REVISTA MASÓNICA DE CHILE
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Carta dirigida por el h:. Armando Quezada Acharan al Gran Maestro, con motivo del fallecimiento del h.\ Luis Navarrete y López A A A
EÑGR don Héctor Boccardo. Santiago. Mi querido Gran Maestro y recordado amigo: Estoy abrumado, abatido, envejecido con la triste noticia de la muerte de Navarrete. ¿Quién me hubiera dicho que no iba a volver a verlo más? Qué vacío deja su muerte en mi espíritu y-qué dolor en mi corazón! Qué de recuerdos ne se agolpan a mi memoria, y cómo reviven, con vida de fantasmas que nunca volverán a tener vida real, aquellos largos años de trabajo masónico, hechos con él, día por día, poniendo en ellos lo mejor de nuestras almas, nuestras ilusiones de jóvenes, nuestros entusiasmos de hombres, nuestras esperanzas de masones y de chilenos! Hace más de treinta y tres años me inicié en las logias; y un año después, en Diciembre de 1895, si no me engaño, ingresó Navarrete a la Logia Justicia y Libertad. Recuerdo como si fuera ayer la noche de su hermosa iniciación y su discurso en el banquete subsiguiente: me parece verlo, con su aventajada estatura, con su negra barba apostólica, con su voz que tenía sonoridades de clarín, hacer su profesión de fe masónica y ofrecer a la Orden toda su actividad.
Y nadie cumplió su promesa mejor que él. Su alma generosa, ferviente y altiva, encontró en el trabajo silencioso del taller masónico el hogar espiritual que necesitaba. Se consagró a la Masonería en absoluto. Fue soldado ejemplar y jefe inolvidable, vigilante, severo, minucioso, infatigable. En aquellos lejanos tiempos, pasaba nuestra Institución por una crisis profunda; la luz de nuestros altares, debilitada y vacilante, parecía expuesta a un eclipse pasajero. Navarrete, sin embargo, no desconfió ni vaciló nunca: se consagró a la obra con un ardor, una fe y una energía de que los masones de hoy difícilmente pueden tener una idea. A su alrededor, nos agrupábamos unos cuantos hombres de fe. Contagiados, galvanizados por su entusiasmo, perseveramos y vencimos, y la Institución, poco a poco, se vigorizó y alcanzó el desarrollo, la fuerza, la autoridad que hoy mantiene. Eramos pocos, pero, unidos por el amor fraternal y la fe en el ideal masónico, constituíamos una fuerza; éramos obscuros y pobres, pero teníamos la luz de nuestras ilusiones y el tesoro de nuestros entusiasmos juveniles. Quedan aún, sobrevivientes de aquella época que me atrevo a llamar heroica, algunos masones ya viejos y que a estas horas revivirán, corno yo, airecuerdo de Navarrete, esas horas de tra-
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