidad, elevando la experiencia humana a lenguaje universal; la educación, en el valor público de su obra, que enseña a mirar y a recordar; la fraternidad, entendida como memoria compartida, porque sus monumentos construyen un nosotros que no olvida; la igualdad, al abrir camino con hechos y excelencia en espacios históricamente cerrados; y el progreso moral, al convertir la creación artística en servicio a la comunidad, dejando símbolos que dialogan con generaciones.

Rebeca Matte no solo es una escultora mayor del arte chileno: es una conciencia tallada en mármol y bronce. Su vida recuerda que la verdadera grandeza no siempre está en la duración, sino en la huella; y que, cuando el dolor es demasiado grande para las palabras, el arte a veces puede sostenerlo sin traicionarlo.

CHITACRUZDONOSO (1918–1998)

LA FUERZA FRATERNA DE LOS AÑOS FUNDACIONALES

La Q∴H∴ Chita Cruz Donoso de Selvat ocupa un lugar significativo en los primeros años de la Masonería Femenina en Chile. Su recuerdo permanece ligado a una etapa fundacional, marcada por la necesidad de afirmarse con prudencia, valentía y unidad interior. Fue una mujer ejemplar y fraterna, de profunda vocación masónica, convencida del progreso espiritual de la mujer y de su rol insustituible en la familia y la sociedad. Recibió la Luz el 3 de diciembre de 1971, en la primera Tenida de Iniciación de la entonces Logia Araucaria N° 3 (hoy N° 1). Provenía del Centro Femenino Aurora de Italia N° 24 y era esposa de masón: su compañero, Gerardo Selvat, trabajaba en la Logia Justicia y Libertad N° 5. Formaron una familia con tres hijos Gerardo, Alberto y Mariela y con el tiempo llegaron cinco nietos, que ampliaron su círculo de afectos. Gerardo, iquiqueño, marcado por una juventud vivida en Francia, fue “librero de viejos” y atendía una tienda en Agustinas; tras su fallecimiento en 1973, Chita transformó una afición en oficio y levantó una pastelería muy reconocida en Hernando de

Magallanes con Cuarto Centenario. Su formación en el colegio Jean d’Arc le permitió manejar el francés con soltura, complemento natural de su espíritu inquieto y su gusto por aprender.

Quienes compartieron Taller con ella la recuerdan por su fortaleza serena, su alegría franca y un carácter amplio, capaz de sostener disciplina sin perder calidez. Tenía una forma propia a veces poco convencional de habitar el rigor, y esa mezcla de libertad interior y exigencia ética resultó decisiva en años adversos, cuando toda forma asociativa era observada con sospecha.

Su hogar en Orión 2222, Las Condes, fue punto de encuentro para decenas de reuniones donde mujeres laicas, amantes de la justicia y del estudio, dieron forma a un anhelo: participar, con los mismos derechos, de una masonería que ofreciera transformación espiritual y el trabajo constante por una versión más elevada de sí mismas. Y cuando en 1975 la Logia Araucaria estuvo al borde de Abatir Columnas, Chita Cruz junto con Eliana Corbalán y otras Hermanas impulsó un nuevo esfuerzo que sostuvo la continuidad del proyecto. Elegida Venerable Maestra de la respetable Logia

Araucaria (1976–1980), recibió una Logia de ocho integrantes que trabajaba en Catedral 1858, y culminó su período con más de veinte Hermanas, integrando nuevos eslabones y fortaleciendo la organización desde la fraternidad vivida.

En 1983, con la Logia Acacia en formación y un triángulo en Rancagua, el Gran Oriente Mexicano les entregan la carta patente que haría posible dar Luz a la nueva Obediencia, la Gran Logia Femenina de Chile. El 10 de octubre de 1983, Chita Cruz Donoso de Selvat fue elegida Gran Maestra de la Gran Logia Femenina de Chile para el período 1984–1986, conduciendo los inicios del gobierno superior con templanza, energía y tenacidad. Su sello fue inequívoco: consolidar la institución desde los cimientos, priorizando el trabajo con Hermanas afiatadas y firmemente unidas, y dejando una enseñanza que aún interpela: los principios no se declaman, se encarnan. En esa coherencia vencer desafíos, alcanzar metas y sembrar amor su vida quedó definitivamente ligada a la historia de la Gran Logia Femenina de Chile.

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