

CONFLICTOS BÉLICOS Y CAMBIOS EN EL SISTEMA MONETARIO INTERNACIONAL
* LA DEMOCRACIA (SIN MÁS)
* LA SILENCIOSA PRIVATIZACIÓN DE LA EDUCACIÓN
* ECOSISTEMAS REGIONALES DE INNOVACIÓN
* JÜRGEN HABERMAS: UN APORTE A LA HISTORIA

Correo de los lectores 5 La democracia (Sin más)
10 Conflictos bélicos y cambios en el sistema monetario internacional
18

Geometría variable o sumisión. Chile ante el Nuevo (Des) Orden Mundial
22 La disputa por la percepción de la realidad. Fenomenología, hermenéutica y poder en la experiencia contemporánea
30 La privatización silenciosa de la educación: Cuando la matrícula revela el cambio de sistema
34 Ecosistemas regionales de innovación. Claves para el liderazgo internacional de Chile
40 La identidad como carga: El “yo” en la era de la exposición digital
44 McLuhan en Chile
52 El aporte a la disciplina histórica de Jürgen Habermas
56 Música Pugliese, el más vanguardista de todos
60 Cine
La infancia en tiempos de guerra: El cine como resistencia y memoria
64 La última palabra Desmond Morris y la religión


Fundada en 1944 Abril 2026
Edición N° 570
ISSN 0716 – 2782
Director Rodrigo Reyes Sangermani director@revistaoccidente.cl
Comité Editorial
Ximena Muñoz Muñoz
Ruth Pinto Salgado
Roberto Rivera Vicencio
Alberto Texido Zlatar
Paulina Zamorano Varea
Editor Antonio Rojas Gómez
Diseño
Alejandra Machuca Espinoza
Colaboran en este número: Guillo
Javier Ignacio Tobar Cornejo
Eduardo Rivera Vicencio
César Zamorano Quitral
Galo López Zúñiga
Arnoldo Macker Aburto
Pierine Méndez Yaeger
Víctor Rodríguez González
Antonio Vargas Rojas
Álvaro Vogel Vallespir
Edgard “Galo” Ugarte Pavez
Ana Catalina Castillo Ibarra
Rogelio Rodríguez Muñoz
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Publicación
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GOBERNAR CON EVIDENCIA, PERO TAMBIÉN CON HUMANIDAD
En toda sociedad moderna resulta indispensable que las decisiones de gobierno se adopten sobre la base de argumentos sólidos, evidencia verificable y criterios técnicos serios. Nadie podría sensatamente discutir la importancia de contar con equipos profesionales capaces de evaluar escenarios complejos, proyectar riesgos y diseñar políticas públicas responsables. Pero gobernar bien no consiste únicamente en administrar cifras, equilibrar planillas o exhibir racionalidad económica. Gobernar bien exige, además, sensibilidad social, comprensión política y una disposición genuina a escuchar cómo impactan esas decisiones en la vida concreta de las personas.
Porque no todas las medidas, aunque técnicamente defendibles, producen efectos justos ni recaen de la misma manera sobre la ciudadanía. Con demasiada frecuencia, los ajustes pensados para “ordenar la economía” terminan favoreciendo, de manera directa o indirecta, a los sectores más acomodados o a quienes ya ocupan una posición privilegiada dentro de una estructura social históricamente desigual. En cambio, los costos más duros suelen ser absorbidos por quienes menos margen tienen para resistirlos: trabajadores informales, familias endeudadas, jubilados, pequeños comerciantes, personas que viven con el sueldo mínimo o apenas por encima de él.
No es lo mismo enfrentar la inflación, el alza de los combustibles, el encarecimiento del transporte o la reducción de apoyos estatales desde una situación de estabilidad económica que desde la precariedad. Para algunos, esas alzas significan un ajuste en el consumo; para otros, significan simplemente comer peor, dejar de comprar remedios, postergar cuentas o resignarse a una vida cada vez más incierta. La retórica de los “sacrificios compartidos” suele olvidar esa diferencia fundamental: los sacrificios nunca son equivalentes en una sociedad desigual.
Por eso el Estado no está sólo para administrar la estabilidad macroeconómica, sino también para proteger a quienes más lo necesitan. Su misión no puede agotarse en el lenguaje frío de los equilibrios fiscales o de los incentivos del mercado, por importantes que éstos sean. Está también para arbitrar, corregir, acompañar y amortiguar. Para reconocer que detrás de cada decisión hay trayectorias humanas, angustias cotidianas y realidades sociales que no se resuelven únicamente con indicadores auspiciosos a largo plazo.
La buena política, en ese sentido, no desconfía de la técnica, pero tampoco se subordina ciegamente a ella. La complementa con criterio, con prudencia y con una ética pública orientada al bien común. Un gobierno necesita personas competentes, sin duda, pero también necesita autoridades capaces de comprender que una medida razonable en el papel puede resultar socialmente ciega, políticamente torpe o humanamente injusta si no considera el modo concreto en que será vivida por la mayoría.
Gobernar, en definitiva, no es sólo acertar en el diagnóstico técnico, sino también encontrar el modo más justo, empático y dialogante de conducir a la sociedad en medio de sus tensiones. No basta con tener razón en abstracto. Hace falta, además, una sensibilidad capaz de reconocer que el país real no está compuesto por promedios, sino por personas. Y que entre la eficacia económica y la dignidad social no debería haber contradicción, sino una obligación moral de equilibrio.
INMIGRACIÓN
Sr. Director,
La realidad migratoria en Chile ha dejado de ser una proyección numérica y cuantificable para convertirse en un fenómeno social complejo. Esto impacta en temas sociales, económicos, educacionales, vivienda y seguridad pública y la percepción de ésta. Estamos viviendo en una sociedad que percibe que es más probable morir siendo víctima de un delito, que de problemas de salud o vejez.
Ante este complejo escenario, el manejo de la crisis no puede quedar sujeto a los vaivenes de las políticas públicas del gobierno de turno. Resulta urgente establecer políticas de Estado que perduren en el tiempo, con proyecciones a corto, mediano y largo plazo. Necesitamos un marco legal que, siguiendo los lineamientos de la Ley 21.325 de Migración y Extranjería, permita planes de acción con procesos de mejora continua, donde el Ejecutivo cuente con la flexibilidad necesaria para actuar frente a contingencias, pero siempre bajo lineamientos generales sólidos y permanentes.
Para que estas políticas sean efectivas, el debate nacional debe nutrirse de valores fundamentales como la tolerancia y el librepensamiento. Solo a través de un análisis reflexivo, guiado por la razón y libre de prejuicios, podremos encontrar soluciones lógicas a los conflictos de convivencia y seguridad que hoy nos aquejan. Nuestra tarea es levantar banderas de fraternidad y justicia,
SU OPINIÓN NOS IMPORTA
CAMBIO DE MANDO
ANÉCDOTAS E IMPORTANCIA DE UNA LARGA TRADICIÓN REPUBLICANA

asegurando que la protección del orden público y el control de las fronteras se realicen sin caer en la discriminación, garantizando la dignidad de todos los habitantes. Una política migratoria de Estado, coherente y sostenible, es la única vía para transitar hacia una sociedad donde la seguridad y la armonía social sean una realidad tangible.
Atte.

Gerardo Gutiérrez Tapia Ñuñoa
MIRADA GLOBAL Y MIRADA
LOCAL
Sr. director,
La actual coyuntura internacional vuelve a demostrar cuán frágil puede ser una economía como la chilena cuando depende en exceso de factores externos. Durante años se nos presentó la apertura a los mercados globales como una señal inequívoca de modernidad y progreso. Pero esa misma integración también nos ha dejado demasiado expuestos a las decisiones, conflictos e intereses de las grandes potencias, sobre los cuales tenemos escaso o ningún control.
Envíe sus opiniones en una extensión máxima de 1100 caracteres con espacios a: director@occidente.cl
Occidente se reserva el derecho a editar los textos y ajustarlos a las normas editoriales. El lenguaje debe ser respetuoso y sin descalificaciones.
No se trata de renunciar a nuestra inserción en el mundo, sino de asumir que ella no basta. Quizás ha llegado el momento de mirar con más seriedad hacia adentro y preguntarnos cómo fortalecer nuestra economía interna, diversificar nuestra base productiva y robustecer nuestras capacidades nacionales. Estar conectados con lo global no debiera impedirnos construir, al mismo tiempo, una mayor solidez desde dentro. Jorge Rivas B. Recoleta
REVISTA OCCIDENTE
Sr. Director, Recibo regularmente vuestra revista, que va ya en su número 568, y les felicito por la pertinencia y calidad de los artículos que aparecen en todos los números. El contenido de cada artículo es muy pertinente y se nota el gran esfuerzo editorial que hacen. Atte.
Agustín Squella, profesor de Filosofía del Derecho. Universidad de Valparaíso y U. Diego Portales.
LA DEMOCRACIA (SIN MÁS)
POR JAVIER IGNACIO TOBAR CORNEJO
Abogado, académico y ensayista
La democracia suele ser defendida con argumentos tan previsibles que, a fuerza de repetirse, han terminado por empequeñecerla.
Se dice que sirve para votar, para cambiar gobiernos, para evitar tiranías, para repartir el poder de manera menos brutal. Todo eso es cierto, pero en el fondo, es apenas la superficie.
La democracia vale por una razón más honda y más exigente: porque es el único régimen que ha intentado convertir la convivencia entre diferentes en una empresa de justicia, en vez de resolverla por imposición. Su grandeza no está en contar cabezas, sino en reconocer conciencias. No radica en la mera aritmética electoral, sino en la convicción de que seres humanos distintos, con creencias distintas,
moralidades distintas, memorias distintas y hasta esperanzas incompatibles, pueden compartir una vida política sin que unos deban arrodillarse ante la verdad de los otros. Esa es su promesa. Y por eso sigue siendo, pese a sus límites, la mejor forma de gobierno.
La teocracia (tristemente célebre por estos días), en cambio, parte de una lógica inversa. Allí donde la democracia acepta que la pluralidad y la tolerancia humanas constituyen un hecho irreductible y que la política debe organizarlas con justicia, la teocracia la vive como una amenaza o una anomalía. Allí donde la democracia pregunta bajo qué reglas pueden convivir quienes no piensan igual, la teocracia responde de antemano que la convivencia legítima solo es posible bajo la guía de una verdad superior, revelada, indiscutible o sagrada. Y en ese desplazamiento se decide casi todo. Porque cuando el poder deja de



justificarse ante ciudadanos libres e iguales y empieza a legitimarse en nombre de un absoluto, la crítica se vuelve sospechosa, la disidencia se vuelve falta moral y la igualdad política empieza a resquebrajarse. En una democracia, el gobernante debe dar razones. En una teocracia, la autoridad tiende a presentarse como custodio de una verdad ante la cual las razones humanas resultan, en última instancia, secundarias. No se trata aquí de una polémica menor entre formas institucionales. Lo que se enfrentan en democracia y teocracia son dos ideas del ser humano. Una lo piensa como sujeto de conciencia libre, capaz de discrepar, de elegir, de revisar sus creencias y de convivir con quien no se le parece. La otra lo subordina, tarde o temprano, a una verdad política sacralizada, a un orden del bien definido desde arriba, a una ortodoxia que establece los límites legítimos de la vida común. La primera asume que nadie posee un título natural para mandar sobre la conciencia ajena. La segunda tiende a creer que algunos, por cercanía a la verdad o por investidura doctrinal, pueden orientar, corregir o someter la vida de los demás en nombre de un bien mayor. Entre ambas visiones no
hay simetría moral posible. La democracia es superior porque deja respirar a la libertad. La teocracia se siente incómoda con ella.
El gran J ohn R awls lo comprendió con una claridad que sigue siendo decisiva. Una sociedad moderna, libre y compleja no puede descansar sobre el supuesto de que todos compartirán una misma doctrina religiosa, filosófica o moral. El desacuerdo no es una falla ocasional del mundo social: es una de sus condiciones permanentes. Hombres y mujeres razonables discrepan acerca de lo más importante, y seguirán haciéndolo. Discrepan sobre Dios, sobre la verdad, sobre el sentido de la vida, sobre la felicidad, sobre la autoridad de la tradición, sobre la justicia misma. La pregunta política seria no es, entonces, cómo hacer que todos crean lo mismo, sino cómo construir un orden justo entre quienes nunca dejarán de pensar distinto. La democracia nace de esa lucidez; la teocracia nace del impulso contrario: el de cerrar el desacuerdo imponiendo una respuesta final. Una busca reglas justas para convivir en la diferencia; la otra pretende resolver la diferencia mediante la primacía de una verdad
consagrada. Por eso una civiliza el conflicto y la otra tiende a absolutizarlo.
Conviene insistir en esto: la democracia no vale porque las mayorías tengan siempre razón. Las mayorías pueden ser frívolas, manipulables, vengativas, desinformadas. La historia está llena de mayorías que se equivocaron y de pueblos que aplaudieron su propia degradación. El valor de la democracia no reside en divinizar el número, sino en impedir que el poder se vuelva sagrado. Su mérito es obligar a toda autoridad a exponerse a la crítica, a la revisión, a la alternancia, al límite. La teocracia, por definición, tiene más dificultades para aceptar esa disciplina, porque el poder que se reviste de santidad siempre encuentra un modo de presentarse como demasiado alto para ser refutado por simples mortales. Allí donde la política se arropa con el lenguaje de lo absoluto, el ciudadano empieza a empequeñecerse. Por eso el laicismo no es un adorno de la democracia, sino una de sus condiciones esenciales. Y sin embargo pocas ideas han sido tan malinterpretadas. Se lo caricaturiza como hostilidad a la religión, como desierto espiritual, como empeño en expulsar la fe de la vida humana. No es eso. El laicismo, en su sentido más noble, no combate la creencia: combate el privilegio político de una creencia sobre las demás. No le dice al hombre qué debe pensar de Dios; le dice al Estado que no puede convertir una respuesta a esa pregunta en credencial de ciudadanía. Esa diferencia es gigantesca. Porque allí donde el poder público adopta oficialmente una doctrina religiosa, los ciudadanos dejan de ser iguales. Habrá entonces quienes encarnen la norma y quienes vivan bajo sospecha; quienes pertenezcan de pleno derecho al alma del régimen y quienes queden tolerados en su periferia. La democracia laica, en cambio, hace algo mucho más justo y mucho más difícil: garantiza que creyentes, no creyentes, agnósticos, herejes, conversos y escépticos compartan la misma dignidad cívica sin que el Estado tome partido sobre el destino último de sus almas. La teocracia no puede ofrecer ese tipo de igualdad. Puede tolerar, a veces; puede administrar diferencias, incluso; puede conceder espacios limitados de coexistencia. Pero la estructura profunda de su legitimidad introduce siempre una asimetría entre quienes coinciden con la verdad oficial y quienes quedan fuera de ella. Esa diferencia, tarde o temprano, se traduce en jerarquías morales. No todos cuentan del mismo modo allí donde el poder tiene una metafísica oficial. La democracia, en cambio, parte de una modestia política que es también una grandeza moral: acepta que el Estado no debe decidir el sentido último de la existencia y que precisamente
por esa renuncia puede tratar con igualdad a quienes discrepan radicalmente sobre ese sentido. No hay humillación más sutil ni más persistente que la de vivir bajo un orden que te concede derechos, pero te recuerda sin cesar que tu conciencia está fuera de la verdad legítima. La democracia laica protege contra esa forma refinada de subordinación. Todo esto resulta hoy especialmente urgente porque el mundo contemporáneo ofrece, una vez más, el espectáculo de la fuerza envuelta en absolutos. Vivimos en una época de guerras abiertas, de sociedades crispadas, de fanatismos renovados, de nacionalismos enfurecidos, de líderes que hablan en nombre de una esencia herida y de comunidades que parecen necesitar enemigos para reconocerse a sí mismas. La política internacional y, cada vez más, la doméstica, se ha llenado de lenguajes que rozan lo sagrado: pueblos elegidos, patrias intocables, identidades puras, misiones históricas, verdades últimas. Y cada vez que una causa se sacraliza, la vida humana concreta corre peligro. Porque en ese instante el otro deja de ser un semejante con quien se disputa un mundo común y empieza a convertirse en obstáculo, impureza, amenaza o material prescindible de una gesta superior.
La guerra, visible o latente, alimenta ese clima. Simplifica brutalmente el campo moral, premia la obediencia, sospecha de la duda, glorifica la unanimidad, castiga la complejidad. Toda guerra tiende a producir una pedagogía de la dureza: enseña a desconfiar, a cerrar filas, a reducir la humanidad del adversario. A veces la defensa puede ser necesaria; la historia no es ingenua. Pero una sociedad que se habitúa a pensar en clave de guerra termina importando esa lógica al interior de su propia vida cívica. El opositor se vuelve enemigo interno; el disidente, traidor; el distinto, amenaza cultural o espiritual. La teocracia se acomoda con facilidad a ese imaginario, porque necesita clasificar moralmente a las personas según su relación con la verdad oficial. La democracia, en cambio, solo puede sobrevivir si resiste esa tentación. Su principio más valioso es precisamente este: que el desacuerdo no debe convertirse en condena metafísica.
Por eso la democracia es, también, una política de la paz. No de una paz boba, decorativa, hecha de frases vacías y ceremonias internacionales, sino de una paz exigente, construida sobre justicia, límites al poder y reconocimiento recíproco. La democracia no elimina los conflictos; hace algo más realista y más civilizado: impide que el conflicto derive legítimamente en dominación. No obliga a amarse, pero sí a respetarse. No exige unanimidad, pero sí reglas
comunes. No demanda fraternidad sentimental, pero crea las condiciones para una fraternidad política. La teocracia, por el contrario, suele subordinar la paz a la obediencia, y en esa subordinación ya está el germen de una violencia permanente. Porque allí donde la tranquilidad depende de que todos callen ante la verdad oficial, lo que se llama paz no es convivencia: es sumisión.
Ahora bien, la superioridad de la democracia no se reduce al pluralismo religioso o moral. Es mejor también porque ofrece una idea más justa de la libertad. En una teocracia, la libertad siempre tiene techo. Se permite en la medida en que no cuestione el fundamento sagrado del régimen. Puede haber márgenes de elección, sí, pero solo dentro de la ortodoxia tolerada. La conciencia nunca es plenamente soberana cuando existe una verdad política superior que puede corregirla. En democracia, en cambio, la libertad no es un permiso concedido desde arriba, sino un derecho inherente a la dignidad de cada persona. Nadie tiene que pedir autorización para pensar, dudar, creer, cambiar de creencia o carecer de ella. Esa libertad, por supuesto, debe convivir con la libertad de los demás y con el marco de la ley justa. Pero precisamente ahí está su nobleza: no nace de la indulgencia del poder, sino del reconocimiento de que la persona no puede ser propiedad espiritual del Estado.
Nuevamente, Rawls es aquí una brújula indispensable, porque recuerda que la libertad no basta si no se acompaña de justicia. Una sociedad puede proclamarse libre y, sin embargo, organizar la desigualdad de tal manera que solo unos pocos dispongan realmente de los medios para ejercer esa libertad. Puede haber voto, sí, pero no ciudadanía sustantiva; derechos formales, sí, pero oportunidades miserables; libertad de expresión, sí, pero una distribución tan desigual de la palabra y del poder que muchos queden condenados a la invisibilidad. La democracia se traiciona cuando consiente desigualdades tan hondas que vuelven la libertad un lujo de los mejor situados. Pero incluso en esa traición conserva un principio crítico que la redime parcialmente: la posibilidad de denunciar la injusticia en nombre de los propios valores democráticos. La teocracia, en cambio, encuentra más sencillo revestir el privilegio con el lenguaje del orden natural, de la tradición o de la voluntad divina.
De modo que la democracia no solo es mejor que la teocracia porque protege la conciencia, sino también porque contiene dentro de sí una exigencia de justicia social que impide naturalizar la humillación. Una democracia digna de ese nombre no puede
contentarse con elecciones periódicas mientras tolera que la riqueza, la educación, la seguridad y el acceso real a la vida pública se concentren en unas pocas manos. La igualdad política se vuelve una ficción ceremoniosa cuando el mundo material está tan mal repartido que unos deliberan y otros apenas sobreviven. La teocracia, inclinada a pensar el orden como jerarquía, suele acomodarse a esas desigualdades con mayor docilidad. La democracia, al menos en su mejor impulso, las somete a juicio. Puede no corregirlas siempre, pero nunca deja de ofrecer el lenguaje desde el cual impugnarlas.
Defender la democracia hoy exige, por eso, rescatar palabras que el mundo contemporáneo parece haber vuelto sospechosas por exceso de cinismo: tolerancia, respeto, fraternidad. No como adornos morales, sino como condiciones concretas de la vida común. La tolerancia no consiste en soportar con fastidio la existencia de los otros; consiste en reconocer que el otro no tiene que parecerse a mí

para merecer igual libertad. El respeto no es una cortesía superficial; es la decisión política de no tratar a nadie como material prescindible de una causa. La fraternidad no es un sentimentalismo débil; es la conciencia de que nadie se salva solo, de que la libertad se marchita en sociedades entregadas al desprecio y de que la igualdad jurídica necesita un suelo humano de solidaridad para no quedar reducida a una fórmula.
La teocracia promete comunidad, pero con demasiada frecuencia la construye a partir de una pertenencia excluyente. Reúne a los semejantes a costa de degradar a los distintos. La democracia propone una comunidad más difícil, menos espectacular y moralmente muy superior: una comunidad de diferentes que aceptan vivir juntos sin reclamar para sí el monopolio del sentido. Ese es su verdadero heroísmo, uno menos ruidoso que las marchas de la fe o de la patria, pero infinitamente más civilizado. La democracia no necesita fabricar unanimidad

espiritual para sostener la unidad política. Le basta con algo mucho más sensato y mucho más humano: instituciones justas, libertades garantizadas, límites al poder y una educación cívica que enseñe a no convertir la diferencia en odio.
No hay que idealizarla. La democracia puede ser mediocre, hipócrita, vacilante y vacilativa.
Incluso puede ser capturada por el dinero, empobrecida por la desigualdad, envilecida por la propaganda, banalizada por la costumbre. Puede hablar de derechos mientras convive con sufrimientos escandalosos. Puede decepcionar. Pero aun así conserva una dignidad que la teocracia no alcanza: la de no confundirse con el absoluto. La de admitir la crítica, la reforma, la rectificación. La de reconocer que ningún poder humano merece ser obedecido como si fuera sagrado. Esa modestia institucional, que a veces parece debilidad, es en verdad una de las formas más altas de la prudencia política. Solo un régimen que no se cree divino puede tratar a los hombres como libres.
Y esa es, al final, la razón decisiva por la que la democracia sigue siendo la mejor forma de gobierno. No porque produzca el paraíso en la tierra, sino porque impide que alguien pretenda administrarlo desde el poder. No porque cancele el conflicto, sino porque lo somete a la justicia. No porque vuelva virtuosos a los ciudadanos, sino porque limita la capacidad de unos para imponerse sobre otros en nombre de una superioridad moral o religiosa. No porque resuelva de una vez para siempre la fragilidad humana, sino porque la organiza de manera menos cruel. Frente a la teocracia, la democracia afirma que ninguna fe debe ser obligatoria para que una comunidad tenga alma, que ninguna verdad política merece erigirse en dogma de Estado y que ninguna paz auténtica puede fundarse sobre la humillación de las conciencias.
En un mundo herido por guerras, fanatismos y nuevas formas de idolatría política, defender la democracia es defender algo más que un procedimiento. Es defender la paz contra la lógica del enemigo absoluto, la tolerancia contra la tentación de la pureza, el respeto contra la degradación del otro y la fraternidad contra la indiferencia. Es defender la idea de que vivir juntos no consiste en pensar igual, sino en aprender a ser justos con quienes no son como nosotros. Y esa lección, ahora que tantas sociedades parecen olvidar el precio de perderla, no solo merece ser repetida: merece ser estudiada, cuidada y profundizada con la seriedad de aquello de lo que depende, en buena medida, la dignidad misma de la vida humana.
CONFLICTOS BÉLICOS Y CAMBIOS EN EL

Los acuerdos de Bretton Woods, firmados en 1944, establecieron un nuevo sistema monetario internacional y dieron origen al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial.

¡“No soy pesimista, soy un optimista informado”.
Frase atribuida al escritor y dramaturgo español Antonio Gala (1930-2023), una de las letras más importantes del siglo XX y principios del siglo XXI de España.
POR EDUARDO RIVERA VICENCIO
PhD por la Universitat Autònoma de Barcelona Miembro de la Comisión de Contabilidad de Gestión de la Associació Catalana de Comptabilitat i Direcció (ACCID)
Los cambios del Sistema Monetario Internacional normalmente han tenido su origen en conflictos bélicos, a través de la historia. La debilidad del país hegemónico o la fortaleza de otro, han derivado en estos cambios monetarios.
Un recorrido por estos cambios en el siglo pasado muestra esta tendencia.
Después de la segunda guerra mundial, el Acuerdo de Bretton Woods de 1944 crea un sistema monetario internacional ligado al dólar referenciado al oro y se fijan las demás monedas respecto al dólar, estableciendo al dólar como moneda de reserva y de intercambio mundial (respaldo de la moneda con un activo, oro). La debilidad de la Europa posterior a la segunda guerra mundial facilita este acuerdo para imponer esta arma de dominación (el dólar).

El año 1971 representa un cambio muy significativo en lo que se refiere al sistema monetario mundial, cuando se suspende la convertibilidad, marcando el fin del dólar con respaldo oro. En 1971 en el gobierno de Nixon, el patrón oro dólar fijado en $35 USD la onza y donde las demás monedas se vinculaban al dólar. Ya en enero de 1980 la onza de oro tenía un valor de $850 USD, más de 24 veces mayor. Es decir, la década del ’70 del siglo pasado fue una década de gran inestabilidad producto del cambio en el sistema monetario internacional.
En el 1971 EE. UU. fue incapaz de mantener la convertibilidad del dólar con oro (debilidad), debido a la creciente inflación, los déficits comerciales y el gasto por las guerras de Corea y Vietnam , lo que generó desconfianza y una fuga de reservas de oro. Es aquí donde se perdió una de las claves del sistema monetario internacional, la confianza (el nuevo dinero pasaba a estar respaldado por deuda y ya no por un activo, es decir, pasaba a estar respaldado por un pasivo). Si la confianza disminuye, el sistema colapsa, tarde o temprano.
Tan relevante es la confianza, que el abandono del respaldo oro por parte de EE. UU. genera la crisis del petróleo de 1973, con una componente adicional geopolítica. En 1973 los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) deciden no exportar petróleo a los países que habían apoyado a Israel en la guerra de Yon Kipur que enfrentaba a Israel y Egipto. Adicionalmente, el aumento del precio del petróleo provoca una etapa inflacionista global e inició una estanflación (una combinación de inflación alta y estancamiento económico) en gran parte del mundo.
A su vez los componentes tales como: la restricción de exportación y el aumento del precio del petróleo, aunque ambas se vinculan al conflicto, la restricción exportadora es producto del conflicto, pero el incremento del precio obedece a la pérdida del respaldo dólar en oro y aunque ambas situaciones coinciden, tienen un origen muy diferente. Si antes se pagaba con dólares respaldados en oro y pasa a pagarse el petróleo con solo unos papeles impresos, esto disminuye la confianza y se busca de alguna forma que la moneda esté respaldada por algún activo.
De esta forma, surge el acuerdo del petrodólar 1974 entre Estados Unidos y Arabia Saudi (hoy miembro de los BRICS+) que acuerdan vender el petróleo exclusivamente en dólares, estableciendo el dólar como moneda de referencia mundial y consolida la hegemonía económica y el financiamiento de los déficits de EE. UU. Expresado de una
manera diferente, un dólar que estaba respaldo en una mercancía real (oro), al dejar de tener ese respaldo, acuerda una alianza para respaldar esta moneda con activos de terceros, en este caso con una materia prima fundamental para la economía, como es el petróleo. Más claramente expresado, una moneda con respaldo de un activo pasa a tener el respaldo de un pasivo, simulando tener respaldo de una materia prima (petróleo). Este acuerdo que tuvo una duración de 50 años y que ya ha expirado en 2024, vuelve a generar el dilema de una moneda de reserva internacional sin un respaldo de activos en la actualidad. Es así como hoy se comercializa el petróleo en yuanes, en rublos y también en dólares, pero esto último sin la hegemonía de la cual disfrutó durante décadas.

Dentro de este periodo relevante en el establecimiento del dólar como moneda de reserva mundial (1944-2024), hay que tener presente que el porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) mundial de Estados Unidos en 1944 era de entre un 40 y un 50%, en 1971 este porcentaje era de entre un 30 y 33% y en el año 2025 entre un 26 y 27%, las estimaciones rondan alrededor del 26,8% para este último año. Esta disminución en el peso económico global va generando una disminución de la confianza y muestra una debilidad en su economía a través del tiempo. Estos datos que muestran la pérdida del poder económico de Estados Unidos a nivel global, más aún si se detalla que este producto interno bruto tiene una alta componente de servicios y no de productos tangibles (economía real), es decir,

refleja también la desindustrialización del Imperio. El nuevo sistema monetario internacional nacido del abandono del patrón oro en el siglo XX generó lo que se denomina el dinero-deuda, ya que este abandono del patrón oro fue global y permitió la emisión de dinero en cantidades enormes que nunca se podría haber emitido antes. Las crisis posteriores a partir de los años ’80 del siglo XX hasta la fecha tienen su origen el exceso de emisión monetaria (expansión cuantitativa), que se canalizó a diferentes sectores del naciente neoliberalismo, con buena parte a sectores especulativos y de apropiación.
La primera etapa de esta emisión monetaria fue canalizada a la apropiación de las empresas públicas a nivel global en diversos sectores, pero principalmente con características de monopolios naturales, como el sector energía, telecomunicaciones, red eléctrica, agua potable, etc.
Antes que este proceso privatizador se produjera, ideológicamente se instaura el discurso de la ineficiencia del Estado para facilitar el proceso privatizador y reducir la resistencia.
Junto a este proceso privatizador global o de apropiación de las empresas públicas por el sector privado, confluye la deslocalización productiva, donde el sector privado en su afán de maximizar los beneficios busca producir en zonas con costes de producción menores, principalmente de mano de obra barata. De esta forma la desindustrialización comienza un periodo galopante, pero que con el tiempo además de industrializar otras zonas del mundo, también va fortaleciendo el desarrollo tecnológico de estas regiones que van lentamente desplazando a Occidente, junto con crear una economía financiarizada y especulativa en Occidente (economía de casino o especulativa).
Este proceso a partir de los años ’90 del siglo pasado genera dos fenómenos muy relevantes en Occidente junto a la desindustrialización, el primero de ellos es el desempleo y/o desplazamiento de la mano de obra industrial y calificada, donde la sociedad ya no produce solo presta servicios e intermedia en la comercialización. El segundo punto y muy relevante es la concentración de la riqueza donde en cada sector de la economía a niveles tanto nacionales, como globales un pequeño grupo de empresas (oligopolios) o en algunos casos solo una empresa (monopolios) concentran la actividad económica de cada sector de la economía. Este proceso es el denominado “Gubernamentalidad Corporativa” donde se genera el gobierno de las grandes corporaciones, que dominan todos los sectores de la economía, pero también todos los sectores de la

actividad social y humana de la sociedad. El resultado es la desigualdad, la precarización, el desempleo, el discurso único (concentración de la propiedad de los medios de comunicación), la desintegración de las organizaciones sociales (sindicatos, organizaciones vecinales, agrupaciones sociales de cualquier tipo) y la individualización.
Si bien la etapa neoliberal se caracteriza por la minimización del Estado, en la etapa de la Gubernamentalidad Corporativa su característica más profunda en este aspecto, es la cautividad o secuestro del Estado para los intereses corporativos, es decir, el Estado está al servicio de las grandes empresas, y con la cautividad del Estado, la cautividad de la democracia.
En 1944 al establecerse el dólar como moneda de reserva, moneda con respaldo oro, el 96,77% de cada dólar en circulación estaba respaldado por oro, lo que otorgaba una gran confianza y solidez a la moneda estadounidense.
Luego en 1971, al desaparecer el patrón oro por falta de estas reservas de oro y la desconfianza que generó la fuga de estas reservas, debido a los déficits comerciales y los gastos en guerras , EE. UU. logra imponer su moneda Fiat mediante presión internacional, a pesar de las voces que se oponían. De esta forma, el dólar quedó ligado a un bien (petróleo) que, a pesar de no poseerlo, con el acuerdo con la OPEP, obligaba a todos los países necesitados de esta energía fundamental, que el petróleo se transara en dólares, obligando a los países a demandar dólares para obtener sus recursos energéticos u obtener estos dólares con una balanza comercial positiva (exportar más de lo
que importaban a EE. UU.).
También y en paralelo otra fortaleza del dólar ha sido el sistema SWIFT, base para el intercambio internacional y sus transferencias entre bancos de distintos países en el mundo.
Esta fortaleza del dólar globalmente, también se utiliza como medio de presión y dificultar el comercio internacional de todos aquellos países que se oponen a las políticas ideológicas del poder imperial y/o aplican políticas proteccionistas de sus recursos, como ha sido la nacionalización de sus recursos.
Por otra parte, esta confianza de la cual disfruta el dólar y EE. UU, se empieza a ver deteriorada con el surgimiento de nuevas economías capaces de competir productiva, tecnológica y económicamente con él. Además, del fin del acuerdo con la OPEP y del petrodólar.
Como antecedente general, los BRICS+ con datos de 2024-2025 representan un 40% del PIB mundial, mientras que el G7 representa un estimado del 29% del PIB mundial para 2025. A nivel de grupos o coaliciones económicas cada año las economías de los BRICS+ van en constante crecimiento al contrario de lo que ocurre con los países del G7. Esto disminuye la confianza global de las economías dominantes e incrementa la confianza de las economías que comienzan a surgir como bloque de poder antagónico, es decir, el surgimiento de un contrapeso de poder.
Otro aspecto muy relevante de la actual desconfianza de la moneda imperante es el nivel de deuda que tiene EE. UU. y con un comportamiento preocupantemente creciente (38,3 billones de






dólares a octubre de 2025), que viene provocado por el financiamiento de los déficits comerciales durante un muy largo periodo, es decir, los países poseedores de bonos del tesoro norteamericano han financiado a Estados Unidos, con dinero-deuda emitido por el país dominante. En estricto rigor, los países poseedores de bonos del tesoro le han prestado dinero a Estados Unidos para financiar su déficit comercial y sus gastos, entre estos últimos los gastos bélicos. Estados Unidos ha vivido por sobre sus posibilidades.
Los siguientes datos muestran el financiamiento que ha recibido EE. UU.: “La balanza comercial de EE. UU. ha sido deficitaria y ha aumentado desde 1968 hasta la fecha, con las únicas excepciones de 1970 (0,07 % del PIB) y 1975 (0,18 % del PIB).
En 2019, su déficit fue del 4,31 % del PIB y, en los últimos 20 años, su déficit anual promedio sobre el PIB ha sido del 4,94 % anual”.
Dentro de este marco de análisis, también está la disminución de reservas internacionales de bonos del tesoro y el aumento creciente de reservas en oro por parte de los bancos centrales, es decir, los países en la medida de los vencimientos de los bonos del tesoro norteamericano que poseen los reemplazan por reservas en oro físico, con una marcada tendencia global. Esto se ve reflejado además por el incremento del precio de la onza oro en los mercados internacionales que al 31 de diciembre de 2024 en el mercado europeo era de 2.637,5 euros, que en comparación hoy en día (28.01.2026) es de 4.400 €, lo que refleja un incremento del aproximadamente de un 66, 83% para este periodo considerado.
Todos estos acontecimientos, políticos, bélicos y principalmente con efectos económicos, descritos en los apartados anteriores tienen un denominador común que es la pérdida de confianza, fundamental para el mantenimiento de una moneda dominante, tanto en el comercio internacional, y como moneda de reserva.
La OTAN (poder bélico de Occidente), es utilizada como herramienta de dominación y de mantenimiento del sistema financiero global Occidental, entre otros, manteniendo la hegemonía global de la moneda dominante dólar.
Si bien en 1944 se instaura el dólar como moneda dominante respaldada en oro, en 1974 continúa el dólar como moneda hegemónica mundial a través de un respaldo con activos de terceros, como fue el acuerdo con la OPEP, hoy se pretende mantener el dólar como moneda de dominación (moneda de intercambio mundial y moneda de reserva) mediante
la apropiación de recursos energéticos de países del Sur Global, como es el caso de Venezuela y la intención de apropiación de recursos de Irán.
En este escenario bélico de apropiación, de mentalidad colonial, se encuentra un Estados Unidos con una menor fortaleza económica que en los cambios anteriores (1944 y 1974), con un alto nivel de endeudamiento, con otra economía cada vez más fuerte globalmente, como es el caso de China, y con cambios lentos, pero constantes, en la reducción de las reservas internacionales de las monedas FIAT (hoy las reservas de oro en los Bancos Centrales superan a las reservas en dólares), entre ellas el mismo dólar, junto con incrementos también paulatinos de las transacciones internacionales en monedas distintas al dólar.
En los últimos años a pesar de las divisiones internas de Occidente y de las grietas en sus relaciones, sobre todo entre Estados Unidos y Europa, continúan con un camino común en lo referido a la apropiación de recursos en diferentes países, con todos los elementos que subyacen alrededor de estas apropiaciones, es decir, apoyando bélicamente, actuando de forma conjunta en sanciones de diferente índole, utilizando los organismos internacionales para sus propósitos de apropiación y siempre detrás de estos países apropiadores, las grandes corporaciones que a su vez han instalado en el poder a los políticos de esos países.
En la actualidad hay una evolución en la reconfiguración fundamental del sistema monetario internacional, donde el oro recupera su papel histórico como activo de reserva estratégico frente a las monedas fiduciarias.
Otro componente muy importante de los últimos años, que se encuentra sumergido en los párrafos descritos anteriormente, es que detrás de ellos está la clara intención de debilitar a China, que es el objetivo de fondo, junto con la intención de mantener el dólar como moneda dominante. Estas intenciones quedan claras con: (a) debilitar las rutas de suministro, como lo acontecido con la expulsión de empresas chinas de los puertos en el canal de Panamá, (b) para debilitar sus abastecimientos de energía con las intervenciones en Venezuela e Irán, países proveedores de energía mayoritariamente a China y (c) como el propio conflicto provocado entre la OTAN y Rusia a través de Ucrania, con el claro objetivo de dividir a Rusia y complicar el abastecimiento energético, tanto a Europa, como a China. En el conflicto de Estados Unidos e Israel contra Irán, un intento de apropiación de los recursos energéticos, el intento de desplazamiento para el




abastecimiento energético de China, romper con la nueva ruta de la seda de China. Junto con la intención de que el petróleo de Irán se comercialice en dólares y no en yuanes, como lo hace mayoritariamente hoy. Además de diferentes sanciones arancelarias por parte de Estados Unidos a China, que ha tenido que revertir, en parte, dada la dependencia de China. Junto con el cambio del Sistema Monetario Internacional, o mejor expresado aún, unido a este cambio, nos encontramos en un punto de inflexión histórico donde posiblemente el proceso inicial sea la conformación de tres grandes fuerzas con un Occidente Global con Estados Unidos y sus aliados, un Oriente Global conformado por China y Rusia y un Sur Global con Brasil, India, Sudáfrica entre otros, pero con un gran matiz, tanto el Oriente Global, como el Sur Global se encuentran unidos en los BRICS+, lo que podrá generar dos grandes grupos y la apertura para un posterior mundo multipolar.
Es muy probable que los próximos años (5-10 años), determinarán el nuevo orden mundial para las siguientes décadas.
El Occidente Global debería intentar convencer al mundo que es capaz de dialogar, en lugar de los monólogos a los cuales nos tienen acostumbrados, coherencia en lugar del doble rasero, y cooperación en lugar de dominación.
Desgraciadamente, lo que se ve hoy de Occidente es todo lo contrario de diálogo, coherencia y cooperación, pero lo que sí se ve, es belicismo desenfrenado, la violación de todas las normas del derecho internacional, la apropiación y la intención de apropiación de los recursos de países del Sur Global.
Muchos de los cambios profundos en la historia han sido producto de grandes confrontaciones, es de esperar que ahora, con grandes arsenales nucleares no ocurra lo mismo.
GEOMETRÍA VARIABLE O SUMISIÓN
CHILE ANTE EL NUEVO (DES) ORDEN MUNDIAL
POR CÉSAR ZAMORANO QUITRAL
Abogado y académico
El Foro Económico Mundial de 2026 se reunió en los Alpes Suizos bajo el lema “Un espíritu de diálogo”. Más que una aspiración, la consigna pareció una ironía.
Porque su propio Informe sobre Riesgos Globales 2026 (disponible en https://www.weforum.org/ publications/global-risks-report-2026/) identificó la “confrontación geoeconómica” como la principal amenaza global, reflejando una realidad de fragmentación, polarización y desconfianza que el diálogo es incapaz de sanar.
La cooperación internacional basada en reglas, que permitió prosperar a economías pequeñas y abiertas como la nuestra, se fracturó de manera irreversible. Ante esta ruptura estructural, la pregunta que resuena con urgencia para un país como Chile es tan directa como existencial: en este nuevo mundo desordenado ¿qué pronóstico y qué caminos se abren para una nación subdesarrollada y profundamente integrada en la economía global?
UN DIAGNÓSTICO COMPARTIDO:
EL FIN DE UNA
“FICCIÓN
AGRADABLE”
Más allá de sus profundas diferencias, las principales potencias parecen compartir hoy un diagnóstico incómodo: el orden internacional que conocimos ha terminado. Comprender la profundidad de este hecho es el primer paso estratégico para cualquier nación que pretenda navegar la tormenta que se avecina.
The Global Risks Repor t 2025 20th Edition

El primer ministro canadiense Mark Carney, liberal, articuló el fin de ciclo con una honestidad brutal. En su discurso afirmó que el orden internacional basado en reglas era una ficción agradable. El núcleo de su tesis, anclado en la analogía del tendero de Havel, es que durante décadas los países participaron activamente en una mentira. Al igual que el tendero

que cuelga un letrero en el que no cree, las naciones asistían a rituales multilaterales que sabían falsos para señalar conformidad y evitar problemas. El sistema se sostenía no por su verdad, sino por la voluntad colectiva de actuar como si fuera verdadero.
LA NUEVA REALIDAD
El velo se descorrió y la ficción se desmoronó, porque las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como un arma. Las finanzas, los aranceles y las cadenas de suministro ya no son herramientas de cooperación, sino armas de coerción. Carney asume que “no se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración, cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”. Este cambio no es una evolución, sino una “ruptura, no una transición”, que obliga a todas las naciones a recalcular su posición en el mundo.
Aunque desde una perspectiva opuesta la visión estadounidense, presentada en el foro por el todopoderoso presidente Trump, parte de la misma premisa. Al calificar el sistema comercial internacional como injusto y denunciar que ha sido explotado por otros países, Washington también declara que el antiguo pacto global ya no le sirve. El diagnóstico, aunque con distintos culpables, es el mismo: el sistema está roto.
DOS CAMINOS DIVERGENTES PARA UN MUNDO ROTO
Si bien el reconocimiento de la fractura es un punto de partida común, las soluciones propuestas son radicalmente diferentes. En Davos se perfilan dos caminos antagónicos: confrontar la nueva realidad
o aferrarse a la nostalgia por un poder que ya no opera de la misma forma. Carney lo resumió con una frase tan simple como elocuente: la nostalgia no es una estrategia.
El núcleo del debate se centra en cómo responder a la fragmentación. Lejos de buscar una restauración del viejo orden, emergen dos modelos de inserción internacional que definirán las próximas décadas. Por un lado, una propuesta de colaboración horizontal y flexible con las potencias medianas e impulsada por Canadá; por otro, la reafirmación del poder hegemónico y transaccional.
LA VÍA CANADIENSE: SOBERANÍA COLABORATIVA Y “GEOMETRÍA VARIABLE”
La estrategia canadiense propone una geometría variable, que consiste en la formación de coaliciones flexibles y temáticas basadas en intereses convergentes. No se trata de crear nuevas instituciones permanentes, ya han demostrado sus límites: Venezuela, Nicaragua, Gaza, Ucrania y muchos ejemplos más; sino de actuar con pragmatismo, tema por tema, y da el ejemplo de crear un “club de compradores de minerales críticos”.
La tesis central de este enfoque es que, para las potencias medianas y los países más pequeños, la acción colectiva es la única alternativa a la subordinación. La advertencia fue lapidaria, directa y conocida: “si no estamos en la mesa, estamos en el menú.” Negociar de manera aislada con una potencia hegemónica es aceptar la sumisión; unirse en coaliciones es la única forma de tener poder de negociación real.

El modelo propuesto por el líder canadiense se autodefine como un realismo basado en valores. Combina el pragmatismo de fortalecerse internamente, mediante inversiones masivas en defensa, energía e infraestructura, con la defensa de principios como la soberanía y la integridad territorial. La transición es clara y potente: “ya no solo confiamos en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fuerza.”
Su propósito es crear una tercera vía con impacto. Al tejer una densa red de alianzas temáticas, los países intermedios pueden resistir la presión de los grandes bloques, mantener su autonomía estratégica y evitar ser piezas en el tablero de otros.
LA VÍA ESTADOUNIDENSE
“Make America Great Again”: El eslogan acuñado por Reagan, transformado por Trump y multiplicado por la resonancia de las redes sociales, invoca la nostalgia de alguna edad de oro y proclama “América First” que significa aislacionismo y proteccionismo. En Davos le imprimió un matiz importante: Estados Unidos Primero no significa Estados Unidos Solo. La base de su política exterior es el fortalecimiento económico interno, logrado a través de recortes de impuestos y una desregulación sin precedentes. Su poderío doméstico se presenta como un bien global bajo la premisa de que cuando Estados Unidos crece, también lo hace el mundo.
Su modelo abandona explícitamente el multilateralismo comercial en favor de acuerdos comerciales bilaterales mutuamente beneficiosos. La lógica es que el sistema multilateral ha permitido prácticas económicas injustas y que la única forma de restaurar la integridad es a través de la reciprocidad estricta a
través de un modelo simple: cada país debe negociar individualmente con un Estados Unidos fortalecido que dictará los términos.
Es, precisamente, el escenario que el modelo canadiense intenta evitar: una serie de negociaciones asimétricas donde las potencias medianas y pequeñas compiten entre sí por el favor del Hegemón, en lugar de unirse para establecer sus propios términos.
Estos dos modelos: la red colaborativa de la geometría variable y el centro hegemónico de negociaciones bilaterales no son complementarios; son antagónicos. Para un país como Chile, cuya prosperidad se ha basado en un sistema de reglas globales, esta divergencia presenta un dilema existencial sobre cómo y dónde posicionarse en el nuevo tablero mundial.
EL DILEMA DE CHILE
Las potencias debaten la arquitectura del nuevo orden en un Foro al que Chile ni siquiera envió una delegación oficial, error crítico pues se trata de una discusión sobre la supervivencia económica y la soberanía en la próxima década. La estructura abierta de nuestra economía exportadora de materias primas, dependiente de los mercados internacionales, la sitúa directamente en la línea de fuego de las nuevas tensiones geoeconómicas. La ruptura del orden no es un riesgo lejano; es una amenaza inmediata, tangible y se expresa con fuerza en nuestra vulnerabilidad estructural, en un potente riesgo de marginalización y la duda por el dilema entre silencio y represalias. Nuestra vulnerabilidad se incrementa de manera exponencial: La utilización instrumental como armas de las cadenas de suministro, las finanzas y las materias primas nos hace extremadamente susceptibles a shocks y presiones externas. Nuestra dependencia de los mercados de las grandes potencias para vender nuestros recursos y adquirir bienes críticos es, en este nuevo contexto, nuestro mayor punto débil.
Nuestro riesgo de marginalización se multiplica pues incluso la nueva “geometría variable” encierra el peligro, potenciado por la ausencia, que los nuevos clubes se formen sin nosotros. La creación de alianzas tecnológicas exclusivas o la creación de “clubes de compradores de minerales” no sólo podría dejar a países pequeños como el nuestro fuera de los círculos de decisión, actores irrelevantes, meros proveedores de recursos sin voz ni voto y, peor aún, volver a convertirnos en un objeto de disputa entre las potencias, como hace medio siglo.
No existe una decisión mejor: El llamado canadiense a “nombrar la realidad” y denunciar la coerción económica presenta un dilema agudo. Para una
nación que depende de la inversión y el acceso a los mercados de las mismas potencias que podría tener que denunciar, alzar la voz puede generar represalias inmediatas y las represalias son aumento de aranceles o inclusión en listas negras. El riesgo del silencio es la subordinación, pero el riesgo de hablar es el aislamiento.
Si bien el escenario es profundamente amenazante, la nueva realidad también tiene un efecto catalizador: obliga a abandonar la pasividad de las últimas décadas y la muy pobre presencia internacional del Gobierno que acaba. Como ya no es posible confiar en que las reglas del sistema nos protegerán es imperativo diseñar una estrategia de inserción internacional activa, deliberada y, sobre todo, inteligente.
HACIA UNA SOBERANÍA COLABORATIVA
Frente a este panorama de coerción y marginalización, la parálisis no es una opción. La única respuesta viable no es la resistencia pasiva, sino la construcción deliberada de un nuevo tipo de poder: la soberanía colaborativa, donde la autonomía se forja a través de alianzas estratégicas y no del aislamiento. La supervivencia y prosperidad de Chile en este nuevo orden no vendrán de la nostalgia por un mundo que ya no existe, ni de la alineación sumisa con uno de los polos de poder.
Debemos descartar de plano dos caminos, por ser una estrategia inviable. La autarquía es imposible para una economía de nuestro tamaño y estructura.
A su vez, la alineación con solo una potencia hegemónica es peligrosa, ya que nos convertiría en peón en un juego de ajedrez ajeno, sacrificando nuestra flexibilidad y soberanía.
La alternativa no parece estar en la resistencia pasiva ni en la alineación automática, sino en un forma distinta de construir poder: la colaboración. Esto requiere acciones concretas y priorizadas.
• Integración Regional Sólida: Como paso fundamental y no negociable. Es la única forma de alcanzar la masa crítica necesaria en términos de mercado, recursos y poder de negociación para sentarse a la mesa global como un actor relevante y no como un suplicante.
• Coaliciones de Vulnerabilidad
Compartida: Debemos unirnos activamente a otros países en desarrollo para colectivizar riesgos y negociar en bloque. Esto implica formar frentes comunes en foros como la OMC o la COP,
presentando agendas unificadas que defiendan intereses compartidos.
• Alianzas Estratégicas con Potencias Medianas: Chile debe posicionarse activamente como un socio estable y confiable para potencias como Canadá o la Unión Europea. Es posible ofrecer acceso a recursos estratégicos a cambio de inversión en infraestructura crítica (energía verde, puertos, conectividad digital) que construya nuestra propia resiliencia.
La metáfora de Havel “Quitar el letrero de la vitrina” es una conclusión plausible para un país como Chile. Quitar el letrero es el acto de dejar de vivir en una mentira, de abandonar la participación pasiva en un sistema que ya no nos protege. Significa dejar de pedir ayuda en el marco del viejo orden para empezar a ofrecer colaboración inteligente en el nuevo.
El desafío para transformarnos de un receptor pasivo de las reglas globales a un socio proactivo con una “oferta clara”, promoviendo nuestros activos tangibles como gobernanza, estabilidad y recursos estratégicos, como una propuesta de valor para el mundo.
El cambio de paradigma de Receptor a Socio no es automático y en el escenario nacional actual es hasta dificultoso pues requiere un debate interno honesto y urgente sobre las decisiones estratégicas fundamentales para asegurar nuestro futuro en un entorno irreconocible, definiendo nuestro lugar en el mundo de las próximas décadas:
La pregunta, entonces, no es técnica sino política: ¿Está Chile preparado para priorizar la integración regional por sobre los beneficios de corto plazo de la negociación bilateral con grandes potencias? ¿está dispuesto?
¿Qué activos estratégicos (minerales críticos, potencial en energía verde, capital humano) puede promover Chile para presentarse como un socio indispensable en las nuevas coaliciones de «geometría variable»?
¿Posee la diplomacia chilena la agilidad y la capacidad de gestión de riesgos para navegar alianzas múltiples y temáticas, a veces con socios que tienen intereses contrapuestos en otras áreas?

En un entorno BANI (Brittle, Anxious, Nonlinear, o Frágil, Ansioso, No Lineal, Incomprensible) en los términos propuestos por Jamais Cascio, donde la “estabilidad” y la “gobernanza” son activos premium, ¿es la inversión en fortalecer nuestra democracia y el estado de derecho la política exterior más importante de todas?
LA DISPUTA POR LA PERCEPCIÓN DE LA REALIDAD
FENOMENOLOGÍA, HERMENÉUTICA
Y PODER EN LA EXPERIENCIA
CONTEMPORÁNEA
POR GALO LÓPEZ ZÚÑIGA
Administrador público, cientista político y escritor
“No vemos las cosas como son, sino como somos.”
Martin Heidegger
En la actualidad, no basta con controlar los hechos para influir en las personas: basta con modelar cómo esos hechos son percibidos y sentidos. Este artículo explora cómo la fenomenología y la hermenéutica permiten comprender -y también cuestionar- las nuevas formas de construcción del sentido en la sociedad contemporánea.
I) INTRODUCCIÓN
(comprender la experiencia humana en el mundo actual)
En el mundo contemporáneo, comprender la naturaleza humana ya no puede limitarse a la observación de comportamientos ni al análisis de datos objetivos. Vivimos en una época en que lo decisivo no es únicamente lo que ocurre, sino la manera en que aquello que ocurre es percibido, vivido e interpretado. Las personas no reaccionan directamente a los hechos, sino a las formas en que esos hechos se les presentan y al sentido que logran atribuirles.
En este escenario, dos tradiciones filosóficas adquieren una relevancia extraordinaria: la FENOMENOLOGÍA y la HERMENÉUTICA. Ambas permiten comprender que la realidad humana no es un simple registro de estímulos externos, sino un proceso complejo donde intervienen la experiencia, la interpreta-
ción y la construcción de sentido. Sin embargo, en la actualidad estos conceptos han trascendido el ámbito estrictamente filosófico, convirtiéndose - muchas veces de manera implícita- en claves fundamentales para comprender los mecanismos contemporáneos de influencia, persuasión y dominación.
En ese contexto, comprender cómo vivimos y cómo interpretamos el mundo se ha vuelto, por tanto, una condición no solo para el conocimiento, sino también para la libertad.
II) LA FENOMENOLOGÍA
(el retorno a la experiencia vivida)
La fenomenología surge a comienzos del siglo XX con Edmund Husserl, como una crítica a las corrientes positivistas que reducían la realidad a lo medible. Su propuesta de “volver a las cosas mismas” implica regresar a la experiencia tal como se nos da, antes de ser filtrada por teorías, prejuicios o explicaciones externas.
Posteriormente, Martin Heidegger radicaliza esta perspectiva, mostrando que el ser humano no es un observador distante, sino un ser inmerso en el mundo, que vive, siente e interpreta desde su propia existencia. Desde esta mirada, la realidad deja de ser un conjunto de objetos neutros para convertirse en una trama de experiencias significativas. Una casa no es solo una estructura física, sino un hogar; un gesto no es solo un movimiento, sino una intención; un silencio no es ausencia, sino que -incluso- puede ser percibida como una presencia cargada de sentido. Así, la fenomenología nos revela una verdad fundamental: no vivimos cosas, vivimos experiencias

III) LA HERMENÉUTICA
(el sentido como construcción)
La hermenéutica, por su parte, tiene un origen más antiguo, ligado a la interpretación de textos sagrados. Sin embargo, con el desarrollo de pensadores como Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur, se transforma en una filosofía de la comprensión humana en general. En otros términos, cómo comprendemos, asumimos e interpretamos lo que vivimos.
Hoy sabemos que no solo interpretamos textos, sino que toda la vida a través de la experiencia. Interpretamos palabras, gestos, silencios, contextos. Una misma frase -“está bien”- puede significar acuerdo, molestia o resignación. El sentido no está contenido en las cosas mismas, sino que emerge en el acto de interpretación.
La hermenéutica nos enseña, por tanto, que el mundo no viene con significados fijos; somos nosotros quienes, desde nuestra historia, contexto y emocionalidad, construimos el sentido de lo que vivimos
IV) UNA PRIMERA SÍNTESIS
(Experiencia y sentido: una relación inseparable) En síntesis, fenomenología y hermenéutica se articulan de manera complementaria. La primera nos muestra cómo vivimos; la segunda, cómo comprendemos lo vivido . Primero experimentamos, luego interpretamos. Pero este proceso no es ni lineal ni neutral. Está mediado por estructuras profundas que condicionan tanto la experiencia como su significado. Ahora bien, si la experiencia no es inmediata ni la interpretación es espontánea, surge una pregunta decisiva: ¿qué media entre lo que sentimos y el sentido que finalmente construimos del mundo? Desde nuestro punto de vista, entre el contacto sensorial y la explicación que elaboramos, opera una arquitectura invisible pero determinante, en la que la percepción actúa como traductor de lo sensible y la emoción como el lenguaje que da forma a esa traducción. Es en este espacio intermedio donde se configura el sentido, donde lo vivido adquiere dirección, y donde

comienzan a gestarse las conductas y los mundos posibles. Comprender esta arquitectura -que articula lo que sentimos, lo que percibimos, las emociones y, de ello, la explicación del mundo que habitamospermite no solo profundizar en la relación entre fenomenología y hermenéutica, sino también advertir cómo dicha relación puede ser influida, orientada o incluso manipulada en la construcción contemporánea de la realidad.
V) PERCEPCIÓN, EMOCIÓN Y EXPLICACIÓN
(la arquitectura del sentido)
Aquí emerge un núcleo conceptual decisivo: la percepción. La percepción puede entenderse como el traductor entre lo sensorial y la comprensión del mundo. No accedemos a la realidad en bruto; accedemos a una realidad ya traducida, organizada y cargada de significado.
Este proceso no es lineal ni pasivo. Por el contrario, constituye una arquitectura compleja en la que intervienen distintos niveles que se articulan dinámicamente: lo sensorial, la percepción, la emoción y la explicación. Cada uno de estos niveles cumple una función específica, pero solo en su interacción es posible comprender cómo se construye la experiencia humana.
En primer lugar, lo sensorial corresponde al contacto primario con el mundo: aquello que vemos, oímos, tocamos, olemos y degustamos. Sin embargo, estos
estímulos no llegan a nosotros como datos neutros, sino que son inmediatamente organizados por la percepción, que actúa como un traductor activo. La percepción selecciona, jerarquiza y configura lo que será vivido, dando forma a una primera versión de la realidad.
Pero esta traducción no ocurre en el vacío. Está profundamente mediada por la emoción, que opera como el lenguaje de la percepción. La emoción no es un elemento posterior ni accesorio; es el código interpretativo que le da sentido a lo percibido. Así, una misma situación puede ser vivida como amenaza, oportunidad, injusticia o posibilidad, dependiendo de la emoción dominante.
Finalmente, sobre esta base perceptiva y emocional, se construye la explicación: el sentido que atribuimos al mundo. Es en este nivel donde se configuran nuestras creencias, juicios y decisiones.
Para visualizar de manera integrada esta arquitectura del sentido, se presenta a continuación el siguiente esquema (lámina 1).
Este esquema permite comprender que la experiencia humana no es un reflejo directo de la realidad, sino el resultado de un proceso de traducción e interpretación. La fenomenología se sitúa en la vivencia de este proceso, mientras que la hermenéutica se expresa en la explicación final que construimos. Sin embargo, lo verdaderamente relevante es advertir que entre ambos extremos -lo sensorial y la explicación- existen mediaciones decisivas: la percepción y la emoción.
Lámina 1. Arquitectura del proceso fenomenológico–hermenéutico: de lo sensorial a la construcción del mundo.
VI) LA CONSTRUCCIÓN DE MUNDOS
(emoción, percepción y conducta)
Si este proceso fuera puramente individual, su impacto sería limitado. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, estos niveles son crecientemente intervenidos por sistemas políticos, mediáticos y económicos que han comprendido la potencia de influir no directamente sobre los hechos, sino sobre la manera en que estos son percibidos, sentidos e interpretados.
En este contexto, las emociones adquieren un rol estructural y estructurante. Dependiendo de cuáles sean las emociones predominantes en una sociedad, no solo cambian las interpretaciones, sino también las conductas y, en última instancia, el tipo de mundo que se construye. A continuación, se presentan dos esquemas que ilustran con claridad esta dinámica, mostrando cómo distintas configuraciones emocionales dan lugar a mundos radicalmente diferentes. Incluidas sus instituciones y regímenes políticos, económicos, sociales y, por qué no también, culturales.
Lámina 2. En este primer caso, cuando predominan emociones como el miedo, la inseguridad, la desconfianza, la indignación y el rechazo, la percepción tiende a volverse selectiva hacia la amenaza. Se amplifican los aspectos negativos de la realidad, se reduce la complejidad y se privilegian interpretaciones que refuerzan la sensación de riesgo o conflicto.
La emoción dominante traduce la experiencia en términos defensivos, generando explicaciones del mundo centradas en el peligro, la desconfianza o la necesidad de control. A partir de estas explicaciones, emergen conductas concretas: aislamiento, agresividad, polarización o adhesión a liderazgos que prometen orden y protección.
De este modo, no solo se interpreta un mundo amenazante: se contribuye activamente a su construcción. Se configura un entorno social fragmentado, tensionado y proclive a formas de organización más autoritarias o excluyentes.
En contraste, cuando las emociones predominantes son la serenidad, la seguridad, la confianza, la tolerancia y la inclusión, la percepción se abre a la complejidad. La realidad se experimenta de manera más integrada, reconociendo matices y posibilidades.
Lámina 3. En este otro caso, las emociones dominantes traducen las experiencias en lenguajes de apertura y reconocimiento, lo que permite construir explicaciones del mundo más colaborativas y menos defensivas. En este contexto, las conductas tienden a orientarse hacia el diálogo, la cooperación, la inclusión y la construcción de vínculos.
El resultado es la configuración de un mundo distinto: más democrático, más plural y más humano. No porque la realidad objetiva haya cambiado necesariamente, sino porque la forma de percibirla, sentirla e interpretarla ha sido diferente.

Lámina 2. Configuración de un mundo dominado por emociones de miedo, inseguridad, desconfianza, indignación y rechazo.

Lámina 3. Configuración de un mundo basado en emociones de serenidad, seguridad, confianza, tolerancia e inclusión.
VII) DINÁMICAS DE REPRODUCCIÓN
(entre el círculo vicioso y el círculo virtuoso)
Los dos modelos anteriormente expuestos no solo representan formas distintas de experimentar, interpretar y habitar el mundo, sino que también dan lugar a dinámicas de reproducción que tienden a consolidarse en el tiempo. En efecto, las configuraciones emocionales que predominan en una sociedad no solo orientan la percepción y la interpretación de la realidad, sino que también generan condiciones que refuerzan su propia continuidad.
En el primer caso, cuando el miedo, la inseguridad, la desconfianza, la indignación y el rechazo constituyen el sustrato emocional dominante, se configura una dinámica que puede ser comprendida como un círculo vicioso. Las interpretaciones del mundo, construidas desde estas emociones, tienden a validar conductas defensivas, excluyentes o confrontacionales, las cuales, a su vez, contribuyen a reproducir las condiciones que alimentan dichas emociones. De este modo, los sistemas sociales, políticos o económicos que se sostienen en estas bases emocionales requieren, para su propia estabilidad, la permanente reactivación de los mismos estados afectivos que les dieron origen. Así, el miedo necesita ser reiterado, la inseguridad debe mantenerse visible, la desconfianza debe ser reforzada, configurando un entorno que se retroalimenta y se perpetúa.
En contraste, cuando las emociones predominantes son la serenidad, la seguridad, la confianza, la tolerancia y la inclusión, se configura una dinámica distinta, que puede ser comprendida como un círculo virtuoso. En este caso, las interpretaciones del mundo favorecen conductas de apertura, cooperación y reconocimiento, las cuales generan condiciones que fortalecen esas mismas emociones. La confianza produce más confianza, la inclusión genera mayor integración, y la seguridad compartida amplía las posibilidades de convivencia. Así, el sistema no requiere de la intensificación del conflicto para sostenerse, sino que se expande en la medida en que profundiza sus propias bases relacionales.
Lo relevante de esta distinción no es establecer una dicotomía normativa simplista, sino comprender que las emociones dominantes no solo configuran la experiencia y el sentido, sino también las trayectorias posibles de las sociedades. En este sentido, los modelos de organización social no son neutros: tienden a estabilizar aquellas condiciones emocionales que permiten su reproducción, dando lugar a circuitos que pueden, ya sea restringir o ampliar las posibilidades de desarrollo humano. En síntesis, “ las sociedades no solo se organizan en torno a ideas, sino en torno a emociones que, al reproducirse, terminan definiendo el mundo que hacen posible ”.
VIII) PERCEPCIÓN, EMOCIÓN Y PODER
(la intervención sobre la experiencia)
En la actualidad, los sistemas políticos, los medios de comunicación y los poderes económicos han comprendido la potencia de esta arquitectura. Han advertido que no es necesario controlar los hechos para influir en las personas; basta con intervenir en los procesos intermedios: la percepción y la emoción. Y con ello, dejar los hechos como testimonios y refuerzos psicosomáticos de la percepción que se busca modular y modelar.
Así, se selecciona qué mostrar y qué ocultar. Se define el encuadre desde el cual se presentan los hechos. Se repiten imágenes y relatos hasta fijar una forma de percibir. Paralelamente, se activan emociones específicas: miedo, inseguridad, indignación, desconfianza o esperanza.
Sin embargo, conviene precisar que este proceso no implica la creación de percepciones desde la nada. No existe una voluntad capaz de inventar la realidad desde cero. Lo que ocurre, más bien, es una operación de edición: se seleccionan ciertos hechos, se los destaca, se los repite y se los dramatiza, mientras otros quedan relegados, minimizados o invisibilizados. De este modo, la realidad no se suprime, sino que se organiza de manera tal que ciertos aspectos adquieren centralidad y otros desaparecen del horizonte perceptivo. En esta lógica, el control no se ejerce sobre la existencia de los hechos, sino sobre su visibilidad, su intensidad y su interpretación.
Sobre esta base emocionalmente configurada, se ofrecen explicaciones simples, muchas veces de carácter populista, que prometen soluciones inmediatas, salvíficas, casi prometeicas, para una ciudadanía que ha sido previamente sensibilizada. Así se construyen experiencias compartidas y relatos homogéneos. La diversidad de la experiencia se reduce a formas estandarizadas de sentir y comprender.
IX) UNA SEGUNDA SÍNTESIS
(de la experiencia a la construcción del mundo)
Los esquemas anteriores permiten visualizar con claridad una idea fundamental: no existen formas neutras de habitar el mundo. Dependiendo de la carga emocional dominante, la percepción selecciona, la emoción traduce y la interpretación se orienta en una dirección determinada, dando lugar a conductas y patrones de comportamientos. Y con todo ello, a la construcción de mundos radicalmente distintos. Así, la fenomenología y la hermenéutica no solo describen cómo vivimos y comprendemos la realidad, sino que también revelan algo más profundo: que, en gran medida, el mundo en que vivimos es el resultado
de cómo lo percibimos, lo sentimos y lo interpretamos Ejemplos (de la vida cotidiana a la manipulación compleja):
En la vida cotidiana, este proceso es visible en situaciones aparentemente simples. Una persona recibe un mensaje breve y, dependiendo de su estado emocional, lo interpreta como una ofensa, como un mensaje positivo o como algo irrelevante. Otra observa una noticia aislada e, influida por su percepción previa, la convierte en evidencia de una crisis generalizada. Pero el fenómeno adquiere mayor profundidad en contextos de comunicación masiva. Imaginemos una campaña mediática sostenida en el tiempo. Se seleccionan imágenes de conflicto, se omiten contextos que matizarían la situación, y se repiten ciertos mensajes hasta construir una atmósfera emocional específica. El miedo, la desconfianza y la inseguridad, por ejemplo, se instalan como emociones dominantes. Algo que hoy la comunicación digital está manejando de manera muy poderosa y eficaz, a través de mensajes muy simples, categóricos y dirigidos a audiencias sensibilizadas, usadas como pivotes para la expansión de relatos muy bien dirigidos de manera tendenciosa. Los que se difuminan de manera exponencial por toda la red.
En ese contexto, las personas comienzan a percibir el mundo como más inseguro de lo que objetivamente es. La emoción del miedo traduce la experiencia en términos de amenaza, la desconfianza ve en el otro un riesgo y la inseguridad un estado de permanente fragilidad. Con ello, la explicación que emerge tiende a alinearse con propuestas que prometen orden, control o protección; como antídotos del miedo, de la inseguridad y de la desconfianza.
Lo más relevante es que, en muchos casos, las personas sostienen estas interpretaciones incluso cuando contradicen datos objetivos. No responden a la información, sino a la emocionalidad que ha estructurado su percepción. De este modo, la dominación contemporánea no opera necesariamente por imposición directa, sino por configuración de la experiencia misma
A esta dinámica se suma un fenómeno característico de las sociedades contemporáneas: la acumulación progresiva de tensiones emocionales. Las frustraciones, los temores, las desconfianzas y las indignaciones no solo configuran percepciones individuales, sino que se sedimentan socialmente, generando una especie de energía latente que atraviesa el cuerpo colectivo. En este contexto, los acontecimientos no siempre operan como causas proporcionales de las reacciones que desencadenan, sino como detonadores de cargas previamente acumuladas. Así, una chispa aparentemente menor puede activar procesos de gran
intensidad, revelando que la comprensión de lo social ya no puede limitarse a la lógica de la contradicción dialéctica, sino que debe incorporar esta dimensión afectiva y energética que condiciona la experiencia, la interpretación y la acción colectiva.
X) A ESTANDARIZACIÓN DEL SENTIDO Y LA LEGITIMACIÓN DEL PODER
Cuando estos procesos se consolidan, se generan formas comunes de percibir, de sentir y de interpretar. No se trata únicamente de coincidencias culturales o sociales, sino de la progresiva configuración de marcos compartidos que orientan la manera en que las personas comprenden la realidad. De este modo, se construyen explicaciones estándar del mundo, que terminan legitimando decisiones políticas, modelos económicos y estructuras de poder.
En este contexto, emerge con particular fuerza la construcción de relatos tendenciosos, lineales y simplificados, que reducen la complejidad de lo real a esquemas básicos de causa y efecto. Estos relatos operan muchas veces sobre una lógica binaria: identifican responsables claros, delimitan “culpables” y ofrecen explicaciones que, aunque parciales o sesgadas, resultan emocionalmente eficaces.
Así, se instala la idea de que los males individuales y colectivos tienen un origen identificable -“ellos”-, y que, en consecuencia, se justifican medidas orientadas a su neutralización, incluso cuando estas impliquen simplificaciones, distorsiones o el uso selectivo de hechos como testimonios que refuercen la narrativa dominante. Con ello, una interpretación maniquea, de los buenos (nosotros) y los malos (los otros), aquellos sindicados como “los culpables sobre los cuales hay que actuar para descalificarlos, anularlos, aislarlos, reprimirlos y, en un extremo, exterminarlos por la vía de rebajar o desconocer su calidad humana (aliens, flaites, humanoides, vende patria, facho, etc.).
Este tipo de construcción discursiva no solo organiza la interpretación del mundo, sino que también orienta la acción. Las personas no solo comprenden la realidad desde estos marcos, sino que comienzan a actuar en coherencia con ellos, validando prácticas de exclusión, polarización o subordinación bajo la convicción de que responden a una necesidad legítima. En este proceso, las ciencias sociales adquieren un rol ambivalente. Por una parte, nacen como herramientas para comprender la complejidad de lo humano; pero, por otra, pueden ser instrumentalizadas como dispositivos de una ingeniería social orientada a modelar percepciones, emociones y conductas. Cuando esto ocurre, dejan de ser un medio para el conocimiento crítico y se transforman en mecanismos
funcionales a intereses dominantes, contribuyendo a la configuración de subjetividades alineadas con determinados proyectos de poder
Así, el poder ya no se ejerce únicamente sobre las instituciones o los cuerpos, sino sobre la manera en que las personas comprenden la realidad. Se instala una lógica en la cual las personas no solo aceptan el orden existente, sino que lo perciben como necesario, legítimo e incluso como salvador.
A su vez este proceso tiende, además, a radicalizar la vida política, configurando escenarios crecientemente polarizados. La simplificación de la realidad en claves emocionales intensas favorece la emergencia de lógicas binarias, en las que el mundo se divide entre “nosotros” (los buenos) y “ellos” (los malos). En este marco, el espacio intermedio -tradicionalmente asociado al diálogo, la deliberación y la construcción compartida- se debilita progresivamente, dando lugar a una política de trincheras. La complejidad desaparece, la matización se vuelve sospechosa y la diferencia se transforma en amenaza. De este modo, la estandarización del sentido no solo organiza la interpretación del mundo, sino que también reconfigura las condiciones mismas de la convivencia.
XI) CONCLUSIÓN
(la libertad en disputa)
En el mundo actual, la dominación ha adquirido formas más sutiles y, por ello mismo, más eficaces. No se impone directamente; se instala a través de la percepción, se consolida mediante la emoción y se legitima en la explicación. No actúa sobre la realidad en sí misma, sino sobre la forma en que esta es vivida, sentida y comprendida.
Las personas creen actuar libremente, pero muchas veces lo hacen dentro de marcos previamente configurados, como quien corta una hoja siguiendo un prepicado ya trazado, convencido de que ha decidido por sí mismo. La ilusión de autonomía se sostiene precisamente en la invisibilidad de los mecanismos que han orientado la percepción y modelado la emoción. Pero esta configuración no es estática. Los marcos perceptivos y emocionales no solo condicionan la interpretación del mundo, sino que tienden a reproducirse en el tiempo, dando lugar a dinámicas que se refuerzan a sí mismas. Cuando predominan emociones como el miedo, la inseguridad o la desconfianza, se configuran circuitos que validan conductas defensivas, excluyentes o confrontacionales, las cuales, a su vez, reafirman las condiciones que las originaron. Se configura así un círculo vicioso en el que la experiencia, la emoción y el sentido se alinean para sostener un mundo que se


percibe como amenazante y que, en su reproducción, limita las posibilidades de transformación.
En contraste, cuando se cultivan emociones como la serenidad, la seguridad, la confianza, la tolerancia y la inclusión, se abren dinámicas distintas. Las interpretaciones del mundo favorecen la cooperación, el reconocimiento y la construcción compartida, generando condiciones que fortalecen esas mismas emociones. Se configura entonces un círculo virtuoso, en el que la experiencia vivida no clausura el mundo, sino que lo expande, ampliando las posibilidades de convivencia y desarrollo humano.
Frente a este escenario, recuperar una actitud fenomenológica y hermenéutica auténtica se vuelve un acto profundamente subversivo. Volver a la propia experiencia implica detenerse, observar, suspender el juicio inmediato y cuestionar las percepciones heredadas. Abrirse hermenéuticamente supone reconocer que toda interpretación es situada, que no existe una
única forma de comprender el mundo, y que el sentido puede -y debe- ser disputado.
Esta actitud no es simplemente intelectual, sino ética. Supone interrogar las emociones que nos habitan, preguntarnos por su origen, y discernir si aquello que sentimos y pensamos emerge de una experiencia propia o ha sido inducido por marcos externos que buscan orientar nuestra comprensión. En este ejercicio se juega algo más profundo que una diferencia de opinión: se juega la posibilidad misma de constituirse como sujeto.
En este punto, la educación adquiere una relevancia decisiva. No como un simple mecanismo de transmisión de contenidos, sino como un proceso formativo orientado a construir sujetos capaces de percibir críticamente, de interpretar con autonomía y de resistir la estandarización del pensamiento. La educación, en su sentido más profundo, debe formar personas que no solo habiten el mundo, sino que sean capaces de comprenderlo, cuestionarlo y transformarlo. Esto implica también una responsabilidad para las ciencias sociales. No pueden reducirse a instrumentos de modelación conductual o a dispositivos funcionales al poder. Su vocación original -comprender lo humano en su complejidad- debe ser resguardada como un espacio de reflexión crítica, orientado a la emancipación y no a la colonización de las conciencias.
En última instancia, la verdadera libertad no consiste únicamente en elegir entre opciones dadas, sino en poder percibir y comprender el mundo desde una conciencia no colonizada. Porque allí donde la percepción es manipulada y la emoción es dirigida, el pensamiento se estandariza. Y allí donde el pensamiento se estandariza, la autonomía del sujeto comienza, silenciosamente, a desaparecer.
Pero allí donde la experiencia es recuperada, la emoción es comprendida y el sentido es reconstruido críticamente, emerge la posibilidad de algo distinto. No solo habitar el mundo, sino asumir la responsabilidad de co-construirlo. Porque, en definitiva, no vivimos simplemente en el mundo que nos es dado, sino en el mundo que, a través de nuestras percepciones, emociones e interpretaciones, contribuimos -consciente o inconscientemente- a crear.
Y es en esa toma de conciencia donde la libertad deja de ser una ilusión y comienza a convertirse en una posibilidad real. En resumen: “porque allí donde la percepción se libera y la emoción se comprende, el mundo deja de imponerse… y comienza, por fin, a ser creado.”
“Pensar es peligroso, pero no pensar lo es mucho más.”
Hannah Arendt
LA PRIVATIZACIÓN SILENCIOSA
DE LA
EDUCACIÓN:
CUANDO LA MATRÍCULA REVELA EL CAMBIO DE SISTEMA
POR ARNOLDO MACKER ABURTO
Profesor, magíster en Gestión Educacional, magíster en Educación y Liderazgo, licenciado en Educación mención curriculum.
Chile no verá desaparecer su educación pública en una crisis visible ni en una decisión política dramática. No habrá un día en que se anuncie su cierre. Si la educación pública se debilita y los datos sugieren que ese proceso está en marcha desde hace décadas será a través de un fenómeno más sofisticado y, por lo mismo, más difícil de confrontar: una erosión lenta, administrativa, técnicamente justificable.
La privatización educativa contemporánea no necesita destruir lo público de manera frontal. Le basta con modificar las reglas bajo las cuales lo público debe sobrevivir.
La educación pública chilena no ha sido reemplazada por decreto. Ha sido empujada progresivamente a competir bajo condiciones diseñadas desde la lógica del mercado: financiamiento por asistencia, expansión de oferta donde existe matrícula disponible, construcción de sistemas de elección familiar bajo asimetrías estructurales de información, prestigio y capital cultural.
Stephen Ball ha descrito este fenómeno como parte de la transformación global de la gobernanza educativa, donde el Estado no desaparece, pero sí cambia su función: deja de organizar sistemas para pasar a regular mercados educativos. En ese tránsito, la educación deja de ser infraestructura social y comienza a operar como ecosistema competitivo. Pero en educación hay un indicador que permite ver el fenómeno sin discusión ideológica: la matrícula.
LA MATRÍCULA 2025: EL DATO QUE REDEFINE EL SISTEMA
Según datos oficiales del Ministerio de Educación, la matrícula escolar total en Chile alcanzó en 2025 a 3.541.790 estudiantes, en un contexto de descenso demográfico sostenido asociado a la caída de la natalidad.
Sin embargo, lo verdaderamente estructural no es el total, sino su distribución. Los informes oficiales del Centro de Estudios del Mineduc muestran que en 2025:
• 53,93% de los estudiantes asistió a establecimientos particulares subvencionados
• 22,31% a educación municipal
• 12,74% a Servicios Locales de Educación Pública cerca de 10% a educación particular pagada


En términos agregados, la educación pública directa bordea apenas un 35-36% del sistema escolar chileno (Mineduc, 2025). Este dato cambia la lectura del sistema educativo en nuestro país, ya que mantiene un sistema fuertemente financiado por el Estado, pero no necesariamente provisto directamente por él.
LA ANOMALÍA COMPARADA:
EL ESTADO FINANCIA, PERO NO LIDERA LA PROVISIÓN
En la mayoría de países latinoamericanos, incluso con presencia privada relevante, la educación pública sigue siendo el eje estructural del sistema. En Chile, en cambio, la provisión privada financiada públicamente supera ampliamente a la provisión pública directa. Aquí el contraste regional vuelve el dato chileno todavía más elocuente. En América Latina, la privatización no suele expresarse como “desaparición” de la educación pública, sino como crecimiento gradual de la matrícula privada. Pero, incluso bajo ese patrón, Chile aparece como un caso extremo: un sistema donde el Estado sigue financiando masivamente, mientras la matrícula se organiza crecientemente en torno a proveedores no estatales.
Un reporte comparativo regional del Banco Interamericano de Desarrollo muestra que, en educación primaria, en América Latina y el Caribe alrededor del 21% de los estudiantes asiste al sector privado (≈ 79% al sector público), y en educación secundaria el privado llega a 19% (≈ 81% público), con Chile ubicado entre los países con mayor proporción privada (BID, 2023). Esa fotografía regional ilumina el carácter estructural del dato chileno: no se trata solo de que haya actores privados, sino de que el equilibrio de la provisión se ha reconfigurado hasta volver minoritaria a la red pública directa.
Esto no es solo un cambio administrativo. Es un cambio en la arquitectura del sistema educativo.
La OCDE ha señalado que los sistemas con mayor peso de financiamiento privado tienden a reproducir con mayor fuerza desigualdades sociales de origen, especialmente cuando el acceso educativo depende parcialmente de la capacidad económica de las familias (OCDE, 2025).
La UNESCO ha advertido, además, que América Latina sigue mostrando brechas profundas de aprendizaje asociadas al origen socioeconómico, evidenciando que la organización institucional del sistema


influye directamente en la reproducción o reducción de desigualdades educativas (UNESCO, 2023).
Por su parte, la CEPAL ha reforzado esta idea: cuando los sistemas educativos no logran consolidar redes públicas fuertes, la educación tiende a amplificar desigualdades sociales en lugar de corregirlas (CEPAL, 2022).
EL EFECTO DEMOGRÁFICO:
CUANDO EL SISTEMA PIERDE ESTUDIANTES
El descenso de matrícula no es solo un fenómeno estadístico. Es un fenómeno estructural. Entre 2023 y 2025, la matrícula escolar ha mostrado caída sostenida, reflejo de la transición demográfica chilena. En un sistema donde el financiamiento depende del número de estudiantes, esto genera presión directa sobre la sostenibilidad institucional. Pero esa presión no se distribuye de manera homogénea. Golpea con mayor fuerza a las redes educativas con mayor carga
territorial, social y de inclusión: la educación pública. Los datos muestran además que la educación pública concentra mayor proporción de estudiantes migrantes, estudiantes con necesidades educativas especiales y matrícula territorial compleja. Esto refuerza una paradoja estructural: La educación pública compite por matrícula mientras cumple funciones sociales que el mercado no remunera. Michael Apple advirtió que las reformas educativas basadas en mercado no solo reorganizan financiamiento o gestión. También transforman la forma en que las sociedades valoran lo público y lo privado, desplazando simbólicamente la legitimidad del sistema estatal. Chile parece haber vivido ese proceso durante décadas.
EL RIESGO SISTÉMICO:
CUANDO EL ESTADO DEJA DE PENSAR EN RED
Cuando el Estado deja de planificar territorialmente, la planificación no desaparece. Es reemplazada por la lógica de expansión de oferta. Pero la educación no es un mercado de bienes. La apertura de nuevas instituciones no crea estudiantes. Redistribuye matrícula. Ball ha advertido que las reformas neoliberales tienden a fragmentar la gobernanza educativa y debilitar la lógica sistémica de los sistemas públicos (Ball, 2012).
El resultado no es necesariamente mayor calidad global. Es mayor segmentación estructural.
LA PREGUNTA QUE DEJA LA MATRÍCULA 2025
El sistema educativo chileno ya no es predominantemente público en provisión directa. Y eso abre una pregunta estructural:
¿Puede existir educación pública fuerte si el Estado no es el principal proveedor directo del sistema? La matrícula no es solo un dato. Es la expresión concreta del modelo educativo de un país.
Hoy los datos oficiales muestran un sistema donde el Estado financia mayoritariamente la educación, pero la provisión principal está en manos de actores privados subvencionados. Si esta tendencia continúa, la educación pública no desaparecerá formalmente. Pero puede transformarse en un subsistema dentro de un sistema financiado públicamente y provisto mayoritariamente por privados. Y ese no es un cambio administrativo, es un cambio estructural en el rol del Estado en la construcción de igualdad social porque cuando la educación se organiza como mercado, la igualdad deja de ser garantía estructural, y cuando eso ocurre, la educación deja de ser promesa de futuro, pasa a ser reflejo de la desigualdad del presente.
ECOSISTEMAS REGIONALES DE INNOVACIÓN
CLAVES PARA EL LIDERAZGO
INTERNACIONAL DE CHILE
POR PIERINE MÉNDEZ YAEGER Periodista
En la última década nuestro país se ha posicionado como un importante polo de innovación y desarrollo, desde el punto de vista científico, tecnológico y comercial, lo que se traduce en una presencia cada vez más relevante de la “marca Chile” en los mercados internacionales. De hecho, en septiembre pasado, el Índice Global de Innovación 2025 (GII), elaborado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), volvió a destacarnos como líderes y referentes clave en América Latina y el Caribe, en aspectos trascendentales como investigación académica, infraestructura, sofisticación de mercado y conectividad digital.
Este logro tiene aún más trascendencia si se considera que el informe ubicó a nuestro país en el lugar 51 entre 139 economías de todo el mundo, superando el balance general de insumos y resultados a potencias continentales como Brasil y México

(que ocupan los puestos 52 y 58, respectivamente).
Entre los indicadores específicos con mejor rendimiento, Chile sobresalió en matrícula terciaria, tasa arancelaria aplicada promedio, gasto en software como porcentaje del PIB y capitalización de mercado.
El informe GII también subrayó los avances alcanzados en investigación y desarrollo, empleo intensivo del conocimiento, electromovilidad, robótica y solicitudes de patentes internacionales, resultados que para la subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales, Claudia Sanhueza, “son consistentes con los esfuerzos públicos y privados por consolidar el ecosistema nacional de innovación”.
“La permanencia de Chile como primera economía innovadora de América Latina y el Caribe, refuerza la importancia de continuar fortaleciendo la institucionalidad nacional en materia de innovación, articulando la política comercial con la agenda de ciencia, tecnología y emprendimiento. De esta manera, se abren mayores oportunidades para potenciar el talento, atraer inversión y facilitar la internacionalización de empresas innovadoras chilenas”, añade la subsecretaria Sanhueza.
EL VALOR DE LA RIQUEZA TERRITORIAL REGIONAL
Estos logros no son fruto de la casualidad, sino que representan la consolidación de un constante esfuerzo creativo realizado por un extenso ecosistema de emprendedores e innovadores, quienes tienen la energía y decisión para transformar sus sueños y visiones en oportunidades de negocio.
Tal esfuerzo, materializado en un camino de invenciones, fracasos, reinvenciones, ensayos, errores y voluntades puestas a prueba, hoy se traduce en


miles de emprendimientos exitosos a lo largo de todo el país, que en justicia y por mérito propio buscan ganar más espacio y reconocimiento.
Esto refleja, al mismo tiempo, una positiva dinámica de constante crecimiento en los ecosistemas de innovación regional, donde las riquezas naturales del territorio se unen a la creatividad de los em prendedores para dar forma a innovaciones impactantes, en sectores tan relevantes como telecomunicaciones, Inteligencia Artificial, robótica, educación, ciencia, tecnología y agroindustria, entre otros, que pueden impulsar el posicionamiento definitivo de Chile como potencia pro ductora y exportadora de conocimiento innovador.
Así lo considera Lorena Pacheco área de Innovación de CeTA Alimentos Zona Norte, quien comenta que “los ecosis temas regionales son los motores que permiten descentralizar el crecimiento y aprovechar las ventajas competitivas únicas de cada territorio”.

redes de cooperación donde interactúan la academia, el sector público y el privado, para generar soluciones que la Región Metropolitana no puede ofrecer por sí sola. “Lo fundamental del trabajo en estos ecosistemas es su capacidad para definir prioridades territoriales y establecer hojas de ruta claras, lo que permite que la inversión y el talento no se dispersen, sino que se enfoquen en generar impacto real y medible en la economía local y nacional”, añade.
En tal sentido, Pacheco enfatiza que estos ecosistemas no son solo “grupos de empresas o emprendedores”, sino auténticas

Opinión similar manifiesta Gonzalo del Río, director de la carrera de Ingeniería de la Universidad Santo Tomás, sede Concepción, y presidente del directorio de Ecosistema Biobío, quien destaca que “los Ecosistemas Regionales de Innovación y Emprendimiento son motores clave para el desarrollo económico de Chile, pues agilizan el crecimiento empresarial al fomentar la innovación e incentivar la creación de emprendimientos más sofisticados y de alto impacto. Esto es fundamental para diversificar la matriz productiva de los territorios y contribuir a agregar valor real, tanto a nivel regional como país”.
Esta relevancia estratégica también es resaltada por Julio Brintrup Caro, director ejecutivo del Centro de Innovación Regional de Los Lagos, para quien los ecosistemas regionales actúan como nodos de articulación de las distintas hélices que potencian el desarrollo de un determinado sector.
“Esto permite conciliar academia, servicios públicos, instituciones privadas, empresas y sociedad civil bajo un mismo marco de acción, donde las características geográficas y demográficas de cada región conllevan a que cada ecosistema regional sea una realidad distinta en sí, donde el modelo de desarrollo económico y productivo de cada región toma especial relevancia”, agrega.

una empresa pertenece a un ecosistema, aumenta en 5% el impacto y rentabilidad de su negocio; y si se dedica a negocios de impacto social e innovación, dicho aumento es de 5,9%”.
La ejecutiva también valora el impacto en materia de Networking que brinda participar en un ecosistema, el cual se traduce en nuevos prospectos, partners o colaboradores, debido a la exposición directa, y permite construir un Capital Social valioso. “Por esta misma razón, creamos como empresa un club privado que conecta a distintas empresas de nuestra base y articulamos sus negociaciones”, añade.

Por su parte, Estrella Vanessa Gómez Pereira , CEO de la consultora Estrella Click, que asesora a emprendedores en temas relacionados con escalamiento y desarrollo de oportunidades de negocio, realza la importancia de consolidar la asociatividad y el diálogo constructivo entre los integrantes de un ecosistema. “Según los últimos estudios financieros realizados por Finance Research Letters, Forbes, Diario Financiero y Trascendent -indica-, si
COMUNICACIÓN Y COLABORACIÓN: PRINCIPALES DESAFÍOS
A pesar del innegable aporte que hoy brindan los ecosistemas regionales de innovación y emprendimiento al desarrollo conjunto de la economía nacional, tanto en términos de asociatividad de esfuerzos creativos, como de apertura de nuevas oportunidades de negocio, en la actualidad aún persisten brechas y dificultades que impiden su evolución completa.

Un desafío que también reconoce el informe GII 2025, donde se plantea que si bien Chile figura en el lugar 43 en cuanto a recursos e inversiones destinadas a la innovación, también se ubica en el puesto 63 de los resultados concretos que estas acciones generan (Resultados de la Innovación).
Esta diferencia refleja que nuestro país todavía debe mejorar su capacidad de transformar el esfuerzo de los emprendedores y las condiciones favorables que genera la riqueza territorial, en más innovaciones tangibles y con impacto en la economía y la sociedad.
Escenario que se genera por la falta de oportunidades para el emprendedor, y el limitado diálogo constructivo que aún se mantiene con la academia, el sector público y las grandes empresas tradicionales.
Al respecto, Lorena Pacheco, considera que el principal desafío consiste, precisamente, en la articulación efectiva, pues “muchas veces existen los recursos, pero falta una alineación estratégica entre los actores”.
“A esto se suma la brecha en el acceso a financiamiento especializado en etapas tempranas y la necesidad de simplificar la burocracia estatal, cuya lógica centralista no siempre conversa con los tiempos y urgencias de las regiones”, agrega la jefa de Innovación de CeTA Zona Norte.
Amenaza que también visualiza Gonzalo del Río, quien agrega a la ecuación la necesidad de generar mayor visualización para los respectivos emprendimientos de cada ecosistema, “para lo cual se requiere consolidar redes dinámicas basadas en la confianza y la colaboración entre instituciones y personas”.
“A nivel operativo -precisa del Río-, necesitamos establecer una gobernanza o ‘grupo motor’ eficiente que lidere y canalice los esfuerzos hacia resultados concretos. En cuanto al posicionamiento, el reto está en crear canales de comunicación efectivos para difundir casos de éxito y lograr que los propios actores validen y reconozcan la identidad del ecosistema como una figura unificadora”.
Por su parte, Julio Brintrup recalca la importancia de impulsar una mayor tecnificación de la masa crítica de emprendedores, startups y MiPymes (micro y pequeñas empresas) que desarrollen innovación, pues “tenemos un ecosistema efervescente, pero donde debemos seguir trabajando para que la cantidad y calidad de soluciones que se generan sean más”.
“En ese punto -explica-, todos quienes somos parte de los ecosistemas debemos organizarnos para alcanzar dicho objetivo, motivando a quienes son relevantes y pueden estar más alejados”.
Brintrup también coincide en que se debe potenciar la colaboración al interior de cada eco-
sistema, “pues si bien somos abiertos a apoyarnos entre todos, debemos pensar y accionar de manera colectiva para (impulsar) proyectos de mediano y largo aliento”, concluye.
VALOR
DE LA RIQUEZA REGIONAL Todos estos factores permiten asegurar, con total certeza, que el valor del emprendimiento regional se ha consolidado como factor cada vez más clave para el desarrollo de la economía chilena. No solo en términos de generar nuevas oportunidades de negocio, sino también de abrir caminos atractivos para la innovación de base científico-tecnológica. Los ejemplos son cada vez más numerosos y valiosos, como lo demuestra, por ejemplo, el desarrollo de alimentos probióticos a partir de macroalgas y de bagazo de cerveza en la región de Valparaíso (gracias a los trabajos de la Escuela de Alimentos de la PUCV y del Centro CREAS, respectivamente); la valorización del orujo de uva para crear nuevos productos destinados a la industria avícola en la región de Biobío (gracias a estudios de la Universidad de la Frontera); la reutilización de descartes agroindustriales en la región de Maule (Innova Green) y de las empresas salmoneras en la región de Los Lagos (Tributo), para elaborar suplementos funcionales de alto valor nutritivo; y la fabricación de harinas nutracéuticas a base de algas marinas en Coquimbo (CeTA-AgroMar), entre muchos otros casos de éxito.
Un camino de valiosas innovaciones que confirman una realidad innegable y patente: el emprendimiento creativo no es solo característico de la capital, sino que cada día tiene más fuerza y trascendencia regional, gracias a la riqueza de nuestro territorio.
Sin embargo, quienes hoy emprenden en regiones enfrentan una paradoja que aún resulta incomprensible. A pesar de lograr soluciones de alto impacto y que pueden entregar aportes extraordinariamente valiosos para el posicionamiento de Chile como potencia exportadora de ciencia y conocimiento, no siempre tienen el apoyo que requieren y merecen. Pues gran parte de la atención mediática y comercial se centra en el área Metropolitana.
En ese sentido, Lorena Pacheco considera que la lejanía geográfica representa un desafío mayor para los ecosistemas regionales, “debido a la concentración histórica de capitales en Santiago”. Sin embargo, también está convencida de que esa narrativa está cambiando, “pues aun cuando el acceso a fondos de inversión es más directo en la Región Metropolitana, hoy las regiones ofrecen una proximidad estratégica y una cultura colaborativa más estrecha que es difícil de replicar en grandes urbes”.
Para superar en forma definitiva esa barrera geográfica, Pacheco estima que debe haber mayor democratización de la información. “Para que el ecosistema sea real, el acceso a las oportunidades debe ser equitativo para todos sus miembros, sin importar su ubicación geográfica”, indica.
“En nuestra región, por ejemplo, el desafío es romper la barrera de la conurbación y llegar a lugares más alejados, como la comuna de Río Hurtado, entre otras, pues no podemos hablar de un ecosistema exitoso si las herramientas de innovación no llegan al emprendedor rural con el mismo impacto que para quien está en la ciudad. De este modo, si fortalecemos la conexión entre estos territorios aislados y los mercados globales, tendremos más visibilidad nacional e internacional”, agrega.
Para Gonzalo del Río, en tanto, hoy es totalmente viable emprender desde regiones, gracias a políticas de descentralización, como la creación de los Comités de Desarrollo Productivo de Corfo en cada región. “La clave -recalca- está en seguir fortaleciendo los ecosistemas locales, para garantizar que las redes de conexión existan para los emprendedores, independientemente de su ubicación geográfica”.
Opinión con la que concuerda Julio Brintrup, para quien hoy emprender en regiones es menos complejo, “aunque todo depende mucho de la realidad de cada ecosistema regional, pues no es lo mismo emprender en Los Lagos que en Aysén, dado que el estado de desarrollo de cada ecosistema es muy distinto”.
A su juicio, la digitalización de las redes de apoyo ha facilitado el desarrollo de iniciativas desde regiones, aunque “el conocimiento previo, experiencia y vínculos que pueda tener una persona en otra región o país, acentúa mucho más las posibilidades de éxito de un negocio”.
Por su parte, Estrella Gómez considera que el principal desafío de emprender en regiones radica en la menor cantidad de recursos para lograr una buena cuota de mercado, aunque ello se compensa por la menor competencia para lograr un posicionamiento.
De todos modos, la experta en consultoría estratégica considera que cualquier empresa que desee ser exitosa, dentro o fuera de Santiago, debe integrar el I + D en su proyecto y “más que reinventar la rueda con tecnología ultra avanzada, debe estar atenta a los cambios, a las nuevas necesidades y a mantenerse activa dentro del ecosistema. Por eso nosotros integramos el departamento de I + D y de Check Out, donde ayudamos a los emprendedores a estar preparados para enfrentar todas estas variables”, manifiesta.

FORTALECER LAS REDES DE APOYO
Los expertos y protagonistas del sector, también coinciden en que parte importante del éxito de los ecosistemas regionales radica en fortalecer las redes de relacionamiento con los actores público-privados y académicos que pueden transferirles las herramientas necesarias para escalar y proyectarse a nivel nacional e internacional.
En tal sentido, Lorena Pacheco destaca que estas redes existen, pero su éxito depende de la voluntad de colaboración. “Hoy vemos una academia más volcada a la transferencia tecnológica y una industria regional que entiende que su sostenibilidad depende de la innovación local. Además, el sector público ha hecho esfuerzos importantes a través de Corfo y los Gobiernos Regionales, pero el paso definitivo se dará cuando todos estos actores se sienten a la mesa para ejecutar esa hoja de ruta común que mencionábamos, generando acciones reales y visibles”, enfatiza.
Pacheco también estima que con el apoyo correcto, los ecosistemas regionales pueden ser el gran motor del posicionamiento de nuestro país, como una potencia mundial exportadora de innovación y conocimiento, pues “Chile posee ‘laboratorios naturales’ que son la envidia del mundo”.
“Si logramos que los ecosistemas regionales transformen nuestros recursos naturales —como el sol del norte o el mar del sur— en tecnología aplicada y conocimiento exportable, dejaremos de ser un país que solo extrae materias primas. Además, con una estrategia de largo plazo, las regiones pueden

ser la cara visible de un Chile que exporta soluciones inteligentes al mundo, y donde se crea con talento de las mismas regiones”, agrega la jefa de Innovación de CeTA Norte.
Gonzalo del Río, en tanto, estima que las redes de apoyo interregionales se han ido desarrollando progresivamente, pero que “debemos seguir fortaleciéndolas para que todos aporten y se beneficien de la cadena de valor”.
“Por ejemplo -añade-, la academia (CFT, IP y Universidades) ha integrado la innovación y el emprendimiento en su infraestructura y estrategia, impulsada por las normativas de acreditación y las políticas de los ministerios de Ciencia Tecnología e Innovación, Economía y Educación. Por otro lado, el sector privado también ha comenzado a incorporar la innovación en sus procesos; de modo que hoy, la mayoría de las grandes empresas cuentan con áreas dedicadas y realizan esfuerzos de innovación abierta”.
El académico y presidente del directorio de Ecosistema Biobío considera que si se consolida este apoyo y relacionamiento transversal, los ecosistemas regionales podrán acelerar la innovación descentralizada, “lo que nos permitirá avanzar como país, resolviendo desafíos locales con potencial global y posicionándonos como exportadores de conocimiento desde los territorios”.
A su vez, Julio Brintrup considera que el modelo de red de apoyo actual es mucho más maduro, pero también advierte que cualquier perfeccionamiento futuro dependerá de quien tome la posta en cada región, territorio o comuna. “En ese contexto la clave
es poder guiar a los emprendedores en cómo y cuáles son las puertas correctas a golpear, según lo que se requiera”, comenta.
Brintrup cree que si estos pasos se dan de manera correcta, se podrá generar conciencia respecto de la necesidad de complejizar la matriz productiva y generar nuevas capacidades, innovaciones y servicios que nazcan desde una misma región, y que no sean “importados”.
“Hoy veo que eso avanza un poco más rápido, pues ya no hablamos solo de financiamiento a proyectos semilla, sino también de modelos de apoyo especializado a innovación como los Startup Labs, lo cual refleja que la inversión toma mayor protagonismo en el discurso, y plantea perspectivas interesantes de mayor desarrollo futuro”.
Un punto con el que coincide Estrella Gómez, quien destaca el aporte en materia de networking realizado por entidades como Made In Conce, Ecosistema Biobío, Warketing, Centro de Innovación Regional Los Lagos, Startup Chile, Startup Bio-Bio, Casa W, Incuba de la Universidad de Concepción e IF Chile, cuyos esfuerzos permiten el fortalecimiento de las redes de apoyo al emprendimiento regional y nacional.
La experta en consultoría también cree que los ecosistemas regionales serán claves para el liderazgo internacional de Chile, aunque para reforzar este trabajo “debemos impulsar nuevas normativas, sistemas de admisión y seguimiento de impacto, que nos lleven a medir adecuadamente el impacto regional y social de cada emprendimiento”.
LA IDENTIDAD COMO CARGA: EL “YO” EN LA ERA DE LA EXPOSICIÓN DIGITAL
POR VÍCTOR RODRÍGUEZ
Ingeniero en seguridad integral
Durante siglos, la pregunta por la identidad fue una pregunta abierta. No exigía respuestas inmediatas ni definiciones concluyentes. Era un territorio de exploración, no un formulario que completar. Ser alguien se comprendía como un proceso lento, tejido en el tiempo de la experiencia, en la tensión entre lo heredado y lo elegido. La identidad no era un producto terminado, sino un suelo provisorio desde el cual caminar. En el presente, esa pregunta se ha transformado en una exigencia. La identidad ya no se busca: se construye, se exhibe y se defiende. Se ha convertido en una obligación permanente del yo contemporáneo, sometido a la lógica del rendimiento, de la visibilidad y de la coherencia. “¿Quién eres?” ya no interroga por el sentido, sino que solicita una etiqueta clara, una narrativa reconocible, una pertenencia explícita. El desplazamiento es profundo: de la pregunta existencial a la declaración administrativa. La identidad, que alguna vez fue refugio, se ha convertido en una carga.
Esta transformación no ocurrió de un día para otro. Mucho antes de los algoritmos y las redes sociales, algunos pensadores advirtieron que la vida social exigía representaciones. Observaron que el individuo no se muestra igual en todos los contex-
tos, que ajusta gestos, palabras y actitudes según el escenario. Esa capacidad de adaptación no era vista como una falsedad, sino como una condición básica de la convivencia. Sin embargo, también reconocieron algo decisivo: la necesidad de espacios donde la representación pudiera suspenderse, donde el individuo pudiera retirarse del personaje y descansar de sí mismo.
Lo que caracteriza a nuestra época es la progresiva desaparición de esos espacios. La hiperconexión ha convertido casi toda experiencia en potencialmente pública. La intimidad se volvió porosa. El afuera ingresó en el adentro. La vida cotidiana quedó atravesada por una expectativa silenciosa: todo puede ser mostrado, todo puede ser compartido, todo puede ser evaluado. La consecuencia no es solo exposición, sino agotamiento. No el cansancio físico del trabajo, sino el cansancio ontológico de tener que ser alguien todo el tiempo.
A este desgaste se suma otro fenómeno más sutil: la pérdida del centro interior. Ya no basta con saber quién se es; hay que confirmar permanentemente esa identidad en la mirada ajena. El yo deja de orientarse desde una brújula interna y comienza a ajustarse a señales externas: aprobación, reconocimiento, pertenencia. La identidad se valida en tiempo real, como si necesitara un flujo constante de confirmación para existir, no existe sin respuesta. No se sostiene sin eco.


Esta externalización del yo produce una forma particular de ansiedad. El individuo no vive desde sí, sino desde la anticipación de cómo será percibido. La identidad se vuelve reactiva. Se moldea para encajar, para no desentonar, para no desaparecer del radar social.
Esta forma de vigilancia simbólica no se ejerce desde instituciones visibles, sino desde un espacio mucho más cotidiano. La mirada permanente que circula en los entornos digitales. Es allí donde la identidad se expone.
Hoy, el espejo ha cambiado de naturaleza, ya no refleja un rostro, sino audiencia, antes era un objeto de la intimidad: uno se miraba para reconocerse o para dudar de sí mismo. Ahora, el espejo es la pantalla. No nos miramos para saber quiénes somos, sino para gestionar como nos ven. La selfie no es un retrato, es un borrador de nosotros mismos que enviamos para aprobación social. El espejo ya no devuelve un rostro, sino una pregunta, este soy yo…. ¿O lo que quieren ver?
Poco a poco, el yo deja de ser una experiencia vivida y se transforma en una imagen gestionada.
Cuando esta lógica se profundiza, aparece una división interior. Un yo funcional, visible, correcto, adaptado; y otro yo más frágil, contradictorio, silencioso, que queda relegado. No se trata de una patología en sentido clínico, sino de una ruptura cotidiana normalizada. Lo que antes se reconocía como conflicto interior hoy se administra como estrategia de supervivencia. Mostrar solo lo aceptable, ocultar lo incierto, lo improductivo, lo que no encaja en un relato positivo.
Esta división no se vive necesariamente como tragedia, sino como hábito. Pero tiene un costo: el empobrecimiento de la experiencia. El yo oculto no desaparece; retrocede. Y en ese repliegue se acumula un malestar difícil de nombrar: la sensación de no estar del todo en la propia vida, de habitarla desde afuera.

La literatura captó esta fractura con una lucidez que la teoría apenas alcanzó después. Algunos escritores como Robert Musil en el “Hombre sin atributos” ya describía a un hombre que se sentía que su yo era un compendio de posibilidades no realizadas, o Fernando

Pessoa quien decía “no necesitó redes sociales para desdoblarse en múltiples poetas”; sabía que el yo era una ficción, pero que también la angustia surgía al no poder con todas estas máscaras a la vez.
Ellos y muchos otros intuyeron que el yo unitario era una ficción cómoda, pero limitada. Mostraron que somos múltiples, cambiantes, incluso contradictorios. El problema no es esa multiplicidad, sino la obligación de reducirla a una sola forma estable. La identidad cuando se rigidiza se convierte en una prisión de la potencialidad. No solo somos lo que somos, sino también aquello que dejamos de ser por no tener permiso interno o social para explorarlo.
De ahí surge una nostalgia particular, no dirigida al pasado, sino a lo posible. La nostalgia de lo que podría haber sido. Cada identidad fijada implica una renuncia silenciosa a otras versiones del yo. En una cultura que celebra la elección, rara vez se habla del duelo que toda elección conlleva.
Lo que realmente se ha erosionado en este proceso no es la autenticidad, concepto ya desgastado, sino algo más concreto: el derecho a la incoherencia. El derecho a cambiar de opinión, a no saber, a contradecirse, a tener días opacos. El derecho a no convertir cada experiencia en capital simbólico. La vida se ha transformado en un currículum existencial donde todo debe justificarse, optimizarse y mostrarse como significativo.
Incluso el descanso ha sido colonizado por esta lógica. Ya no se descansa: se “recarga”. Ya no se está a solas: se desconecta por un tiempo medido. Hasta la introspección se externaliza. Se reflexiona con dispositivos que registran, se medita con aplicaciones que cuantifican, se escribe sabiendo que alguien podría leer. La interioridad se vuelve performativa.
La paradoja es evidente: cuanto más nos mostramos, más nos ocultamos. Compartimos imágenes, opiniones y estados de ánimo, pero el núcleo de la experiencia; aquello que no se deja traducir fácilmente se vuelve inaccesible. Nos convertimos en administradores de nuestra identidad, mientras lo más vivo de nosotros se retira del escenario.
Tal vez el malestar contemporáneo no provenga de una falta de identidad, sino de su sobre exigencia. No de no saber quién se es, sino de no poder dejar de serlo. La identidad pesa cuando no admite pausa, cuando no tolera silencio, cuando no permite transformación lenta.
Salir de este agotamiento no implica destruir las máscaras ni renunciar a toda forma de representación. Eso sería ingenuo y peligroso. Implica, más bien, recuperar una relación consciente con ellas. Saber cuándo se usan y cuándo pueden soltarse. Permitir
pequeños momentos de suspensión del personaje: hacer algo sin documentarlo, pensar algo sin traducirlo, sentir algo sin clasificarlo.
Quizás el gesto más subversivo hoy no sea mostrarse, sino dejar de justificarse. Hay que recordar que antes de cualquier identidad declarada ya existíamos. Que el valor de la vida no depende de su coherencia ni de su rendimiento. Que no todo debe ser claro, ni productivo, ni visible.
La identidad deja de ser una carga cuando vuelve a ser una pregunta. Cuando recupera su condición de proceso y pierde la obligación de respuesta definitiva. Cuando se comprende como travesía y no como peso. En ese permiso para ser incompleto, cambiante y a veces contradictorio, se abre un espacio de alivio. Tal vez ahí, en esa humanidad sin currículum, resida uno de los últimos lujos posibles en la era del rendimiento existencial.



MCLUHAN EN CHILE
La detección electrónica se introduce por todas partes, sin consideración de la privacidad (sin miedo a exagerar, podría considerarse el caso Watergate como una instancia significativa de la lucha entre las tecnologías eléctricas y la conciencia puritana). La capacidad actual para rotar y procesar cantidades enormes de información hacen parecer el sistema electrónico de comunicaciones como un sistema nervioso extendido por todo el planeta.
JUAN RIVANO
POR ANTONIO VARGAS ROJAS
Profesor de Filosofía, magíster en Filosofía, U. de Chile
Afines de los años 60 y comienzos de los años 70, época caracterizada por intensas disputas político-ideológicas al interior de los recintos universitarios chilenos –conflicto que luego alcanzaría a todas las esferas, actividades y rincones del país–, la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, más conocida como Instituto Pedagógico o Pedagógico a secas, se ubicaba en la comuna de Ñuñoa, en la Av. José Pedro Alessandri a pocas cuadras de la Av. Irarrázaval. El recién llegado, luego de dejar atrás la entrada principal de dicha Facultad, se topaba con varios ca minos, a los que de vez en cuando, ni cerca ni lejos, se sumaban árbo les que entregaban un continuo fluir de aire fresco y de estiradas sombras, acompañadas por un desordenado ruido de hojas. Los

caminos conducían a diversas construcciones que conformaban los diferentes Departamentos en los que se ubicaban las variadas carreras pedagógicas. Eran antiguas casonas de cuatro pisos de color café semi-oscuro, de ventanales sobrios y delgados, circundadas por despejados caminos de piedras y césped, que en conjunto daban un toque de reposo y calidez. Algunos rumores que se escuchaban en ese entonces acerca de su pasado, decían que eran terrenos que alguna vez pertenecieron a una Congregación religiosa. Es en aquellos años ásperos que el profesor Juan Rivano Sandoval (1937–2015), Director y catedrático del Departamento de Filosofía del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, con su entusiasmo, su agudeza y su talento visionario, trae por primera vez al conocimiento de sus estudiantes el pensamiento de Marshall McLuhan (1911–1980), autor canadiense que, de ahora en
adelante, estará siempre presente en la numerosa obra del profesor Rivano.
Para algunos, la obra intelectual de este filósofo lo transforma en el pensador más importante desde Newton, Darwin, Freud, Einstein y Pavlov. Es el autor de una larga lista de libros que demuestran su preocupación y la profundidad de sus investigaciones: The Mechanical Bride (1951), The Gutenberg Galaxy. The making of Typographic Man (1962), Comprender los Medios de Comunicación (1964), Throngh the Vanishing Point (junto a Harley Parker, 1968), From Cliché to Archetype (junto a Wilfred Watson, 1970), Laws of Media: The New Science (junto a Eric McLuhan, 1988). Libros que conforman en gran medida su vasta obra, cuyas tesis hoy resuenan con más fuerza y vigencia que nunca, en un mundo sobrepasado por el impacto de sucesivas oleadas de innovación tecnológica. La última y rápida aparición de este pensador canadiense, la podemos encontrar en el Documental Beatles´64, en que esboza brevemente en forma sencilla y clara su teoría sobre los medios e implícitamente su tesis, acerca de que “el medio es el mensaje”.
EL IMPACTO DE LAS TECNOLOGÍAS
Ingresar en el copioso, alborotado, espacioso, extenso y muchas veces asombroso mar de ideas mcluhianas, es encontrarnos en primera instancia, con una concepción acerca de la importancia y desarrollo de las tecnologías, de su impacto sobre el hombre, su organización social y su función cognitiva. Técnicas que, de acuerdo a su concepción, al reemplazar a las antiguas técnicas, erradicaban también las antiguas estructuras socio-culturales que, producto del cambio tecnológico, habían quedado obsoletas. Dicha idea –como veremos– no está exenta de complejidades, especialmente si consideramos que durante veinte siglos nuestro entendimiento, nuestra manera de conocernos a nosotros mismos y nuestro entorno, ha sido establecido, desde verdades irrefutables, a partir de los griegos pasando por Sócrates, Platón y Aristóteles hasta los grandes filósofos de la época moderna.
Rivano, en su libro El pensamiento de McLuhan del año 1972, se refiere a la teoría de este autor en los puntos claves que singularizan y destacan el papel fundamental de la tecnología. Señala la fuerza de esta perspectiva en mostrar, exponer o exhibir la presencia activa de las tecnologías
en el fenómeno humano, social y cultural, con las enormes implicancias de su irrupción –con el paso del tiempo– de los nuevos ambientes o entornos tecnológicos que ellas traen, y que están presentes con cada invención, desde las primeras etapas de la historia del hombre. Leer a McLuhan bajo el itinerario del profesor Rivano significa esclarecer de qué manera McLuhan propone dejar atrás esa proeza: desalojar la manera como hasta ahora hemos entendido la realidad, la del hombre, del mundo y de las cosas. El interés sobre McLuhan traído por Rivano nos puso al frente de un pensador que se niega a tener un único, y solo único, punto de vista, ya que compromete sus propias convicciones: a saber, que el conocimiento requiere un abordaje en modo “mosaico”, multidimensional y no lineal, alfabético o mecánico, como es utilizado hasta ese instante. Debido a esto, las primeras lecturas sobre McLuhan que Rivano trasmite irán dirigidas, en primer lugar, a comprender el impacto de cómo las tecnologías causan modificaciones o cambios profundos en nuestras percepciones y en nuestras interacciones, lo que muchas veces llevado por su incomprensión produce conmoción, inquietud, pesimismo o desesperación, cuestión que constatamos tanto en el campo ideológico, filosófico, doctrinario, económico y social.
TECNOLOGÍAS Y ETAPAS SOCIALES
Comienza Rivano acercándonos a la lectura sobre los fundamentos de la teoría mcluhiana subrayando o, mejor dicho, ayudándose en primer lugar de los binomios totalización – dispersión; implicación –aislamiento; participación – separación. Para luego afirmar que la causa del salto o tránsito entre los opuestos del binomio es la invención de una tecnología, la irrupción tecnológica, provocando que los órganos sensoriales se organicen de diferente manera, según prevalezca uno de los extremos del binomio. Prevalencia que permitirá a McLuhan identificar tres etapas que dicen relación con el desarrollo de la sociedad desde sus inicios y que determina como formas sociales. Ellas son: etapa tribal o acústica, etapa alfabética o del individuo y etapa pos-alfabética o eléctrica (para luego, esta última, pasar a electrónica).

El primer salto, del mundo tribal al mundo alfabético, establece la teoría, es cuando el ojo se separa del oído y se produce principalmente, por la
invención del alfabeto fonético, agregándose posteriormente a dicha explosión tecnológica la invención de la imprenta. Rivano se refiere al respecto: “….Aquí, las tendencias ya aparentes de la introducción del alfabeto fonético adquieren una significación cada vez mayor. El libro impreso ofrece a todos, todo el saber acumulado y se agiganta la prolongación del ojo hacia el pasado y abarca todas las latitudes. Desaparece el coloquio, la lectura en voz alta; surge el lector aislado y se acentúan el individualismo y la interioridad” ( El pensamiento de McLuhan). Siguiendo con la combinación íntima y dinámica que hay para McLuhan entre tecnología y sensibilidad –ligazón que, en manos de este pensador, convertirá a las técnicas de ser meras herramientas o medios en ser extensiones del hombre, prolongaciones de un órgano sensorial o un conjunto de órganos sensoriales–, al crear una innovación tecnológica nuevos
entornos, por reacomodo sensorial demandará la invención de nuevas tecnologías, dando lugar al proceso a partir del cual McLuhan va a describir las características y desarrollo del cambio tecnológico. Con la incorporación de la enorme influencia de las tecnologías en el desarrollo del ser humano y la sociedad, emerge un nuevo punto de vista respecto del motor que impulsa a la sociedad y su desarrollo, tesis diferente a la de otros pensadores de lo social. Por ejemplo, a las tesis de Marx (consideradas por McLuhan como propias de una etapa mecánica y no eléctrica). Rivano, a propósito de ello, escribe. “ Según la manera de ver de McLuhan, las ideas de Marx y los marxistas corresponden a una sociología mecánica; Marx estaba levantando un programa de liberación del hombre mecánico en términos mecánicos en el momento mismo en que la tecnología eléctrica (que ciertamente no es marxista) iniciaba la eliminación del hombre y de la era mecánica ( El pensamiento de Mcluhan).
MEDIOS CÁLIDOS Y FRÍOS
En relación con el proceso de invención de nuevas técnicas que traen su ambiente y desalojan los de las técnicas anteriores, hay también en la teoría de McLuhan una distinción: habla de medios cálidos y medios fríos, distinción que tiene por propósito entender al grado de desarrollo y de convivencia de las tecnologías que, en cierto momento, caracterizan o están presentes en una sociedad. Un ejemplo cercano lo encontramos en el que se produce entre el cheque, “el viejo cheque” que aún de vez en cuando se utiliza, y la transferencia electrónica. Rivano, a propósito, dice: “La distinción frío–cálido expresa la convivencia y grado relativo de las formas tribales y alfabéticas dentro de una sociedad determinada. Las sociedades del mundo actual (salvo excepciones en África, Asia) son tan solo predominantemente tribales o predominantemente alfabéticas o, comparadas entre sí, más alfabéticas unas que otras. La oposición frío–cálido puede considerarse como principio dinámico de desarrollo tecnológico, como índice de esta destribalización y alfabetización, como termómetro cultural, patrón de producción, de programación” (El pensamiento de Mcluhan).
Un ejemplo claro de la distinción más arriba mencionada y que nos sirve como introducción, antes de entrar en el período eléctrico, es el que utiliza Rivano examinando la irrupción de la televisión, medio frío por excelencia, de la que dice lo siguiente: “La televisión se establece en el living con su espacio peculiar integrando a la familia como célula de un organismo gigantesco. La fórmula de este medio
de comunicación significa una nueva estructura de relaciones personales que se expresa en mil detalles de completación del mensaje: las opiniones, el disentimiento, la aceptación, el comentario, la crítica, el concierto, la divergencia en todos sus matices, van produciéndose en simultaneidad y en abierta charla junto al televisor: el close up no puede evitar y por el contrario impone la comparación entre lo que se dice y el rostro con que se dice… Se manejan los controles para fijar la imagen en busca del secreto patente… El mosaico de las estulticias no puede esconder por mucho tiempo lagunas; las cargas de la preocupación y el desaliento nadie puede ocultarlas cuando los rostros de los políticos están ahí para ser vistos ( El pensamiento de Mcluhan)
La llegada del período eléctrico, aquel que pone fin a la era alfabética, es cuando se utiliza la electricidad como medio de extensión del hombre.
Si entendemos la tecnología como extensión del ser humano, dicha afirmación se cumple en forma completa, en la era eléctrica, cuando se extiende el sistema nervioso central.
McLuhan opondrá las tecnologías mecánicas –que, en lenguaje de dicho pensador, son prolonga-
ciones del cuerpo y cuyos orígenes se ubican en los comienzos de la primera revolución industrial– a las tecnologías eléctricas, que luego varían a electrónicas donde destaca especialmente el computador, las que ahora son prolongaciones del cerebro del hombre, caracterizadas en el ejercicio computacional y por la cantidad y velocidad en el procesamiento de datos, cuyos impactos se pueden observar en el presente, y que podemos encontrar en el terreno industrial, económico, bélico, ideológico, social, cultural y político. Impactos que sacuden –podemos decir– a cada una de las tres dimensiones que Parsons señala en su teoría sobre la actividad humana. Rivano a propósito de ello, sostiene en su ensayo Totalización Tecnológica, escrito en el año 1973, que los medios eléctricos y su instalación a nivel mundial son una marejada o irrupción universal, totalizante, que da origen a un poderoso proceso de globalización que todo lo invade. Escribe: “La tecnología suministra el ariete y la forja de la totalización mundial. Mediante la eclosión tecnológica va levantándose una presión que rompe todas las normas locales y particulares de la organización social: la cultura, la idiosincrasia, la infraestructura, el aparato político, jurídico, militar, el


aparato completo de la organización local (provincias, países, continentes) ceden ante la presión sensiblemente inexorable de la eclosión tecnológica hasta el extremo de entrar casi a ciegas en la corriente, meros objetos de una potencia totalizadora que no obedece otros principio que el de su propia compulsión (Tesis sobre Totalización Tecnológica).
Rivano analiza esta irrupción técnica, marcada por un desarrollo vertiginoso a través de la historia, en materias tan relevantes como la carrera espacial; el entretenimiento masivo, la transformación de la escoria en materia prima, totalización y marginalidad, la economía de guerra, marginalidad y tercer mundo, la sociedad de consumo y la balanza económica del presupuesto, el ideologismo marxista, el intelectual marginal del tercer mundo, el enfoque marxista, las tecnologías de comunicación, el fenómeno de la información y desinformación, la conciencia, la relación individuo–colectivo etc.

una ciencia y una filosofía ( El Argumento Tecnológico”).
Se muestra, así, una cara optimista del argumento tecnológico, la finalidad de encontrar nuevas formas que den expresión positiva a los seres humanos a través de los nuevos ambientes tecnológicos. Efectivamente hay situaciones –no son difíciles de encontrar– de gran provecho para la sociedad, como son las que se refieren a la detección de fraudes y robos, en que se cruzan grandes volúmenes de información a enormes velocidades; a la transformación de la opinión pública de pasiva a activa en las nuevas plataformas comunicacionales, y también a los avances debido a los progresos de la irrupción técnica nuclear: en la medicina nuclear, en la investigación del cáncer, en la gestión de residuos, en la exploración espacial, en la generación de energías limpias, etc.
EL ARGUMENTO TECNOLÓGICO
El alcance y profundidad de las tecnologías, en su disruptivo impacto en los modos del pensar y quehacer humano en general, pasando por sus diversos cambios a través de la historia de sus innovaciones, período por período, encarnadas en sus diversas instancias: prealfabética, alfabética, industrial, postindustrial, nuclear y electrónica, es lo que se ha denominado en su conjunto el argumento tecnológico y que se considera en la actualidad una tendencia en la historia y en la filosofía.
Este argumento tecnológico no ha estado exento de furibundos acusadores que, desde la vereda humanista e ideológica, conforman el extremo opuesto al significativo avance de la tecnología y su propuesta de remoción de las formas mecánicas por los nuevos ambientes electrónicos. Sin embargo, frente a tan pesimista reacción, podemos establecer, sin temor a equivocarnos, que no se puede desconocer, que también hay nuevas posibilidades que se pueden desarrollar en los ambientes industriales y que de hecho se realizan. Rivano, a propósito, dice lo siguiente: “La sociedad industrial resulta un infierno tan completo para el retórico humanista común, que nadie puede entender como la sabiduría, la ciencia y el arte pueden florecer bajo estas condiciones. Pero, florecen. Hay un arte distintivo y dependiente de la sociedad industrial; y también una literatura,
Pero también está la cara más dura y atrevida del argumento tecnológico, la que recalca que para entender el impacto de las técnicas modernas y, también, para entender las nuevas coordenadas que traen –y por las que, de ahora en adelante, debemos aprehender la realidad– debemos reconocer que existe una gran distancia entre la postura del argumento tecnológico con la postura clásica, alfabética, ya que para el argumento tecnológico la racionalidad alfabética colapsa con la inclusión de las nuevas tecnologías electrónicas.
Rivano, a propósito de las técnicas de comunicaciones modernas y las nuevas condiciones tecnológicas, enfrentadas por los modos obsoletos, tradicionales y lineales del pensamiento y la creencia, expresa lo siguiente. “El uso masivo de tales técnicas ha posibilitado la entrega de enormes cantidades de información. Tal flujo de comunicaciones, que cubre el mundo completamente, no fue nunca soñado antes. La presión de este flujo sobre los modos habituales del pensamiento y la creencia tiene el efecto obvio de producir una explosión interna que los destruye. Resulta imposible exigir a los patrones lineales cuando la información alcanza tales niveles en cantidad y circulación. No podemos concatenar la información de acuerdo a las maneras lineales y racionales. Pero no es este solo un asunto de cantidad. La cantidad, por supuesto, es todo un problema en sí misma. Sin embargo, debemos agregar el asunto más problemático del contenido, la diversidad e inconsistencia de la información. La diversidad e inconsistencia de los contenidos de la información son, en último término, diversidad mundial

e inconsistencia mundial que, tal como aparece en los canales electrónicos de comunicación, liquidan factual y esencialmente las formas concatenadas del pensamiento y la creencia. El mundo, así como lo muestran los medios electrónicos, es lo incompatible sin resolución –diverso, incongruente, desconectado, discrepante y sin embargo muy real– por sobre y en contra de los patrones de la racionalidad común” ( El Argumento Tecnológico).
También es importante, y muy relacionado con lo anterior, el punto de vista de Rivano acerca del hecho de que la instalación de nuevos ambientes electrónicos dan lugar a contenidos opuestos y asuntos incompatibles sin producir choques paralizantes o que los opuestos se diluyan. Esto significa que los nuevos espacios de comunicación dan entrada a la contradicción, la incompatibilidad, la disparidad y la incoherencia, y que esto es parte de las propiedades de las tecnologías electrónicas. Se termina el camino único, uniorientado, se acaba la verdad única, inamovible. En conexión con ello, Rivano dice: “El significado del sistema de comunicaciones electrónicas puede ser entendido como la instalación de un ambiente, un espacio de comunicaciones o un sistema de canales en donde elementos que se oponen –contenidos dispares y asuntos incompatibles y dicotómicos–pueden circular sin colisión. Es esta una condición esencial: los espacios de comunicación electrónica proporcionan una entrada para la contradicción, la incompatibilidad, la disparidad y la incoherencia Y más que eso: uno podría decir que la naturaleza misma de las tecnologías aquí consideradas –las tecnologías electrónicas– requieren esencialmente la
coexistencia explícita de opuestos irreductibles. Bajo tales condiciones la mentalidad lineal se siente perdida; no puede encontrar un camino único y racional entre los datos incompatibles” (El Argumento Tecnológico).
Por último, en una época en que vivimos la detección electrónica de cualquier disposición pública, la pregunta es cómo las tecnologías electrónicas deben confrontar una mentalidad multidimensional. En otras palabras, la pregunta es cómo asume el argumento tecnológico la mentalidad multidimensional en que conviven los opuestos. El argumento tecnológico asume la inconsistencia como la clave misma de su alegato. La nueva mentalidad debe adecuarse a la inconsistencia. Los contenidos ahora deben se aprehendidos a través de un patrón distinto al establecido por el orden de la lógica secuencial alfabética. No olvidemos que las tecnologías eléctricas y luego las electrónicas sostienen la inutilidad del sentido de la forma alfabética, lineal, de interpretar el mundo: los contenidos actualmente deben ser aprehendidos en modo mosaico.
PALABRAS FINALES
Este artículo examina, a grandes rasgos, la forma en que es presentado por nuestro filósofo Juan Rivano el pensamiento de Marshall McLuhan. También hemos destacado la manera original –y harto infrecuente– con que Rivano acerca la Técnica a la Filosofía, con lo cual enriquece el discurso mcluhano. En otro de sus libros Rivano, tratando la relación Filosofía–Técnica, dice lo siguiente. “Es aquí donde adquieren significación para la filosofía las ideas de McLuhan. El lenguaje de la filosofía lingüística y


de los intentos heideggerianos no es más que una técnica de comunicación: la del alfabeto fonético y la escritura” ( La Vertebración de la Filosofía).
El pensamiento de McLuhan es un aporte que debe ser tomado en consideración para entender los tiempos actuales, que tanto dolor de cabeza, incertezas, variadas discusiones y confusiones nos provocan. Para colmo, es impresionante como la IA se ha transformado en el potencial de la tecnología a nivel global, expresión patente de la irrupción tecnológica. Perplejos, asistimos al avasallador auge de los modelos de IA que producen, por su parte, alarma social a escala mundial.
A propósito de lo anterior, leo lo siguiente: “Estamos en este momento en la cuarta revolución industrial, una fusión rápida y sistémica de los ámbitos físico, digital y biológico apoyada en la Inteligencia Artificial, la Ingeniería genética, la computación
cuántica y otras tecnologías. La escala, el alcance y la complejidad de su impacto será probablemente diferente a cualquier cosa que la humanidad haya experimentado antes. En conjunto causará cambios sustantivos en la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos unos con otros como prevé Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial” (Capitalismo, Jeannette Von Wolfersdorff).
La vigencia y validez del enfoque macluhano (introducido por Rivano en nuestro país hace ya más de cincuenta años) se afirman cada vez más con el paso del tiempo. No es necesario acudir a complejas comprobaciones, basta con mirar los noticieros. Su postulado determinista sobre el desarrollo y las transformaciones de nuestra sociedad corre con ventaja, con mucha ventaja, frente a otras perspectivas intelectuales que también aportaron en su tiempo, como las de Toynbee y Marx.
EL APORTE A LA DISCIPLINA HISTÓRICA DE JÜRGEN HABERMAS
“Avergüénzate de morir hasta que no hayas conseguido una victoria para la humanidad”
Jurgen Habermas
POR ÁLVARO VOGEL VALLESPIR
Historiador y profesor
Hace unas semanas —el 14 de marzo— falleció uno de los intelectuales más importantes de Europa. Se trata del filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, quien para muchos es el pensador más destacado de su generación y sin contrapeso en la segunda mitad del siglo XX en la historia alemana.
La filosofía siempre ha nutrido de manera generosa con aportes intelectuales a la disciplina histórica, pues tienen vastos puntos en común. En síntesis, el faro de la filosofía es una arista más que fundamental para los historiadores que se animan a un análisis que va más allá de los datos duros y se adentran en la reflexión sobre quiénes somos y hacia dónde vamos como sociedad. Con todo, Habermas es un descendiente predilecto de la posguerra y un referente obligado para el análisis del siglo pasado, sobre todo en el campo de la política, de la historia extraoficial y, por qué no, de la teoría de la historia. Para el año de su nacimiento, el paradigma capitalista y su escuela económica colapsaban tras el famosísimo “jueves negro”, poniendo en jaque la confianza de la población europea en el modelo y, más profundamente, en la democracia. Una genera-
ción completa no veía un punto de salida. Esta crisis bursátil puso en evidencia que el Viejo Mundo iba a dar un giro drástico que culminaría en una segunda guerra total —predecible tras Versalles—, aunque eran insospechadas algunas de sus consecuencias en el campo de las mentalidades. Hitler pavimentaba su llegada al poder a pasos agigantados; la caída de la bolsa y la manipulación de la prensa hacían que su partido creciera y que la República de Weimar tuviera sus días contados. Aquella fue la Alemania donde nació Habermas, una nación que caería en uno de los totalitarismos más dramáticos del siglo XX, aprovechando la idea del orgullo nacional y que repercutiría en su visión sobre la segunda posguerra, que desarrollaría este pensador poco ortodoxo en la Escuela de Frankfurt.
Este artículo no se tratará de filosofía; es un intento de rescatar los aportes de este filósofo al campo de la historia, algo que no es nuevo en estos pensadores que ayudan a generar amplitud en la metodología histórica, la cual siempre está en constante evolución. Por ejemplo, la visión de Arendt es ampliamente estudiada en las facultades de historia; por consiguiente, los historiadores se nutren de estos intelectuales, y Habermas no fue la excepción; al contrario, fue uno de los más influyentes.

HACIA EL CONCEPTO DE “DEMOCRACIA”
Quizás la vieja noción de “democracia” fue el hilo conductor de su obra. Era tal su importancia para él, que este concepto debía ser lo suficientemente desarrollado para domesticar al capitalismo a través de la razón y la inteligencia y así ejercer una democracia social participativa más allá del voto. Por cierto, Habermas era un pensador que buscaba la deliberación por excelencia: sus juicios y columnas no dejaban a nadie indiferente, y hasta sus detractores rescataban aspectos positivos de su postura, sabiendo que sus argumentos resultarían profundos y difíciles de esquivar.
No hay margen de duda de que Habermas prefería la democracia participativa y reflexiva de ciudadanos comprometidos, debido principalmente a las soluciones pragmáticas que requería un continente fracturado por la guerra. Debemos situar a este pensador, que vivió durante el régimen del Reich, del cual pensaba que era un sistema de gobierno que representaba “un retroceso a la barbarie”. Para él, la democracia debía ser lo más concreta posible, pues, si bien el nacionalsocialismo fue derrotado, esta caída solo se produjo en el campo militar, y aún había que luchar contra la idea intelectual y la historiografía alemana que apelaban al orgullo
nacional sin mayor reflexión. En concordancia con lo anterior, los juicios de Auschwitz y, más visible aún, el caso “Spiegel” provocaban en Habermas la necesidad de borrar todo vestigio nazi de la historia oficial. Habermas desarrolla, además, la democracia normativa, pues así, frente a conflictos, los ciudadanos llegarían a entendimientos pacíficos por medio del diálogo racional y libre, lo que abarcaría un cambio en la mentalidad.
Tras la evolución del concepto, Habermas incursiona más allá del voto y compromete a los ciudadanos hacia una “democracia radical”, es decir, de acción y compromiso, buscando acuerdos mediante el diálogo y pasando a una política deliberativa, procurando siempre que los medios y el poder no estuvieran por sobre las personas.
El aporte, en definitiva, es llegar a la conciencia del ciudadano, logrando un compromiso más profundo que un mero patriotismo tradicional y repetitivo: que la democracia no sea simplemente ir a votar, sino propiciar una participación activa más allá de decisiones puntuales. Con esto redefine el concepto de soberanía popular por sobre su concepción original —de la época de la revolución—, agregando aristas de otros pensadores de amplio espectro, incluyendo ideas marxistas contemporáneas a la época de Marx.
EL PODER DE LA PALABRA Y LA COMUNICACIÓN
Es evidente que Habermas vivió en medio de un siglo agresivo y en un continente beligerante. Esto lo convenció de que el valor de la palabra y la comunicación era, a la larga, una panacea para erradicar la violencia. Muchas veces la historia trata de buscar un sentido pedagógico: los historiadores no estudian el pasado por vanidad o por acumular fechas, sino para mejorar el presente y no cometer las mismas atrocidades de antaño. Quizás los libros de historia son leídos por pocos y el discurso de mejorar el presente queda atrapado en las estanterías. Es por eso que Habermas aportó a generar, de forma pragmática, soluciones reales a la sociedad por medio del poder del argumento, poniendo sobre la mesa la defensa de los derechos humanos como tarea de un sistema democrático, recuperando así la confianza perdida.
La comunicación y la deliberación son una contribución sustancial para la democracia, pues le dan mayor amplitud. Poder comunicarse mediante la palabra de forma precisa es, para este pensador, un aporte a la dignidad humana, ya que la comunicación efectiva es la piedra angular para la vida social pacífica de los pueblos.
Este poder de la palabra lo desarrolló en lo que fue su obra más importante, Teoría de la acción comunicativa (1981), donde resalta un significativo principio: “El lenguaje es el medio en el que los sujetos se reconocen mutuamente como personas capaces de hablar y actuar”. Con esto, el lenguaje deja de ser una abstracción teórica para pasar a ser una propuesta normativa, que, lógicamente, debe estar presente en las constituciones, modificando la idea del “Estado de derecho”. Todo se centra en que las sociedades, si privilegian el lenguaje, lograrán la razón y evitarán la imposición de intereses de sectores más reducidos.
El legado de Habermas es más profundo que una teoría, porque el medio escrito, en el caso de la historia —la historiografía—, va más allá de una simple forma de comunicación: es cuando, por medio del lenguaje, se logra una legitimidad política. Por ende, cuando se alcanza este nivel de entendimiento, también pueden cambiarse las metodologías de las ciencias sociales. Si la sociedad es capaz de alcanzar el entendimiento por medio del lenguaje y la razón, estamos frente a una sociedad que logra una igualdad efectiva y una independencia real.
Si miramos la actualidad, donde la IA puede ser manipulada, donde hay fragmentación de la información, noticias falsas y de fácil divulgación, volver a estudiar esta teoría de la comunicación podría llevarnos a recuperar el diálogo y dejar de lado las imposiciones.

EL HISTORIKERSTREIT O DEBATE DE LOS HISTORIADORES
Cuatro décadas después del fin de la Segunda Guerra Mundial se realizó un interesante debate en torno a la memoria histórica de la Alemania de la época de Hitler. Habermas discutía enconadamente sobre el sentido que le daba la historiografía oficial al Holocausto. La discusión la inició el historiador Ernst Nolte, cuando señaló que era hora de dejar el pasado “atrás” y contextualizar la historia reciente de Alemania dentro de un período histórico —sin que sonara a una justificación, suavizaba bastante ese período—. Para Nolte, si se consideraba el contexto completo, Hitler había realizado sus brutalidades motivado por el miedo y, por ende, debía ser racionalizado.
Habermas —horrorizado— respondió fiel a su teoría de la comunicación, dejando una enseñanza a los historiadores: hay que ir más allá de narrar el pasado sin reflexión y tener cuidado con el “uso público” que se le da a la historia. Su postura plantea un desafío: ¿solo recabamos datos para sustentar objetividad?, pero ¿cuándo los historiadores han partido sobre preguntas morales para relatar la historia? En el caso puntual del Holocausto, Habermas proponía buscar más puntos de partida para relatar la identidad alemana, analizando otros períodos históricos posteriores y condenando la revisión historiográfica centrada en un patriotismo nacionalista mal entendido.
Los dichos de Nolte minaban la democracia y la verdadera identidad histórica. Era necesario hacer un mea culpa sobre la barbarie de los campos de concentración: esa era la postura de Habermas, poner en el discurso la moral y dejar de ver solo acontecimientos. Su postura, a la larga, logró modificar sustancialmente la forma de escribir la historia en Alemania.

LA HERMENÉUTICA
Para los historiadores, la hermenéutica es fundamental porque permite interpretar las fuentes del pasado por medio de un método. Por supuesto, la lectura y el estudio de las fuentes han ido evolucionando con el paso del tiempo, los paradigmas y las nuevas escuelas históricas.
Para Habermas, la hermenéutica no debe limitarse a seguir la tradición oficial de datos y estadísticas sin mayor análisis, pues se corre el riesgo de caer en una lectura ideológica, conservadora e incluso con nulo sentido histórico. La hermenéutica debe generar siempre una praxis liberadora, eliminando las especulaciones meramente académicas y reconociendo moralmente al otro como sujeto protagonista de la historia. Por ende, la lectura debe ser crítica y enfocarse en el ser humano en su dimensión social más amplia.
ENTERRANDO EL POSITIVISMO EN EL ANÁLISIS DE LA HISTORIA
No es nuevo este punto: el aporte ya lo realizaron también los historiadores de los Annales, pero no es menos importante para Habermas, pues el positivismo histórico de la vieja escuela es, en suma, una recopilación de datos sin análisis ni contexto. Con esto, generaba una crítica al método científico tradicional de la historia, muy similar al de las ciencias naturales, ya que no se detiene en los problemas humanos. Por consiguiente, este pensador desarrolla la querella del positivismo (Positivismusstreit).
¿De qué se trata? de manera sencilla, no es compatible que el análisis de las ciencias sociales —y la historia en particular— sea empírico en exceso, pues se descuida la concepción crítica del ser humano. En el fondo, la objetividad medida solo en datos estadísticos ignora la subjetividad humana que hay tras un acontecimiento histórico. La historia debe ser más amplia que su concepción política: debe tener una mirada antropológica, económica, geográfica y sociológica, entre otras.
No es que niegue de forma tajante el positivismo; más bien lo reinterpreta y propone un ideal racional en su manera de entenderlo, pues ahora es necesario —según Habermas— que la razón se imponga sobre lo sensible. Por lo tanto, el conocimiento debe ser racional y no meramente estadístico, como en el positivismo de Comte que a esas alturas del siglo ya debía ser superado.
PALABRAS FINALES
La muerte del filósofo es lamentable desde muchas aristas, pero resulta doblemente trágica por-
que se mantenía muy lúcido a sus 96 años; incluso alcanzó a estudiar el vigente conflicto entre Rusia y Ucrania. Sin embargo, hay que verlo con los ojos del siglo XX —aun cuando siguió vigente en el XXI—, puesto que su principal teoría de la comunicación la desarrolló ad portas del fin de la Guerra Fría. Es un genuino hijo de la posguerra y supo ver los errores de la historia alemana — en sus propias palabras, el gobierno del Führer fue un período criminal—, aun cuando esto le generó desencuentros, como fue el caso del historiador Ernst Nolte.
En definitiva, dentro de sus contribuciones se encuentra la evolución de la democracia moderna, la cual fue desarrollada en su globalidad. Fue una mente brillante, que mantuvo agrios debates y se ganó numerosos detractores entre los intelectuales más destacados del siglo pasado. También identificó rasgos de fascismo en movimientos de izquierda, sobre todo en la gran revuelta estudiantil del 68 —“seamos realistas, pidamos lo imposible”—.
Su obra magna no es otra que la teoría de la comunicación por medio del lenguaje, que buscó, en síntesis, ser un manual de acción para la sociedad moderna. A pesar de que Europa fue campo de batalla de dos guerras cruentas sin precedentes, se mostró pesimista respecto de las lecciones aprendidas y, probablemente, anticipaba nuevos escenarios de conflicto, pues sostenía que las élites occidentales seguían bajo la lógica del más fuerte y, en definitiva, de la guerra. Para él, la guerra entre Rusia y Ucrania va más allá de las tensiones entre ambas naciones: detrás de ello hay una Europa corresponsable que debe, hoy más que nunca, volver a lo más elemental del ser: el diálogo reflexivo orientado al entendimiento.

PUGLIESE, EL MÁS VANGUARDISTA DE TODOS
POR EDGARD “GALO” UGARTE
Licenciado en Teoría de la Música Universidad de Chile, cantautor, compositor y guitarrista
Cuando hablamos de la vanguardia del tango, se nos vienen a la memoria personajes como Piazzolla, Salgán y Rovira. Sin embargo, la vanguardia del tango comenzó mucho antes. Antes de las disonancias del quinteto o de la sofisticación de “el Club del 45”, existió un pianista y compositor que dictaba una ética de trabajo y de sonido que permitió que todo lo posterior fuera posible. Fue un maestro que supo llevar al género a nuevas dimensiones estéticas, innovando la estructura de la orquesta típica pese a la resistencia de los sectores más conservadores. Poseedor de un espíritu inquebrantable y profundamente político, posicionó a la música ciudadana en escenarios de una dignidad artística inédita, convirtiendo la síncopa en un manifiesto de soberanía cultural. Nos referimos, por supuesto, al gran Osvaldo Pugliese.
EL HIJO DE VILLA CRESPO Y SU “RECUERDO”
Osvaldo nació el 2 de diciembre de 1905 en el barrio de Villa Crespo, Buenos Aires, en un hogar donde la música era el lenguaje cotidiano y el motor de la identidad familiar. Su padre, Adolfo Pugliese, era un flautista aficionado que conocía bien los códigos del tango de la Guardia Vieja y las noches del Palais de Glace, esos lugares donde el género aún gateaba entre la elegancia y el arrabal. Fue Adolfo quien le entregó primero un violín, pero con la sabiduría práctica de quien conoce el mercado laboral de la música, le aconsejó cambiar al piano: “Violinistas sobran, ponete a estudiar el teclado para que siempre tengas un lugar en la fila”. Esa sugerencia técnica, casi un mandato de supervivencia, cambiaría para
siempre la arquitectura sonora del tango. Bajo la tutela de maestros como Vicente D’Agostino, el joven Osvaldo absorbió la disciplina académica del piano clásico, pero su verdadera escuela fue la vibración de la calle y el silencio de los cines. A los quince años ya trabajaba profesionalmente en el “Café de la Chancha” y poco después se integró a la agrupación de “Paquita” Bernardo, la primera bandoneonista de renombre, donde aprendió que el tango se toca con el peso de los hombros. Su formación se terminó de pulir en la oscuridad de los cines de películas mudas, donde debía improvisar durante horas para acompañar las imágenes proyectadas; esa necesidad de narrar a través del ritmo le dio una elasticidad narrativa y una capacidad de generar atmósferas que luego aplicaría en cada uno de sus arreglos orquestales.
En 1924, con apenas 19 años, compuso “Recuerdo”, una obra de una madurez armónica y melódica tan avanzada que dejó atónitos a los músicos consagrados de la época. La historia cuenta que la melodía le surgió en un tranvía y, al mostrarla a sus amigos del barrio —aquellos cinco quinieleros que eran su primer tribunal estético— estos supieron que estaban ante algo superior que no se parecía a nada de lo que sonaba en la radio. Julio de Caro, el gran renovador de la época, no tardó en grabarla, legitimando a Pugliese no solo como un pianista, sino como una de las mentes más brillantes y disruptivas de su generación. “Recuerdo” no fue solo un tango más; fue el plano arquitectónico de un músico que se negaba a la comodidad de lo previsible.
EL ALUVIÓN DE LAS ORQUESTAS Y EL OFICIO DEL BARRIO
Durante la década de 1930, Buenos Aires vivió una explosión creativa y comercial sin precedentes:

el llamado “aluvión” de las orquestas típicas que definió el estándar de oro del género. El tango se profesionalizó al máximo y la competencia por el favor del público en los salones de baile era de una ferocidad técnica absoluta. En este ecosistema, Pugliese convivía con directores de la talla de Francisco Canaro, Roberto Firpo o Juan D’Arienzo, el “Rey del Compás”. Cada orquesta buscaba un sello distintivo, un color de fila o un estilo de marcación que las hiciera reconocibles al primer compás, obligando a los directores a ser tanto músicos como estrategas de la identidad sonora. El oficio en esos años era de una exigencia física y mental total, donde la música se validaba en la respuesta del bailarín. Pugliese y su primer cantor emblemático, Amadeo Mandarino, forjaron su temple recorriendo los clubes de barrio en condiciones que hoy parecerían inverosímiles para músicos de su nivel. Era una rutina común terminar una actuación central en la calle Corrientes para luego viajar a la periferia y ofrecer la orquesta mesa por mesa en los clubes sociales, cerrando fechas de fines de semana para asegurar el sustento de la cooperativa. Esta conexión directa con la realidad de los barrios,
lejos de las luces de la fama efímera, le permitió a Don Osvaldo entender el pulso de la gente y la importancia de mantener una sonoridad que fuera, ante todo, honesta.
En este mercado saturado de propuestas comerciales, Pugliese tomó la decisión política y estética de no seguir las modas simplistas de la época que buscaban el éxito fácil a través de melodías pegajosas. Mientras otras orquestas suavizaban su sonido para hacerlo más “de salón” o más apto para el consumo masivo, él profundizó en una estética de mayor peso rítmico, explorando los registros graves del piano y la densidad de las cuerdas. Esa decisión de mantenerse fiel a su búsqueda artística, priorizando el carácter del arreglo y la tensión dramática por sobre la facilidad melódica, fue lo que le permitió construir una base de seguidores que no buscaban solo entretenimiento, sino una experiencia musical profunda que hablara de su propia realidad.
“EL TANGO ESTÁ PRESO”
A mediados de los años 30, en medio del clima convulso de la Guerra Civil Española y el auge de las ideologías sociales, Pugliese formalizó su mili -
tancia en el Partido Comunista. Esta decisión ética permeó toda su carrera y su vida privada, no como un discurso panfletario en sus letras, sino como una forma radical de organizar su vida artística y laboral. En 1939, tras su paso por diversas formaciones, fundó su orquesta definitiva bajo el modelo de cooperativa de trabajo, donde cada integrante tenía voz, voto y una participación equitativa en las ganancias. Esta estructura democrática, inédita en un mundo de directores autoritarios, generó una cohesión humana y un “fiato” musical que se percibía en la precisión casi telepática de la agrupación.
Su compromiso político le trajo como consecuencia inmediata la persecución, el acoso policial y la proscripción constante por parte de los diversos gobiernos de turno. Durante años, Pugliese tuvo prohibido anunciarse en la prensa escrita o aparecer en las radios nacionales; su nombre simplemente desapareció de los medios oficiales como si no existiera. Sin embargo, su fama y su leyenda crecieron exponencialmente gracias al boca a boca de sus seguidores. El público se encargaba de difundir sus presentaciones de forma clandestina, pasando el dato de oído a oído, y los locales se llenaban a reventar sin necesidad de un solo afiche en la calle, demostrando que la lealtad popular es más fuerte que cualquier decreto de censura.
Fue en estos periodos de encierro forzado cuando nació el mito del clavel rojo, un símbolo que trascendió la música para convertirse en un ícono de la resistencia cultural. Cada vez que Don Osvaldo era encarcelado por sus ideas, la orquesta se negaba a suspender las funciones programadas; los músicos se subían al escenario, abrían el piano de cola pero lo dejaban vacío, sin nadie en la banqueta. Sobre las teclas blancas y negras colocaban un solo clavel rojo como testimonio de su presencia espiritual y de la unidad inquebrantable del grupo frente a la represión. “El tango está preso” se murmuraba en las milongas porteñas, y el silencio respetuoso del público ante ese piano mudo se convirtió en uno de los actos de soberanía cultural más potentes y emotivos de la historia del arte argentino.
LA REVOLUCIÓN DE LA
“YUMBA”
Y LA VANGUARDIA EN SILENCIO
Hacia 1946, tras años de experimentación técnica y de asimilar la herencia rítmica de maestros como Pedro Maffia, Pugliese consolidó finalmente el hallazgo rítmico que lo diferenciaría de todas las orquestas de la historia: la “Yumba”. Como arreglista, entendió que el piano no era un instrumento de acompañamiento,


sino un motor de tracción que debía empujar a toda la sección rítmica con la fuerza de una biela industrial. El sonido del arrastre en los graves (yum) seguido del acento seco y agudo (ba) creaba un pulso hipnótico que no era un mero adorno, sino una nueva forma de entender la acentuación dinámica en el tango. Tras la Yumba, llegaron composiciones de una complejidad técnica asombrosa como “Negracha” y “Malandraca”, que expandieron las fronteras armónicas del género. El nombre de “Negracha” fue un homenaje directo a las “Morochas”, un grupo de seguidoras negras de la orquesta que bailaban con una cadencia especial, reconociendo esa raíz rítmica africana que conecta al tango con el candombe original. Estas obras rompieron con la cuadratura tradicional del 4/4, introduciendo síncopas violentas y variaciones dinámicas que exigían a los músicos una ejecución técnica que rozaba lo sinfónico, elevando el estatus de la orquesta típica a niveles de excelencia nunca vistos.


Es aquí donde Pugliese enfrentó la misma resistencia estética que años más tarde enfrentaría Astor Piazzolla, pero con una actitud de humildad y silencio que desarmaba a sus críticos. Mientras Astor era un polemista que necesitaba el estruendo mediático para validar su ruptura con el pasado, Don Osvaldo practicaba una vanguardia silenciosa, sin hacer aspavientos ni buscar el titular escandaloso. Siguió haciendo lo suyo con una tranquilidad monacal, dejando que la música hablara por sí sola y permitiendo que la evolución ocurriera de forma orgánica desde adentro de la tradición. Esa resistencia sin ruidos fue la que permitió que incluso los sectores más conservadores terminaran rindiéndose ante la evidencia técnica de su genio, aceptando la modernidad de Pugliese como una evolución natural y no como una traición.
LA MÍSTICA DE LOS SEGUIDORES Y EL GRITO DE JUSTICIA
Con la consolidación de su estilo en la década de 1950, el fervor popular por la orquesta de Pugliese alcanzó niveles de una mística casi religiosa que trascendía lo musical. Los seguidores no eran simples oyentes; formaban verdaderas “barras” que militaban el sonido de la orquesta con una lealtad que se heredaba de padres a hijos. Fue en este contexto de devoción popular donde surgió el grito que se volvería leyenda y mandato: “¡Al Colón, al Colón!”. No era un eslogan de marketing, era una demanda colectiva de justicia para que la música que nacía del asfalto fuera reconocida en el máximo templo de la cultura académica argentina.
Existían grupos como la célebre “barra de la curita”, compuesta por hombres que se pegaban un adhesivo en la mejilla para identificarse con el sonido recio, tajeado y potente de la orquesta de Don Osvaldo. Sus admiradoras no se quedaban atrás, luciendo bandas con los nombres de sus tangos favoritos como si fueran reinas de belleza de una nación musical paralela, otorgándole a la agrupación una importancia institucional que los medios oficiales le negaban. El grito de “¡Al Colón!” se convirtió en un símbolo de orgullo ciudadano, el reclamo de una generación de trabajadores y estudiantes que sentían que su arte tenía la misma estatura y dignidad que cualquier ópera europea.
Esa conexión emocional se volvió indestructible frente a los años de censura y proscripción que sufrió el maestro. El público sentía que, al defender a Pugliese, estaba defendiendo su propia voz y su derecho a la excelencia artística en un mundo que
los quería sumisos. Aquella demanda gritada en los clubes periféricos y en los salones de lona era el motor invisible que mantenía a los músicos ensayando con un rigor casi religioso durante horas, puliendo cada fraseo y cada silencio, preparándose para el día en que la síncopa finalmente conquistara el escenario que el pueblo les exigía reclamar por derecho propio.
EL SUEÑO CUMPLIDO Y EL LEGADO DEL
“SANTO”
La profecía se cumplió finalmente en diciembre de 1985, cerrando una de las heridas históricas más profundas de la cultura argentina. Aquella noche, el Teatro Colón dejó de ser un sitio exclusivo de la élite para llenarse de las manos callosas y los rostros del barrio que habían seguido al maestro durante cincuenta años de proscripción y silencio radiofónico. Fue el momento en que el tango de Pugliese fue consagrado oficialmente en el templo máximo de la música, demostrando que la vanguardia popular puede conquistar cualquier espacio. El clímax llegó cuando los veteranos de la orquesta subieron al escenario para tocar “La Yumba”, fundiendo décadas de lucha y arte en un rugido sonoro que hizo temblar los cimientos del teatro.
Pugliese, con su humildad habitual que rayaba en lo ascético, se definió allí simplemente como “un tornillo de la máquina”, demostrando que su grandeza no radicaba en el ego individual, sino en la capacidad de ser parte de un proyecto colectivo. Tras su fallecimiento el 25 de julio de 1995, su figura se elevó definitivamente a la categoría de mito y protector de los artistas. Hoy se le conoce como “San Pugliese”, el amuleto de los músicos para alejar la mala suerte y atraer la inspiración; no hay estudio de grabación o camarín en Buenos Aires que no tenga una pequeña estampa de Don Osvaldo sonriendo desde su piano.
Su influencia es tan vasta que el tango moderno le debe cada silencio, cada arrastre y cada acento dramático al piano de este hombre que nunca claudicó. Este recorrido por su arquitectura rítmica y su inquebrantable ética del oficio nos permite entender que la verdadera vanguardia no es aquella que rompe por romper, sino la que profundiza en la raíz hasta encontrar una verdad universal. El legado de Don Osvaldo seguirá siendo una lumbrera para quienes aún creemos en la soberanía de la música que nace de la honestidad y el respeto por el sonido propio, recordándonos que el tiempo, al final, siempre le da la razón a quien toca con el alma y no con el mercado.
LA INFANCIA EN TIEMPOS DE GUERRA:
EL CINE COMO RESISTENCIA Y MEMORIA
POR ANA CATALINA CASTILLO IBARRA Académica, magíster en Literatura, diplomada en Historia y Estética del Cine
En la historia del cine, múltiples son las obras que protagonizadas por un niño o una niña han hecho patente la devastación de la guerra. Por eso, a propósito de la reciente y aclamada película La voz de Hind Rajab (Kaouther Ben Hania, 2025), resulta iluminador volver sobre dos hitos fundamentales: La infancia de Iván (Andrei Tarkovski, 1962) y La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988). Aunque distantes en contexto, lenguaje y soporte, las tres piezas convergen en una misma operación: inscribir la infancia en el corazón del horror y evidenciar el fracaso del entorno adulto como ente de resguardo y contención.
Así, cuando todo parece indicar que el mundo permanecerá en guerra, el arte se erige como el encargado de sublimar ese horror, de provocar la reflexión y reivindicar la memoria como forma de resistencia. En estas tres importantes obras, el cine —a través de su lenguaje de imágenes y sonidos— no representa la guerra de manera directa, sino que la hace visible en sus huellas, en sus estragos sobre cuerpos y afectos: en la infancia herida.
Para su ópera prima, el célebre director Andrei Tarkovski adaptó un relato breve de Vladimir Bogomolov titulado Iván y lo hizo alejándose de lo que esperaba el régimen soviético imperante por esos años. En su





versión titulada La infancia de Iván no hay escaramuzas, disparos ni sangre, pero desde el título deja claro el sinsentido de la guerra, construyendo una paradoja: lo que se nos muestra son los esfuerzos por sobrevivir de un niño que ha perdido su infancia. Entonces, eliminando casi por completo la visión directa del combate, Tarkovski se concentra en sus consecuencias, por lo que seguimos a Iván, un chico huérfano de 12 años, que durante la Segunda Guerra Mundial reelabora de algún modo su duelo, poniéndose al servicio de los militares y viéndose relegado a revivir la infancia arrebatada, solo en sus sueños.

La genialidad de Tarkovski se hace patente en el tratamiento de la imagen, en cómo genera contraste significativo entre luces y sombras. A ello se suman las secuencias oníricas: los cuatro sueños de Iván, luminosos y abiertos, donde la figura materna y la naturaleza configuran un espacio de refugio ante la armonía perdida. Estas imágenes no funcionan como simple evasión, sino como los vestigios del imaginario infantil que resiste a su aniquilación. En contraposición, la vigilia muestra a un niño endurecido, casi deshumanizado, absorbido por la lógica de la guerra y el afán de venganza. Al respecto, cabe destacar la notable actuación de Nikolái Burliáyev, cuyos gestos y miradas cambian de manera brutal según si está en la vigilia o el sueño. Así, la película articula una tensión constante entre memoria y presente: la infancia subsiste solo como imagen, como recuerdo fragmentado, mientras el cuerpo del niño es arrastrado hacia la violencia. Y no hay épica en esa lucha por resistir, sino solo debilitamiento físico y anímico. En suma, el impacto de una guerra que él no eligió. Por su parte, La tumba de las luciérnagas, joya de la animación dirigida por el legendario cineasta nipón Isao Takahata y producida por Studio Ghibli, despliega una estrategia distinta, aunque igualmente devastadora. Ambientada en el Japón de 1945, la película sigue a los hermanos Seita y Setsuko, dos infantes huérfanos. El primero es un chico de catorce años que queda a cargo de su hermanita de tan solo cuatro en un entorno marcado por los bombardeos y
el colapso social. Construida in extrema res, el tono se establece con la frase inicial de la voz en off de Seita: “El 21 de septiembre de 1945 fue la noche en que morí”, instalando así un ejercicio de memoria y anunciando que lo que sigue es una historia de dos seres que en los albores de su vida ya caminan en medio de la muerte. A pesar de eso, la obra de Takahata se enfoca en la narración de una historia de amor fraternal, que busca construirse espacios lúdicos y amorosos en medio de la mezquindad alrededor. En una entrevista concedida a un diario español, el maestro japonés declaraba que disfrutaba de los “placeres pequeños”, como un rayo de sol por la mañana. Esa mirada está presente en La tumba de las luciérnagas , pues justamente, en medio del horror y la incertidumbre, Seita y Setsuko disfrutan, por ejemplo, de un baño en el mar.
Descartando toda vinculación entre la animación y las audiencias infantiles, el brillante maestro japonés decide no suavizar la tragedia, sino que solo se permite estetizarla. Así, La delicadeza del trazo y el uso de colores cálidos, especialmente en las escenas nocturnas con luciérnagas, por ejemplo, construyen un contraste radical con la crudeza de la historia. Las luciérnagas, efímeras y luminosas, se convierten en una metáfora visual de la vida de los niños protagonistas: fugaz y condenada a extinguirse. No obstante, cada tanto nos golpea con las reflexiones adultas de la pequeña Setsuko. Porque cuando la niña se pregunta “¿por qué las luciérnagas tienen que morir tan pronto?», formula una pregunta exis-
tencial. Y mientras reflexiona en voz alta, cava una tumba para los insectos, y remata con la frase que nos rompe el alma: “Mamá también está dentro de una tumba, ¿verdad?”.
Hasta aquí, hemos constatado que, a diferencia de Iván, cuya subjetividad se fragmenta en sueños, los hermanos sostienen su humanidad en el vínculo afectivo. Aun en el contexto de guerra, hambrientos y enfermos, el juego, el cuidado mutuo y la invención de pequeños espacios de intimidad funcionan como formas de resistencia, y el establecimiento de simples rituales domésticos preservan de algún modo la estabilidad mental de los pequeños. Sin embargo, el deterioro es inevitable. La película muestra con precisión cómo la guerra no solo destruye cuerpos, sino también las condiciones mismas que hacen posible vivir la infancia.


La voz de Hind Rajab introduce un desplazamiento decisivo: del terreno de la evocación al de la reconstrucción de un hecho real reciente. La directora tunecina Kaouther Ben Hania opta por el docudrama para recrear el caso de una niña palestina de cinco años atrapada en medio de un ataque en Gaza. Sin embargo, el elemento más perturbador no es visual, sino sonoro: la voz que pide ayuda es auténtica. A base de las grabaciones de los miembros de la organización humanitaria, Sociedad de la Media Luna Roja Palestina (PRCS), la directora de este docudrama recrea las conversaciones que los voluntarios sostuvieron durante tres horas para calmarla mientras la niña esperaba la llegada de la ambulancia que iría a rescatarla mientras solo ella respiraba; el resto de los ocupantes del automóvil ya habían sido alcanzados por las balas.
En este caso, el cine no solo construye imágenes, sino que pone en circulación un archivo sonoro que funciona como evidencia. La voz infantil deja de ser un recurso narrativo para convertirse en una interpelación directa al espectador. A diferencia de Tarkovsky y Takahata, donde el horror se sugiere o se reelabora estéticamente, aquí irrumpe sin mediación: es el presente de la catástrofe, no su recuerdo. Esa voz tenía nombre y apellido, no es solamente un dato dentro de la obscena lista de niños y niñas asesinados en los conflictos bélicos más recientes.
Un elemento común a las tres obras es la decisión de mantener la guerra, en gran medida, fuera de campo. No hay batallas espectaculares ni heroísmo. La violencia se manifiesta en el hambre, el miedo, la soledad, la destrucción del entorno cotidiano. El sonido —disparos lejanos, bombardeos, silencios densos o una voz que suplica— adquiere un rol fundamental en la construcción de esa presencia ausente.
De este modo, el cine desplaza la atención desde la acción hacia la percepción: lo que importa no es la guerra en sí, sino cómo se experimenta y cómo transforma la realidad de quienes la padecen, especialmente los niños. Lo cotidiano se vuelve extraño; el hogar, un espacio inseguro; el futuro, una imposibilidad.
La voz de Hind Rajab obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Venecia, el Premio del Público en San Sebastián y la nominación a Mejor Película Internacional en los Premios Óscar 2026. Su directora, Kaouther Ben Hania, manifestó en Venecia: “El cine no puede devolverle la vida a Hind, ni puede borrar la atrocidad cometida contra ella. Nada puede restaurar lo que se le arrebató, pero el cine puede preservar su voz, hacerla resonar más allá de las fronteras”.



Curiosamente, fue en ese mismo festival, donde La infancia de Iván obtuvo el León de Oro en 1962. Respecto a su obra, Tarkovski expresa en Esculpir el tiempo que hizo la película “como un examen que aseguraba mi derecho a trabajar de modo creativo” en lo que él siempre consideró “la más verídica y poética de todas las artes”. A pesar de la desolación que causan estas tres obras sobresalientes, resulta pertinente quedarse con las palabras de Isao Takahata: “Con mis historias trato de animar a la gente a que vivan sus vidas de la forma más intensa posible, que sean la mejor versión de sí mismos y no se dejen distraer por bagatelas como el dinero o el prestigio”. La película es considerada por afamados críticos como Rogert Ebert como una de las mejores de todos los tiempos.

DESMOND MORRIS Y LA RELIGIÓN
POR ROGELIO RODRÍGUEZ MUÑOZ
Licenciado en Filosofía y Magister en Educación, Universidad de Chile
En su ya célebre libro El mono desnudo, publicado en 1967, el etólogo inglés Desmond Morris nos califica como “animales con doble personalidad”. Esto, debido a nuestro pasado evolutivo. Su tesis es que descendemos de un primate terrícola y cazador que, a su vez, descendió de los monos que habitaban en los bosques. Heredero de muchos rasgos sociales propios de la forma de vida en función del bosque –un grupo jerárquico, polígamo, herbívoro, nómada– nuestro antepasado más directo, el mono cazador, para lograr adaptarse al nuevo sistema de vida debió cambiar totalmente su comportamiento y organizarse en función de la pradera: el grupo se hizo corporativo, monógamo, carnívoro, sedentario. En nuestro antepasado cazador se combinaron dos formas de vida diferentes, dos programas adaptativos, y ambos conforman nuestra herencia genética. Escribe Morris: “Si aceptamos la historia de nuestra evolución tal como ha sido esbozada, un hecho se destaca con toda claridad y es el siguiente: en el fondo, llegamos a ser primates rapaces. Esto hace que seamos únicos entre todos los simios existentes (…) La cuestión es que un cambio importante de esta clase produce un animal con doble personalidad”.
Con esta dicotomía en nuestro ser –el legado del bosque y el de la pradera-, Morris explica en su libro muchos aspectos de nuestra conducta: nuestra sexualidad, nuestros impulsos agresivos, nuestra forma de alimentación, nuestros modos de comunicación.
Pero aquí quiero mostrar el tratamiento que da al origen de la religión. Lo hace, igualmente, en términos de su premisa de la doble programación.
Como podemos apreciar hasta hoy (observando a los chimpancés, gorilas, orangutanes), los grupos de cuadrumanos arbóreos están dominados por un solo macho, jefe supremo, y los demás miembros deben someterse. Protector activo del grupo contra riesgos exteriores y disputas interiores, la vida entera de cada mono gira a su alrededor. Su rol omnipotente le da categoría de Dios. Pero al salir de los bosques, esta figura y esta organización grupal debieron ser severamente limitadas en los grupos de nuestros inmediatos antepasados, quienes tuvie-

ron que desarrollar un espíritu de cooperación vitalmente necesario para la caza colectiva.
Al desaparecer la figura del mono autoritario y protector, queda un importante vacío. Señala Morris: “Persistía la antigua necesidad de una figura omnipotente capaz de tener el grupo bajo control, y su falta fue compensada con la invención de un dios. Es sorprendente que la religión haya prosperado tanto, pero su extraordinaria potencia es simplemente una medida de la fuerza de nuestra tendencia biológica fundamental, heredada directamente de nuestros antepasados simios a someternos a un miembro dominante y omnipotente del grupo”.
Así, la religión no sería el cobijo del espíritu, como arguyen los clérigos. Ni una primera fase en la historia de la humanidad, como afirman los positivistas. Ni tendría nada que ver con normas morales o leyes axiológicas, como plantean cristianos y budistas. Tampoco sería, como argumentan algunos pensadores sociales, un instrumento de la civilización para reprimir nuestras tendencias naturales, ni una ideología creada por una clase dominante para explotar y aherrojar cómodamente a otra. La religión es el resultado natural de la conversión del mono de los bosques en el mono cazador habitante de la pradera y, por ello, del paso del sistema jerárquico del primero al sistema cooperativo del segundo. La inexistencia de una seguridad concreta (representada por el mono jefe) crea una seguridad ideal (representada por la religión y los dioses).











